10 de Julio

Mártires de Damasco

Pedro Riquelme
Mercabá, 10 julio 2024

         Uno de los legados más preciados que ha recibido la Orden Franciscana por parte de la Santa Sede, a partir de Clemente VI y su bula Gratias Aqimus, fue la custodia y culto de los Santos Lugares, para custodiar y mantener vivos allí los misterios de la redención de Jesucristo. Fue el caso del Convento San Francisco de Damasco, al que eran enviados los franciscanos para aprender árabe y griego antes de iniciar su misión en Israel. Y en el que, en 1860, fueron martirizados 8 franciscanos y 2 maronitas.

         En efecto, la comunidad de Damasco de aquella época se hallaba compuesta por el superior y director del colegio, Manuel Ruiz (natural de San Martín de Ollas, Burgos), Carmelo Volta (párroco y profesor de árabe, de Gandía), Engelberto Kolland (coadjutor parroquial, natural de Austria), Nicanor Ascanio (de Villarejo de Salvanés, Madrid) y los hermanos Juan Jacobo Fernández (de Carballeda de Cea, Orense) y Francisco Pinazo (natural de Alpuente, Valencia).

         Tras la Semana Santa de 1859, habían llegado también al colegio los nuevos moradores Nicolás Alberca y Pedro Soler, religiosos jóvenes procedentes del Colegio de Misioneros de Priego (Cuenca). El 1º oriundo de Aguilar de la Frontera (Córdoba), y el 2º de Lorca (Murcia), ambos enviados para aprender las lenguas árabe y griega, necesarias para su tarea misionera en Tierra Santa. Y allí gozaban los religiosos de la alta estima de los árabes (incluso de los no cristianos) por su labor religiosa, educativa y social.

         Pero tras la Paz de París de 1856 (firmada tras la Guerra de Crimea) algo no funcionaba bien en Siria, y poco a poco fue gestándose el germen de la Revolución de Damasco de 1860, que provocó la persecución y martirio de los religiosos y de los cristianos árabes, así como la quema del convento-colegio franciscano y varios barrios anejos.

         El problema de fondo era que el Imperio Otomano (Turquía) tenía a su suerte y como súbditos a los cristianos de la zona, y la cuestión religiosa fue enquistándose entre Turquía y el resto de países cristianos, originando tensiones entre la población turca y cristiana.

         En 1860 el barrio cristiano de Damasco contaba con 30.000 cristianos y 140.000 musulmanes, y su situación no parecía inquietar por el momento, por lo que los misioneros católicos deciden no abandonar sus residencias. Pero como escribía el padre Ruiz el 2 de marzo al custodio de Tierra Santa, comunicándole los previsibles síntomas del inminente desastre: "Ante todo, cúmplase la voluntad de Dios". Es decir, que algo olía a persecución, y el Convento de San Francisco manifestaba la aceptación de una posible muerte, en nombre propio y de toda la comunidad.

         La situación en Damasco se hace por momentos insostenible, y en una nueva carta del 2 de julio, el padre Ruiz comunicaba al procurador de Tierra Santa que "nos hallamos en gran conflicto al presente, amenazados por los drusos y el bajá de Damasco, que les da los medios para quitar la vida a todos los cristianos, sin distinción de personas y ya sean europeos o árabes".

         Al día siguiente comenzó el populacho a provocar audazmente a "los perros cristianos" (así llamados por los drusos), lanzando en el barrio cristiano de Damasco "perros pintados con los colores de algunas banderas europeas y con cruces de madera colgadas del cuello de dichos animales".

         Los soldados del emir Abd el Kader, que patrullaban por las calles para poner a salvo a los cristianos, se ofrecieron a la comunidad franciscana para retirarlos del peligro. Pero éstos rehusaron el ofrecimiento, prefiriendo permanecer en el convento a fin de acoger a los cristianos europeos y maronitas que buscaran refugio, confiando en la robustez del edificio conventual, capaz de resistir las embestidas turcas.

         Así llegó el 9 julio 1860, fecha en que algunos grupos sospechosos cantaban por las calles la Mahla debh in Nassarah (lit. el Dulce y Agradable Sacrificio de Cristianos). Y poco después del mediodía, empezaba el temido asalto.

         En grupos masivos de 500 a 600 personas, la turba drusa invade frenética el populoso barrio cristiano (que contaba con 3.800 casas), cerrando todas las salidas del mismo y dando inicio a las dantescas escenas de asesinato, incendios y saqueos que tuvieron lugar entonces. Como relataron los supervivientes de la matanza:

"Los hombres eran decapitados, las mujeres eran violadas en presencia de sus esposos o padres, los inmuebles eran destrozados, y todo lo que valía fue robado. Incluso hubo alguna casa donde un solo turco mató a más de 50 cristianos, robándoles sus joyas y mujeres".

