JUAN CRISÓSTOMO
Homilías sobre I Corintios
HOMILÍA 1
I
Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Sóstenes, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro. Gracia y paz a vosotros, de Dios el Padre y del Señor Jesucristo
Observen cómo inmediatamente Pablo, desde el principio, derriba el orgullo de los corintios y echa por tierra toda su pretenciosa imaginación, al hablar de sí mismo como llamado y decir que lo que ha aprendido "no lo descubrí yo mismo, ni lo adquirí por mi propia sabiduría, sino que fui llamado". Por supuesto, deja también claro Pablo quién es Aquel que llama (que lo es todo) y quién es aquel que es llamado (que no es nada, y tan sólo ha de obedecer). Dice Pablo "de Jesucristo", porque él es el patrono de la doctrina. Dice Pablo "por la voluntad de Dios", porque fue Dios quien quiso que nos salváramos, y nosotros mismos no hemos obrado nada bueno, y sólo por la voluntad de Dios hemos alcanzado la salvación, y tan sólo porque a él le pareció bien fuimos llamados, y no porque fuéramos dignos. Dice Pablo "y nuestro hermano Sóstenes", en otro ejemplo de su modestia, pues coloca en el mismo rango que él a alguien inferior a Apolo, y era grande la distancia entre Pablo y Sóstenes. Ahora bien, si donde la distancia era tan amplia, coloca junto a él a alguien muy inferior, ¿qué pueden decir quienes desprecian a sus iguales? Dice Pablo "a la Iglesia de Dios", porque ésta no es de este ni de aquel hombre, sino de Dios. Dice Pablo "que está en Corinto", abatiendo con cada palabra su orgullo y orientando sus pensamientos hacia el cielo. La llama también "Iglesia de Dios", demostrando que debe estar unida y que, si es de Dios, está unida y es una, y no sólo en Corinto sino en todo el mundo, pues el término Iglesia no significa separación sino unidad y concordia. Dice Pablo "a los santificados en Cristo Jesús", pues el nombre de Jesús no encuentra cabida para los nombres de los hombres. Pero ¿qué es la santificación? Esto mismo: el lavatorio y la purificación. Por eso recuerda Pablo a los corintios su propia impureza (de la que los había librado), y los persuade a la humildad mental (pues no por sus propias buenas obras, sino por la bondad amorosa de Dios, habían sido santificados). Dice Pablo "llamados a ser santos", porque incluso esto (ser salvos por la fe), "no es algo de vosotros mismos" (pues no os acercasteis primero) sino que "fuisteis llamados", de modo que ni siquiera este pequeño asunto es vuestro del todo. En definitiva, Pablo les viene a decir: Aunque os hubierais acercado, siendo responsables como sois de innumerables maldades, ni siquiera así la gracia sería vuestra, sino de Dios. Esto es lo mismo que escribió a los efesios, cuando les dijo: "No fuisteis los primeros en creer, sino que obedecisteis una llamada" (Ef 2,8).
II
Dice Pablo "en todo lugar", tanto el suyo como el nuestro, pues aunque la carta está escrita sólo a los corintios, menciona a todos los fieles que están en toda la tierra; mostrando que la Iglesia en todo el mundo debe ser una, aunque esté separada en varios lugares y mucho más en Corinto. En efecto, aunque el lugar esté separado, el Señor los une, siendo común a todos. Por lo tanto, al unirlos, añade "tanto el suyo como el nuestro", siendo mucho más poderoso unir que separar. En efecto, así como los hombres en un lugar, teniendo muchos amos contrarios, se distraen, y su único lugar les ayuda a no ser de la misma mente, y sus amos dan órdenes en desacuerdo entre sí, y cada uno sigue su propio camino (según lo que dice Cristo, de que "no se puede servir a Dios y a Mamón"; Mt 6,24), así también aquellos en diferentes lugares, si no tienen diferentes amos, sino uno solo, no se ven perjudicados por los lugares en cuanto a la unanimidad, siendo el único Señor el que los une. En definitiva, Pablo les viene a decir: No digo sólo que los corintios deban ser de un mismo sentir, sino todos los cristianos del mundo entero, puesto que tienen un mismo Maestro. Por eso también añade nuestro por segunda vez (pues, ya que había dicho "el nombre de Jesucristo, nuestro Señor"), para que no pareciera que hacía una distinción con los inconsiderados. Por eso añade de nuevo "tanto nuestro Señor como el de ellos".
III
Para que mi significado sea más claro, hermanos, lo leeré según su sentido, que es de esta manera: "Pablo y Sóstenes a la Iglesia de Dios que está en Corinto y a todos los que invocan el nombre de Aquel que es Señor nuestro y de ellos en cualquier lugar, ya sea en Roma o donde quiera que estén, gracia a vosotros y paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo". O también así, lo cual creo que es también más correcto: "Pablo y Sóstenes a los que están en Corinto, que han sido santificados, llamados a ser santos, junto con todos los que invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo en su lugar, tanto el de ellos como el nuestro, gracia a vosotros y paz a vosotros, que estáis en Corinto, que habéis sido santificados y llamados; no sólo a vosotros, sino con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro y de ellos". Ahora bien, si nuestra paz es de gracia, ¿por qué tienen pensamientos altivos? ¿Por qué se envanecen tanto, siendo salvos por gracia ? Y si tienen paz con Dios, ¿por qué desean asignarse a otros? Ya que esto es a lo que viene la separación. Porque ¿qué pasa si están en paz con este hombre, y con el otro incluso encuentran gracia? Mi oración es que ambos sean suyos de Dios; tanto de él, digo, como hacia él. Porque ni permanecen seguros a menos que disfruten de la influencia de lo alto; ni a menos que Dios sea su objetivo, les servirán de nada: porque de nada nos beneficia, aunque seamos pacíficos con los hombres, si estamos en guerra con Dios; así como no nos perjudica, aunque todos los hombres nos tengan como enemigos, si con Dios estamos en paz, de nuevo no nos beneficia, si todos los hombres aprueban, y el Señor se ofende; Tampoco hay peligro alguno, aunque todos nos rechacen y nos odien, si con Dios tenemos aceptación y amor. Porque lo que es verdaderamente gracia y verdaderamente paz, viene de Dios, ya que quien halla gracia a los ojos de Dios, aunque sufra diez mil horrores, no teme a nadie; digo no solo a nadie, sino ni siquiera al mismo diablo; sino que quien ha ofendido a Dios sospecha de todos los hombres, aunque parezca estar en seguridad. Porque la naturaleza humana es inestable, y no solo amigos y hermanos, sino también padres, antes de ahora, han cambiado por completo y a menudo por una cosa pequeña aquel a quien engendraron, la rama de su plantío, ha sido para ellos, más que todos los enemigos, un objeto de persecución. Los hijos también han rechazado a sus padres. Así, si lo notan, David fue favor con Dios, Absalón fue favor con los hombres. ¿Cuál fue el final de cada uno, y cuál de ellos obtuvo más honor, ustedes lo saben? Abraham mostró su favor con Dios, y el faraón con los hombres; Pues para complacerlo, renunciaron a la esposa del hombre justo (Gn 12,17). ¿Cuál de los dos fue entonces el más ilustre y el hombre feliz? Todo el mundo lo sabe. ¿Y por qué hablo de hombres justos? Los israelitas gozaban del favor de Dios, pero eran odiados por los hombres, los egipcios; pero aun así prevalecieron contra sus enemigos y los vencieron, con cuán gran triunfo es bien conocido por todos ustedes. Por esto, pues, trabajemos todos con ahínco; ya sea esclavo, que ore por esto, para hallar gracia ante Dios antes que ante su amo; o esposa, que busque la gracia de Dios, su Salvador, antes que de su esposo; o soldado, que busque el favor que viene de arriba, antes que de su rey y comandante. Porque así también entre los hombres serás objeto de amor.
IV
Alguno preguntará: ¿Cómo hallará gracia un hombre ante Dios? Y yo le respondo: ¿Y de qué otra manera, sino mediante la humildad? Sobre todo, porque "Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes" (St 4,6), y "el sacrificio hacia Dios es un espíritu quebrantado", y "Dios no despreciará un corazón abatido" (Sal 51,17). Sí, hermanos, si la humildad es tan hermosa para los hombres, mucho más para Dios. Así, "tanto los gentiles hallaron gracia, como los judíos de ninguna otra manera cayeron en desgracia" (Rm 10,13), pues no se sujetaron a la justicia de Dios. El hombre humilde del que hablo es agradable y deleitable para todos, y habita en paz continua, sin motivo de contienda. Porque aunque lo insultes, aunque lo abuses, digas lo que digas, él se mantendrá en silencio y lo soportará con mansedumbre, y tendrá una paz tan grande hacia todos los hombres como nadie puede siquiera describir. Sí, y con Dios también. Porque los mandamientos de Dios son estar en paz con los hombres: y así toda nuestra vida se hace próspera, a través de la paz unos con otros. Porque ningún hombre puede dañar a Dios, pues su naturaleza es imperecedera y está por encima de todo sufrimiento. Nada hace al cristiano tan admirable como la humildad de mente. Escuche, por ejemplo, a Abraham diciendo: "Yo no soy más que polvo y ceniza" (Gn 18,27). Y escuche de nuevo a la Escritura, diciendo de Moisés que él era "el más manso de todos los hombres" (Nm 12,3). Porque nada fue jamás más humilde que él. En efecto, siendo líder de un pueblo tan grande, y habiendo hundido en el mar al rey y al ejército de todos los egipcios, como si hubieran sido moscas; Y habiendo obrado tantas maravillas tanto en Egipto como junto al Mar Rojo y en el desierto, y recibido tan alto testimonio, se sentía como una persona común y corriente, y como un yerno más humilde que su suegro, y "aceptó su consejo" (Ex 18,24), sin indignarse, ni decir: "¿Qué es esto? Después de tan grandes logros, ¿vienes a nosotros con tu consejo?". Esto es lo que la mayoría siente; aunque alguien ofrezca el mejor consejo, lo desprecie por su humildad. Pero él no hizo así, sino que, gracias a su humildad, lo hizo todo bien. Por eso también "despreció las cortes de los reyes" (Hb 11,24-26) siendo en verdad humilde: pues la mente sana y el espíritu elevado son fruto de la humildad. Porque ¿de qué gran nobleza y magnanimidad, crees, fue una muestra, despreciar el palacio y la mesa real? Ya que los reyes entre los egipcios son honrados como dioses, y disfrutan de riquezas y tesoros inagotables. Pero sin embargo, dejando ir todo esto y arrojando los mismos cetros de Egipto, se apresuró a unirse a los cautivos, y hombres desgastados por el trabajo, cuya fuerza se gastaba en la arcilla y la fabricación de ladrillos, hombres a quienes sus propios esclavos aborrecían, (porque "los egipcios los aborrecían"; Ex 1,2); a estos corrió y los prefirió antes que a sus amos. De donde se desprende claramente que quien es humilde es altivo y de gran alma. Pues el orgullo nace de una mente común y un espíritu innoble, pero la moderación, de la grandeza de mente y un alma elevada.
V
Si les parece bien, hermanos, analicemos cada caso con ejemplos. Por ejemplo, díganme: ¿Quién hubo jamás más exaltado que Abraham? Sin embargo, fue él mismo quien dijo: "Soy solo polvo y ceniza", y: "Que no haya contienda entre mí y vosotros" (Gn 13,8). Este hombre, tan humilde (Gn 14,21-24), despreció los despojos persas y no tuvo en cuenta los trofeos bárbaro,; y esto lo hizo con mucha altivez y un espíritu noble. Porque es ciertamente exaltado quien es verdaderamente humilde (no el adulador ni el hipócrita), pues la verdadera grandeza es una cosa y la arrogancia otra. Esto queda claro de aquí: si un hombre estima la arcilla como arcilla y la desprecia, y otro la admira como oro y la considera algo grandioso, ¿quién, pregunto, es el hombre de mente exaltada? ¿No es él quien se niega a admirar la arcilla? ¿Y cuál, abyecta y mezquina? ¿No es él quien la admira y le da mucha importancia? Así también considera este caso: quien se llama a sí mismo polvo y ceniza es exaltado, aunque lo diga por humildad; pero quien no se considera polvo y ceniza, sino que se trata con amor y tiene pensamientos elevados, este hombre, por su parte, debe ser considerado mezquino, considerando las cosas pequeñas como grandes. De donde es claro que, por gran altivez de pensamiento, el patriarca dijo: "Soy solo polvo y ceniza"; por altivez de pensamiento, no por arrogancia. Pues así como en los cuerpos una cosa es estar firme y elástico y otra cosa estar hinchado, aunque ambos indican un hábito pleno de carne (pero en este caso de enfermo, en el de carne sana); así también aquí: una cosa es ser arrogante, que es, por así decirlo, estar hinchado, y otra cosa es ser de alma alta, que es estar en un estado saludable. Y además, un hombre es alto por la estatura de su persona; otro, siendo bajo, al añadir botines se vuelve más alto; ahora dime, ¿a cuál de los dos deberíamos llamar alto y grande? ¿No es bastante claro, aquel cuya altura es de sí mismo? Pues el otro la tiene como algo que no es suyo; y pisando cosas bajas en sí mismas, resulta una persona alta. Tal es el caso de muchos hombres que se enaltecen en la riqueza y la gloria; Lo cual no es exaltación, pues es exaltado quien no desea ninguna de estas cosas, sino que las desprecia, y obtiene su grandeza de sí mismo. Por lo tanto, seamos humildes para que podamos ser exaltados (Lc 14,11). Porque el que se humilla será exaltado. Ahora bien, el hombre obstinado no es así; más bien, es de todos los caracteres el más común. Porque la burbuja, también está inflada, pero la inflación no es sana; por lo que llamamos a estas personas engreídas. Mientras que el hombre de mente sensata no tiene pensamientos elevados, ni siquiera en las altas fortunas, consciente de su propia bajeza; pero el vulgo, incluso en sus preocupaciones insignificantes, se entrega a una fantasía orgullosa.
VI
Alcancemos, pues, esa altura que viene de la humildad. Examinemos la naturaleza de las cosas humanas para que nos encienda el anhelo de lo venidero; pues de ninguna otra manera es posible llegar a ser humilde, excepto por el amor a lo divino y el desprecio a lo presente. Pues así como un hombre a punto de obtener un reino, si en lugar de esa túnica púrpura se le ofrece un cumplido trivial, lo considerará insignificante; así también nos reiremos y desdeñaremos todo lo presente si deseamos ese otro tipo de honor. ¿No ven a los niños, cuando en sus juegos forman una banda de soldados, y los preceden heraldos y lictores, y un niño marcha en medio en lugar del general, qué infantil es todo? Así son todos los asuntos humanos; sí, y más insignificantes que estos: hoy son, mañana no. Por lo tanto, estemos por encima de estas cosas; y no solo no las deseemos, sino que incluso nos avergoncemos si alguien nos las presenta. Así, desechando el amor a estas cosas, poseeremos ese otro amor, que es divino, y gozaremos de gloria inmortal. Que Dios nos conceda a todos alcanzarla, por la gracia y la bondad de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 2
I
Doy gracias a mi Dios siempre por vosotros, por la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús, y porque en todo fuisteis enriquecidos en él
Lo mismo que exhorta Pablo a otros a hacer, diciendo que "sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios con acción de gracias" (Flp 4,6), es lo mismo que él solía hacer: comenzar siempre dando gracias a Dios. En efecto, nada es tan aceptable a Dios como que los hombres sean agradecidos, tanto por sí mismos como por los demás. Por eso introduce Pablo esto en casi todas sus epístolas. En el caso de Corinto, la ocasión para hacerlo es aquí más urgente que en otras epístolas, porque quien da gracias, lo hace tanto por estar bien como en reconocimiento de un favor: ahora bien, un favor no es una deuda ni una compensación ni un pago: lo cual, de hecho, en todas partes es importante decirlo, pero mucho más en el caso de los corintios que estaban boquiabiertos ante los divisores de la Iglesia.
II
Dice Pablo "a mi Dios". Es decir, con gran afecto se aferra Pablo a lo común, y lo hace suyo. Lo hace como también suelen hacer los profetas de vez en cuando, cuando dicen: "Oh Dios, mi Dios" (Sal 43,4; 62,1). Así, a modo de aliento, Pablo incita a los corintios a usar el mismo lenguaje. Pues tales expresiones pertenecen a quien se retira de todo lo secular y se acerca a Aquel a quien invoca con tanta vehemencia: pues solo él puede decir esto con verdad, quien, desde las cosas de esta vida, siempre asciende hacia Dios, y siempre lo prefiere a todo, y da gracias continuamente, no solo por la gracia ya concedida, sino por cualquier bendición que se le haya concedido posteriormente, por esto también le ofrece la misma alabanza. Por lo tanto, no sólo dice "doy gracias", sino "en todo momento, por vosotros", instruyéndoles a ser agradecidos siempre, y a nadie más que sólo a Dios.
III
Dice Pablo "por la gracia de Dios". ¿Ven cómo de todas partes saca argumentos para corregir a los corintios? ¿Por qué? Porque donde hay gracia, no hay obras, y donde hay obras ya no hay gracia. Si, pues, es gracia, ¿por qué te envaneces? ¿De dónde viene tu engreimiento? Lo cual se te da. ¿Y por quién te fue dado? ¿Por mí, o por otro apóstol? En absoluto, sino por Jesucristo, pues la expresión "en Jesucristo" significa esto: que en todo fuiste enriquecido. ¿Por quién? "Por él", por quien fuiste enriquecido "en todo". Así pues, en primer lugar habla Pablo de riquezas, en segundo lugar de "riquezas de Dios", y por último "a través del Unigénito", ¡Reflexionen sobre este tesoro inefable, hermanos!
En toda expresión y todo conocimiento
Es decir, con toda palabra o escrito, mas no como hacen los paganos sino como hace Dios. ¿Por qué? Porque hay conocimiento sin palabra, y hay conocimiento con palabra. Así, hay muchos que poseen conocimiento, pero no tienen la capacidad de hablar; como aquellos sin educación e incapaces de expresar con claridad lo que tienen en mente. Ustedes (dice él) no son como estos, pero son competentes tanto para entender como para hablar.
El testimonio de Cristo fue confirmado en vosotros
Bajo el manto de la alabanza y la acción de gracias, Pablo toca a los corintios con dureza, pues no por filosofía pagana (dice él) ni por disciplina pagana, sino "por la gracia de Dios", y por las riquezas, el conocimiento y la palabra dada por él, fueron capacitados para aprender las doctrinas de la verdad y para ser confirmados en el testimonio del Señor; es decir, en el evangelio. Porque tuvieron el beneficio de muchas señales, muchos prodigios, una gracia inefable, para hacerles recibir el evangelio. Si, por lo tanto, fueron confirmados por señales y gracia, ¿por qué vacilan? Ahora bien, estas son las palabras de alguien que los reprende y, al mismo tiempo, los predispone a su favor.
IV
No os quedáis atrás en ningún don
Surge aquí una gran pregunta, que es la siguiente: Quienes habían sido enriquecidos en toda expresión, y en modo alguno les faltaba ningún don, ¿son carnales? Por lo visto sí, y no sólo como al principio sino mucho más ahora. ¿Y por qué los llama carnales, a los corintios? Por lo que expresará Pablo en otro momento, al decir: "No pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales" (1Cor 3,1). ¿Qué debemos decir, entonces? Esto mismo: que habiendo creído al principio, y obtenido todos los dones (pues de hecho los buscaron con fervor), se volvieron negligentes después. O si no es así, que no a todos se les dicen estas cosas ni aquellas; sino unas a los que eran receptivos a sus censuras, las otras a los que estaban adornados con sus alabanzas. Porque en cuanto al hecho de que todavía tenían dones (1Cor 14,26-29), y cada uno tiene un salmo, una revelación, una lengua y una interpretación, que todo se haga "para edificación". Y que los profetas hablen dos o tres. O podríamos decirlo de otra manera: que, como solemos llamar a la mayor parte el todo, así también él ha hablado en este lugar. Además, creo que alude a sus propios procedimientos, pues él también había mostrado señales; como también dice en otra carta a ellos: "En verdad, las señales de un apóstol se obraron entre ustedes con toda paciencia", y: "¿En qué fueron inferiores a otras iglesias? " (2Cor 12,12-13). O como decía, les recuerda sus propios milagros y habla así, pensando en quienes aún eran aprobados. Porque había muchos hombres santos que se habían dedicado a administrar a los santos y se habían convertido en las primicias de Acaya (1Cor 16,15).
V
En cualquier caso, aunque las alabanzas no se acerquen mucho a la verdad, se insertan por precaución, preparando de antemano el camino para su discurso. Pues quien, desde el principio, dice cosas desagradables, excluye sus palabras de ser escuchado por los más débiles: si los oyentes son de su mismo nivel, se enfadan; si son muy inferiores, se enfadan. Para evitar esto, comienza con lo que parecen ser alabanzas. Digo parecen, pues esta alabanza no les pertenecía a ellos, sino a la gracia de Dios. El que tuvieran remisión de pecados y fueran justificados, esto fue por el don de lo alto. Por lo tanto, también se detiene en estos puntos, que muestran la bondad amorosa de Dios, para poder purificar más plenamente su enfermedad.
VI
Esperando la revelación de nuestro Señor Jesucristo, viene a decir Pablo a los corintios, ¿por qué alborotáis tanto, y os preocupáis del hecho de que Cristo no haya vuelto todavía? Y les viene a responder: Cristo ya ha venido, y el día final está a las puertas. Consideren aquí la sabiduría de Pablo, cuando aparta a los corintios de las consideraciones humanas, o cuando los aterroriza mencionando el temible tribunal, dando a entender así que no sólo los comienzos deben ser buenos, sino también el fin. Pues con todos estos dones, y con todo lo demás que es bueno, debemos tener presente ese día; y se necesitan muchos esfuerzos para poder llegar al fin. La revelación es su palabra; implica que, aunque no se le vea, existe, y está presente ahora mismo, y entonces aparecerá. Por lo tanto, se necesita paciencia: pues para esto recibisteis las maravillas, para que permanezcáis firmes.
VII
Cristo os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles
Aquí parece cortejar Pablo a los corintios, pues el dicho está libre de toda adulación. No obstante, también sabe Pablo cómo presionarlos; como cuando dice: "Ahora algunos se envanecen, como si yo no quisiera ir a vosotros", y: "¿Qué queréis? ¿Iré a vosotros con vara, o con amor y con espíritu de mansedumbre? " (1Cor 4,18-21), y: "Ya que buscáis una prueba de que Cristo habla en mí" (2Cor 13,3). Pero también los está acusando encubiertamente, pues al decir "él confirmará" y "la palabra irreprensible" los señala como todavía vacilantes y sujetos a la reprensión. Pero considera cómo siempre los clava como con clavos al nombre de Cristo. Y no a cualquier hombre ni maestro, sino continuamente al deseado mismo, es recordado por él: poniéndose, por así decirlo, a despertar a quienes estaban abrumados por algún libertinaje. Porque en ninguna otra epístola el nombre de Cristo aparece tan continuamente. Pero aquí está, muchas veces en unos pocos versículos; y mediante ello entrelaza, podría decirse, todo el proemio. Considéralo desde el principio. Pablo llamó a ser apóstol de Jesucristo, a los que han sido santificados en Jesucristo, que invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, gracia y paz a vosotros de Dios Padre y del Señor Jesucristo. Doy gracias a mi Dios por la gracia que les ha sido dada por Jesucristo, así como el testimonio de Cristo ha sido confirmado en ustedes, esperando la revelación de nuestro Señor Jesucristo, quien los confirmará irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, por quien han sido llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor. Y les ruego por el nombre de nuestro Señor Jesucristo lo siguiente: ¿Ven la constante repetición del nombre de Cristo? De donde es evidente, incluso para el más distraído, que no lo hace por casualidad ni inadvertidamente, sino para que, mediante la incesante aplicación de ese glorioso nombre, fomente su inflamación y purgue la corrupción de la enfermedad.
VIII
Fiel es Dios, por quien fuisteis llamados a la comunión con su Hijo
¡Maravilloso! ¡Qué gran cosa dice Pablo aquí! ¡Cuán vasta es la magnitud del don que declara a los corintios! ¿Y qué declara? Esto mismo: que a la comunión del Unigénito habéis sido llamados, y ¿os entregáis a los hombres? ¿Qué puede ser peor que esta miseria? ¿Y cómo habéis sido llamados? Por el Padre. Pues puesto que por medio de él y en él había frases que empleaba constantemente con respecto al Hijo, para que los hombres no pensaran que lo mencionaba como inferior, lo atribuye al Padre. Porque no por este y aquel, dice él, sino por el Padre habéis sido llamados; por él también habéis sido enriquecidos. De nuevo, habéis sido llamados; no os acercasteis vosotros mismos. Pero ¿qué significa, a la comunión con su Hijo? Escúchalo declarar esto mismo con mayor claridad en otro lugar: "Si sufrimos, también reinaremos con él. Si morimos con él, también viviremos con él" (2Tm 2,12). Luego, por ser una gran cosa lo que había dicho, añade un argumento lleno de convicción irrebatible, pues dice "Dios es fiel" (es decir, verdadero). Ahora bien, si es verdadero, lo que ha prometido también lo cumplirá. Y ha prometido que nos hará partícipes de su Hijo unigénito; porque para esto también nos llamó. Pues "sus dones y la llamada de Dios son irrevocables" (Rm 11,29). Estas cosas, por una especie de arte divino, las inserta tan temprano, para que después de la vehemencia de las reprensiones no cayeran en desesperación. Porque seguramente la parte de Dios se cumplirá, si no somos muy impacientes con su reinado. Como los judíos, al ser llamados, no quisieron recibir las bendiciones; pero esto ya no era de Aquel que los llamó, sino de su falta de sentido. Porque él ciertamente estaba dispuesto a dar, pero ellos, al negarse a recibir, se desecharon. Porque, si él los hubiera llamado a una empresa dolorosa y penosa, ni siquiera en ese caso serían perdonables por poner excusas; sin embargo, habrían podido decir que así era: pero si el llamado es para purificación, y justicia, y santificación, y redención, y gracia, y un don gratuito, y las cosas buenas que nos esperan, que "ojo no vio, ni oído oyó" (1Cor 1,4-7). Si es Dios quien llama, y llama por sí mismo, ¿qué perdón merecen quienes no acuden corriendo a él? Que nadie, pues, acuse a Dios, pues la incredulidad no proviene de aquel que llama, sino de quienes se alejan de él.
IX
Alguno dirá: Debería Pablo atraer más a los corintios, incluso contra su voluntad. Y yo le respondo: ¡Basta ya!, pues Pablo no usa la violencia ni obliga, pues ¿quién, invitando a honores, coronas, banquetes y festivales, arrastra a la gente, o la tiene reticente y atada? Nadie. Esto es propio de quien inflige un insulto, y no de un apóstol hacia sus hijos. Al infierno envía a los hombres Dios contra su voluntad, pero al reino llama a las mentes dispuestas. Al fuego lleva a los hombres lamentándose, y al estado infinito desdiciéndose. De lo contrario, sería un reproche a las mismas bendiciones si su naturaleza no fuera tal que los hombres acudieran a ellas por voluntad propia y con gran agradecimiento. ¿De dónde es entonces, dices, que todos los hombres no los eligen? De su propia debilidad. ¿Y por qué no corta él su debilidad? ¿Y cómo dime de qué manera debería cortarla? ¿No ha creado un mundo que enseña su bondad amorosa y su poder? ¿No proclaman los cielos la gloria de Dios (Sal 19,1)? ¿No ha enviado también profetas? ¿No nos ha llamado y honrado? ¿No ha hecho maravillas? ¿No ha dado una ley tanto escrita como natural? ¿No ha enviado a su Hijo? ¿No ha comisionado apóstoles? ¿No ha obrado pecados? ¿No ha amenazado con el infierno? ¿No ha prometido el reino? ¿No hace salir su sol cada día? ¿No son tan simples y fáciles las cosas que él ha ordenado, que muchos trascienden sus mandamientos en la grandeza de su abnegación? ¿Qué había que hacer con la viña y yo no lo he hecho (Is 5,4)?
X
Alguno dirá: ¿Por qué no nos inculcó Pablo el conocimiento y la virtud? Y yo le respondo: ¿Y quién habla así? ¿El griego o el cristiano? Ambos, sí, pero no sobre lo mismo, pues uno plantea su objeción con vistas al conocimiento, el otro con vistas a la conducta. Primero, pues, responderemos a quien está de nuestra parte; pues no me interesan tanto los externos como nuestros propios miembros. ¿Qué dice entonces el cristiano? Sería conveniente inculcar en nosotros el conocimiento mismo de la virtud. Él lo ha inculcado, pues si no lo hubiera hecho, ¿de dónde habríamos sabido qué hacer y qué dejar de hacer? ¿De dónde provienen las leyes y los tribunales? Pero Dios no sólo debería habernos impartido el conocimiento, sino también la práctica misma de la virtud. ¿Qué tendríamos que ser recompensados, si todo fuera de Dios? Y si no, ¿castiga Dios de la misma manera a ti y al griego al pecar? Seguramente no. Pues hasta cierto punto tienes confianza, a saber, la que surge del verdadero conocimiento. ¿Qué pasaría si alguien dijera ahora que, en cuanto al conocimiento, tú y el griego serían considerados dignos de igual mérito? ¿No te disgustaría? Creo que sí. Porque dirías que el griego, teniendo sus propios recursos para alcanzar el conocimiento, no estaba dispuesto. Si este último dijera que Dios debería habernos inculcado el conocimiento de forma natural, ¿no te reirías de él y le dirías: ¿Por qué no lo buscaste? ¿Por qué no fuiste tan serio como yo? Y te mantendrías firme con mucha confianza, y dirías que fue una locura culpar a Dios por no inculcar el conocimiento por naturaleza. Y esto dirías, porque has obtenido lo que pertenece al conocimiento. Así también, si hubieras realizado lo que pertenece a la práctica, no habrías planteado estas preguntas; pero estás cansado de la práctica virtuosa, por lo tanto te proteges con estas palabras desconsideradas. Pero ¿cómo podría ser correcto que por necesidad uno se vuelva bueno? Entonces tendremos a las bestias brutas discutiendo con nosotros sobre la virtud, ya que algunas de ellas son más templadas que nosotros. Me dices: Preferiría haber sido bueno por necesidad, y así perder todas las recompensas, que ser malo por elección deliberada, para ser castigado y sufrir venganza. Pero es imposible que alguien sea bueno por necesidad. Si, por lo tanto, no sabes qué hacer, demuéstralo, y entonces te diremos qué es correcto decir. Pero si sabes que la impureza es mala, ¿por qué no huyes de lo malo? No puedo, dices. Pero otros que han hecho cosas mayores que esta te defenderán y te callarán con creces. Porque tú, aunque vivas con esposa, quizá no seas casto; pero otro, incluso sin esposa, mantiene su castidad inviolable. ¿Qué excusa tienes tú para no cumplir la regla, mientras otro incluso se salta los límites que se han trazado para marcarla? Pero dices: No soy así ni en mi complexión física ni en mi mentalidad, y: Eso es por falta, no de poder, sino de voluntad. Pues así demuestro que todos tienen cierta aptitud para la virtud: lo que un hombre no puede hacer, tampoco podrá hacerlo aunque la necesidad le sea impuesta; pero si, siéndolo, puede, quien lo deja de hacer, lo deja por elección propia. Lo que quiero decir es esto: volar y ser llevado al cielo, con un cuerpo pesado, es simplemente imposible. ¿Qué pasaría si un rey ordenara a alguien hacer esto y amenazara de muerte, diciendo: Aquellos hombres que no vuelen, decreto que pierdan la cabeza, sean quemados o algún otro castigo similar? ¿Alguien lo obedecería? Seguramente no. Porque la naturaleza no es capaz de ello. Pero si en el caso de la castidad se hiciera lo mismo, y él estableciera leyes que obligaran a los impuros a ser castigados, quemados, azotados y sometidos a torturas extremas, ¿no obedecerían muchos la ley? No, dirán, pues existe, incluso ahora, una ley que prohíbe cometer adulterio y nadie la obedece. No porque el miedo pierda su poder, sino porque la mayoría espera pasar desapercibida. De modo que si, cuando estuvieran a punto de cometer una acción impura, el Juez se presentara ante ellos, el miedo sería lo suficientemente fuerte como para expulsar la lujuria. Es más, si yo aplicara otro tipo de fuerza inferior a esta; si tomara al hombre, lo separara de la persona amada y lo encerrara en cadenas, podría soportarlo sin sufrir gran daño. No digamos, entonces, que tal persona es mala por naturaleza: porque si un hombre fuera bueno por naturaleza, jamás podría volverse malo. Y si por naturaleza fuera malo, jamás podría ser bueno. Pero ahora vemos que los cambios ocurren rápidamente, y que los hombres pasan rápidamente de un lado a otro, y de este a otro, y de este a este. Y estas cosas no sólo las vemos en las Escrituras, por ejemplo, que los publicanos se han convertido en apóstoles; los discípulos, en traidores; las rameras, en personas castas; los ladrones, en hombres de buena reputación; los magos han adorado; y los impíos han pasado a la piedad, tanto en el Nuevo Testamento como en el Antiguo Testamento; pero incluso a diario se pueden observar muchas de estas cosas. Si las cosas fueran naturales, no podrían cambiar. Así, nosotros, siendo susceptibles por naturaleza, jamás podríamos quedar sin sensibilidad, por ningún esfuerzo. Pues lo que es por naturaleza, jamás puede abandonar su condición natural. Nadie, por ejemplo, pasó de dormir a no dormir; nadie de un estado de corrupción a incorrupción; nadie del hambre a la ausencia perpetua de esa sensibilidad. Por lo tanto, estas cosas no son motivo de acusación, ni nos reprochamos nada por ellas; ni nadie, con la intención de culpar a otro, le dijo "oh tú, corruptible y sujeto a la pasión", sino que, ya sea adulterio, fornicación o algo por el estilo, siempre imputamos a los responsables; y los llevamos ante los jueces, quienes culpan y castigan, y en los casos contrarios conceden honores.
XI
Desde entonces, tanto por nuestra conducta hacia los demás, como por la conducta de los demás hacia nosotros (cuando somos juzgados), y por las cosas sobre las que hemos escrito leyes, y por las cosas en las que nos condenamos a nosotros mismos, aunque no haya nadie que nos acuse, y por los ejemplos de cómo empeoramos por la indolencia y mejoramos por el miedo, y por los casos en los que vemos a otros obrar bien y llegar a la cima del autocontrol... queda bastante claro que también tenemos el poder de obrar bien. ¿Por qué, pues, nos engañamos la mayoría de las veces, en vano con pretextos y excusas despiadadas, que no sólo no traen perdón, sino incluso un castigo intolerable? Cuando deberíamos tener ante nuestros ojos ese día temible, y prestar atención a la virtud; y después de un poco de trabajo, obtener las coronas incorruptibles? Porque estas palabras no serán una defensa para nosotros. Más bien, nuestros compañeros de servicio, y quienes han practicado las virtudes contrarias, condenarán a todos los que continúan en el pecado: el hombre cruel será condenado por el misericordioso; el malvado, por el bueno; el feroz, por el gentil; el rencoroso, por el cortés; el vanidoso, por el abnegado; el indolente, por el serio; el intemperante, por el sobrio. Así, Dios nos juzgará y pondrá en su lugar a ambos grupos; a uno otorgando alabanzas, al otro castigo. Pero Dios no permita que ninguno de los presentes se encuentre entre los castigados y deshonrados, sino entre los coronados y los ganadores del reino. Que Dios nos conceda a todos obtenerlo por la gracia y la bondad amorosa de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 3
I
Os ruego, por el nombre de Jesucristo, que habléis todos de una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer
Lo que he venido diciendo continuamente Pablo a otras iglesias (que debemos formular nuestras reprensiones con suavidad y gradualidad), lo dice también Pablo aquí en Corinto. Al estar a punto de abordar un tema lleno de peligros y capaz de desgarrar la Iglesia desde sus cimientos, usa un lenguaje muy suave. Su palabra es que les suplica, y les suplica por medio de Cristo, como si ni siquiera él mismo fuera suficiente para hacer esta súplica y prevalecer. Pero ¿qué es esto, les suplico por Cristo? Tomo a Cristo para que luche de mi lado y me ayude, su nombre injuriado e insultado. ¡Qué terrible manera de hablar! Para que no se muestren duros y desvergonzados: pues el pecado inquieta a los hombres. Por lo tanto, si de inmediato reprenden duramente, hacen a un hombre feroz e insolente; pero si lo avergüenzan, doblegan su cuello, frenan su confianza, lo hacen agachar la cabeza. Siendo este también el objetivo de Pablo, se contenta por un momento con suplicarles por el nombre de Cristo. ¿Y cuál es, de entre todas las cosas, el objetivo de su petición? Para que todos hablen una misma cosa y no haya divisiones entre ustedes. La contundente fuerza de la palabra cisma era suficiente acusación. Pues no era que se hubieran convertido en muchas partes, cada una completa en sí misma, sino que el único cuerpo que existió originalmente había perecido. Pues si hubieran sido Iglesias enteras, podría haber muchas; pero si fueran divisiones, entonces aquel único habría desaparecido. Pues lo que es completo en sí mismo no solo no se vuelve múltiple al dividirse en muchas partes, sino que incluso el único original se pierde. Tal es la naturaleza de las divisiones.
II
A continuación, tras haber tratado con dureza Pablo a los corintios, usando la palabra cisma, los suaviza y tranquiliza diciendo: "Para que estén perfectamente unidos en una misma mente y un mismo juicio". Es decir, dado que había dicho "para que todos hablen lo mismo", añade: "No supongan que dije que la concordia debe ser sólo de palabras; busco la armonía de la mente". No obstante, como existe la concordia de palabras, y de corazón, aunque no en todos los temas, añadió: "Para que seáis perfectos juntos". Pues quien está unido en una cosa, pero disiente en otra, ya no está perfecto ni en plena concordia. También existe la armonía de opiniones, donde aún no hay armonía de sentimientos; por ejemplo, cuando tenemos la misma fe, no estamos unidos en el amor; pues así, en las opiniones somos uno (pues pensamos lo mismo), pero en el sentimiento no. Y así era en aquel entonces. Esta persona elige a un líder, y aquella a otro. Por esta razón, dice que es necesario estar de acuerdo tanto en mente como en juicio. Pues no fue por ninguna diferencia de fe que surgieron los cismas, sino por la división de su juicio a causa de las contiendas humanas.
III
Esto me han sido dicho acerca de vosotros, hermanos míos, por los de la casa de Cloe
Viendo Pablo que el corintio culpado no se avergüenza mientras no tenga testigos, observen cómo, no permitiéndoles negar el hecho, aduce a algunos para que den testimonio. No lo dijo al principio, sino que primero presentó su acusación, como quien confiaba en sus informantes. Porque, de no haber sido así, no habría encontrado falta, pues Pablo no era de los que creen a la ligera. Tampoco dijo inmediatamente "se ha dicho", para que no pareciera que culpaba a la autoridad de ellos; ni omite mencionarlos, para que no pareciera que hablaba sólo por sí mismo. Y de nuevo, los llama hermanos; pues aunque la falta es evidente, no hay nada en contra de seguir llamándolos hermanos. Consideren también su prudencia al no hablar de una persona en particular, sino de toda la familia, para no generar hostilidad hacia el informante; pues de esta manera lo protege y, sin temor, abre la acusación. Porque buscaba el beneficio no solo de una parte, sino también de la otra. Por lo cual no dice "me ha sido declarado por algunos", sino que señala también a los de casa, para que no pensaran que estaba inventando. ¿Qué se declaró? Esto mismo: que "hay contiendas entre ustedes". Así, al reprenderlos, dice: "Que no haya divisiones entre ustedes"; pero al informar sobre las declaraciones de otros, lo hace con más suavidad, diciendo "se me ha declarado que hay contiendas entre ustedes", para no causar problemas a los informantes. A continuación, declara también el tipo de contienda.
IV
Cada uno de vosotros dice: "Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas"
No se refiere aquí Pablo a asuntos privados de los corintios, sino a los más graves, porque la corrupción de Corinto afectaba a toda la Iglesia. Sin embargo, no hablaban de sí mismo, ni de Pedro, ni de Apolo; pero él significa que si no se debía apoyar a estos, mucho menos a los demás. Como no habían hablado de ellos, dice más adelante más o menos: Estas cosas las he transferido en una figura a mí y a Apolo, para que aprendan en nosotros a no ir más allá de lo que está escrito. Porque si no era correcto que se llamaran Pablo, Apolo y Cefas, mucho menos a otros. Si bajo el Maestro y el primero de los apóstoles, y uno que había instruido a tanta gente, no era correcto inscribirse, mucho menos bajo aquellos que no eran nada. A modo de hipérbole, pues, buscando apartarlos de su enfermedad, menciona estos nombres. Además, suaviza su argumento, omitiendo mencionar por su nombre a los rudos divisores de la Iglesia, pero ocultándolos, como tras una especie de máscaras, con los nombres de los apóstoles. No estimándose a sí mismo antes que a Pedro, ha puesto su nombre en último lugar, sino que lo prefiere a sí mismo, y eso en gran medida. Organizó su declaración a modo de clímax, para que no se pensara que lo hacía por envidia o por celos, que menoscababa el honor de otros. Por lo tanto, también puso su propio nombre en primer lugar. Porque quien se pone a sí mismo en primer lugar para ser rechazado, no lo hace por amor al honor, sino por extremo desprecio de este tipo de reputación. Se coloca, como ven, en el camino de todo el ataque, y luego menciona a Apolo, y luego a Cefas. Por lo tanto, no para magnificarse a sí mismo lo hizo, sino que al hablar de cosas incorrectas administra la corrección necesaria en su propia persona primero. Pero es evidente que quienes se apegaron a este o aquel hombre estaban en error. Y con razón los reprende, diciendo: "No hacen bien en decir: Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas". Pero ¿por qué añadió "y yo de Cristo"? Pues si bien quienes se apegaron a los hombres estaban en error, no eran ciertamente quienes se dedicaron a Cristo. Pero esta no era su acusación, que se llamaran a sí mismos por el nombre de Cristo, sino que no todos se llamaban solo por ese nombre. Y creo que añadió esto de sí mismo, queriendo agravar la acusación y señalar que, según esta regla, Cristo debe ser considerado como perteneciente a un solo partido, aunque ellos mismos no usaran el nombre de esa manera. Sobre que esto era lo que insinuaba, lo declaró a continuación.
V
¿Está Cristo dividido?
Lo que dice Pablo aquí a los corintios se resume en esto: Han despedazado a Cristo, y repartido su cuerpo. ¡Aquí hay ira! ¡Aquí hay reproches! ¡Aquí hay palabras llenas de indignación! Pues siempre que, en lugar de argumentar, solo interroga, lo hace implicando un absurdo reconocido. Pero algunos dicen que pasó por alto algo más al decir "Cristo está dividido", como si hubiera dicho: Él ha distribuido a los hombres y dividido a la Iglesia, y se ha llevado una parte para sí mismo, dándoles la otra. A continuación, se esfuerza por desmentir este absurdo, diciendo: "¿Fue Pablo crucificado por vosotros, o fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?". Observen su amor por Cristo; cómo, a partir de entonces, lleva todo el asunto a un punto en su propio nombre, demostrando, y más que demostrando, que este honor no pertenece a nadie. Y para que nadie pensara que fue la envidia lo que lo impulsó a decir estas cosas, se presenta constantemente. Observen también su consideración, pues no dice "¿acaso Pablo creó el mundo?" ni "¿acaso Pablo os creó de la nada?", sino sólo aquellas cosas que pertenecían como tesoros selectos a los fieles y eran consideradas con gran solicitud: las que él especifica: la cruz, el bautismo y las bendiciones que los acompañan. Pues la bondad amorosa de Dios hacia los hombres se manifiesta también en la creación del mundo; sin embargo, en nada, tanto como en la condescendencia mediante la cruz. Y no dijo "¿murió Pablo por vosotros?", sino "¿fue crucificado Pablo?", estableciendo también el tipo de muerte. Tampoco dijo "fuisteis bautizados en el nombre de Pablo", sino "¿os bautizó Pablo?". Pues sí bautizó a muchos; pero la cuestión no era quién los había bautizado, sino en nombre de quién. Puesto que esto también fue causa de cismas, al ser llamados por el nombre de quienes los bautizaron, corrige este error diciendo: ¿Fuisteis bautizados en el nombre de Pablo? No me digas, dice, quién los bautizó, sino en nombre de quién. Pues no se pregunta quién bautiza, sino aquel a quien se invoca en el bautismo. Pues este es quien perdona nuestros pecados. Y en este punto detiene el discurso y no prosigue con el tema. Porque no dice "¿les anunció Pablo los bienes venideros?" ni "¿les prometió Pablo el reino de los cielos?". ¿Por qué, entonces, pregunto, no añade también estas preguntas? Porque no es todo lo mismo, prometer un reino y ser crucificado. Porque lo primero no trajo peligro ni vergüenza; pero lo segundo, todas estas. Además, prueba lo primero a partir de lo segundo: pues habiendo dicho "el que no escatimó ni a su propio Hijo" (Rm 8,32), añade: "¿Cómo no nos dará también con él todas las cosas?", y:"Si siendo enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, reconciliados, seremos salvos" (Rm 5,10). Esta fue una de las razones por las que no añadió lo que acabo de mencionar: y también porque lo uno aún no lo tenían, pero lo otro ya lo habían probado. Lo uno estaba en promesa; lo otro ya se había cumplido.
VI
Doy gracias a Dios por no haber bautizado a ninguno de vosotros, excepto a Crispo y a Gayo
Lo que viene a decir aquí Pablo a los corintios es esto: ¿Por qué se alegran esos otros apóstoles de haber bautizado, cuando yo, por mi parte, incluso doy gracias por no haberlo hecho? Diciendo esto, por una especie de arte divino él disipa su orgullo en este punto. No con la eficacia del bautismo (Dios no lo quiera), sino con la necedad de quienes se envanecieron por haber bautizado. Primero, demostrando que el don no es suyo; y, segundo, agradeciendo a Dios por ello. Porque el bautismo es ciertamente algo grande; pero su grandeza no reside en la obra de quien bautiza, sino en Aquel a quien se invoca en el bautismo; ya que bautizar no es nada en cuanto a la labor humana, sino mucho menos que predicar el evangelio. Sí, repito, el bautismo es verdaderamente grande, y sin él es imposible alcanzar el reino. Aun así, un hombre sin excelencia singular puede bautizar, pero predicar el evangelio requiere gran labor. También explica la razón por la que da gracias por no haber bautizado a nadie. ¿Cuál es, entonces, esta razón? Lo dice a continuación.
Que nadie diga que fue bautizado en mi nombre
¿Por qué quiso decir Pablo a los corintios esto? Me temo que por esto: para que la enfermedad del cisma no vaya a más. En efecto, cuando empezaron a bautizar personas insignificantes, empezó a surgir el cisma, diciendo uno que había sido el primer anunciador del bautismo, y otro que había bautizado a más. Es más, era probable que no sólo afirmaran hablar en nombre de Pablo, sino que también dijeran que el mismo Pablo los bautizó a ellos. Así, si de los inferiores surgió un mal tan grande, de los de orden superior tal vez habría derivado en algo mucho más grave.
También bauticé a la familia de Estéfanas
Tras avergonzar Pablo a quienes no eran sensatos en este aspecto, y añadir que bautizó a Estéfanas (corintio de máxima confianza del apóstol, y su primicia en Corinto), de nuevo desmoraliza Pablo el orgullo de los corintios, añadiendo de forma humillante: "No sé si bauticé a algún otro". En efecto, con esto quería decir Pablo que no buscó los honores de la multitud, ni se dedicó a evangelizar a los corintios por propia gloria. Y no sólo con estas palabras, sino también con las siguientes, reprime en gran medida su orgullo.
Cristo no me envió a bautizar, sino a predicar el evangelio, pues la parte más laboriosa, y la que requería mucho esfuerzo, y un alma de hierro, y de la que todo dependía, era predicar
Alguno dirá: ¿Por qué, no siendo enviado a bautizar, bautizó Pablo? Y yo le respondo: No por contienda con Aquel que lo envió, sino trabajando más allá de su tarea, porque no dice "me fue prohibido", sino "no fui enviado para esto". En efecto, predicar el evangelio es obra de uno o dos, mientras que bautizar lo puede hacer todo aquel que posee el sacerdocio. Para un hombre instruido y convencido, tomarlo y bautizarlo es lo que cualquiera podría hacer. En lo demás, todo se efectúa por la voluntad de la persona que se acerca y por la gracia de Dios. Pero cuando se debe instruir a los incrédulos, se requiere gran esfuerzo y gran sabiduría. Y en ese momento también había peligro. En el primer caso, todo está hecho, y se convence a quien está a punto de ser iniciado; y no es gran cosa, cuando un hombre está convencido, bautizarlo. Pero en el último caso el trabajo es grande: cambiar la voluntad deliberada, alterar el giro de la mente, arrancar el error de raíz y plantar la verdad en su lugar. No es que diga todo esto abiertamente, ni argumenta con tanta claridad que el bautismo no implica esfuerzo, sino que la predicación sí. Pues siempre sabe moderar su tono, mientras que en la comparación con la sabiduría pagana es muy sincero, lo que le permite usar un lenguaje más vehemente. Así que no bautizó en oposición a Aquel que lo envió; sino, como en el caso de las viudas, aunque los apóstoles habían dicho "no es apropiado que dejemos la palabra de Dios y sirvamos a las mesas" (Hch 6,2), él desempeñó el oficio (Hch 12,25) no en oposición a ellas, sino como algo más allá de su tarea: así también aquí. Porque incluso ahora, encomendamos este asunto a la clase más sencilla de presbíteros, pero la palabra de doctrina a los más sabios: porque allí está el trabajo y el sudor. Por lo cual él mismo dice "que los ancianos que gobiernan bien sean tenidos por dignos de doble honor, especialmente los que trabajan en la palabra y en la enseñanza" (1Tm 5,17). Porque así como enseñar a los luchadores en los juegos es propio de un entrenador entusiasta y hábil, pero colocar la corona en la cabeza del conquistador puede ser propio de alguien que ni siquiera sabe luchar (aunque sea la corona la que le añade esplendor), así también en el bautismo. Es imposible salvarse sin él, pero no es gran cosa lo que hace el que bautiza, teniendo la voluntad ya preparada.
VII
No prediqué con sabiduría de palabras, para que no se invalide la cruz de Cristo
Tras abatir Pablo el orgullo desmedido de quienes se enorgullecían por bautizar, cambia de postura para enfrentarse a quienes se jactaban de sabiduría pagana, y contra ellos se reviste de mayor vehemencia. A los que se envanecían con el bautismo les dijo: "Doy gracias por no haber bautizado a nadie", y: "Cristo no me envió a bautizar". No habla con vehemencia ni con argumentos, sino que, tras insinuar su significado en pocas palabras, continúa rápidamente. Pero aquí, desde el principio, da un golpe duro, diciendo: "Para que la cruz de Cristo no quede vacía". ¿Por qué, entonces, enorgullecerse de algo que debería hacerte esconder la cara? Si esta sabiduría está en guerra con la cruz y lucha contra el evangelio, no es justo jactarse de ella, sino retirarse avergonzado. Pues esta fue la causa por la que los apóstoles no fueron sabios; no por debilidad del don, sino para que el evangelio predicado no sufriera daño. Por lo tanto, las personas mencionadas anteriormente no eran las que se dedicaban a defender la palabra de Dios, sino que se encontraban entre sus difamadores. Los hombres sin letras fueron quienes la establecieron. Esto pudo frenar la vanagloria, esto reprimir la arrogancia, esto imponer la moderación. Pero si no fue por sabiduría de palabra, ¿por qué enviaron a Apolo, quien era elocuente? No fue, responde, por confianza en su capacidad de palabra, sino porque era poderoso en las Escrituras y refutaba a los judíos (Hch 18,24-29). Y además, el punto en cuestión era que los líderes y primeros diseminadores de la palabra no eran elocuentes; ya que estas eran las personas que requerían un gran poder para la expulsión del error en primera instancia; y luego, es decir, desde el principio, se necesitaba la fuerza abundante. Ahora bien, él, que podía prescindir de personas educadas al principio, si luego admitía a algunos elocuentes, lo hizo no porque los necesitara, sino porque no haría distinciones. Porque así como no necesitaba hombres sabios para lograr lo que quería, tampoco, si luego se encontraba alguno que lo fuera, los rechazó por esa razón.
VIII
¿Alguno podría demostrarme que Pedro y Pablo eran elocuentes? Nadie podrá, pues que se sepa (por lo que ellos mismos dicen) eran hombres sin letras e ignorantes. Así como Cristo, al enviar a sus discípulos al mundo, después de haberles mostrado su poder primero en Israel, dijo: "Cuando os envié sin bolsa, alforja y calzado, ¿os faltó algo?" (Lc 22,35). Les permitió desde entonces poseer tanto alforja como alforja; así también lo ha hecho aquí: pues el punto era la manifestación del poder de Cristo, no el rechazo de personas de la fe por su sabiduría gentil, si se acercaban. Cuando los griegos acusaron entonces a los discípulos de ser ignorantes, seamos aún más directos en la acusación que ellos. Que nadie diga que Pablo era sabio; Pero mientras exaltamos a aquellos que entre ellos fueron grandes en sabiduría y admirados por su excelencia de palabra, admitamos que todos los de nuestro lado eran analfabetos, porque no será una derrota fácil la que sufrirán de nuestra parte también en ese aspecto, y entonces la victoria será realmente brillante. Digo esto porque una vez oí a un cristiano discutir de forma ridícula con un griego, y ambas partes se arruinaron en su mutua disputa. Pues lo que el cristiano debería haber dicho, el griego lo afirmó; y lo que era natural esperar que dijera el griego, el cristiano lo defendió. Así, al tratarse de la disputa sobre Pablo y Platón, el griego se esforzó por demostrar que Pablo era inculto e ignorante; pero el cristiano, por sencillez, ansiaba demostrar que Pablo era más elocuente que Platón. Y así, la victoria estuvo del lado del griego, al permitir que este argumento prevaleciera. Pues si Pablo era una persona más importante que Platón, muchos probablemente objetarían que no fue por gracia, sino por la excelencia de su oratoria que prevaleció; de modo que la afirmación del cristiano favoreció al griego. Y lo que el griego dijo favoreció al cristiano; pues si Pablo era inculto y aun así venció a Platón, la victoria, como decía, fue brillante. Los discípulos de este último, en conjunto, atraídos por el primero, aunque ignorante, fueron convencidos y llevados a su lado. De lo cual se desprende claramente que el evangelio no fue resultado de la sabiduría humana, sino de la gracia de Dios. Por tanto, para no caer en el mismo error y ser objeto de burla, discutiendo así con los griegos cada vez que tenemos una controversia con ellos, acusemos a los apóstoles de falta de erudición; pues esta misma acusación es digna de elogio. Y cuando dicen que los apóstoles fueron rudos, continuemos con la observación y digamos que también eran incultos, analfabetos, pobres, viles, estúpidos y oscuros. No es una calumnia contra los apóstoles decirlo, sino incluso una gloria que, siendo tales, hayan eclipsado al mundo entero. Pues estos hombres incultos, rudos e iletrados, vencieron por completo a los sabios, poderosos, tiranos y a quienes prosperaban en riqueza , gloria y todo bien exterior, como si no hubieran sido hombres en absoluto; de donde se desprende que grande es el poder de la cruz; y que estas cosas no fueron obra de ninguna fuerza humana. Pues los resultados no siguen el curso de la naturaleza, sino que lo que se hizo superó toda naturaleza. Ahora bien, cuando algo ocurre por encima de la naturaleza, y muy por encima de ella, en el lado de la rectitud y la utilidad; es bastante claro que estas cosas son realizadas por algún poder y cooperación divina. Y observe el pescador, el fabricante de tiendas, el publicano, el ignorante, el iletrado, provenientes de la lejana tierra de Israel, y habiendo derrotado a los filósofos, los maestros de la oratoria, los hábiles polemistas, solos prevalecieron contra ellos en un corto espacio de tiempo; en medio de muchos peligros; la oposición de pueblos y reyes, el esfuerzo de la naturaleza misma, la duración del tiempo, la vehemente resistencia de la costumbre inveterada, demonios en armas, el diablo en orden de batalla y agitando todo, reyes, gobernantes, pueblos, naciones, ciudades, bárbaros, griegos, filósofos, oradores, sofistas, historiadores, leyes, tribunales, diversos tipos de castigos, muertes innumerables y de todo tipo. Sin embargo, todo esto fue refutado y cedió cuando el pescador habló; como el polvo ligero que no soporta el embate de los vientos violentos. Ahora bien, lo que digo es: aprendamos así a disputar con los griegos; para que no seamos como bestias y ganado, sino "preparados respecto a la esperanza que hay en nosotros" (1Pe 3,15). Detengámonos un momento para analizar este tema, que no es insignificante; y digámosles: ¿Cómo vencieron los débiles a los fuertes; los doce, al mundo? No usando la misma armadura, sino contendiendo desnudos con hombres armados. Por ejemplo, si doce hombres, inexpertos en la guerra, se lanzaran contra una inmensa hueste de soldados, no sólo desarmados, sino también de complexión débil; y no recibieran daño alguno de ellos, ni resultaran heridos, a pesar de ser atacados con diez mil armas; si, mientras los dardos los alcanzaban, con el cuerpo desnudo derribaran a todos sus enemigos sin usar armas, sino golpeando con la mano, y finalmente mataran a algunos, y a otros los capturaran y se los llevaran, sin recibir siquiera una herida; ¿habría alguien dicho alguna vez que el acto era humano? Y sin embargo, el trofeo de los apóstoles es mucho más maravilloso que eso. Que un hombre desnudo escape de una herida no es tan maravilloso como que una persona común y iletrada, es decir, un pescador, haya superado tal grado de talento, y ni por la escasez, ni por la pobreza, ni por los peligros, ni por la predisposición del hábito, ni por tan gran austeridad de los preceptos ordenados, ni por las muertes diarias, ni por la multitud de los que eran engañados, ni por la gran reputación de los engañadores se desvíe de su propósito.
IX
Que ésta sea, hermanos, nuestra manera de librar nuestra guerra y vencer a los engañadores. Asombrémoslos con nuestra forma de vida, más que con palabras. Porque esta es la batalla principal, este es el argumento irrebatible, el argumento de la conducta. Pues aunque demos diez mil preceptos filosóficos con palabras, si no mostramos una vida mejor que la suya, no obtenemos nada. Pues no es lo que se dice lo que atrae su atención, sino su pregunta es qué hacemos; y dicen: "Primero obedece tus propias palabras, y luego amonesta a los demás". Pero si mientras dices "infinitas son las bendiciones en el mundo venidero", te sientes atado a este mundo, como si tales cosas no existieran, tus obras me parecen más creíbles que tus palabras. Pues cuando te veo apropiándote de los bienes ajenos, llorando inmoderadamente por los difuntos, haciendo el mal en muchas otras cosas, ¿cómo podré creerte que hay resurrección? ¿Y si los hombres no lo expresan con palabras? Lo piensan y le dan vueltas a menudo. Y esto es lo que impide que los incrédulos se conviertan al cristianismo. Ganémoslos, pues, con nuestra vida. Muchos, incluso entre los ignorantes, han asombrado así a los filósofos, al exhibir en sí mismos esa filosofía que reside en los hechos, y alzar su voz con más fuerza que una trompeta por su modo de vida y abnegación. Porque esto es más fuerte que la lengua. Pero cuando digo que no se debe guardar rencor, y luego hacerle todo tipo de maldades al griego, ¿cómo podré ganarlo con palabras, si con mis hechos lo ahuyento? Capturémoslos, pues, con nuestro modo de vida; y con estas almas construyamos la Iglesia, y con ellas amasemos nuestra riqueza. No hay nada que pese contra un alma, ni siquiera el mundo entero. Así que, aunque des un tesoro inmenso a los pobres, no harás la obra de quien convierte a una sola alma (Jer 15,19). Porque el que separa lo precioso de lo vil será como mi boca: así dice él. Es un gran bien, reconozco, tener compasión de los pobres; pero no es nada comparable a apartarlos del error. Porque quien hace esto se asemeja a Pablo y Pedro: se nos permite adoptar su evangelio, no con peligros como los suyos (con resistencia a hambrunas, pestilencias y todos los demás males, porque el presente es un tiempo de paz), sino para mostrar la diligencia que proviene del celo. Porque incluso mientras estamos sentados en casa podemos practicar esta clase de pesca. Quien tenga un amigo, pariente o residente en su casa, que diga estas cosas, haga estas; y será como Pedro y Pablo. ¿Y por qué digo Pedro y Pablo? Porque él será la boca de Cristo. Porque él dice: El que separa lo precioso de lo vil será como mi boca. Y aunque no persuadas hoy, mañana persuadirás. Y aunque nunca persuadas, tendrás tu propia recompensa completa. Y aunque no persuadas a todos, unos pocos entre muchos persuaden a todos; pero aun así, conversaron con todos, y por todos recibieron su recompensa. Porque Dios suele asignar las coronas no según el resultado de las cosas bien hechas, sino según la intención de quienes las hacen; aunque pagues solo dos cuartos, él las recibe; y lo que hizo en el caso de la viuda, lo mismo hará con los que enseñan. Tú, pues, no desprecies a los pocos porque no puedes salvar al mundo; ni por anhelar grandes cosas, te apartes de las pequeñas. Si no puedes con cien, hazte cargo de diez; si no puedes con diez, no desprecies ni siquiera cinco; si no puedes con cinco, no descuides uno; y si no puedes con uno, ni desesperes ni retengas lo que puedas hacer. ¿No ves cómo, en asuntos de comercio, quienes se dedican a ello se benefician no solo del oro sino también de la plata? Porque si no descuidamos las cosas pequeñas, nos aferraremos también a las grandes. Pero si despreciamos lo pequeño, tampoco nos apropiaremos fácilmente de lo otro. Así, los individuos se enriquecen, acumulando tanto cosas pequeñas como grandes. Y así actuemos; para que, enriquecidos en todo, alcancemos el reino de los cielos, por la gracia y la bondad amorosa de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 4
I
La cruz es locura para los que se pierden, mas para nosotros, los que nos salvamos, es poder de Dios. Escrito está: "Destruiré la sabiduría de los sabios, y rechazaré la prudencia de los prudentes". ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el polemista del mundo?
Para los enfermos y jadeantes de Corinto, incluso las comidas saludables les eran desagradables, y los amigos y parientes una carga. A menudo, ni siquiera se les reconocía, sino que se les consideraba unos intrusos. Pues bien, Pablo les dice a los corintios que algo muy parecido ocurre con quienes perecen en sus almas. ¿Por qué? Porque desconocen las cosas que conducen a la salvación, y consideran problemáticos a quienes se preocupan por ellos. Esto no se deriva de la naturaleza del asunto, sino de su enfermedad. Así como los dementes odian a quienes les cuidan, y además injuriándolos, así ocurre también con los incrédulos. En el caso de los primeros, quienes son insultados se compadecen más que nunca de ellos y lloran, considerando esto como el peor síntoma de la enfermedad en su forma más intensa, cuando no conocen a sus mejores amigos. En el caso de los gentiles, viene a decir Pablo, los cristianos hemos de actuar, lamentándonos por ellos porque desconocen la salvación común. En efecto, no debe un hombre amar a su esposa tan profundamente como debemos amar a todos los hombres y atraerlos a la salvación, sea gentil o lo que sea. Por éstos, pues, lloremos; pues la palabra de la cruz es para ellos locura, siendo en sí misma sabiduría y poder. Es probable que, al ser ridiculizada la cruz por los griegos, los corintios resistieran y contendieran con la ayuda de esa sabiduría que, en verdad, provenía de ellos mismos, al verse perturbados por la expresión de los griegos, Pablo, consolándolos, les dice más o menos: No os extrañe lo que está sucediendo, pues el poder de la cruz no es reconocido por los que perecen, porque están fuera de sí y se comportan como locos; y por eso despotrican y repugnan las medicinas que traen salud.
II
Pero ¿qué dices, oh Pablo? Esto mismo: que "Cristo se hizo esclavo por ti, tomando forma de siervo" (Flp 2,7), y que fue crucificado y resucitó. Y cuando por esta razón deberías adorarlo resucitado y admirar su amorosa bondad, porque lo que ni padre, ni amigo, ni hijo hicieron por ti, todo esto lo obró el Señor por ti, enemigo y ofensor, cuando, digo, deberías admirarlo por estas cosas, ¿acaso llamas necedad a eso, que está lleno de tanta sabiduría? Bueno, no es nada asombroso; pues es característico de los que perecen no reconocer las cosas que conducen a la salvación. No te preocupes, pues no es extraño ni inexplicable que las cosas verdaderamente grandes sean burladas por quienes están fuera de sí. Ahora bien, a quienes piensan así no puedes convencerlos con sabiduría humana. Es más, si quieres convencerlos, sólo haces lo contrario. Porque las cosas que trascienden la razón solo requieren fe. Así pues, si nos empeñamos en convencer a los hombres con razonamientos sobre cómo Dios se hizo hombre y entró en el vientre de la Virgen, y no lo sometemos a la fe, sólo se burlarán aún más. Por lo tanto, quienes indagan con razonamientos, son los que perecen. ¿Y por qué hablo de Dios? Pues con respecto a las cosas creadas, si hiciéramos esto, se produciría gran burla. Pues supongamos a un hombre que desea comprender todas las cosas mediante el razonamiento; y que intente con tu discurso convencerse a sí mismo de cómo vemos la luz; y tú intenta convencerlo mediante el razonamiento. No, no puedes: pues si dices que basta con ver abriendo los ojos, no has expresado la manera, sino el hecho. Pues ¿por qué no vemos, dirá alguien, con el oído, y con los ojos oímos? ¿Y por qué no oímos con la nariz, y con el oído olemos? Si entonces, al tener dudas sobre estas cosas, y no poder darles una explicación, se pone a reír, ¿no deberíamos más bien reírnos de él con desprecio? Pues ya que ambos tienen su origen en un mismo cerebro, ya que los dos miembros son vecinos, ¿por qué no pueden realizar la misma función? Ahora bien, no podremos indicar la causa ni el método de la indescriptible y curiosa operación; Y si lo intentáramos, seríamos objeto de burla. Por lo tanto, dejando esto en manos del poder y la sabiduría infinita de Dios, guardemos silencio. Lo mismo ocurre con las cosas de Dios; si deseamos explicarlas con la sabiduría externa, surgirá gran burla, no por su debilidad, sino por la necedad de los hombres. Porque las grandes cosas de todo no se pueden explicar con palabras.
III
Observen que, cuando Pablo dice que Cristo fue crucificado, el griego dice: ¿Y cómo puede ser esto razonable?, pues si no se ayudó a sí mismo al sufrir la crucifixión, ¿va después a resucitar y a ayudar a otros? Por su parte, los judíos piensan que, si Cristo hubiera podido, antes de morir se hubiese salvado (Mt 27,41-42), y que si no se ayudó a sí mismo, ¿cómo va a ayudar a otros? A ambos, griego y judío, yo les respondo: Cierto, la verdad está por encima de la razón, y es indescriptible es el poder de la cruz. De hecho, estando en medio de los horrores, debería haberse mostrado por encima de todos los horrores, y estando en las garras del enemigo debería haber vencido, pues esto proviene del poder infinito. Pues así como en el caso de los tres niños, no haber entrado en el horno no habría sido tan asombroso como que, una vez dentro, pisotearan el fuego; y en el caso de Jonás, fue mucho mayor, tras ser tragado por el pez, no sufrir daño alguno por parte del monstruo que no haber sido tragado en absoluto; así también en cuanto a Cristo, su no muerte no habría sido tan inconcebible como que, habiendo muerto, se liberara de las ataduras de la muerte. No se pregunten, entonces, por qué no se ayudó a sí mismo en la cruz, pues se apresuraba a un conflicto cercano con la muerte misma. No descendió de la cruz, no porque no pudiera, sino porque no quiso. Porque a quien la tiranía de la muerte no retuvo, ¿cómo podrían los clavos de la cruz contenerlo? Pero estas cosas, aunque conocidas para nosotros, aún no lo son para los incrédulos. Por eso dijo que la palabra de la cruz es locura para los que perecen; pero para nosotros, los salvos, es poder de Dios. Porque está escrito: "Destruiré la sabiduría de los sabios, y rechazaré la prudencia de los prudentes". Nada de sí mismo que pudiera ofender, llega hasta este punto; primero acude al testimonio de las Escrituras, y luego, con audacia y desde allí, adopta palabras más vehementes, como las que siguen.
IV
¿No ha enloquecido Dios la sabiduría de este mundo? ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el escriba? ¿Dónde el polemista de este mundo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría de este mundo? El mundo conoció a Dios a través de la sabiduría de Dios, y fue voluntad de Dios salvar a los que creen a través de la locura de la predicación
Habiendo dicho Pablo "destruiré la sabiduría de los sabios", ahora añade ahora la demostración de los hechos, diciendo: "¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el escriba?". Al mismo tiempo, mira tanto a los gentiles como a los judíos. Porque ¿qué clase de filósofo, cuál de los que han estudiado lógica, cuál de los que conocen los asuntos judíos, nos ha salvado y dado a conocer la verdad? Ninguno. Fue la obra del pescador, todo. Habiendo llegado entonces a la conclusión que tenía en mente, y derribado su orgullo, y dicho: "¿No ha enloquecido Dios la sabiduría de este mundo?", explica también la razón por la cual se hicieron así. Porque viendo que en la sabiduría de Dios, dice él, el mundo a través de su sabiduría no conocía a Dios, apareció la cruz. Ahora bien, ¿qué significa, en la sabiduría de Dios? La sabiduría evidente en aquellas obras por las cuales fue su voluntad darse a conocer. Porque con este fin las formó, y las formó tal como son, para que por una especie de proporción, de las cosas que se ven, se pudiera aprender admiración del Creador. ¿Es grande el cielo y la tierra infinita? Maravíllate entonces de Aquel que los creó. Porque este cielo, grande como es, no solo fue hecho por él, sino que se hizo con facilidad; y esa tierra infinita, también, fue creada como si hubiera sido nada. Por lo cual, sobre lo primero, dice: "Las obras de tus dedos son los cielos" (Sal 102,25), y respecto a la tierra: "Que ha hecho la tierra como si fuera nada" (Is 40,23). Desde entonces, por esta sabiduría el mundo no estaba dispuesto a descubrir a Dios, él empleó lo que parecía ser una locura (es decir, el evangelio) para persuadir a los hombres; no por razonamiento, sino por fe. Queda que donde está la sabiduría de Dios, ya no hay necesidad de la del hombre. Porque antes, inferir que Aquel que hizo al mundo tal y tan grande, debe ser con toda razón un Dios poseedor de un cierto poder incontrolable e inefable; y por estos medios aprehenderlo (esta era la parte de la sabiduría humana). Pero ahora no necesitamos más razonamientos, sino sólo fe. Porque creer en aquel que fue crucificado y sepultado, y estar completamente persuadido de que esta persona misma resucitó y se sentó en lo alto. Esto no requiere sabiduría ni razonamiento, sino fe. Pues los mismos apóstoles no llegaron por sabiduría, sino por fe, y superaron a los sabios paganos en sabiduría y altura, tanto más cuanto que suscitar disputas es menos que recibir por fe las cosas de Dios. Pues esto trasciende todo entendimiento humano. Pero ¿cómo destruyó la sabiduría? Al sernos dada a conocer por Pablo y otros como él, demostró su inutilidad. Pues para recibir la proclamación evangélica, ni el sabio se beneficia en absoluto de la sabiduría, ni el ignorante se perjudica en absoluto de la ignorancia. Pero, si se me permite decir algo, incluso asombroso, la ignorancia, más que la sabiduría, es una condición propicia para esa impresión y más fácil de manejar. Pues el pastor y el rústico la recibirán más rápidamente, reprimiendo de una vez por todas toda duda y entregándose al Señor. De esta manera, destruyó la sabiduría. Pues desde que se abatió, ya no sirve para nada. Así, cuando debería haber mostrado sus propias facultades y haber visto al Señor por sus obras, no lo hizo. Por lo tanto, aunque ahora estuviera dispuesta a presentarse, no puede. Porque el asunto no es así; esta forma de conocer a Dios es mucho mayor que la otra. Como ven, se necesitan fe y sencillez, y esto debemos buscarlo en todas partes, y preferirlo a la sabiduría externa. Porque Dios, dice, ha hecho necia la sabiduría. Pero ¿qué significa que él la ha vuelto insensata? La ha mostrado insensata en cuanto a recibir la fe. Pues, como se enorgullecían de ella, él no tardó en exponerla. ¿Qué clase de sabiduría es, si no puede descubrir lo principal de lo bueno? La hizo parecer insensata, después de haberse convencido a sí misma. Porque si cuando pudo haber descubierto algo mediante el razonamiento, no demostró nada, ahora, cuando las cosas avanzan a mayor escala, ¿cómo podrá lograr algo? Ahora, cuando solo se necesita fe, y no agudeza, ¿cómo veis que Dios la ha mostrado insensata? También le plació salvar mediante la locura del evangelio; locura, digo, no real, sino aparente. Porque lo más maravilloso aún es que prevaleció al introducir, no otra sabiduría más excelente que la primera, sino lo que parecía locura. Expulsó a Platón, por ejemplo, no por medio de otro filósofo más hábil, sino por medio de un pescador inexperto. Porque así la derrota se hizo mayor y la victoria más espléndida.
V
Los judíos piden señales, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, tropiezo para los judíos y locura para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, poder de Dios y sabiduría de Dios
¡Qué grande es la importancia de lo que aquí dice Pablo! Sobre todo porque explica cómo ha vencido Dios, y cómo el evangelio es algo más que humano. Para empezar, dice Pablo que, cuando decimos a los judíos creed, ellos responden: Mostradnos señales. En lugar de eso, ¿qué decimos? Que Cristo "fue crucificado y murió". Y esto basta, y no sólo para no convencer a los renuentes sino incluso para alejar a los que sí lo están. Sin embargo, no aleja, sino que atrae, retiene y vence. Además, los griegos nos exigen un estilo retórico y la agudeza de la sofistería. Pero también a estos les predicamos la cruz: y lo que en el caso de los judíos parecía debilidad, en el caso de los griegos es necedad. Por lo tanto, cuando no sólo no logramos mostrar lo que exigen, sino que también mostramos lo contrario a lo que exigen (pues la cruz no sólo no parece ser una señal buscada por el razonamiento, sino que incluso la aniquilación misma de una señal no se considera simplemente una prueba de poder, sino una convicción de debilidad; no solo una muestra de sabiduría, sino una sugerencia de necedad); cuando quienes buscan señales y sabiduría no sólo no reciben lo que piden, sino que incluso oyen lo contrario de lo que desean, y luego, mediante lo contrario, son persuadidos, ¿cómo no es inefable el poder de Aquel que se predica? ¿Como si a alguien azotado por la tempestad y anhelando un refugio, le mostraras no un refugio, sino otra parte más salvaje del mar, y así pudieras convencerlo de seguirlo con agradecimiento? ¿O como si un médico pudiera atraer al hombre herido y necesitado de remedios, prometiéndole curarlo no con medicamentos, sino quemándolo de nuevo? Porque esto es, sin duda, el resultado de un gran poder. Así también los apóstoles prevalecieron, no simplemente sin una señal, sino incluso con algo que parecía contrario a todas las señales conocidas. Lo mismo hizo Cristo en el caso del ciego. Porque cuando quiso sanarlo, le quitó la ceguera con algo que la acentuó (es decir, "le puso barro"; Jn 9,6). Así como entonces con barro sanó al ciego, así también mediante la cruz atrajo el mundo hacia sí. Eso ciertamente fue añadir una ofensa, no quitarla. Así también lo hizo en la creación, obrando las cosas por sus contrarios. Con arena, por ejemplo, amuralló el mar, haciendo del débil un freno para el fuerte. Colocó la tierra sobre el agua, habiendo dispuesto que lo pesado y denso se apoyara sobre lo blando y fluido. Por medio de los profetas, de nuevo con un pequeño trozo de madera, levantó el hierro del fondo (2Re 6,5-7). De igual manera, con la cruz, atrajo al mundo hacia sí. Porque así como el agua sostiene la tierra, también la cruz sostiene el mundo. Como ven, es prueba de gran poder y sabiduría convencer mediante las cosas que nos atacan directamente. Así, la cruz parece ser motivo de ofensa; y sin embargo, lejos de ofender, incluso atrae.
VI
Teniendo presente todo esto, Pablo, asombrado, dice que "la locura de Dios es más sabia que los hombres", y que "su debilidad es más fuerte que los hombres" (1Cor 1,25). En relación con la cruz, hablaba de una locura y debilidad, no real sino aparente. Con ello, respondía a la opinión de la otra parte, pues aquello que los filósofos no pudieron lograr mediante el razonamiento (esto, que parecía locura) lo hizo con gran éxito. ¿Quién es entonces más sabio: el que persuade a muchos, o el que persuade a pocos, o mejor dicho, a nadie? ¿El que persuade sobre los puntos más importantes o sobre asuntos insignificantes?¡Qué grandes trabajos soportaron Platón y sus seguidores, disertando sobre una línea, un ángulo, un punto, números pares e impares, iguales y desiguales, y telarañas similares! (de hecho, esas telarañas no son más inútiles para la vida humana que estos temas), y sin hacer ningún bien a nadie, grande o pequeño, por medio de ellas, así terminó su vida. ¡Cuánto trabajó, esforzándose por demostrar que el alma era inmortal! Y tal como llegó, se fue, sin haber dicho nada con certeza ni persuadido a ningún oyente. Pero la cruz obró persuasión por medio de hombres ignorantes; Sí, persuadió incluso al mundo entero: y no sobre cosas comunes, sino en el discurso de Dios, y la piedad que es conforme a la verdad, y el estilo de vida evangélico, y el juicio de las cosas venideras. Y de todos los hombres hizo filósofos: los más rústicos, los completamente ignorantes. ¿Consideren cómo la necedad de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad más fuerte? ¿Cómo más fuerte? Porque invadió el mundo entero y lo tomó todo por la fuerza, y mientras los hombres se esforzaban por miles por extinguir el nombre del Crucificado, ocurrió lo contrario: aquello floreció y aumentó cada vez más, pero ellos perecieron y se consumieron; y los vivos, en guerra con los muertos, no tuvieron poder. Así que cuando el griego me llama necio, se muestra excesivamente necio: ya que yo, a quien él considera necio, evidentemente parezco más sabio que los sabios. Cuando me llama débil, se muestra más débil. Por las cosas nobles que los publicanos y los pescadores pudieron efectuar por la gracia de Dios, estos filósofos, y los retóricos, los tiranos, y en resumen, el mundo entero, yendo de un lado a otro, ni siquiera podían formarse una idea. Pues, ¿qué no introdujo la cruz? La doctrina de la inmortalidad del alma; la de la resurrección del cuerpo; la del desprecio por lo presente; la del deseo por lo futuro. Sí, ha hecho ángeles de los hombres, y todos, en todas partes, practican la abnegación y muestran toda clase de fortaleza.
VII
Alguno dirá que también entre los paganos hubo muchos que despreciaron la muerte. ¿Quiénes fueron? ¿Fue él quien bebió la cicuta? Perfecto, ellos tienen el caso de Sócrates, pero nosotros podemos presentar diez mil ejemplos dentro de la Iglesia. Es más, si les hubiera sido lícito a estos diez mil, cuando les sobrevino la persecución, beber cicuta e irse, todos se habrían hecho más famosos que Sócrates. Además, éste bebió cuando no tenía ya libertad, y no lo hizo por fortaleza sino por necesidad, y nada más. Incluso ladrones y homicidas, al caer bajo la condena de sus jueces, han sufrido cosas más graves. Pero entre nosotros es todo lo contrario. Pues los mártires no soportaron contra su voluntad, sino por voluntad propia, y al tener libertad para no sufrir, mostrando una fortaleza más dura que todo diamante. No es de extrañar, pues, que aquel a quien mencioné bebiera cicuta. Ya no podía dejar de beber, y además, al llegar a una edad muy avanzada. Pues cuando despreciaba la vida, afirmaba tener setenta años; si a esto se le puede llamar despreciar. Pues yo, por mi parte, no podía afirmarlo; ni, lo que es más, nadie más. Pero muéstrenme a alguien que resista con firmeza los tormentos por causa de la piedad, como les muestro a diez mil en todo el mundo. ¿Quién, mientras le arrancaban las uñas, soportó noblemente? ¿Quién, mientras las articulaciones de su cuerpo se desgarraban? ¿Quién, mientras su cuerpo era cortado en pedazos, miembro por miembro? ¿O su cabeza? ¿Quién, mientras sus huesos eran arrancados por palancas? ¿Quién, mientras era colocado sin interrupción sobre sartenes? ¿Quién, cuando fue arrojado a un caldero? Muéstrenme estos ejemplos. Porque morir por cicuta es lo mismo que continuar durmiendo. Es más, incluso más dulce que el sueño es este tipo de muerte, si los rumores son ciertos. Pero si algunos de ellos soportaron tormentos, también de estos, la alabanza es en vano. Pues perecieron en alguna ocasión vergonzosa; algunos por revelar misterios; otros por aspirar al dominio; otros, descubiertos en los crímenes más viles; otros, precipitada, infructuosa e insensatamente, sin razón alguna, se suicidaron. Pero no es así con nosotros. Por lo tanto, de las obras de aquellos no se dice nada; pero estas prosperan y aumentan día a día. Teniendo esto en mente, Pablo dijo: "La debilidad de Dios es más fuerte que todos los hombres".
VIII
Sobre que el evangelio es divino, incluso de aquí se desprende, pues ¿de dónde se les ocurrió a 12 hombres ignorantes intentar cosas tan grandes? Ellos jamás residieron en pantanos, ríos y desiertos, y jamás entraron en una ciudad ni en un foro. Así pues, ¿de dónde se les ocurrió plantarse contra el mundo entero? Ellos eran tímidos y poco viriles, como demuestra quien escribió sobre ellos, sin disculparse ni soportándose a eclipsar sus faltas (lo cual, en sí mismo, es una gran señal de la verdad). ¿Qué dice entonces de ellos? Que cuando Cristo fue aprehendido, después de mil prodigios, huyeron; y el que quedó, siendo el líder del resto, negó. ¿De dónde, entonces, quienes, cuando Cristo vivía, no soportaron el ataque de los judíos; ahora que él estaba muerto y sepultado, y como dices, no había resucitado, ni había hablado con ellos ni les había infundido valor, ¿de dónde se pusieron en orden contra un mundo tan grande? ¿No se habrían preguntado entre sí qué significa esto? Si él no pudo salvarse a sí mismo, ¿nos protegerá? Si él no se defendió en vida, ¿nos extenderá la mano ahora que está muerto? Si él mismo, en vida, no sometió ni a una sola nación, ¿vamos a convencer al mundo entero pronunciando su nombre? ¿Cómo podría todo esto ser razonable, no diré que como algo que se debe hacer, sino incluso como algo que se debe imaginar? De lo cual es evidente que si no lo hubieran visto después de resucitar y recibido pruebas tan amplias de su poder, no se habrían aventurado a una aventura tan grande.
IX
Supongamos que los 12 apóstoles hubieran tenido innumerables amigos. En dicho caso, ¿no los habrían convertido inmediatamente en enemigos, alterando las antiguas costumbres y eliminando los límites de su padre? Pues bien, así fue, los tenían por enemigos, a todos, tanto a sus propios compatriotas como a los extranjeros. Pues aunque habían sido recomendados a veneración por todo lo externo, ¿no los habrían aborrecido todos los hombres, introduciendo una nueva política? Pero ahora estaban incluso desprovistos de todo; y era probable que incluso por eso todos los odiaran y despreciaran a la vez. ¿A quién nombrarás? ¿A los judíos? No, tenían contra ellos un odio indescriptible a causa de las cosas que se le habían hecho al Maestro. ¿Y los griegos, entonces? Pues, primero que todo, estos habían rechazado a alguien no inferior a ellos; y nadie lo sabía mejor que los griegos. Porque Platón, que deseaba crear una nueva forma de gobierno, o más bien una parte del gobierno. Por cambiar las costumbres relacionadas con los dioses, y sustituir una línea de conducta por otra, fue expulsado de Sicilia y estuvo a punto de perder la vida. Sin embargo, esto no sucedió, por lo que solo perdió su libertad. Y si un bárbaro no hubiera sido más amable que el tirano de Sicilia, nada podría haber rescatado al filósofo de la esclavitud durante toda su vida en una tierra extranjera. Sin embargo, no todo es igual para innovar en los asuntos del reino y en materia de culto religioso. Porque este último, más que cualquier otra cosa, causa disturbios y perturba a los hombres. Porque decir, que tal o cual persona se case con tal o cual mujer, y que los guardianes de la comunidad ejerzan su tutela de tal o cual manera, no es suficiente para causar un gran disturbio; y especialmente cuando todo esto está archivado en un libro, y no hay gran ansiedad por parte del legislador para llevar las propuestas a la práctica. Por otro lado, dice Pablo que no son dioses esos que los hombres adoran, sino demonios, y que el Crucificado sí es Dios. Bien sabéis qué gran ira despertó esto, qué duro debieron pagar los hombres por ello, qué llama de guerra avivó. Protágoras, uno de ellos, al atreverse a decir "no conozco dioses", no recorriendo el mundo proclamándolo, sino en una sola ciudad, se encontraba en el más inminente peligro de su vida. Diágoras el Milesio y Teodoro el Ateo, aunque tenían amigos y la influencia que proviene de la elocuencia, y eran admirados por su filosofía, nada de esto les benefició. El gran Sócrates, quien sobrepasaba en filosofía a todos ellos, bebía cicuta por esta razón, pues en sus discursos sobre los dioses era sospechoso de desviar un poco las cosas. Ahora bien, si la mera sospecha de innovación acarreaba tan gran peligro para los filósofos y sabios, y para quienes habían alcanzado una popularidad ilimitada; y si no solo eran incapaces de hacer lo que deseaban, sino que también eran expulsados de la vida y del condado; ¿Cómo puedes sino quedarte admirado y asombrado cuando ves que el pescador ha producido tal efecto en el mundo y ha logrado sus propósitos; ha vencido a todos, tanto a los bárbaros como a los griegos?
X
Alguno me dirá que los griegos no introdujeron dioses extraños, como sí hicieron los demás pueblo. Bien, al mencionar eso, está precisamente el punto que más nos asombra, a saber: que la innovación cristiana es doble: derribar a los falsos dioses y anunciar al Crucificado. ¿De dónde les vino a la mente proclamar tales cosas? ¿De dónde, tener confianza en su resultado? ¿A quién de los que les precedieron pudieron percibir que prosperó en semejante intento? ¿Acaso no adoraban todos a demonios? ¿No estaban todos acostumbrados a convertir los elementos en dioses? ¿No residía la diferencia sino en la forma de la impiedad? Sin embargo, atacaron a todos, y a todos los derrocaron, e invadieron en poco tiempo el mundo entero, como una especie de seres alados; sin tener en cuenta los peligros, las muertes, la dificultad del asunto, su propia escasez, la multitud de oponentes, la autoridad, el poder ni la sabiduría de quienes les combatían. Porque tenían un aliado mayor que todos estos, el poder de Aquel que había sido crucificado y había resucitado. No habría sido tan maravilloso, si hubieran elegido librar una guerra contra el mundo en el sentido literal, como esto que de hecho ha tenido lugar. Porque según la ley de la batalla podrían haberse enfrentado a los enemigos, y ocupando algún terreno adverso, se habrían formado en consecuencia para enfrentar a sus adversarios, y se habrían tomado su tiempo para el ataque y el combate cuerpo a cuerpo. Pero en este caso no es así. Porque no tenían un campamento propio, sino que se mezclaron con sus enemigos, y así los vencieron. Incluso en medio de sus enemigos mientras avanzaban, eludieron su alcance, y se volvieron superiores, y lograron una espléndida victoria; una victoria que cumple la profecía que dice: "Aun en medio de tus enemigos tendrás dominio" (Sal 110,2). Porque esto fue, lo que llenó de asombro, que sus enemigos, teniéndolos en su poder y echándolos en prisión y cadenas, no sólo no los vencieron, sino que ellos mismos finalmente tuvieron que inclinarse ante ellos: los azotadores a los azotados, los atados en cadenas a los que estaban atados, los perseguidores a los fugitivos. Todas estas cosas entonces podríamos decir a los griegos, sí, mucho más que esto; porque la verdad tiene suficiente y mucho de sobra. Y si sigues el argumento, te enseñaremos todo el método para luchar contra ellos. Mientras tanto, detengámonos en dos puntos: ¿Cómo vencieron los débiles a los fuertes? ¿De dónde surgió en sus pensamientos, siendo tales como eran, trazar tales planes, a menos que contaran con la ayuda divina?
XI
Hasta aquí, pues, lo que tengo que decir. Pero mostremos ahora con nuestras acciones la excelencia de nuestra conducta cristiana, y encendamos abundantemente el fuego de la virtud. Porque sois luces, dice él, que "brillan en medio del mundo" (Flp 2,15). Y a cada uno de nosotros Dios nos ha encomendado una función mayor que la que le ha encomendado al sol: mayor que el cielo, la tierra y el mar; tanto mayor, cuanto las cosas espirituales son más excelentes que las sensibles. Cuando contemplamos el orbe solar y admiramos la belleza, el cuerpo y el brillo de la luminaria, consideremos de nuevo que mayor y mejor es la luz que hay en nosotros, como también la oscuridad es más terrible si no prestamos atención. De hecho, una profunda noche oprime al mundo entero. Esto es lo que tenemos que disipar y disolver. Es de noche no solo entre los herejes y los griegos, sino también entre la multitud que nos apoya, en cuanto a doctrinas y vida. Porque muchos descreen completamente de la resurrección; muchos se fortifican con su horóscopo; muchos se adhieren a observancias supersticiosas, presagios, augurios y presagios. Algunos también emplean amuletos y talismanes. Pero también hablaremos de esto más adelante, cuando hayamos terminado de hablar de los griegos. Mientras tanto, aferrémonos a lo que se ha dicho y sed mis compañeros de ayuda en la batalla; atrayéndolos con vuestra forma de vida y cambiándolos. Porque, como siempre digo, quien enseña alta moralidad debe primero enseñarla en su propia persona y ser tal que sus oyentes no puedan prescindir de ella. Seamos, pues, tales y hagamos que los griegos se sientan amables con nosotros. Y esto sucederá si nos decidimos no solo a no hacer el mal, sino también a sufrirlo. ¿No vemos cómo cuando los niños pequeños, siendo llevados en brazos por su padre, le dan golpes en la mejilla a quien los lleva, con qué dulzura el padre deja que el niño se sacie de ira, y cómo, cuando ve que ha agotado su pasión, se le ilumina el semblante? Actuemos también nosotros de la misma manera; Y como padres con hijos, así conversemos con los griegos. Porque todos los griegos son niños. Y esto, según algunos de sus propios escritores, es que esa gente siempre es niño, y ningún griego es un anciano. Ahora bien, los niños no soportan pensar en nada útil; así también los griegos estarían siempre jugando; y se tumban en el suelo, humillados en postura y afecto. Además, los niños a menudo, cuando hablamos de cosas importantes, no prestan atención a nada de lo que se dice, sino que incluso se ríen todo el tiempo: así son también los griegos. Cuando hablamos del reino de Dios, se ríen. Y como la saliva que gotea en abundancia de la boca de un niño, que a menudo echa a perder su comida y bebida, así también son las palabras que fluyen de la boca de los griegos: vanas e impuras. Incluso si les das a los niños el alimento necesario, siguen molestando a quienes se lo proporcionan con malas palabras, y debemos soportarlos todo el tiempo. Además, los niños, cuando ven entrar a un ladrón y llevarse los muebles, lejos de resistirse, incluso sonríen al individuo intrigante; pero si les quitas la canasta pequeña o el sonajero o cualquier otro de sus juguetes, se lo toman a pecho y se irritan, se desgarran y patalean el suelo; igual hacen también los griegos: cuando ven al diablo robando todo su patrimonio, e incluso las cosas que les sustentan la vida, se ríen y corren hacia él como a un amigo; pero si alguien les quita alguna posesión, ya sea riqueza o cualquier cosa infantil de ese tipo, lloran, se desgarran. Y como los niños exponen sus miembros inconscientemente y no se sonrojan de vergüenza; Así también los griegos, revolcándose en fornicaciones y adulterios, y poniendo al descubierto las leyes de la naturaleza e introduciendo relaciones ilícitas, no se avergüenzan. Me han brindado un vehemente aplauso y aclamación, pero con todos sus aplausos, tengan cuidado de no estar entre aquellos de quienes se dicen estas cosas. Por lo tanto, les ruego a todos que se conviertan en hombres: ya que, mientras seamos niños, ¿cómo les enseñaremos hombría? ¿Cómo los protegeremos de la necedad infantil? Hagámonos, pues, hombres, para que alcancemos la medida de la estatura que Cristo nos ha marcado, y obtengamos los bienes venideros por su gracia y bondad amorosa.
HOMILÍA 5
I
Observad, hermanos, vuestra vocación, porque no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles, sino que lo necio del mundo lo escogió Dios, para avergonzar a los sabios
Pablo ha afirmado ya que "la necedad de Dios es más sabia que los hombres", y demostrado que la sabiduría humana es rechazada tanto por el testimonio de las Escrituras (sobre todo cuando se dice: "Destruiré la sabiduría de los sabios") como por los acontecimientos (al formular su argumento en forma de pregunta, diciendo: "¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el Escriba?"). Ahora pasa a demostrar que este asunto no es nuevo, sino antiguo, tal como fue preanunciado y predicho desde el principio. En efecto, según la Escritura Dios "destruirá la sabiduría de los sabios". Además, demuestra que no era inoportuno ni inexplicable que las cosas tomaran este curso (pues, dado que en la sabiduría de Dios el mundo, dice él, no conocía a Dios, Dios se complació en salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación); y que la cruz es una demostración de poder y sabiduría inefables, y que la necedad de Dios es mucho más poderosa que la sabiduría del hombre. Y esto, de nuevo, lo demuestra no por medio de los maestros, sino por medio de los propios discípulos. "He aquí vuestra vocación", dice Pablo, aludiendo no sólo a maestros inexpertos, sino también a discípulos de la misma clase, que fueron objeto de elección de Cristo, que no escogió a muchos sabios según la carne. Y así, lo que él dice supera tanto en fuerza como en sabiduría, pues convence tanto a la mayoría como a los insensatos: siendo extremadamente difícil convencer a una persona ignorante, especialmente cuando el discurso trata sobre cosas grandes y necesarias. Sin embargo, ellos obraron convicción. Y de esto llama a los mismos corintios como testigos. "He aquí vuestra vocación, hermanos", dice Pablo, que añade más o menos: Considerad y examinad doctrinas tan sabias, más sabias que todas las demás recibidas por hombres comunes.
II
¿Qué significa, "según la carne"? Esto mismo: según lo que está a la vista, según la vida que ahora es, según la disciplina de los gentiles. Es lo que pasa a analizar ahora Pablo, para que no pareciera estar en desacuerdo consigo mismo, pues había convencido tanto al procónsul (Hch 13,12) como al areopagita (Hch 17,34) y Apolo (Hch 18,26). A través de Aquila y Priscila, y otros sabios, también hemos visto llegar al evangelio, y por eso Pablo no dijo "ningún sabio" sino "no muchos sabios". Porque él no llamó intencionalmente a los ignorantes y pasó por alto a los sabios, pero a estos también los recibió, aunque a los otros en un número mucho mayor. ¿Y por qué? Porque el sabio según la carne está lleno de extrema necedad; Y es él quien responde especialmente al término de necio cuando no desecha su doctrina corrupta. Y como en el caso de un médico que quisiera enseñar a ciertas personas los secretos de su arte, quienes saben poco, con una forma mala y perversa de practicar el arte que se empeñan en conservar, no soportarían aprender tranquilamente, pero quienes no sabían nada aceptarían con mayor facilidad lo que se decía: así fue aquí. Los ignorantes eran más abiertos a la convicción, pues estaban libres de la locura extrema de considerarse sabios. Porque, de hecho, el exceso de necedad está más en estos que en nadie, en estos, digo, que se entregan al razonamiento cosas que no pueden determinarse excepto por la fe. Así, supongamos al herrero que con las tenazas extrae el hierro al rojo vivo; si alguien insistiera en hacerlo con la mano, lo declararíamos culpable de extrema necedad. De igual manera, los filósofos que insistieron en descubrir estas cosas por sí mismos menospreciaron la fe. Y fue debido a esto que no encontraron nada de lo que buscaban. No muchos poderosos, ni muchos nobles; pues estos también están llenos de orgullo. Y nada es tan inútil para un conocimiento preciso de Dios como la arrogancia y el apego a la riqueza: pues estas inclinan al hombre a admirar el presente y a descuidar el futuro; y se tapan los oídos con la multitud de preocupaciones; pero Dios eligió las cosas necias del mundo; lo cual es la mayor señal de victoria: que quienes él conquista no fueron educados. Pues los griegos no sienten tanta vergüenza cuando son derrotados por los sabios, sino que se confunden al ver al artesano y al tipo de persona que uno encuentra en el mercado más filósofo que ellos mismos. Por lo cual también dijo «para avergonzar a los sabios». Y no sólo en este caso lo ha hecho, sino también en el caso de las demás ventajas de la vida. Porque, para proceder, escogió lo débil del mundo para avergonzar a lo fuerte. Porque no sólo llamó a personas indoctas, sino también a necesitadas, despreciables y desconocidas, para humillar a los que estaban en puestos elevados. Y las cosas bajas del mundo, y las cosas que son despreciadas, y las cosas que no son, para que él pudiera "reducir a nada las cosas que son" (1Cor 1,28). Ahora bien, ¿a qué se refieren las "cosas que no son"? A esto mismo: a aquellas personas que son consideradas nada, debido a su gran insignificancia. Así ha mostrado él su gran poder, derribando a los grandes por aquellos que parecen ser nada. Lo mismo en otra parte él expresa así: "Mi poder se perfecciona en la debilidad" (2Cor 12,9). Porque un gran poder es, enseñar a los marginados y a los que nunca se aplicaron a ninguna rama del saber, cómo a la vez disertar sabiamente sobre las cosas que están por encima de los cielos. Porque supongamos a un médico, un orador, o cualquier otra persona: entonces lo admiramos más, cuando convence e instruye a los completamente incultos. Ahora bien, si inculcar en un hombre inculto las reglas del arte es algo muy maravilloso, mucho más las cosas que pertenecen a tan alta filosofía. Pero no sólo por las maravillas, ni para mostrar su propio poder, hizo esto, sino también para contener a los arrogantes. Por eso dijo "para confundir a los sabios y a los fuertes, para anular lo que existe", y lo que viene a continuación.
III
Vosotros también, dedicaos a esta obra, y que nadie se gloríe en la presencia de Dios
Hasta ahora, Pablo lo ha referido todo a este fin: reprimir la vanagloria y el orgullo de los corintios, y derribar su jactancia. Lo hace para que no atribuyeran nada a su propia cuenta, y para que todo se lo atribuyeran a Dios. En el caso presente, lo que viene a decirles es: ¿Y os habéis entregado a esta o aquella persona? ¿Y qué perdón obtendréis? Sobre todo, porque Dios mismo ha demostrado que no es posible salvarnos sólo por nosotros mismos, y así lo hizo desde el principio. Pues tampoco podían los hombres salvarse por sí mismos; sino que se requería que abarcaran la belleza del cielo, la extensión de la tierra y, además, la masa de la creación; para que así pudieran ser guiados de la mano hasta el gran artífice de todas las obras. Y lo hizo, reprimiendo de antemano la vanidad que surgiría después. Como si un maestro, tras haberle encomendado a su alumno que lo siguiera adondequiera que lo guiara, al verlo adelantarse y desear aprenderlo todo por sí mismo, lo dejara extraviarse por completo; y, al demostrarle su incompetencia para adquirir el conocimiento, le presentara finalmente lo que él mismo tenía que enseñar: así también Dios ordenó en el principio que lo rastrearan por la idea que da la creación; pero como no lo hicieron, él, tras demostrar mediante la experiencia que no se bastan a sí mismos, los condujo de nuevo hacia él por otro camino. Él dio como tabla el mundo; pero los filósofos no estudiaron esas cosas, ni estuvieron dispuestos a obedecerle ni a acercarse a él por el camino que él mismo ordenó. Él introduce otro camino más evidente que el anterior; uno que podría convencer de que el hombre no se basta a sí mismo por sí solo. Porque entonces podrían surgir escrúpulos de razonamiento y emplearse la sabiduría gentil, de parte de aquellos a quienes él guiaba de la mano a través de la creación; pero ahora, a menos que un hombre se vuelva necio, es decir, a menos que descarte todo razonamiento y toda sabiduría, y se entregue a la fe, es imposible ser salvo. Verán que, además de facilitar el camino, ha erradicado con esto una enfermedad nada desdeñable, a saber: al prohibir la jactancia y los pensamientos altivos, para que nadie se gloríe. En efecto, de ahí vino el pecado, de que los hombres insistieran en ser más sabios que las leyes de Dios, no queriendo obtener el conocimiento como él había promulgado; y por lo tanto, no lo obtuvieron en absoluto. Así también fue desde el principio. Le dijo a Adán: Haz esto y no hagas aquello. Él, como si quisiera descubrir algo más, desobedeció; e incluso lo que tenía, lo perdió. A los que vinieron después les dijo: No descansen en la criatura, sino que por medio de ella contemplen al Creador. En verdad, como si inventaran algo más sabio que lo que se les había ordenado, pusieron en marcha innumerables torbellinos. Por lo tanto, siguieron chocando entre sí y contra sí mismos, y no encontraron a Dios, ni tuvieron conocimiento preciso sobre la criatura; ni tuvieron un conocimiento adecuado ni opinión verdadera al respecto. Por lo tanto, nuevamente, con gran autoridad, rebajando su vanidad, admitió primero a los incultos, mostrando con ello que todos los hombres necesitan la sabiduría de lo alto. Y no sólo en materia de conocimiento, sino también en todo lo demás, tanto a los hombres como a las demás criaturas, él los constituyó de tal manera que lo necesitaran en gran medida; para que tuvieran esto también como un motivo muy fuerte de sumisión y apego, para que no se apartaran y perecieran. Por esta razón, él no permitió que se bastaran a sí mismos. Porque si incluso ahora muchos, a pesar de toda su indigencia, lo desprecian, de no ser así, ¿adónde no se habrían extraviado en su altivez? De modo que él les impidió jactarse como lo hicieron, no por rencor hacia ellos, sino para alejarlos de la destrucción que de ello se derivaría.
IV
Por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención
La expresión "de él" supongo que no la usa aquí Pablo respecto a nuestra introducción al ser, sino con referencia a la fe (es decir, a habernos convertido en hijos de Dios, "no de sangre ni de la carne"; Jn 1,13). No penséis, pues, que habiéndonos quitado nuestra gloria, nos dejó así: porque hay otra, una gloria mayor, su don. Porque sois hijos de aquel en cuya presencia no es digno de gloriarse, habiendo llegado a serlo por medio de Cristo. Y puesto que ha dicho "escogió lo necio del mundo", y lo bajo, significa que son más nobles que todo, teniendo a Dios por Padre. Y de esta nobleza nuestra, no esta persona o aquella, sino Cristo es la causa, habiéndonos hecho sabios, justos y santos. Porque así significan las palabras: él fue hecho para nosotros sabiduría. ¿Quién es entonces más sabio que nosotros, que no tenemos la sabiduría de Platón, sino la de Cristo mismo, si Dios así lo quiso? Pero ¿qué significa "de Dios"? Siempre que habla con grandeza acerca del Unigénito, añade la mención del Padre, para que nadie piense que el Hijo es ingénito. Puesto que, por lo tanto, había afirmado la grandeza de su poder y había atribuido todo al Hijo, diciendo que se había hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención, atribuyéndolo todo al Padre, dice "de Dios". Pero ¿por qué no dijo "nos ha hecho sabios", sino que "nos fue hecho sabiduría"? Para mostrar la abundancia del don, como si hubiera dicho: Se nos dio a sí mismo. Y observe cómo continúa en orden. Porque primero nos hizo sabios al liberarnos del error, y luego justos y santos, al darnos el Espíritu; y nos ha librado de todos nuestros males para que seamos de él, y esto no pretende expresar comunicación de ser, sino que se habla de la fe. En otra parte lo encontramos diciendo: Fuimos hechos justicia en él; en estas palabras, al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros para que fuéramos hechos justicia de Dios en él (2Cor 5,21) pero ahora dice: Se nos ha hecho justicia; para que todo el que quiera pueda participar abundantemente. Porque no es este hombre ni aquel quien nos ha hecho sabios, sino Cristo. El que se gloría, pues, gloríese en él, no en tal o cual persona. De Cristo proceden todas las cosas. Por lo tanto, habiendo dicho "nos fue hecho sabiduría, justificación, santificación y redención", añadió "el que se gloría, gloríese en el Señor". Por esta causa también había arremetido vehementemente contra la sabiduría de los griegos, para enseñar a los hombres esta lección y ninguna otra: que (como en verdad no es más que justo) se jactaran en el Señor. Porque cuando de nosotros mismos buscamos las cosas que están por encima de nosotros, nada es más necio, nada más débil que nosotros. En tal caso, podemos tener una lengua bien aguzada; pero no podemos tener estabilidad de doctrina. Más bien, los razonamientos, por sí solos, son como las telarañas. Porque algunos han llegado a tal punto de locura que dicen que no hay nada real en todo el ser; sí, sostienen positivamente que todas las cosas son contrarias a lo que parece. No digas, pues, que algo proviene de ti, sino gloríate en Dios en todo. No le atribuyas nada a nadie en ningún momento. Porque si a Pablo no se le debe atribuir nada, mucho menos a los demás. Pues, dice él: "Yo planté y Apolo regó, pero Dios dio el crecimiento" (1Cor 3,6). Quien ha aprendido a gloriarse en el Señor, nunca se alegrará, sino que será moderado en todo momento y agradecido en toda circunstancia. Pero no es así la mentalidad de los griegos; todo se refiere a sí mismos; por eso incluso a los hombres se hacen dioses. En tal gran vergüenza los ha sumido una arrogancia desesperada.
V
Es hora, hermanos, de salir a la batalla contra estos dioses y sus adoradores. Recordad aquí dónde dejé mi discurso del día anterior. Decía que no es posible que, según la causa y el efecto humanos, unos simples pescadores vencieran a los filósofos. Sin embargo, eso fue posible, de donde es evidente que por gracia se hizo así. Decíamos que ni siquiera les era posible concebir hazañas tan grandes, y demostramos que no solo las concibieron, sino que las llevaron a cabo con gran facilidad. Tratemos hoy el mismo punto de nuestro argumento: ¿de dónde surgió en sus pensamientos la esperanza de vencer al mundo, a menos que hubieran visto a Cristo resucitado? ¿Qué? ¿Estaban locos al pensar en algo así de forma desconsiderada y aleatoria? Porque va más allá de toda locura esperar, sin la gracia divina, el éxito en una empresa tan grande. ¿Cómo lo lograron, si estaban locos y frenéticos? Pero si estaban en sus cabales, como en verdad lo demostraron los acontecimientos, ¿cómo, sino recibiendo promesas creíbles de los cielos y disfrutando de la influencia que viene de arriba, se comprometieron a salir a guerras tan grandes y a aventurarse contra la tierra y el mar, y a despojarse y defender su posición tan noblemente, para cambiar las costumbres del mundo entero que habían estado fijadas desde hacía tanto tiempo, siendo ellos sólo doce hombres? Y lo que es más, ¿qué les hacía esperar convencer a sus oyentes invitándolos al cielo y a las mansiones celestiales? Incluso si hubieran sido criados en honor, riqueza, poder y erudición, ni siquiera así habría sido probable que se vieran impulsados a una empresa tan onerosa. Sin embargo, habría habido algo más de razón en su expectativa. Pero tal como está el caso ahora, algunos de ellos se habían ocupado de lagos, algunos de pieles, algunos de las costumbres: que estas ocupaciones no hay nada más infructuoso para la filosofía y para persuadir a los hombres a tener grandes imaginaciones; y especialmente cuando uno no tiene ejemplo que mostrar. Es más, no sólo no tenían ejemplos que hicieran probable su éxito, sino que tenían ejemplos contra toda probabilidad de éxito, y aquellos dentro de sus propias puertas. Porque muchos por intentar innovaciones habían sido completamente extinguidos, no digo entre los griegos, pues todo eso no era nada, sino entre los propios judíos en ese mismo momento; Quienes no con doce hombres, sino con un gran número, se habían dedicado a la obra. Así, tanto Teudas como Judas, contando con un gran número de hombres, perecieron junto con sus discípulos. Y el temor que surgía de sus ejemplos bastaba para controlarlos, si no hubieran estado firmemente convencidos de que la victoria sin el poder divino era imposible. Sí, incluso si esperaban prevalecer, ¿con qué clase de esperanzas asumieron tan grandes peligros, si no fuera porque tenían la vista puesta en el mundo venidero? Pero supongamos que esperaban nada menos que la victoria; ¿qué esperaban obtener al llevar a todos los hombres a él, quien no ha resucitado, como dices? Pues si ahora, los hombres que creen en el reino de los cielos y en innumerables bendiciones con renuencia se enfrentan a peligros, ¿cómo podrían haber soportado tantos para nada, sí, más bien, para mal? Porque si las cosas que sucedieron no sucedieron, si Cristo no ascendió al cielo; seguramente, en su obstinado celo por inventar estas cosas y convencer a todo el mundo de ellas, estaban ofendiendo a Dios, y debían esperar diez mil rayos desde lo alto.
VI
Desde otra perspectiva, si hubieran sentido los discípulos este gran celo mientras Cristo vivía, tras su muerte lo habrían dejado ir. Es más, de no haber resucitado Cristo, a los discípulos les habría parecido un engañador y farsante. ¿Acaso no saben que los ejércitos, mientras el general y rey vive, aunque sean débiles, se mantienen unidos; pero cuando quienes ostentan tal cargo se van, por fuertes que sean, se desintegran? Dime, entonces, ¿cuáles fueron los argumentos seductores con los que actuaron cuando estaban a punto de apoderarse del evangelio y difundirlo por todo el mundo? ¿Hubo algún impedimento que los detuviera? Si hubieran estado locos (y no dejaré de repetirlo), no habrían tenido éxito en absoluto; pues nadie sigue el consejo de los locos. Pero si tuvieron éxito, como en verdad lo tuvieron, y el hecho lo demuestra, entonces nadie tan sabio como ellos. Ahora bien, si nadie fuera tan sabio como ellos, es evidente que no se habrían lanzado a la predicación a la ligera. Si no lo hubieran visto después de resucitar, ¿qué habría bastado para atraerlos a esta guerra? ¿Qué no los habría desviado de ella? Él les dijo "después de tres días resucitaré", e hizo promesas sobre el reino de los cielos. Dijo que evangelizarían el mundo entero después de recibir el Espíritu Santo; y mil cosas más, superando toda la naturaleza. Así que si nada de esto hubiera sucedido, aunque creyeron en él en vida, después de su muerte no habrían creído en él, a menos que lo hubieran visto después de resucitar. Porque dijeron "después de tres días", dijo "resucitaré", y no resucitó. Prometió que daría el Espíritu, y no lo envió. ¿Cómo, entonces, nos serán creíbles sus dichos sobre el otro mundo, cuando sus dichos sobre este han sido probados y hallados deficientes? ¿Y por qué, si no resucitó, predicaron que había resucitado? Porque lo amaban, me dirás. Pero seguramente, era probable que lo odiaran después, por engañarlos y traicionarlos; y porque, habiéndolos llenado de innumerables esperanzas, y habiéndolos separado de su hogar, de sus padres y de todo, y habiendo puesto en hostilidad contra ellos a toda la nación judía, los había traicionado después de todo. Y si en realidad se trataba de debilidad, podrían haberlo perdonado; pero ahora se consideraría resultado de una malicia excesiva. Porque debería haber dicho la verdad, y no haber prometido el cielo, siendo un hombre mortal, como dices. Así que lo más probable era que tomaran justo lo contrario: proclamar el engaño y declararlo impostor. Así, de nuevo, se habrían librado de todos sus peligros; así habrían puesto fin a la guerra. Además, dado que los judíos dieron dinero a los soldados para que dijeran que habían robado el cuerpo, si los discípulos se hubieran presentado y hubieran dicho: "lo robamos, no ha resucitado", ¿qué honor no habrían disfrutado? Así que tenían el poder de ser honrados y coronados. ¿Por qué, entonces, cambiaron estas cosas por insultos y peligros, si no fue algún poder divino el que los influyó y resultó ser más poderoso que todo esto?
VII
Si aún no les convenzo, consideren también esto: que de no haber sido así, y aunque estuvieran tan bien dispuestos, no habrían predicado los discípulos este evangelio en su nombre, sino que lo habrían tratado con aborrecimiento. Porque saben que ni siquiera queremos oír los nombres de quienes nos engañan de esta manera. Pero ¿por qué predicaron también su nombre? ¿Esperando obtener el dominio a través de él? En realidad, era natural que esperaran lo contrario; que incluso si hubieran estado a punto de prevalecer, se estaban arruinando al mencionar el nombre de un engañador. Pero si querían eclipsar los acontecimientos pasados, su postura era guardar silencio; en cualquier caso, defenderlos con vehemencia era suscitar cada vez más hostilidad y burla. ¿De dónde, entonces, se les ocurrió inventar tales cosas? Digo, inventar: porque lo que habían oído, lo habían olvidado. Pero si, cuando no había miedo, olvidaron muchas cosas, y algunos ni siquiera las comprendieron (como dice el propio evangelista), ahora que se cernía sobre ellos un peligro tan grande, ¿cómo podría ser de otra manera que todos huyeran de ellos? ¿Para qué hablo con palabras? Incluso su amor hacia su Maestro comenzó a desvanecerse gradualmente por el miedo a lo que se avecinaba, con lo cual también los reprendió. Porque, ya que antes de esto, se aferraban a él y preguntaban continuamente: "¿Adónde van?". Después, al extender tanto su discurso y declarar los terrores que les sobrevendrían en el momento mismo de la cruz y después de ella, simplemente permanecieron mudos y paralizados por el miedo. Escuchen cómo les alega este mismo punto: "Ninguno de ustedes me pregunta ¿adónde voy?", y: "Como les he dicho estas cosas, la tristeza ha llenado sus corazones" (Jn 16,5-6). Ahora bien, si la expectativa de que él moriría y resucitaría les causaba tanta tristeza, si no lo hubieran visto después de resucitar, ¿cómo podría ser menos que la aniquilación? Sí, habrían deseado hundirse en las profundidades de la tierra, con el abatimiento por haber sido engañados y con el temor del futuro, sintiéndose profundamente enderezado. Además, ¿de dónde provenían sus elevadas doctrinas? Porque los puntos más elevados, dijo, los oirían después. Porque, dice él, "tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis soportar" (Jn 16,12). De modo que lo no dicho era más elevado. Y uno de los discípulos ni siquiera quiso partir con él a Judea, al enterarse de los peligros, sino que dijo: "Vayamos también nosotros para morir con él" (Jn 11,16), tomándolo con pesar porque esperaba morir. Ahora bien, si ese discípulo, mientras estaba con él, esperaba morir y se retractó por ello, ¿qué no habría esperado después, al separarse de él y de los demás discípulos, y cuando la exposición de su conducta desvergonzada fue tan completa?
VIII
Además, ¿qué tenían los discípulos que decir, al salir a predicar? Pues la pasión era algo que todo el mundo conocía, pues Cristo había sido colgado en lo alto sobre un madero, a mediodía y en una ciudad importante, y en una fiesta importante en la que no se permitía a nadie ausentarse. En cambio, el hecho de la resurrección no fue vista por nadie de los que venían de fuera, y eso sí fue un gran impedimento para que los discípulos pudieran obrar convicción. Además, que había sido sepultado era la conversación general; y que sus discípulos robaron su cuerpo, declararon los soldados y todos los judíos; pero que había resucitado, ninguno de los que estaban fuera lo supo de vista. ¿Con qué fundamento, entonces, esperaban convencer al mundo? Si, mientras ocurrían milagros, algunos soldados fueron persuadidos a testificar lo contrario, ¿con qué fundamento esperaban estos, sin milagros, realizar la obra de predicadores, y sin tener un céntimo para convencer a la tierra y al mar acerca de la resurrección? Además, si por afán de gloria intentaron esto, con mucha más razón se habrían atribuido doctrinas cada uno a sí mismo, y no a Aquel que ya había muerto. ¿Se dirá que la gente no las habría creído? ¿Y cuál de los dos tenía más probabilidades de ganarse la fe al ser predicado? ¿El que fue aprehendido y crucificado, o los que escaparon de las manos de los judíos?
IX
Además, ¿qué plan de acción, y qué curso de acontecimientos debían tomar los discípulos? Sobre todo, porque no fueron inmediatamente a las ciudades gentiles, sino que recorrieron los límites de Judea. ¿Y cómo, a menos que obraran milagros, lograron convencer? Porque si realmente obraron tales milagros (y los obraron), fue resultado del poder de Dios. Si, por otro lado, no obraron ninguno y prevalecieron, mucho más maravilloso fue el evento. ¿No conocían a los judíos y sus malas prácticas, y su alma llena de rencor? Porque apedrearon incluso a Moisés (Nm 14,10; Ex 17,4) después del mar que habían cruzado a pie; después de la victoria, y ese maravilloso trofeo que levantaron sin sangre, por medio de sus manos, sobre los egipcios que los habían esclavizado; después del maná; después de las rocas, y las fuentes de los ríos que brotan de allí; Después de diez mil milagros en la tierra de Egipto, el Mar Rojo y el desierto, arrojaron a Jeremías a una fosa y mataron a muchos profetas . Escuchen, por ejemplo, lo que dice Elías, después de aquella terrible hambruna, la maravillosa lluvia, la antorcha que trajo del cielo y el extraño holocausto; llevado, como estaba, hasta el extremo mismo de su país: "Señor, han matado a tus profetas, han derribado tus altares, y yo estoy solo, y buscan mi vida" (1Re 19,10). Sin embargo, aquellos (que fueron perseguidos) no estaban alterando ninguna de las reglas establecidas. Díganme entonces, ¿qué motivos tenían los hombres para atender a estos de quienes estamos hablando? Porque, por un lado, eran personas más ruines que cualquiera de los profetas; por otro, estaban introduciendo precisamente las mismas novedades que habían llevado a los judíos a clavar incluso a su Maestro en la cruz. Y de otra manera también, parecía menos inexplicable que Cristo dijera tales cosas que ellos, pues ellos podrían suponer que él actuó así para adquirir gloria para sí mismo; pero a éstos los habrían odiado aún más, por estar librando una guerra contra ellos en favor de otro.
X
¿Acaso las leyes romanas ayudaron a los discípulos? Al contrario, éstos se vieron envueltos en mayores dificultades, pues decían que "quien se hace rey no es amigo del césar" (Jn 19,12). De modo que esto, por sí solo, fue suficiente impedimento para ellos, añadido a que fueran discípulos de Aquel que era considerado un usurpador, y desearan fortalecer su causa. ¿Qué los impulsó, entonces, a correr tan grandes peligros? ¿Y con qué declaraciones sobre él podrían ganarse la confianza? ¿Que fue crucificado? ¿Que nació de una pobre judía prometida a un carpintero judío? ¿Que pertenecía a una nación odiada por el mundo? No, todas estas cosas fueron suficientes no solo para no persuadir ni atraer a los oyentes, sino también para disgustar a todos; especialmente cuando las afirmaron el fabricante de tiendas y el pescador. ¿Acaso los discípulos no tendrían en cuenta todo esto? La naturaleza tímida puede imaginar más de lo que realmente es, y así eran sus naturalezas. ¿Sobre qué base, entonces, esperaban tener éxito? No, más bien, no tenían esperanza, pues había innumerables cosas que los desviaban, si es que Cristo no había resucitado. ¿No es evidente, incluso para los más insensatos, que, a menos que hubieran disfrutado de una gracia abundante y poderosa, y hubieran recibido promesas de la resurrección, habrían sido incapaces, no digo, de hacer y emprender estas cosas, sino siquiera de tenerlas presentes? Porque si, a pesar de los grandes obstáculos que se oponían a su planificación, no digo de su éxito, aun así planearon, llevaron a cabo y lograron cosas que superaron toda expectativa, supongo que todos pueden ver que obraron no por poder humano, sino por la gracia divina. Ahora bien, debemos practicar estos argumentos no sólo nosotros mismos, sino también los unos con los otros; y así también nos resultará más fácil descubrir lo que queda.
XI
No pienses, oh artesano, que esta clase de ejercicio está fuera de tu competencia; pues también Pablo era fabricante de tiendas. Alguno me dirá: Sí, pero en ese momento también estaba lleno de abundante gracia, y gracias a ella hablaba bien de todo. Bien, pero antes de esta gracia, Pablo estaba a los pies de Gamaliel. Además, cuando recibió la gracia mostró una mente digna de la gracia, y luego volvió a dedicarse a su oficio. Que nadie, por lo tanto, de los que tienen oficios se avergüence; sino aquellos, que son educados para la nada y son ociosos, que emplean a muchos asistentes y son atendidos por un inmenso séquito. Porque mantenerse mediante el trabajo continuo y duro es una especie de ascetismo. Las almas de tales hombres son más claras y sus mentes más ágiles. Porque quien no tiene nada que hacer tiende a decir y hacer muchas cosas al azar; y se pasa el día ocupado en nada, sumido en un profundo letargo. Pero quien está ocupado no tolerará a la ligera nada inútil, ni en hechos, ni en palabras, ni en pensamientos; pues toda su alma está dedicada a su laboriosa forma de ganarse la vida. No despreciemos, pues, a quienes se sostienen con el trabajo de sus propias manos; llamémoslos más bien felices por ello. Pues dime, ¿qué agradecimiento te corresponde cuando, tras haber recibido tu parte de tu padre, no sigues en ninguna profesión, sino que la malgastas por completo? ¿No sabes que no todos tendremos que rendir cuentas por igual, sino que quienes han disfrutado de mayor libertad aquí deberán rendir cuentas más rigurosas; quienes se vieron afligidos por el trabajo, la pobreza o cualquier otra cosa similar, una no tan severa? Y esto queda claro en Lázaro y el hombre rico. Pues así como tú, por descuidar el uso correcto del tiempo libre, eres justamente acusado; así también el pobre, que teniendo pleno empleo ha dedicado el tiempo que le queda a los buenos propósitos, recibirá grandes coronas. Con todo, ¿insistes en que los deberes de un soldado deberían al menos excusarte? ¿Y los atribuyes a tu falta de tiempo libre? La excusa no puede fundarse en la razón. Porque Cornelio era centurión, pero de ninguna manera el cinturón de soldado alteró su estricta regla de vida. Pero tú, cuando te diviertes con bailarines y actores, y desperdicias tu vida en el escenario, nunca piensas en excusarte de tales compromisos por la necesidad del servicio militar o el temor a los gobernantes, sino cuando se trata de la Iglesia (a lo cual os llamamos), que es cuando ocurren estos interminables impedimentos. ¿Y qué dirás el día en que veas la llama, los ríos de fuego y las cadenas que nunca se romperán, y oigas el crujir de dientes? ¿Quién te defenderá ese día, cuando veas al que ha trabajado con sus propias manos y ha vivido con rectitud, disfrutando de toda la gloria, sino tú mismo, que ahora vistes ropas delicadas y fragantes perfumes, en una aflicción incurable? ¿De qué te servirán tu riqueza y tu superfluidad? Y al artesano, ¿qué daño le causará su pobreza? Por lo tanto, para no sufrir entonces, temamos lo que se dice ahora y dediquemos todo nuestro tiempo a lo realmente indispensable. Así, habiendo propiciado a Dios por nuestros pecados pasados y añadiendo buenas obras para el futuro, podremos alcanzar el reino de los cielos, mediante el favor y la bondad amorosa de Jesucristo.
