7 de Marzo
Mártires de Cartago
Casimiro
Sánchez
Mercabá, 7 marzo 2026
Semblanza
Los nombres de Perpetua y Felicidad figuran de antiguo en el canon de la misa. Habían muerto en el Anfiteatro de Cartago el año 203, y en el calendario filocaliano de Roma (del tiempo de Dámaso I) aparece su fiesta el 7 de marzo. Tras lo cual se perdió la memoria de su celebración, que a principios del s. XX restauró Pío X, con motivo de las excavaciones que se realizaban en Cartago (en que aparecieron los restos de una basílica paleocristiana, y fue hallado el epitafio de las célebres mártires).
Las Actas de su martirio es uno de los documentos más realistas y emocionantes que se conocen. Constan de 2 partes (2 autobiográficas y 1 narrativa), la 1ª escrita por la pluma de la misma mártir protagonista (Perpetua), la 2ª escrita por Sáturo (compañero de martirio de Perpetua), y la 3ª (preámbulo y epílogo) escrita por el armonizador de toda la pieza literaria (tal vez Tertuliano, que la debió ofrecer al público en griego y latín).
En efecto, el Edicto de Septimio Severo contra los cristianos, promulgado el 202, hizo apresar el 203 a numerosos cristianos de Cartago, tanto catecúmenos como esclavos (Revocato y Felicidad) o nobles (como Saturnino y Secúndulo). Con ellos estaba Vibia Perpetua, de ilustre cuna y exquisita formación, de 22 años y casada que vivía con sus padres y 2 hermanos, y con un niño de pecho. A estos mártires se les agregó poco después el diácono Sáturo, maestro de catecumenado de Perpetua y que hizo de director espiritual en la larga lucha, narrando poco después los incidentes del proceso.
Parece ser que las primeras detenciones tuvieron lugar en las casas particulares, con guardias de vista y entre fuerte oposición de los padres, que eran paganos. Tras lo cual fueron puestos los acusados en custodia atenuada (recibiendo en dicha situación el bautismo) y poco después en la cárcel pública.
Quien haya visitado la Cárcel Mamertina de Roma puede imaginarse lo que era una cárcel de los tiempos del Imperio Romano: "Me horroricé (relata Perpetua), y jamás había sentido sensación de tal oscuridad. Fue un día terrible, insoportable por la estrechez del hacinamiento. Pero mi mayor preocupación era el chiquitín". Parece ser que entonces intervinieron 2 diáconos ante los carceleros, y trasladaron a los presos a las celdas del piso superior, desde donde podía verse el mar.
"Sentimos un poco de refrigerio", relata Perpetua, que al poco pudo tener en sus brazos a su bebé: "Yo daba el pecho al niño, que estaba esmirriado por no haber mamado nada". Mas la preocupación por su familia no la dejaba sosegar: "Me consumía al saber lo mucho que ellos me querían".
Cuando tuvo consigo al niño, relata Perpetua que "noté como si la cárcel se me hubiese convertido en pretorio, y ya prefería estar allí a ningún otro sitio". En efecto, el pretorio era el palacio del procónsul de Cartago, algo equivalente a nuestras capitanías generales.
Aquellos días Perpetua tiene una visión, en la que ella "sube por una larga escalera a cuyos lados aparecen innumerables instrumentos de suplicio, y cuyo primer peldaño custodia un terrible dragón". El diácono Sáturo la anima, pero ella le contesta que en dicho sueño ella tuvo que "hollar la cabeza del dragón y subir hasta lo alto, abriéndose ante mis ojos un inmenso jardín". Perpetua había tenido una visión del Paraíso, llena de alusiones a la representación iconográfica de Cristo en la primitiva Iglesia y a los ritos de la eucaristía:
"En medio del jardín estaba sentado un hombre alto, como en traje de pastor, y ordeñaba las ovejas. Y a su alrededor, millares de personas vestidas de blanco. Y levantando la cabeza fijó los ojos en mí y me dijo: Bienvenida, hija. Y pronunciando mi nombre, me dio a comer un bocado de queso que estaba cuajando. Yo lo recibí con las manos juntas y lo comí. Y todos los circunstantes dijeron: Amén. Al ruido de las voces volví en mí y todavía me quedaba no sé qué saboreo de dulcedumbre".
Y con ello comprendió que le esperaba el martirio, que no se reduciría sólo a dar la vida por la fe, sino a sufrir antes mucho.
La escena que se desarrolla ante el tribunal, al tiempo del interrogatorio, es de un patetismo conmovedor:
"Subió mi padre a donde yo estaba (en el tablado del tribunal) para hacerme cambiar , y me dijo: Hija mía, ten compasión de mis canas, si es que merezco de ti el nombre de padre. Y pues he hecho con el trabajo de mis manos que llegases hasta la flor de la edad, e incluso te he mejorado sobre todos tus hermanos, no seas al fin mi baldón a los ojos de los hombres. Mira a tu madre, mira a tus hermanos, mira a tu madre y a tu tía materna, mira a tu hijito que no podrá sobrevivir a tu muerte. No seas empedernida ni la ruina de todos nosotros. ¿Quién de nosotros osará abrir la boca con libertad si te cae esta pasión?".
"Estas palabras poníale en los labios su corazón de padre. Me besaba las manos, se echaba a mis pies y con lágrimas me suplicaba, llamándome no hija sino señora suya. Yo era la primera en sentir el trance de mi padre, y veía que él sería el único de toda la parentela que no se alegraría de mi martirio".
