7 de Abril

San Juan Bautista de la Salle

Lamberto Echeverría
Mercabá, 7 abril 2021

Es el 17 enero 1667, y en la insigne Catedral de Reims hay revuelo y fiesta. Un jovencito, de apenas 16 años pero perteneciente a la ilustre familia de La Salle, toma posesión de su silla en el coro: la nº 21. Podemos imaginarnos la imponente ceremonia, la de un cabildo que entonces contaba con 56 canónigos, 61 capellanes, 4 sacerdotes y 4 sacristanes, y tenía a su frente 8 dignidades (y hasta 1789, 31 de sus miembros serán obispos, 21 cardenales y 4 llegarán a la Sede de Pedro: Silvestre II, Urbano II, Adriano IV y Adriano V).

Extraños los caminos de la Providencia. El año anterior, el día de Pascua, Pierre Docez, arcediano de Champagne (la 2ª de las dignidades del cabildo) había asistido a una velada en el Colegio de Bons Enfants, y había quedado prendado de la modestia, discreción e ingenio de aquel jovencito (Juan Bautista), en vista de lo cual decidió resignar en su favor la canonjía, de manera que Juan Bautista de la Salle se incorporó al cabildo.

Poseemos un retrato hecho en esta época. El joven, nacido en Reims el 30 abril 1651, tiene aire de seriedad, posee una mirada profunda y va revestido con sobrepelliz, bonete y armiño. Causaba una impresión agradable, pero nadie sospechaba los designios que Dios tenía sobre él. Mientras tanto, el joven canónigo ha de continuar sus estudios. Y lo hace en el seno de su familia, auténtica y sólidamente cristiana. La mitad de sus hermanos abrazarán el estado sacerdotal o religioso, y él mismo, pese a su juventud, se constituye en un modelo "de regularidad, modestia y candor" para sus compañeros de cabildo.

Aunque en las costumbres de aquel tiempo, y aun en la legislación, no se requería el sacerdocio para el canonicato, Juan Bautista prosigue ardientemente sus estudios de Teología en la Universidad de Reims. Y después pasa a la Universidad París, y allí se pone en contacto con una institución excepcional: el Seminario de San Sulpicio, que debía darle una regla, un método y una ascética.

A pesar de que su estancia en el seminario no pudo prolongarse mucho, la influencia de San Sulpicio (a cuyo frente estaba Tronson) fue muy profunda. El ambiente era de gran fervor, y los seminaristas rivalizaban en el ejercicio de las virtudes. Condiscípulos suyos habrían de estar en el futuro al frente de muchas diócesis, y fueron los auténticos artífices de la admirable restauración pastoral del s. XVI, que tuvo lugar en toda Francia.

Sin embargo, una intervención de la Providencia le obliga a abandonar su amado seminario. Habían muerto sus padres y Juan Bautista tenía que hacer frente, a sus 21 años, del cuidado de 6 huérfanos, cuyas edades iban desde los 19 años del mayor (Juan Remigio) hasta los 6 años del más pequeño (Pedro). Carga bien pesada, que él hace compatible con el cumplimiento exacto de sus obligaciones de canónigo y estudiante, para continuar preparándose al sacerdocio.

El sacerdocio tardará en llegar, pues él mismo alberga vacilaciones y luchas, y sólo la intervención de personas de autoridad pudieron tranquilizar la excesiva prudencia del ordenando. Hasta que por fin se decide, y el 9 abril 1678 recibe el presbiterado en Reims. Al día siguiente (10 de abril), en una humilde capilla de la inmensa catedral, acompañado tan sólo por su familia y director espiritual (el padre Roland), celebra su 1ª misa. Pese a su condición de canónigo y al esplendor de su posición social, el joven sacerdote Juan prefiere la sencillez y la humildad de aquella 1ª misa, llena de recogimiento y fervor.

Pasaron tan sólo 17 días hasta que Dios volviera a intervenir en el camino de Juan. En efecto, el 27 de abril muere su director espiritual (Roland), y él aparece designado como su albacea. Entendámonos. No se trataba sólo de hacer las gestiones correspondientes a los bienes que había dejado el difunto, sino de algo mucho más importante: continuar trabajando en el mismo campo en que él había trabajado. Esto suponía una delicada misión, tanto en lo que se refería a la juventud femenina (que Roland dirigía), como sacar adelante la Congregación de Hermanas del Niño Jesús (que el difunto había fundado).

