5 de Junio
San Bonifacio de Maguncia
Bernardino
Llorca
Mercabá, 5 junio 2026
Semblanza
Nació el 680 en Wessex (Inglaterra) bajo nombre de Winfrido, de una familia profundamente cristiana. Contando sólo 5 años, y atraído por el ejemplo y las palabras de unos monjes benedictinos, manifestó a sus padres el deseo de hacerse monje, a lo que sus padres se opusieron por su corta edad. No obstante, cumplidos los 7 años sus padres acceden en parte a su petición, y envían al pequeño Winfrido a la escuela del Monasterio de Exeter.
Contaba entonces sólo 7 años, y durante otros 7 años pudo poner los más sólidos fundamentos a su formación humanística y sacerdotal. A los 14 años se trasladó al Monasterio de Nursling (Winchester), donde ingresó en la Orden de San Benito, recorrió los estudios superiores (del Trivio y Cuatrivio) y se convirtió allí mismo en un renombrado maestro. De ello nos dejó una excelente prueba su excelente Gramática Latina, que compuso en este tiempo.
Pero mucho más que en los estudios profanos (que constituían la base de su formación) aventajóse Winfrido en los estudios eclesiásticos, que más directamente debían servirle para sus ideales apostólicos (que ya entonces acariciaba en su interior). Y a tal propósito estudió de un modo especial la Escritura y la Dogmática, al mismo tiempo que realizaba los primeros ensayos de predicación entre la gente humilde y sencilla del pueblo.
Todo esto, unido a un espíritu profundamente religioso, a la práctica de todas las virtudes monásticas y a un abrasado amor de Dios y del prójimo, le prepararon convenientemente para la grande obra a que Dios lo destinaba.
Eran frecuentes entonces las salidas de monjes misioneros ingleses hacia el centro y norte de Europa, con la idea de evangelizar los territorios todavía paganos. Hallábase entonces en la región de Frisia (Holanda) el gran apóstol San Willibrordo, y continuamente llegaban a los monasterios de Inglaterra e Irlanda voces en demanda de nuevos misioneros. Winfrido se hallaba a la sazón en la plenitud de su vida, y sintióse llamado por Dios a este inmenso campo de acción. Tras lo cual, obtuvo licencia de su abad y partió para Europa el 716, junto con otros 2 compañeros.
Mas no había llegado todavía la hora de Dios, y la situación del norte de Europa era todavía insegura. Por lo cual Winfrido se convenció de que no era el momento de su misión, abortó ésta y volvió a su Monasterio de Nursling (donde se produjo la muerte del abad Wimbert, y los monjes se empeñaron en elegirlo a él como sucesor).
No mucho después (ca. 718) logró librarse de la dignidad abacial, vio que era la ocasión propicia para volver al continente europeo, y hacia él decidió entonces dirigirse, yendo en 1º lugar a pedir la aprobación papal.
Era el 1º viaje que hacía Winfrido a Roma, y allí Gregorio II le recibió con extraordinaria satisfacción, cambiándole su nombre de Winfrido por el de Bonifacio, instruyéndole ampliamente sobre los pueblos germanos y otorgándole una comisión especial (ca. 719) para los pueblos del centro de Europa.
Atravesando Bonifacio la Baviera y el centro de Alemania, dirigióse a Frisia (Holanda), donde providencialmente había muerto su rey Radbod I de Frisia, y su sucesor (por insinuación de los francos) se mostraba favorable a la predicación del evangelio. Allí, pues, al lado del veterano apóstol San Willibrordo, pasó Bonifacio 3 años, de gran aprendizaje en el aspecto misionero. Tras lo cual se dirigió a Hesse, donde inició su 1ª gran campaña de predicación.
En este tiempo se le juntó uno de sus más fieles colaboradores, llamado Gregorio. Y para dar más firmeza y regularidad al trabajo misionero, estableció el Monasterio de Amoneburg. El resultado de sus primeros trabajos fueron millares de conversiones, y el florecimiento de numerosas cristiandades en núcleos establecidos.
