4 de Agosto

San Juan Mª Vianney

Lamberto Echeverría
Mercabá, 4 agosto 2022

           Nació en 1786 en Dardilly (Lyon), llevando una infancia normal y corriente en su pueblecillo hasta que estalla la Revolución Francesa (ca. 1789), y ponen al frente de la parroquia a un cura constitucional, teniendo la familia Vianney que dejar de asistir a los cultos.

           Muchas veces el pequeño Juan María oía misa en cualquier rincón de la casa, celebrada por alguno de aquellos heroicos sacerdotes (fieles al papa), que son perseguidos con tanta rabia por los revolucionarios. Su 1ª comunión la ha de hacer en otro pueblo (Ecully), en un salón con las ventanas cuidadosamente cerradas, para que nada se trasluzca al exterior.

           A los 17 años la situación se hace menos tensa, y Juan María concibe el gran deseo de llegar a ser sacerdote. Su padre, aunque buen cristiano, pone algunos obstáculos, que por fin son vencidos. Y el joven inicia sus estudios, dejando las tareas del campo a las que se había estado dedicando. Un santo sacerdote, el padre Balley, se presta a ayudarle, pero el latín se hace muy difícil para aquel mozo campesino.

           Llega un momento en que toda su tenacidad no basta, y Juan María empieza a sentir desalientos. Entonces se decide a hacer una peregrinación a pie hasta Louvesc, pidiendo limosna y con la idea de llegar a la tumba de San Francisco de Regis. Pero San Francisco no escucha (aparentemente) su oración, y las dificultades para aprender latín subsisten. No obstante, su protector le da lo substancial: Juan María llegará a ser sacerdote, y para ello entrará en el seminario.

           Pero antes que se produzca todo eso, ha de pasar Juan María por un episodio novelesco, pues por un error no le alcanza la liberación del servicio militar (que el card. Fesch había conseguido de su sobrino y emperador, para los seminaristas de Lyon), y Juan María es llamado al servicio militar. Cae enfermo, ingresa en el Hospital Militar de Lyon, pasa luego al Hospital de Ruán, y por fin (aún convaleciente) es destinado a combatir en España. Pero no puede seguir a sus compañeros, que marchan a Bayona para incorporarse.

           Enfermo y desalentado en su camino hacia España, le sale al encuentro un joven que le invita a seguirle. De esta manera, sin habérselo propuesto, se convierte Juan María en desertor. Oculto en las montañas de Noés, pasará desde 1809 a 1811 una vida de continuo peligro (por las frecuentes incursiones de los gendarmes) y altísima ejemplaridad (pues también en este pueblecillo dejó huella de su virtud y caridad).

           Una amnistía le permite volver a su pueblo. Y como si sólo estuviera esperando el regreso, su anciana madre muere poco después. Juan María continúa sus estudios pre-sacerdotales en Verriéres, y por fin es admitido en el Seminario de Lyon. 

           Estamos en uno de los más vivos centros de la actividad religiosa de Francia, y desde su propia ventana podía ver Juan María la Basílica Fourviere de Lyon, uno de los más poderosos centros de irradiación y renovación cristiana. Juan María era feliz, compartiendo seminario con Marcelino Champagnat (fundador de la Orden de los Maristas), Juan Claudio Colin ( fundador de la Compañía de María) y Fernando Donnet (futuro arzobispo de Burdeos). Y conoció de 1ª mano la movida religiosa operada en Lyon, por parte de Lacordaire y Paulina Jaricot.

           Se trataba, por tanto, de un Seminario de Lyon de profunda significación cristiana, como corazón espiritual de la diócesis primacial de Francia. Pero las graves carencias de Vianney en el conocimiento del latín, y su nulo provecho en el plan de estudios, hace que el seminario tenga que despedirlo.

           Intenta entonces Juan entrar en los Hermanos de las Escuelas Cristianas, pero tampoco lo logra. Y cuando la cosa ya parecía no tener solución ninguna, se cruza en su camino un cura excepcional: el padre Balley, que había dirigido sus primeros estudios.

           El padre Balley se presta a continuar preparando a Vianney, y consigue del vicario general (tras un par de años de duros estudios particulares), su readmisión al Seminario de Lyon. Por fin, el 13 agosto 1815, el obispo de Grenoble (mons. Simón) le ordena sacerdote, a los 30 años y bajo premisa de que siguiera estudiando 3 años más con el padre Balley, una vez ordenado.

