9 de Diciembre

San Juan Diego de Cuautitlán

Eduardo Chávez
Mercabá, 9 diciembre 2023

           Nació en 1474 en Cuautitlán (Texcoco) en el seno de una familia humilde, de la etnia de los chichimecas. En 1524 fue bautizado por los primeros franciscanos llegados a México, y en 1531 empezó a edificar a los demás con su testimonio y su palabra, pidiéndole todo el que se le acercara que intercediera por sus necesidades, ya que "todo cuanto pedía y rogaba a la Señora del cielo, ésta se lo concedía".

           ¿Qué pasó, pues, de 1524 a 1531, para que una persona bautizada con 50 años, empezase 7 años después a ser considerado un santo, en comunicación directa con el cielo de Dios?

           Juan Diego fue un hombre virtuoso, y las semillas de esas virtudes le habían sido ya inculcadas en el seno de su ancestral cultura y educación. Pero no fue eso lo que la gente empezó a buscar en 1531, sino un privilegio que ningún ser humano, ni de antes ni de después, había recibido nunca ni en sueños: un encuentro real con la Madre de Dios.

           Se trataba de la santísima Virgen de Guadalupe, que le encomendaba portar a la cabeza de la Iglesia, y al mundo entero, el mensaje de la unidad, la paz y el amor para todos los hombres. Y fue precisamente ese encuentro, y esta maravillosa misión, lo que dio plenitud a cada una de las hermosas virtudes que ya estaban implantadas en el corazón de este humilde indio, llamado Juan Diego.

           Unas virtudes indígenas que serían así convertidas, por la misma Madre de Dios, en virtudes cristianas. Pues Juan Diego no dejó de ser el mismo hombre humilde y sencillo que era, así como obediente y paciente, cimentado en la fe, de firme esperanza y de gran caridad.

           Poco después de haber vivido el trascendental momento de las Apariciones de Guadalupe, Juan Diego se entregó plenamente al servicio de Dios y de la Virgen María, transmitiendo lo que había visto y oído, y orando con gran devoción. Aunque para él fue una gran cruz que su casa y pueblo quedasen tan distantes de la Ermita de Guadalupe, pues a él le hubiera gustado estar cerca del santuario y atenderlo todos los días, barriéndolo y haciendo que fuese el honor de todos los indígenas. Pues como recordaba fray Gerónimo de Mendieta:

"A los templos y a todas las cosas consagradas a Dios tienen los indios mucha reverencia, y se precian los viejos, por muy principales que sean, de barrer las iglesias, guardando la costumbre de sus pasados en tiempos de gentilidad, que en barrer los templos mostraban su devoción aun los mismos señores".

           Angustiado por la lejanía de Guadalupe, Juan Diego se acercó a suplicar al obispo que lo dejara estar en cualquier parte que fuera, pero lo más cerca de las paredes de la ermita de Guadalupe, para poder así servir a la Señora del Cielo todo el tiempo que fuese menester. El obispo, que estimaba mucho a Juan Diego, accedió a su petición, y permitió que se le construyera una casita junto a la ermita.

           Su tío (Juan Bernardino) quiso acompañar a Juan Diego en su nuevo hogar de Guadalupe, pero su sobrino contestó que "sería más conveniente que te mantengas en casa, conservando las tierras que nuestros padres y abuelos nos dejaron". Y así, de un plumazo, disipó las posibles redes del Maligno, y los posibles peligros en la cercanía de lo sagrado.

           Y así, el indio Juan Diego dejó sus casas y sus tierras para ir a vivir a una pobre choza, a lado de su ermita. Y allí empezó a dedicarse por completo, en cuerpo y alma, al servicio del templo de su amada Madre del Cielo, la Virgen María de Guadalupe (quien había pedido ese templo para en él ofrecer su consuelo y amor maternal a todos lo hombres y mujeres del mundo).

           En cuanto a su tío, Juan Diego manifestó una gran nobleza de corazón, y una ferviente caridad, cuando aquél cayó gravemente enfermo. Pues lo 1º que hizo fue pedir, a su Señora del Cielo, por la salud de su tío, alegrándose sobremanera cuando éste sanó.

           Juan Diego mantenía una oración como aquella que "Dios da a los que le aman, conforme a la capacidad de cada uno", y se ejercitó en obras de virtud y mortificación. Como nos refiriere el Nican Motecpana:

"A diario se ocupaba Juan Diego en las cosas espirituales, barriendo el templo. Se postraba delante de su Señora del Cielo y la invocaba con fervor. Frecuentemente se confesaba, comulgaba, ayunaba, hacía penitencia, se disciplinaba, se ceñía cilicio de malla y se escondía en la sombra para poder entregarse a solas a la oración, invocando allí a la Señora del cielo".

           Toda persona que se acercaba a Juan Diego tuvo la oportunidad de conocer, de viva voz, los pormenores de las Apariciones de Guadalupe, la manera en que éstas habían ocurrido, y el privilegio de haber sido el mensajero de la Madre de Dios. Como lo indicó el indio Martín de San Luis, cuando rindió su testimonio en 1666:

"Todo lo cual lo contó Diego de Torres Bullón a este testigo con mucha distinción y claridad, que se lo había dicho y contado el mismo indio Juan Diego, porque lo comunicaba".