Ante las primeras noticias de los éxitos obtenidos, el papa le llamó a Roma y le consagró obispo, el 30 noviembre 722. Y a esta dignidad, que tanto ascendiente debía dar a Bonifacio, añadió el papa una carta especial para Carlos I de Francia (Carlos Martel, con el objeto de que éste le diera su apoyo oficial) y una gran cantidad de reliquias (como el Código Oficial canónico, y otras cosas que contribuían a dar mayor autoridad al misionero).
Armado Bonifacio, pues, de su nueva autoridad y armas episcopales, dirigióse a Carlos Martel, quien puso al servicio del misionero todo el apoyo de su poder. De esta forma entró Bonifacio en Alemania y se dispuso a continuar la obra comenzada en Hesse. Para ello hubo de realizar una de las más sublimes hazañas de su vida misionera, con el objeto de desarmar el principal obstáculo que encontró: la superstición pagana.
Efectivamente, en un día señalado con anticipación, y para hacer presencia de gran multitud de paganos, dio con sus propias manos algunos golpes de hacha e hizo derribar la encina sagrada de Geismar, a la que los paganos profesaban gran veneración.
Al ver los paganos que sus dioses no hacían nada para vengar aquel ultraje, reconocieron su impotencia, y a partir de este hecho se mostraron mejor dispuestos para recibir el evangelio. Con la madera de aquella encina hizo Bonifacio construir una iglesia dedicada a San Pedro, y a corta distancia de ella levantó el Monasterio de Fritzlar, en adelante uno de los puntos de apoyo de su obra misionera.
El año 725 pasó Bonifacio a Turingia, donde encontró un pueblo dispuesto a escuchar la palabra de Dios. Lo único que faltaban eran misioneros, y por esto pidió a los monasterios ingleses que le enviaran nuevas fuerzas. Bien pronto fundó en Turingia, cerca de Gotha, el Monasterio de Ordruf, que fue su base de operaciones en aquel territorio.
Entre los nuevos misioneros llegados de refuerzo, merece citar a San Lull (que fue el sucesor de San Bonifacio en la sede de Maguncia) y San Esteban (su futuro compañero de martirio). Y llegaron también algunas religiosas, que iniciaron la rama femenina del monacato en Turingia y Hesse. Entre ellas se distinguieron Santa Tecla, Santa Walburga y Santa Lioba (prima del mismo San Bonifacio).
Cerca de 10 años hacía que trabajaba Bonifacio en estas regiones de Hesse y Turingia, cuando Gregorio II falleció (ca. 731) y su sucesor Gregorio III lo reclamó a Roma, entregándole el palio arzobispal (ca. 732) y constituyendo a Bonifacio en metropolitano de toda la Alemania al otro lado del Rhin, con amplias facultades para fundar nuevos obispados a su antojo.
Algunos años más tarde (ca. 737) hizo Bonifacio su 3º viaje a Roma, con el objeto de tratar detenidamente con el papa la organización definitiva de las iglesias germanas. Entonces recibió de Gregorio III el nombramiento de legado apostólico (con poder general sobre todos aquellos territorios) y numerosos refuerzos benedictinos de Montecasino (como San Willibaldo). Con estos nuevos poderes y nuevos auxiliares, dirigióse Bonifacio a Baviera, cuyas cristiandades reorganizó e introdujo en plena jerarquía con los obispados de Salzburgo, Ratisbona, Freising y Passau.
Una vez organizada la Iglesia de Baviera, volvió a su campo de operaciones de Hesse y Turingia, donde creó los obispados de Erfurt (para Turingia), Buraburg (para Hesse) y Wurzburgo (para Franconia). Algo más tarde organizó el obispado de Eichstatt, y el 741 fundó la Abadía de Fulda, tan célebre en lo sucesivo (y donde descansarían ad aeternum sus restos mortales).
Este mismo año 741 entró Bonifacio en un nuevo campo de su actividad, al que han prestado menos atención los historiadores, y que da una idea completa de la magnitud de su obra apostólica. En efecto, su encendido amor de Dios y su celo por las almas no se contentó con la evangelización y organización de las iglesias germanas, sino que realizó también una completa regeneración y reorganización de la Iglesia en Francia (en estado de letargo, agotada por tantos años de liderazgo cristiano).