HOMILÍA 6
I
Cuando fui a vosotros, hermanos, no fui con excelencia de palabras ni de sabiduría a anunciaros el testimonio de Dios, pues me propuse no saber nada entre vosotros excepto a Jesucristo, y a éste crucificado
Nada estuvo jamás más preparado para el combate que el espíritu de Pablo. O mejor dicho, nada fue jamás igual a la gracia que obraba en él, que todo lo vencía. De hecho, lo dicho anteriormente es suficiente para derribar el orgullo de los que se jactaban de sabiduría; es más, incluso una parte había sido suficiente. Pero para realzar el esplendor de la victoria, él contiende de nuevo por los puntos que había estado afirmando; pisoteando al enemigo postrado. Mírenlo de esta manera. Pablo había presentado la profecía que dice: "Destruiré la sabiduría de los sabios". Había demostrado la sabiduría de Dios, al destruir, mediante lo que parecía ser necedad, la filosofía de los gentiles; había demostrado que la necedad de Dios es más sabia que los hombres; había demostrado que no sólo enseñaba por medio de personas indoctas, sino que también escogía a personas indoctas para que aprendieran de él. Ahora demuestra que tanto el tema mismo que se predicaba como la manera de predicarlo bastaban para desconcertar a la gente; sin embargo, no los desconcertó. Así, dice, no sólo los discípulos son ignorantes, sino también yo, que soy el predicador. Por lo tanto, dice: Yo no vine con excelencia de palabras" a declararles el testimonio de Dios. ¿Qué entonces? Díganme, si hubieran elegido venir "con excelencia", ¿habrían podido? Yo, de hecho, si lo hubiera elegido, no habría podido; pero Cristo, si lo hubiera elegido, pudo. Pero no lo hizo para hacer que su trofeo fuera más brillante. Por lo cual también en un pasaje anterior, mostrando que era su obra la que se había hecho, su voluntad que la palabra se predicara de manera inculta, dijo: "Cristo no me envió a bautizar, sino a predicar el evangelio, y no con sabiduría de palabras". Pero mucho mayor, sí, infinitamente mayor, que el hecho de que Pablo quisiera esto, es el hecho de que Cristo lo quiso. No, pues con despliegue de elocuencia, ni armado con argumentos externos, declaro el testimonio de Dios. No menciona la predicación, sino el testimonio de Dios; palabra que en sí misma fue suficiente para contenerlo. Porque andaba predicando la muerte; y por eso añadió: "Me propuse no saber nada entre vosotros, salvo a Jesucristo, y a este crucificado". Éste era el significado que quería transmitir: que está completamente desprovisto de la sabiduría externa; como decía antes ("no vine con excelencia de palabra"). Pues que pudiera haber poseído esto también es evidente; pues aquel cuyas vestiduras resucitaron a los muertos y cuya sombra expulsó enfermedades, mucho más era su alma capaz de recibir elocuencia. Porque esto es algo que puede enseñarse; pero lo primero trasciende todo arte. Entonces, quien conoce cosas que están más allá del alcance del arte, con mucha más fuerza debe haber tenido para cosas menores. Pero Cristo no lo permitió; porque no era conveniente. Con razón dice "me propuse no saber nada, pues también yo, por mi parte, tengo la misma voluntad de Cristo". Y me parece que les habla en un tono más bajo que a cualquier otro, para reprimir su orgullo. Así, la expresión "decidí no saber nada" fue dicha en contraposición a la sabiduría externa. Porque no vine a tejer silogismos ni sofismas, ni a decirles nada más que "Cristo fue crucificado". En verdad, tienen mil cosas que decir, y sobre mil cosas hablan, dando largas vueltas a las palabras, formulando argumentos y silogismos, componiendo sofismas sin fin. Pero yo vine a ustedes diciendo nada más que "Cristo fue crucificado" y "a todos ellos los superé", lo cual es una señal indescriptible del poder de Aquel a quien predico.
II
Estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor
Lo que viene a decir aquí Pablo es que no sólo los creyentes son personas sin letras, y no sólo quien habla es sin letras, y no sólo la manera de enseñar de un iletrado es evidente, y no sólo la predicación en sí misma era suficiente para desconcertar a la gente (pues el mensaje era la cruz y la muerte), sino que también había otros obstáculos, como los peligros, las conspiraciones, el temor diario y la persecución. En efecto, la palabra debilidad, representa para Pablo la persecución, como cuando él mismo recuerda: "No menospreciaste mi debilidad, que tenía en mi carne" (Gál 4,13-14) y: "Si es necesario gloriarme, me gloriaré de lo que concierne a mi debilidad" (2Cor 11,30). ¿Qué debilidad? La que él mismo dice: que "el gobernador, bajo el rey Aretas, custodiaba la ciudad de los damascenos, deseoso de aprehenderme" (2Cor 5,32), y: "Me complazco en la debilidad" (2Cor 12,10). Luego, al decir "¿en qué? ", añadió: "En aflicciones, en necesidades, en angustias". Aquí repite la misma afirmación; pues, tras decir "yo estaba en debilidad" no se detuvo allí, sino que, al explicar la palabra debilidad, menciona sus peligros. Tras eso, añade de nuevo "con temor y temblor estuve con vosotros". ¿Cómo se dice? ¿Acaso Pablo también temía los peligros? Sí, temía, y los temía excesivamente, pues aunque era Pablo, era hombre. Pero esto no es una acusación contra Pablo, sino una debilidad de la naturaleza humana; y es para alabanza de su firme propósito que, incluso cuando temía la muerte y los azotes, no hiciera nada malo a causa de este temor. De modo que quienes afirman que no temía los azotes, no solo no lo honran, sino que, más bien, reducen considerablemente sus alabanzas. Porque si no temía, ¿qué resistencia o qué dominio propio había para soportar los peligros? Yo, por mi parte, por esta razón lo admiro; porque estando temeroso, y no sólo temeroso, sino incluso temblando ante sus peligros, corrió como siempre para mantener su corona; y no se rindió ante ningún peligro, en su tarea de purificar el mundo, y en todas partes, tanto por mar como por tierra, sembrando el evangelio.
III
Mi discurso y mi predicación no se basaban en palabras persuasivas de sabiduría, y carecían de sabiduría externa
Si la doctrina predicada por Pablo no tenía nada de sutil, y los llamados eran indoctos, y el que predicaba era de la misma descripción, y a esto se añadían persecución, temblor y temor, díganme: ¿Cómo venció Pablo, sino por el poder divino? Por eso, tras decir "mi discurso y mi predicación no se basaban en palabras persuasivas de sabiduría", Pablo añadió: "En la demostración del Espíritu y de poder". ¿Perciben cómo la necedad de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad más fuerte? Ellos, por su parte, siendo indoctos y predicando tal evangelio, en sus cadenas y persecución, vencieron a sus perseguidores. ¿Por qué? ¿No fue por proporcionar esa evidencia que proviene del Espíritu? Porque esto sí es una demostración confesada. Pues, dime, ¿quién, después de haber visto a muertos resucitar y demonios ser expulsados, podría haber dejado de admitirlo? Pero viendo que también hay prodigios engañosos, como los de los hechiceros, también elimina esta sospecha. Pues no dijo simplemente de poder, sino primero, del Espíritu, y luego, de poder, lo que significa que las cosas realizadas eran espirituales. No es menospreciable, por lo tanto, que el evangelio no se haya proclamado mediante la sabiduría; más bien, es un gran adorno. Pues esto, se admitirá, es la señal más clara de su divinidad y de su raíz en lo alto, en los cielos.
Que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios
¿Ven con qué claridad, y en todos los sentidos, ha expuesto Pablo la enorme ganancia de esta ignorancia y la gran pérdida de esta sabiduría? Pues esta última invalidó la cruz, pero aquella proclamó el poder de Dios. Esta última, además de no descubrir nada de lo que más necesitaban, también los indujo a jactarse de sí mismos; aquella, además de recibir la verdad, los llevó también a enorgullecerse de Dios. Además, la sabiduría habría persuadido a muchos a sospechar que la doctrina era humana. Esto demostró claramente que era divina y que había descendido del cielo. Ahora bien, cuando la demostración se hace con sabiduría de palabras, incluso los peores a menudo superan a los mejores, y la falsedad supera a la verdad. Pero en este caso no es así: porque el Espíritu no entra en un alma impura, ni, una vez entrado, puede ser sometido jamás, aunque toda la astucia del habla posible lo asalte. Pues la demostración por obras y señales es mucho más evidente que la de las palabras.
IV
Alguno dirá: Si el evangelio ha de prevalecer, y no necesita palabras para que la cruz no quede sin efecto, ¿por qué razón se retienen las señales ahora? Y yo le respondo: ¿Y por qué razón? ¿Hablas con incredulidad, y no admites que se hicieron incluso en los tiempos de los apóstoles, o realmente buscas saber? Si es con incredulidad, primero me opondré a esto. Digo entonces: Si las señales no se hicieron en ese tiempo, ¿cómo lo hicieron ellos, perseguidos, temblando, encadenados, convertidos en enemigos comunes del mundo, expuestos a todos como blanco de maltrato, sin nada propio que los atrajera, ni palabras, ni ostentación, ni riqueza, ni ciudad, ni nación, ni familia, ni búsqueda, ni gloria, ni nada parecido? Pero con todo lo contrario: ignorancia, mezquindad, pobreza, odio, enemistad, y oponiéndose a repúblicas enteras, y con tal mensaje que declarar; ¿Cómo lograron convencer? Pues tanto los preceptos trajeron mucho trabajo, como las doctrinas muchos peligros. Y quienes escucharon y obedecieron, habían sido criados en el lujo, la embriaguez y la gran maldad. Dime, entonces: ¿Cómo convencieron? ¿De dónde obtuvieron su credibilidad? Como acabo de decir, si sin señales lograron convencer, mucho mayor parece el prodigio. No insistas entonces en el hecho de que las señales no se hacen ahora como prueba de que no se hicieron entonces. Pues así como entonces se hicieron útilmente, ahora ya no se hacen tan útilmente. Tampoco se sigue necesariamente del discurso como único instrumento de convicción que ahora la predicación sea con sabiduría. Pues quienes desde el principio sembraron la palabra eran poco profesionales e ignorantes, y no hablaban de sí mismos; sino que lo que recibieron de Dios, lo distribuyeron al mundo; y nosotros mismos en este momento no introducimos invenciones propias; sino que lo que de ellos hemos recibido, lo hablamos a todos. Y ni siquiera ahora persuadimos mediante argumentación; sino que de las divinas escrituras y de los milagros realizados en ese momento presentamos la prueba de lo que decimos. Por otro lado, incluso ellos en ese momento persuadieron no sólo por señales, sino también por discursos. Y las señales y los testimonios de las antiguas escrituras, no la inteligencia de las cosas dichas, hicieron que sus palabras parecieran más poderosas.
V
Alguno preguntará: ¿Cómo es que las señales eran convenientes entonces, y ahora son inoportunas? Y yo le respondo: Supongamos el caso de un incrédulo que consienta en creer nuestras afirmaciones, aunque sea sólo a modo de concesión (por ejemplo, que Cristo vendrá). Cuando Cristo venga, y todos los ángeles con él, y se manifieste como Dios, y todas las cosas se sometan a él, ¿acaso no creerá ni siquiera el griego? Es evidente que también se postrará, lo adorará y lo confesará como Dios, aunque su terquedad exceda todo lo imaginable. Pues, ¿quién, al ver los cielos abiertos y a él viniendo sobre las nubes, y toda la congregación de los poderes de arriba extendida a su alrededor, y ríos de fuego descendiendo, y todos de pie y temblando, no se postrará ante él y le creerá Dios? Dime, entonces: ¿acaso esa adoración y ese conocimiento se contabilizarán en el griego como fe? No, en absoluto. ¿Y por qué no? Porque esto no es fe. Pues la necesidad lo ha hecho, y la evidencia de las cosas vistas, y no es por elección, sino por la inmensidad del espectáculo, las facultades de la mente son arrastradas. De ello se deduce que cuanto más evidente y abrumador sea el curso de los acontecimientos, tanto más se acorta la parte de la fe. Por esta razón, ahora no se hacen milagros. Y que esta es la verdad, escucha lo que le dice a Tomás: "Bienaventurados los que no vieron, y sin embargo creyeron" (Jn 20,29). Por lo tanto, en proporción a la evidencia con la que se presenta el milagro, se disminuye la recompensa de la fe. De modo que si ahora también se hicieran milagros, sucedería lo mismo. Porque entonces ya no lo conoceremos por la fe, Pablo lo ha demostrado, diciendo: "Ahora andamos por la fe, no por la vista" (2Cor 5,7). Como en ese momento, aunque creas, no te será imputado, porque la cosa es tan palpable; así también ahora, suponiendo que se hicieran milagros como antes. Porque cuando admitimos cosas que en ningún grado y de ninguna manera pueden ser entendidas por el razonamiento, entonces es fe. Es por esto que el infierno es amenazado, pero no se muestra: porque si se mostrara, lo mismo volvería a suceder.
VI
Además, a ese tal yo le digo: Si lo que buscas son señales, incluso ahora puedes ver señales, aunque no del mismo tipo. Puedes ver las innumerables predicciones y sobre una variedad infinita de temas, como la conversión del mundo, el curso abnegado de los bárbaros, el cambio de las costumbres salvajes, la mayor intensidad de la piedad. ¿Que qué predicciones, me preguntas? Éstas mismas: las que acabo de mencionar, que fueron escritas después de que el estado actual de cosas hubiera comenzado. ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por quién? Dime. ¿Hace cuántos años? ¿Tendrás tú ya 100 años? Entonces, hace 100 años, no tenían nada escrito en absoluto. ¿Cómo entonces el mundo retuvo las doctrinas y todo lo demás, ya que la memoria no sería suficiente? ¿Cómo supieron que Pedro fue crucificado? ¿Cómo pudo haber entrado en la mente de los hombres que vinieron después de los eventos predecir, por ejemplo, que el evangelio sería predicado en todas partes del mundo? ¿Que las instituciones judías cesarían y nunca regresarían? Y aquellos que dieron sus vidas por el evangelio, ¿cómo habrían soportado ver el evangelio adulterado? ¿Y cómo habrían ganado crédito los escritores, habiendo cesado los milagros? ¿Y cómo podrían los escritos haber penetrado a la región de los bárbaros, y de los indios, y hasta los mismos confines del océano, si los relatores no hubieran sido dignos de crédito? Los escritores, también, ¿quiénes eran? ¿Cuándo, cómo y por qué escribieron? ¿Fue para ganar gloria para sí mismos? ¿Por qué entonces inscribieron los libros con nombres de otros hombres? ¿Con el deseo de recomendar la doctrina? ¿Como verdadera. o como falsa? Pues si dices que se aferraron a ella, por ser falsa, su adhesión fue improbable; pero si, por ser verdadera, no había necesidad de inventos como los que mencionas. Y además, las profecías son de tal clase que, incluso hasta ahora, el tiempo no ha podido desviar el curso predicho de los acontecimientos. En efecto, la destrucción de Jerusalén tuvo lugar hace muchos años; pero también hay otras predicciones que se extienden desde entonces hasta su venida; que examinéis, por ejemplo, esto: "Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt 28,20) y: "Sobre esta roca edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella" (Mt 16,18), y: "Este evangelio será predicado a todas las naciones" (Mt 24,14), y lo que hizo la mujer prostituta, y muchos otros más. ¿De dónde, entonces, la verdad de esta predicción si en realidad fue una falsificación? ¿Cómo no prevalecieron las puertas del infierno contra la Iglesia? ¿Cómo está Cristo siempre con nosotros? Pues si no hubiera estado con nosotros, la Iglesia no habría salido victoriosa. ¿Cómo se difundió el evangelio por todo el mundo? Quienes han hablado en contra de nosotros son suficientes para dar testimonio de la antigüedad de los libros; me refiero a Celso y el de Batanea, que vinieron después de él. Pues supongo que no hablaban en contra de libros compuestos después de su tiempo.
VII
Además, el mundo entero ha recibido el evangelio de común acuerdo. No habría habido un acuerdo tan grande de un extremo a otro de la tierra si no hubiera sido por la gracia del Espíritu; de lo contrario, los autores de la falsificación habrían sido descubiertos rápidamente. Tampoco podrían haberse originado tan grandes excelencias de invenciones y falsedades. ¿No ves a todo el mundo entrando; el error extinguido; la austera sabiduría de los antiguos monjes brillando más que el sol; los coros de las vírgenes; la piedad entre los bárbaros; todos los hombres sirviendo bajo un mismo yugo? Pues no sólo nosotros predijeron estas cosas, sino también, desde el principio, los profetas. Pues, supongo, tampoco cuestionarás sus predicciones: pues los libros están con sus enemigos, y por el celo de ciertos griegos han sido transferidos a la lengua griega. Estos también predicen muchas cosas acerca de estos asuntos, mostrando que era Dios quien había de venir entre nosotros.
VIII
¿Por qué, entonces, no creen todos ahora? Porque las cosas se han degenerado, y por esto somos culpables todos. Ciertamente, ni siquiera entonces confiaron sólo en las señales, sino que también por el modo de vida muchos de los conversos fueron atraídos. Porque "así alumbre vuestra luz delante de los hombres", dice él, "para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5,16). De hecho, "eran todos de un solo corazón y una sola alma, y nadie decía ser suyo propio, sino que todo lo tenían en común, y se distribuía a cada uno según su necesidad" (Hch 4,32-35) y vivían una vida angelical. Y si se hiciera lo mismo ahora, convertiríamos a todo el mundo, incluso sin milagros. Pero mientras tanto, que los que quieran ser salvos presten atención a las Escrituras; porque allí encontrarán tanto estas nobles obras como aquellas que son mayores que estas. Porque se puede añadir que los mismos Maestros superaron las hazañas de los demás; viviendo con hambre, sed y desnudez. Pero nosotros deseamos disfrutar de gran lujo, descanso y comodidad; no así ellos: clamaron a voz en grito: "Hasta la hora presente tenemos hambre, sed, estamos desnudos, somos abofeteados y no tenemos un lugar fijo para vivir" (1Cor 4,11). Y algunos "huyeron de Jerusalén a Ilírico" (Rm 15,19) y otro al país de los indios, y otro al de los moros, y este a una parte del mundo, aquel a otra. Mientras que nosotros no tenemos el valor de partir ni siquiera de nuestro propio país; sino que buscamos una vida lujosa y casas espléndidas y todas las demás superfluidades. Porque ¿quién de nosotros ha estado hambriento por la palabra de Dios? ¿Quién ha morado alguna vez en un desierto? ¿Quién ha emprendido una peregrinación lejana? ¿Cuál de nuestros maestros vivió del trabajo de sus manos para ayudar a otros? ¿Quiénes soportaban la muerte a diario? Por eso también quienes están con nosotros se han vuelto perezosos. Pues supongamos que alguien viera a soldados y generales luchando contra el hambre, la sed, la muerte y todo tipo de cosas terribles, soportando el frío y los peligros como leones, y prosperando; que luego, al relajar esa rigidez, debilitados, adictos a la riqueza y a los negocios y las negociaciones, y finalmente vencidos por sus enemigos, sería una locura buscar la causa de todo esto. Ahora razonemos así en nuestro propio caso y en el de nuestros antepasados; pues nosotros también nos hemos vuelto más débiles que todos y estamos atados a esta vida presente. Y si alguien conserva un vestigio de la antigua sabiduría, abandonando las ciudades y los mercados, la sociedad del mundo y el orden ajeno, se retira a las montañas; y si le preguntan el motivo de ese retiro, inventa una excusa inadmisible. Porque, dice, para que yo no perezca también y me quiten el filo de mi bondad, me aparto. ¿Cuánto mejor sería para ti perder el entusiasmo y ganar a otros, que permanecer en lo alto descuidando a tus hermanos que perecen? Sin embargo, cuando unos descuidan la virtud, y quienes la respetan se alejan de nuestras filas, ¿cómo vamos a someter a nuestros enemigos? Pues incluso si se obraran milagros ahora, ¿quién se convencería? ¿O quién de los de afuera nos haría caso, siendo nuestra iniquidad tan prevalente? Pues así es, que nuestra vida recta parece a la mayoría el argumento más fiable de los dos: los milagros admiten una mala interpretación por parte de hombres malvados obstinados, mientras que una vida pura tendrá poder sobrado para callarle la boca al mismísimo diablo.
IX
Digo esto tanto a gobernantes como a gobernados, para que nuestro estilo de vida sea verdaderamente admirable y, ocupando nuestras posiciones apropiadas, despreciemos todo lo presente. Lo digo para que despreciemos la riqueza y no el infierno, para que pasemos por alto la gloria y no la salvación, para que soportemos el trabajo y el esfuerzo aquí, para no caer en el castigo allá. Sí, hermanos, combatamos a los griegos, y tomémoslos cautivos con una cautividad mejor que la libertad. Aunque repetimos estas cosas sin interrupción, una y otra vez, ocurren muy raramente. Sin embargo, se hagan o no, es justo recordarlas continuamente. Porque si algunos se dedican a engañar con sus palabras amables, con mayor razón es deber de quienes atraen de nuevo hacia la verdad no cansarse de decir lo que es provechoso. Además, si los engañadores se valen de tantas artimañas (gastando dinero, aplicando argumentos, soportando peligros y haciendo alarde de su patrocinio), con mayor razón nosotros, que estamos rescatando a los hombres del engaño, deberíamos soportar tanto peligros como muertes, y todo lo demás; para que podamos ganarnos a nosotros mismos y a los demás, y volvernos irresistibles para nuestros enemigos, y así obtener las bendiciones prometidas mediante la gracia y la bondad amorosa de Jesucristo.
HOMILÍA 7
I
Nosotros hablamos una sabiduría entre los perfectos, una sabiduría que no de este mundo, ni de los gobernantes de este mundo que perece, sino una sabiduría que es misterio de Dios y que estaba oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria
La oscuridad parece más apropiada que la luz para quienes tienen problemas de visión, y por ello estos enfermos prefieren una habitación completamente sombreada. Pues bien, esto también ocurre con la sabiduría espiritual, según lo que nos viene a decir hoy Pablo. Así como la sabiduría de Dios parecía locura a quienes no la tenían, así su propia sabiduría, siendo locura en realidad, fue considerada sabiduría por ellos. El resultado ha sido como si un hombre hábil en navegación prometiera que sin barco ni velas cruzaría un mar infinito, y luego intentara demostrar con razonamientos que es posible; pero otra persona, ignorante de todo, se comprometiera con un barco, un timonel y marineros, y así navegara con seguridad. Pues la aparente ignorancia de este hombre es más sabia que la sabiduría del otro. Porque excelente es el arte de gobernar un barco; pero cuando se hacen promesas demasiado grandes, es una especie de locura. Y así es todo arte que no se conforma con sus propios límites. Así también la sabiduría externa sería sabiduría en realidad si hubiera contado con el beneficio del espíritu. Pero como confiaba completamente en sí misma y suponía que no necesitaba de esa ayuda, se convirtió en necedad, aunque parecía sabiduría. Por lo tanto, habiéndola expuesto primero con los hechos, entonces, y solo entonces, la llama necedad; y habiendo llamado primero locura a la sabiduría de Dios, según su cálculo, entonces, y sólo entonces, demuestra que es sabiduría (pues después de nuestras pruebas, no antes, estamos mejor capacitados para avergonzar a los que contradicen). Sus palabras son, pues: "Hablamos sabiduría entre los perfectos". Por ejemplo, cuando yo, considerado necio y predicador de locuras, venzo a los sabios, venzo a la sabiduría, no por necedad, sino por una sabiduría más perfecta; una sabiduría, además, tan amplia y mucho mayor, que la otra parece locura». Por lo tanto, habiéndola llamado antes con el nombre que le dieron en aquel entonces, y habiendo probado su victoria con los hechos y mostrado la extrema locura del otro bando, de ahí en adelante le otorga su nombre correcto, diciendo: "Hablamos sabiduría entre los perfectos". Sabiduría es el nombre que da al evangelio, al método de salvación, la salvación por la cruz. Los perfectos son los que creen. Porque, en verdad, son perfectos quienes saben que todas las cosas humanas son completamente inútiles y las pasan por alto por la convicción de que con ellas no les benefician nada: tales eran los verdaderos creyentes. Pero no una sabiduría de este mundo. Pues ¿dónde está el uso de la sabiduría que es externa, que termina aquí y no va más allá, y que ni siquiera aquí puede aprovechar a sus poseedores? Ahora bien, por gobernantes del mundo, aquí no se refiere a ciertos demonios, como algunos sospechan, sino a quienes ostentan autoridad, a quienes ostentan poder, a quienes consideran que vale la pena contender por algo: los filósofos, retóricos y escritores de discursos. Pues estos eran la clase dominante y a menudo se convertían en líderes del pueblo. Los llama gobernantes del mundo, porque su dominio no se extiende más allá del mundo presente. Por lo tanto, añade, que se están desvaneciendo, menospreciándolo tanto por sí mismo como por quienes lo ejercen. Pues, habiendo demostrado que es falso, que es insensato, que no puede descubrir nada, que es débil, demuestra además que es de corta duración.
II
Los cristianos hablamos una sabiduría de Dios, y decimos que esta sabiduría es un misterio. ¿Qué significa misterio? ¿Significa ocultamiento? Ciertamente, no, porque Cristo dijo: "Lo que habéis oído al oído, proclamadlo desde las azoteas" (Mt 10,27). ¿Por qué, entonces, lo llamamos misterio? Porque ni ángel ni arcángel lo conoció, ni ningún otro poder creado, antes de que realmente sucediera en Cristo Jesús, por lo que el apóstol Pablo: "Para que ahora a los principados y potestades en los lugares celestiales sea dada a conocer por la Iglesia la multiforme sabiduría de Dios" (Ef 3,10). Y esto ha hecho Dios en honor a nosotros, para que no sin nosotros oigan los misterios. Porque nosotros también, a quienesquiera que hagamos nuestros amigos, solemos hablar de esto como una prueba segura de amistad hacia ellos, que no les contamos nuestros secretos a nadie con preferencia a ellos. Que escuchen quienes exponen a la vergüenza los secretos del evangelio y exhiben indiscriminadamente las perlas y la doctrina, y arrojan las cosas santas a perros, cerdos y razonamientos inútiles. Porque el misterio no necesita argumentación; sólo hay que declarar lo que es. Ya que no será un misterio, divino y completo en todas sus partes, si tú también le añades algo de ti mismo. Y en otro sentido, también, un misterio se llama así; porque no contemplamos las cosas que vemos, sino algunas cosas que vemos y otras que creemos. Porque tal es la naturaleza de nuestros misterios. Yo, por ejemplo, siento de manera diferente sobre estos temas que un incrédulo. Oigo, Cristo fue crucificado; e inmediatamente admiro su bondad amorosa para con los hombres: el otro oye, y la estima debilidad. Oigo, él se hizo un siervo; y me maravilla su cuidado por nosotros: el otro oye, y lo considera una deshonra. Oigo, él murió; y me asombra su poder, que estando en la muerte no fue retenido, sino que incluso rompió las ligaduras de la muerte: el otro oye, y supone que es impotencia. Él, al oír de la resurrección, dice, la cosa es una leyenda; yo, consciente de los hechos que la demuestran, me postro y adoro la dispensación de Dios. Él, al oír hablar de un lavatorio, lo considera simplemente agua; pero yo no contemplo simplemente lo que se ve, sino la purificación del alma que es por el Espíritu. Él sólo considera que mi cuerpo ha sido lavado; pero yo he creído que el alma también se ha vuelto pura y santa; y lo considero el sepulcro, la resurrección, la santificación, la justicia, la redención, la adopción, la herencia, el reino de los cielos, la efusión plenaria del Espíritu. Porque no por la vista juzgo las cosas que aparecen, sino por los ojos de la mente. Oigo hablar del cuerpo de Cristo, y en un sentido entiendo la expresión, y en otro no. Así como los niños, al mirar sus libros, desconocen el significado de las letras, ni saben lo que ven; más aún, si incluso un adulto es inexperto en letras, le ocurrirá lo mismo; pero los hábiles encontrarán mucho significado en las letras, incluso vidas e historias completas; y una epístola en manos de alguien inexperto será considerada como papel y tinta; pero quien sabe leer oirá la voz, conversará con el ausente y responderá por escrito lo que quiera. Lo mismo ocurre con el misterio. Los incrédulos, aunque oyen, parecen no oír; pero los fieles, con la habilidad que proviene del Espíritu, captan el significado de lo que allí se guarda. Por ejemplo, esto mismo es lo que Pablo quiso decir cuando dijo que incluso ahora la palabra predicada está oculta, porque "para los que se pierden, la palabra está oculta" (2Cor 4,3). Desde otra perspectiva, la palabra también indica que el evangelio contradice toda expectativa. La Escritura no suele usar otro nombre para lo que sucede más allá de toda esperanza y de todo pensamiento humano. Por eso, también en otro lugar dice: "Mi misterio es para mí y para los míos", y: "Os digo un misterio: que no todos dormiremos, aunque todos seamos transformados" (2Cor 15,51).
III
Aunque la sabiduría de Dios se predique en todas partes, sigue siendo un misterio, pues así como se nos ha ordenado que "hablemos desde los tejados de las casas" lo que hemos oído, así también se nos ha ordenado que "no demos las cosas santas a los perros ni echemos nuestras perlas a los cerdos" (Mt 7,9). Porque algunos son carnales y no entienden; otros tienen un velo sobre sus corazones y no ven; por lo tanto, es sobre todo un misterio, que en todas partes se predica, pero no lo conocen quienes no tienen una mente recta; y se revela no por sabiduría sino por el Espíritu Santo, en la medida en que nos es posible recibirlo. Y por esta causa, no se equivocaría quien en este respecto también lo calificara de misterio, cuya expresión está prohibida. Porque ni siquiera a nosotros, los fieles, se nos ha confiado plena certeza y exactitud. Por lo cual también Pablo dijo: "En parte conocemos, y en parte profetizamos; ahora vemos por espejo, oscuramente, pero entonces veremos cara a cara" (1Cor 13,9).
IV
Ésta es la razón por la que dice Pablo: "Hablamos sabiduría en un misterio, la sabiduría oculta que Dios predestinó antes de los mundos para nuestra gloria". Oculta, porque ninguno de los poderes de arriba la aprendió antes que nosotros, ni la mayoría la conoce ahora. Esto fue lo que Cristo predestinó para nuestra gloria y "para su propia gloria", pues Pablo considera nuestra salvación como su propia gloria, así como también la llama "su propia riqueza" (Ef 3,8), aunque él mismo es rico en bienes y no necesita nada para ser rico. Predestinados, dice, señalando el cuidado que se ha tenido de nosotros. Pues así son considerados los más dignos de honrarnos y amarnos quienes se han esforzado por hacernos el bien desde el principio: que es precisamente lo que hacen los padres con sus hijos. Pues aunque no dan sus bienes hasta después, sin embargo, desde el principio y al principio lo habían predeterminado. Y esto es lo que Pablo se esfuerza en señalar ahora: que Dios siempre nos amó, incluso desde el principio, cuando aún no éramos. Pues si no nos hubiera amado, no habría predestinado nuestras riquezas. No consideren, entonces, la enemistad que se ha interpuesto; pues más antigua que eso era la amistad. En cuanto a las palabras "antes de los mundos", significan eterno. En otro lugar también dice "quien es antes de los mundos". Si prestan atención, el Hijo también será eterno en el mismo sentido. Pues respecto a él dice "por medio de él hizo los mundos" (Hb 1,2), lo cual equivale a subsistir antes de los mundos; pues es evidente que el Creador es anterior a las cosas creadas.
V
Ninguno de los gobernantes de este siglo conoció esta sabiduría; pues si lo hubieran conocido no habrían crucificado al Señor de la gloria
Alguno dirá: Si los paganos no conocían el misterio de Cristo, ¿cómo les dijo Jesús "me conocéis y sabéis de dónde soy" (Jn 7,28)? Y yo le respondo: Respecto a Pilato la Escritura dice que "no lo sabía" (Jn 19,9), y es probable también que Herodes tampoco lo supiera. Es más, si alguien dijera que esto se dice también respecto a los judíos y a los sacerdotes, no se equivocaría, pues a éstos también Jesús les dice: "No me conocéis a mí ni a mi Padre" (Jn 8,19). ¿Cómo, pues, dice un poco antes "me conocéis, y sabéis de dónde soy"? Sin embargo, la manera de este y aquel camino de conocimiento ya ha sido declarada en el evangelio (Homilías sobre Juan, XLIX), y para no tratar continuamente el mismo tema, allí remitimos a nuestros lectores. ¿Qué entonces? ¿Les fue perdonado su pecado en el asunto de la cruz? Sobre todo, porque ciertamente Jesús dijo: "Perdónalos" (Lc 23,34). Si se arrepintieron, fue perdonado. Porque incluso el que puso innumerables asaltantes sobre Esteban y persiguió a la Iglesia, incluso Pablo, se convirtió en el campeón de la Iglesia. De la misma manera, también aquellos otros que decidieron arrepentirse, tuvieron perdón: y esto de hecho Pablo mismo quiso decir, cuando exclama: "¿Han tropezado para caer? Dios no lo quiera. ¿Ha desechado Dios a su pueblo al que conoció de antemano? Dios no lo quiera" (Rm 11,1-2). Luego, para mostrar que su arrepentimiento no estaba excluido, presentó como prueba decisiva su propia conversión, diciendo: "Yo también soy israelita". En cuanto a las palabras "no sabían", me parece que aquí no se refieren a la persona de Cristo, sino sólo a la dispensación oculta en ese evento (como si hubiera dicho lo que significaba la muerte y la cruz, y ellos no lo sabían). Porque en ese pasaje no dijo "no me conocen a mí", sino "no saben lo que hacen" (es decir, la dispensación que se está cumpliendo, y el misterio, del cual son ignorantes), porque no sabían que la cruz ha de brillar tan brillantemente; que se ha hecho la salvación del mundo y la reconciliación de Dios con los hombres; que su ciudad sería tomada; y que sufrirían el extremo de la miseria. Con el término sabiduría, por tanto, llama tanto a Cristo como a la cruz y al evangelio. Oportunamente también lo llamó "el Señor de la gloria". Pues, al considerar la cruz como un asunto de ignominia, significa que la cruz fue una gran gloria; pero que se necesitaba gran sabiduría no solo para conocer a Dios, sino también para aprender esta dispensación de Dios; y la sabiduría externa resultó ser un obstáculo, no sólo para lo primero, sino también para lo segundo.
VI
Como está escrito, ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni ha sabido el corazón del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman
¿Dónde están escritas estas palabras? Aquí mismo: en el lugar y época donde todo lo escrito no se consignaba con palabras, sino con hechos reales, a través de los libros históricos; o cuando se expresa el mismo significado, pero no con las mismas palabras. No obstante, las palabras "aquellos a quienes no se les anunció acerca de él verán, y quienes no han oído entenderán" (Is 52,15) son las mismas que las cosas que "ojo no vio, ni oído oyó". O bien este es su significado, o probablemente fue escrito en algunos libros, y las copias se han perdido. De hecho, muchos libros fueron destruidos, y pocos se conservaron íntegros, incluso en el primer cautiverio. Y esto es evidente en los que nos quedan, pues el apóstol dice: "Samuel y los profetas que siguen después de él, todos hablaron acerca de él" (Hch 3,24). Pablo, sin embargo, como erudito en la ley y orando por el Espíritu, por supuesto lo sabría todo con exactitud. ¿Y por qué hablo del cautiverio? Incluso antes del cautiverio, muchos libros habían desaparecido; los judíos se habían precipitado al extremo de la impiedad; y esto se ve claramente al final del libro II de Reyes (2Re 22,8), pues el libro de Deuteronomio apenas se pudo encontrar, pues estaba enterrado en un muladar. Además, en muchos lugares hay profecías dobles, fáciles de comprender para la gente más sabia, de las cuales podemos descubrir muchas cosas que son oscuras.
VII
Alguno preguntará: ¿Acaso el ojo no vio lo que Dios preparó? Y yo le respondo: No, porque ¿quién de los hombres vio las cosas que estaban a punto de ser impartidas? Por eso, "ni el oído oyó, ni entró en el corazón del hombre". Alguno dirá: Si los profetas hablaron de ello, ¿cómo dice Pablo que "el oído no oyó, ni entró en el corazón del hombre"? Y yo le respondo: No entró, porque no sólo de sí mismo está hablando, sino de toda la raza humana. ¿Qué, entonces? Los profetas, ¿no oyeron? Sí, oyeron; pero el oído profético no era el oído del hombre: porque no oyeron como los hombres, sino como los profetas. Por lo tanto dijo: "Me ha añadido un oído para oír, es decir, por adición, aquello que era del Espíritu" (Is 50,4). De donde era evidente que antes de oír no había entrado en el corazón del hombre. Porque después del don del Espíritu, el corazón de los profetas no era el corazón del hombre, sino un corazón espiritual, como recuerda él mismo: "Tenemos la mente de Cristo" (1Cor 2,16), a forma de decir: Antes de que tuviéramos la bendición del Espíritu, y aprendiéramos las cosas que nadie puede expresar, ni siquiera los profetas las concibieron. ¿Cómo podríamos? Si ni siquiera los ángeles las conocen. En efecto, ¿qué necesidad hay de hablar de los "gobernantes de este mundo", si nadie los conocía, ni siquiera los poderes de arriba? ¿Qué clase de cosas son estas, entonces? Que por lo que se considera la locura de la predicación él vencerá al mundo, y las naciones serán traídas, y habrá reconciliación de Dios con los hombres, y tan grandes bendiciones vendrán sobre nosotros! ¿Cómo entonces lo hemos sabido? A nosotros, dice, Dios nos las ha revelado por su Espíritu; no por la sabiduría que es externa; porque a esta, como a una sierva deshonrada, no se le ha permitido entrar, y agacharse y mirar dentro (Jn 20,5) los misterios pertenecientes al Señor. ¿Ves cuán grande es la diferencia entre esta sabiduría y aquella? Las cosas que los ángeles no sabían, estas son las que ella nos ha enseñado; pero la que está afuera, ha hecho lo contrario. No sólo ha fallado en instruir, sino que ha obstaculizado y obstruido, y después del evento trató de oscurecer sus acciones, anulando el efecto de la cruz. Entonces, no sólo por el hecho de que recibimos el conocimiento, él describe el honor que se nos concedió, ni por el hecho de que lo recibimos con los ángeles, sino, lo que es más, por su Espíritu transmitiéndonoslo.
VIII
El Espíritu conoce los secretos de Dios, porque todo lo escudriña, incluso lo profundo de Dios
La palabra escudriñar no indica aquí ignorancia, sino conocimiento preciso. Es el mismo modo de hablar que usó incluso para Dios, al decir "el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu" (Rm 8,27). Habiendo hablado entonces con exactitud acerca del conocimiento del Espíritu, y habiendo señalado que es tan plenamente igual al conocimiento de Dios, como el conocimiento del hombre mismo a sí mismo; y también, que hemos aprendido todas las cosas de él y necesariamente de él.
IX
Nosotros no hablamos con palabras de la sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu Santo, comparando lo espiritual con lo espiritual
¿Ven hasta qué punto nos exaltó Pablo, por la dignidad del Maestro? Sí, y somos más sabios que los hombres, como se ve en la diferencia entre Platón y el Espíritu Santo. Ellos tienen como maestros a un retórico de turno, y nosotros al Espíritu Santo. Alguno dirá: ¿Por qué comparas lo espiritual con lo material? Y yo le respondo: Porque cuando algo espiritual es de significado dudoso, aducimos testimonios de lo material. Por ejemplo, yo digo que Cristo resucitó, y aduzco testimonios, tipos y demostraciones materiales, al igual que hago en el caso de la morada de Jonás en la ballena o el nacimiento de las estériles Sara, Rebeca y las demás, o el brotar de los árboles que tuvo lugar en el paraíso (Gn 2,5), cuando no se habían sembrado semillas, ni llovido lluvias, ni se había trazado surco alguno. Además, las cosas venideras fueron modeladas y figuradas, como en sombras, por las cosas anteriores, para que estas que ahora son pudieran ser creídas cuando llegaran. Y de nuevo mostramos cómo el hombre surgió de la tierra, y cómo la mujer, sólo del hombre; y esto sin ninguna relación; cómo la tierra misma de la nada, siendo el poder del gran Artífice suficiente en todas partes para todas las cosas. Así, comparo lo espiritual con lo espiritual, y en ningún caso necesito la sabiduría externa, ni sus razonamientos ni sus adornos. Pues tales personas solo agitan el entendimiento débil y lo confunden; no son capaces de demostrar claramente nada de lo que afirman, sino que incluso tienen el efecto contrario. Más bien perturban la mente y la llenan de oscuridad y mucha perplejidad. ¿Ves lo superfluo que lo muestra? Y no sólo superfluo, sino incluso hostil y perjudicial: pues esto significa con las expresiones: para que la cruz de Cristo no quede en nada, y para que nuestra fe no se sustente en la sabiduría de los hombres. Y señala aquí que es imposible que quienes confían todo en ella aprendan algo útil:
X
El hombre natural no percibe las cosas del Espíritu
Es necesario, por tanto, dejar de entrada, y a un lado, lo material. Alguno dirá: Si el hombre natural es obra de Dios, ¿por qué se estigmatiza aquí? Y yo le respondo: Pablo no está hablando aquí de hombre natural tal cual, sino de su sabiduría natural. Ese tal me dirá: Entonces, ¿estigmatizáis la sabiduría humana? Y yo le respondo: Pablo está hablando aquí de la invención humana, y de la elegancia superflua de palabras. Es más, ni siquiera se refiere Pablo al entendimiento humano, sino a la investigación humana. Porque traes un mal nombre sobre él, quien hace un mal uso de él; quien para perjuicio y frustración de Dios exige de él cosas que de hecho nunca tuvo. Desde entonces te jactas de ello y luchas con Dios, él ha expuesto su debilidad. Porque la fuerza del cuerpo también es una cosa excelente, pero cuando Caín no la usó como debía, Dios lo incapacitó y lo hizo temblar (Gn 4,12-14). suspirando y temblando, fugitivo y vagabundo. Él vino también es una buena cosa; Pero como los judíos se entregaban a él inmoderadamente, Dios prohibió por completo a los sacerdotes el uso del fruto. Y como tú también has abusado de la sabiduría hasta rechazar a Dios, y le has exigido más de lo que puede con sus propias fuerzas, para apartarte de la esperanza humana, él te ha mostrado su debilidad. Pues es un hombre natural quien atribuye todo a razonamientos de la mente y no considera que necesita ayuda de arriba; lo cual es una señal de absoluta insensatez. Pues Dios lo concedió para que aprendiera y recibiera ayuda de él, no para que se considerara suficiente. Pues los ojos son hermosos y útiles, pero si eligen ver sin luz, su belleza no les aprovecha en nada; ni siquiera su fuerza natural, sino que incluso les hace daño. Así que, si lo observas, cualquier alma, si elige ver sin el Espíritu, se convierte incluso en un impedimento para sí misma. ¿Cómo, entonces, antes de esto, se dirá, veía ella todas las cosas por sí misma? Nunca en ningún momento vio esto por sí misma sin tener la creación como un libro expuesto a su vista. Pero cuando los hombres, habiendo dejado de andar por el camino que Dios les ordenó, y de conocer al gran Artífice por la belleza de los objetos visibles, confiaron a las disputas la guía del conocimiento; se debilitaron y se hundieron en un mar de impiedad; pues pronto introdujeron lo que era el abismo de todo mal, afirmando que nada se produjo de cosas que no eran, sino de materia increada; y de esta fuente se convirtieron en los padres de diez mil herejías. Además, en sus absurdos extremos coincidían; pero en aquellas cosas en las que parecían soñar algo saludable, aunque fuera sólo como en sombras, se peleaban entre sí; para que ambos bandos se burlaran. Pues que de las cosas que no son nada se produce, casi todos con un solo acuerdo han afirmado y escrito; y esto con gran celo. En estos absurdos, entonces, fueron incitados por el diablo. Pero en sus dichos provechosos, en los que parecían, aunque fuera solo oscuramente, encontrar algo de lo que buscaban, en estos se declararon en guerra entre sí: por ejemplo, que el alma es inmortal; que la virtud no necesita nada externo; y que ser bueno o lo contrario no es por necesidad ni por destino.
XI
¿Ven la astucia del diablo? Sobre todo cuando ve a hombres hablando algo corrupto, y consigue que todos estén de acuerdo; cuando alguno dice algo sano y levanta al resto contra él, de modo que no falten las absurdidades, y éstas sean confirmadas por el consenso general, y las partes provechosas se desvanezcan y sean entendidas de diversas maneras. Observen también cómo, en todos los aspectos, el alma está desquiciada y no se basta a sí misma. Y esto sucedió como era de esperar. Porque si, siendo como es, aspira a no necesitar nada y se aparta de Dios; supongamos que no cayera en esa condición, ¿y en qué extrema locura no se habría hundido insensiblemente? Si, dotada de un cuerpo mortal, esperaba mayores cosas de la falsa promesa del diablo (cuando dijo "seréis como dioses"; Gn 3,4), ¿hasta qué punto no se habría desechado a sí misma, si hubiera recibido también su cuerpo, desde el principio, inmortal? Pues, incluso después de eso, ella afirmó ser ingénita y de la esencia de Dios, a través de la boca corrupta de los maniqueos, y fue esta intemperacia la que dio lugar a su invención de los dioses griegos. Por esta razón, según me parece, Dios hizo la virtud laboriosa, con el fin de doblegar el alma y llevarla a la moderación. Y para que te convenzas de que esto es cierto (en la medida en que nadie pueda conjeturar algo grande a partir de nimiedades), aprendámoslo de los israelitas. Ellos, es bien sabido, cuando no llevaron una vida de trabajo sino que se entregaron a la relajación, al no poder soportar la prosperidad, cayeron en la impiedad. ¿Qué hizo Dios entonces al respecto? Les impuso una multitud de leyes con el fin de restringir su libertinaje. Y para convencerte de que estas leyes no contribuyen a ninguna virtud, sino que se les dieron como una especie de freno, brindándoles una ocasión de trabajo perpetuo; escucha lo que dice el profeta sobre ellos: "Les di estatutos que no eran buenos" (Ez 14,1-3). ¿Qué significa "no bueno"? Aquellas que no contribuyeron mucho a la virtud. Por lo tanto, añade "y ordenanzas por las cuales no vivirán". Pero el hombre natural "no percibe las cosas que son del Espíritu", porque así como con estos ojos nadie podría aprender las cosas del cielo, así tampoco el alma sin la ayuda del Espíritu. ¿Y por qué hablo de las cosas del cielo? No recibe ni siquiera las de la tierra, todas ellas. Pues al contemplar de lejos una torre cuadrada, creemos que es redonda; pero tal opinión es mero engaño de los ojos: así también podemos estar seguros de que, cuando un hombre examina las cosas que están a lo lejos sólo con su entendimiento, se producirá mucho ridículo. Porque no sólo no las verá tal como son, sino que incluso las considerará lo contrario de lo que son, porque "son locura para él". Pero esto no proviene de la naturaleza de las cosas, sino de su debilidad, incapaz como es de alcanzar su grandeza a través de los ojos de su alma.
XII
El que es espiritual juzga todas las cosas, y él mismo no es juzgado por nadie
Continuando con los contrastes, expone aquí Pablo la causa de los juicios que se hacen sobre los asuntos espirituales, diciendo que "no sabe" porque se disciernen como se disciernen. Es decir, viene a decir que las cosas afirmadas requieren fe, y comprenderlas mediante razonamientos no es posible, pues su magnitud excede con creces la mezquindad de nuestro entendimiento. Por lo tanto, dice: "Pues quien tiene vista, contempla todo lo que pertenece al hombre invidente; pero ninguna persona ciega discierne lo que hace el otro". Así también en el caso que nos ocupa, conocemos nuestros propios asuntos y los de los incrédulos; pero los nuestros, ellos ya no los conocen. Sabemos cuál es la naturaleza de las cosas presentes, cuál es la dignidad de las cosas futuras; y qué será del mundo algún día cuando este estado de cosas desaparezca, y qué sufrirán los pecadores y disfrutarán los justos. Y que las cosas presentes no valen nada, ambos lo sabemos, y su insignificancia la exponemos, pues discernir también es exponer. Y que las cosas venideras son inmortales e inamovibles. Todas estas cosas son conocidas por el hombre espiritual; y lo que el hombre natural sufrirá cuando parta a ese mundo; y lo que el fiel disfrutará cuando haya cumplido su viaje desde este: nada de esto es conocido por el hombre natural.
XIII
¿Quién ha conocido la mente del Señor, para que pueda instruirlo? Nosotros tenemos la mente de Cristo
Para empezar, viene a decir Pablo que todas las cosas están contenidas en la mente de Cristo, las que él ha revelado y las que no. Dado que "el Espíritu las ha revelado" (como reconoce en otra parte el apóstol), y para que nadie menospreciara al Hijo, añade Pablo que Cristo también revela muchas otras cosas, pero sólo a los cristianos. Esto no quiere decir que el cristiano sepa todo lo que Cristo sabe, sino que todo lo que conocemos no es humano, de modo que pueda ser sospechoso, sino de su mente y espiritualidad. Porque la mente que tenemos acerca de estas cosas la tenemos de Cristo. Es más, el conocimiento que tenemos acerca de las cosas de la fe es espiritual; de modo que con razón no somos juzgados por nadie. Porque no es posible que un hombre natural conozca las cosas divinas. Con esto da a entender que nuestra propia mente, la que tenemos acerca de estas cosas, es la mente de Cristo. Y esto, para poder instruirlo, no ha añadido sin razón, sino con referencia a lo que acababa de decir ("nadie discierne al hombre espiritual"). Porque si nadie es capaz de conocer la mente de Dios, mucho menos puede enseñarla y corregirla. Porque este es el significado de "para que pueda instruirlo". ¿Ves cómo rechaza por todos lados la sabiduría externa y demuestra que el hombre espiritual sabe más y más? Al ver que esas razones ("para que nadie se gloríe", y "por esta causa ha elegido lo necio, para confundir a los sabios", y "para que la cruz de Cristo no sea vana") no parecían a los incrédulos muy dignas de crédito, ni atractivas, necesarias ni útiles, termina por exponer la razón principal; porque así vemos más fácilmente de quién podemos obtener los medios para aprender incluso cosas elevadas, secretas y superiores a nosotros. Pues la razón quedó completamente anulada por nuestra incapacidad de comprender mediante la sabiduría gentil las cosas superiores a nosotros. También puedes observar que fue más provechoso aprender así del Espíritu. Pues es la enseñanza más fácil y clara de todas. Pero tenemos la mente de Cristo. Es decir, espiritual, divina y aquella que no tiene nada de humano. Porque no es de Platón ni de Pitágoras, sino de Cristo mismo, poniendo sus propias cosas en nuestra mente. Esto, pues, si no hay otra cosa, reverenciémoslo, oh amados, y hagamos que nuestra vida brille como la más excelente, ya que él también hace de esto una prueba segura de gran amistad, a saber: el revelarnos sus secretos, sobre todo cuando dice: "Ya no os llamaré siervos, porque todos vosotros sois mis amigos, porque todas las cosas que he oído de mi Padre, os las he dicho" (Jn 15,15). Ahora bien, si esto por sí mismo es una prueba de amistad, es decir, tener confianza: cuando parece que él no sólo nos ha confiado los misterios transmitidos por palabras, sino que también nos ha impartido los mismos transmitidos por obras, considere cuán vasto es el amor del cual esto es el fruto. Esto, si no otra cosa, reverenciémoslo; aunque no haremos una cuenta tan grande del infierno, sin embargo, que sea más temible que el infierno ser ingratos e ingratos con tal amigo y benefactor. Y no como sirvientes contratados, sino como hijos y hombres libres, hagamos todas las cosas por amor a nuestro Padre; Y dejemos por fin de aferrarnos al mundo para avergonzar también a los griegos. Pues incluso ahora, deseando oponerme a ellos, me resisto, no sea que, al superarlos con argumentos y la verdad de nuestras enseñanzas, nos atraigamos mucha burla al compararnos con nuestra forma de vida; ya que ellos, aferrados al error y sin tal convicción, se aferran a la filosofía, pero nosotros hacemos justo lo contrario. Sin embargo, lo diré: porque puede ser que, al practicar cómo luchar contra ellos, anhelemos, como rivales, superarlos también en nuestro modo de vida.
XIV
Decía hace poco Pablo que a los apóstoles no se les habría ocurrido predicar lo que predicaron si no hubieran gozado de la gracia divina, y que lejos de tener éxito, ni siquiera lo habrían ideado. Pues bien, hoy profundizaré en este tema durante mi discurso, y demostré que la predicación era algo impensable cuando ellos fueron elegidos, y que nunca surgió en su pensamiento cuando Cristo los tuvo alineados. Vosotros sabéis bien que nada es tan fuerte entre los hombres como la tiranía de las antiguas costumbres. Por ello, aunque los apóstoles no hubieran sido sólo doce, ni tan despreciables, sino que hubiesen sido tan poderosos como todos los gobernantes juntos del mundo, y con un número equivalente de su lado, el resultado que obtuvieron hubiera sido difícil de lograr. ¿Por qué? Porque la otra parte tenía la costumbre de su lado, y para ellos su novedad era un obstáculo. Pues nada perturba tanto la mente, aunque se haga con algún propósito beneficioso, como innovar e introducir cosas extrañas, y sobre todo cuando esto se hace en asuntos relacionados con el culto divino y la gloria de Dios. Y la gran fuerza que hay en esta circunstancia la explicaré ahora; primero, tras haber hecho la siguiente declaración, se añadió también otra dificultad con respecto a los judíos. En el caso de los griegos, éstos destruyeron por completo tanto sus dioses como sus doctrinas. Es más, no disputaron con los judíos, sino que abolieron muchas de sus doctrinas, mientras que al Dios que las había promulgado les ordenaron adorar. Y afirmando que los hombres deben honrar a Moisés, dijeron: No obedezcan todos los aspectos su ley, como la observancia del sábado, o la observancia de la circuncisión, o la ofrenda de sacrificios, o cualquier otra cosa similar. De modo que no sólo era un impedimento la costumbre, sino también el hecho de que, cuando ordenaban a los hombres adorar a Dios, les ordenaban quebrantar muchas de sus leyes.
XV
En el caso de los griegos, la tiranía de la costumbre era grande. Si hubiera sido una costumbre de tan solo 10 años, no digo de tanto tiempo, y si hubiera preocupado a sólo unos pocos hombres, no digo a todo el mundo, cuando estas personas se acercaron; incluso en este caso, la revolución habría sido difícil de lograr. Pero ahora, sofistas, oradores, padres, abuelos y muchos más antiguos que todos estos, habían estado preocupados por el error (la tierra misma, el mar, las montañas y los bosques, y todas las naciones bárbaras, y todas las tribus griegas, y sabios e ignorantes, gobernantes y súbditos, mujeres y hombres, jóvenes y viejos, amos y esclavos, artesanos y agricultores, habitantes de las ciudades y del campo; todos ellos). Y aquellos que fueran instruidos dirían naturalmente: ¿Qué es esto? ¿Acaso todos los habitantes del mundo han sido engañados? Sofistas y oradores, filósofos e historiadores, la generación actual y la anterior, pitagóricos, platónicos, generales, cónsules, reyes, quienes en todas las ciudades desde el principio fueron ciudadanos y colonos, tanto bárbaros como griegos. Y ¿son los doce pescadores, fabricantes de tiendas y publicanos más sabios que todos ellos? ¿Quién podría soportar semejante afirmación? Sin embargo, no lo dijeron así, ni lo pensaron, sino que lo soportaron y reconocieron que eran más sabios que todos. Por lo tanto, vencieron incluso a todos. Y la costumbre no fue impedimento para esto, aunque se la consideró invencible cuando alcanzó su máximo auge con el paso del tiempo. Y para que sepáis cuán grande es la fuerza de la costumbre, a menudo ha prevalecido sobre los mandatos de Dios. ¿Y por qué digo mandatos? Incluso sobre las mismas bendiciones. Así, los judíos, cuando tenían maná, necesitaban ajo; disfrutando de la libertad, recordaban su esclavitud; y añoraban continuamente Egipto, porque estaban acostumbrados a él. La costumbre es algo tan tiránico. Si desean saberlo también de los paganos, se dice que Platón, aunque consciente de que todo lo relacionado con los dioses era una especie de impostura, se avino a las fiestas y demás, por ser incapaz de lidiar con la costumbre; y como si, de hecho, lo hubiera aprendido de su maestro. Pues él también, sospechoso de tal innovación, estuvo tan lejos de lograr lo que deseaba que incluso perdió la vida; y esto, además, después de defenderse. Y ¿cuántos hombres vemos ahora, por prejuicios, aferrados a la idolatría, sin nada plausible que decir, cuando se les acusa de ser griegos, pero alegan a los padres, abuelos y bisabuelos? Sin otra razón, algunos paganos llamaban a la costumbre una segunda naturaleza. Pero cuando las doctrinas son el objeto de la costumbre, esta se arraiga aún más profundamente. Pues un hombre cambiaría todo con mayor facilidad que las cosas pertenecientes a la religión. El sentimiento de vergüenza, además, unido a la costumbre, era suficiente para levantar un obstáculo; Y la aparente adquisición de una nueva lección en la vejez extrema, y la de quienes no eran tan inteligentes. Y ¿por qué sorprenderse de que esto ocurra con el alma, si incluso en el cuerpo la costumbre tiene gran fuerza?
XVI
En el caso de los apóstoles, sin embargo, existía otro obstáculo, aún más poderoso que en el caso de los griegos. ¿Qué obstáculo? Éste mismo: que no se trataba simplemente de cambiar una costumbre tan antigua y primitiva, sino también asumir peligros bajo los cuales se efectuaba el cambio. Pues no estaban simplemente llevando a la gente de una costumbre a otra, sino de una costumbre que no inspiraba temor a una empresa que presentaba amenazas de peligro. Pues el creyente debía incurrir inmediatamente en confiscación, persecución, exilio de su país; debía sufrir los peores males, ser odiado por todos, ser un enemigo común tanto de su propia gente como de los extranjeros. De modo que incluso si hubieran invitado a la gente a una costumbre por novedad, incluso en este caso habría sido un asunto difícil. Pero cuando se trataba de una costumbre a una innovación, y con todos estos terrores además, ¡consideren cuán grande era el obstáculo! Y además, se añadió otra cosa, no menos que las mencionadas, para dificultar el cambio. Porque además de la costumbre y los peligros, estos preceptos eran más gravosos, y aquellos de los que se apartaban eran fáciles y ligeros. Porque su llamada era de la fornicación a la castidad; del amor a la vida a diversas clases de muerte; de la embriaguez al ayuno; de la risa al llanto y la compunción; de la codicia a la indigencia absoluta; de la seguridad a los peligros; y en todo momento exigían la más estricta circunspección, como cuando dice: "La inmundicia, y las palabras necias, y las bromas, no dejen que salgan de su boca" (Ef 5,4). Y estas cosas dijeron a quienes no sabían nada más que cómo emborracharse y servir a sus vientres; que celebraban fiestas compuestas de nada más que inmundicia, risas y toda clase de juergas. De modo que las doctrinas no sólo eran pesadas por el asunto relacionado con la severidad de la vida, sino también por ser dichas a hombres que habían sido criados en una comodidad descuidada, en la inmundicia, en conversaciones necias, en risas y juergas. Porque ¿quién de los que habían vivido en estas cosas, cuando oyó "si alguno no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí" (Mt 10,38), y "no vine a traer paz, sino espada" (Mt 10,34), y "a poner al hombre en desacuerdo con su padre, y a la hija en desacuerdo con su madre", no se habría sentido helado por todas partes? ¿Y quién, al oír "si un hombre no se despide de su hogar, su país y sus posesiones, no es digno de mí", no habría dudado ni se habría negado? Sin embargo, hubo hombres que no solo no sintieron frío ni se acobardaron al oír estas cosas, sino que corrieron a su encuentro y se lanzaron a las dificultades, y se aferraron con entusiasmo a los preceptos prescritos. Además, se les dijo: "Por cada palabra ociosa daremos cuenta" (Mt 12,36), y: "Quien mira a una mujer para codiciarla, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón" (Mt 5,28), y: "Quien se enoja sin causa caerá en el infierno" (Mt 12,37). ¿A cuál de los hombres de aquella época no le habrían asustado estas cosas? Y aun así, todos acudieron corriendo, y muchos incluso traspasaron los límites del camino. ¿Cuál era entonces su atractivo? ¿No era, evidentemente, el poder de Aquel que era predicado? Pues supongamos que el caso no fuera como es, sino justo lo contrario, que este lado fuera el otro, y el otro este; ¿habría sido fácil, permítame preguntar, retener y arrastrar a quienes se resistieron? No podemos decirlo. De modo que, en todos los sentidos, se demuestra que ese poder divino obró con tanta excelencia. De lo contrario, ¿cómo, dígame, prevalecieron con los frívolos y disolutos, instándolos a un camino de vida severo y rudo?
XVII
Tal era la naturaleza de los preceptos, mas veamos ahora si tal doctrina era atractiva, pues de ser así habría suficiente para ahuyentar a los incrédulos. ¿Qué decía tal doctrina? Esto mismo: que debemos adorar al crucificado y considerarlo Dios, nacido de una mujer judía. Ahora bien, ¿quién habría sido persuadido por estas palabras, a menos que el poder divino lo hubiera indicado? Que, en efecto, había sido crucificado y sepultado, todos lo sabían; pero que había resucitado y ascendido, nadie, salvo los apóstoles, lo había visto. Pero, dirás, los excitaron con promesas y los engañaron con palabras vacías. No, este mismo tema muestra particularmente (incluso al margen de todo lo que se ha dicho) que nuestras doctrinas no son engañosas. Porque todas sus dificultades tuvieron lugar aquí, pero sus consuelos debían prometerse después de la resurrección. Esto mismo, pues, porque lo repito, muestra que nuestro Evangelio es divino. Porque ¿por qué ninguno de los creyentes dijo que no creía eso ni lo soportaba? Me amenazas con dificultades aquí, y las cosas buenas que prometes después de la resurrección. ¿Cómo es que está claro que habrá una resurrección? ¿Cuál de los difuntos ha regresado? ¿Cuál de los que descansan ha resucitado? ¿Cuál de estos ha dicho qué será después de nuestra partida de aquí? Pero ninguna de estas cosas entró en sus mentes; más bien, dieron sus vidas por el Crucificado. De modo que este simple hecho fue más que nada una prueba de gran poder; Primero, su convicción inmediata, al tocar asuntos tan importantes, en personas que nunca antes habían oído hablar de algo así; segundo, que los persuadieron a aceptar las dificultades como prueba y a considerar las bendiciones como esperanza. Ahora bien, si hubieran sido engañadores, habrían hecho lo contrario: habrían prometido sus bienes como si fueran de este mundo (Jn 18,36); no habrían mencionado las cosas terribles, ya fueran relacionadas con la vida presente o con la futura. Porque así actúan los engañadores y aduladores. No ofrecen nada duro, ni irritante, ni oneroso, sino todo lo contrario. Porque esta es la naturaleza del engaño.
XVIII
Alguno dirá que fue la insensatez lo que les hizo creer, a los conversos, lo que se les decía. Y yo le respondo: Demuéstralo, sobre todo porque los griegos no eran insensatos, y cuando se unieron a nosotros, ¿dejaron de serlo? Los conversos no eran hombres de otra clase ni de otro mundo, como los que los apóstoles acogieron y persuadieron. Eran hombres que simplemente sostenían las opiniones de los griegos, y recibieron las nuestras con la compañía de peligros. De modo que si con mejor razón hubieran mantenido las primeras, no se habrían desviado de ellas, ahora que llevaban tanto tiempo educados en ellas; y sobre todo porque no era posible desviarse sin peligro. Pero cuando llegaron a saber, por la naturaleza misma de las cosas, que todo en ese lado era burla y engaño, entonces, incluso bajo amenazas de diversas muertes, se apartaron de sus caminos habituales y se pasaron voluntariamente a lo nuevo; en cuanto que esta última doctrina era conforme a la naturaleza, pero la otra contraria a la naturaleza. Pero se dice que las personas convencidas eran esclavos, mujeres, enfermeras, parteras y eunucos. En primer lugar, nuestra Iglesia no se compone sólo de estos; y esto es evidente para todos. Pero sea de estos; esto es lo que hace especialmente digno de admiración al evangelio: que doctrinas que Platón y sus seguidores no pudieron comprender, los pescadores tuvieron el poder de persuadir repentinamente a los más ignorantes para que las aceptaran. Porque si solo hubieran persuadido a los sabios, el resultado no habría sido tan maravilloso; pero al promover a esclavos, enfermeras y eunucos a una vida tan severa que los convirtió en rivales de los ángeles, ofrecieron la mayor prueba de su inspiración divina. Además; Si hubieran ordenado no sé qué asuntos insignificantes, tal vez sería razonable presentar la convicción obrada en estas personas, para mostrar la naturaleza insignificante de las cosas que se dijeron; pero si cosas grandes, elevadas y casi que trascienden la naturaleza humana y requieren pensamientos elevados, fueron el tema de sus lecciones de sabiduría, cuanto más necedad muestres en aquellos que fueron convencidos, tanto más claramente mostrarás que quienes obraron la convicción eran sabios y estaban llenos de gracia divina. Pero, dirás, los convencieron por la excesiva grandeza de las promesas. Dime, ¿no te asombra cómo persuadieron a los hombres a esperar premios y recompensas después de la muerte? Porque esto, si no hubiera nada más, me asombra. Pero también esto, se dirá, fue producto de la locura. Infórmame dónde está la locura de estas cosas: que el alma es inmortal; que un tribunal imparcial nos recibirá después de esta vida; que rendiremos cuentas de nuestras acciones, palabras y pensamientos a Dios, que conoce todos los secretos; que veremos a los malvados sufrir castigo y a los buenos coronados. No, estas cosas no son locura, sino la más alta instrucción de la sabiduría. La locura reside en las opiniones contrarias a éstas.
XIX
Si esto fuera lo único, ahora pregunto yo: El menosprecio de lo presente, el aferrarse a la virtud, el no buscar recompensas aquí, el ir más allá con esperanzas, el mantener el alma tan atenta y fiel que ningún terror presente la detenga en la esperanza de lo futuro, ¿a qué elevada filosofía pertenece esto? ¿Acaso querrías aprender también la fuerza de las promesas y predicciones en sí mismas, y la verdad de las pronunciadas tanto antes como después de este estado de cosas? ¡Mira, te muestro una cadena de oro, hábilmente tejida desde el principio! Les habló algunas cosas sobre sí mismo, sobre las iglesias y sobre lo venidero; y mientras hablaba, obró obras poderosas. Por lo tanto, por el cumplimiento de lo que dijo, es evidente que tanto las maravillas obradas fueron reales, como también lo fueron las cosas futuras y prometidas. Pero para que mi significado sea aún más claro, permítanme ilustrarlo con el caso real. Él resucitó a Lázaro con una sola palabra meramente, y lo mostró vivo. Nuevamente, él dijo: "Las puertas del hades no prevalecerán contra la Iglesia" (Mt 16,18), y: "El que abandona a padre o madre, recibirá cien veces más en esta vida, y heredará la vida eterna" (Mt 19,29). El milagro entonces es uno, la resurrección de Lázaro; pero las predicciones son dos; hechas evidentes, una aquí, la otra en el mundo venidero. Consideren ahora, cómo todas son probadas una por otra. Porque si un hombre no cree en la resurrección de Lázaro, de la profecía pronunciada acerca de la Iglesia, que aprenda a creer en el milagro. Porque la palabra hablada tantos años antes, se cumplió entonces, y se cumplió: porque las puertas del Hades no prevalecieron contra la Iglesia. Como ven, es evidente que Aquel que pronunció la verdad en la profecía también obró el milagro; y Aquel que realizó el milagro y cumplió las palabras que pronunció, es evidente que también dice la verdad en las predicciones de lo venidero, cuando dice: "Quien menosprecie lo presente recibirá cien veces más y heredará la vida eterna". Porque lo que ya se ha hecho y dicho, lo ha dado como garantía infalible de lo que sucederá en el futuro. De todas estas cosas, y otras similares, recopiladas de los evangelios, digámosles, para que así callen. Pero si alguien pregunta: ¿Por qué, entonces, no se extinguió completamente el error? Ésta puede ser nuestra respuesta: Ustedes mismos tienen la culpa, quienes se rebelan contra su propia salvación. Porque Dios ha ordenado este asunto de tal manera que no debe quedar ni un vestigio de la antigua impiedad.
XX
Para repasar brevemente lo dicho, ¿cuál es el curso natural de las cosas? ¿Que los débiles sean vencidos por los fuertes, o lo contrario? ¿Los que hablan con facilidad o con dureza? ¿Los que atraen a los hombres con peligros o con seguridad? ¿Los innovadores o los que consolidan las costumbres? ¿Los que conducen por un camino áspero o por uno fácil? ¿Los que apartan a los hombres de las instituciones de sus padres o los que no imponen leyes extrañas? ¿Los que prometen todo lo bueno después de nuestra partida de este mundo o los que adulan en la vida presente? ¿Los pocos para vencer a la mayoría, o la mayoría a los pocos? Pero ustedes también, dice uno, dieron promesas pertenecientes a esta vida. ¿Qué, entonces, hemos prometido en esta vida? El perdón de los pecados y el lavacro de la regeneración. Ahora bien, en primer lugar, el bautismo en sí mismo tiene su parte principal en las cosas por venir; y Pablo exclama, diciendo: "Porque moristeis, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios: cuando vuestra vida se manifieste, entonces también seréis manifestados con él en gloria" (Col 3,4). Pero si en esta vida también tiene ventajas, como de hecho las tiene, esto también es más que todo un asunto de gran asombro, que tuvieran poder para persuadir a hombres que habían cometido innumerables malas acciones, sí, como ningún otro las había hecho, que se limpiaran de todo, y no dieran cuenta de ninguna de sus ofensas. Así que por esta misma razón era más que nada digno de asombro que persuadieran a los bárbaros a abrazar una fe como esta, y a tener buenas esperanzas con respecto a las cosas por venir; y habiéndose despojado de la antigua carga de sus pecados, para dedicarse con el mayor celo por el tiempo venidero a aquellos trabajos que la virtud requiere, y no a aferrarse a ningún objeto de los sentidos, sino alzándose a una altura sobre todas las cosas corporales, para recibir dones puramente espirituales: sí, que el persa, el sármata, el moro y el indio deberían familiarizarse con la purificación del alma, y el poder de Dios, y su inefable misericordia para con los hombres, y la severa disciplina de la fe, y la visitación del Espíritu Santo, y la resurrección de los cuerpos, y las doctrinas de la vida eterna. Porque en todas estas cosas, y en todo lo que es más que esto, los pescadores, iniciando por el bautismo a varias razas de bárbaros, los persuadieron a vivir en principios elevados. De todas estas cosas, pues, habiéndolas observado con precisión, hablemos a los gentiles y, de nuevo, mostrémosles la evidencia de nuestras vidas: para que por ambos medios seamos salvos y ellos, por nuestro medio, sean atraídos a la gloria de Dios.
HOMILÍA 8
I
Hermanos, no pude hablaros como a espirituales sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di de comer leche y no carne, porque aún no podíais soportarla. Es más, ni siquiera ahora sois capaces, pues aún sois carnales
Tras haber derribado la filosofía externa y toda su arrogancia, pasa ahora Pablo a otro argumento, dirigiéndose de nuevo a los corintios. Es probable que muchos corintios le dijeran: Si expusiéramos las opiniones de Platón, Pitágoras o cualquier otro filósofo, ¿con razón extenderían un discurso tan largo contra nosotros?, mas si anunciamos las cosas del Espíritu, ¿por qué dan vueltas y desbaratan la sabiduría externa? Escuchen, entonces, cómo se opone Pablo a esto: "Yo, hermanos, no podía hablarles como a espirituales". Por eso, en primer lugar, les dice Pablo que, aunque hubieran sido perfectos en lo espiritual, ni siquiera así deberían estar entusiasmados; pues lo que predican no es suyo, ni lo que vosotros mismos habéis encontrado por sus propios medios. Pero ahora incluso estas cosas no las conocen como deberían, sino que son aprendices, los últimos de todos. Si, por lo tanto, la sabiduría gentil es motivo de sus altas imaginaciones; eso ha demostrado ser nada, es más, en lo espiritual, incluso contrario a nosotros; o si es debido a lo espiritual, en esto también se quedan cortos y se encuentran entre los últimos. Por lo tanto, dice "no podía hablarles como a espirituales". No dijo "no hablé", para que no pareciera que provenía de su resentimiento; sino que de dos maneras deprime su altivez: primero, porque desconocían las cosas que son perfectas; En segundo lugar, porque su ignorancia se debía a ellos mismos. En una tercera forma, además de estas, señala que ni siquiera ahora son capaces de soportarlo. En cuanto a su falta de capacidad inicial, quizá se debiera a la naturaleza del caso. De hecho, no les deja ni siquiera esta excusa. Pues no dice que no las recibieron por incapacidad de su parte para recibir las doctrinas elevadas, sino por ser carnales. Sin embargo, al principio esto no era tan censurable; pero que después de tanto tiempo aún no hubieran alcanzado el conocimiento más perfecto era síntoma de un embotamiento absoluto. Cabe observar que presenta la misma acusación contra los hebreos, aunque no con tanta vehemencia. Pues aquellos, dice, lo son en parte debido a la tribulación; pero estos, debido a cierto apetito por la maldad. Ahora bien, las dos cosas no son lo mismo. Implica también que en un caso pretendía reprenderlos, y en el otro, más bien incitarlos, al pronunciar estas palabras de verdad. Pues a estos corintios les dice: "Todavía no sois capaces". Por tanto, "dejemos de hablar de los primeros principios de Cristo y avancemos hacia la perfección" (Hb 6,1), pues "estamos persuadidos de cosas mejores acerca de vosotros, y de cosas que pertenecen a la salvación, aunque hablemos así" (Hb 5,9).
II
¿Por qué llama Pablo carnales a aquellos que habían alcanzado una medida tan grande del Espíritu, y en cuyas alabanzas él había entrado tan ampliamente? Por esto mismo: por ser carnales en el sentido del que habla el Señor, cuando dice: "Apartaos de mí, hacedores de iniquidad, no os conozco" (Mt 7,22-23), y eso que habían expulsado demonios, resucitado muertos y pronunciado profecías. Por ello, es totalmente posible que alguien que obró milagros sea carnal. Así obró Dios por medio de Balaam, y al faraón le reveló lo que vendría, y a Nabucodonosor; y Caifás profetizó sin saber lo que decía. Sí, y algunos otros expulsaron demonios en su nombre, aunque no estaban con él (Lc 9,49), ya que estas cosas no se hacen por causa de los hacedores, sino por causa de otros, y no es raro que aquellos que eran positivamente indignos hayan sido utilizados como instrumentos para ellas. ¿Por qué sorprenderse, pues, si en el caso de hombres indignos, estas cosas se hacen por el bien de otros, siendo así incluso cuando son obradas por santos? Porque Pablo dice: "Todo es vuestro, sea Pablo, sea Apolo, sea Cefas, sea la vida, sea la muerte" (1Cor 3,22), y: "Él dio a unos apóstoles, a otros profetas, a otros pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, para la obra del ministerio" (Ef 4,11-12). Porque si no fuera así, no habría habido seguridad contra la corrupción universal. Porque puede ser que los gobernantes sean malvados y contaminados, y sus súbditos buenos y virtuosos; que los laicos vivan en la piedad, y los sacerdotes en la maldad; y no podría haber habido ni bautismo, ni el cuerpo de Cristo, ni oblación, por medio de tales, si en cada caso la gracia requiriera mérito. Pero, tal como son las cosas, Dios suele obrar incluso a través de personas indignas, y la gracia del bautismo no se ve perjudicada en ningún sentido por la conducta del sacerdote; de lo contrario, el que lo recibe sufriría una pérdida. Por consiguiente, aunque estas cosas ocurren raramente, aun así, hay que reconocerlo, ocurren. Digo esto para que ninguno de los presentes, ocupados en la vida del sacerdote, se ofenda por las cosas solemnizadas. Porque el hombre nada introduce en las cosas que están delante de nosotros, sino que todo es obra del poder de Dios, y es él quien os inicia en los misterios.
III
Para que no pareciera que decía Pablo todo esto con ambición (lo de que el hombre espiritual juzga todas las cosas, y él mismo no es juzgado por nadie, y nosotros tenemos la mente de Cristo), y con el propósito también de reprimir el orgullo de los corintios, observen lo que dice: "No por esto guardé silencio", porque no pudiera decirles más, sino porque "son carnales" y por eso "ni siquiera ahora pueden". ¿Por qué no dijo "quieres, pero no puedes"? Incluso porque puso esto último en lugar de lo primero. Pues la falta de habilidad surge de la falta de voluntad. Lo cual para ellos es, sin duda, motivo de acusación, pero para su maestro, de excusa. Pues si hubieran sido incapaces por naturaleza, quizá se les hubiera perdonado; pero como fue por elección, quedaron desprovistos de toda excusa. Luego habla también del punto particular que los hace carnales, pues "mientras hay entre ustedes contiendas, celos y división, ¿no son carnales y andan como hombres?". Aunque también tenía que mencionar sus fornicaciones e impureza, más bien señala esa ofensa que llevaba tiempo intentando corregir. Ahora bien, si los celos hacen carnales a los hombres, ya es hora de que nos lamentemos amargamente, nos vistamos de cilicio y nos refugiemos en ceniza. Pues ¿quién está limpio de esta pasión? A menos que yo mismo solo esté conjeturando el caso de otros. Si los celos hacen carnales a los hombres y no les permiten ser espirituales, aunque profeticen y manifiesten otras obras maravillosas, ahora, cuando ni siquiera hay tanta gracia con nosotros, ¿qué lugar encontraremos para nuestras propias acciones, cuando no sólo en este asunto, sino también en otros de mayor importancia, somos convictos?
IV
De esto aprendemos que Cristo tenía buenas razones para decir que "el que hace lo malo no sale a la luz" (Jn 3,20); y esa vida impura es un obstáculo para las altas doctrinas, no permitiendo que la clarividencia del entendimiento se manifieste. Así como entonces no es posible en ningún caso que una persona en error, pero viviendo rectamente, permanezca en el error; así tampoco es fácil para alguien criado en la iniquidad, elevarse rápidamente a la altura de las doctrinas entregadas a nosotros, pero debe estar limpio de todas las pasiones quien ha de buscar la verdad: porque quien se libera de estas será liberado también de su error y alcanzará la verdad. Pues no piensen, les suplico, que la simple abstinencia de la codicia o la fornicación puede bastarles para este propósito. No es así. Todos deben concurrir con aquel que busca la verdad. Por lo cual dice Pedro que "Dios no hace acepción de personas" (Hch 10,34-35). Pero en toda nación, el que le teme y obra con justicia le es aceptable (es decir, lo llama y lo atrae a la verdad). ¿No ven a Pablo, que era más vehemente que nadie en la guerra y la persecución? Sin embargo, debido a que llevó una vida irreprochable, y no hizo estas cosas por pasión humana, fue recibido y alcanzó una marca más allá de todos. Pero si alguien dijera: ¿Cómo puede un griego así, que es amable, bueno y humano, continuar en el error? Esta sería mi respuesta: Tiene alguna otra pasión, vanagloria, o indolencia mental, o falta de cuidado sobre su propia salvación, considerando que todas las cosas que le conciernen se dejan llevar libremente y al azar. Pedro llama al hombre irreprochable en todas las cosas al que obra con justicia, y Pablo dice tocante a la justicia que está en la ley, hallado irreprensible. Nuevamente, dice Pablo que "doy gracias a Dios, a quien sirvo desde mis antepasados con una conciencia limpia" (2Tm 1,3). ¿Cómo, entonces, dirás, se consideró a las personas impuras dignas del evangelio? Porque lo deseaban y anhelaban. Así, algunos, aunque en error, son atraídos por él, porque están limpios de pasiones. Los demás, al acercarse por su propia voluntad, no son rechazados. Muchos, incluso de sus antepasados, han recibido la verdadera religión.
V
He oído que hay entre vosotros celos y contiendas, y que alguno dice: "Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo". ¿No sois carnales? ¿Quién es Pablo? ¿Quién es Apolo? Yo planté, Apolo regó, pero es Dios quien ha dado el crecimiento
En este punto se prepara Pablo para luchar con aquellos corintios cuya parte era la obediencia. En lo anterior, el apóstol había estado derribando a los gobernantes de la Iglesia, donde dijo que la sabiduría del habla no vale nada. En el caso presente, aquí ataca a los que están sujetos a esta forma de pensar, y señala que esto, lejos de ayudarlos en absoluto o de hacerles adquirir algo, se había convertido incluso en un obstáculo para que se beneficiaran de cosas mayores. Pues esto fue lo que generó celos, y los celos los habían vuelto carnales; y el haberse vuelto carnales no les dejó libertad para escuchar verdades sublimes. De esta manera, tras presentar y probar sus hechos, presenta su acusación de manera más abierta. Además, se vale de su propio nombre, eliminando toda aspereza y evitando que se enfaden por lo que se dice. Pues si Pablo no es nada y no murmura, mucho menos deberían ellos considerarse maltratados. Dos maneras, como ven, tiene para apaciguarlos: primero, presentándose a sí mismo; luego, no despojándolos de todo como si no hubieran aportado nada. Más bien, les concede una pequeña porción; por pequeña que sea, la concede. Pues habiendo dicho "¿quién es Pablo?" y "¿quién es Apolo?", añade "ministros por quienes creísteis". Ahora bien, esto en sí mismo es algo grande y merecedor de grandes recompensas; aunque en cuanto al arquetipo y la raíz de todo bien, no es nada (pues no es quien ministra nuestras bendiciones, sino quien las provee y las da, ese es nuestro benefactor). Y no dijo evangelistas, sino ministros, lo cual es más. Pues no sólo habían predicado el evangelio, sino que también nos habían ministrado; uno solo con palabras, mientras que el otro también con obras. Y así, si incluso Cristo es sólo ministro de cosas buenas, y no la raíz misma ni la fuente (me refiero, por supuesto, a que es Hijo), observen a qué resultado se llega a este asunto. Cuán profundo y alto se le hace llegar). ¿Cómo entonces, se preguntarán, dice que fue hecho ministro de la circuncisión (Rm 15,8)? En ese pasaje, habla de su dispensación secreta en la carne, y no en el mismo sentido que hemos mencionado. Allí, por ministro se entiende aquel que cumple las bendiciones, y no aquel que reparte las bendiciones. Además, no dijo «aquellos que os guían a la fe», sino «aquellos por quienes creísteis»; atribuyéndose de nuevo la mayor parte a sí mismos, e indicando con esto también la clase subordinada de ministros. Ahora bien, si ministraban a otro, ¿cómo es que se apropian de la autoridad? Pero quisiera que consideréis cómo de ninguna manera les echa la culpa a ellos por apropiársela, sino a quienes se la otorgan. Pues el fundamento del error residía en la multitud; ya que, si una se hubiera apartado, la otra se habría desintegrado. He aquí dos puntos que ha previsto hábilmente: en primer lugar, los ha preparado (por ejemplo) minando en el sector donde era necesario acabar con el daño; y, en segundo lugar, de su lado, no atrayendo mala voluntad ni haciéndolos más contenciosos. Porque ni siquiera esta pequeña cosa en sí misma era de ellos, sino de Dios, quien la puso en sus manos. ¿Qué, entonces? ¿No debemos amar a quienes nos sirven. Sí, dice él, pero deberían saber hasta qué punto. Porque ni siquiera esto en sí mismo es de ellos, sino de Dios, quien lo dio. "Yo planté, Apolo regó, pero Dios ha dado el crecimiento". Es decir, primero sembré la palabra; pero, para que las semillas no se marchitaran por las tentaciones, Apolo añadió su propia parte. Pero todo era de Dios.
VI
Ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento
¿Observan cómo tranquiliza Pablo a los corintios, para que no se irriten demasiado al oír quién es esta persona o quién es la otra? Sobre todo, porque ni el que planta ni el que riega son nada. ¿Cómo, entonces, suaviza estas expresiones? Primero, al atribuir el desprecio a su propia persona (al decir "¿quién es Pablo y quién Apolo? ") y luego, al referirlo todo a Dios (quien lo dio todo). Pues después de decir "tal persona plantó", y añadir "el que planta no es nada", añadió: "Sino Dios, que da el crecimiento". Y no se detiene aquí, sino que aplica de nuevo otra cláusula sanadora en las palabras.
El que planta y el que riega son uno
Con esto establece también Pablo otro punto: que no deben exaltarse unos a otros. Su afirmación de que son uno se refiere a su incapacidad para hacer algo sin Dios, que da el crecimiento. Y con esto, no permitió que quienes trabajaron mucho se enaltecieran contra quienes habían contribuido menos; ni que estos, a su vez, envidiaran a los primeros. Además, dado que esto tendía a hacer a los hombres más indolentes, es decir, que todos fueran considerados uno, ya hayan trabajado mucho o poco; observen cómo lo corrige, diciendo: "Cada uno recibirá su propia recompensa, según su propio trabajo", que es como si dijera: No teman porque dije que son uno, pues en cuanto al trabajo no lo son, sino que cada uno recibirá su propia recompensa.
Nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios y edificio de Dios
Aquí suaviza Pablo su discurso hacia los corintios, pues ya ha logrado lo que deseaba. Suaviza lo que dice y los complace, cuando se lo permiten, con liberalidad. ¿Ves cómo también les ha asignado una tarea nada pequeña, habiendo establecido de antemano que todo es de Dios? Pues, puesto que siempre los persuade a obedecer a quienes los gobiernan, por eso se abstiene de menospreciar a sus maestros. "Tú eres labranza de Dios". Porque como dijo "yo planté", se apegó a la metáfora. Ahora bien, si sois "labranza de Dios", es justo que seáis llamados no de entre quienes os cultivan, sino de Dios, porque el campo no se llama del labrador, sino del amo de casa. "Tú eres el edificio de Dios". De nuevo, el edificio no es del obrero, sino del patrón. Ahora bien, si eres un edificio, no debes ser separado por la fuerza, ya que esto no sería un edificio. Si eres una granja, no debes ser dividido, sino amurallado con una sola valla: la unanimidad.
VII
Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, y como perito arquitecto, yo puse el fundamento
En este pasaje se autodenomina Pablo sabio, pero no para exaltarse sino para dar ejemplo a los corintios y señalar que la función del sabio es sentar las bases. Como ejemplo de su modestia, al hablar de sí mismo como sabio, no lo consideró algo propio, sino que primero se atribuyó enteramente a Dios, y sólo entonces se auto-denominó así: "la gracia de Dios que me fue dada". Así, significa a la vez que todo es de Dios y que esto, sobre todo, es gracia, es decir, no estar dividido, sino descansar sobre un solo fundamento.
Que cada uno mire cómo edifica, porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto: Jesucristo
Aquí y en lo que sigue, creo yo, pone Pablo a los corintios a prueba en cuanto a la práctica, después de haberlos unido de una vez por todas y haberlos hecho uno. Digo que nadie puede ponerlo mientras sea maestro constructor; pero si lo pone, deja de ser maestro constructor. Vean cómo, incluso a partir de las nociones comunes de los hombres, demuestra toda su proposición. Su significado es este: He predicado a Cristo, les he entregado el fundamento. Tengan cuidado de cómo construyen sobre él, no sea que sea en vanagloria, no sea que tal vez atraigan a los discípulos hacia los hombres. No prestemos atención, pues, a las herejías. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto. Sobre esto, pues, construyamos, y como fundamento, aferrémonos a él, como una rama a una vid; y que no haya intervalo entre nosotros y Cristo. Porque si hay algún intervalo, inmediatamente perecemos. Porque la rama, por su adherencia, atrae la grosura, y el edificio se sostiene porque está cementado. Ya que, si se mantiene separado, perece, al no tener nada sobre qué apoyarse. No nos limitemos, pues, a aferrarnos a Cristo, sino cimentémonos a él, porque si nos mantenemos separados, perecemos, porque "quienes se alejan de ti, perecerán" (Sal 72,27). Unámonos entonces a él, y unámonos por nuestras obras, porque "el que guarda mis mandamientos, éste permanece en mí" (Jn 14,21). En sustancia. Y en consecuencia, hay muchas imágenes por las cuales él nos une. Él es la cabeza, nosotros el cuerpo, y ¿puede haber algún intervalo vacío entre la cabeza y el cuerpo? Él es el fundamento, y nosotros un edificio. Él es la vid, y nosotros las ramas. Él es el esposo, y nosotros la esposa. Él es el pastor, y nosotros las ovejas. Él es el camino, y nosotros los que caminamos por él. De nuevo, nosotros somos un templo, y él el morador. Él el primogénito, y nosotros los hermanos. Él es el heredero, y nosotros los coherederos junto con él. Él es la vida, y nosotros los vivientes. Él es la resurrección, y nosotros los que resucitamos con él. Él es la luz, y nosotros los iluminados. Todas estas cosas indican unidad; y no permiten ningún intervalo vacío, ni siquiera el más pequeño. Pues quien se aleja un poco, seguirá hasta que se aleje muchísimo. Así, el cuerpo, aunque reciba un pequeño corte de espada, perece; y el edificio, aunque tenga una pequeña grieta, se descompone; y la rama, aunque esté un poco separada de la raíz, se vuelve inútil. De modo que esta nimiedad no es una nimiedad, sino casi todo. Siempre que cometamos una pequeña falta o incluso negligencia, no la pasemos por alto; ya que, al descuidarla, pronto se agrava. Así también, cuando una prenda empieza a rasgarse y se descuida, tiende a prolongar su desgarro por completo; y un techo, al caer unas pocas tejas, al descuidarse, derrumba toda la casa.
VIII
Tengamos presentes estas cosas, hermanos, y nunca descuidemos las cosas pequeñas, para no caer en las grandes. Si las hemos descuidado y hemos caído en el abismo de los males, ni siquiera cuando hayamos llegado allí nos desanimemos, para no caer en la temeridad. Salir de allí siempre es difícil para quien no está extremadamente atento; no sólo por la distancia, sino también por la propia posición en la que nos encontramos. El pecado también es profundo y suele hundir y aplastar. Y así como quienes han caído en un pozo no pueden salir fácilmente, sino que necesitarán que otros los saquen, así también le sucede a quien ha caído en cualquier abismo de pecados. A estos, entonces, debemos bajarles las cuerdas y sacarlos. Más bien, no solo necesitamos a los demás, sino también a nosotros mismos, para que, por nuestra parte, podamos aferrarnos a nosotros mismos y ascender, no tanto como hemos descendido, sino mucho más, si estamos dispuestos. ¿Por qué? Dios también ayuda: pues no desea la muerte del pecador tanto como su conversión. Que nadie desespere, pues; que nadie tenga la compasión de los impíos; pues a ellos les corresponde este tipo de pecado: un impío, al llegar a la profundidad de los males, lo ignora. De modo que no es la multitud de pecados de los hombres lo que causa su desesperación, sino su mente impía. Si entonces has llegado hasta el final en la maldad, aun así dite a ti mismo, Dios es amoroso con los hombres y desea nuestra salvación, porque "aunque tus pecados sean como la grana, yo te blanquearé como la nieve" (Is 1,10) y "al hábito contrario te cambiaré". No nos rindamos, por lo tanto, en la desesperación; porque caer no es tan grave, como yacer donde hemos caído; ni ser herido tan terrible, como después de las heridas negarse a sanar. Porque ¿quién se jactará de tener un corazón casto? ¿O quién dirá con confianza que está limpio de pecado (Prov 20,9)? Estas cosas no digo para hacerlos más negligentes, sino para evitar que desesperen. ¿Quieres saber lo bueno que es nuestro Maestro? El publicano subió lleno de diez mil maldades, y diciendo sólo "ten misericordia de mí", bajó justificado. Sí, Dios dice por el profeta que, "a causa del pecado, por un corto tiempo lo contristé" (Is 57,17-18), mas "cuando vi que él estaba contristado y se entristeció, sané sus caminos". ¿Qué hay igual a esta bondad amorosa? Con la condición de su ser afligido, por lo que habla, le perdoné sus pecados. Pero ni siquiera esto hacemos: por lo que provocamos especialmente a Dios a ira (porque aquel, que incluso con cosas pequeñas se vuelve propicio, cuando él no se encuentra con tanto como estos, por supuesto se indigna y nos exige el último castigo; porque esto viene del desprecio excesivo). ¿Quién hay, por ejemplo, que alguna vez se haya melancólico por sus pecados? ¿Quién se ha lamentado? ¿Quién se ha golpeado el pecho? ¿Quién ha tenido pensamientos ansiosos? Nadie, a mi entender. Pero los hombres lloran innumerables días por los sirvientes muertos; por la pérdida de dinero: mientras que en cuanto al alma que estamos arruinando día a día, no le damos un pensamiento. ¿Cómo entonces podrán ser propicios a Dios, cuando ni siquiera saben que han pecado? Sí, dice alguien, he pecado. Sí, es tu palabra para mí con la lengua: dímelo con tu mente, y con la palabra llora profundamente, para que puedas tener alegría continua. Ya que, si nos lamentamos por nuestros pecados, si nos lamentamos profundamente por nuestras ofensas, nada más podría darnos tristeza, esta sola punzada expulsaría todo tipo de abatimiento. Aquí entonces hay otra cosa también que deberíamos ganar con nuestra confesión completa, a saber: el no ser abrumados con los dolores de la vida presente, ni hinchados con sus esplendores. Y de esta manera, nuevamente, deberíamos propiciar más completamente a Dios; así como con nuestra conducta presente lo provocamos a ira. Porque dime, si tienes un sirviente, y él, después de sufrir mucho mal a manos de sus compañeros de servicio, no tiene en cuenta a ninguno de los demás, sino que solo está ansioso por no provocar a su amo; ¿No es capaz con esto solo de apaciguar tu ira? Pero ¿qué, si sus ofensas contra ti no le importan en absoluto, mientras que con las de sus consiervos está lleno de pensamientos? ¿No le impondrás un castigo más severo? Así también lo hace Dios: cuando descuidamos su ira, la trae sobre nosotros con mayor dureza; pero cuando la consideramos, con mayor suavidad. Sí, más bien, ya no la impone sobre nosotros. Él quiere que nos venguemos de nuestras ofensas, y de ahí en adelante no la exige él mismo. Porque es por eso que amenaza con el castigo; para que por el miedo pueda destruir el desprecio; y cuando la amenaza por sí sola es suficiente para causarnos miedo, no nos permite pasar por la prueba real (Jer 7,17-18), transponiendo la primera y la segunda cláusulas. ¿No ves lo que hacen? Sus padres encienden el fuego, sus hijos juntan leña, sus mujeres amasan. Es de temer que se diga lo mismo de nosotros. ¿No ven lo que hacen? Nadie busca las cosas de Cristo, sino las suyas. Sus hijos caen en la impureza, sus padres en la codicia y la rapiña, sus esposas, lejos de apartar a sus maridos de las pompas y vanidades de la vida, más bien avivan sus apetitos por ellas. Simplemente ponte de pie en el mercado; pregunta a quienes entran y salen, y no verás a nadie apresurándose a una misión espiritual, sino a todos corriendo tras cosas carnales. ¿Hasta cuándo despertaremos de nuestra saciedad? ¿Hasta cuándo seguiremos hundiéndonos en un sueño profundo? ¿Acaso no estamos hartos de males?
IX
Uno podría pensar que, incluso sin palabras, la experiencia misma basta para enseñarte la insignificancia de las cosas presentes y su absoluta mezquindad. En cualquier caso, ha habido hombres que, ejerciendo mera sabiduría pagana y sin saber nada del futuro, por haber comprobado la gran inutilidad de las cosas presentes, las han abandonado sólo por eso. ¿Qué perdón puedes esperar, entonces, si te humillas y no desprecias las cosas pequeñas y transitorias por amor a las grandes y eternas? ¿Quiénes, además, oyen a Dios mismo declarar y revelar estas cosas, y tienen tales promesas de él? Pues que las cosas de aquí no tienen poder suficiente para detener a un hombre, lo han demostrado quienes, incluso sin ninguna promesa de cosas mayores, se han mantenido alejados de ellas. ¿Qué riqueza esperaban para empobrecerse? No había ninguna. Pero fue por saber perfectamente que tal pobreza es mejor que la riqueza. ¿Qué clase de vida esperaban para abandonar el lujo y entregarse a una severa disciplina? Ninguna. Pero habían tomado conciencia de la naturaleza misma de las cosas; y percibió que éste de los dos es más adecuado, tanto para el estricto entrenamiento del alma, como para la salud del cuerpo. Estimando debidamente estas cosas, y reflexionando continuamente en nosotros acerca de las bendiciones futuras, retirémonos de este mundo presente para que podamos obtener aquel otro que está por venir, por el favor y la bondad amorosa de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 9
I
Hay quien construye sobre este cimiento: oro, plata, piedras preciosas, madera, heno y hojarasca. No obstante, la obra de cada uno se hará manifiesta. El día del Señor la declarará, pues se revelará en el fuego y el fuego probará la clase de obra de cada uno. Si la obra de alguno logra permanecer, recibirá una recompensa. Si la obra de alguien se quema, sufrirá pérdida, aunque él mismo se salvará por ese mismo fuego
El tema que introduce aquí Pablo no es un asunto de investigación menor, sino que trata cuestiones de primera necesidad que todos los hombres se preguntan; a saber: si el fuego del infierno tiene fin. Porque Cristo, en efecto, declaró que no tiene fin cuando dijo: "Su fuego no se apagará, y su gusano no morirá" (Mc 8,44). Bueno, sé que les da escalofríos oír estas cosas; pero ¿qué debo hacer? Pues este es el mandato de Dios: hacer resonar continuamente en los oídos estas cosas. Así, donde dice "encarga a este pueblo" (Ex 19,10), nosotros. ordenados como lo hemos sido para el ministerio de la palabra, debemos causar dolor a nuestros oyentes, y no voluntariamente sino por obligación. Más bien, si quieren, evitaremos causarles dolor, porque si hacen lo que es bueno, no han de temer. A este respecto, Pablo dice, al señalar la eternidad del castigo, que "los pecadores pagarán la pena de destrucción eterna" (2Ts 1,9), y: "No os engañéis; ni los fornicarios, ni los adúlteros, ni los afeminados heredarán el reino de Dios" (1Cor 6,9), y: "Seguid la paz con todos los hombres, y la santificación sin la cual nadie verá al Señor" (Hb 12,14). Cristo también die, a los que dijeron "en tu nombre hemos hecho muchas obras maravillosas", lo siguiente: "Apartaos de mí, no os conozco, hacedores de iniquidad" (Mt 7,22). Es más, también las vírgenes fueron excluidas, y no entraron más, y a los que no le dieron de comer les dijo: "Id al castigo eterno" (Mt 25,46).
II
Alguno dirá: ¿Dónde se conserva aquí íntegra la regla de la justicia, si el castigo no tiene fin? Y yo le respondo: Cuando Dios hace algo, lo hace con conocimiento divino (que es totalmente justo) y no con razonamientos humanos (que siempre son mezquinos), así que obedece tú sus decisiones y no sometas humana y mezquinamente lo que es de justicia divina. Además, ¿cómo podría ser otra cosa que justo que quien ha experimentado innumerables bendiciones desde el principio, y luego ha cometido actos dignos de castigo, sin que ni la amenaza ni el beneficio hayan mejorado en absoluto, sufra castigo? Pues si preguntas qué es la justicia absoluta, era justo que hubiéramos perecido inmediatamente desde el principio, según la definición de justicia estricta. Mejor ni siquiera entonces según la regla de la justicia únicamente; pues el resultado también habría sido benigno si hubiéramos sufrido esto también. Pues cuando alguien insulta a quien no le ha hecho daño, según la regla de la justicia, sufre castigo; pero cuando es su benefactor, quien, sin estar obligado por ningún favor previo, le otorgó innumerables bondades, quien es el único Autor de su ser, quien es Dios, quien insufló su alma en él, quien le dio diez mil dones de gracia, cuya voluntad es llevarlo al cielo; cuando, digo, tal persona, después de tantas bendiciones, es recibida con insultos, insultos diarios, en la conducta de la otra parte; ¿cómo puede esa otra persona ser considerada digna de perdón? ¿No ven cómo castigó a Adán por un solo pecado? Sí, dirás; pero él le había dado el paraíso y le había hecho gozar de gran favor. No, ciertamente no es lo mismo que un hombre peque en el goce de seguridad y comodidad, y en un estado de gran aflicción. De hecho, esta es la terrible circunstancia de que tus pecados son los pecados de alguien que no está en ningún paraíso, sino en medio de los innumerables males de esta vida; que ni siquiera la aflicción te apacigua, como si alguien en prisión aún cometiera su crimen. Sin embargo, él te ha prometido cosas aún mayores que el paraíso. Pero ni te las ha dado ahora, para no desconcertarte en la época de conflictos; ni ha guardado silencio al respecto, para no abatirte con tus trabajos. En cuanto a Adán, cometió un solo pecado y se atrajo una muerte segura; mientras que nosotros cometemos diez mil trasgresiones diariamente. Ahora bien, si con ese solo acto se atrajo un mal tan grande e introdujo la muerte; ¿Qué no padeceremos los que vivimos continuamente en el pecado y en lugar del paraíso tenemos la expectativa del cielo? El argumento es fastidioso y duele al oyente: aunque sólo fuera por mis propios sentimientos, lo sé. Porque, en verdad, mi corazón está angustiado y palpita; y cuanto más veo confirmado el relato del infierno, más tiemblo y me encojo de miedo. Pero es necesario decir esto para no caer en el infierno. Lo que recibiste no fue el paraíso, ni árboles ni plantas, sino el cielo y los bienes celestiales. Ahora bien, si quien recibió menos fue condenado, y ninguna consideración lo eximió, mucho más nosotros, que hemos pecado más abundantemente y hemos sido llamados a cosas mayores, soportaremos las aflicciones sin remedio. Consideren, por ejemplo, cuánto tiempo, a falta de un solo pecado, nuestra raza permanece en la muerte. Han pasado más de 5.000 años, y la muerte aún no ha sido abolida por un solo pecado. Y ni siquiera podemos decir que Adán escuchó a los profetas, que vio a otros castigados por sus pecados, y que era lógico que se sintiera aterrorizado y corregido por ello, aunque solo fuera por el ejemplo. Pues en ese momento era el primero y el único; sin embargo, fue castigado. Pero no puedes tener nada de esto que ofrecer, tú que después de tantos ejemplos has empeorado; a quien se le ha concedido un Espíritu tan excelente, ¡y sin embargo atraes sobre ti no un pecado, ni dos, ni tres, sino pecados innumerables! Pues no calcules que, porque el pecado se comete en un instante, el castigo también debe ser cuestión de un instante. ¿No ven a esos hombres que, por un solo robo o un solo adulterio, cometido en un instante, a menudo han pasado toda su vida en cárceles y minas, sufriendo hambre constante y toda clase de muerte? Y no había nadie que los liberara, ni que dijera: La ofensa ocurrió en un instante, luego el castigo también debería tener una duración equivalente a la del pecado.
III
Por supuesto, son hombres quienes hacen estas cosas. No obstante, en cuanto a Dios, él es siempre amoroso. Es más, no siempre los hombres hacen las cosas con crueldad, y a veces hasta las hacen con humanidad. Como Dios es amoroso, lo que quiere es que los hombres no sufran la crueldad ni maldad, y por eso castiga los pecados (Eclo 16,12), porque así como es grande su misericordia, también lo es su reprensión. Por tanto, cuando me dicen que Dios es amoroso con los hombres, entonces me indican una razón mucho mayor para castigar, a saber: nuestro pecado contra tal Ser. Por eso también dijo Pablo: "Es cosa terrible caer en manos del Dios vivo" (Hb 10,31). Les ruego que soporten la fuerza ardiente de estas palabras, pues quizás (¡quizás de aquí tengan algún consuelo!). ¿Quién entre los hombres puede castigar como Dios ha castigado? Cuando causó un diluvio y la destrucción total de una raza tan numerosa; y de nuevo, cuando, poco después, hizo llover fuego desde arriba y los destruyó a todos por completo. ¿Qué castigo de los hombres puede ser semejante? ¿No ves que el castigo, incluso en este mundo, es casi eterno? Han pasado 4.000 años, y el castigo de los sodomitas sigue en su apogeo. Porque así como es grande su misericordia, también lo es su castigo. Además, si él hubiera impuesto cosas gravosas o imposibles, tal vez se podría argumentar la dificultad de las leyes; pero si son extremadamente fáciles, ¿qué podemos decir sobre el hecho de que ni siquiera las respetemos? Supongamos que no puedes ayunar ni practicar la virginidad; aunque puedes si quieres, y quienes han podido son una condenación para nosotros. Sin embargo, Dios no ha usado esta severidad con nosotros; ni las ha ordenado ni establecido como leyes, sino que ha dejado la elección a discreción de los oyentes. No obstante, puedes ser casto en el matrimonio y puedes abstenerte de la embriaguez. ¿No puedes despojarte de todos tus bienes? No, sin duda puedes; y quienes lo han hecho lo demuestran. Sin embargo, él no ha ordenado esto, sino que ha ordenado no ser rapaz y ayudar con nuestros medios a los necesitados. Algún que otro hombre se dice: No puedo contentarme, ni siquiera con una esposa. No obstante, ese hombre se engaña a sí mismo, y razona falsamente, y condena a quien vive en castidad sin esposa. Y si no, que me diga: ¿Cómo puedes evitar usar palabras abusivas? ¿No puedes evitar maldecir? Pues hacer estas cosas es fastidioso, y no abstenerse de ellas también. ¿Qué excusa tenemos entonces para no observar preceptos tan fáciles y ligeros? No podemos mencionar ninguna. Que el castigo, entonces, es eterno, es evidente por todo lo dicho.
IV
Como algunos interpretan el dicho de Pablo de forma contraria, voy a pasar ahora a examinarlo a fondo. En efecto, tras decir "si la obra de alguno sobre la que ha edificado permanece, recibirá recompensa", y "si la obra de alguno se quema, sufrirá pérdida", añade: "Él mismo será salvo, aunque por fuego". ¿Qué diremos entonces a esto? Consideremos primero qué es el fundamento, qué es el oro, qué son las piedras preciosas, qué es el heno y qué es la hojarasca. Él mismo, pues, claramente ha señalado como fundamento a Cristo, diciendo: "Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo". A continuación, la construcción me parece estar compuesta de acciones. Aunque algunos sostienen que esto también se refiere a maestros y discípulos, y a herejías corruptas, el razonamiento no lo admite. Pues si es así, ¿en qué sentido, mientras la obra se destruye, se salvará el constructor, aunque sea por fuego? Por derecho, el autor debería, de los dos, perecer; pero ahora se descubrirá que la pena más severa se asigna a quien ha sido construido en la obra. Pues si el maestro fue la causa de la maldad, es digno de sufrir un castigo más severo, ¿cómo entonces se salvará? Si, por el contrario, él no fue la causa, sino que los discípulos se convirtieron en tales por su propia perversidad, no merece en absoluto castigo, ni siquiera sufrir pérdidas: él, digo, quien construyó tan bien. ¿En qué sentido dice entonces que sufrirá pérdidas? De esto se desprende claramente que el discurso trata sobre acciones. Pues, dado que se propone desplegar su poder contra el fornicario, comienza con mucha antelación a sentar las bases. Sabía cómo, al tratar un tema, preparar el terreno para otro, en el mismo discurso sobre el mismo. Así, en su reproche por no esperarse mutuamente en las comidas, sentó las bases de su discurso sobre los misterios. Y además, como ahora se dirige al fornicario, al hablar del fundamento, añade: "¿No sabéis que sois el templo de Dios? ¿Y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él". Ahora bien, dijo, estas cosas comenzaban a agitar de temor el alma del impúdico.
V
Después de la fe hay necesidad de edificación, como recuerda Pablo en otro lugar al decir: "Edificaos los unos a los otros", y: "Tanto el artífice como el aprendiz contribuyen a la edificación" (1Ts 5,11), y: "Que cada uno mire cómo edifica sobre ello" (1Cor 3,10). Si la fe hubiera sido el tema de estos dichos, lo afirmado no es razonable, porque en la fe todos deberían ser iguales, ya que "hay una sola fe" (Ef 4,5) pero en la bondad de la vida no es posible que todos sean iguales. La fe no es en un caso menor, en otro más excelente, sino la misma en todos los que verdaderamente creen. En la vida hay lugar para que algunos sean más diligentes, otros más perezosos; algunos más estrictos y otros más ordinarios; que algunos deberían haber tenido éxito en cosas mayores, otros en menores; que los errores de algunos deberían haber sido más graves, los de otros menos notables. Por esta razón dice: "Oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca... La obra de cada uno se hará manifiesta, por su conducta". De eso habla aquí, cuando dice: "Si la obra de alguno permanece, sobre la que construyó, recibirá una recompensa; si la obra de alguno se quema, sufrirá pérdida". Mientras que, si el dicho se relacionaba con discípulos y maestros, no debería sufrir pérdida por los discípulos que se negaron a escuchar. Por ello, es por lo que dice: "Cada uno recibirá su propia recompensa según su propio trabajo". Es decir, no según el resultado, sino según el trabajo, pues ¿qué pasa si los oyentes no prestaron atención? Por lo tanto, este pasaje también prueba que el dicho se refiere a acciones.
VI
Si un hombre lleva una vida mala con una fe recta, su fe no lo protegerá del castigo, pues "su obra será quemada". La frase "será quemada" significa que no soportará la violencia del fuego. Así como si un hombre con armadura de oro pasara por un río de fuego, sale de cruzarlo más brillante; pero si lo atravesara con heno, lejos de aprovecharse, se destruye a sí mismo además… así ocurre con las obras de los hombres. Porque no dice esto como si estuviera hablando de cosas materiales que se queman, sino con la intención de intensificar su miedo y de mostrar cuán desprotegido está quien permanece en la maldad. Por lo tanto, dijo "sufrirá pérdida" a forma de castigo, pero siendo él mismo salvado. Su significado es éste: que él mismo no perecerá de la misma manera que sus obras (pasando a la nada), sino que permanecerá en el fuego. Sin embargo, él lo llama salvación, me dirás, pues ésa es la causa de su adicción, así como por fuego (ya que también solíamos decir "se preserva en el fuego" cuando hablamos de aquellas sustancias que no se queman inmediatamente y se convierten en cenizas). Porque no al sonido de la palabra fuego imagines que aquellos que están ardiendo pasan a la aniquilación. Y aunque él llama a tal castigo salvación, no te asombres. Porque su costumbre es en las cosas que tienen un sonido malo usar expresiones justas, y en las cosas buenas lo contrario. Por ejemplo, la palabra cautividad parece ser el nombre de algo malo, pero Pablo la ha aplicado en un buen sentido, cuando dice "llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo" (2Cor 10,5). Y nuevamente, a algo malo ha aplicado una buena palabra, diciendo que "el pecado reinó" (Rm 5,21), suponiendo el término reinando más bien de sonido auspicioso. Así que aquí, al decir que se salvará, sólo ha insinuado oscuramente la intensidad de la pena, como si hubiera dicho: Él mismo permanecerá para siempre en castigo.
VII
¿No sabéis que sois templo de Dios?
Efectivamente, Pablo ya había hablado de esto en la sección anterior (sobre quienes dividían la Iglesia). Por eso, lo que intenta ahora, al volver a tratar el mismo tema, no es volver a solventar el motivo de la división eclesial, sino otro nuevo motivo. En concreto, el motivo de ese corintio que había sido culpable de una impureza atroz. Lo hace Pablo de forma genérica y no en términos precisos, pero dejando claro que ese estilo de vida es corrupto y está agravando el pecado en Corinto, por el don que ya le había sido dado. A continuación, también avergüenza Pablo al resto de corintios, argumentando a partir de estas mismas bendiciones que ya poseían (pues esto es lo que siempre hace, ya sea desde el futuro o desde el pasado, ya sea doloroso o alentador). Primero, desde lo futuro (pues "el día lo declarará", y será revelado por el fuego), y después desde lo que ya ha sucedido (que es cuando dice: "¿No sabéis que sois el templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?").
Si alguien destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él
¿Observan la vehemencia arrolladora de estas palabras? Sin embargo, mientras la persona sea desconocida, lo que dice Pablo no es tan odioso, pues todos se dividen entre sí por temor a la reprimenda. Dios lo destruirá (es decir, lo hará perecer). Y esto no es la palabra de quien denuncia una maldición, sino de quien profetiza. Porque el templo de Dios santo es, mas el que fornica es profano. Luego, para que no pareciera que gastaba su entusiasmo en aquello, al decir "el templo de Dios es santo", añade: "Lo cual sois vosotros".
VIII
Que nadie se engañe
Esto también se refiere al cristiano impuro de Corinto, que se cree alguien y que incluso se enorgullece de su sabiduría. No obstante, para que no parezca que lo presiona demasiado en una mera digresión, primero lo abruma y lo entrega al temor, y luego vuelve a la culpa común diciendo: "Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para que se vuelva sabio". Y esto lo hace después con gran audacia, como si los hubiera abatido lo suficiente y hubiera sacudido con ese temor la mente no solo de esa persona impura, sino también de todos los oyentes: con tanta precisión mide el alcance de lo que dice. En efecto, ¿qué pasa si un hombre es rico, qué pasa si es noble? Es más vil que todos los viles, cuando está cautivo del pecado. Porque así como el hombre que es rey y está esclavizado por los bárbaros es el más miserable de todos los hombres, así también sucede con el pecado, pues el pecado es bárbaro y el alma que una vez ha sido tomada cautiva no sabe cómo perdonarla, sino que se comporta como un tirano para ruina de todos los que la admiten.
IX
Nada es tan desconsiderado como el pecado, nada tan insensato ni tan completamente necio y atroz. Con el pecado, todo queda trastornado, confundido y destruido, donde quiera que se pose. El pecado es desagradable a la vista, repugnante y doloroso. Si un pintor lo pintara, no me parece que se equivocaría si lo pintara así: como una mujer con forma de bestia, salvaje, escupiendo llamas, horrible y negra (tal como los poetas paganos representan a su escilas). En efecto, con mil manos se apodera el pecado de nuestros pensamientos, y llega inesperadamente, y lo destroza todo, como esos perros que muerden con astucia. Pero, ¿qué necesidad hay del arte del pintor, cuando deberíamos más bien presentar a aquellos que están hechos a semejanza del pecado? ¿A quién, entonces, quieres que retratemos primero? ¿Al codicioso y rapaz? ¿Y qué más descarado que esos ojos? ¿Qué más inmodesto, más parecido a un perro codicioso? Pues ningún perro se mantiene firme con tanta desvergüenza como él cuando se aferra a los bienes de todos los hombres. ¿Qué más impuro que esas manos? ¿Qué más audaz que esa boca, tragándolo todo sin saciarse? No, no mires el rostro ni los ojos como si fueran de un hombre. Porque tales miradas no pertenecen a los ojos de los hombres. No ve a los hombres como hombres; no ve el cielo como cielo. Ni siquiera levanta la cabeza hacia el Señor; sino que todo es dinero en su cuenta. Los ojos de los hombres suelen mirar a los pobres afligidos y ablandarse; pero los del hombre rapaz, al ver a los pobres, brillan como bestias salvajes. Los ojos de los hombres no contemplan los bienes de otros como si fueran suyos, sino los suyos como a otros; y no codician lo que se da a otros, sino que gastan en otros sus propios recursos: pero estos no están contentos a menos que tomen la propiedad de todos los hombres. Porque no es el ojo de un hombre lo que tienen, sino el de una bestia salvaje. Los ojos de los hombres no soportan ver su propio cuerpo despojado de ropa (pues es suyo, aunque en persona pertenezca a otros), pero estos, a menos que despojen a todos y guarden la propiedad de todos los hombres en su propia casa, nunca se sacian; sí, nunca tienen suficiente. Tanto es así que se podría decir que "sus manos no son sólo de bestias salvajes, sino mucho más salvajes y crueles que éstas". Porque los osos y los lobos, cuando están saciados, dejan de comer; pero estos no conocen la saciedad. Y sin embargo, por esta causa Dios nos hizo las manos, para ayudar a los demás, no para conspirar contra ellos. Y si las usáramos para ese propósito, mejor que nos las cortaran y nos quedaran sin ellas. Si una bestia salvaje desgarra una oveja, tú te afliges, y al hacer lo mismo con alguien de tu propia sangre ¿crees que tu acto no es atroz? ¿Cómo puedes ser hombre entonces? ¿No ves que llamamos humano a algo que está lleno de misericordia y bondad? Pero cuando un hombre hace algo cruel o salvaje, le damos el título de inhumano. Ves, entonces, que la marca del hombre, tal como lo retratamos, es la misericordia de una bestia, según la constante pregunta: ¿Por qué es un hombre una bestia salvaje (2Re 8,13)? ¿Y por qué es una bestia? Por esto mismo: porque los hombres alivian la pobreza, no la agravan. Además, las bocas de estos hombres son las bocas de las fieras; sí, estas son las más feroces de las dos. Pues las palabras que pronuncian también emiten veneno, más que los dientes de las fieras, provocando la muerte. Y si uno analizara todos los detalles, vería claramente cómo la inhumanidad convierte a quienes la practican de hombres en bestias.
X
Si investigáramos la mente de esa clase de personas, los pecadores, yo no los llamaría bestias sino demonios. En primer lugar, porque están llenos de gran crueldad y odio hacia sus compañeros de servicio (Mt 18,33), y allí no hay amor por el reino ni temor al infierno, ni hay reverencia por los hombres, ni piedad, ni compasión, sino desvergüenza, audacia y desprecio por todo lo venidero. Para ellos, las palabras de Dios sobre el castigo parecen una fábula, y sus amenazas, alegría. Pues así es la mente del hombre codicioso. Puesto que entonces, por dentro son demonios, y por fuera, bestias salvajes; sí, peores que las bestias salvajes; ¿dónde debemos ubicar a tales como son? Porque que son incluso peores que las bestias salvajes, es evidente por esto. Las bestias son como son por naturaleza; pero estas, dotadas por naturaleza de mansedumbre, luchan con fuerza contra la naturaleza para adiestrarse en lo que es salvaje. Los demonios también cuentan con conspiradores entre los hombres que los ayudan, hasta tal punto que, si no contaran con dicha ayuda, la mayor parte de sus artimañas contra nosotros desaparecerían; pero estos, cuando quienes han rogado con rencor compiten con ellos, intentan ser aún más rencorosos que ellos. Además, el diablo libra guerra contra el hombre, no contra los demonios de su propia especie; pero aquel de quien hablamos se apresura por todos los medios a dañar a su propia familia, y ni siquiera reverencia a la naturaleza. Sé que muchos nos odian por estas palabras; pero no siento odio hacia ellos; más bien, compadezco y lamento a quienes así lo desean. Incluso si decidieran atacar, lo soportaría con gusto, si tan sólo se abstuvieran de esta su mente salvaje. Porque no sólo yo, sino también el profeta conmigo, destierra a todos los que son así de la familia humana, diciendo: "El hombre, estando en honor, no tiene entendimiento, sino que es como las bestias insensatas" (Sal 49,20). Seamos, pues, hombres al fin y miremos al cielo; y recibamos y recuperemos aquello que es conforme a su imagen (Col 3,10), para que también obtengamos las bendiciones venideras por la gracia y la bondad amorosa de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 10
I
Si alguno se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio, porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios
Como dije antes, tras lanzarse Pablo a la acusación del fornicador, y tras haberla revelado a medias en pocas palabras, y haberle hecho temblar la conciencia, se apresura de nuevo a la batalla contra la sabiduría pagana y a sus acusaciones contra quienes se envanecían con ella y dividían a la Iglesia; para que, tras añadir lo restante y completar el tema con precisión, pudiera entonces dejarse llevar por un impulso vehemente contra la persona impura, tras haber tenido solo una escaramuza preliminar con él en lo que había dicho anteriormente. En efecto, la frase "que nadie se engañe a sí mismo" es la propia de alguien que se dirige principalmente a él y lo apacigua de antemano con el miedo; y lo dicho sobre la hojarasca encaja mejor con quien lo insinúa. Y lo mismo ocurre con la frase "¿no sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?", pues estas dos cosas son las más aptas para apartarnos del pecado. Cuando tenemos presente el castigo señalado por el pecado; y cuando calculamos la magnitud de nuestra verdadera dignidad. Al mencionar el heno y la hojarasca, aterroriza; pero al hablar de la dignidad de su noble cuna, los avergüenza; al esforzarse el primero por enmendar a la clase más insensible, al ser el segundo más considerado.
II
"Si alguno piensa que es sabio en este mundo, hágase necio". Así como anteriormente nos invitaba Pablo a estar muertos para el mundo (en esa muerte que no perjudica en absoluto, sino que beneficia, al ser convertida en causa de vida), ahora nos invita a ser necios para este mundo, presentándonos a continuación la verdadera sabiduría. Ahora bien, se vuelve necio para el mundo quien desdeña la sabiduría externa y está convencido de que no contribuye en nada a su comprensión de la fe. Así como la pobreza, según Dios, es causa de riqueza, y la humildad, de exaltación, y despreciar la gloria es causa de gloria; así también, volverse necio nos hace más sabios que todos. Porque todo, entre nosotros, se rige por lo contrario. Además, ¿por qué no dijo "que deseche la sabiduría", sino "que se vuelva necio"? Para menospreciar en extremo la instrucción pagana. Pues no era lo mismo decir "deja a un lado tu sabiduría" que "conviértete en necio". Además, también está enseñando a la gente a no avergonzarse de la falta de refinamiento entre nosotros; pues se ríe al despreciar todo lo pagano. Y por la misma razón no se acobarda ante los nombres, confiando como lo hace en el poder de las cosas de las que habla. Por tanto, así como la cruz, aunque considerada ignominiosa, se convirtió en fuente de innumerables bendiciones y en fundamento y raíz de gloria inefable, así también aquello que se consideraba locura se convirtió para nosotros en causa de sabiduría. Pues, como quien ha aprendido algo malo, a menos que lo descarte por completo, aclare su alma y se lo ofrezca a quien lo escriba, no conocerá con certeza ninguna verdad sana; lo mismo ocurre con la sabiduría externa. A menos que lo abras todo, limpies tu mente y, como un ignorante, te entregues a la fe, no conocerás con exactitud nada excelente. Pues así también, quienes ven imperfectamente, si no cierran los ojos y se encomiendan a otros, sino que confían sus propios asuntos a su propia visión defectuosa, cometerán muchos más errores que quienes no ven. Pero ¿cómo, dirán ustedes, podrán los hombres desechar esta sabiduría? No actuando según sus preceptos.
III
Al mismo tiempo que insta Pablo a los corintios a retirarse de la sabiduría humana, y a hacerlo de forma urgente, también añade la causa de ello: porque "la sabiduría de este mundo es necedad", a forma de decir: Tal sabiduría no sólo no aporta nada, sino que incluso obstaculiza, y por ello debemos retirarnos de ella, pues nos perjudica. ¿Observan con qué mano poderosa se apropia del botín de la victoria, habiendo demostrado que, lejos de beneficiarnos en absoluto, es incluso un adversario? Y no se contenta con sus propios argumentos, sino que también presenta testimonio de nuevo, diciendo: "Él prende a los sabios en su propia astucia" (Job 5,13). Es decir, que por astucia, y por sus propias armas, los domina. Pues viendo que usaron su sabiduría para suprimir toda necesidad de Dios, con ella y por ninguna otra cosa los refutó, demostrando que estaban especialmente necesitados de Dios. ¿Cómo y por qué método? Porque habiéndose vuelto necios por ella, por ella, como era debido, fueron atrapados. Pues quienes suponían que no necesitaban a Dios, se vieron reducidos a tal aprieto que parecían inferiores a los pescadores y a las personas iletradas; y desde entonces no pudieron prescindir de ellos, pues "en su propia astucia los prende". En efecto, el dicho "destruiré su sabiduría" se refería a que no introducía nada útil; pero esto, quien prende a los sabios en su propia astucia, con el fin de mostrar el poder de Dios.
IV
El Señor conoce los razonamientos de los hombres
Alude aquí Pablo a los salmos, que dicen que "dichos razonamientos son vanos" (Sal 94,11). Ahora bien, cuando la sabiduría, que es ilimitada, pronuncia este edicto sobre ellos y los declara tales, ¿qué otra prueba buscas de su extrema necedad? Porque los juicios de los hombres, es cierto, en muchos casos fallan; pero el decreto de Dios es irreprochable e incorrupto en todos los casos. Habiendo erigido así un trofeo tan espléndido del juicio desde lo alto, emplea en lo que sigue cierta vehemencia de estilo, volviéndola contra aquellos que estaban bajo su ministerio y hablando como sigue.
