6 de Junio

San Norberto de Xanten

Fermín Izurdiaga
Mercabá, 6 junio 2026

Semblanza

         Nació el 1080 en Santes (actual Xanten, Baja Renania), en el estado de Cleves y en las márgenes alemanas del Rhin, en un territorio poblado de castillos de leyenda y sangre encendida. Su madre, Haduvije, "traía origen de la Casa de Lorena, raíz fecunda de muy cristianos héroes". Luego nada sorprende que, con semejante cuna, tuviera Norberto una infancia libre de toda servidumbre a las armas o artesanías, y pudiera dedicarse a adquirir una buena formación.

         En las escuelas monásticas y episcopales se refugiaba entonces todo el humano saber. Turbas de copistas, en la calma serena y oracional de los scriptorios, ponían a punto las humanidades clásicas, junto a las últimas novedades de Anselmo de Bec, Escoto Erigena o Rábano Mauro.

         El Trivium, con el estudio de la gramática y de la dialéctica, con la pompa de los retóricos, interpretaba la historia y la poesía, mientras la austeridad del Quadrivium, apretado de números secretos, de astrologías y geometrías, se humanizaba también admitiendo los simples pentagramas de Guido de Arezzo, para reducir a un lúcido orden las melodías de la música.

         En la inquietud de estas escuelas se preludiaba ya el advenimiento feliz de la escolástica, que casaría valientemente las verdades de la fe con la filosofía de Aristóteles. Y un gran viento de mística espiritualidad agitaba a toda la Europa, empujando a las gentes al heroísmo de las Cruzadas, a la quieta y dolorosa contemplación de Dios en la penitencia y silencio de los claustros.

         Norberto ha vivido estos mundos alucinantes de la sabiduría. Tiene una inteligencia despejada y aguda; imaginación dulce para los madrigales, una palabra vital, que hace impacto de llagas en quien le oye.

         Sigue las disciplinas eclesiásticas porque le prima en la sangre el ejemplo de su tío, Federico de Carinthia (arzobispo de Colonia). Y asciende al subdiaconado, pero sin intenciones de consagrarse al Señor, en la plenitud de entrega del sacerdocio. Su tonsura le traerá un estado de vida magnificada por los honores y por las prebendas. Su propio tío le confiere una capellanía en la imperial Iglesia de Santes, donde se muere de tedio y de nostalgias bajo el meridiano del demonio, dando a sus pasiones placer y a su ambición conquistas.

         Un canonicato en la Catedral de Colonia le introduce triunfalmente en la vida cortesana. El emperador Enrique IV de Alemania le hace su limosnero. Y ya está Norberto sobre los lujosos escenarios de la intriga palatina, para decir su papel, en alegres justas de amor, que han de terminar en drama. De cuerpo bien plantado y hermoso, maestro de humanidades, de cetrerías y poesías, insinuante y bien compuesto el ademán, la palabra caliente... y una turba de damas, como gacelas, que ansían el venablo del cazador.

         Hay para Norberto, en este tiempo de vanidades, un viaje imperial a Roma, porque Enrique IV de Alemania desea zanjar con el papa Pascual II el escándalo de las investiduras que trae envilecida a la cristiandad, Han precedido unas conversaciones en Sutri, donde ambas partes llegaron a un esquema de convenio. Sólo falta la solemnidad de la firma, en la gran ceremonia que se celebra en San Pedro, con pausada pompa papal.

         Pero entonces, lejos de suscribir el emperador las estipulaciones de Sutri, "con la mayor alevosía que se lee en las historias (según papeles del tiempo), hace una seña en alemán a sus tropas, que se echan sobre el pontífice y los cardenales, les despojan de sus saeras vestiduras y los reducen a prisión".

         Fuera, los regocijos de Roma por la visita de tan insigne viajero naufragan en sangre inocente, en tropelías de la soldadesca, en incendios de destrucción. El alma exquisita de Norberto se turba y reprueba la conducta indigna de su amo. Corre a la cárcel del papa para reverenciarle y llorar con él tan grandes desventuras, y ya de regreso en Alemania, no quiere admitir el obispado de Cambray (con el que desea investirle el emperador). Es el principio de su salud.

         La Crónica de Anvers desliza otra interpretación a esta renuncia obispal, como si el joven subdiácono amase más su vida desarreglada que el servicio divino, y pone la misma intención mundana a un cierto recreo que Norberto se toma, un día luminoso de abril, jinete de elegante caballo, cuando se dirige con su paje al Convento de Freten (Westfalia). ¿Le llevaba el impulso ciego del amor? Pero allí sería su camino de Damasco.

