4 de Mayo

San José María Rubio

Pedro M. Lamet
Mercabá, 4 mayo 2021

           Nació el 22 julio 1864 en Dalias (Almería), en el seno de una familia campesina en la que de los 13 hermanos sólo sobrevivieron 6. Aún siendo niño, un tío canónigo se llevó al pequeño José a Almería y luego al Seminario de Granada, donde otro canónigo (Torres Asensio) se convirtió en su autoritario protector y se lo llevó consigo a Madrid, matriculándolo en los mejores colegios madrileños.

           Ordenado sacerdote en Madrid en 1887, celebró su 1ª misa el 8 octubre 1887 en la Colegiata San Isidro de Madrid. Ejerció su ministerio parroquial en Chinchón y Estremeña, siendo más tarde profesor del Seminario y notario de la Curia diocesana. Ingresó en la Compañía de Jesús a los 42 años, y tras 5 años de formación se dedicó por entero a la predicación, dirección espiritual y ministerio de la reconciliación. Fue un verdadero padre para los pobres y abandonados, y formó muchos apóstoles laicos.

           Destinado como coadjutor a la localidad de Chinchón, donde el joven sacerdote comienza a tener fama de santo, y más tarde como párroco de Estremera, se caracteriza por su vida de oración y ayuda a los pobres y enfermos, dando cuanto tenía a los demás. Débil de carácter, en contra de su voluntad, se deja convencer por don Joaquín para presentarse a oposiciones de canónigo en Madrid, que perdió. Pero su protector obtuvo entonces que le nombraran profesor de latín del Seminario de Madrid. Ya entonces confiesa en secreto a sus amigos su deseo de ser jesuita.

           Capellán de las religiosas bernardas, comienza su fama como excelente confesor y de su austeridad y horas de entrega generosa al trabajo, además de sus catequesis a niñas pobres, su entrega a los traperos o sus tandas de ejercicios. Ya era conocido en Madrid, pues durante el estreno de la escandalosa Electra de Galdós, cuando el público gritó contra el padre Carreño, incluyó en los insultos al jesuita Rubio, cuando aún no había ingresado en la Compañía de Jesús.

           En 1908 comenzó su noviciado jesuítico en Granada, siendo luego destinado a Sevilla y Manresa, donde realizó su año de 3ª probación. Cuando los superiores le dicen que su lugar de trabajo apostólico será Madrid, pide por favor que le manden a un sitio donde nadie le conozca. Llegado a la capital, su madre acababa de morir, y él no dudó en escribir: "Me he abrazado con la santísima voluntad de Dios, que así lo ha querido".

           Su extraordinaria actividad apostólica, desde la residencia jesuítica de la c/ Flor, le hizo en seguida buscado y admirado por todo el mundo, a pesar de carecer de las cualidades humanas de sus brillantes compañeros, como el predicador padre Torres. Revestido de sobrepelliz y con el bonete sobre su cabeza ligeramente ladeada, despedía una luz especial, un aura invisible, un magnetismo sobrenatural. Humanamente hablando su elocuencia era un desastre, pero sus sermones cautivaban a la gente. Y es que vivía cuanto predicaba. Mientras, seguía atendiendo a algunos pueblos pequeños de la provincia de Madrid con sus provechosas misiones. Incorporado definitivamente a la Compañía con sus últimos votos, el 2 febrero 1917, no obtuvo el grado de profeso de 4 votos (o estado mayor de los jesuitas) sino el de coadjutor espiritual.

           No hizo valer que era doctor en Derecho Canónico, ni habló nunca de esta humillación, debida a que no había hecho el examen ad gradum, que exigía la orden para pertenecer al grupo selecto de los profesos. Acosado por una temporada de escrúpulos, fue tomado a broma por fundar los discípulos de San Juan e incluso sometido a un registro policial acusado de crear un nuevo instituto religioso. El caso es que los superiores le prohibieron este ministerio. "No busco más que cumplir la santísima voluntad de Dios", repetía José María. También le quitaron de director de las Marías de los Sagrarios y de director de un boletín del Sagrado Corazón. Y él, con humor, no dudó en decir: "Debo ser tonto, o es que no me cuesta obedecer".

           Mientras, hasta tres horas había de permanecer en la fila el pueblo de Madrid para confesarse con él. Hacía esperar a las marquesas, si estaba atendiendo a una mujer pobre. Gozaba de dones místicos e incluso de capacidades sobrenaturales o insólitas como bilocación, telepatía, profecía y videncia. A veces pronosticaba el futuro, estaba a la vez en el confesionario y visitando a un enfermo, o escuchaba una llamada de socorro a distancia y hasta el aviso de una madre fallecida para ir a atender a su hijo incrédulo.

           Se hizo famoso el suceso de un día de carnaval en que, llamado a llevar los últimos sacramentos a un enfermo, un grupo de juerguistas le habían preparado una trampa en una casa de citas. Uno de ellos pretendía en una cama hacer el papel de moribundo para burla y regocijo de los demás y dar ocasión de fotografiar al incauto sacerdote. Al entrar José María en el prostíbulo con la intención de atender al enfermo, descubrió que éste estaba realmente muerto. El pánico y la impresión fue tal que dos personas se hicieron religiosos poco después, entre ellos el famoso radiofonista padre Marcos.

           Sin embargo, su principal labor la ejerció en los suburbios más pobres de Madrid, particularmente en La Ventilla, donde los movimientos revolucionarios encendían ya a la clase obrera. Fundó escuelas, predicó la palabra de Dios y fue formador de cristianos que llegarían a morir mártires años después. Fue consejero también de Luz Rodríguez (8 de enero), fundadora de las Apostólicas de Jesús (empeñadas como él en la solidaridad y evangelización de los más pobres).

           Su testamento fue una charla a las Marías de los Sagrarios, en la que les exhortó a realizar una liga secreta de personas que busquen la perfección en medio del mundo, con lo que se adelantaba a su tiempo y a los institutos y movimientos laicales. Presintió su propia muerte y llegó a despedirse de sus amigos.

           En la enfermería de los jesuitas en Aranjuez, tras haber partido en pedazos sus apuntes espirituales por humildad y después de decir "si el Señor quiere llevarme ahora, estoy preparado", o "abandono, abandono" y "ahora me voy", falleció sentado en una butaca y con los ojos puestos en el cielo, el jueves 2 mayo 1929. En toda Madrid se repetía: "¡Ha muerto un santo!". Miles de personas asistieron a su entierro y ulterior traslado al Templo del Sagrado Corazón y San Francisco de Borja, donde reposan sus restos en el claustro, que no han dejado de ser visitados por el pueblo de Madrid. Fue beatificado por Juan Pablo II el 6 octubre 1985.

           No habían pasado 8 años, cuando, en la luminosa mañana del 4 mayo 2003, el mismo Juan Pablo II, en su 5ª visita apostólica a España, canonizaba en la madrileña plaza de Colón al padre Rubio. Como dijo el papa en su homilía de canonización, sintetizando su trayectoria de apostolado y santidad:

«San José María Rubio vivió su sacerdocio, primero como diocesano y después como jesuita, con una entrega total al apostolado de la Palabra y de los sacramentos, dedicando largas horas al confesionario y dirigiendo numerosas tandas de ejercicios espirituales en las que formó a muchos cristianos que luego morirían mártires durante la persecución religiosa en España».

           Sencillo y profundo al mismo tiempo, de temperamento retraído, serio y hasta tímido o débil, la vida del apóstol de Madrid (San José María Rubio) puede sintetizarse en su famosa frase: "Hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace".