8 de Marzo
San Juan de Dios
Fautino
Martínez
Mercabá, 8 marzo 2026
Semblanza
Era el día de San Sebastián de 1537, y en su ermita de Granada predicaba San Juan de Avila, que se había hecho célebre por sus infatigables correrías apostólicas por Andalucía. Durante su sermón, atacó duramente los vicios y predicó sobre el amor de Dios. Un hombre de 42 años le escuchaba absorto y sin perder sílaba. Era conocido en la ciudad por su tenderete de libros, y en toda la comarca porque lo veían con frecuencia vendiendo libros por los pueblos.
De repente se oyó un grito en la pequeña ermita, que estaba abarrotada de fieles: "¡Misericordia, Señor!". Todos quedaron pasmados ante el hombre que había gritado, y mucho más cuando le vieron darse cabezazos en el suelo, mesarse las barbas y dar muestras de un profundo pesar de sus pecados. Tras lo cual, dicho hombre salió de la ermita corriendo, y se dirigió precipitado hacia su tenducho. "¡Pobrecito, se ha vuelto loco!", decía la gente, pues sus gestos y gritos lo manifestaban a las claras.
Al día siguiente, en su tienda, aquel hombre rompió cuantos libros de caballerías tenía en venta, distribuyó los devotos entre los curiosos y se despojó de sus vestidos, quedándose con lo imprescindible. "Le fallan los cascos", pensaban los clientes. Por la tarde volvió a la ermita y se confesó con el padre Avila (que posiblemente también sospechaba que su penitente estaba perturbado), y de ahí en adelante dijo que iba a comenzar una vida nueva.
Los vecinos de Granada vieron que las locuras de Juan Ciudad (que es como se llamaba aquel hombre) seguían en aumento, pues se metía en los lodazales y daba saltos por las calles haciéndose el demente. Quería el desprecio y que le tuvieran por mentecato, y a buen seguro que lo consiguió.
Unos días después, Juan era internado en el Hospital Real de Granada, donde eran tratados todos los que habían perdido el juicio. Pues el orden público había decidido no dejar libre por las calles a aquel hombre, al que los chicos y grandes seguían y gritaban: "¡Al loco, al loco!".
En el Hospital Real estuvo algún tiempo, y los loqueros le trataron mal, tratando de devolverle el juicio a base de azotainas. Sobre las flacas carnes de Juan cayeron frecuentemente los látigos de los loqueros, si bien veían en él una demencia singular: se alegraba de los malos tratos que le daban, mientras que reprendía severamente a los enfermeros por la dureza con que se comportaban con los demás dementes. Cierto, aquel hombre era un caso clínico sin precedentes.
Años más tarde, toda Granada se conmovería ante la muerte de aquel que fue tenido por loco. Y después de lustros y siglos, cuantos leyeron la vida de Juan Ciudad (San Juan de Dios) sintieron que las mejillas se les humedecían ante tanto heroísmo. Efectivamente, San Juan de Dios lograría conquistar el mundo a nivel médico, pero quiso pasar los últimos años de su vida en medio de la podredumbre humana. ¿Quién sino un loco (por Dios) hubiera soportado lo que él soportó? Como él mismo escribió, desde uno de los espectaculares hospitales por él fundados:
"En esta casa (el hospital por él fundado) se reciben generalmente de todas enfermedades y suerte de gentes, así que aquí hay niños y viejos, tiñosos y perláticos, mancos y mudos, leprosos y tullidos. Y cada día se me recrean las necesidades y angustias, y aumentan las deudas de los que vienen desnudos y descalzos".
Ante estas y otras miserias se derretía el alma de Juan de Dios. Y no había privación, dolor, trabajo o humillación que Juan no aceptara para remediarlas. Por supuesto, no fue sacerdote. Pero fue un auténtico padre de las almas de sus pacientes. A todos extendía su ardorosa caridad (a los enfermos, a las viudas, a los huérfanos, a las mujeres de mala vida, a los obreros sin trabajo...), y se podrían escribir páginas y páginas con un sabrosísimo anecdotario sobre la caridad de Juan de Dios.
Como botón de muestra de lo que venimos diciendo, queremos traer unas líneas de uno de los primeros biógrafos del santo, en la que se nos describe uno de los últimos rasgos de caridad de Juan de Dios, en el remate de su divina locura. Dice así:
"Eran tantos los trabajos en que Juan de Dios se ocupaba por dar remedio a los de todos, así de caminos y salidas que hacía, en que padecía muchas frialdades, como del trabajo ordinario de la ciudad, que se desvencijó (¡se hizo polvo! diríamos en nuestra época), y de esta enfermedad, como él le hacía poco regalo, padecía gravísimos dolores, y disimulaba cuanto él podía, por no darlo a entender y dar pena a sus pobres en vello malo, mas estaba ya tan flaco y debilitado y sin fuerzas, que no lo podía ya disimular. Y sucedió a esta sazón, que el río Genil vino aquel año muy crecido por las grandes aguas que había llovido; y dijéronle a Juan de Dios que el río con la corriente traía mucha leña y cepas. Y él determinóse, con la gente sana que había en casa, de illa a sacar, porque el invierno era muy fuerte de nieves y fríos, para que los pobres hiciesen lumbre y se calentasen. De meterse en el río en tal tiempo, cobró tanta frialdad, sobre la enfermedad que tenía, que aquexándole más gravemente el dolor que solía, cayó muy malo; y la causa de meterse tanto en el río fue que, de la gente pobre que venía a sacar leña, un mozuelo entró incautamente en el río más de lo que se sufría, y la corriente arrebatólo y llevábalo; y loan de Dios, por socorrelle, entró mucho, y al fin se ahogó, que no pudo asille. Y desto cobró mucha pena; de manera que su enfermedad se iba agravando cada día más".