           Juan Diego se constituyó en un verdadero misionero, pero no hueco ni inculto, sino imbuido de virtud interior. De hecho, cuando Juan Diego se había casado con María Lucía (quien había muerto 2 años antes de las apariciones), cierto día escucharon ambos un sermón a fray Toribio de Benavente, y desde entonces decidieron ambos vivir en castidad. Como también rubricó el padre Becerra Tanco:

"El indio Juan Diego, y su mujer María Lucía, guardaron castidad desde que recibieron el agua del Bautismo, por haber oído a uno de los primeros ministros evangélicos muchos encomios de la pureza y castidad, y lo mucho que ama nuestro Señor a las vírgenes. Y esta fama fue constante a los que conocieron y comunicaron mucho tiempo estos dos casados".

           Lo cual no quiere decir que ambos no tuvieran hijos, pero siempre antes del bautismo de 1524. Es lo que, por fuentes históricas, sabemos del archivo del Convento Corpus Christi de México DF, en el cual se declara que "sor Gertrudis de San José, cuyos padres son los caciques Don Diego de Torres Vázquez y Doña María del la Ascensión, de la región de Xochiatlan... es tenida por descendiente del dichoso Juan Diego".

           Lo importante es que Juan Diego buscó la santidad, o mejor dicho, perfeccionar cristianamente su vida. Es un hecho que Juan Diego edificó siempre a los demás, con su ejemplo y su palabra. Y a él se podía acercar todo el mundo para pedirle que intercediera, ya que "cuanto pedía y rogaba a la Señora del cielo, todo se le concedía".

           El indio Gabriel Juárez, quien tenía entre 112 y 115 años cuando testificó en las Informaciones Jurídicas de 1666, declaró cómo Juan Diego era un verdadero intercesor de su pueblo:

"Juan Diego decía que la Santa Imagen le dijo la parte y lugar donde se había de hacer la ermita. Y cuando la ermita se hizo, él mismo dijo que era allí donde se le apareció, y que fueran muchos los hombres y mujeres que fueran a visitarla. Y así fue como muchas veces, y muchas personas, fueron a pedirle remedio, y el indio Juan intercedía por ellos".

           El anciano indio Gabriel Juárez también señaló detalles importantes sobre la personalidad de Juan Diego, y la gran confianza que le tenía el pueblo para que intercediera en sus necesidades:

"Juan Diego, respecto de ser natural del barrio de Tlayacac, era un indio buen cristiano, temeroso de Dios y de su conciencia, que siempre vivió quieta y honestamente, sin dar nota ni escándalo, y siempre ocupado en ministerios del servicio de Dios. Acudía muy puntualmente a la doctrina y a los divinos oficios para que todos los indios de aquel tiempo también acudieran ordinariamente. Ellos decían que era un santo varón y le llamaban el Peregrino porque siempre lo veían andar solo, y solo se iba a la doctrina de la iglesia de Tlatelulco. Cuando se le apareció la Virgen de Guadalupe, y dejó a su tío las casas y tierras de su pueblo, porque ya su mujer era muerta, se fue a vivir a una casa que se le hizo pegada a la dicha ermita, y allá iban muy de ordinario los naturales del pueblo a verlo a dicho paraje, y a pedirle que intercediese con la Virgen Santísima, porque en dicho tiempo todos lo tenían por varón santo".

           La india Juana de la Concepción, que también dio su testimonio en estas Informaciones, confirmó que Juan Diego, efectivamente, era un hombre santo, pues había visto a la Virgen:

"Todos los indios e indias de este pueblo le iban a ver a la ermita, teniéndole siempre por un santo varón. Y esto lo oía yo no sólo por mis padres, sino por otras muchas personas".

           Mientras que el indio Pablo Juárez recordaba que el humilde mensajero de Guadalupe era para el pueblo un verdadero modelo a seguir:

"Juan Diego era amigo de que todos viviesen bien, porque ya se lo había inculcado su abuela. Ella misma decía que que fuese un varón santo, y a sus hijos y nietos que fuesen como él. Por eso fue venturoso y habló con la Virgen. Esa es mi opinión, y la de todos los de este pueblo".

           El indio Martín de San Luis incluso declaró que la gente del pueblo "le veía hacer a Juan Diego grandes penitencias", y que en aquel tiempo le consideraban "un varón santísimo".

           Como decíamos, Juan Diego murió en 1548, poco después que su tío Juan Bernardino (el cual falleció el 15 mayo 1544), siendo ambos enterrados en el Santuario que tanto amaron. Como nos refiere el Nican Motecpana:

"Después de 16 años de servir allí Juan Diego a la Señora del cielo, murió en el año de 1548, a la sazón que murió el señor obispo. A su tiempo le consoló mucho la Señora del cielo, quien le vio y le dijo que ya era hora de que fuese a conseguir y gozar en el cielo, cuanto le había prometido. Fue sepultado en el templo, cuando andaba en los 74 años".

           En el Nican Motecpana se exaltó su santidad ejemplar: "¡Ojalá que así nosotros le sirvamos y que nos apartemos de todas las cosas perturbadoras de este mundo, para que también podamos alcanzar los eternos gozos del cielo!".