9 de Abril

Santa Casilda de Toledo

Dolores Guell
Mercabá, 9 abril 2021

           Hija de un rey moro de Toledo que debió reinar a mediados del s. XI (en tiempos de Fernando I de Castilla), la figura de la gentilísima princesa Casilda parece escapar al rígido marco de la historia, y acomodarse mejor al de la poesía y la leyenda. Pues si por un lado fue totalmente histórica su vida, por otro lado rezuma ésta de hechos insólitos y de hadas, como al margen de la historia. Su propio nombre, el árabe Casida (lit. Cantar) fue verso suelto en medio de la música, algo delicado, fugaz e inaprensible. Así fue Casilda en vida, y sigue siéndolo en la memoria del pueblo cristiano.

           Nació en Toledo el 950, hija del rey moro Ismail I de Toledo (al Zafir), de la nobiliaria familia taifa de los Banu dil Nun. Parece que su padre fue por etapas perseguidor de los cristianos, y por etapas benigno y tolerante. Y fruto de ello fue el paso leve y alado de su doncellita, que por amor a Cristo trocó la fastuosidad de la corte morisca por las asperezas de una vida solitaria y penitente. El relato más fidedigno de la vida de Casilda, en opinión de los Bolandos, es el que conserva el Breviario de Burgos, que dice así:

"En los tiempos antiguos hubo un rey en Toledo llamado Cano. Poderoso y valiente en las armas, acostumbraba a dirigir sus ejércitos contra los cristianos, causando grave daño a la fe verdadera. Retenía en su reino a muchos cristianos cautivos. Por disposición divina, este enemigo terrible de la fe cristiana tuvo una hija única llamada Casilda, para que de un tallo tan malo brotara una flor de blancura admirable sobre la que descansara el Espíritu del Señor. El Espíritu deífico, por el incendio de la devoción, la levantaba hacia Dios; por la suavidad de la compasión la transformaba en Cristo, y por la piedad de la condescendencia la inclinaba al prójimo. De tal manera que a los afligidos, y principalmente si eran cristianos, aunque nacida de familia sarracena, se bajase hacia ellos con una ternura de intensísima compasión. Tenía como ingénita la virtud de la clemencia, sobre la cual se posó la gracia de Dios duplicándola. Así que su piedad, de tal manera se derramaba tratando con los cautivos pobres, que a los que no podía alargar la mano alargaba su afecto. Tenía la costumbre todos los días sin falta (por las entrañas del amor a Cristo, por su reverencia a la suavidad de Jesús) de consolar a los cautivos cristianos con su grata presencia, y a ellos alargaba sus manos ayudadoras, llenas de dádivas".

           Jovencita de gran corazón, la gracia halló en Casilda un terreno propicio para sus maravillosas transformaciones. Casilda debió ser instruida en la fe cristiana por los mismos cautivos a los que socorría, los cuales pagaban así, con el más alto bien espiritual, los dones materiales que de ella recibían. La semilla de la fe cayó en buena tierra y pronto dio el ciento por uno. Admírase de ello el piadoso cronista del Breviario de Burgos:

"¡Cosa admirable y nunca vista! Nacida de un acebuche, contra la naturaleza de su nacimiento se transformó en buen olivo para así dar óptimo fruto. ¿De dónde un árbol infructuoso pudo producir un ramo tan feraz de excelentes frutos? Porque así estaba predestinado por la bondad inmensa de Dios desde toda la eternidad".

           No se recataba Casilda en su solicitud para con los cristianos que gemían en las mazmorras de su padre, y eso mereció las censuras de los nobles palaciegos. Enterado el rey de la extraña conducta de su hija, comenzó a espiarla, y cierto día la sorprendió cuando se dirigía a visitarles a la cárcel:

—¿Qué es lo que llevas recogido en tu enfaldo?, pregunto su padre.

—Rosas, contestó Casilda.

           Y desplegando su manto, vio el rey que, efectivamente, eran rosas. Desconcertado, dejó el paso libre a su hija, que, llegándose con presteza a los prisioneros, pudo entregarles lo que en realidad eran sabrosas viandas y que sólo por un prodigio del Señor pudo parecer rosas a los ojos del enfurecido monarca.

           La gracia de Dios iba trabajando el corazón de Casilda, inclinándola irresistiblemente hacia la religión cristiana. Ya su corazón pertenecía plenamente a Cristo. Pero ¿cómo podría ella, princesa mora, sujeta por tantos lazos a la religión del Islam, recibir el bautismo y hacer pública profesión de la verdadera fe? Un foso infranqueable parecía separarla de su generoso propósito, Sin embargo, la divina Providencia velaba.

           Aconteció, pues, que la princesa contrajo una grave dolencia que fue marchitando poco a poco todos los encantos de su fragante juventud. Padecía flujo de sangre, y los rudimentarios recursos de físicos y curanderos se mostraron pronto impotentes para atajar el mal. Dios le hizo saber entonces, valiéndose de los cautivos cristianos que tanto la querían, que únicamente podría recobrar la salud bañándose en las milagrosas aguas de San Vicente, en la Castilla cristiana cerca de Briviesca. Así la Providencia disponía suavemente los caminos que debían conducir a Casilda hacia otras aguas regeneradoras, las del bautismo.

