10 de Febrero
Escolástica de Nursia
Cristina
Arteaga
Mercabá, 10 febrero 2026
Semblanza
Las pisadas de los bárbaros recorrían ya todas las vías del Imperio Romano, y la capital del orbe (Roma, sobre cuyo cautiverio lloró San Jerónimo lágrimas de sangre, cuando la tomó Alarico el 410) había sufrido otro terrible saqueo por parte de los alanos de Genserico (el 455, tras haber sido llamado por la misma Eudoxia, esposa del emperador Máximo). El 476 es depuesto el emperador Rómulo Augústulo, y se hace con la corona de Roma un bárbaro germano, llamado Odoacro.
Los pueblos germanos se derraman en aluvión por Italia, las Galias, Hispania y Africa. Y los godos, visigodos, ostrogodos, vándalos, suevos, sajones, alanos... imponen su paganismo o su arrianismo, mientras el Oriente se enredaba en la herejía cutiquiana. ¡Ya sólo quedaba en pie el vicario de Cristo! Y de veras que se mantuvo en pie, pues no sólo León I Magno contuvo él solo a Atila (el "azote de Dios"), sino que su sucesor Simplicio I (468-483) también daría muestras de una enérgica posición.
En estas circunstancias nació Escolástica, el 480 en la Umbría (la "frígida Nursia", que canta Virgilio en su Eneida), saliendo de su mismo tallo, como hermano gemelo, el gran patriarca occidental: Benito.
Fueron sus padres Eutropio y Abundancia, pertenecientes a la aristocracia local sabina (la misma de Vespasiano y Sertorio) de aquella provincia romana (región montaraz y austera, símbolo de la fortaleza romana). Y si por el fruto se conoce el árbol, grande debió ser el temple y el cristianismo de dichos padres, tanto por la educación que dieron a Benito como por haber consagrado al Señor a la niña Escolástica, según relata el biógrafo San Gregorio I Magno (casi coetáneo de ambos santos).
Benito moduló su carácter cuando todavía era niño, y sin duda que Escolástica miraría con admiración a su hermano (prematuro en madurez y gravedad), poniéndose siempre a su servicio como hermanita y condiscípula. De hecho, la solidez y delicadeza que revela la Regla benedictina, bien pudo ser fruto de esta mezcla de madurez (de Benito) y dulzura (de Escolástica).
Como en jardín de infancia, vivieron y se espigaron juntos (Benito y Escolástica) en la finca paterna, una de esas villas romanas que era mezcla de corte y cortijo, y en este caso esbozo familiar de futuros monasterios. Según la moda del día, velaba sobre ellos Cirila, una nodriza griega que les enseñó a balbucear la lengua helénica, mientras los adolescentes hermanos recibían noticias de la invasión ostrogoda de Roma, que el 493 entregaría el Imperio Romano a las tropas de Teodorico.
Con todo, se decidió que Benito iría a Roma, ya joven, para perfeccionarse en los estudios liberales. ¡Qué dura la separación para estos gemelos, unidos antes de nacer! Escolástica, decidida a perfeccionar la consagración que había hecho de niña (y quizás con el velo de las vírgenes), no tuvo otra mejor ocurrencia que ponerse a rezar, en este caso por el joven estudiante, que se había marchado a esa Roma fascinante, en medio de los saqueos y los destrozos culturales.
Sujeto a tan grandes peligros, y en tan difícil ambiente, exclamaba en sus cartas Benito a su hermana: "Nos han imbuido de tantas y tan cristianas costumbres (nuestros padres), que no puedo faltar a lo que tengo dentro. Donde quiera que esté, llevaré mi casa a cuestas, como el caracol". Fue el caso de Benito, amparado por su educación y por el incienso de las oraciones de Escolástica, qué cruzó ileso la edad de las pasiones, y cuando bien pudo conquistar el mundo, decidió despreciarlo.
Tendrían ambos ya 20 años, y Benito coronó sus estudios. Empapado de romanidad y jurisprudencia, y dueño de un lenguaje firme y sobrio (que la gracia castigaría aún más, pues con razón se dice que "la concisión es otro don del Espíritu Santo"), Benito se dispuso a imitar a los eremitas del Oriente, que San Atanasio y San Jerónimo habían dado a conocer en Roma. Y buscando una sabiduría más alta que la de los retóricos, acordó dejar sus libros, su familia y su patrimonio (prueba de que su padre había muerto, y que él era ya dueño de sí), y se embarcó en la vida solitaria.