           A su ordenación sacerdotal de Grenoble acudió Juan por su propia cuenta, solo y sin que nadie le acompañara. Y tampoco asistió nadie a su 1ª misa, que celebró al día siguiente. Sin embargo, el Santo Cura se sentía feliz al lograr lo que durante tantos años anheló, tras tantas privaciones, esfuerzos y humillaciones: el sacerdocio.

           Durante 3 años, de 1815 a 1818, continuó repasando la teología junto al padre Balley, en su Parroquia de Ecully y bajo consideración de coadjutor suyo. Terminados sus estudios, y muerto el padre Balley, el arzobispado de Lyon le encarga de un minúsculo caserío, a 35 km al norte de la capital, llamado Ars.

           Ars no tenía siquiera la consideración de parroquia, sino que era una simple dependencia de la Parroquia de Mizerieux, que distaba 3 km. Normalmente no había tenido sacerdote, pero la señorita de Garets, que habitaba en el castillo y pertenecía a una familia muy influyente, había conseguido que se hiciera el nombramiento.

           Así que ya tenemos, desde aquel 9 febrero 1818, a Vianney en el pueblecillo del que prácticamente no volverá a salir jamás. Habrá algunas tentativas de alejarlo de Ars, y por 2 veces la administración diocesana le enviará el nombramiento para otra parroquia.

           Otras veces el mismo Vianney será quien intente marcharse, para irse a un rincón "a llorar su pobre vida", como con frase enormemente gráfica repetirá. Pero siempre se interpondrá, de manera manifiesta, la divina Providencia, que quería que Juan María llegara a resplandecer, como patrono de todos los curas del mundo, precisamente en el marco humilde de una parroquia de aldea.

           Podemos distinguir en la actividad parroquial de Juan María 2 aspectos fundamentales, que en cierta manera corresponden también a 2 fases de su vida: antes de su fama, y después de su fama.

           Mientras no se iniciaron las grandes peregrinaciones a Ars, el cura pudo vivir enteramente consagrado a sus feligreses. Y así le vemos visitándoles casa por casa; atendiendo paternalmente a los niños y a los enfermos; empleando gran cantidad de dinero en la ampliación y hermoseamiento de la iglesia; ayudando fraternalmente a sus compañeros de los pueblos vecinos.

           A todo eso acompañaba Vianney con una vida de asombrosas penitencias, de intensísima oración, de caridad, en algunas ocasiones llevada hasta un santo despilfarro para con los pobres. Pero Vianney no excede en esta 1ª parte de su vida del marco corriente en las actividades de un cura rural.

           No le faltaron, sin embargo, calumnias y persecuciones. Se empleó a fondo en una labor de moralización del pueblo: la guerra a las tabernas, la lucha contra el trabajo de los domingos, la sostenida actividad para conseguir desterrar la ignorancia religiosa y, sobre todo, su dramática oposición al baile, le ocasionaron sinsabores y disgustos. No faltaron acusaciones ante sus propios superiores religiosos.

           Sin embargo, su virtud consiguió triunfar, y años después podía decirse con toda verdad que "Ars ya no es Ars". Los peregrinos que iban a empezar a llegar, venidos de todas partes, recogerían con edificación el ejemplo de aquel pueblecillo donde florecían las vocaciones religiosas, se practicaba la caridad, se habían desterrado los vicios, se hacía oración en las casas y se santificaba el trabajo.

           La lucha tuvo en algunas ocasiones un carácter más dramático aún. Conocemos episodios de la vida de Vianney en que su lucha con el demonio llega a adquirir tales caracteres que no podemos atribuirlos a ilusión o a coincidencias. El anecdotario es copioso y en algunas ocasiones sobrecogedor.

           Ya hemos dicho que Vianney solía ayudar a sus compañeros de la zona, en las misiones parroquiales que se organizaban en los pueblos de los alrededores. En todos ellos dejaba Vianney un gran renombre por su oración, su penitencia y su ejemplaridad. Y era lógico que aquellos buenos campesinos recurrieran luego a él, al presentarse dificultades, o simplemente para confesarse y volver a recibir los buenos consejos que de sus labios habían escuchado. Este fue el comienzo de la célebre peregrinación a Ars.

           Lo que al principio sólo era un fenómeno local, circunscrito a las diócesis de Lyon y Belley, luego fue tomando un vuelo cada vez mayor, de tal manera que llegó a hacerse célebre el cura de Ars en toda Francia y aun en Europa entera. De todas partes empezaron a afluir peregrinos, se editaron libros para servir de guía, y es conocido el hecho de que en la estación de Lyon se llegó a establecer una taquilla especial para despachar billetes de ida y vuelta a Ars.