Respecto a las hermanas, Juan consigue en 10 meses la aprobación del arzobispo de Reims, la consolidación jurídica de su Instituto y el visto bueno de la legislación francesa. Las hermanas habían quedado así definitivamente establecidas, y podían continuar su admirable labor.

Respecto al otro encargo, su cumplimiento iba a suponer la labor de toda su vida, y aquí hubo de actuar el joven canónigo con decisión y energía. El 15 agosto 1679 abría para las niñas la Escuela de San Mauricio, y sólo 5 meses más tarde, la Parroquia de Santiago. Para atenderlas, constituye un grupo de maestros, a los que une bajo el deseo de trabajar con la niñez abandonada. El padre De la Salle, sin sospechar que estaba poniendo los fundamentos de un instituto religioso en toda regla, que habría de suponer una verdadera revolución en toda Francia, busca para los maestros una casa próxima a su propia residencia, donde puedan vivir reunidos. Y logró conseguirla el 25 diciembre 1679.

Paulatinamente, aquellos maestros fueron incorporándose a su propio estilo de vida. Juan Bautista hace un viaje a París y habla allí con un religioso mínimo (el padre Barré), que participaba también de las mismas inquietudes por la suerte de la niñez. El religioso anima a Juan a seguir adelante, y a llevar su entrega a la juventud hasta sus últimas consecuencias.

El 24 junio 1681 De la Salle celebra su santo, y a su mesa se sientan, juntamente con sus hermanos, aquellos humildes maestros de las escuelas parroquiales de Reims. Para su familia carnal, esto es ya demasiado, y sus hermanos inician una ofensiva para quitarle esas ideas arraposas, no acordes a su categoría de canónigo. Sus tíos llegan a retirar a Juan el cuidado de sus hermanos, ridiculizan las escuelas parroquiales y le reprochan amargamente lo que está haciendo. Al año siguiente, los maestros no asisten a la fiesta familiar del 24 de junio, y el propio Juan abandona su hogar paterno para irse a vivir con ellos, en la casita de la c/ Neuve de Reims.

Comienza una nueva vida. Al frente de aquel grupo de maestros, Juan se va dando cuenta de que no caben las medias tintas. Ellos le hacen su confesor, su confidente, su director y su guía, y van llegando nuevos maestros que van abriendo perspectivas cada vez más dilatadas. Pero estorba la canonjía. Pues el oficio coral llevaba entonces a los canónigos de 5 a 6 horas diarias, desde las 05.00 horas (en que se reunía el Cabildo) hasta las 15.00 horas, sin apenas disponer de tiempo entre medias. Por otra parte, los maestros no podían menos de experimentar un cierto contraste, pues mientras ellos tenían que mirar su porvenir fiándose únicamente de la divina Providencia, el canónigo De la Salle tenía su propio beneficio, y unos ahorros personales ante cualquier avatar que pudiera sobrevenir.

Juan toma entonces una decisión heroica: vivirá la vida de sus queridísimos maestros en toda su integridad. Decide renunciar a la canonjía y a su fortuna personal, y lo hace llevando ambas cosas hasta las últimas consecuencias. Los canónigos le aconsejaron que cediera la canonjía a su hermano Luis. Pero él se resiste, y prefiere hacerlo en favor de un sacerdote digno y virtuoso, aunque fuese desconocido. En cuanto a sus bienes acumulados, Juan Bautista repartió todo su dinero a los pobres. En lo sucesivo, él y sus queridos maestros mirarían al porvenir de idéntica manera, descansando sólo en los brazos de la divina Providencia.

Llegó entonces el momento de plantear las cosas con toda seriedad, y los maestros piden a su director una regla de convivencia y actuación. Pero Juan prefiere que esta Regla sea hecha entre todos. El 9 mayo 1684 se abre la 1ª reunión de la nueva Congregación, y como resultado de ella, el 27 de mayo (fiesta de la Santísima Trinidad) 12 discípulos, con Juan Bautista a la cabeza, hacen sus primeros votos. Muy prudentemente, el fundador quiso que se tratara sólo del voto de obediencia, por el espacio de 1 año.

