4 de Enero
Santa Ángela de Foligno
Isaac
Vázquez
Mercabá, 4 enero 2025
Semblanza
Nació en 1249 en Foligno, en pleno otoño del Medioevo en que la unidad de la república christiana (del papado y del imperio) estaba en su máximo esplendor, pero empezaban a pulular por Alemania las ciudades libres (o en Italia las ciudades comuneras), mientras los güelfos y gibelinos seguían liándose a palos en su defensa o ultraje a la Iglesia.
Por otro lado, la fe operante y entusiasta de los escolásticos y cruzados empezaban a perder a sus grandes figuras (Alejandro de Hales, Santo Tomás de Aquino...), y el repuesto (la Vita Nuova, Petrarca, el nacionalismo...) no llegaba sino que venía a torcer las cosas.
En esta época fronteriza, no es difícil descubrir el ambiente en que Ángela se movió. Pertenecía a una familia de elevada posición, que poseía riquezas, castillos, joyas y fincas. Se casó en temprana edad, y tuvo varios hijos. Y tanto en sus años juveniles, como después como esposa y madre, apuró pródiga la copa de los placeres que el mundo le brindaba. La misma Ángela confesará más tarde, una y muchas veces, sus graves desvaríos juveniles.
En efecto, la cuna de Ángela fue mecida por aires nada saturados de clericalismo. Foligno, ciudad obstinadamente ligada al emperador, estaba siempre dispuesta a ponerse en pie de guerra contra cualquier pretensión del papa. Pero la suerte de las armas muchas veces le era adversa, y uno de aquellos años sufrió una aplastante e ignominiosa derrota por parte de las fuerzas pontificias de Asís y de Perusa.
En esta situación, ¿quién duda de que entre la distinguida estirpe de Ángela no se encontrarían entonces rabiosos gibelinos, para quienes los nombres de curas, papas y frailes venían resultando sinónimos de declarados enemigos políticos? De hecho, nos dirá más tarde Ángela que en su madre encontraba ella un gran obstáculo para la conversión.
Pero la gracia de Dios iba obrando en lo profundo de su alma, y hacia el 1285 Foligno es ya una ciudad súbdita del papa, y protegida por él. Ángela anda en sus 35 años, y los pecados de su juventud comienzan a producirle cierto escozor en la conciencia. Le llega también la prueba. En breve tiempo pierde a su madre, a su marido y a sus hijos.
Huérfana de sus seres queridos, comienza a practicar Ángela la religión, pero en un principio sin apartarse del todo del pecado. Por eso hace comuniones sacrílegas, por no confesar sinceramente sus pecados. Es la hora de los confusos sentimientos; la lucha entre el espíritu y el cuerpo. Se halla sin luz, como Saulo en el camino de Damasco.
Pero allí cerca estaba Asís, donde el ejemplo de Francisco continuaba fascinando a muchas almas desde hacía casi un siglo. Para Ángela constituyó también un faro en esta noche oscura del espíritu. Un día en que se encontraba atormentada por remordimientos de conciencia, pidió a San Francisco que le sacara de aquellas torturas.
Poco después entró en la Iglesia San Feliciano de Foligno, donde predicaba a la sazón un religioso franciscano. Y se sintió tan conmovida que, al bajar el predicador, se postró ante su confesionario, y con gran compunción hizo confesión general de toda su vida, quedando muy consolada.
El fraile se llamaba Arnaldo, pertenecía a la comunidad de Asís y seguía la corriente de los espirituales, grupo que hicieron célebres los nombres de Pedro Juan Olivi, Angel Clareno, Hubertino de Casale y el mismo Juan de Parma, general que fue de toda la Orden Franciscana.