Que nadie se gloríe en los demás, pues todo es vuestro
Retoma aquí Pablo el tema anterior, señalando que ni siquiera por sus cosas espirituales deben ser arrogantes, como si no tuvieran nada propio. Puesto que la sabiduría externa es perjudicial, y no os fueron dados los dones espirituales, ¿de qué tenéis de qué jactaros? Y respecto a la sabiduría externa, nadie se engañe, dice, porque se envanecieron por algo que en realidad hizo más daño que bien. Pero aquí, puesto que lo que se decía era realmente ventajoso, que "nadie se gloríe". Y ordena su discurso con más suavidad, al decir "pues todo es vuestro".
Ya sea Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente o lo venidero, todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo es de Dios
Como ya había dicho Pablo que "somos colaboradores de Dios" (1Cor 3,9), y con muchas otras expresiones similares había consolado a los corintios, así también aquí dice "todo es vuestro", derribando el orgullo de los maestros y dando a entender que, lejos de concederles algún favor, ellos mismos deberían estar agradecidos a los demás. Ya que por ellos fueron hechos tales como eran, sí, además, habían recibido gracia. Pero viendo que estos también estaban destinados a jactarse, por esta razón él también elimina de antemano esta enfermedad, diciendo: "Como Dios dio a cada uno, Dios dio el crecimiento: para que ni unos se envanecieran como otorgadores de bien". Ni los demás, al oír por segunda vez "todo es vuestro", se alegrarán de nuevo. Porque, en efecto, aunque fuera por vosotros, todo fue obra de Dios. Y quiero que observéis cómo ha insistido en todo momento, haciendo suposiciones en su propio nombre y en el de Pedro. Pero ¿qué es la muerte? Que aunque mueran, por amor a ustedes mueren, enfrentando peligros para su salvación. ¿Se fijan en cómo de nuevo rebaja el espíritu de los discípulos y eleva el de los maestros? De hecho, les habla como a hijos de noble cuna, que tienen preceptores y que serán herederos de todo. Podemos decir también, en otro sentido, que tanto la muerte de Adán fue por nosotros, para que fuéramos corregidos, como la muerte de Cristo , para que fuéramos salvos. La expresión "ustedes son de Cristo; y Cristo es de Dios" quiere decir, en un sentido, que somos de Cristo, y en otro sentido que Cristo es de Dios, y en un tercer sentido que el mundo es nuestro. Porque ciertamente somos de Cristo, como obra suya: Cristo es de Dios, como un linaje genuino, no como una obra; en cuyo sentido el mundo tampoco es nuestro. Así que, aunque el dicho es el mismo, el significado es diferente. Porque el mundo es nuestro, por ser algo hecho para nosotros; pero Cristo es de Dios, por tenerlo como autor de su ser, en cuanto Padre. Y nosotros somos de Cristo, por haber sido formados por él. Ahora bien, si son vuestros, dice él, ¿por qué habéis hecho lo contrario a esto, al llamaros por su nombre, y no por el de Cristo y Dios?
V
Que la gente nos considere ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Lo que se requiere de un mayordomo es que sea fiel
Después de haber abatido Pablo el espíritu de los corintios, observen cómo los reconforta de nuevo, diciendo "como ministros de Cristo". No aceptes, pues, que, dejando ir al Maestro, los siervos y ministros se llamen administradores. Él dice, indicando que no debemos dar estas cosas a todos, sino a quien corresponde y a quien conviene servir. Del mayordomo, lo que se requiere e que no se apropie de los bienes de su amo, que no los reclame como amo, sino que los administre como mayordomo. Porque la función de un mayordomo es administrar bien las cosas que se le confían, y no decir que las cosas de su amo son suyas, sino que las suyas son de su amo. Que todos piensen en esto, tanto el que tiene poder de palabra como el que posee riquezas. Es decir, que se le han confiado los bienes de un amo y que no son suyos; que no los guarde para sí mismo ni los atribuya a su propia cuenta, sino que los impute a Dios, quien los dio todos. ¿Quieres ver administradores fieles? Escucha lo que dice Pedro: "¿Por qué nos miras con tanta seriedad, como si por nuestro propio poder o piedad hubiéramos hecho andar a este hombre?" (Hch 3,12). A Cornelio también le dice: "Nosotros también somos hombres de pasiones iguales a las tuyas", y a Cristo mismo: "He aquí, lo hemos dejado todo y te hemos seguido" (Mt 19,27). Pablo, por su parte, dijo: "He trabajado más que todos ellos", y añadió: "Pero no yo, sino la gracia de Dios que fue conmigo" (1Cor 15,10). En otra parte también, oponiéndose fuertemente a las mismas personas, dijo: "¿Qué tienes que no hayas recibido?" (1Cor 4,7). ¿Por qué? Porque no tienes nada propio, ni riquezas, ni palabras, ni la vida misma; porque esto también es ciertamente del Señor. Por tanto, cuando la necesidad te llame, deja esto también. Pero si sacrificas por la vida, y al ser ordenado a dejarla te niegas, ya no eres un mayordomo fiel. ¿Y cómo es posible, cuando Dios llama, resistir? Bueno, eso es justo lo que digo también: y por esto admiro principalmente la bondad amorosa de Dios, que las cosas que él puede, incluso contra tu voluntad, quitarte, él no quiere que las pagues por ti de mala gana, para que puedas tener una recompensa adicional. Por ejemplo, él puede quitarte la vida sin tu consentimiento; pero su voluntad es hacerlo con tu consentimiento, para que puedas decir con Pablo: "Muero cada día" (1Cor 15,31). Él puede quitarte tu gloria sin tu consentimiento y humillarte; pero él la tomará de ti con tu propia buena voluntad, para que puedas tener una recompensa. Él puede hacerte pobre, aunque no quieras, pero él quiere que voluntariamente te conviertas en tal, para poder tejer coronas para ti. ¿Ves la misericordia de Dios para con el hombre? ¿Ves nuestra propia estupidez brutal? ¿Qué pasa si has alcanzado una gran dignidad y alguna vez has obtenido algún cargo en el gobierno de la Iglesia? No te envanezcas. No has adquirido la gloria, sino que Dios te la ha otorgado. Por lo tanto, como si fuera de otro, úsala con moderación; sin abusar de ella ni usarla en cosas inapropiadas, ni envanecerte ni apropiártela; más bien, considérate pobre e ignominioso. Porque nunca, si se te hubiera confiado la púrpura de un rey para que la guardaras, jamás te habría correspondido abusar de la túnica y arruinarla, sino con la mayor exactitud guardarla para quien la dio. ¿Se te ha dado la palabra? No te envanezcas; no seas arrogante; porque el don gratuito no es tuyo. No seas tacaño con el bien de tu Señor, sino distribúyelo entre tus consiervos; y no te enorgullezcas de estas cosas como si fueran tuyas, ni seas parco en su distribución. Además, si tienes hijos, los que tienes son de Dios. Si ese es su pensamiento, ambos estarán agradecidos por tenerlos, y si se ven privados de ellos, no lo tomarán con seriedad. Así es como se expresó Job, al decir: "El Señor dio, el Señor quitó" (Job 1,21), porque todo lo tenemos de Cristo. Tanto la existencia misma como la vida, el aliento, la luz, el aire y la tierra, los tenemos por medio de él. Y si él nos excluyera de cualquiera de estos, estaríamos perdidos y deshechos. Porque "somos peregrinos y forasteros" (1Pe 2,11). Y todo esto sobre lo mío y lo tuyo son meras palabras, y no representan nada. Porque si dices que la casa es tuya, es una palabra sin realidad: ya que el aire, la tierra y la materia son del Creador; y también lo eres tú mismo, quien la has creado; y también todas las demás cosas. Pero suponiendo que el uso sea tuyo, incluso esto es incierto, no solo por la muerte, sino también antes de la muerte, debido a la inestabilidad de las cosas.
VI
Recordando continuamente estas cosas, hermanos, llevemos vidas estrictas, y obtendremos dos de las mayores ventajas. Primero, seremos agradecidos tanto cuando tengamos como cuando estemos de luto; y no seremos esclavos de cosas pasajeras, ni de cosas ajenas. Porque ya sea riqueza lo que él toma, solo toma lo suyo; o el honor, la gloria, el cuerpo o la vida misma; ya sea que él se lleve a tu hijo, no es a tu hijo lo que él se lleva, sino a su propio siervo. Porque tú no lo formaste, sino que él lo hizo. Tú solo administraste para su venida; todo fue obra de Dios. Demos gracias, pues, por haber sido considerados dignos de ser sus ministros en este asunto. Pero ¿qué? ¿Lo habrías tenido para siempre? Esto demuestra una vez más que eres rencoroso e ignorante de que era el hijo de otro el que tenías, y no el tuyo. Así como quienes se separan resignados solo saben que tienen lo que no era suyo; así que quien cede al dolor está de hecho contando la propiedad del Rey como suya. Porque, si no somos nuestros, ¿cómo pueden ser nuestros? Digo, somos: porque de dos maneras somos suyos, tanto por nuestra creación, como también por la fe. Por ello, David dice "mi sustancia está contigo" (Sal 139,14), y Pablo dice "en él vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17,28) y "no eres tuyo, y fuiste comprado por precio" (1Cor 6,19-20), porque todas las cosas son de Dios. Cuando él llama y decide tomar, no huyamos, como siervos rencorosos, del ajuste de cuentas, ni robemos los bienes de nuestro Señor. Tu alma no es tuya; ¿Y cómo puede ser tuya tu riqueza? ¿Cómo es que, entonces, gastas en cosas innecesarias lo que no es tuyo? ¿No sabes que por esto pronto seremos juzgados, es decir, si las hemos usado mal? Pero, dado que no son nuestras, sino de nuestro Señor, sería justo gastarlas en nuestros consiervos. Vale la pena considerar que la omisión de esto fue la acusación contra ese hombre rico, y también contra aquellos que no habían dado alimento al Señor (Lc 14,21; Mt 25,42)
VII
Alguno dirá: Sólo gasto lo mío, y de lo mío vivo con delicadeza. Y yo le digo: Bien, mas eso no es tuyo sino de otros. De otros, pues la voluntad de Dios es que sean tuyos los bienes que te han sido confiados en nombre de tus hermanos. Ahora bien, lo que no es tuyo se vuelve tuyo si lo gastas en otros; pero si gastas en ti mismo sin escatimar, tus bienes ya no son tuyos. A pesar de esto, alguno sigue diciendo: Es justo que mis bienes se gasten en mi propio disfrute. Bien, pero son comunes a ti y a tus compañeros, como lo es el sol, el aire, la tierra y todo lo demás. En el caso del cuerpo, cada ministerio pertenece tanto al cuerpo entero como a cada miembro, pero cuando se aplica a un solo miembro, destruye la función propia de ese mismo miembro. Pues bien, así también sucede con la riqueza. Para que lo que digo quede más claro: el alimento del cuerpo que se da en común a los miembros, si pasa a un miembro, incluso a este, al final, resulta ajeno. Porque cuando no puede digerirse ni nutrirse, incluso a esa parte, digo, resulta ajeno. Pero si se hace común, tanto esa parte como todas las demás lo tienen como propio. Lo mismo ocurre con la riqueza. Si la disfrutas solo, también la has perdido, pues no cosecharás su recompensa. Pero si la posees junto con el resto, entonces será más tuya y entonces cosecharás su beneficio. ¿No ves que las manos sirven, la boca se ablanda y el estómago recibe? ¿Acaso el estómago dice: Ya que he recibido, debo quedármelo todo? Entonces, te ruego, con respecto a las riquezas, no uses este lenguaje. Pues corresponde al receptor impartir. Así como es un vicio en el estómago retener la comida y no distribuirla (pues es perjudicial para todo el cuerpo), así también es un vicio en los ricos guardar para sí lo que tienen. Pues esto los destruye a ellos mismos y a los demás. Además, el ojo recibe toda la luz, pero no la retiene solo, sino que ilumina todo el cuerpo. Pues no es su naturaleza guardarla para sí mientras sea ojo. Además, las fosas nasales son sensibles al perfume; Pero no se lo guardan todo para sí, sino que lo transmiten al cerebro, impregnan el estómago con un dulce aroma y, por su intermedio, refrescan a todo el hombre. Sólo los pies caminan; pero no se mueven solos, sino que trasladan también todo el cuerpo. De igual manera, haz tú lo que se te haya confiado; no te lo guardes solo para ti, pues te perjudicas a ti mismo y a todo el cuerpo. Y no sólo en el caso de las extremidades se puede ver que esto ocurre: pues también el herrero, si decide no compartir su oficio con nadie, se arruina a sí mismo y a todos los demás oficios. Del mismo modo, el zapatero, el labrador, el panadero y todos aquellos que ejercen una profesión necesaria; si decide no compartir con nadie los resultados de su arte, arruinará no sólo a los demás, sino también a sí mismo con ellos. ¿Y por qué digo ricos? Pues los pobres también, si siguieran la maldad de ustedes, los avaros y ricos, los perjudicarían enormemente y pronto los empobrecerían; más bien, los destruirían por completo si, en su necesidad, no estuvieran dispuestos a compartir lo suyo (el labrador, del trabajo de sus manos; el marinero, de las ganancias de sus viajes; el soldado, de su distinción ganada en las guerras). Por tanto, si nada más puede, que esto al menos te avergüence, e imita su benevolencia. ¿No compartes nada de tu riqueza con nadie? Entonces no deberías recibir nada de otro: en cuyo caso, el mundo se trastornaría. Porque en todo, dar y recibir está el principio de numerosas bendiciones: en las semillas, en los estudiosos, en las artes. Pues si alguien desea guardar su arte para sí mismo, se trastorna a sí mismo y al conjunto de las cosas. Y el labrador, si entierra y guarda las semillas en su casa, provocará una hambruna terrible. Así también el rico, si actúa así con su riqueza, se destruirá a sí mismo ante los pobres, amontonando el fuego del infierno aún más doloroso sobre su propia cabeza.
VIII
Hermanos, ya sean maestros o estudiantes, impartan algo de su conocimiento a los demás y háganles el bien. Así, todos dirán: A éste lo liberó de la pobreza, y a tal otro de los peligros. Sí, hermanos, muchos habrían perecido si, junto a la gracia de Dios, no hubieran disfrutado de vuestro patrocinio. La enfermedad de este hombre curaste, a otro lo libraste de falsa acusación, a otro lo acogiste siendo un extraño, a otro lo vestiste estando desnudo. La riqueza inagotable y los muchos tesoros no son tan buenos como tales dichos. Atraen la mirada de todos los hombres con más fuerza que vuestras vestimentas de oro, caballos y esclavos. Porque estos hacen que un hombre parezca incluso odioso: hacen que sea odiado como un enemigo común; pero los primeros lo proclaman como un padre y benefactor común. Y lo que es más grande de todo, el favor de Dios te espera en cada parte de tus procedimientos. Alguno dice: Él ayudó a repartir a mi hija, y le proporcionó a mi hijo los medios para tomar su posición entre los hombres. Algún otro dice: Hizo cesar mi calamidad, y me libró de los peligros. ¡Exacto! Sí, mejores que las coronas de oro son palabras como estas, que un hombre tenga en su ciudad innumerables personas para proclamar su beneficencia. Voces como estas son mucho más agradables y dulces que las voces de los heraldos que marchan ante los arcontes; ser llamado salvador, benefactor y defensor, y no codicioso, orgulloso, insaciable y mezquino. Les ruego que no nos dejemos llevar por ninguno de estos títulos, sino por lo contrario. Porque si estos, pronunciados en la tierra, hacen a alguien tan espléndido e ilustre; cuando se escriban en el cielo y Dios los proclame en el día venidero, ¡piensen en la fama y el esplendor que disfrutarán! Que nos toque a todos alcanzarlos, por la gracia y la bondad de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 11
I
Para mí es poca cosa que me juzguéis vosotros o el juicio humano, pues ni siquiera yo me juzgo a mí mismo. No tengo ningún asentimiento en mi contra, mas no por ello estoy justificado, sino que quien me juzga es el Señor
Junto con los demás males, también llegó a la naturaleza humana la enfermedad de la curiosidad inquieta y la curiosidad inoportuna, que Cristo mismo castigó diciendo: "No juzguéis, para que no seáis juzgados" (Mt 7,1). Esto es algo que no produce placer, como sí hacen los demás pecados, sino sólo castigo y venganza. En efecto, aunque estemos llenos de mil males y llevemos la viga en nuestros propios ojos, nos convertimos en inquisidores exactos de las ofensas de nuestro prójimo, que no son en absoluto mayores que motas de polvo. Pues bien, esta lacra de la lengua también se desarrollaba en Corinto, y hacía que hombres religiosos y queridos por Dios fuesen ridiculizados y expulsados por su falta de conocimiento, mientras que otros, rebosantes de innumerables males, fuesen considerados de alta categoría por su fluidez al hablar, y aprobados precipitadamente (a forma de decir: Tal es digno, tal es mejor que tal otro, éste es inferior a aquel, aquel es mejor que este). Así, dejando de lamentarse por sus propios malos caminos, los corintios se convirtieron en jueces de los demás, y de esta manera volvieron a encender una guerra dolorosa. Observen, pues, con qué sabiduría los corrige Pablo, eliminando esta enfermedad. Cuando les dijo que "lo que se requiere de los administradores es que sea hallado fiel", a algunos corintios les pareció que les estaba dando la oportunidad de juzgar y entrometerse en la vida de cada uno, y eso agravaba el sentimiento partidista. Por eso Pablo, para que no se afectaran más mutuamente, los aparta de esa clase de disputas insignificantes, diciendo: "Para mí es poca cosa que me juzguéis vosotros".
II
¿Qué significa "para mí es poca cosa que me juzguéis vosotros, o los días de los hombres"? Esto mismo: que no por eso va a perder su dignidad. ¿Y por qué dijo "por vosotros"? Sobre todo, por, en el sentido de cualquier otro. Sin embargo, que nadie condene a Pablo por arrogancia, aunque él dice que nadie es digno de juzgarlo. Pues, en primer lugar, dice estas cosas no por su propio bien, sino para rescatar a otros del odio que habían recibido de los corintios. A continuación, no limita el asunto sólo a los corintios, sino que también se despoja a sí mismo de este derecho de juzgar, diciendo que decretar tales cosas estaba fuera de su alcance. Al menos, añade: "No me juzgo a mí mismo". Pero además de lo dicho, debemos investigar el fundamento de estas expresiones. Pues él sabía muy bien, en muchos casos, cómo hablar con entusiasmo: y eso, no por orgullo ni arrogancia, sino por una cierta gestión excelente, ya que en el presente caso también dice esto, no como si se ensalzara, sino como si arriara las velas de otros y buscara con ahínco investir a los santos con el debido honor. Pues en prueba de que él era uno de los muy humildes, escuchen lo que dice, presentando el testimonio de sus enemigos sobre este punto: "Mi presencia física es débil, y mi habla es insignificante" (2Cor 10,10), y: "Por último, como a un abortivo, se me apareció también a mí" (2Cor 15,8). Pero no obstante, vean a este hombre humilde, cuando llegó el momento, hasta qué punto elevó el espíritu de los discípulos, no enseñando orgullo sino inculcando un valor sano . Porque con estos mismos discursos dice: "El mundo ha de ser juzgado por ustedes, y ¿no son indignos de juzgar los asuntos más pequeños?" (1Cor 6,2). Porque así como el cristiano debe estar alejado de la arrogancia, también debe estarlo de la adulación y de un espíritu mezquino. Así, si alguien dice que considero el dinero como nada, y que todas las cosas aquí son para él un juego de niños; no debemos acusarlo de arrogancia, pues de hacerlo tendríamos que acusar al propio Salomón de arrogancia, por hablar con austeridad sobre estas cosas, cuando dijo: "Vanidad de vanidades, todo es vanidad" (Ecl 1,2). Dios no permita que llamemos arrogancia a la estricta regla de vida. Por lo tanto, despreciar estas cosas no es altivez, sino grandeza de alma; aunque vemos reyes, gobernantes y potentados, haciendo mucho de ellas. Pero muchos pobres, llevando una vida estricta, las desprecian; y no debemos, por lo tanto, llamarlos arrogantes sino altivos: así como, por otro lado, si alguien es extremadamente adicto a ellas, no lo llamamos humilde de corazón y moderado, sino débil, pobre de espíritu e innoble. Así, si un hijo desprecia las actividades propias de su padre y adopta hábitos serviles, no deberíamos elogiarlo por servil, sino reprocharle por vil y servil. Lo que admiraríamos en él sería su desprecio por esas cosas más bajas y su gran estima por lo que le vino de su padre. Porque esto es arrogancia: creerse mejor que los compañeros de servicio; pero pasar por alto la verdadera sentencia sobre las cosas no proviene de la jactancia, sino de la severidad de la vida. Por esta razón, Pablo también, no para exaltarse a sí mismo, sino para humillar a los demás, y para reprimir a quienes se estaban levantando de sus puestos y persuadirlos a ser modestos, dijo: "Para mí es muy poco que me juzguen por ustedes o por la época de los hombres". Observen cómo tranquiliza también a la otra parte. Pues a quien se le diga que menosprecia a todos por igual y que no se digna a ser juzgado por nadie, ya no sentirá dolor, como si él fuera el único excluido. Pues si hubiera dicho "sólo de ustedes", y así se hubiera callado, esto bastaría para irritarlos como si fueran tratados con desprecio. Pero ahora, al introducir "ni siquiera por la época de los hombres", alivió el golpe, haciéndolos cómplices del desprecio. Es más, incluso suaviza este punto de nuevo, diciendo: "Ni siquiera me juzgo a mí mismo". Observen la expresión, cuán completamente libre de arrogancia: en que ni siquiera él mismo, dice, es capaz de tanta exactitud.
III
Como este dicho también parecía ser el de alguien que se ensalzaba, también lo corrige Pablo diciendo: "¿Seré justificado por esto?". ¿Qué, entonces? ¿No deberíamos juzgarnos a nosotros mismos, y nuestras propias faltas? Sí, sin duda, sobre todo cuando pecamos. Pero Pablo no dijo "nada veo nada contra mí mismo". ¿Qué falta, entonces, iba a juzgar Pablo, cuando no veía tener nada contra sí mismo? Sin embargo, dice él, no fue justificado (1Cor 6,3). Nosotros, entonces, que tenemos nuestra conciencia llena de mil heridas, y somos conscientes de nada bueno, sino todo lo contrario, ¿qué podemos decir? ¿Y cómo podría ser, si no sabía nada contra sí mismo, que no fuera justificado? Porque era posible que hubiera cometido ciertos pecados, sin saber que eran pecados. A partir de esto, calcule cuán severo será el juicio futuro. No es, como verá, como considerándose intachable que dice que es tan indigno que sea juzgado por ellos, sino para callarles la boca a quienes lo hacían irrazonablemente. Al menos en otro lugar, aunque los pecados de los hombres sean notorios, no permite el juicio de otros, porque la ocasión lo requería. Porque "¿por qué juzgas a tu hermano?" (Rm 14,10) y ¿por qué lo menosprecias? Porque no se te ordenó, oh hombre, juzgar a otros, sino examinar tus propias acciones. ¿Por qué, entonces, te apropias del oficio del Señor? El juicio es suyo, no tuyo. A tal efecto, añade: "No juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor; quien sacará a la luz lo oculto de las tinieblas y manifestará los designios de los corazones, y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios". ¿Qué, entonces? ¿No es justo que nuestros maestros hagan esto? Es justo en el caso de pecados manifiestos y confesados, y eso con la oportunidad adecuada, e incluso entonces con dolor y aflicción interior: no como estos actuaban en aquel momento, de vanagloria y arrogancia. Pues en este caso no se refiere a los pecados que todos reconocen como tales, sino a preferir unos a otros y a hacer comparaciones de modos de vida. Porque solo él sabe juzgar estas cosas con exactitud, quien ha de juzgar nuestras acciones secretas, cuáles de ellas merecen mayor y cuáles menor castigo y honor. Pero todo esto lo hacemos según lo que vemos. Porque si en mis propios errores, dice él, no sé nada con claridad, ¿cómo puedo ser digno de juzgar a otros hombres? ¿Y cómo podré yo, que no conozco mi propio caso con exactitud, juzgar el estado de los demás? Si Pablo sentía esto, mucho más nosotros. Para continuar, no dijo estas cosas para exhibirse como intachable, sino para demostrar que incluso si hubiera entre ellos alguien así, libre de trasgresión, ni siquiera él sería digno de juzgar la vida de otros; y que si él, aunque no sea consciente de nada, se declara culpable, mucho más aquellos que tienen diez mil pecados de los que ser conscientes en sí mismos.
IV
Habiendo así tapado Pablo la boca de los corintios que pronunciaban tales sentencias, se angustia con un intenso sentimiento, listo para estallar y abalanzarse sobre la persona impura. Cuando se avecina una tormenta, unas nubes cargadas de oscuridad la preceden. Luego, cuando el estruendo de los truenos se alza y convierte todo el cielo en una nube negra, entonces, de repente, la lluvia cae sobre la tierra. Pues bien, de igual manera sucede con el fornicador, al que Pablo reprende también primero con palabras temerosas y luego por su orgullo desbordante, por no lamentarse por el pecado cometido. Pues no lamenta tanto el pecado, sino a quien lo cometió y aún no se arrepintió. Así, lamentaré a muchos de aquellos (dice él), no sólo por haber pecado hasta ahora, sino "por no haberse arrepentido de la impureza que cometieron" (2Cor 12,21). Quien, después de pecar, se ha arrepentido, es digno no de pena, sino de alabanza, al haber pasado al coro de los justos. Por ejemplo, Isaías declara primero tus iniquidades, para que seas justificado (Is 43,26). No obstante, si después de pecar uno está libre de vergüenza, no es tanto digno de compasión por haber caído, sino por yacer donde ha caído. Ahora bien, si es una grave falta no arrepentirse después de los pecados; envanecerse a causa de ellos, ¿qué castigo merece? Pues si quien se enorgullece de sus buenas obras es impuro, ¿qué perdón recibirá quien tenga ese mismo sentimiento con respecto a sus pecados? Dado que el fornicador era de esta clase, y su pecado lo había vuelto tan testarudo e inflexible, por supuesto, comienza por derribar su orgullo. Y no presenta la acusación primero, por temor a endurecerlo, al ser señalado para la acusación antes que los demás; ni tampoco después, para no suponer que lo que le afectaba era solo incidental. Sino que, tras haberle causado gran alarma con su franqueza hacia los demás, entonces, y solo entonces, continúa con él, y en el curso de su reprimenda, le atribuye de antemano su obstinación, por estas mismas palabras: "No tengo ningún conocimiento en mi contra, pero no por ello me encuentro justificado", y: "Quien me juzga es el Señor, quien sacará a la luz lo oculto de las tinieblas y manifestará los designios de los corazones; no menosprecies ni a esa persona ni a quienes actúan con ella y desprecian a los santos". Pues, dice él, "¿qué pasa si alguien parece ser virtuoso y admirable por fuera?". El Juez, que no sólo discierne lo externo, saca a la luz todos los secretos.
V
Por dos razones (o mejor dicho, por tres), el juicio correcto no nos corresponde a los hombres. Una, porque, aunque no seamos conscientes de nada, necesitamos que alguien nos reprenda nuestros pecados con rigor. Otra, porque la mayor parte de las cosas que se hacen se nos escapan y quedan ocultas. Y una tercera, porque muchas cosas que otros hacen nos parecen justas, pero no provienen de una mente recta. ¿Por qué dices entonces que esta o aquella persona no ha cometido pecado? ¿Es que este tal es mejor que tal otro? Puesto que esto no debemos pronunciarnos, ni siquiera respecto a quien no sabe nada contra sí mismo. Pues quien discierne los secretos, él es quien juzga con certeza. He aquí, por ejemplo: yo, por mi parte, no sé nada contra mí mismo; sin embargo, tampoco estoy justificado, ni estoy exento de rendir cuentas ni de responder a cargos. Porque él no dice "no me cuento entre los justos", sino "no estoy limpio de pecado". Es más, en otra parte dice que "el que ha muerto está justificado del pecado" (Rm 6,7). Es decir, está liberado. Además, hacemos muchas cosas, buenas en verdad, pero no con la mente recta. Así que elogiamos a muchos, no por querer hacerlos notar, sino para herir a otros con ellas. Y lo que se hace es correcto, pues se alaba al que hace el bien; pero la intención es corrupta, pues se hace con un propósito satánico. Porque esto es algo que uno ha hecho a menudo, no para alegrarse con su hermano, sino para herir al otro. De nuevo, un hombre ha cometido un gran error; otra persona, queriendo suplantarlo, dice que no ha hecho nada y lo consuela en su error recurriendo a la fragilidad natural. Pero a menudo lo hace sin ánimo de simpatizar, sino para que sea más tolerante con sus faltas. Además, a menudo se reprende no tanto para reprender y amonestar, sino públicamente exhibir y exagerar el pecado del prójimo. Sin embargo, los hombres no conocen nuestros propios consejos; pero "el que escudriña los corazones los conoce perfectamente" (Rm 8,27), y en ese momento pondrá de manifiesto todas estas cosas. Por todo ello, por tanto, dice: "Quien sacará a la luz los secretos de las tinieblas y manifestará los designios de los corazones".
VI
Si no vemos nada contra nosotros mismos, ni tampoco podemos estar limpios de acusaciones, la cuestión estriba en: ¿Hacemos el bien con una mente recta, o por otros motivos? Por tanto, vean cuan ampliamente los hombres son engañados en sus juicios. Todos estos asuntos no son alcanzados por los hombres, sino sólo por el Ojo que no duerme. Aunque podamos engañar a los hombres, nuestra sofistería nunca será útil contra él. No digas, por tanto: La oscuridad me rodea, y ¿quién me ve? No lo digas, porque Aquel que "por sí mismo formó nuestros corazones" (Sal 139,12), él mismo lo sabe todo y la oscuridad no es oscuridad para él. Quien comete pecado, bien dice: «La oscuridad me rodea y los muros; porque si no hubiera oscuridad en su mente, no habría desechado el temor de Dios ni habría actuado como quisiera. Porque a menos que primero se oscurezca el principio rector, la entrada del pecado sin temor es algo imposible. No digas, por tanto: ¿Quién me ve? No lo digas, porque Dios "penetra hasta el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos" (Hb 4,12). Además, tú no te ves a ti mismo, ni puedes traspasar la nube, sino que como si tuvieras un muro por todos lados rodeándote, estás sin poder para mirar al cielo. Sea cual sea el pecado que desees, examinémoslo primero y verás que así se engendra. Pues como los ladrones y quienes excavan a través de las paredes cuando desean llevarse algo valioso, apagan la vela y luego hacen su trabajo; así también lo hace el razonamiento perverso de los hombres en el caso de quienes cometen pecado. Ya que en nosotros también seguramente hay una luz, la luz de la razón, siempre encendida. Pero si el espíritu de maldad, que viene ansiosamente con su fuerte ráfaga, apaga esa llama, inmediatamente oscurece el alma y prevalece contra ella, y la despoja inmediatamente de todo lo que está almacenado en ella. Cuando por el deseo impuro el alma es cautiva, incluso como una nube y niebla a los ojos del cuerpo, de modo que el deseo intercepta la previsión de la mente y le permite no ver nada a ninguna distancia, ni precipicio, ni infierno, ni miedo. A partir de entonces, teniendo ese engaño como tirano sobre él, llega a ser fácilmente vencido por el pecado; Y se alza ante sus ojos como un muro sin ventanas, que no deja que el rayo de justicia brille sobre la mente, pues las absurdas ideas de la lujuria la rodean como una muralla por todos lados. Y desde entonces, la mujer impura lo encuentra en todas partes: presente ante sus ojos, ante su mente, ante sus pensamientos. Y como los ciegos, aunque se encuentran al mediodía bajo el mismo punto central del cielo, no reciben la luz, pues tienen los ojos cerrados; así también estos, aunque diez mil doctrinas de salvación resuenen en sus oídos desde todos los ángulos, con el alma preocupada por esta pasión, se tapan los oídos ante tales discursos. Y lo saben bien quienes han hecho la prueba. Pero Dios no permita que lo sepas por experiencia propia.
VII
No sólo el pecado del juicio temerario tiene estos efectos, sino también todo afecto desacertado. Traslademos el argumento, por ejemplo, a la mujer impúdica al dinero, pues aquí también veremos una densa e ininterrumpida oscuridad. En el primer caso, puesto que el objeto amado es único y está encerrado en un solo lugar, el sentimiento no es tan violento; pero en el caso del dinero, que se muestra por doquier, en platerías, tabernas, fundiciones de oro, en las casas de los ricos, la pasión se desata con furia. Pues cuando quien padece esa enfermedad ve con deseo sirvientes pavoneándose en el mercado, caballos con arreos de oro, hombres ataviados con ropas costosas, la oscuridad se intensifica y lo envuelve. Y ¿por qué hablar de casas y platerías? Por mi parte, creo que tales personas, aunque solo vean la riqueza en una imagen, se convulsionan, se descontrolan y deliran. De modo que la oscuridad los rodea por doquier. Y si por casualidad ven el retrato de un rey, no admiran la belleza de las piedras preciosas, ni el oro, ni la púrpura, sino que se consumen. Y como el desdichado amante antes mencionado, aunque sólo ve la imagen de la mujer amada, se aferra a la cosa sin vida; así también este hombre, al contemplar la imagen sin vida de la riqueza, se ve afectado con mayor fuerza, como si estuviera dominado por una pasión más tiránica. Y de ahí en adelante debe quedarse en casa, o si se aventura al foro, regresar con innumerables heridas. Pues muchos son los objetos que afligen sus ojos. Así como el primero no ve nada más que a la mujer, así también el segundo se apresura a buscar a los pobres y a todo lo demás, para no obtener ni siquiera un pequeño alivio. Pero en los ricos fija su mirada con firmeza; al verlos, enciende con fuerza y vehemencia el fuego en su alma. Porque es un fuego que devora miserablemente al que cae en él; y si no hubiera infierno ni castigo alguno, esta condición sería en sí misma un castigo: estar continuamente atormentado y no poder jamás encontrar fin al mal.
VIII
Estas cosas bastarían por sí solas para recomendarnos huir de esta enfermedad. Pero no hay mayor mal que la desconsideración, que lleva a los hombres a obsesionarse con cosas que traen tristeza al corazón y ningún beneficio. Por lo tanto, les exhorto a que cesen la pasión en su inicio: pues así como la fiebre, en su primer ataque, no quema violentamente de sed a los pacientes, sino que al aumentar y agudizarse su fuego, les causa desde entonces una sed incurable; y aunque se les permita atiborrarse de bebida, no apaga el fuego, sino que lo arde con más fuerza; así también sucede con esta pasión; a menos que, al invadir nuestra alma por primera vez, la detengamos y cerremos las puertas; una vez que entra, desde ese momento hace incurable la enfermedad de quienes la han admitido. Pues así, tanto las cosas buenas como las malas, cuanto más tiempo permanecen en nosotros, más poderosas se vuelven. En todo lo demás, cualquiera puede ver que esto sucede. Así, una planta recién plantada se arranca fácilmente; pero no tanto cuando lleva mucho tiempo enraizada; entonces se requiere una gran fuerza de palanca. Un edificio recién construido es fácilmente derribado por quienes lo empujan; pero una vez bien asentado, causa grandes problemas a quienes intentan derribarlo. Y una fiera que ha hecho de su guarida un lugar determinado durante mucho tiempo es difícil de ahuyentar. Por lo tanto, a quienes aún no están poseídos por la pasión en cuestión, les exhorto a no dejarse llevar. Porque es más fácil evitar caer en ella que, habiendo caído, escapar.
IX
A quienes se sienten afligidos y desmoralizados, si aceptan someterse a la palabra de sanación, les prometo una gran esperanza de salvación por la gracia de Dios. Porque si consideran a quienes han sufrido y caído en esa enfermedad y se han recuperado, tendrán buenas esperanzas de que la enfermedad se cure. ¿Quién, entonces, cayó en esta enfermedad y se libró fácilmente? El bien conocido Zaqueo. En efecto, ¿quién podría ser más adicto al dinero que un publicano? Pero de repente se convirtió en un hombre de vida estricta y apagó todo ese fuego. Mateo hizo lo mismo, pues él también era publicano, viviendo en continua rapiña. Pero también él, de repente, se despojó de la maldad, sació su sed y buscó la ganancia espiritual. Por lo tanto, considerando a estos y a otros similares, no desesperes, pues si quieres, pronto podrás recuperarte. Y si os place, según la regla de los médicos, os prescribiremos con exactitud lo que debéis hacer. Es necesario entonces, ante todo, tener razón en esto: nunca desanimarnos ni desesperar de nuestra salvación. A continuación, debemos considerar no solo los ejemplos de quienes han obrado bien, sino también los sufrimientos de quienes han persistido en el pecado. Porque así como hemos considerado a Zaqueo y Mateo, también debemos considerar a Judas, Giezi, Acán, Acab, Ananías y Safira, para que por uno podamos expulsar toda desesperación y cortar toda indolencia, y que el alma no se vuelva negligente con los remedios sugeridos. Enseñémosles a decir por sí mismos lo que dijeron los judíos aquel día, acercándose a Pedro ("¿qué debemos hacer para ser salvos?"; Hch 2,37), y que escuchen lo que deben hacer.
X
¿Qué debemos hacer, entonces? Esto mismo: saber cuán inútiles son las cosas en cuestión, y que la riqueza es una esclava fugitiva y despiadada, y rodea a sus poseedores de innumerables males. Y tales palabras, como hechizos, resonémoslas continuamente en sus oídos. Y como los médicos tranquilizan a sus pacientes cuando piden agua fría, diciendo que se la darán, poniendo excusas sobre el manantial, el recipiente, el momento oportuno y muchas cosas más (pues si se niegan de inmediato, los vuelven locos de frenesí), así también actuemos con los amantes del dinero. Cuando digan que deseamos ser ricos, no digamos inmediatamente que la riqueza es algo malo; sino asintamos y digamos que también la deseamos; pero a su debido tiempo; sí, verdadera riqueza; sí, aquella que produce un placer eterno; sí, aquella que se acumula para uno mismo, y no para los demás, y aquellos a menudo nuestros enemigos. Y desarrollemos las lecciones de la verdadera sabiduría y digamos: no prohibimos las riquezas, sino las mal habidas. Porque es lícito ser rico, pero sin codicia, sin rapiña ni violencia, y sin ser maldecido por todos. Con estos argumentos, primero suavicémoslos, y no hablemos todavía del infierno. Porque el enfermo aún no soporta tales dichos. Por lo tanto, vayamos a este mundo para presentar todos nuestros argumentos sobre estos asuntos; y digamos: ¿Por qué eligen enriquecerse por codicia ? ¿Para que el oro y la plata se acumulen para otros, pero para ustedes, innumerables maldiciones y acusaciones? Para que aquel a quien han defraudado se sienta aguijoneado por la falta de lo necesario para la vida, y se lamente, y atraiga sobre ustedes la censura de miles; y pueda andar al anochecer por el mercado, encontrándose con todos en los callejones, en total perplejidad, sin saber. ¿En qué confiar siquiera por esa noche? En efecto, ¿cómo va a dormir después de todo, con dolores de estómago, el hambre incesante que lo asedia, y eso a menudo mientras hiela y llueve a cántaros? Y mientras tú, después de lavarte, regresas a casa del baño radiante, con ropas suaves, alegre y regocijante, y preparándote para un banquete preparado y costoso; él, obligado a recorrer la plaza del mercado por el frío y el hambre, hace su ronda, agachándose y extendiendo las manos; ni siquiera tiene ánimo para pedir sin temblar la comida necesaria a alguien tan saciado y tan empeñado en descansar. Es más, a menudo tiene que retirarse insultado. Así pues, cuando hayas regresado a casa, cuando te recuestes en tu lecho, cuando las luces de tu casa brillen con fuerza, cuando la mesa esté preparada y abundante, en ese momento recuerda a ese pobre hombre miserable que vaga, como los perros en los callejones, en la oscuridad y el lodo; Excepto cuando, como suele ocurrir, tiene que partir de allí, no para ir a casa, ni a su esposa, ni a su lecho, sino a un lecho de paja; como vemos a los perros ladrar toda la noche. Y tú, si ves caer una gota del tejado, alborotas toda la casa, llamando a tus esclavos y revolviéndolo todo; mientras él, tendido entre harapos, paja y tierra, tiene que soportar el frío. ¿Qué bestia salvaje no se ablandaría con estas cosas? ¿Quién es tan salvaje e inhumano que estas cosas no lo ablanden? Y sin embargo, hay quienes han llegado a tal extremo de crueldad que incluso dicen que merecen lo que sufren. Sí, cuando deberían compadecerse, llorar y ayudar a aliviar las calamidades de los hombres, por el contrario, los visitan con censuras salvajes e inhumanas. A estos me gustaría preguntarles: ¿Por qué merecen lo que sufren? ¿Es porque quieren ser alimentados y no morir de hambre? No, responderás; sino porque se alimentarían en la ociosidad. Y tú, ¿no te desenfrenas en la ociosidad? ¿Qué digo? ¿No te afanas a menudo en una ocupación más penosa que cualquier ociosidad, acaparando, oprimiendo y codiciando? Sería mejor que tú también fueras ocioso de esta manera; porque es mejor ser ocioso de esta manera que ser codicioso. Pero ahora incluso pisoteas las calamidades de otros, y no sólo holgazaneando o persiguiendo una ocupación peor que la ociosidad, sino también difamando a quienes pasan sus días en la miseria. Narrémosles además los desastres de otros; los duelos prematuros, los moradores en prisión, aquellos que son destrozados ante los tribunales, aquellos que tiemblan por la vida; la viudez inesperada de las mujeres; el revés repentino de los ricos: y con esto ablandemos sus mentes. Porque por nuestras narraciones sobre otros, los induciremos por todos los medios a temer estos males también en su propio caso. Porque cuando escuchan que el hijo de tal persona que era un hombre codicioso y avaro, o la esposa de tal persona que hizo muchas acciones tiránicas, después de la muerte de su esposo soportó aflicciones sin fin; las personas agraviadas atacando a la esposa y los niños, y una guerra general que se levanta desde todos los sectores contra su casa; Aunque un hombre sea el más insensato de los seres, al esperar sufrir lo mismo y temer por los suyos, se volverá más moderado. Encontramos la vida llena de historias como esta, y no nos faltarán correctivos de este tipo. Cuando hablamos de estas cosas, no las digamos como si diéramos consejos o recomendaciones, para que nuestro discurso no se vuelva demasiado fastidioso, sino que, en el orden de la narración y por asociación con alguna otra cosa, procedamos en cada caso a ese tipo de conversación y estemos constantemente poniéndolos sobre historias de ese tipo, permitiéndoles no hablar de ningún tema excepto los que siguen: Cómo se derrumbó la espléndida y famosa mansión de tal persona; Cómo está tan completamente desolada que todas las cosas que había en ella han pasado a manos de otros; Cuántos juicios han tenido lugar diariamente sobre esta misma propiedad, qué revuelo; Cuántos parientes de ese hombre han muerto como mendigos o habitantes de una prisión. Hablemos de todo esto con compasión por los difuntos y como desprecio por lo presente; para que, mediante el miedo y la compasión, ablandemos la mente cruel. Y cuando veamos a los hombres encogerse ante estas narraciones, entonces, y no antes, les presentemos también la doctrina del infierno, no como algo que los aterrorice, sino como compasión por los demás. Y digamos: ¿Por qué hablar de lo presente? Pues, en verdad, nuestra preocupación estará lejos de terminar con esto; un castigo aún más severo les aguardará a todas esas personas : un río de fuego, un gusano venenoso, oscuridad interminable y torturas eternas. Si con tales palabras logramos hechizarlos, nos corregiremos a nosotros mismos y a ellos, y pronto nos recuperaremos de nuestra enfermedad. En ese día tendremos a Dios para alabarnos, como también dice Pablo: "Entonces, cada uno recibirá la alabanza de Dios". Porque lo que proviene de los hombres es fugaz y, a veces, no proviene de buenas intenciones. Pero lo que proviene de Dios permanece continuamente y brilla con claridad. Porque cuando Aquel que conocía todas las cosas antes de su creación, y que está libre de toda pasión, nos alaba, entonces también la demostración de nuestra virtud es incuestionable. Sabiendo, estas cosas, actuemos de modo que seamos alabados por Dios y alcancemos las mayores bendiciones, las cuales Dios nos concede a todos obtener, por la gracia y la bondad amorosa de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 12
I
Esto lo he aplicado en forma figurada a mí y a Apolo, por amor a vosotros, para que aprendáis a no pensar más que en lo que está escrito
Cuando Pablo hubiera necesitado más que nunca emplear expresiones duras contra los corintios, se abstuvo de correr el telón y continuó argumentando como si él mismo fuera el destinatario de lo que decía. ¿Para qué? Para que la dignidad de las personas censuradas, al contrarrestar a los censuradores, no diera lugar a un ataque de ira ante las acusaciones. Pero cuando llegó el momento de un proceso más suave, se quitó la máscara y mostró a las personas ocultas tras el apelativo de Pablo y Apolo. Y por esta razón dijo: "Esto, hermanos, lo he transferido en una figura a mí y a Apolo". Y como en el caso de los enfermos, cuando el niño, al no estar sano, patea y se aleja de la comida ofrecida por los médicos, los asistentes llaman al padre o al tutor y les piden que tomen la comida de las manos del médico y se la traigan, para que, por temor a ellos, la tome y se quede tranquilo; así también Pablo, con la intención de censurarlos por ciertas otras personas, de las cuales algunas, según él, eran injuriadas, otras honradas desmesuradamente, no las mencionó, sino que argumentó en su propio nombre y en el de Apolo, para que, reverenciando a estas, pudieran recibir su cura. Pero una vez recibido esto, inmediatamente revela en nombre de quién se expresaba así. Ahora bien, esto no era hipocresía, sino condescendencia y tacto. Porque si hubiera dicho "los hombres a quienes juzgan son santos y dignos de toda admiración", podrían haberlo tomado a mal y retrocedido. No obstante, al decir "para mí es muy poco que me juzguen por ustedes", y "¿quién es Pablo y quién es Apolo?", hizo que su discurso fuera fácil de recibir. Ésta, si lo notan, es la razón por la que dice aquí: "Esto lo he transferido en una figura a mí mismo por amor a ustedes, para que en nosotros aprendan a no ser más sabios de lo que está escrito". Esto significa que, si hubiera Pablo aplicado su argumento a sus personas, no habrían aprendido todo lo que necesitaban aprender ni habrían aceptado la corrección, molestos por lo que se dijo. Pero, como era de esperar, reverenciando a Pablo, soportaron bien la reprensión. Pero ¿qué significa no ser más sabio de lo que está escrito? Está escrito: "¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, pero no consideras la viga que está en tu propio ojo?" (Mt 7,3) y: "No juzguéis, para que no seáis juzgados". Si somos uno, y estamos unidos, nos conviene no levantarnos unos contra otros, porque "el que se humilla será enaltecido" (Mt 20,26-27) y "el que quiera ser el primero de todos, que sea el siervo de todos" (Mc 10.32). Éstas son las cosas que están escritas.
II
Que ninguno de vosotros se envanezca ni se pelee con los demás
De nuevo Pablo, tras despedir a los maestros (Apolo...), reprende a los discípulos (los corintios), porque fueron ellos quienes provocaron el entusiasmo de los primeros. Además, los líderes no aceptaban con calma ese tipo de discurso debido a su deseo de gloria externa, pues incluso estaban cegados por esa pasión. Mientras que los discípulos, al no cosechar ellos mismos los frutos de la gloria, sino procurárselos a otros, soportaban las reprimendas con más temple y tenían más poder que los líderes para destruir la enfermedad. Parece, entonces, que esto también es síntoma de engreimiento, de enorgullecerse por causa ajena, aunque uno no tenga ese sentimiento con respecto a lo que le pertenece. Pues así como quien se enorgullece de la riqueza ajena lo hace por arrogancia, lo mismo ocurre con la gloria ajena. Y bien lo ha llamado estar hinchado. Pues cuando un miembro en particular se eleva sobre los demás, no es más que inflamación y enfermedad; ya que de ninguna otra manera un miembro se vuelve más alto que otro, excepto cuando se produce una hinchazón (en nuestro lenguaje, carne orgullosa). Y así también en el cuerpo de la Iglesia; quien esté inflamado e hinchado, debe ser el enfermo; pues está hinchado por encima de la proporción de los demás. Porque esta desproporción es lo que entendemos por hinchazón. Y así sucede en el cuerpo, cuando algún humor espurio y maligno se acumula, en lugar del alimento habitual. Así también nace la arrogancia; nociones a las que no tenemos derecho que nos dominan. Y note con qué propiedad literal dice: "No se envanezcan, porque lo que se envanece tiene cierto tumor de espíritu, por estar lleno de humor corrupto". Estas cosas no se dicen, sin embargo, para excluir todo consuelo, sino por el que causa daño. ¿Esperarías a esta o aquella persona? No te lo prohíbo, pero no lo hagas en perjuicio de otro. Porque no para que nos agrupáramos unos contra otros si se nos dieran maestros, sino para que todos estuviéramos unidos. Porque para este fin el general es puesto al frente del ejército, para que de los que están separados pueda formar un solo cuerpo. Pero si ha de desmantelar el ejército, se sitúa en el lugar de un enemigo más que de un general.
III
¿Quién te distingue? ¿Qué tienes que no hayas recibido?
A partir de este punto, y tras dejar ya de lado a los gobernados, se dirige Pablo a los gobernantes, a los que alaba. ¿De dónde se desprende que son dignos de ser alabados? ¿Por qué? ¿Se ha llevado a cabo algún juicio? ¿Se ha investigado alguna vez? ¿Se ha sometido a algún ensayo? ¿Se ha sometido a alguna prueba rigurosa? No, no puedes decirlo; y si los hombres dan su voto, su juicio no es recto. Pero supongamos que realmente eres digno de alabanza y que posees el don de la gracia, y que el juicio de los hombres no es corrupto; sin embargo, ni siquiera en este caso sería correcto ser altivo; pues no tienes nada propio que no lo hayas recibido de Dios. ¿Por qué, entonces, pretendes tener lo que no tienes? Dirás que lo tienes, y otros lo tienen contigo; pues bien, lo tienes al recibirlo: no sólo esto o aquello, sino todo lo que tienes». Pues no te pertenecen estas excelencias, sino a la gracia de Dios. Ya sea que llames fe, vino de su llamamiento; o ya sea el perdón de los pecados del que hablas, o los dones espirituales, o la palabra de enseñanza, o los milagros; todo lo recibiste de ahí. Ahora bien, dime, ¿qué tienes que no hayas recibido, sino que más bien hayas logrado por ti mismo? No tienes nada que decir, salvo esto: que has recibido. Y eso ¿te hace altivo de espíritu? No, sino que debería hacerte encogerte en ti mismo. Porque no es tuyo lo que se ha dado, sino del dador. ¿Y si lo recibiste? Lo recibiste de él. Y si recibiste de él, no fue tuyo lo que recibiste, y si recibiste lo que no era tuyo, ¿por qué te exaltas como si tuvieras algo propio? Por lo que añadió también: "Si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?". Habiendo, como ven, justificado su argumento mediante la concesión, indica que tienen sus deficiencias; y no son pocas, y dice más o menos: Aunque lo hubieran recibido todo, no sería digno de gloria, pues nada les pertenece, mas tal como están las cosas, hay muchas cosas de las que carecen. Al principio sólo insinuó esto, cuando dijo: "No pude hablarles como a espirituales; y me propuse no saber nada entre ustedes, excepto a Jesucristo, y a este crucificado". En el caso presente, lo hace para avergonzar a los corintios, diciendo lo siguiente.
IV
Ya estáis saciados, ya sois ricos, ya no os falta nada. Os habéis hecho perfectos, habéis llegado a la cumbre, y no tenéis necesidad, según creéis, de nadie, ni de apóstoles ni de maestros
Cuando Pablo dice a los corintios que "ya están saciados", ¿alude a la incredulidad de los corintios ante sus afirmaciones, o a su irrazonable concepto de sí mismos? ¿O tal vez lo dijo en tono de burla? Yo creo que lo dijo en tono de burla, por lo que dice a continuación: "¡Qué rápido habéis llegado al final!". Sobre todo porque los corintios estaban todavía en sus comienzos, y sabían que las cosas perfectas vendrían en el futuro. Por eso, por saciarse con poco, Pablo delata el alma débil de los corintios, y de la imagen de expertos pasa a la de ignorantes. Por supuesto, la piedad es insaciable, pero también es propio de una mente infantil imaginar desde el principio que se ha alcanzado la plenitud, y que quienes están todavía en el preludio de algo sean altivos como si hubieran alcanzado el fin. A continuación, mediante lo que sigue, los desconcierta Pablo aún más, pues habiendo dicho "ya estáis saciados", añadió: "Os habéis enriquecido, habéis reinado sin nosotros, y ¡ojalá reinarais para que nosotros también reináramos con vosotros!". El discurso es de gran austeridad, por lo que viene al final, al ser introducido por él después de esa abundancia de reproches. Porque entonces nuestra amonestación es respetada y fácilmente recibida, cuando después de nuestras acusaciones introducimos nuestras expresiones humillantes. Esto bastaría para reprimir incluso al alma desvergonzada y golpearla con más fuerza que la acusación directa, y corregir la amargura y el endurecimiento que probablemente surjan de la acusación. Siendo cierto que esta, más que cualquier otra cosa, es la admirable cualidad de los argumentos que apelan a nuestro sentido de la vergüenza, que poseen dos ventajas contrarias. Por una parte, se corta más profundamente que con una invectiva abierta; por otra, se obliga al reprendido a soportar esa puñalada más severa con más paciencia. "Has reinado sin nosotros". Aquí hay gran fuerza, tanto para los maestros como para los discípulos: y se señala también su ignorancia de sí mismos, y su gran desconsideración. Porque lo que dice es esto: que "en los trabajos, todas las cosas son comunes tanto para nosotros como para ustedes, pero en las recompensas y las coronas ustedes son los primeros". No es que diga esto por disgusto; por lo que añadió también, ciertamente quisiera que reinaras; entonces, para que no pareciera haber alguna ironía, añadió "para que también pudiéramos reinar con ustedes", porque también nosotros estaríamos en posesión de estas bendiciones. ¿Ves cómo de repente demuestra su severidad, su preocupación por ellos y su espíritu de abnegación? ¿Ves cómo derriba su orgullo?
V
Según pienso yo, Dios ha mostrado a los apóstoles como los postreros, sentenciados a muerte
Hay aquí una gran profundidad de significado y severidad implícita en la expresión nosotros. Y ni siquiera con esto se conformó Pablo, sino que criticó con vehemencia a los corintios al decir: "Nosotros, los apóstoles, que soportamos innumerables males, que sembramos la palabra de piedad, fuimos los que os guiamos a esta severa regla de vida". A estos los ha presentado al final, como condenados a muerte. En efecto, como había dicho "para que también reinemos con vosotros", y con esa expresión había suavizado su vehemencia para no desanimarlos, retoma ahora el tema con mayor gravedad y dice: "Dios nos ha presentado a nosotros, los apóstoles, al final, como condenados a muerte". Pues, según lo que veo (dice él), y por lo que decís vosotros, "los más abyectos de todos los hombres, y los condenados, somos nosotros, los que estamos destinados al sufrimiento continuo". Pero vosotros "ya tenéis un reino, honores y grandes recompensas en vuestra imaginación". Y queriendo llevar su razonamiento a un absurdo aún mayor y exhibirlo como increíble en el más alto grado, no dijo solamente "somos últimos", sino "Dios nos hizo últimos"; y no se conformó con decir últimos, sino que añadió "condenados a muerte", a fin de que incluso alguien completamente falto de entendimiento pudiera sentir que la declaración era completamente increíble, y que sus palabras eran las palabras de alguien que los enojaba y los avergonzaba vehementemente. Observen también el buen juicio de Pablo, y los temas con los que, cuando llega el momento oportuno, se exalta, se muestra honorable y se engrandece. Con éstos, ahora los avergüenza, llamándose condenado. Tan importante es hacer todo a su debido tiempo. Por "condenado a muerte", en este pasaje se refiere al condenado y merecedor de diez mil muertes.
VI
Hemos llegado a ser espectáculo para el mundo, para los ángeles y para los hombres
¿Qué significa "nos hemos convertido en un espectáculo para el mundo"? Esto mismo: que no en un sólo rincón, ni en una pequeña parte del mundo, sufrimos estas cosas, sino "en todas partes" y "ante todos". Pero ¿qué significa "para los ángeles"? Es posible convertirse en un espectáculo para los hombres, pero no así para los ángeles, cuando las cosas que se hacen son ordinarias. Pero nuestras luchas son tales que son dignas incluso de la contemplación angelical. Observa desde las cosas por las que se vilipendia, cómo de nuevo se muestra grande; y desde las cosas de las que están orgullosos, cómo muestra su mezquindad. Porque ya que ser necios se consideraba algo más vil que parecer sabio; ser débil, que hacerse fuerte; y sin honor, que glorioso y distinguido; y que está a punto de lanzar sobre ellos el primer conjunto de epítetos, mientras que él mismo aceptó el otro; significa que estos últimos son mejores que los primeros; Si al menos por ellos atrajo a la multitud (digo, no sólo de los hombres, sino también de los mismos ángeles) a la contemplación de sí mismos. Pues nuestra lucha no es solo con los hombres, sino también con los poderes incorpóreos. Por lo tanto, también se ha preparado un poderoso teatro.
Nosotros somos necios por amor a Cristo, y vosotros sabios en Cristo. Somos débiles, y vosotros sois fuertes. Nos desprecian, pero vosotros sois honorables
Esto también lo dijo Pablo para desconcertar a los corintios, dando a entender que es imposible que los contrarios concuerden, ni pueden concordar cosas tan distantes. En efecto, ¿cómo puede ser que "ustedes sean sabios, pero nosotros necios en lo que respecta a Cristo"? Es decir, unos golpeados, despreciados, deshonrados y estimados como nada, y otros honrados y considerados por muchos como personas sabias y prudentes. Esto le da la oportunidad de hablar así, como si dijera: ¿Cómo puede ser que quienes predican tales cosas sean considerados como practicantes de sus contrarios? Respecto a "somos débiles, pero ustedes son fuertes", lo que quiere decir Pablo es, más o menos: Nosotros somos perseguidos y acosados, y ustedes gozan de seguridad y son muy esperados (cosa que la naturaleza del evangelio no lo permite). Respecto a "nos desprecian, pero ustedes son honorables", aquí se opone Pablo a los nobles y a quienes se enorgullecían de sus ventajas externas.
VII
Hasta esta hora pasamos hambre, tenemos sed, estamos desnudos, somos abofeteados y no tenemos un lugar fijo donde vivir. No obstante, nos afanamos trabajando con nuestras propias manos
Con lo dicho, Pablo viene a decir: Lo que os cuento no es una historieta antigua, sino algo que ha costado sufrimiento y el tiempo presente está dando testimonio, llevado a cabo no por ninguna pompa exterior sino mirando sólo a Dios, aquí y en todo lugar. A otro nivel, con esto también les viene a decir: No deseemos, por tanto, que otros nos aplaudan, ni que tampoco nadie se apresure por nosotros, sino que nosotros nos esforzamos por acercarnos a nuestros consiervos. En efecto, así como quienes compiten en un teatro pequeño buscan uno grande, como si este fuera insuficiente para su exhibición, así también lo hacen quienes, compitiendo ante Dios, buscan después el aplauso de los hombres; renunciando a la mayor alabanza y ansiando la menor, se acarrean un severo castigo. ¿Qué, sino esto, es lo ha trastocado todo? Esto es lo que confunde al mundo entero: que no lo hacemos pensando en los hombres, ni para nuestro bien, sino para Dios, sin busca la aprobación de nuestros consiervos. Dios dictará sentencia. Aun siendo esto así, y debiendo ser así, todavía seguimos mirando fijamente a los hombres, que es el primero de los pecados. Así, si un hombre observara, nadie elegiría cometer fornicación; pero aunque estuviera diez mil veces ardiendo con esa plaga, la tiranía de la pasión es conquistada por su reverencia a los hombres. Pero a la vista de Dios, los hombres no solo cometen adulterio y fornicación; sino que muchos se han atrevido y aún se atreven a hacer otras cosas mucho más terribles. Entonces, ¿esto solo no es suficiente para hacer caer diez mil rayos? ¿Adulterios, dije, y fornicaciones? No, cosas incluso mucho menores que estas tememos hacer delante de los hombres; pero a la vista de Dios ya no tememos. De ahí, de hecho, se han originado todos los males del mundo; porque en las cosas realmente malas reverenciamos no a Dios, sino a los hombres. Por esta razón, como ven, ambas cosas, que son verdaderamente buenas y no son consideradas como tales por la mayoría, se convierten en objeto de nuestra aversión, sin investigar su naturaleza, sino atendiendo a la opinión de la mayoría; y, de nuevo, en el caso de las cosas malas, actuamos según este mismo principio. Por lo tanto, ciertas cosas, aunque no realmente buenas, pero que parecen justas a la mayoría, las buscamos como bienes mediante el mismo hábito. De modo que, en ambos casos, nos perdemos.
VIII
Quizás muchos encuentren esta observación algo confusa. Por tanto, la explicaré con mayor claridad. Cuando cometemos impureza (pues debemos comenzar por los ejemplos alegados), tememos a los hombres más que a Dios. Por lo tanto, cuando nos hemos sometido a ellos y los hemos hecho señores sobre nosotros, hay muchas otras cosas que a estos señores les parecen malas, sin serlo; de estas también huimos por nuestra parte de la misma manera. Por ejemplo, muchos consideran vergonzoso vivir en la pobreza; y huimos de la pobreza, no porque sea vergonzosa ni porque estemos convencidos de ello, sino porque nuestros amos la consideran vergonzosa; y les tememos. Además, ser deshonrado y despreciable, y estar desprovisto de toda autoridad, parece igualmente, en la mayoría de los casos, un asunto de gran vergüenza y vileza. De esto también huimos; no condenando la situación en sí, sino por la sentencia de nuestros amos. De nuevo, en el lado contrario, sufrimos el mismo daño. La riqueza se considera un bien, el orgullo, la pompa y la ostentación. Por consiguiente, perseguimos esto de nuevo, no en este caso por considerar la naturaleza de las cosas como buena, sino persuadidos por la opinión de nuestros amos. Pues el pueblo es nuestro amo y la gran turba; un amo salvaje y un tirano severo: no se necesita ni siquiera una orden para que lo escuchemos; basta con que sepamos su voluntad, y sin orden nos sometemos: tan gran bien le hacemos. Además, Dios, que amenaza y amonesta a diario, no es escuchado; pero el pueblo llano, lleno de desorden, compuesto de toda clase de escoria, no necesita ni una palabra de orden; le basta con indicar lo que le place, y en todo obedecemos de inmediato.
IX
Alguno dirá: ¿Y no puede uno huir de estos amos? Y yo le respondo: No, sino adquirir una mente superior a la suya, y analizar la naturaleza de las cosas mejor que ellos, y condenar la voz de la multitud y sus vergonzosas hazañas, no temiendo en absoluto a nadie sino al Ojo que no duerme. En todo lo bueno, por supuesto, sí hemos de tolerar a dichos amos, pero no buscando las coronas humanas sino sólo las que vienen de Dios. Al obrar vosotros bien, si ellos no lo hacen ya los estáis juzgando indignos del sufragio de Dios. Si ellos obran mal, tampoco vosotros le daréis coba, y eso los contrariará. ¿Y cómo puede ser esto? Considerando qué es el hombre, qué es Dios, a quién abandonas y a quién acudes en busca de refugio. El hombre yace bajo el mismo pecado que tú, la misma condenación y el mismo castigo. El hombre es como la vanidad (Sal 144,4), y no tiene un juicio correcto, y necesita la corrección de arriba. El hombre es polvo y ceniza, y si otorga alabanzas, a menudo las otorgará al azar, o por favor, o mala voluntad. Y si calumnia y acusa, esto también lo hará con el mismo propósito. Pero Dios no actúa así; más bien es irreprochable en su sentencia y puro en su juicio. Por lo tanto, siempre debemos acudir a él en busca de refugio; y no sólo por estas razones, sino porque él te creó, y sobre todo te perdona, y te ama más que tú mismo. ¿Por qué, entonces, descuidando tener un aprobador tan admirable, nos dirigimos al hombre, que es nada, todo temeridad, todo azar? ¿Acaso te llama malvado y contaminado cuando no lo eres? Con mayor razón lo compadeces y lloras porque es corrupto; y desprecias su opinión, porque los ojos de su entendimiento están oscurecidos. Porque incluso los apóstoles fueron mal vistos de esta manera; y se burlaron de sus calumniadores. ¿Te llama bueno y amable? Si en verdad lo eres, no te envanezcas por la opinión; pero si no lo eres, despídala aún más y considéralo una burla. ¿Quieres saber qué tan corruptos, inútiles y ridículos son los juicios de la mayoría de los hombres? Algunos provienen solo de personas desquiciadas y distraídas, otros de niños de pecho. Escucha lo que ha sucedido desde el principio. Te hablaré de juicios, no solo del pueblo, sino también de quienes se consideraban los más sabios, de quienes fueron legisladores desde los primeros tiempos. En efecto, ¿quién sería considerado más sabio entre la multitud que quien se considera digno de legislar para ciudades y pueblos? Sin embargo, para estos sabios, la fornicación no parece ser nada malo ni merecedor de castigo. Al menos, ninguna de las leyes paganas la penaliza ni lleva a nadie a juicio por ello. Y si alguien lleva a otro a juicio por cosas así, la multitud se burla y el juez no lo tolera. Jugar a los dados, por otro lado, está exento de todos sus castigos: ninguno de ellos incurrió jamás en pena por ello. La embriaguez y la glotonería, lejos de ser un delito, son consideradas por muchos incluso como algo bueno. Y en las orgías militares es motivo de gran emulación; y quienes más necesitan una mente sobria y un cuerpo fuerte, son los más entregados a la tiranía de la embriaguez; debilitando por completo el cuerpo y oscureciendo el alma. Sin embargo, ninguno de los legisladores ha castigado esta falta. ¿Qué puede ser peor que esta locura? ¿Es entonces la buena palabra de los hombres tan dispuestos un objeto de deseo para ti, y no te escondes en la tierra? Pues aunque todos te admiraran, ¿no deberías sentirte avergonzado y cubrirte la cara al ser aplaudido por hombres de tan corrupto juicio? Además, la blasfemia cometida por los legisladores en general no se considera nada terrible. En cualquier caso, nadie por blasfemar contra Dios fue llevado a juicio ni castigado. Pero si un hombre roba la ropa de otro o le corta la bolsa, se le desolla el costado y a menudo se le condena a muerte; mientras que al que blasfema contra Dios no se le imputan cargos ante los legisladores paganos. Y si un hombre seduce a una sirvienta estando casado, no se le imputa ningún cargo ante las leyes paganas ni ante los hombres en general.
X
Alguno dirá: ¿Y si cometen obras que demuestran su locura? Y yo le respondo: Hay leyes que no castigan las locuras, y hay otras que hasta son impuestas por la ley. Por ejemplo, cuando se reúnen multitudes en los teatros y allí se introducen coros de rameras y niñas prostituidas. Sí, tales cosas pisotean la naturaleza misma, y hacen que todo el pueblo se siente en lo alto, y así cautivan su ciudad; así coronan a estos poderosos reyes a quienes admiran perpetuamente por sus trofeos y victorias. Y sin embargo, ¿qué puede ser más insípido que este honor? ¿Qué más desagradable que este deleite? Entonces, de entre estos buscan jueces que aplaudan sus actos? ¿Y es en compañía de bailarinas, afeminados, bufones y rameras que de buena gana disfrutan del sonido del elogio? Respóndanme a esto: ¿Cómo pueden estas cosas ser otra cosa que pruebas de una infatuación extrema? ¿Es o no es terrible subvertir las leyes de la naturaleza e introducir relaciones ilícitas? Seguramente dirán que es terrible; en cualquier caso, hacen alarde de imponer un castigo por ese delito. ¿Por qué, entonces, traen a escena a esos miserables abusados; y no solo los traen, sino que también los honran con innumerables honores y regalos incontables? En otros lugares castigan a quienes se atreven a tales cosas; pero aquí, como en el caso de los benefactores comunes de la ciudad, gastan dinero en ellos y los mantienen a expensas del erario público. Sin embargo, dirás, son infames. ¿Por qué entonces los educas? ¿Por qué elegir a los infames para rendir honor a los reyes? ¿Y por qué arruinar nuestras ciudades? ¿O por qué gastar tanto en estas personas? Ya que si son infames, la expulsión es lo más apropiado para los infames. ¿Por qué los hiciste infames? ¿En alabanza o en condenación? Por supuesto en condenación. ¿Acaso lo siguiente es que, aunque después de la condenación los hagas infames, corras a verlos como si fueran honorables, los admires, los alabes y los aplaudas? ¿Por qué hablar del encanto que se encuentra en las carreras de caballos? ¿O en las competencias de fieras? Porque esos lugares, llenos de una agitación sin sentido, educan al pueblo para adquirir un temperamento despiadado, salvaje e inhumano, y los entrenan para ver a los hombres despedazados, la sangre fluyendo y la ferocidad de las fieras que lo atormentan todo. ¡Todo esto, introducido desde el principio por nuestros sabios legisladores, es como tantas plagas! Y nuestras ciudades aplauden y admiran.
XI
Si les parece, dejaré de lado estas cosas abominables que los legisladores paganos promueven, y procederé a sus graves preceptos, para que verán que también estos han sido corrompidos por la opinión de la multitud. Así, el matrimonio se considera algo honorable (Hb 13,4), tanto para nosotros como para los de afuera; y es honorable. Pero cuando se solemnizan los matrimonios, ocurren cosas tan ridículas como las que oirán de inmediato: porque la mayoría, poseída y seducida por la costumbre, ni siquiera son conscientes de su absurdo, sino que necesitan que otros les enseñen. Para la danza, y los címbalos, y las flautas, y las palabras vergonzosas, y las canciones, y las borracheras, y los festines, y todo el gran montón de basura del diablo se introduce entonces. Sé que pareceré ridículo al criticar estas cosas; y que incurriré en la acusación de gran insensatez por parte de la mayoría, por perturbar las leyes antiguas; pues, como dije antes, grande es el poder engañoso de la costumbre. Sin embargo, no dejaré de repetirlo, pues existe la posibilidad de que, aunque no todos, algunos pocos acepten nuestras palabras y prefieran ser ridiculizados con nosotros, antes que reírnos con ellos, una risa que merece lágrimas, un castigo y una venganza desbordantes. ¿Cómo podría ser sino digno de la mayor condenación que una damisela que ha pasado toda su vida en casa y ha sido educada en la modestia desde su más tierna infancia, se vea obligada de repente a desechar toda vergüenza y, desde el mismo comienzo de su matrimonio, a ser instruida en la imprudencia; y se encuentre entre hombres lascivos y groseros, impuros y afeminados? ¿Qué mal no se implantará en la novia desde ese día en adelante? La inmodestia, la petulancia, la insolencia, el amor a la vanagloria; ya que naturalmente desearán tener todos sus días como estos. De ahí que nuestras mujeres se vuelvan caras y profusas; de ahí que carezcan de modestia; de ahí provienen sus innumerables males. Y no me hables de la costumbre: si es algo malo, que no se haga ni una sola vez; pero si es bueno, que se haga constantemente. Pues dime, ¿no es malo cometer fornicación? ¿Deberíamos permitir entonces que se haga solo una vez? De ninguna manera. ¿Por qué? Porque aunque se haga solo una vez, sigue siendo malo. Así también, que se agasaje a la novia de esta manera: si es malo, que no se haga ni una sola vez; pero si no es malo, que se haga siempre. Entonces, me dice alguien, ¿encuentras mal en el matrimonio? ¡Lejos de mí! Sobre todo, porque yo soy insensato, como sí lo es las cosas que tan indignamente se añaden al matrimonio (pintarse la cara, teñirse las cejas y todas esas demás exquisiteces). Porque, de hecho, a partir de ese día recibirá muchos amantes incluso antes que su consorte. Pero muchos admirarán a la mujer por su belleza. ¿Y qué hay de eso? Incluso si es discreta, difícilmente evitará malas sospechas; pero si es descuidada, será rápidamente superada, habiendo obtenido ese mismo día un punto de partida para un comportamiento disoluto. Sin embargo, aunque los males son tan grandes, la omisión de estos procedimientos es considerada un insulto por algunos que no son más que bestias, y se indignan porque la mujer no es exhibida a una multitud, porque no es presentada como un espectáculo teatral, común a todos los espectadores; cuando sin duda deberían considerarlo un insulto cuando estas cosas ocurren; un hazmerreír y una farsa. Porque incluso ahora sé que los hombres me condenarán por mucha locura y me convertirán en el hazmerreír; pero puedo soportar la burla cuando se obtiene algún beneficio de ello. Porque ciertamente sería digno de burla si, mientras exhortaba a despreciar la opinión de la mayoría, yo mismo, entre todos los hombres, me dejara dominar por ese sentimiento. He aquí lo que sigue de todo esto. No sólo de día, sino también de noche, procuran a propósito hombres bien ebrios, embriagados y enardecidos por la comida suntuosa, para que contemplen la belleza del rostro de la doncella; ni siquiera en casa, sino incluso por la plaza del mercado, la conducen con pompa para exhibirse, llevándola con antorchas al anochecer para que todos la vean; con sus acciones no recomiendan otra cosa que de ahí en adelante se despoje de toda modestia. Y ni siquiera se detienen ahí; la conducen con palabras vergonzosas. Y esto, para la multitud, es una ley. Y esclavos fugitivos y convictos, miles de ellos, de carácter desesperado, continúan con impunidad diciendo lo que les place, tanto contra ella como contra quien la va a llevar a su casa. No hay nada solemne, sino todo vil y lleno de indecencia. ¿No será una excelente lección de castidad para la novia ver y oír tales cosas? Y hay una especie de rivalidad diabólica entre estos pródigos para superarse unos a otros en su uso celoso de reproches y palabras indecentes, con lo que ponen a toda la compañía fuera de lugar, y salen victoriosos aquellos que han encontrado la mayor cantidad de reproches y las mayores indecencias para arrojar a sus vecinos. Ahora sé que soy una persona problemática, desagradable y taciturna, como si estuviera privando a la vida de algunos de sus placeres. Pues esta es precisamente la causa de mi pesar: que cosas tan desagradables se consideren una especie de placer. Pues, pregunto, ¿cómo puede ser otra cosa que desagradable ser insultado y vilipendiado? ¿Ser reprochado por todos, junto con tu esposa? Si alguien en la plaza habla mal de tu esposa, haces un escándalo sin fin y consideras que la vida no vale la pena vivirla. ¿Y es posible que, al deshonrarte con tu futuro consorte en presencia de toda la ciudad, te sientas complacido y alegre por ello? ¡Qué extraña locura! Pero, dice alguien, esto es costumbre. Es más, por esta misma razón debemos lamentarla, porque el diablo lo ha rodeado con la costumbre. De hecho, dado que el matrimonio es algo solemne, que engendra a nuestra raza y causa de numerosas bendiciones, ese maligno, anhelando en su interior y sabiendo que fue ordenado como barrera contra la impureza, mediante una nueva estratagema introduce en él toda clase de impureza. De todos modos, en tales reuniones muchas vírgenes incluso se han corrompido. Y si no es así en todos los casos, es porque por el momento el diablo se contenta con esas palabras y esos cánticos tan flagrantes; con exhibir a la novia abiertamente y guiar al novio triunfalmente por la plaza del mercado. Además, como todo esto ocurre al anochecer, para que ni siquiera la oscuridad sea un velo ante estos males, se traen muchas antorchas para que no se oculte la vergonzosa escena. ¿Qué significa la inmensa multitud, el silbido y las flautas? Claramente, para evitar que incluso quienes están en sus casas, sumidos en un sueño profundo, ignoren lo que ocurre; para que, al despertarse con la flauta y asomarse a las rejas, puedan presenciar la comedia tal como es. ¿Qué decir de las canciones, repletas de toda impureza, que introducen amoríos monstruosos, relaciones ilícitas, subversiones de casas y escenas trágicas sin fin; y que mencionan constantemente los títulos de amigo y amante, amante y amado? Y lo que es aún más lamentable, que las jóvenes estén presentes en estos eventos, despojadas de todo pudor; en honor a la novia, mejor dicho, para insultarla, exponiendo incluso su propia salvación, y en medio de jóvenes desenfrenados que actúan de forma desvergonzada con sus canciones desordenadas, con sus palabras soeces, con su armonía diabólica. Dime entonces, ¿aún preguntas de dónde vienen los adulterios? ¿De dónde las fornicaciones? ¿De dónde las violaciones del matrimonio?
XII
Alguna dirá que no son mujeres nobles ni decentes las que hacen estas cosas, y yo le respondo: ¿Y por qué te burlas ahora por esta advertencia, si tú misma conocías esta ley antes de que yo dijera nada? Si los procedimientos son correctos, permite que esas mujeres de buena cuna también los implementen. ¿Y qué si estas otras viven en la pobreza? ¿No son también vírgenes? ¿No deberían también cuidar su castidad? Aquí hay una virgen bailando en un teatro público de jóvenes licenciosos, y ¿no te parece más deshonrosa que una prostituta? Si me dices que también las sirvientas hacen estas cosas; tampoco así te absuelvo de mi cargo, pues ni a estas se les debieron haber permitido tales cosas. Porque de ahí tienen su origen todos estos males, que de nuestra casa no damos cuenta. De por sí, ya es despreciable decir: Él es un esclavo, y ellas son siervas. Sin embargo, día tras día oímos que "en Cristo Jesús no hay esclavo ni libre" (Gál 3,28). Además, aunque fuera un caballo o un asno, no lo pasas por alto, sino que te esfuerzas por no tenerlo de una clase inferior, y ¿a tus esclavos que tienen almas como las tuyas los descuidas? ¿Y por qué digo esclavos, cuando podría decir hijos e hijas? ¿Qué debe seguir entonces? No puede ser sino que el dolor debe entrar inmediatamente, cuando todo esto se está arruinando. Y a menudo también deben sobrevenir pérdidas muy grandes, pues se pierden valiosos adornos de oro entre la multitud y la confusión.
XIII
Si después del matrimonio nace un niño, en este caso veremos de nuevo la misma locura y muchas prácticas llenas de absurdo. Pues cuando llega el momento de ponerle un nombre al bebé, sin preocuparse de ponerle el nombre de los santos como hicieron los antiguos al principio, encienden lámparas y les ponen nombres, y nombran al niño con el que arde más tiempo; de ahí la conjetura de que vivirá mucho tiempo. Después de todo, si hay muchos casos de muerte prematura del niño (y hay muchos), el diablo se reirá a carcajadas al haberse burlado de ellos como si fueran niños tontos. ¿Qué diremos de los amuletos y las campanillas que se cuelgan de la mano, y la trama escarlata, y las demás cosas llenas de tan extrema locura; cuando deberían otorgarle al niño solo la protección de la cruz? Pero ahora se desprecia aquello que ha convertido al mundo entero y ha dado la herida dolorosa al diablo y derribado todo su poder: mientras que el hilo, la trama y los otros amuletos de esa clase están encargados de la seguridad del niño. ¿Puedo mencionar algo aún más ridículo? Que nadie nos acuse de hablar fuera de lugar, si nuestro argumento continúa con ese ejemplo. Porque quien quiera limpiar una úlcera no dudará en mancharse las manos. ¿Qué es entonces esta costumbre tan ridícula? Es cierto que no se considera nada (y por eso me aflijo), pero es el comienzo de la locura en extremo. Las mujeres en el baño, enfermeras y camareras, toman barro y, untándolo con el dedo, hacen una marca en la frente del niño; y si alguien pregunta ¿qué significa el barro y la arcilla?, la respuesta es: Alejar el mal de ojo, la brujería y la envidia. ¡Asombroso! ¡Qué poder tiene el barro! ¡Qué poder tiene la arcilla! ¿Qué poderosa fuerza tiene? Ahuyenta a todas las huestes del diablo. Decidme, ¿podéis evitar esconderos por vergüenza? ¿Nunca llegarás a comprender las trampas del diablo, cómo desde la infancia introduce gradualmente los diversos males que ha ideado? Pues si el barro tiene este efecto, ¿por qué no haces lo mismo en tu frente, cuando ya eres un hombre y tu carácter está formado; y eres más propenso que un niño a tener envidia ? ¿Por qué no te ensucias también todo el cuerpo? Digo, si en la frente su virtud es tan grande, ¿por qué no te unges todo con barro? Todo esto es diversión y teatro para Satanás, y no sólo burla, sino el fuego del infierno en la consumación a la que tienden estos engaños.
XIV
No es de extrañar que entre los griegos se hagan tales cosas, mas entre los adoradores de la cruz, y participantes de misterios inefables y profesantes de tan alta moralidad, esto es especialmente deplorable e indecoroso. Dios te ha honrado con unción espiritual, y ¿tú contaminas a tu hijo con barro? Dios te ha honrado, y ¿tú te deshonras? Y cuando deberías inscribir en su frente la cruz que brinda seguridad invencible, ¿renuncias a esto y te entregas a la locura de Satanás? Si alguien considera estas cosas como nimiedades, que sepa que son fuente de grandes males; y que ni siquiera a Pablo le pareció correcto pasar por alto las cosas menores. Además, dime esto: ¿Qué puede ser menos que un hombre cubrirse la cabeza? Sin embargo, observa la gran importancia que le da a esto y con qué gran seriedad lo prohíbe; diciendo, entre muchas cosas, que deshonra su cabeza (1Cor 11,4). Ahora bien, si quien se cubre deshonra su cabeza; quien mancha a su hijo con barro, ¿cómo puede ser menos que hacerlo abominable? Porque quiero saber, ¿cómo puede llevarlo a manos del sacerdote? ¿Cómo puedes exigir que en esa frente el sello sea colocado por la mano del presbítero, donde has estado untando el barro? No, hermanos míos, no hagáis estas cosas, sino rodeadlos desde su más temprana edad con una armadura espiritual y enseñadles a sellar la frente con la mano: y antes de que puedan hacer esto con su propia mano, imprimid sobre ellos la cruz. ¿Por qué hablar de las demás observancias satánicas en el caso de los dolores de parto y los partos, que las parteras introducen con un perjuicio para sí mismas? ¿De los clamores que se producen al morir cada persona y cuando es llevada a su entierro; los lamentos irracionales, la locura que se comete en los funerales; el celo por los monumentos; la inoportuna y ridícula multitud de dolientes; las observancias de los días; los días, quiero decir, de la entrada al mundo y de la partida?
XV
¿Son éstas, hermanos, las personas cuya buena opinión buscáis? ¿Y qué puede ser sino una locura extrema buscar con ahínco la alabanza de hombres, tan corruptos en sus ideas, hombres cuya conducta es completamente arbitraria? Sobre todo, cuando deberíamos recurrir siempre al Ojo que vela, y esperar su juicio en todo lo que hacemos y decimos. Sobre todo, porque estas personas no tendrán nunca poder para beneficiarnos. Lo que hemos de pedir a Dios es que acepten nuestras acciones, y un día puedan también glorificarlo a él aquí y en el futuro, y recibir de él sus bienes inefables, que a todos nos sea posible alcanzar por la gracia y la bondad amorosa de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 13
I
Nosotros somos necios por amor de Cristo, y vosotros sabios; nosotros débiles, y vosotros fuertes; vosotros gloria y nosotros deshonra
Tras llenar su discurso Pablo de una severidad que transmite un golpe más duro que cualquier acusación directa a los corintios, y tras decir "han reinado sin nosotros" y "Dios nos ha presentado en último lugar, como hombres condenados a muerte", muestra cómo los apóstoles están condenados a muerte por el mundo, al decir: "Somos necios, débiles, despreciados, hambrientos, sedientos, desnudos, abofeteados, sin morada segura, y nos afanamos, trabajando con nuestras propias manos". Éstas eran señales de los auténticos maestros y apóstoles. Mientras tanto, los demás se enorgullecían de lo contrario: sabiduría, gloria, riqueza y consideración. Deseando, pues, rebajar su vanidad, y señalarles que, en lugar de atribuirse el mérito, deberían más bien avergonzarse, se burla, diciendo: "Han reinado sin nosotros", como si dijera: El presente no es tiempo de honor ni de gloria (el que ustedes disfrutan), sino de persecución e insultos (como los que nosotros sufrimos nosotros). Si no es así, si este es más bien el tiempo de la remuneración, entonces, según mi opinión (pero lo dice con ironía), ustedes, los discípulos, por su parte, se han convertido en nada menos que reyes; pero nosotros, los maestros y apóstoles, y ante todo con derecho a recibir la recompensa, no sólo nos hemos quedado muy atrás, sino que, como "condenados a muerte" (es decir, convictos), pasamos la vida enteramente en deshonras, peligros y hambre; sí, insultados como necios, acosados y soportando todo tipo de cosas intolerables. Ahora bien, dijo esto para que también consideraran que debían buscar con celo la condición de los apóstoles; sus peligros e indignidades, no sus honores y glorias. Pues esto, no lo otro, es lo que exige el evangelio. Pero para ello no habla directamente, para no mostrarse desagradable con ellos; más bien, de una manera característica de él mismo, asume esta reprimenda. Pues si hubiera introducido su discurso de manera directa, habría dicho así: Erráis, sois engañados, y os habéis desviado mucho del modo apostólico de instrucción. Pues todo apóstol y ministro de Cristo debería ser considerado un necio, debería vivir en aflicción y deshonra; que de hecho es nuestro estado; mientras que vosotros estáis en el caso contrario. Pero así, sus expresiones podrían haberlos ofendido aún más, al contener solo alabanzas a los apóstoles; y podrían haberlos vuelto más feroces, censurados como estaban por indolencia, vanagloria y lujuria. Por lo tanto, no conduce su declaración de esta manera, sino de otra, más impactante pero menos ofensiva; y es por eso que procede con su discurso de la siguiente manera, diciendo irónicamente más o menos: Pero tú eres fuerte y honorable. Es más, si no hubiera usado la ironía, habría hablado en este sentido. No es posible que un hombre sea considerado necio y otro sabio; uno fuerte y otro débil, pues el evangelio requiere tanto lo uno como lo otro. Si fuera natural que uno fuera esto y otro aquello, tal vez habría alguna razón en lo que dices. Pero ahora no se permite ni ser considerado sabio ni honorable, ni estar libre de peligros. De lo contrario, se sigue necesariamente que eres preferido ante nosotros a la vista de Dios; ustedes, los discípulos, antes que nosotros, los maestros, y eso después de nuestras interminables dificultades. Si esto es demasiado malo para que alguien lo diga, les queda a ustedes hacer de nuestra condición su objetivo.
II
Al ser injuriados, bendecimos; al ser perseguidos, sufrimos; al ser difamados, suplicamos, y somos convertidos en la escoria del mundo
¿Ven ya que toda la vida de los cristianos debe ser así, y no sólo un día o dos? Porque aunque el luchador que triunfa en una sola contienda sea coronado, no lo es de nuevo si sufre una caída. Pablo dice hambre, contra los comilones. Pablo dice "somos abofeteados", contra los engreídos. Pablo dice "no tenemos morada fija", contra los que no quieren ser acosados. Pablo dice "estamos desnudos", contra los ricos. Así pues, hermanos, trabajen. Trabajen contra los falsos apóstoles que no soportan ni el trabajo ni el peligro, y sí que soportan recibir los frutos. Éste es el significado de "ser necios por amor a Cristo". Quien sufre injusticia, y no se venga ni es vejado, es considerado necio por los paganos, pero eso es lo que hacemos los cristianos por amor a Cristo. Por eso "somos convertidos en la escoria del mundo", y en la escoria "de los hombres", y no sólo de los corintios. Así como entonces, cuando habla del cuidado providencial de Cristo, dejando pasar la tierra, el cielo, toda la creación, la cruz es lo que presenta; así también, cuando desea atraerlos hacia sí, apresurado por todos sus milagros, habla de sus sufrimientos por ellos. Así también nuestro método es el de traerlo a colación cuando somos perjudicados y despreciados por alguien, a pesar de todo lo que hemos soportado por ellos. La "escoria de los hombres" es el golpe definitivo y vigoroso de Pablo, que asestó a los corintios y a todos los hombres, y no sólo a los perseguidores sino también a los perseguidos. Esta es la expresión de alguien seriamente preocupado, deseando hacer sentir a los suyos que Cristo nos mandó soportar los insultos con humildad y seguir ejercitándonos en la virtud, avergonzando a la otra parte con el reproche del silencio más que con el reproche de palabras.
III
No escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros como hijos míos amados
Al ver Pablo que el golpe anterior no podía soportarlo bien los corintios, lo sanó rápidamente con una fórmula de consuelo y viniendo a decir: Os lo digo porque os lo tenía que decir, porque callar os habría dejado sin corregir. No obstante, para n dejar la herida sin curar, junto con su severidad se disculpa Pablo, pues esto, lejos de destruir el efecto del cuchillo, lo hace más profundo, a la vez que modera el dolor de la herida. En efecto, cuando a un hombre se le dice que no se dicen estas cosas con reproche, sino con amor, recibe con mayor facilidad la corrección. Sin embargo, incluso aquí también hay gran severidad y una fuerte apelación a su sentido de vergüenza, pues no lo dijo ni como maestro, ni como apóstol, ni como teniendo por discípulos» (lo cual habría sido muy apropiado para sus exigencias), sino "como hijos míos amados". Y no simplemente hijos, sino anhelado. Perdóname, dice, si se ha dicho algo desagradable, pues todo proviene del amor. Y no dijo reprendo, sino amonesto. Ahora bien, ¿quién no soportaría a un padre en su dolor y al darle un buen consejo? Por lo tanto, no dijo esto antes, sino después de haber dado el golpe. ¿Qué entonces? ¿Podrían decir algunos que no nos perdonan nuestros maestros? Digo que no, pero no llevan su paciencia tan lejos. Sin embargo, no lo dijo de inmediato, sino que lo indicó por sus profesiones y títulos; tutor y padre son los términos que emplea.
IV
Aunque tenéis diez mil tutores en Cristo, no tenéis muchos padres
No expone aquí Pablo su dignidad, sino la inmensa grandeza de su amor. Así, tampoco hirió a los demás maestros, pues añade la cláusula "en Cristo", sino que los apaciguó, designando no como parásitos, sino como tutores a aquellos que entre ellos eran celosos y pacientes en el trabajo, y también manifestó su propio y solícito cuidado por ellos. Por esta razón, no dijo "no muchos maestros", sino "no muchos padres". Tan poco pretendía atribuirle dignidad, ni argumentar que de él habían recibido mayor beneficio; sino que, reconociendo a los demás el gran esfuerzo que habían hecho por los corintios (pues ese es el significado de la palabra tutor), reserva para sí la superioridad en amor, pues ese es, a su vez, el significado de la palabra padre. Y él no dice simplemente "nadie les ama tanto" (una declaración que no admitía ser cuestionada), sino que presenta un hecho real: que, "en Cristo Jesús, yo les engendré por medio del evangelio, en Cristo Jesús", a forma de decir: No me imputo esto a mí mismo. De nuevo, ataca a aquellos que dieron sus propios nombres a su enseñanza, porque ustedes, dice él, "son el sello de mi apostolado". Y de nuevo, yo planté: y en este lugar, yo engendré. Pablo no dijo "yo prediqué la palabra", sino "yo engendré", usando las palabras de relación natural. Porque su única preocupación en ese momento era mostrar el amor que tenía por ellos. Porque ellos ciertamente los recibieron de mí, y los guiaron; pero que ustedes son creyentes en absoluto sucedió a través de mí. Así, dado que él había dicho "como hijos", para que no supongamos que la expresión era un halago, añade también el hecho siguiente.
V
Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo
¡Asombroso! ¡Cuán grande es la audacia de nuestro maestro! ¡Cuán altamente acaba la imagen, cuando incluso podía exhortar de otra manera y poner otros ejemplos! No es que lo haga Pablo por auto-exaltación, sino que implica que la virtud es algo fácil, como si hubiera dicho: No me digas que no eres capaz de imitarme, pues no soy un maestro tan grande. Porque la diferencia entre tú y yo no es tan grande como entre Cristo y yo; y aun así, lo he imitado. Por otra parte, al escribir a los efesios, no se menciona a sí mismo, sino que los conduce directamente al mismo punto: "Sed imitadores de Dios" (Ef 5,1). Pero en este pasaje, dado que su discurso se dirigía a personas débiles, se coloca en el camino. Además, también significa que es posible imitar a Cristo incluso así. Pues quien copia la impresión perfecta del sello, copia el modelo original. Veamos entonces de qué manera siguió a Cristo: pues esta imitación no requiere tiempo ni arte, sino solo un propósito firme. Así, si nos dedicamos al estudio de un pintor, no podremos copiar el retrato, aunque lo veamos mil veces. Pero para copiarlo nos es posible sólo escucharlo. ¿Quieren, entonces, que les traigamos la tabla y les bosquejemos la vida de Pablo? Pues bien, que se presente esa imagen mucho más brillante que todas las imágenes de los emperadores: pues su material no son tablas pegadas ni lienzos extendidos; sino que el material es obra de Dios, siendo como es un alma y un cuerpo: un alma, obra de Dios, no de los hombres; y un cuerpo a su vez, de igual manera. ¿Aplaudieron aquí? No, este no es el momento para aplausos; sino en lo que sigue: para aplaudir, digo, y también para imitar. Porque hasta ahora solo tenemos el material común a todos sin excepción: en cuanto a que un alma no difiere de otra en cuanto a ser alma, sino que el propósito del corazón muestra la diferencia. Pues así como un cuerpo no difiere de otro en cuanto a ser cuerpo, pero el cuerpo de Pablo es como el de todos los demás, y sólo los peligros hacen que un cuerpo sea más brillante que otro; así también ocurre con el alma.
VI
Supongamos, hermanos, que nuestra tabla es el alma de Pablo, y que esta tabla yace cubierta de hollín y llena de telarañas (pues nada puede ser peor que la blasfemia). De ser así, cuando venga Aquel que transforma todas las cosas, y vea que se han desdibujado sus líneas, y que ha ocurrido no tanto por pereza cuanto por ignorancia (pues la tabla tenía el celo de la voluntad, pero no los colores del conocimiento), ¿qué hará? Sin duda, tendrá que volver a darle el matiz de la verdad (es decir, la gracia), y en un instante exhibir de nuevo su imagen imperial. Habiendo obtenido los colores, y aprendido lo que ignoraba, ese discípulo no esperará, sino que inmediatamente se mostrará como un artista excelente. En primer lugar, mostrará la cabeza del rey, predicando a Cristo. A continuación pintará el cuerpo de la vida cristiana perfecta. Ahora bien, conocemos pintores que se encierran y ejecutan todas sus obras con gran delicadeza y en silencio, sin abrir las puertas a nadie; pero este hombre, al desplegar su tableta a la vista del mundo, en medio de la oposición, el clamor y la agitación universales, en tales circunstancias elaboró esta imagen real, sin ningún obstáculo. Y por eso dijo: "Hemos sido hechos espectáculo para el mundo", y: "En medio de la tierra, el mar, el cielo, y todo el globo habitable, material e intelectual, él dibujaba su retrato". ¿Te gustaría ver las otras partes también de la cabeza hacia abajo? ¿O prefieres que desde abajo llevemos nuestra descripción hacia arriba? Contempla entonces una estatua de oro o más bien de algo más costoso que el oro, y tal como podría estar en el cielo; no fijada con plomo ni colocada en un solo lugar, sino que se apresura desde Jerusalén hasta Iliria (Rm 15,19) y se dirige a España, y llevada como si fuera sobre alas sobre cada parte del mundo. Porque ¿qué podría ser más hermoso que estos pies que visitaron toda la tierra bajo el sol? Esta misma belleza también la proclama el profeta de antaño, diciendo: "¡Cuán hermosos son los pies de los que predican el evangelio de la paz!" (Is 52,7). ¿Has visto cuán hermosos son los pies? ¿Verás también el seno? Ven, déjame mostrarte esto también, y lo contemplarás mucho más espléndido que estas hermosas, sí, incluso que el seno mismo del antiguo legislador. Porque Moisés llevaba tablas de piedra, pero este hombre llevaba dentro de sí a Cristo mismo: era la imagen misma del rey la que llevaba. Por esta razón, era más imponente que el propiciatorio y los querubines. Pues de ellos no salía una voz como la de aquí; sino que de ellos hablaba con los hombres principalmente sobre asuntos de los sentidos, mientras que desde la lengua de Pablo, en cambio, hablaba sobre las cosas celestiales. Además, desde el Propiciatorio pronunciaba oráculos solo a los judíos; pero desde aquí, al mundo entero: y allí, por cosas sin vida; pero aquí, por un alma instintiva con virtud. Este propiciatorio era más brillante que el cielo, no brillando con variedad de estrellas ni con rayos del sol, pero el mismo Sol de Justicia estaba allí, y desde allí enviaba sus rayos. Además, de vez en cuando en este nuestro cielo, alguna nube que lo cubre a veces lo ensombrece; pero ese seno nunca tuvo una tormenta como esa arrasándolo. O más bien, lo azotaron muchas tormentas y a menudo: pero no oscurecieron la luz; más bien, en medio de la tentación y los peligros, la luz brilló. Por lo que también él mismo, cuando estaba atado con su cadena, seguía exclamando: "La palabra de Dios no está atada" (2Tm 2,9). Así, continuamente por medio de esa lengua, enviaba sus rayos. Y ningún temor, ningún peligro ensombrecía ese seno. Quizás el seno parece superar a los pies; sin embargo, ambos, como pies, son hermosos, y este, como seno. ¿Verás también el vientre con su propia belleza? Escucha lo que dice al respecto: "Si la comida hace tropezar a mi hermano, no comeré carne mientras el mundo exista" (1Cor 8,13), y: "Es bueno no comer carne ni beber vino, ni nada con lo que tu hermano tropiece, se ofenda o se debilite" (Rm 14,21), y: "Las carnes son para el vientre, y el vientre es para las carnes" (1Cor 6,13). ¿Qué puede ser más hermoso en su tipo que este vientre así instruido para estar tranquilo, y enseñado toda templanza, y sabiendo cómo tener hambre y estar hambriento, y también sufrir sed? Porque como un caballo bien entrenado con una brida de oro, así también caminaba con pasos mesurados, habiendo vencido la necesidad de la naturaleza. Porque era Cristo caminando en él. Ahora bien, siendo este tan templado, es bastante claro que todo el cuerpo del vicio además fue eliminado. ¿Quieres ver también las manos? ¿Las que ahora tiene? ¿O preferirías contemplar primero su antigua maldad? Te la recuerdo, por si la olvidas. Dice así: "Entrando en las casas, arrastraba a hombres y mujeres como una fiera salvaje" (Hch 8,3). Pero tan pronto como recibió los colores de la verdad y la experiencia espiritual, estas ya no eran manos de un hombre, sino espirituales; día tras día estaba atado con cadenas. Y nunca golpearon a nadie, pero fueron azotados innumerables veces. Una vez, incluso una víbora reverenció esas manos (Hch 28,3-5), porque ya no eran manos de un ser humano; y por lo tanto, ni siquiera se aferró a ellas. ¿Y verán también la espalda, que se asemeja a los demás miembros? Escuchen lo que dice sobre esto también: "Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno; tres veces fui azotado con varas, una vez apedreado, tres veces naufragué, una noche y un día estuve en aguas profundas" (2Cor 11,24-25).
VII
Hermanos, para no caer en un abismo interminable, y dejarnos llevar por todas partes, recorriendo cada uno de nuestros miembros individualmente, abandonemos nuestro cuerpo y contemplemos otra clase de belleza, la que emana de las vestiduras del cuerpo de Cristo, a la que incluso los demonios mostraban reverencia y huían, junto con las enfermedades. Donde quiera que Cristo se aparecía, todos los demonios se retiraban y se apartaban, como si hubiera aparecido el campeón del mundo entero. Y así como quienes han sido heridos a menudo en la guerra, si sólo vieran una parte de la armadura del que los hirió, sentían un escalofrío. De igual modo, los demonios, al ver sólo pañuelos, se asombraban. ¿Dónde están ahora los ricos y los que se enorgullecen de la riqueza? ¿Dónde están los que se preocupan por sus títulos y sus ropas costosas? Si se comparan con estas cosas, verán barro y suciedad, todo lo que poseen. ¿Y por qué hablo de vestiduras y adornos de oro? Por qué, si alguien me concediera el mundo entero en posesión, el mero clavo de Pablo lo consideraría más poderoso que todo ese dominio: su pobreza que todo lujo; su deshonra, que toda gloria; su desnudez que todas las riquezas: ninguna seguridad compararía con el azote de esa sagrada cabeza; ninguna diadema, con las piedras a las que él era una marca. Esta corona anhelemos, amados: y si la persecución no es ahora, preparémonos mientras tanto. Porque tampoco aquel de quien hablamos fue glorioso sólo por las persecuciones, pues él dijo también: "Golpeo mi cuerpo" (1Cor 9,27). En esto uno puede alcanzar la excelencia sin persecuciones. Y exhortó a "no hacer provisión para la carne, para satisfacer las lujurias" (Rm 3,14). Nuevamente, dijo: "Teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con eso" (1Tm 6,8). Porque para estos propósitos no necesitamos persecuciones. Y también procuró moderar a los ricos, diciendo: "Los que desean enriquecerse caen en tentación" (1Tm 6,9). Si, pues, nos ejercitamos así, al entrar en la contienda seremos coronados; y aunque no nos espere persecución, recibiremos por ello muchas recompensas. Pero si mimamos el cuerpo y vivimos como cerdos, incluso en paz, a menudo pecaremos y sufriremos vergüenza. ¿No ves con quién luchamos? Con los poderes incorpóreos. ¿Cómo, entonces, siendo carne, vamos a vencerlos? Porque si para luchar con los hombres es necesario moderarse en la dieta, mucho más con los espíritus malignos. Pero cuando junto con la plenitud de la carne también estamos atados a la riqueza, ¿cómo vamos a vencer a nuestros antagonistas? Porque la riqueza es una cadena, una cadena dolorosa, para quienes no saben cómo usarla; un tirano salvaje e inhumano, que impone todas sus órdenes por ultraje a quienes le sirven. Sin embargo, si queremos, derrocaremos a esta amarga tiranía de su trono y la haremos ceder ante nosotros, en lugar de mandar. ¿Cómo, entonces, será esto? Distribuyendo nuestra riqueza a todos. Mientras se mantenga contra nosotros, cada uno por su cuenta, como cualquier ladrón en el desierto, realizará todos sus malos fines; pero cuando lo saquemos a la luz entre otros, ya no nos dominará más, pues estará encadenado por todos lados y por todos los hombres.
VIII
Las riquezas no son pecado, pero sí lo es no distribuirlas a los pobres o usarlas mal. Dios no creó nada malo, sino todo muy bueno, de modo que las riquezas también son buenas por sí solas (es decir, si no dominan a sus dueños, y si satisfacen las necesidades del prójimo). Las riquezas, como la luz, es buena si disipa la oscuridad, y es mala si no logra hacerlo. Sobre todo, la oscuridad de la pobreza. El rico no ha de buscar tomar de los demás, sino ayudar a los demás. Así, quien busca recibir de los demás ya no es rico, sino enfáticamente pobre. De modo que no son las riquezas las que son un mal, sino la mente necesitada que convierte la riqueza en pobreza. Estos son más miserables que quienes piden limosna en las calles estrechas, con la alforja y el cuerpo mutilado. Digo, vestidos de harapos como están, no tan miserables como quienes visten sedas y ropas brillantes. Aquellos que se pavonean en el mercado son más dignos de lástima que aquellos que rondan los cruces de las calles, y entran en los patios, y lloran desde sus sótanos, y piden caridad. Porque estos por su parte pronuncian alabanzas a Dios, y dicen palabras de misericordia y una moralidad estricta. Y por lo tanto los compadecemos, y extendemos la mano, y nunca encontramos faltas en ellos. Pero aquellos que son ricos para mal propósito; crueldad e inhumanidad, lujuria voraz y satánica, están en las palabras que eructan. Y por lo tanto por todos son detestados y ridiculizados. Sólo considere esto: ¿Cuál de los dos se considera vergonzoso: mendigar a los ricos o mendigar a los pobres? Todos, supongo, responderán a la vez: a los pobres. Ahora bien, esto, si lo nota, es lo que hacen los ricos; porque no se atrevían a pedir limosna a los más ricos que ellos, mientras que quienes piden limosna lo hacen a los ricos: pues un mendigo no pide limosna a otro, sino a un rico; pero el rico destroza al pobre. Dime de nuevo, ¿qué es más digno, recibir de quienes están dispuestos y te deben, o cuando los hombres no están dispuestos, obligarlos y molestarlos? Claramente, no molestar a quienes no están dispuestos. Pero esto también lo hacen los ricos: pues los pobres reciben de manos dispuestas y de quienes están obligados con ellos; pero los ricos de personas renuentes y repugnantes, lo cual es un indicio de mayor pobreza. Porque si nadie quisiera siquiera ir a una comida, a menos que el invitado se sintiera obligado a hacerlo, ¿cómo puede ser honorable tomar parte de cualquier propiedad por obligación? ¿No nos apartamos por esto del camino de los perros y huimos de sus ladridos, porque con su mucho acoso casi nos obligan a ir? Esto también lo hacen nuestros ricos. Pero que el temor acompañe al regalo es más digno. De hecho, esto es de lo más vergonzoso. Pues quien revuelve cielo y tierra por sus ganancias, ¿quién puede ser tan ridiculizado como él? Porque incluso a los perros, no pocas veces, por miedo, arrojamos todo lo que teníamos agarrado. ¿Qué es más vergonzoso, pregunto de nuevo? ¿Que mendigue alguien vestido con harapos, o alguien que viste seda? Así, cuando un rico corteja a ancianos y pobres para apoderarse de sus bienes, y esto cuando hay niños, ¿qué perdón puede merecer? Además, si quieren, examinemos las palabras mismas, sobre lo que dicen los ricos, los mendigos y los pobres. ¿Qué dice el pobre? Que quien da limosna nunca tendrá que dar con medida, pues está dando de lo que es de Dios: que Dios ama a los hombres y recompensa más abundantemente; todas estas son palabras de alta moralidad, exhortación y consejo. Porque él les recomienda mirar al Señor, y les quita el miedo a la pobreza venidera. Y uno puede percibir mucha instrucción en las palabras de quienes piden limosna: pero ¿de qué clase son las de los ricos? Pues, de cerdos, perros, lobos y todas las demás bestias salvajes. Algunos hablan constantemente de banquetes, platos, exquisiteces, vinos de todo tipo, ungüentos, vestimentas y demás extravagancias. Otros, del interés del dinero y los préstamos. Y hacen cuentas y aumentan la masa de deudas hasta una cantidad intolerable, como si hubiera comenzado en tiempos de los padres o abuelos: a uno le roban su casa, a otro su campo, a otro su esclavo y todo lo que posee. ¿Por qué hablar de sus testamentos, escritos con sangre en lugar de tinta? Pues, ya sea rodeándolos de un peligro intolerable, o hechizándolos con promesas insignificantes, persuaden a cualquiera que vean en posesión de alguna pequeña propiedad para que pase por alto a todos sus parientes, y a menudo, cuando perecen en la pobreza, para que en su lugar escriban sus propios nombres. ¿Hay locura y ferocidad de las fieras que estas cosas no eclipsen?
IX
Les suplico, hermanos, que huyamos de toda riqueza como ésta, por lo vergonzosa que es y por estar llena de muerte. Consigamos lo espiritual, y busquemos los tesoros celestiales. Porque quienes las poseen son los ricos, son los acaudalados, tanto aquí como allá, disfrutando de todo. Pues quien quiera ser pobre, según la palabra de Dios, tiene las moradas abiertas. Porque a quien por amor a Dios ha dejado de poseer algo, cada uno contribuirá de lo suyo. Pero quien retenga un poco con injusticia, le cierra las puertas a todo. Para que podamos alcanzar tanto los bienes de aquí como los de allá, elijamos la riqueza inamovible, esa abundancia inmortal que Dios nos conceda a todos obtener por la gracia y la bondad amorosa de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 14
I
Os he enviado a Timoteo, mi hijo amado y fiel en el Señor. Él os recordará mi proceder en Cristo Jesús
Consideren aquí, hermanos, a un alma noble, a un alma más ardiente y más viva que el fuego: el alma de San Pablo. Consideren cómo estaba deseoso de estar con los corintios, aunque estuviesen destemplados y divididos en grupos. Consideren cómo sabía bien qué ayuda podía ser su presencia para los discípulos, y qué daño su ausencia. De hecho, lo primero que declaró a los filipenses fue ésto: "No como en mi presencia solamente, sino también ahora mucho más en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor" (Flp 2,12). Esto último lo significa en esta Carta I a los Corintios, diciendo: "Ahora algunos están envanecidos, como si yo no fuera a ir a ustedes; pero iré". Él estaba urgente, al parecer, y deseoso de estar presente él mismo. Pero como esto no fue posible por un tiempo, los corrige con la promesa de su aparición; y no solo esto, sino también enviando a su discípulo. Por esto, dice, les he enviado a Timoteo. ¿Por qué? Porque "me preocupo por ustedes como hijos, como si los hubiera engendrado". Y el mensaje va acompañado de una recomendación de su persona: "Es mi hijo amado y fiel, en el Señor". Dijo esto tanto para demostrar su amor por él como para prepararlos para que lo vieran con respeto. Y no simplemente fiel, sino en el Señor; es decir, en las cosas que pertenecen al Señor. Ahora bien, si en las cosas mundanas es un gran elogio ser fiel, mucho más en las espirituales. Si, pues, él era su hijo amado, considere cuán grande fue el amor de Pablo, al escoger separarse de él por causa de los corintios. Y si es fiel también, será irreprochable en su ministerio a sus asuntos. ¿Quién os hará recordar? Pablo no dijo enseñará, para que no lo tomaran a mal, sino que dice: "Él hace la obra del Señor, como yo también la hago" (1Cor 16,10-11). Por tanto, no había envidia entre los apóstoles, sino que tenían la vista puesta en una cosa, la edificación de la Iglesia. Y si el que estaba empleado era su inferior, lo apoyaban con todo fervor. Por lo cual tampoco se contentó con decir "él os hará recordar", sino que, proponiéndose eliminar su envidia más completamente (pues Timoteo era joven), añade "mis caminos", y no los suyos. Es decir, sus métodos, sus peligros, sus costumbres, sus leyes, sus ordenanzas, sus cánones apostólicos y todo lo demás. Puesto que ua había dicho "estamos desnudos, y no tenemos un lugar fijo para morar", ahora les recuerda todas estas cosas, y también las leyes de Cristo para destruir todas las herejías. Luego, elevando su argumento, añade "que estén en Cristo", atribuyendo todo, como era su costumbre, al Señor, y sobre esa base estableciendo la credibilidad de lo que sigue. Por lo que añade, más o menos: Así es como yo enseño en todas partes y en todas las iglesias, no diciendo nada nuevo y con procedimientos que todas las iglesias conocen. Además, los llama "caminos en Cristo", para mostrar que no tienen nada de humano, y que con la ayuda de esa fuente él hace todas las cosas bien. Y habiendo dicho estas cosas y apaciguado así a los demás, y estando a punto de lanzar su acusación contra la persona impura, de nuevo profiere palabras llenas de ira; no porque él mismo lo sintiera así, sino para corregirlos; y entregando al fornicador, dirige su discurso a los demás, como si no lo considerara digno ni siquiera de palabras suyas; tal como actuamos con respecto a nuestros siervos cuando nos han causado una gran ofensa.
II
Algunos se envanecen, como si yo no fuera a visitaros
Después de haber dicho "envío a Timoteo", y para que los corintios no se aflojen en sus pensamientos, observen lo que dice más o menos Pablo, menospreciando su altivez: Si el amor a la preeminencia es culpable, mucho más lo es que los hombres abusen de la ausencia de su maestro. Cuando se dirige al pueblo, observen cómo lo hace apelando a su sentido de vergüenza; cuando se dirige a los causantes del mal, su actitud es más vehemente. Así, a los primeros les dice "somos la escoria de todos", y para tranquilizarlos les dice "no escribo esto para avergonzarles". A los segundos, en cambio, les dice "como si yo no fuera a visitarles", mostrando que la voluntad de los que se envanecen denota una mentalidad infantil. Porque así, los niños, en ausencia de su maestro, se vuelven más negligentes. Esto, entonces, es una cosa que se indica aquí; y otra es que su presencia fue suficiente para su corrección. Porque así como la presencia de un león hace que todos los seres vivientes se acobarden, también la de Pablo hace que los corruptores de la Iglesia.
Iré a veros pronto, si el Señor quiere, y conoceré no la palabra de los que están envanecidos, sino su poder
Decir sólo esto parecería una simple amenaza, pero prometer la prueba necesaria con hechos es propio de un espíritu verdaderamente elevado. Por consiguiente, Pablo añadió esto también, diciendo: "Conoceré no la palabra de los que están envanecidos, sino el poder". Porque no de ninguna excelencia propia, sino de la ausencia de su maestro, surgió esta voluntad propia. Lo cual, a su vez, era en sí mismo una señal de una mente desdeñosa hacia él. Y es por eso que, habiendo dicho "he enviado a Timoteo", no añadió de inmediato iré, sino que esperó hasta haber presentado la prueba contra ellos, de estar envanecidos. Si lo hubiera puesto antes de la acusación, habría sido más bien una disculpa por no haber sido deficiente, en lugar de una amenaza; ni siquiera así la declaración habría sido convincente. Pero tal como está, colocándolo después de la acusación, se presentó como tal que ambos creerían y temerían. Observen también cuán sólida y segura es su postura, pues no dice simplemente iré, sino "si el Señor quiere", y no fija una fecha fija. Pues, como quizá tardara en llegar, con esa incertidumbre deseaba mantenerlos ocupados. Y para que no volvieran a desistir, añadió brevemente lo siguiente.
III
Respecto a "conoceré no la palabra de los engreídos, sino su poder", no dijo Pablo "no conoceré la sabiduría, ni las señales, ni las palabras que denigran y se exaltan a la vez. Tampoco se refiere Pablo a esa mayoría de quienes apoyaban al fornicario, porque si se refiriera a él no diría "el poder" sino las obras corruptas que realizó. Ahora bien, ¿por qué no buscan la palabra? No porque me falte palabra, sino porque todas nuestras acciones son poderosas. Así como en la guerra el éxito no es para quienes hablan mucho, sino para quienes tienen mucho efecto; así también en este caso, no los que hablan, sino los que hacen, tienen la victoria. Ustedes, viene a decirles Pablo, están orgullosos de esta excelente oratoria, tras lo cual continúa: Si esto consistiera en una competencia de oradores, podrían estar razonablemente entusiasmados, mas si se trata de apóstoles predicando la verdad, y con señales que la confirman, ¿por qué se envanecen por algo superfluo e irreal, y para el propósito presente completamente ineficaz? En efecto, ¿de qué serviría un despliegue de palabras para resucitar a los muertos, expulsar espíritus malignos o realizar cualquier otro milagro similar? Pero esto es lo que necesitamos ahora, y por esto nuestra causa se sostiene. A lo cual también añade lo siguiente.
El reino de Dios no se basa en palabras, sino en poder
Con señales, dice Pablo, y no con palabras elegantes, el reino de Dios ha logrado prevalecer. De aquí se desprende que la enseñanza del Reino es divina, y realmente anuncia lo que Dios quiere. También se desprende que hay que seguir anunciándolo así, a saber: con nuestras señales, que realizamos por el poder del Espíritu. Por otra parte, Pablo les vino a decir a los corintios: Si quienes ahora están engreídos desean ser grandes, en cuanto yo llegue, que demuestren si tienen tal poder y expongan la pompa de las palabras, para ver si ese tipo de arte puede con el mío.
IV
¿Qué haré? ¿Iré a vosotros con vara, o con amor y un espíritu de mansedumbre?
Hay mucho de terror y de dulzura en estas palabras de Pablo hacia los cointios. Para empezar, decir "lo sabré" era el lenguaje de alguien que aún se contenía, mas decir "¿tendré que ir a vosotros con vara?" son las palabras de alguien que desde entonces ascendía al trono del maestro, y desde allí mantenía discursos con ellos y asumía toda su autoridad. ¿Qué significa "con vara"? Esto mismo: con castigo y venganza. Es decir, destruiré y heriré con ceguera, lo mismo que Pedro hizo en el caso de Safira la Mentirosa y el propio Pablo en el caso de Elimas el Hechicero. Pues de ahí en adelante ya no habla como si se comparara estrechamente con los demás maestros, sino con autoridad. Y en la 2ª carta también parece decir lo mismo, cuando escribe: "Puesto que buscáis una prueba de que Cristo habla en mí". ¿Qué, entonces? Venir "con vara", ¿no fue un ejemplo de amor? De amor, sin duda. Pero como por su gran amor se retrae del castigo, se expresa así. Además, cuando habló del castigo, no lo dijo con un espíritu de mansedumbre, sino simplemente con vara; y, sin embargo, también de eso fue autor el Espíritu. Pues hay un espíritu de mansedumbre y un espíritu de severidad. Sin embargo, no lo llama así, sino desde su aspecto más suave. Y por una razón similar, Dios, aunque se venga, a menudo se afirma que es clemente, paciente y rico en misericordia y piedad; pero que es propenso a castigar, quizás una o dos veces, con moderación, y por alguna causa urgente.
V
Consideren aquí, hermanos, la sabiduría de Pablo, que no teme dejar su autoridad en manos de los corintios, tanto su autoridad como la de otros, cuando dice: "¿Qué quieren? El asunto está a su disposición". También nosotros tenemos ambas opciones, tanto caer en el infierno como obtener el reino, pues Dios así lo ha dispuesto al decir: "He aquí fuego y agua: hacia donde quieras, puedes extender tu mano" (Eclo 15,16), y: "Si quieres y me escuchas, comerás del bien de la tierra" (Is 1,19), pero si no quieres, la espada te devorará. Quizás alguien diga: Estoy dispuesto, pero querer no me basta. No, pero sí basta si tienes la debida voluntad y haces las obras de quien la tiene. Pero, tal como están las cosas, no tienes mucha voluntad. Y probemos esto en otras cosas, si parece bien. Y si no, respóndeme a esto: Quien quisiera casarse, ¿se contenta con desear? En absoluto, sino que busca mujeres que le impulsen su propuesta, pide a sus amigos que lo acompañen en la vigilia y reúne dinero. Por otro lado, el comerciante no se contenta con quedarse en casa deseando, sino que primero alquila un barco, luego selecciona marineros y remeros, luego cobra intereses y se interesa por el mercado y el precio de las mercancías. ¿No es extraño entonces que los hombres se muestren tan sinceros por las cosas terrenales, pero que cuando se aventuran hacia el cielo, se contenten solo con desear? Más bien, diría que ni siquiera en esto se muestran realmente sinceros. Porque quien desea algo como debe, también pone su mano en los medios que conducen al objeto de su deseo. Así, cuando el hambre te obliga a alimentarte, no esperas a que las viandas lleguen solas, sino que no dejas de reunir provisiones. Así, ante la sed, el frío y cualquier otra situación similar, eres diligente y estás debidamente preparado para cuidar de tu cuerpo. Haz esto también por el reino de Dios, y sin duda lo alcanzarás. Porque para esto Dios te hizo libre albedrío, para que después no acuses a Dios como si alguna necesidad te atara, sino que murmures precisamente por aquellas cosas en las cuales has sido honrado. De hecho, a menudo he oído decir: ¿Por qué, entonces, hizo que mi bondad dependiera de mí? Y yo digo: ¿Cómo iba a llevarte, dormitando y durmiendo, enamorado de toda iniquidad, viviendo con delicadeza y mimándote; cómo iba a llevarte al cielo? Si lo hubiera hecho, no te habrías abstenido del vicio. Pues si ahora, incluso ante la amenaza, no te apartas de tu maldad, si hubiera añadido nada menos que el cielo como fin de tu carrera, ¿cuándo habrías dejado de volverte más descuidado y mucho peor? Tampoco podrás alegar lo siguiente: Él me mostró lo que era bueno, pero no me dio ninguna ayuda. No podrás, porque abundante es también su promesa de ayuda para ti.
VI
Alguno dice: La virtud es pesada y desagradable, mientras que el vicio otorga placer. Y yo le respondo: Sí, y la una es ancha y la otra estrecha, mas ¿lo son también al final, o sólo al principio? Como dice el refrán, "tan poderosa es la verdad". Y si no, supongamos que hubiera dos caminos, uno que condujera a un horno y el otro al paraíso, y que el condujera al horno fuera ancho, y el que condujera al paraíso fuera angosto. ¿Qué camino tomarías con preferencia? Aunque ahora puedas contradecir por el bien de la contradicción, sin embargo, cosas que están claramente permitidas para todos, por descaradas que sean, no podrás contradecirlas. Ahora bien, como se debe elegir ese camino que tiene un comienzo difícil pero no un final, me esforzaré en enseñarte desde lo que es bastante obvio. Y si te place, tomemos primero en cuenta las artes. Porque estas tienen un comienzo lleno de trabajo, pero un final provechoso. Alguno dice: Nadie se aplica a un arte sin alguien que lo obligue. Y añade: Mientras el muchacho sea su propio amo, preferirá primero descansar, y al final soportar el mal, por grande que sea, que vivir duramente al principio y luego cosechar el fruto de esos trabajos. ¡Exacto! Sobre todo, porque hacer tal elección proviene de una mente abandonada a sí misma y de la ociosidad infantil: pero la elección contraria, de sensatez y hombría. Y así es con nosotros: si no fuéramos niños de mente, no seríamos como el niño antes mencionado, abandonado como él y desconsiderado, sino como aquel que tiene un padre. Debemos desechar entonces nuestra propia mente infantil y no criticar las cosas en sí mismas; Y debemos poner un auriga sobre nuestra conciencia, que no nos permita satisfacer nuestros apetitos, sino que nos obligue a correr y esforzarnos con todas nuestras fuerzas. Pues ¿qué otra cosa sino absurdo es acostumbrar a nuestros hijos, con esfuerzos al principio, a actividades que tienen comienzos laboriosos, pero un final bueno y placentero; mientras que nosotros, en lo espiritual, tomamos el rumbo contrario? Y sin embargo, incluso en esas cosas terrenales no está del todo claro que el final sea bueno y placentero: ya que antes la muerte prematura, la pobreza, las falsas acusaciones, los reveses de la fortuna u otras cosas similares, de las cuales hay muchas, han hecho que los hombres, tras su largo trabajo, se vean privados de todos sus frutos. Es más, quienes tienen tales objetivos, aunque tengan éxito, no cosecharán grandes ganancias. Pues con la vida presente todas esas cosas se disuelven. Pero aquí, no por cosas tan infructuosas y perecederas está nuestra raza, ni tememos por el fin; sino que mayor y más segura es nuestra esperanza después de nuestra partida. ¿Qué perdón puede haber, entonces, qué excusa para quienes no se despojan de los males que deben soportar por amor a la virtud? Y acaso preguntan: ¿Por qué es angosto el camino? ¿Por qué no te parece bien que cualquier fornicario, lascivo o borracho entre en las cortes de los reyes terrenales? ¿Y pretendes que se deje entrar al cielo a los hombres con libertinaje, lujo, embriaguez, codicia y toda clase de iniquidades? ¿Y cómo pueden estas cosas ser perdonables?