Juan de Dios siguió desvencijado, como dice su biógrafo, pero infatigable en sus extremadas penitencias y en sus trabajos por los pobres y enfermos. Hasta que le tocó caer en la brecha. Fue el 8 marzo 1550, y tenía 55 años.
Presintiendo la hora de su muerte, ya en su última enfermedad, pidió que le trajeran el Santísimo. Antes se había confesado con gran fervor. En cuanto llegó su confesor Antón Martín (a quien tiempo atrás había convertido, y hecho su colaborador más fiel), y viendo que ya se moría, se levantó Juan de la cama, se puso de rodillas y, abrazando un crucifijo, dijo: "Jesús, Jesús, en tus manos me encomiendo". Momentos después, entregaba su alma a Dios, quedando su cadáver de rodillas, con suma admiración de todos los que estaban presentes a su muerte.
Su entierro fue uno de los más solemnes que jamás conociera la ciudad de Granada. El que 12 años antes había sido corrido por las calles como loco, era proclamado por todos unánimemente como santo. Pero era igual. ¿No había sido realmente loco, loco por el amor de Dios?
Juan Ciudad Duarte había nacido en 1495 en Montemayor (Evora, Portugal), en el seno de una familia hondamente cristiana. Sus padres (Andrés y Teresa) lo educaron en el temor de Dios, y a los 8 años abandona la casa paterna para trasladarse a España (sin que se sepa el motivo), yendo a parar a Oropesa (Toledo). Aquí lo prohijó un tal Francisco Mayoral (hombre probo y de excelente corazón), y durante algún tiempo fue pastor de los rebaños de su protector. Pasados los años, el carácter de Juan cautivó a su bienhechor, hasta el punto de que quiso casarlo con su hija. Pero él rehusó tal propuesta, prefiriendo hacerse soldado.
Juan comenzaba una vida nueva llena de peripecias y peligros. En 1521 se alistó en las tropas españolas que guerreaban contra Francisco I de Francia, y con ellas partió hacia la Batalla de Fuenterrabía (en la que es salvado providencialmente de la horca, por haberse dejado arrebatar un botín que debía custodiar). Poco después se alistó en las tropas españolas que fueron a luchar contra Suleimán II de Turquía, y con ellas se fue a luchar a Austria y Hungría contra.
Rechazados los turcos de las cercanías de Viena, Juan regresó a España por mar, desembarcando en Coruña. Desde allí se dirigió a su pueblo natal, y allí se enteró de que sus padres habían muerto. Con honda pena abandonó su tierra atravesando Ayamonte (en cuyo hospital se dedicó al servicio de los enfermos), Sevilla (donde se acomodó de pastor durante una temporada) y Ceuta (al servicio del caballero portugués Almeida, hasta que éste muere).
En el duro trance de enfermedad y muerte de Almeida (junto a su esposa y 4 hijas) había surgido en Juan un espíritu caritativo. Pero temió seguir más tiempo en aquella región africana, y de allí volvió a España, estableciéndose en Gibraltar y abriendo allí una librería de libros de caballerías, empezando a llevar una vida devota y caritativa. Hasta que de Gibraltar pasó a Granada, donde ya hemos hablado que llevaba unos meses dedicado a la venta de estampas y libros, lo mismo que había hecho en Gibraltar.
Pero hablemos del aspecto espiritual de Juan de Dios. Porque una vez sembrado el mundo de hospitales (de los Hermanos de San Juan de Dios), Juan no escatimó en seguir pidiendo siempre limosna para sus enfermos, a todas horas y sin el más mínimo respeto humano. Así como siguió siempre recogiendo y llevando a hombros a los enfermos más repugnantes para cuidarlos, él mismo, en su hospital.
Era frecuente que Juan cambiara sus vestidos por los harapos de los indigentes. De tal modo que, para que en adelante no lo hiciera, el arzobispo de Tuy (Ramírez de Fuenleal, presidente de la cancillería de Granada) mandó hacerle una especie de hábito religioso (que él mismo le impuso, cambiándole a la vez su nombre de Juan Ciudad por el de Juan de Dios).
Las virtudes que Juan de Dios practicó durante 13 años, desde el momento en que se convirtió (aquel día de San Sebastián de 1537), son admirables. Y Dios premió su generosidad con hechos extraordinarios. Obtuvo conversiones increíbles, y fue mucho mayor el bien que hizo a las almas que a los cuerpos. Fueron también notables los viajes que hizo siempre a pie y descalzo, en uno de los cuales, ya al fin de la vida, se dirigió a la Corte de Valladolid (quedando el propio Felipe II de España, y sus cortesanos, maravillados de aquel siervo de Dios).
Entre los hechos más notables de su vida se cuenta que, habiéndose originado un incendio en el Hospital Real de Granada, estuvo Juan sacando enfermos del hospital en medio del fuego, sin que las llamas le hiciesen nada. Por fin, extenuado por sus innumerables trabajos y penitencias, entregó su alma al Señor con una muerte envidiable. La estela de sus virtudes fue imborrable, y este humilde servidor de Jesucristo dejó a la Santa Iglesia una legión de hijos: los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios.
Fue beatificado por Urbano VIII el 21 septiembre 1630, y canonizado por Inocencio XII el 15 julio 1691. Esta es la historia de Juan de Dios, un "loco a lo divino", como lo han sido casi todos los santos.
Act:
08/03/26
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