         Conforme se expandía la revolución, y previendo el emir Abd el Kader que los asesinatos afectasen a los religiosos, acude con sus patrullas y logra poner a salvo a los jesuitas, paúles e hijas de la caridad, y a la mayor parte de los cristianos, tanto católicos como maronitas. Pero los franciscanos, sin embargo, rehusaron la ayuda.

         Con el estallido de la masacre, muchos cristianos corrieron a refugiarse al Convento de San Francisco, como los hermanos maronitas Francisco Mooti y Rafael Massabeki, a los que siguieron los niños de la escuela parroquial y más de 100 cristianos maronitas. Mooti (el maestro parroquial) exhortó a sus alumnos a morir antes que apostatar, y a los más pequeños les pidió que fuesen a refugiarse al mismo Palacio de Abd el Kader, como lugar más seguro.

         Antes de su partida, el superior Ruiz expuso el Santísimo "para impetrar del cielo que alejase aquella amenazadora tempestad, o concediese el acierto y auxilio necesarios para sufrirla con valor". Y desde el altar lanzó un ferviente discurso a los presentes que (temblando y con lágrimas en los ojos) decidieron quedarse y no salir.

         El 10 julio 1860 por la mañana, y en menos de un periquete, la iglesia del convento, así como los claustros, las celdas y las azoteas, quedaron anegadas de sangre. Momentos antes, el superior entró en la iglesia y consumió las especies sacramentales. Los cristianos maronitas fueron las primeras víctimas de las cimitarras turcas, seguidos por los religiosos y el resto de alumnos del colegio. De éstos, "sólo entre los escombros del Convento de San Francisco, había 120 cadáveres amontonados".

         Entre los religiosos, el 1º en ser martirizado fue el padre Ruiz, en el altar de la iglesia. Le siguió el padre Volta, que aprovechando la confusión se ocultó en un rincón oscuro, y al ser descubierto fue asesinado a golpes de maza. El padre Kolland, que ante el peligro había huido del convento (saltando de una azotea a otra) fue descubierto en una casa vecina, y allí pereció con un golpe de cimitarra en la cabeza. Y en parecidas circunstancias también lo fue el padre Ascanio.

         El padre Alberca murió en el claustro de un disparo en la cabeza, y los hermanos legos Fernández y Pinazo fueron sorprendidos cuando trataban de escapar del incendio, y subían la escalera del campanario. En la azotea les rompieron la espina dorsal con una maza de madera, les atravesaron con un arma punzante y arrojaron sus cuerpos al patio.

         El último en afrontar el martirio fue el murciano Soler, que en la noche del 9 julio 1860 estaba en la escuela con los alumnos. Al llegar los drusos, tras reducir a sangre y fuego el convento, cogió de la mano a 2 niños de 12 años (José Massabeki y Antonio Taclagi) y fue a esconderlos en una buhardilla del patio.

         Pero un turco los divisó desde la azotea, y rápidamente avisó a los que estaban por los pasillos de la escuela. Allí encontraron al padre Soler, al que agarraron del hábito por la espalda y arrastraron hasta el centro de un aula. En ese momento, y sacando fuerza de la debilidad, Soler gritó con fuerte voz:

—¡Viva Jesucristo!

         El jefe de la turba, llamado Kaugiar, se volvió y le increpó:

—Renuncia a tu falsa religión y abraza a nuestro profeta Mahoma.

         A lo que el padre Soler contesta:

—Jamás lo haré. Soy cristiano y prefiero mil veces morir.

         Los 2 niños, que desde la oscuridad estaban escondidos, contemplaron con sus propios ojos la crueldad con que se ejecutó el martirio de Soler, "superior al del padre Alberca" según uno de los testigos.

         El padre Soler se puso de rodillas, e hizo la señal de la cruz para ofrecer a Dios el holocausto de su vida. Y luego, inclinando el cuello, lo ofreció al verdugo Kaugiar, el cual le asestó "una gran cuchillada" con la cimitarra, cayendo al suelo boca abajo.

         Los restantes correligionarios turcos se arrojaron sobre el cuerpo, consumando el holocausto a fuerza de crueles golpes en la cabeza y espalda. Y no satisfechos todavía, un joven componente del asesino grupo coronó el martirio del padre Soler, cortándole la cabeza y mostrándola orgulloso como trofeo.

         Los cuerpos de todos los franciscanos fueron sepultados por los maronitas en el templo conventual del actual Convento San Francisco de Damasco, en el que actualmente se veneran.

         El 10 octubre 1926 Pío XI beatificó oficialmente a los mártires franciscanos de Damasco, y con un vigor y entusiasmo ("que nos produce impresión profunda") habló del orgullo de España al contar entre los suyos a estos 7 mártires y héroes de Damasco, "mereciendo el cielo y el honor de la Iglesia universal" e invitándonos a "imitarlos en la robustez de la fe y en la simplicidad de sus vidas".

 Act: 10/07/24     @santoral mercabá        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A