VII
Alguno dirá: Yo no dije eso, sino ¿por qué la virtud es dura, y no tiene un camino amplio? Y yo le respondo: Sí lo tiene, si queremos, pues ¿qué es más fácil: atravesar una pared y robar los bienes ajenos (y ser así encarcelado), o contentarse con lo que se tiene (y liberarse de todo temor)? ¿Qué es más fácil? ¿Robar los bienes ajenos, y disfrutar de unos pocos por un corto tiempo, para luego ser torturado y azotado eternamente? ¿O habiendo vivido en la pobreza justa por un corto tiempo, vivir para siempre en deleites? No te pregunto todavía qué es más provechoso, qué es más fácil. ¿Qué es más placentero, tener un buen sueño y ser castigado en realidad, o tener un sueño desagradable y estar realmente en gozo? Por supuesto, esto último. Dime, pues: ¿En qué sentido llamas a la virtud dura? Concedo que es duro, probado en comparación con nuestra despreocupación. Sin embargo, para que sea realmente fácil y suave, escuchen lo que dice Cristo: "Mi yugo es suave y ligera mi carga" (Mt 11,30). Pero si no perciben la ligereza, claramente es por falta de celo valiente; ya que donde este está, incluso las cosas pesadas son ligeras; y por la misma regla donde no lo está, incluso las cosas ligeras son pesadas. Porque díganme, ¿qué podría ser más dulce y más fácil de obtener que el banquete del maná? Sin embargo, los judíos estaban descontentos, aunque disfrutaban de una comida tan deliciosa. ¿Qué más amargo que el hambre y todas las demás dificultades que Pablo soportó? Sin embargo, saltó y se regocijó, y dijo: "Ahora me regocijo en mis sufrimientos" (Col 1,24). ¿Cuál es entonces la causa? La diferencia de la mente. Si, entonces, enmarcan esto como debe ser, verán la facilidad de la virtud. ¿Qué, entonces, dices? ¿Se convierte en tal solo por la mente de quienes la persiguen? Es tal, no sólo por su mente, sino también por naturaleza. Lo cual demuestro así: si una hubiera sido siempre dolorosa, la otra siempre lo contrario, entonces, con cierta verosimilitud, algunas personas caídas podrían haber dicho que esta última era más fácil que la primera. Pero si tienen sus comienzos, una en la adversidad, la otra en el placer, pero sus respectivos fines, de nuevo, son exactamente opuestos a estos; y si ambos fines son infinitos, en uno el placer, en el otro la carga; dime, ¿cuál es más fácil de elegir? ¿Por qué, entonces, muchos no eligen lo fácil? Porque algunos no creen; y otros, que creen, tienen el juicio corrompido y prefieren el placer temporal al eterno. ¿No es esto fácil, entonces? No es así: sino que esto proviene de un alma enferma. Y así como la razón por la que las personas con fiebre, después de beber un trago fresco, no es porque piensen que el lujo momentáneo es más placentero que quemarse de principio a fin, sino porque no pueden contener su deseo desmesurado; así también estos. Si alguien los llevara al castigo en el momento mismo de su placer, seguramente nunca lo habrían elegido. Así se ve en qué sentido el vicio no es algo fácil.
VIII
Si les parece bien, hermanos, trataré este mismo tema punto con un ejemplo, pero lo haré más adelante. De momento, respondedme a esto: ¿Qué es más placentero y fácil: desear mucha riqueza, o estar por encima de ese deseo? Porque yo, por mi parte, creo esto último. Si no lo creen, que el argumento se centre en los hechos mismos. Supongamos, pues, que un hombre desea mucho y otro nada. ¿Cuál es ahora la mejor situación, dime, y cuál la más respetable? Sin embargo, dejemos eso de lado. Porque se concuerda en que este último es de mejor carácter que el primero. Y no estamos indagando sobre esto ahora, sino ¿quién vive la vida más fácil y placentera? Pues bien, el amante del dinero no disfrutará ni siquiera de lo que tiene, pues no puede elegir gastar lo que ama; sino que gustosamente se despojaría de sí mismo y se desprendería de su carne antes que de su oro. Pero quien desprecia la riqueza, gana esto mientras disfruta de lo que tiene tranquilamente y con gran seguridad, y se valora a sí mismo más que a ella. ¿Qué es entonces más placentero: disfrutar de lo que se tiene con libertad, o vivir bajo un amo (es decir, la riqueza) y no atreverse a tocar nada, ni siquiera lo propio? Pues bien, a mí me parece que es lo mismo que si dos hombres, teniendo esposas y amándolas profundamente, no estuvieran en los mismos términos con ellas, pero a uno se le permitiera la presencia y el contacto sexual con su esposa, mientras que al otro ni siquiera se le permitiera acercarse a la suya. Hay otra cosa que deseo mencionar, que indica el placer de uno y la incomodidad del otro. Quien anhela ganancias nunca se detendrá en ese deseo, no solo porque le es imposible obtener todos los bienes, sino también porque, independientemente de lo que haya intentado, se considera nada. Pero quien desprecia las riquezas las considerará superfluas y no tendrá que castigar su alma con deseos infinitos. Digo, castigar; pues nada responde tan plenamente a la definición de castigo como el deseo privado de gratificación; algo que también caracteriza especialmente su mente perversa. Mírenlo de esta manera. Quien codicia riquezas y ha aumentado sus acervos, es el tipo de persona que se siente como si no tuviera nada. Pregunto entonces, ¿qué es más complicado que esta enfermedad? Y lo extraño no es solo esto, sino que, aun teniendo, cree no tener precisamente lo que tiene a su alcance, y como si no lo tuviera, se lamenta. Si incluso consigue todos los bienes, su dolor es aún mayor. Y si gana cien talentos, se enoja por no haber recibido mil; y si recibe mil, se entristece profundamente porque no son diez mil; y si recibe diez mil, se lamenta profundamente porque no es diez veces más. Y la adquisición de más se convierte en mucha más pobreza para él; pues cuanto más recibe, más desea. Entonces, cuanto más recibe, más pobre se vuelve: pues quien desea más, más verdaderamente pobre. Entonces, cuando tiene cien talentos, ¿no es muy pobre? Porque desea mil. Cuando tiene mil, entonces se vuelve aún más pobre. Porque ya no son mil como antes, sino diez mil lo que confiesa querer. Ahora bien, si dices que desear y no obtener es placer, me pareces ser muy ignorante de la naturaleza del placer.
IX
Para demostrar que esto no es placer, sino castigo, tomemos otro caso, y analicémoslo. Cuando tenemos sed, ¿no sentimos placer al beber porque calmamos nuestra sed? ¿Y no es un placer beber porque nos alivia de un gran tormento? Supongo que cualquiera puede decirlo. Pero si siempre permaneciéramos en tal estado de deseo, estaríamos tan mal como el hombre rico de la parábola de Lázaro en cuanto al castigo; pues su castigo fue precisamente este: deseando con vehemencia una pequeña gota, no la obtuvo. Y esto mismo me parece que todos los codiciosos sufren continuamente, y se asemejan a él cuando ruegan por obtener esa gota, y no la obtienen. Porque su alma está más encendida que la suya. Con razón se ha dicho que todos los amantes del dinero padecen una especie de hidropesía; pues así como quienes acumulan mucha agua en el cuerpo se agotan más, así también los avaros, que llevan consigo grandes riquezas, ansían más. La razón es que ni unos mantienen el agua en las partes del cuerpo donde debería estar, ni otros mantienen su deseo en los límites del pensamiento. Huyamos, pues, de esta extraña y ansiosa enfermedad; huyamos de la raíz de todos los males; huyamos de lo que es el infierno presente; pues es un infierno, el deseo de estas cosas. Basta con abrir el alma de cada uno (del que desprecia la riqueza y del que no la desprecia) para ver que uno es el distraído que prefiere no oír ni ver nada, y el otro un puerto libre de olas: y es amigo de todos. Porque si uno toma algo suyo, no le causa molestia; y si, por el contrario, uno le da algo, no lo envanece, sino que hay cierta libertad a su alrededor con completa seguridad. El uno se ve obligado a adular y fingir ante todos; el otro, ante nadie. Si ahora bien, amar el dinero es ser pobre y tímido y farsante e hipócrita y estar lleno de temores y de grandes angustias y castigos penales, mientras que quien desprecia la riqueza tiene todos los goces contrarios, ¿no es evidente que la virtud es más placentera? Ahora bien, también habríamos podido hablar de todos los demás males, con los que se demuestra que no hay vicio que tenga placer en sí, si no hubiéramos hablado antes tanto en extenso. Por tanto, sabiendo estas cosas, escojamos la virtud, para que podamos gozar del placer que hay aquí y alcanzar las bendiciones que están por venir, mediante la gracia y la bondad amorosa de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 15
I
Se oye que hay fornicación entre vosotros, y una fornicación que ni siquiera se menciona entre los gentiles. Uno de vosotros tiene la esposa de su padre, y ambos están envanecidos y no se lamentan. Que el que cometió tal acto se echado fuera, y quitado de entre vosotros
Al hablar de las divisiones que había en Corinto, no se dirigió a los corintios Pablo con vehemencia de inmediato, sino con más suavidad al principio y una mayor acusación al final, diciendo: "Me han dicho acerca de ustedes, hermanos míos, los de la casa de Cloe, que hay contiendas entre ustedes" (1Cor 1,11). En este punto, Pablo se extiende y generaliza el reproche de la acusación, pues no dijo "tal persona cometió fornicación", sino "se dice que hay fornicación entre ustedes". Pablo lo hizo para que, como personas totalmente ajenas a dicha acusación, pudieran tomarlo con calma, se llenaran de la ansiedad natural, contemplaran los horrores de un cuerpo totalmente herido y supieran que la Iglesia entera de Corinto incurría en el reproche. En efecto, no dijo Pablo "tal persona ha cometido fornicación", sino "en la Iglesia de Corintio se ha cometido ese pecado", y no dijo "se perpetra la fornicación", sino "se informa", tal como ni siquiera se nombra entre los gentiles. Porque así continuamente hace de los gentiles un tema de reproche para los creyentes. Así escribiendo a los tesalonicenses, dijo: "Que cada uno se posea a sí mismo de su propia vasija en santificación, y no en la pasión de la lujuria como hace el resto de gentiles". Lo decía para que ya no anduviesen como andan los demás gentiles, como también recordó a los colosenses (Col 3,6-7) y efesios (Ef 4,17). Ahora bien, si el que cometieran los mismos pecados era imperdonable, cuando incluso superaron a los gentiles, ¿qué lugar podemos encontrar para ellos? Dime: puesto que entre los gentiles, así dice, no sólo no se atreven a tal cosa, sino que ni siquiera le dan nombre. ¿Ves hasta qué punto agravó su acusación? Pues cuando son condenados por inventar tales formas de impureza que los incrédulos, lejos de aventurarse en ellas, ni siquiera conocen, el pecado debe ser extremadamente grande, indescriptible. Y "la cláusula entre ustedes" también se dice con énfasis. Es decir, entre los fieles que han sido favorecidos con tan altos misterios, participantes de secretos e invitados al cielo. ¿Observas con qué sentimiento de indignación rebosan sus obras? ¿Con qué ira contra todos? Pues si no hubiera sido por la gran ira de la que estaba lleno, si no se hubiera opuesto a todos ellos, habría dicho así: Habiendo oído que tal o cual persona ha cometido fornicación, te ordeno que lo castigues. Pero tal como están las cosas, no lo hace; más bien, los desafía a todos a la vez. De hecho, si hubieran escrito primero, probablemente habría dicho esto. Pero como, lejos de escribir, incluso habían eclipsado la falta, por eso ordena su discurso con más vehemencia.
II
El asunto en cuestión era que "uno de ustedes vive con la esposa de su padre". Alguno podría decir: ¿Por qué no dijo Pablo que abusaba de la esposa de su padre, sino tan sólo que vivía con ella? Y yo le respondo: Por la extrema vileza del hecho, que ponía los pelos de punta e hizo retractarse a Pablo. En consecuencia, Pablo se apresuró a denunciarlo, pero con cierta escrupulosidad, como si ya lo hubiera mencionado explícitamente. Con esto, Pablo agrava la acusación, insinuando que entre ellos se aventuran cosas que incluso hablar de ellas con franqueza le resultaba intolerable a Pablo. Por lo tanto, al continuar, usa el mismo lenguaje, diciendo: "El que ha hecho esto". De nuevo se avergüenza y se sonroja al hablar, lo cual también solemos hacer con respecto a asuntos extremadamente vergonzosos. Y no dijo "su madrastra", sino "la esposa de su padre", para golpear con mucha más severidad. Porque cuando los simples términos son suficientes para transmitir la acusación, procede con ellos simplemente, sin añadir nada. Y "no me digas (dice él) que el fornicador es solo uno", volviendo así la acusación común para todos. Por eso añadió de inmediato: "Y te envaneces". No dijo "con el pecado", pues esto implicaría falta de razón, sino "con la doctrina que has oído de esa persona". Sin embargo, esto no lo dejó por escrito, sino que lo dejó sin determinar para poder asestar un golpe más duro. Y observen el buen juicio de Pablo. Habiendo primero derribado la sabiduría externa y señalado que no es nada en sí misma, aunque no esté asociada con ningún pecado, entonces, y sólo entonces, habla también del pecado. Pues si, comparándose con el fornicador, que quizás era alguien sabio, hubiera mantenido la grandeza de su propio don espiritual, no habría hecho gran cosa; pero incluso cuando, sin la compañía del pecado, derribaba la sabiduría pagana y demostraba que no era nada, esto indicaba su extrema inutilidad. Por lo tanto, primero, como dije, tras hacer la comparación, menciona también el pecado del hombre. Y con él, de hecho, se digna a no debatir, lo que indica la enorme magnitud de su deshonra. De hecho, a los demás les dice: "Deberían llorar, lamentarse y cubrirse el rostro, pero ahora hacen lo contrario". Ésta es la fuerza de la siguiente cláusula: "y están engreídos, y no más bien lamentaron". ¿Y por qué lloramos?, dirán algunos. Porque el oprobio ha llegado a toda la Iglesia. ¿Y de qué nos sirve llorar? Que alguien así nos sea arrebatado. Ni siquiera aquí menciona su nombre; mejor dicho, en ningún lugar; lo cual es nuestra costumbre en todo lo monstruoso. Y él no dijo "no lo has echado", sino que, como en caso de cualquier enfermedad o peste, "hay necesidad de luto y de súplica intensa, para que sea quitado". Y deberías haber rezado para esto, y no haber escatimado nada para que fuera quitado. Tampoco les acusa de no haberle dado información, sino de no haber llorado para que se llevaran al hombre, dando a entender que incluso sin su Maestro se debió haber hecho esto, por la notoriedad de la ofensa.
III
Yo estoy ausente en cuerpo, pero estoy presente en espíritu y con el poder de Jesucristo
Observen aquí la energía de Pablo, que en el caso del incesto ni siquiera permite a los corintios esperar su presencia para dictar la sentencia. Como si estuviera a punto de expulsar algún contagio, antes de que se extendiera al resto del cuerpo, así Pablo se apresuró a contener el caso del incestuoso. Por eso añade la cláusula "ya he juzgado, como si estuviera presente". Además, dijo estas cosas, no solo para instarlos a declarar su sentencia y no darles oportunidad de idear nada más, sino también para atemorizarlos, como quien sabía lo que debía hacerse y lo había determinado. Porque este es el significado de estar presente en espíritu: como Eliseo estuvo presente con Giezi y dijo: "¿No estuvo mi corazón contigo? " (2Re 5,26). ¡Maravilloso! ¡Cuán grande es el poder del don, pues une a todos como uno solo; y los capacita para conocer las cosas que están lejos! Ya he juzgado como si estuviera presente. Él les permite no tener ningún otro recurso. Ahora he expresado mi decisión como si estuviera presente: que no haya demoras ni aplazamientos, pues no hay nada más que hacer. Entonces, para que no se le considere demasiado autoritario y su discurso parezca más bien obstinado, observe cómo los incluye también en la oración. Pues, tras decir "he juzgado", añade, respecto a quien ha obrado esto, "reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesucristo, para entregarlo a Satanás". Ahora bien, ¿qué significa "en el nombre de nuestro Señor Jesucristo"? Según Dios; sin prejuicios humanos. Algunos, sin embargo, leen así: "Aquel que ha obrado esto en el nombre de nuestro Señor Jesucristo", y poniendo un punto final, añaden: "Cuando os reunáis". Y afirman que el sentido de esta lectura es el siguiente: Aquel que ha hecho esto en el nombre de Cristo os ha entregado a Satanás. Es decir, aquel que ha insultado el nombre de Cristo, aquel que, después de haberse convertido en creyente y haber sido llamado con ese apelativo, se ha atrevido a hacer tales cosas, "entregaos a Satanás". Pero a mí me parece más acertada la primera exposición. ¿Qué es esto, entonces? Cuando se reúnen en el nombre del Señor. Es decir, su nombre, en cuyo nombre se han reunido, los reúne. "Y mi espíritu" indica que de nuevo se pone Pablo a la cabeza para que, al dictar sentencia, no pudieran aislar al ofensor de otra manera que como si estuviera presente; y para que nadie se atreviera a juzgarlo perdonable, sabiendo que Pablo estaría al tanto de los procedimientos.
IV
Haciendo el caso del fornicador corintio aún más terrible, añade Pablo lo siguiente: "Con el poder de nuestro Señor Jesucristo", a forma de decir: Tanto vosotros como yo hemos de juzgarlo con toda la fuerza de Cristo, tanto para dictar sentencia contra él como para entregarlo al diablo. No obstante, no dijo Pablo "entregad a tal persona a Satanás", sino liberadla, abriéndole las puertas del arrepentimiento y entregándola como si fuera un maestro de escuela. Y de nuevo, a tal persona no puede soportar que se le mencione su nombre en ningún lugar. Para la destrucción de la carne. Como se hizo en el caso del bendito Job, pero no por el mismo motivo. Pues en aquel caso era para coronas más brillantes, pero aquí para la liberación de los pecados; para poder azotarlo con una llaga dolorosa o alguna otra enfermedad. Es cierto que en otro lugar dice "por el Señor somos juzgados" (1Cor 11,32), cuando sufrimos estas cosas. Pero aquí, deseoso de que lo sintieran con mayor severidad, lo entrega a Satanás. Y así también esto que Dios había determinado resultó: que la carne del hombre fuera castigada. Pues, como la comida desordenada y la lujuria carnal son los padres de los deseos, es la carne a la que castiga. Para que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús (es decir, el alma). No como si esta se salvara sola, sino porque era un hecho indiscutible que, si se salvaba, sin ninguna controversia, el cuerpo también participaría de su salvación. Porque así como se volvió mortal por el pecado del alma, si esta obra la justicia, también ella, por otro lado, gozará de gran gloria. Pero algunos sostienen que el Espíritu es el don de la gracia que se extingue cuando pecamos. Para que esto no suceda, dice él, que sea castigado; para que, al mejorar, atraiga la gracia de Dios y la encuentre segura en ese día. De modo que todo resulta como si alguien ejerciera su profesión de enfermera o médico, no simplemente azotando o castigando precipitadamente y al azar. Porque la ganancia es mayor que el castigo: uno es temporal, el otro eterno. Y no dijo simplemente "para que el espíritu sea salvo", sino "en ese día". Con razón y a tiempo les recuerda ese día para que se dedicaran más fácilmente a la curación y para que la persona censurada recibiera mejor sus palabras, no como si fueran de ira, sino como la previsión de un padre ansioso. Por esta razón también dijo «para la destrucción de la carne», procediendo a establecer reglas para el diablo y no permitiéndole ir más allá. Como en el caso de Job, Dios dijo: "Pero no toques su vida" (Job 2,6).
V
La jactancia no es buena. ¿Es que no sabéis que un poco de levadura contamina toda la masa?
Habiendo terminado su frase ("la jactancia no es buena", en referencia al fornicador), y pronunciándola brevemente sin detenerse en ella, vuelve a introducir una reprimenda San Pablo a los corintios, dirigiéndose contra todos ellos. Esto significa que fueron ellos, hasta el momento, quienes le habían impedido arrepentirse, enorgulleciéndose de él. A continuación, muestra que toma esta medida para perdonar no solo a esa persona, sino también a aquellos a quienes escribe. ¿Por qué? Porque aunque la ofensa sea suya, si ésta se descuida tiene el poder de arruinar también al resto del cuerpo de la Iglesia. Además, si el primer trasgresor escapa del castigo, pronto otros también cometerán las mismas faltas y habrán de escapar libres. Con estas palabras, indica Pablo que la lucha y el peligro lo son para toda la Iglesia, y no para una sola persona. Para explicarlo bien recurre a la semejanza de la levadura. Así como ésta, aunque sea poca, transforma a su propia naturaleza toda la masa, así también el impuro, si queda impune en su pecado, corromperá igualmente a todos los demás.
Purificad la vieja levadura del Maligno
Con esta frase, Pablo no alude tan sólo al incestuoso, sino también a los secuaces que están con él. En este contexto, la vieja levadura no es sólo la fornicación, sino también todo tipo de pecado. Por eso dijo purificad, a forma de limpiar con precisión para que no quede ni un remanente ni una sombra de ese tipo. Al decir purificad, Pablo significa que aún había iniquidad entre ellos, y al decir "para que seáis una masa nueva, así como sois sin levadura", afirma y declara que no sobre muchos prevalecía la maldad. Pero aunque dice "siendo sin levadura", no se refiere a que todos estuvieran limpios, sino a la clase de personas que debéis ser.
VI
Nuestra Pascua (Cristo) fue sacrificada por nosotros, hermanos, luego celebremos la fiesta. Hagámoslo, mas no con la vieja levadura, ni con la levadura de la malicia y la maldad, sino con el pan sin levadura de la sinceridad y la verdad. Así también Cristo llamó a su doctrina levadura. Y él mismo se detiene en la metáfora, recordándoles una historia antigua, la Pascua y el pan sin levadura, sus bendiciones de entonces y de ahora, sus castigos y sus plagas. Es, por tanto, una fiesta durante todo el tiempo que vivimos. Pues aunque dijo "celebramos la fiesta", no lo dijo con vistas a la Pascua o a Pentecostés, sino para indicar que todo el tiempo es una fiesta para los cristianos, debido a la excelencia de los bienes que se nos han dado. ¿Qué bien no ha sucedido? El Hijo de Dios se hizo hombre por ti; te libró de la muerte; y te llamó a un reino. Tú, pues, que has obtenido y sigues obteniendo tales cosas, ¿cómo puede ser menos que tu deber celebrar la fiesta toda tu vida? Que nadie se desanime por la pobreza, la enfermedad y las astucias de los enemigos. Porque es una fiesta, incluso todo nuestro tiempo. Por eso dice Pablo a los filipenses: "Regocijaos en el Señor siempre. Os lo repito, regocijaos" (Flp 4,4). En los días festivos nadie se viste con ropas inmundas. Tampoco nosotros lo hagamos. Porque se ha establecido un matrimonio, un matrimonio espiritual. Porque, el reino de los cielos, dice Jesús, se asemeja a cierto rey que haría un banquete para su hijo (Mt 22,1). Ahora bien, cuando un rey hace un matrimonio, y un matrimonio para su hijo, ¿qué puede ser más grande que este banquete? Que nadie entre vestido con harapos. No hablamos de prendas de vestir, sino de acciones impuras. Porque si donde todos vestían ropas brillantes, uno solo, al ser encontrado en el banquete de bodas con ropas sucias, fue expulsado con deshonra, considere cuánta severidad y pureza requiere la entrada a ese banquete de bodas.
VII
La imagen del pan sin levadura, empleada por Pablo, señala la afinidad del Antiguo Testamento con el Nuevo Testamento, como forma de señalar que es imposible volver a Egipto, y que si alguien decidiera regresar, sufriría lo mismo que sufrieron los hebreos que lo hicieron. Porque esas cosas eran una sombra de estas, por muy obstinado que fuera el judío. Por tanto, si le preguntas, dirá: No es gran cosa, sino que es grande lo que dice, pero nada que ver con lo que nosotros decimos, porque desconoce la verdad. Es más, por su parte dirá más o menos: Los egipcios que nos detuvieron fueron tan cambiados por el Todopoderoso que ellos mismos nos instaron y nos expulsaron, a pesar de que antes nos sujetaban por la fuerza, y ni siquiera nos permitieron que leudara nuestra masa. Si a mí alguien me pregunta, no oirá hablar de Egipto ni del faraón, sino de nuestra liberación del engaño de los demonios y de las tinieblas del diablo: no de Moisés, sino del Hijo de Dios; no de un Mar Rojo, sino de un bautismo rebosante de diez mil bendiciones, donde el hombre viejo se ahoga. De nuevo, si le preguntas al judío por qué expulsa toda levadura de sus fronteras, incluso guardará silencio y no dará ni una sola razón. Y esto se debe a que, si bien algunas circunstancias eran tanto de cosas venideras como de cosas que ya estaban sucediendo; otras no lo eran, para que los judíos no actuaran con engaño; para que no permanecieran a la sombra. Pues dime, ¿qué significa que el cordero sea macho, sin defecto, de un año, y que no se le rompa ningún hueso? ¿Y qué significa el mandato de llamar también a los vecinos (Ex 12,4) y que se comiera de pie y por la tarde; o el de fortificar la casa con sangre? No tendrá nada más que decir, salvo una y otra vez sobre Egipto. Pero puedo explicarte el significado tanto de la sangre, como de la tarde, y de la comunión todos juntos, y de la regla de que todos deben estar de pie.
VIII
Expliquemos ahora, hermanos, por qué la levadura es expulsada de todos sus confines. ¿Cuál es su significado? Éste mismo: que el creyente debe ser liberado de toda iniquidad. Así como entre ellos perece quien quiera que encuentre levadura vieja, así también entre nosotros, donde quiera que se encuentre iniquidad: puesto que, por supuesto, el castigo es tan grande en lo que es una sombra, en nuestro caso no puede sino ser mucho mayor. Porque si ellos limpian sus casas de levadura con tanto cuidado y hurgan en las ratoneras, con mucha más razón debemos escudriñar el alma para expulsar todo pensamiento impuro. Sin embargo, esto lo hacían últimamente, pero ya no. Porque donde quiera que haya levadura, donde haya un judío. Es en medio de las ciudades donde se celebra la fiesta de los panes sin levadura (algo que ahora es más un juego que una ley, pues desde que llegó la verdad, los símbolos ya no tienen cabida). Así que, mediante este ejemplo, también expulsa con fuerza al fornicador de la Iglesia. Pues, dice, lejos de beneficiar con su presencia, incluso causa daño, perjudicando el bien común del cuerpo. Pues no se sabe de dónde proviene el mal olor mientras la parte corrupta está oculta, y así se lo imputa al todo. Por lo tanto, los insta encarecidamente a purificarse de la levadura, para que seáis, dice, una masa nueva, así como sois sin levadura. Porque nuestra Pascua (Cristo) fue sacrificada por nosotros. Él no dijo "ha muerto", sino algo más a propósito del tema en cuestión: "ha sido sacrificado". No busquen, pues, pan sin levadura de esta clase, pues tampoco tienen un cordero de la misma clase. No busquen levadura de esta clase, ya que su pan sin levadura no es como este.
IX
En el caso de la levadura material, lo ácimo podría leudarse, pero nunca a la inversa; mientras que aquí existe la posibilidad de que ocurra exactamente lo contrario. Sin embargo, no lo ha declarado claramente; y observen su buen juicio. En la carta anterior, no da al fornicador esperanza de retorno, sino que ordena que toda su vida se dedique al arrepentimiento, para no debilitarlo por la promesa. Pues no dijo "entréguenlo a Satanás", para que, arrepentido, sea encomendado de nuevo a la Iglesia. Pero ¿qué dice? Esto mismo: "que sea salvo en el último día". Pues lo conduce hasta ese momento para llenarlo de ansiedad. Y no revela qué favores le pretendía después del arrepentimiento, imitando a su propio Maestro, porque, como dice Dios, "tres días más tarde, Nínive será destruida, mas si se arrepiente será salva" (Jon 3,4). Así también, no dijo aquí "si se arrepiente dignamente, confirmaremos nuestro amor hacia él", sino que espera a que haga la obra para que entonces reciba el favor. Porque si hubiera dicho esto al principio, podría haberlo liberado del temor. Por lo tanto, no sólo no lo hace, sino que, por ejemplo, la levadura no le da ni siquiera una esperanza de retorno, sino que lo reserva para ese día. Limpiad (así viene a decir) la vieja levadura, y no celebremos la fiesta con la vieja levadura. Pero tan pronto como se hubo arrepentido, lo trajo de nuevo con todo fervor.
X
Alguno dirá: ¿Por qué llama vieja a la levadura? Y yo le respondo: Por nuestra vida anterior, la cual era de este tipo, o porque "lo viejo está a punto de desvanecerse" (Hb 8,13), o porque lo viejo es desagradable y repugnante, al igual que el pecado. Por supuesto, Pablo no encuentra fallas en lo viejo, ni simplemente alaba lo nuevo por lo nuevo, sino que dice: "El vino nuevo es como un amigo nuevo, mas si se vuelve viejo, entonces con gusto lo beberás" (Eclo 9,15). Lo dijo refiriéndose a la amistad, y otorgando su alabanza más a lo viejo que a lo nuevo. Nuevamente, la Escritura dice que "el anciano de días se sentó" (Dn 7,9), tomando el término anciano como una de esas expresiones laudatorias que confieren la mayor gloria. En otra parte la Escritura toma el término viejo en el sentido de culpa; pues al ver que las cosas son de diverso aspecto al estar compuestas de muchas partes, usa las mismas palabras tanto en un significado bueno como malo, no según el mismo matiz de significado. De lo cual se puede ver un ejemplo en la culpa que se echa en otros lugares a los ancianos: "Envejecieron y se desviaron de sus caminos" (Sal 17,46), y: "Envejecí en medio de todos mis enemigos" (Sal 6,7), y: "Oh vosotros, que habéis envejecido en días malos" (Dn 13,52). Así también, la levadura se suele confundir con el reino de los cielos, y se usa con un aspecto y con otro.
XI
Yo tengo la firme convicción de que el dicho sobre la levadura se refiere también a los sacerdotes que toleran que gran parte de la vieja levadura permanezca dentro de la Iglesia, sin expulsar de sus fronteras a los codiciosos, a los extorsionadores y a todo lo que quiera excluir del reino de los cielos. Ciertamente, la codicia es una vieja levadura; y siempre que se enciende y entra en cualquier casa, la vuelve impura; y aunque ganes poco con tu injusticia, leuda todo tu patrimonio. Por lo tanto, no pocas veces la ganancia deshonesta, siendo pequeña, ha expulsado el capital honestamente acumulado, por abundante que sea. Porque nada es más podrido que la codicia. Puedes cerrar el armario de ese hombre con llave, puerta y cerrojo; todo lo haces en vano, mientras encierras dentro a la codicia, el peor de los ladrones, capaz de llevárselo todo. Pero ¿qué dices si hay muchos codiciosos que no experimentan esto? En primer lugar, lo experimentarán, aunque no sea inmediato. Y si escapan, temerán aún más, pues les espera un castigo mayor. A esto se suma que, en caso de escapar, quienes hereden sus riquezas tendrán que soportar lo mismo. Me dirás: ¿Cómo puede ser esto justo? Y yo te respondo: Es completamente justo, pues quien ha heredado una herencia, lleno de injusticia, aunque no haya cometido ningún robo, retiene la propiedad ajena, y es perfectamente consciente de ello; y es justo que sufra por ello. Pues si esta o aquella persona hubiera robado y tú recibieras algo, y luego el dueño viniera y te lo reclamara, ¿te serviría de defensa decir que no te lo has apropiado? De ninguna manera, pues ¿cuál sería tu argumento ante la acusación? Dime, pues: ¿Que otro fue quien se apoderó de ello?, pues tú conservas la posesión. ¿Quién fue él que robó?, pues tú la disfrutas. ¿Por qué estas reglas las reconocen incluso las leyes de los paganos, que absolviendo a quienes han robado y se han apoderado de algo, os ordenan exigir satisfacción a aquellas personas en cuyo poder se encuentran vuestras cosas guardadas? Si, pues, sabes quiénes son los perjudicados, restaura y haz lo que hizo Zaqueo, con mucho provecho. Pero si no lo sabes , te ofrezco otra solución; no te excluyo del remedio. Distribuye todo esto a los pobres; así mitigarás el mal. Pero si algunos han transmitido estas cosas incluso a sus hijos y descendientes, aún en retribución han sufrido otros desastres.
XII
¿Y por qué hablo de estas cosas? Porque en aquel día final no podrá decirse ya, y todos apareceremos desnudos, tanto los despojados como los despojadores. O mejor dicho, no igualmente desnudos. De riquezas, por supuesto, ambos serán igualmente despojados, mas uno estará lleno de las acusaciones que le dieron lugar. ¿Qué haremos entonces en ese día, cuando ante el terrible tribunal, aquel que ha sido maltratado y lo ha perdido todo, sea llevado ante el centro, y no tengas a nadie que diga una palabra por ti? ¿Qué le dirás al Juez? Ahora, ciertamente, puedes incluso corromper el juicio, siendo sólo de hombres; pero en ese tribunal y en ese momento, ya no será así; ni siquiera ahora podrás. Porque también en este momento ese tribunal está presente, pues Dios ve nuestras acciones y está cerca del agraviado, aunque no sea invocado; siendo cierto que quien sufre un agravio, aunque en sí mismo sea indigno de obtener reparación alguna, pero viendo, sin embargo, que lo que se hace no agrada a Dios, con toda seguridad tiene a alguien que lo vengue. ¿Cómo entonces, dirás, es tal persona bien, siendo malvado? No, no será así hasta el final. Escucha lo que dice David: "No te irrites por los malhechores, porque como la hierba se secarán rápidamente" (Sal 37,1-2). Porque ¿dónde, dime, dónde está el que obró rapiña, después de su partida de aquí? ¿Dónde están sus brillantes esperanzas? ¿Dónde está su augusto nombre? ¿No han pasado todas y se han ido? ¿No es un sueño y una sombra, todo lo que era suyo? Y esto debes esperar en el caso de cada persona así, tanto en su propia persona mientras vive, como en la de quien vendrá después de él. Pero no es tal el estado de los santos, ni te será posible decir lo mismo también en su caso, que es sombra, un sueño y un cuento, lo que les pertenece.
XIII
Estas cosas fueron dichas por un fabricante de tiendas, por un cilicio, por un hombre sin linaje, por alguien que se atrevió a decirnos la verdad. ¿Y cómo es posible llegar a ser como él? ¿Lo desean entonces, de todo corazón? ¿Ansían de todo corazón llegar a serlo? Pues bien, sigan los mismos caminos que él siguió, y siguieron los que estaban con él. ¿Qué caminos siguió? El primer camino dice así: "Con hambre, sed y desnudez" (2Cor 11,27). El segundo camino dice: "No tengo plata ni oro" (Hch 3,6). El tercer camino dice que "no tenían nada y, sin embargo, lo poseían todo" (2Cor 6,10). ¿Qué puede ser más noble que este dicho? ¿Qué hay más bendito o más abundante en riquezas? Algunos, en efecto, se enorgullecen de lo contrario, diciendo: Tengo este o aquel número de talentos de oro, y acres de tierra sin fin, y casas, y esclavos. Pero este hombre, al estar desnudo de todo; y no se acobarda ante la pobreza (que es el sentimiento de los insensatos), ni esconde su rostro, sino que incluso lo usa como adorno. ¿Dónde están ahora los ricos, los que calculan sus intereses simples y compuestos, los que roban a todos y nunca están satisfechos? ¿Has oído la voz de Pedro, esa voz que presenta la pobreza como la madre de la riqueza? ¿Esa voz que no tiene nada, pero es más rica que quienes llevan diademas? Porque esta es la voz que, sin tener nada, resucitó a los muertos, enderezó a los cojos, ahuyentó a los demonios y otorgó dones tan generosos como los que visten la túnica púrpura y lideran las poderosas y terribles legiones jamás pudieron otorgar. Esta es la voz de los que ahora han ascendido al cielo, de los que han alcanzado esa altura.
XIV
Como ven, hermanos, es posible que, quien no tiene nada, posea todos los bienes. Así, quien no posee nada puede adquirir los bienes de todos; mientras que, si nosotros obtuviéramos todos los bienes, nos veríamos privados de todo. Quizás este dicho parezca una paradoja, pero no lo es. Alguno me dirá: ¿Cómo puede, quien no tiene nada, poseer todos los bienes? ¿Acaso no tiene mucho más quien posee lo que pertenece a todos? Y yo respondo: De ninguna manera, sino al contrario, porque quien no tiene nada lo domina todo, como lo hicieron ellos. En todo el mundo, todas las casas les estaban abiertas, y quienes les ofrecían su visita lo consideraban un favor, y acudían a ellos como a amigos y parientes. Porque así fueron a la mujer que vendía púrpura (Hch 16,14), y ella, como una sirvienta, les presentó lo que tenía. Y al carcelero, y este les abrió toda su casa. Y a innumerables personas más. Así lo tenían todo y no tenían nada, pues "nada de lo que poseían era suyo" (Hch 3,32). Visto desde otra óptica, todo era suyo, pues quien considera todo como común, no sólo usará lo suyo, sino también lo ajeno como si le perteneciera. Pero quien reparte y se impone como dueño solo de lo suyo, ni siquiera lo dominará. Y esto queda claro con un ejemplo. Quien no posee nada en absoluto, ni casa, ni mesa, ni ropa de sobra, sino que por amor a Dios se ve privado de todo, usa lo común como suyo; y recibirá de todos lo que desee; y así, quien no tiene nada posee lo de todos. Pero quien posee algunas cosas, ni siquiera las dominará. En primer lugar, porque nadie dará nada a quien posee, y en segundo lugar porque su propiedad pertenecerá a ladrones, rateros, informantes y sucesos impredecibles, y será de cualquiera en lugar de suya. Pablo, por ejemplo, recorrió el mundo entero sin llevar nada consigo, aunque no visitó a amigos ni parientes. Es más, al principio era enemigo común de todos; sin embargo, tras su entrada, poseía los bienes de todos. Pero Ananías y Safira, apresurándose por ganar un poco más de lo que poseían, lo perdieron todo junto con la vida. Retírense, pues, de lo suyo, para que puedan usar los bienes ajenos como propios.
XV
No sé cómo he llegado a tal punto de arrebato, hermanos, al decir estas palabras a hombres que consideran un placer compartir lo poco que tienen con los demás. Por tanto, espero que estas palabras hayan sido dirigidas a los perfectos, y a los más imperfectos les hagan decir: Dad de lo que tenéis a los necesitados, y aumentad así vuestras posesiones, porque "el que da a los pobres, presta a Dios" (Prov 19,17), y: Si tenéis prisa y no esperáis el momento de la recompensa, pensad en los que prestan dinero a los hombres, pues ni siquiera estos desean obtener sus intereses inmediatamente; sino que anhelan que el capital permanezca un buen tiempo en manos del prestatario, siempre que el reembolso esté seguro y no desconfíen de él. Que esto se haga también en el presente caso. Dejadlos en manos de Dios para que él os pague con creces vuestro salario. No busquéis tenerlo todo aquí; porque si lo recuperas todo aquí, ¿cómo lo recibirás allá? Y es por esta razón que Dios los almacena allá arriba, ya que esta vida presente está llena de decadencia. Buscad, dice Jesús, el reino de los cielos, y "todas estas cosas se os darán por añadidura" (Mt 6,33). Así pues, miremos hacia el Reino, y no nos apresuremos a pagar todo, para no disminuir nuestra recompensa. Pero esperemos el momento oportuno. Porque el interés en estos casos no es de esa clase, sino que es tal como es apropiado para ser dado a Dios. Entonces, habiendo reunido esto en gran abundancia, así que partamos de aquí, para que podamos obtener tanto las bendiciones presentes como las futuras por la gracia y la bondad amorosa de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 16
I
No os juntéis con los fornicarios, ni con los avaros, ladrones o idólatras, porque en tal caso os sería necesario salir del mundo. No os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o borracho, o maldiciente, o ladrón. Con esos tales ni siquiera comáis
Habiendo dicho Pablo "no habéis hasta ahora llorado, porque tal persona fuese quitada", y "limpiad la vieja levadura", y siendo probable que los corintios supusieran que era su deber evitar a todos los fornicadores (por si el que ha pecado imparte algo de su maldad a los que no han pecado), mucho más conveniente es mantenerse alejado de los de afuera, porque si uno no debe perdonar a un amigo a causa de tal maldad que surge de él, mucho menos a cualquier otro. Bajo esta impresión, era probable que se separaran de los fornicadores entre los griegos también, y al resultar así imposible el asunto, lo habrían tomado más en serio: él usó este modo de corrección, diciendo: "Os escribí para que no os juntéis con los fornicadores de este mundo", usando la expresión "del todo" como si fuera algo reconocido. Para que no pensaran que no les impuso esto por ser bastante imperfectos, y que intentaran hacerlo bajo la errónea impresión de que eran perfectos, les muestra que esto era incluso imposible, aunque lo desearan con todas sus fuerzas. En ese caso, sería necesario buscar otro mundo o que "que abandonen el mundo". ¿Ven que no es un amo severo, y que en su legislación considera constantemente no sólo lo que se puede hacer, sino también lo que se puede hacer fácilmente? Pues ¿cómo es posible "que un hombre que cuida de una casa e hijos, y se ocupa de los asuntos de la ciudad, o que es artesano o soldado, evite a los impuros que se encuentran por todas partes"? Por los "fornicarios del mundo" se refiere a los que están entre los griegos. Pero ahora les escribo: si algún hermano es de esta clase, con él no coman. Aquí también mira a otros que vivían en la maldad. Pero ¿cómo puede un hermano ser idólatra? Como ocurrió en una ocasión con los samaritanos que eligieron la piedad a medias. Además, está sentando las bases para el discurso sobre las ofrendas a los ídolos , que después pretende abordar. "O codicioso", pues con estos también entra en conflicto. Por eso dijo también: "¿Por qué no sufrir mejor el agravio? ¿Por qué no ser defraudados? No, ustedes mismos cometen el mal y defraudan". Cuando se refiere a un borracho, alude a algo de lo que también les acusará más adelante, cuando les dirá: "Uno tiene hambre y otro está borracho y así la comida para el estómago y el estómago para la comida". Cuando se refiere a un maldiciente, o un estafador, alude a algo que también les había reprendido antes.
II
¿Qué tengo yo que ver con juzgar a los de fuera?
Añade aquí Pablo la razón por la que les prohíbe mezclarse con paganos impuros, dando a entender que ello no sólo es superfluo sino también inconveniente. Llamando a los cristianos y a los griegos, a los de dentro y a los de fuera, como también dice en otro lugar (1Tm 3,7), debe ejercerse un buen testimonio hacia los de fuera. Ya en la Carta II a los Tesalonicenses usa el mismo lenguaje Pablo, al decir: "No se relacionen con él para que se avergüence, y no lo consideren enemigo sino amonéstenlo como hermano" (2Ts 3,14). Aquí, sin embargo, no añade la razón. ¿Por qué? Porque en el otro caso quería apaciguarlos, pero en este no. Porque la falta en este caso y en aquel no era la misma, pero en los tesalonicenses era menor. Porque allí reprende la indolencia; pero aquí la fornicación y otros pecados gravísimos. Y si alguien desea pasarse a los griegos, no le impide comer con tales personas, por la misma razón. Así también actuamos nosotros, y por nuestros hijos y hermanos no dejamos nada sin hacer, mientras a los extraños no damos mucha importancia. ¿Cómo, entonces? ¿Acaso Pablo no se preocupaba también por los que estaban fuera? Sí, se preocupaba por ellos; pero no fue hasta después de que recibieron el evangelio y los sometió a la doctrina de Cristo, que les impuso leyes. Pero mientras lo despreciaron, fue superfluo predicar los preceptos de Cristo a quienes no lo conocían. ¿No juzgáis a los de dentro, mientras que a los de fuera los juzga Dios? Pues ya que dijo "¿qué tengo yo que ver con juzgar a los de fuera?", y para que nadie piense que estos quedaron impunes, establece otro tribunal sobre ellos, uno temible. Esto lo dijo tanto para aterrorizar a aquellos como para consolar a estos, insinuando también que este castigo temporal los aparta de lo que es inmortal y perpetuo, lo cual también ha declarado claramente en otro lugar: "Siendo juzgados, somos castigados, para que no seamos condenados con el mundo" (1Cor 11,32).
III
"Apartad de entre vosotros al malvado". Aquí usó Pablo una expresión del Antiguo Testamento (Dt 17,7), insinuando que los corintios también saldrán beneficiados al ser liberados de la plaga de la impureza, si apartan al impuro, y que esto no es una innovación sino que ya en el Antiguo Testamento a Moisés le pareció bien que tales personas fueran exterminadas. Con todo, en el Éxodo se hizo todo con mayor severidad, y en este caso con mayor suavidad. Cabría preguntarse por qué en aquel caso concedió Moisés que el pecador fuera severamente castigado y apedreado, pero en el presente no, sino que el castigo ha de conducirlo a un posible arrepentimiento. ¿Por qué, entonces, se trazaron las líneas en el primer caso de una manera, y en el segundo de otra? Por dos razones: una, porque estos fueron conducidos a una prueba mayor y necesitaron mayor paciencia; la otra, y más cierta, porque, por su impunidad, estos eran más fáciles de corregir, llegando como pudieron al arrepentimiento. Pero era probable que los demás se inclinaran a una mayor maldad. Pues si al ver al primero sufrir castigo persistían en las mismas cosas, si ninguno hubiera sido castigado, mucho más habrían sentido esto. Por lo cual, en esa dispensación, la muerte se inflige inmediatamente al adúltero y al homicida; pero en esta, si mediante el arrepentimiento son absueltos, han escapado del castigo. Sin embargo, tanto aquí como en el Antiguo Testamento se pueden ver ejemplos de castigos más severos, y en el Antiguo Testamento otros menos severos, para que se pueda significar en todos los sentidos que los pactos son afines entre sí, y de un mismo legislador: y se puede ver que el castigo sigue inmediatamente tanto en ese pacto como en éste, y en ambos a menudo después de un largo intervalo. Es más, a menudo ni siquiera después de un largo intervalo, siendo sólo el arrepentimiento tomado como satisfacción por el Todopoderoso. Así, en el Antiguo Testamento, David, quien había cometido adulterio y asesinato, fue salvado por medio del arrepentimiento; Y en el Nuevo Testamento, Ananías, quien solo retiró una pequeña parte del precio de la tierra, pereció junto con su esposa. Si bien estos casos son más frecuentes en el Antiguo Testamento, y los contrarios en el Nuevo Testamento, la diferencia de personas produce la diferencia en el trato adoptado en tales asuntos.
IV
¿Osa alguno de vosotros, cuando tiene algo contra su hermano, ir a juicio delante de los injustos, y no delante de los santos? Esto es una vergüenza para vosotros, y un reproche indecible
Presenta aquí Pablo de nuevo su queja y de nuevo con fundamento. Si un poco antes había dicho "se oye que hay fornicación entre ustedes", en este pasaje dice: "¿Se atreve alguno de ustedes?". Desde el primer momento, dando muestras de su ira, insinuando que lo que se dice proviene de un espíritu atrevido y desobediente. Ahora bien, ¿por qué introdujo de paso ese discurso sobre la codicia y sobre el deber de no litigar sin la Iglesia? En cumplimiento de su propia regla. Pues es su costumbre corregir las cosas según se le presenten; así como, al hablar de las mesas que usaban en común, se lanzó al discurso sobre los misterios. Así pues, como ven, ya que había mencionado a los hermanos avariciosos, ardiendo en deseos de corregir a los que pecan, no tolera observar exactamente el orden; sino que corrige de nuevo el pecado que se había introducido fuera del curso habitual, y así regresa al tema anterior. Escuchemos entonces lo que dice también sobre esto. ¿Se atreve alguno de ustedes, teniendo un asunto, a litigar ante los injustos y no ante los santos? Por un tiempo, emplea esos términos personales para exponer, desacreditar y censurar sus procedimientos; y desde el principio no subvierte del todo la costumbre de buscar juicio ante los creyentes; sino que, tras abatirlos con muchas palabras, incluso elimina por completo la posibilidad de litigar. En primer lugar, dice que, si uno debe litigar, sería incorrecto hacerlo ante los injustos, y que sería mejor no litigar en absoluto. Sin embargo, añade el término después. Por ahora, examina a fondo el tema anterior, a saber: que no deben someter los asuntos a arbitraje externo. Pues, dice, ¿cómo puede ser más que absurdo que alguien que discrepa con su amigo tome a su enemigo como reconciliador entre ellos? ¿Y cómo puedes evitar sentir vergüenza y rubor cuando un griego juzga a un cristiano? Y si en asuntos privados no es correcto litigar ante los griegos, ¿cómo nos someteremos a sus decisiones sobre otros asuntos de mayor importancia? Observen, además, cómo habla. No dice "delante de los incrédulos", sino "delante de los injustos", a fin de disuadirlos y mantenerlos alejados. Pues vean que su discurso trataba sobre ir a juicio, y quienes están involucrados en litigios buscan lo único que los jueces deben interesarse por lo que es justo; él toma esto como motivo de disuasión, casi diciendo: ¿Adónde vas? ¿Qué haces, oh hombre, atrayendo sobre ti lo contrario de lo que deseas, y para obtener justicia encomendándote a hombres injustos? Como habría sido intolerable que le dijeran de inmediato que no fuera a juicio, no añadió Pablo esto inmediatamente, sino que tan sólo cambió a los jueces, trayendo a la parte involucrada en el juicio desde afuera a la Iglesia.
V
Como el fornicador es fácilmente despreciable (incluido desde el exterior), se refiere Pablo al juicio de los corintios que permanecían más dentro de la comunidad cristiana, pues tal vez no eran competentes para comprender este asunto a nivel legal, ni eran tan versados en leyes y retórica como los jueces civiles, puesto que la mayor parte de ellos eran hombres sin educación. Nótese cómo Pablo los hace dignos de crédito, llamándolos santos. Observen también cómo Pablo, con vistas a dar testimonio de la pureza de vida cristiana, y al mismo tiempo suavizar su aseveración a los corintios (de que no eran tan competentes como los jueces para juzgar los acontecimientos), les dice así: "¿No sabéis que los santos juzgarán al mundo? ¿Cómo podéis entonces vosotros, que estáis en vuestros días para juzgarlos, soportar ser juzgados por ellos ahora? No juzgarán, sentándose en persona y exigiendo cuentas, sino que condenarán". Esto, al menos, lo dijo claramente, cuando añadió: " Y si el mundo es juzgado en vosotros, ¿sois indignos de juzgar los asuntos más pequeños?". Pablo dice "no por vosotros, sino en vosotros", como cuando dijo Jesús: "La reina del sur se levantará y condenará a esta generación", y: "Los hombres de Nínive se levantarán y condenarán a esta generación". Porque al contemplar el mismo sol y compartir todas las mismas cosas, seremos hallados creyentes, pero ellos incrédulos; no podrán refugiarse en la ignorancia . Porque los acusaremos simplemente por lo que hemos hecho. Y allí se encontrarán muchas formas de juicio similares. Entonces, para que nadie piense que habla de otras personas, observen cómo generaliza su discurso. Y si el mundo se juzga en ustedes, ¿son indignos de juzgar los asuntos más pequeños? "Esto es una vergüenza para ustedes, dice, y un reproche indecible. Pues, como era probable que se sintieran desconcertados al ser juzgados por los de dentro, no, dice él, al contrario, la vergüenza es cuando son juzgados por los de fuera: pues esas son las controversias más pequeñas, no éstas.
¿No sabéis que juzgaremos a los ángeles? Pues ¡cuánto más las cosas de esta vida!
Algunos dicen que aquí se alude a los sacerdotes, y yo les digo: Olvídense de esto, pues el discurso versa aquí sobre los demonios. En efecto, si hubiera estado hablando Pablo de sacerdotes corruptos, se habría referido a ellos cuando dijo: "El mundo es juzgado en vosotros" (pues la Escritura suele llamar también "el mundo" a los hombres malvados ), y no habría dicho lo mismo dos veces, ni lo habría dejado de lado como si dijera algo de mayor importancia. Pero habla de aquellos ángeles de quienes Cristo dice: "Apartaos al fuego preparado para el diablo y sus ángeles" (Mt 25,41). En concreto, Pablo se refiere a esos "ángeles que se presentan como ministros de justicia" (2Cor 11,15). Porque cuando los mismos poderes incorpóreos sean hallados inferiores a nosotros, que estamos revestidos de carne, sufrirán un castigo más severo. Pero si algunos aún argumentan que habla de sacerdotes, ¿qué clase de sacerdotes? Preguntémosles, sobre todo a aquellos cuya vida ha sido mundana, por supuesto. ¿En qué sentido dice, entonces, "juzgaremos a los ángeles", y "mucho más las cosas de esta vida"? Menciona a los ángeles en contraposición a las cosas de esta vida, pues ellos están exentos de la necesidad de estas cosas, debido a la excelencia superior de su naturaleza.
VI
Si tenéis que juzgar las cosas de esta vida, poneos a juzgar a quienes no tienen importancia en la Iglesia
Deseando instruir a los corintios con la mayor firmeza posible, sobre que no deben confiarse a los de afuera, sea cual sea el asunto, y tras plantear lo que parecía ser una objeción, responde Pablo en primera instancia. Alguno dirá: Nadie entre vosotros es sabio ni competente para dictar sentencia. Y yo le digo: Bien, mas ¿qué sigue diciendo Pablo? Esto mismo: que aunque haya sabios entre los corintios, "confíen el asunto a los de menor importancia".
Esto que os digo es para avergonzaros: que hermano con hermano litiga, y eso ante los incrédulos
Estas son las palabras de alguien que expone su objeción como un pretexto vano; y por eso añade Pablo: "¿Es que no hay ni un solo sabio entre vosotros? ¿Es tan grande la escasez de personas sensatas entre vosotros?". Y lo que añade es aún más duro, pues tras decir "¿es que no hay ni un sólo sabio entre vosotros?", añade: "¿Quién podrá juzgar, en el caso de su hermano?". En efecto, cuando un hermano litiga con otro hermano, nunca se necesita comprensión ni talento en la persona que media en la causa, pues el sentimiento y la relación contribuyen en gran medida a la resolución de tal disputa.
Hermano con hermano litiga, y eso ante incrédulos
¿Observan cómo había menospreció Pablo a los corintios juzgadores al principio, llamándolos injustos; mientras que aquí, para avergonzarlos aún más, los llama incrédulos? Sin duda, es extremadamente vergonzoso que el sacerdote de Corinto no pueda ser el autor de la reconciliación entre hermanos, sino que se deba recurrir a los de fuera. Así que, cuando Pablo dijo "aquellos que no son de cuenta", su principal significado no era que los marginados de la Iglesia fueran nombrados jueces, sino encontrarles faltas. Porque era apropiado hacer referencia a aquellos que eran capaces de decidir, lo ha demostrado al decir: "¿Es cierto que no hay un hombre sabio entre ustedes, ni siquiera uno?". Y con gran conmoción les cierra la boca y dice más o menos: Aunque no hubiera ni un solo sabio, la audiencia debería haber quedado en manos de ustedes, los insensatos, en lugar de que los de afuera la juzguen. En efecto, ¿qué otra cosa puede ser sino absurdo que, mientras que ante una disputa en casa no llamamos a nadie de afuera y nos avergonzamos si se divulga entre extraños la noticia de lo que ocurre en casa, donde está la Iglesia, el tesoro de los misterios inefables, todo se publique en el exterior? La acusación es doble: por un lado, por ir a juicio, y por otro ante los incrédulos. Porque si incluso el hecho mismo de ir a juicio con un hermano es una falta, ¿qué perdón se puede obtener al hacerlo también ante extraños?
VII
Es totalmente un defecto entre vosotros que tengáis pleitos unos con otros
¿Ven qué lugar le dio Pablo a este punto? ¿Y cómo lo resolvió a tiempo? Sí, porque lo hizo de esta manera: no hablando todavía de quién perjudica o de quién es perjudicado. Hasta aquí, el acto mismo de recurrir a la justicia pone a cada parte bajo su censura, y en ese sentido nadie es en absoluto mejor que otro. Pero que uno recurra a la justicia con justicia o sin ella , ese es otro tema. No digas entonces ¿quién cometió el error?, pues por esta razón te condeno de inmediato, incluso por el acto de recurrir a la justicia. Ahora bien, si no poder soportar a un malhechor es una falta, ¿qué acusación puede compararse con el mal en sí? ¿Por qué no aceptar el mal? ¿Por qué no ser defraudado?
Vosotros mismos hacéis injusticia y defraudáis, y esto a vuestros hermanos
De nuevo, alude aquí Pablo a un doble delito, o quizás incluso triple o cuádruple. Uno, no saber soportar ser agraviado. Otro, cometer un delito. Un tercero, encomendar la resolución de estos asuntos incluso a los injustos. Y un cuarto, que se haga lo mismo con un hermano. Pues las ofensas de los hombres no se juzgan con la misma regla cuando se cometen contra cualquier persona y contra el propio miembro. Pues debe ser un grado mayor de imprudencia aventurarse en eso. En el otro caso, sólo se pisotea la naturaleza de la cosa; pero en este, también la calidad de la persona. Habiendo así, como ven, los avergonzó de argumentos sobre principios generales, y antes de eso, de las recompensas propuestas; cierra la exhortación con una amenaza, haciendo su discurso más perentorio, y diciendo lo siguiente.
VIII
¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os engañéis, pues ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los avaros, ni los ladrones, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los extorsionadores, heredarán el reino de Dios
¿Qué dice aquí Pablo? Esto mismo: que la avaricia ha traído sobre nosotros una multitud tan grande de hombres sin ley. Sí, dice Pablo, que al pasar a dar la lista de indeseables dentro de la Iglesia no confunde su discurso, sino que sigue un orden regular. En efecto, cuando habló sobre los inmundos hizo mención de todos juntos. Así, de nuevo aquí, al mencionar a los codiciosos, los presenta a todos, familiarizando así sus reproches a quienes tienen tales cosas en la conciencia. La mención constante del castigo reservado para otros facilita la aceptación de la reprensión cuando entra en conflicto con nuestros propios pecados. Así, en el presente caso, profiere su amenaza, no como si fuera consciente de sus acciones, ni como si los llamara a rendir cuentas, algo que tiene una fuerza especial para retener al oyente y evitar que se sobresalte. Es decir, el discurso no le tiene respeto, sino que se expresa indefinidamente, hiriendo así su conciencia en secreto. La expresión "no os engañéis" echa un vistazo a ciertos que sostienen (lo que de hecho la mayoría de los hombres afirman ahora) que Dios, siendo bueno y amable con el hombre, no se venga de nuestras fechorías: No tengamos miedo, pues, porque nunca exigirá justicia a nadie por nada. Por eso dice "no os engañéis", porque pertenece al extremo del error y del engaño, después de depender del bien, encontrarse con lo contrario; y suponer cosas acerca de Dios que ni siquiera en el hombre se le ocurrirían a nadie. El mismo David dice en su persona: "Has concebido iniquidad, para que yo sea como tú. Por eso te reprenderé, y pondré delante de tu rostro tus iniquidades" (Sal 49,21). Y el propio Pablo dice aquí: "No os engañéis a los fornicarios, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los borrachos, ni los injuriadores, pues no heredarán el reino de Dios". Muchos han atacado este pasaje como extremadamente severo, ya que coloca al borracho y al injuriador con el adúltero, y al abominable y al que abusa de sí mismo con la humanidad. Y si las ofensas no son iguales, ¿cómo es que el castigo es el mismo? ¿Qué diremos, entonces? Primero, que la embriaguez no es poca cosa ni injuria, ya que Cristo mismo entregó al infierno a quien llamó loco a su hermano. Y a menudo ese pecado ha dado origen a la muerte. Además, el pueblo judío también cometió el mayor de sus pecados a través de la embriaguez. En segundo lugar, no es del castigo de lo que habla hasta ahora, sino de la exclusión del reino. Ahora bien, del reino tanto uno como otro son igualmente expulsados; pero si en el infierno encontrarán alguna diferencia, no corresponde a esta ocasión preguntar. Porque ese tema no nos ocupa ahora.
IX
Esto erais algunos, mas ya habéis sido lavados y santificados
Para avergonzar a los corintios todavía más, hasta el límite de lo soportable, añade Pablo esto: como si dijera: Consideren de qué males nos libró Dios, y qué gran experimento y demostración de bondad amorosa nos proporcionó. No limitó su redención a la mera liberación, sino que extendió enormemente el beneficio: pues también los purificó. ¿Fue esto todo, entonces? No, sino que también los santificó. Ni siquiera esto es todo: también los justificó. Sin embargo, incluso la simple liberación de nuestros pecados fue un gran regalo; pero ahora también los colmó de innumerables bendiciones. Y esto lo ha hecho en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y en el espíritu de nuestro Dios. Sabiendo estas cosas, amados, y teniendo presente la grandeza de la bendición que se ha obrado, sigamos viviendo sobriamente, limpios de todo lo mencionado; evitemos los tribunales de los gentiles; conservemos hasta el fin el noble linaje que Dios nos ha dado gratuitamente. Pues piensen en la vergüenza que es que un griego ocupe su lugar y les administre justicia. Pero dirás, ¿qué pasa si quien está dentro juzga contra la ley? ¿Por qué debería hacerlo? Dímelo. Porque quisiera saber con qué tipo de leyes administra justicia el griego y con cuáles el cristiano. ¿No es evidente que las leyes humanas son la norma para el griego, pero las de Dios para el cristiano? Seguramente, entonces, con este último hay mayor probabilidad de justicia, ya que estas leyes incluso son enviadas del cielo. Porque con respecto a los de afuera, además de lo dicho, hay muchas otras cosas que también deben sospecharse: talento en los oradores, corrupción en los magistrados y muchas otras cosas que son la ruina de la justicia. Pero entre nosotros, nada de esto. ¿Qué, entonces, dirás, si el adversario ocupa un puesto alto? Bueno, por esta razón más que por todas, uno debería ir a juicio en los tribunales cristianos, porque en los tribunales externos él te superará en todo caso. Pero ¿qué pasa si no accede, sino que desprecia a los de adentro y arrastra por la fuerza el curso externo? Mejor sería someterse voluntariamente a lo que probablemente soportarás por obligación, y no ir a juicio, para que también tengas una recompensa. Porque "si alguien quiere litigar contigo y quitarte la túnica, déjale también la capa" (Mt 5,40), y "ponte de acuerdo con tu adversario pronto, mientras estás con él en el camino (Mt 5,25). Con todo, ¿por qué necesito hablar de nuestras reglas? Porque incluso los litigantes en los tribunales paganos nos dicen esto muy a menudo, diciendo que sería mejor arreglar los asuntos fuera de los tribunales. Pero, ¡oh riqueza, oh absurdo amor a la riqueza! Subvierte todas las cosas y las derriba, y ¡todo es para muchos cuentos y fábulas vanas por culpa del dinero! No es de extrañar que quienes causan problemas en los tribunales sean hombres mundanos; pero que muchos de los que se han despedido del mundo hagan lo mismo, es algo de lo que se priva de todo perdón. Si quieres ver hasta qué punto debes evitar este tipo de necesidad, me refiero a la de los tribunales, según la Escritura, y aprender para quiénes se establecen las leyes, escucha lo que dice Pablo: "Para el justo no se hace la ley, sino para los inicuos y rebeldes" (1Tm 1,9). Si dice esto de la ley mosaica, mucho más de las leyes de los paganos.
X
Querido hermano, si cometes injusticia, es evidente que no puedes ser justo; pero si sufres una injusticia y la soportas (pues esta es una característica especial del justo), no necesitas las leyes externas. ¿Cómo, entonces, te preguntas, podré soportarla cuando me injurien? Y sin embargo, Cristo ha ordenado algo aún más importante. Porque no sólo te ha ordenado que, cuando sufras una injusticia, la soportes, sino que des con creces al que te hace mal; y que, en tu celo por sufrir el mal, superes su afán por hacerlo. Porque no dijo "al que te demande y te quite la túnica, dale la túnica", sino que, junto con eso, "le des también la capa". Pero te pido que lo venzas, dice Jesús, sufriendo, no haciendo el mal, pues esta es la victoria segura y espléndida. Por lo cual Pablo continúa diciendo: "Es totalmente un defecto que tengan pleitos entre ustedes", a forma de decir: ¿Por qué no prefieren aceptar el agravio?, y: Sobre que la persona perjudicada vence, antes que quien no puede soportar ser perjudicada, esto les haré evidente. Quien no puede soportar la injusticia, aunque fuerce a la otra a ir a juicio y obtenga el veredicto, es entonces el más derrotado. Porque ha sufrido lo que no quería; pues el adversario lo ha obligado a sentir dolor y a ir a juicio. ¿Qué tiene de malo que hayan prevalecido? ¿Y qué, que hayan recuperado todo el dinero? Mientras tanto, han soportado lo que no deseaban, al verse obligados a decidir el asunto por ley. Pero si soportan la injusticia, vencen; privados, ciertamente, del dinero, pero en absoluto de la victoria que conlleva tal dominio propio. Porque el otro no tenía poder para obligarte a hacer lo que a ti no te gustaba. Para demostrar que esto es cierto, dime: ¿Quién venció en el muladar? ¿Quién fue derrotado? ¿Job, quien fue despojado de todo, o el diablo, que lo despojó de todo? Evidentemente, el diablo, quien lo despojó de todo. ¿A quién admiramos por la victoria, al diablo que lo hirió, o a Job, quien fue herido? Claramente, a Job. Y sin embargo, no pudo conservar su riqueza pereciente ni salvar a sus hijos. ¿Por qué hablo de riquezas e hijos? No pudo asegurar su salud física. Sin embargo, este es el vencedor, el que perdió todo lo que tenía. Sus riquezas, en verdad, no pudo conservar; pero su piedad se mantuvo con todo rigor. Pero a sus hijos, cuando perecieron, no pudo ayudarlos. ¿Y qué entonces? Pues lo sucedido los hizo a ambos más gloriosos, y además, de esta manera se protegió de los tratos despectivos. Ahora bien, si no hubiera padecido enfermedades ni hubiera sido agraviado por el diablo, no habría obtenido esa notable victoria. Si hubiera sido malo sufrir injusticia, Dios no nos la habría impuesto, pues Dios no impone cosas malas. ¿Acaso no saben que él es el Dios de la gloria? ¿Que no podría ser su voluntad rodearnos de vergüenza, ridículo y pérdida, sino introducirnos en lo contrario? Por eso nos manda sufrir injusticia, y hace todo lo posible para apartarnos de las cosas mundanas y convencernos de qué es gloria y qué vergüenza; qué pérdida y qué ganancia. Pero es duro sufrir injusticias y ser maltratado. No, oh hombre, no lo es, no es duro. ¿Cuánto tiempo estará tu corazón agitado por las cosas presentes? Porque Dios, puedes estar seguro, no habría ordenado esto si hubiera sido duro. Sólo piensa. El malhechor se va con el dinero, pero además con mala conciencia; el que recibe la injusticia, defraudado, sí, de algo de dinero, pero enriquecido con confianza en Dios; una adquisición más valiosa que incontables tesoros.
XI
Sabiendo esto, hermanos, actuemos por nuestra libre elección con principios estrictos, y no seamos como los insensatos, que creen que no se les ha hecho daño cuando su sufrimiento es resultado de una prueba. Pero, por el contrario, ese es el mayor daño; y así siempre que ejerzamos moderación en estos asuntos, no voluntariamente, sino después de haber sido derrotados en ese otro ámbito. Porque no es ventajoso que un hombre derrotado en una prueba la soporte; pues se convierte en una cuestión de necesidad. ¿Cuál es entonces la espléndida victoria? Cuando la menosprecias: cuando te niegas a recurrir a la justicia. ¿Qué dices? ¿Me han despojado de todo?, dice uno, ¿y me ordenas que guarde silencio? ¿He sido tratado vergonzosamente y me exhortas a soportarlo con docilidad? ¿Y cómo podré? No, pero es más fácil si miras al cielo; si contemplas la belleza que está a la vista; y adonde Dios ha prometido recibirte, si soportas el agravio con nobleza. Haz esto entonces; y mirando al cielo, piensa que eres hecho como Aquel que se sienta allí sobre los querubines. Porque Jesús también fue injuriado y lo soportó; fue reprochado y no se vengó a sí mismo; y fue golpeado, pero no afirmó su causa. Es más, Jesús regresó, de la manera contraria, a aquellos que hicieron tales cosas, incluso con beneficios innumerables; y nos ordenó ser imitadores de él. Considera que saliste desnudo del vientre de tu madre, y que desnudos tanto tú como el que te ha hecho daño saldrán; Más bien, él, por su parte, con innumerables heridas, criando gusanos. Considera que lo presente es solo temporal; cuenta las tumbas de tus antepasados; familiarízate con precisión con los acontecimientos pasados; y verás que el malhechor te ha fortalecido. Pues ha agravado su propia pasión, me refiero a su codicia; pero la tuya, la ha aliviado, quitándole el alimento a la fiera. Y además de todo esto, te ha liberado de las preocupaciones, la agonía, la envidia, los delatores, los problemas, la preocupación, el miedo perpetuo; y de la repugnante masa de males que ha acumulado sobre su propia cabeza. Alguno dice: ¿Qué pasa entonces si tengo que luchar contra el hambre? Y yo le digo: Lo soportas con Pablo, quien dice: "Hasta esta hora tenemos hambre, tenemos sed y estamos desnudos" (1Cor 4,10). Ese mismo me dirá: Pero él lo hizo por amor de Dios. Y yo le digo: Y tú también, hazlo por amor de Dios, incluso al abstenerte de la venganza. Ese mismo me dirá: Pero el que me hizo daño se complace con los ricos. Y yo le respondo: Mejor dicho, con el diablo, mas tú sé coronado con Pablo. Por lo tanto, no temas el hambre, porque "el Señor no matará de hambre las almas de los justos" (Prov 10,3). Así pues, "echa sobre el Señor tu cuidado, y él te sustentará" (Sal 55,23), porque "si los gorriones del campo son alimentados por él, ¿cómo no te sustentará a ti?". Ahora bien, no seamos de poca fe ni de alma pequeña, ¡oh amados míos! Aquel que ha prometido el reino de los cielos y tan grandes bendiciones, ¿cómo no dará cosas presentes? No codiciemos cosas superfluas, sino apeguémonos a lo suficiente, y siempre seremos ricos. Que el refugio sea lo que busquemos y el alimento, y obtendremos todas las cosas; tanto estas como las que son mucho mayores. Pero si aún te lamentas y te abates, quisiera mostrarte el alma del malhechor tras su victoria, cómo se ha convertido en cenizas. En verdad, el pecado es así. Mientras se comete, proporciona cierto placer. Cuando se termina, ese placer insignificante desaparece, uno no sabe cómo, y en su lugar viene el abatimiento. Y este es nuestro sentimiento, cuando dañamos a alguien: después, en cualquier caso, nos condenamos a nosotros mismos. Así también, cuando nos excedemos, tenemos placer; pero después nos aguijonea la conciencia. ¿Ves en las posesiones de alguien la casa de algún pobre? No llores por el que ha sido despojado, sino por el despojador: porque él no ha infligido, sino sufrido un mal. Porque robó al otro de las cosas presentes; pero a sí mismo se excluyó de las bendiciones indecibles. Porque si quien no da a los pobres irá al infierno, ¿qué sufrirá quien tome los bienes de los pobres? Sin embargo, dice alguien, ¿qué beneficio hay si sufro un mal? En efecto, el beneficio es grande. Pues Dios no te compensa con el castigo de quién te ha hecho daño, pues eso no sería gran cosa. ¿Qué beneficio hay si yo sufro un mal y él también? Y, sin embargo, conozco a muchos que consideran esto el mayor consuelo y creen haberlo recuperado todo al ver a quienes los insultaron sufrir el castigo. Pero Dios no limita su recompensa a esto. ¿Desearías entonces saber con sinceridad cuán grandes son las bendiciones que te esperan? Él te abre todo el cielo, te hace conciudadano de los santos, te capacita para formar parte de su coro, absuelve de los pecados y te corona de justicia. Porque si quienes perdonan a los ofensores obtienen el perdón, quienes no solo perdonan, sino que además dan generosamente, ¿qué bendición no heredarán? Por lo tanto, no lo soportes con un espíritu pobre, sino incluso ora por quien te lastimó. Es por ti mismo que haces esto. ¿Te ha quitado tu dinero? Bueno, también tomó tus pecados, como fue el caso de Naamán y Giezi. ¿Cuántas riquezas no darías por tener tus iniquidades perdonadas? Este, créeme, es el caso ahora. Porque si perseveras noblemente y no maldices, tendrás una corona gloriosa. No es mi palabra, pero has escuchado a Cristo hablar. Oren por aquellos que los tratan con desprecio, y ¡consideren cuán grande es la recompensa! Para que puedan ser como su Padre que está en los cielos. Así que entonces no han sido privados de nada, sí, han sido ganadores: no han recibido agravios, más bien han sido coronados; en eso se han vuelto más disciplinados en el alma; son hechos como Dios; son liberados de la preocupación del dinero; son hechos poseedores del reino de los cielos. Teniendo en cuenta todo esto, amados, moderémonos en nuestras injurias para que podamos ser liberados del tumulto de esta vida presente, desechar toda tristeza inútil de espíritu y alcanzar el gozo venidero, por la gracia y la bondad amorosa de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 17
I
Todo me es lícito, pero no todo me conviene. Todo me es lícito, pero no me dejaré dominar por nada
Aquí empieza a introducir Pablo el tema de la glotonería, en relación directa con el fornicador, pues sabe que la fornicación surge de la lujuria y la falta de moderación. Por eso castiga con firmeza esta pasión. No puede ser que hable así respecto a cosas prohibidas, pues no son lícitas, sino de cosas que parecen indiferentes. Para ilustrar lo que quiero decir: es lícito, dice, comer y beber; pero no conviene con excesos. Y así, ese maravilloso e inesperado giro suyo, que a menudo suele adoptar (Rm 12,21; 1Cor 7,23), redirigiendo su argumento claramente a su contrario, lo introduce también aquí; y significa que hacer lo que está en el poder no solo no es conveniente, sino que ni siquiera forma parte del poder, sino de la esclavitud. Primero, los disuade argumentando la inconveniencia del asunto, diciendo que no son convenientes; luego, argumentando su contradicción consigo misma, diciendo: "No me dejaré someter a nadie". Esto es lo que quiere decir: Tienen libertad para comer, mas manténganse en libertad y cuídense de convertirse en esclavos de este apetito, pues quien lo usa correctamente es dueño de él, mas quien excede la medida adecuada ya no es su dueño, sino su esclavo, pues la glotonería reina en él. ¿Perciben cómo, donde el hombre creía tener autoridad, Pablo señala que está bajo autoridad? Pues esta es su costumbre, como decía antes, desviar todas las objeciones en la dirección contraria. Es precisamente esto lo que ha hecho aquí. Ellos decían: Tengo poder para vivir lujosamente. Y Pablo responde: "Al hacerlo, no actúas como alguien que tuviera poder sobre algo, sino como si estuvieras sujeto a tal poder", a forma de decir: Ni siquiera tienes poder sobre tu propio vientre mientras seas disoluto, y él sí tiene poder sobre ti. Y lo mismo podemos decir de las riquezas y de otras cosas.
Las carnes son para el vientre, pero a ambos los destruirá Dios
Con vientre no se refiere Pablo al estómago, sino a su voracidad. En efecto, cuando dice "cuyo dios es su vientre" (Flp 3,19), no se refiere Pablo a esa parte del cuerpo, sino a la avaricia. Para demostrarlo, escuchen lo que sigue: "El vientre para las carnes, pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor". Sin embargo, el vientre también es del cuerpo. Pero él establece dos pares de cosas: las carnes y la glotonería (a las que llama vientre), y Cristo y el cuerpo. ¿Qué significa entonces "alimentos para el vientre"? Dice que los alimentos se llevan bien con la glotonería, y esta con ellos. Por lo tanto, no puede conducirnos a Cristo, sino que nos arrastra hacia ellos. Porque es una pasión fuerte y brutal, que nos esclaviza y nos obliga a servir al vientre. ¿Por qué, pues, te excitas y anhelas la comida, oh hombre? Pues este es el fin de ese servicio, y no se verá nada más de él: pero, como quien atiende a una amante, persiste en esta esclavitud, y no avanza más, y no tiene otro empleo que este mismo infructuoso. Y ambos se conectan y se destruyen juntos: el vientre con los alimentos, y los alimentos con el vientre; describiendo una especie de curso interminable; así como de un cuerpo corrupto pueden surgir gusanos, y a su vez, por los gusanos, el cuerpo consumido; o como una ola que crece y rompe, sin ningún efecto. Pero no dice esto respecto a la comida y el cuerpo, sino que censura la pasión por la avaricia y el exceso en los comestibles, y lo que sigue lo demuestra. La frase "Dios los destruirá a ambos" no se refiere al estómago, sino al deseo inmoderado; no a la comida, sino a la abundancia. Pues no se enoja con los primeros, sino que incluso establece reglas al respecto, diciendo: "Teniendo alimento y abrigo, estaremos contentos con ello" (1Tm 6,8). Sin embargo, así estigmatiza todo el asunto, dejando su corrección (después del consejo dado) a la oración. Algunos dicen que las palabras son una profecía que declara el estado que habrá en la vida venidera, y que allí no se come ni se bebe. Ahora bien, si la moderación tiene fin, mucho más debemos abstenernos de los excesos. Para que nadie suponga que el cuerpo es objeto de su censura, ni sospeche que desde una parte culpa al todo, ni diga que la naturaleza del cuerpo fue causa de la glotonería o la fornicación, escuchen lo que sigue. No culpo, dice, a la naturaleza del cuerpo, sino a la licencia inmoderada de la mente. Y por lo tanto, añade: "El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor", pues no fue formado para este propósito, para vivir desenfrenadamente y cometer fornicación, como tampoco el vientre para ser codicioso; sino para que siguiera a Cristo como cabeza, y para que el Señor estuviera sobre el cuerpo. Avergoncémonos, horroricémonos de que, después de haber sido considerados dignos de tan gran honor como para convertirnos en miembros de Aquel que se sienta en lo alto, nos contaminemos con tan grandes males.
II
Dios levantó a su Hijo, y también a nosotros nos levantará con su poder
Habiendo condenado suficientemente al glotón, usa también Pablo la esperanza de las cosas venideras para apartarnos de esta maldad. ¿Percibes de nuevo su sabiduría apostólica? Pues siempre está estableciendo la credibilidad de la resurrección de Cristo, y especialmente ahora. Porque si nuestro cuerpo es miembro de Cristo, y Cristo resucitó, el cuerpo también seguirá con seguridad a la cabeza. La expresión "por su poder" alude a que había afirmado algo incrédulo e incomprensible mediante razonamientos, y dejó enteramente a su incomprensible poder las circunstancias de la propia resurrección de Cristo, presentando esto también como una demostración no pequeña en su contra. Respecto a la resurrección de Cristo, no insertó esto, pues no dijo "Dios también resucitará al Señor" (pues el asunto ya había pasado) sino ¿cómo?. Y Dios resucitó al Señor; no había necesidad de ninguna prueba. Pero respecto a nuestra resurrección, puesto que aún no ha sucedido, no habló así, sino ¿cómo?. La expresión "nos resucitará también por su poder" confía el poder al Obrero, y con ello calla a los que contradicen. Además, si atribuye al Padre la resurrección de Cristo, que esto no os perturbe en absoluto. Porque no como si Cristo fuera impotente, ha menospreciado esto, pues es él mismo quien dice: "Destruiré este templo, y en tres días lo levantaré" (Jn 2,19), y: "Tengo poder para poner mi vida, y tengo poder para volverla a tomar" (Jn 10,18). También Lucas dice: "A quien también se mostró vivo" (Hch 1,3). ¿Por qué entonces Pablo habla así? Porque tanto los actos del Hijo son imputados al Padre, como los del Padre al Hijo. Porque dice: "Todo lo que él hace, también lo hace el Hijo de igual manera" (Jn 5,19). Y muy oportunamente mencionó aquí la resurrección, abatiendo con esas esperanzas la tiranía del deseo glotón; y casi diciendo: Has comido y bebido en exceso, y ¿cuál es el resultado? Nada, salvo la destrucción. Has sido unido a Cristo, y ¿cuál es el resultado? Algo grande y maravilloso: la futura resurrección, esa gloriosa que trasciende toda expresión.
III
Que nadie, por tanto, siga desconfiando de la resurrección. Y si alguien no cree, que piense en cuántas cosas creó "de la nada", y que lo admita también como prueba de lo otro. Pues las cosas que ya han pasado son mucho más extrañas y están llenas de una maravilla abrumadora. Sólo piensen. Tomó tierra, la mezcló e hizo al hombre; una tierra que no existía antes de esto. ¿Cómo, entonces, la tierra se convirtió en hombre? ¿Y cómo se produjo de la nada? ¿Y cómo, todas las cosas que se crearon de ella? La infinidad de criaturas irracionales; de semillas; de plantas; sin dolores de parto previos en un caso, sin lluvias en los otros; sin labranza vista, sin bueyes, sin arado, ni nada más que contribuyera a su producción. Por esta razón, la cosa inerte e insensible fue creada para producir en el principio tantas clases de plantas y criaturas irracionales, para que desde el principio Dios pudiera instruirlos en la doctrina de la resurrección. Porque esto es más inexplicable que la resurrección. Pues no es lo mismo reavivar una lámpara apagada y mostrar un fuego que nunca ha aparecido. No es lo mismo levantar una casa derrumbada y crear una que nunca ha existido. Porque en el primer caso, al menos, se dio el material para trabajar; pero en el segundo, ni siquiera apareció la sustancia. Por lo tanto, Dios hizo primero lo que parecía más difícil, para que así ustedes admitieran lo que es más fácil; más difícil, digo, no para Dios, sino hasta donde nuestros razonamientos pueden seguir el tema. Porque para Dios nada es difícil; pero así como el pintor que ha hecho una imagen hará diez mil con facilidad, así también para Dios es fácil crear mundos sin número ni fin. Más bien, así como es fácil para ustedes concebir una ciudad y mundos sin límites, así para Dios es fácil hacerlos; o mejor dicho, es mucho más fácil. Porque vosotros consumís tiempo, aunque sea breve, en vuestra concepción; pero Dios no consume ni siquiera esto, sino tanto como las piedras son más pesadas que cualquiera de las cosas más ligeras, sí, incluso que nuestras mentes; en esa misma medida nuestra mente es superada por la rapidez de la obra creadora de Dios. ¿Te maravillas de su poder en la tierra? Piensa de nuevo en cómo se hizo el cielo, aún no existiendo; en cómo las innumerables estrellas, el sol, la luna; y todas estas cosas aún no existiendo. Dime, una vez creados, cómo se mantuvieron firmes, ¿y sobre qué? ¿Qué fundamento tienen? ¿Y qué la tierra? ¿Qué viene después de la tierra? Y de nuevo, ¿qué después de lo que vino después de la tierra? ¿Ves en qué remolino se hunde tu mente, a menos que te refugies rápidamente en la fe y en el poder incomprensible del Creador? Pero si eliges también entre las cosas humanas hacer conjeturas, podrás gradualmente encontrar alas para tu entendimiento. ¿Qué clase de cosas humanas?, se puede preguntar. ¿No ves a los alfareros, cómo moldean el jarrón que se había roto en pedazos y se volvió informe? Aquellos que funden el mineral de la mina, cómo la tierra en sus manos resulta oro, o plata, o cobre? Otros más que trabajan en vidrio, cómo transforman la arena en una sustancia compacta y transparente? ¿Hablaré de los curtidores, los tintoreros de vestimentas púrpuras; cómo hacen que aquello que había recibido su tinte se muestre como una cosa, cuando había sido otra? ¿Hablaré de la generación de nuestra propia raza? ¿Acaso una pequeña semilla, al principio sin forma e impresión, no entra en el útero que la recibe? ¿De dónde, entonces, proviene la formación tan intrincada del ser viviente? ¿Qué es el trigo? ¿No es una semilla desnuda arrojada a la tierra? Tras ser arrojada allí, ¿no se descompone? ¿De dónde provienen la espiga, la barba, el tallo y todas las demás partes? ¿Acaso un pequeño grano de higo no cae en la tierra y produce raíz, ramas y fruto? ¿Y acaso admites cada uno de estos factores sin hacer preguntas curiosas, y sólo a Dios le pides cuentas por su obra de cambiar la forma de nuestro cuerpo? ¿Y cómo pueden ser perdonables tales cosas? Estas cosas y otras semejantes se las decimos a los griegos. Pues a quienes obedecen las Escrituras no tengo por qué hablarles en absoluto. Si pretendes curiosear en todas sus acciones, ¿qué más le pedirá Dios a los hombres? Y sin embargo, incluso de los hombres hay muchos sobre los cuales no indagamos así. Mucho más, entonces, deberíamos abstenernos de indagar impertinentemente sobre la sabiduría de Dios y de exigir cuentas de ella: en primer lugar, porque es digno de confianza quien afirma; en segundo lugar, porque el asunto no admite investigación mediante razonamientos. Pues Dios no es tan abyectamente pobre como para obrar cosas que solo pueden ser aprehendidas por la debilidad de tus razonamientos. Y si no comprendes la obra de un artesano, mucho menos de Dios, el mejor de los artífices. No descreáis, entonces, de la resurrección, pues estaréis muy lejos de la esperanza de lo que está por venir. Pero ¿cuál es el sabio argumento de los contradictores? Mejor dicho, su insensato argumento. ¿Cómo, cuando el cuerpo se mezcla con la tierra y se convierte en tierra, y esta es removida a otro lugar, cómo, dicen, resurgirá? A ti te parece imposible, pero no al ojo despierto. Pues para eso todo es claro. Y tú, en esa confusión, no ves distinción de partes; pero Dios las conoce todas. Pues tampoco conoces el corazón de tu prójimo, ni lo que hay en él; pero Dios lo sabe todo. Si, entonces, por ignorar cómo Dios resucita a los hombres, no crees que él los resucita, ¿descreerás que Dios también sabe lo que hay en tu mente? Pues eso tampoco es evidente. Y sin embargo, en el cuerpo hay materia visible, aunque esté disuelta; pero esos pensamientos son invisibles. ¿Acaso quien conoce con total certeza las cosas invisibles no verá las cosas visibles y distinguirá fácilmente las partes dispersas del cuerpo? Supongo que esto es evidente para todos. No descreáis, pues, de la resurrección, pues esta es doctrina del diablo. Esto es lo que el diablo anhela: no sólo que se descrea la resurrección, sino también las buenas obras. Pues quien no espera resucitar y rendir cuentas de sus obras no se dedicará pronto a la virtud; a su vez, llegará a descreer por completo de la resurrección, pues ambas se establecen mutuamente: el vicio por la incredulidad, y la incredulidad por el vicio. Pues la conciencia, llena de muchas maldades, temerosa y temblorosa por la recompensa venidera y reticente a consolarse cambiando a lo más excelente, se aferra a la incredulidad. Así, cuando negáis la resurrección y el juicio, el otro dirá: «Entonces tampoco tendré que rendir cuentas de mis atrevidas acciones».
IV
¿Por qué menciona Pablo expresamente a Dios? Por esto mismo: porque "erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios" (Mt 22,29). Por tanto, Dios no habría obrado tantas cosas si no hubiera querido resucitarnos, sino disolvernos y aniquilarnos. No habría extendido este cielo, ni habría extendido la tierra debajo, ni habría creado el resto del universo sólo para esta corta vida. Pero si todo esto es para el presente, ¿qué no hará para el futuro? Si, por el contrario, no habrá vida futura, somos, en este sentido, mucho menos valiosos que las cosas que fueron creadas para nuestro bien. Pues tanto el cielo como la tierra, el mar y los ríos son más duraderos que nosotros; e incluso algunos animales, como el cuervo, los elefantes y muchas otras criaturas, disfrutan de una vida presente más larga. Para nosotros, además, la vida es corta y penosa, pero no para ellos. El suyo es a la vez largo y más libre de dolor y de preocupaciones. ¿Qué entonces? ¿Ha hecho a los esclavos mejores que a los amos? No, te lo suplico, no razones así, oh hombre, ni seas tan pobre de mente, ni ignores las riquezas de Dios, teniendo tal amo. Porque incluso desde el principio Dios quiso hacerte inmortal, pero tú no quisiste. Porque las cosas de ese tiempo también eran oscuros indicios de inmortalidad: la conversación con Dios; la ausencia de inquietud en la vida; la libertad del dolor, las preocupaciones, los trabajos y otras cosas que pertenecen a una existencia temporal. Pues Adán no necesitaba ni vestido ni refugio, ni ninguna otra provisión de este tipo; sino que era como los ángeles; y muchas de las cosas por venir él las conoció de antemano, y estaba lleno de gran sabiduría. Incluso lo que Dios hizo en secreto, él lo sabía, me refiero a lo que respecta a la mujer; por lo que también dijo: "Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne" (Gn 2,23). Después vino el trabajo, el sudor, la vergüenza, la cobardía y la falta de confianza. Pero ese día no hubo pena, ni dolor, ni lamentación. Pero él no permaneció en esa dignidad. Alguno preguntará: ¿Qué debo hacer entonces? ¿Debo perecer por su culpa? Y yo le respondo: No es por tu culpa, aunque tampoco tú has permanecido sin pecado, sino por el pecado de otro. Además, tú no has sido perjudicado por su castigo, sino que has salido ganando, pues si hubieras permanecido completamente mortal, tal vez lo que se dice habría tenido alguna razón. Pero ahora eres inmortal, y si quieres, puedes brillar más que el sol mismo.
V
Alguno dirá: Si yo no hubiera recibido un cuerpo mortal, no habría pecado. Y yo le digo: Y quién no tiene cuerpo mortal, ¿no peca? Seguramente sí, pues si hubiera sido mortal antes, no habría sufrido la muerte como castigo después. Sobre que un cuerpo mortal no es un impedimento para la virtud, sino que mantiene a los hombres en orden y es de suma utilidad, se desprende de lo que sigue. Si la sola expectativa de inmortalidad elevó tanto a Adán; si hubiera sido inmortal en realidad, ¿a qué grado de arrogancia no habría llegado? Y tal como están las cosas, después de pecar se pueden eliminar los pecados, siendo el cuerpo abyecto, decadente y sujeto a la disolución: pues estos pensamientos son suficientes para que uno se vuelva sobrio. Pero si se hubiera pecado en un cuerpo inmortal, es probable que los pecados hubieran sido más duraderos. La mortalidad, entonces, no es la causa del pecado, aunque la voluntad malvada es la raíz de todo el mal. ¿Por qué Abel no fue peor para su cuerpo? ¿Por qué los demonios no son mejores por ser incorpóreos? ¿Oirás por qué la muerte del cuerpo, lejos de doler, ha sido positivamente útil? Observa cuánto ganas con ello, si eres sobrio. Te arrastra de vuelta y te aparta de la maldad, mediante penas, dolores, trabajos y cosas similares. Pero tienta a los hombres a la impureza, dirás tal vez. No es el cuerpo, sino la incontinencia, lo que hace esto. Porque todas estas cosas que mencionaba ciertamente pertenecen al cuerpo; por lo cual es imposible que un hombre que ha entrado en esta vida escape de la enfermedad, el dolor y la debilidad de espíritu; pero que no cometa ninguna impureza es posible. Así, parece que si las afecciones del vicio fueran parte de la naturaleza del cuerpo, serían universales: ya que todas las cosas naturales lo son. Pero cometer fornicación no es así. El dolor, en efecto, es natural; pero cometer fornicación procede de un propósito deliberado. No culpes al cuerpo, pues; no dejes que el Diablo te quite el honor que Dios te ha dado. Pues si elegimos, el cuerpo es una excelente brida para frenar los desenfrenos del alma, para abatir la altivez, para reprimir la arrogancia, para ayudarnos en los mayores logros de la virtud. Pues no me hables de los que han perdido el juicio; pues a menudo vemos caballos, después de haber soltado a sus aurigas, precipitarse con las riendas por los precipicios, y sin embargo no culpamos a las riendas. Pues no es la rotura de aquello lo que lo causó todo, sino que el auriga no las sujetó, lo que fue la ruina de todo. Así razona tú en este caso. Si ves a un joven viviendo en la orfandad y haciendo innumerables cosas malas, no culpes al cuerpo, sino al auriga que es arrastrado, es decir, a su facultad de razonar. Pues así como las riendas no le causan ningún problema al auriga, sino que este es la causa de todo el mal al no sujetarlas bien (y por eso a menudo le imponen un castigo, enredándose con él, arrastrándolo y obligándolo a participar en su propia desgracia), así también sucede en el caso que nos ocupa. Yo, dicen las riendas, ensangrenté la boca del caballo mientras me sujetaste; pero como me dejaste ir, exijo una compensación por tu desprecio, me enredo a ti y te arrastro para no volver a sufrir el mismo trato. Que nadie culpe a las riendas, sino a sí mismo y a su propia mente corrupta. Porque sobre nosotros también hay un auriga, la razón; y las riendas son el cuerpo, que conecta a los caballos con el auriga; si estas están en buen estado, no sufrirás daño; pero si las sueltas, lo has aniquilado y arruinado todo. Seamos, pues, moderados y no culpemos al cuerpo, sino a la mente malvada, porque esta es la obra especial del diablo: hacer que los necios acusen al cuerpo, a Dios y al prójimo, en lugar de a sus propias mentes pervertidas. ¿Para qué? Para que, habiendo descubierto la causa, no se liberen de la raíz de los males. Pero vosotros, conscientes de su designio, dirigid vuestra ira contra él, y habiendo puesto al auriga en el carro, fijad vuestra mente en Dios. Pues en todos los demás casos, quien organiza los juegos no contribuye en nada, sino que solo espera el final. Pero en este caso, él, quien organizó la contienda, es Dios mismo. Por lo tanto, seamos propicios a él, y con seguridad obtendremos las bendiciones que nos aguardan; por la gracia y la bondad amorosa de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 18
I
¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Acaso quitáis estos miembros a Cristo y los hacéis miembros de una ramera? ¡Dios no lo quiera!, porque el que se une al Señor, un espíritu es con él
Tras pasar del fornicario al avaro, regresa Pablo al primero desde el segundo, y ya no conversa con él sino con los demás corintios que no habían cometido fornicación. Para protegerlos y evitar que caigan en los mismos pecados, lo ataca de nuevo. Porque quien ha cometido pecado, aunque se dirija a otro, se siente herido incluso de esa manera; su conciencia, completamente despertada, lo azota. Ahora bien, el temor al castigo era suficiente para mantenerlos en castidad. Pero, al ver que no deseaba arreglar las cosas solo con el miedo, recurre tanto a amenazas como a razones. En aquella otra ocasión, tras haber expuesto el pecado, prescrito el castigo y señalado el daño que la relación con el fornicario acarreaba para todos, lo dejó y pasó al tema de la codicia; y tras amenazar a los codiciosos y a todos los demás mencionados con la expulsión del Reino, concluyó así su discurso. Pero aquí emprende la obra de amonestación de una manera aún más terrible. Pues así como quien solo castiga un pecado y no hace nada por señalar su ilegalidad más extrema, no produce un efecto tan grande con su castigo, así también quien solo avergüenza y no logra aterrorizar con su modo de castigar, no golpea con mucha intensidad a los hombres de mentes endurecidas. Por lo tanto, Pablo hace ambas cosas. Aquí los avergüenza, diciendo "¿no sabéis que juzgaremos a los ángeles?", y allí de nuevo los aterroriza al decir: "¿No sabéis que los codiciosos no heredarán el reino de Dios?". Y respecto al fornicario, vuelve a emplear este orden de discurso. Habiéndolo aterrorizado con lo que había dicho antes ("cortándolo y entregándolo a Satanás"), y luego recordándole el día venidero, lo avergüenza de nuevo diciendo: "¿No saben que sus cuerpos son miembros de Cristo?", hablando desde entonces como hijos de noble cuna. Pues mientras había dicho "ahora el cuerpo es para el Señor", ahora lo indica con mayor claridad. Y en otro lugar también hace lo mismo, diciendo: "Ahora son ustedes el cuerpo de Cristo, y sus respectivos miembros". Y emplea a menudo la misma figura, no con el mismo objetivo, sino a veces para mostrar su amor, y a veces para aumentar su temor. Pero aquí la ha empleado para sobresaltarlos y alarmarlos. "¿Debo entonces tomar los miembros de Cristo y convertirlos en miembros de una ramera? ¡Dios no lo quiera!". Nada puede causar más horror que esta expresión, porque Pablo no dijo "¿tomaré los miembros de Cristo y los uniré a una ramera?", sino "¿los haré miembros de una ramera?", lo cual seguramente impactaría más profundamente. Luego explica cómo el fornicario se convierte en esto, diciendo así: "¿No sabéis que quien se une a una ramera es un solo cuerpo?". ¿Cómo es esto evidente? Así mismo: porque los dos, dice él, se convertirán en uno. "El que se une al Señor, es un espíritu con él", porque la conjunción permite que los dos ya no sean dos, sino que los convierte en uno solo.
II
Huid de la fornicación
Observen ahora cómo procede Pablo mediante términos sencillos, llevando a cabo su acusación en nombre de la ramera y de Cristo. En efecto, Pablo no dijo "absténganse de la fornicación", sino huyan. Es decir, con todo celo, líbrense de ese mal. Todo pecado que el hombre comete es ajeno al cuerpo; pero quien comete fornicación peca contra su propio cuerpo. Esto es menos que lo anterior; pero como tenía que hablar de fornicadores, amplifica esa culpa con tópicos extraídos de todos los ámbitos, tanto de cosas mayores como menores, haciendo la acusación atroz. De hecho, aquel tópico anterior estaba dirigido a los más religiosos, y éste a los más débiles. Es característico de la sabiduría de Pablo, en efecto, no sólo alegar las cosas grandes con las que avergonzar a los hombres, sino también las menores, y la consideración de lo que es vergonzoso e indecoroso. ¿Qué, entonces, dicen ustedes? ¿No se mancha la mano el asesino? ¿Y qué hay del avaro y del extorsionador? Supongo que es evidente para todos. Pero como no era posible mencionar nada peor que el fornicador, amplifica el crimen de otra manera, diciendo que en el fornicador "todo el cuerpo se contamina". Pues está tan contaminado como si hubiera caído en un recipiente de inmundicia y se hubiera sumergido en la contaminación. Y este también es nuestro camino. Porque por la avaricia y la extorsión nadie se apresuraría a bañarse, sino que, como si nada hubiera pasado, regresa a su casa. En cambio, por tener relaciones sexuales con una prostituta, como si se hubiera vuelto completamente impuro, se baña. Hasta tal punto retiene la conciencia de este pecado una especie de vergüenza inusual. Sin embargo, ambas son malas, tanto la avaricia como la fornicación; y ambas son arrojadas al infierno. Pero como Pablo lo hace todo con buen manejo, con cualquier tema que tuviera, magnificó el pecado de fornicación.
III
¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, y no os pertenece?
Aquí no dijo simplemente Pablo "del Espíritu", sino "que está en vosotros", que era la parte de alguien que también era consolador. Y explicándose aún más, añadió "que reciben de Dios". Mencionó también a Aquel que lo dio, exaltando al oyente y llenándolo de temor, tanto por la magnitud del depósito como por la munificencia de Aquel que lo hizo. Al decir "no te perteneces a ti mismo" no sólo pretende Pablo avergonzar, sino obligar a los hombres a la virtud, planteando la disyuntiva de: o haces lo que quieres, o no eres tu propio dueño. Pero dijo esto no para quitarnos el libre albedrío, pues al decir "todo me es lícito, pero no todo me conviene", no nos quita la libertad. De nuevo, al escribir "no te perteneces a ti mismo" no infringe la libertad de elección, sino que nos aleja del vicio e indica el cuidado protector del Señor, y por eso añadió "fuisteis comprados por precio". Pero si no me pertenezco, ¿con qué fundamento me exiges que cumpla con mis deberes? ¿Y por qué insistes en que glorifiques a Dios en tu cuerpo y en tu espíritu, que son de Dios? ¿Qué significa, entonces, "no te perteneces"? ¿Y qué pretende demostrar con ello? Establecerlos en un estado de seguridad contra el pecado y contra el seguimiento de los deseos impropios de la mente. Porque, en efecto, tenemos muchos deseos impropios, pero debemos reprimirlos, pues podemos. Y si no pudiéramos, la exhortación sería en vano. Observa, pues, cómo afianza su posición. Pues, habiendo dicho "no te pertenezco", no añade que "estás bajo obligación", sino "fuiste comprado por precio". ¿Por qué dices esto? Seguramente, por otra razón, se podría decir quizás, deberías haber persuadido a los hombres, señalando que tenemos un Señor. Pero esto es común a los griegos también, junto con nosotros, mientras que la expresión "fuiste comprado por precio" nos pertenece de forma peculiar. Porque nos recuerda la grandeza del beneficio y del modo de nuestra salvación, queriendo decir que cuando fuimos enajenados, fuimos comprados: y no simplemente comprados, sino, con un precio.
Glorificad a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu
Pablo dice esto para que no sólo huyamos de la fornicación en el cuerpo, sino también en el espíritu de nuestra mente, absteniéndonos de todo pensamiento malvado y alejado de la gracia. La expresión "que son de Dios" nos recuerda que todo pertenece al Señor, tanto el cuerpo como el alma y el espíritu. Algunos dicen que las palabras "en el espíritu" significan el don de la gracia, porque si él está en nosotros, Dios es glorificado si nosotros tenemos un corazón limpio. Pero él ha hablado de estas cosas como de Dios, no sólo porque él las trajo a la existencia, sino también porque, cuando fueron enajenadas, las ganó de nuevo por segunda vez, pagando como precio, la sangre del Hijo. Observen cómo él completó todo en Cristo, cómo nos elevó al cielo. "Ustedes son miembros de Cristo", dice Pablo, que añade: "Y son templo del Espíritu". No se conviertan entonces en miembros de una ramera, porque no es su cuerpo el que es insultado; ya que no es su cuerpo en absoluto, sino el de Cristo. Y estas cosas las dijo, tanto para manifestar su amorosa bondad en que nuestro cuerpo es suyo, como para apartarnos de toda licencia malvada. Porque si el cuerpo es de otro, no tienes autoridad, dice él, para insultar el cuerpo de otro; y especialmente cuando es del Señor; ni para contaminar un templo del Espíritu. Porque si alguien invade una casa privada y se abre paso deleitándose en ella, debe responder por ello con la mayor severidad; Piensa en las cosas terribles que tendrá que soportar quien haga del templo del Rey una guarida de ladrones. Considerando estas cosas, reverencia a Aquel que mora en ti, porque él es el Paráclito. Conmuévete ante Aquel que te rodea y se une a ti; porque él es Cristo. ¿De verdad te has hecho miembro de Cristo? Piensa así y permanece casto; de quién eran miembros y de quién se han convertido. Antes eran miembros de una ramera, y Cristo los ha hecho miembros de su propio cuerpo. Por lo tanto, de ahora en adelante no tienes autoridad sobre ellos. Sirve a Aquel que te ha liberado. Supongamos que tuvieras una hija y, presa de una locura extrema, la hubieras entregado a un proxeneta y la hubieras obligado a vivir como una prostituta, y que luego el hijo de un rey pasara por allí, la liberara de esa esclavitud y se casara con ella; desde entonces no tendrías poder para llevarla al burdel. Pues la entregaste de una vez por todas y la vendiste. Tal es nuestro caso también. Entregamos nuestra propia carne al diablo, ese cruel proxeneta: Cristo lo vio, lo liberó y lo arrancó de esa perversa tiranía; ya no es nuestra, sino de él, quien la liberó. Si estás dispuesta a usarla como esposa de un rey, nadie te lo impedirá; pero si la devuelves a su lugar original, sufrirás lo que les corresponde a quienes cometen tales atropellos. Por lo tanto, es mejor adornarla que deshonrarla. Pues no tienes autoridad sobre la carne en los malos deseos, sino sólo en aquellas cosas que Dios ordena. Piensa, al menos, en el gran ultraje que Dios te ha impuesto. Porque, en verdad, nunca antes de esto se expuso una ramera tan vergonzosa como nuestra naturaleza. Porque robos, asesinatos y todo pensamiento perverso penetraron y se acostaron con el alma, y por una pequeña y vulgar recompensa, el placer presente. Pues el alma, al estar involucrada en todos los planes y actos malvados, cosechó esta recompensa y ninguna otra. Sin embargo, en tiempos anteriores a esto, por muy malo que fuera, no era tan malo; pero después del cielo, después de las cortes del Rey, después de participar de los tremendos misterios, al ser contaminado de nuevo, ¿qué perdón tendrá? ¿O acaso no creen que también los codiciosos, y todos aquellos que él mencionó antes, tienen al Diablo para acostarse con ellos? ¿Y no juzgan que las mujeres que se embellecen para contaminarse tienen relaciones sexuales con él? ¿Quién podría contradecir esta palabra? Pero si alguien es contencioso, que descubra el alma de las mujeres que se comportan de esta manera indecorosa, y seguramente verá que el malvado demonio está estrechamente ligado a ellas. Porque es difícil, hermanos, es difícil, quizás incluso imposible, cuando el cuerpo está así embellecido, que el alma se embellezca al mismo tiempo; pero uno debe necesariamente ser descuidado, mientras que el otro es atendido. Porque la naturaleza no permite que ambos se den juntos, por lo cual dice "quien se une al Señor es un solo Espíritu", pues tal persona se convierte desde entonces en Espíritu, aunque un cuerpo la envuelva. Pues cuando nada corpóreo, ni material ni terrenal la rodea, el cuerpo simplemente la envuelve; pues todo su gobierno reside en el alma y el Espíritu. De esta manera, Dios es glorificado. Por eso, tanto en la oración se nos manda decir "santificado sea tu nombre", como Cristo dice también: "Brille vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos". Así también los cielos lo glorifican, sin emitir voz, sino con su visión, atrayendo asombro y atribuyendo la gloria al gran Artífice.
IV
Hermanos, glorifiquemos a Dios también nosotros, y mucho más que todos los demás, porque podemos si queremos y no tanto glorifica a Dios el cielo, el día, o la noche, como un alma santa. Pues como quien contempla la belleza del cielo, dice ¡gloria a ti, oh Dios, por la hermosa obra has formado!, así también exclama lo mismos, o más, al contemplar la virtud en cualquier hombre. No obstante, no todos glorifican a Dios a partir de estas obras de la creación, sino que muchos afirman que las cosas que existen se mueven por sí mismas, y otros atribuyen a los demonios la obra del mundo y la providencia. Éstos, en verdad, yerran grande e imperdonablemente; pero respecto a la virtud del hombre, nadie tendrá poder para sostener estas opiniones desvergonzadas, sino que con seguridad glorificará a Dios cuando vea a quien le sirve viviendo en la bondad. ¿Quién no se asombrará cuando alguien, siendo hombre y compartiendo nuestra naturaleza común, viviendo entre otros hombres, como el diamante, no cede en absoluto al enjambre de pasiones? Cuando está en medio del fuego, el hierro y las bestias salvajes, es aún más duro que el diamante y lo vence todo por amor a la palabra de piedad. Cuando es injuriado, y bendice; cuando se le critica, y alaba; cuando es tratado con desprecio, y ora por quienes lo injurian; cuando conspiran contra él, y hace el bien a quienes luchan con él y le tienden trampas. Porque estas cosas, y cosas como estas, glorificarán a Dios mucho más que el cielo. Porque los griegos, cuando contemplan el cielo, no sienten temor; pero cuando ven a un hombre santo exhibiendo una vida severa con toda severidad, se encogen y se condenan a sí mismos. Puesto que quien participa de la misma naturaleza que ellos está muy por encima de ellos, mucho más que el cielo sobre la tierra, incluso en contra de su inclinación creen que es un poder divino el que obra estas cosas. Por eso dice: "Glorificad a vuestro Padre que está en los cielos".
V
Por la vida de sus siervos, Dios es glorificado, y mucho más que por milagros. Por ejemplo, Nabucodonosor arrojó a los tres jóvenes al horno, mas cuando vio que el fuego no los vencía, dijo: "Bendito sea Dios, que envió a su ángel y libró a sus siervos del horno" (Dn 3,28). ¿Cómo dices? ¿Has sido despreciado y admiras a quienes te han escupido? Sí, diría él, y por esta misma razón fui despreciado. Así que no sólo por el milagro se dio gloria a Dios en ese momento, sino también por el propósito de quienes fueron arrojados. Si alguien examinara este punto y el otro, tal como son en sí mismos, esto no resultaría menor: pues persuadir a las almas a desafiar un horno no es menos prodigioso que liberarse de él. ¿Cómo podría ser más asombroso que el Emperador del mundo, con tantos brazos a su alrededor, legiones, generales, virreyes y cónsules, y tierra y mar sujetos a su dominio, fuera despreciado por niños cautivos; ¿por el hecho de que el prisionero venciera al que lo ataba y conquistara todo ese ejército? Ni el rey ni su compañía tenían poder para hacer lo que quisieran, ni siquiera con los hornos como aliados. Pero ellos, desnudos, esclavos, extranjeros y pocos (¿pues qué número podría ser más despreciable que tres?), estando encadenados, vencieron a un ejército innumerable. Pues ya entonces la muerte era despreciada, pues Cristo estaba a punto de morar en el mundo. Y así como cuando el sol está a punto de salir, incluso antes de que aparezcan sus rayos, la luz del día se hace más brillante; así también cuando el Sol de Justicia estaba a punto de venir, la muerte comenzó a retirarse. ¿Qué podría ser más espléndido que ese escenario? ¿Qué más conspicuo que esa victoria? ¿Qué más significativo que esos nuevos trofeos suyos? Lo mismo ocurre en nuestra época. Incluso ahora existe un rey del horno babilónico, incluso ahora enciende una llama más feroz que esa. Incluso ahora existe una imagen así, y alguien que da la orden de admirarla. A su lado hay sátrapas y soldados y música cautivadora. Y muchos contemplan con admiración esta imagen, tan variada, tan grandiosa. Pues algo similar a esa imagen es la codicia, que no desprecia ni siquiera el hierro, pero a diferencia de los materiales de los que está compuesta, da la orden de admirarlo todo, tanto el latón como el hierro, y cosas mucho más ordinarias que ellas. Pero así como son estas cosas, también ahora hay quienes emulan a estos niños: dicen: No servimos a sus dioses ni adoramos sus imágenes; sino que soportamos el horno de la pobreza y todas las demás angustias por causa de las leyes de Dios. Los ricos, por su parte, al igual que aquellos en aquel tiempo, a menudo adoran también esta imagen y son quemados. Pero quienes no poseen nada a pesar de esto, y aunque viven en pobreza, están más en el rocío que quienes viven en la opulencia. Así como en aquel tiempo, quienes arrojaron al fuego se quemaron; pero aquellos en medio de él se encontraron en el rocío como si fuera lluvia. Entonces también ese tirano estaba más quemado por la llama, su ira lo encendía violentamente, que aquellos niños. En cuanto a ellos, el fuego no tenía poder ni siquiera para tocar las puntas de sus cabellos; pero con más fiereza que ese fuego, la ira quemó su mente. Pues consideren qué cosa fue que, con tantos a su alrededor, fuera despreciado por niños cautivos. Y fue una señal de que la toma de su ciudad no se había producido por su propio poder, sino por el pecado de la multitud. Si no hubiera tenido el poder de vencer a estos hombres encadenados, y cuando fueron arrojados al horno, ¿cómo habría podido vencer a los judíos en una guerra regular, si todos hubieran sido como ellos? De lo cual se desprende claramente que los pecados de la multitud traicionaron a la ciudad.
VI
Observen también la libertad de los jóvenes hebreos respecto a la vanagloria. Ellos no se lanzaron al horno, sino que guardaron de antemano el mandamiento de Cristo donde dice: "Orad para que no entréis en tentación" (Mt 26,41). Ellos no se acobardaron al ser llevados a ella, sino que se mantuvieron en medio con nobleza, sin contender, sin ser cobardes y dispuestos a todo, con nobleza y llenos de toda valentía al hablar. Pero escuchemos también lo que dicen, para que de esto también aprendamos de su altivez: "Hay un Dios en el cielo capaz de librarnos" (Dn 3,17). Es decir, no se preocupan por sí mismos, sino que incluso cuando están a punto de ser quemados, la gloria de Dios es todo su pensamiento. Porque lo que dicen se reduce a esto: Para que si nos quemamos, no acuséis a Dios de debilidad, ahora os declaramos con exactitud toda nuestra doctrina. Hay un Dios en el cielo, no como esta imagen aquí en la tierra, esta cosa inerte y muda, sino capaz de arrebatar incluso de en medio del horno de fuego ardiente. No lo condenéis, pues, por debilidad por permitirnos caer en él. Tan poderoso es él que después de nuestra caída, puede arrebatarnos de nuevo de las llamas. Pero si no, que sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses ni adoraremos la imagen de oro que has erigido. Obsérvese que, por una dispensación especial, ignoran el futuro: pues si lo hubieran previsto, no habría habido nada de maravilloso en lo que hicieron. ¿Qué maravilla, pues, si, teniendo garantía de seguridad, desafiaron todos los terrores? Entonces Dios, en verdad, habría sido glorificado al poder librarlos del horno; pero no se habrían asombrado, pues no se habrían arrojado a ningún peligro. Por esta razón, les permitió ignorar el futuro para glorificarlos aún más. Y como advirtieron al rey que no condenara a Dios por debilidad aunque pudieran ser quemados, Dios cumplió ambos propósitos: mostrar su propio poder y hacer que el celo de los hijos fuera más evidente. ¿De dónde surgieron entonces sus dudas y su falta de confianza en que serían preservados? Porque se consideraban demasiado mezquinos e indignos de tal beneficio. Y para demostrarlo, no digo esto por conjeturas; cuando cayeron en el horno, se lamentaron de esta manera, diciendo: "Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, no podemos abrir la boca" (Dn 4,6-10). Por eso dijeron, más o menos: Dios puede librarnos, y si no nos libra será por nuestro pecado. Porque a los bárbaros les habría parecido que ocultaban la debilidad de Dios bajo el pretexto de sus propios pecados. Por lo tanto, sólo hablan de su poder; la razón no la alegan. Y además, fueron bien disciplinados para no ser demasiado curiosos acerca de los juicios de Dios. Con estas palabras, entraron en el fuego; y no insultaron al rey ni derribaron la estatua. Porque así debe ser el hombre valiente: moderado y apacible, especialmente en los peligros, para que no parezca que se lanza a tales contiendas con ira y vanagloria, sino con fortaleza y dominio propio. Pues quien actúa con insolencia soporta la sospecha de esas faltas; pero quien persevera, se ve obligado a luchar y supera la prueba con mansedumbre, no sólo es admirado como valiente, sino que su dominio propio y consideración no lo hacen menos ensalzado. Y esto es lo que hicieron en aquel momento: mostrando fortaleza y mansedumbre, sin hacer nada por recompensa ni compensación. Aunque él no quiera librarnos, no serviremos a vuestros dioses, porque ya tenemos nuestra recompensa: somos tenidos por dignos de ser guardados de toda impiedad, y por ese fin de entregar nuestros cuerpos para ser quemados. Nosotros, pues, ya teniendo nuestra recompensa (pues la tenemos al habernos concedido el pleno conocimiento de él, al habernos concedido ser miembros de Cristo), cuidemos de no convertirlos en miembros de una ramera. Con esta tremenda afirmación debemos concluir nuestro discurso, para que, teniendo el temor de la amenaza en plena eficacia, permanezcamos más puros que el oro, y este temor nos ayude a serlo. Así, liberados de toda fornicación, podremos ver a Cristo, a quien Dios nos conceda contemplar con valentía en aquel día, por la gracia y la bondad amorosa de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 19
I
En cuanto a las cosas que me escribisteis, es bueno que el hombre no tome mujer. A causa de las fornicaciones, que cada hombre tenga su propia esposa, y que cada mujer tenga su propio esposo
Tras corregir Pablo los tres puntos más graves que se les imputaban a los corintios (la distracción de la Iglesia, el caso el fornicador, el asunto de la persona codiciosa), a partir de ahora emplea un discurso más suave. Intercala exhortaciones y consejos sobre el matrimonio y la virginidad, dando a los oyentes un respiro de temas más desagradables. En la 2ª carta hace lo contrario, comenzando con los temas más suaves y terminando con los más inquietantes. Aquí, tras terminar su discurso sobre la virginidad, vuelve a abordar temas más propios de la reprimenda. No los presenta todos en un orden regular, sino que varía su discurso según la ocasión y la exigencia de los asuntos en cuestión. Por lo cual dice "en cuanto a lo que me escribisteis", porque le habían escrito sobre si era correcto o no abstenerse de la esposa. Respondiendo a esto, y dando reglas sobre el matrimonio, introduce también el discurso sobre la virginidad diciendo: "Es bueno que un hombre no toque mujer". Porque "si preguntas cuál es el camino excelente y muy superior, es mejor no tener ninguna relación con una mujer; mas si preguntas qué es seguro y beneficioso para tu propia debilidad, únete por matrimonio". Como era probable, y como también sucede ahora, que el marido estuviera dispuesto pero la mujer no, o quizás al revés, observe cómo analiza cada caso. Algunos dicen, de hecho, que este discurso fue dirigido por él a los sacerdotes, pero yo, a juzgar por lo que sigue, no podría afirmar que fuera así, ya que no habría dado su consejo en términos generales. Porque si hubiera escrito estas cosas sólo para los sacerdotes, habría dicho "es bueno para el maestro no tocar mujer". Pero ahora lo ha hecho de aplicación universal, diciendo "es bueno para el hombre" y no sólo para el sacerdote. Además, al decir "¿estás libre de una esposa? No busques esposa", no dijo "tú que eres sacerdote y maestro", sino indefinidamente. Y todo su discurso continúa completamente en el mismo tono. Al decir, a causa de las fornicaciones, que "cada hombre tenga su propia esposa, por la misma causa alegada para la concesión", guía a los hombres a la continencia.
II
Que el marido pague a la mujer el honor que le corresponde, y también la mujer al marido
¿Qué significa "el debido honor"? Esto mismo: que la esposa no tiene poder sobre su propio cuerpo, que es a la vez esclava y señora del esposo, y que si rechaza el servicio debido ofende a Dios. En efecto, si la mujer desea retirarse, debe pedir permiso del esposo, aunque sea por poco tiempo. Por eso habla Pablo de deuda, para mostrar que nadie es dueño de sí mismo, sino que son siervos el uno del otro. Así que, cuando veas a una ramera tentándote, di: Mi cuerpo no es mío, sino de mi esposa. Y la mujer, a quienes quieran socavar su castidad, que diga: Mi cuerpo no es mío, sino de mi esposo. Ahora bien, si ni el marido ni la mujer tienen poder sobre su propio cuerpo, mucho menos sobre sus bienes. Oíd esto, pues, todos los que tenéis marido y mujer: Si no debéis considerar vuestro cuerpo como vuestro, mucho menos vuestro dinero. Concedo que Dios da al marido abundante precedencia sobre la mujer, tanto en el Nuevo Testamento como en el Antiguo Testamento dicho, sobre todo cuando dice: "Tu giro será hacia tu marido, y él te gobernará" (Gn 3,16). Pablo también hace lo mismo, al hacer una distinción así, y escribir: "Maridos, amen a sus mujeres, y que la mujer vea que reverencia a su marido" (Ef 5,25-33). Pero en este lugar no oímos más de mayor y menor, sino que es un mismo derecho. Ahora bien, ¿por qué es esto? Porque su discurso era sobre la castidad. En todas las demás cosas, dice él, que el marido tenga la prerrogativa; pero no así cuando la cuestión es sobre la castidad. El marido no tiene poder sobre su propio cuerpo, ni tampoco la mujer. Hay gran igualdad de honor, y ninguna prerrogativa.
III
No os neguéis el uno al otro, sino tened un mutuo consentimiento, no sea que Satanás os tiente a causa de vuestra incontinencia. Esto lo digo como permiso, no como mandamiento. Además, ya quisiera yo que todos los solteros y viudas se quedasen como yo. No obstante, si no tienen el don de continencia, que se casen, porque mejor es casarse que quemarse
¿A qué alude Pablo aquí? A esto mismo: a que la esposa no ejerza la continencia si el esposo no está dispuesto, ni tampoco el esposo sin el consentimiento de la esposa. ¿Por qué? Por esto mismo: porque grandes males surgen de esta clase de continencia. Pues adulterios, fornicaciones y la ruina de familias han surgido a menudo de aquí. Pues si los hombres, teniendo esposas, cometen fornicación, mucho más si se les priva de este consuelo. Y bien dice él "no defraudéis", a forma de fraude aquí y deuda arriba, para mostrar la severidad del derecho de dominio en cuestión. Pues que uno practique la continencia contra la voluntad del otro es defraudar; pero no así con el consentimiento del otro; como tampoco me considero defraudado si, después de persuadirme, me quitan algo mío. Pues sólo defrauda quien toma contra la voluntad de otro y por la fuerza. Algo que hacen muchas mujeres, obrando el pecado en lugar de la justicia, y haciéndose así responsables de la impureza del esposo, destrozándolo todo. Por tanto, deben valorar la concordia por encima de todas las cosas, puesto que esto es más importante que todo lo demás. Si les parece bien, lo consideraremos con vistas a casos reales. Así, supongamos que una esposa y un esposo mantienen la continencia sin el consentimiento de su esposo; si él comete fornicación, o si, absteniéndose de ella, se irrita, se inquieta, se acalora, discute y causa todo tipo de problemas a su esposa, ¿qué provecho tiene el ayuno y la continencia, si se rompe el amor ? No hay ninguno. ¡Qué extraños reproches, cuántos problemas, qué gran guerra surgirá, por supuesto!, ya que cuando en una casa hay desacuerdos entre esposos, la casa no estará mejor que un barco en medio de una tormenta cuando el amo está en desacuerdo con el hombre que la dirige. Por eso dice "no os defraudéis el uno al otro, a menos que sea por consentimiento temporal, para que os dediquéis a la oración". Se refiere aquí a la oración con una intensidad inusual. Porque si prohíbe orar a quienes tienen relaciones sexuales, ¿cómo podría tener cabida la oración sin cesar? Es posible, entonces, vivir con una esposa y aun así prestar atención a la oración. Pero mediante la continencia, la oración se perfecciona. Porque no dijo simplemente "para que oréis", sino "para que os entreguéis a ella", como si lo que dice no causara impureza, sino mucha ocupación. Y que podamos estar juntos de nuevo, para que Satanás no los tiente. Así, para que no parezca una disposición expresa, añade la razón. ¿Y cuál es? Ésta misma: "Para que Satanás no los tiente". Y para que entiendan que no es sólo el diablo quien causa este crimen, me refiero al adulterio, añade, debido a su incontinencia, "como permiso, no como mandamiento". Porque quisiera que todos los hombres fueran como yo: en estado de continencia. Esto lo hace en muchos lugares cuando aconseja sobre asuntos difíciles; se presenta a sí mismo y dice: "Sed imitadores míos". Sin embargo, cada uno tiene su propio don de Dios, uno de esta manera, y otro de aquella. Así, ya que los había exhortado duramente diciendo "por vuestra incontinencia", los consuela de nuevo con las palabras: "Cada uno tiene su propio don de Dios", no declarando que para esta virtud no hay necesidad de celo de nuestra parte, sino consuelo. No obstante, si es la continencia es un don, y el hombre no contribuye nada a él, ¿cómo dice "digo a los solteros y a las viudas que les conviene que permanezcan como yo" (1Cor 7,8), y "si no tienen continencia, que se casen" (1Cor 7,9)? Como se ve, es fuerte el sentido de Pablo al indicar que la continencia es mejor, aunque no obliga a la persona que no puede alcanzarla, porque "es mejor casarse que quemarse". Indica cuán grande es la tiranía de la concupiscencia, a forma de decir: Si tienes que soportar mucha violencia y deseo ardiente, retírate de tus dolores y afanes, no sea que te destruyas.
A los unidos en matrimonio les manda esto el Señor, y no yo: que la esposa no se separe del marido, y que el marido no abandone a su mujer
Lo que está a punto de exponer Pablo a los corintios es una ley expresamente establecida por Cristo, y tiene que ver con el no repudiar a una esposa sin fornicación (Mt 5,32; Mt 19,9; Mc 10,11; Lc 16,18). Por lo tanto, Pablo dice "no yo", aludiendo a Cristo. Es cierto que es lo que se dijo antes, aunque no se declaró expresamente, pero también es su decreto. Pero esto, como ven, lo había expresado con palabras expresas. De modo que las palabras yo y "no yo" tienen esta diferencia de significado. Para que no pensaran que ni siquiera sus propias palabras fueran humanas, añadió: "También yo tengo el Espíritu de Dios". Ahora bien, ¿qué es lo que el Señor ordenó a los casados? "Que la esposa no se separe de su esposo, y si se separa, que permanezca soltera o que se reconcilie con su esposo" (1Cor 7,11). Aquí, dado que tanto por motivos de continencia y otros pretextos, como por dolencias, se produjeron separaciones, sería mejor, dice, que tales cosas no ocurrieran; pero, si ocurren, que la esposa permanezca con su esposo, si no para cohabitar con él, al menos para no presentar a otro como su esposo.
