18 de Diciembre
Expectación del Parto
Romualdo
Díaz
Mercabá, 18 diciembre 2026
Semblanza
Esperar al Señor que ha de venir es el tema principal del tiempo de Adviento que precede a la Navidad. La liturgia de este período está llena de deseos de la venida del Salvador, y recoge unos sentimientos de expectación que ya empezaron en el mismo momento de la caída de nuestros primeros padres. En aquella ocasión, Dios anunció la venida de un Salvador.
La humanidad estuvo desde entonces pendiente de esa promesa, que se fue concretando en el pueblo de Israel y su espera del Mesías. Esperaron los patriarcas, los profetas, los reyes y los justos, así como todas las almas buenas del AT. Y de este ambiente de expectación (del AT) toma la Iglesia las expresiones anhelantes, vivas y adecuadas, a la hora de preparar el misterio de la nueva Natividad del salvador Jesús. Y sabiendo muy bien que el punto culminante de dicha expectación no puede ser otro que aquella joven de Nazaret, a quien le fue anunciado el cumplimiento de las promesas.
Así, pues, todas aquellas esperanzas, de la humanidad y del pueblo hebreo, culminan en María, la elegida por Dios entre todas las mujeres para formar en su seno el verdadero Hijo de Dios. Sobre ella se vertieron los vaticinios antiguos, sobre todo los del profeta Isaías; y ella es la que, como nadie, prepara los caminos del Señor.
La Iglesia invoca sin cesar a María en este tiempo de Adviento, sabiendo que será por medio suyo por quien recibiremos a Cristo el Hijo de Dios.
Con una profunda visión de estas verdades, y del ambiente del susodicho período litúrgico, los padres del Concilio X de Toledo (ca. 656) instituyeron una fiesta que fue llamada muy pronto la Fiesta de la Expectación del Parto, y que debía celebrarse durante los 8 días (judíos) previos a la solemnidad natalicia de nuestro Redentor (del 18 al 25 diciembre). La razón de dicha institución la dan los propios padres visigodos de dicho concilio:
"No todos los años se puede celebrar con esplendor la Anunciación de la Santísima Virgen, al coincidir con los tiempos de cuaresma o pascua, y en cuyos días no es conveniente celebrar un misterio que alude al comienzo de nuestra salvación. Por esto, speciali constitutione sancitur, ut ante octavum diem, quo natus est Dominus, Genitricis quoque eius dies habeatur celeberrimus, et praeclarus, se establece por especial decreto que el día octavo, antes de la Natividad del Señor, se tenga dicho día como celebérrimo y preclaro en honor de su santísima Madre".
En el decreto toledano se alude a la celebración de tal fiesta en "muchas otras Iglesias lejanas", y se ordena que se retenga dicha costumbre. También se apunta que, "para conformarse con la Iglesia romana, se celebre también la fiesta del 25 de marzo". De hecho, tanto en España como de fuera de ella, empezó a ser llamado dicho día el "día de Santa María", e incluso el "día de Nuestra Señora de la O", por rezarse en sus vísperas las grandes antífonas de la O del Oficio divino.
Estuvo presente en aquel Concilio X de Toledo el obispo de aquella sede, San Eugenio, que poco después del concilio decidió poner dicha festividad bajo el título concreto de Expectación del Parto.
La fiesta de hoy tuvo rezo y misa propias en el antiguo Breviario, y sus textos del oficio fueron de rito doble mayor. Coge su carácter de las profecías de Isaías, del ardiente suspiro de María y del anhelo litúrgico por el Mesías que ha de venir. Su Misa coincidía con la del miércoles de las témporas de Adviento (introito, epístola y comunión), y su evangelio era el de la Anunciación.
Como ya hemos dicho, precisamente en la víspera de este día dan comienzo las antífonas mayores de la O (llamadas así por empezar todas ellas con la forma oh exclamatoria). Y así continúa la Iglesia por espacio de 7 días (del 17 al 23 de diciembre), en este ambiente de santa expectación y demanda, sobre la venida del Salvador.
Nada, pues, más a propósito que la contemplación de María en los días inmediatos a la natividad de su divino Hijo. Como dice el padre Giry, "si todos los santos del AT desearon con ardor la aparición del Salvador, ¿cuáles no serían los deseos de Aquella que había sido elegida para ser su Madre, que conocía mejor que ninguna otra criatura la necesidad que tenia la humanidad, la excelencia de su persona y los frutos incomparables que debía producir en la tierra, y la fe y la caridad, que sobrepasan la de todos los patriarcas y profetas?".
Fue tan grande el deseo de la Santísima Virgen, que nosotros no tenemos palabras para expresar su mérito. Ni tampoco concebir cuál fue su gozo cuando ella vio que iba a dar a luz la esperanza de todas las naciones. Ni comprender cuál sería aquel sentimiento que albergaba María, sabiendo que en ella se clavaban las miradas de todos los ángeles y arcángeles, demonios y humanos cautivos, así como del Padre y del Espíritu Santo.
María, repetimos, está en la cumbre de esta esperanza, y ella fue la que cobijó y llevó adelante esta esperanza. Unidos a Ella, y a los 9 meses de su gestación virginal, nuestra expectación será más digna del gran Señor que va a venir.
María enseña al cristiano la actitud que éste debe mantener: esperar al Señor. Que él se incorpore más y más en nosotros (donec formetur Christus in nobis), y que un día (lejano o próximo) venga a buscarnos para llevarnos con él. El cristiano debe esperar al Señor (donec veniat), hasta que venga de forma indisoluble y eterna. Toda la vida del cristiano es una expectación. Y el modelo de esta expectación lo ofrece María.
La presente fiesta mariana, como todas las de la Virgen María, no ha de olvidar su carácter de intercesión. De ahí que sea el momento de comenzar a cantar, con la Virgen y con toda la Iglesia, aquellas antífonas mayores del Magniticat, de la Virgen de la O: oh Sapientia, oh Adonai, oh Emmanuel..., veni supra nos!
Act:
18/12/26
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