19 de Mayo
Celestino V papa
José
Pont
Mercabá, 19 mayo 2026
Semblanza
Nació en 1209 en Molise (Abruzzos) con el nombre de Pietro, como el 11º hijo de unos padres (Angelo Angelerio y María Leone) que tuvieron 12 hijos y que, según él relata en su Autobiografía, eran "justos a los ojos de Dios, dando limosna y acogiendo a los pobres en su casa de muy buena gana".
Regía entonces los destinos de la cristiandad el gran Inocencio III, cuya bienhechora influencia se extendía a todos los estados de Europa, y cuya autoridad era acatada a una por emperadores, reyes, ciudades y señores feudales, en una armonía fecunda.
Pasó su niñez el pequeño Pietro en su mismo pueblo y junto a su madre, su 1ª maestra. Ella estaba amargada porque ninguno de sus 10 primeros hijos servía a Dios, y se quejaba diciendo de sí: "Miserable de mí. Tantos hijos que he tenido y ninguno se ha hecho siervo de Dios".
Oyéndola repetir esto su hijo Pedro, que contaría entonces unos 6 años, un día se acercó y le dijo: "Yo quiero ser un buen siervo de Dios". Ella resolvió entonces encaminarle al estudio de las letras, a pesar de la contradicción de los restantes hermanos. Y como ya había quedado viuda tuvo que imponerse considerables sacrificios, como trabajar, llevar la casa y enseñar de memoria el Salterio al pequeño siervo de Dios.
En este ambiente familiar, cristiano y austero, creció Pedro en edad y en ganas de servir a Dios. Hasta que sus deseos se inclinaron decididamente hacia la vida anacoreta. Tendría unos 20 años cuando, al fin, se resolvió con otro compañero dejar el pueblo y dirigirse a Roma, "para pedir consejo a la Iglesia".
Al término de la 1ª jornada de camino, su compañero se volvió al pueblo, y Pedro continuó adelante hasta llegar a Castelsangro. Allí le aguardaron lluvias torrenciales y ríos desbordados, que le impidieron proseguir hacia Roma y le obligaron a permanecer a la intemperie muchos días.
Hasta que se enteró que un solitario habitaba en los montes vecinos, y "entonces compré 2 panes y algunos peces y subí a la montaña en su búsqueda, en pleno mes de enero y con nieve abundante. Al encontrar vacía la celda de aquel ermitaño, decidí quedarme en ella, y allí empecé a llevar la vida que siempre había deseado".
Las primeras vivencias fueron de una gran paz y alegría espiritual, y abundancia de consolación sensible. Pero no tardó mucho en llegar la desolación purificadora de su alma, con multitud de tentaciones y "lo mismo estando despierto que durmiendo". Pasadas esas tentaciones iniciales, trasladó su vida eremítica a otra montaña, donde cavó un hoyo bajo una roca, en el cual podía estar de pie o echado (y poco más), y allí permaneció 3 años.
Empezó pronto el ir y venir de las gentes en torno a él, que le aconsejaron que recibiera la ordenación sacerdotal. Le gusto esa idea a Pietro, que partió para Roma y allí fue ordenado sacerdote. De vuelta hacia su hoyo anacoreta, al pasar por el monte Murrone encontró una cueva que le gustó, y allí se quedó esta vez.
Los 5 años que duró su estancia en ella fueron tiempos de tribulación espiritual, en torno a la celebración de la misa. Pues le parecía que, si celebraba misa, se reuniría gente allí y perdería la soledad; y si le ofrecían limosnas perdería su pobreza. Estaba ya determinado a volver a Roma a pedir consejo al papa, cuando se le apareció en sueños el abad que le había impuesto el hábito de ermitaño, y se cambió entre ellos este diálogo:
—Celebra misa, hijo, celebra.
El neófito objetó:
—Pero si San Benito y otros muchos santos no quisieron tocar tan gran misterio, ¿Cómo yo, pecador, puedo considerarme digno?
El abad respondió:
—¡Pero hijo! ¿Digno? ¿Quién es digno? Tú celebra misa, y celébrala con temor y temblor.
El dictamen del confesor concordó. Y desaparecieron las dudas.
El ejemplo de su vida solitaria y austera empezó a atraerle discípulos, y eso hizo que Pietro decidiese abandonar Monte Murrone en busca de una mayor soledad, hasta que encontró otra cueva en Monte Maiella.
Pero su irradiación espiritual empezó a crecer también allí, y, con ella el número de discípulos y la devoción de las gentes. Muchos dejaban el mundo y se ponían a su disposición para servir a Dios, pero él los rechazaba cuanto podía, excusándose en sus pocos conocimientos y en su deseo de soledad. Hasta que, frecuentemente y vencido por su caridad, los admitía. Así nació la Congregación de los Celestinos, cuyos estatutos aprobó Gregorio X en 1274 y cuyo número de monasterios llegó a 16.
Se encontraba de nuevo en Monte Murrone, pasando visita a uno de los monasterios de su Orden, cuando inesperadamente recibió la visita del arzobispo de Lyon, que con un séquito de prelados (embajadores del cónclave) le notificaban que había sido elegido sumo pontífice de la Iglesia, y le rogaban su aceptación. Le explicaron que la elección había tenido lugar el día 5 julio 1294, y que había habido un interregno de 2 años a la muerte de Nicolás IV, del 4 abril 1292.