En la búsqueda de esta nueva etapa de eremita, Benito sé dejó llevar por su chacha griega, apartándose de Roma y siguiendo la vía Tiburtina, que le llevaba hacia las montañas sabinas. Hasta que decidió fijar su tienda en la aldea de Eufide, al amparo de una cueva de la montaña. Hasta que una pobre mujer (llamada Cirila) lo divisó, y con 2 pedazos de pan, partidos por el cedazo de barro, se prestó a darle alimento.
Benito se puso en oración, hasta que los 2 trozos se juntaron y floreció el milagro. "Es un santo, es un santo", clamó la vecindad de Eufide, electrizada al enterarse del hecho, relatado por la samaritana. Y Benito, que huyó siempre de ser canonizado en vida, comprendió el peligro de la vanidad y del cariño, y lo urgente que era romper con todo lazo de ternura filial, que podía ligar más al mundo que a Dios.
Cirila fue a Nursia a referir todo lo sucedido a Escolástica y su madre viuda, explicando entre sollozos cómo el eremita se le había fugado, sin saber adónde había marchado, posiblemente a una soledad más abrupta todavía.
Los años pasaron, y murió Abundancia. Y Escolástica, en su orfandad, decidió unirse a un grupo de vírgenes que compartían vida de oración, recogimiento y trabajo. Pero no olvidaba al desaparecido, ni desfallecía, más tenaz que el tiempo, en volver a encontrarlo.
Nada supo de sus 3 años de soledad y penitencia extrema, vestido de la túnica que le impuso el monje Román, en la gruta asperísima de Subiaco, en lucha consigo mismo y con ese Tentador de anacoretas. Ni de que un día le descubrieron los monjes de Vicovaro. Y le obligaron a regir su multitud indisciplinada.
¡Cómo hubiera sufrido sabiendo que su hermano estaba en manos de falsos hijos, capaces de servirle una copa envenenada! ¡Y cómo hubiera gozado viéndole huir de nuevo a la soledad y acoger en ella a los hijos de bendición que venían a pedirle normas de vida, en tal número, que hubo de construir doce pequeños monasterios en las márgenes del lago formado por el Anio.
La luz no estaba ya bajo el celemín. Nobles patricios confiaban sus hijos, Mauro y Plácido, al abad de Subiaco; bajo su cayado, trabajaban romanos y godos y habitaban juntos el león y el cordero. Su fama voló hasta Roma, llegó a la Nursia. El padre Benito no podía ser otro que aquel santo joven que huyó de Eufide, dejando una estela milagrosa. Las lágrimas que arranca la noticia del hermano recuperado y que parecía para siempre desaparecido, debieron rodar por las mejillas de Escolástica.
Hubo, sin embargo (la persecución escolta a los santos), un clérigo envidioso, Florencio, capaz de enviar también al santo abad un pan envenenado y un coro de bailarinas que invadiera su recinto santo. Benito había aprendido la lección evangélica de no resistir.
Por amor de sus hijos, a los que dejó en buenas manos, desamparó Benito con un grupito fiel la gruta de sus amores y, como otro Moisés camino del Sinal, se dirigió a lo largo de los Abruzos hacia el mediodía, llegó a la fértil Campania y encontró su pedestal soñado, siguiendo la vía latina de Roma a Nápoles. Era el monte Casino, magnífica altura, vestida de bosques y aislada, como palco presidencial, en el gran anfiteatro que forman las cadenas desprendidas de los Apeninos.
Allí fue donde Benito, con más de 45 años y en la plenitud de su doctrina espiritual, escribió la ley de la vida monástica, y ese código inmortal para todo Occidente: su Regla.
A poca distancia del gran cenobio, que iba surgiendo como una ciudad fortificada, tuvo la dicha de recobrar en Dios lo que por él había dejado. Escolástica, madre de vírgenes, volvió a ser la discípula de sus años maduros. No aparecía, se ocultaba; podía decir como el Bautista: "Conviene que él crezca y que yo disminuya".