         Iba así nuestro caminante, huyendo de la luz hacia las oscuras regiones de tan ruines pensamientos, "cuando vino sobre la espalda de este fugitivo de Dios una palabra poderosa, que derriba en tierra al caballo y al caballero". Claro que esto es la pintura un poco barroca del Cronicón.

         Porque la realidad fue que, en aquella calma radiante de primavera (todo el cielo perfumado de lirios y de rosas), se cerró en una colosal tormenta. Nubes cárdenas restallando truenos, los árboles de la selva bamboleantes, las golondrinas atolondradas sin poderse recoger a seguro, y Norberto acurrucado en los temblores de su miedo, aterido entre el furor de las lluvias. Un rayo cae a los pies de su cabalgadura y sepulta a Norberto, con su paje, entre el lodo y las hierbas ardientes, como en un infierno.

         Se repite la historia de Saulo. Norberto encuentra su Ananías en el abad del Cenobio de Ligeberg, en cuyas soledades se convierte a la contrición de sus pecados, a la penitencia. Entonces decide ascender hasta el sacerdocio. Su 1ª misa en su natal Iglesia de Santes se configura, como una perfecta crucifixión, con el Cristo vivo de su sacrificio.

         Es escarnecido Norberto por clérigos y por labradores, que le recuerdan los regalos carnales de su vida mundana. Pero el sermón 1º que les dirige impresiona hasta las lágrimas a todos sus paisanos, porque les confiesa con extrema humildad los escándalos de su vida y les invita a seguir a Jesucristo, en la vida nueva que él va a emprender.

         Y sus pies inician la gran epopeya. Reparte entre los pobres sus tesoros; renuncia a los cargos eclesiásticos y se hace sembrador del evangelio por todas las marcas del Rhin, con milagros, carismas y don de lenguas, como los mismos apóstoles, que recibieron en Pentecostés al Santo Espíritu. Andar y andar, a la sola conquista de las almas. Los auditorios que abarrotan los templos vienen de largas distancias para oírle: pastores, letrados, clérigos, y todos quedan embebidos en los ardores de su caridad.

         Acusado falazmente por su propio cabildo de Colonia al Concilio de Hesse (ca. 1118), alcanza del papa una legación para predicar en todo el orbe. Llega a Valenciennes con la salud rota, agotado de una misteriosa fiebre, y, sabiendo que allí se encuentra su buen amigo Burcardo (obispo de Cambray) le visita.

         Asiste a la conversación el capellán de su excelencia (Hugo), que desde tiempo había tomado el propósito de renunciar al mundo. Y oyéndole, le suplica que le tome de compañero para aquel apostolado de evangelización rural. Y así la Providencia une estos dos corazones en un mismo destino: la fundación de una Orden que remedie las necesidades de la Iglesia.

         En 1119, muerto Gelasio I, le sucede Calixto II (antiguo arzobispo de Viena), quien convoca el Concilio de Reims para la reforma de las costumbres y el arreglo de la cuestión de las investiduras. Asisten 400 obispos, el rey de Francia y nuestros 2 apóstoles (Norberto y Hugo). En el curso de las sesiones conocen al obispo de Laón (mons. Bartolomé), quien ofrece edificar un monasterio allí donde lo determine Norberto. Y así nace el Monasterio de Premontré, 1º de la Orden de los Premonstratenses.

         En la selva de Coucy, pantanosa, sombría, dantesca, circundada de montes pelados y rocosos, hay un prado (Pratum Monstratum) donde Norberto presiente que debe nacer su obra. Y en la Navidad de 1121, sobre las ruinas de una pobre ermita, se alza el 1º monasterio de la Orden Premonstratense.

         El drama de su propia vida (la traición que hizo al estado eclesiástico con su vida desarreglada) va a encontrar aquí un muy original y divino remedio. Bajo la Regla de San Agustín no busca Norberto a los monjes, sino a los clérigos.

         En una vida común, tan rigurosa como la de los cenobios, sus canónigos regulares aseguran en el estudio, en la penitencia y en el silencio ese potencial de vida interior que es la clave de todo apostolado: no permanecerán en clausura, ni adscritos de por vida a un monasterio (como los monjes), sino que deben andar y andar a la conquista de los pecadores, derramando el cáliz de su corazón sobre las almas abandonadas e ignorantes.

         Y así van sus canónigos por las ciudades y las campiñas, con su hábito de lana blanca, como ángeles de la buena noticia, adoradores del sacramento y heraldos de Santa María.

         El suceso del Premontré conmueve a toda Europa. Las grandes órdenes monásticas que obedecen a Cluny han entrado en una crisis de decadencia; las riquezas territoriales y el amplio poder de jurisdicción han corrompido al Cister; la soberbia de su gran abad (Pons de Melgueil) siembra de rivalidades la paz de los monjes, hasta conducirles a la excomunión y a la apostasía.