Lo que si sabemos ciertamente de fray Arnaldo es que, a partir de la conversión de Ángela, pasó a ser su confesor, su director y su confidente espiritual. Gracias a sus ruego y a su pluma de amanuense, la posteridad puede saborear la Autobiografía de Ángela, conocida también con el nombre de Memorial de fray Arnaldo, verdadero tesoro de teología espiritual; donde se encierran las inefables experiencias místicas de esta alma, desde su conversión, en 1285, hasta el año 1296, en que se consuman sus admirables ascensiones hasta la contemplación del misterio de la Santísima Trinidad.
Pasman los prodigios que la divina gracia, en tan breve tiempo, ha obrado en esta alma privilegiada. Su trato íntimo con la divinidad, sus éxtasis escalofriantes, los secretos celestiales que en ellos se le confiaban, son más para admirados que para descritos. Lecleve no duda en afirmar que Ángela de Foligno, por el crecido número de sus visiones, solamente admite parangón con Santa Teresa de Ávila, y a ambas llama reinas de la teología mística.
Nuestra pobre fraseología humana resulta inadecuada para captar los misteriosos coloquios entre Ángela y la divinidad. La misma Ángela sufría y se lamentaba, porque después de escuchar la lectura de lo que acababa de dicta a fray Arnaldo, le parecía que allí no se contenían más que blasfemias y burlas. Así son de mezquinos nuestros conceptos humanos cuando se los quiere hacer pasar por vehículos de realidades divinas.
En efecto, estas dos vías, ascética y mística, constituyen en el pensamiento de Ángela las dos mitades (inicial y terminal) de la vida espiritual. Así, pues, si no todos los cristianos podrán tocar con sus manos el termino de esa línea ascendente, todos, sin embargo, están ob1igaos a no desistir de lanzarse a la carrera espiritual. Como les advierte la santa:
"Que nadie se excuse con que no tiene ni puede hallar la divina gracia, pues Dios, que es liberalísimo, con mano igualmente pródiga la da a todos cuanto la buscan y desean".
Cosas admirables sobre la perfección ha dejado escritas la beata Ángela. En dieciocho etapas va describiendo, en el primer capítulo de su autobiografía, el laborioso producto de su conversión, desde que comenzó a sentir la gravedad de sus pecados y el miedo de condenarse hasta el momento en que al oír hablar de Dios se sentía presa de tal estremecimiento de amor, que aun cuando alguien suspendiera sobre su cabeza una espada, no podía evitar los movimientos.
A Ángela se le atribuyen, además de la Autobiografía de fray Arnaldo, unas exhortaciones, algunas epístolas y un testamento espiritual, que han merecido a su autora el ser considerada por algunos nada menos que como magistra theologorum.
Sin ocultar el tono de exageración que el cariño de los discípulos ha puesto en este elogia hacia la madre espiritual, hay que reconocer que los discípulos de la Beata Ángela recogen lo mejor que de teología ascética que habían escrito los grandes maestros de la y escolástica; y colocada además providencialmente en los umbrales de una época nueva, logra transvasar a las odres del Renacimiento los vinos añejos de la espiritualidad del s. XIII.
Los aires renacentistas de acercamiento al hombre, a lo individual y concreto, la mueven a abrazar el pensamiento franciscano, que coloca a Cristo por centro de toda vida espiritual, ejemplar de todas las virtudes y única vía para caminar hacia la perfección a cuya Tercera Orden de Penitencia se incorporó desde los primeros días de su conversión, e inspirada en el pensamiento bonaventuriano, Ángela es a gran mística de la humanidad de Cristo. La imitación de Cristo, mediante el ejercicio de las virtudes, es la meta de la ascética, así como la unión con Dios, por medio de Cristo, es a consumación y remate de la mística.
Pero la espiritualidad de Ángela recibe modalidades nuevas, dentro de lo franciscano; pues mientras el cristocentrismo de la escuela franciscana, en general, se orienta hacia la Encarnación, hay que reconocer que para Ángela todo gira en torno a la cruz. La pasión y muerte de Cristo es la demostración más grande de amor que el Hijo de Dios ha podido dar a los hombres.