           Aquel pobre sacerdote, que trabajosamente había hecho sus estudios, y a quien la autoridad diocesana había relegado en uno de los peores pueblos de la diócesis, iba a convertirse en consejero buscadísimo por millares y millares de almas. Y entre ellas se contarían gentes de toda condición, desde prelados insignes e intelectuales famosos, hasta humildísimos enfermos y pobres gentes atribuladas que irían a buscar en él algún consuelo.

           Aquella afluencia de gentes iba a alterar por completo su vida. Día llegará en que Vianney desconocerá su propio pueblo, encerrado como se pasará el día entre las míseras tablas de su confesionario. Entonces se producirá el milagro más impresionante de toda su vida: el simple hecho de que pudiera subsistir, con aquel género de vida.

           Porque aquel hombre, por el que van pasando ya los años, sostendrá como habitual la siguiente distribución de tiempo: levantarse a la 01.00 e ir a la iglesia a hacer oración. Antes de la aurora, se inician las confesiones de las mujeres. A las 06.00 en verano, y a las 07.00 en invierno, celebración de la misa y acción de gracias. Después queda un rato a disposición de los peregrinos.

           A eso de las 10.00, reza una parte de su Breviario y vuelve al confesionario. Sale de él a las 11.00 para hacer la célebre explicación del catecismo, predicación sencillísima, pero llena de una unción tan penetrante que produce abundantes conversiones. A las 12.00 toma su frugalísima comida, con frecuencia de pie y sin dejar de atender a las personas que solicitan algo de él. Y el resto del día, lo pasa en el confesionario, hasta altas horas de la noche.

           Al ir y al venir a la casa parroquial, pasa por entre la multitud, y ocasiones hay en que aquellos metros tardan media hora en ser recorridos. Dichas las vísperas y completas, vuelve al confesionario hasta la noche. Rezadas las oraciones de la tarde, se retira para terminar el Breviario. Y después toma unas breves horas de descanso sobre el duro lecho. Sólo un prodigio sobrenatural podía permitir a Vianney subsistir físicamente, mal alimentado, escaso de sueño, privado del aire y del sol, sometido a una tarea tan agotadora como es la del confesionario.

           Por si fuera poco, sus penitencias eran extraordinarias, y así podían verlo con admiración y en ocasiones con espanto quienes le cuidaban. Aun cuando los años y las enfermedades le impedían dormir con un poco de tranquilidad las escasas horas a ello destinadas, su 1º cuidado al levantarse era darse una sangrienta disciplina.

           Dios bendecía manifiestamente su actividad. El que a duras penas había hecho sus estudios, se desenvolvía con maravillosa firmeza en el púlpito, sin tiempo para prepararse, y resolvía delicadísimos problemas de conciencia en el confesionario.

           Es más: cuando muera, habrá testimonios, abundantes hasta lo increíble, de su don de discernimiento de conciencias. A éste le recordó un pecado olvidado, a aquél le manifestó claramente su vocación, a la otra le abrió los ojos sobre los peligros en que se encontraba, a otras personas que traían entre manos obras de mucha importancia para la Iglesia de Dios les descorrió el velo del porvenir. Con sencillez, casi como si se tratara de corazonadas o de ocurrencias, Vianney mostraba estar en íntimo contacto con Dios y ser iluminado con frecuencia por él.

           No imaginemos, sin embargo, al Cura de Ars como un ser completamente desligado de toda humanidad. Antes al contrario. Conservamos el testimonio de personas, pertenecientes a las más elevadas esferas de aquella puntillosa sociedad francesa del s. XIX, que marcharon de Ars admiradas de su cortesía y gentileza. Ni es esto sólo. Mil anécdotas nos conservan el recuerdo de su agudo sentido del humor.

           Sabía resolver con gracia las situaciones en que le colocaban a veces sus entusiastas. Así, cuando el señor obispo le nombró canónigo, su coadjutor le insistía un día en que, según la costumbre francesa, usara su muceta:

—Ah, amigo mío, respondió sonriente Vianney. Soy más listo de lo que se imaginaban. Esperaban burlarse de mí, al verla sobre mis hombros, y yo les he cazado.

—Sin embargo, hasta ahora es usted el único a quien el señor obispo ha dado ese nombramiento.

—Natural. Ha tenido tan poca fortuna la primera vez, que no ha querido volver a tentar suerte.