El patriarca San Benito, "lleno del espíritu de todos los justos", florecía como la palma y se multiplicaba como el cedro del Líbano. Sus palabras, sus obras, sus milagros, esparcían el buen olor de Cristo sobre el mundo bárbaro. El era el tronco del árbol de vida, cuyas ramas se extenderían sobre Europa para cobijar a innumerables pájaros del cielo.
Escondida a su sombra, con raíz vivificante, como manantial oculto que corre por las venas de la tierra, Escolástica, aún más hija del espíritu que de la letra, daba a la religión naciente esa oración virginal, esa santidad acrisolada, esa inmolación fecunda llamada a reproducirse en las exquisitas flores del árbol benedictino: Hildegarda, Matilde, Gertrudis... Hay que pasar bruscamente del primero al último acto para comprender lo que fue la unión tan humana y divina entre aquel a quien ella llamaba frater y aquella a quien él, respondía soror.
Una vez al año (no es mucho conceder al espíritu y a la sangre), nos cuenta San Gregorio Magno con sencillez evangélica, que se encontraban ambos en una posesión, no muy distante, de Montecasino. Aquel año, ya en el umbral de la senectud, acompañaban al padre abad varios de sus hijos, a Escolástica no le faltaría su compañera. ¡Oh, cuán bueno habitar los hermanos en uno!
En el gozo de aquella reunión alternaron divinas alabanzas y santos coloquios, que se acendraron en la intimidad de la refección, al caer las sombras de la noche. Era quizá la hora de completas, cuando canta el coro monástico el Te lucis ante Terminum, pero en el calor de la conversación, se había hecho tarde y Escolástica creyó poder rogar:
Te suplico que esta noche no me dejes, a fin de que, toda ella, la dediquemos a la conversación sobre los goces celestiales.
¿Qué dices, oh hermana? ¿Pasar yo una noche fuera del monasterio? ¡Cierto que no puedo hacerlo!
Y al conjuro de la observancia, San Benito miraba la serenidad del cielo y se disponía a marchar. Escolástica, que conocía su firmeza, optó por dirigirse a la suprema Autoridad, pues como su Regla: "Tengamos entendido que el ser oídos no consiste en muchas palabras, sino en la pureza de corazón y en compunción de lágrimas". Sus manos cruzadas para suplicar cayeron sobre la mesa y, apoyando la frente entre sus, palmas, comenzó a llorar en la divina presencia.
Benito la miraba sobrecogido, dispuesto a no ceder, cuando ella alzó la cabeza y un trueno retumbó en el firmamento, Corrían las lágrimas por el rostro de Escolástica y un aluvión de agua se derrumbaba desde el cielo, repentinamente encapotado.
El Dios omnipotente te perdone, oh hermana. ¿Qué has hecho?
Ella respondió:
He aquí que te he rogado y no has querido oírme; he rogado a mi Dios y me ha oído (y añadió, con una gracia triunfal, plenamente femenina): Sal ahora, si puedes, déjame y vuelve al monasterio.
Y pese a su contrariedad, se vio precisado Benito a pasar toda la noche en vela, fuera de su claustro, satisfaciendo la sed de su hermana con santos coloquios.
Al día siguiente se despidieron los 2 hermanos, regresando a sus monasterios. Sólo 3 días habían pasado cuando, orando San Benito junto a la ventana de su celda, vio el alma de su hermana que en forma de blanquísima paloma "salía de su cuerpo y, hendiendo el aire, se perdía entre los celajes del cielo". Lleno de gozo, a vista de tanta gloria, cantó su acción de gracias y llamando a sus hijos les comunicó el vuelo de Escolástica, suplicándoles fueran inmediatamente en busca de su cuerpo para trasladarle al sepulcro que para sí tenía preparado.
Hace 14 siglos que las reliquias de ambos hermanos, fundidas en el seno de la tierra madre, germinan incesantemente en frutos de santidad. Y porque "todo lo que nace de Dios vence al mundo", sobrevive San Benito, en su monasterio y en su Orden, a todas las injurias de los tiempos.
La vida oculta de Santa Escolástica tiene el valor de un símbolo. Ella encarna el poder de la oración contemplativa, "razón de ser de nuestros claustros", la que, en alas de un corazón virginal, lleno de fe, arrebata a los cielos su gracia y la derrama a torrentes sobre esta tierra estéril, pero rica en potencia, que con el sudor de su frente labran los apóstoles y que fue prometida a los patriarcas.
Act:
10/02/26
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M U R C I A
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