El experimento era lo suficientemente arriesgado, y por eso actuó De la Salle con todo cuidado. Eso sí, al poco tiempo se preocupó de darles un hábito adecuado: la sotana de sarga negra, el tricornio de amplias alas y la gola (o rabat) blanca. Poco tiempo después, y por indicación del alcalde (a quien daba pena ver a los hermanos "sin protección alguna en pleno invierno") se añadió el manteo con las 2 mangas vacías, que habría de valerles durante mucho tiempo el nombre de "los hermanos de 4 brazos".

Por vez 1ª en la historia de la Iglesia nacía un Instituto formado única y exclusivamente por hermanos. Posteriormente habrán de crecer y desarrollarse otros muchos. Pero nadie podrá arrebatar a Juan Bautista de la Salle la gloria de haber concebido, con nítida claridad, la idea de esta clase de congregaciones, al servicio de su propia finalidad en el más completo renunciamiento, incluso a algo tan hermoso y tan sagrado como es el sacerdocio.

El Instituto iba a suponer una auténtica revolución. No sólo por estar compuesto exclusivamente de hermanos, sino también por otras novedades. Sobre todo en el terreno de la pedagogía, en el que se romperían, con firme decisión y pese al enorme clamoreo que habría de levantarse, muchísimas rutinas. Se acabó ya el golpear a los niños, se acabaron los gritos (sustituidos por la señal), se acabó el enseñar a leer en latín, y la utilización de absurdas gramáticas. Se acabaron los maestros improvisados, y a todos ellos se les obligó a estar permanente formados.

Innovaciones profundas tuvieron también lugar en la misma formación de los religiosos, como fue la implantación de un Noviciado Menor, antesala del noviciado propiamente dicho, y que no tenía antecedentes en las congregaciones religiosas. Así también el mismo espíritu con que se procede a la formación de los hermanos, uniendo las prácticas de oración y mortificación (de las más rigurosas órdenes contemplativas) con el espíritu de trabajo.

En aquel Noviciado de Vaugirard, Juan da a sus novicios el espíritu y el aliento necesarios para su gran misión. París ve estupefacto cómo cambia la niñez en manos de los hermanos, y cómo lo que hasta entonces era afrentoso, bajo y sucio, se trueca en luminoso y limpio. Todo el mundo se hace lenguas de su maravillosa eficacia pedagógica. Aquel método simultáneo, implantado por De la Salle en sus escuelas, supuso una auténtica revolución pedagógica, que serviría para hacer maravillas. Sin embargo, esto suponía un desafío demasiado claro al sistema educativo de la época, y la persecución no podía tardar.

La vida de Juan Bautista de la Salle es toda ella un contraste apasionante e increíble. De una parte, el Instituto se desarrolla y se extiende por toda Francia. De otra parte, el fundador vive una vida de continuas persecuciones. Y puede decirse que no hubo prueba, por dolorosa que fuese, que no se le presentase.

Choca ante todo con el monopolio estatal, y los maestros que entonces ejercitaban la enseñanza se sienten heridos. Unas veces reaccionan con violencia, y las escuelas de los hermanos son asaltadas brutalmente. Y otras, por medio de interminables pleitos (que al menor descuido se transforman en sentencias desfavorables), tratan de hacerles la vida imposible. En ocasiones se recurre incluso a la calumnia y al libelo ofensivo. Se trata de una lucha que durará largos años, y que algunas veces llega a poner en riesgo la existencia misma del Instituto.

Pero no es la prueba más dolorosa. A San Juan Bautista le tocó defender algo más que su derecho a ejercitar la enseñanza: la idea misma del Instituto. Era natural. Lo que él intentaba hacer chocaba demasiado con las ideas hasta entonces corrientes y, eclesiásticos bienintencionados, incluso amigos verdaderos de las escuelas cristianas, se creían en el caso de darle consejos y, en alguna ocasión de querer imponer sus propias orientaciones.