           Obtenido, no sin dificultad, el permiso paterno para realizar el viaje, despidióse Casilda de su anciano padre, que no volvería a verla en la vida. Un brillante séquito dio escolta a la princesa mora hasta Burgos, donde a los pocos días de su llegada recibió solemnemente el santo bautismo. Poco tiempo se detuvo Casilda en la capital de Castilla. Reanudando su penosa marcha, dirigióse hacia los montes Obarenes, llegando por fin a los ansiados lagos de San Vicente (junto al lugar del Buezo), en los que oró con fervor y confianza, y alcanzó la salud perdida.

           Resuelta a consagrar a Cristo la virginidad de su cuerpo milagrosamente sanado, determinó Casilda pasar el resto de su vida en la soledad de aquellos parajes, entregada a la oración y la penitencia en una pequeña ermita de la comarca de Briviesca. Y así lo cumplió con admirable fortaleza y constancia, hasta el fin de sus días.

           La que pudo ser gala y ornato de la Corte de Toledo, criada entre blanduras y exquisiteces, vive ahora en una cueva que no logra protegerla contra las ventiscas del invierno ni los rigores del estío; sus delicadas plantas, que sólo pisaron suaves alfombras, huellan ahora, descalzas, los ásperos cantos de los pedregales; su alimentación y su vestido se reducen a lo estrictamente indispensable para subsistir. Y por encima de estas austeridades corporales está la que, para Casilda, debió ser la mayor de las privaciones: la soledad.

           Pasaron 50 años, y el corazón de Casilda, exquisitamente femenino (hecho para la ternura y la compasión), debió sufrir enormemente al verse en la más absoluta soledad, privada del cauce humano donde derramarse. Ya no la rodeaban los pobres, los cautivos o los afligidos (los pobrecitos de Cristo) a los que tenderles sus manos suplicantes, ni ella podía ya alargarles las suyas portadoras de tantos beneficios. Estaba sola. Casilda había hecho en sí y en torno a sí un vacío profundo. Pero la plenitud rebosante del amor de Dios iba a llenar pronto este abismo insondable hasta los bordes y, derramándose, alcanzaría su benéfico influjo a distancias insospechadas, donde jamás habría podido llegar su presencia física.

           Hay un prodigio, de los muchos que se atribuyen a Casilda, que parece ilustrar esto como un ejemplo: dícese que hombres y ganados podían andar seguros por las peligrosas laderas de los montes Obarenes mientras Casilda los habitó. Nunca ocurrió accidente alguno a pastores, peregrinos o viajeros que se arriesgaban por aquellas inhóspitas soledades, pues la presencia de Casilda, aun lejana e invisible, les protegía. Casilda continuaba así fiel a sí misma, solícita y maternal. Pero este prodigio, que tan bien le cuadra, no es más que una concreción material de la misión espiritual que toda alma santa tiene en el cuerpo místico de la Iglesia. Lo esencial es que haya santos, no que realicen prodigios. Su sola presencia nos protege, su existencia por si sola nos enriquece, puesto que todos no hacemos más que uno en Cristo nuestro Señor.

           En su ermita de Briviesca murió muy tardíamente Casilda, el 9 abril 1050 (con 99 años), siendo sepultada en su misma ermita, que pronto se convirtió en lugar de peregrinación de innumerables devotos.

           El cuerpo de Santa Casilda reposó en su primitiva sepultura (cavada en la entraña de la roca) hasta 1529, en que fueron trasladados sus restos al santuario que sobre su misma tumba se edificó. En 1601 se llevaron parte de los venerandos despojos a la Catedral de Burgos, aunque parece ser que también en la Catedral de Toledo se veneran algunas cenizas de la infanta mora.

           En 1750 el abad de San Quirce inauguró el nuevo altar dedicado a Santa Casilda en la nave mayor del Santuario de San Quirce, y se trasladaron a él las reliquias. Desde entonces, allí descansan sus restos, en una urna rematada por su propia imagen yacente, obra de Diego de Siloé. La portada de la iglesia actual se atribuye a Felipe de Vigami, el Borgoñón. Desde muy antiguo el santuario (hoy día Santuario de Santa Casilda) es patronato del cabildo de la Catedral de Burgos, que mantiene en él un capellán encargado del culto permanente. Hay una hospedería al servicio de los peregrinos y carretera de fácil acceso al santuario, desde Briviesca.

           Santa Casilda es invocada en los casos de flujo de sangre, caídas y accidentes de todas clases. Es patrona de la comarca de Burgos y, en los últimos días de junio, acuden a su santuario, de todos los pueblos de la provincia, muchedumbres devotas que pregonan la eficaz intercesión de la santa princesa mora, que dejó en la bravía aridez de aquellas cumbres el buen olor de su vida contemplativa y penitente.