IV
A los demás les digo esto yo, y no el Señor: que si algún hermano tiene una esposa incrédula, y ella está dispuesta a vivir con él, que no la abandone. Y que si alguna mujer tiene un esposo incrédulo, y él está dispuesto a vivir con ella, que no lo abandone, porque el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula en el marido
Así como al hablar de separarse de los fornicarios, Pablo facilitó el asunto corrigiendo sus palabras y diciendo "no del todo con los fornicarios de este mundo", así también en este caso prevé la gran facilidad del deber, diciendo: "Si alguna mujer tiene un marido, o un marido una mujer, que no sea creyente, que no la abandone", a forma de decir: Si es incrédulo, que permanezca con su mujer, pero no si es fornicario. Sin embargo, la fornicación es un pecado menor que la incredulidad, y que Dios perdona tus debilidades en extremo y prefiere lo siguiente: "Deja el sacrificio y reconcíliate con tu hermano" (Mt 5,24). Y esto también en el caso del hombre que debía diez mil talentos, al que tampoco castigó por deberle diez mil talentos, sino por exigirle cien denarios a su consiervo. Entonces, para que la mujer no temiera, como si se volviera impura por haber tenido relaciones sexuales con su esposo, dice: "El esposo incrédulo es santificado en la esposa, y la esposa incrédula es santificada en el esposo". Sin embargo, si quien se une a una ramera es un solo cuerpo, es evidente que también la mujer que se une a un idólatra es un solo cuerpo. Pues bien, es un solo cuerpo. Sin embargo, ella no se vuelve impura, sino que la pureza de la esposa vence la impureza del esposo. Y de nuevo, la pureza del esposo creyente vence la impureza de la esposa incrédula. ¿Cómo, entonces, en este caso se supera la impureza y, por tanto, se permite la relación sexual? Mientras que en el caso de la mujer que se prostituye, el esposo no es condenado al expulsarla. Porque aquí hay esperanza de que el miembro perdido se salve mediante el matrimonio, mientras que en el otro caso el matrimonio ya se ha disuelto, y ambos están corrompidos. En el caso presente, aquí la culpa recae solo en uno de los dos. En definitiva, la que ha sido culpable de fornicación es completamente abominable, y quien se une a una ramera también se vuelve abominable al hacerse un solo cuerpo con ella y perder toda su pureza. En el caso que nos ocupa no es así. ¿Por qué? Por esto mismo: porque el idólatra es impuro, pero la mujer no lo es. Si ella fuera cómplice de él en aquello en lo que él es impuro (es decir, en su impiedad), ella misma también se volvería impura. Pero ahora, el idólatra es impuro de una manera, y la esposa tiene comunión con él de otra en la que él no es impuro. Porque el matrimonio y la mezcla de los cuerpos es aquello en lo que consiste la comunión. De nuevo, existe la esperanza de que este hombre sea reclamado por su esposa, pues ella se ha hecho completamente suya; pero para el otro no es fácil. En efecto, ¿cómo podrá ella, que lo deshonró en tiempos pasados, se convirtió en otro y destruyó los derechos del matrimonio, reclamar a quien agravió; a él, además, que aún permanece para ella como un extraño? Nuevamente en ese caso, después de la fornicación el marido ya no es marido: pero aquí, aunque la esposa sea una idólatra, los derechos del marido no son destruidos. Sin embargo, no sólo recomienda la cohabitación con la incrédula, sino con la condición de que la desee. Por lo tanto, dijo: "Que él mismo se contente con vivir con ella". Y si no, dime: ¿Qué daño hay cuando los deberes de piedad permanecen intactos y hay buenas esperanzas en la incrédula, de que quienes ya están unidos permanezcan así y no provoquen conflictos innecesarios? Pues la pregunta ahora no se refiere a quienes nunca se han unido, sino a quienes ya lo están. No dijo "si alguno desea tomar una esposa incrédula", sino "si alguno tiene una esposa incrédula". Lo cual significa, más o menos: Si alguno, después de casarse o estar casado, ha recibido la palabra de piedad, y la otra parte, que había continuado en la incredulidad, aún anhela que vivan juntos, que no se rompa el matrimonio. Como dice el propio Pablo, "el esposo incrédulo se santifica en la esposa". Tan grande es la superabundancia de vuestra pureza. ¿Qué es, entonces, el griego santo? Ciertamente no, pues no dijo "él es santo", sino "él es santificado en su esposa". Esto lo dijo no para significar que él es santo, sino para liberar a la mujer lo más completamente posible de su temor e inducir al hombre a desear la verdad. Pues la impureza no reside en los cuerpos donde hay comunión, sino en la mente y los pensamientos. Aquí sigue la prueba, a saber: que si continúas siendo impuro y tienes descendencia, el hijo, al no ser sólo tuyo, es por supuesto impuro o semipuro. Pero ahora no es impuro. A lo cual añade: "De lo contrario, tus hijos serían impuros; pero ahora son santos". Es decir, no impuros. Pero el apóstol los llama santos, por la intensidad de la expresión, de nuevo alejando el temor que surge de ese tipo de sospecha.
Si el marido incrédulo se separa, que se separe, pues en este caso ya no se trata de fornicación
¿Qué significa "si el incrédulo se separa"? Esto mismo, que explico con varios ejemplos. Por ejemplo, si te pide que sacrifiques, o participes de su impiedad, o que te separes, sería mejor que el matrimonio se anulara y que no se produjera ninguna violación de la piedad. Por lo tanto, añade más o menos: Un hermano no está bajo servidumbre, ni tampoco una hermana, en tales casos. Si a diario te abofetea y mantiene combates por esta razón, es mejor separarse. En definitiva, esto es lo que Pablo considera: que "Dios nos ha llamado a la paz", y que si es la otra parte quien proporcionó el motivo de la separación, al igual que quien cometió la impureza, es mejor la separación.
¿Cómo sabes, oh esposa, que salvarás a tu marido?
Aquí se refiere Pablo a la expresión anterior "no dejes que lo deje", a forma de decir: Si no causa problemas, quédate, pues incluso hay provecho en ello. Le dice quédate, pero con esas condiciones y como consejo persuasivo. Ningún maestro tendrá tanto poder para prevalecer como una esposa. Por un lado, no le impone ninguna necesidad, ni le exige absolutamente que no vuelva a hacer lo que sería demasiado doloroso. Por otro, no le dice que se desespere, sino que deje el asunto en suspenso por la incertidumbre del futuro, diciendo: "¿Cómo sabes, oh esposa, si salvarás a tu marido?", y: ¿Cómo sabes, oh esposo, si salvarás a tu esposa?
V
Así como Dios ha distribuido a cada uno, y el Señor ha llamado a cada uno, así debe andar cada uno. ¿Fue llamado alguno siendo circuncidado? Que no se vuelva incircunciso. ¿Fue llamado alguno siendo incircunciso? Que no se circuncide. La circuncisión no es nada, y la incircuncisión no es nada; sino el cumplimiento de los mandamientos de Dios. Que cada uno permanezca en la llamada a la que fue llamado. ¿Fuiste llamado siendo esclavo? No te evadas
"Que cada hombre permanezca en el llamamiento al que fue llamado". Esto es lo que dice Pablo, a forma de decir: ¿Has sido llamado, teniendo una esposa incrédula? Sigue teniéndola, y no rechaces a tu esposa por causa de la fe. ¿Has sido llamado, siendo esclavo? No te preocupes por ello, y sigue siendo esclavo. ¿Has sido llamado, siendo incircunciso? Permanece incircunciso, sin ser circuncidado. Éste es el significado de "como Dios ha distribuido a cada hombre". ¿Por qué? Porque todas esas cosas no son obstáculos para la piedad. Esclavos, esposas incrédula, incircuncisos... ¡sorprendente! ¿Dónde ha puesto Pablo la esclavitud, y la vida conyugal, y la circuncisión? Al más alto nivel, pues así como la circuncisión no aprovecha, y la incircuncisión no perjudica, tampoco la esclavitud perjudica, ni siquiera la libertad. Para señalar esto con claridad suprema, dice: "Incluso si puedes ser libre, continúa siendo esclavo". Ahora bien, ¿con qué fundamento le dice a la persona que podría ser liberada que siga siendo esclava? Quiere señalar que la esclavitud no es perjudicial, sino más bien una ventaja. Ahora bien, no ignoramos que algunos dicen que las palabras, úsalas mejor, se refieren a la libertad: interpretándolas como si pudieras ser libre, sé libre. Pero la expresión sería muy contraria al estilo de Pablo si se hubiera referido a esto. Pues, al consolar al esclavo y dar a entender que no estaba perjudicado en absoluto, no le habría dicho que se liberara. Alguno podría decir: ¿Y me voy a conformar con ser una persona perjudicada y degradada? Bien, esto no es lo que dice Pablo, sino tan sólo señalar que un hombre no obtiene nada al ser liberado de sus ataduras mundanas, y por eso dice: "Aunque tengas el poder de ser libre, permanece más bien en esclavitud". A continuación, añade la causa: "Porque quien fue llamado en el Señor siendo esclavo, es libre del Señor; asimismo, quien fue llamado siendo libre, es siervo de Cristo". Es decir, "en lo que se refiere a Cristo, ambos son iguales", y así como tú eres esclavo de Cristo, también lo es tu amo. ¿Cómo, entonces, es libre el esclavo? Porque él te ha liberado no sólo del pecado, sino también de la esclavitud externa mientras continuabas siendo esclavo. Porque él no permite que el esclavo sea esclavo, ni siquiera aunque permanezca en esclavitud; y esta es la gran maravilla. ¿Y cómo es libre el esclavo, si continúa siendo esclavo? Así mismo: liberándose de las pasiones y de las enfermedades mentales, y menospreciando las riquezas, la ira y todas las demás pasiones similares.
Fuisteis comprados por un precio, así que no os hagáis esclavos de los hombres
Este dicho de Pablo no se dirige sólo a los esclavos, sino también a los hombres libres. ¿Por qué? Porque es posible que un esclavo no sea esclavo, y que un hombre libre sea esclavo. ¿Y cómo puede uno ser esclavo y no serlo? Cuando todo lo hace para Dios, cuando no finge nada ni hace nada por servir a los hombres; así es como un esclavo de los hombres puede ser libre. O de nuevo, ¿cómo se convierte un libre en esclavo? Cuando sirve a los hombres en cualquier servicio malo, ya sea por glotonería, por codicia de riquezas o por motivos de poder. Porque tal persona, aunque sea libre, es más esclavo que cualquier hombre. Y consideren ambos puntos. José era esclavo, pero no esclavo de los hombres; por lo tanto, incluso en la esclavitud, era más libre que todos los libres. Por ejemplo, no cedió ante su ama, ni cedió a los propósitos que deseaba quien lo poseía. Ella era libre; sin embargo, nadie como un esclavo, cortejando y suplicando a su propio sirviente. Pero ella no lo convenció, siendo libre, de hacer lo que no quería. Esto, entonces, no era esclavitud; sino libertad de la más excelsa clase. Pues ¿qué impedimento para la virtud tenía su esclavitud? Que los hombres, tanto esclavos como libres, oigan lo siguiente: ¿Quién era el esclavo? ¿El que fue suplicado o la que suplicó? ¿La que suplicó o el que despreció su súplica? De hecho, Dios mismo ha establecido límites para los esclavos; y hasta qué punto se debe mantenerlos, también ha sido determinado, y transgredirlos es incorrecto. Es decir, cuando tu amo no ordena nada que desagrade a Dios, es correcto seguirlo y obedecerlo; pero no más allá. Porque así el esclavo se vuelve libre. Pero si vas más allá, aunque seas libre, te conviertes en esclavo. Al menos, él lo insinúa al decir: "No seáis siervos de los hombres". Pero si este no es el significado, si les ordenó abandonar a sus amos y luchar contenciosamente por ser libres, ¿en qué sentido los exhortó, diciendo "que cada uno permanezca en la vocación en la que fue llamado"? Además, en otro lugar dice Pablo: "Todos los siervos que están bajo el yugo, consideren a sus propios amos dignos de todo honor; y aquellos que tienen amos creyentes, no los desprecien, porque son hermanos que participan del beneficio" (1Tm 6,1-2). Y escribiendo también a los efesios y a los colosenses, ordena y exige las mismas reglas. De donde es claro que no es esta esclavitud la que anula, sino la que es causada por el vicio y que también acontece a los hombres libres: y esta es la peor clase de esclavitud, aunque sea un hombre libre el que está esclavizado a ella. Porque ¿qué provecho tenían los hermanos de José de su libertad? ¿Acaso no eran más serviles que todos los esclavos? ¿Ambos mintiendo a su padre, a los comerciantes con falsas excusas y a su hermano? Pero no así era el hombre libre, pues en todo y en todas las cosas era fiel. Y nada tenía poder para esclavizarlo, ni las cadenas ni la servidumbre, ni el amor de su amante ni su estancia en tierra extranjera. Pero él vivía libre en todas partes. Porque esta es la libertad en el sentido más auténtico, cuando incluso en la servidumbre brilla.
VI
El cristianismo tiene esta cualidad, hermanos: que en la esclavitud otorga libertad. Así como aquel que por naturaleza es invulnerable se muestra invulnerable al recibir un dardo y no sufre daño, así también el que es estrictamente libre se muestra invulnerable cuando, incluso bajo amos, no está esclavizado. Por esta razón, el mandato de Pablo es el siguiente: permanecer esclavo. Pero si es imposible para quien es esclavo ser cristiano como debe ser, los griegos condenarán la verdadera religión por su gran debilidad; mientras que si se les puede enseñar que la esclavitud no perjudica en nada la piedad, admirarán nuestra doctrina. Pues si la muerte no nos hiere, ni los azotes, ni las cadenas, mucho menos la esclavitud. El fuego, el hierro, las innumerables tiranías, las enfermedades, la pobreza, las fieras y cosas aún más terribles que estas no han podido dañar a los fieles. Es más, los han hecho aún más poderosos. ¿Y cómo podrá herir la esclavitud? No es la esclavitud en sí misma, amados, la que hiere; Pero la verdadera esclavitud es la del pecado. Y si no eres esclavo en este sentido, sé valiente y regocíjate. Nadie tendrá poder para hacerte daño, pues tienes un temperamento que no se puede esclavizar. Pero si eres esclavo del pecado, aunque seas mil veces libre, de nada te sirve tu libertad. Y si no, dime: ¿Qué provecho hay cuando, sin estar esclavizado a un hombre, te sometes a tus pasiones? Si bien los hombres a menudo saben ahorrar, esos amos nunca se sacian de tu destrucción. ¿Estás esclavizado a un hombre? Pues tu amo también te esclaviza, preocupándote por tu comida, tu salud, tu calzado y todo lo demás. Y no temes tanto ofender a tu amo como él teme que te falte alguna de esas cosas necesarias. Pero él se sienta, mientras tú permaneces de pie. ¿Y qué hay de eso? Porque esto puede decirse tanto de ti como de él. A menudo, al menos, cuando tú estás acostado y durmiendo plácidamente, él no solo está de pie, sino que sufre interminables incomodidades en el mercado; y se despierta con más dolor que tú. Por ejemplo, ¿qué sufrió José de su ama comparado con lo que ella sufrió por su mal deseo? Pues él, en verdad, no hizo lo que ella quería imponerle; pero ella cumplió todo lo que su ama le ordenó (es decir, su espíritu de impureza, que no cesó hasta ponerla en evidencia). ¿Qué amo ordena tales cosas? ¿Qué tirano salvaje? Instiga a tu esclavo, esa es la palabra: adula a la persona comprada con tu dinero, suplica al cautivo; incluso si te rechaza con disgusto, asédialo de nuevo; incluso si le hablas a menudo y no consiente, vigila que esté solo, oblígalo y conviértete en objeto de burla. ¿Qué puede ser más deshonroso, más vergonzoso, que estas palabras? Y si ni siquiera por estos medios logras progreso, pues, acúsalo falsamente y engaña a tu esposo. Observa cuán mezquinas, cuán vergonzosas son las órdenes, cuán despiadadas, salvajes y frenéticas. ¿Qué orden le impone el amo a su esclava, como las que su libertinaje impuso entonces a aquella mujer real? Y sin embargo, ella no se atrevió a desobedecer. Pero José no sufrió nada parecido, sino todo lo contrario, lo cual le trajo gloria y honor. ¿Te gustaría ver a otro hombre bajo las severas órdenes de una amante inflexible, sin ánimo de desobedecer ninguna? Piensa en Caín, las órdenes que le impuso su envidia. Ella le ordenó matar a su hermano, mentir a Dios, entristecer a su padre, despojarse de la vergüenza; y él lo hizo todo, sin negarse en nada. ¿Y por qué maravillarse de que esta amante tenga tanto poder sobre una sola persona? A menudo ha destruido naciones enteras. Por ejemplo, las madianitas tomaron a los judíos y prácticamente los mantuvieron en cautiverio; su propia belleza, que despertaba el deseo, fue el medio para vencer a toda esa nación. Pablo, entonces, para erradicar esta esclavitud, dijo: "No os hagáis siervos de los hombres", a forma de decir: No obedezcáis a los hombres que mandan cosas irrazonables; ni siquiera os obedezcáis a vosotros mismos.
VII
En cuanto a las vírgenes, no tengo mandamiento del Señor, aunque os doy mi opinión como quien ha alcanzado la misericordia del Señor para ser fiel
Siguiendo el camino y orden establecido, procede Pablo a hablar de la virginidad. Pues después de haberlos ejercitado y entrenado, en sus palabras sobre la continencia, pasa a lo más importante, diciendo: "No tengo mandamiento, pero lo considero bueno". ¿Por qué razón? Por la misma razón que había esgrimido respecto a la continencia.
¿Estás atado a una esposa? No busques deshacerte de ella. ¿Estás libre de una esposa? No busques esposa. Si te casas, no pecas, pero tendrás aflicción de la carne, y eso es lo que yo quiero evitaros. El soltero tiene cuidado de las cosas del Señor, y el casado de cómo agradar a su mujer
Estas palabras no contradicen lo dicho anteriormente por Pablo, sino que concuerdan plenamente con ellas, pues también aquí se dice "a menos que sea por consentimiento". En concreto, aquí se dice: "¿Estás unido a una esposa? No busques la separación". Esto no es contradictorio, pues ir contra el consentimiento implica disolución, mas si con el consentimiento ambos viven en convivencia, no hay disolución. A continuación, para que esto no parezca imponer una ley, añade: "Si te casas, no has pecado" (1Cor 7,28). A continuación, alega el estado actual de las cosas, la angustia actual, la brevedad del tiempo y la aflicción. Pues el matrimonio conlleva muchas cosas, que de hecho ha analizado, tanto aquí como en el discurso sobre la continencia: allí, al decir que la esposa no tiene poder sobre sí misma; y aquí, con la expresión "estás obligado". La frase "si te casas, no has pecado" no se refiere a la que eligió la virginidad, pues si llega a ese punto, sí ha pecado. Si las viudas son condenadas por tener segundas nupcias después de haber elegido la viudez, mucho más las vírgenes. Éstas tendrán problemas en la carne y el placer, por supuesto, pero observen cómo lo acorta por la brevedad del tiempo, diciendo: "El tiempo se ha acortado" (1Cor 7,28). Es decir, se nos exhorta a partir ahora y salir, pero ustedes se están adentrando más. Y sin embargo, aunque el matrimonio no tuvo problemas, aun así debemos seguir adelante hacia lo venidero. Pero cuando también conlleva aflicción, ¿qué necesidad hay de cargar con una carga adicional? ¿Qué motivo hay para asumir tal carga, si incluso después de asumirla hay que usarla como si no la tuvieran? Porque incluso quienes tienen esposa deben ser, dice él, como si no la tuvieran. A continuación, tras intercalar algo sobre el futuro, vuelve al presente y los temas son espirituales; como que "una se preocupa por las cosas de su esposo, y la otra por las de Dios". Otros se relacionan con la vida presente; como quien dice: Quiero que estés libre de preocupaciones. Aun así, Pablo lo deja a su propia elección, pues quien, tras probar lo mejor, vuelve a la compulsión, parece desconfiar de sus propias afirmaciones. Por lo tanto, más bien los atrae por concesión y los frena de la siguiente manera.
Esto lo digo para vuestro propio beneficio, y no para tenderos una trampa. Os digo lo que es decoroso, para que podáis atender al Señor sin distracción
Que las vírgenes oigan, por tanto, que no por un único punto se define la virginidad, pues quien se preocupa por las cosas del mundo no puede ser virgen ni decorosa. Así, cuando Pablo dijo "hay diferencia entre una esposa y una virgen", añadió esto como la diferencia, y aquello en lo que se distinguen entre sí. Estableciendo la definición de una virgen y de quien no es virgen, no menciona ni el matrimonio ni la continencia, sino el ocio de los compromisos y la multiplicidad de ellos. Porque el mal no está en la cohabitación, sino en el impedimento a la severidad de la vida.
Si alguno piensa que es impropio para su hija virgen que pase ya de edad, y es necesario que así sea, que haga lo que quiera. Si alguno cree que su hija está firme en su corazón, y no tiene necesidad, y es dueña de su propia voluntad, y ha resuelto en su corazón guardar a su hija virgen, bien hace. La mujer casada está ligada por la ley a su marido, pero si su marido muere queda libre para casarse con quien quiera, con tal que sea en el Señor. A mi juicio, más dichosa será si se queda viuda
Aquí parece hablar Pablo del matrimonio, pero en realidad todo lo que dice se refiere a la virginidad. ¿Y eso? Por esto mismo: porque permite un segundo matrimonio pero "sólo en el Señor". Y qué significa "en el Señor"? Esto mismo: con castidad y honor, en todas partes y como algo que debe buscarse, pues de lo contrario no podemos ver a Dios. Ahora bien, si hemos pasado por alto lo que dice sobre la virginidad, que nadie nos acuse de negligencia. De hecho, he compuesto un libro entero sobre este tema y, como allí recorrí con toda la precisión posible cada rama del tema, considero un desperdicio de palabras introducirlo de nuevo aquí. Por lo tanto, remitiendo al oyente a esa obra en lo que respecta a estas cosas, diré esto aquí: Debemos seguir la continencia, porque "sin la paz y la santificación nadie verá al Señor". Para que seamos considerados dignos de verlo, ya sea que estemos en virginidad, en el primer matrimonio o en el segundo, sigamos esto para que podamos obtener el reino de los cielos, por la gracia y la bondad amorosa de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 20
I
En cuanto a lo sacrificado a los ídolos, todos tenemos conocimiento. El conocimiento envanece, pero el amor edifica
Trataré de explicar bien el significado de este pasaje, pues así comprenderemos más fácilmente el resto del discurso del apóstol. Sobre todo, porque de no hacerlo habrá quien vea una acusación contra alguien, y perciba una naturaleza ofensiva, y no entienda lo que se ha dicho al respecto. ¿De qué acusaba Pablo, en concreto y aquí, a los corintios? De una acusación grave, y causa de muchos males. ¿De qué se trataba? De esto mismo: de que muchos corintios, habiendo aprendido que "no lo que entra contamina al hombre, sino lo que sale" (Mt 15,11), y que los ídolos de madera y piedra no tienen poder para dañar ni ayudar, habían hecho un uso inmoderado de su perfecto conocimiento de esto para daño tanto de otros como de sí mismos. Sí, muchos corintios habían entrado donde había ídolos, y habían participado de las mesas allí, y con ello estaban produciendo un gran y ruinoso mal. Porque, por un lado, aquellos que aún conservaban el temor a los ídolos y no sabían cómo despreciarlos, participaban en esas comidas, porque veían a la clase más perfecta haciendo esto; Y por eso sufrieron el mayor daño: pues no tocaron lo que se les presentaba con la misma mentalidad que los demás, sino como si fueran ofrendas a los ídolos; y esto se estaba convirtiendo en un camino hacia la idolatría. Por otro lado, estas mismas personas que pretendían ser más perfectas sufrieron un daño extraordinario, participando en las mesas de los demonios. Éste fue entonces el motivo de la queja. Ahora bien, este bendito hombre, a punto de corregirlo, no comenzó inmediatamente a hablar con vehemencia; pues lo que hizo fue más bien una necedad que una maldad; por lo que, al principio, fue más necesaria la exhortación que la severa reprensión e ira. Observen ahora su buen juicio, cómo inmediatamente comienza a amonestar. En cuanto a lo sacrificado a los ídolos, sabemos que todos tenemos conocimiento . Dejando de lado a los débiles, como siempre hace, habla primero con los fuertes. Y esto es lo que hizo también en la Carta a los Romanos, diciendo: "¿Por qué juzgas a tu hermano, si puede recibir la reprensión con prontitud?" (Rm 14,10). Exactamente lo mismo hace aquí también. Primero anula su vanidad, al declarar que esto mismo que consideraban peculiar, el tener conocimiento perfecto, era común a todos. Así, sabemos, dice él, que todos tenemos conocimiento. Porque si, permitiéndoles tener pensamientos elevados, les hubiera señalado primero lo perjudicial que era para los demás, no les habría hecho tanto bien como daño. Porque el alma ambiciosa, cuando se enorgullece de algo, aunque esto perjudique a otros, se aferra firmemente a ello debido a la tiranía de la vanagloria. Por lo tanto, Pablo primero examina el asunto en sí mismo: tal como lo había hecho antes en el caso de la sabiduría externa, demoliéndola con mano fuerte. Pero en ese caso lo hizo como era de esperar: porque todo el asunto era completamente censurable y su tarea era muy fácil. Por lo que significa que no sólo es inútil, sino incluso contrario al evangelio. Pero en el presente caso no fue posible hacer esto. Porque lo que se hizo fue de conocimiento, y de conocimiento perfecto. No era seguro derribarlo, y sin embargo, de ninguna otra manera era posible desechar la vanidad que había resultado de ello. ¿Qué hace entonces? Primero, al indicar que era común, refrena ese orgullo desmedido. En efecto, quienes poseen algo grande y excelente se sienten más eufóricos cuando lo poseen solos; pero si se demuestra que lo poseen en común con otros, ya no sienten tanto este sentimiento. Primero, lo convierte en propiedad común, porque lo consideraban sólo suyo. Más adelante, habiéndolo hecho común, no se hace partícipe sólo de ello con ellos; pues de esta manera también los habría establecido; pues, así como ser el único poseedor se exalta, tener uno o dos socios, quizás entre las personas principales, tiene el mismo efecto. Por esta razón, no se menciona a sí mismo, sino a todos: no dijo "yo también tengo conocimiento", sino "sabemos que todos tenemos conocimiento".
II
Éste es, pues, el primer camino mediante el cual derribó Pablo el orgullo de los corintios que coqueteaban con los idólatras. El siguiente camino tiene mayor fuerza. ¿En qué consiste, pues? En que demuestra que ni siquiera esta cosa en sí misma era completa en todos sus aspectos, sino imperfecta, y en extremo. Y no sólo imperfecta, sino también perjudicial, a menos que se le uniera otra cosa. Es más, tras decir que tenemos conocimiento, añadió: "El conocimiento envanece, y el amor edifica", de modo que, cuando el conocimiento carece de amor, eleva a los hombres a la arrogancia absoluta. Alguno me dirá que, ni siquiera el amor, sin conocimiento, tiene ventaja alguna. Bueno, esto no lo dijo Pablo, sino que, omitiéndolo como algo aceptado por todos, prefirió enfatizar que el conocimiento necesita en extremo el amor. Pues quien ama, en la medida en que cumple el mandamiento más absoluto de todos, aunque tenga algunos defectos, pronto será bendecido con el conocimiento gracias a su amor, como Cornelio y muchos otros. Pero quien tiene conocimiento pero no tiene amor, no sólo no ganará nada más, sino que también será expulsado de lo que tiene, cayendo en muchos casos en la arrogancia. Parece entonces que el conocimiento no produce amor, sino que lo excluye de él a quien no está alerta, envaneciéndolo y exaltándolo. Porque la arrogancia suele causar divisiones, pero el amor une y conduce al conocimiento. Y para dejar esto claro, dice: "Si alguno ama a Dios, él lo conoce". Así que no prohíbo esto, dice, es decir, que tengan conocimiento perfecto; pero que lo tengáis con amor, eso os ordeno; de lo contrario no es ganancia, sino más bien pérdida. ¿Ves cómo ya da el primer paso en su discurso sobre el amor? Pues como todos estos males surgían de la siguiente raíz. Es decir, no del conocimiento perfecto, sino de su falta de amor y compasión hacia el prójimo, de donde surgieron tanto su discordia como su autocomplacencia, y todo lo demás que les había encomendado; tanto antes como después de esto, él continuamente provee para el amor, corrigiendo así la fuente de todo bien. Ahora bien, pregunta Pablo, "¿por qué se envanecen por el conocimiento?". Porque si no tienen amor, incluso serán perjudicados por él. ¿Qué hay peor que jactarse? Pero si se añade lo otro, lo primero también estará a salvo. Pues aunque sepan algo más que su prójimo, si lo aman no se engrandecerán, sino que lo conducirán a él también. Por lo tanto, habiendo dicho "el conocimiento envanece", añadió: "Y el amor edifica". No dijo "se comporta con modestia", sino algo mucho más, y más provechoso. Porque su conocimiento no sólo los envanecía, sino que también los distraía. Por este motivo opone uno al otro. Y luego añade una tercera consideración, que fue fundamental para establecerlos. ¿Cuál? Ésta misma: que aunque la caridad esté unida a ella, ni siquiera en ese caso es perfecto nuestro conocimiento.
III
Si alguien cree saber algo, aún no sabe nada como debería saber
Pablo da aquí un golpe mortal a los corintios arrogantes, viniendo a decir: No me detengo en que el conocimiento sea común a todos, ni que odiando a tu prójimo te perjudiques más a ti mismo, sino en que haciendo esto, y aunque seas modesto, y ames a tu hermano, sigues siendo imperfecto en cuanto al conocimiento, y aún no sabes nada como deberías saber. Ahora bien, si aún poseemos un conocimiento exacto de nada, ¿cómo es que algunos se han precipitado a tal grado de frenesí como para decir que conocen a Dios con toda exactitud? Mientras que, aunque tuviéramos un conocimiento exacto de todas las demás cosas, ni siquiera así sería posible poseer este conocimiento a tal grado. Porque cuán separado está él de todas las cosas, es imposible incluso decirlo. Observen, pues, cómo derriba su orgullo inmenso, pues no dijo "de los asuntos que nos ocupan no tenéis el conocimiento adecuado", sino "de todo", y no dijo vosotros sino "nadie en absoluto, ya sea Pedro, ya sea Pablo, ya sea cualquier otro". Con esto los tranquilizó, y los mantuvo bajo control.
Si alguno ama a Dios, no dice que lo conoce, sino que es conocido por él
Nosotros no hemos conocido a Dios, viene a decir Pablo, pero él sí nos ha conocido. De hecho, por eso dijo Cristo: "No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros". Es más, Pablo dirá en otro lugar: "Entonces conoceré plenamente, como también he sido conocido". Observen ahora, les ruego, cómo rebaja Pablo la altivez de los corintios. Primero, señala que no sólo ellos sabían lo que sabían, pues "todos tenemos conocimiento". A continuación, señala que el asunto en sí era perjudicial mientras careciera de amor, pues "el conocimiento envanece". Por último, señala Pablo que, incluso unido el conocimiento al amor, no es completo ni perfecto, pues "si alguien cree saber algo, aún no sabe nada". Además, que ni siquiera esto proviene de sí mismos, sino por don de Dios. Pues no dijo "han conocido a Dios", sino "es conocido por él". Además, esto mismo proviene del amor, que no tienen como deberían. Habiendo apaciguado así su irritación, comienza a hablar doctrinalmente, diciendo lo siguiente.
IV
En cuanto a comer cosas sacrificadas a los ídolos, sabemos que ningún ídolo es nada en el mundo y que sólo hay un Dios
¡Miren en qué aprieto se ha metido Pablo! Sobre todo, porque su intención era demostrar dos cosas difíciles de casar: que uno debe abstenerse de este tipo de banquete, y que el banquete no tiene poder para dañar a quienes participan de él (como cosas que no concordaban mucho entre sí). Cuando se les decía que no tenían ningún daño, naturalmente corrían a ellas como si fueran cosas indiferentes. Pero cuando se les prohibía tocarlas, sospechaban, por el contrario, que su poder para hacer daño ocasionaba la prohibición. Por lo tanto, como ven, él desestima su opinión sobre los ídolos y luego expone como primera razón para su abstención los escándalos que ponen en el camino de sus hermanos; con estas palabras: "En cuanto a comer cosas sacrificadas a los ídolos, sabemos que ningún ídolo es nada en el mundo". Una vez más, él lo hace propiedad común y no permite que esto sea solo de ellos, sino que extiende el conocimiento por todo el mundo. Porque no sólo entre ustedes, dice él, sino en todas partes de la tierra esta doctrina prevalece. ¿Qué doctrina? Ésta misma: que ningún ídolo es nada en el mundo y que no hay más que un solo Dios. ¿Qué, entonces? ¿No hay ídolos? ¿No hay estatuas? No, de facto no los hay, ni tienen poder, ni son dioses sino piedras y demonios. Porque ahora se está poniendo en contra de ambos partidos; tanto de la clase más grosera entre ellos, como de aquellos que eran considerados amantes de la sabiduría. Así, viendo que los primeros no saben más que de las simples piedras, los otros afirman que ciertos poderes residen en ellas, a las que también llaman dioses; a los primeros, en consecuencia, les dice que ningún ídolo es nada en el mundo, y a los otros, que no hay más que un solo Dios. ¿Se fijan en cómo escribe estas cosas, no simplemente como una declaración de doctrina, sino en oposición a quienes no la tienen? Algo que, de hecho, debemos observar atentamente en todo momento, ya sea que diga algo abstracto o se oponga a alguien. Esto contribuye de forma extraordinaria a la precisión de nuestras opiniones doctrinales y a la comprensión exacta de sus expresiones.
V
Aunque haya quienes sean llamados dioses, ya sea en el cielo o en la tierra, y a pesar de que hay muchos de esos dioses y señores, para nosotros hay un solo Dios (el Padre, de quien son todas las cosas, y nosotros para él) y un solo Señor Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él
Puesto que había dicho Pablo que un ídolo no es nada, y que no hay otro dios sino Dios, sin embargo había ídolos y había quienes eran llamados dioses. Por eso,ara que no pareciera que contradecía los hechos evidentes, continúa diciendo más o menos: Aunque haya quienes sean llamados dioses, como de hecho sucede, absolutamente no los hay más que en el nombre, ya sea en el cielo o en la tierra. En el cielo, significando el sol y la luna y el resto del coro de estrellas; porque a estos también los adoraban los griegos. En la tierra, aludiendo a los demonios, y todos aquellos que habían sido hechos dioses de los hombres. Sin embargo, para nosotros hay un solo Dios, el Padre. En la primera instancia, habiéndolo expresado sin la palabra Padre, y habiendo dicho que no hay más que uno, ahora añade también esto, cuando ha desechado por completo a los demás. A continuación, Pablo aduce lo que de hecho es la mayor muestra de divinidad: "de quien son todas las cosas". Esto implica que esos otros no son creadores ni dioses, como recuerda la Escritura: "Que perezcan los dioses que no hicieron el cielo y la tierra" (Jer 10,11). A continuación, añade Pablo lo que no es menos que esto, y nosotros a él. En concreto, cuando dice "del cual son todas las cosas", alude a la creación y al traer las cosas de la nada a la existencia. Cuando dice, "y nosotros a él", habla de la fe y de la apropiación mutua, como también dijo antes ("también sois vosotros en Cristo Jesús"; 1Cor 1,30). De dos maneras somos de él, por ser hechos cuando no lo éramos, y por ser hechos creyentes. Porque esto también es una creación, algo que él también declara en otra parte (Ef 2,15) para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre. Y "hay un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas, y nosotros por medio de él". En cuanto a Cristo, debemos concebirlo de la misma manera. Porque por medio de él, la raza humana surgió de la nada y regresó del error a la verdad. Así que, en cuanto a la palabra quién, no debe entenderse sin Cristo, porque "por medio de él fuimos creados".
VI
Si observas, tampoco ha distribuido Pablo los nombres como si se pertenecieran exclusivamente, asignando al Hijo el nombre de Señor y al Padre el de Dios. De hecho, la Escritura suele intercambiarlos, como cuando dice: "Dice el Señor a mi Señor" (Sal 110,1), y: "Por lo cual Dios, tu Dios, te ha designado" (Sal 65,8), y: "De quien es Cristo según la carne, quien es Dios sobre todas las cosas" (Rm 9,5). Y en muchos casos puedes ver estos nombres cambiando de lugar. Además, si se asignaran a cada naturaleza individualmente, y si el Hijo no fuera Dios, y Dios como el Padre, pero continuara siendo Hijo, después de decir "para nosotros sólo hay un Dios", habría sido superfluo que añadiera la palabra Padre, con el fin de declarar al Ingénito. Pues la palabra de Dios bastaba para explicar esto, si fuera tal que lo denotara solo a él. Alguno dice: Cuando se dice un solo Dios, la palabra Dios no se aplica al Hijo. Y yo le digo: Observa que también al Hijo también se le llama un solo Señor, y eso que nosotros no sostenemos que el término Señor se aplique sólo a él. Así pues, la misma fuerza que la expresión uno tiene aplicada al Hijo, también se aplica al Padre. Y así como al Padre no se le excluye de ser el Señor, en el mismo sentido que al Hijo lo es, porque se habla de él, el Hijo, como "un solo Señor". Tampoco se le excluye de ser Dios, en el mismo sentido que el Padre lo es, porque al Padre se le llama "un solo Dios".
VII
Si alguien preguntara por qué no mencionó Pablo al Espíritu, nuestra respuesta podría ser ésta: Su argumento era con idólatras, y la contienda giraba en torno a muchos dioses y muchos señores. Y por eso, habiendo llamado al Padre Dios, llama al Hijo Señor. Si ahora no se atrevió a llamar al Padre Señor junto con el Hijo, para que no sospecharan que hablaba de dos señores; ni al Hijo Dios junto con el Padre, para que no se supusiera que hablaba de dos dioses, ¿por qué maravillarse de que no mencionara al Espíritu? Su disputa era, hasta ahora, con los gentiles; su objetivo, significar que entre nosotros no hay pluralidad de dioses. Por lo tanto, se aferra constantemente a esta palabra, uno, diciendo: "No hay más que un solo Dios; y para nosotros hay un solo Dios y un solo Señor". Para evitar la debilidad de los oyentes, por tanto, usó Pablo este modo de explicación, y por esta razón no mencionó en absoluto al Espíritu. Si no es así, tampoco debería mencionar al Espíritu en ningún otro lugar, ni unirlo al Padre y al Hijo. Pues si es rechazado por el Padre y el Hijo, con mucha mayor razón no debería ser puesto en el mismo rango que ellos en el bautismo, donde se manifiesta especialmente la dignidad de la divinidad y se otorgan dones que sólo Dios puede conceder. Así pues, he señalado la causa por la que en este lugar se le pasa por alto en silencio. Ahora bien, si esta no es la verdadera razón, dime por qué se le coloca en el mismo rango que a ellos en el bautismo. Pero no puedes dar otra razón que su igual honor. De todos modos, cuando no tiene tal restricción, lo coloca en el mismo rango, diciendo así: "La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre, y la comunión del Espíritu Santo, sean con todos vosotros" (2Cor 13,14), y: "Hay diversidad de dones, pero el mismo Espíritu; y hay diversidad de ministerios, pero el mismo Señor; y hay diversidad de obras, pero el mismo Dios" (2Cor 12,4). En el caso presente, como su discurso es con los griegos, y los conversos más débiles de entre ellos, por esta razón se expresa así. Esto es lo que los profetas hicieron respecto al Hijo, cuando en ninguna parte hacen mención de él claramente, a causa de la debilidad de los oyentes.
No en todos hay este conocimiento
¿A qué conocimiento se refiere Pablo? ¿Al que se tiene acerca de Dios, o de las cosas ofrecidas en sacrificio a los ídolos? Pues aquí, o bien se dirige a los griegos que dicen que hay muchos dioses y señores, y que desconocen a Aquel que es verdaderamente Dios; o bien a los conversos de entre los griegos que aún eran bastante débiles, los que aún no sabían con claridad que no debían temer a los ídolos y que un ídolo no es nada en el mundo. Pero al decir esto, los tranquiliza y anima con dulzura. Pues no era necesario mencionar todo lo que tenía que reprender, sobre todo porque tenía la intención de volver a tratarlos con más severidad.
VIII
Algunos, acostumbrados a los ídolos, comen como si no se tratara de algo sacrificado a un ídolo, y su conciencia, al ser débil, se contamina
"Todavía tembláis ante los ídolos", había dicho Pablo en otro momento, a forma de decir a los corintios: No me habléis del establecimiento actual, ni de que habéis recibido la verdadera religión de vuestros antepasados. Más bien, retroceded a aquellos tiempos y considerad cuando el evangelio apenas se había establecido, y la impiedad aún estaba en su apogeo, y los altares ardían, y se ofrecían sacrificios y libaciones, y la mayor parte de la humanidad era gentil. Pensad, digo, en aquellos que de vuestros antepasados habían recibido la impiedad, y que eran descendientes de padres, abuelos y bisabuelos como ellos, y que habían sufrido grandes sufrimientos a manos de los demonios. ¡Cómo se debieron sentir los corintios tras su repentino cambio! ¡Cómo afrontarían y temblarían ante los asaltos de los demonios! Por su bien, también emplea cierta reserva, cuando alude a "algunos, con conciencia de lo sacrificado a un ídolo". Así, ni los expuso abiertamente, ni los castigó duramente, ni los pasa por alto del todo, sino que los menciona vagamente, viniendo a decir: Ahora bien, algunos, con la conciencia del ídolo, incluso ahora, comen como si fuera algo sacrificado a un ídolo. Es decir, con los mismos pensamientos que antes, y "su conciencia, al ser débil, está contaminada"; no siendo aún capaces de despreciarlos y burlarse de ellos de una vez por todas, pero con alguna duda aún. Esto es como si alguien pensara que al tocar un cadáver se contaminaría según la costumbre judía, y luego viera a otros tocarlo con la conciencia tranquila, pero no con la misma intención al tocarlo él mismo, se contaminaría. Este era su estado de ánimo en aquel entonces. Porque algunos, dice él, con la conciencia del ídolo "lo hacen incluso ahora". No sin razón añadió, incluso ahora; sino para indicar que no ganaban terreno negándose a condescender. Pues esta no era la manera de convencerlos, sino de persuadirlos de alguna otra manera con la palabra y la enseñanza. Sobre que "su conciencia, al ser débil, está contaminada", en ningún momento expone Pablo su argumento sobre la naturaleza del asunto, sino que se desvía de la conciencia de la persona que participa. Lo que temía, en su afán de corregir a la persona débil, era infligir un duro golpe a la fuerte, debilitándola también. Por lo tanto, no menosprecia a una que a la otra. No permite que el asunto en sí tenga importancia, sino que presenta un argumento muy completo para evitar cualquier sospecha al respecto.
IX
La carne no nos recomienda ante Dios, ni si comemos somos mejores, ni si no comemos somos peores
¿Ven cómo de nuevo desmiente Pablo a los corintios orgullosos? No obstante, tras decir que no sólo ellos, sino todos nosotros tenemos conocimiento, y que nadie sabe nada como debería saber, y que el conocimiento envanece, Pablo los apacigua, diciéndoles que este conocimiento no está en todos, y que la debilidad es la causa de su impureza, para que no dijeran: ¿Y qué nos importa si el conocimiento no está en todos? ¿Por qué entonces tal persona no tiene conocimiento? ¿Por qué es débil? Lo que yo digo es que, para que no replicaran en estos términos, no procedió Pablo inmediatamente a señalar claramente que, por temor al daño ajeno, uno debe abstenerse. Al contrario, tras haber hecho una especie de escaramuza al mencionarlo, señala algo más que esto. ¿Qué señala, en concreto? Esto mismo: que aunque nadie resultó perjudicado, ni se produjo perversión alguna en otro, ni siquiera en este caso sería correcto hacerlo. Pues el primer tema, en sí mismo, es trabajar en vano. Ya que quien oye que otro es perjudicado mientras él mismo se beneficia, no es muy propenso a abstenerse; más bien, lo hace cuando descubre que no le beneficia en nada. Por lo tanto, establece esto primero, diciendo que "la comida no nos recomienda ante Dios". ¡Vean cuán despreciable considera aquello que se consideraba proveniente del conocimiento perfecto! Porque ni si comemos somos mejores (es decir, si tenemos mayor estima ante Dios, como si hubiéramos hecho algo bueno o grande), ni si no comemos somos peores (es decir, si nos quedamos en algo inferior a los demás). Hasta aquí, entonces, ha significado que la cosa en sí es superflua, y como nada. Pues aquello que, al hacerse, no aprovecha, y que al dejarse de hacer no perjudica, debe ser superfluo.
X
Que vuestra libertad no venga a ser causa de tropiezo para los hermanos que son más débiles
A medida que continúa hablando Pablo, revela todo el daño que probablemente iba a surgir del asunto de las comidas idolátricas. Por ahora, sin embargo, su tema es lo que les ocurrió a los hermanos. Él no dijo "su libertad se ha convertido en un obstáculo", ni lo afirmó positivamente para no hacerlos más desvergonzados. ¿Cómo? Presten atención, pues podrían hacerlo de esta manera: aterrorizándolos, avergonzándolos y llevándolos a repudiar tal conducta. Por eso, Pablo no dijo "éste es su conocimiento" (que habría sonado más a elogio), ni "ésta es su perfección", sino "ésta es su libertad", algo que parecía saborear más a temeridad, obstinación y arrogancia. Tampoco dijo "a los hermanos", sino "a aquellos de los hermanos que son débiles", realzando su acusación de que ni siquiera perdonan a los débiles, y éstos también a sus hermanos. Con todo, ¿por qué los hacen tropezar, cuando deberían extender la mano? Porque no tienen todavía una mentalidad adulta, viene a decir Pablo, y de ahí que el apóstol aluda a, por lo menos, no derribarlos. Cuando uno es malvado, lo que requiere es un castigo. Cuando uno es débil, lo que requiere es curación. En el caso presente, no se trata sólo de uno que es débil, sino también hermano.
Si alguien te ve a ti, que tienes conocimiento, sentado a la mesa de los ídolos, ¿no verá su conciencia estimulada a comer de lo sacrificado a los ídolos?
Tras haber dicho "que vuestra libertad no se convierta en piedra de tropiezo", explica ahora Pablo a los corintios el cómo, y de qué manera llega a serlo. Emplea continuamente el término debilidad, para que no se piense que el daño surge de la naturaleza misma de la cosa, ni que los demonios parecen formidables. Así, cuando un hombre está a punto de apartarse por completo de todos los ídolos, viene a decir Pablo, os ve aficionados a vagar por ellos, toma la circunstancia como una recomendación y se queda allí también. De modo que no sólo su debilidad, sino también vuestra conducta inoportuna, contribuye a la conspiración contra él; pues sois vosotros quienes lo debilitáis.
Por vuestra comida perece el que es débil, el hermano por quien Cristo murió
Con esto, lo que Pablo viene a decir a los corintios es lo siguiente: que hay dos cosas que te privan de excusa en este mal: una, que él es débil, y la otra que es tu hermano. Más bien, diría que hay una tercera, y una más terrible que todas. ¿Cuál? Ésta misma: que mientras Cristo ni siquiera se negó a morir por él, tú ni siquiera puedes soportar acomodarte a él. De esta manera, ves, él también le recuerda al hombre perfecto lo que él también era antes, y que por él murió. Por ejemplo, no dijo "por quien incluso morir era tu deber", sino algo mucho más fuerte: que "Cristo murió por él". ¿No se negó entonces tu Señor a morir por él, y lo haces tan insignificante que ni siquiera te abstienes de una mesa contaminada por él? ¿Permites que perezca, después de la salvación así obrada, y, lo que es aún más doloroso, por un bocado de comida? En efecto, Pablo no dijo "por tu perfección", ni "por tu conocimiento", sino "por tu comida". De manera que las acusaciones son cuatro, y extremadamente graves: que era un hermano, que era débil, que era uno a quien Cristo tuvo tanto en cuenta (muriendo por él), y que todo esto se hizo por un bocado de comida.
Pecando contra los hermanos, e hiriendo su débil conciencia, pecáis contra Cristo
¿Observan cuán silenciosa y gradualmente ha elevado Pablo su ofensa a la cima de la iniquidad? Sobre todo, porque menciona de nuevo la enfermedad de los demás; y así, lo que éstos consideraban hacerles sufrir, él los vuelve contra su propia cabeza. En concreto, no dijo "ponerles piedras de tropiezo", sino herirlos, de modo que, con la fuerza de su expresión, indicaba su crueldad. En efecto, ¿qué puede ser más salvaje que un hombre que hiere a un enfermo? Y sin embargo, ninguna herida es tan grave como hacer tropezar a un hombre. De hecho, a menudo esta es también causa de muerte. Pero ¿cómo pecan contra Cristo? De una manera, porque él considera las preocupaciones de sus siervos como suyas. De otra manera, porque quienes son heridos van a formar su cuerpo y lo que es parte de él. De una tercera manera, porque esa obra suya que él construyó con su propia sangre, estos la están destruyendo por su ambición.
XI
Si la carne hace tropezar a mi hermano, no comeré carne nunca más
Esto es propio del mejor maestro, enseñar en persona lo que dice, y no hacerlo con justicia ni sin ella. Por ello, no dijo Pablo "carne ofrecida en sacrificio a un ídolo" (que ya está prohibida por otra razón), sino "cualquier carne permitida". Esto es de lo que Pablo pide abstenerse a los corintios, porque hace tropezar a otros. De ello pide abstenerse, y no uno o dos días, sino toda mi vida, pues "no comeré carne para siempre". Respecto a las causas, no dijo "para no destruir a mi hermano", sino simplemente "para no hacer tropezar a mi hermano". En realidad, es una locura extrema que cosas tan importantes para Cristo, y por las que incluso habría elegido morir, las consideremos tan poco importantes como para no abstenernos de comer carne por ellas. Ahora bien, estas cosas podrían ser oportunamente dichas no solo a ellos, sino también a nosotros, propensos como somos a menospreciar la salvación de nuestro prójimo y a pronunciar esas palabras satánicas. Digo satánicas pues la expresión "¿qué me importa si tal tropieza y tal otro perece?" denota su crueldad y mente inhumana. Sin embargo, en ese caso, la debilidad también de los ofendidos tuvo algo que ver con el resultado; pero en nuestro caso no es así, pecando como lo hacemos de tal manera que ofendemos incluso a los fuertes. Porque cuando golpeamos, arremetemos, nos extralimitamos y usamos a los libres como si fueran esclavos, ¿a quién no es esto suficiente para ofender? No me digas que tal hombre es zapatero, otro tintorero, otro brasero, sino ten en cuenta que es creyente y hermano. Pues estos son aquellos de quienes somos discípulos; los pescadores, los publicanos, los fabricantes de tiendas, de Aquel que fue criado en casa de un carpintero, y que se dignó tener por madre a la esposa desposada del carpintero, y que fue acostado, después de sus pañales, en un pesebre, y que no tenía donde recostar la cabeza; de Aquel cuyos viajes eran tan largos que su mismo viaje era suficiente para cansarlo; de Aquel que fue sostenido por otros.
XII
Piensa en esto, hermano, y considera insignificante el orgullo humano. Considera al fabricante de tiendas, por ejemplo, como aquel que es llevado en un carro y tiene innumerables sirvientes y pavoneándose en el mercado. Más aún, al primero que al segundo, pues el término hermano se usaría con mayor naturalidad donde hay mayor semejanza. ¿Quién se asemeja entonces al pescador? ¿Aquel que se sustenta con el trabajo diario y no tiene sirvientes ni vivienda, sino que está asediado por las privaciones; o aquel otro que está rodeado de tanta pompa y actúa en contra de las leyes de Dios? No menosprecies, pues, a quien es más de los dos, tu hermano, pues se acerca más al modelo apostólico. No obstante, dices, por voluntad propia, sino por obligación; pues no lo hace por voluntad propia. ¿A qué se debe esto? ¿No has oído "no juzguéis para no ser juzgados"? Para convencerte de que no lo hace contra su voluntad, acércate y dale 10.000 talentos de oro, y verás cómo se los quita. Y así, aunque no haya heredado riquezas de sus antepasados, cuando está en su poder tomarlas y no las deja acercarse ni las añade a sus bienes, da una prueba contundente de su desprecio por la riqueza. Juan era el hijo de Zebedeo, aquel hombre extremadamente rico. Sin embargo, no debemos decir que su pobreza le fue impuesta. Así que, cuando vean a alguien clavando clavos, golpeando con un martillo, cubierto de hollín, no lo menosprecien, sino más bien, admírenlo por esa razón. Ya que incluso Pedro se ciñó, manejó la red y salió a pescar después de la resurrección del Señor. ¿Y por qué digo Pedro? Pues este mismo Pablo, después de sus incesantes viajes de un lado a otro y todos esos grandes milagros, de pie en el taller de un fabricante de tiendas, cosía pieles, mientras los ángeles lo reverenciaban y los demonios temblaban. Y no se avergonzaba de decir: "Estas manos sirvieron a mis necesidades y a las de los que estaban conmigo" (Hch 20,34). ¿Qué digo yo, que no se avergonzó? Sí, se glorificó precisamente en esto. Alguno dirá: ¿Quién puede compararse ahora con la virtud de Pablo? Yo también sé que no hay nadie, pero no por eso deben ser despreciados los que viven ahora, pues si por amor a Cristo honras, aunque uno sea el último de todos, si es creyente, será honrado con justicia. Supón que un general y un soldado raso se presentan ante ti, siendo amigos del rey, y les abres tu casa a ambos. ¿En cuál de sus personas parecerías rendir más honor al rey? Claramente, en la de soldado. Pues había en el general, además de su lealtad al rey, muchas otras cosas aptas para ganarte tal muestra de respeto; pero el soldado no tenía nada más que su lealtad al rey. Por eso, Dios nos ordenó invitar a nuestras cenas y banquetes a los cojos, los mancos y a quienes no pueden pagarnos; pues estas son, sobre todo, las buenas obras que se hacen por amor a Dios. En cambio, si recibes a un hombre grande y distinguido, no es pura misericordia lo que haces, sino que muchas veces también te corresponde una porción, tanto por vanagloria como por la reciprocidad del favor, y por tu ascenso en la estima de muchos gracias a ti. En cualquier caso, creo que podría mencionar a muchos que, con este propósito, cortejan a los más distinguidos entre los santos, es decir, para que por su intermedio disfruten de una mayor intimidad con los gobernantes y los encuentren, a partir de entonces, más útiles en sus propios asuntos y para sus familias. Y piden muchos favores similares a cambio de esos santos; algo que estropea la recompensa de su hospitalidad, al buscarla con tal ánimo. ¿Y por qué necesito decir esto sobre los santos? Ya que quien busca, incluso de Dios, la recompensa de sus labores en la vida presente y sigue la virtud para el bien de este mundo, seguramente disminuirá su recompensa. Quien pide todas sus coronas íntegramente allí, es hallado mucho más admirable. Es lo que hizo aquel Lázaro, quien incluso ahora está recibiendo allí todos sus bienes (Lc 16,25). Es lo que hicieron aquellos tres jóvenes que, estando a punto de ser arrojados al horno, dijeron: "Hay un Dios en el cielo capaz de librarnos; y si no, que sepas, oh rey, que no servimos a tus dioses, ni adoramos la estatua de oro que has erigido" (Dn 17,17-18). Es lo que hizo Abraham, que incluso ofreció a su hijo y lo mató, y no por ninguna recompensa sino estimando esto como la mayor recompensa, obedecer al Señor. Imitemos también esto, porque así seremos recompensados con la abundancia de todas nuestras buenas obras, pues obramos con esta misma mentalidad y así también obtendremos coronas más brillantes. Que Dios nos conceda que todos las obtengamos, por la gracia y la bondad amorosa de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 21
I
¿No soy yo apóstol? ¿No soy libre? ¿No he visto a Jesucristo? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor?
Puesto que Pablo había dicho "si la comida hace tropezar a mi hermano, no comeré carne jamás" (cosa que aún no había hecho, pero profesaba que haría si fuera necesario), Pablo lanza estas proclamas, para que nadie dijera: Te jactas a la ligera, y eres severo en el discurso, y pronuncias palabras de promesa, cosa fácil para mí o para cualquiera; pero si estas palabras salen de tu corazón, muestra con hechos algo que has menospreciado para no hacer tropezar a tu hermano; por esta causa, digo, en lo que sigue se ve obligado a entrar en la prueba de esto también, y a señalar cómo solía renunciar incluso a cosas permitidas para no ofender, aunque sin ninguna ley que le obligara a hacerlo. Y aún no hemos llegado a la parte admirable del asunto: aunque es admirable que se abstenga incluso de cosas lícitas para evitar ofensas, es su costumbre hacerlo a costa de tantos problemas y peligros. En definitiva, Pablo viene a decir: Aunque Cristo había ordenado que quienes predican el evangelio vivieran a cargo de sus discípulos, yo no lo hice, sino que elegí terminar mi vida de hambre y morir de la forma más dolorosa, para evitar recibir a aquellos a quienes instruyo. No porque de lo contrario tropezarían, sino porque el hecho de que no los recibiera los edificaría: algo mucho más grande para él. Para dar testimonio de esto, Pablo los convoca a ellos mismos, entre quienes solía vivir con trabajo y hambre, alimentado por otros y en apuros, para no ofenderlos. Y sin embargo, no había motivo para que se ofendieran, pues habría sido una ley que él estaba cumpliendo. De no ser por todo esto, mediante una especie de supererogación, solía perdonarlos. Ahora bien, si hizo más de lo establecido para evitar que se ofendieran, y se abstuvo de cosas permitidas para edificar a otros, ¿qué merecerán quienes no se abstienen de los sacrificios a los ídolos? ¿Y eso, cuando muchos perecen por ello? Algo que, incluso sin escándalo, uno debería evitar, por ser la mesa de los demonios. Por lo tanto, la síntesis de todo este tema es la que desarrolla en muchos versos. Pero debemos retomarlo y hacer una nueva introducción a lo que ha alegado. Pues ni lo ha expresado tan expresamente como yo lo he expresado, ni lo aborda de inmediato, sino que parte de otro tema.
II
"¿Acaso no soy apóstol?", alega Pablo. Además de todo lo dicho, también importa que el apóstol mismo sea quien se comporta así. Por ejemplo, en el tema de gustar de los sacrificios. En esto, no se opone a esta afirmación, sino que argumenta más o menos: Aunque me fuera lícito, el daño a los hermanos me impediría hacerlo. A continuación, demuestra que ni siquiera es lícito. En este punto, sin embargo, establece el punto anterior a partir de circunstancias que le conciernen. Y, con la intención de decir inmediatamente que no había recibido nada de ellos, no lo afirma de inmediato, sino que su propia dignidad es lo primero que afirma: "¿Acaso no soy apóstol? ¿Acaso no soy libre?". Con ello, impide que alguno diga: Es cierto, no recibiste, pero la razón por la que no lo hiciste fue que no era lícito. Por ello, Pablo establece, en primer lugar, las causas por las que razonablemente podría haberlo recibido, si hubiera querido hacerlo. Además, para que no pareciera haber nada injusto con Pedro y los que eran como Pedro al decir estas cosas (pues no solían negarse a recibir), primero demuestra que tenían autoridad para recibir, y luego, para que nadie dijera: Pedro tenía autoridad para recibir pero tú no. Por eso se apodera del oyente con estos elogios. Percibiendo que debía alabarse a sí mismo (pues esa era la manera de corregir a los corintios), aunque no le gustaba decir grandes cosas de sí mismo, vean cómo ha atemperado ambos sentimientos según lo requería la ocasión, limitando su propio panegírico no a lo que sabía de sí mismo, sino a lo que el tema requería necesariamente. Podría haber dicho "yo, más que todos", tenía derecho a recibir, incluso más que ellos, porque "trabajé más que ellos". Pero omite esto, al ser un punto en el que los superó; y sólo establece aquellos puntos en los que eran importantes y que constituían justas razones para recibir, como sigue: "¿No soy un apóstol? ¿No soy libre?", a forma de decir: ¿No tengo autoridad sobre mí mismo? ¿Estoy sujeto a alguien que me domine y me prohíba recibir? Pero ellos tienen una ventaja sobre vosotros, porque han estado con Cristo. No, esto tampoco me es negado. Con vistas a lo cual dice: "¿No he visto a Jesucristo, nuestro Señor?". Por último, dice que, "como a un abortivo, se me apareció también a mí" (1Cor 15,8). Esto tampoco fue poca dignidad, pues "muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron", y "vendrán días en que desearéis ver uno de estos días" (Lc 17,22). ¿Qué pasa entonces, aunque seas apóstol, libre y hayas "visto a Cristo", si no has mostrado ninguna obra apostólica? ¿Cómo puede ser justo que lo recibas? Por eso, después de esto, añade: "¿No sois vosotros mi obra en el Señor?". Esto es lo más importante; y los demás no sirven de nada aparte de esto. Incluso Judas mismo era apóstol, libre, y vio a Cristo; pero como no tenía la obra de un apóstol, todo eso no le sirvió de nada. Vean entonces por qué añade esto también y se llama a sí mismos a ser testigos de ello. Además, porque era una gran cosa la que había dicho, veamos cómo lo reprende, añadiendo "en el Señor", a forma de decir: La obra es de Dios, no mía.
Si para otros no soy apóstol, al menos para vosotros sí lo soy. Mi defensa, ante quienes me interrogan, es ésta
¿Ven lo lejos que está Pablo de extenderse aquí sin necesidad? Pablo tenía el mundo entero para hablar, y naciones bárbaras, mar y tierra. Sin embargo, no menciona nada de esto, sino que lleva su punto de vista por concesión, e incluso concede más de lo necesario, como si dijera: ¿Por qué necesito extenderme en cosas adicionales, si éstas por sí solas son suficientes para mi propósito actual? No hablo, como observarás, de mis logros en otros ámbitos, sino de aquellos que te tienen como testigo. De lo cual se sigue que, si no de otro lugar, sí de ti tengo derecho a recibir. Sin embargo, de quien tenía más derecho a recibir, incluso de ti, de quien fui maestro, de aquellos no recibí. Cuando Pablo dice que, "si para otros no soy apóstol, al menos lo soy para ustedes", establece su punto por concesión, porque todo el mundo lo tenía como apóstol y a forma de decir: No estoy contendiendo ni disputando, sino que lo que les concierne lo dejo en claro: "el sello de mi apostolado son ustedes". Ésta es su prueba de apóstol, a forma de decir: Si alguien desea saber de dónde soy apóstol, ustedes son las personas a quienes presento, porque todas las señales de un apóstol he exhibido entre ustedes, y en ninguna he fallado. Como también habla en la 2ª carta, diciendo: Aunque no soy nada, verdaderamente las señales de un apóstol fueron obradas entre ustedes "en toda paciencia, por señales, prodigios y obras poderosas" (2Cor 12,12). Porque ¿en qué se les hizo inferiores al resto de las iglesias? Por ello dice que "el sello de mi apostolado son ustedes", y no "realicé milagros, enseñé con la palabra, sufrí peligros y mostré una vida intachable". Y estos temas se pueden ver plenamente expuestos en estas dos epístolas, donde él expone la demostración de cada uno con total exactitud. Respecto al significado de "mi defensa ante quienes me interrogan es esta", esto lo dice el apóstol para quienes buscan saber cómo se prueba que alguien es apóstol, o le acusan de recibir dinero, o preguntan la causa de su falta de recepción, o desean demostrar que no es apóstol. Para todos ellos, la instrucción que les he dado y lo que voy a decir a continuación pueden servir como una explicación y defensa completas. ¿Qué son, entonces, estas cosas? Las que vienen a continuación.
III
¿No tenemos derecho a comer y beber?
¿Cómo pueden ser estas palabras una defensa? Pues sí, lo son, porque con ellas Pablo viene a decir: Cuando parece que me abstengo incluso de cosas permitidas, no es justo que me consideren sospechoso de ser un impostor o de alguien que busca ganancias. Por tanto, de lo alegado anteriormente, de haberles instruido y de lo que ahora he dicho, Pablo tiene argumentos suficientes para defenderse ante los corintios. Y a todos los que me interrogan les respondo con esta misma base, alegando tanto lo anterior como lo que sigue: ¿No tenemos derecho a comer ni a beber? ¿No tenemos derecho a llevar una esposa creyente? Aun así, teniéndolo, me abstengo. ¿Qué entonces? ¿No solía comer ni beber? Sería muy cierto decir que en muchos lugares realmente no comía ni bebía, pues "en hambre, en sed y en desnudez morábamos" (1Cor 4,11). Sin embargo, aquí no se refiere a esto; sino a esto otro: No comemos ni bebemos, recibiendo de quienes instruimos, aunque tenemos derecho a recibirlo.
¿No tenemos derecho a tener una esposa creyente, como los demás apóstoles, los hermanos del Señor y Cefas?
Observen aquí la habilidad del apóstol, la del director del coro que ocupa el último lugar en su organización, pues es el momento de establecer los temas más importantes. Tampoco era tan admirable poder señalar ejemplos de esta conducta en los demás, como en el campeón más destacado y en aquel a quien se le confiaron las llaves del cielo. Pero no menciona sólo a Pedro, sino a todos ellos, como si dijera: Ya sea que busquen a los inferiores o a los más eminentes, en todos encontrarán ejemplos de este tipo. Porque también los hermanos del Señor, liberados de su primera incredulidad (Jn 7,5), se encontraban entre los aprobados, aunque no alcanzaban a los apóstoles. Y en consecuencia, el lugar intermedio es el que él les ha asignado, colocando a quienes se encontraban en los extremos antes y después.
¿Sólo Bernabé y yo no tenemos derecho a no trabajar?
Vean aquí la humildad del apóstol, y su alma limpia de envidia, y cómo se cuida de no ocultar a quien sabía que compartía con él esta perfección. Pues si las demás cosas son comunes, ¿cómo no lo es esto? Tanto ellos como nosotros somos apóstoles y libres, hemos visto a Cristo y hemos mostrado las obras de los apóstoles. Por lo tanto, también nosotros tenemos derecho a vivir sin trabajar y a ser mantenidos por nuestros discípulos.
IV
¿Qué soldado sirve a sus propias órdenes?
Como punto clave, Pablo había demostrado que a los apóstoles les es lícito hacer lo que hacen. A continuación, presenta ejemplos y la práctica común, como suele hacer. "¿Qué soldado sirve a sus propias órdenes?", dice. Pero considera, te ruego, cuán adecuados son los ejemplos para el tema que propone, y cómo menciona primero lo que conlleva peligro (a saber, la milicia, las armas y las guerras). Pues bien, así era el apostolado, y mucho más arriesgado que éstos. Pues no sólo luchaban contra los hombres, sino también contra los demonios, y contra el príncipe de esos seres era su orden de batalla. Por lo tanto, viene a decir esto: Ni siquiera los gobernadores paganos, crueles e injustos como son, exigen a sus soldados que soporten el servicio y el peligro y vivan de sus propios recursos. ¿Cómo, entonces, pudo Cristo exigir esto? Pablo no se conforma con un solo ejemplo, pues para quien es más bien simple y aburrido, esto también suele ser un gran alivio, a saber, ver que la costumbre común concuerda con las leyes de Dios. Por lo tanto, pasa a otro tema y dice: "¿Quién planta una viña y no come de su fruto?". Así como con el primero indicó sus peligros, con éste también su trabajo, su abundante esfuerzo y sus cuidados. Añade también un tercer ejemplo: "¿Quién apacienta un rebaño y no come de su leche?". Muestra la gran preocupación que un maestro debe mostrar por quienes están bajo su autoridad. Pues, de hecho, los apóstoles eran soldados, agricultores y pastores, no de la tierra ni de animales irracionales, ni en guerras perceptibles por los sentidos; sino de almas racionales y en orden de batalla contra los demonios. También cabe destacar cómo en todas partes preserva la moderación, buscando sólo lo útil, no lo extraordinario. Pues no dijo "¿qué soldado sirve y no se enriquece?", sino "¿qué soldado sirve jamás a sus propios gastos?". Tampoco dijo "¿quién planta una viña y no recoge oro, o se ahorra para recoger todo el fruto?", sino "¿quién no come de su fruto?". Tampoco dijo "¿quién apacienta un rebaño y no negocia con los corderos?", sino "¿y no come de su leche?". No de los corderos, sino de la leche, lo que significa que un poco de alivio debería ser suficiente para el maestro, incluso su alimento necesario. Esto se refiere a quienes lo devoran todo y recogen todo el fruto. Así también ordenó el Señor, diciendo: "El obrero es digno de su alimento" (Mt 10,10). Y no sólo establece esto con sus ejemplos, sino que también muestra qué clase de hombre debe ser un sacerdote. Pues debe poseer tanto el coraje de un soldado como la diligencia de un labrador y la dedicación de un pastor, y después de todo esto, no buscar nada más que lo necesario.
V
¿Digo esto como hombre? ¿Acaso no dice también lo mismo la ley?
Habiendo demostrado Pablo que no está prohibido al apóstol recibir, a través de ejemplos que se encuentran en la vida común, pasa ahora a un tercer punto. En efecto, puesto que hasta entonces no había alegado nada de las Escrituras, sino que exponía la costumbre común, no piensen, dice él, que confío sólo en esto, ni que recurro a las opiniones humanas para fundamentar estas disposiciones. Pues puedo demostrar que estas cosas también agradan a Dios, y leo una ley antigua que las ordena. Por lo tanto, también continúa su discurso en forma de pregunta, lo cual es propio de asuntos plenamente reconocidos, viniendo a decir así: ¿Digo esto a la usanza de los hombres? Es decir, ¿me fortalezco solo con ejemplos humanos? ¿O acaso la ley no dice lo mismo?
En la ley de Moisés está escrito: "No pondrás bozal al buey cuando trilla". ¿Acaso Dios se preocupa por los bueyes, o lo dice completamente por nosotros?
¿Por qué menciona Pablo esto, tomando como ejemplo a los sacerdotes? Por esto mismo: porque deseaba llevar el tema mucho más allá de lo que requería el caso. Además, para que nadie dijera ¿qué tenemos que ver con lo de los bueyes?, lo explica con más precisión, diciendo: "¿Acaso Dios se preocupa por los bueyes?". ¿Acaso Dios, dime, no se preocupa por los bueyes? Bueno, sí los cuida, pero no como para promulgar una ley al respecto. De modo que, si no hubiera estado insinuando algo importante, instruyendo a los judíos a ser misericordiosos con las bestias, y a través de ellos, hablando también con ellos sobre los maestros, no se habría interesado tanto como para promulgar una ley que prohibiera poner bozal a los bueyes. Donde señala además otra cosa: que el trabajo de los maestros es y debe ser grande. Y otra cosa más: que todo lo que dice el Antiguo Testamento respecto al cuidado de los animales, en su significado principal, se refiere a la instrucción de los seres humanos, como de hecho todo lo demás (los preceptos sobre las diversas vestimentas, y los relativos a las viñas y las semillas, y a no hacer que la tierra produzca diversas cosechas, y los relativos a la lepra). Como eran de naturaleza más aburrida, él les hablaba de estos temas, adelantándolos poco a poco. Y vean cómo en lo que sigue ni siquiera lo confirma, como algo claro y evidente. Pues habiendo dicho "¿acaso Dios se preocupa por los bueyes?", añadió: "¿O lo dice completamente por nosotros?". En esto, no añadió el término completamente al azar, sino para no dejar al oyente ninguna respuesta. Y se detiene en la metáfora, viniendo a decir: Sí, por nuestro bien fue escrito, porque quien ara debe arar con esperanza. Es decir, el maestro debe disfrutar del fruto de su trabajo, y quien trilla debe trillar con la esperanza de recibir algo. Observen su sabiduría al trasladar la semilla a la era. Aquí también manifiesta de nuevo los muchos trabajos de los maestros, que ellos mismos aran y pisan la era. Al arar, como no había nada que cosechar, salvo trabajo, usó la palabra esperanza. Al pisar la era, inmediatamente permite el fruto, diciendo: "Quien trilla es partícipe de su esperanza". Además, para que nadie pensara que era ésta la recompensa por tantos trabajos, añade: "Con esperanza". Es decir, por lo que está por venir. Por lo tanto, la boca de este animal, al no tener bozal, no declara otra cosa que esto: que los maestros que trabajan también deberían disfrutar de alguna recompensa.
VI
Al sembrar entre vosotros lo espiritual, ¿os sesgamos vuestro ser carnal?
Añade aquí Pablo un cuarto argumento en cuanto al deber de prestar apoyo a los apóstoles. En efecto, como ya había dicho "¿qué soldado sirve jamás a sus propios gastos?", y "¿quién planta una viña?", y "¿quién alimenta un rebaño?", y había mencionado al buey que trilla, ahora señala otra causa muy razonable por la que podrían recibir remuneración los apóstoles, y con toda justicia, a saber: haber otorgado dones mucho mayores, no más que por haber trabajado solo. En efecto, si sembramos para vosotros cosas espirituales, ¿es gran cosa que cosechemos vuestras cosas carnales? ¿Veis una alegación más justa y más plena de razón que todas las anteriores? Pues en esos casos, dice él, carnal es la semilla, carnal también es el fruto; pero aquí no es así, sino que la semilla es espiritual, la recompensa carnal. Así, para evitar altivez en quienes contribuyen a sus maestros, quiso decir que reciben más de lo que dan, como si hubiera dicho: Los labradores, todo lo que siembran, eso también reciben. Pero nosotros, al sembrar en sus almas lo espiritual, cosechamos lo carnal. Pues así es como nos sustentan. Y además, para avergonzarlos.
Si otros participan de estos derechos, ¿no los tendremos aún más nosotros?
Véase también otro argumento del apóstol respecto a la remuneración apostólica, también basado en ejemplos, aunque no del mismo tipo. En este caso, no es a Pedro a quien menciona aquí, ni a los apóstoles, sino a los falsos apóstoles, con quienes más adelante entrará en combate, y respecto a los cuales dice: "Si alguien os devora, si os toma cautivos, si se exalta a sí mismo, si os golpea en la cara" (2Cor 11,20), y ya está dando el preludio a la lucha con ellos. Por lo tanto, no dijo "si otros os arrebatan", sino que, señalando su insolencia, tiranía y tráfico de influencias, viene a decir: Si otros participan de este derecho sobre vosotros, es porque os gobiernan, ejercen autoridad y os usan como siervos, y no sólo tomándoos cautivos sino con mucha autoridad. Por eso añadió "¿no hacemos aún más nosotros?", lo cual no habría dicho si el discurso se hubiera referido a los apóstoles. Pero es evidente que alude a ciertos hombres pestilentes y engañadores de ellos. De manera que además de la ley de Moisés, vosotros también habéis puesto una ley acerca de la obligación de contribuir. Y habiendo dicho "¿no hacemos aún más?", no dice en qué más, sino que deja a sus conciencias convencerlos de ello, queriendo al mismo tiempo alarmarlos y avergonzarlos aún más.
VII
Sin embargo, Pablo dice que los verdaderos apóstoles "no usamos este derecho". Es decir, no recibimos tal remuneración. ¿Ven? Cuando ya había demostrado con tantas razones que recibir es ilícito, a continuación dice "no recibimos", para que no pareciera que se abstenía de algo prohibido. Pues no porque sea ilícito dice "no recibo", sino porque es lícito, y esto lo demostramos de muchas maneras: por los apóstoles; por los asuntos de la vida, el soldado, el labrador y el pastor; por la ley de Moisés; por la naturaleza misma del caso, en que hemos sembrado para ustedes cosas espirituales; por lo que ustedes mismos han hecho a otros. Pero como había establecido estas cosas, para no parecer que avergonzaba a los apóstoles que tenían la costumbre de recibir, Los avergonzó y les indicó que no se abstenía de algo prohibido; así también, para que con su gran cantidad de pruebas, ejemplos y razonamientos con los que había señalado la conveniencia de recibir, no pareciera ansioso por recibirlo él mismo y, por lo tanto, decir estas cosas, ahora lo corrige. Y después lo explicó con mayor claridad, cuando dice: "No escribí esto para que se hiciera así en mi caso". En cambio, aquí dice "no usamos este derecho". Y lo que es aún más importante, nadie podría decir que, estando en abundancia, nos negamos a usarla; más bien, cuando la necesidad nos apremió, no cedimos a ella. Lo cual también dice en otro momento: "Robé a otras iglesias, tomando salario de ellas para poder ministrarles; y cuando estaba presente con ustedes y tenía necesidad, no fui una carga para nadie" (2Cor 11,8-9), y: "Tenemos hambre, tenemos sed, estamos desnudos y somos abofeteados" (1Cor 4,11). Aquí de nuevo insinúa lo mismo, diciendo: "Todo lo soportamos". Al decir "todo lo soportamos" insinúa tanto el hambre como las grandes dificultades y todo lo demás. Pero ni siquiera así nos hemos visto obligados, dice él, a quebrantar la ley que nos impusimos. ¿Por qué? Para no causar ningún obstáculo al evangelio de Cristo. Pues como los corintios eran más bien débiles de espíritu, para no herirlos, dice él al recibir, preferimos hacer incluso más de lo ordenado en lugar de obstaculizar el evangelio (es decir, su instrucción). Ahora bien, si en un asunto que nos fue dado a nuestra discreción, y cuando ambos sufríamos muchas dificultades y teníamos a los apóstoles como modelo, nos abstuvimos para no obstaculizar (y no dijo subversión, sino obstáculo; ni simplemente obstáculo, sino cualquier obstáculo), para no causar, por así decirlo, la más mínima suspensión o retraso en el curso de la Palabra: Si ahora, dice él, nos cuidamos tanto, ¿cuánto más deberían abstenerse ustedes, quienes están muy por debajo de los apóstoles y no tienen ley que mencionar que les dé permiso?, sino que, por el contrario, están poniendo sus manos en cosas prohibidas y en cosas que tienden al gran daño del evangelio, no sólo a su obstáculo; y ni siquiera tienen ninguna necesidad apremiante en mente. A pesar de toda esta discusión, él había actuado a causa de estos corintios, que hacían tropezar a sus hermanos más débiles comiendo cosas sacrificadas a los ídolos.
VIII
Amados, escuchemos estas cosas. Escuchémoslas para que no despreciemos a los ofendidos, ni obstaculicemos el evangelio de Cristo, ni traicionemos nuestra salvación. Es más, no me digáis que, cuando el hermano os ofende, os reprocha por esto o aquello que está permitido. Sí, hermanos, Cristo lo permitió, mas si veis a alguien ofendido por ello, deteneos y no uséis el permiso. Esto es lo que hizo y aconsejó Pablo. Así, nuestro Señor, en su misericordia, mezcló mucha gentileza con sus preceptos para que no se tratara solo de mandamientos, sino para que también pudiéramos hacer mucho con nuestra propia mente. Ya que estaba en su poder, si no hubiera tenido esa intención, extender los mandamientos más allá y decir: quien no ayuna continuamente, que sea castigado; quien no guarda su virginidad, que sea castigado; Quien no se despoje de todo lo que posee, que sufra el castigo más severo. Pero no lo hizo, dándote la oportunidad, si quieres, de ser más diligente en hacer más. Por eso, cuando hablaba de la virginidad, dijo: "El que pueda recibir, que lo reciba". Y en el caso del rico, ordenó algunas cosas, pero dejó otras a su criterio. Porque no dijo "vende lo que tienes", sino "si quieres ser perfecto, vende". Pero no sólo no estamos dispuestos a hacer más ni a ir más allá de los preceptos, sino que nos quedamos muy cortos incluso en la medida de lo ordenado. Y mientras que Pablo sufrió hambre para no obstaculizar el evangelio, nosotros ni siquiera tenemos el corazón para tocar lo que tenemos en nuestras propias reservas, aunque vemos innumerables almas derribadas. Alguno dirá: Que la polilla coma, y que el pobre no coma; que el gusano devore, y que el desnudo no sea vestido, y que todo se consuma con el tiempo, esto significa que Cristo no sea alimentado, cuando tiene hambre. Y yo le diré: Ésta es la verdadera queja, que no se digan estas cosas con palabras, sino con hechos; pues sería menos grave decirlas con palabras que hacerlas con hechos. Porque ¿no es este el grito, día tras día, del tirano inhumano y cruel, la codicia, a quienes son llevados cautivos por ella? Que sus bienes sean puestos a disposición de informantes, ladrones y traidores para su lujo, y no ante los hambrientos y necesitados para su sustento. ¿No son ustedes, entonces, quienes crean a los ladrones ? ¿No son ustedes quienes alimentan el fuego de los envidiosos? ¿No son ustedes quienes crean a los vagabundos y traidores, poniendo sus riquezas delante de ellos como cebo? ¿Qué locura es esta? Ésta misma: una locura completa, y una clara distracción llenar sus arcas de ropa y pasar por alto a quien está hecho a imagen y semejanza de Dios, desnudo, temblando de frío y con dificultad para mantenerse en pie. Pero él finge, dice uno, este temblor y debilidad. ¿Y no temes que un rayo del cielo, encendido por esta palabra, caiga sobre ti? Tú, digo, mimándote y engordándote, extendiendo tus libaciones hasta la oscuridad de la noche y consolándote con suaves mantas, no te consideres sujeto a juicio, usando tan ilegalmente los dones de Dios (pues el vino no fue hecho para que nos embriaguemos; ni la comida, para que satisfagamos nuestros apetitos; ni las carnes, para que distendamos el vientre). Pero del pobre, del miserable, de aquel que está prácticamente muerto, de él exiges cuentas estrictas, ¿y no temes el tribunal de Cristo, tan lleno de horror y terror? Pues, si se hace el hipócrita, lo hace por necesidad y necesidad, debido a tu crueldad e inhumanidad, que exige el uso de tales máscaras y rechaza toda inclinación a la misericordia. ¿Quién es tan miserable como para, sin necesidad urgente de un pan, someterse a tal desgracia, lamentarse y soportar tan severo castigo? De modo que esta hipocresía suya se extiende, heraldo de vuestra inhumanidad. Pues, puesto que suplicando, implorando, profiriendo expresiones lastimeras, lamentándose, llorando y andando todo el día, no consigue ni siquiera el alimento necesario, quizá ideó también esta artimaña, cuya desgracia y culpa no recaen tanto sobre él como sobre vosotros: pues él, en verdad, merece compasión por haber caído en tan gran necesidad; pero nosotros somos merecedores de innumerables castigos por obligar a los pobres a sufrir tales cosas. Pues si nos rindiéramos fácilmente, él nunca habría elegido soportar tales cosas. ¿Y por qué hablo de desnudez y temblor? Pues diré algo aún más estremecedor: algunos se han visto obligados incluso a privar de la vista a sus hijos a temprana edad para conmover nuestra insensibilidad. Pues desde que podían ver y andaban desnudos, ni por su edad ni por sus desgracias pudieron ganarse el favor de los despiadados, añadieron a tan grandes males otra tragedia aún más severa para saciar su hambre, pensando que era más fácil verse privados de esta luz común y de ese sol que se da a todos, que luchar contra el hambre continua y soportar la muerte más miserable. Así, ya que no han aprendido a compadecerse de la pobreza, sino a deleitarse en las desgracias, ellas satisfacen su deseo insaciable, y tanto para ellas como para nosotros encienden una llama más feroz en el infierno.
IX
Hermano, para convencerte de que ésta es la razón por la que se hacen estas y otras similares, te contaré una prueba reconocida que nadie puede refutar. Hay otros pobres hombres, de mentes ligeras e inestables, que no saben soportar el hambre, sino que lo soportan todo. Éstos, habiendo intentado a menudo tratarnos con gestos y palabras lastimeras, y viendo que no servían de nada, han abandonado esas súplicas, y desde entonces nuestros mismos hacedores de milagros son superados por ellos, algunos mordiendo la piel de zapatos gastados, otros clavándose clavos afilados en la cabeza, otros yaciendo en charcos helados con el estómago desnudo, y otros soportando cosas diferentes, pero aún más horribles, para atraer a los espectadores impíos. Y tú, mientras estas cosas suceden, te quedas riendo y asombrado, haciendo un buen espectáculo de las miserias ajenas, deshonrando nuestra naturaleza común. ¿Y qué más podría hacer un demonio feroz? Luego, le das dinero en abundancia para que pueda hacer estas cosas con mayor prontitud. Y a quien ora e invoca a Dios y se acerca con modestia, no le concedes ni una respuesta ni una mirada; más bien, le dices, burlándote continuamente, esas expresiones repugnantes: ¿Debe este hombre vivir? ¿O siquiera respirar y ver este sol? Mientras que con el otro tipo eres alegre y generoso, como si estuvieras designado para repartir el premio de esa ridícula y satánica indecorosidad. ¿Por qué, con más propiedad, a quienes organizan estos juegos y no conceden nada hasta que ven a otros castigarse, se les podría dirigir estas palabras: "¿Deben estos hombres vivir, respirar o siquiera ver el sol, que trasgreden nuestra naturaleza común, que insultan a Dios?". Porque mientras Dios dice "dad limosna y os daré el reino de los cielos", vosotros no oís, y cuando el diablo os muestra una cabeza traspasada por clavos, de repente os habéis vuelto generosos. Así, la artimaña del Maligno, preñada de tanto mal, ha obrado en vosotros más que la promesa de Dios de traer innumerables bendiciones. Si se invirtiera oro para evitar hacer estas cosas o contemplarlas una vez realizadas, no hay nada que no debas practicar y soportar para librarte de tan excesiva locura; pero te las ingenias todo para que se hagan y contemplas cómo se hacen. ¿Aún preguntas, entonces, para qué sirve el fuego del infierno? No, no preguntes más eso, sino cómo existe un solo infierno. ¿Sólo uno? Pues, ¿de cuántos castigos no son dignos quienes presentan este espectáculo cruel y despiadado y se ríen de lo que tanto ellos como ustedes deberían llorar? Sí, mejor dicho, ustedes que los obligan a acciones tan indecorosas. Pero no los obligo, dices. ¿Qué otra cosa sino obligarlos, me gustaría saber? A los más modestos, que derraman lágrimas e invocan a Dios, te impacientas incluso escucharlos; pero para estos encuentras plata en abundancia y atraes a muchos a tu alrededor para que los admiren. Bueno, me dirás, dejemos de compadecernos de ellos. ¿Y tú también lo ordenas? No, no es compasión, oh hombre, exigir un castigo tan severo por unos pocos peniques, ordenar a los hombres que se mutilen para obtener el sustento necesario y que se corten la cabeza en pedazos tan despiadada y lastimeramente. Con suavidad, dices, pues no somos nosotros quienes perforamos esas cabezas. Ojalá fueras tú, y el horror no sería tan horrible. Porque quien mata a un hombre hace algo mucho más grave que quien le ordena suicidarse, lo que de hecho sucede en el caso de estas personas. Pues sufren dolores más amargos cuando se les ordena ser ellos mismos los ejecutores de estas perversas órdenes. Y todo esto en Antioquía, donde los primeros cristianos fueron llamados, donde se crió la humanidad más civilizada, donde en tiempos pasados el fruto de la caridad floreció tan abundantemente. Porque no solo a los que estaban cerca, sino también a los que estaban lejos, solían enviar ayuda, y esto cuando se preveía una hambruna.
X
¿Qué debemos hacer, entonces? Esto mismo, hermanos: abandonar esta práctica salvaje y convencer a todos los necesitados de que haciendo esto no ganarán nada, pero si se acercan con modestia, encontrarán grande tu generosidad. Que se den cuenta de esto una vez, aunque sean los más miserables de todos los hombres, nunca elegirán castigarse tan severamente, te lo prometo; es más, incluso te darán gracias por librarlos de la burla y el dolor de ese estilo de vida. Pero, tal como están las cosas, por los aurigas dejarían salir hasta a sus propios hijos, y por los bailarines sacrificarían sus almas, mientras que por Cristo, un hambriento, no escatiman ni la más mínima parte de sus bienes. Pero si das un poco de plata, la consideras tan valiosa como si hubieras gastado todo lo que tienes, sin saber que no es dar, sino dar con liberalidad, lo que es la verdadera limosna. Por lo tanto, no son simplemente los que dan a quienes el profeta proclama y llama felices, sino los que dan con liberalidad. Porque no dice simplemente "ha dado", sino "ha repartido a los pobres" (Sal 112,8). Pues ¿de qué sirve dar de ello como si fuera un vaso de agua del mar, e incluso la magnanimidad de una viuda supera tu emulación? ¿Y cómo dirás "ten piedad de mí, Señor, conforme a tu gran compasión, y borra mi trasgresión conforme a la multitud de tus misericordias", si tú mismo no te compadeces de ninguna gran compasión, ni mucho menos de ninguna pequeña? Yo me avergüenzo mucho, lo confieso, cuando veo a muchos ricos cabalgando sobre sus corceles con bordillos de oro, con un séquito de criados vestidos de oro, y con lechos de plata y otras cosas más suntuosas, y sin embargo, cuando hay necesidad de dar a un pobre, se vuelven más mendigos que el más pobre.
XI
Si algunos reciben la asignación común de la Iglesia, y otro la rechaza, hermano, ¿a ti qué te importa? Porque no te salvarás porque yo dé, ni si la Iglesia da. ¿O es que eso borra los propios pecados? ¿Por eso no das tú, porque la Iglesia da a los necesitados? Los sacerdotes rezan, y ¿por eso vas a dejar de rezar tú? Y porque otros ayunan, ¿estarás tú continuamente ebrio? ¿No sabes que Dios no decretó la limosna tanto por el bien de los pobres, como por el de quienes la dan? ¿Y sospechas del sacerdote? Esto mismo, para empezar, ya es un pecado grave. Sin embargo, no analizaré el asunto con demasiado detalle. Hazlo todo tú mismo y así obtendrás una doble recompensa. De hecho, lo que decimos en favor de la limosna no es que nos la ofrezcas, sino que la ministres tú mismo. Si me traes tu limosna, quizás incluso te dejes llevar por la vanagloria, y a menudo te marcharás ofendido por la sospecha de algo malo; pero si lo haces todo por ti mismo, te librarás de las ofensas y de las sospechas irrazonables, y tu recompensa será mayor. No digo esto, pues, para obligarte a traer tu dinero, ni por indignación por la mala fama de los sacerdotes. Porque si alguien debe indignarse y afligirse, deberías ser tú nuestro afligido, que dices esto mal. Ya que para quienes son calumniados con falsedad y vanidad, la recompensa es mayor, pero para quienes los critican, la condenación y el castigo son más severos. No digo esto por ellos, sino por solicitud y cuidado de ustedes. ¿Qué tiene de extraño que algunos en nuestra generación sean sospechosos, cuando en el caso de aquellos santos hombres que imitaron a los ángeles, que no poseían nada propio, es decir, los apóstoles, hubo una murmuración en el servicio a las viudas (Hch 6,1), de que se descuidaba a los pobres? ¿Cuando nadie decía que algo de lo que poseía era suyo, sino que "lo tenían todo en común"? (Hch 4,2). No pongamos, pues, estos pretextos, ni consideremos como excusa que la Iglesia es rica. Pero cuando vean la grandeza de sus bienes, tengan en cuenta también las multitudes de pobres que están en su lista, la multitud de sus enfermos, sus ocasiones de gastos sin fin. Investiguen, escudriñen, no hay nadie que prohíba, es más, incluso están dispuestos a rendirles cuentas. Pero quiero ir mucho más allá. Es decir, cuando hayamos dado nuestras cuentas y demostrado que nuestros gastos no son menores que nuestros ingresos, es más, a veces mayores, con gusto les haré esta otra pregunta: Cuando partamos de aquí y oigamos a Cristo decir "me visteis hambriento, y no me disteis de comer; desnudo, y no me vestisteis", ¿qué diremos? ¿Qué disculpa presentaremos? ¿Presentaremos a tal o cual persona que desobedeció estos mandatos? ¿O a algunos de los sacerdotes que fueron sospechosos? No, ¿qué les importa esto? Porque los acuso, dice él, de aquellas cosas en las que ustedes mismos han pecado. La disculpa por esto sería haber lavado tus propias ofensas, no señalar a otros cuyos errores han sido los mismos que los tuyos. De hecho, la Iglesia, por su mezquindad, se ve obligada a poseer las propiedades que posee ahora. Si los hombres hicieran todo según las leyes apostólicas, sus ingresos deberían haber sido su buena voluntad, que sería a la vez un cofre seguro y un tesoro inagotable. Pero ahora, cuando acumulan tesoros en la tierra y lo guardan todo en sus propios almacenes, mientras la Iglesia se ve obligada a soportar las bandas de viudas, los coros de vírgenes, las estancias de extranjeros, las angustias de los extranjeros, las desgracias de los prisioneros, las necesidades de los enfermos y lisiados, y otras causas similares, ¿qué debe hacerse? ¿Apartarse de todo esto y bloquear tantos puertos? ¿Quién podría soportar entonces los naufragios que se producirían; los llantos, las lamentaciones, los lamentos que nos llegarían de todas partes? No hablemos, pues, a la ligera. Por ahora, como acabo de decir, estamos realmente dispuestos a rendirles cuentas. Pero incluso si fuera al revés, y tuvieran maestros corruptos que saquearan y se apropiaran de todo, ni siquiera así su maldad sería una excusa para ustedes. Porque el Amante de la humanidad y Omnisciente, el Hijo unigénito de Dios, viéndolo todo y sabiendo que en un tiempo tan largo y en un mundo tan vasto habría muchos sacerdotes corruptos, para que la negligencia de quienes estaban bajo su mando no aumentara por su negligencia, eliminando así toda excusa para la indiferencia, él dice: "En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Por tanto, hagan todo lo que les pidan, pero no hagan lo que ellos hacen". Esto implica que, incluso si tienen un mal maestro, esto no les servirá de nada si no prestan atención a lo que se les dice. Pues no por lo que tu maestro ha hecho, sino por lo que has oído y desobedecido, de eso, digo, es que Dios te sentencia. Así que si haces lo que se te manda, te mantendrás firme con mucha valentía; pero si desobedeces lo que se te dice, aunque muestres a diez mil sacerdotes corruptos, esto no te defenderá en absoluto. Puesto que Judas también fue apóstol, esto nunca será una disculpa para los sacrílegos y codiciosos. Ni nadie, al ser acusado, podrá decir: ¿Por qué el apóstol fue ladrón, sacrílego y traidor? Sí, esto mismo será sobre todo nuestro castigo y condenación, ya que ni siquiera por las maldades de otros fuimos corregidos. Por esta razón también se escribieron estas cosas para que evitemos toda emulación de tales cosas. Por tanto, dejando a un lado a esta persona y a aquella, cuidémonos de nosotros mismos. Porque cada uno dará cuenta de sí mismo a Dios. Para poder rendir cuentas con una buena defensa, organicemos bien nuestras vidas y extendamos una mano generosa a los necesitados, sabiendo que esta es nuestra única defensa: demostrar que hemos cumplido correctamente lo ordenado; no hay otra. Y si logramos esto, escaparemos de las intolerables penas del infierno y alcanzaremos los bienes venideros; que todos alcancemos, por la gracia y la misericordia de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 22
I
¿No sabéis que quienes administran las cosas sagradas comen del templo? ¿No sabéis que quienes sirven en el altar tienen su porción en el altar?
Se esmera aquí Pablo en demostrar a los corintios que recibir una remuneración no es algo prohibido en la Iglesia. Tras haber dicho ya tanto sobre el asunto, no se conforma con ello, y procedió a justificarlo también según la ley, ofreciendo un ejemplo más cercano que el anterior. En efecto, no era lo mismo presentar los bueyes que aducir la ley expresamente dada respecto a los sacerdotes. Pero consideren, les ruego, también en esto la sabiduría de Pablo, al mencionar el asunto de manera que le confiere dignidad. Pues no dijo "quienes administran en cosas sagradas reciben de quienes las ofrecen", sino "comen del templo", para que ni quienes reciben sean censurados ni quienes dan sean enaltecidos. Tampoco dijo "quienes sirven en el altar reciben de los que sacrifican", sino "tienen su porción con el altar", pues las cosas ofrecidas ya no pertenecían a quienes las ofrecían, sino al templo y al altar. Y no dijo "reciben las cosas santas", sino "comen del templo", indicando de nuevo su moderación y que les conviene no ganar dinero ni ser ricos. Aunque dice que tienen su porción con el altar, no habla de una distribución equitativa, sino de un alivio que se les da como su derecho. Sin embargo, el caso de los apóstoles fue mucho más contundente. Pues en el primer caso el sacerdocio era un honor, pero en el segundo era peligros, matanzas y muertes violentas. Por lo tanto, todos los demás ejemplos juntos no alcanzaban el dicho: "Si sembramos entre vosotros cosas espirituales...", pues al decir sembramos señala las tormentas, el peligro, las trampas, los males indecibles que soportaron al predicar. Sin embargo, aunque la superioridad era tan grande, no estaba dispuesto ni a rebajar las cosas de la antigua ley ni a exaltar las suyas; es más, incluso contrajo las suyas, considerando la superioridad no por los peligros, sino por la grandeza del don. Pues no dijo "si nos hemos arriesgado o nos hemos expuesto a trampas", sino "si sembramos para vosotros cosas espirituales". Y la parte de los sacerdotes, en la medida de lo posible, la exalta, diciendo: "Los que administran las cosas sagradas y los que sirven en el altar", con la intención de señalar así su continua servidumbre y paciencia. De nuevo, como había hablado de los sacerdotes entre los judíos, tanto los levitas como los sumos sacerdotes, así ha expresado cada uno de los órdenes, tanto el inferior como el superior, uno diciendo "los que administran las cosas sagradas" y otro diciendo "los que sirven en el altar". Pues no a todos se les ordenó una sola obra, sino que a algunos se les confiaron los oficios más rudimentarios, a otros los más elevados. Comprendiendo todo esto, pues, que nadie diga: ¿Por qué nos hablan de la antigua ley? ¿No saben que la nuestra es la época de mandamientos más perfectos?
El Señor ordenó que quienes proclaman el evangelio vivan del evangelio
Ni siquiera aquí dice Pablo que los apóstoles sean mantenidos por hombres, sino que, como en el caso de los sacerdotes del templo y del altar (del Antiguo Testamento), así aquí se dice que "viven del evangelio". Así como allí se dice come, aquí se dice vive. Eso sí, sin olvidar lo recordado por Jesús: "No comercies ni amases tesoros en la tierra". ¿Por qué? Porque "el obrero es digno de su salario".
II
Yo no he utilizado ninguna de estas cosas, ni escribo esto para que se haga así conmigo, sino que prefiero morir antes que nadie desvanezca mi gloria
Alguno dirá: ¿Y si el apóstol no necesita la remuneración en el momento presente? ¿Podría recibirla para usarla en el futuro? Y yo le digo: Lejos de eso, pues Pablo corrigió rápidamente esa idea al añadir "todas estas cosas", enfatizando la palabra estas. Ya antes había dicho "no uso yo este derecho", y ahora dice "no he usado ninguna de estas cosas". ¿A qué cosas se refiere? A muchos casos que le daban licencia, como también sucede al soldado, al labrador, al pastor y a los apóstoles, a forma de decir: Lo que hice por ustedes, por la ordenanza de Cristo lo he hecho, y por ninguna de estas cosas he sido inducido a abolir mi propia ley y a recibirla. Y no me hables del pasado: (aunque podría decir que he sufrido mucho incluso en tiempos pasados por esta razón), sin embargo, no me baso solo en eso, sino que también respecto al futuro me comprometo a que preferiría morir de hambre antes que ser privado de estas coronas. Porque "mejor me sería morir que alguien haga vana mi gloria". No dijo que alguien debiera abolir mi ley, sino que "me glorificaba", para que nadie dijera que lo hace. Y no con alegría sino con lamentación y dolor, dispuesto a mostrar el exceso de su alegría y la abundancia de su celo, incluso lo llama glorificarse. Tan lejos estaba de afligirse que incluso se gloría, y prefiere morir antes que abandonar esta gloria. Mucho más querido para él que la vida misma era ese proceder suyo.
III
Si predico el evangelio, no tengo nada de qué gloriarme, pues me es impuesto por necesidad. ¡Ay de mí si no predico el evangelio! Si lo hago por voluntad propia, tengo una recompensa. Y si no, tengo una mayordomía confiada. ¿Cuál es, entonces, mi gloria? Ésta misma: que predico el evangelio gratuitamente, sin ejercer plenamente mis derechos
Se exalta aquí Pablo por otra consideración, y señala que mantiene en sí algo grandioso ("mi gloria"), mas no para hacerse famoso (pues estaba lejos de esa disposición) sino para indicar que por ella se regocijaba, con el propósito de disipar toda sospecha. ¿Y a qué gloria se refiere? A ésta misma: a que si predicas el evangelio, no tienes nada de qué gloriarte, pero sí si lo predicas gratis. ¿Es esto, entonces, mayor que aquello? En absoluto, pero sí que tiene cierta ventaja, ya que lo uno se hace por mandato establecido y lo otro como una buena acción voluntaria. Porque lo que se hace más allá del mandamiento tiene una gran recompensa en este sentido; pero lo que se hace en cumplimiento de un mandamiento, no es tan grande. Y por eso, en este sentido, dice que uno es más que el otro, y no en la naturaleza misma de la cosa. Porque ¿qué es igual a la predicación?, ya que hace que los hombres compitan incluso con los mismos ángeles. Sin embargo, como uno es un mandamiento y una deuda, el otro una iniciativa de libre albedrío, en este sentido es más que aquello. Por ello dice, explicando lo mismo, lo que acabo de mencionar. Porque "si hago esto por mi propia voluntad, tengo una recompensa, pero si no por mi propia voluntad, se me confía una mayordomía", tomando las palabras de mi propia voluntad y no de mi propia voluntad, de serle encomendada o no. Y así debemos entender la expresión, porque la necesidad me es impuesta; no como si él hiciera algo de estas cosas contra su voluntad, Dios no lo quiera, sino como si estuviera obligado por las cosas ordenadas, y por contraposición a la libertad de recibir antes mencionada. Por lo cual también Cristo dijo a los discípulos: "Cuando hayan hecho todo, digan: Somos siervos inútiles; porque hemos hecho lo que era nuestro deber hacer" (Lc 17,10). ¿Cuál es entonces mi recompensa? Que cuando predique el evangelio, pueda hacerlo gratuitamente. ¿Qué, entonces, dime, no tiene Pedro recompensa? Es más, ¿quién podrá tener una tan grande como él? ¿Y qué diremos de los demás apóstoles? ¿Cómo dijo entonces "si hago esto por mi propia voluntad, tendré una recompensa, pero si no por mi propia voluntad, se me ha encomendado una mayordomía"? ¿Ves aquí también su sabiduría? Porque no dijo "si no por mi propia voluntad, no tendré recompensa", sino "se me ha encomendado una mayordomía", lo que implica que ha sido generoso y tiene una recompensa. No obstante, habla de la recompensa que obtiene quien ha cumplido lo ordenado, no la que le corresponde a quien, con sus propios recursos, ha sido generoso y ha excedido el mandamiento. ¿Cuál es entonces la recompensa? Ésta misma: que cuando predico el evangelio, puedo hacerlo gratuitamente, para no ejercer plenamente mi derecho en el evangelio. Observe cómo a lo largo del texto usa el término derecho, insinuando, como he observado a menudo, que quienes reciben no son dignos de censura. Pero añadió, en el evangelio, en parte para mostrar su razonabilidad, en parte también para prohibir que apliquemos el asunto en todos los casos. Porque el maestro debe recibir, pero no también el simple zángano.
IV
Siendo libre de todos, me hice siervo de todos para ganar al mayor número posible
Aquí da Pablo un paso importante en su Carta I a los Corintios, pues no sólo habla de lo que se recibe por el anuncio del evangelio sino que empieza a hablar de lo que ha de aportar uno a ese anuncio del evangelio. En efecto, si algo grande es no ser remunerado por el anuncio del evangelio, ¡cuánto más será dar de lo propio a ese anuncio del evangelio! En concreto, Pablo no sólo dice "no he recibido", o "no he usado mi derecho", sino que "incluso me he hecho esclavo", y en una esclavitud múltiple y universal. Pues no solo en el dinero, sino, lo cual era mucho más que dinero, en muchos y diversos empleos he cumplido esta misma regla; y me he hecho esclavo cuando no estaba sujeto a nadie, sin necesidad alguna (pues éste es el significado de, aunque era libre de todos los hombres); y no he sido esclavo de una sola persona, sino del mundo entero. Por lo cual añadió "me sometí a todo". Es decir, se me ordenó predicar el evangelio y proclamar lo que se me había encomendado; pero además, la conspiración y el diseño de innumerables cosas eran fruto de mi propio celo. Porque solo tenía la obligación de invertir el dinero, mientras que hacía todo para obtener una recompensa, intentando ir más allá de lo que se me había ordenado. Así, haciendo todo por libre elección, celo y amor a Cristo, tenía un deseo insaciable de la salvación de la humanidad. Por lo tanto, solía sobrepasar con creces los límites trazados, superando en todos los sentidos el cielo mismo.
V
Me hice judío para los judíos, para ganar judíos
A continuación, tras mencionar Pablo su voluntaria servidumbre al evangelio, describe las diversas modalidades de servidumbre que ha llevado a cabo. ¿Cuáles han sido éstas? La primera sucedió cuando circuncidó para abolir la circuncisión. Por eso no dijo judío, sino "como judío", lo cual fue una sabia decisión. ¿Qué dices? Esto mismo: que el heraldo del mundo, que tocó los cielos y brilló con tanta gracia, ¿desciende tan bajo de repente? Sí. Porque esto es ascender. Pues no debes fijarte solo en su descenso, sino también en su elevación del que estaba encorvado y su ascenso. A los que están bajo la ley, como bajo la ley, no estando yo mismo bajo la ley, para ganar a los que están bajo la ley. O bien es la explicación de lo anterior, o bien insinúa algo más: llama a aquellos judíos, que lo fueron originalmente y desde el principio, pero bajo la ley, los prosélitos, o aquellos que se hicieron creyentes y, sin embargo, se adhirieron a la ley. Porque ya no eran como judíos, sino "bajo la ley". ¿Y cuándo estuvo él bajo la ley? Cuando se afeitó la cabeza; cuando ofreció sacrificios. Ahora bien, estas cosas se hicieron, no porque su mente cambiara (ya que tal conducta habría sido maldad ), sino porque su amor condescendió. Para poder atraer a esta fe a los que realmente eran judíos, él mismo se convirtió en tal, no sólo mostrándose como tal, pero no como tal en realidad, ni haciendo estas cosas con una disposición mental similar. De hecho, ¿cómo podría él, celoso como estaba por convertir también a otros, y haciendo estas cosas solo para liberar de esa degradación a quienes las realizaban?
Me hice a los que estaban sin ley, como si estuviera yo sin ley
¿Quiénes eran los que estaban "sin ley"? Éstos mismos: no los judíos, ni los cristianos, ni los griegos o romanos (como Cornelio y otros como él). Entre éstos, de hecho, solía adoptar muchas de sus costumbres. A los que estaban "sin ley" se refiere Pablo a aquellos a los que aludía la inscripción del altar de Atenas, a la que aludió en su discurso con los atenienses. Es decir, a los que estaban sin Dios. Entonces, para que nadie pensara que se trataba de un cambio de opinión, añadió: "No estoy sin ley para Dios, sino bajo la ley de Cristo", a forma de decir: Lejos de estar sin ley, no estoy simplemente bajo la ley, sino que tengo esa ley mucho más exaltada que la anterior (es decir, la del Espíritu y la de la gracia). Por lo que también añade "para Cristo". A continuación, tras haberles convencido de su juicio, también expone la ganancia de tal condescendencia, diciendo: "Para que yo pueda ganar a los que están sin ley". Y en cada ocasión expone la causa de su condescendencia, y no se detiene ahí, sino que dice lo siguiente.
Me hice débil por los débiles, para ganar a los débiles
En esta parte, recuerda Pablo el caso de los débiles a los que se había referido antes con duras palabras, y en este caso se congratula con ellos. De hecho, esto mismo hizo Pablo en su Carta a los Romanos, al criticar duramente las comidas y, a continuación, no perder tiempo nombrando a los pecadores sino diciendo: "Me he hecho todo a todos, para que de todos modos pueda salvar a algunos". ¿Ven hasta dónde ha llegado esto? Hasta aquí, hasta hacerse todo para todos, sin esperar salvar a todos, sino salvar aunque sólo sean unos pocos. Y he prestado tanto cuidado y servicio, como quien naturalmente desea salvar a todos, lejos, sin embargo, de esperar ganarlo todo (lo cual fue verdaderamente magnánimo, y una prueba de celo ardiente). De igual manera, el sembrador sembró por todas partes, y no salvó toda la semilla, a pesar de haber hecho su parte. Y tras mencionar los pocos que se salvan, añadió "por supuesto", consolando a quienes esto les causaba dolor. Porque si bien no es posible salvar toda la semilla, tampoco es posible que perezca toda. Por eso dijo "por supuesto", porque alguien tan ardientemente celoso sin duda tendrá éxito.
Todo lo hago por amor al evangelio, para ser copartícipe de él
Con esto, Pablo vino a decir: También yo intento aportar algo propio, para participar de las coronas reservadas a los fieles. Porque así como él habló de vivir del evangelio (es decir, de los creyentes), también aquí introduce "para que yo pueda ser copartícipe del evangelio" y así poder participar con quienes han creído en él. ¿Perciben su humildad, y cómo en la recompensa se coloca como uno más, aunque había superado a todos en sus labores? De lo cual es evidente que también lo haría en su recompensa. Sin embargo, afirma no disfrutar del primer premio, sino que se contenta con poder participar con los demás de las coronas reservadas para ellos. Pero dijo esto, no porque lo hiciera por alguna recompensa, sino para al menos atraerlos, y con estas esperanzas, inducirlos a hacer todo por el bien de sus hermanos. ¿Ven su sabiduría? ¿Ven la excelencia de su perfección? Cómo se extralimitó en lo que se le había ordenado, al no recibir lo que era lícito. ¿Ven la inmensa grandeza de su condescendencia? Cómo él, que estaba bajo la ley de Cristo y guardaba esa ley suprema, para los que no tenían ley, era como uno sin ley; para los judíos, como un judío, en ambos casos, mostrándose preeminente y superior a todos.
VI
Haz esto también tú, hermano, y no pienses que, siendo eminente, te rebajas cuando por amor a tu hermano te sometes a alguna humillación. Porque esto no es caer, sino descender. Pues quien cae, yace postrado, difícilmente podrá levantarse; pero quien desciende también se levantará con gran ventaja. Así como Pablo descendió solo, pero ascendió con todo el mundo; sin actuar, pues no habría buscado el beneficio de los salvados si hubiera actuado. Pues el hipócrita busca la perdición de los hombres y finge recibir, no dar. Pero el apóstol no es así: como médico, como maestro, como padre, uno al enfermo, otro al discípulo, el tercero al hijo, condesciende para corregirlo, no para herirlo; así hizo él. Para demostrar que las cosas que se han dicho no eran pretensiones; en un caso en el que no está obligado a hacer o decir tal cosa, sino que quiere expresar su afecto y su confianza; escúchenlo decir lo siguiente: "Ni la vida, ni la muerte, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra criatura, podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro" (Rm 8,39). ¿Ves un amor más ardiente que el fuego? Así que amemos también a Cristo. Porque de hecho es fácil, si queremos. Porque el apóstol tampoco era así por naturaleza. Por esta razón, como ven, su vida anterior fue registrada, tan contraria a esto, que podemos aprender que la obra es una de elección, y que para los dispuestos todas las cosas son fáciles. No desesperemos, pues. Aunque seas un injuriador, un avaro o lo que seas, considera que Pablo era blasfemo, perseguidor, injurioso y el mayor de los pecadores (1Tm 13,16), y de repente ascendió a la cima de la virtud, sin que su vida anterior le resultara un obstáculo. Y sin embargo, nadie se aferra al vicio con tanto frenesí como él a la guerra contra la Iglesia. Pues en aquel momento dedicó toda su vida a ello; y como no tenía diez mil manos para apedrear a Esteban con todas ellas, se sintió indignado. No obstante, aun así encontró la manera de apedrearlo con más manos, a saber, las de los falsos testigos cuyas ropas guardaba. Y de nuevo, cuando entraba en las casas como una fiera, se precipitaba, arremetiendo y desgarrando a hombres y mujeres, llenándolo todo de tumulto, confusión e innumerables conflictos. Por ejemplo, tan terrible fue que los apóstoles (Hch 9,26), incluso después de su gloriosa transformación, no se atrevieron a unirse a él. Sin embargo, después de todo eso, llegó a ser lo que era; pues no necesito decir más.
VII
¿Dónde están ahora quienes construyen la necesidad del destino contra la libertad de la voluntad? Que escuchen estas cosas y se callen. Pues nada impide a quien desea ser bueno, aunque antes haya sido uno de los más viles. De hecho, estamos más dispuestos así, pues la virtud es agradable a nuestra naturaleza y el vicio le es contrario, como la enfermedad y la salud. Pues Dios nos dio los ojos, no para que miremos con desenfreno, sino para que, admirando su obra, adoremos al Creador. Y que este es el uso de nuestros ojos es evidente por lo que vemos. Pues el brillo del sol y del cielo lo vemos desde una distancia inconmensurable, pero la belleza de una mujer no se puede discernir a tanta distancia. ¿Ven que para este fin nos fue dado principalmente la vista? Además, nos dio el oído para que no atendiéramos a palabras blasfemas, sino a doctrinas salvadoras. Por lo tanto, como ven, cuando recibe algo disonante, tanto nuestra alma como nuestro propio cuerpo se estremecen. Porque, como dice la Escritura, "las palabras de quien jura mucho nos erizan los pelos" (Eclo 27,5). Y si oímos algo cruel o despiadado, de nuevo nos ponemos los pelos de punta; pero si algo decoroso y amable, incluso nos regocijamos y nos alegramos. Además, si nuestra boca pronuncia palabras groseras, nos avergüenza y nos escondemos; pero si son palabras graves, las pronuncia con facilidad y total libertad. Ahora bien, nadie se sonrojaría por las cosas que son conformes a la naturaleza, sino por las que son contrarias a ella. Y las manos, cuando roban, se esconden y buscan excusas; pero si dan limosna, incluso se glorían. De modo que, si queremos, tenemos por todos lados una gran inclinación hacia la virtud. Pero si me hablan del placer que surge del vicio, consideren que esto también es algo que cosechamos más de la virtud. Porque tener una buena conciencia y ser respetado por todos y abrigar buenas esperanzas, es de todas las cosas lo más placentero para aquel que ha visto la naturaleza del placer, así como lo contrario es de todas las cosas lo más penoso para aquel que conoce la naturaleza del dolor: ser reprochado por todos, ser acusado por nuestra propia conciencia, temblar y temer tanto por el futuro como por el presente. Para que lo que digo se haga más evidente, supongamos, a modo de argumento, que un hombre, teniendo esposa, profana el lecho matrimonial de su vecino y se complace en este malvado robo, disfrutando de su amante. Opongámosle entonces a otro que ama a su propia esposa. Y para que la victoria sea mayor y más evidente, que el hombre que disfruta solo de su propia esposa se enamore también de la otra, la adúltera, pero que modere su pasión y no haga nada malo (aunque esto tampoco es castidad pura). Sin embargo, concediendo más de lo necesario, para que te convenzas de cuán grande es el placer de la virtud, por esta razón hemos estructurado nuestra historia de esta manera. Ahora bien, habiéndolos reunido, preguntémosles, según corresponda, de quién es la vida más placentera: y oirán a uno glorificarse y exultarse en la conquista de su lujuria; pero al otro no hay necesidad de esperar a que él les informe de nada, pues lo verán, aunque lo niegue innumerables veces, más miserable que los hombres en una prisión. Porque teme y sospecha de todo: tanto de su propia esposa como del esposo de la adúltera, y de la adúltera misma, y de sus sirvientes, y amigos, y parientes, y de las paredes, y de las sombras, y de sí mismo, y lo que es peor, tiene su conciencia clamando contra él, ladrando a gritos todos los días. Pero si también recordara el tribunal de Dios, ni siquiera podría mantenerse en pie. Y el placer es breve, pero el dolor que le produce es incesante. Pues tanto al atardecer como de noche, en el desierto, en la ciudad y en todas partes, el acusador lo acecha, señalándole una espada afilada y el castigo intolerable, y con ese terror consumiéndolo y consumiéndolo. Pero el otro, la persona casta, está libre de todo esto, en libertad, y con consuelo mira a su esposa, a sus hijos, a sus amigos, y los recibe a todos con ojos serenos. Ahora bien, si quien está enamorado pero es dueño de sí mismo disfruta de tan gran placer, quien no se deja llevar por tal pasión pero es verdaderamente casto, ¿qué refugio, qué calma será tan dulce y serena como la mente que alcanzará? Y por esta razón, puede que veas pocos adúlteros, pero muchas personas castas. Pero si lo primero fuera más placentero, sería preferido por la mayoría. Y no me hables del terror de las leyes. Porque esto no es lo que las restringe, sino la excesiva irracionalidad, y el hecho de que los dolores que conlleva son mayores que los placeres y la sentencia de la conciencia. Así es, pues, el adúltero.
VIII
Ahora, si les parece bien, les presenté al avaricioso, que saca a la luz otra pasión desenfrenada. A él también lo veremos temeroso de las mismas cosas e incapaz de disfrutar del verdadero placer: al recordar tanto a quienes ha perjudicado como a quienes simpatizan con ellos, y la sentencia pública de todo lo que le concierne, le causan mil inquietudes. Y esta no es su única vejación, sino que ni siquiera puede disfrutar de su objeto amado. Pues así es el camino del avaro, no para disfrutar de lo que posee, sino para no disfrutar. Pero si esto les parece un enigma, escuchen a continuación lo que es aún peor y más desconcertante: que no sólo de esta manera se ven privados del placer de sus bienes, al no atreverse a usarlos como quisieran, sino también al no saciarse nunca de ellos, sino que viven en una sed continua. ¿Qué puede ser más doloroso? Pero el hombre justo no es así, sino que se libera tanto del temblor, el odio, el miedo y esta sed incurable. Y así como todos maldicen a uno, así también todos conspiran para bendecir al otro: y así como uno no tiene amigos, el otro no tiene enemigos. Ahora bien, ¿qué puede ser más desagradable que el vicio o más placentero que la virtud, si se reconocen estas cosas? Es más, aunque hablemos eternamente, nadie podrá expresar en un discurso ni el dolor de esto ni el placer de lo otro hasta que lo experimentemos. Porque entonces encontraremos el vicio más amargo que la hiel, cuando hayamos saboreado plenamente la miel de la virtud. No es que el vicio sea incluso ahora desagradable, repugnante y oneroso, y esto ni siquiera sus propios devotos lo niegan; sino que cuando nos apartamos de él, entonces discernimos con mayor claridad la amargura de sus mandatos. Pero si la multitud acude a ella, no es de extrañar; pues también los niños, a menudo, eligiendo cosas menos placenteras, desprecian las más placenteras, y los enfermos, por una gratificación momentánea, pierden la alegría perpetua y más segura. Pero esto proviene de la debilidad y la locura de quienes están poseídos por alguna afición, no de la naturaleza de las cosas. Porque es el hombre virtuoso el que vive en el placer; el que es verdaderamente rico y verdaderamente libre. Si alguien le concede a la virtud lo demás (libertad, seguridad, estar libre de preocupaciones, no temer a nadie, no sospechar de nadie) pero no le concede placer, me parece, lo confieso, que reír, y eso de buena gana, es el único camino a seguir. Pues ¿qué otra cosa es el placer sino estar libre de preocupaciones, miedo y desaliento, y no estar bajo el poder de nadie? ¿Y quién está en el placer, dime, el hombre frenético y convulso, aguijoneado por diversas lujurias, y ni siquiera es él mismo; o el que se libera de todas estas olas y se asienta en el amor a la sabiduría, como si estuviera en un puerto? ¿No es evidente esto último? Pero esto parece ser algo peculiar de la virtud. De modo que el vicio sólo tiene el nombre de placer, pero carece de sustancia. Y antes del disfrute, es locura, no placer; pero después del disfrute, este también se extingue inmediatamente. Ahora bien, si ni al principio ni después se puede discernir el placer de ello, ¿cuándo y dónde aparecerá? Para que entiendas mejor lo que digo, probemos la fuerza del argumento con un ejemplo. Ahora considera esto. Uno está enamorado de una mujer hermosa y encantadora. Este hombre, mientras no puede satisfacer su deseo, es como los hombres fuera de sí y frenético; pero después de haberlo obtenido, ha saciado su apetito. Si, por lo tanto, no siente placer ni al principio (pues el asunto es una locura ) ni al final (pues al complacer su lujuria calma su fantasía salvaje), ¿dónde lo encontraremos, después de todo? Pero nuestras acciones no son así, sino que al principio están libres de toda perturbación y al final el placer permanece en su florecimiento. Es más, no hay fin para nuestro placer, ni nuestros bienes tienen límite, ni este placer desaparece jamás. Por todas estas consideraciones, si amamos el placer, aferrémonos a la virtud para que podamos ganar cosas buenas ahora y en el más allá, a las cuales todos podemos llegar por la gracia y la misericordia de Jesucristo.
HOMILÍA 23
I
¿No sabéis que en el estadio todos corren a la vez, pero uno solo se lleva el premio?
Tras señalar Pablo la multiforme utilidad de la condescendencia, y que ésta constituye la máxima perfección, y que él mismo, tras haber superado a todos en perfección (o más bien, tras haberla superado al negarse a recibirla), descendió aún más bajo todavía, y también se puso a "correr en el estadio", como uno más. Tras haber dado a conocer los tiempos para cada uno de los presentes, tanto para la perfección como para la condescendencia, los aborda ahora con mayor precisión, insinuando disimuladamente que esto que hicieron (considerado una señal de perfección) es una especie de trabajo superfluo e inútil. No lo dice con claridad, para evitar que los corintios se volvieran insolentes; pero los métodos de prueba que empleó lo demuestran. Habiendo dicho a los corintios que pecan contra Cristo, y que destruyen a los hermanos, y que de nada se aprovechan con su conocimiento perfecto, a menos que se añada la caridad, procede de nuevo a un ejemplo común, y dice: "¿No saben que quienes corren en una carrera corren todos, pero uno solo se lleva el premio?". Ahora bien, esto lo dice, no como si aquí sólo uno de muchos se salvara; ni mucho menos; sino para mostrar la suma diligencia que es nuestro deber emplear. Porque así como allí, aunque muchos descienden a la carrera, no muchos son coronados, sino que esto le sucede a uno solo; y no basta con descender a la competencia, ni con ungirse y luchar; así también aquí no basta con creer ni contender de ninguna manera; sino que a menos que hayamos corrido hasta el final para demostrarnos irreprensibles y acercarnos al premio, de nada nos servirá. Porque aunque te consideres perfecto según el conocimiento, aún no lo has alcanzado todo; a lo cual, insinuando, dijo: "Corre de tal manera que puedas alcanzarlo". Al parecer, aún no lo habían alcanzado. Y dicho esto, les enseña también el camino, como sigue a continuación.
El que se esfuerza en los juegos se templa en todas las cosas
¿Qué significa "en todas las cosas"? Esto mismo; que el que se esfuerza no se abstiene de una cosa y yerra en otra, sino que domina por completo la glotonería, la lascivia, la embriaguez y todas sus pasiones. Porque esto, dice él, ocurre incluso en los juegos paganos. Porque ni el exceso de vino ni la lascivia se permiten a quienes compiten en el momento de la competencia, para que no debiliten su vigor, ni siquiera para ocuparse de nada más, sino que se apartan por completo de todo y se dedican únicamente a su ejercicio. Ahora bien, si estas cosas son así donde la corona recae en uno, mucho más aquí, donde la incitación a la emulación es más abundante. Porque aquí tampoco uno debe ser coronado solo, y las recompensas también superan con creces los esfuerzos. Por lo cual también lo expresa de manera que los avergüenza, diciendo: "Ellos reciben una corona corruptible, pero nosotros una incorruptible".
II
Yo corro de esta manera, pero no a la ventura
Tras haber avergonzado Pablo a de los de fuera, por no querer correr la carrera cristiana, él mismo se presenta a la carrera, lo cual es un método excelente de enseñanza que Pablo usa tanto aquí como en otros lugares. Pero ¿qué significa "no con incertidumbre"? Esto mismo: apoyándose en la señal dada, y no al azar ni en vano como hacían algunos corintios (los que coqueteaban con los idólatras). En efecto, ¿qué provecho tiene entrar en templos de ídolos, y exhibir como verdad esa perfección cercana a la idolatría? Ninguno. Pero yo no soy así, sino que todo lo que hago, lo hago para la salvación de mi prójimo. Ya sea que demuestre perfección, es por su bien; o condescendencia, por su bien a su vez: ya sea que supere a Pedro al negarme a recibir compensación, es para que no se ofendan; o que descienda más bajo que todos, circuncidado y rapado, es para que no se perviertan. Esto no es con incertidumbre. Pero ustedes, ¿por qué comen en templos de ídolos, díganme? No, no pueden atribuir ninguna causa razonable. Porque la comida no los recomienda ante Dios; ni si comen son mejores, ni si no comen son peores (1Cor 8,8). Es evidente, pues, que corréis a la ventura; porque esto es incierto. Así que lucho, no como si golpeara el aire. Esto dice, insinuando de nuevo que no actuó al azar ni en vano. Porque tengo a alguien a quien puedo golpear (es decir, al diablo). Pero tú no lo golpeas, sino que simplemente desperdicias tu fuerza. Hasta ahora, pues, con total paciencia, habla así. Dado que los había tratado con cierta vehemencia en la parte anterior, ahora, por el contrario, se guarda su reproche, reservando para el final del discurso la profunda herida que todos sufren. Aquí dice que actúan al azar y en vano; pero después indica que lo hacen con el riesgo de la ruina total de sus propias almas, y que, incluso dejando de lado el daño a sus hermanos, ellos mismos no son inocentes al atreverse a actuar así.