Ahora es un obispo a quien el Instituto debe mucho el que, en el curso de una comida, insiste en las modificaciones que hay que hacer. Luego aquel eclesiástico, basándose en un nombramiento de superior que se había convenido en que seria puramente nominal, intenta sacar adelante unas ideas que destrozarían la esencia misma del Instituto. Otra vez son las autoridades civiles, que intervienen para sustraer de la obediencia a los hermanos que trabajan en su propia población. Sobre todo hay una oposición obstinada, larga, tenaz la del párroco de San Sulpicio, de París, hombre, por otra parte, celoso y bueno, pero que intenta contra viento y marea imponer sus propias ideas. Ocasión habrá en que el fundador De la Salle, abatido y puesto de rodillas, con la frente en el suelo y bañado en sollozos, verá al arzobispo de París, impresionado por los informes del párroco, marchar desdeñosamente a su finca de recreo sin darle respuesta alguna.

Estos sufrimientos tenían que herir profundamente el alma de Juan Bautista. Paralelos a ellos corrieron otros que tenían una fuente menos pura y nacían de intención manchada. De la Salle y el Instituto por él fundado fueron, como era natural, una de las presas que más podía apetecer el jansenismo francés. Se utilizó todo: la habilidad, el halago, la argumentación doctrinal, las amenazas, la coacción... Cuando todas estas armas hubieron fallado, el jansenismo decretó una guerra a muerte al fundador y a su Instituto. Por todas partes hubo choques, en Marsella, en París, en Rouen... Y así hasta el fin de su vida. Porque pocos días antes de morir hará Juan una hermosísima profesión de fe, verdadero testamento espiritual, ratificando de manera inequívoca su absoluta oposición al jansenismo.

Casi tan dolorosas como éstas le tenían que resultar otras pruebas: las procedentes de los falsos hermanos. Unas veces por influencia de fuera, otras por mala voluntad de los mismos sujetos, en más de una ocasión Juan se encontró con que se habían infiltrado en las comunidades elementos indeseables. El era tan bondadoso que no podía imaginar mala voluntad en nadie. Ocasión hubo, y más de una, en que los hermanos se vieron obligados a imponerse y a exigirle que no admitiera a algunos de estos sujetos, o expulsar a algún otro. Para Juan todo el mundo era bueno, y estaba presto a perdonar y a volver a admitir al que había faltado. Prueba dolorosísima para su corazón ver en ocasiones hermanos que se dejaban contagiar por el espíritu del mundo e incluso llegaban a hacer el juego a los propios enemigos del Instituto.

Junto a estas pruebas, tan íntimas, no faltaron tampoco las pruebas externas. La vida de Juan es un largo Vía Crucis. No sólo por sus viajes interminables (hechos de forma humildísima y a pie, pidiendo limosna y acogiéndose a los hospedajes más pobres), sino también por su misma salud. En el fervor de la Casa de Vaugirard había vivido todo un invierno en una habitación desmantelada, en la que contrajo un gravísimo reuma que le producía dolores tremendos, a los que se añadían los que le causaban los métodos, que hoy llamaríamos bárbaros, que en más de una ocasión se emplearon para curarle.

Ni era menor el sufrimiento que tenía que causarle, habida cuenta de su naturaleza delicada, la vida común llevada con el máximo rigor. A la distribución del tiempo, ya muy dura, común a todos los hermanos, añadía él largas horas de oración, increíbles penitencias, estudio prolongado. Su estómago, hecho al género de comidas que en su casa había tenido, se resistía, hasta con vómitos de sangre, a las pobrísimas comidas de los hermanos. Sólo con esfuerzos heroicos logró acomodarse. Y así en todo. Siempre el más puntual, el más humilde, el más pobre. Su sotana, su manteo, eran tan raídos que inspiraban lástima. No los hubiera querido un pobre a quien se hubiesen regalado.