El anacoreta Pietro contestó que era ya anciano y rondaba los 80 años. Hasta que, como siempre, volvió a ceder ante los demás.
Su elección llenó de júbilo a amplios sectores de la Iglesia, pues su fama de santidad era sólida y muy extendida, y muchos creían (joaquimitas, fraticelos...) que la barca de la Iglesia necesitaba de un piloto santo y espiritual, para no encallar en un atolladero.
Y hasta las disensiones entre los miembros del Colegio Cardenalicio (entre los Orsini y Colonna) había parecido quedar apaciguada, con la elección de un papa ajeno y anacoreta. Alejada quedaba también, por otro lado, la influencia creciente que Francia iba empezando a ejercer sobre el pontificado, a partir de la ruptura de éste con la casa imperial de los Hohenstaufen.
Todas estas causas se conjugaron en la gran apoteosis que fue el traslado de Pietro a Aquila, donde recibió el homenaje de todo el Colegio Cardenalicio, la consagración episcopal y la coronación como sumo pontífice. Y hasta el rey Carlos II de Nápoles (de la dinastía Anjou), de quien había sido súbdito hasta entonces, y cuya influencia sobre el nuevo papa se haría cada vez más avasalladora (junto a la de su hijo Carlos Martel, futuro rey electo de Hungría), era quien conducía las riendas del humilde asno, en que ese día montaba Celestino V.
Tolomeo de Lucca nos cuenta que, cuando llegó Celestino V a Aquila, corrían las gentes de los alrededores hacia él para pedirle la bendición, y el papa tenía que estar todo el día en la ventana, reclamado por el clamor de los que pedían les bendijese. El mismo cronista nos dice que para la coronación, que tuvo lugar el 29 de agosto, se congregaron más de 200.000 personas.
Pero su temperamento insociable, su extrema sencillez y su desconocimiento de las cosas humanas y de los negocios del gobierno le acarrearon en seguida graves dificultades en el ejercicio de su alto cargo.
Contra el consejo de los cardenales, no sólo rehuyó ir a Roma (sobresaltada por luchas ciudadanas), sino que se trasladó al mismo Palacio Real de Nápoles, donde trató de conjugar su rango pontificio con el deseo de soledad haciendo construir una cabaña dentro de sus habitaciones, a la que se retiraba para no interrumpir las largas horas de oración.
Por otra parte, el despacho de los asuntos de la Curia iba de mal en peor, y la supeditación del papa a Carlos II de Nápoles (segundón de la dinastía francesa de Anjou) llegó al colmo cuando, al crear 12 cardenales poco después de su elevación al pontificado, escogió 7 franceses y 3 súbditos napolitanos.
Ante esta situación caótica, Celestino V fue consciente de su incapacidad, y fue entonces cuando dio el gran ejemplo de humildad que conquistó a unos y otros. Pues a pesar de que algunos le aconsejaban que dejara el gobierno de la Iglesia en manos de los cardenales, o que él se mantuviese en el cargo conservando el honor del sumo pontificado, optó Celestino V por la opción de la abdicación, cuestión confusa y discutida por aquel entonces.
Compuso él mismo una bula en la que declaraba que "el papa puede renunciar a sus poderes, pues no es más que el obispo de Roma, y su aceptación o permanencia en el cargo es algo libre". Y que si "lo que está en juego es el bien de la Iglesia, puede llegar a darse el caso en que la renuncia sea obligatoria en conciencia".
En efecto, el 13 diciembre 1294 se presentó solemnemente Celestino V su abdicación, revestido de pontifical ante el Colegio Cardenalicio. Prohibiendo que nadie le interrumpiera, leyó él mismo la bula y abdicó. Salió del Consistorio y al poco volvió vestido de simple monje. Había gobernado la Iglesia alrededor de 5 meses.
Días después fue elegido su sucesor (Bonifacio VIII), que ante el peligro de cisma que la abdicación de su predecesor podría suponer, ratificó la dimisión e insertó la bula en el cuerpo del derecho canónico. Pero pidió a Celestino V que no abandonase Nápoles, mientras se apaciguaban las aguas. Pero Celestino V, para asegurar su soledad, marchó de noche a la costa adriática con evidente intención de pasar a Dalmacia.
Cuando se enteró de ello, Bonifacio VIII mandó guardias para que lo alcanzaran y protegieran, y le convencieran para que no saltara el Adriático y sí quedarse en el Castillo de Monte Fumone, junto a Anagni. Defendido allí contra cualquier intento perturbador, pudo continuar Celestino V (nuevamente fray Pietro Angelerio) su vida ordinaria de oración, soledad y penitencia. Hasta mayo de 1296, en que murió.
El papa Clemente V le elevó a los altares en 5 mayo 1313, pero tristemente desde el cautiverio de Avignon. Efectivamente, había triunfado plenamente aquella política de supeditación a Francia, que había llevado a Celestino V a dejar el anillo papal, y contra la cual también se había opuesto heroicamente su amigo Bonifacio VIII.
Act:
19/05/26
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