Parece ser que, en dicho trance, la propia Perpetua confortó a su padre como pudo, aunque éste se retiró del tribunal entristecido. Al día siguiente, y con motivo del interrogatorio en el foro (en que todos los presos confesaron su fe cristiana, ante el procurador Hilariano), el padre volvió a la carga:
"Mi padre insistía para que yo renegase, hasta que Hilariano, cansado, mandó que le echasen fuera y le golpearan con una vara. Sentí los varazos como si me los hubieran dado a mí. Entonces Hilariano falló sentencia contra todos nosotros, condenándonos a las fieras. Y todos, alegres, bajamos a la cárcel".
Tras lo cual, fueron todos conducidos de nuevo a la cárcel, esta vez sin el bebé de Perpetua:
"Como ya el niño se había habituado a tomarme el pecho y sentía placer en estar conmigo, mandé aprisa al diácono Pomponio para que se lo pidiese a mi padre. Este se negó a darlo. Pero gracias a Dios resultó que el niño no tenía más ganas de mamar, con lo que me sentí aliviada al verme libre de la preocupación del pequeño y de la molestia de los pechos".
Se acercaba el aniversario de Geta (hijo del emperador), y en su honor se empezaron a preparar unos excelentes juegos en la ciudad, siendo el número fuerte del programa el martirio de los encarcelados. La víspera de los Juegos permiten a los reclusos recibir la visita de sus parientes, y por última vez el padre de Perpetua quiere disuadirla. "Decía tales cosas que ablandarían a los peñascos, pero a mí (dice Perpetua) me afligían".
La víspera del combate, Perpetua volvió a tener otra visión, en que ella se "encontraba en medio del anfiteatro ante la expectación de la muchedumbre, y le tocaba luchar contra un atleta de proporciones ciclópeas, un egipcio de mala catadura". En los escritos primitivos, el demonio era representado en tipo de egipcio, quizás por el color negro de la piel.
En dicho sueño, Perpetua "lograba vencer al egipcio, y recibir de manos del tribuno un ramo con manzanas de oro, al tiempo que la besaba, diciendo: Hija, la paz contigo". Tras lo cual, Perpetua despertó, y reconoció que sus luchas no acabarían con las bestias, sino contra el diablo. Pero no dudó de la victoria, y tras el sueño pide a su confesor que "si alguno quiere, que escriba lo que he dicho, y lo que ocurrirá el mismo día del Juego".
El diácono Sáturo dejó la reseña de otra visión, que venía a confirmar la victoria martirial. Mas la relación de éste se la debemos a un autor anónimo, a quien todos identifican con Tertuliano. En dicha reseña se nos refiere cómo Felicidad (la esclava, que estaba encinta de 8 meses y temía no poder acompañar al suplicio a sus compañeros, a causa del embarazo) dio finalmente a luz merced a las oraciones de todos los mártires, que unánimemente lo pidieron.
Y como se quejase por los dolores del alumbramiento, díjole uno de los guardianes:
Pues si ahora sientes esos dolores, ¿qué será cuando te echen a las fieras?
Ahora soy yo la que sufro, replicó ella. Pero allí otro será quien sufrirá por mí, ya que yo sufriré por él.
Dio a luz Felicidad a una niña, cuya crianza encargó a una hermana (es decir, cristiana).
Y Perpetua vuelve a la carga, esta vez llevando hasta el último suspiro la dirección del grupo. Sobre todo, a la hora de contestar al tribuno de la cárcel, que en los últimos instantes había extremado su rigor con los detenidos:
¿Es que no miras un poco más por nuestro bien, para que aparezcamos lustrosos en las luchas del César?
El tribuno se ruboriza por la denuncia, y la víspera de los Juegos concede a los presos la cena líbera, como era uso en tales casos. Una comida que ellos convierten en ágape cristiano, y en la que el diácono Sáturo reprende la curiosidad de los paganos, que acuden a la cárcel a contemplar las víctimas del día siguiente. "Muchos se marcharon confusos (relata Sáturo), pero otros se convirtieron a la fe".
Y brilla por fin el día del sacrificio. Todos los presos van alegres al anfiteatro, con los rostros bañados de satisfacción. Perpetua marcha llena de majestad, como matrona de Cristo y con semblante resplandeciente. Y cerca de ella marchaba Felicidad, jubilosa por haber dado ya a luz.
Llegados a la puerta, quieren vestir a los presos con ornamentos que recuerden los juegos paganos: a los hombres como sacerdotes de Saturno, y las mujeres como sacerdotisas de Ceres. Perpetua se opone al atropello, pero al fin tiene que ceder y ser vestida con tal injuria. Eso sí, tuvieron suerte todos ellos en el tipo de muerte que habían deseado: a zarpazos, y dentellados por las fieras.
Perpetua y Felicidad, envueltas en redes, fueron expuestas a las embestidas de una vaca, que pronto las derribó. Perpetua, apenas cayó, tapó con la túnica su muslo, y con una horquilla se sujetó los cabellos, disponiéndose a morir "como una esposa de Cristo, y no como una plañidera de pelos desordenados". Tras lo cual, asió la mano vacilante de un verdugo y la puso sobre su cuello, "para que no saliese vencedor el diablo, ni ella con vida".
Es lo que relata la Passio sobre aquellos mártires de Cartago del 203, de los que su paisano Tertuliano dice que fueron "fortísimos y bienaventurados mártires, así como maravillosos ejemplos para nuestros días y edificación de la Iglesia". Los varones no murieron a causa de las heridas, por lo que fueron llevados a la Puerta Sanavivaria para recibir el golpe de gracia. Ante lo cual, "se abrazaron mutuamente y completaron así su martirio con el signo litúrgico de la paz".
Act:
07/03/26
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