Golpeo mi cuerpo y lo pongo en servidumbre, no sea que, después de haber sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser reprobado
Aquí da a entender Pablo a quienes estaban sujetos a la lujuria del vientre y se entregaban a ella, bajo pretexto de perfección y satisfaciendo su propia codicia. Se trata de una idea que ya antes se había esforzado Pablo en expresar, cuando dijo "comidas para el vientre, y vientre para las comidas" (1Cor 6,13). En efecto, dado que la fornicación es causada por el lujo y también dio origen a la idolatría, naturalmente a menudo arremete contra esta enfermedad; y señalando cuánto sufrió por el evangelio, también la incluye entre ellas. También dice "fui más allá de los mandamientos" y "todo lo soportamos", a forma de decir: Cuando no era asunto fácil para mí, también me sometí a mucho trabajo, para vivir sobriamente. Por terco que sea el apetito y la tiranía del vientre, lo refreno y no me entrego a la pasión, sino que soporto todo trabajo para no ser arrastrado por ella. Pues no supongan, les ruego, que tomándome las cosas con calma llego a este deseable resultado. Pues es una carrera y una lucha múltiple, y una naturaleza tiránica que continuamente se alza contra mí y busca liberarse. Pero no la tolero, sino que la reprimo y la someto con muchas luchas. Ahora bien, esto dice que nadie puede retirarse desesperadamente de los conflictos en nombre de la virtud porque la empresa es laboriosa. Por lo tanto, dice "abofeteo y esclavizo". No dijo mato ni castigo, pues "la carne no debe ser odiada", sino abofeteo y esclavizo. Esto es propio de un maestro, no de un enemigo ni de un adversario; de un maestro de gimnasia, no de un adversario. Ahora bien, si Pablo temía a aquel que había enseñado a tantos, y temía lo mismo después de predicar y de convertirse en ángel y asumir el liderazgo del mundo entero, ¿qué podemos decir? Esto mismo: que haber creído no es suficiente para la salvación, ni la predicación, ni la enseñanza, ni el traer innumerables personas a la salvación, a menos que yo también exhiba mi propia conducta irreprensible.
III
No quiero, hermanos, que ignoréis
A continuación, vuelve Pablo a mostrar otras ilustraciones. Así como antes alegó los ejemplos de los apóstoles, los de la costumbre común, los de los sacerdotes y los suyos propios, así también aquí, tras exponer los de los juegos olímpicos y los de su propia disciplina, procede de nuevo a las historias del Antiguo Testamento. Y como lo que tiene que decir será algo desagradable, generaliza su exhortación y diserta no sólo sobre el tema que le ocupa, sino también sobre todos los males que aquejan a los corintios. En el caso de los juegos paganos, dice "¿no lo sabéis?", dando a entender que no estaban muy bien instruidos en estas cosas. ¿Y qué es esto que no quieres que ignoremos? Que nuestros padres, dice él, estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar; y fueron bautizados en Moisés en la nube y en el mar; y todos comieron la misma comida espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebieron de una roca espiritual que los seguía: y la roca era Cristo. Sin embargo, Dios no se agradó de la mayoría de ellos. Y ¿por qué dice esto? Para señalar que, así como de nada les aprovechó el goce de tan gran don, tampoco les aprovechó el bautismo ni la participación en los misterios espirituales, a menos que siguieran adelante y mostraran una vida digna de esta gracia. Por ello, también introduce los tipos tanto del bautismo como de los misterios. Pero ¿qué significa que fueron bautizados en Moisés? Así como nosotros, al creer en Cristo y su resurrección, somos bautizados, destinados a participar en los mismos misterios. Nosotros, dice Pablo, somos bautizados "por los muertos" (es decir, por nuestros propios cuerpos), así como los hebreos, confiando en Moisés, y tras haberlo visto cruzar primero, se aventuraron también a las aguas. Pero, como desea acercar el tipo a la verdad, no lo expresa así, sino que utiliza los términos de la verdad incluso en lo que respecta al tipo. Además, este era un símbolo de la fuente y de lo que sigue, de la santa mesa. Pues así como se come el cuerpo del Señor, así se come el maná; y así como se bebe la sangre, así se bebe el agua de una roca. Pues aunque eran cosas de los sentidos, se manifestaban espiritualmente, no según el orden de la naturaleza, sino según la intención misericordiosa del don, y junto con el cuerpo nutrían también el alma, llevándola a la fe. Por esta razón, como ven, respecto a la comida no hizo ningún comentario, pues era completamente diferente, no sólo en su forma, sino también en su naturaleza (pues era maná); pero respecto a la bebida, puesto que sólo la forma de suministro era extraordinaria y requería prueba, por lo tanto, tras decir que bebían la misma bebida espiritual, añadió que "bebían de una roca espiritual que los seguía", y añadió: "Y la roca era Cristo". Porque no fue la naturaleza de la roca la que hizo brotar el agua (tal es su significado), pues de lo contrario habría brotado antes: pero otra clase de roca, una roca espiritual, lo realizó todo: Cristo, quien estaba con ellos en todas partes y obró todas las maravillas. Porque por esta razón dijo que los seguía. ¿Perciben la sabiduría de Pablo, cómo en ambos casos lo señala como el Dador, acercando así el tipo a la verdad? Pues quien puso estas cosas ante ellos, dice, también preparó esta nuestra mesa: y la misma persona los trajo a través del mar y a ustedes mediante el bautismo; y ante ellos puso el maná, pero ante ustedes su cuerpo y su sangre.
IV
Observemos ahora lo que sigue, y consideremos si, cuando los corintios se mostraron indignos del don, los perdonó Dios. Éstas son sus palabras: "A Dios no le agradó la mayoría de ellos, a pesar de haberlos honrado con tanto honor". Sí, no les aprovechó nada la indignidad, pues la mayoría de ellos perecieron en el intento. Lo cierto es que todos los corintios perecieron en ello, pero para que no pareciera que profetizaba también la destrucción total de estos, dijo "la mayoría". Sin embargo, eran innumerables, y su número no les aprovechó nada. Todas éstas eran otras tantas muestras de amor, y pero ni siquiera eso les aprovechó, puesto que ellos mismos no mostraron los frutos del amor. Así pues, como la mayoría de los hombres descree del infierno, como si no estuviera presente ni a la vista, alega Pablo lo sucedido hasta ahora, como prueba de que Dios castiga a todos los que pecan, pues "aunque descreáis de lo venidero, no podéis descreer de lo pasado". Considerad, por ejemplo, los grandes beneficios que les otorgó: de Egipto y de la esclavitud los liberó, del mar les abrió un camino, del cielo hizo descender el maná, de abajo mandó fuentes de agua extrañas y maravillosas; estuvo con ellos en todas partes, obrando prodigios y rodeándolos por todos lados. Sin embargo, como no mostraron nada digno de este don, no los perdonó, sino que los destruyó a todos.
Los judíos fueron derrotados en el desierto
Declara con esta palabra Pablo tanto la destrucción total de los judíos como los castigos y la venganza infligidos por Dios, y que ni siquiera alcanzaron las recompensas que se les proponían. No estaban en la tierra prometida cuando Dios les hizo estas cosas, sino fuera, lejos, en algún lugar, y en toda la extensión de ese país; así, los castigó con una doble venganza, tanto al no permitirles ver la tierra, y esto también a pesar de que les había sido prometida, como también con un severo castigo efectivo. ¿Y qué nos importan estas cosas? Mucho, porque seguramente nos pertenecen, como recuerda a continuación.
Estas cosas fueron figuras nuestras
Así como los dones son figuras, y también lo son los castigos, y así como el bautismo y la eucaristía fueron esbozados proféticamente, así también es cierta la certeza del castigo que sobrevendría a quienes no son dignos de este don. Esto fue proclamado de antemano por nuestro bien, para que con estos ejemplos aprendiéramos sobriedad. Por eso añade "para que no codiciemos cosas malas", pues así como en los beneficios los tipos precedieron y la sustancia les siguió, así será también en los castigos. ¿Ves cómo él indica no sólo que estos serán castigados, sino también el grado, con mayor severidad que los antiguos? Si uno es tipo y el otro sustancia, es inevitable que los castigos excedan con creces los dones. Y vean a quiénes trata primero: a los que comen en los templos de ídolos. Así, tras decir que no debemos codiciar cosas malas, lo cual era general, añade lo particular, dando a entender que cada uno de sus pecados surgió de la lujuria malvada.
No seáis idólatras, como esos de los que está escrito: "Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a jugar"
¿Oyen ahora cómo Pablo llama a los corintios directamente idólatras? Aquí, de momento, hace Pablo la declaración, aunque será más adelante cuando presente la prueba. Lo que sí hace, en primer lugar, es señalar la causa por la que acudían a esas mesas idolátricas: la glotonería. Así pues, habiendo dicho "con la intención de que no codiciemos cosas malas", y habiendo añadido "no seamos idólatras", menciona la causa de tal trasgresión: la glotonería. Porque el pueblo se sentó, dice él, a comer y beber, y añade el final, se levantaron a jugar. Porque así como ellos, dice él, de la sensualidad pasaron a la idolatría, así también existe el temor de que vosotros también caigáis de la una a la otra. ¿Ven cómo significa que estos, hombres perfectos en verdad, eran más imperfectos que los otros a quienes censuraban? No sólo en este aspecto, en su falta de tolerancia con sus hermanos en todo momento, sino también en que unos pecan por ignorancia, pero los otros por glotonería. Y de la ruina de los primeros él imputa el castigo a estos, pero no permite que éstos impongan a otro la causa de su propio pecado, sino que los declara responsables tanto de su daño como del suyo propio. Ni cometamos fornicación, como algunos de ellos cometieron. ¿Por qué vuelve a mencionar la fornicación, después de haberla tratado tan extensamente antes? Pablo siempre acostumbra, al presentar una acusación de muchos pecados, a exponerlos en orden y por separado para proceder con los temas propuestos, y de nuevo, en sus discursos sobre otros asuntos, a mencionar también los primeros. Dios también solía hacer esto en el Antiguo Testamento, en referencia a cada trasgresión, recordando a los judíos el becerro y presentándoles ese pecado. Pablo también hace esto aquí, recordándoles a la vez ese pecado y enseñando que la raíz de este mal también era la lujuria y la glotonería. Por lo tanto, añade "no cometamos fornicación", como algunos de ellos cometieron, y en un día cayeron veintitrés mil. ¿Y por qué no menciona también el castigo por su idolatría? Ya sea porque era evidente y más notorio, o porque la plaga no era tan grave en aquel entonces, como en el caso de Balaam, cuando se unieron a Baal, pues las madianitas aparecieron en el campamento y los incitaron al libertinaje según el consejo de Balaam. Que este malvado consejo era de Balaam, Moisés lo demuestra después, en la siguiente declaración al final del libro de Números: "A Balaam, hijo de Beor, lo mataron a espada en la guerra de Madián y se llevaron el botín. Moisés se enfureció y dijo: ¿Por qué habéis salvado la vida a todas las mujeres? Porque éstas fueron un tropiezo para los hijos de Israel, según la palabra de Balaam, para apartarlos y despreciar la palabra del Señor por causa de Baal" (Nm 31,8-16).
No tentéis a Cristo, como esos que lo tentaron y perecieron por las serpientes
Con esto insinúa Pablo una nueva acusación contra los corintios, que también enunciará al final: las contiendas en torno a las señales de Dios. En efecto, los corintios habían desistido de estas pruebas, diciendo: ¿Cuándo vendrán los bienes? ¿Cuándo las recompensas? Por lo que también añade Pablo, corrigiéndolos y alarmándolos por ello, lo siguiente.
No murmuréis, como esos que murmuraron y perecieron por el destructor
Pablo viene a decir que, lo que se requiere, es no sólo sufrir por Cristo, sino también soportar con nobleza y alegría las cosas que nos sobrevienen, pues ésta es la naturaleza de la corona divina. Sí, y a menos que esto sea así, el castigo más bien acompañará a quienes aceptan la calamidad con mala disposición. Por lo tanto, ambos apóstoles, al ser azotados, se regocijaron, y Pablo se glorificó en sus sufrimientos.
V
Todas estas cosas acontecieron como ejemplo, y fueron escritas para amonestarnos a nosotros, los que hemos alcanzado los últimos tiempos
De nuevo aterroriza Pablo a los corintios, hablándoles de los fines y preparándolos para esperar cosas mayores de las que ya habían sucedido. Sobre que sufriremos castigo es evidente, dice Pablo, por lo dicho, incluso para quienes desmienten las declaraciones sobre el fuego del infierno. Sobre que el castigo también será severísimo, es evidente por las numerosas bendiciones que hemos disfrutado y por las cosas de las que estas no eran más que figuras. Pues si en los dones uno supera al otro, es evidente que lo mismo ocurrirá en el castigo. Por esta razón, los llamó tipos, y dijo que fueron escritos para nosotros, y mencionó un fin para recordarles la consumación de todas las cosas. Pues no serán entonces los castigos que admitan una terminación y sean abolidos, sino que el castigo será eterno; pues así como los castigos en este mundo terminan con la vida presente, los del otro permanecen continuamente. Pero cuando dijo "el fin de los siglos", no quiso decir otra cosa que el terrible juicio está ya cerca.
El que piensa estar firme, mire que no caiga
De nuevo derriba aquí Pablo el orgullo de esos corintios que valoraban tanto su conocimiento, a forma de decirles: Si quienes tuvieron tantos privilegios sufrieron tales cosas, y algunos por murmurar fueron castigados, y otros por tentar, y ni su multitud movió a Dios al arrepentimiento, ni el haber alcanzado tales cosas... mucho más será así en nuestro caso, a menos que seamos sobrios. Y bien dijo quien cree estar firme: pues esto ni siquiera es estar como uno debe estar, confiar en sí mismo; pues rápidamente caerá, ya que ellos también, si no hubieran sido altivos y seguros de sí mismos, sino de una mentalidad moderada, no habrían sufrido estas cosas. De lo cual es evidente que principalmente el orgullo y el descuido, del cual también proviene la glotonería, son las fuentes de estos males. Por tanto, aunque estés firme, ten cuidado de no caer. Porque nuestra posición aquí no es segura, no hasta que seamos liberados de las olas de esta vida presente y naveguemos hacia un puerto tranquilo. No os envanezcáis, pues, por vuestra firmeza, sino guardaos de caer; porque si Pablo temió a quien era más firme que todos, mucho más debemos temer nosotros.
VI
Las palabras exactas del apóstol, como hemos visto, fueron: "El que cree estar firme, tenga cuidado de no caer". En esto cabe una duda, pues si todos podemos decir esto, y nadie está exento de haber caído, y haberse visto arrastrado por el pecado, y haber acabado postrado en el suelo, ¿a quién pudo decir esto Pablo? ¿Al que extorsiona a diario? No, pues se encuentra postrado con una caída estrepitosa. ¿Al fornicario? Tampoco, pues también está derribado al suelo. ¿Al borracho? No, porque también él ha caído, y ni siquiera sabe que ha caído. Así que no es el momento para esta palabra, sino para aquella palabra del profeta que dirigió incluso a los judíos: "El que cae, ¿no se levanta?" (Jer 8,4). Porque todos han caído, y no les importa levantarse. De modo que nuestra exhortación no se refiere a no caer, sino a la capacidad de los caídos para levantarse. Levantémonos, pues, aunque sea tarde, amados, levantémonos de nuevo y mantengámonos noblemente. ¿Cuánto tiempo permaneceremos postrados? ¿Cuánto tiempo llevamos ebrios, embriagados por el deseo excesivo de las cosas de esta vida? Es una oportunidad propicia ahora para decir: "¿A quién hablaré y testificaré?" (Jer 6,10), pues tan sordos se han vuelto todos los hombres incluso a la instrucción misma de la virtud, y por lo tanto, llenos de abundancia de males. Y si fuera posible discernir sus almas desnudas; como en los ejércitos al terminar la batalla se pueden ver algunos muertos y otros heridos, así también en la Iglesia podríamos ver. Por lo tanto, les suplico e imploro que nos ayudemos mutuamente y nos levantemos por completo. Porque yo mismo soy de los que están heridos y necesito que se les apliquen algunos remedios. Sin embargo, no desesperes por esto. ¿Qué pasa si las heridas son graves? Sin embargo, no son incurables; tal es nuestro médico: sólo permítenos sentir nuestras heridas. Aunque hayamos llegado al extremo de la maldad, muchos son los caminos de seguridad que él nos ofrece. Así, si te abstienes de enojarte con tu prójimo, tus propios pecados serán perdonados, porque "si perdonas a los hombres, tu Padre celestial también te perdonará a ti" (Mt 6,14) Y si das limosna, él te perdonará tus pecados, porque él "rompe tus pecados con limosna" (Dn 4,24) Y si oras fervientemente, disfrutarás del perdón, como la viuda que prevaleció sobre ese juez cruel por la importunidad de su oración. Y si acusas tus propios pecados, tienes alivio, porque "declara primero tus iniquidades, para que puedas ser justificado" (Is 47,26). Y si estás triste a causa de estas cosas, esto también será para ti un remedio poderoso, porque "vio que estaba triste y se entristeció, y sanó sus caminos" (Is 57,17) Y si, cuando sufres algún mal, lo soportas noblemente, has quitado todo, porque esto también le dijo Abraham al hombre rico, que Lázaro recibió sus cosas malas, y "aquí es consolado". Y si tienes compasión de la viuda, tus pecados son lavados, porque él "juzga al huérfano y aboga por la viuda", y "ve nuestros razonamientos", y "si tus pecados son como la grana, los haré blancos como la nieve, y si son como el carmesí, los haré blancos como la lana" (Is 1,17), y ni siquiera una sola cicatriz de las heridas permite que aparezca. Sí, esto hace el Señor, y aunque hayamos llegado a la miseria en la que cayó aquel que devoró los bienes de su padre y se alimentó de algarrobas, y nos arrepintamos, sin duda seremos salvos. Y aunque debamos diez mil talentos, si nos postramos ante Dios sin guardar rencor. Todo nos es perdonado. Aunque nos hayamos extraviado hasta ese lugar donde la oveja se extravió de su cuidador, incluso allí él nos recupera: solo estemos dispuestos, amados. Porque Dios es misericordioso. Por eso, tanto en el caso del que debía diez mil talentos, se contentó con que se postrara ante él; y en el caso del que había devorado los bienes de su padre, con solo su devolución; y en el caso de la oveja, con su disposición a ser llevada.
VII
Considerando la grandeza de la misericordia de Dios, hermanos, hagámosle propicio y "presentémonos ante su rostro con una confesión plena" (Sal 95,2), para que no nos vayamos de aquí sin excusa y tengamos que soportar el castigo extremo. Porque si en la vida presente mostramos incluso una diligencia ordinaria, obtendremos las mayores recompensas; pero si nos vamos sin haber mejorado en nada aquí, aunque nos arrepintamos con fervor allá, de nada nos servirá. Porque era nuestro deber esforzarnos mientras aún permanecíamos en la lista, no después de que la asamblea se disolviera para lamentarnos y llorar ociosamente, como hizo aquel hombre rico, lamentándose y deplorándose, pero en vano, pues pasó por alto el momento en que debía haber hecho estas cosas. Y no sólo él, sino muchos otros hay como él ahora entre los ricos, no dispuestos a despreciar la riqueza sino a despreciar sus propias almas por causa de ella. Ante esto no puedo sino maravillarme, al ver a hombres interceder continuamente ante Dios pidiendo misericordia, mientras se infligen un daño incurable y despiadadamente con su propia alma como si fuera un enemigo. No nos engañemos, pues, amados, no nos engañemos ni nos engañemos, suplicando a Dios que tenga misericordia de nosotros, mientras nosotros mismos preferimos el dinero y el lujo, y de hecho, todo a esta misericordia. Porque si alguien presentara ante ustedes un caso y dijera, acusándolo de sufrir diez mil muertes y pudiendo librarse de la sentencia con poco dinero, preferiría morir antes que renunciar a sus bienes, dirían que es digno de misericordia o compasión. Ahora bien, razona tú también de la misma manera respecto a ti. Porque nosotros también actuamos de esta manera, y al menospreciar nuestra propia salvación, escatimamos nuestro dinero. ¿Cómo entonces le pides a Dios que te perdone, cuando tú mismo eres tan despiadado contigo mismo y honras el dinero por encima de tu alma? Por lo tanto, también me asombra ver cuán grande es la brujería que se esconde en la riqueza, o mejor dicho, no en la riqueza, sino en las almas de quienes son engañados. Porque hay quienes ridiculizan por completo esta brujería. ¿Cuál de las cosas que contiene es realmente capaz de hechizarnos? ¿No es la materia inanimada? ¿No es transitoria? ¿No es su posesión indigna de confianza? ¿No está llena de miedos y peligros? ¿No es, incluso, de asesinatos y conspiraciones? ¿De enemistad y odio? ¿De descuido y mucho vicio? ¿No es polvo y ceniza? ¿Qué locura tenemos aquí? ¿Qué enfermedad? Algunos dicen que no sólo debemos presentar tales acusaciones contra quienes están tan enfermos, sino también destruir la pasión. Sí, pero ¿de qué otra manera la destruiremos, sino señalando su bajeza y cuán llena está de innumerables males? Pero de esto no es fácil persuadir a un amante respecto a los objetos de su amor. Bien, entonces, debemos presentarle otro tipo de belleza. Pero la belleza incorpórea no la ve, estando aún en su enfermedad. Bien, entonces, mostrémosle algo de belleza de tipo corpóreo, y digámosle: Considera los prados y las flores que hay en ellos, que son más brillantes que cualquier oro, y más elegantes y transparentes que todo tipo de piedras preciosas. Considera los límpidos arroyos de sus fuentes, los ríos que como aceite fluyen silenciosamente de la tierra. Asciende al cielo y contempla el brillo del sol, la belleza de la luna, las estrellas que se agrupan como flores. ¿Por qué, dices, qué es esto, ya que no las usamos, supongo, como riqueza? No, las usamos más que la riqueza, ya que el uso de esta es más necesario, el disfrute más seguro. Porque no temes que, como el dinero, alguien se los lleve y se marche; sino que puedes estar seguro de tenerlos, y eso sin ansiedad ni preocupación. Pero si te afliges porque los disfrutas en común con otros, y no los posees solo como el dinero; no es dinero, sino mera codicia, lo que me parece que te apasiona; ni siquiera el dinero sería objeto de tu deseo si hubiera estado al alcance de todos en común.
VIII
Ya que hemos encontrado el objeto amado (es decir, la codicia), permítanme mostrarles cómo odia y aborrece Dios a los codiciosos, y cuántas espadas afila contra los que son así, y cuántos hoyos les cava, y cuántas sogas les ata, y cuántos precipicios les prepara. Hagámoslo, hermanos, para que así, al menos, nos ayude a deshacer este hechizo de la codicia. ¿De dónde, entonces, obtendremos este conocimiento? De los caminos, de las guerras, del mar, de los tribunales. Porque ella ha llenado el mar de sangre, y a menudo enrojece las espadas de los jueces contra la ley, y arma a quienes acechan en los caminos día y noche, y persuade a los hombres a olvidar la naturaleza, y comete parricidas y matricidas, e introduce toda clase de males en la vida humana. Por eso Pablo la llama "raíz de estas cosas" (1Tm 6,10). No permite que sus amantes estén en mejor condición que quienes trabajan en las minas. Pues así como ellos, perpetuamente encerrados en la oscuridad y encadenados, trabajan inútilmente, así también estos, enterrados en las cuevas de la avaricia, sin que nadie los fuerce, se imponen voluntariamente su castigo, imponiéndose grilletes inquebrantables. Y los condenados a las minas, al menos al caer la tarde, son liberados de sus trabajos; pero estos, día y noche, cavan en estas miserables minas. Para aquellos existe un límite definido para ese duro trabajo, pero estos no lo conocen; cuanto más cavan, más penurias desean. ¿Y qué pasa si aquellos lo hacen de mala gana, pero estos por voluntad propia? En eso me hablas de la parte dolorosa de la enfermedad: que les es incluso imposible librarse de ella, pues ni siquiera odian su miseria. Pero como cerdos en el lodo, así también estos se deleitan en revolcarse en el pestilente fango de la avaricia, sufriendo peores cosas que los condenados. En cuanto a que están en peor condición, escuchad las circunstancias de uno y entonces sabréis el estado del otro. Ahora bien, se dice que ese suelo impregnado de oro tiene ciertas hendiduras y recovecos en esas tenebrosas cavernas. El malhechor, condenado entonces a trabajar en ese lugar, tomando para ello una lámpara y un azadón, entra, según se nos dice, y lleva consigo una vasija para echar aceite a la lámpara, porque hay oscuridad incluso de día, sin un rayo de luz, como ya he dicho. Entonces, cuando la hora del día lo llama a su miserable comida, él mismo, dicen, ignora la hora, pero su carcelero, desde arriba, golpeando violentamente la cueva, con ese estruendo anuncia a los que trabajan abajo el fin del día. ¿No se estremecen al oír todo esto? Veamos ahora si no hay cosas más graves que estas en el caso de los codiciosos. Porque estos también, en primer lugar, tienen un carcelero más severo, a saber, la avaricia, y tanto más severa, que además de su cuerpo, también encadena su alma. Y esta oscuridad también es más terrible que aquella. Porque no está sujeta a los sentidos, sino que la producen en su interior, dondequiera que van, la llevan consigo. Porque el ojo de su alma está apagado: razón por la cual Cristo, más que a todo, los llama miserables, diciendo: "Si la luz que hay en ustedes es oscuridad, ¡cuán grande es esa oscuridad!" (Mt 6,23). Y ellos, por su parte, tienen al menos una lámpara que alumbra, pero estos están privados incluso de este rayo de luz; y por lo tanto, cada día caen en innumerables trampas. Y los condenados, cuando les alcanza la noche, tienen un respiro, navegando hacia ese puerto tranquilo que es común a todos los desdichados, quiero decir la noche; pero para los codiciosos, incluso este puerto está bloqueado por su propia avaricia. Tan dolorosos pensamientos tienen incluso de noche, que, sin que nadie los moleste, con toda tranquilidad se cortan en pedazos. Tales son sus circunstancias en este mundo; pero en el otro, ¿qué discurso se les presentará? Los hornos intolerables, los ríos ardiendo con fuego, el crujir de dientes, las cadenas que nunca se soltarán, el gusano envenenado, la oscuridad sin rayos, las miserias interminables. Temámoslos, amados, tememos la fuente de tan grandes castigos, la locura insaciable, la destructora de nuestra salvación. Porque es imposible al mismo tiempo amar el dinero y el alma. Convenzámonos de que la riqueza es polvo y cenizas, que nos abandona cuando partimos de aquí, o mejor aún, que incluso antes de nuestra partida a menudo se aleja de nosotros y nos perjudica tanto en lo que respecta al futuro como a la vida presente. Porque antes del fuego del infierno, y antes de ese castigo, incluso aquí nos rodea con innumerables guerras y suscita luchas y contiendas. Nada causa más guerra que la avaricia; nada produce más mendicidad, ya sea en la riqueza o en la pobreza. En el alma de los pobres también surge esta grave enfermedad, que agrava aún más su pobreza. Y si se encuentra un pobre avaro, no sufre el castigo del dinero, sino del hambre. No se permite disfrutar de sus modestos recursos con comodidad, sino que se atormenta de hambre y castiga todo su cuerpo con la desnudez y el frío, y en todas partes parece más miserable y sucio que cualquier prisionero; y siempre se lamenta y gime como si fuera el más miserable de todos, aunque haya diez mil más pobres que él. Este hombre, ya sea que vaya al mercado, sale con muchos azotes; o al baño, o al teatro, seguirá recibiendo más heridas, no solo de los espectadores, sino también de quienes están en el escenario, donde contempla a no pocas mujeres impúdicas brillando en oro. Este hombre, ya navegue por el mar, contemplando a los mercaderes y sus barcos ricamente cargados y sus enormes beneficios, ni siquiera se considerará vivo; o ya viaje por tierra, contando los campos, las granjas suburbanas, las posadas, los baños, los ingresos que surgen de ellos, considerará que su propia vida no vale la pena vivir; o ya lo encierre en casa, no hará más que frotarse y lastimarse las heridas recibidas en el mercado, y así se hará mayor desprecio a su propia alma; y sólo conoce un consuelo para los males que le oprimen: la muerte, y la liberación de esta vida. Y estas cosas no solo las sufrirá el pobre, sino también el rico que caiga en esta enfermedad, y mucho más que el pobre, pues la tiranía lo oprime con más vehemencia y la embriaguez es mayor. Por lo tanto, también se considerará más pobre que todos; o mejor dicho, es más pobre. Pues la riqueza y la pobreza no se determinan por la medida de la sustancia, sino por la disposición de la mente; y más pobre de todos es quien siempre anhela más y nunca puede contener esta perversa lujuria. Por todas estas razones, pues, huyamos de la avaricia, hacedora de mendigos, destructora de almas, amiga del infierno, enemiga del reino de los cielos, madre de todos los males a la vez; y despreciemos las riquezas para poder disfrutar de las riquezas, y con las riquezas disfrutar también de los bienes guardados para nosotros, a los cuales todos podemos llegar por la gracia de Jesucristo.
HOMILÍA 24
I
No os ha sobrevenido todavía ninguna tentación que no sea humanamente soportable. Dios es fiel, y no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, y dará junto con la tentación la salida, para que podáis soportarla
Como ya había aterrorizado suficientemente Pablo a los corintios (relatando los ejemplos antiguos), y los había sumido en la agonía (al decir "el que cree estar firme, tenga cuidado de no caer"), ahora les dice lo siguiente: "Yo estuve con vosotros con debilidad, temor y mucho temblor" (1Cor 2,3), a forma de decir: Nosotros tampoco somos inertes a estos terrores y alarmas, e incluso sí que hemos sido perseguidos, y hemos soportado ya muchos y continuos peligros, cosa que vosotros todavía no. Con ello, comparte con ellos Pablo su misma suerte, pero reprime su orgullo y les viene a recordar: Todavía no habéis sufrido ninguna tentación insoportable, sino más bien pequeñas, breves y moderadas. Aquí usa Pablo la expresión "el hombre puede soportar" con respecto a lo que es pequeño, como cuando dice: "Hablo a la manera de los hombres por la debilidad de vuestra carne" (Rm 6,19), y: "No penséis cosas grandes, como si hubierais superado la tormenta", pues nunca habéis visto peligro de muerte ni tentación de muerte. Esto fue también algo que explicó a los hebreos, cuando les dijo: "Aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado" (Hb 12,4). Después de haberlos aterrorizado, vean cómo los anima de nuevo, recomendando al mismo tiempo moderación con estas palabras: "Fiel es Dios, y no permitirá que seáis tentados más de lo que podáis soportar". Por lo tanto, hay tentaciones que no podemos soportar. ¿Y cuáles son? Todas, por así decirlo. No obstante, la capacidad de soportar reside en la influencia misericordiosa de Dios, cuyo poder atraemos por nuestra propia voluntad. Por lo tanto, para que sepáis y veáis que no solo las que exceden nuestro poder, sino ni siquiera las que son comunes al hombre, es posible soportarlas fácilmente sin la ayuda de Dios, añadió: "Daré también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportarla". Sí, porque ni siquiera esas tentaciones moderadas, como comentaba, podemos soportarlas por nuestras propias fuerzas, y en ellas necesitamos la ayuda divina en nuestra lucha, para superarlas y soportarlas hasta que las hayamos superado. En efecto, Dios da paciencia y trae una pronta liberación, de modo que, de esta manera, también la tentación se vuelve soportable. Esto es lo que insinúa disimuladamente Pablo, cuando dice: "También abrirá la vía de escape para que puedas soportarla".
II
Huid de la idolatría
Así de tajante se muestra aquí Pablo, instando a los corintios a librarse de este pecado cuanto antes. Es más, aquí no les dijo simplemente que no la cotejaran, sino que huyeran. La llama, además, por su nombre: idolatría, y ya no les ordena que la abandonen tan sólo por el daño al prójimo, sino que indica que el hecho mismo, por sí solo, es suficiente para causar una gran destrucción.
Hablo como a sabios. Juzgad vosotros lo que digo
Una vez que ya ha desenmascarado uno de los temas pendientes, la idolatría, y para no parecer que los exasperaba y que su discurso era repugnante, a continuación remite Pablo a los corintios la decisión, y sienta a sus jueces en su tribunal con un elogio incomiable: que os "hablo como a sabios", lo cual es señal de alguien muy seguro de sus propios derechos, que debería hacer del acusado mismo juez de sus alegaciones. Así también eleva aún más al oyente cuando su discurso no es como si ordenara ni dictara la ley, sino como si les aconsejara y les defendiera. Pues con los judíos, de disposición más necia e infantil, Dios no disertó así, ni les explicó en todo momento las razones de los mandatos, sino que simplemente los impuso; pero aquí, gracias al privilegio de una gran libertad, se nos admite incluso como consejeros. Así, diserta como con amigos, y viene a decirles: No necesito otros jueces; juzgadme vosotros mismos; os tomo por árbitros.
III
La copa de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo?
¿Qué dices, oh bendito Pablo? Cuando apelas a la reverencia del oyente, o mencionas misterios terribles, ¿le das el título "de copa de bendición" a esa copa temible y tremenda? Sí, dice él, y no como título insignificante, porque cuando la llamo bendición me refiero a acción de gracias, y cuando la llamo "acción de gracias" despliego todo el tesoro de la bondad de Dios y recuerdo sus poderosos dones. Ya que también nosotros, al recordar sobre la copa las inefables misericordias de Dios y todo lo que hemos sido hechos partícipes, nos acercamos a él y compartimos; dándole gracias porque ha librado del error a toda la humanidad; porque estando lejos, los hizo cercanos; porque cuando no tenían esperanza y estaban sin Dios en el mundo, los constituyó sus propios hermanos y coherederos. Por estas y todas las cosas, dando gracias, así nos acercamos. ¿Cómo, entonces, no son incoherentes vuestras acciones, dice él, oh vosotros, corintios, que bendecís a Dios por haberos librado de los ídolos, pero corréis de nuevo a sus mesas? Así, Pablo habló con gran persuasión, y de forma imponente, viniendo a decir: Esto que está en la copa es lo que fluyó de su costado, y de eso participamos. Pero la llamó "copa de bendición", porque al sostenerla en nuestras manos, lo exaltamos en nuestro himno, maravillándonos, asombrados por su don inefable, bendiciéndolo, entre otras cosas, por derramar esta misma bebida para que no permanezcamos en el error; y no sólo por derramarla, sino también por impartirla a todos nosotros. Por tanto, si deseáis sangre, vino a decir Pablo, no enrojezcáis el altar de los ídolos con la matanza de bestias, sino mi altar con mi sangre. Dime, ¿qué puede ser más tremendo que esto? ¿Qué puede ser más tierno y bondadoso? Esto también lo hacen los amantes. Cuando ven a sus seres queridos desear lo ajeno y despreciar lo propio, les dan lo propio, persuadiéndolos así a renunciar a los dones ajenos. Sin embargo, quienes aman muestran esta liberalidad en bienes, dinero y ropa, pero nadie lo hizo jamás con sangre. Mientras que Cristo, incluso en esto, mostró su cuidado y ferviente amor por nosotros. Y en el antiguo pacto, debido a su imperfección, él mismo se sometió a recibir la sangre que solían ofrecer a los ídolos para separarlos de ellos, lo cual, a su vez, era una prueba de su inefable afecto. No obstante, aquí transfirió el servicio a algo mucho más temible y glorioso, cambiando el sacrificio mismo y, en lugar de la matanza de criaturas irracionales, ordenó ofrecerse a sí mismo.
IV
El pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo?
¿Por qué no empleó Pablo el término participación? Posiblemente, porque pretendía expresar algo más, y señalar cuán estrecha era la unión en que nos comunicamos, no sólo participando y participando, sino también estando unidos. Porque así como ese cuerpo está unido a Cristo, también nosotros estamos unidos a él por este pan. Pero ¿por qué añade también "lo que rompemos"? Porque si bien en la eucaristía se puede ver esto, en la cruz no es así, sino todo lo contrario, ya que "ni un hueso suyo será quebrado". Pero lo que no sufrió en la cruz, lo sufre en la oblación por vosotros, y se somete a ser quebrantado para llenar a todos los hombres. Además, porque dijo "comunión del cuerpo", y lo que se comunica es diferente de aquello de lo que se comunica, incluso esto, que parece ser sólo una pequeña diferencia, lo quitó. Es más, habiendo dicho "una comunión del cuerpo", buscó de nuevo expresar algo más cercano, añadiendo lo siguiente.
Nosotros, que somos muchos, somos un solo pan, un solo cuerpo
¿Por qué habla Pablo de comunión? Por esto mismo: porque somos un mismo cuerpo. ¿A qué pan se refiere? Al cuerpo de Cristo. ¿Y en qué se convierten quienes participan de él? En el cuerpo de Cristo, y no muchos cuerpos sino en un solo cuerpo. Porque así como el pan, compuesto de muchos granos, se hace uno, de modo que los granos no aparecen en ninguna parte y existen (aunque su diferencia no se aprecie por su conjunción), así también estamos unidos entre nosotros y con Cristo. Por tanto, no hay un solo cuerpo para ti y otro para que tu prójimo se alimente, sino el mismo para todos.
Todos participamos del mismo pan
Alguno dirá: Si todos nos alimentamos de lo mismo, y todos llegamos a ser lo mismo, ¿por qué no mostramos también el mismo amor, y no nos volvemos uno a nivel visible? Y yo le respondo: Sí que lo mostramos, como cuando se dice de nuestros antepasados que "la multitud de los creyentes eran un solo corazón y una sola alma" (Hch 4,32). Por supuesto, eso no parecer ser lo que sucedía, de momento, en Corinto, pues muchas y variadas eran las contiendas que mantenían entre sí todos. Además, los cristianos no estamos exentos de volvernos como las bestias salvajes cuando somos afectados por los demás. Ciertamente, hermano, Cristo te hizo muy distante, uno consigo mismo, así que no te dignes unirte incluso a tu hermano con la debida exactitud, sino que te separas, habiendo tenido el privilegio de tan gran amor y vida del Señor. Porque él no dio simplemente incluso su propio cuerpo; sino porque la naturaleza anterior de la carne que fue enmarcada a partir de la tierra, primero se había vuelto muerta por el pecado y desprovista de vida. Cristo introdujo, por así decirlo, otra clase de masa y levadura: su propia carne, por naturaleza ciertamente la misma, pero libre de pecado y llena de vida. Cristo dio a todos a participar de ella, para que siendo nutridos por esto y dejando de lado el viejo material muerto, pudiéramos ser mezclados con aquello que es vivo y eterno, por medio de esta mesa.
V
Mirad al Israel según la carne. Los que comen de ciertos sacrificios, ¿no tienen comunión con ese altar?
Nuevamente, vuelve a poner Pablo el mal ejemplo dado por los judíos de la Antigua Alianza, estando como estaban tan por debajo de la grandeza de las cosas que se habían hecho en su presencia. Con ello, Pablo alerta a los corintios a que no se acostumbren ni acomoden a lo que se hace "según la carne", porque somos de carne y no sólo espíritu. Lo que dice Pablo, por tanto, es de naturaleza, pues "de la carne" viene a significar "por naturaleza". Respecto a quienes comen los sacrificios idolátricos, y tienen comunión con esa idolatría, eso es algo que el paganismo abre a las personas de toda condición. ¿Resultado? Éste mismo: que los cristianos somos de otra condición, no distinta (o anti-natural) pero sí superior (no idolátrica). ¿Ven cómo Pablo insinúa que, quienes parecían ser perfectos, no tienen un conocimiento perfecto, y si ni siquiera saben esto, que el resultado de estos sacrificios es comunión y amistad con los demonios, y una práctica que los atrae gradualmente? Porque si entre los hombres la comunión de la sal y la mesa se convierte en ocasión y muestra de amistad, es posible que esto también suceda en el caso de los demonios. Pero te ruego que consideres cómo, respecto a los judíos, no dijo que son partícipes de Dios, sino que tienen comunión con el altar, pues lo que se colocaba sobre él se quemaba. Pero respecto al cuerpo de Cristo, no es así. ¿Cómo? Es una comunión del cuerpo del Señor. Porque no con el altar, sino con Cristo mismo, tenemos comunión. Pero habiendo dicho que tienen comunión con el altar, después temiendo que pareciera que hablaba como si los ídolos tuvieran algún poder y pudieran hacer algún daño, veamos de nuevo cómo los derriba, diciendo lo siguiente.
¿Qué digo, entonces? ¿Que un ídolo es algo? ¿O que algo sacrificado a los ídolos es algo?
Esto lo dijo Pablo a forma de decir: Trato de apartaros de los ídolos, mas no porque podáis causar daño o tener algún poder, pues un ídolo no es nada, sino porque quiero que los despreciéis. Y si quieren que los despreciemos, dice alguien, ¿por qué nos aparta tan cuidadosamente de ellos? Por esto mismo: porque no son ofrendas al verdadero Señor.
Lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios
Imagina aquí, hermano, que fueras hijo de un rey, y que tuvieras el privilegio de ponerte a la mesa de tu padre. Si voluntariamente decides abandonar dicha mesa, y pasarte a la mesa de los condenados y prisioneros del calabozo, ¿lo permitiría tu padre? Yo te digo que no, sino que con gran vehemencia te retiraría de los calabozos. No lo haría porque esa mesa pudiera perjudicarte, sino porque deshonras tu nobleza y la mesa real. Sí, hermano, al hacerte cómplice de los deshonrados, condenados, prisioneros, o reservados para castigos, tú mismo te haces responsable de diez mil crímenes. ¿Cómo, entonces, no te avergüenzas de imitar a la gente glotona y vulgar, pues cuando estos condenados ponen la mesa, corres allí y participas de las viandas? He aquí la razón por la que busco retirarte: pues la intención de los sacrificadores y la persona de los receptores hacen que lo que se te sirve sea impuro. Y no quisiera que te relacionaras con el demonio. ¿Percibes la bondad de un padre cuidadoso? ¿Percibes también la fuerza de la palabra para expresar su sentimiento? Porque es mi deseo, dice Pablo, que "no tengas nada en común con ellos". Además, porque introdujo estas palabras a modo de exhortación, para que nadie de los más groseros las tomara a la ligera como si tuviera licencia (pues dijo "no quiero" y juzgaos), afirma positivamente en lo que sigue y establece la ley.
VI
No podéis beber la copa del Señor y la copa de los demonios. No podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios
Y se contenta con los simples términos expuestos, con el fin de mantener alejados a los corintios de los banquetes idolátricos del paganismo griego. A continuación, hablando también de la desvergüenza que esto supone para un cristiano, añade lo siguiente.
¿Provocamos celos al Señor? ¿Somos más fuertes que él?
Es decir, Pablo vino a decir: ¿Tentamos a Dios, preguntándole si es capaz de castigarnos por ello? ¿Lo irritamos, al unirnos a sus enemigos? ¿Hacemos el ridículo, al unirnos a nuestros adversarios? Esto lo que vino a decir Pablo a los corintios, al tiempo que les recordaba una historia antigua: la trasgresión de los judíos. Por eso también usa la expresión que Moisés usó en la antigüedad contra los judíos, acusándolos de idolatría en la persona de Dios: que ellos "me provocaron a celos", o como dice el propio Dios, "me provocaron a ira con sus ídolos" (Dt 32,21). ¿Ven cuán terriblemente los reprende, sacudiéndolos por completo y, con su forma de reducirlos al absurdo, conmoviéndolos profundamente y derribando su orgullo? Bueno, pero ¿por qué no expuso primero estas cosas, que serían las más efectivas para retractarlos? Porque acostumbra demostrar su punto con muchos detalles, dejando lo más fuerte para el final y prevaleciendo probando más de lo necesario. Por esta razón, comenzó por los temas menores y así llegó a lo que es la suma de todos los males; ya que así, este último punto también se admitía con mayor facilidad, habiéndose tranquilizado con lo dicho anteriormente.
Todo me es lícito, pero no todo me conviene. Todo me es lícito, pero no todo me edifica. Que nadie busque su propio bien, sino el del prójimo
¿Ven aquí cómo la sabiduría de Pablo es exacta? Sobre todo, porque era probable que algunos dijeran: Soy perfecto y dueño de mí mismo, y no me perjudica participar de lo que se me presenta. Aun así, dice Pablo, no te fijes en esto, sino en si el resultado no implica daño, o siquiera subversión. Mencionó ambas cosas, diciendo: "No todo conviene, no todo edifica". Usó la primera para referirse a uno mismo, la segunda para referirse al hermano, ya que la cláusula "no conviene" es una insinuación encubierta de la ruina de la persona a la que se dirige, y la cláusula "no edifica" insinúa el tropiezo para el hermano. Por eso añade "que nadie busque lo suyo", en lo cual insiste a lo largo de toda la carta, incluyendo la Carta a los Romanos, cuando dice: "Ni siquiera Cristo se agradó a sí mismo" (Rm 15,3) y: "Como yo agrado a todos en todo, no buscando mi propio beneficio" (1Cor 10,33). En este pasaje, sin embargo, no lo desarrolla completamente. Es decir, puesto que en lo anterior lo había establecido extensamente y demostrado que no busca lo suyo en ningún lugar, sino que se comporta como judío con los judíos y como sin ley con los que viven sin ley, y no usa su libertad y derecho a la ligera, sino para el beneficio de todos, sirviendo a todos. Aquí interrumpe, contento con unas pocas palabras, guiándolos con estas pocas palabras para recordar todo lo dicho.
VII
Sabiendo estas cosas, hermanos, busquemos el bien de los hermanos y conservemos la unidad con ellos. A esto nos conduce ese temible y tremendo sacrificio, advirtiéndonos sobre todo a acercarnos a él con un solo propósito y amor ferviente, y así convertirnos en águilas, para remontarnos hasta el mismo cielo, incluso más allá del cielo. Porque "donde quiera que esté el cadáver, dice él, allí también estarán las águilas" (Mt 24,28) llamando a su cuerpo cadáver por razón de su muerte. Pues si él no hubiera caído, no nos habríamos levantado. Pero él nos llama águilas, implicando que quien se acerca a este cuerpo debe estar en lo alto y no tener nada en común con la tierra, ni descender ni arrastrarse; sino que debe siempre elevarse hacia el cielo, contemplar el Sol de Justicia y tener la mente alerta. Porque las águilas, no las grajillas, tienen derecho a esta mesa. También le recibirán entonces descendiendo del cielo aquellos que ahora dignamente tienen este privilegio, así como aquellos que lo tienen indignamente, sufrirán los más extremos tormentos. Porque si uno no recibiera inconsideradamente a un rey (¿por qué digo un rey? No, si solo fuera una túnica real, uno no la tocaría inconsideradamente con manos sucias), aunque estuviera en soledad, aunque solo, aunque no hubiera nadie cerca: y sin embargo, la túnica no es más que ciertos hilos tejidos por gusanos. Y si admiras el tinte, esto también es la sangre de un pez muerto; sin embargo, uno no elegiría aventurarse en ella con manos impuras. Si incluso la vestimenta de un hombre es algo que uno no se atrevería a tocar inconsideradamente, ¿qué diremos del cuerpo de Aquel que es Dios sobre todo, inmaculado, puro, asociado con la naturaleza divina, el cuerpo por el cual somos y vivimos; por el cual las puertas del infierno fueron derribadas y los santuarios del cielo abiertos? ¿Cómo recibiremos esto con tanta insolencia? No nos matemos, te lo ruego, no nos matemos por nuestra irreverencia, sino con toda temeridad y pureza acerquémonos a él; Y cuando lo veas ante ti, di para ti mismo: Gracias a este cuerpo ya no soy tierra y ceniza, ya no soy prisionero, sino libre, y espero el cielo y recibir los bienes que contiene, la vida inmortal, la porción de los ángeles, conversar con Cristo. En efecto, este cuerpo, clavado y azotado, fue más de lo que la muerte pudo resistir. Sí, este cuerpo fue el mismísimo sol vio sacrificado y desvió sus rayos. Por eso, en el momento de su muerte "se rasgó el velo del templo, las rocas se partieron y la tierra entera se estremeció". Este es incluso ese cuerpo, el manchado de sangre, el traspasado, y aquel del cual brotaron las fuentes salvadoras, una de sangre, la otra de agua, para todo el mundo. ¿Quieres aprender también de otra fuente su poder? Pregúntale a la enferma de flujo de sangre, que no se aferró a sí misma, sino a la prenda con la que estaba vestida; ni siquiera a todo esto, sino a la orla; pregúntale al mar, que la cargó sobre su lomo; pregúntale incluso al mismísimo diablo, y dile: ¿De dónde viene ese ataque incurable? ¿De dónde ya no tienes poder? ¿De dónde estás cautivo? ¿Quién te ha apresado en tu huida? Y él no dará otra respuesta que esta: El cuerpo que fue crucificado. Por esto fueron destrozados sus aguijones; por esto fue aplastada su cabeza; por esto fueron exhibidos los poderes y los principados. En efecto, habiéndose despojado de los principados y las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos (Col 2,15). Pregúntale también a la muerte, y dile: ¿De dónde te ha quitado el aguijón? ¿Tu victoria ha sido abolida? ¿Tus tendones han sido arrancados? ¿Y te has convertido en el hazmerreír de niñas y niños, quien antes eras el terror incluso de reyes y de todos los justos? Y él lo atribuirá a este cuerpo. Porque cuando este fue crucificado, entonces los muertos fueron resucitados, entonces esa prisión fue destrozada, y las puertas de bronce fueron rotas, y los muertos fueron liberados, y los guardianes de la puerta del infierno todos se encogieron de miedo. Y sin embargo, si él hubiera sido uno de los muchos, la muerte, por el contrario, se habría vuelto más poderosa; pero no fue así. Porque él no era uno de los muchos. Por lo tanto, la muerte fue disuelta. Y como quienes ingieren alimentos que no pueden retener, debido a eso vomitan también lo que antes estaba alojado en ellos, así también le sucedió a la muerte. Ese cuerpo, que no pudo digerir, lo recibió; y por lo tanto tuvo que expulsar lo que tenía dentro. Sí, sufrió dolores de parto mientras lo sostenía, y estuvo angustiado hasta que lo vomitó. Por eso dice el apóstol "habiendo liberado los dolores de la muerte" (Hch 11,24). En efecto, nunca una mujer en trabajo de parto estuvo tan llena de angustia como él fue desgarrado y atormentado mientras sostenía el cuerpo del Señor. Y lo que le sucedió al dragón babilónico, cuando, habiendo tomado la comida, se reventó por la mitad, esto también le sucedió a él. Porque Cristo no salió de nuevo por la boca de la muerte, sino que habiendo reventado y desgarrado en el mismo centro, el vientre del dragón, así desde sus aposentos secretos (Sal 19,5) gloriosamente salió y extendió sus rayos no sólo a este cielo, sino al mismísimo trono altísimo. Porque incluso allí lo llevó a lo alto. Nos ha dado este cuerpo para sostenerlo y comerlo; algo propio de un amor intenso. A quienes besamos con vehemencia, a menudo incluso los mordemos. Por eso también Job, indicando el amor de sus siervos hacia él, dijo que, movidos por su gran afecto, a menudo decían: "¡Oh, si fuéramos llenos de su carne!" (Job 31,31). Así también Cristo nos ha dado para que seamos llenos de su carne, atrayéndonos a un amor mayor.
VIII
Acerquémonos a él, amados, con fervor y con un amor ardiente, para no tener que sufrir castigo. En proporción a la grandeza de los beneficios que se nos otorgan, tanto más severamente seremos castigados si nos mostramos indignos de la generosidad. Este cuerpo, incluso acostado en un pesebre, fue reverenciado por los magos. Sí, hombres profanos y bárbaros, dejando su país y su hogar, emprendieron un largo viaje, y al llegar, con temor y gran temblor lo adoraron. Imitemos, pues, al menos a aquellos bárbaros, nosotros que somos ciudadanos del cielo. Porque ellos, en efecto, cuando lo vieron sólo en un pesebre y en una choza, y no había a la vista nada como lo que ahora contemplas, se acercaron con gran reverencia; pero tú no lo ves en el pesebre, sino en el altar; no una mujer lo sostiene en sus brazos, sino el sacerdote de pie, y el Espíritu, con extraordinaria generosidad, flotando sobre los dones puestos ante nosotros. No veis solamente este cuerpo en sí, como ellos lo vieron, sino que conocéis también su poder y toda su economía, y no ignoráis ninguna de las cosas santas que él realiza, habiendo sido iniciados exactamente en todo. Despertémonos y llenémonos de horror, y mostremos una reverencia mucho mayor que la de esos bárbaros; para que con acercamientos fortuitos e imprudentes no amontonemos fuego sobre nuestras cabezas. Pero digo esto no para impedir que nos acerquemos, sino para evitar que nos acerquemos sin consideración. Pues así como acercarse al azar es peligroso, no participar en esas cenas místicas es hambre y muerte. Pues esta mesa es el nervio de nuestra alma, el vínculo de nuestra mente, el fundamento de nuestra confianza, nuestra esperanza, nuestra salvación, nuestra luz, nuestra vida. Cuando con este sacrificio partamos al mundo exterior, con gran confianza pisaremos el umbral sagrado, cercado por todos lados como con una especie de armadura de oro. ¿Y por qué hablo del mundo venidero? Ya que aquí este misterio convierte la tierra en un cielo para vosotros. Abrid sólo por una vez las puertas del cielo y mirad dentro; no, mejor dicho, no del cielo, sino del cielo de los cielos; y entonces contemplaréis lo que he estado hablando. Porque lo que hay de más preciado que todo, esto os mostraré yaciendo sobre la tierra. Porque como en los palacios reales, lo más glorioso de todo no son los muros ni los tejados dorados, sino la persona del rey sentado en el trono; así también en el cielo el cuerpo del Rey. Pero esto, ahora se os permite ver en la tierra. Porque no son ángeles, ni arcángeles, ni cielos y cielos de los cielos lo que os muestro, sino al mismo Señor y dueño de éstos. ¿Percibís cómo aquello que es más precioso que todas las cosas es visto por vosotros en la tierra; y no sólo visto, sino también tocado; y no solo tocado, sino igualmente comido; y después de recibirlo vais a casa? Purifica tu alma, prepara tu mente para recibir estos misterios. Si te encargaran gestar al hijo de un rey con sus vestiduras, púrpura y diadema, desecharías todo lo terrenal. Pero ahora que no recibiste a un hijo de hombre, por real que sea, sino al Hijo unigénito de Dios mismo, ¿no te llenas de admiración, dime, y rechazas todo amor por las cosas mundanas, sin tener más valor que el de adornarte? ¿O aún miras hacia la tierra, amas el dinero y anhelas el oro? ¿Qué perdón puedes tener, entonces? ¿Qué excusa? ¿No sabes que todo este lujo mundano es repugnante para tu Señor? ¿No fue por esto que, al nacer, fue acostado en un pesebre y tomó para sí una madre humilde? ¿No le dijo por esto al que buscaba ganancias que "el Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza" (Mt 8,20)? ¿Y qué hicieron los discípulos? ¿Acaso no observaron la misma ley, al ser llevados a casas de pobres y hospedados, uno con un curtidor, otro con un fabricante de tiendas y con el vendedor de púrpura? Pues no se interesaban por el esplendor de la casa, sino por las virtudes de las almas. Imitemos también a estos, apresurándonos por la belleza de las columnas y los mármoles, y buscando las mansiones celestiales; pisoteemos todo el orgullo de aquí abajo con todo el amor al dinero, y adquiramos una mente elevada. Porque si somos sobrios, ni siquiera este mundo entero es digno de nosotros, mucho menos pórticos y arcadas. Por tanto, os suplico que adornemos nuestras almas, que decoremos esta casa que también tendremos con nosotros cuando partamos; para que podamos alcanzar las bendiciones eternas por la gracia y la misericordia de Jesucristo.
HOMILÍA 25
I
Todo lo que se vende en la carnicería, comedlo, sin preguntar nada por motivos de conciencia
Hasta ahora ha dicho Pablo a los corintios que no podían beber la copa del Señor y la copa de los demonios, y los había alejado de las mesas idolátricas a través de ejemplos judíos, razonamientos humanos, explicación de los misterios cristianos y atemorización ante los ritos demoníacos. Tras haberlos llenado de gran temor, y para que ese temor no los llevara de nuevo a otro extremo, ni se vieran obligados por escrúpulos, sino que lo hicieran todo con libertad y sabiendo estar tanto en un mercado como en otro lugar, Pablo libera ahora a los corintios de este aprieto, y les viene a decir: Todo lo que se vende en la carnicería, coman sin preguntar nada. Porque si comen por ignorancia y sin saberlo, no están sujetos al castigo. Como se ve, el argumento que esgrime el apóstol no es ya tanto la avaricia, sino la ignorancia. En definitiva, Pablo no sólo libera al hombre de esta ansiedad, sino también de la otra, estableciéndolo en completa seguridad y libertad. Pues ni siquiera le permite cuestionar. Es decir, investigar e indagar si se trata de un sacrificio a un ídolo o no; sino simplemente comer todo lo que viene del mercado, sin siquiera familiarizarse con lo que se le ofrece. De modo que incluso quien come, si lo ignora, puede liberarse de la ansiedad. Pues así es la naturaleza de las cosas que no son malas en su esencia, sino que, por la intención del hombre, lo hacen impuro. Por eso dice: "Sin preguntas".
Si algún incrédulo os invita a un banquete, y queréis ir, comed todo lo que os pongan delante, sin preguntar nada por motivos de conciencia
Observen de nuevo la moderación de Pablo, pues no ordenó ni promulgó una ley para que los corintios se retiraran temerariamente, y tampoco lo prohibió. Además, si se marchaban, los liberaba de toda sospecha. ¿Cuál podría ser la explicación de esto? Que tanta curiosidad no pareciera surgir del miedo ni la cobardía. Pues quien indaga escrupulosamente lo hace por temor; pero quien, al enterarse, se abstiene, lo hace por desprecio, odio y aversión. Por lo tanto, Pablo, con el propósito de establecer ambos puntos, dice: "Coman todo lo que se les ponga delante".
Si alguno os dijere que algo fue sacrificado a los ídolos, no lo comáis, por causa de aquel que lo declaró y por motivo de su conciencia
En definitiva, no es en absoluto por ningún poder que tengan los ídolos, salvo por ser malditos, que Pablo ordena a los corintios abstenerse de ellos. También dice que no huyan de ellos (pues no tienen fuerza), como si pudieran perjudicarlos. En definitiva, les dice que no participen, pues es la mesa de seres hostiles y degradados. Por eso dijo "no coman", por causa de quien lo manifestó y por motivos de conciencia, porque "del Señor es la tierra y su plenitud". ¿Ves cómo, tanto cuando les ordena comer como cuando deben abstenerse, presenta Pablo el mismo testimonio? ¿Qué testimonio? Éste mismo: que lo prohíbo no porque pertenecen a otros (pues "la tierra es del Señor"), sino por la conciencia, para que no sea dañada. ¿Debe uno, entonces, indagar escrupulosamente? No, dice Pablo, porque no dije "vuestra conciencia" sino la suya y "por aquel que la manifestó".
II
Quizás alguno diga: Los hermanos no nos dejan pasar, y no nos permiten probar con ellos, para que nuestra débil conciencia no se anime a comer los sacrificios a los ídolos. Y yo le digo: Bien, si se trata de algún pagano, ¿qué es este hombre para ti? Sobre todo, porque fuiste tú quien dijo: ¿Qué tengo yo que ver con juzgar a los de fuera? (1Cor 5,12). ¿Por qué, entonces, te preocupas por ellos? Seguramente me responderás: No es por él que me preocupo, sino también por ustedes. Bien, mas ¿por qué se juzga mi libertad por otra conciencia?. Es decir, por libertad, aquella que se deja sin cautela ni prohibición. Porque esto es libertad, la liberada de la esclavitud. Así, lo que quiere decir Pablo es esto: Dios me ha hecho libre y libre de todo daño, pero el gentil no sabe juzgar mi estilo de vida ni ver la liberalidad de mi Señor, sino que se condenará y se dirá a sí mismo: El cristianismo es una fábula, se abstiene de los ídolos, rehúye a los demonios y se aferra a la glotonería. ¿Y entonces qué? ¿Qué daño nos hace que nos juzgue injustamente? ¡Pero cuánto mejor es no darle margen de juicio alguno! Porque si te abstienes, ni siquiera dirá esto. ¿Cómo no lo dirá? Porque cuando me ve sin hacer estas preguntas, ni en la carnicería ni en el banquete, ¿qué le impediría usar este lenguaje y condenarme, como a alguien que participa sin discriminación? No es así en absoluto. Porque participan, no como de sacrificios a ídolos, sino como de cosas puras. Y si no hacen preguntas amables, es para indicar que no temen lo que se les presenta; por esta razón, ya sea que entren en una casa de gentiles o vayan al mercado, no les permito que hagan preguntas, ni se sientan perplejos y se causen problemas innecesarios.
Si participáis de algo por gracia, ¿por qué se habla mal de aquello por lo que dais gracias?
En esto, lo que Pablo les viene a decir a los corintios es, particularizando: ¿De qué participas tú, por gracia? ¿De los dones de Dios? Porque su gracia es tan grande que deja mi alma inmaculada y libre de toda contaminación. En efecto, así como el sol envía sus rayos sobre muchas manchas de contaminación y las retira de nuevo puras, así también nosotros, viviendo en medio del mundo, permanecemos puros, si queremos, por cuanto nuestro poder es aún mayor que el suyo. Seguramente me responderás: ¿Por qué abstenerse, entonces? Y yo te respondo: No tanto por volverte impuro, sino por amor a tu hermano, y para no hacerte cómplice de los demonios, y para no ser juzgado por el incrédulo. En este caso, ya no es la naturaleza de la cosa, sino la desobediencia y la amistad con los demonios lo que te hace impuro, y el propósito del corazón obra la contaminación. Seguramente me seguirás diciendo: ¿Por qué se habla mal de mí por aquello por lo que doy gracias?, pues yo doy gracias a Dios porque me ha enaltecido y no me veo perjudicado. Y yo te respondo: Pero los gentiles, al desconocer tu elevada norma de vida, sospecharán lo contrario y dirán: Aquí hay cristianos que se entregan al gusto de nuestras costumbres, como hipócritas que insultan a los demonios y luego acuden a sus mesas. Efectivamente, ¿qué puede ser más insensato que esto? Concluimos que no por amor a la verdad, sino por ambición y ansia de poder se han entregado a esta doctrina. ¿Qué locura sería entonces que, con respecto a las cosas por las que he sido tan beneficiado como para dar gracias solemnes, me convirtiera en causa de calumnias? Seguramente me dirás: Pero estas cosas alegarán los gentiles, cuando vean que no pregunto. Y yo te respondo: De ninguna manera, pues no todo está lleno de sacrificios a ídolos como para que él sospeche esto, ni tú mismo los saboreas como sacrificios a ídolos. Además, no seas tan escrupuloso, ni participes cuando alguien diga que es un sacrificio a ídolos. ¿Por qué? Porque Cristo te dio su gracia y te elevó por encima de toda injuria desde ese lado. Lo hizo no para que se hable mal de ti, ni para que la circunstancia que te ha beneficiado tanto como para ser motivo de especial agradecimiento, injurie tanto a otros como para hacerlos blasfemar. Es más, ¿por qué dice Pablo "no me siento injuriado, mas no hago esto como si estuviera en amistad con los demonios"? Por esto mismo: porque no puedes persuadirlo, aunque se lo repitas mil veces, por lo débil y hostil que es. En efecto, si tu hermano aún no ha sido persuadido por ti, mucho menos al enemigo y al gentil. Si está poseído por la conciencia del sacrificio idólatra, mucho más el incrédulo. Además, ¿qué motivo tenemos para tanta molestia? ¿Qué entonces? Si hemos conocido a Cristo y damos gracias, mientras ellos blasfeman, ¿deberíamos abandonar también esta costumbre? Lejos de eso, porque no es lo mismo. En un caso, gran ganancia nos reporta soportar el reproche; pero en el otro, ninguna. Por eso también dijo antes Pablo: "Ni si comemos, somos mejores; ni si no comemos, somos peores" (1Cor 8,8). Además de esto, también demostró cómo debía evitarse, de modo que por otra razón debían abstenerse, y no sólo por esta razón, sino también por las otras que alegó.
III
Ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para gloria de Dios
¿Percibís cómo, a partir del tema que tenía ante sí, llevó Pablo la exhortación a lo general, dándonos de un caso concreto (la comida) el más excelente de todos los fines (que Dios sea glorificado en todas las cosas)?
No deis ocasión de tropiezo a los judíos, ni a los griegos, ni a la Iglesia de Dios
Con esto, Pablo les vino a decir a los corintios: No deis oportunidad a nadie, porque en el caso supuesto, tanto vuestro hermano se ofenderá, como el judío os condenará más, y el gentil se burlará de vosotros, todos ellos tratándoos de glotones e hipócritas. Efectivamente, los cristianos no sólo no deberíamos perjudicar a los hermanos, sino que, en la medida de nuestras posibilidades, tampoco hemos de perjudicar a los de fuera. Si somos luz, levadura, luminarias y sal, debemos iluminar, no oscurecer; atar, no desatar; atraer a los incrédulos, no alejarlos. ¿Por qué, entonces, hacen huir a quienes deberían atraer? Incluso los gentiles se sienten heridos al vernos caer en tales cosas, pues desconocen nuestra mente y que nuestra alma ha superado toda contaminación del sentido. Y los judíos y los hermanos más débiles también sufrirán lo mismo. ¿Ves cuántas razones ha dado para abstenernos de los sacrificios a los ídolos? Por su inutilidad, por su inutilidad, por el perjuicio que causan a nuestro hermano, por las calumnias de los judíos, por las injurias de los gentiles, porque no debemos ser cómplices de los demonios, porque es una forma de idolatría. Además, porque había dicho "no deis ocasión de tropiezo", y los hizo responsables del daño causado, tanto a los gentiles como a los judíos; y el dicho era grave; vea cómo lo hace aceptable y ligero, poniéndose él mismo al frente y diciendo lo siguiente.
Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo
Nos encontramos ante una de las reglas de oro de Pablo y del cristianismo más perfecto, ante un hito exactamente establecido, ante un punto que se destaca por encima de los demás, a saber: la búsqueda de las cosas que son para el beneficio común (que también Pablo mismo declaró, al agregar "así como yo también soy de Cristo"). En efecto, nada puede hacer a un hombre un imitador de Cristo como el cuidado de sus vecinos. Es más, aunque ayunes, aunque te acuestes en el suelo e incluso te estrangules, pero no te preocupes por tu prójimo; no has hecho nada grande, pero aún así te mantienes lejos de esta Imagen, mientras lo haces. Sin embargo, en el caso que nos ocupa, incluso la cosa misma es naturalmente útil, a saber, el abstenerse de los sacrificios a los ídolos. Pero yo, dice él, he hecho muchas de esas cosas que también eran inútiles. Por ejemplo, cuando usé la circuncisión, cuando ofrecí sacrificios; Pues si alguien los examinara en sí mismos, más bien destruiría a quienes los siguen y los haría caer de la salvación. Sin embargo, me sometí incluso a estos por la ventaja que conllevan; pero aquí no existe tal cosa. Porque en ese caso, a menos que se obtenga cierto beneficio y se hagan por el bien de otros, entonces la cosa se vuelve perjudicial; pero en esto, aunque nadie tropiece, aun así uno debe abstenerse de lo prohibido. Pero no sólo me he sometido a lo perjudicial, sino también a lo penoso, porque "robé a otras iglesias su salario" (2Cor 11,8) y, cuando era lícito comer y no trabajar, no busqué esto, sino que preferí morir de hambre antes que ofender a otro. Por eso dice "agrado a todos en todo", a forma de decir: Aunque sea contra la ley, aunque sea laborioso y arriesgado, lo cual es necesario hacer, lo soporto todo por el bien de los demás. Así pues, estando por encima de todos en perfección, se volvió inferior a todos en condescendencia.
IV
Ninguna acción virtuosa puede ser demasiado exaltada si no distribuye su beneficio a los demás, como lo demuestra quien trajo consigo un talento a salvo y fue destrozado por no haberlo aprovechado. Y tú, hermano, aunque te quedes sin comer, aunque duermas en el suelo, aunque comas ceniza y te lamentes sin cesar, sin hacer el bien a nadie, no harás gran obra. Así también, aquellas grandes y nobles personas que al principio hicieron de esto su principal preocupación: examina con atención su vida, y verás claramente que ninguno de ellos se preocupó por sus propios asuntos, sino por los de su prójimo, de donde también brillaron con más fuerza. Así, Moisés obró muchas y grandes maravillas y señales, pero nada lo hizo tan grande como aquella bendita voz que dirigió a Dios, diciendo: "Si perdonas su pecado, perdónalo; pero si no, bórrame también a mí" (Ex 32,32) Así también era David, que dijo: "Yo, el pastor, he pecado y he obrado mal, pero estos, el rebaño, ¿qué han hecho? Que tu mano esté sobre mí y sobre la casa de mi padre" (2Sm 24,17). Abraham tampoco buscó su propio beneficio, sino el de muchos, y por ellos se expuso a peligros y suplicó a Dios por quienes no le pertenecían. En cuanto a quienes buscaban su propio beneficio, consideren el daño que también sufrieron. Lot, por ejemplo, tras haber escuchado "si tú vas a la derecha, yo iré a la izquierda" (Gn 13,9), buscó su propio beneficio, y ni siquiera lo encontró, pues esa región fue incendiada, mientras que la que rechazó permaneció intacta. Jonás, de nuevo, no buscando el beneficio de muchos, sino el suyo propio, estuvo en peligro incluso de perecer; y mientras la ciudad se mantenía firme, él mismo fue zarandeado y sumergido en el mar. Pero cuando buscó el beneficio de muchos, entonces también encontró el suyo. Jacob, entre los rebaños, sin buscar su propio beneficio, obtuvo abundantes riquezas. José también, buscando el beneficio de sus hermanos, encontró el suyo. Al menos, siendo enviado por su padre a sus hermanos (Gn 37,14) no dijo ¿no sabes que intentan despedazarme por mis sueños, y sufro castigo por ser amado por ti?, sino que prefirió el cuidado de sus hermanos por encima de todo. Por lo tanto, también disfrutó de todas las cosas buenas que siguieron, que lo hicieron muy brillante y lo declararon glorioso. Moisés, estando familiarizado con la corte de un rey, porque consideró el oprobio de Cristo (Hb 11,26) mayores riquezas que los tesoros de Egipto. Habiéndolos arrojado incluso todos de sus manos, se hizo partícipe de las aflicciones de los hebreos. Tan lejos de ser él mismo esclavizado, también los liberó de la esclavitud. Éstas son ciertamente grandes cosas y dignas de una vida angelical. Con todo, la conducta de Pablo las supera con creces. Porque todos los demás, dejando sus propias bendiciones, eligieron participar en las aflicciones de los demás; pero Pablo hizo algo mucho mayor. Pues no consintió en participar en las desgracias ajenas, sino que eligió estar en todos los extremos para que otros hombres pudieran disfrutar de las bendiciones. Ahora bien, no es lo mismo que quien vive en el lujo abandone su lujo y sufra adversidades, que uno solo, sufriendo adversidades, ayude a otros a vivir en seguridad y honor. Porque en el primer caso, aunque sea una gran cosa cambiar la prosperidad por la aflicción por el bien del prójimo, sin embargo trae cierto consuelo tener participantes en la desgracia. Pero consentir estar sólo en la aflicción para que otros puedan disfrutar de sus bienes, esto pertenece a un alma mucho más enérgica, y al propio espíritu de Pablo. Y no sólo por esto, sino por otra excelencia aún mayor, supera a todos los ya mencionados. Es decir, Abraham y todos los demás se expusieron a peligros en la vida presente, y todos ellos solo pedían esta clase de muerte de una vez por todas; pero Pablo oró para que él pudiera caer de la gloria del mundo venidero por el bien de la salvación de otros (Rm 9,3). Puedo mencionar también un tercer punto de superioridad. ¿Y cuál es? Que algunos de ellos, aunque intercedieron por quienes conspiraron contra ellos, lo hicieron por aquellos cuya guía les había sido confiada. Y sucedió lo mismo que si alguien defendiera a un hijo rebelde e indisciplinado, pero aun así hijo: mientras que Pablo deseaba ser maldecido en lugar de aquellos cuya tutela no le fue confiada. Pues a los gentiles fue enviado. ¿Percibes la grandeza de su alma y la elevación de su espíritu, que trascienden el cielo mismo? Imita a este hombre; pero si no puedes, al menos sigue a quienes brillaron en el antiguo pacto. Porque así encontrarás tu propio beneficio si buscas el de tu prójimo. Por tanto, cuando te sientas inseguro de cuidar de tu hermano, considerando que de otra manera no puedes salvarte, al menos por tu propio bien, defiéndelo a él y a sus intereses.
V
Hermano, aunque lo dicho basta para convencerte de que no hay otra manera de asegurar tu propio beneficio, si además te aseguras de ello con ejemplos de la vida cotidiana, imagina que se produce un incendio en cualquier casa, y que algunos vecinos, por su propio bien, se niegan a afrontar el peligro, encerrándose en casa, temiendo que alguien entre y robe algo de los enseres; ¿cuánto castigo sufrirán? Puesto que el fuego se encenderá y consumirá todo lo suyo; y por descuidar el beneficio del prójimo, pierden incluso lo suyo. Pues así, Dios, queriendo unirnos a todos, ha impuesto tal necesidad que el beneficio de un vecino está ligado al del otro; y así está constituido el mundo entero. Y por lo tanto, también en un barco, si se desata una tormenta y el timonel, dejando de lado el beneficio de la mayoría, busca sólo el suyo, se hundirá rápidamente, tanto él como los demás. Y de cada arte también podemos decir que si solo buscara su propio beneficio, la vida jamás subsistiría, ni siquiera el arte mismo que tanto busca lo suyo. Por lo tanto, el labrador no siembra solo el grano que le basta, pues hace tiempo que se habría muerto de hambre a sí mismo y a los demás; sino que busca el beneficio de la mayoría; y el soldado se enfrenta a los peligros, no para salvarse a sí mismo, sino también para asegurar sus ciudades; y el comerciante no trae a casa lo suficiente para sí solo, sino también para muchos otros. Ahora bien, si alguien dice que cada uno hace esto no buscando mi propio beneficio, sino el suyo propio, pues se involucra en todo esto para obtener dinero, gloria y seguridad, de modo que al buscar mi beneficio busca el suyo propio: esto también digo, y hace tiempo que deseaba oírlo de usted, y para ello he estructurado todo mi discurso; es decir, para indicar que su prójimo busca su propio beneficio cuando busca el suyo. Pues como los hombres no se decidirían a buscar el bien de su prójimo si no se vieran obligados a esta necesidad, Dios ha unido así las cosas y no les permite alcanzar su propio beneficio si no es a través del beneficio ajeno. Pues bien, es natural al hombre buscar el bien del prójimo; pero no por esta razón, debemos persuadirnos, sino por lo que agrada a Dios. Porque no es posible salvarse careciendo de esto; pero aunque se ejerza la máxima perfección en la obra y se descuide a los que perecen, no se obtendrá confianza en Dios. ¿De dónde se desprende esto? De lo que declaró el bienaventurado Pablo: "Si reparto mis bienes para alimentar a los pobres y entrego mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve" (1Cor 13,3). ¿Ves cuánto exige Pablo de nosotros? Y sin embargo, quien repartió sus bienes para alimentar a los pobres no buscó su propio bien, sino el de su prójimo. Pero esto por sí solo no basta, dice. Porque lo quería hecho con sinceridad y mucha compasión. Por eso también Dios lo estableció como ley para unirnos al vínculo del amor. Cuando él exige una medida tan grande, y nosotros no le damos ni siquiera lo que es menos, ¿de qué indulgencia seremos dignos? ¿Y cómo, dice uno, le dijo Dios a Lot por medio de los ángeles "escapa por tu vida" (Gn 19,17)? Dime cuándo y por qué. Cuando se acercaba el castigo, no cuando había oportunidad de corrección, sino cuando estaban condenados y enfermos incurables, y viejos y jóvenes se habían precipitado en las mismas pasiones, y de ahí en adelante debían ser quemados, y en ese día cuando los rayos estaban a punto de caer. Y además, esto no se refería al vicio y la virtud, sino al castigo infligido por Dios. Pues, dime, ¿qué iba a hacer? ¿Quedarse quieto y esperar el castigo, y sin aprovecharlos en absoluto, ser quemado? No, esto sería la mayor locura. Porque no afirmo que uno deba castigarse a sí mismo sin discriminación y al azar, aparte de la voluntad de Dios. Pero cuando un hombre persiste en el pecad, entonces te insto a que te esfuerces y lo corrijas: si quieres, por amor a tu prójimo; pero si no, al menos por tu propio beneficio. Es cierto que lo primero es lo mejor; pero si aún no llegas a esa altura, hazlo incluso por esto. Y que nadie busque lo suyo para poder encontrarlo; y teniendo en cuenta que ni la pobreza voluntaria ni el martirio, ni ninguna otra cosa, pueden testificar a nuestro favor, a menos que tengamos la virtud suprema del amor; conservemos esto por encima del resto, para que a través de él también podamos obtener todas las demás bendiciones, tanto presentes como prometidas, a las cuales todos podamos llegar por la gracia y la misericordia de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 26
I
Os alabo porque os acordáis de mí en todas las cosas, y retenéis las tradiciones tal como os las entregué
Habiendo completado Pablo el discurso sobre los sacrificios a los ídolos, como correspondía, y habiéndolo perfeccionado en todos los aspectos, pasa a otro tema, que también era una queja contra los corintios, aunque no tan grave. Lo que había hecho antes, lo hace también ahora: no exponer todas las acusaciones graves de una en una, sino, tras ordenarlas debidamente, insertar entre ellas las más leves, mitigando lo que los lectores considerarían ofensivo por su continua reprobación. Además, también colocó el más grave de todos los asuntos al final, el relativo a la resurrección. En efecto, cuando se admite una ofensa, la acusación puede hacerse con mayor vehemencia y amenaza, y probarse y reprenderse. Además. lo que se admite puede ser agravado, y lo susceptible de ser discutido ser demostrado y con ello admitido. La fornicación, por ejemplo, fue admitida como resultado de esta metodología. En ocasiones no tenía Pablo la necesidad de demostrar que existía una ofensa, mientras que en otras ocasiones sí veía necesario demostrar la magnitud de la trasgresión, o dirigir el discurso a través de comparaciones. Por ejemplo, el hecho de que los corintios litigaran ante extranjeros era una ofensa, pero no tan grave, y por ello Pablo pasó de largo el tema y apenas sí lo demostró. En cuanto al asunto de los sacrificios a los ídolos, esto sí fue era cuestionado por los corintios, aparte de ser un mal gravísimo. Por ello, en dicho asunto se entretuvo Pablo a través de demostraciones de ofensa y amplificación del discurso. Al hacer esto, Pablo no sólo los apartaba de los diversos delitos, sino que también los invita a no cometerlos en adelante. Así, por ejemplo, no sólo dijo que no se debía cometer fornicación, sino también que se debía exhibir gran santidad, añadiendo: "Glorificad a Dios, pues, en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu" (1Cor 6,20). Habiendo dicho, en otro caso, que no se debía ser sabio con la sabiduría externa, no se contentó con esto, sino que también invitó a los corintios a "volverse necios para el mundo y sabios para Dios" (1Cor 3,18). En los casos de no litigar ante los de fuera, ni hacer mal alguno, Pablo fue más allá, eliminando incluso el simple hecho de litigar, y les aconsejó no sólo no hacer mal alguno sino incluso sufrirlo. En el caso de los sacrificios a los ídolos, Pablo no sólo dijo que había que abstenerse de lo prohibido, sino también de lo permitido cuando se ofende; y no sólo no herir a los hermanos sino siquiera a los griegos ni a los judíos, cuando dijo: "No deis ocasión de tropiezo ni a los judíos, ni a los griegos, ni a la Iglesia de Dios" (1Cor 10,32).
II
Habiendo terminado todos los discursos sobre estos asuntos, con esta metodología, Pablo procede a otra nueva acusación contra los corintios. ¿Y cuál era esta? Ésta misma: que sus mujeres solían orar y profetizar sin velo y con la cabeza descubierta (pues entonces las mujeres también solían profetizar), y los hombres llegaban al extremo de llevar el pelo largo (como si hubieran dedicado su tiempo a la filosofía) y se cubrían la cabeza al orar y profetizar (ambas costumbres griegas). Desde entonces, ya los había amonestado Pablo sobre estas cosas cuando estaban presentes, y algunos quizás lo escucharon y otros desobedecieron; por lo tanto, en su carta, nuevamente, fomenta el lugar, como un médico, con su forma de dirigirse a ellos, y así corrige la ofensa. Pues que ya los había amonestado en persona es evidente por lo que comienza. ¿Por qué, si no, sin haber mencionado nada sobre este asunto en ninguna parte de la epístola, sino dejando de lado otras acusaciones, dice directamente: "Ahora os alabo, porque me recordáis en todo y mantenéis firmes las tradiciones, tal como os las transmití"? Usted ve que algunos obedecieron, a quienes él alaba; y otros desobedecieron, a quienes corrige con lo que viene después, diciendo, Ahora bien, si alguno parece ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre (1Cor 11,16). En efecto, si después de que algunos habían obrado bien pero otros desobedecieron, él hubiera incluido a todos en su acusación, él habría hecho a unos más atrevidos, y habría causado que los otros se volvieran más negligentes; mientras que ahora al alabar y aprobar a unos, y reprender a otros, él consuela a unos más eficazmente, y hace que los otros se encojan ante él. Porque la acusación incluso por sí misma era tal que bien podría herirlos; pero ahora que tiene lugar en contraste con otros que han obrado bien y son alabados, viene con un aguijón más agudo. Sin embargo, por el momento él no comienza con acusación, sino con encomios y grandes encomios, diciendo "les alabo porque se acuerdan de mí en todas las cosas". Porque tal es el carácter de Pablo; Aunque sólo sea por asuntos pequeños, teje una red de alabanzas; no lo hace por adulación; ni mucho menos; ¿cómo podría actuar así si no deseaba ni dinero, ni gloria, ni nada parecido? Pero para su salvación, ordena todos sus actos. Y por eso amplifica el elogio, diciendo: "Ahora os alabo, porque os acordáis de mí en todo". Hasta ahora su discurso sólo se refería a no llevar el pelo largo ni cubrirse la cabeza; pero, como dije, es muy generoso en elogios, dándoles mayor prominencia. Por lo tanto, dice: "Que me recordéis en todo y mantengáis firmes las tradiciones, tal como os las transmití". Parece entonces que en aquella época solía transmitir muchas cosas, también sin escribirlas, como lo demuestra también en muchos otros lugares. Pero en aquel entonces solo las transmitía, mientras que ahora añade una explicación de su razón: hacer a los obedientes más firmes, y abatir el orgullo de los que se oponen. Además, no dice "habéis obedecido", pues otros desobedecieron, sino que, sin despertar sospechas, lo insinúa con su modo de enseñar en lo que sigue.
Cristo es la cabeza de todo varón, el varón es la cabeza de toda mujer, y Dios la cabeza de Cristo
Aquí aporta Pablo la explicación y razón del asunto, y la expone para que los más débiles presten más atención. En concreto, viene a decir así: Quien es fiel, como debe ser, y firme, no exige ninguna razón ni causa de lo que se le manda, sino que se contenta con la ordenanza. Pero quien es más débil, cuando también conoce la causa, retiene lo que se le dice con más cuidado y obedece con mayor prontitud. Por lo tanto, no expuso la causa hasta que vio que se había trasgredido el mandamiento. ¿Cuál es, entonces, la causa? Ésta misma: que si la cabeza de todo hombre es Cristo, ¿es también él la cabeza de los gentiles? En absoluto, responde Pablo, porque si somos el cuerpo de Cristo, y por separado sus miembros (1Cor 12,27), no puede ser Cristo la cabeza de quienes no están en el cuerpo ni figuran entre los miembros. Así que cuando dice "de todo hombre", debe entenderse que se refiere al creyente. ¿Percibes cómo siempre apela a la vergüenza del oyente argumentando desde arriba? Así, tanto cuando hablaba del amor, como de la humildad y de la limosna, de ahí extraía sus ejemplos.
III
En cuanto a que "la cabeza de la mujer es el hombre; y la cabeza de Cristo es Dios", aquí los herejes solían asaltar a los cristianos con una cierta declaración de inferioridad del Hijo respecto del Padre, como si estas palabras de Pablo fuesen urdidas contra el Hijo. ¡Qué tropiezo hereje más considerable, sobre todo consigo mismos! ¿Por qué? Por esto mismo: porque si el hombre es la cabeza de la mujer, y la cabeza es de la misma sustancia que el cuerpo, y la cabeza de Cristo es Dios, el Hijo es de la misma sustancia que el Padre. Algún hereje me replicará: No es que sea de otra sustancia al Padre lo que pretendemos demostrar, sino que está sujeto al Padre. Y yo le respondo: En primer lugar, cuando se dice algo inferior de él unido como está con la carne, no hay menosprecio de la deidad en lo que se dice, pues la economía divina admite la expresión. Sin embargo, dime cómo pretendes demostrar esto a partir del pasaje. En efecto, como el hombre gobierna a la esposa, dice él, así también el Padre, Cristo. Por lo tanto, así como Cristo gobierna al hombre, así también el Padre, al Hijo. Porque la cabeza de todo hombre, leemos, es Cristo. ¿Y quién podría admitir esto? Pues si la superioridad del Hijo comparado con nosotros es la medida de la del Padre comparado con el Hijo, consideren a qué bajeza lo reducirán. Así que no debemos juzgar todo con la misma medida respecto a nosotros mismos y a Dios, aunque el lenguaje usado al respecto sea similar; sino que debemos asignar a Dios cierta excelencia apropiada, tan grande como le corresponde. Porque si no lo concedieran, se seguirían muchos absurdos. En definitiva, la cabeza de Cristo es Dios, y Cristo es la cabeza del hombre, y él de la mujer. Por lo tanto, si optamos por tomar el término cabeza en el mismo sentido en todas las cláusulas, el Hijo estará tan alejado del Padre como nosotros lo estamos de él. Es más, la mujer estará tan alejada de nosotros como nosotros lo estamos del Verbo de Dios. Y lo que el Hijo es para el Padre, esto somos nosotros para el Hijo y la mujer a su vez para el hombre. ¿Entiendes el término cabeza de forma diferente en el caso del hombre y la mujer que en el caso de Cristo? Por lo tanto, en el caso del Padre y del Hijo, también debemos entenderlo de forma diferente. ¿Cómo entenderlo de forma diferente?, dice el objetor. Según la ocasión. Pues si Pablo hubiera querido hablar de gobierno y sujeción, como dices, no habría presentado el ejemplo de una esposa, sino de un esclavo y un amo. ¿Qué pasa si la esposa está sujeta a nosotros? Es como una esposa, tan libre, como igual en honor. Y el Hijo también, aunque se hizo obediente al Padre, lo fue como Hijo de Dios, como Dios. Pues así como la obediencia del Hijo al Padre es mayor que la que encontramos en los hombres hacia los autores de su ser, así también su libertad es mayor. Puesto que, por supuesto, no se dirá que las circunstancias de la relación del Hijo con el Padre sean mayores e íntimas que entre los hombres, y las del Padre con el Hijo, menores. Porque si admiramos al Hijo por su obediencia hasta la muerte, y muerte de cruz, y consideramos esto como la gran maravilla en él, también debemos admirar al Padre por haber engendrado a un hijo así, no como un esclavo bajo órdenes, sino como un hombre libre, obediente y aconsejando. Porque el consejero no es un esclavo. Pero, de nuevo, cuando oigan hablar de un consejero, no lo entiendan como si el Padre estuviera necesitado, sino como si el Hijo tuviera el mismo honor que Aquel que lo engendró. Por lo tanto, no fuercen el ejemplo del hombre y la mujer en todos los detalles. Porque entre nosotros, la mujer está razonablemente sujeta al hombre, ya que la igualdad de honores causa contienda. Y no sólo por esta causa, sino también por el engaño (1Tm 2,14) que ocurrió al principio. Por lo tanto, como ves, no se sujetó tan pronto como fue creada; ni, cuando él la trajo al hombre, oyó tal cosa de Dios, ni el hombre le dijo tal cosa. Él dijo, en efecto, que "ella era hueso de sus huesos y carne de su carne" (Gn 2,23), pero en ningún momento la mencionó. Pero cuando hizo mal uso de su privilegio y la que había sido hecha ayuda resultó ser una trampa y lo arruinó todo, entonces se le dice con justicia que, para el futuro, "te volverás a tu esposo" (Gn 3,16). Para explicarlo, era probable que este pecado hubiera sumido a nuestra raza en una guerra; (pues, al haber sido ella creada a partir de él, no habría contribuido en nada a la paz cuando esto ocurrió. Es más, esto mismo habría endurecido aún más al hombre, pues ella, al ser creada a partir de él, no debería haber perdonado ni siquiera a quien era miembro de ella misma). Por lo tanto, Dios, considerando la malicia del diablo, erigió el baluarte de esta palabra y la enemistad que probablemente surgiría de su malvado plan, la eliminó mediante esta sentencia y por el deseo inculcado en nosotros, derribando así el muro divisorio, es decir, el resentimiento causado por ese pecado suyo. Pero en Dios y en esa esencia inmaculada, no se debe suponer tal cosa. No apliquen, pues, los ejemplos a todos, pues también en otras partes de esta fuente se producirán muchos errores graves. Porque así, al comienzo de esta misma epístola, dijo: "Todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios" (1Cor 3,22-23). ¿Qué, pues? ¿Son todos igualmente nuestros, como nosotros de Cristo y Cristo de Dios? En ningún sentido, sino que incluso en lo más sencillo la diferencia es evidente, aunque se use la misma expresión para Dios, Cristo y nosotros. Y en otra parte, habiendo llamado también al marido cabeza de la mujer, añadió: "Así como Cristo es cabeza, salvador y defensor de la Iglesia, así también el marido debe serlo de su mujer" (Ef 5,23). ¿Debemos, entonces, entender de la misma manera lo que dice el texto, tanto esto como todo lo que después se escribe a los efesios sobre este tema? Lejos de eso. Es imposible. Pues aunque las mismas palabras se dicen de Dios y de los hombres, no tienen la misma fuerza con respecto a Dios y a los hombres, sino que de una manera deben entenderse aquellas y de otra estas. Sin embargo, no todas las cosas de manera diferente: pues, de lo contrario, parecerían haber sido introducidas al azar y en vano, sin que obtengamos ningún beneficio de ellas. Pero así como no debemos aceptar todo por igual, tampoco debemos rechazarlo todo por completo. Para que lo que digo quede más claro, intentaré manifestarlo con un ejemplo. Cristo es llamado "cabeza de la Iglesia". Si no debo tomar nada de lo humano en la idea, ¿por qué, si no lo supiera, se usa la expresión? Por otro lado, si lo entiendo todo de esa manera, resultaría en un absurdo extremo. Pues la cabeza tiene pasiones similares a las del cuerpo y está sujeta a las mismas cosas. ¿Qué debemos entonces dejar pasar y qué aceptar? Deberíamos dejar pasar estos detalles que he mencionado, pero aceptar la noción de una unión perfecta y el primer principio; y ni siquiera estas ideas de manera absoluta, sino que aquí también debemos formarnos una noción, como podamos, de aquello que es demasiado elevado para nosotros y adecuado para la deidad: pues tanto la unión es más segura como el comienzo más honorable. De nuevo, oyes la palabra Hijo; no admitas en este caso todos los detalles, pero tampoco debes rechazarlos todos: sino que admite todo lo que es propio de Dios, por ejemplo, que él es de la misma esencia, que él es de Dios; las cosas que son incongruentes y pertenecen a la debilidad humana, déjalas en la tierra. Además, Dios es llamado luz. ¿Admitiremos entonces todas las circunstancias propias de la luz natural? De ningún modo. Pues esta luz cede ante la oscuridad, está circunscrita por el espacio, es impulsada por otro poder y queda eclipsada; nada de lo cual es lícito siquiera imaginar de esa esencia. Sin embargo, no rechazaremos todo por esto, sino que cosecharemos algo útil del ejemplo. La iluminación que nos viene de Dios, la liberación de la oscuridad, esto será lo que obtengamos de ella.
IV
Hasta aquí mi respuesta a los herejes, aunque volveré a repasar el tema más ordenadamente a lo largo de todo el pasaje. Lo haré por si alguno se queda con dudas, o por quienes se pregunten qué clase de delito era que la mujer estuviera descubierta, o el hombre cubierto. Sobre qué clase de delito es esto último, vayamos a ello. Se han dado muchos y diversos símbolos tanto al hombre como a la mujer (a él de gobierno, y a ella de sujeción). Entre ellos, también está el de que ella debe estar cubierta, mientras que él lleva la cabeza descubierta. Si estos son símbolos, se ve que ambos yerran al perturbar el orden apropiado y trasgredir la disposición de Dios y sus propios límites, tanto el hombre cayendo en la inferioridad de la mujer, como la mujer alzándose contra el hombre con sus vestimentas externas. Si el intercambio de prendas no es lícito, de modo que ni ella se vista con manto, ni él con manto o velo (pues la mujer, dice él, no vestirá lo que pertenece a un hombre, ni el hombre se pondrá ropa de mujer), mucho más indecoroso es que se intercambien estas cosas (Dt 22,5). Pues las primeras fueron ciertamente ordenadas por los hombres, aunque Dios las ratificó posteriormente; pero con naturaleza me refiero a estar cubierto o descubierto. Pero cuando digo naturaleza, me refiero a Dios. Pues él es quien creó la naturaleza. Por lo tanto, cuando se trastocan estos límites, se observan los grandes perjuicios que se producen. Y no me digas que el error es pequeño. En primer lugar, porque es grande incluso en sí mismo, al ser desobediencia. Además, aunque pequeño, se hizo grande por la grandeza de las cosas de las que es señal. Sin embargo, su importancia se evidencia en su eficaz contribución al buen orden entre la humanidad, manteniendo al gobernante y a los gobernados en sus respectivos puestos. De modo que quien trasgrede lo perturba todo, traiciona los dones de Dios y echa por tierra el honor que le fue otorgado desde arriba; no sólo el hombre, sino también la mujer. Porque para ella también es el mayor honor preservar su propio rango; como, de hecho, la conducta de un rebelde, una de las mayores desgracias.
Todo hombre que ora o profetiza con la cabeza cubierta, afrenta su cabeza. Toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta su cabeza
Como dije, en aquel tiempo había hombres que profetizaban, y mujeres que también tenían este don, como las hijas de Felipe (Hch 21,9). Acerca de ellos, también habló el profeta antaño, cuando dijo: "Vuestros hijos profetizarán, y vuestras hijas verán visiones" (Jl 2,28). Pues bien, al hombre lo obliga no a estar siempre descubierto, sino sólo cuando ora. Pues todo hombre que ora o profetiza con la cabeza cubierta la deshonra. Pero a la mujer le ordena estar siempre cubierta. Por lo tanto, tras decir "toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta la deshonra", no se detuvo sólo en este punto, sino que procedió a decir que "es lo mismo que si estuviera rapada". Pero si estar rapada es siempre deshonroso, es evidente también que estar descubierta es siempre un reproche. Y no sólo con esto se contentó, sino que añadió: «La mujer debe tener una señal de autoridad sobre la cabeza, por causa de los ángeles». Significa que no sólo en el momento de la oración, sino también continuamente, debe estar cubierta. Pero con respecto al hombre, ya no se trata de cubrirse, sino de llevar el cabello largo, que así formula su discurso. Solo prohíbe cubrirse cuando un hombre está rezando; pero desaconseja en todo momento llevar el cabello largo. Por lo tanto, respecto a la mujer, dijo "si no lleva velo, que se corte el pelo", y respecto al hombre dijo "si lleva el cabello largo, es una deshonra para él". No dijo "si se cubre", sino "si lleva el cabello largo". Por lo tanto, también dijo al principio: "Todo hombre que ora o profetiza con algo sobre la cabeza, deshonra su cabeza". No dijo cubierto, sino "teniendo algo sobre la cabeza", lo que significa que, aunque ore con la cabeza descubierta, si lleva el cabello largo, es como si estuviera cubierto. Porque el cabello, dice él, es dado para cubrirse.
Si la mujer no se cubre con velo, que se trasquile. Si le es vergonzoso trasquilarse, que se cubra con velo
Así, al principio simplemente exige Pablo a los corintios que la cabeza no esté descubierta. A medida que avanza su discurso, el apóstol insinúa tanto la continuidad de la regla (diciendo que es lo mismo que si estuviera rapada) como su observancia (con todo cuidado y diligencia). Pues no dijo simplemente cubierta, sino abrigada por todos lados. Reduciéndolo al absurdo, Pablo apela a su vergüenza, diciendo a modo de severa reprimenda: "Si no está cubierta, que también se la corte", como si dijera: Si desechas la cobertura que manda la ley de Dios, desecha también la que manda la naturaleza. Alguno dirá: ¿Cómo puede esto ser una vergüenza para la mujer, si ella asciende a la gloria del hombre? Y yo le respondo: No asciende, sino que cae de su propio honor. Puesto que no atenerse a nuestros propios límites y a las leyes ordenadas por Dios, sino ir más allá, no es una adición sino una disminución. Pues, como quien desea los bienes ajenos y se apropia de lo ajeno, no ha ganado nada más, sino que se ve disminuido, habiendo perdido incluso lo que tenía (lo cual también ocurrió en el paraíso), así también la mujer no adquiere la dignidad del hombre, sino que pierde incluso la decencia de la mujer que tenía. Y no sólo de ahí proviene su vergüenza y reproche, sino también a causa de su codicia. Habiendo tomado entonces lo que era confesadamente vergonzoso, y habiendo dicho que "es vergonzoso para una mujer estar rapada o rapada", declara en lo que sigue su propia conclusión: que se cubra. Y no dijo "que tenga el cabello largo", sino "que se cubra", ordenando que ambos sean uno, y estableciéndolos de ambas maneras, a partir de la costumbre y de sus contrarios: pues afirma que la cobertura y el cabello son uno, y también que quien se afeita es la misma que quien tiene la cabeza descubierta. Porque es una y la misma cosa, dice él, como si estuviera rapada. Alguno dirá: ¿Y si esta mujer tiene la cobertura natural, y la que está rapada ni siquiera la tiene? Y yo le respondo: En cuanto a su voluntad, ella también se deshizo de ella, al tener la cabeza descubierta, y si no está desprovista de cabello, es obra de la naturaleza, no suya. Así que, así como quien se afeita tiene la cabeza descubierta, esta mujer también. Por eso dejó a la naturaleza que le proveyera de un manto, para que también de él aprendiera esta lección y se cubriera con un velo. Luego enuncia también una causa, como quien conversa con personas libres, algo que he señalado en muchos lugares. ¿Cuál es entonces la causa? Lo dice Pablo a continuación.
El varón no debe tener la cabeza cubierta, pues es imagen y gloria de Dios
Ésta es otra causa de lo anterior, que viene a decir que el varón, porque tiene a Cristo como cabeza, no debe cubrirse la cabeza, así como también por gobernar a la mujer. En efecto, todo gobernante, al presentarse ante el rey, debía llevar el símbolo de su autoridad, y ningún gobernante sin cinturón y manto militar se atrevería a presentarse ante quien llevaba la diadema. De igual manera, tampoco el varón debía renunciar a sus símbolos de autoridad (uno de los cuales es no cubrirse la cabeza), tanto ante Dios como ante los demás, para no insultarse a sí mismo ni a su mujer, ni a quien le ha honrado. Y lo mismo puede decirse de la mujer. Pues para ella también es un reproche no tener los símbolos de su sujeción. Pero la mujer es la gloria del hombre. Por lo tanto, el gobierno del hombre es natural.
V
El varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón
Habiendo afirmado el punto anterior, anuncia Pablo nuevas razones y causas de lo mismo, conduciéndose a la primera creación y viniendo a decir: Si ser de otro es gloria de aquel de quien se es, mucho más ser imagen de él.
No fue creado el varón por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón
Consiste en la segunda prueba de superioridad del hombre sobre la mujer, y más bien también una tercera y una cuarta. La primera causa es que Cristo es la cabeza de los varones, y los varones de la mujer. Una segunda causa es que los varones son la gloria de Dios, y la mujer de los varones. Una tercera causa es que los varones no salieron de la mujer, sino ella de los varones. Una cuarta causa es que los varones no fueron creados para ella, sino ella para los varones.
La mujer debe tener una señal de autoridad, sobre la cabeza
Por esta causa, alude Pablo a los ángeles, viniendo a decir que, aunque desprecie a su marido, la mujer reverencie a los ángeles. De ello se desprende que estar cubierta es señal de sujeción y autoridad. Pues la induce a mirar hacia abajo, avergonzarse y a preservar íntegramente su propia virtud. Pues la virtud y el honor del gobernado residen en su obediencia. Además: el hombre no está obligado a hacer esto, pues es la imagen de su Señor; pero la mujer sí; y esto con razón. Considera, pues, el exceso de la trasgresión al ser honrado con tan alta prerrogativa, avergonzarte apoderándote del vestido de la mujer. Y haces lo mismo que si, habiendo recibido una diadema, la arrojaras de tu cabeza y, en su lugar, tomaras la vestimenta de un esclavo.
En el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón
Dado que había dado Pablo gran superioridad al hombre, al afirmar que la mujer es de él, para él y bajo él, para no enaltecer a los hombres más de lo debido, ni menospreciar a las mujeres, introduce ahora una corrección, diciendo: "Ni el hombre es sin la mujer, ni la mujer sin el hombre, en el Señor". No examines, te ruego, dice él, sólo las cosas primeras, y esa creación. Pues si indagas en lo que viene después, cada una de las dos es causa de la otra. O mejor dicho, ni siquiera así cada una de las otras, sino Dios de todo. Por lo tanto, dice: "Ni el hombre es sin la mujer, ni la mujer sin el hombre, en el Señor".
Así como la mujer proviene del varón, también el varón nace por la mujer
No dijo Pablo "de la mujer", sino que repite la expresión "del hombre" de 1Cor 11,7, pues esta prerrogativa particular sigue siendo enteramente del hombre. Sin embargo, estas excelencias no son propiedad del hombre, sino de Dios. Por lo tanto, añade "todo es de Dios". Si, pues, todo pertenece a Dios, y él lo manda, obedece y no contradiga.
Juzguen ustedes mismos. ¿Es propio que una mujer ore a Dios con el velo puesto?
De nuevo, coloca Pablo a los corintios como jueces de lo que él mismo dice, lo cual también había hecho con respecto a los sacrificios a los ídolos. Así como allí dijo "juzguen ustedes mismos lo que digo" (1Cor 10,15), aquí dice "juzguen ustedes mismos", y así insinúa algo aún más terrible que lo anterior. En concreto, dice que la afrenta recae en este caso sobre Dios, aunque ciertamente no se expresa así, sino con una forma de hablar más suave y enigmática, a forma de: ¿Es propio que una mujer ore a Dios sin el velo puesto?
¿Acaso la naturaleza misma no muestra que es una deshonra para el hombre tener el cabello largo? En cambio, para la mujer sí es una gloria tener el cabello largo
La constante práctica de Pablo, de exponer razones comúnmente aceptadas, es la que adopta también en este momento, recurriendo a la costumbre común y avergonzando enormemente a quienes esperaban que él les enseñara estas cosas, o decían incluso que dicha práctica común la habían aprendido de él. Por ello, viene a zanjar Pablo que "tales cosas no son desconocidas ni siquiera para los bárbaros". Fíjense en cómo en todas partes usa expresiones punzantes: todo hombre que reza con la cabeza cubierta deshonra su cabeza. Además, si es una vergüenza para una mujer estar rapada o rapada, que lleve velo. Aquí también, si un hombre tiene el cabello largo, es una vergüenza para él; pero si una mujer tiene el cabello largo, es una gloria para ella, pues su cabello le es dado como cobertura. Y si se le da como protección, dime: ¿Por qué necesita añadir otra protección? Para que no sólo la naturaleza, sino también su propia voluntad participen en su reconocimiento de sujeción. Para que debas estar cubierta, la naturaleza misma, anticipadamente, promulgó una ley. Añade ahora, te ruego, también tu propia parte, para que no parezca que subviertes las leyes mismas de la naturaleza; una prueba de la más insolente temeridad, para agredir no solo a nosotros, sino también a la naturaleza. Por eso Dios, acusando a los judíos, dijo: "Han matado a sus hijos e hijas; esto está más allá de todas sus abominaciones" (Ez 16,21-22). Y de nuevo, Pablo, al reprender a los impuros entre los romanos, agrava la acusación, diciendo que su comportamiento no sólo era contrario a la ley de Dios, sino incluso contra la naturaleza. Pues cambiaban el comportamiento natural por uno contrario a la naturaleza (Rm 1,26). Por esta razón, aquí también emplea este argumento, que significa precisamente que no está promulgando ninguna ley extraña y que entre los gentiles sus invenciones se considerarían una especie de novedad contra la naturaleza. Así también Cristo, dando a entender lo mismo, dijo: "Todo lo que queráis que los hombres hagan con vosotros, haced también vosotros con ellos", demostrando que no está introduciendo nada nuevo.
Si alguno quiere ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios
Es contencioso, declara Pablo aquí, oponerse a estas cosas, y no propio de cualquier ejercicio de la razón. No obstante, aun así, adopta una reprimenda mesurada hacia los corintios, para llenarlos aún más de auto-reproche (lo que, en realidad, endureció sus palabras), pues nosotros "no tenemos la costumbre de contender, luchar y oponernos". Y no se detuvo aquí, sino que añadió "ni las iglesias de Dios", dando a entender que se resisten y se oponen al mundo entero al no ceder. Sin embargo, aunque los corintios eran entonces contenciosos, ahora el mundo entero ha recibido y guardado esta ley. Tan grande es el poder del Crucificado.
VI
Para que las mujeres no fuesen consideradas inmodestas, o espiadas en sus actos, Pablo tuvo que regular en el futuro su discurso. Con todo, el mensaje siguió adelante, y al escribir a Timoteo no se contentó con estas cosas, sino que añadió otras, diciendo que se adornaran con ropa modesta, con pudor y modestia, y no con trenzas ni oro (1Tm 2,9). En efecto, si no se debe llevar la cabeza descubierta, sino llevar en todas partes la señal de autoridad, mucho más conviene exhibir lo mismo en nuestras acciones. Así, en cualquier caso, las mujeres de antaño también solían llamar señores a sus maridos (1 Pedro 3:6) y cederles la precedencia. Porque ellas, por su parte, dices, solían amar a sus propias esposas. Lo sé tan bien como tú; no lo ignoro. Pero cuando te exhortamos sobre tus propios deberes, no permitas que los de ellas ocupen toda tu atención. Así, cuando exhortamos a los hijos a obedecer a sus padres, diciendo "honra a tu padre y a tu madre", ellos nos responden: "Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos" (Ef 6,1-4). Y cuando les decimos a los siervos que está escrito que deben obedecer a sus amos y no servirles sólo a los ojos, nos exigen lo que sigue, pidiéndonos que demos el mismo consejo a los amos. Pues Pablo también les ordenó, según vieron, que dejaran de amenazar. Pero no hagamos esto ni investiguemos las cosas que se les mandan a otros cuando se nos acusa de lo nuestro; pues el hecho de tener un compañero en las acusaciones no os librará de la culpa; sino que os fijéis en una sola cosa: cómo podéis libraros de las acusaciones que pesan sobre vosotros. Adán también culpó a la mujer, y ella a la serpiente, pero esto no los liberó en absoluto. No me digas tú, pues, esto ahora, sino ten cuidado con toda consideración de pagar a tu marido lo que debes, pues también cuando yo hablo con tu marido, aconsejándole que te ame y te cuide, le permito no sacar a relucir la ley que está establecida para la mujer. Pero le exijo lo que está escrito para él. Por lo tanto, ocúpate sólo de lo que te pertenece y sé dócil con tu cónyuge. Si obedeces a tu esposo por amor a Dios, no me digas qué debe hacer él, sino qué responsabilidades te ha encomendado el legislador; cúmplelas con exactitud. Porque esto es, sobre todo, obedecer a Dios, no transgredir la ley ni siquiera al sufrir contradicciones. Y por la misma regla, quien es amado y ama, no se le considera autor de grandes cosas. Pero quien atiende a quien lo odia, éste es, sobre todo, el hombre que recibirá una corona. De la misma manera, considera también que si tu esposo te causa disgusto y lo soportas, recibirás una corona gloriosa; pero si es amable y manso, ¿qué recompensa te dará Dios? Y digo esto, no para pedir a los esposos que sean duros, sino para persuadir a las esposas a soportar incluso la dureza de sus esposos. Porque cuando cada uno se esmera en cumplir con su propio deber, pronto le seguirá también la parte del prójimo: así como la mujer está dispuesta a soportar incluso la conducta áspera del marido, y el marido se abstiene de abusar de ella cuando está de humor iracundo, entonces todo es calma y un puerto libre de olas.
VII
Hermanos, esto es lo que sucedía entre nuestros antepasados de antaño, en que cada uno se dedicaba a cumplir con su propio deber, sin exigir lo mismos a su prójimo. Así, si os fijáis, Abraham tomó al hijo de su hermano: su esposa no lo reprochó. Él le ordenó emprender un largo viaje; ella ni siquiera se opuso, sino que lo siguió. De nuevo, tras tantas miserias, trabajos y fatigas, habiéndose convertido en el amo de todo, cedió la precedencia a Lot. Y lejos de ofenderse Sara por esto, ni siquiera abrió la boca, ni pronunció nada parecido a lo que muchas mujeres de hoy en día pronuncian cuando ven a sus maridos quedar en inferioridad en tales asignaciones, y especialmente al tratar con personas inferiores; los reprochan, llamándolos necios, insensatos, poco viriles, traidores y estúpidos. Pero ella no dijo ni pensó tal cosa, sino que se complació con todo lo que él hacía. Y otra cosa, y mayor aún: después que Lot tuvo la elección puesta en su poder, y hubo echado la parte inferior sobre su tío, un gran peligro cayó sobre él. Al oír esto, el patriarca armó a todo su pueblo y se enfrentó a todo el ejército persa solo con sus criados. Ni siquiera entonces lo detuvo, ni le dijo, como era de esperar: Oh hombre, ¿a dónde vas, lanzándote por precipicios y exponiéndote a tan grandes peligros, por alguien que te hizo daño y se apoderó de todo lo tuyo, derramando tu sangre? Sí, y aunque te tomes a la ligera, ten piedad de mí, que he dejado casa, patria, amigos y parientes, y te he seguido en tan largo peregrinar; y no me involucres en la viudez ni en las miserias de la viudez. Nada de esto dijo ella, ni pensó en ello, sino que lo soportó todo en silencio. Después de esto, al continuar su vientre estéril, ella misma no sufre el dolor de las mujeres ni se lamenta; pero él se queja, aunque no a su esposa, sino a Dios. Y vean cómo cada uno conserva su parte: pues él no despreció a Sara por no tener hijos, ni la reprochó por nada parecido; y ella de nuevo ansiaba encontrarle algún consuelo por su esterilidad mediante la criada. Porque estas cosas no estaban prohibidas entonces como ahora. Pues ahora ni es lícito que las mujeres consientan a sus esposos en tales cosas, ni que los hombres, con o sin el conocimiento de la esposa, formen tales relaciones, aunque el dolor de no tener hijos los atormente infinitamente: ya que ellos también escucharán la sentencia, su gusano no morirá, ni su fuego se apagará. Porque ahora no está permitido, pero entonces no estaba prohibido. Por lo tanto, tanto su esposa ordenó esto, como él obedeció, aunque ni siquiera por placer. Pero he aquí, se dirá, cómo volvió a expulsar a Agar por orden suya. Bueno, esto es lo que quiero señalar: que él la obedeció en todo, y ella a él. Pero no te limites a estas cosas, sino examina, tú que presentas esta excusa, también lo que había sucedido antes: que Agar la insultara, que se jactara de su ama; ¿qué puede ser más vejatorio para una mujer libre y honorable?
VIII
Que la esposa no se demore en la virtud del esposo, para luego mostrar la suya, pues esto no es gran cosa. Por otro lado, que el esposo se demore en la obediencia de la esposa, para luego ejercer dominio propio, pues esto ya no sería su propio bien. Que cada uno, como dije, ponga primero su parte. Si a los gentiles que nos golpean por la derecha, debemos ofrecer la otra mejilla, mucho más se debe soportar la conducta dura de un esposo. Y no digo esto por una esposa que sea golpeada; ni mucho menos: pues esta es la mayor afrenta, no para la que es golpeada, sino para quien golpea. Pero incluso si por alguna desgracia te toca semejante compañera de yugo, no te lo tomes a mal, oh mujer, considerando la recompensa que se reserva para tales cosas y su alabanza también en esta vida presente. Y a ustedes, esposos, también les digo esto: Establezcan como norma que no puede haber tal ofensa que los obligue a golpear a una esposa. ¿Y por qué digo a una esposa? Porque ni siquiera a su sierva podría un hombre libre infligir golpes y violentar las manos. Si es gran vergüenza para un hombre golpear a una sierva, mucho más extender la mano derecha contra la que es libre. Y esto se podría ver incluso en las legislaturas paganas que ya no obligan a la que ha sido tratada así a vivir con quien la golpeó, por ser indigna de su compañía. Pues sin duda, es una gran ilegalidad cuando tu compañera de vida, quien en las relaciones más íntimas y en el más alto grado, está unida a ti; cuando ella, como una esclava vil, es deshonrada por ti. Por lo tanto, también un hombre así, si es que uno debe llamarlo hombre y no más bien una bestia salvaje, yo diría, era como un parricida y asesino de su madre. Pues si por amor a una esposa se nos ordenó dejar incluso a padre y madre, no agraviándolos, sino cumpliendo una ley divina; y una ley tan agradecida a nuestros padres que incluso ellos, las mismas personas a quienes dejamos, están agradecidos y la cumplen con gran entusiasmo; ¿qué sino un frenesí extremo puede ser insultar a aquella por cuyo amor Dios nos ordenó dejar incluso a nuestros padres? Pero bien podríamos preguntarnos: ¿Es sólo locura? También está la vergüenza: quisiera saber quién puede soportarla. ¿Y qué descripción puede presentarla; cuando gritos y lamentos recorren los callejones, y hay una carrera hacia la casa de aquel que se está deshonrando, tanto de los vecinos como de los transeúntes, como si una fiera estuviera causando estragos en su interior? Mejor sería que la tierra se abriera de par en par ante alguien tan frenético, que se le viera en el foro después de eso. Pero la mujer es insolente, dice él. Considera, sin embargo, que ella es una mujer, vaso más frágil, mientras que tú eres un hombre. Por eso fuiste ordenado para ser gobernante; y fuiste asignado a ella en lugar de una cabeza, para que pudieras soportar la debilidad de la que está bajo tu mando. Haz, entonces, que tu gobierno sea glorioso. Y glorioso será cuando el súbdito no sea deshonrado por ti. Y como el monarca parecerá tanto más digno cuanto mayor sea la dignidad que manifieste en el oficial bajo su mando; pero si deshonra y menosprecia la grandeza de ese rango, indirectamente está cortando una porción no pequeña de su propia gloria; así también deshonras a quien gobierna después de ti, y no menoscabarás en grado alguno el honor de tu gobierno. Considerando, pues, todas estas cosas, ordénate: y piensa también en aquella noche en que el padre, llamándote, te entregó a su hija como una especie de depósito, y habiéndola separado de todo: de su madre, de sí mismo, de la familia, confió toda su tutela a tu diestra. Considera que por medio de ella tienes hijos y te has convertido en padre, y sé también por ello amable con ella. ¿No ves a los labradores cómo cultivan la tierra que una vez recibió la semilla con diversos métodos, aunque presente mil inconvenientes (por ejemplo, aunque sea un suelo inhóspito o tenga malas hierbas, o aunque esté azotada por la lluvia excesiva debido a su situación)? Haz esto también. Así serás el primero en disfrutar tanto del fruto como de la calma. Tu esposa es para ti un refugio y un poderoso amuleto curativo que alegra tu corazón. Pues bien, si liberas tu puerto de vientos y olas, disfrutarás de mucha tranquilidad al regresar del mercado; pero si lo llenas de clamor y tumulto, solo te preparas un naufragio aún más doloroso. Para evitarlo, haz lo que te aconsejo: cuando ocurra algo incómodo en el hogar, si ella está equivocada, consuélala y no agraves la incomodidad. Porque aunque lo pierdas todo, nada es más doloroso que tener una esposa sin buena voluntad compartiendo tu hogar. Y sea cual sea la ofensa que puedas mencionar, no me dirás nada tan doloroso como estar en conflicto con ella. Así que, aunque solo fuera por estas razones, que su amor sea más valioso que todas las cosas. Porque si las cargas del otro deben ser llevadas, mucho más las de nuestra propia esposa. Aunque sea pobre, no la reprendas; aunque sea necia, no la pisotees, sino más bien, edúcala, porque es parte de ti y se han convertido en una sola carne. Pero ella es frívola, borracha y apasionada. Deberías entonces lamentarte por esto, no enojarte; suplicar a Dios, exhortarla, aconsejarla y hacer todo lo posible para eliminar el mal. Pero si la golpeas, agravas la enfermedad; pues la ferocidad se elimina con moderación, no con la ferocidad rival. Con esto, ten en cuenta también la recompensa de Dios: que cuando se te permita separarte de ella, y no lo hagas por temor a Dios, sino que soportes tan grandes defectos, temiendo la ley establecida en tales asuntos que prohíbe repudiar a una esposa, sea cual sea la enfermedad que tenga, recibirás una recompensa indescriptible. Sí, y antes de la recompensa, habrás ganado mucho, haciéndola más obediente y volviéndote tú más amable por ello. Se dice, por ejemplo, que un filósofo pagano, que tenía una esposa malvada, frívola y pendenciera, al ser preguntado por qué, teniendo a una mujer así, la soportaba, respondió: "Para tener en casa una escuela y un lugar de formación filosófica, porque seré más dócil con los demás siendo aquí disciplinado a diario". ¿Acaso lanzaste un grito fuerte? En este momento me duele profundamente que los paganos demuestren ser mejores amantes de la sabiduría que nosotros, a quienes se nos manda imitar a los ángeles (o mejor dicho, a quienes se nos manda seguir a Dios mismo en cuanto a la mansedumbre). Pero procedamos: se dice que por esta razón el filósofo, al tener una mala esposa, no la rechazó; y algunos afirman que esta misma fue la razón por la que se casó con ella. Pero yo, dado que muchos hombres tienen disposiciones poco razonables, aconsejo que al principio hagan todo lo posible y se aseguren de encontrar una pareja adecuada y llena de virtudes. Si no logran su objetivo, y la que han traído a casa no resulta ser una esposa buena ni tolerable, les pediría que, al menos, intenten ser como este filósofo, la instruyan en todos los aspectos y no consideren nada más importante que esto. Pues ningún comerciante, hasta que haya hecho un pacto con su socio capaz de lograr la paz, lanzará el barco a alta mar ni se dedicará al resto de la transacción. Entonces, esforcémonos al máximo para que nuestra socia en los negocios de la vida y en este nuestro barco, se mantenga en paz interior. Así, también nuestros demás asuntos estarán en calma, y con tranquilidad navegaremos por el océano de la vida presente. Comparado con esto, que la casa, los esclavos, el dinero, las tierras y los propios asuntos del estado sean menos importantes para nosotros. Y que sea más valioso para nosotros que quien con nosotros se sienta a remar no se amotine ni se desunión con nosotros. Así, nuestros demás asuntos avanzarán con una corriente favorable, y también en lo espiritual nos encontraremos mucho más libres de obstáculos, llevando este yugo unánimemente; y habiendo hecho todo bien, alcanzaremos las bendiciones que nos aguardan, a las cuales todos podamos llegar por la gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 27
I
En esto no os alabo: en que os reunís no para bien sino para mal
Al considerar la presente acusación de Pablo a los corintios, es necesario señalar también primero la causa de la misma. Así, nuestro discurso será más comprensible. ¿Cuál es, entonces, esta causa? Como en el caso de los 3.000 creyentes del principio, que todos comían en común y tenían todas las cosas en común, así también era la práctica en la época en que el apóstol escribió esto. No exactamente así, pero sí con una cierta efusión de esa comunión que habitaba entre ellos, que descendió también a los que vinieron después. Y como algunos eran pobres, pero otros ricos, no depositaron todos sus bienes en el centro, sino que abrieron las mesas en días señalados, como debía parecer; y cuando el servicio solemne terminó, después de la comunión de los Misterios, todos fueron a un banquete común; los ricos trajeron sus provisiones, los pobres e indigentes fueron invitados por ellos, y todos festejaron en común. Pero después esta costumbre también se corrompió. Y la razón fue que estaban divididos y se apegaban, unos a este grupo, otros a aquel, y decían: Yo soy de tal, yo de tal; Lo cual también para corregir dijo al principio de la epístola: "Se me ha dado a entender, por los de la casa de Cloe, que hay contiendas entre vosotros, y que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas". No es que Pablo fuera la persona a la que se apegaban, pues no lo habría soportado; pero deseando, por concesión, arrancar esta costumbre de raíz, se presentó, indicando que si alguien se hubiera inscrito incluso su nombre al separarse del cuerpo común, aun así, lo que había hecho era profano y de extrema maldad. Y si en su caso fue maldad, mucho más en el caso de los que eran inferiores a él.
II
Al romperse esta costumbre de los inicios, una costumbre excelente y sumamente útil (pues era fundamento de amor, consuelo para la pobreza, remedio para la riqueza, ocasión para la más alta filosofía y enseñanza de humildad), y dado que Pablo veía tan grandes ventajas que podían ser destruidas, naturalmente se dirige a los corintios con severidad, diciendo: "Al darles este encargo, no les alabo". Pues en el encargo anterior, como muchos observaban las ordenanzas, comenzó de otra manera, diciendo: "Ahora les alabo porque se acuerdan de mí en todo". Pero aquí, al contrario, les dice: "Al darles este encargo, no les alabo". Esta es la razón por la que no lo colocó después de la reprensión de quienes comen de los sacrificios a los ídolos. Pero como eso fue inusualmente duro, intercala el discurso sobre llevar el cabello largo, para no tener que pasar de una serie de reproches vehementes a otros de tipo envidioso y así parecer demasiado duro; y luego vuelve al tono más vehemente, y dice: "Al darte este encargo, no te alabo". ¿Qué es esto? Lo que estoy a punto de decirte. ¿Qué es, al darte este encargo, no te alabo? No te apruebo, dice él, porque me has obligado a darte consejos; no te alabo, porque has requerido instrucción al respecto, porque necesitas una amonestación de mi parte. ¿Percibes cómo desde el principio significa que lo que se hizo fue muy profano? Porque cuando quien yerra no debería requerir ni siquiera una pista para evitar errar, el error parecería ser imperdonable. ¿Y por qué no alaban? Porque "no se reúnen para bien, sino para mal" y no avanzan hacia la virtud. Pues sería conveniente que su liberalidad aumentara y se multiplicara, pero se han apartado de la costumbre que ya prevalecía, y la han apartado tanto que incluso necesitan mi advertencia para que vuelvan al orden anterior. Además, para que no pareciera que decía estas cosas solo por los pobres, no entra de inmediato en el discurso sobre las mesas, para no presentar su reprimenda de una manera que fácilmente podrían llegar a considerar insignificante, sino que busca una expresión sumamente desconcertante y aterradora. ¿Qué dice? Oigámoslo.