En efecto, ese año 741 murió su paladín Carlos I de Francia (Carlos Martel), al tiempo que Carlomán heredaba los territorios orientales (de Austrasia) y Pipino los occidentales (de Neustria). El piadoso Carlomán conocía perfectamente el celo apostólico de Bonifacio, y le invitó para que acudiera a sus dominios con el fin de reformar la disciplina eclesiástica. Aceptó Bonifacio la invitación, y comenzó al punto su tarea.
La tarea franca se dirigió principalmente a los clérigos, los obispados y los monasterios. Mas, para dar más eficacia a su acción reformadora (apoyada siempre por Carlomán y más tarde por Pipino), celebró Bonifacio una serie de concilios, célebres en la historia de la Iglesia de Francia.
El 1º de ellos fue el Concilio de Austrasia (ca. 742), el 1º concilio germánico y de talante reformista. Se atacó en él a la raíz del mal, se ordenó la devolución de los bienes eclesiásticos, se urgió el derecho de los obispos y se dieron severas disposiciones contra los vicios de simonía e incontinencia del clero. Y todas sus disposiciones fueron proclamadas como leyes del estado.
Al Concilio de Austrasia siguieron los Sínodos I y II de Austrasia (ca. 743), los Sínodos I y II de Neustria (ca. 744, donde se introdujeron las normas reformadoras de Austrasia) y un gran Concilio Franco (ca. 745) para ambos territorios, en que la Iglesia franca quedaba completamente regenerada.
El Concilio Germano (ca. 747) fue la mejor confirmación de los resultados obtenidos por la grandiosa obra de Bonifacio en Alemania, y en él todo el episcopado germano firmó la llamada Carta de la Verdadera Profesión de Fe y de la Unidad Católica, que mandaron a Roma.
De este modo, toda la Germania y toda Francia quedaban íntimamente unidas con Roma, por obra de Bonifacio. Por su parte, el nuevo papa Zacarías I nombró a Bonifacio arzobispo de Maguncia, constituyó a esta sede en la primada de Alemania y Francia, y quedó así completada la organización territorial del centro de Europa.
Pasados los años, y ya de edad avanzada, Bonifacio obtuvo el nombramiento de su discípulo y colaborador Lull como sucesor suyo en Maguncia. Y Bonifacio decidió retirarse a la región de Frisia, donde con aliento juvenil intentará volver a entregarse, como en sus inicios, al trabajo misionero entre los paganos.
Los éxitos de su nueva y última campaña misionera, de veterano apóstol, le rejuvenecieron extraordinariamente. Y sentíase allí como en su propio elemento. Pero estaba preparando cierto día (5 junio 754) la celebración de una confirmación, en el campo de Dokkum, cuando unos paganos fanáticos cayeron sobre él y sobre los asistentes, cayendo muertos el anciano Bonifacio y los 52 neófitos que esperaban ser confirmados. Llevado su cuerpo a Utrecht, fue más tarde trasladado a Maguncia y luego a Fulda, en cuya Abadía de Fulda reposa actualmente.
Fue San Bonifacio el gran apóstol de Alemania, si bien ya antes que él otros misioneros habían predicado el evangelio en este territorio, y también Baviera y Turingia constituían ya importantes núcleos de cristiandad. Pero fue el apóstol de Alemania porque a él se debe la generalización sistemática de la evangelización de Alemania (en 1º lugar), así como el establecimiento de la definitiva jerarquía de sus territorios (en 2º lugar), en inteligencia con los papas de Roma.
San Bonifacio fue uno de los más grandes misioneros de la Iglesia Católica de todos los tiempos, venciendo las mayores dificultades y trabajando hasta derramar su sangre por la fe que predicaba. El resultado de su obra apostólica, verdaderamente admirable, puede verse patente, todavía hoy día, en Alemania y Francia.
Act:
05/06/26
@santoral
mercabá
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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