Ocasión hubo en que Juan Bautista, creyendo estorbar, se retiró del gobierno y pasó unos meses al margen de la vida de la Congregación. Fue entonces cuando se produjo uno de los acontecimientos más hermosos en la historia de las órdenes religiosas: la carta que los hermanos le escriben, pidiéndole que vuelva a ponerse al frente de ellos. Es difícil concebir un trozo de literatura eclesiástica superior a esta carta, que casi no puede leerse con ojos enjutos. Los hermanos le piden con humildad, pero con firmeza, con sentimiento profundo, pero sin caer en exageraciones, con lógica firme, pero sin sequedad ninguna, que vuelva a hacerse cargo de su gobierno:

"Señor y padre nuestro. Nosotros, los principales hermanos de las Escuelas Cristianas, tenemos a la vista la mayor gloria de Dios, el mayor bien de la Iglesia y de nuestra sociedad. Y por eso reconocemos que es de extrema necesidad que usted vuelva a tomar el cuidado y la dirección de la santa obra de Dios, que es también suya. Pues gustó al Señor servirse de usted para establecerla, y conducirla desde hace tanto tiempo".

Poco después, 16 mayo 1717 (día de Pentecostés), se reunían los principales hermanos en la célebre Casa de San Yon, en la que De la Salle había pasado días tan felices. La casa estaba envuelta en una atmósfera sobrenatural, y todo el mundo oraba y hacía penitencia. El día 18 se hizo la elección de nuevo superior, y quedó elegido el hermano Bartolomé. El capítulo continuó trabajando y se fijaron las reglas. Y De la Salle obtuvo, por fin, lo que tanto había deseado: obedecer. Y lo hizo con todo su corazón. Hasta para los más mínimos detalles pedía permiso al nuevo superior.

Ya podía marcharse de este mundo, pues su obra quedaba consolidada. Aún vivió unos meses, hasta que por fin le llegó la hora suprema. El Martes Santo de 1719, haciendo un esfuerzo colosal, se levantó de la cama para recibir con toda humildad el viático. Por la noche le rezaron la recomendación del alma. Él dio sus últimos consejos a los hermanos, encargándoles que estuvieran siempre muy apartados del mundo. Y a las 16.00 horas del 4 abril 1719 (Viernes Santo) expiró dulcemente, a los 68 años.

Su cuerpo fue inhumado, de 1ª intención, en la Parroquia de San Severo, en cuya jurisdicción estaba enclavada la Casa San Yon de Ruan (la casa madre de la Orden). El 16 julio 1734, y cuando dicha casa madre ya tuvo su propia iglesia, fueron trasladados allí sus restos, y allí quedaron incluso durante los avatares de la Revolución Francesa (hasta que en 1835 no tuvieron más remedio que pasar a la capilla del Colegio de Rotien). Cuando en 1904 el laicismo obligó a los religiosos a expatriarse, la casa generalicia de los hermanos se trasladó a Lambecq lez Hay (Bélgica), y a ella fueron también los sagrados restos. Construida una nueva casa generalicia en Roma (en la Vía Aurelia), a ella fueron llevados en 1938, y allí permanecen.

Pese a la fama de santidad de que gozó en vida, su proceso de beatificación comenzó tardíamente, en 1835. En 1840 fue introducida la causa y en 1846 aprobados los procesos. Rápidamente se fueron sucediendo los demás trámites (examen de los escritos, aprobación de los milagros), hasta que el 19 julio 1888 se celebró la beatificación. En marzo de 1890 comenzó su proceso de canonización, y 10 años después, 24 mayo 1900, fue solemnemente canonizado, junto a Santa Rita de Casia.

La congregación por él fundada cuenta en la actualidad con 17.000 miembros extendidos por todo el mundo. Humildes y laboriosos, los hermanos desarrollan en todas partes una admirable labor, de acuerdo con el espíritu de su instituto, que "consiste en un ardiente celo de instruir a los niños y educarles en el amor de Dios, conduciéndoles a conservar su inocencia (si no la han perdido) e inspirarles gran aversión y sumo horror al pecado y a todo lo que pueda hacerles perder la pureza".

Para vivir en tal espíritu, los hermanos de la Sociedad se esfuerzan en la plegaria, la instrucción, la vigilancia y la buena conducta en la Escuela, procurando con ello la salvación de los niños que les son encomendados, educándoles "en la piedad y en el verdadero espíritu cristiano, según las reglas y las máximas del evangelio".

De esta manera, San Juan Bautista de la Salle continúa viviendo entre nosotros, como fundador de la pedagogía educativa contemporánea, y a través del fervoroso espíritu que pervive en sus hijos.