         Por eso Francia, Alemania y Bélgica acogen a los premonstratenses como la medicina celeste que Dios les envía. En los 4 primeros años Norberto preside ya nueve monasterios y atiende a la formación de sus canónigos, a quienes empuja y calienta el ejemplo santo de su vida.

         En este nacimiento afortunado de la Orden hay un signo que la consagra definitivamente: el encuentro de su fundador con la herejía maniquea. Importada de Asia a Europa en el s. III, reaparece con nuevos bríos en Amberes y Brujas, en el Delfinado, Provenza y Languedoc.

         Un cierto Tanchelim, fingiéndose obispo (y nada menos que de consagración papal) embauca a turbas de mujeres con sus palabras histéricas. Cuando aparece en los campos o en las plazas públicas (él odia los templos a quienes llama guaridas del diablo), centellea, como un ídolo, cubierto de púrpura y de oro.

         Dicho Tanchelim es risible, pero dramático. Porque se hace acompañar de un verdadero ejército de 3.000 hombres, que, en su fanatismo, siembran de libertinaje y de muerte las dulces tierras de Flandes. Muere a manos de un clérigo. Pero su muerte aumenta el número de los seguidores, encolerizados y rebeldes. Y es Norberto, con sus canónigos, llamados por el obispo de Cambray, quienes combaten el error y devuelven la paz y el orden a las gentes.

         Semejante suceso le hace concebir una idea genial y salvadora. Su Orden tendrá otra rama, completamente secular, y en la que hombres y mujeres, que viven en el mundo, observen una vida cristiana, a la sombra de sus abadías y de la compañía de sus canónigos. Y todo ello a través de sus pies descalzos, peregrinantes y celosos de la gloria de Dios.

         Por el 1126 se reunía en Spira lo más selecto de Europa; del sacerdocio y del Imperio. La entrada triunfal del emperador Lotario aterra a los vencidos, que buscan el valimiento del obispo de Maguncia para que la victoria no les tiña de sangre ni les humille con cadenas. Y corre, de pronto, la voz de que Norberto se encuentra en la ciudad. Le conocen bien: le saben piadoso y justiciero; y le suplican que, en aquella hora de amargura, les consuele su palabra, ungida de tantos carismas. Lotario asiste al sermón y queda transido del amor de caridad en que se abrasa el apóstol.

         Y sin saber cómo (pues el Santo Espíritu sopla donde quiere y como quiere) arrebatado el auditorio se echa sobre Norberto, clamando: "Norberto, arzobispo de Magdeburgo". Queda anonadado y se resiste, con violencias, por su auténtica humildad. Pero aquel fervor de multitud mueve a Lotario a confirmar la elección de Norberto y después al papa.

         A los pocos días hace su entrada en la catedral. Va, como siempre, descalzo, con su pobre túnica blanca, para recibir el homenaje de los obispos, de los nobles, de los cabildos y del pueblo. Cuando la solemnidad termina y se dirige a su palacio, el guardián le niega la entrada al verle tan pobre y descalzo: "Llegas tarde (le dice), porque ya se dio la comida a los necesitados".

         Y cuando le avisan que aquel es su señor, el nuevo arzobispo, se arrodilla confuso para besarle los pies. Y así queda, para la historia, la apoteosis de unos pies anchos, seguros, inconmovibles, que sólo se movieron para la honra de Dios y la caridad del prójimo.

         Durante los 8 años de su pastoreo arzobispal, Norberto culmina el ejemplo de San Pablo. Pone a su discípulo Hugo como gran abad de toda la Orden, que se extiende por 120 monasterios. Predica y escribe. Es perseguido como el apóstol, salvando por dos veces la vida de manos criminales. Viaja con el emperador a Roma y consigue deponer al antipapa Pedro de León. Asiste al Concilio de Reims, donde su sabiduría brilla con los mismos resplandores de su santidad y de su celo.

         El 6 junio 1134, y dentro de la Octava de Pentecostés, este siervo humilde (a quien San Bernardo llamaba maestro, apóstol fidelísimo del Espíritu Santo) está agotado por la fiebre, y entre suaves transportes del divino amor se fue para el cielo a festejar los gozos de su Pascua. Os dejaré una divisa para que la maduréis dentro del alma. La que sin cesar repetía a sus discípulos:

"Yo he frecuentado las cortes de los príncipes y abundé en riquezas. No perdoné a los deleites. Pero tened por cierto, hermanos míos, que la mayor abundancia de bienes de este mundo reside en la pobreza del espíritu. Sólo fui rico cuando de ellos carecí. Porque lo mismo fue arrojar de mi corazón los bienes de la tierra que llenarse de los de la gloria, mucho mejores sin comparación, de suavidad inefable y de una duración eterna".

 Act: 06/06/26     @santoral mercabá        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A