           Un día, Vianney recibió en Ars la visita de una hija de la tía Fayot, la buena señora que le había acogido en su casa mientras estuvo oculto como prófugo. Y Vianney, en agradecimiento a lo que su madre había hecho con él, le compró un paraguas de seda. ¿Verdad que es hermoso imaginarnos al cura y la jovencita entrando en la modestísima tienda del pueblo y eligiendo aquel paraguas de seda, el único acaso que habría allí? ¿Verdad que muchas veces se nos caricaturiza a los santos ocultándonos anécdotas tan significativas?

           Pero donde más brilló su profundo sentido humano fue en la fundación de la Casa de la Providencia, aquella casita que, sin plan determinado alguno, en brazos exclusivamente de la caridad, fundó el cura para acoger a las pobres huerfanitas de los contornos.

           Entre los documentos humanos más conmovedores, por su propia sencillez y cariño, se contarán siempre las Memorias que escribió Catalina Lassagne. A ella le puso al frente de la obra, y allí estuvo ella hasta que, quien tenía autoridad para ello, determinó que las cosas se hicieran de otra manera. Pero la misma reacción de Vianney mostró entonces hasta qué punto convivían en él, junto a un profundo sentido de obediencia rendida, un no menor sentido de humanísima ternura.

           Por lo demás, si alguna vez en el mundo se ha contado un milagro con sencillez, fue cuando Catalina narró para siempre jamás lo que un día en que faltaba harina le ocurrió a ella. Consultó al cura e hizo que su compañera se pusiera a amasar, con la más candorosa simplicidad, lo poquito que quedaba y que ciertamente no alcanzaría para 4 panes. Pero "mientras ella amasaba, la pasta se iba espesando. Ella añadía agua. Por fin estuvo llena la amasadera y ella hizo una hornada de 10 grandes panes de 20 a 22 libras". Lo bueno es que, cuándo acuden emocionadas las 2 mujeres al señor cura, éste se limita a exclamar: "El buen Dios es muy bueno. Cuida de sus pobres".

           El viernes 29 julio 1859 se sintió Vianney indispuesto, pero bajó como siempre a la iglesia, a las 01.00. Sin embargo, no pudo resistir toda la mañana en el confesionario, y hubo de salir a tomar un poquito de aire. Antes del catecismo de las 11.00 pidió un poco de vino, sorbió unas gotas derramadas en la palma de su mano y subió al púlpito. No se le entendía, pero era igual. Sus ojos bañados de lágrimas, volviéndose hacia el sagrario, lo decían todo. Continuó confesando, pero ya a la noche se vio que estaba herido de muerte. Descansó mal y pidió ayuda. El médico nada podía hacer, y llamaron al párroco de Jassans.

           Por fin se dejaba cuidar el Cura de Ars, como un niño. No rechistó cuando pusieron un colchón a su dura cama. Obedeció al médico, y se produjo un hecho conmovedor. Éste había dicho que había alguna esperanza si disminuyera un poco el calor. Y en aquel tórrido día de agosto, los vecinos de Ars, no sabiendo qué hacer por conservar a su cura queridísimo, subieron al tejado y tendieron sábanas que durante todo el día mantuvieron húmedas. No era para menos. El pueblo entero veía, bañado en lágrimas, que su cura se les marchaba ya. El mismo obispo de la diócesis vino a compartir su dolor.

           Tras una emocionante despedida ante su buen padre y pastor, el Cura de Ars ya no pensó más que en morir. Y en efecto, con una paz celestial, aquel jueves 4 agosto 1859, a las 02.00 h. y mientras su joven coadjutor rezaba las hermosas palabras sálmicas ("que los santos ángeles de Dios te salgan al encuentro y te introduzcan en la celestial Jerusalén"), suavemente y "como obrero que ha terminado bien su jornada", el Cura de Ars entregó su alma a Dios.

           Como decía una memorable catequesis matinal: "Dios mío, cómo me pesa el tiempo con los pecadores. ¿Cuándo estaré con los santos? Entonces diremos al buen Dios: Dios mío, te veo y te tengo, ya no te escaparás de mí jamás, jamás".

           Oficialmente, su verdadero nombre fue Juan Bautista María Vianney, aunque en todo el universo es conocido con el título de Cura de Ars, aunque nunca fuese jurídicamente verdadero párroco de Ars (ni aun en la última fase de su vida, cuando Ars ganó en consideración canónica). Litúrgicamente, se le tendría que haber llamado canónigo Vianney (título concedido por el obispo de Belley), pero el hecho real es que consagró toda su vida a un minúsculo pueblo de Ars (de 370 habitantes), y no como canónico sino como simple confesor.