Cristo desde la cruz es el Libro de la Vida, como lo llama ella, en el cual debe leer todo aquel que quiera encontrar a Dios. Era tal la devoción que sentía hacia la cruz que, si le cuadraba contemplar una estampa o un cuadro en que se representaba alguna escena de la pasión, se apoderaba de sus miembros la fiebre y caía enferma. Por eso la compañera procuraba esconderle las representaciones de la pasión, para que no las viese.
Sus opúsculos fueron editados varias veces, en siglos pasados, con el título significativo de Theologia Crucis. En la meditación de la pasión era donde conocía con más viveza la gravedad de sus pecados pasados, y los lloraba con mayor dolor. Aquí es donde se decide a tomar resoluciones que dan nuevo rumbo a su vida. Como refiere la misma Ángea:
"En esta contemplación de la cruz ardía en tal fuego de amor y de compasión que, estando junto a. cruz, tomé el propósito de despojarme de todas las cosa, y me consagré enteramente a Cristo".
La pobreza, y la estricta pobreza de espíritu, era la contraseña que ella exigía para distinguir los verdaderos discípulos de Cristo. Muchos se profesan de palabra seguidores de Cristo; pero en realidad y de hecho abominan de Cristo y de su pobreza. En las páginas de sus opúsculos el amante de la historia podrá descubrir las inquietudes en torno a la pobreza de Cristo que convivieron los espirituales franciscanos y nuestra santa.
Junto a la cruz, Ángela aprendió a ser la gran confidente del Sagrado Corazón de Jesús, muchos siglos antes que Santa Margarita recibiera los divinos mensajes. Como ella describió:
"Un día en que yo contemplaba un crucifijo, fui de repente penetrada de un amor tan ardiente hacia el Sagrado Corazón de Jesús, que lo sentía en todos mis miembros. Produjo en mí ese sentimiento delicioso el ver que el Salvador abrazaba mi alma con sus dos brazos desclavados de la cruz. Parecióme también en la dulzura decible de aquel abrazo divino que mi alma entraba en el Corazón de Jesús".
Otras veces se le aparecía el Sagrado Corazón para invitarla a que acercase los labios a su costado y bebiese de la sangre que de él manaba. Abrasada en esta hoguera de amor, nada tiene de extrañó que se derritiese en ardientes deseos de padecer martirio por Cristo.
El amor que Cristo nos demostró en la cruz, se perpetúa a través de los siglos de una manera real en el sacramento de nuestros altares. La devoción a la eucaristía, tan característica de los tiempos modernos, tiene una eminente precursora en Ángela. Fueron muchas las visiones, con que el Señor la recreó en el momento de la consagración, o durante la adoración de la sagrada hostia.
Hasta 7 consideraciones dedica a la ponderación de los beneficios que en este sacramento se encierran. El cristiano debe acercarse con frecuencia a este sacramento, seguro de que, si medita en el grande amor que en él se contiene, sentirá inmediatamente transformada su alma en ese mismo divino amor. Ángela exhorta, sin embargo, a cada cristiano a que se haga a modo de preparación las siguientes consideraciones: ¿A quién se acerca? ¿Quién es el que se acerca? ¿En qué condiciones y por qué motivos se acerca?
Abrazada con Cristo en la cruz, y arrimada a su costado y confortada con el Pan de Vida, Ángela recibió la visita de la hermana muerte. Eran las últimas horas del día 4 enero 1309, cuando esta privilegiada mujer, rodeada de un gran coro de hijos espirituales, entregaba plácidamente su alma al redentor. Su cuerpo fue sepultado en la iglesia del franciscano Convento de Foligno. Y sobre su sepulcro, comenzó Dios a obrar en seguida muchos milagros. El papa Clemente XI aprobó su culto, y éste empezó a tributársele, constantemente, desde el 30 abril 1707.
Act:
04/01/25
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M
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R C A B A
M U R C I A
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