Cuando os reunís en la iglesia, oigo que hay divisiones entre vosotros
Aquí no dice Pablo "por temor a que no cenéis juntos en común, pues oigo que festejáis en privado, y no con los pobres", sino que dice lo que más le conmovió: el hecho de la división, que fue la causa de esta mala práctica. Por ello, Pablo les recordó de nuevo a los corintios lo que se dijo al principio de la epístola, y que fue significado por los de la casa de Cloe: "En parte lo creo" (1Cor 1,11). Así, para que no dijeran ¿y si los acusadores mienten?, no dice "lo creo" (para no volverlos imprudentes) ni "no lo creo" (para que no pareciera que reprende sin motivo), sino "lo creo en parte", lo que los inquieta e invita a volver a la corrección.
III
Es necesario que haya entre vosotros facciones, para que se manifieste bien quiénes son los aprobados
Por facciones no se refiere aquí Pablo a las cuestiones doctrinas, sino a las divisiones en la forma de actuar. Pero incluso si hubiera hablado de las herejías doctrinales, ni siquiera así dio argumentos a los corintios. Ya Cristo mismo dijo que "es necesario que surjan ocasiones de tropiezo" (Mt 18,7), no destruyendo la libertad de la voluntad ni imponiendo ninguna necesidad ni compulsión sobre la vida humana, sino prediciendo lo que ciertamente resultaría de la mala mente de los hombres (lo cual ocurriría, no por su predicción, sino porque los incurables tienen esa disposición). No porque él las predijera, estas cosas sucedieron, sino porque estaban a punto de suceder, por lo tanto las predijo. Pues, si las ocasiones de tropiezo fueran por necesidad y no por la mente de quienes las introducen, sería superfluo que dijera: ¡Ay de aquel hombre por quien viene la ocasión! Pero estas cosas las discutimos con más detalle al tratar el pasaje mismo; ahora debemos proceder a lo que nos ocupa. Ahora bien, al decir esto sobre las facciones relacionadas con las tablas, y sobre la contienda y división, lo manifestó también por lo que sigue. Pues habiendo dicho "oigo que hay divisiones entre vosotros", no se detuvo allí, sino que, indicando a qué divisiones se refiere, continúa diciendo: "Cada uno toma su propia cena antes que el otro", y: "¿No tenéis casas para comer y beber? ¿O despreciáis la Iglesia de Dios?". Sin embargo, es evidente que se refería a estas cosas. Y si las llama divisiones, no os maravilléis, pues quiere referirse a ellas con la expresión; mientras que si hubieran sido divisiones de doctrina, no las habría tratado con tanta suavidad. Escúchenlo, por ejemplo, cuando habla de algo así, cuán vehemente es tanto en la afirmación como en la reprensión: en la afirmación, como cuando dice: "Si incluso un ángel os predica un evangelio diferente del que habéis recibido, sea anatema" (Gál 1,8) sino en reprensión, como cuando dice: "Quien quiera de vosotros que quiera justificarse por la ley, ha caído de la gracia" (Gál 5,4) Y en una ocasión llama perros a los corruptores, diciendo: "Cuidado con los perros" (Flp 3,2), y: "Tienen la conciencia cauterizada" (1Tm 4,2), y: "Son ángeles de Satanás" (2Cor 11,14-15). Pero aquí no dijo tal cosa, sino que habló en un tono suave y moderado. Pero ¿qué es, para que los que son aprobados se manifiesten entre vosotros? Para que brillen más. Y lo que pretende decir es esto, que aquellos que son inmutables y firmes están lejos de ser perjudicados en absoluto por esto, sino que incluso los muestra más, y que los hace más gloriosos. Porque la palabra, eso, no siempre indica causa, sino con frecuencia también el acontecimiento de las cosas. Así, Cristo mismo la usa, cuando dice: "Para juicio he venido a este mundo; para que los que no ven, vean, y para que los que ven, sean cegados" (Jn 9,39) Así también Pablo en otro lugar, al disertar sobre la ley, escribe que "la ley se introdujo para que la trasgresión abundara" (Rm 5,20) Pero ni la ley fue dada con este fin de que las trasgresiones de los judíos pudieran aumentar (aunque esto sí sucedió), ni Cristo vino con este fin de que los que ven pudieran ser cegados, sino para lo contrario; pero el resultado fue tal. Así pues, también aquí debe entenderse la expresión: para que los aprobados se manifiesten. Pues no fue con esta intención que surgieron las herejías, para que los aprobados se manifestaran, sino que al ocurrir estas herejías, tal fue el resultado. Ahora bien, dijo esto para consolar a los pobres, a aquellos que noblemente soportaban ese tipo de desprecio. Por lo tanto, no dijo "para que sean aprobados", sino "para que los aprobados se manifiesten", mostrando que antes de esto también lo eran, pero estaban mezclados con la multitud, y aunque disfrutaban del alivio que les brindaban los ricos, no eran muy visibles; pero ahora esta lucha y contienda los manifestaba, tal como la tormenta muestra al piloto. Y no dijo "para que parezcan aprobados", sino "para que se manifiesten los aprobados, aquellos entre ustedes que lo son". Porque ni cuando acusa los expone para no hacerlos más imprudentes, ni cuando alaba, para no hacerlos más jactanciosos. pero deja tanto esta expresión como aquella en suspenso, dejando que sea la conciencia de cada uno la que haga la aplicación de lo que dice. No me parece que aquí sólo estuviera consolando a los pobres, sino también a quienes no violaban la costumbre. Pues era probable que entre ellos también hubiera quienes la observaban. Y por eso dijo "en parte lo creo". Con razón, pues, llama aprobados a quienes no sólo observaron la costumbre con los demás, sino que incluso sin ellos mantuvieron esta buena ley intacta. Y lo hace, procurando con tales elogios que tanto a los demás como a estas personas se les dé mayor prestigio.
IV
Cuando os reunís así, no es posible comer la cena del Señor
Finalmente, añade Pablo aquí las consecuencias de la ofensa. ¿Ven con qué eficacia, apelando a la vergüenza, e incluso a través de la narrativa, se las ingenia Pablo para dar salida al asunto y aconsejarlos? Pues la apariencia de su asamblea, dice, es diferente. Es de amor y afecto fraternal. Al menos un lugar los recibe a todos, y están juntos en un solo rebaño. Pero el banquete, llegados a ese punto, no se parece en nada a la asamblea de adoradores. Y no dijo "no es posible comer en común ni festejar unos con otros", sino que, con mucho mayor temor, los reprende, diciendo: "No es posible comer la cena del Señor", enviándolos ahora de este punto a esa noche en la que Cristo pronunció los terribles misterios. Por eso también llamó cena a la comida de la mañana. Pues esa cena también los tenía a todos sentados a la mesa juntos; sin embargo, seguramente no era tan grande la distancia entre ricos y pobres como entre el Maestro y los discípulos. Porque eso es infinito. ¿Y por qué digo el Maestro y los discípulos? Pensemos en el intervalo entre el Maestro y el traidor. Sin embargo, el Señor mismo se sentó a la mesa con ellos y ni siquiera lo echó fuera, sino que le dio su porción de sal y lo hizo partícipe de los misterios. A continuación, explica por qué no es posible comer la cena del Señor de esta manera.
En vuestra comida, cada uno se adelanta a tomar su propia cena, y uno tiene hambre mientras otro está borracho
¿Perciben cómo insinúa aquí Pablo que, por el mal del que les está hablando, los corintios se estaban deshonrando a sí mismos? ¿Por qué? Porque lo que era del Señor lo hacían privado, de modo que ellos mismos eran los primeros en sufrir la indignidad, privando a su propia mesa de su mayor prerrogativa: la cena del Señor. En efecto, la cena del Señor debe ser común, pues la propiedad del Maestro no pertenece a su siervo sin pertenecer antes a él, sino en común a todos. De modo que con la cena del Señor expresa esto: la comunidad de la fiesta. En definitiva, es como si Pablo dijera: Si es de tu señor, como sin duda lo es, no debes retirarlo como privado, sino como perteneciente a tu Señor y Maestro, para ponerlo en común ante todos. En efecto, éste es el significado de "del Señor". Pero ahora no permites que sea del Señor, no permites que sea común, sino que festejas solo. Por lo que también continúa diciendo: "Cada uno toma su propia cena antes que el otro". No dijo que corta, sino que "toma antes", censurándolos tácitamente a ambos por avaricia y precipitación. Esto al menos lo demuestra la consecuencia. Pues habiendo dicho esto, añadió de nuevo: uno tiene hambre y otro está ebrio, cada uno de los cuales mostró falta de moderación, tanto en el ansia como en el exceso. Véase también una segunda falta por la que se perjudica a esas mismas personas: la primera, que deshonran su cena; la segunda, que son codiciosos y ebrios; y lo que es aún peor, incluso cuando los pobres tienen hambre. Pues lo que se pretendía que se pusiera de manifiesto ante todos en común, que estos hombres comieron solos, y procedieron tanto a la saciedad como a la embriaguez. Por lo tanto, no dijo que "está saciado", sino que "está ebrio". Ahora bien, cada uno de estos, incluso por sí mismo, es digno de censura: pues es una falta emborracharse incluso sin despreciar a los pobres; Y despreciar a los pobres sin estar ebrio es una acusación. Cuando ambas cosas se unen al mismo tiempo, considere cuán grande es la trasgresión. A continuación, después de haber señalado su profanidad, añade su reprimenda en lo que sigue, con mucho enojo.
¿Qué? ¿No tenéis casas donde comer y beber? ¿O despreciáis a la Iglesia de Dios, y avergonzáis a quienes no tienen?
¿Ven cómo transfirió Pablo la acusación de la indignidad ofrecida a los pobres a la Iglesia, para que sus palabras causaran una mayor impresión de repugnancia? Aquí ahora ves una cuarta acusación, cuando no sólo se insulta a los pobres, sino también a la Iglesia. Porque así como se hace de la Cena del Señor una comida privada, también se hace del lugar, usando la Iglesia como casa. Porque fue hecha Iglesia, no para que nosotros, los que nos reunimos, nos dividiríamos, sino para que los que están divididos se unieran: y este acto de reunirse lo demuestra. Y avergonzar a los desposeídos. No dijo "para matar de hambre" a los desposeídos, sino "para avergonzarlos", señalado que no les importa tanto la comida como el mal que se les inflige. He aquí una quinta acusación: no sólo para ignorar a los pobres, sino incluso para avergonzarlos. Esto lo dijo por dos motivo. En parte, para tratar con reverencia las preocupaciones de los pobres, e insinuar que no se afligen tanto por el estómago como por la vergüenza. Y en parte, para despertar la compasión del oyente. Habiendo señalado, pues, tan grandes impiedades, la indignidad a la cena, la indignidad a la Iglesia, el desprecio hacia los pobres, suaviza de nuevo el tono de su reproche, diciendo de repente: "¿Debo alabarte? En esto no te alabo". Por lo que es especialmente sorprendente que, cuando era necesario golpear y reprender con más vehemencia tras la prueba de tan grandes ofensas, hiciera lo contrario, cediera y les permitiera recobrar el aliento. ¿Cuál sería, entonces, la causa? Había tocado con más dolor de lo habitual, agravando la acusación, y como excelente médico, adapta la incisión a las heridas, sin cortar superficialmente las partes que requieren un golpe profundo (pues ya le habéis oído cómo cortó entre esas mismas personas al que había cometido fornicación), ni sometiendo al bisturí las cosas que requieren remedios más suaves. Por eso también aquí habla con más suavidad, y desde otro punto de vista también procura especialmente hacerlos amables con los pobres, y por eso habla con ellos más bien en tono moderado. Luego, queriendo avergonzarlos aún más con otro tema, retoma los puntos que eran más esenciales y con ellos teje su discurso.
V
Yo recibí del Señor lo mismo que os he enseñado: que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan. Habiendo dado gracias, lo partió y dijo: "Tomad y comed, pues esto es mi cuerpo que por vosotros es partido. Haced esto en memoria mía"
¿Por qué menciona aquí Pablo los misterios de Cristo? Por esto mismo: porque ese argumento era muy necesario para su propósito actual. Así, vuestro Maestro os consideró a todos dignos de la misma mesa, aunque sea muy imponente y exceda con creces la dignidad de todos; pero vosotros los consideráis indignos incluso de la vuestra, por pequeña y miserable que sea; y aunque no os superan en lo espiritual, les robáis en lo temporal. Pues estas tampoco son vuestras. Pero no se expresa así para evitar que su discurso resulte áspero, sino que lo formula de una forma más suave, diciendo que "el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan". ¿Y por qué nos recuerda el tiempo, aquella noche y la traición? No con indiferencia ni sin razón, sino para colmarlos de remordimiento, aunque solo fuera por la consideración del tiempo. Porque incluso si uno fuera una piedra, al recordar aquella noche, cómo estuvo con sus discípulos, tan pesado, cómo fue traicionado, cómo fue atado, cómo fue llevado, cómo fue juzgado, cómo sufrió todo lo demás en orden, se ablanda más que la cera y se aparta de la tierra y de toda la pompa de este mundo. Por eso nos lleva al recuerdo de todas esas cosas, por su tiempo, su mesa y su traición, avergonzándonos y viniendo a decir: Tu Maestro se entregó a sí mismo por ti; y tú ni siquiera compartes un poco de comida con tu hermano por tu propio bien. Pero ¿cómo dice que lo recibió del Señor? Pues ciertamente no estaba presente entonces, sino que era uno de los perseguidores. Para que sepan que la primera mesa no tuvo ventaja sobre la que viene después. Porque incluso hoy es él quien lo hace todo y lo entrega como entonces. Y no sólo por esto nos recuerda aquella noche, sino también para, de otra manera, inducirnos a la contrición. Porque así como recordamos particularmente las últimas palabras que oímos de los que parten, y a sus herederos, si se aventuran a trasgredir sus mandatos, cuando queremos avergonzarlos, venimos a decir: Consideren que esta fue la última palabra que les dirigió su padre, y hasta la noche en que estaba a punto de exhalar su último suspiro, repitió estos mandatos. Así también Pablo, con el propósito de que su argumento fuera terrible, viene a decirles: Recuerden que este fue el último rito misterioso que les dio, y que en aquella noche en que estaba a punto de ser inmolado por nosotros, ordenó estas cosas, y tras habernos entregado la cena después, no añadió nada más. A continuación, procede a relatar lo sucedido, diciendo: "Tomó pan y, tras dar gracias, lo partió y dijo: Tomad, comed: este es mi cuerpo, que por vosotros es partido". Si, pues, vienes a ofrecer un sacrificio de acción de gracias, no hagas nada indigno de él: no deshonres a tu hermano ni lo descuides en su hambre; no te emborraches, no insultes a la Iglesia. Así como vienes a dar gracias por lo que has disfrutado, tú también debes corresponder a tu prójimo, y no te aísles de tu prójimo. Cristo, por su parte, dio a todos por igual, diciendo: "Tomad, comed". Dio su cuerpo por igual, pero ¿acaso no das tú el pan común por igual? Sí, fue partido por todos por igual y se convirtió en el cuerpo por igual para todos.
Así mismo, el Señor tomó también la copa, después que hubo cenado, y dijo: "Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre. Haced esto todas las veces que bebáis de ella, en memoria mía"
¿Qué dices, oh Pablo? ¿Haces memoria de Cristo, y desprecias a los pobres sin temblar? ¿Por qué, si un hijo o un hermano hubiera muerto y estuvieras recordándolo, te habría remordido la conciencia si no hubieras cumplido la costumbre de invitar a los pobres? Y cuando haces memoria de tu Maestro, ¿no ofreces siquiera una porción de la mesa? ¿Qué es lo que quiere decir "esta copa es el nuevo pacto"? Porque también existía una copa del Antiguo Pacto: las libaciones y la sangre de las bestias. Pues después de sacrificar, solían recibir la sangre en un cáliz y un cuenco y así derramarla. Desde entonces, en lugar de la sangre de las bestias, trajo su propia sangre; para que nadie se inquietara al oír esto, les recuerda ese antiguo sacrificio.
VI
Tantas veces como comáis este pan, y bebáis esta copa, anunciáis la muerte del Señor hasta que él venga
Habiendo hablado Pablo de aquella Última Cena, conecta las cosas presentes con las de aquel tiempo, para que así como aquella misma noche, reclinados en aquel mismo lecho, recibiendo de Cristo mismo este sacrificio, así también ahora los hombres pudieran ser conmovidos. Porque así como Cristo dijo respecto al pan y la copa: "Haced esto en memoria mía", revelándonos la causa de la entrega del misterio. Además, declaró que esto era motivo suficiente para fundamentar nuestro temor religioso (pues al considerar lo que vuestro Maestro ha sufrido por vosotros, mejor os negaréis a vosotros mismos), así también Pablo dice aquí: "Cada vez que coméis, proclamáis su muerte". Y ésta es la cena. A continuación, insinuando que permanece hasta el fin, dice: "Hasta que él venga".
Quien coma este pan o beba la copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor
¿Por qué será culpado? Por esto mismo: porque la derramó, y hace que parezca una matanza y no un sacrificio eucarístico. Así como quienes lo traspasaron, no lo hicieron para beber, sino para derramar su sangre, así también lo hace quien viene indignamente y no obtiene ningún beneficio. ¿Ves cuán temible es su discurso y cómo los arremete con vehemencia, dando a entender que si beben así, participan indignamente de los elementos? En efecto, ¿cómo puede ser de otra manera que indignamente cuando es él quien descuida al hambriento? ¿Quién, además de descuidarlo, lo avergüenza? Si no dar a los pobres expulsa a alguien del reino, aunque sea virgen. O mejor aún, no dar con liberalidad (pues incluso esas vírgenes tenían aceite, pero no en abundancia), ¿considera cuán grande será el mal de haber cometido tantas impiedades? Alguno dice: ¿Qué impiedades? Y yo le digo: ¿Por qué dices qué impiedades? Has participado de tal mesa, y cuando deberías ser más gentil que cualquiera y como los ángeles, nadie tan cruel como tú te has vuelto. Has probado la sangre del Señor, y ni siquiera entonces reconoces a tu hermano. ¿De qué indulgencia eres entonces digno? Mientras que si incluso antes de esto no lo hubieras conocido, deberías haber llegado a conocerlo a través de la mesa; pero ahora deshonras la mesa misma; él habiendo sido considerado digno de participar de ella y tú no lo juzgas digno de tu comida. ¿No has oído cuánto sufrió quien exigió los cien denarios? ¿Cómo anuló el don que se le concedió? ¿No te viene a la mente lo que eras y en lo que te has convertido? ¿No te recuerdas que si este hombre era pobre en posesiones, tú eras mucho más pobre en buenas obras, estando lleno de diez mil pecados? Sin embargo, Dios te libró de todo eso y te consideró digno de tal mesa; pero ni siquiera por eso te hiciste más misericordioso; por lo tanto, naturalmente, no queda más que ser entregado a los verdugos.
VII
Escuchemos estas palabras, hermanos, los que nos acercamos a esta santa mesa con los pobres y, al salir, parece que ni siquiera los hemos visto, sino que nos ponemos ebrios y pasamos descuidadamente junto a los hambrientos. Escuchémoslas, pues eso es precisamente de lo que Pablo acusaba a los corintios. ¿Y cuándo ocurre esto? Dime. En todo momento, pero especialmente en las fiestas, donde sobre todo no debería ocurrir. ¿No es cierto que en esos momentos, inmediatamente después de la comunión, la embriaguez y el desprecio hacia los pobres prevalecen? Y habiendo participado de la sangre, cuando era tiempo de ayunar y velar, te entregas al vino y a la juerga. Y sin embargo, si por casualidad has preparado tu desayuno con algo bueno, cuídate, no sea que con otra comida insípida estropees el sabor de la primera; y ahora que te has estado deleitando con el Espíritu, introduces un lujo satánico. Consideren lo que hicieron los apóstoles cuando participaron de la santa cena: ¿no se dedicaron a orar y cantar himnos? ¿A las vigilias sagradas? ¿A esa larga labor de enseñanza, tan llena de abnegación? Porque entonces les relató y les comunicó aquellas grandes y maravillosas cosas, cuando Judas salió a llamar a quienes estaban a punto de crucificarlo. ¿No han oído cómo los tres mil que participaron de la comunión continuaron incluso en la oración y la enseñanza, no en festines ni juergas? Pero ustedes, antes de haber participado, ayunaron para, en cierta manera, parecer dignos de la comunión; pero cuando han participado, y deben aumentar su templanza, lo arruinan todo. Y sin embargo, ciertamente no es lo mismo ayunar antes que después. Porque si bien es nuestro deber ser templarios en ambos momentos, sin embargo, especialmente después de haber recibido al Esposo. Antes, para que seáis dignos de recibir; después, para que no seáis hallados indignos de lo que habéis recibido. ¿Qué entonces? ¿Debemos ayunar después de recibir? No digo esto, ni uso ninguna obligación. Esto, en verdad, estaría bien; sin embargo, no lo impongo, sino que los exhorto a no festejar en exceso. Porque si uno nunca debe vivir lujosamente, y Pablo lo demostró cuando dijo: "La que se entrega al placer está muerta mientras vive" (1Tm 5,6); mucho más estará muerta entonces. Y si el lujo es muerte para una mujer, mucho más para un hombre; y si esto hecho en otro momento es fatal, mucho más después de la comunión de los misterios. Y ustedes, habiendo tomado el pan de vida, ¿hacen una acción de muerte y no se estremecen? ¿No saben cuántos grandes males trae el lujo? Risas inoportunas, expresiones desordenadas, bufonadas cargadas de perdición, frivolidades inútiles, todas las demás cosas, que ni siquiera es apropiado nombrar. Y estas cosas las haces cuando has disfrutado de la mesa de Cristo, en ese día en que has sido considerado digno de tocar su carne con tu lengua. ¿Qué se debe hacer entonces para evitar estas cosas? Purifica tu mano derecha, tu lengua, tus labios, que se han convertido en un umbral para que Cristo los pise. Considera el momento en que te acercaste y dispusiste una mesa material, eleva tu mente a esa mesa, a la cena del Señor, a la vigilia de los discípulos, en esa noche, esa noche santa. No, más bien, uno debe examinar con atención, este mismo estado presente es de noche. Velemos entonces con el Señor, compungámonos en nuestros corazones con los discípulos. Es tiempo de oraciones, no de embriaguez; siempre, de hecho, pero especialmente durante una fiesta. Porque una fiesta, por lo tanto, está designada, no para que nos comportemos indecorosamente, no para que acumulemos pecados, sino más bien para que borremos los que existen. Sé, en verdad, que digo estas cosas en vano, pero no cesaré de decirlas. Porque si no todos obedecen, seguramente no todos desobedecerán. O mejor dicho, aunque todos sean desobedientes, mi recompensa será mayor, aunque la de ustedes sea mayor condenación. Sin embargo, para que no sea mayor, por este motivo no cesaré de hablar. Porque quizás, quizás, con mi perseverancia pueda alcanzarlos. Por lo cual te suplico que no hagamos esto para condenación; alimentemos a Cristo, démosle de beber, vistámosle. Estas cosas son dignas de esa mesa. ¿Has escuchado himnos sagrados? ¿Has visto una boda espiritual? ¿Has disfrutado de una mesa real? ¿Has quedado lleno del Espíritu Santo? ¿Te has unido al coro de los serafines? ¿Te has hecho partícipe de los poderes de lo alto? No deseches tan gran alegría, no malgastes el tesoro, no traigas la embriaguez, la madre del abatimiento, la alegría del diablo, la madre de diez mil males. Porque de ahí viene un sueño como la muerte, y pesadez de cabeza, y enfermedad, y olvido, y una imagen de la condición de los muertos. Además, si no elegirías encontrarte con un amigo estando ebrio, cuando tienes a Cristo dentro, ¿te atreverías, dime, a imponerle tan gran exceso? ¿Pero amas el goce? Entonces, por esta misma razón, deja de emborracharte. Porque yo también quiero que disfrutes, pero con el goce verdadero, el que nunca se desvanece. ¿Qué es, entonces, el goce verdadero, el que siempre florece? Invita a Cristo a cenar contigo (Ap 2,20), dale a él que participe del tuyo, o mejor dicho, del suyo. Esto trae placer ilimitado, y en su plenitud eternamente. Pero las cosas de los sentidos no son así. Más bien, en cuanto aparecen, se desvanecen; y quien las ha disfrutado no estará en mejor condición que quien no las ha disfrutado, o mejor dicho, en peor condición. Porque uno está asentado como en un puerto, pero el otro se expone a una especie de torrente, un ejército asediador de enfermedades, y ni siquiera tiene fuerza para soportar la primera oleada del mar. Para que esto no suceda, sigamos la moderación. Así, gozaremos de buena salud física y almas seguras, y seremos librados de males presentes y futuros. De todos ellos seamos librados, y alcancemos el reino, por la gracia y la misericordia de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 28
I
Pruébese cada uno a sí mismo, y después coma del pan y beba de la copa
Como ya dije anteriormente, Pablo acostumbraba no sólo a tratar los asuntos que se había propuesto, sino también, si surgía una discusión incidental a su propósito, a abordarla con gran diligencia, especialmente cuando se trataba de asuntos muy necesarios y urgentes. Así, cuando conversaba con personas casadas y se le presentaba la cuestión de los sirvientes, la abordó con gran ahínco y extensión. De nuevo, cuando hablaba del deber de no litigar ante esos tribunales, y habiendo recaído también en la advertencia sobre la codicia, disertó extensamente sobre este mismo tema. Ahora bien, lo mismo ha hecho aquí: habiendo tenido ocasión de recordarles los misterios, juzgó necesario abordar ese tema. Pues, en realidad, no era uno cualquiera. Por lo tanto, también disertó con gran intensidad sobre él, previendo lo que es la suma de todas las cosas buenas, a saber: su acercamiento a esos misterios con una conciencia pura. Por lo tanto, no se contentó sólo con lo dicho anteriormente, sino que añadió lo siguiente: "Que cada uno se pruebe a sí mismo", lo cual también dice en la 2ª carta ("probaos a vosotros mismos"; 2Cor 13,5), acercándonos por la temporada más que por cualquier seriedad de mente. Porque no consideramos cómo podemos acercarnos preparados, con los males que estaban dentro de nosotros purgados, y llenos de compunción, sino cómo podemos venir en festivales y cuando todos lo hacen. Pero no así nos pidió Pablo venir: él sólo conoce una temporada de acceso y comunión, la pureza de la conciencia de un hombre. Ya que si incluso ese tipo de banquete del que toman conocimiento los sentidos no puede ser participado por nosotros cuando estamos febriles y llenos de malos humores, sin riesgo de perecer: mucho más es ilícito para nosotros tocar esta mesa con lujurias profanas, que son más graves que las fiebres. Ahora bien, cuando hablo de lujurias profanas, me refiero tanto a las del cuerpo como a las del dinero, la ira y la malicia; en una palabra, a todo lo que es profano. Y conviene que quien se acerque, primero se despoje de todas estas cosas y así toque ese sacrificio puro. Y ni si se muestra indolente y reticente, debe ser obligado a acercarse por razón de la festividad; ni, por otro lado, si está arrepentido y preparado, nadie debe impedírselo por no ser una festividad. Pues una festividad es una manifestación de buenas obras, reverencia de alma y exactitud de conducta. Y si tienes estas cosas, puedes celebrar la festividad en todo momento y acercarte en todo momento. Por lo cual dice que "cada uno se pruebe a sí mismo, y luego que se acerque". Y ordena que no se examine a otro, sino cada uno a sí mismo, haciendo que el tribunal no sea público y la condena sin testigos.
II
El que come y bebe indignamente, el juicio come y bebe para sí
¿Qué dices aquí, oh Pablo? ¿Acaso esta mesa, causa de tantas bendiciones y llena de vida, puede convertirse en juicio? Sí, me responde Pablo, y no por su propia naturaleza sino por la voluntad de aquel que se acerca. Porque así como su presencia, que nos comunicó esas grandes e inefables bendiciones, condenó aún más a quienes no la recibieron, así también los misterios se convierten en provisión de mayor castigo para quienes participan indignamente. Pero ¿por qué se come el juicio? No discerniendo el cuerpo del Señor, ni escudriñando, ni teniendo en cuenta, como debería, la grandeza de lo que se le presenta; no estimando el peso de la ofrenda. Porque si llegas a saber con exactitud quién es el que está ante ti, y quién es el que se entrega, y a quién, no necesitarás ningún otro argumento; esto te basta para ser vigilante; a menos que caigas completamente.
Por esta causa hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y no pocos duermen
Aquí ya no presenta Pablo más ejemplos ajenos (como en el caso de los sacrificios a los ídolos, relatando historias antiguas y los castigos en el desierto), sino de los mismos corintios, para hacer que su discurso impactara con mayor intensidad. En efecto, mientras decía que se juzga a sí mismo y que es culpable, para que no pareciera que hablaba solo palabras, también señala hechos y los llama a ellos mismos como testigos; algo que resulta más evidente para los hombres que una amenaza, al mostrar que la amenaza se ha materializado en algún hecho real. Sin embargo, no se contentó solo con estas cosas, sino que a partir de ellas también introdujo y confirmó el argumento sobre el fuego del infierno, aterrorizándolos en ambos sentidos y resolviendo una indagación que se maneja en todas partes. Es decir, dado que muchos se preguntan entre sí de dónde surgen las muertes prematuras y las largas enfermedades de los hombres, él les dice que estos sucesos inesperados, muchos de ellos, están condicionados a ciertos pecados. ¿Qué entonces? Quienes gozan de buena salud, dices, y llegan a una vejez plena, ¿no pecan? ¿Quién se atrevió a decir eso? ¿Cómo, entonces, dices, no sufren castigo? Porque allí sufrirán uno más severo. Pero nosotros, si quisiéramos, no tendríamos por qué sufrirlo aquí ni allá.
Si nos discerniéramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados
Aquí no dijo Pablo que si nos castigáramos a nosotros mismos, o si nos vengáramos de nosotros mismos, no seríamos juzgados, sino tan sólo si estuviéramos dispuestos a reconocer nuestra ofensa y a condenar las cosas malas que hicimos. Con eso, ya sería posible librarse del castigo, tanto en este mundo como en el venidero. Pues quien se condena a sí mismo propicia a Dios de dos maneras: reconociendo sus pecados y estando más alerta para el futuro. Pero como no estamos dispuestos a hacer ni siquiera esta cosa leve, como deberíamos, ni siquiera así tolera castigarnos con el mundo, sino que incluso así nos perdona, imponiéndonos el castigo en este mundo, donde la pena es temporal y el consuelo grande; pues el resultado es tanto la liberación de los pecados como una buena esperanza para el futuro, aliviando los males presentes Pablo dice estas cosas, al mismo tiempo que consuela a los enfermos y agrava los demás.
Cuando somos juzgados, somos castigados por el Señor
Pablo no dijo "somos vengados", sino "somos castigados", pues lo que se hace pertenece más a la amonestación que a la condenación, a la sanación que a la venganza, a la corrección que al castigo. Y no sólo eso, sino que, mediante la amenaza de un mal mayor, aligera el presente, diciendo: "Para que no seamos condenados con el mundo". ¿Ven cómo introduce también el infierno y ese tremendo tribunal, y significa que ese juicio y castigo son necesarios y deben serlo sin falta? Porque si los fieles, y aquellos por quienes Dios se preocupa especialmente, no escapan sin castigo de cualquier cosa que ofendan (y esto es evidente por lo presente), mucho más los incrédulos y quienes cometen pecados imperdonables e incurables.
III
Cuando os reunáis a comer, esperaos unos a otros
Mientras el temor de Pablo aún estaba en su apogeo, y dado que el terror al infierno todavía persistía, decidió el apóstol repetir la exhortación a favor de los pobres (motivo por el que dijo que se esperaran unos a otros), dando a entender que si no lo hacían participarían indignamente en la reunión eucarística. En efecto, si no compartir los bienes excluye de la santa mesa, mucho más lo hace el quitar a los pobres violentamente. Y no dijo "compartan con quienes necesitan", sino, con un tono más reverencial, "espérense unos a otros". Porque esto también preparó el camino y lo insinuó, y de forma apropiada introdujo la exhortación. A continuación, para avergonzarlos aún más, dijo lo siguiente.
Si alguno tiene hambre, que coma en su casa
Al permitir esto (es decir, la exclusión de alguien del banquete eucarístico en comunidad), Pablo da a entender que, tanto la discriminación a los pobres, como la incapacidad para el ayuno, son totalmente incompatibles con la comunión eucarística, con una fuerza de prohibición absoluta. Por eso saca Pablo a ese corintio de la iglesia, y lo envía a su casa, y lo reprende severamente y lo ridiculiza como esclavo del estómago e incapaz de contenerse. En efecto, no sólo dijo Pablo "si alguno desprecia a los pobres", sino "si alguno tiene hambre", aludiendo a su infantilismo de niño impaciente, como un animal bruto que es esclavo del apetito. Sería, en efecto, muy ridículo que, por tener hambre, comieran en casa. Sin embargo, no se contentó con esto, sino que añadió algo aún más temible: que vuestra reunión no sea para juicio; que no acudáis al castigo, al castigo, insultando a la Iglesia, deshonrando a vuestro hermano. Porque por esto os reunís: para que os améis unos a otros, para que os beneficiéis y seáis beneficiados. Pero si ocurriera lo contrario, sería mejor que os alimentarais en casa. Esto, sin embargo, dijo, para atraerlos aún más. Sí, este era precisamente el propósito tanto de señalar el daño que surgiría de ello, como de decir que la condenación no era poca cosa, y que los aterrorizaba en todos los sentidos: por los misterios, por los enfermos, por los muertos, por las demás cosas antes mencionadas. Luego también los alarma de nuevo de otra manera, diciendo: "Lo demás lo pondré en orden cuando llegue", ya sea con referencia a otras cosas o a este mismo asunto. Porque como era probable que aún tuvieran algunas razones que alegar, y no era posible corregir todo por carta, las cosas que les he encomendado, que se cumplan por ahora, dice él; pero si tienen algo más que mencionar, que se guarde para mi llegada; hablando ya sea de este asunto, como dije, o de algunas otras cosas no muy urgentes. Y esto lo hace para que de esta manera también pueda hacerlos más serios. Pues estando ansiosos por su venida, corregirían el error. Porque la estancia de Pablo en cualquier lugar no era algo común; y para significar esto dijo: "Algunos se envanecen, como si yo no fuera a ir a ustedes" (1Cor 4,18). En otros lugares, no sólo como en mi presencia, sino ahora mucho más en mi ausencia, "ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor"; Flp 2,12). Por eso, no sólo prometió que vendría, para que no le descreyeran y se volvieran más negligentes, sino que también declaró una causa necesaria para su estancia con ellos, diciendo: "Lo demás lo arreglaré cuando llegue", lo cual implica que la corrección de las cosas que quedaban, incluso si no hubiera deseado en ningún caso, lo habría llevado allí.
IV
A escuchar todo esto, hermanos, cuidemos con esmero a los pobres, controlemos nuestro apetito, evitemos la embriaguez y participemos dignamente de los misterios. Y no nos amarguemos con cualquier sufrimiento que suframos, ni por nosotros ni por los demás; como cuando ocurre una muerte prematura o una enfermedad prolongada. Porque esto es liberación del castigo, esto es corrección, esto es una excelente amonestación. ¿Quién dice esto? Quien tiene a Cristo hablando en él. Pero aun así, incluso después de esto, muchas de nuestras mujeres son tan insensatas que incluso superan a los incrédulos en el exceso de su dolor. Y algunas lo hacen cegadas por la pasión, pero otras por ostentación y para evitar las censuras de los de afuera: quienes, en mi opinión, son los más desposeídos. Pues, para que nadie me acuse, dice ella, que Dios sea mi acusador; para que hombres más insensatos que las bestias me condenen, que la ley del Rey de todo sea pisoteada. ¡Cuántos rayos no merecen estas palabras! Además, si alguien te invita a un funeral después de tu aflicción, nadie puede oponerse, pues existe una ley humana que lo ordena. Pero cuando Dios, por su ley, prohíbe tu duelo, todos lo contradicen. ¿No te viene a la mente Job, oh mujer? ¿No recuerdas sus palabras ante la desgracia de sus hijos, que adornaron esa santa cabeza con más de diez mil coronas y resonaron más que muchas trompetas? ¿No tienes en cuenta la magnitud de sus desgracias, ese naufragio sin precedentes y esa extraña y portentosa tragedia? Pues tú posiblemente hayas perdido a uno, a otro o a un tercero; pero él, tantos hijos e hijas; y el que tenía muchos hijos, de repente, se quedó sin hijos. Y ni siquiera gradualmente se consumieron sus entrañas, sino que de un solo golpe le fue arrebatado todo el fruto de su cuerpo. Y no fue por ley natural, cuando llegaron a la vejez, sino por una muerte prematura y violenta; y todo junto, y cuando él no estaba presente ni sentado junto a ellos, para que al menos oyendo sus últimas palabras pudiera tener algún consuelo por tan amargo fin el suyo; pero contra toda expectativa y sin que él supiera nada de lo que había sucedido, todos quedaron de repente abrumados, y su casa se convirtió en su tumba y su trampa. Y no sólo su muerte prematura, sino muchas otras cosas lo afligieron; como el hecho de que todos estuvieran en la flor de la edad, todos virtuosos y amorosos, todos juntos, sin que quedara ni un solo ser humano, y que no les aconteciera por ley natural que esto sucediera después de una pérdida tan grande, que cuando él era inconsciente de cualquier pecado, propio o de ellos, sufrió estas cosas. Pues cada una de estas circunstancias es suficiente, incluso por sí misma, para perturbar la mente; pero cuando las encontramos concurrentes, imaginen la magnitud de esas olas, cuán grande el exceso de esa tormenta. Y lo que es en particular más grande y peor que su dolor, es que ni siquiera sabía por qué sucedieron todas estas cosas. Por esta razón, entonces, al no tener causa para la desgracia, se eleva al beneplácito de Dios y dice: "El Señor dio, el Señor quitó: como quiso el Señor, así sucedió; bendito sea el nombre del Señor por siempre" (Job 2,21). Y esto dijo al verse a sí mismo, quien había seguido hasta el extremo la virtud; pero hombres malvados e impostores, prosperando, lujuriosos, deleitándose por doquier. Y no pronunció palabras como las que probablemente habrían pronunciado algunos de los más débiles: ¿Para esto crié a mis hijos y los eduqué con toda exactitud? ¿Para esto abrí mi casa a todos los que pasaban, para que después de tantas gestiones en favor de los necesitados, los desnudos y los huérfanos, pudiera recibir esta recompensa? En lugar de esto, Pablo ofreció esas palabras mejores que todo sacrificio, diciendo: "Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá". Si, en cambio, rasgó sus vestiduras y se afeitó la cabeza, no se sorprendan. Porque era un padre, un padre amoroso: y era apropiado que se mostrara tanto la compasión de su naturaleza como el dominio de su espíritu. Mientras que, de no haberlo hecho, tal vez se habría creído que este autocontrol era mera insensibilidad. Por lo tanto, demuestra tanto su afecto natural como la exactitud de su piedad, y en su dolor no se dejó vencer.
V
Cuando Job superó la prueba, volvió a ser adornado con las coronas que tenía y con otras muchas más. No obstante, antes de conseguir eso respondió a su esposa: "Si hemos recibido el bien de la mano del Señor, ¿no soportaremos el mal?" (Job 2,10). De hecho, para entonces su esposa era lo único que le quedaba a Job, pues habían sido completamente destruidos tanto sus hijos como sus posesiones y su propio cuerpo, y ella había sido reservada para tentarlo y atraparlo. Ésta fue la razón, de hecho por la que el diablo no la destruyó con los niños ni pidió su muerte, porque esperaba que ella contribuyera mucho a atrapar a ese santo hombre. Por lo tanto, la dejó como una especie de herramienta, y una herramienta formidable, para sí mismo. Porque si incluso del paraíso, dice él, arrojé a la humanidad por su medio, mucho más podré hacerlo tropezar en el muladar. Y observen su astucia. No aplicó esta estratagema cuando se perdieron los bueyes, los asnos o los camellos, ni siquiera cuando la casa se derrumbó y los niños quedaron sepultados, sino que, al observar durante tanto tiempo a la combatiente, la dejó callada y en silencio. Pero cuando la fuente de gusanos brotó, cuando la piel empezó a pudrirse y a desprenderse, y la carne a consumirse emitiendo la secreción más ofensiva, y la mano del diablo lo consumía con un dolor más agudo que las parrillas, los hornos y cualquier llama, consumiendo por todos lados y devorando su cuerpo con mayor gravedad que cualquier bestia salvaje, y cuando ya había pasado mucho tiempo en esta miseria; entonces la trajo ante él, madura y agotada. Mientras que si ella se hubiera acercado a él al principio de su desgracia, no lo habría encontrado tan desconcertado, ni habría podido exagerar la desgracia con sus palabras. Pero ahora, al verlo ansiando liberación durante tanto tiempo y deseando con vehemencia terminar con lo que lo oprimiera, se lanza contra él. Para demostrar que estaba completamente agotado, y que para entonces ni siquiera podía respirar, y que incluso deseaba morir, escucha lo que dice: "Ojalá pudiera imponerme las manos, o pedirle a otro que lo hiciera por mí". Observa, te ruego, la maldad de su esposa, con qué tema empieza de inmediato: a saber, con el tiempo, diciendo: "¿Cuánto tiempo aguantarás sentado toda la noche al aire libre, mientras yo soy un vagabundo y un sirviente, de un lugar a otro y de casa en casa, esperando la puesta del sol para descansar de mis trabajos y los dolores que ahora me aprietan? ¡Di algo contra el Señor y muere! ". Ahora bien, si a menudo, incluso cuando no había realidades, las palabras por sí solas han prevalecido para desmoralizar a una persona, considere lo que probablemente sentiría entonces, cuando, además de estas palabras, las cosas mismas también lo irritaban; y lo que, al parecer, era peor aún, fue una esposa quien habló así, una esposa que se había hundido por completo y se estaba entregando, y por ello buscaba sumirlo también en la desesperación. Sin embargo, para que podamos ver más claramente la maquinación que se estrelló contra ese muro inflexible, escuchemos las palabras mismas: "Espero un poco más, esperando la esperanza de mi salvación". Si se fijan, no dice ella el tiempo de espera, y no muestra ninguna vía de escape. Estas cosas las dijo no sólo empujando a Job a la desesperación, sino también reprochándolo y burlándose de él. Pues él, siempre consolándola mientras ella lo presionaba y la dejaba ir, le decía lo siguiente: "Espera un poco más, y pronto se acabará todo esto". Ella le reprocha: "¿Volverás a decir lo mismo? Ha pasado mucho tiempo y no ha desaparecido todo esto". Observen su malicia, pues no menciona los bueyes, las ovejas ni los camellos, pues sabía que él no estaba muy molesto por ello; sino que enseguida vuelve a la naturaleza y le recuerda a sus hijos. Pues al morir, lo vio rasgarse la ropa y afeitarse el pelo. Y no dijo "tus hijos han muerto", sino, muy patéticamente, "tu memoria ha desaparecido de la tierra, aquello por lo que tus hijos eran tan deseados". Porque si incluso ahora, después de que se ha dado a conocer la resurrección, se anhela a los hijos porque preservan la memoria de los difuntos; mucho más. Por lo que también su maldición se vuelve más amarga por esa consideración. Pues en ese caso, el que maldijo no dijo que sus hijos sean completamente arrancados "de la tierra", sino "su memorial". Tus hijos y tus hijas. Así, mientras ella decía "el memorial", de nuevo menciona con precisión a ambos sexos. Pero si a ti no te importan ellos, dice ella, "al menos considera lo mío: los dolores de mi vientre y los trabajos que he soportado en vano con dolor". Ahora bien, lo que ella quiere decir es esto: Yo, que he soportado más, soy agraviada por tu causa, y habiendo soportado los trabajos, me veo privada de los frutos. Observen cómo ella no menciona expresamente la pérdida de sus bienes, ni la calla y se apresura; sino desde la perspectiva desde la que también podría narrarse de la manera más patética, al referirse a ella disimuladamente. Pues cuando dice "yo también soy una vagabunda y una esclava, yendo de un lado a otro, de casa en casa", insinúa la pérdida y señala su gran angustia; estas expresiones son tales que incluso acentúan esa desgracia. "Voy a las puertas de otros", dice ella, añadiendo a continuación: "No sólo mendigo, sino que también soy una vagabunda y cumplo una extraña e inusual servidumbre, yendo por todas partes y llevando las señales de mi calamidad, y enseñando a todos mis aflicciones; lo más lamentable de todo es cambiar de casa". Y no se detuvo ni siquiera en estas lamentaciones, sino que procedió a decir: "Espero que se ponga el sol y descanse de mis miserias y de los dolores que me rodean, por los que ahora estoy apretada". Así, lo que a otros les resulta dulce (dice ella), contemplar la luz, a mí me resulta penoso; pero la noche y la oscuridad son algo deseable. Pues esto solo me da descanso de mis afanes, se convierte en consuelo para mis miserias. Pero habla algo contra el Señor y muere. ¿Percibes también aquí su astuta maldad? Cómo ni siquiera al aconsejar introdujo de inmediato el consejo mortal, sino que, tras relatar con lástima sus desgracias y prolongar la tragedia, formula en pocas palabras lo que recomendaría, y ni siquiera lo declara con claridad, sino que, ensombreciéndolo, le ofrece la liberación que tanto anhelaba y le promete la muerte, lo que más deseaba entonces. Observen también en esto la malicia del diablo: que, conociendo el anhelo de Job por Dios, no permitió que su esposa lo acusara, para no alejarse de inmediato de ella como enemigo. Por esta razón, ella no lo menciona en ningún momento, sino que insiste en las calamidades reales. Además de lo dicho, añade la circunstancia de que fue una mujer quien dio este consejo, una oradora admirable para seducir a los descuidados. Muchos, al menos sin accidentes externos, han sido derribados solo por el consejo de una mujer.
VI
¿Qué hizo entonces el bendito santo Job, más firme que el diamante? Mirando a su mujer con amargura, e incluso antes de hablar, rechazó sus artimañas. Cuando ella esperaba provocar un torrente de lágrimas en Job, éste se volvió más fiero que un león lleno de ira e indignación, y no por sus sufrimientos sino por las diabólicas sugerencias de su mujer. Tras mostrar su ira con una mirada contenida, la reprende; pues incluso en la desgracia se controlaba. ¿Y qué dice? ¿Por qué hablas como una de esas mujeres insensatas? "No te he enseñado así", dice Job, y por eso ahora no reconozco ni siquiera a mi propio consorte. Pues estas palabras son el consejo de una mujer insensata, y de alguien fuera de sí. ¿No ves aquí un ejemplo de herir con moderación y de infligir el golpe justo para curar la enfermedad? Luego, tras la aflicción, por otro lado, él ofrece un consejo suficiente para consolarla, y muy racional, diciendo así: si hemos recibido nuestros bienes de la mano del Señor, ¿no soportaremos nuestros males? Pues recuerda, dice él, aquellas cosas pasadas y rinde cuentas al Autor de ellas, y las soportarás noblemente. ¿Ves la modestia del hombre? Que no atribuye en absoluto su paciencia a su propio coraje, sino que dice que fue parte del resultado natural de lo sucedido. Pues ¿a cambio de qué nos dio Dios estas cosas pasadas? ¿Qué recompensa nos pagó? Ninguna, sino por mera bondad. Porque fueron un regalo, no una recompensa; una gracia, no una recompensa. Pues bien, soportemos también esto noblemente. Este discurso, hombres y mujeres, lo debemos registrar y grabar en nuestras mentes, tanto a estos como a aquellos antes de ellos: y al dibujar en nuestras mentes como en una imagen la historia de sus sufrimientos, me refiero a la pérdida de la riqueza, la pérdida de los hijos, la enfermedad del cuerpo, los reproches, las burlas, las artimañas de su esposa, la trampa del diablo, en una palabra, todas las calamidades de ese hombre justo, y que con exactitud, nos proporcionemos un puerto de refugio más amplio: para que, soportando todas las cosas noblemente y agradecidamente, podamos en la vida presente desechar todo desaliento y recibir las recompensas que pertenecen a esta buena manera de tomar las cosas, por la gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 29
I
En cuanto a los dones espirituales, no quiero que ignoréis. Cuando erais gentiles, fuisteis arrastrados a los ídolos mudos, y os dejasteis arrastrar
Todo este pasaje es muy oscuro, por la oscuridad que produce nuestra ignorancia de los hechos a los que Pablo hace referencia y porque tales hechos sucedieron entonces pero ya no ocurren. ¿Por qué ocurrieron entonces y ahora ya no ocurren? Dejemos el por qué no ocurren ya para otro momento, y expongamos qué sucedía entonces. ¿Qué sucedió entonces? Esto mismo: que quien se bautizaba hablaba en lenguas, e incluso muchos también profetizaban, y algunos realizaban muchas otras obras maravillosas. Aquellos cristianos, al abandonar los ídolos, y sin un conocimiento claro, ni formación en las Escrituras antiguas, recibieron el Espíritu inmediatamente después del bautismo, y la gracia de Dios les otorgó una prueba tangible de esa energía. Así, nada más ser bautizados, uno hablaba en persa, otro en romano, otro en indio y otro en alguna otra lengua similar. Esto manifestó a los que estaban fuera que es el Espíritu en la misma persona que habla. Por eso también lo llama así, diciendo "a cada uno se le da la manifestación del Espíritu para provecho propio" (1Cor 12,7), llamando a los dones una manifestación del Espíritu. Pues así como los apóstoles recibieron primero esta señal, también los fieles la siguieron recibiendo (el don de lenguas), y sólo éste sino también muchos otros, pues muchos incluso resucitaban muertos, expulsaban demonios y realizaban muchos otros prodigios similares; y también tenían dones, algunos menores, otros mayores. Pero más abundante que todo era el don de lenguas entre ellos, y esto se convirtió en motivo de división, no por su propia naturaleza, sino por la perversidad de quienes lo habían recibido: por un lado, los poseedores de los mayores dones se rebelaron contra los que tenían los menores, y estos, a su vez, se entristecieron y envidiaron a los poseedores de los mayores. Y el propio Pablo, al continuar, lo insinúa. Desde entonces, desde aquí estaban recibiendo un golpe fatal en la disolución de su caridad, él tiene gran cuidado de corregirlo. Porque esto sucedió de hecho en Roma también, pero no de la misma manera. Y es por eso que en la Carta a los Romanos él lo discute de hecho, pero de manera oscura y breve, diciendo así: Porque así como tenemos muchos miembros en un cuerpo, y todos los miembros no tienen la misma función; así nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo en Cristo, y varios miembros los unos de los otros. Y teniendo dones diferentes según la gracia que nos fue dada, ya sea profecía, profeticemos según la proporción de nuestra fe; o ministerio, dediquémonos a nuestro ministerio; o el que enseña a su enseñanza (Rm 12,4-8). Sobre que los romanos también estaban cayendo en obstinación por esto, esto lo insinúa al comienzo de ese discurso, diciendo así: Porque digo por la gracia que me ha sido dada, a cada hombre que está entre ustedes, que no piense de sí más alto de lo que debe pensar; Pero pensar con sensatez, "conforme a la medida de fe que Dios ha repartido a cada uno" (Rm 12,3). Con éstos, sin embargo (pues la enfermedad de la división y el orgullo no había avanzado mucho), habló así; pero aquí con gran ansiedad, pues la enfermedad se había extendido mucho. Y esto no era lo único que los perturbaba, sino que también había muchos adivinos en el lugar, ya que la ciudad era más adicta de lo habitual a las costumbres griegas, y esto, junto con lo demás, tendía a ofenderlos y perturbarlos. Por esta razón, comienza por establecer la diferencia entre adivinación y profecía. Por esta razón, también recibieron discernimiento de espíritus, para discernir y saber quién habla por un espíritu puro y quién por uno impuro. Porque como no era posible proporcionar la evidencia de las cosas dichas desde dentro de ellos mismos en el momento; (porque la profecía proporciona la prueba de su propia verdad no en el momento en que se dice, sino en el momento del evento;) y no era fácil distinguir al verdadero profetizador del impostor (porque el diablo mismo, maldito como es, había entrado en aquellos que profetizaban (1Re 22,23). introduciendo falsos profetas, como si en verdad ellos también pudieran predecir cosas por venir). Además, los hombres eran fácilmente engañados, porque las cosas dichas no podían ser llevadas a prueba por el momento, antes de que los eventos acerca de los cuales era la profecía hubieran sucedido (porque fue el fin lo que probó al falso profeta y al verdadero) para que los oyentes no fueran engañados antes del fin, les da una señal que incluso antes del evento sirvió para indicar a uno y al otro. Y así, tomando su orden y comienzo, continúa también con el discurso sobre los dones y corrige la controversia que surgió de allí.
II
Cuando dice Pablo "en cuanto a los dones espirituales, hermanos, no quiero que los ignoren", el apóstol está llamando a las señales post-bautismales espirituales, para señalar que eran obradas únicamente por el Espíritu Santo, sin que el esfuerzo humano contribuyera en nada a la realización de tales prodigios. Y al tratar sobre ellos, primero, como dije, establece la diferencia entre adivinación y profecía, diciendo así: "Saben que cuando eran gentiles, fueron llevados a esos ídolos mudos, comoquiera que fueran llevados", viniendo a decir: En los templos de los ídolos, si alguien estaba poseído por un espíritu inmundo y comenzaba a adivinar, como si fuera arrastrado, así era arrastrado por ese espíritu encadenado, sin saber nada de lo que decía. Porque esto es peculiar del adivino: estar fuera de sí, estar bajo presión, ser empujado, ser arrastrado, ser arrastrado como un loco. Pero el profeta no es así, sino que con mente sobria y temperamento sereno, y sabiendo lo que dice, lo dice todo. Por lo tanto, incluso antes del evento, distingue de esto al adivino del profeta . Y considera cómo libera su discurso de toda sospecha, llamando a sí mismos como testigos a quienes habían investigado el asunto. Como si dijera: No miento, ni calumniaré temerariamente la religión de los gentiles, fingiendo ser enemigo, pues vosotros mismos me dais testimonio, sabiendo como sabéis, cuando erais gentiles, cómo entonces fuisteis arrastrados y arrastrados. Si alguien dice que también se sospecha que estos son creyentes, vengan, incluso de entre los que están fuera, les haré saber esto. Escuchen, por ejemplo, a Platón decir lo siguiente: "Así como los oráculos y los adivinos dicen muchas y excelentes cosas, pero no saben nada de lo que dicen" (Apología de Sócrates, VII). Escuchen también a otro poeta, que da la misma insinuación. Pues mientras que mediante ciertos ritos místicos y brujerías cierta persona había aprisionado a un demonio en un hombre, y este adivinó, y en su adivinación fue derribado y desgarrado, y no pudo soportar la violencia del demonio, sino que estuvo a punto de perecer en esa convulsión... con todo, dice a las personas que practicaban tales artes místicas: "Suéltame, te lo ruego, el Dios poderoso ya no puede contener carne mortal", y: "Desata mis coronas y baña mis pies con gotas del arroyo puro; borra estas líneas místicas y déjame ir". Por estas y otras cosas parecidas (pues se podrían mencionar muchas más), indíquenos ambos hechos que siguen: la compulsión que mantiene sometidos a los demonios y los hace esclavos, y la violencia a la que se someten quienes una vez se han entregado a ellos, de modo que se desvían incluso de su razón natural. También la pitonisa dice, siendo mujer, que se sienta a veces sobre el trípode de Apolo a horcajadas, y así el espíritu maligno que asciende desde abajo y entra en la parte inferior de su cuerpo, llena a la mujer de locura, y ella con el cabello despeinado comienza a jugar a la bacanal y a echar espuma por la boca, y así está en un frenesí para pronunciar las palabras de su locura. Sé que se avergüenzan y se sonrojan cuando escuchan estas cosas: pero ellos se glorían tanto en la desgracia como en la locura que he descrito. Estas entonces y todas tales cosas. Pablo estaba adelantando esto cuando dijo: "Sabéis que cuando erais gentiles, erais arrastrados a los ídolos mudos, donde quiera que os conducía". Y como estaba hablando con los que sabían bien, no expone todas las cosas con exacto cuidado, para no serles molestos, sino habiéndoles solamente recordado y traído todo a su memoria, pronto abandona el tema, apresurándose a abordar el asunto que tenía delante. ¿Qué es de esos ídolos mudos? A estos adivinos solían llevárselos, y arrastrarlos hasta ellos. Pero si ellos mismos eran mudos, ¿cómo respondían a los demás? ¿Y por qué los condujo el demonio a las imágenes? Como hombres capturados en la guerra y encadenados, haciendo al mismo tiempo plausible su engaño. Así, para evitar que la gente pensara que era sólo una piedra muda, se esforzaron por atar al pueblo a los ídolos para que su propio estilo y título pudieran ser grabados en ellos. Pero nuestros ritos no son así. Sin embargo, él no mencionó los nuestros, me refiero a las profecías. Porque era bien conocido por todos ellos, y la profecía se ejercía entre ellos, como correspondía a su condición, con entendimiento y con entera libertad. Por lo tanto, como ven, tenían poder para hablar o para abstenerse de hablar. Porque no estaban atados por la necesidad, sino que eran honrados con un privilegio. Por esta causa Jonás huyó (Jon 1,3), Ezequiel se demoró (Ez 3,15) y Jeremías se excusó (Jer 1,6). Dios no los empuja por obligación, sino aconsejándoles, exhortándolos, amenazándolos; no oscureciéndoles el entendimiento, porque causar distracción, locura y gran oscuridad es obra propia de un demonio, pero obra de Dios es iluminar y enseñar con consideración las cosas necesarias. Ésta es, pues, la primera diferencia entre un adivino y un profeta. Una segunda y diferente es la que declara Pablo a continuación.
III
Nadie, por el Espíritu de Dios, llama anatema a Jesús. Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo
Lo que viene a decir Pablo aquí es que, cuando veamos a alguien que no pronuncia el nombre de Dios, o lo anatematiza, sepamos que es un adivino pagano y no un cristiano. Y de nuevo, cuando veamos a otro hablando todas las cosas en nombre de Dios, entendamos que es auténticamente cristiano. Es más, si "nadie puede decir que Jesús es el Señor sino por el Espíritu Santo". Alguno preguntará: ¿Y qué debemos decir de aquellos que manipulan su nombre? ¿Qué entonces, ningún demonio invoca el nombre de Dios? ¿No dijeron los demoníacos "sabemos quién eres, el Santo de Dios" (Mc 1,24)? ¿No le dijeron a Pablo "estos hombres son los siervos del Dios altísimo" (Hch 16,17)? Y yo le digo: Efectivamente, lo hicieron, pero bajo azotes, por obligación y nunca por su propia voluntad y sin ser azotados. Pero aquí es apropiado indagar tanto por qué el demonio pronunció estas palabras como por qué Pablo lo reprendió. Imitando a su maestro, pues Cristo también reprendió, ya que no era su voluntad obtener testimonio de ellos. ¿Y por qué el diablo también practicó esto? Con la intención de confundir el orden establecido, apropiarse de la dignidad de los apóstoles y persuadir a muchos para que les prestaran atención; de haber sucedido esto, fácilmente se habrían presentado como dignos de crédito y habrían introducido sus propios designios. Para que estas cosas no ocurrieran, y el engaño no tuviera comienzo, les cierra la boca incluso cuando dicen la verdad, para que, en sus falsedades, los hombres no les presten atención, sino que se cierren por completo a lo que dicen.
IV
Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu
Habiendo desenmascarado Pablo a los adivinos y profetas tanto por la primera señal como por la segunda, a continuación habla de los prodigios, para disipar la disensión que había surgido entre los corintios y para persuadir tanto a los que tenían menos a no lamentarse como a los que tenían más a no alegrarse. Primero atiende al que tenía el don menor, y se entristeció por ello. ¿Por qué abatido? ¿Porque no ha recibido tanto como otro? Aun así, considera que es un don gratuito y no una deuda, y podrás aliviar tu dolor. Por esta razón dijo al principio que "hay diversidad de dones". No habló de señales ni de prodigios, sino de dones, con el nombre de dones gratuitos que los impulsan no sólo a no entristecerse, sino incluso a ser agradecidos. Además, considera esto también, dice él, que incluso si eres inferior en la medida de lo que se te da; al haberte sido concedido recibir de la misma fuente que el otro que ha recibido más, tienes igual honor. Porque ciertamente no puedes decir que el Espíritu le otorgó el don a él, sino un ángel a ti, ya que el Espíritu te lo otorgó tanto a ti como a él. Por eso añadió "el mismo Espíritu", de modo que, aunque haya diferencia en el don, no hay diferencia en el Dador. Es decir, que de la misma fuente bebéis tanto tú como él.
Hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor
Para enriquecer la consolación que hace Pablo a los corintios, añade la mención también del Hijo y del Padre, y llama a estos dones con otro nombre, buscando con ello también un aumento de la consolación. Por eso también dijo "hay diversidad de ministerios, pero el mismo Señor". Quien oye hablar de un don y ha recibido una porción menor, quizá se aflija; pero cuando hablamos de un ministerio, el caso es diferente. Pues implica trabajo y sudor. ¿Por qué te afliges entonces, si te ha pedido que trabajes más, evitándote así el sufrimiento?
A cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho
Los términos obra, don, ministerio... son meras diferencias de nombres, ya que significan mismo: las cosas del Espíritu Santo. Lo que es un don, eso es un ministerio, que él llama operación. Así, Pablo insistirá en "cumple tu ministerio" (2Tm 4,5), "magnifico mi ministerio" (Rm 11,13), y "aviva el fuego del don de Dios que está en ti" (2Tm 1,6) Y de nuevo, escribiendo a los gálatas, dijo que, "el que obró en Pedro para el apostolado, él mismo fue poderoso en mí para con los gentiles" (Gál 2,8). ¿Ves que él implica que no hay diferencia en los dones del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo? No confundiendo las personas divinas, ¡Dios no lo quiera!, sino declarando el igual honor de la esencia divina. Porque lo que el Espíritu concede, dice que Dios también lo obra; esto, que el Hijo igualmente ordena y concede. Sin embargo, si uno fuera inferior al otro, o el otro a él, no lo habría expresado así, ni habría sido esta su manera de consolar a la persona afligida.
V
Tras esto, consuela Pablo a los corintios de otra manera, considerando que la medida concedida le es provechosa, aunque no sea tan grande. Tras decir que es el mismo Espíritu, el mismo Señor y el mismo Dios, y habiéndolo así recuperado, le ofrece otro consuelo, diciendo: "A cada uno se le da la manifestación del Espíritu para su provecho". Alguno dirá: Y si es el mismo Señor, el mismo Espíritu, el mismo Dios, ¿por qué he recibido yo menos? Y yo le digo: Dios siempre ha sido provechoso, y por eso Pablo llama a los milagros una "manifestación del Espíritu", con evidente razón. Para mí, que soy creyente, quien tiene el Espíritu se manifiesta por haber sido bautizado. Para el incrédulo esto no se manifestará de ninguna manera, excepto por los milagros; de modo que, de nuevo, hay un consuelo considerable. Aunque haya diferencia de dones, la evidencia es una: ya sea que tengas mucho o poco, eres igualmente manifiesto. Así que si deseas demostrar que tienes el Espíritu, tienes una demostración suficiente. Por tanto, ahora que el Dador es uno y lo otorgado es un favor puro, y la manifestación se lleva a cabo de ese modo, y esto es más provechoso para ti, no te aflijas como si te despreciaran. Pues Dios no lo hizo para deshonrarte ni para declararte inferior a otro, sino para perdonarte y con miras a tu bienestar. Recibir más de lo que uno puede soportar es más bien inútil, perjudicial y causa de abatimiento.
A uno le es dado por el Espíritu la sabiduría; a otro, el conocimiento; a otro, la fe; a otro, el don de curaciones; a otro, la capacidad de milagros; a otro, la profecías; a otro, el discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; a otro, la interpretación de lenguas. No obstante, todas estas obras son de un mismo Espíritu
¿Por qué añade constantemente lo mismo Pablo, diciendo "por el mismo Espíritu y según el mismo Espíritu"? Por esto mismo: porque sabía que el consuelo que se recibe de ello es grande. No obstante, como algunos se jactaban de ello, lo colocó al final. La medicina universal en la que consiste su consuelo es que todos reciben de la misma raíz, de los mismos tesoros, de las mismas corrientes. En consecuencia, de vez en cuando, reflexionando sobre esta expresión, nivela la aparente desigualdad y los consuela. Y, por encima de todo, señala tanto al Espíritu, como al Hijo y al Padre, como proveedores de los dones, pero aquí se contentó con mencionar al Espíritu, para que, incluso desde entonces, puedan comprender que su dignidad es la misma. Pero ¿qué tipo de sabiduría? La que tenía Pablo y la que tenía Juan, el hijo del trueno. ¿Y qué tipo de conocimiento? La que poseían la mayoría de los fieles, quienes, aunque poseían conocimiento, no eran capaces de enseñar ni de transmitir fácilmente a otros lo que sabían. Por eso dijo Pablo "y a otro, la fe", no significando por esta fe la fe de las doctrinas, sino la fe de los milagros; acerca de la cual Cristo dice: "Si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte quítate, y se quitará" (Mt 17,20). Los apóstoles también pidieron esta fe a Cristo, cuando le dijeron: "Aumenta nuestra fe" (Lc 17,5) porque ésta era la madre de los milagros. No obstante, poseer el poder de obrar milagros y los dones de sanidad no es lo mismo: pues quien tenía el don de sanidad solía hacer curaciones, pero quien poseía poderes para obrar milagros también solía castigar. Porque un milagro no es solo la sanidad, sino también el castigo (así como Pablo infligió ceguera, o Pedro mató). Sobre la frase "a otro profecías, y a otro discernimiento de espíritus", ¿qué es el discernimiento de espíritus? Esto mismo: el saber quién es espiritual y quién no lo es, y quién es profeta y quién engañador, como recordó a los tesalonicenses al decirles: "No desprecien las profecías, sino, examinándolo todo, retengan lo bueno" (1Ts 5,20-21). En efecto, grande era en ese tiempo la avalancha de falsos profetas, el diablo esforzándose solapadamente por sustituir la verdad por la falsedad. A otro, diversos géneros de lenguas; a otro, la interpretación de lenguas. Porque una persona sabía lo que hablaba, pero no podía interpretárselo a otra; mientras que otra había adquirido ambos, o el otro de los dos. Ahora bien, este parecía ser un gran don porque ambos apóstoles lo recibieron primero, y la mayoría entre los corintios lo habían obtenido. Pero el don de enseñanza no es así. Por lo tanto, la coloca primero, y a aquél el último, porque aquél fue a causa de éste, y de este hecho fueron todos los demás, tanto profecías como milagros, diversos géneros de lenguas e interpretación de lenguas. Por eso dijo a Timoteo: "Que los ancianos que gobiernan bien sean tenidos por dignos de doble honor, especialmente los que trabajan en la predicación y en la enseñanza" (1Tm 5,17), y: "Ocúpate de la lectura, la exhortación y la enseñanza; no descuides el don que hay en ti" (1Tm 4,13-14). ¿Ves cómo también lo llama don?
VI
A continuación, el consuelo que antes dio Pablo a los corintios, al decir "el mismo Espíritu", lo presenta también aquí, diciendo: "Todas estas cosas las obra el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno individualmente como él quiere". Así, no sólo da consuelo, sino que también calla al que contradice, diciendo "repartiendo a cada uno individualmente como él quiere". Porque era necesario vendar también, no sólo sanar, como lo hace también en la Carta a los Romanos, cuando dice: "¿Quiénes sois vosotros para que alterquéis con Dios?" (Rm 9,20). Sobre todo, porque Dios "reparte a cada uno individualmente como él quiere". Y lo que era del Padre, esto significa que es también del Espíritu. Porque, como respecto al Padre, dice, pero es el mismo Dios quien obra todas las cosas en todos; así también respecto al Espíritu, pero todas estas cosas obran un solo y mismo Espíritu. Pero, se dirá, él lo hace, impulsado por Dios. No, él no dijo esto en ninguna parte, pero tú lo finges. Porque cuando dice, quien impulsa todas las cosas en todos, lo dice respecto a los hombres: difícilmente dirías que entre esos hombres él cuenta también al Espíritu, aunque fueras muy diverso en tu delirio y locura. Porque había dicho por medio del Espíritu, para que no supusieras que esta palabra, por medio, denota inferioridad o el ser impulsado, añade, que el Espíritu obra, no es obrado, y obra como él quiere, no como se le ordena. Porque, en cuanto respecto al Padre, el Hijo dice que él resucita a los muertos y da vida. De la misma manera también, "él vivifica a quien él quiere" (Jn 5,21), y "hace todas las cosas con autoridad", y no hay nada que lo impida, y "sopla donde quiere" (Jn 3,8) y "obra todas las cosas como él quiere". Así, aprendemos que el Espíritu santo no es una de las cosas impulsadas, sino el impulsor. En efecto, "¿quién conoce las cosas de un hombre, sino el Espíritu de Dios?", y "las cosas de Dios nadie las conoce, sino el Espíritu de Dios" (1Cor 2,11) Ahora bien, que el espíritu de un hombre (es decir, el alma) no requiere ser impulsada para que pueda conocer las cosas de sí misma, es, supongo, evidente para todos. Por lo tanto, tampoco lo necesita el Espíritu Santo, para que pueda conocer las cosas de Dios. Porque su significado es así: las cosas secretas de Dios son conocidas por el Espíritu Santo como por el alma del hombre, las cosas secretas de sí misma. Pero si esto no se activa para ese fin, mucho menos aquello que conoce las profundidades de Dios y no necesita activación para ese conocimiento, requeriría algún Poder impulsor para otorgar dones a los apóstoles. Pero además de estas cosas, también las que mencioné antes, las volveré a mencionar ahora. ¿Qué significa esto? Que si el Espíritu fuera inferior y de otra sustancia, de nada serviría su consuelo ni que escucháramos las palabras del mismo Espíritu. Pues quien ha recibido del rey, concedo, puede encontrar muy reconfortante que él mismo le haya dado; pero si proviene del esclavo, se enoja mucho cuando alguien se lo reprocha. De modo que, incluso desde aquí, es evidente que el Espíritu Santo no es de la sustancia del siervo, sino del Rey.
VII
Así como Pablo consoló a los corintios cuando dijo que "hay diversidad de ministerios, pero el mismo Señor", y "diversidad de operaciones, pero el mismo Dios", así también ahora les dice: "Hay diversidad de dones, pero el mismo Espíritu", y: "Estas obras las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere". No nos quedemos, por tanto, desconcertados, ni nos aflijamos, diciendo: ¿Por qué recibí esto y no recibí aquello? Ni tampoco le pidamos cuentas al Espíritu Santo. Si saben que él lo concedió con su providencia, consideren que con ese mismo cuidado él también ha dado la medida, y estén contentos y regocíjense con lo que han recibido; pero no murmuren por lo que no han recibido; más bien, confiesen el favor de Dios de no haber recibido cosas que excedan sus posibilidades. Si en lo espiritual no se debe ser demasiado curioso, mucho más en lo temporal; sino guardar silencio y no indagar con sutileza por qué uno es rico y otro pobre. Ante todo, no todos los ricos lo son por Dios, sino muchos incluso por la injusticia, la rapiña y la avaricia. Pues quien prohibió ser rico, ¿cómo pudo haber concedido lo que prohibió recibir? Pero para que, mucho más allá de lo que el caso requiere, pueda callar a quienes nos contradicen en estas cosas, vamos, elevemos nuestro discurso a un nivel superior, a la época en que Dios solía dar riquezas; y respóndanme. ¿Por qué Abraham era rico mientras que Jacob carecía incluso de pan? ¿No eran justos ambos? ¿No dice él, respecto a los tres por igual, "yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob" (Ex 3,6)? ¿Por qué, entonces, uno era rico y el otro un jornalero? O mejor aún, ¿por qué era rico Esaú, siendo injusto y asesino de su hermano, mientras Jacob estuvo en servidumbre durante tanto tiempo? ¿Por qué, de nuevo, Isaac vivió en la comodidad todo su tiempo, pero Jacob en trabajos y miserias? Por lo cual también dijo: "Pocos y malos son mis días" (Gn 47,9). ¿Por qué David, que era profeta y rey, vivió también todo su tiempo en apuros? Mientras que Salomón, su hijo, pasó cuarenta años en seguridad superior a todos los hombres, disfrutando de profunda paz, gloria y honor, y experimentando toda clase de delicias? ¿Cuál podría ser la razón de que entre los profetas también uno fuera más afligido y otro menos? Porque así era conveniente para cada uno. Por lo tanto, sobre cada uno debemos observar: "Tus juicios son un gran abismo" (Sal 36,6). Si esos grandes y maravillosos hombres no fueron igualmente ejercitados por Dios, sino uno por la pobreza y otro por la riqueza; uno por la comodidad y otro por los problemas; mucho más debemos tener ahora estas cosas en cuenta.
VIII
Además de esto, conviene considerar también que muchas de las cosas que suceden no ocurren según su voluntad, sino que surgen de nuestra maldad. Que nadie me diga, por tanto: ¿Por qué un hombre es rico siendo malvado, y otro pobre siendo justo? Que nadie me lo diga, pues se puede dar cuenta de estas cosas también, y decir que ni el justo recibe daño alguno de su pobreza (ni siquiera mayor honor ni que el hombre malo, en su riqueza, sólo posee un montón de castigo en su futuro (a menos que cambie antes del castigo, pues a menudo sus riquezas se convierten en la causa de muchos males y lo conducen a mil trampas). Pero Dios lo permite, al mismo tiempo para significar el libre albedrío y también para enseñar a todos a no volverse locos ni a obsesionarse por el dinero. ¿Cómo es entonces que un hombre malvado es rico y no sufre nada terrible? Dices. Si siendo bueno posee riquezas, las tiene con justicia; pero si es malo, ¿qué diremos? Que incluso en eso es digno de lástima. Pues la riqueza añadida a la maldad agrava el mal. Con todo, ¿puede ser un hombre bueno y pobre? Sí, si la pobreza no se le perjudica en nada. ¿Y un hombre rico y malo, que no sufre ningún mal? Posiblemente, este tal recibió sus riquezas de sus antepasados, y las prodiga en prostitutas y parásitos, y no sufre ningún mal. ¿Comete fornicación, y no sufre ningún peligro? ¿Está borracho, y es digno de envidia? No, no lo creo, pues ¿qué puede ser peor que esta riqueza que destruye el alma misma? Si tu cuerpo estuviera deformado y mutilado, me dirías que es un caso de gran lamentación. En cambio, ves un alma mutilada, y ¿lo consideras feliz? Pero él no lo percibe, me dices. Bien, pero por esta misma razón es digno de compasión, como lo son todas las personas frenéticas . Porque quien sabe que está enfermo, por supuesto, buscará al médico y se someterá a remedios; pero quien lo ignora no tendrá ninguna posibilidad de alivio. ¿Llamas feliz a alguien así, dime? Pero no es de extrañar, pues la mayoría ignora el verdadero amor a la sabiduría. Por eso sufrimos el castigo más extremo, siendo castigados y ni siquiera rehuimos el castigo. Por esta causa hay iras, desánimo y continuos tumultos; porque cuando Dios nos ha mostrado una vida sin dolor, la vida de la virtud, la dejamos y buscamos otro camino, el camino de la riqueza y el dinero, lleno de infinitos males. Y hacemos lo mismo, como si alguien, sin saber discernir la belleza de los cuerpos humanos, pero atribuyéndola a la ropa y los adornos que lleva, al ver a una mujer hermosa y de belleza natural, la pasara rápidamente de largo, pero al ver a una fea, deforme y deforme, pero vestida con hermosos atuendos, la tomara por esposa. Ahora bien, también de alguna manera la multitud se ve afectada por la virtud y el vicio. Admiten a aquella que es deformada por naturaleza a causa de sus adornos externos, pero se apartan de aquella que es bella y amable, a causa de su belleza sin adornos, por cuya causa deben elegirla especialmente.
IX
Los paganos necios haya quienes practican esta filosofía, no en hechos pero sí en lo que respecta al juicio. Y eso que conocen la naturaleza perecedera de las cosas presentes. Entre nosotros, algunos ni siquiera entienden estas cosas, sino que tienen su propio juicio corrompido. Y esto mientras la Escritura resuena de vez en cuando en nuestros oídos, y dice: "A su vista la persona vil es despreciada, pero honra a los que temen al Señor" (Sal 15,4), y: "Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre" (Ecl 12,13), y: "No tengas envidia de los hombres malos" (Sal 49,16), y: "Toda carne es hierba, y toda la gloria del hombre como la flor de la hierba" (Is 40,7). Por estas y otras cosas similares, aunque oigamos todos los días, todavía estamos clavados a la tierra. Y como niños ignorantes que aprenden las letras continuamente, si se les examina su orden cuando están desordenadas, nombrando una en lugar de otra, causan mucha risa: así también ustedes, cuando aquí las enumeramos en orden, sígannos en cierto modo; pero cuando les preguntamos al aire libre y sin un orden establecido qué debemos colocar primero y qué después de las cosas, y cuál después de cuál; al no saber cómo responder, se vuelven ridículos. ¿No es motivo de gran risa, díganme, que quienes esperan la inmortalidad y los bienes que ojo no ha visto, ni oído ha oído, ni han entrado en el corazón del hombre, se esfuercen por cosas que perduran aquí y las consideren envidiables? Porque si aún necesitan aprender estas cosas: que las riquezas no son gran cosa, que las cosas presentes son una sombra y un sueño, que como el humo se disuelven y se desvanecen: permanezcan por el momento fuera del santuario; permanezcan en el vestíbulo, ya que aún no son dignos de la entrada a los patios del palacio en lo alto. Porque si no sabéis discernir su naturaleza, que es inestable y continuamente pasajera, ¿cuándo podréis despreciarlas? Pero si dices que lo sabes, deja de indagar con curiosidad y ocuparte en qué puede haber una razón por la que tal es rico y tal pobre: pues haces lo mismo al hacer estas preguntas, como si preguntaras por qué uno es rubio y otro moreno, o uno con nariz aguileña y otro chata. Pues así como estas cosas nos dan igual, sea así o así, tampoco la pobreza ni la riqueza, y mucho menos que ellas. Pero todo depende de cómo las usemos. Seas pobre, puedes vivir alegremente negándote a ti mismo; o rico, eres el más miserable de todos los hombres si huyes de la virtud. Pues estas son las cosas de la virtud que realmente nos preocupan. Y si estas cosas no se añaden, el resto es inútil. Por esta causa también son esas preguntas constantes, porque la mayoría piensa que las cosas indiferentes son importantes para ellos, pero de las cosas importantes no dan importancia: ya que lo que nos importa es la virtud y el amor a la sabiduría. Porque entonces os encontráis no sé dónde, a cierta distancia de ella, por eso hay confusión de pensamientos, por eso las muchas olas, por eso la tempestad. Porque cuando los hombres han caído de la gloria celestial y del amor del cielo, desean la gloria presente y se convierten en esclavos y cautivos. ¿Y cómo es que deseamos esto, dices? De no desear mucho aquello. Y esto mismo, ¿de dónde sucede? De la negligencia. ¿Y de dónde la negligencia? Del desprecio. ¿Y de dónde el desprecio? De la necedad y el apego a las cosas presentes y la falta de voluntad para investigar con precisión la naturaleza de las cosas. ¿Y de dónde surge esto último? De no prestar atención a la lectura de la Escritura ni conversar con hombres santos, y de seguir las asambleas de los malvados. Para que esto no sea siempre así, y para que las olas que nos reciben no nos arrastren a las profundidades de la miseria, ahogándonos y destruyéndonos por completo; mientras haya tiempo, mantengámonos firmes y, apoyados en la roca, es decir, en las doctrinas y palabras divinas, contemplemos las olas de esta vida presente. Así, escaparemos de ellas y, habiendo rescatado a otros que naufragan, alcanzaremos las bendiciones venideras por la gracia y la misericordia de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 30
I
Así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también es Cristo
Después de tranquilizar Pablo a los corintios sobre las consideraciones de las cosas que les han sido dadas por libre favor de Dios (que recibieron todo de uno y el mismo Espíritu, que fue dado para provecho, y que incluso por los dones menores se hizo una manifestación), y tras haberles cerrado la boca respecto al deber de ceder toda autoridad al Espíritu (porque todas estas cosas "las obra uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno como él quiere"), procede ahora a tranquilizarlos de la misma manera a partir de otro ejemplo común, y se dirige a la naturaleza misma, como solía hacerlo. Pues cuando hablaba del cabello de hombres y mujeres, después de todo lo demás, también extrajo material de ahí para corregirlos, diciendo: "¿Acaso la propia naturaleza no les enseña que si un hombre tiene el cabello largo, es una deshonra para él? Pero si una mujer tiene el cabello largo, es una gloria para ella" (1Cor 11,14-15). Cuando habló de los sacrificios a los ídolos, prohibiendo tocarlos, extrajo un argumento también de los ejemplos de los que están fuera, y mencionó los juegos olímpicos al decir: "En una carrera corren todos, pero solo uno se lleva el premio" (1Cor 9,24), como confirmando estas opiniones con pastores, soldados y agricultores. Por lo tanto, presenta aquí también un ejemplo común con el que insiste y lucha con ahínco para demostrar que nadie fue realmente puesto en una condición peor: algo que fue maravilloso y sorprendente poder mostrar, y calculado para reconfortar a los más débiles, es decir, el ejemplo del cuerpo. Pues nada consuela tanto a la persona de espíritu pequeño y dones inferiores, ni la persuade a no afligirse, como estar convencido de que no le queda menos de lo que le corresponde. Por eso también Pablo, al señalar este punto, se expresa así: "El cuerpo es uno, pero tiene muchos miembros". ¿Ves su consideración exacta? Señala que lo mismo es uno y múltiple. Por eso añade, insistiendo más, que todos los miembros de un solo cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo. No dijo que, siendo muchos, forman un solo cuerpo, sino que el cuerpo mismo es múltiple: y esos muchos miembros son esta única cosa. Si, por lo tanto, uno es múltiple y los muchos son uno, ¿dónde está la diferencia? ¿Dónde está la superioridad? ¿Dónde está la desventaja? Pues todos, dice, son uno: y no simplemente uno, sino que, considerándolos estrictamente en cuanto a lo principal (es decir, su ser un cuerpo), se descubre que todos son uno. Pero al considerar sus naturalezas particulares, surge la diferencia, y la diferencia es común a todos. Pues ninguno de ellos por sí solo puede formar un cuerpo, sino que cada uno es igualmente deficiente para formar un cuerpo, y es necesario que se unan, pues cuando los muchos se convierten en uno, entonces, y solo entonces, hay un solo cuerpo. Por lo cual, insinuando también esto mismo encubiertamente, dijo: "Todos los miembros de un solo cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo". No dijo "los superiores y los inferiores", sino "son muchos", lo cual es común a todos. ¿Y cómo es posible que sean uno? Al descartar la diferencia entre los miembros, consideras el cuerpo. Pues lo mismo que es el ojo, también lo es el pie en cuanto a ser miembro y constituir un cuerpo. Pues no hay diferencia en este aspecto. Tampoco puedes decir que uno de los miembros constituye un cuerpo por sí mismo, pero otro no. Pues todos son iguales en esto, por la misma razón de que todos son un solo cuerpo. Dicho esto y demostrado claramente a partir del criterio común de todos, añadió: "Así también es Cristo". Es decir, cuando debería haber dicho "así también es la Iglesia" (pues ésta era la consecuencia natural), en su lugar coloca a Cristo, elevando el discurso a un nivel superior y apelando cada vez más a la reverencia del oyente. Pero su significado es este: "Así también es el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia". Pues así como el cuerpo y la cabeza son un solo hombre, así también la Iglesia y Cristo son uno. Por lo tanto, también colocó a Cristo en lugar de la Iglesia, dando ese nombre a su cuerpo. Así como "nuestro cuerpo es uno, aunque esté compuesto de muchos", así también en la Iglesia todos somos uno. Pues aunque la Iglesia esté compuesta de muchos miembros, éstos muchos forman un solo cuerpo.
II
Por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres
Habiendo recuperado Pablo su discurso, y elevado con el último ejemplo común a aquel que se creía menospreciado, de nuevo abandona el tema de la experiencia común y pasa a otro más espiritual, que aporta mayor consuelo e indica una gran igualdad de honor. Ahora bien, su significado es este: que aquello que nos estableció para ser un solo cuerpo y nos regeneró, es un solo Espíritu, y en un solo Espíritu fue bautizado uno y otro. Y no sólo es uno quien nos bautizó, sino también aquello a lo que nos bautizó (es decir, para lo cual nos bautizó) es uno. Porque fuimos bautizados no para que se formaran tantos cuerpos diferentes, sino para que todos conserváramos juntos la naturaleza perfecta de un solo cuerpo; es decir, para que todos fuéramos un solo cuerpo, en el mismo fuimos bautizados. De modo que tanto quien lo formó es uno como aquello en lo que lo formó es uno. Y no dijo que todos llegáramos a ser un mismo cuerpo, sino que todos fuéramos un solo cuerpo. Pues siempre se esfuerza por usar las frases más expresivas. Y bien dijo "todos nosotros", añadiéndose también él mismo, a forma de decir: Ni siquiera yo, el apóstol, tengo más que tú en este aspecto. Pues vosotros sois el cuerpo como yo, y yo como tú, y todos tenemos la misma cabeza y hemos pasado por los mismos dolores de parto. Por lo tanto, también somos el mismo cuerpo. ¿Y por qué dice Pablo "de los judíos"? Pues incluso a los gentiles, que estaban tan lejos de nosotros, los ha reunido en la totalidad de un solo cuerpo. Por lo tanto, habiendo dicho "todos nosotros", no se detuvo allí, sino que añadió: "Ya seamos judíos o griegos, esclavos o libres". Ahora bien, si habiendo estado antes tan lejos, estábamos unidos y nos hemos convertido en uno, mucho más después de habernos convertido en uno, no tenemos derecho a lamentarnos ni a abatirnos. Sí, la diferencia no tiene cabida, pues si a griegos y judíos, esclavos y libres, les concedió las mismas bendiciones, ¿cómo puede ser que, después de concedérselas, los divida ahora que ha otorgado una mayor perfección de unidad mediante la provisión de sus dones?
El cuerpo no es un solo miembro, sino muchos
Esta frase viene a explicar el contexto siguiente: Si hemos llegado a la misma iniciación, disfrutemos de la misma mesa. ¿Y por qué no dijo que nos alimentamos del mismo cuerpo y bebemos de la misma sangre? Por esto mismo: porque al decir Espíritu los declaró a ambos, tanto a la carne como a la sangre, y a través de ambos se nos hace beber del Espíritu. A mí me parece que ahora habla de esa visitación del Espíritu que se produce en nosotros después del bautismo y antes de los misterios. También dijo "nos obligaron a beber", porque este discurso metafórico le convenía muy bien para el tema que se proponía. Como si hubiera dicho, refiriéndose a las plantas y a un jardín, que de la misma fuente se riegan todos los árboles, o de la misma agua, así también aquí, al decir "todos bebimos del mismo Espíritu", alude a que todos disfrutamos de la misma gracia. Si ahora un solo Espíritu nos formó y nos reunió a todos en un solo cuerpo (pues esto es lo que significa que "fuimos bautizados en un solo cuerpo", y nos concedió una sola mesa y nos dio a todos la misma agua, pues esto es lo que significa que "fuimos hechos beber en un solo Espíritu"), y unió a personas tan separadas, y si muchas cosas se convierten en un cuerpo al ser una, ¿por qué, pregunto yo, estás continuamente dando vueltas entre sus diferencias? Si dice "porque hay muchos miembros y diversos", sabe que esto mismo es la maravilla y la excelencia peculiar del cuerpo, cuando las cosas que son muchas y diversas forman una sola. Pero si no fueran muchas, no sería tan maravilloso ni increíble que fueran un solo cuerpo. Es más, no serían un cuerpo en absoluto.
III
Si dijere el pie: "Porque no soy mano, no soy del cuerpo", ¿dejaría por eso de ser del cuerpo? Y si dijere la oreja: "Porque no soy ojo, no soy del cuerpo", ¿dejaría por eso de ser del cuerpo?
Lo que viene a decir Pablo aquí es lo siguiente: que si uno, al ser inferior y el otro al superior, no admite su pertenencia al cuerpo, todo se desvanece. Alguno dirá: Yo no soy el cuerpo, porque soy inferior. Y yo le digo: También el pie está en la parte inferior, y es del cuerpo, pues ser o no ser parte del cuerpo no depende de que uno se encuentre en un lugar y el otro en otro (que es lo que constituye la diferencia de lugar), sino de estar unidos o separados. Pues ser o no ser un cuerpo surge de haber sido uno o no. Pero te ruego que observes su consideración al aplicar sus palabras a nuestros miembros. Pues como dijo antes, "esto lo he transferido figurativamente a mí mismo y a Apolo" (1Cor 4,6), de igual manera aquí, para que su argumento sea libre de envidia y aceptable, introduce a los miembros que hablan: para que cuando escuchen la respuesta de la naturaleza, convencidos así por la propia experiencia y por la voz general, no tengan nada más que objetar. Pues, si quieres, dice él, murmura lo que quieras, no puedes estar fuera del cuerpo. Pues, como la ley de la naturaleza, con mayor razón el poder de la gracia guarda todas las cosas y las preserva íntegras. Observen cómo se atuvo a la regla de no tener nada superfluo; no basando su argumento en todos los miembros, sino sólo en dos, siendo estos los extremos; habiendo especificado tanto el más honorable de todos, el ojo, como el más insignificante de todos, los pies. Y no hace que el pie dialogue con el ojo, sino con la mano que está un poco por encima de él; y la oreja con los ojos. Pues como solemos envidiar no a quienes están muy por encima de nosotros, sino a quienes están un poco por encima, por eso también realiza su comparación de esta manera.
Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuera oído, ¿dónde estaría el olfato?
Tras haber abordado Pablo la diferencia de los miembros del cuerpo de Cristo, y haber mencionado las pies, manos, ojos y oídos, el apóstol lleva ahora a los corintios a considerar su propia inferioridad y superioridad. Fíjense en cómo los consuela de nuevo, insinuando que esto era conveniente, y que su ser muchos y diversos los hace especialmente un cuerpo, y que si todos fueran uno, no serían un cuerpo. Por ello, lo que dice Pablo es: "Si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?". Sin embargo, esto no lo menciona hasta después; pero aquí señala algo más: que, además de la imposibilidad de que alguno sea un cuerpo, incluso priva de su ser a los demás. Porque si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato?
IV
Dios ha colocado cada uno de los miembros en el cuerpo, como él quiso
Lo que había explicado Pablo justo antes, lo sigue explicando también ahora. Así como allí alegó la conveniencia de consolar a los corintios, y luego les tapó la boca, diciendo "todas estas obras las hace el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno individualmente como él quiere", así también aquí también aquí, tras exponer las razones por las que demostró que era provechoso que todo fuera así, remite todo de nuevo al consejo de Dios, diciendo: "Como él quiere y le plació". Ahora bien, no profundicemos en la causa, sobre por qué es así y por qué no, pues aunque tengamos mil razones que dar, no podremos demostrarles que está bien hecho (como cuando decimos que sucedió como quiso el mejor Artífice). Pues como conviene, así lo quiere él. Ahora bien, si en este cuerpo nuestro no indagamos con curiosidad sobre los miembros, mucho más en la Iglesia. Observen también su consideración, al no mencionar la diferencia que surge de su naturaleza ni de su funcionamiento, sino de su situación local. Porque ahora, dice él, Dios "ha colocado a cada uno de los miembros en el cuerpo como le plació". Y dijo bien, "cada uno", señalando que el uso se extiende a todos. En definitiva, no se puede decir: Él mismo ha colocado esto, pero no aquello. No, sino que cada uno, según la voluntad divina, así está situado. De modo que también es provechoso para el pie estar así ubicado, y no sólo para la cabeza; y si invirtiera el orden y abandonara su propio lugar, se trasladara a otro, aunque pareciera haber mejorado su condición, sería la ruina de todo. Pues se desvía de su propio lugar y no alcanza la otra posición.
V
Todos somos muchos miembros, pero un solo cuerpo. Si todos fuéramos un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?
Sigue aquí Pablo explicando a los corintios la libre y propia disposición de Dios, para que cada uno sea el tipo de miembro que él quiere dentro de la Iglesia. Lo hace exponiendo nuevas razones, alternando y enriqueciendo su discurso. Por un lado, quien simplemente silencia, confunde al oyente. Por el lado contrario, quien lo acostumbra a exigir razones para todo, lo perjudica en materia de fe. Por esta razón, Pablo practica continuamente tanto lo uno como lo otro, para que ambos crean y no se confundan, y después de silenciarlos vuelve a dar una razón igualmente. Y observen su fervor en el combate y la perfección de su victoria. Pues por las cosas que se creían desiguales en honor porque en ellas había gran diversidad, incluso por estas cosas demuestra que por esta misma razón son iguales en honor. Ahora bien, lo que quiere decir es: Si no hubiera entre ustedes una gran diversidad, no podrían ser un cuerpo; y al no ser un cuerpo, no podrían ser uno; y al no ser uno, no podrían ser iguales en honor. De lo cual se sigue nuevamente que si todos fueran iguales en honor, no serían un cuerpo; y al no ser un cuerpo, no serían uno; y al no ser uno, ¿cómo podrían ser iguales en honor? Sin embargo, como no todos están dotados de un solo don, por lo tanto son un cuerpo; y al ser un cuerpo, todos son uno, y no difieren en nada entre sí en esto de ser un cuerpo. De modo que esta misma diferencia es la que principalmente causa su igualdad en honor. Y en consecuencia añade: "Ahora son muchos miembros, pero un solo cuerpo".
VI
Consideremos estas cosas, hermanos, y desechemos toda envidia, y no guardemos rencor a quienes tienen mayores dones ni despreciemos a quienes poseen los menores. Si así lo quiso Dios, no nos opongamos a ello. Si aún te preocupas por ello, hermano, considera que el trabajo que tú haces es algo que a menudo tu hermano no puede realizar. De modo que, aunque seas inferior, en esto tienes ventaja; y aunque él sea mayor, está en peor situación; y así se establece la igualdad. Pues en el cuerpo, incluso los miembros pequeños parecen contribuir bastante, pero los grandes a menudo se ven perjudicados por ellos (es decir, por su eliminación). Así pues, ¿qué hay en el cuerpo más insignificante que el cabello? Sin embargo, si lo eliminaras, por insignificante que sea, de las cejas y los párpados, habrías destruido toda la gracia del rostro, y la mirada ya no luciría igual de hermosa. Y sin embargo, la pérdida es insignificante; pero aun así, toda la belleza se pierde. Y no solo la belleza, sino también mucho del uso de los ojos. La razón es que cada uno de nuestros miembros tiene una función propia y una común, y en nosotros hay una belleza peculiar y otra común. Estas clases de belleza parecen estar divididas, pero están perfectamente unidas, y cuando una se destruye, la otra perece también con ella (para que haya ojos brillantes, mejillas sonrientes, labios rojos, nariz recta y frente abierta). Sin embargo, si se daña tan solo un poco de esto, se ha dañado la belleza común de todos; todo se llena de abatimiento; todo parecerá repugnante, lo que antes era tan hermoso: así, si se aplasta solo la punta de la nariz, se ha causado una gran deformidad en todos; y sin embargo, es la mutilación de un solo miembro. Y lo mismo en la mano, si se quita la uña de un dedo, se verá el mismo resultado. Si ahora quieres ver qué ocurre lo mismo con respecto a su función también, quita un dedo y verás que el resto es menos activo y ya no desempeña su parte de la misma manera. Puesto que la pérdida de un miembro es una deformidad común, y su seguridad, belleza para todos, no nos enaltezcamos ni pisoteemos a nuestro prójimo. Pues gracias a ese miembro pequeño, incluso el mayor es bello y hermoso, y por los párpados, aunque sean pequeños, se adorna el ojo. De modo que quien guerrea con su hermano guerrea consigo mismo: pues la herida infligida no sólo le alcanza a él, sino que él también sufrirá una pérdida no pequeña.
VII
Para que esto no suceda, hermanos, cuidemos de nuestro prójimo como de nosotros mismos, y traslademos esta imagen del cuerpo también a la Iglesia, y cuidemos de todos como de nuestros propios miembros. Porque en la Iglesia hay muchos y diversos miembros: algunos son más honorables y otros más deficientes. Por ejemplo, hay coros de vírgenes, hay asambleas de viudas, hay fraternidades de quienes brillan en santo matrimonio; en resumen, muchos son los grados de virtud. Y en la limosna ocurre lo mismo. Porque algunos se despojan de todos sus bienes; otros se preocupan solo por una competencia y no buscan más que lo necesario; otros dan de lo superfluo; sin embargo, todos estos se adornan mutuamente; y si el mayor despreciara al menor, se perjudicaría enormemente. Así, supongamos que una virgen trata con desprecio a una mujer casada, ha recortado una parte considerable de su recompensa; Y quien se despojó de todo, si reprende a quien no lo ha hecho, se ha despojado de gran parte del fruto de su trabajo. ¿Y por qué hablo de vírgenes, viudas y hombres sin posesiones? ¿Qué es más vil que quienes mendigan? Y sin embargo, incluso estos cumplen un oficio importantísimo en la Iglesia, aferrándose a las puertas del santuario y proporcionando uno de sus mayores ornamentos; y sin ellos no podría perfeccionarse la plenitud de la Iglesia. Lo cual, según parece, los apóstoles también observaron, establecieron una ley desde el principio, como con respecto a todas las demás cosas, para que también hubiera viudas; y pusieron tanto cuidado en el asunto que incluso designaron sobre ellas siete diáconos. Porque como obispos, presbíteros, diáconos, vírgenes y personas continentes, entran en mi enumeración, donde estoy contando a los miembros de la Iglesia, así también lo hacen las viudas. Sí, y no es un oficio insignificante el que desempeñan. Porque tú, en verdad, vienes aquí cuando quieres; pero estos, día y noche, cantan salmos y asisten; no sólo por limosna, pues si ese fuera su objetivo, podrían pasear por el mercado y mendigar en los callejones; pero también hay en ellos piedad en no poca medida. Al menos, mira en qué horno de pobreza están; sin embargo, nunca oirás a un blasfemo. No reciben una palabra suya ni una impaciencia, como las esposas de muchos ricos. Sin embargo, algunas suelen descansar hambrientas, y otras permanecen congeladas por el frío; sin embargo, dedican su tiempo a dar gracias y a glorificar. Aunque les des un centavo, dan gracias e imploran mil bendiciones para el dador; y si no les das nada, no se quejan, sino que bendicen y se consideran felices de disfrutar de su sustento diario. Sí, se responde, pues, quieran o no, deben soportarlo. ¿Por qué, dime? ¿Por qué has pronunciado esta amarga expresión? ¿Acaso no existen artimañas vergonzosas que benefician a los ancianos, tanto hombres como mujeres? ¿Acaso no tendrían poder para mantenerse con esos medios en gran abundancia, si hubieran optado por abandonar toda preocupación por una vida recta? ¿No ves cuántas personas de esa edad, convirtiéndose en proxenetas y alcahuetes, y por otras actividades similares, viven, y lo hacen, en el lujo? No así estos, sino que prefieren perecer de hambre antes que deshonrar su propia vida y traicionar su salvación; y se sientan todo el día, preparándote una medicina de salvación. Ningún médico, extendiendo la mano para aplicar el bisturí, trabaja tan eficazmente para extirpar la corrupción de nuestras heridas como un pobre que extiende su mano derecha y recibe limosna para borrar las cicatrices que han dejado. Y lo que es verdaderamente maravilloso, realizan esta excelente cirugía sin dolor ni angustia: y nosotros, que estamos al frente del pueblo y les damos tantos consejos saludables, no hablamos con mayor veracidad que él, que se sienta a las puertas de la iglesia, con su silencio y su semblante. Porque nosotros también resonamos estas cosas en sus oídos cada día, viniendo a decir: No te ensoberbezcas, oh hombre; la naturaleza humana es algo que pronto decae y está a punto de caer; nuestra juventud se precipita hacia la vejez, nuestra belleza hacia la deformidad, nuestra fuerza hacia la debilidad, nuestro honor hacia el desprecio, nuestra salud hacia la enfermedad, nuestra gloria hacia la mezquindad, nuestras riquezas hacia la pobreza; nuestras preocupaciones son como una corriente violenta que nunca se detiene, sino que sigue precipitadamente cuesta abajo. El mismo consejo dan, y más que esto, por su apariencia y por su propia experiencia, que es un consejo aún más claro. ¿Cuántos, por ejemplo, de los que ahora se sientan afuera, estaban en la flor de la juventud y lograron grandes cosas? ¿Cuántas de estas personas de aspecto repugnante superaron a muchas, tanto en vigor físico como en belleza de rostro? No lo duden ni lo ridiculicen. Porque sin duda, la vida está llena de miles de ejemplos como estos. Pues si de personas humildes y mezquinas muchos se han convertido a menudo en reyes, ¿qué maravilla es que de ser grandes y gloriosos, algunos se hayan vuelto humildes y mezquinos? Pues lo primero es mucho más extraordinario, pero lo segundo, de perpetua ocurrencia. Así que no debemos incredulizarnos de que alguno de ellos haya florecido en las artes, las armas y la abundancia de riquezas, sino más bien compadecerlos con gran compasión y temer por nosotros mismos, no sea que nosotros también suframos alguna vez lo mismo. Porque también nosotros somos hombres y estamos sujetos a este rápido cambio.
VIII
Quizás algún insensato, con el objeto de burlarse de nosotros, dirá: "¿Hasta cuándo no dejarán de introducir a pobres y mendigos en sus discursos, de profetizarnos desgracias, de denunciar la pobreza venidera y de querer convertirnos en mendigos?". Y yo le respondo: No es por querer convertirlos en mendigos, oh hombre, lo que digo, sino por apresurarme a abrirles las riquezas del cielo. Pues quien al sano menciona a los enfermos y les relata sus angustias, no lo dice para enfermarlos, sino para preservar su salud, al impedirles la negligencia por temor a sus calamidades. La pobreza les parece algo temible y temible, incluso con solo nombrarla. Sí, y por eso somos pobres, porque tememos la pobreza, aunque tengamos 10.000 talentos. Porque no es pobre quien no tiene nada, sino quien se estremece ante la pobreza. Ya que en las calamidades de los hombres tampoco son aquellos que sufren grandes males a quienes lamentamos y consideramos miserables, sino aquellos que no saben cómo soportarlos, aunque sean pequeños. Mientras que el que sabe cómo soportarlos es, como todos saben, digno de alabanzas y coronas. Para probar que esto es así, ¿a quiénes aplaudimos en los juegos olímpicos? ¿A los que son muy golpeados y no se enfadan, sino que mantienen la cabeza en alto; o a los que huyen después de los primeros golpes? ¿No son incluso coronados por nosotros como varoniles y nobles; mientras que nos reímos de estos como poco varoniles y cobardes? Así pues, hagamos en los asuntos de la vida. Al que todo lo soporta fácilmente, coronémoslo, como hacemos con ese noble campeón; pero lloremos por el que se encoge y tiembla ante sus peligros, y que antes de recibir el golpe está muerto de miedo. Porque así en los juegos; Si alguno, antes de haber alzado las manos, al ver a su adversario extender la diestra, huye, aunque no reciba ninguna herida, será objeto de burla, considerado débil, afeminado e inexperto en tales luchas. Esto es similar a lo que les sucede a quienes temen la pobreza y ni siquiera pueden soportarla. Evidentemente, no somos nosotros quienes los hacemos miserables, sino ustedes mismos. ¿Cómo es posible que el diablo no se burle de ustedes, viéndolos incluso antes del golpe temerosos y temblando ante la amenaza? O mejor aún, cuando lo consideren una amenaza, ya no tendrá necesidad de golpearlos, sino que, dejándolos conservar sus riquezas, con la expectativa de que les sean arrebatadas, los volverá más blandos que la cera. Y como es nuestra naturaleza (por así decirlo) no considerar los objetos de nuestro temor tan temibles después del sufrimiento como antes y mientras aún no se han probado, para impedirles adquirir incluso esta virtud, los detiene en el colmo del miedo; por el miedo a la pobreza, antes de experimentarla, los derrite como cera en el fuego. Sí, y un hombre así es más blando que la cera y vive una vida más miserable que el propio Caín. Teme por lo que le sobra, y tiembla por lo que posee, guardando sus riquezas como un esclavo fugitivo, acosado por no sé qué diversas e inexplicables pasiones. Porque el deseo inexplicable, el temor y la ansiedad múltiples, y el temblor por doquier, los agitan. Son como una embarcación impulsada por vientos contrarios de todas partes, que soporta muchas marejadas. ¿Y cuánto mejor para un hombre así partir que soportar una tormenta continua? Pues para Caín también sería más tolerable haber muerto que estar temblando eternamente. Para que no suframos estas cosas, burlémonos de la artimaña del diablo, rompamos sus cuerdas, cortemos la punta de su terrible lanza y fortifiquemos todo acceso. Porque si te ríes del dinero, no tiene dónde atacar, no tiene dónde aferrarse. Entonces habrás arrancado la raíz de los males; y cuando la raíz desaparezca, tampoco crecerá ningún fruto malo.
IX
Estas cosas es lo que siempre decimos los cristianos, y nunca dejamos de decirlas. Si nuestras palabras son de algún bien, el día lo declarará, ese día que se revela por "el fuego, que prueba la obra de cada uno" (1Cor 3,13) y muestra qué lámparas brillan y cuáles no. Entonces se manifestará quién tiene aceite y quién no. Que nadie se encuentre entonces desprovisto del consuelo. Más bien, que todos, trayendo consigo la abundancia de misericordia y con sus lámparas encendidas, entren junto con el Novio. Nada es más temible y angustioso que la voz que oirán entonces del Novio quienes partieron sin dar abundante limosna: "No os conozco" (Mt 25,12). Que nunca oigamos esta voz, sino aquella agradable y deseable: "Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo" (Mt 25,34). Porque así viviremos una vida feliz y disfrutaremos de todos los bienes que incluso sobrepasan el entendimiento humano, a los cuales todos podemos llegar por la gracia y la misericordia de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 31
I
El ojo puede decir a la mano: "No tengo necesidad de ti", ni tampoco la cabeza a los pies: "No tengo necesidad de vosotros"
Tras controlar Pablo la envidia de los corintios de menor rango, y disipar el desaliento que probablemente sentirían, humilla ahora el orgullo de los que recibían mayores dones. De hecho, hizo lo mismo en su discurso con los primeros. Pues la afirmación de que era un don y no un logro pretendía declararlo. Pero ahora lo hace de nuevo con mayor vehemencia, deteniéndose en la misma imagen. Pues a partir del cuerpo que sigue, y de la unidad que de él surge, procede a la comparación de los miembros, algo sobre lo que buscaban especialmente ser instruidos. Puesto que no había tanto poder para consolarlos en la circunstancia de ser un solo cuerpo, como en la convicción de que en las mismas cosas con las que fueron dotados, no se quedaron muy atrás. Y dice: "El ojo no puede decir a la mano: No te necesito, ni la cabeza a los pies: No te necesito". Pues aunque el don sea menor, es necesario: y así como cuando uno falta, muchas funciones se ven impedidas, así también sin el otro hay una deficiencia en la plenitud de la Iglesia. Dijo "no puede", de modo que, aunque lo desee, aunque lo diga, es impensable y no es conforme a la naturaleza. Por esta razón, habiendo tomado los dos extremos, prueba su argumento en ellos, primero respecto a la mano y el ojo, y segundo, respecto a la cabeza y los pies, reforzando así el ejemplo. ¿Qué es más insignificante que el pie? ¿O qué es más honorable y necesario que la cabeza? Pues la cabeza, más que nada, es el hombre. Sin embargo, no es suficiente por sí misma ni podría realizarlo todo; pues si así fuera, nuestros pies serían un añadido superfluo. Y no se detuvo aquí, sino que busca también otra ampliación, algo que siempre hace, compitiendo no sólo por estar en igualdad de condiciones, sino incluso yendo más allá, como se ve en lo siguiente.
II
Los miembros del cuerpo que parecen más débiles son los más necesarios. Es más, a las partes menos honorables les otorgamos más abundante honor, y en nuestras partes menos decorosas tenemos más abundante hermosura
En cada cláusula que va introduciendo, añade Pablo el término cuerpo, tanto para consolar a unos miembros como para frenar a otros, y reafirmando que los miembros mayores necesitan a los menores, y con mucha necesidad. En efecto, si hay algo débil en nosotros, o algo deshonroso, esto es necesario y goza de mayor honor. Y bien dijo, lo que parece y lo que creemos, señalando que el juicio no surge de la naturaleza de las cosas, sino de la opinión de la mayoría. Pues nada en nosotros es deshonroso, ya que es obra de Dios. Entonces, ¿qué en nosotros se considera menos honorable que nuestros genitales? Sin embargo, gozan de mayor honor. Y los muy pobres, incluso si tienen el resto del cuerpo desnudo, no pueden soportar exhibir esos miembros desnudos. Sin embargo, ciertamente esta no es la condición de las cosas deshonrosas; pero era natural que fueran despreciados más que los demás. Así, en una casa, el sirviente deshonrado, lejos de disfrutar de mayor atención, ni siquiera se le ha concedido una parte igual. Por la misma regla, si este miembro fuera deshonroso, en lugar de tener mayores privilegios, ni siquiera debería disfrutarlos; mientras que ahora tiene mayor honor por su porción; y esto también lo ha obrado la sabiduría de Dios. Pues a algunas partes, por su naturaleza, Dios les ha dado para que no lo necesiten; pero a otras, al no haberlo concedido por su naturaleza, nos ha obligado a cederlo. Sin embargo, no son por ello deshonrosos. Dado que los animales también, por su naturaleza, tienen suficiente y no necesitan ropa, calzado ni techo, la mayoría de ellos, no por eso nuestro cuerpo es menos honorable que ellos, pues necesita todas estas cosas. Más bien, si se considera con atención, estas partes en cuestión son, incluso por naturaleza misma, honorables y necesarias. Lo cual, en verdad, el propio Pablo imitó, emitiendo su juicio a favor no por nuestra preocupación ni por qué gozaran de mayor honor, sino por la naturaleza misma de las cosas. Por lo tanto, cuando los llama débiles y menos honorables, usa la expresión "que parecen", mas cuando los llama necesarios ya no añade "que parecen", sino que él mismo da su opinión, diciendo que son necesarios; y con mucha propiedad. Pues son útiles para la procreación y la sucesión de nuestra raza. Por lo tanto, también los legisladores romanos castigan a quienes mutilan estos miembros y convierten a los hombres en eunucos, como personas que dañan nuestro linaje común y afrentan a la naturaleza misma. Pero ¡ay de los disolutos que deshonran las obras de Dios! Pues así como muchos suelen maldecir el vino por los borrachos, y a las mujeres por los impuros, también consideran estos miembros viles por quienes los usan indebidamente. Pues el pecado no se asigna a la cosa como parte de su naturaleza, sino que la trasgresión se produce por la voluntad de quien se aventura en ella. Pero algunos suponen que las expresiones, los miembros débiles, y menos honorables, y necesarios, y que gozan de más abundante honor, son usadas por Pablo refiriéndose a los ojos y a los pies, y que él habla de los ojos como más débiles y necesarios, porque aunque deficientes en fuerza, tienen la ventaja en utilidad; pero de los pies como los menos honorables, porque éstos también reciben de nosotros gran consideración.
III
Nuestras partes hermosas no tienen necesidad
Alguno dirá: ¿Qué clase de discurso es éste, despreciar a los honorables y cortejar a los menos honrados? Y yo le digo: No lo hacemos por desprecio, sino por necesidad. Y si no, vean qué gran elogio presenta Pablo en resumen, cuando se apresura a decir esto: que algo es muy conveniente y útil. Y no se contenta con esto, sino que añade la causa: que "Dios armonizó el cuerpo, dando más abundante honor a la parte que le faltaba".
Que no haya cisma en el cuerpo
Si Cristo fue quien templó el cuerpo, él no permitirá que aparezca lo más indecoroso. ¿Y cómo lo hace? Así mismo: mezclando los miembros en una sola cosa, para que el cuerpo no sea el proveniente del paganismo sino uno totalmente nuevo y templado. Vean aquí cómo continuamente se apresura Pablo por los defectos, diciendo "lo que faltaba". No dijo "a lo que es deshonroso", sino "a lo que faltaba" (lo que faltaba por naturaleza), dando más abundante honor. ¿Y por qué? Para que no hubiera cisma en el cuerpo. Así, porque, aunque disfrutaban de un sinfín de consuelo, sin embargo se entregaban al dolor como si hubieran recibido menos que otros, él significa que fueron más bien honrados. Pues su frase es, dando más abundante honor a lo que faltaba. A continuación, añade la razón, mostrando que, con miras a su beneficio, causó su carencia y la honró con mayor abundancia. ¿Y cuál es la razón? Que no debería haber "cisma en el cuerpo". No dijo "en los miembros", sino "en el cuerpo", porque habría una gran e injusta ventaja si algunos miembros fueran cuidados tanto por la naturaleza como por nuestra previsión, mientras que otros ni siquiera por ninguna de estas. Entonces quedarían separados unos de otros, por incapacidad de soportar la conexión. Y al separarse estos, también se perjudicaría al resto. ¿Ves cómo señala que, por necesidad, se da mayor honor a lo que carece? Porque, de no haber sido así, el perjuicio se habría vuelto común a todos, dice. Y la razón es que, a menos que estos recibieran gran consideración de nuestra parte, habrían sido tratados con rudeza, por no contar con la ayuda de la naturaleza; y este trato rudo habría sido su ruina: su ruina habría dividido el cuerpo; y dividido el cuerpo, también habrían perecido los otros miembros, que son muchísimos más que éstos. ¿Ves que el cuidado de estos últimos está relacionado con la provisión para aquellos? Pues su ser no reside tanto en su propia naturaleza, sino en su unidad, en virtud del cuerpo. Por lo tanto, si el cuerpo perece, de nada les beneficia la salud que tienen individualmente. Pero si el ojo o la nariz permanecen, conservando su función adecuada, cuando se rompe el vínculo de unión, no les servirán para nada; mientras que, suponiendo que estos permanezcan y los heridos, ambos se sustentan y recuperan rápidamente la salud. Pero quizás alguien diga que esto, en el cuerpo, tiene razón. Además, lo que falta ha recibido mayor honor, pero ¿cómo se puede entender esto entre los hombres? Entre los hombres, especialmente, se puede ver que esto ocurre. Así, los que llegaron a última hora recibieron primero su salario. Igualmente, la oveja extraviada indujo al pastor a dejar atrás las noventa y nueve y correr tras ella, y cuando la encontró, la cargó y no la condujo. En su caso, el hijo pródigo obtuvo más honor que el que fue aprobado; y el ladrón fue coronado y proclamado ante los apóstoles. En el caso de los talentos, también se puede ver que esto sucede: al que recibió los cinco talentos y al que recibió dos se les concedieron las mismas recompensas; sí, por la misma circunstancia de recibir los dos, fue más favorecido con un gran cuidado providencial. Si se le hubieran confiado los cinco, su falta de habilidad lo habría desbancado; pero habiendo recibido los dos y cumplido con su deber, se le consideró digno de lo mismo que quien había ganado los cinco, teniendo la ventaja de obtener la misma corona con menos esfuerzo. Y sin embargo, él también era un hombre, al igual que quien comerciaba con los cinco. Sin embargo, su amo no le pide cuentas estrictas, ni le obliga a hacer lo mismo con su compañero, ni le dice "¿por qué no puedes ganar los cinco?" (aunque podría haberlo dicho con razón), sino que le asigna igualmente su corona.
IV
Sabiendo esto, ustedes que son mayores, no pisoteen a los menores, no sea que, en lugar de ellos, se perjudiquen a sí mismos. ¿Por qué? Porque cuando se corta algún miembro, todo el cuerpo se destruye. Además, ¿qué otra cosa es un cuerpo sino la coexistencia de muchos miembros? Como también dice el propio Pablo, el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos. Si esta es, pues, la esencia de un cuerpo, cuidemos de que la pluralidad continúe siendo plural. Pues, a menos que esto se conserve por completo, el golpe está en las partes vitales; razón por la cual el apóstol no sólo exige que no estén separados, sino también que estén estrechamente unidos. Por ejemplo, habiendo dicho que no debe haber cisma en el cuerpo, no se contentó con esto, sino que añadió que los miembros deben tener el mismo cuidado los unos por los otros. Añadiendo esta otra causa también para que los menores disfruten de mayor honor. Porque Dios lo ha dispuesto así no solo para que no se separen, sino también para que haya abundante amor y concordia. Pues si la existencia de cada uno depende de la seguridad de su prójimo, no me hables de lo menos ni de lo más (porque en este caso no hay más ni menos). Mientras el cuerpo perezca, también podrás ver la diferencia, pero cuando perezca, ya no. Y perecerá, a menos que las partes menores también perduren. Si ahora incluso los miembros mayores perecen al ser desgajados los menores, estos deben cuidar de igual manera a los menores, y de igual manera a sí mismos, pues en la seguridad de estos los mayores también permanecen. Así pues, si dices mil veces que tal miembro es deshonrado e inferior, aun así, si no lo cuidas como a ti mismo, si lo descuidas como inferior, el daño te pasará a ti. Por lo tanto, no solo dijo que los miembros debían cuidarse unos a otros, sino que añadió que debían tener el mismo cuidado entre sí (es decir, de igual manera), y los pequeños debían disfrutar del mismo cuidado providencial que los grandes. No digas, pues, que tal persona es ordinaria, sino considera que es un miembro de ese cuerpo que mantiene unido al conjunto (y como el ojo, también él hace que el cuerpo sea un cuerpo). Pues donde el cuerpo se construye, nadie tiene nada más que su vecino: ya que esto no hace un cuerpo el que haya una parte mayor y otra menor, sino que sean muchas y diversas. Pues así como tú, por ser mayor, ayudaste a formar el cuerpo, también él, por ser menor. De modo que su deficiencia comparativa, cuando el cuerpo ha de construirse, resulta de igual valor que tú para esta noble contribución; sí, él aprovecha tanto como tú. En el caso de que ningún miembro sea mayor o menor, ni más o menos honorable; sino que todos sean ojo o todos cabeza, ¿no perecerá el cuerpo? Todos lo ven. De nuevo, si todos son inferiores, ocurrirá lo mismo. De modo que, en este aspecto, también los menores se demuestran iguales. Sí, y si hay que añadir algo más, el propósito de que lo menos sea menos es que el cuerpo permanezca. De modo que, por tu bien, él es menos, para que tú sigas siendo grande. Aquí está la razón por la que exige el mismo cuidado de todos. Habiendo dicho que los miembros tengan el mismo cuidado entre sí, explica lo mismo de nuevo, en lo que sigue.
V
Si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él. Si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan
Con esto, Pablo viene a decir: El cuidado que requiere el cuerpo de Cristo ha de ser común, estableciendo unidad en tan gran diversidad y haciendo que en todos los eventos haya una comunión completa. Si nuestro cuidado por el prójimo es la seguridad común, se sigue también que nuestra gloria y nuestra tristeza deben ser comunes. Por lo tanto, aquí exige tres cosas: no estar divididos (sino unidos en perfección), tener el mismo cuidado por los demás, y considerar común todo lo que sucede. Por eso ha dado mayor honor a la parte que carecía, porque lo necesita y significando que la misma inferioridad se convirtió en introducción a un honor mayor. Así también, aquí los iguala en cuanto al cuidado que se da mutuamente. Porque por eso los hizo participar de mayor honor para que no se encontraran con menos cuidado. Y no solo por esto, sino también por todo lo que les sucede, bueno y doloroso, están los miembros unidos entre sí. Así, a menudo, cuando una espina se clava en el talón, todo el cuerpo la siente y la cuida: la espalda se encorva, el vientre y los muslos se contraen, y las manos, como guardianes y sirvientes, extraen lo que estaba clavado, y la cabeza se inclina sobre él, y los ojos lo observan con gran atención. De modo que, aunque el pie sea inferior por su incapacidad para ascender, al bajar la cabeza se iguala y es favorecido con el mismo honor; especialmente cuando los pies son la causa de la bajada de la cabeza, no por favor, sino por su derecho a ella. Y así, si por ser más honorable tiene una ventaja; sin embargo, al serlo, debe tal honor y cuidado al menor, e igualmente igual compasión: con esto indica gran igualdad. Pues, ¿qué es más vil que el talón? ¿Qué más honorable que la cabeza? Sin embargo, este miembro alcanza a ese y los mueve a todos a la vez. Además, si algo les pasa a los ojos, todos se quejan y todos están ociosos: ni los pies caminan, ni las manos trabajan, ni el estómago disfruta de su alimento acostumbrado; y, sin embargo, la afección es de los ojos. ¿Por qué haces que el estómago se agote? ¿Por qué mantienes los pies quietos? ¿Por qué atas tus manos? Porque están atadas a los pies, y de una manera indescriptible todo el cuerpo sufre. Porque si no compartiera el sufrimiento, no soportaría compartir la preocupación. Por lo tanto, habiendo dicho que los miembros tengan el mismo cuidado los unos por los otros, añadió que si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; o un miembro es honrado. Todos los miembros se regocijan con ello. Alguno dirá: ¿Y cómo se regocijan con ello? Y yo le respondo: Si la cabeza está coronada, todo el hombre es honrado, y la boca habla, y los ojos ríen y se deleitan. Sin embargo, el mérito no es de la belleza de los ojos, sino de la lengua. Además, si los ojos parecen hermosos, toda la mujer se embellece: como también estos, cuando se alaba una nariz recta, un cuello erguido y otros miembros, se regocijan y parecen alegres: y de nuevo derraman abundantes lágrimas por sus penas y desgracias, aunque ellos mismos siguen ilesos.
VI
Considerando estas cosas, hermanos, imitemos todos el amor de estos miembros, y no hagamos en modo alguno lo contrario, pisoteando las miserias del prójimo y envidiando sus bienes. Esto es propio de los locos y de los que están fuera de sí. Así como quien se saca el ojo ha dado muestras de gran insensatez; y quien se devora la mano da muestras de locura absoluta. Si esto ocurre con los miembros, de igual manera, cuando ocurre entre hermanos, nos impone la reputación de insensato y no trae consigo un mal común. Pues mientras él brilla, tu hermosura también es evidente y todo el cuerpo se embellece. Pues no limita la belleza solo a sí mismo, sino que también te permite gloriarte. Pero si lo extingues, traes una oscuridad común a todo el cuerpo, y la desgracia que causas es común a todos los miembros. De hecho, si lo preservas en brillo, preservas la belleza de todo el cuerpo. Porque nadie dice "el ojo es hermoso", sino esta mujer sí es hermosa. Y si también se alaba, esta alabanza viene después del elogio común. Así también sucede en la Iglesia. Es decir, si hay alguna persona célebre, la comunidad recibe su buena fama. Porque los enemigos no suelen dividir las alabanzas, sino conectarlas. Y si alguien es brillante en elocuencia, no solo lo alaban a él, sino también a toda la Iglesia. Porque no sólo dicen "es un hombre admirable", sino "los cristianos tienen un maestro admirable", y por eso lo hacen común.
