9 de Julio

Santa Verónica Giuliani

María Faz
Mercabá, 9 julio 2024

         Nació en 1660 en Mercatello (Urbino) con el nombre de Ursula, en el seno de una noble familia en que ella era la menor de sus 7 hermanas, y en que la madre (Benedetta Mancini) murió al poco de nacer ella, y el padre (Francesco Giuliani) trató de buscar matrimonio para cada una de ellas. Según los cronistas, se trataba de una niña "linda y pizpireta, de ojos azules, trenzas apretadas y nariz perfecta, sana y dada a las exuberancias y pasarlo bien, con disposición a imponerse sobre los demás".

         A lo largo de su infancia, en que la chiquilla parecía estar hecha de la mismísima piel del diablo, a la vista de su orden y mando (sobre cuantos la rodeaban) y el tamaño de sus travesuras (para chismorreo de las vecinas, que no podían decirle nada a Francesco, porque éste la idolatraba), fue abriéndose paso en Ursula un pronto dominante y caprichoso, aunque con una espontaneidad que hoy nos encantaría. Por supuesto, era muy piadosa, y sus hermanas (que acabarán monjas) la educan en un clima muy devoto.

         Según su Diario Espiritual, que la propia Ursula nos dejó por escrito más adelante, estaba un día haciendo su examen de conciencia tras una puerta, tomándose cuenta de su conducta de la semana. No había sido ésta de las peores, pero se había emperrado en que la llevasen a la lotería que habían abierto para el carnaval. Y claro está que la llevaron. Y tan pronto como sus hermanas le dijeron que no querían asistir a sus cultos (a unas letanías cantadas ante una frágil Madonna de barro colorado), ella las empujó a todas a ir, con genio incluido.

         Durante los festejos, un primo suyo la invitó a hacer un rato de esgrima y la hirió en un muslo, por lo que Ursula debió guardar cama y perderse todo el carnaval, sin poder ir a la trattoria ni a las barracas. Un día en que sus hermanas no acuden al Rosario, porque estaban con sus mundillos haciendo encajes, Ursula aparece rotunda y eficaz ante sus hermanas, les da una patada a cada una de ellas y empiezan a rodar escaleras abajo las blondas y carretes, los bolillos y lanzaderas. Por lo demás, tenía mucho corazón, y una compasiva tendencia a comprender las penas de los demás.

         Su padre iba alcanzando puestos más lucrativos, logrando obtener el cargo de superintendente de la Real Hacienda en Plasencia. En uno de los convites de la Intendencia, con bastante boato y comodidad, a Ursula le pareció que eran excesivas aquellas grandes bandejas de dulces que se iban pasando de mano en mano. Así que no se andó con chiquitas, sino que se hizo con un cartucho en la mano y en él fue metiendo todos los dulces de la fiesta, diciendo que a ellos no les hacía falta y que por eso se los llevaba a sus amigos, que eran los pobres de las calles de Plasencia.

         Sus exuberancias de temperamento conjugaban bien, como se ve, con su gran fervor y deseo de oración, con su sencillez y autenticidad. Hablaba con la Virgen y con el niño Jesús (que tenía en una imagen sumamente devota). Pero al ver que no le respondían, se quejaba claramente ante ellos, con candoroso enfado.

         Y aquí empezó a intervenir el Señor, que suele acomodarse al carácter de cada uno de sus hijos y que conocía muy bien la intención limpia y fragante de Ursula. Y un día, en que Ursula se acercaba a la imagen de la Virgen y el Niño, decide animar y hacer palpitante a la imagen, arrancando al niño Jesús y poniéndolo entre sus manos regordetas.

         El milagro será analizado después por mons. Eustaqui (obispo de Cittá di Castello), 3 médicos y un jesuita (el p. Crivelli), pero por de pronto Ursula le pregunta al niño Jesús, arrancado de la Virgen y colocado en su mano: "¿Por qué no me contestabas ni me hacías caso?". Y los dos se sonrieron, porque tenían que proceder al gusto de Ursula.

         Conocido el caso acaecido a Ursula, mons. Eustaqui procede enérgicamente y manda estudiar el caso con toda rigidez y exactitud. Y escribe los puntos severos que se impondrán a la joven Ursula: será monja capuchina. Ursula se somete plenamente, y se hace obediente hasta el más exhaustivo aniquilamiento.

         La entrada de Ursula en el Convento Capuchino de Castello no se produjo hasta un año y medio después (ca. 1677), cuando Ursula tenía 16 años. A su entrada, todas las monjas se creen con derecho a comentar, decir, opinar e imponer pruebas a la nueva novicia. Y Ursula no sólo se deja y resigna, sino que gustosamente se deja estrujar, destilando un bálsamo de humildad. A partir de ahora se llamará sor Verónica, y no conocerá sino la renuncia tras renuncia, el bordado lento y paciente, el amor sacrificado y el aniquilamiento de su vieja criatura, a sangre y fuego.

         El Señor tiene ya a la joven sor Verónica para hacer con ella lo que quiera, convirtiéndola en un alma corredentora capaz de redimir a los demás, a través de los penosos caminos del sacrificio. Y así pasó los años y los días, en el más absoluto ocultamiento y soledad.

         Pasados 20 años, y contando ya 37 años, cierto día se levanta sor Verónica y observa que sus manos y pies están totalmente rasgados, junto a heridas profundas que todavía eran mayores en su pecho. La abadesa llama al obispo de Castello, y 3 obispos y un gran número de médicos empiezan a examinar y analizar los estigmas, teniendo que declararse finalmente impotentes para explicarlo. Es el 5 abril 1697 (Viernes Santo), y el caso empieza a crear revuelo en toda la ciudad, que acude al convento con palabras mordaces y críticas de todo tipo de personas.

         Sor Verónica trata de superar todo eso retirándose a su celda, y esperando a que el fenómeno se repita a las 24 horas siguientes. Mientras tanto, en su celda empieza sor Verónica a comunicarse visualmente con su Señor, a través de 3 clases de visiones que ella tiene de sí misma o, como ella misma dice en su Diario Espiritual (de 22.000 páginas), "por vía de comunicación".

         Tras una repetición abundante de lo que ella llama "ósculos de amor", Verónica se establece definitivamente en la unión transformante, y al exterior se revierte en el cargo de abadesa (que le es confiado, como medida práctica para que el gobierno de aquella monja no se subiera por las nubes).

         Como abadesa, Verónica es graciosa y afable. Todavía quedan sus recetas de cocina y sus cataplasmas para las enfermas, que eran sus hijas predilectas. Ningún gasto ni detalle le parecía excesivo tratándose de ellas. Pero sigue corriendo la voz de sus milagros (los estigmas), y sus hermanas clarisas le piden algo suyo para conservarlo. El buen humor de sor Verónica volverá entonces a mostrar el aire juguetón de su infancia, y a cada vez que alguien le pedía alguna prenda, ella le confecciona una muñeca vestida de clarisa capuchina, que años más tarde inundó las calles de la ciudad.

         Así de divina y de humana, de natural y de espontánea, volvió a convertirse en adelante la monja y abadesa sor Verónica, hasta que un 7 julio 1727 su alma ya no aguantó más en este mundo, sino que a sus 67 años voló hacia Dios. Como certifica la frase arriesgada de Godoy, el comentarista de Milosz: "El deseo de dominio humano, enraizado en un alma humana, no es otra cosa que la sed y búsqueda frenética de un amor supremo, que por lógica pura aboca en una perfecta santidad".

 Act: 09/07/24     @santoral mercabá        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A