VII
Hermano, déjame ahora que te pregunte: ¿Acaso los paganos se unen, y tú te divides y luchas contra tu propio cuerpo, y te resistes a tus propios miembros? ¿No sabes que esto lo trastorna todo, y que "un reino dividido contra sí mismo no permanecerá" (Mt 12,25)? Pero nada divide y separa tanto como la envidia y los celos, esa enfermedad grave, exenta de todo perdón, y en cierto sentido peor que la raíz de todos los males (1Tm 6,12) Porque el avaro se complace cuando él mismo ha recibido; pero el envidioso se complace cuando otro no ha recibido, no cuando él mismo ha recibido. Porque piensa que las desgracias de los demás son un beneficio para sí mismo, en lugar de la prosperidad; andando como un enemigo común de la humanidad y golpeando a los miembros de Cristo, que lo cual ¿qué puede ser más parecido a la locura ? Un demonio es envidioso, pero de los hombres, no de cualquier demonio: pero tú, siendo un hombre, envidias a los hombres y resistes lo que es de tu propia tribu y familia, lo que ni siquiera un demonio hace. ¿Y qué perdón obtendrás, qué excusa? Temblando y palideciendo al ver a un hermano en prosperidad, cuando deberías coronarte, regocijarte y exultar. Si de verdad deseas emularlo, no te lo prohíbo: emula, pero con la intención de ser como aquel que es aprobado: no para deprimirlo, sino para que puedas alcanzar el mismo punto elevado, para que puedas mostrar la misma excelencia. Ésta es la sana rivalidad, imitación sin contienda: no afligirse por las cosas buenas de los demás, sino enojarse por nuestros propios males (lo contrario a lo cual es el resultado de la envidia). Pues descuidando sus propios males, se consume por la buena fortuna de otros hombres. Y así, el pobre no se ve tan afligido por su propia pobreza como por la abundancia de su vecino; que ¿qué puede ser más doloroso? Sí, en este sentido el envidioso, como dije antes, es peor que el codicioso; uno se regocija por alguna adquisición propia, mientras que el otro encuentra su deleite en que alguien más no reciba. Por lo cual les suplico que, dejando este mal camino, cambien a una emulación apropiada (pues es algo violento, este tipo de celo, y más ardiente que cualquier fuego), y que con ello obtengan poderosas bendiciones. Así también Pablo solía guiar a los de origen judío a la fe, diciendo: "Si de alguna manera puedo provocar a emulación a los que son de mi carne, y salvar a algunos de ellos" (Rm 11,14) Porque aquel cuya emulación es como la que Pablo deseaba no se lamenta cuando ve al otro en reputación, sino cuando se ve a sí mismo dejado atrás; el envidioso no así, sino al ver la prosperidad de otro. Y es una especie de zángano, perjudicando las labores de otros hombres; y él mismo nunca anhela levantarse, sino que llora cuando ve a otro levantarse, y hace todo lo posible para derribarlo. ¿A qué podría entonces compararse esta pasión? A mí me parece como si un asno perezoso y pesado por la abundancia de carne, atado por un corcel alado, no quisiera levantarse, sino que intentara arrastrar al otro hacia abajo con el peso de su cuerpo. Pues este hombre no se preocupa ni se preocupa por librarse de este profundo sueño, sino que hace todo lo posible por suplantar y derribar al que vuela hacia el cielo, convirtiéndose en un fiel imitador del diablo, pues él también, al ver al hombre en el paraíso, no buscaba cambiar su propia condición, sino expulsarlo del paraíso. Y de nuevo, al verlo sentado en el cielo y a los demás apresurándose hacia allí, se aferra al mismo plan, suplantando a los que se apresuran allí y, de este modo, avivando el fuego con mayor abundancia para sí mismo. Porque en cada caso sucede esto: tanto el envidiado, si se mantiene alerta, se vuelve más eminente; como el envidioso, acumula para sí más males. Así también José llegó a ser eminente, y también Aarón el sacerdote: la conspiración de los envidiosos hizo que Dios lo sufragara una y otra vez, y fue la ocasión para que la vara floreciera. Así Jacob alcanzó su abundante riqueza y todas esas otras bendiciones. Así los envidiosos se atormentan con mil males . Sabiendo como sabemos todas estas cosas, huyamos de tal emulación. Porque, dime, ¿por qué envidias? ¿Porque tu hermano ha recibido gracia espiritual? ¿Y de quién la recibió? Respóndeme. ¿No fue de Dios? Claramente, luego él es el objeto de la enemistad a la que te estás entregando, siendo así que es el otorgante del don. ¿Ves hacia dónde se dirige el mal?¿Con qué punta está coronando el montón de vuestros pecados, y cuán profundo es el pozo de venganza que está cavando para vosotros? Huyamos, pues, amados, y no envidiemos a los demás, ni dejemos de orar por nuestros envidiosos y hagamos todo lo posible por extinguir su pasión: ni sintamos como los irreflexivos que, deseosos de castigarlos, hacen todo lo posible por encender su llama. Pero no lo hagamos; más bien, lloremos y lamentemos por ellos. Porque son las personas perjudicadas, con un gusano continuo royendo su corazón y acumulando una fuente de veneno más amargo que cualquier hiel. Vamos, roguemos a Dios misericordioso que cambie su estado de ánimo y que nunca caigamos en esa enfermedad: ya que el cielo es ciertamente inaccesible para quien tiene esta llaga debilitante, y ante el cielo también, ni siquiera esta vida presente vale la pena vivirla. Porque la madera y la lana no suelen ser carcomidas por la polilla y el gusano que habitan en ellas tan completamente como la fiebre de la envidia devora los huesos mismos de los envidiosos y destruye todo autocontrol en su alma. Para que podamos, pues, liberarnos a nosotros mismos y a los demás de estos innumerables males, expulsemos de nuestro interior esta fiebre maligna, más dolorosa que cualquier gangrena: para que, habiendo recuperado la fuerza espiritual, podamos terminar el presente curso y obtener las coronas futuras; que todos alcancemos por la gracia y la misericordia de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 32
I
Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno de vosotros es miembro de él
Alguno dirá: ¿Para qué nos sirve el ejemplo del cuerpo? Y yo le contesto: Para darnos cuenta que el cuerpo es esclavo de la naturaleza, y las buenas obras lo son por elección propia, y en nuestros propios intereses hemos de tener la misma concordia de diseño que los cuerpos tienen de la naturaleza. De hecho, por eso dice Pablo: "Vosotros sois el cuerpo de Cristo". Además, si nuestro cuerpo natural no debe dividirse, mucho menos el cuerpo de Cristo, y mucho menos cuanto la gracia es más poderosa que la naturaleza. Alguno preguntará: ¿A qué se refiere la expresión "cada uno"? Y yo le digo: A que cada parte debe ser edificada a partir del resto. En efecto, puesto que había dicho "el cuerpo", mientras que el cuerpo completo no era la Iglesia de Corinto, sino la Iglesia en todas partes del mundo. Por lo tanto, dijo "cada uno", a forma de decir: La Iglesia entre ustedes es parte de la Iglesia existente en todas partes y del cuerpo que se compone de todas las Iglesias, de modo que no sólo con ustedes mismos, sino también con toda la Iglesia en todo el mundo, deberían estar en paz, si al menos son miembros de todo el cuerpo.
II
Primero puso Dios a los apóstoles. En segundo lugar vinieron los profetas, en tercer lugar los maestros, y luego los que hacen milagros, los que sanan, los que ayudan, los que administran y los que tienen diversos géneros de lenguas
Dado que algunos corintios se consideraban superiores a los demás, en cuanto al don de lenguas recibido, Pablo coloca este don en último lugar. En efecto, los términos primero y segundo no los usa aquí al azar, sino para señalar, mediante una enumeración, a los más honorables y a los inferiores. Por lo tanto, también colocó en primer lugar a los apóstoles, quienes poseían todos los dones. Y no dijo "Dios ha puesto a ciertos en la Iglesia, simplemente apóstoles o profetas", sino que emplea primero, segundo y tercero, para significar los más honorables, los continuadores y los inferiores. En segundo lugar vienen los profetas. Porque solían profetizar, como las hijas de Felipe, como Agabo, como estas mismas personas entre los corintios, de quienes dice: "De los profetas, que hablen dos o tres" (1Cor 14,29) Y escribiendo también a Timoteo, le dijo: "No descuides el don que está en ti, que te fue dado por profecía" (1Tm 4,14) Y eran muchos más los que profetizaban. Y si Cristo dice que "la ley y los profetas profetizaron hasta Juan" (Mt 11,13), lo dice de aquellos profetas que antes proclamaron su venida. En tercer lugar vienen los maestros. En efecto, quien profetiza habla todo desde el Espíritu; pero quien enseña a veces también habla desde su propia mente. Por eso también dijo: "Que los ancianos que gobiernan bien sean tenidos por dignos de doble honor, especialmente los que trabajan en la palabra y en la enseñanza" (1Tm 5,17). Mientras que quien habla todo por el Espíritu no trabaja. Por esta razón, Pablo colocó al maestro después del profeta, porque lo uno es completamente un don divino, mientras que el otro es un arte humano, que habla muchas cosas desde su propia mente y las hace concordar con las Sagradas Escrituras.
III
"Luego los milagros, luego los dones de sanidad". ¿Ven cómo separa de nuevo las sanidades del poder, como ya hizo antes? Pues el poder es mayor que la sanidad, y quien tiene poder castiga y sana, mientras que quien tiene el don de sanidad sólo cura. Observen cuán excelente fue el orden que empleó al anteponer la profecía a los milagros y las sanidades. Pues cuando dijo "a uno le es dada por el Espíritu palabra de sabiduría, y a otro palabra de conocimiento", habló sin ordenarlas, sino con indiferencia. Aquí, en cambio, establece un primero y un segundo rango. ¿Por qué, entonces, antepone la profecía? Porque incluso en el antiguo pacto el asunto sigue este orden. Por ejemplo, cuando Isaías conversaba con los judíos, demostrando el poder de Dios y presentando la evidencia de la inutilidad de los demonios, declaró esto también como la mayor evidencia de su divinidad: su predicción de lo venidero (Is 41,22-23). Cristo mismo, después de obrar tantas señales, dice que esta no era una señal pequeña de su divinidad, y añade continuamente: "Os he dicho estas cosas para que, cuando suceda, creáis que yo soy" (Jn 13,19; 14,29; 16,4). Pues bien, los dones de sanidad son justamente inferiores a la profecía. Pero ¿por qué también a la enseñanza? Porque no es lo mismo proclamar la palabra de la predicación y sembrar piedad en los corazones de los oyentes, que obrar milagros, ya que estos se hacen simplemente por ese motivo. Por lo tanto, cuando alguien enseña con la palabra y con la vida, es mayor que todos. A aquellos a quienes llama enfáticamente maestros, quienes enseñan con hechos e instruyen con la palabra. Por ejemplo, esto hizo que los mismos apóstoles se convirtieran en apóstoles. Y esos dones también los recibieron otros, de poco valor, al principio, como quienes dijeron: "Señor, ¿no profetizamos en tu nombre e hicimos obras poderosas? ", y eso que a ellos se les había dicho: "Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de iniquidad" (Mt 7,22). Pero este doble modo de enseñar, quiero decir, con hechos y con palabras, ningún malvado emprendería jamás. En cuanto a su configuración, los profetas primero no se maravillan de ello. Porque no habla solamente de los profetas, sino también de aquellos que por medio de la profecía enseñan y dicen todo para el bien común, lo cual al proceder nos lo hace más claro. Sobre las ayudas y gobiernos, ¿qué significa ayuda? Esto mismo: apoyar a los débiles, que también forma parte del don de Dios. ¿Y qué significa gobierno? Esto mismo: la aptitud para el oficio de mecenas, y dispensación de bienes espirituales. Además, Pablo llama dones a muchas de nuestras buenas obras; no con la intención de que nos desanimemos, sino mostrándonos que en todo caso necesitamos la ayuda de Dios, preparándolos para la gratitud, y así haciéndolos más proactivos y estimulando sus mentes. Diversas clases de lenguas. ¿Ves ya dónde Pablo ha colocado cada don, y cómo cada uno de ellos tiene cabida, por orden y hasta el último lugar?
IV
El catálogo de dones del Espíritu Santo (referido anteriormente) había señalado una gran diferencia entre los corintios, y provocado la ya mencionada indignación de quienes tenían dones menores. Por eso Pablo ataca con vehemencia a ambas partes en lo que sigue, y eso que ya les había dado muchas pruebas de ni unos debían sentirse superiores ni otros inferiores. Lo que quiero decir es que, al oír esto, es posible que los corintios dijeran: ¿Y por qué no fuimos todos hechos apóstoles? Por eso Pablo, mientras que antes había empleado un tono más tranquilizador, incluso a partir de la imagen del cuerpo (pues "el cuerpo no es un solo miembro", y "si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?"), y explicando por qué a cada uno se le da una manifestación del Espíritu (de forma gratuita, y no contrayendo ninguna deuda), ahora dice lo siguiente, para beneficio mutuo: "Hay diversidad de dones, pero el mismo Espíritu". Es decir, que la manifestación plena del Espíritu se hace por completo a través del conjunto de todos, y no en cada uno particular. En efecto, Dios ha colocado cada miembro en una parte del cuerpo, y lo importante es el cuerpo y no cada miembro. De ahí la necesidad de acoplar los distintos miembros, y no desechar ninguno de ellos. Y de ahí también que "a lo que falta, él ha dado más abundante honor", y que todos los miembros requieran el mismo cuidado, unos por otros, con un solo honor y una sola pena en todos ellos. Por ejemplo, si un miembro padece, todos los miembros duelen con él, o si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan. En definitiva, una vez que Pablo ya los ha exhortado con estos temas, aquí y en adelante usa un lenguaje que los abruma y los reprende. Porque, como dije, no nos corresponde exhortar siempre ni silenciar las cosas. Por eso, el propio Pablo, tras haberlos exhortado extensamente, los ataca con vehemencia, como sigue.
¿Son todos apóstoles? ¿Son todos profetas? ¿Tienen todos el don de santidad? ¿Hablan todos en lenguas? ¿Interpretan todos?
Enumera de nuevo Pablo el orden de preferencia de los dones de Dios, yendo del primer y segundo don al último de todos, ya sea queriendo decir que no todo puede ser todo (pues "si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?"), o ya sea estableciendo algún otro punto junto con estos, que pueda servir de consuelo. ¿Qué significa esto, entonces? ¿Quiere decir que los dones menores se disputan por igual con los mayores, debido a que ni siquiera estos fueron dados absolutamente a todos? En conjunto, lo que viene a decir Pablo es: ¿Por qué te lamentas por no tener dones de sanación? Considera que lo que tienes, aunque sea menor, a menudo no lo posee quien posee el mayor. Por lo tanto, dice: "¿Hablan todos en lenguas? ¿Interpretan todos?". En efecto, así como Dios no concedió todos los grandes dones a todos (sino a unos esto y a otros aquello), así también lo hizo con los menos importantes, no proponiéndolos a todos. Y esto lo hizo, procurando con ello abundante armonía y amor, para que cada uno, necesitado del otro, se acercara a su hermano. Esta economía la estableció también Dios en las artes, en los elementos, en las plantas, en nuestros miembros y, en definitiva, en todas las cosas.
V
Desead ardientemente los mejores dones. No obstante, os voy a mostrar un camino aún más excelente
Añade ahora Pablo el consuelo más poderoso, suficiente para recuperar a los corintios menos agraciados y calmar sus almas afligidas. Al decir esto, insinuó con suavidad que ellos mismos eran la causa de recibir los dones menores, y que tenían el poder, si así lo deseaban, de recibir los mayores. En concreto, cuando les dice "desead ardientemente", les está exigiendo diligencia y deseo auténtico. Por eso no dijo "los dones mayores", sino "los dones mejores". Es decir, los más útiles, aquellos que beneficiarían, y a forma de decir: Continúen deseando los dones; y yo les señalo una fuente de dones. Pues no dijo "un don", sino "un camino", para poder ensalzar aún más lo que pretende mencionar y a forma de decir: No les señalo uno, ni dos, ni tres dones, sino un solo camino que conduce a todos ellos. Y no sólo un camino, sino "uno más excelente" y común a todos. Es decir, no como se conceden los dones, a unos estos y a otros aquellos, y no a todos, sino como un don universal, común y necesario a todos. Por lo tanto, también invita a todos a él. "Procurad ardientemente los dones mejores", parecía haber concluido Pablo. Sin embargo, a continuación añadió: "No obstante, os voy a mostrar un camino más excelente", que será el amor al prójimo. En conclusión, con la intención de proceder al discurso sobre ella y el elogio de esta virtud, primero las rebaja comparándolas con ella, insinuando que no son nada sin ella; con mucha consideración. Porque si hubiera hablado inmediatamente del amor, y tras decir "os muestro un camino", hubiera añadido "pero esto es amor", y no hubiera basado su discurso en la comparación; algunos podrían haberse burlado de lo dicho, sin comprender claramente la fuerza de lo dicho, pero aún con la boca abierta. Por lo tanto, no lo desarrolla de inmediato, sino que primero excita al oyente con la promesa y dice: "Os muestro un camino más excelente". Y habiéndolo inducido a desearlo, no procede directamente a él, sino que, aumentando aún más y extendiendo su deseo, habla primero de estas mismas cosas y muestra que sin él no son nada; reduciéndolos a la mayor necesidad de amarse mutuamente; viendo también que de su descuido surgió la causa de todos sus males. Así que, en este sentido, también podría parecer con justicia grandioso si los dones no sólo no los unieran, sino que los dividieran incluso estando unidos: pero esto, cuando muchos estuvieran tan divididos, los reuniría por su propia virtud y los convertiría en un solo cuerpo. Sin embargo, no dice esto de inmediato, sino que establece lo que anhelaban principalmente: que era un don y un camino excelente para todos los dones. Así que, aunque no ames a tu hermano por amistad, con el fin de obtener una mejor señal y un don abundante, cultiva el amor.
VI
Si hablo lenguas humanas
Vean por dónde comienza a analizar Pablo cada uno de los dones, comenzando por el menos preferencial respecto a aquellos otros que eran más necesarios: el don de lenguas. Al mencionar ese don, lo menciona no sólo en el grado en que lo tenían, sino mucho más, porque no dijo "si hablo en lenguas", sino "si hablo lenguas". ¿Qué significa "de los hombres"? Esto mismo: de todas las naciones, en todas partes del mundo. Y no se contentó con esta amplificación, sino que además usó otra mucho mayor, añadiendo las palabras "de los ángeles", "no tengo amor" y "me he convertido en metal que resuena o címbalo que retiñe". ¿Ves hasta qué punto exaltó primero el don, y a qué punto después lo rebajó y lo derribó? Pues no dijo simplemente "no soy nada", sino "me he convertido en metal resonante", algo insensible e inanimado. Pero ¿cómo, metal resonante? Emitiendo un sonido, sí, pero al azar y en vano, y sin ningún fin bueno. Puesto que, además de no aprovechar nada, la mayoría de los hombres me considera alguien que causa problemas impertinentes, una persona molesta y fastidiosa. ¿Ves cómo alguien sin amor se asemeja a las cosas inanimadas e insensatas? Ahora bien, aquí habla de las lenguas "de los ángeles" sin dotarlos de un cuerpo, sino queriendo decir: Si yo hablara como los ángeles suelen hablarse entre sí, sin esto no soy nada, sino más bien una carga y una molestia. Por mencionar otro ejemplo, cuando dice "ante él se doblará toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra" (Flp 2,10), no lo dice como si atribuyera a los ángeles rodillas y huesos, ni mucho menos, sino que es su intensa adoración la que pretende eclipsar con la costumbre entre nosotros. Así también aquí la llama lengua, no refiriéndose a un instrumento de carne, sino con la intención de indicar su conversación entre ellos según la forma que conocemos.
VII
Si tengo el don de profecía
Para que su discurso sea aceptable, Pablo no se detiene en el don de lenguas, sino que pasa también a los demás dones, uno tras otro y ascendiendo del menor don al mayor de ellos. En concreto, ahora asciende del don de lenguas al don de profecía. Así como en aquel caso no mencionó las lenguas, sino las de toda la humanidad y las de los ángeles, y luego significó que el don no era nada sin amor, así también aquí menciona no sólo la profecía, sino la profecía suprema. Al decir "si tengo profecía", añadió: "Y conozco todos los misterios y todo el conocimiento", expresando este don también con intensidad. Después de esto, también pasa a los demás dones. Y de nuevo, para no parecer cansados, nombrando cada uno de ellos, establece la madre y fuente de todos, y esto de nuevo con excelencia, diciendo así: "Y si tengo toda la fe". No se contentó con esto, sino que incluso aquello que Cristo consideró el mayor, lo añadió, diciendo: "Si traspasara montañas y no tuviera amor, no soy nada". Y consideren cómo aquí también rebaja la dignidad de las lenguas. Pues mientras que con respecto a la profecía se refiere a la gran ventaja que se deriva de ella, la comprensión de los misterios y la posesión de todo conocimiento; y con respecto a la fe, a una obra nada trivial, incluso traspasar montañas; con respecto a las lenguas, por otro lado, habiendo mencionado solo el don en sí, lo abandona. Pero te ruego que consideres también esto: cómo, en resumen, comprendió todos los dones al mencionar la profecía y la fe, pues los milagros se manifiestan en palabras o en hechos. ¿Y cómo dice Cristo que el grado mínimo de fe es capaz de mover una montaña? Pues, como si hablara de algo muy pequeño, se expresó al decir: "Si tienen fe como un grano de mostaza, dirán a esta montaña quítate, y se moverá" (Mt 17,20), mientras que Pablo dice que esto es toda la fe. ¿Qué decir entonces? Puesto que esto era algo grande, mover una montaña, también lo mencionó, no como si toda la fe fuera solo capaz de hacerlo, sino como esto parecía grande a los más descomunales debido a la magnitud de la masa externa, a partir de esto también ensalza su tema.
VIII
Si tuviera toda la fe para trasladar los montes, mas no tengo amor, nada soy. Si repartiese todos mis bienes a los pobres, o si entregase mi cuero a las llamas, y no tengo amor, de nada me sirve
Tras haber demostrado Pablo que todos los dones del Espíritu Santo no sirven de nada si no se reciben en armonía comunitaria, ahora viene a decir que tampoco sirven de nada si no existe un segundo elemento: el amor personal. ¡Maravillosa ampliación! Sobre todo al no decir "si doy a los pobres la mitad de mis bienes, o dos o tres partes", sino "aunque dé todos mis bienes". En efecto, pablo no dijo dad, sino "distribuid en porciones", para que a los gastos se les añada también la administración con todo esmero. Pero ni siquiera todavía he señalado toda la excelencia, hasta que presente los testimonios de Cristo que se dieron acerca de la limosna y la muerte. ¿Cuáles son entonces sus testimonios? Al hombre rico, Jesús le dice: "Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y luego sígueme" (Mt 19,21). Hablando también del amor al prójimo, Jesús dice: "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos" (Jn 14,13). De todo esto es evidente que, ante Dios, el amor es lo más grande de todo. Por eso declaró Pablo que, incluso si dejáramos la vida por amor a Dios, y no sólo la dejáramos, sino incluso para ser quemados, (pues este es el significado de, si doy mi cuerpo para ser quemado, ) no tendremos gran ventaja si no amamos a nuestro prójimo. Pues bien, no es de extrañar que se diga que los dones no son de gran provecho sin la caridad, ya que nuestros dones son secundarios a nuestra forma de vida. En cualquier caso, muchos han mostrado dones, y sin embargo, al volverse viciosos, han sido castigados. Es el caso de quienes profetizaron en su nombre, expulsaron muchos demonios y realizaron muchas obras poderosas (como Judas el Traidor), o el de quienes, exhibiendo como creyentes una vida pura, no han necesitado nada más para su salvación. Por tanto, que los dones, como dije, requieran esto, no es de extrañar; pero que una vida correcta no sirva de nada sin ello, es lo que intensifica la expresión y causa gran perplejidad, especialmente cuando Cristo parece adjudicar sus grandes recompensas a ambos (a la renuncia a nuestras posesiones y a los peligros del martirio). Pues al rico le dice, como ya comenté: "Si quieres ser perfecto, vende tus bienes, dáselo a los pobres y ven, sígueme". Hablando con los discípulos sobre el martirio, Jesús dice: "Quien pierda su vida por mí, la hallará", y: "A quien me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos". Porque grande es, en verdad, el esfuerzo de este logro, y casi supera a la naturaleza misma, y esto lo saben bien quienes han recibido estas coronas. Pues ningún lenguaje puede explicárnoslo: tan noble es el alma a la que pertenece la hazaña, y tan extraordinariamente maravillosa es.
IX
Las maravillas de Dios, por tanto, nada aprovechan sin amor, aunque conlleve la renuncia a los propios bienes. ¿Por qué? Intentaré explicarlo ahora, habiendo indagado primero cómo es posible que, quien da todos sus bienes para alimentar a los pobres, carezca de amor. Concedo, en efecto, que quien está dispuesto a ser quemado y tiene las ofrendas, quizá no tenga amor; pero quien no solo da sus bienes, sino que incluso los distribuye a bocados, ¿cómo no tiene amor? ¿Qué diremos, entonces? ¿Que supuso algo irreal como real? Puede ser, pues es algo que Pablo suele hace siempre que pretende presentarnos algo en exceso (como cuando dice a los gálatas: "Si nosotros o un ángel del cielo os predica un evangelio diferente del que recibís, sea anatema"; Gál 1,8). Sin embargo, ni él mismo ni un ángel estaban a punto de hacerlo; Pero para indicar que pretendía llevar el asunto lo más lejos posible, incluso estableció lo que de ninguna manera podría suceder. Y de nuevo, cuando escribe a los romanos y dice: "Ni ángeles, ni principados, ni potestades podrán separarnos del amor de Dios", pues esto tampoco iba a ser hecho por ningún ángel. Pero aquí también supone algo que no existía; como de hecho también en lo que sigue, al decir «ni ninguna otra criatura», siendo así que no hay otra criatura, pues había comprendido toda la creación, habiendo hablado de todas las cosas, tanto de arriba como de abajo. Sin embargo, aquí también menciona lo que no existía, a modo de hipótesis, para mostrar su deseo excesivo. Ahora bien, lo mismo hace aquí también, diciendo: "Si un hombre lo da todo, y no tiene amor, de nada le sirve". O bien podemos decir esto, o que su significado es que los que dan también se unan estrechamente a los que se retiran, y no simplemente dar sin simpatía, sino con piedad y condescendencia, inclinándose y afligiéndose con los necesitados. Porque por lo tanto, también la limosna ha sido promulgada por Dios: ya que Dios podría haber alimentado a los pobres también sin esto, pero para que pudiera unirnos a la caridad y para que pudiéramos ser completamente fervientes los unos con los otros, ordenó que fueran alimentados por nosotros. En otros lugares se dice que "una palabra está más allá de un buen regalo" (Eclo 18,16-17), y: "Misericordia quiero, y no sacrificio" (Os 6,6) Porque ya que es habitual, tanto para los hombres amar a los que son beneficiados por ellos, como para los que reciben beneficios ser más amables con sus benefactores; Hizo esta ley, constituyéndola en un vínculo de amistad.
X
Alguno dirá: Si Cristo dijo que los dones de Dios llevan a la perfección, ¿cómo afirma Pablo que estos, sin caridad, son imperfectos? Y yo le contesto: Y no sólo imperfectos, sino también contraproducentes, sobre todo si no se armonizan con su Dador con él, y se armonizan exactamente. En el caso del joven rico, por ejemplo, Cristo no dijo simplemente "vende tus bienes y dalos a los pobres", sino que añadió "ven y sígueme". Es más, ni siquiera el seguir a Cristo prueba a alguien ser discípulo de Cristo, sino lo que dijo éste: "Amaos como yo os he amado". En efecto, fue Cristo y no Pablo quien dijo: "En esto conocerán que sois mis discípulos: en que tenéis amor los unos a los otros" (Jn 13,35), y: "Todo aquel que pierda su vida por mí, la hallará" (Mt 10,39) y: "A cualquiera que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos". Jesús no quiere decir que no sea necesario tener amor, sino que declara la recompensa que está guardada para estas labores. Puesto que junto con el martirio él requiere también esto, es lo que él en otra parte fuertemente insinúa, diciendo así: "Ciertamente beberéis de mi copa, y seréis bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado" (Mt 20,23) es decir, seréis mártires, seréis muertos por causa de mí; pero sentarse a mi derecha y a mi izquierda (no como si alguien se sentara a la derecha y a la izquierda, sino que significa la más alta precedencia y honor) no es mío para darlo, dice él, sino a aquellos para quienes está preparado. Luego, significando para quién está preparado, él los llama y dice: "Quien quiera ser el jefe, que sea siervo de todos" (Mt 20,26), exponiendo humildad y amor. El amor que Jesús requiere es intenso; por lo cual él no se detuvo ni siquiera en esto, sino que añadió: "El Hijo del hombre ha venido a servir y a dar su vida en rescate por muchos", señalando que debemos amar tanto que incluso nos dejemos matar por nuestro amado. Porque esto, sobre todo, es amarlo a él. Por eso también le dice a Pedro: "Si me amas, apacienta mis ovejas" (Jn 21,16).
XI
Para que sepan cuán grande es esta virtud del amor, hermanos, describámosla con palabras, pues en los hechos no la vemos aparecer por ninguna parte. En concreto, consideremos que dicha virtud abundara por doquier. De ser así, no habría necesidad de leyes, ni tribunales, ni castigos, ni venganzas, ni nada parecido, pues todos se amarían y serían amados, y nadie dañaría a otro. Sí, hermanos, los asesinatos, contiendas, guerras, divisiones, rapiñas y fraudes desaparecerían, y el vicio sería desconocido incluso de nombre. Esto es algo que los milagros no habrían logrado (sino todo lo contrario, por la vanagloria y la locura), ni las lenguas ni la profecía, sino sólo el amor. Además, todos los demás bienes tienen sus males asociados, pues quien renuncia a sus posesiones a menudo se envanece por esta razón, y el elocuente se ve afectado por una pasión desmedida por la gloria, y el humilde no pocas veces se tiene un concepto elevado de sí mismo en su conciencia. En cambio, el amor está libre de tales males, y nadie podría jamás alzarse contra la persona a la que ama. Es más, hermanos, no supongan que una sola persona ame, sino que ¡todas las personas amaran! ¡Vaya cambiazo experimentaría el mundo, pues nadie haría daño a nadie! O mejor aún, supongan primero una sola persona amada, y otra que ame como corresponde amar. Esas dos personas vivirán en la tierra como si fuera el cielo, disfrutando de una paz profunda y tejiendo para sí innumerables coronas. Libres de envidia, ira, celos, orgullo, vanagloria, mala concupiscencia, y toda depravación, esas dos personas mantendrán su alma pura. Así es, pues, quien tiene amor. Pero quien obra milagros y posee conocimiento perfecto, sin esto, aunque resucite a diez mil de entre los muertos, no aprovechará mucho, separado como está de todo y sin tolerar mezclarse con ninguno de sus consiervos. Por esta única razón dijo Cristo que la señal del amor perfecto hacia él es amar al prójimo: "Si me amas, apacienta mis ovejas" (Jn 21,15) ¿Ves cómo, de nuevo, insinúa encubiertamente en qué caso esto es mayor que el martirio? Porque si alguien tuviera un hijo amado por quien incluso daría su vida, y alguien amara al padre, pero no prestara ninguna atención al hijo, lo indignaría enormemente; y no sentiría amor por sí mismo por descuidar a su hijo. Ahora bien, si esto sucede en el caso del padre y el hijo, mucho más en el caso de Dios y los hombres: pues ciertamente Dios es más amoroso que cualquier padre. Por lo tanto, tras decir «el primer y gran mandamiento es: Amarás al Señor tu Dios», añadió: "Y el segundo es similar: Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Vean cómo con casi la misma excelencia exige también esto. En cuanto a Dios, dice "con todo tu corazón", y en cuanto a tu prójimo dice "como a ti mismo". Si esto se observara debidamente, no habría esclavos ni libres, ni gobernantes ni gobernados, ni ricos ni pobres, ni pequeños ni grandes; ni se habría conocido jamás demonio alguno: no digo sólo Satanás, sino cualquier otro espíritu semejante que exista, más bien, si hubiera cien o diez mil de ellos, no tendrían poder mientras existiera el amor. Pues la hierba soportaría antes la aplicación del fuego que el diablo la llama del amor. Ella es más fuerte que cualquier muro, es más firme que cualquier diamante; o si puedes nombrar algún material más fuerte que este, la firmeza del amor los trasciende a todos. Ni la riqueza ni la pobreza la vencen; más bien, no habría pobreza, ni riqueza ilimitada, si hubiera amor, sino sólo las partes buenas de cada estado. Porque de uno cosecharíamos su abundancia, y del otro su libertad de preocupaciones: y no tendríamos que sufrir las ansiedades de las riquezas, ni el temor de la pobreza.
XII
¿Por qué menciona Pablo las ventajas que se derivan del amor? Por esto mismo: por la gran bendición que es en sí misma ejercitar el amor, y por la alegría que produce, y la gran gracia con la que afirma el alma. Esto es algo que, por encima de todo, es una cualidad selecta del amor. Pues las demás partes de la virtud tienen sus propias dificultades; como el ayuno, la templanza y la vigilancia, tienen envidia, concupiscencia y desprecio. Pero el amor, junto con la ganancia, también tiene gran placer y ninguna dificultad, y como una abeja trabajadora, recolectando las dulzuras de cada flor, las deposita en el alma de quien ama. Aunque alguien sea esclavo, la esclavitud es más dulce que la libertad. Porque quien ama se regocija no tanto en mandar, sino en ser mandado, aunque mandar es dulce; pero el amor cambia la naturaleza de las cosas y se presenta con todas las bendiciones en sus manos, más gentil que cualquier madre, más rica que cualquier reina, y hace que las dificultades sean ligeras y fáciles, haciendo que nuestras virtudes sean fáciles, pero el vicio muy amargo para nosotros. Así: gastar parece penoso, pero el amor lo hace placentero; recibir los bienes de otros hombres es placentero, pero el amor no permite que parezca placentero, sino que nos condiciona para evitarlo como un mal. Además, hablar mal parece ser placentero para todos; pero el amor, mientras lo hace parecer amargo, hace que hablar bien sea placentero; pues nada es tan dulce para nosotros como alabar a quien amamos. Además, la ira tiene una especie de placer; pero en este caso ya no, sino que se le quitan todos sus nervios. Aunque el amado entristezca a quien lo ama, la ira no se muestra en ninguna parte; sino lágrimas, exhortaciones y súplicas. El amor está tan lejos de exasperarse, y si ve a alguien en el error, se lamenta y siente dolor, e incluso este dolor mismo le produce placer. Porque las lágrimas y la pena del amor son más dulces que cualquier alegría y gozo. Por ejemplo, quienes ríen no se sienten tan reconfortados como quienes lloran por sus amigos. Y si lo dudas, detén sus lágrimas; y se lamentan de ello como personas intolerablemente maltratadas. Alguno dirá: Hay un placer indecoroso en el amor. Y yo le digo: Vete y calla, quien quiera que seas, porque nada es tan puro como el amor genuino. Pues no me hables de esta clase común, de los vulgares y mezquinos, y de una enfermedad más que de amor, sino de lo que Pablo busca, que considera el beneficio de los amados; y verás que ningún padre es tan cariñoso como las personas de este tipo. Y así como quienes aman el dinero no soportan gastarlo, sino que preferirían estar en apuros antes que ver disminuir su riqueza, así también, quien siente afecto por alguien preferiría sufrir mil males antes que ver a su amado perjudicado.
XIII
Alguno preguntará: ¿Por qué quiso herir la egipcia a José, si le amaba? Y yo le respondo: Porque amaba con un amor diabólico, mientras que José amaba como Dios ama y como Pablo exige. Consideren, entonces, cuán grande era el amor que demostraban sus palabras y la acción de la que ella hablaba, sobre todo cuando venía a decir: Insúltenme y háganme adúltera, agravien a mi esposo, destruyan toda mi casa y renuncien a su confianza en Dios. Éstas eran expresiones de alguien que, más que amarlo, ni siquiera se amaba a sí misma. Porque amaba de verdad, procuró apartarla de todo esto. Para convencerlos de que lo hacía por su preocupación, aprendan la naturaleza de ello en su consejo. Pues no solo la rechazó, sino que también introdujo una exhortación capaz de apagar cualquier llama: "Por mi culpa, mi amo, no sabe nada de lo que hay en su casa". Inmediatamente le recuerda a su esposo para avergonzarla. Y él no dijo "tu marido", sino "mi amo", lo cual era más apropiado para contenerla e inducirla a considerar quién era y de quién estaba enamorada: una amante de un esclavo. Porque si él es señor, entonces tú eres amante. Avergüénzate, entonces, de la familiaridad con una sirvienta, y piensa de quién eres esposa, con quién te relacionarías, y con quién te estás volviendo ingrata y desconsiderada, y que yo le devuelvo una mayor benevolencia. Y observa cómo ensalza sus beneficios. Pues como esa mujer bárbara y abandonada no podía albergar sentimientos elevados, la avergüenza de las consideraciones humanas, diciendo: "Él no sabe nada por mí", a forma de decir: Es un gran benefactor para mí, y no puedo herir a mi patrón en una parte vital. Me ha nombrado segundo señor de su casa, y nadie se ha apartado de mí, excepto tú. Aquí intenta despertar su interés, para al menos persuadirla a avergonzarse y demostrar la grandeza de su honor. Y ni siquiera se detuvo ahí, sino que añadió un nombre suficiente para contenerla, diciendo: "Y porque eres su esposa, y ¿cómo voy a cometer esta maldad?". Pero ¿qué dices? ¿Que tu esposo no está presente ni sabe que le han hecho daño? Sin embargo, ella no aprovechó su consejo, sino que siguió intentando atraerlo. Porque deseaba saciar su propio frenesí, no por amor. En cuanto a José, ella hizo estas cosas; y esto es evidente por lo que hizo después. Como que instituyó un juicio, presentó acusación, dio falso testimonio, expuso a una fiera a quien no había cometido ningún delito y lo encarceló. O mejor dicho, lo mató, pues de tal manera armó al juez contra él. ¿Qué, entonces? ¿Era José también como ella? No, todo lo contrario, pues no contradijo ni acusó a la mujer. Sí, se podría decir: porque no le habrían creído. Y sin embargo, era muy amado. Esto es evidente no sólo desde el principio sino también desde el final. Porque si su amo bárbaro no lo hubiera amado tanto, incluso lo habría matado en silencio, sin defenderse, siendo como era egipcio y gobernante, y agraviado en su lecho matrimonial, como él suponía, por un sirviente, y un sirviente del que había sido un gran benefactor. Pero todo esto cedió ante su consideración por él y la gracia que Dios derramó sobre él. Y junto con esta gracia y amor, tenía también otras pruebas no insignificantes, si hubiera querido justificarse: las propias vestiduras. Porque si hubiera sido ella la que fue violentada, su propio vestido habría sido rasgado, su rostro lacerado, en lugar de retener sus vestiduras. Pero él oyó, dice ella, que alcé la voz, dejé sus vestiduras y salí. ¿Y por qué, entonces, se las quitaste? Porque para quien sufre violencia, lo único deseable es librarse del intruso. Pero no sólo desde aquí, sino también desde los eventos posteriores, podré señalar su buena voluntad y su amor. Sí, incluso cuando cayó en la necesidad de mencionar la causa de su encarcelamiento y su permanencia allí, ni siquiera entonces declaró todo el curso de la historia. ¿Y qué declaró, entonces? Esto mismo, más o menos: Yo tampoco he hecho nada, pero fui robado de la tierra de los hebreos. Como ves, en ninguna parte mencionó a la adúltera ni se jactó del asunto (lo cual habría sido el sentimiento de cualquiera), ni lo hizo por vanagloria (al menos para no parecer haber sido arrojado a esa celda por una causa malvada). En efecto, si los hombres en el acto de hacer el mal de ninguna manera se abstienen de culpar a las mismas cosas, aunque hacerlo traiga reproche, ¿de qué admiración no es digno, porque, puro como era, no mencionó la pasión de la mujer ni hizo alarde de su pecado; ni cuando ascendió al trono y se convirtió en gobernante de todo Egipto, recordó el mal cometido por la mujer ni exigió ningún castigo? ¿Ves cómo la quería? Pero su amor no era amor, sino locura. Porque no amaba a José, sino que buscaba satisfacer su lujuria . Y sus palabras, si se las examina con atención, estaban acompañadas de ira y una gran sed de sangre. ¿Qué dice? Esto mismo, más o menos: Has traído a una sirvienta hebrea para burlarse de nosotros, reprendiendo a su esposo por su bondad; y ella exhibió sus ropas, volviéndose más salvaje que cualquier fiera; pero él no. ¿Y por qué hablo de su buena voluntad hacia ella, cuando él era tan, como sabemos, con sus hermanos que lo matarían, y nunca les dijo nada malo, ni en casa ni fuera?
XIV
Por tanto, hermanos, Pablo deja claro que el amor es la madre de todos los bienes, y que lo prefiere a los milagros y a todos los demás dones. Donde hay vestiduras y sandalias de oro, también suelen añadirse otras prendas similares (la púrpura, la diadema) para distinguir al rey. No obstante, también es posible que alguien lleve la corona, y entonces se deduce que es rey quien la lleva, aunque no lleve las vestiduras y sandalias de oro. Pues bien, lo mismo sucede con el amor y el resto de dones de Dios. Con llevar el amor sobre nuestra cabeza, ya no hace falta ningún otro don más, para saber que ese discípulo es el discípulo auténtico de Cristo. Con llevar el amor sobre nuestra cabeza, no sólo nos hacemos reconocer ante el resto de hermanos, sino también ante los incrédulos. Por eso dice Jesús que "todos sabrán que sois mis discípulos, si vosotros os amáis unos a otros" (Jn 13,35). De modo que esta señal es ciertamente mayor que todas las señales, ya que el discípulo es reconocido por ella. Porque aunque alguien haga diez mil señales, pero se enfrente entre sí, será objeto de burla para los incrédulos. Así como si no hicieran ninguna señal, sino que se amaran con exactitud, continuarán siendo reverenciados e inviolables por todos los hombres. Desde el mismo Pablo, admiramos por esto, no por los muertos que resucitó ni por los leprosos que limpió, sino porque dijo: "¿Quién es débil, y yo no soy débil? ¿Quién se hace tropezar, y yo no me quemo?" (2Cor 11,29). Si tuvieras diez mil milagros para comparar con esto, no tendrías nada igual que decir. Ya que Pablo también dijo que le estaba guardada una gran recompensa, no porque hiciera milagros, sino porque se hizo débil para los débiles. ¿Y cuál fue su recompensa? Ésta misma: que "cuando prediqué el evangelio, pude hacerlo gratis" (1Cor 9,18) Y cuando se pone delante de los apóstoles, no dice "he hecho más milagros que ellos", sino "he trabajado más que ellos" (1Cor 15,10). Sí, e incluso de hambre estuvo dispuesto a perecer por la salvación de los discípulos. "Mejor sería para mí morir", dice Pablo, "antes que nadie anulara mi gloria" (1Cor 9,15). Esto lo dijo no porque se gloriara, sino para que no pareciera que los reprochaba. Porque en ningún lugar suele gloriarse en sus propios logros, cuando la ocasión no lo requiere; pero incluso si se ve obligado a hacerlo, se considera un necio. Pero si alguna vez se gloría es en las debilidades, en los agravios, en compadecerse profundamente de los perjudicados; como también aquí dice: "¿Quién es débil, y yo no?". Estas palabras son incluso mayores que los peligros. Por eso las coloca al final, ampliando su discurso. ¿De qué, entonces, debemos ser dignos comparados con él, quien ni desprecia la riqueza por su propio bien ni renuncia a lo superfluo de sus bienes? Pero no así Pablo, que solía renunciar tanto al alma como al cuerpo, para que quienes lo apedreaban y lo golpeaban con varas, pudieran obtener el reino. Porque así, dice él, Cristo me enseñó a amar; quien dejó tras de sí el nuevo mandamiento sobre el amor, que también él mismo cumplió en los hechos. Porque siendo Señor de todo, y de esa bendita naturaleza; de los hombres, a quienes creó de la nada y a quienes había otorgado innumerables beneficios, de estos, insultándolo y escupiéndolo, no se apartó, sino que incluso se hizo hombre por amor a ellos, y conversó con prostitutas y publicanos, y sanó a los endemoniados, y prometió el cielo. Después de esto, lo apresaron y lo golpearon con varas, lo ataron, lo azotaron, se burlaron y finalmente lo crucificaron. Y ni siquiera así se apartó, sino que, ya en lo alto de la cruz, dijo: "Padre, perdónales su pecado". Al ladrón que antes lo injuriaba, lo trasladó al mismísimo paraíso; y nombró apóstol a Pablo, su perseguidor; y entregó a sus propios discípulos, íntimos suyos y totalmente devotos a él, a la muerte por causa de los judíos que lo crucificaron. Recordando, pues, en nuestra mente todas estas cosas, tanto las de Dios como las de los hombres, imitemos estas elevadas obras y poseamos el amor que sobrepasa todos los dones, para que alcancemos las bendiciones presentes y futuras, las cuales todos podemos obtener por la gracia y la misericordia de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 33
I
El amor es sufrido y benigno, no tiene envidia ni es jactancioso, no se envanece ni se comporta indecorosamente, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal, no se regocija con la injusticia. El amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no falla nunca
Habiendo demostrado Pablo que ni la fe, ni el conocimiento, ni la profecía, ni las lenguas, ni los dones, ni la sanidad, ni una vida perfecta, ni el martirio, si el amor está ausente, son de gran utilidad, a continuación esboza la incomparable belleza del amor, adornando su imagen con las partes de la virtud como con una especie de colores, y uniendo todos sus miembros con exactitud. Pero no te apresures a pasar por alto, amado, lo que se dice, sino examina cada uno de ellos con mucho cuidado, para que conozcas tanto el tesoro que reside en el tema como el arte del pintor. Considera, por ejemplo, desde dónde comenzó de inmediato y qué puso primero, como causa de toda su excelencia. ¿Y qué es esto? Esto mismo: la longanimidad, que es la raíz de toda abnegación. Por eso también dijo un sabio: "El hombre que es sufrido es de gran entendimiento, pero el que es impulsivo de espíritu es sumamente necio". Y comparándola también con una ciudad fuerte, dijo que es más segura que esa, porque es a la vez un arma invencible y una especie de torre inexpugnable, que fácilmente supera todas las molestias. Como una chispa que cae en lo profundo no le hace daño, sino que se apaga fácilmente: así sobre un alma sufrida cualquier cosa inesperada que caiga, esta de hecho se desvanece rápidamente, pero al alma no la perturba: porque en verdad no hay nada tan impenetrable como la longanimidad. Puedes hablar de ejércitos, dinero, caballos, murallas, armas o cualquier otra cosa; no nombrarás nada como la longanimidad. Porque quien está rodeado de ellos, a menudo, siendo dominado por la ira, se trastorna como un niño inútil, y llena todo de confusión y tempestad: pero este hombre, establecido como si fuera en un puerto, disfruta de una profunda calma. Aunque lo rodeas de pérdida, no has movido la roca. Aunque lo insultes, no harás tambalear la torre. Aunque lo hieres con azotes, no herirás el diamante. Sí, y por eso se le llama sufrido, porque tiene una especie de alma larga y grande. Pues lo que es largo también se llama grande. Pero esta excelencia nace del amor, tanto para quienes lo poseen como para quienes lo disfrutan, aportando no poca ventaja. Pues no me hables de esos miserables abandonados que, haciendo el mal sin sufrir nada, empeoran: pues aquí, no de su paciencia, sino de quienes abusan de ella, surge este resultado. No me hables, pues, de estos, sino de esas personas más amables, que se benefician mucho de ello. Pues cuando, habiendo hecho el mal, no sufren nada, admirando la mansedumbre del que sufre, cosechan con ello una gran lección de autocontrol. Pero Pablo no se detiene aquí, sino que añade también los otros altos logros del amor, diciendo: "Es benigno". Dado que algunos practican su longanimidad no con miras a su propia abnegación, sino al castigo de quienes los han provocado, para hacerlos estallar de ira, afirma Pablo que la caridad tampoco tiene este defecto. Por ello, añadió Pablo que el amor "es benigno", que no trata con más amabilidad a quienes están inflamados por la ira, sino para apaciguarlos y extinguirlos; y no sólo soportando con nobleza, sino también apaciguando y consolando, curan la llaga y sanan la herida de la pasión. "No envidia", porque es posible ser sufrido y envidioso a la vez, y con ello se arruina esa excelencia, mas el amor también evita esto. "No se jacta de sí mismo", porque no es imprudente y hace a quien ama considerado, serio y firme. En verdad, una característica de quienes aman ilícitamente es un defecto en este punto. Mientras que quien conoce este amor es, de todos los hombres, el más completamente libre de estos males. Porque cuando no hay ira interior, tanto la imprudencia como la insolencia desaparecen por completo. El amor, como un excelente labrador, se asienta en el interior del alma y no permite que brote ninguna de estas espinas. "No se envanece", pues vemos a muchos que se estiman a sí mismos precisamente por estas excelencias. Por ejemplo, no ser envidiosos, ni rencorosos, ni mezquinos, ni imprudentes, pues estos males no sólo se dan en la riqueza y la pobreza, sino incluso en las cosas naturalmente buenas. Pero el amor lo purga todo por completo. Y si no, considerad esto: que quien es sufrido también es, por general, bondadoso. Pero si no es bondadoso, se convierte en un vicio y corre el peligro de caer en la malicia. Por lo tanto, ella proporciona una medicina, me refiero a la bondad, y preserva la virtud pura. Además, la persona bondadosa a menudo se vuelve demasiado complaciente; pero esto también ella corrige. Porque el amor, dice él, no se jacta de sí mismo, no se envanece: la bondad y la longanimidad a menudo son ostentosas; pero ella también elimina este vicio. Observa cómo la adorna no sólo con lo que tiene, sino también con lo que no tiene. Pues dice que ella introduce la virtud, y extirpa el vicio y no permite que brote en absoluto. Así, no dijo "envidia, pero vence la envidia", ni "es arrogante, pero castiga esa pasión", sino "no envidia, no se jacta, no se envanece". Esto es lo verdaderamente admirable del amor: que incluso sin esfuerzo logra sus bienes, y sin guerra ni formación de batalla se erige su trofeo. Además, no permite que quien la posee se esfuerce para alcanzar la corona, sino que sin esfuerzo le entrega su premio. En efecto, donde no hay pasión que luche contra la razón sensata, ¿qué trabajo puede haber?
II
"No se comporta indecorosamente", pues ¿por qué "no se envanece", cuando está tan lejos de ese sentimiento que, al sufrir las cosas más vergonzosas por quien ama, ni siquiera lo considera una indecorosa? De nuevo, no dijo que el amor sufre lo indecoroso, sino que soporta la vergüenza con nobleza, si es que la percibe. Pues si los amantes del dinero soportan toda clase de reproches por causa de ese sórdido negocio suyo, y lejos de ocultar sus rostros, incluso se regocijan en él, mucho más quien tiene este amor loable no rehusará nada por la seguridad de sus seres queridos; es más, nada de lo que pueda sufrir lo avergonzará. Y para que no extraigamos nuestro ejemplo de nada vil, examinemos esta misma declaración en su aplicación a Cristo, y entonces veremos la fuerza de lo dicho. Porque nuestro Señor Jesucristo fue escupido y azotado con varas por esclavos compasivos; y no solo no lo consideró una indecorosa, sino que incluso se regocijó y lo llamó gloria; y al traer consigo a un ladrón y asesino delante de los demás al paraíso, y al conversar con una ramera, y esto cuando todos los presentes lo acusaron, no lo consideró vergonzoso, sino que le permitió besarle los pies, rociarle el cuerpo con sus lágrimas y enjugarlas con su cabello, y esto en medio de una compañía de espectadores que eran enemigos; porque el amor no hace nada indecoroso. Por lo tanto, los padres, aunque sean los primeros filósofos y oradores, no se avergüenzan de hablar con sus hijos; y ninguno de los que los ven los critica, sino que lo consideran tan bueno y correcto que incluso merece la oración. Además, si se vuelven viciosos, los padres los corrigen, los cuidan, abrevian los reproches que reciben, y no se avergüenzan. Porque el amor no hace nada indecoroso, sino que, como si fuera con alas de oro, cubre todas las ofensas del amado. Así también Jonatán amó a David, y al oír a su padre decir "hijo de doncellas que huyeron de sus hogares, tú, hijo de mujer" (1Sm 20,30), no se avergonzó, aunque las palabras estén llenas de gran reproche. Lo que quería decir esto era, más o menos: ¡Hijo de rameras ruines que andan locas tras los hombres, que corren tras los transeúntes, desgraciado afeminado y nervioso, que no tienes nada de hombre, sino que vives para vergüenza tuya y de la madre que te dio a luz! ¿Qué, entonces? ¿Se afligió por estas cosas, ocultó su rostro y se apartó de su amada? No, todo lo contrario; mostró su cariño como un adorno. Y sin embargo, uno era en ese momento rey, e hijo de rey, incluso Jonatán; el otro, un fugitivo y vagabundo (es decir, David). Pero ni siquiera así se avergonzó de su amistad. Porque el amor no se comporta indecorosamente. Sí, esta es su maravillosa cualidad: no sólo no permite que el ofendido se aflija ni se sienta herido, sino que incluso lo dispone a regocijarse. En consecuencia, él también, de quien hablamos, después de todo esto, como si le hubieran puesto una corona, se fue y se echó sobre el cuello de David. Porque el amor no conoce la vergüenza. Por lo tanto, se gloría en aquello por lo que otro esconde el rostro. Ya que la vergüenza es no saber amar, cuando se ama se corre el peligro de soportarlo todo por el amado. Cuando digo todo, no supongan que me refiero también a cosas perjudiciales (por ejemplo, ayudar a un joven en una aventura amorosa, o cualquier cosa perjudicial que alguien le pida a otro que haga por él). Tal persona no ama, como demostré con la mujer egipcia, pues sólo el amante busca lo que beneficia a la persona amada. Si alguien no busca esto, incluso lo que es correcto y bueno, aunque haga mil declaraciones de amor, es más hostil que cualquier enemigo. Rebeca, en otro tiempo, por su excesivo apego a su hijo, cometió un robo, sin avergonzarse de ser descubierta ni sentir miedo, aunque el riesgo no era común; pero incluso cuando su hijo le planteó escrúpulos, dijo: "Sobre mí sea tu maldición, hijo mío". ¿Ves incluso en una mujer el alma del apóstol cómo, así como Pablo eligió (si se puede comparar algo pequeño con algo grande) ser anatema por causa de los judíos (Rm 9,3), así también ella, para que su hijo fuera bendecido, eligió ser nada menos que maldita? Y renunció a los bienes por él, pues, al parecer, no iba a ser bendecida con él, pero los males los estaba dispuesta a soportar sola. Sin embargo, se regocijó y se apresuró, pues un peligro tan grande la acechaba, y se afligió por la demora del asunto, pues temía que Esaú se anticipara a ellos y en vano su sabiduría. Por lo tanto, ella interrumpe la conversación e incita al joven, y permitiéndole responder a lo dicho, le expone una razón suficiente para persuadirlo. Sobre todo, porque no le dijo "dices estas cosas sin razón, y en vano temes que tu padre haya envejecido y perdido la vista", sino "caiga sobre mí tu maldición, hijo mío", a forma de decirle: No estropees la trama, ni pierdas el objetivo de nuestra búsqueda, ni entregues el tesoro. Jacob, por ejemplo, ¿no sirvió a sus parientes por salario dos veces durante 7 años? ¿No fue objeto de burlas, junto con la servidumbre, por esa treta? ¿Qué, entonces? ¿Sintió la burla? ¿Consideró indecoroso comportarse, siendo hombre libre, nacido libre y bien educado, soportando el trato de esclavo entre sus propios parientes: algo que suele ser sumamente irritante cuando uno recibe un trato oprobioso de los amigos? En absoluto, y la causa fue su amor, que hizo que el tiempo, aunque largo, pareciera corto, porque "fueron a sus ojos como pocos días" (Gn 29,20). Tan lejos estaba de irritarse y avergonzarse por esta su servidumbre. En definitiva, con razón dijo el bienaventurado Pablo que "el amor no se porta indecorosamente".
III
"No busca lo suyo, no se irrita", pues muestra también la disposición mental que la hace no comportarse indecorosamente. ¿Y cuál es esa disposición? Ésta misma: que "no busca lo suyo", sino que considera al amado como todo, y sólo se comporta indecorosamente cuando no puede librarlo de algo indecoroso. Es más, si con su propia conducta no puede beneficiar a su amado, ni siquiera lo considera indecoroso. Es más, si la otra parte no corresponde al amor, por lo menos lo considera amistad. En definitiva, el amante y el amado ya no son dos personas separadas, sino en cierto modo una sola persona, y eso sólo ocurre por el amor. No busques, pues, lo tuyo para encontrar lo tuyo. Porque quien busca lo suyo, no lo encuentra. Por eso también dijo Pablo: "Que nadie busque lo suyo propio, sino el bien del prójimo" (1Cor 10,24) Porque tu propio beneficio reside en el beneficio de tu prójimo, y el suyo en el tuyo. Así como quien tiene su propio oro enterrado en la casa de su vecino, si se niega a ir a buscarlo y desenterrarlo, nunca lo buscará; así también aquí, quien no busca su propio beneficio en el beneficio de su prójimo, no alcanzará las coronas debidas. Dios mismo, por lo tanto, lo ha dispuesto así para que estemos unidos mutuamente. Y así como quien despierta a un niño dormido para que siga a su hermano, cuando este no quiere, pone en manos de su hermano lo que desea y anhela, para que, por el deseo de obtenerlo, pueda perseguir a quien lo posee, y así sucede; así también aquí, cada uno ha dado su propio beneficio a su prójimo, para que así podamos correr unos tras otros y no ser separados. Y si quieren, vean esto también en nuestro caso que les hablamos. Porque mi beneficio depende de ustedes, y su ventaja de mí. Así, por un lado les beneficia que se les enseñen las cosas que agradan a Dios, pero esto se me ha confiado, para que lo reciban de mí, y por lo tanto se vean obligados a correr hacia mí; y por otro lado, me beneficia que sean mejores: porque la recompensa que recibiré por esto será grande; pero esto nuevamente yace en ustedes; y por lo tanto estoy obligado a seguirlos para que sean mejores, y para que yo pueda recibir mi beneficio de ustedes. Por lo cual también Pablo dice: "¿Cuál es mi esperanza? ¿No lo sois vosotros?", y: "Vosotros sois mi esperanza, mi gozo y la corona de mi regocijo" (1Ts 2,19). De modo que el gozo de Pablo eran los discípulos, y su gozo ellos lo tenían. Por lo tanto, incluso lloró cuando los vio perecer. Nuevamente su beneficio dependía de Pablo: por lo cual dijo: "Por la esperanza de Israel estoy atado con esta cadena" (Hch 28,20), y: "Estas cosas las sufro por amor a los escogidos, para que obtengan la vida eterna" (2Tm 2,10). Esto se puede ver en las cosas mundanas. Porque la esposa "no tiene poder sobre su propio cuerpo", ni tampoco el esposo, sino "la esposa sobre el del esposo, y el esposo sobre el de la esposa" (1Cor 7,4) Así también nosotros, cuando queremos atar a alguno, hacemos esto. No dejamos a ninguno de ellos en su propio poder, sino que extendiendo una cadena entre ellos, hacemos que uno esté retenido por el otro, y el otro por el uno. ¿Verás también esto en el caso de los gobernantes? El que juzga no juzga por sí mismo, sino que busca el beneficio de su prójimo. Los gobernados por otro lado, buscan el beneficio del gobernador por su asistencia, por su ministerio, por todas las demás cosas. Los soldados se alzan en armas por nosotros, pues por nuestra culpa se ponen en peligro. Por ellos, estamos en apuros; pues de nosotros provienen sus provisiones. Pero si dices que cada uno hace esto buscando lo suyo, también lo digo yo, pero añado que por el bien ajeno se gana lo propio. Así, el soldado, a menos que luche por quienes lo apoyan, no tiene a nadie que lo atienda para este fin; y, por otro lado, a menos que alimente al soldado, no tiene a nadie que lo arme en su defensa. ¿Ves el amor, cómo se extiende por doquier y todo lo controla? Pero no te canses hasta que te familiarices a fondo con esta cadena de oro. Pues, tras decir "no busca lo suyo", menciona de nuevo los bienes que esto produce. ¿Qué bienes? Lo dice Pablo a continuación.
IV
"No se irrita fácilmente, no piensa mal", pues el amor no sólo domina el vicio, sino que ni siquiera permite que surja. Pues él no dijo "aunque se le provoque, él lo supera", sino "no se irrita". Y no dijo "no obra mal", sino que "ni siquiera piensa el mal". Es decir, que lejos de urdir ningún mal, ni siquiera lo sospecha del amado. ¿Cómo, entonces, podría obrar alguno, o cómo ser provocado? Así mismo: no soportando admitir ni una mala sospecha, que es de donde proviene la fuente de la ira. "No se regocija con la injusticia", pues no se complace con los que sufren. Y no sólo esto, sino también, lo que es mucho mayor, "se regocija con la verdad". Es decir, se complace con los que tienen buena reputación, como recuerda en otro momento Pablo: "Regocijaos con los que se alegran y llorad con los que lloran" (Rm 12,15). Por eso "no tiene envidia", por eso "no se envanece", pues "considera como suyos los bienes de los demás". ¿Ves cómo el amor, poco a poco, convierte a su hijo de pecho en un ángel? Pues cuando está libre de ira, puro de envidia, y libre de toda pasión tiránica, incluso de la naturaleza humana alcanza la serenidad misma de los ángeles. "Todo lo soporta", pues no se contenta con lo anterior, sino que tiene algo más que decir, según su plan de exponer los puntos más fuertes más adelante. Todo lo soporta de su paciencia y bondad, ya sean cargas, penas, insultos, azotes, muerte o cualquier otra cosa. Esto también se puede percibir en el caso del bienaventurado David. En efecto, ¿qué podría ser más intolerable que ver a un hijo alzarse contra él, con la intención de usurpar, y sediento de la sangre de un padre? Sin embargo, esto soportó el bienaventurado, y ni siquiera así pudo soportar lanzar una sola expresión amarga contra el parricida; pero incluso cuando dejó todo lo demás en manos de sus capitanes, dio un enérgico mandato respecto a su seguridad. Porque fuerte era el fundamento de su amor. Por lo tanto, todo lo soporta. "Todo lo espera", insinuando así su poder y bondad, pues no desespera del amado, sino que, aunque sea indigno, continúa corrigiéndolo, proveyéndolo y cuidándolo. "Todo lo cree", porque no sólo espera sino que también cree por su gran afecto. Aunque estos bienes no resulten según su esperanza, sino que la otra persona resulte aún más intolerable, incluso los soporta.
V
"El amor nunca falla", pues es como la corona en el arco, que no se quiebra, ni se disuelve con la resistencia, y todo lo soporta. Pase lo que pase, quien ama nunca puede odiar. Ésta es, pues, la mayor de sus excelencias. Pablo era una de esas personas que amaban así, y por eso dijo "de alguna manera provoco a los que son de mi carne" (Rm 11,14), para mantener la esperanza en ellos. Por su parte, a Timoteo le encargó: "El siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable con todos, corrigiendo con mansedumbre a los que se oponen, por si quizás Dios les conceda el conocimiento de la verdad" (2Tm 2,24-25). ¿Qué, entonces, dice alguien, si son enemigos y paganos, hay que odiarlos? Hay que odiarlos, no a ellos, sino a su doctrina; no al hombre, sino a la conducta malvada, a la mente corrupta. Porque el hombre es obra de Dios, pero el engaño es obra del diablo. No confundas, pues, las cosas de Dios con las cosas del diablo. Puesto que los judíos eran blasfemos, perseguidores e injuriosos, y decían mil cosas malas de Cristo. ¿Los odiaba entonces Pablo, quien de todos los hombres amaba a Cristo más que nadie? De ninguna manera, sino que los amaba e hizo todo por ellos, y en una ocasión dijo: "El deseo de mi corazón y mi súplica a Dios es por ellos, para que sean salvos" (Rm 10,1; 9,3), y: "Desearía ser anatema de Cristo por ellos". También Ezequiel, al verlos muertos, dice: "Ay, Señor, ¿acaso exterminas al remanente de Israel?" (Ez 9,8). Y el mismo Moisés dijo: "Si perdonas su pecado, perdona también al pecador" (Ex 32,32). ¿Por qué, pues, dice David: "Señor, ¿no odio a los que te odian, y acaso no me consumí ante tus enemigos? Los odio con odio absoluto" (Sal 139,21-22)? Ahora bien, en primer lugar, no todo lo que David dice en los salmos se refiere a él. Pues es él mismo quien dice: "He habitado en las tiendas de Cedar" (Sal 120,5), y: "Junto a las aguas de Babilonia nos sentamos y lloramos" (Sal 137,1). Sin embargo, no vio Babilonia ni las tiendas de Cedar. Pero además de esto, ahora requerimos un dominio propio más completo. Por eso, también cuando los discípulos rogaron que descendiera fuego, como en el caso de Elías, Cristo les dijo: "No sabéis de qué espíritu sois" (Lc 9,55). En aquel entonces, se les ordenó odiar no sólo la impiedad, sino también a los mismos impíos, para que su amistad no les fuera ocasión de trasgresión. Por lo tanto, cortó sus vínculos, tanto de sangre como de matrimonio, y los aisló por completo. Pero ahora, porque nos ha llevado a un autocontrol más completo y nos ha colocado por encima de ese mal, nos ordena que más bien los admitamos y los apacigüemos. Porque no recibimos daño de ellos, pero ellos obtienen beneficio de nosotros. ¿Qué dice entonces? Esto mismo: que no debemos odiar, sino tener compasión, pues si odias, ¿cómo convertirás fácilmente al que está en error? ¿Cómo orarás por el incrédulo? Para que uno deba orar, escucha lo que dice Pablo: "Exhorto, ante todo, a que se hagan súplicas, oraciones, intercesiones y acciones de gracias por todos los hombres" (1Tm 2,1). Pero que no todos eran creyentes entonces, supongo que es evidente para todos. Y de nuevo, por los reyes y todos los que están en alto lugar. Pero que estos eran impíos y transgresores, esto también es igualmente manifiesto. Además, mencionando también el motivo de la oración, añade, porque esto es bueno y aceptable a la vista de Dios nuestro Salvador, quien quiere que "todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad". Por lo tanto, si encuentra a una esposa gentil concubinaria con un creyente, no disuelve el matrimonio. Sin embargo, ¿qué hay más unido que un hombre a su esposa? Porque "los dos serán una sola carne" (Gn 2,24), y grande es en ese caso el encanto y ardiente el deseo. Pero si odiamos a los impíos y al margen de la ley, pasaremos a odiar también a los pecadores; y así, en un proceso natural, seremos separados de la mayoría de nuestros hermanos. O mejor dicho, de todos, porque no hay uno, no, ni uno, sin pecado. Porque si es nuestro deber odiar a los enemigos de Dios, no sólo debemos odiar a los impíos, sino también a los pecadores; y así seremos peores que fieras, rehuyendo a todo y envanecidos de orgullo; como aquel fariseo. Pero no fue esto lo que nos ordenó Pablo, sino lo siguiente: "Amonestad a los desordenados, animad a los de corazón débil, sostened a los débiles, sed pacientes para con todos" (1Ts 5,14).
VI
Por último, ¿qué quiere decir "si alguno no obedece esta epístola no tienen compañía conmigo" (2Ts 3,14)? En primer lugar, Pablo dice esto de los hermanos, pero no sin limitación sino con gentileza. Pues no eliminen lo que sigue, sino que añadan también la siguiente cláusula. En efecto, habiendo dicho "no se asocien", añadió: "Pero no lo consideren como enemigo, sino amonéstenlo como hermano". ¿Ven cómo nos ordenó odiar la acción que es mala, y no al hombre? Porque, de hecho, es obra del diablo separarnos unos de otros, y siempre ha empleado gran diligencia en quitarnos el amor para cortar el camino de la corrección, y retenerlo a él en el error y a ustedes en la enemistad, y así bloquear el camino de su salvación. Porque cuando el médico odia al enfermo y huye de él, y el enfermo se aleja del médico, ¿cuándo se recuperará el enfermo, puesto que ni el uno llamará al otro en su ayuda, ni el otro irá a él? Pero, dime, ¿por qué te alejas de él y lo evitas? ¿Porque es impío? Ciertamente, por esta razón debes acogerlo y atenderlo, para que puedas levantarlo en su enfermedad. Pero si su enfermedad es incurable, aun así se te ha ordenado que hagas tu parte. Ya que Judas también estaba incurablemente enfermo, Dios no dejó de atenderlo. Por lo tanto, no te canses. Porque incluso si después de mucho trabajo no logras liberarlo de su impiedad, recibirás la recompensa del libertador y harás que se maraville de tu bondad, y así toda esta alabanza pasará a Dios. Porque aunque hagas milagros, resucites muertos y cualquier obra que hagas, los paganos nunca se maravillarán tanto de ti como cuando te vean mostrar una disposición mansa, gentil y apacible. Y esto no es un logro pequeño, ya que muchos incluso serán liberados por completo de su mal camino; no hay nada que tenga tanto poder para seducir a los hombres como el amor. Porque con respecto a lo primero, más bien te envidiarán, me refiero a las señales y prodigios; pero por esto te admirarán y amarán; y si te aman, también se aferrarán a la verdad a su debido tiempo. Sin embargo, si no se convierte en creyente de inmediato, no te asombres ni te apresures, ni le exijas todo de una vez, sino permítele por ahora alabar y amar, y a esto llegará a su debido tiempo.
VII
Para que sepan claramente cuán grande es esto, escuchen cómo Pablo, al comparecer ante un juez incrédulo, presentó su defensa. Lo hizo así: "Me considero feliz de poder presentar mi defensa ante vosotros" (Hch 26,2). Pablo dijo estas cosas, mas no para adular al juez, sino deseando ganarlo a través de la gentileza. De hecho, en parte lo ganó, y el que hasta entonces se consideraba condenado tomó cautivo a su juez, y la victoria fue confesada por la persona misma que fue hecha cautiva, a gran voz en presencia de todos, diciendo: "Con poca persuasión querrían hacerme cristiano" (Hch 26,28-29) ¿Qué dices ahora, oh Pablo? Esto mismo, más o menos: que no sólo tú, sino también todos los que me oyen hoy, llegaran a ser como yo soy, excepto estas ataduras. ¿Qué dices, oh Pablo? ¿Y qué es eso de "excepto estas ataduras"? ¿Y qué confianza les queda si se avergüenzan de estas cosas y huyen de ellas, y esto ante una multitud tan grande? ¿No se jactan de esto en todas sus epístolas y se consideran prisioneros? ¿No llevan esta cadena a nuestra vista como una diadema? ¿Qué ha sucedido ahora, para menospreciar estas ataduras? Lo explica el mismo Pablo, cuando más o menos nos diría: Yo mismo no las menosprecio "ni me avergüenzo de ellas, sino que condesciendo a su debilidad". Porque aún no pueden recibir mi gloria; y he aprendido de mi Señor a no poner "un remiendo de tela nueva sobre una prenda vieja" (Mt 9,16). Por eso hablo así, porque hasta ahora han oído malas noticias de nuestra doctrina y aborrecen la cruz. Si, por tanto, añado ataduras, su odio se hace mayor. Por eso las quité, para que el resto de ataduras fueran aceptables. A ellos les parece vergonzoso estar atados, porque aún no han probado la gloria que está con nosotros. Por lo tanto, uno debe condescender, y cuando hayan aprendido de la verdadera vida, entonces conocerán también la belleza de este hierro y el brillo que emana de estas ataduras. ¡Qué grande es Pablo! Además, hablando con otros, incluso los llama "un don gratuito", cuando dice: "Ha sido concedido en nombre de Cristo, no sólo creer en él, sino también sufrir en su lugar" (Flp 1,29). Para el tiempo presente, era una gran cosa para los oyentes no avergonzarse de la cruz; por lo cual continúa gradualmente. Así, nadie que introduzca a alguien en un palacio, antes de que contemple el vestíbulo, lo obliga, estando aún fuera, a contemplar lo que hay dentro. De ese modo, ni siquiera parecerá admirable, a menos que uno entre y así se familiarice con todo. Así pues, tratemos también a los paganos: con condescendencia, con amor. Porque el amor es un gran maestro, capaz tanto de apartar a los hombres del error como de reformar su carácter, y guiarlos de la mano a la abnegación, y de la piedra a hacer hombres.
VIII
Si quieres aprender el poder del amor, hermano, tráeme a un hombre tímido y temeroso de cualquier sonido, que tiembla ante las sombras; o a uno apasionado y duro, a forma de bestia salvaje más que hombre; o a uno libertino y licencioso, entregado por completo a la maldad. Tráemelo y entrégalo en manos del amor. Sí, introdúcelo en esta escuela, y pronto verás a esa criatura cobarde y tímida volverse valiente y magnánima, y aventurarse a todo con alegría. Y lo que es maravilloso, no de ningún cambio en la naturaleza resultan estas cosas, sino que en el alma cobarde misma el amor manifiesta su peculiar poder; y es muy parecido a si uno hiciera que una espada de plomo, no convertida en acero, sino que continúa siendo de plomo, hiciera la obra del acero. Así, Jacob era un hombre sencillo (Gn 25,27), que vivía en una casa, inexperto en trabajos y peligros, viviendo una vida relajada y cómoda, como una virgen en su habitación. Así también se veía obligado la mayor parte del tiempo a permanecer encerrado en casa y cuidar la casa; apartado del foro y de todos sus tumultos, y de todos esos asuntos, e incluso viviendo en tranquilidad y tranquilidad. ¿Qué, entonces? Después de que la antorcha del amor lo hubiera encendido, vean cómo hizo a este hombre sencillo y hogareño fuerte para resistir y amante del trabajo. Y sobre esto, no escuchen lo que yo digo, sino lo que dice el propio patriarca: cómo criticando a su pariente, sus palabras son: "Estos veinte años he estado contigo" (Gn 31,36). ¿Y cómo has estado estos 20 años? A esto también añade: "Consumido por el calor durante el día y por la escarcha por la noche, y el sueño se apartó de mis ojos". Así habla ese hombre sencillo, que se queda en casa y vive esa vida cómoda. De nuevo, su timidez es evidente, pues, esperando ver a Esaú, estaba muerto de miedo. Pero vean de nuevo cómo este hombre tímido se volvió más audaz que un león bajo la influencia del amor. Pues, presentándose como un campeón ante los demás, estaba dispuesto a ser el primero en recibir a ese hermano salvaje y despiadado, como él lo suponía, y con su propio cuerpo a comprar la seguridad de sus esposas, y a aquel a quien temía y estremecía, deseaba verse en primer lugar en la formación. Pues este miedo no era tan fuerte como su afecto por sus esposas. ¿Ven cómo, siendo tímido, se volvió repentinamente aventurero, no por cambiar su carácter, sino por ser vigorizado por el amor? Pues que después de esto también fue tímido, es evidente por su cambio de un lugar a otro. Pero que nadie considere lo dicho como una acusación contra ese hombre justo: ya que ser tímido no es reproche, pues es propio de la naturaleza humana; pero hacer algo indecoroso por timidez. Pues es posible que alguien tímido por naturaleza se vuelva valiente mediante la piedad. ¿Qué hizo Moisés? ¿Acaso no huyó y se fue al destierro por temor a un solo egipcio? Sin embargo, este fugitivo, incapaz de soportar la amenaza de un solo hombre, después de haber probado la miel del amor, con nobleza y sin la compulsión de nadie, estaba dispuesto a perecer junto con aquellos a quienes amaba. Como dijo Moisés a Dios, "si perdonas el pecado, perdona al pecador, y si no bórrame del libro que has escrito" (Ex 32,32).
IX
El amor hace al feroz moderado y al libertino casto. Aunque un hombre sea más salvaje que cualquier bestia salvaje, ninguna oveja es tan mansa como la que el amor le da. Por ejemplo, ¿quién podría ser más salvaje y frenético que Saúl? Sin embargo, cuando su hija dejó ir a su enemigo, no profirió contra ella ni una sola palabra amarga. Y el que sin piedad pasó a cuchillo a todos los sacerdotes por causa de David, al ver que su hija lo había echado de la casa, no se indignó con ella ni siquiera con palabras; y esto cuando se había urdido un fraude tan grande contra él, porque estaba refrenado por la brida más fuerte del amor. Ahora bien, así como la moderación, la castidad es un efecto común del amor. Si un hombre ama a su esposa como debe amar, aunque nunca sea tan propenso a la lascivia, no soportará mirar a otra mujer por su afecto. Si "el amor es fuerte como la muerte" (Cant 8,5), la lascivia no surge de otra fuente que de la falta de amor. Puesto que el amor es el artífice de toda virtud, inculquémoslo con toda exactitud en nuestras almas para que nos produzca muchas bendiciones y para que su fruto abunde continuamente, siempre fresco y sin marchitez. Así obtendremos nada menos que las bendiciones eternas, que todos podemos obtener por la gracia y la misericordia de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 34
I
Las profecías acabarán, las lenguas cesarán, la ciencia se apagará
Habiendo demostrado Pablo la excelencia del amor, y que éste es un requisito necesario para los dones espirituales y las virtudes materiales, y haber repasado todas sus buenas cualidades, y haberlo mostrado como el fundamento de una abnegación rigurosa, ahora añade otro nuevo valor de dicho amor. En primer lugar, lo hace con el deseo de persuadir a quienes parecían considerados inferiores de que tienen el poder de poseer el mayor de todos los signos, y que no estarán en peor situación que quienes poseen los dones, si lo poseen, sino mucho mejor. En segundo lugar, lo hace considerando, por otro lado, a quienes poseían los dones mayores y se enaltecían por ello, procurando rebajarlos y demostrar que no tienen nada si no lo poseen. Pues así ambos se amarían (eliminando así la envidia y el orgullo) y se amarían recíprocamente (desterrando aún más estas pasiones). Porque el amor no envidia ni se envanece. De modo que, por todas partes, les rodea con un muro inexpugnable y una unanimidad múltiple, que primero elimina todos sus desórdenes y, por lo tanto, se fortalece. Por ello, también presentó innumerables razones para consolar su abatimiento. Así, el mismo Espíritu "es el dador", y da para provecho; y "reparte como quiere", y es un don lo que reparte, no una deuda. Aunque recibas poco, contribuyes equitativamente al cuerpo, y aun así gozas de mucho honor». Y quien más tiene, te necesita a ti, que menos tienes. Y el amor es el don más grande y el camino más excelente. Ahora bien, dijo todo esto doblemente para unirlos, tanto para que no se consideraran menospreciados mientras poseyeran esto, como para que, tras perseguirlo y lograrlo, no sintieran en adelante la debilidad humana; tanto por poseer la raíz de todos los dones, como por ser incapaces de contienda aunque no tuvieran nada. Porque quien una vez es llevado cautivo por el amor se libera de la contienda. Y es por esto que, señalándoles las grandes ventajas que de allí cosecharían, esbozó sus frutos; con sus alabanzas de que reprimía sus desórdenes: puesto que cada una de las cosas mencionadas por él era una medicina suficiente para sanar sus heridas. Por lo cual también dijo que el amor sufre mucho (con aquellos que están en conflicto unos con otros), y es bondadoso (con aquellos que se mantienen distantes y guardan un rencor secreto), y no envidia (con aquellos que miran con resentimiento a sus superiores), y no se jacta (con aquellos que están separados), y no se envanece (con aquellos que se jactan contra otros), y no se comporta indecorosamente (con aquellos que no creen que sea su deber condescender), y no busca lo suyo (con aquellos que descuidan a los demás), y no provoca ni tiene en cuenta el mal (con aquellos que son insolentes), y no se regocija en la injusticia, sino que se regocija con la verdad (con aquellos que son envidiosos), y todo lo soporta (a los que son traidores), y todo lo espera (a los que desesperan), y nunca falla (a los que fácilmente se apartan).
II
Después de haber mostrado al amor como sumamente grande, en todos los sentidos, añade ahora Pablo otra cualidad del amor: su eternidad. Lo hace desde otro punto de vista, y a través de sucesivas comparaciones entre el amor y el resto de dones de Dios. En concreto, Pablo dice: "Si hay profecías, desaparecerán; si hay lenguas, cesarán". ¿Por qué? Por esto mismo: porque ambas se introdujeron para la fe, y cuando ésta se propague por doquier, su uso será superfluo. No obstante, el amor nunca cesará ni habrá de cesar, sino que se extenderá aún más, tanto aquí como en el más allá, y entonces más que ahora. Por supuesto, hay muchas cosas que debilitan el amor, como la riqueza, los negocios, las pasiones del cuerpo, los trastornos del alma... pero ninguna es capaz de tumbarlo, si no se quiere. Pero aunque no es de extrañar que las profecías y las lenguas desaparezcan, que el conocimiento desaparezca, esto es lo que puede causar cierta perplejidad. Por esto también añadió: "Si hay conocimiento, desaparecerá". ¿Qué, entonces? ¿Viviremos en la ignorancia? Lejos de eso, porque gracias al amor es muy probable que nuestro conocimiento se intensifique. De hecho, por eso dijo también Pablo: "Entonces conoceré, como soy conocido". Por esta razón, si prestan atención, y para que no supongan que esto desaparecerá igual que la profecía y las lenguas, tras decir Pablo "si hay conocimiento, desaparecerá", no se quedó callado, sino que añadió también la forma en que desaparecería, inmediatamente después de decir lo siguiente.
En parte conocemos y en parte profetizamos, mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte desaparecerá
No es, por tanto, el conocimiento lo que se pierde, sino la circunstancia de que nuestro conocimiento es parcial. Pues no sólo sabremos tanto, sino incluso mucho más. Pero para que lo aclare con un ejemplo. Ahora sabemos que Dios está en todas partes, pero el cómo no lo sabemos. Sabemos que creó de cosas que no son las cosas que son, pero ignoramos el cómo. Sabemos que nació de una virgen, pero el cómo aún no lo sabemos. Pero entonces sabremos algo más y con mayor claridad sobre estas cosas. A continuación, señala también cuán grande es la distancia entre ambos, y que nuestra deficiencia no es pequeña.
Ahora vemos en un espejo, mas entonces veremos cara a cara
Como el espejo nos muestra lo que vemos indefinidamente, Pablo añadió oscuramente, para mostrar que el conocimiento actual es muy parcial, y que sólo entonces (en el más allá) veremos "cara a cara". No como si Dios tuviera rostro, sino para expresar la noción de mayor claridad y perspicuidad. ¿Ves cómo aprendemos todo por adición gradual? "Ahora conozco en parte, pero entonces conoceré como he sido conocido". ¿Ves cómo de dos maneras derriba su orgullo? Tanto porque su conocimiento es parcial, como porque ni siquiera esto poseen por sí mismos. Pablo dice "yo no lo conocía, pero él se me dio a conocer". Por tanto, así como él me conoció primero y se apresuró hacia mí, así yo me apresuraré hacia él mucho más que ahora. Pues así, quien permanece en la oscuridad, mientras no ve el sol, no se apresura por sí mismo a alcanzar la belleza de su rayo, que se manifiesta en cuanto empieza a brillar; sino que cuando percibe su brillo, entonces también él mismo sigue su luz. Éste es, pues, el significado de la expresión "como he sido conocido". No es que lo conoceremos tal como es, sino que, así como él se apresuró hacia nosotros ahora, también nos uniremos a él entonces, y conoceremos muchas de las cosas que ahora son secretas, y disfrutaremos de esa bendita compañía y sabiduría. Porque si Pablo, que tanto sabía, era un niño, considera qué deben ser esas cosas. Si son un espejo y un enigma, infiere de nuevo, rostro abierto de Dios, cuán grande es.
III
Hermanos, para poder explicarles una pequeña parte de esta diferencia, e impartirles un tenue rayo de este pensamiento, quisiera que recordaran las cosas como eran en la ley, ahora que la gracia ha brillado. Aquellas cosas que vinieron antes de la gracia tuviera una apariencia grandiosa y maravillosa. Sin embargo, escuchen lo que Pablo dice de ellas después de la gracia: "Lo que fue glorificado no tuvo gloria en este aspecto, en razón de la gloria que sobrepasa" (2Cor 3,10). Pero para que lo que digo quede aún más claro, apliquemos el argumento a alguno de los ritos que se celebraban entonces, y entonces verán cuán grande es la diferencia. Y si quieren, presentemos esa Pascua y esto, y entonces comprenderán nuestra superioridad. Porque los judíos sí la celebraban, pero la celebraban como en un espejo, y oscuramente. Pero estos misterios ocultos nunca jamás concibieron en su mente, ni lo que prefiguraban. Vieron un cordero inmolado, y la sangre de una bestia, y los postes de las puertas rociados con ella; pero que el Hijo de Dios encarnado será inmolado, y liberará al mundo entero, y concederá a griegos y bárbaros el gusto de esta sangre, y abrirá el cielo a todos, y ofrecerá lo que hay allí a toda la raza humana, y habiendo tomado Su carne manchada de sangre la exaltará por encima del cielo, y del cielo de los cielos, y, en una palabra, por encima de todas las huestes de lo alto, de los ángeles y arcángeles y todos los demás poderes, y la hará brillar en gloria inefable, para sentarse en el trono mismo del Rey, a la diestra del Padre, estas cosas, digo, nadie, ni de ellos ni del resto de la humanidad, supo de antemano ni fue capaz jamás de concebir.
IV
La expresión "ahora conozco en parte" no se refiere al conocimiento de las dispensaciones de Dios (que el apóstol sí conoce), sino al conocimiento intra-divino de Dios, en el que el apóstol reconoce no tener el conocimiento perfecto. ¿Es por esto que se llama a sí mismo "un niño", o dice que ve como "en un espejo"? ¿Es que sigue viendo oscuramente, y no tiene la suma del conocimiento? En primer lugar, Pablo se refiere a este conocimiento como algo peculiar del Espíritu, y no algo propio de cualquier otro poder en la creación, cuando dijo: "¿Quién entre los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él?", y: "Las cosas de Dios nadie las conoce, sino el Espíritu de Dios" (1Cor 2,11)? En segundo lugar, hay que tener claro que sólo Cristo dice tener este conocimiento intra-divino, cuando dijo: "Nadie ha visto al Padre, sino aquel que es de Dios, que sí ha visto al Padre" (Jn 6,46). Con todo, ¿cómo podría Pablo, si conocía las dispensaciones de Dios (sus dones), ignorar su esencia? Por esto mismo: porque este tipo de conocimiento es mayor que aquél. ¿Acaso ignoramos a Dios? Por supuesto que no, pues sabemos que él existe. No obstante, aún no sabemos qué es en cuanto a su esencia, porque todavía no lo hemos visto "cara a cara". Para que entiendan que Pablo no se refirió a las dispensaciones, cuando dijo "ahora conozco en parte", escuchen lo que sigue: "Entonces conoceré como yo he sido conocido". Ciertamente, no fue conocido Pablo por las dispensaciones, sino por Dios. Que nadie, por tanto, considere esto como una trasgresión pequeña o simple, sino doble, triple y múltiple. Porque no sólo existe esta impiedad de jactarse de saber lo que pertenece solo al Espíritu y al Hijo unigénito de Dios, sino que también, cuando Pablo no pudo adquirir ni siquiera este conocimiento, que es en parte sin la revelación de lo alto, estos hombres afirman haberlo obtenido todo por sus propios razonamientos. Pues tampoco pueden señalar que la Escritura nos haya hablado en algún lugar de estas cosas. Sin embargo, dejando atrás su locura, prestemos atención a las palabras que siguen sobre el amor. Porque no se contentó con estas cosas, sino que añadió lo siguiente.
V
Permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres, mas el mayor de ellos es el amor
La fe y la esperanza, una vez llegados los bienes creídos y esperados, cesan su labor. Para mostrar esto, Pablo dijo: "La esperanza que se ve no es esperanza; pues quien espera lo que ve", y: "La fe es la certeza de lo que se espera, la comprobación de lo que no se ve" (Rm 8,24; Hb 11,1). De modo que estos cesan cuando aparecen aquellos; pero el amor entonces se eleva al máximo y se vuelve más vehemente. Otro elogio del amor . Pues no se contenta con los antes mencionados, sino que se esfuerza por descubrir otros. Observen cómo ha dicho que es "un gran don" y "un camino aún más excelente" hacia ellos. Ha dicho que sin él no hay gran provecho en nuestros dones; ha esbozado su imagen extensamente; pretende, de nuevo y de otra manera, exaltarlo y mostrar que es grande por su permanencia. Por lo cual también dijo: "Ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor". ¿Cómo, entonces, es mayor el amor? En que aquellos pasan. Si tan grande es la virtud del amor, con razón añade: "Sigue al amor". Pues sin duda es necesario seguirlo, y correr tras él con vehemencia: de esta manera huye de nosotros, y tantas son las cosas que nos hacen tropezar en esa dirección. Por lo tanto, siempre necesitamos gran fervor para alcanzarlo. Y para señalar esto, Pablo no dijo "sigue al amor", sino persíguelo, animándonos e incitándonos a aferrarnos a él. Pues así, Dios desde el principio ideó mil maneras de implantarla en nosotros. Así, primero, les concedió a todos una sola cabeza: Adán. ¿Por qué no brotamos todos de la tierra? ¿Por qué no llegamos a la madurez, como él? Para que tanto el nacimiento como la crianza de los hijos, y el nacimiento de otro, nos unieran mutuamente. Por esta razón, no creó a la mujer de la tierra; y como la misma sustancia no era suficiente para avergonzarnos y llevarnos a la unanimidad, a menos que tuviéramos también el mismo progenitor, también proveyó para esto: pues si ahora, estando sólo separados por el lugar, nos consideramos ajenos unos a otros; mucho más habría sucedido esto si nuestra raza hubiera tenido dos orígenes. Por esta razón, pues, como si fuera de una sola cabeza, unió todo el cuerpo de la raza humana. Y como desde el principio parecían ser en cierto modo dos, fíjense cómo los une de nuevo y los reúne en uno por matrimonio. Por eso dice: "Dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne" (Gn 2,24). No dijo "la mujer", sino "el hombre", porque el deseo también es más fuerte en él. Y por eso lo hizo más fuerte, para que sometiera a la parte superior al dominio absoluto de esta pasión y la subyugara a la más débil. Y como el matrimonio también debe ser introducido, a aquel de quien ella surgió le hizo esposo de la mujer. Porque ante los ojos de Dios todo es secundario al amor. Y si cuando las cosas habían comenzado así, el primer hombre se volvió inmediatamente tan frenético, y el diablo sembró entre ellos tanta guerra y envidia, ¿qué no habría hecho si no hubieran surgido de una misma raíz?
VI
Para que uno pudiera estar sujeto, y el otro gobernar (pues la igualdad suele a menudo causar conflictos), no permitió Pablo que la Iglesia fuera una democracia, sino una monarquía. Es más, asemejó la Iglesia a un ejército (a la hora de guardar el orden) o a una familia (a la hora de convivir). Según este símil del ejército y familia, en el rango de monarca estaría el esposo, y en el de teniente la esposa, y a los hijos se les asignaría un tercer puesto de mando, y a los sirvientes un cuarto orden. Todos estos gobiernan a sus subordinados, y alguno de ellos a menudo se coloca al frente de todo, manteniendo siempre el puesto de amo, pero aún como sirviente. Y junto con esto, otro mando, y entre los propios hijos, otro, según su edad y sexo; ya que entre los niños la mujer no tiene igual poder. Y en todas partes Dios ha establecido gobiernos a corta distancia y muy juntos, para que todos puedan vivir en concordia y buen orden. Por lo tanto, incluso antes de que la raza se multiplicara, cuando solo existían los dos primeros, le ordenó gobernar y a ella obedecer. Y para no despreciarla como inferior ni separarla de ella, vean cómo la honró y los hizo uno, incluso antes de su creación. "Hagamos para el hombre una ayuda idónea", dijo Dios, implicando que ella fue creada para su necesidad, atrayéndolo así hacia ella, quien fue creada para él: ya que somos más bondadosos con todo lo que se hace por nosotros. Pero para que ella, por otro lado, no se exaltara, al serle concedida su ayuda, ni rompiera este vínculo, la hizo de su costado, significando que es parte de todo el cuerpo. Y para que el hombre tampoco se exaltara, ya no permitió que le perteneciera solo a él lo que antes era solo suyo, sino que hizo lo contrario, introduciendo la procreación, y con ello también otorgando el honor principal al hombre, sin permitir, sin embargo, que todo fuera suyo. ¿Ves cuántos lazos de amor ha forjado Dios? Y estos, en efecto, por fuerza de la naturaleza, los ha depositado en nosotros como garantía de concordia. Pues tanto nuestra consanguinidad (pues todo animal ama a su semejante) como la mujer, nacida del hombre, y los hijos, de ambos. De ahí surgen también muchos tipos de afecto. Porque a uno lo amamos como padre, a otro como abuelo; a uno como madre, a otro como nodriza; a uno como hijo, nieto o bisnieto, y a otro como hija o nieta; a uno como hermano, a otro como sobrino; a uno como hermana, a otro como sobrina. ¿Y para qué mencionar todos los nombres de consanguinidad? Y él ideó también otro fundamento de afecto. Pues, habiendo prohibido el matrimonio entre parientes, nos condujo a extraños y los atrajo de nuevo hacia nosotros. Pues, como por este parentesco natural no era posible que se relacionaran con nosotros, nos unió de nuevo mediante el matrimonio, uniendo familias enteras por la sola persona de la novia y mezclando razas enteras con razas. De hecho, el mismo Señor dice "no te cases con tu hermana, ni con la hermana de tu padre, ni con ninguna doncella que tenga tal consanguinidad contigo" (Lv 18,6), que impida completamente el matrimonio; nombrando los grados de tal relación. Es suficiente para tu afecto hacia ellas que hayas sido el fruto de los mismos dolores de parto, y que los demás estén en una relación diferente contigo. ¿Por qué limitas la amplitud del amor? ¿Por qué desperdicias inútilmente un motivo de afecto hacia ella, tal que así podrías proporcionarte una fuente distinta de la que brotar el afecto; quiero decir, tomando una esposa de otra familia, y a través de ella una cadena de parientes, tanto madre, padre, hermanos y sus conexiones?
VII
¿Ven de cuántas maneras nos ha unido Pablo? Sin embargo, ni siquiera esto le bastó, sino que también nos hizo necesitarnos unos a otros, para así unirnos, porque las necesidades, sobre todo, crean amistades. Por ninguna otra razón permitió que todo se produjera en todas partes, para así obligarnos a relacionarnos. Pero, habiéndonos hecho necesitados unos de otros, facilitó la comunicación. De no ser así, el asunto habría resultado doloroso y difícil de otra manera. Porque si alguien que necesitara un médico, un carpintero o cualquier otro obrero tuviera que emprender una larga estancia en el extranjero, todo habría sido en vano. He aquí por qué fundó ciudades y reunió a todos en un solo lugar. Y para que pudiéramos comunicarnos fácilmente con países lejanos, extendió el nivel del mar entre nosotros y nos dio la rapidez de los vientos, facilitando así nuestros viajes. Y al principio, él incluso reunió a todos los hombres en un solo lugar, y no los dispersó hasta que quienes primero recibieron el don abusaron de su concordia y pecaron. Sin embargo, él nos ha unido en todos los sentidos: tanto por naturaleza, como por consanguinidad, por idioma y por lugar; y así como no quiso que cayéramos del paraíso (pues si lo hubiera querido, no habría colocado allí al hombre que había formado, sino que el que desobedeció fue la causa ); así tampoco fue su voluntad que los hombres tuvieran diversas lenguas; pues de lo contrario, lo habría dispuesto así desde el principio. Pero ahora "toda la tierra tenía un solo idioma, y todos tenían un solo habla" (Gn 11,1). He aquí la razón por la que, cuando fue necesario que la tierra fuera destruida, ni siquiera entonces nos hizo de otra materia, ni trasladó al hombre justo, sino que, dejándolo en medio del diluvio, como una especie de chispa del mundo, reavivó nuestra raza desde allí, incluso por el bendito Noé. Y desde el principio creó una sola soberanía, poniendo al hombre sobre la mujer. Pero después de que nuestra raza se precipitara hacia un desorden extremo, designó también otras soberanías, las de los amos y las de los gobernadores, y esto también por amor. Es decir, como el vicio era algo apto para disolver y subvertir nuestra raza, puso a los que administran justicia en medio de nuestras ciudades como una especie de médicos, para que, alejando el vicio, como si fuera una plaga para el amor, pudieran reunirse todos en uno. Y para que no sólo en las ciudades, sino también en cada familia hubiera gran unanimidad, honró al hombre con autoridad y superioridad; a la mujer, en cambio, la armó de deseo; y también el don de la procreación, lo encomendó en común a ambos, y además proporcionó otras cosas aptas para conciliar el amor: ni confiándolo todo al hombre, ni todo a la mujer; sino dividiendo estas cosas también por separado a cada uno: a ella confiando la casa, y a él el mercado; a él el trabajo de alimentar, pues él cultiva la tierra; a ella el de vestir, pues el telar y la rueca son de la mujer. Pues es Dios mismo quien dio a la mujer la habilidad para tejer. ¡Ay de la codicia, que no permite que esta diferencia se manifieste! Pues el afeminamiento general ha llegado tan lejos como para introducir a nuestros hombres en los telares y poner en sus manos lanzaderas, trama e hilos. Sin embargo, incluso así brilla la previsión de la economía divina. Porque todavía necesitamos mucho a la mujer en otras cosas más necesarias, y requerimos la ayuda de nuestros inferiores en aquellas cosas que mantienen unida nuestra vida.
VIII
Tan fuerte es la compulsión de esta necesidad que, aunque uno sea más rico que todos los hombres, no por ello se libra de esta estrecha conjunción ni de su carencia de aquello que le es inferior. Pues, como vemos, no son solo los pobres quienes necesitan a los ricos, sino también los ricos a los pobres; y estos los necesitan más que los demás. Y para que lo vean con más claridad, supongamos, si les parece bien, dos ciudades: una de solo ricos y la otra de pobres; y que ni en la de los ricos haya ningún pobre, ni en la de los pobres ningún rico; sino que depuremos ambas a fondo y veamos cuál será más capaz de subsistir. Porque si encontramos que la de los pobres es capaz, es evidente que los ricos la necesitarán más. Ahora bien, en esa ciudad de los ricos no habrá fabricantes, constructores, carpinteros, zapateros, panaderos, agricultores, braseros, cordeleros ni ningún otro oficio similar. En efecto, ¿quién entre los ricos elegiría dedicarse a estos oficios, si quienes los ejercen, al enriquecerse, ya no soportan las molestias que causan? ¿Cómo se mantendrá entonces nuestra ciudad? Se responde que los ricos, dando dinero, comprarán estas cosas a los pobres. Pues bien, no se bastarán a sí mismos; su necesidad de los demás lo demuestra. Pero ¿cómo construirán casas? ¿Comprarán también esto? Pero la naturaleza de las cosas no lo permite. Por lo tanto, deben invitar a los artesanos allí y abolir la ley que promulgamos al fundar la ciudad, porque recuerdan que dijimos: Que no haya pobres en ella. Pero he aquí que la necesidad, incluso contra nuestra voluntad, los ha invitado y atraído. De lo cual resulta evidente que es imposible que una ciudad subsista sin pobres: si la ciudad continuara negándose a admitir a cualquiera de ellos, dejaría de ser ciudad y perecería. Es evidente, entonces, que no se sustentará a sí misma, a menos que acoja a los pobres como una especie de preservadores para sí misma. Pero veamos también la ciudad de los pobres, si esta también estará en una condición de necesidad similar, al ser privada de los ricos. Y primero, en nuestro discurso, aclaremos completamente la naturaleza de las riquezas y señalémoslas claramente. ¿Qué pueden ser entonces las riquezas? Oro, plata, piedras preciosas y prendas de seda, púrpura y bordadas con oro. Ahora que hemos visto lo que son las riquezas, alejémoslas de nuestra ciudad de los pobres: y si vamos a hacer de ella una ciudad puramente de pobres , que no aparezca allí oro alguno, no ni en un sueño, ni prendas de tal calidad; y si quieres, ni plata, ni vasos de plata. ¿Qué entonces? ¿Por esto vivirá esa ciudad y sus asuntos en la necesidad, dime? En absoluto. Porque supongamos que primero hubiera necesidad de construir; No se necesita oro, plata ni perlas, sino habilidad, manos, y manos no de cualquier clase, sino callosas, dedos endurecidos, gran fuerza, madera y piedras. Supongamos de nuevo que alguien teje una prenda; aquí no necesitamos oro ni plata, sino, como antes, manos, habilidad y mujeres para trabajar. ¿Y si se necesita agricultura y excavación? ¿Se necesitan ricos o pobres? Es evidente para todos: pobres. Y cuando también hay que forjar hierro, o hacer algo similar, esta es la raza humana que más necesitamos. ¿Qué aspecto queda entonces para necesitar a los ricos? Salvo que se necesite demoler esta ciudad. Porque si esa clase de gente entra, y estos filósofos (los llamo filósofos porque no buscan nada superfluo) caen en el deseo de oro y joyas, entregándose a la ociosidad y al lujo; lo arruinarán todo a partir de ese día.
IX
Alguno preguntará: Si la riqueza es inútil, ¿por qué ha sido dada por Dios? Y yo le contesto: ¿Y cómo es evidente que ser rico proviene de Dios? Oro me preguntará: ¿Y por que la Escritura dice: "La plata es mía, y el oro es mío, y a quien yo quiera se la daré" (Ag 2,8)? Y yo, si no estuviera cometiendo una falta, en este momento podría reírme a carcajadas, burlándome de quienes dicen esto. ¿Por qué? Porque como niños pequeños, admitidos a la mesa del rey, junto con esa comida se meten en la boca todo lo que tienen a mano, así también éstos, junto con las divinas Escrituras, introducen en secreto sus propias ideas. Respecto a que "la plata es mía, y el oro es mío", esto fue dicho por el profeta, pero lo de "a quien yo quiera se lo daré" no es un añadido sino su introducción, hablando de los despojos del pueblo. En cuanto a lo primero, explicaré por qué se dijo. El profeta Ageo, dado que prometía continuamente a los judíos tras su regreso de Babilonia que mostraría el templo en su aspecto anterior, y algunos dudaban de lo que se decía, considerando casi imposible que, tras ser reducida a polvo y cenizas, la casa volviera a aparecer como antes, para disipar su incredulidad, en la persona de Dios, dice estas cosas; como si dijera: ¿Por qué tenéis miedo? ¿Y por qué os negáis a creer? La plata es mía, y el oro es mío, y no necesito pedir prestado a otros para embellecer la casa. Para demostrar que este es el significado, añade: "La gloria de esta casa será mayor que la gloria de la primera". No echemos, pues, telarañas sobre el manto real. Porque si alguien, descubierto tejiendo un hilo falso en un chaleco púrpura, ha de sufrir el castigo más severo, mucho más en lo espiritual, ya que no se trata de un pecado común. ¿Y por qué digo, añadiendo y quitando? Por un simple punto, y por una simple circunstancia de la lectura, no pocas veces han surgido muchos pensamientos impíos. Alguno preguntará: ¿De dónde, entonces, proviene la riqueza?. Y yo le contesto: Ya se te ha dicho, cuando la Escritura te ha dicho que "la riqueza y la pobreza provienen del Señor". Preguntemos, pues, a quienes nos objetan estas cosas: ¿toda riqueza y toda pobreza provienen del Señor? ¿Quién diría esto? Pues vemos que mediante la rapiña, la ruina de tumbas, la brujería y otras artimañas similares, muchos acumulan grandes riquezas, y sus poseedores no son dignos ni siquiera de vivir. ¿Qué, entonces? ¿Decimos que esta riqueza proviene de Dios? ¡Lejos de eso! ¿De dónde, entonces? Del pecado. Por ejemplo, la prostituta, ultrajándose a sí misma, se enriquece, y un joven apuesto, a menudo vendiendo su belleza con deshonra, se enriquece, y el saqueador de tumbas, forzando sepulcros, acumula riquezas injustas, y el ladrón, cavando a través de muros. Por lo tanto, no toda riqueza proviene de Dios. ¿Qué, entonces, dice alguien, diremos a esta expresión? Familiarízate primero con una clase de pobreza que no proviene de Dios, y luego procederemos al dicho en sí. Quiero decir, cuando un joven disoluto gasta su riqueza en prostitutas, magos o cualquier otro deseo similar, y se empobrece, ¿no es evidente que esto no proviene de Dios, sino de su propio despilfarro? Además, si alguien se empobrece por ociosidad, si alguien cae en la mendicidad por insensatez, si alguien se entrega a prácticas peligrosas e ilegales, ¿no es evidente que ni estas ni otras personas han sido llevadas a esta pobreza por Dios? ¿Acaso la Escritura miente? ¡Dios no lo quiera! Pero actúan neciamente quienes descuidan examinar con la debida exactitud todo lo escrito. Porque si por un lado se reconoce que las Escrituras no pueden mentir, y por otro se demuestra que no toda la riqueza proviene de Dios, la debilidad de los lectores desconsiderados es la causa de la dificultad.
X
Ahora bien, sería justo que los despidiéramos, habiendo exculpado aquí la Escritura, para que sufrieran este castigo de nuestras manos por su negligencia con respecto a las Escrituras; pero como los perdono en gran medida y ya no puedo soportar verlos confundidos y perturbados, permítannos también añadir la solución, habiendo mencionado primero al orador, cuándo fue dicho y a quién. Porque Dios no habla a todos por igual, como tampoco tratamos por igual a los niños y a los hombres. ¿Cuándo, entonces, fue dicho, por quién y a quién? Por Salomón en el Antiguo Testamento a los judíos, quien no conocía más que las cosas de los sentidos, y por estos demostró el poder de Dios. Éstos son los que dicen: "¿Puede él dar también pan?", y: "¿Qué señal nos muestras?", y: "Nuestros padres comieron el maná en el desierto". Éstos son quienes lo dicen, cuyo dios "es su vientre" (Mt 12,38; Jn 6,3). Como lo estaban probando con estas cosas, les dice: "Todo es posible para Dios", tanto enriquecer y empobrecer, no que sea él mismo quien los haga, sino que puede hacerlo cuando quiere. Así como cuando dice: "Quien reprende al mar, lo seca y seca todos los ríos" (Nah 1,4). Sin embargo, esto nunca se hizo. ¿Cómo, entonces, dice el profeta esto? No como si fuera algo que siempre hacía, sino como algo que le era posible hacer. ¿Qué clase de pobreza, entonces, da él, y qué clase de riqueza? Recuerden al patriarca, y conocerán la clase de riqueza que es dada por Dios. Porque él enriqueció a Abraham, y después de él a Job, tal como dice el mismo Job: "Si hemos recibido el bien del Señor, ¿no recibiremos también el mal?" (Job 2,10). Y la riqueza de Jacob tuvo su comienzo de allí. También hay una pobreza que viene de él, aquella que es elogiada, tal como él una vez habría introducido al conocimiento de ese hombre rico, diciendo: "Si quieres ser perfecto, vende tus bienes y da a los pobres, y ven, sígueme" (Mt 19,21). A los discípulos, de nuevo, Jesús hace ley y dice: "No proporcionen oro, ni plata, ni dos túnicas" (Mt 9,10). No digan entonces que toda la riqueza es su regalo: viendo que se han señalado casos de ser recolectada tanto por asesinos, como por rapiña, y por diez mil otros artimañas. Pero de nuevo el discurso vuelve a nuestra pregunta anterior: si los ricos no nos son útiles, ¿por qué se enriquecen? ¿Qué debemos decir entonces? Que no son útiles quienes se enriquecen así; mientras que quienes son así por Dios sí lo son en grado sumo. Y aprende esto de las mismas acciones de aquellos que acabamos de mencionar. Así, Abraham poseía riquezas para todos los extranjeros y para todos los necesitados. Pues él, al acercarse tres hombres, como él supuso, sacrificó un becerro y amasó tres medidas de harina fina, y esto mientras estaba sentado en su puerta en el calor del día; considera con qué liberalidad y prontitud solía gastar sus bienes en todos, junto con sus bienes, prestando también el servicio de su cuerpo, y esto a tan avanzada edad; siendo un refugio para los extranjeros, para todos los que habían llegado a cualquier tipo de necesidad, y no poseyendo nada como suyo, ni siquiera a su hijo: ya que por mandato de Dios, de hecho, lo entregó incluso a él. Es más, junto con su hijo se entregó a sí mismo y a toda su casa, cuando se apresuró a rescatar al hijo de su hermano del peligro; y esto no lo hizo por lucro, sino por mera humanidad. Cuando, por ejemplo, quienes fueron salvados por él quisieron poner el botín a su disposición, lo rechazó todo, hasta un hilo y una correa de calzado (Gn 14,23). Así también era el bendito Job, cuando dijo: "Mi puerta estaba abierta a todo el que entraba" (Job 20,15). Fui ojos para el ciego y pies para el cojo; fui padre del desamparado, del forastero no se alojaba sin él, y los desamparados, cualquiera que fuera su necesidad, no se veían privados de ella; ni permití que ningún desamparado saliera de mi puerta con el pecho vacío. Y mucho más que esto, que ahora no podemos enumerar todos, continuó haciendo, gastando toda su riqueza en los necesitados. ¿También observarás a quienes se han enriquecido sin ser de Dios, para que aprendas cómo emplearon su riqueza? Considéralo en la parábola de Lázaro, cómo no repartió ni una sola parte de sus migajas. Contempla a Acab, cómo ni siquiera la viña está libre de su extorsión; contempla a Giezi; contempla a todos ellos. Así, quienes hacen adquisiciones justas, como si las hubieran recibido de Dios, gastan según sus mandatos, mientras que quienes, al adquirir, ofenden a Dios, al gastar también hacen lo mismo: gastan su dinero en prostitutas y parásitos, o lo entierran y encierran, y no dan nada a los pobres. ¿Y por qué, dice alguien, permite Dios que tales hombres sean ricos? Porque es paciente; porque quiere llevarnos al arrepentimiento; porque ha preparado el infierno; porque ha señalado un día en el que juzgará al mundo. (Hch 17,31). Mientras que solía castigar de inmediato a los ricos y no virtuosos, Zaqueo no habría tenido un tiempo señalado para el arrepentimiento, como para restituir el cuádruplo de lo que había tomado injustamente y añadir la mitad de sus bienes; ni Mateo, para convertirse y convertirse en apóstol, fue apartado como lo habría sido antes de tiempo; ni muchos otros. Por eso los soporta, llamando a todos al arrepentimiento. Pero si no lo hacen, sino que persisten en lo mismo, oirán a Pablo decir que, tras su dureza y corazón impenitente, "atesoran ira para sí mismos, para el día de la ira, la revelación y el justo juicio de Dios" (Rm 2,5). De esta ira, para que podamos escapar, enriquezcámonos con las riquezas del cielo y busquemos la loable pobreza. Así alcanzaremos también los bienes venideros, los cuales todos podemos obtener por la gracia y la misericordia de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 35
I
Seguid el amor, procurad los dones espirituales, y sobre todo profetizad
Una vez que Pablo ha repasado con exactitud toda la excelencia del amor, ahora exhorta a los corintios a que se aferren a dicho amor con presteza. Por eso dijo seguidlo, pues quien persigue solo ve lo que persigue, y hacia ello se esfuerza, y no se detiene hasta alcanzarlo. Quien persigue, cuando por sí solo no puede, con los que le preceden alcanza al fugitivo, suplicando con gran afán a los cercanos que lo agarren y lo conserven así hasta que llegue. Hagamos esto también nosotros. Cuando por nosotros mismos no alcancemos el amor, pidamos a los que están cerca que lo sujeten hasta que lo alcancemos, y cuando lo hayamos aprehendido, no lo dejemos escapar, para que no vuelva a escaparse. Porque continuamente se aleja de nosotros, porque no la usamos como deberíamos, sino que preferimos todo a ella. Por lo tanto, debemos esforzarnos al máximo para retenerla a la perfección. Porque si lo hacemos, no necesitaremos de ahora en adelante mucho trabajo (o mejor dicho, casi ninguno), sino que, descansando y tomando descanso, avanzaremos por el estrecho camino de la virtud. Por eso dice: "Síganla". Luego, para que no pensaran que no había introducido el discurso de la caridad con ningún otro fin, sino el de extinguir los dones, añade lo siguiente.
El que profetiza habla a los hombres, y lo hace para edificación, exhortación y consolación. El que habla en lenguas, a sí mismo se edifica
A la hora de comparar Pablo los dones de Dios, y ponerlos por orden de preferencia, rebaja el don de lenguas al último de todos, sobre todo por no ser del todo útil ni provechoso por sí mismo. De hecho, los que tenían dicho don se enorgullecían a causa de ello, y lo confundían como si fuese un don excepcional. Lo que sí consideraba Pablo excepcional es los apóstoles recibieran dicho don por primera vez, y de forma totalmente veraz (sin fingimiento), sin por ello considerarlo algo extraordinario. ¿Por qué lo recibieron los apóstoles antes que los demás? Porque debían ir a todas partes. Y así como en la época de la construcción de la torre, una sola lengua se dividió en muchas, así también las muchas lenguas se unieron con frecuencia en un solo hombre, y la misma persona solía hablar tanto en persa, como en romano, en indio y en muchas otras lenguas, con el Espíritu resonando en su interior. Y el don se llamaba don de lenguas porque podía hablar varios idiomas a la vez. Observen, pues, cómo lo rebaja y lo eleva. Así, al decir "el que habla en lenguas, no habla a los hombres, sino a Dios", porque ningún hombre entiende, lo degradó, dando a entender que el provecho de ello no era grande; pero al añadir: Pero en el Espíritu habla misterios, lo elevó de nuevo, para que no pareciera superfluo e inútil y dado en vano. ¿Ven con qué se refiere a la naturaleza selecta de este don, que es el beneficio común? ¿Y cómo siempre da mayor honor a lo que tiende al beneficio de la mayoría? ¿Acaso los primeros no hablan también a los hombres? Dime. Pero no tanto a la edificación, la exhortación y el consuelo. De modo que ser impulsados por el Espíritu es común a ambos, tanto al que profetiza como al que habla en lenguas; pero en esto, el que profetiza tiene la ventaja de ser también provechoso para los oyentes. Pues quienes hablaban en lenguas no eran comprendidos por quienes no tenían el don. Alguno preguntará: ¿Y cómo se edifica el que habla el don de lenguas, si no sabe lo que dice? Y yo le respondo: Lo hace, mas en el caso de que entienda lo que dice. Con todo, lo entienden sólo ellos mismos, pues ni siquiera éstos son capaces transmitirlo a los demás. En cambio, el que profetiza sí que edifica a la Iglesia. Así como es grande la diferencia entre una persona y la Iglesia, así es la distancia entre ambos dones. ¿Ven la sabiduría de Pablo, y cómo no desprecia el don sin darle importancia, sino que lo hace valer para obtener alguna ventaja, por pequeña que sea, y suficiente sólo para quien lo posee? Luego, para que no supusieran que por envidia hacia ellos reprime las lenguas (pues la mayoría tenía este don), para corregir sus sospechas dice lo siguiente.
II
Quisiera que todos hablaseis en lenguas, pero más aún que profeticéis. Mayor es el que profetiza que el que habla en lenguas, a menos que las interprete y la Iglesia reciba edificación
El don de lenguas, por tanto, no genera oposición, pero sí una falsa jerarquía de valores. Por ello, Pablo no menosprecia dicho don, pero sí que avisa que es un mero primer paso que ha de llevar a cosas mejores, mostrando tanto su cuidado por ellos como un espíritu libre de toda envidia. En efecto, Pablo no dijo "quisiera que dos o tres" sino "que todos" hablaran en lenguas y profetizaran, y esto antes que aquello, porque mayor es el que profetiza. Una vez establecido y probado el don de lenguas, por tanto, procede Pablo también a purificarlo, añadiendo una salvedad: "a menos que interprete". ¿Por qué? Porque en dicho caso ya estará superando dicho don (al interpretarlo), y pasando al siguiente en la jerarquía de valores: el don de profecía. Es decir, se habrá vuelto igual al profeta, y muchos se beneficiarán de ello, y esa persona habrá dejado de anclarse en lo subjetivo para emprender el camino de lo objetivo.
Hermanos, si yo voy a vosotros hablando en lenguas, ¿os seré de provecho? No lo sería, si no os hablase por vía de revelación, o de conocimiento, o de profecía, o de enseñanza?
¿Y por qué hablo yo del resto?, pregunta Pablo. Por esto mismo: no porque quien hable en lenguas sea Pablo (pues ni siquiera eso hará ningún bien a los oyentes), sino para indicar que busca su beneficio, sin guardar rencor a quienes tienen el don (pues ni siquiera en persona rehúye señalar su inutilidad). De hecho, es su manera constante de resolver los temas desagradables en persona. Así como al principio de la epístola preguntó "¿quién es Pablo?, ¿quién es Apolo?, ¿quién es Cefas?", así lo mismo hace aquí, diciendo: "Ni siquiera yo les aprovecharé, a menos que les hable por vía de revelación, o de profecía, o de conocimiento, o de enseñanza". Lo que quiere decir es que si no les digo algo que pueda hacerse inteligible para ustedes y que sea claro, sino que simplemente hago alarde de que tengo el don de lenguas (lenguas que no entienden), se irán sin ningún provecho. ¿De qué te servirá una voz que no entiendes?
III
Aun las cosas inanimadas dan voz, como la flauta o el arpa, mas si no distinguiesen sus voces, ¿cómo se sabrá lo que se toca?
¿Por qué puso Pablo este caso, el de objetos inútiles? Por esto mismo: para dejar claro que sólo lo útil, claro, y fácil de comprender, es útil para los oyentes? Por eso, incluso en los instrumentos musicales se puede ver esto: que ya sea una flauta o un arpa, si se toca confusa y torpemente, sin la cadencia ni la armonía adecuadas, no cautivará a ningún oyente. Pues incluso en estos sonidos inarticulados se necesita cierta distinción: y si no se toca o se sopla en la flauta según el arte, no se ha hecho nada. Ahora bien, si de las cosas sin vida exigimos tanta distinción, armonía y pertinencia, y en esos sonidos inarticulados nos esforzamos y luchamos por infundir tanto significado, mucho más en los hombres dotados de vida, razón y dones espirituales, se debe hacer de la significación un objetivo.
Si la trompeta da una voz incierta, ¿quién se preparará para la guerra?
Así, de lo meramente ornamental, extiende Pablo su argumento a lo más necesario y útil, y dice que no sólo en el arpa, sino también en la trompeta se puede observar este efecto. En efecto, en ella también hay ciertas medidas; y emiten a veces una nota guerrera, y a veces una que no lo es; y a veces conducen a la línea de batalla y a veces nos apartan de ella: y a menos que se sepa esto, existe un gran peligro. Esto es precisamente lo que quiere decir, y lo perjudicial que es lo que manifiesta, cuando dice: "¿Quién se preparará para la guerra?". Entonces, si no tiene esta cualidad, es la ruina de todos. Alguno dirá: ¿Y qué nos importa eso? Y lo le contesto: En verdad te concierne, muy especialmente por lo que añade a continuación.
IV
Si no pronunciáis un lenguaje fácil estaréis hablando al aire, sin llamar a nadie, sin hablarle a nadie. Así, en todas partes seréis inútiles
Alguno dirá: Si es inútil, ¿por qué se dio? Y yo respondo: Para que sea útil a quien lo recibió. Además, si también lo es para otros, debe añadirse una interpretación. Ahora bien, dice esto, acercándolos: que si alguien no tiene el don de interpretación, puede tomar a otro que sí lo tenga y, a través de él, hacer útil su propio don. Por lo tanto, siempre señala su imperfección, para así unirlos. En cualquier caso, quien lo considera suficiente por sí mismo, no tanto lo alaba como lo menosprecia, impidiéndole brillar con la interpretación. Pues el don es ciertamente excelente y necesario, pero lo es cuando tiene a alguien que explique lo que se dice. Ya que el dedo también es necesario, pero al separarlo de los demás miembros, no será igualmente útil; y la trompeta es necesaria, pero cuando suena al azar, es más bien una molestia. Sí, ningún arte saldrá a la luz sin materia sujeta a él, y ni la materia se configura si no se le asigna una forma. Supongamos entonces que la voz es el tema, pero la distinción es esa forma; al no estar presente, no tendrá utilidad en el material.
Hay muchas clases de voces en el mundo, cada una con su significado. Si yo desconozco el significado de esa voz, seré un bárbaro para quien habla
Las voces del mundo son las tantas lenguas del mundo, las voces de escitas, tracios, romanos, persas, moros, indios, egipcios e innumerables otras naciones. Por eso supuso Pablo que el don de lenguas no sólo puede ocurrir en nuestro caso, sino también en todas las partes del mundo y por gentes de todo tipo. Por eso animó Pablo a interpretar ese don, para demostrar que era cristiano y no pagano, para quitarle su parte pagana y convertirlo en alto útil y legible para los cristianos. A continuación, para no hacer desagradable la acusación contra un solo don (el de lenguas), presenta la misma acusación Pablo para ambos dones (el don de lenguas y el don de profecía), diciendo: "Él será un bárbaro para mí, y yo para él". No por la naturaleza de la voz, sino por nuestra ignorancia. ¿Ven cómo poco a poco atrae a los hombres hacia lo afín al tema? Lo cual suele hacer, buscar ejemplos de lejos y terminar con lo que corresponde más propiamente al asunto. Pues habiendo hablado de la flauta y el arpa, donde hay mucho de inferior e inútil, llega a la trompeta, algo más útil; a continuación, de ahí procede a la voz misma. Así también antes, cuando estaba discurriendo para mostrar que no estaba prohibido a los apóstoles recibir, comenzando primero por los labradores, los pastores y los soldados, luego llevó el discurso a lo que es más próximo al tema, los sacerdotes en el antiguo pacto. Pero te ruego que consideres cómo en todas partes ha puesto diligencia en liberar el don de la censura y en hacer recaer la responsabilidad sobre quienes lo reciben. Porque no dijo "seré un bárbaro", sino "seré un bárbaro para quien habla". Y tampoco dijo "el que habla será un bárbaro", sino "será un bárbaro para mí". ¿Qué debe hacerse, entonces? Ésta es la pregunta de Pablo, pues lejos de menospreciarlo, uno debería recomendarlo y enseñarlo, como él mismo hace. Pues después de haberlo acusado y reprendido, y de haber demostrado su ineficacia, procede a aconsejarlos, diciendo lo siguiente.
V
Si sois celosos en los dones espirituales, procurad que éstos abunden para edificación de la Iglesia
¿Ven el propósito de Pablo, repetido una y otra vez, y cómo busca siempre una sola cosa (la utilidad general, el beneficio de la Iglesia), estableciendo esto como una especie de regla? De hecho, no dijo que obtuvieran los dones, sino que abunden. Es decir, que los poseyeran en gran abundancia. Así pues, lejos estoy de desear que no los posean, sino que abunden en ellos, solo para que los administren con miras al bien común. ¿Y cómo se logrará esto? Para explicarlo, dice lo siguiente.
El que habla en lenguas, que pida en oración el poder interpretarlas. Si oras en lenguas, tu espíritu ora, pero tu entendimiento queda sin fruto. ¿Qué hago, entonces? Ora con el espíritu y con el entendimiento, y canta con el espíritu y con el entendimiento
Aquí muestra Pablo que está en poder de cada cristiano obtener el don de lenguas, al tratarse del más insignificante y menos grave de los dones otorgados a la Iglesia. ¿Y cómo se obtiene? Así mismo: pidiéndolo, pero para contribuir diligentemente al bien de los demás. Además, sigue diciendo Pablo al que quiera obtenerlo, pide no sólo el don de lenguas, sino también el de interpretación, porque "si oro en lenguas, mi espíritu ora, pero mi entendimiento es infructuoso". ¿Ven cómo, al llevar su argumento gradualmente a un punto, significa que no sólo es inútil para los demás, sino también para sí mismo, si al menos su entendimiento es infructuoso? Porque si un hombre hablara sólo en persa, o en cualquier otra lengua extranjera, y no entendiera lo que dice, entonces, por supuesto, también para sí mismo será de ahí en adelante un bárbaro, no solo para otro, por no conocer el significado del sonido. Porque hubo en la antigüedad muchos que también tenían el don de oración junto con el de lenguas. Oraban y la lengua hablaba, orando ya sea en persa o en latín, pero su entendimiento no entendía lo que se decía. Por lo cual también dijo: "Si oro en lenguas, ora mi espíritu", a forma de decir: El don que me es dado y mueve mi lengua, pero mi entendimiento es infructuoso. ¿Qué puede ser, entonces, lo mejor en sí mismo y lo que hace el bien? ¿Y cómo se debe actuar, o qué petición a Dios? Orar, tanto con el espíritu, es decir, el don, como con el entendimiento. Por eso también dijo: "Oraré con el espíritu, y también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, y también con el entendimiento". Aquí también significa lo mismo: que tanto la lengua hable como el entendimiento no ignoren lo que se dice. Porque si esto no sucede, también habrá otra confusión, que ofrece a continuación.
VI
Si bendecís con el espíritu, ¿cómo dirá el Amén en vuestra acción de gracias el que es ignorante, pues que no sabe lo que decís? Tú darás las gracias, pero el otro no es edificado
Obsérvese cómo aquí nuevamente lleva Pablo su piedra a la plomada, buscando en todas partes la edificación de la Iglesia. En este caso, por ignorantes se refiere a los laicos, y significa que él también sufre una pérdida considerable al no poder decir el amén. En general, lo que viene a decir es esto: Si bendices en una lengua bárbara, sin saber lo que dices ni poder interpretarlo, el laico no puede responder el amén, y: Al no entender las palabras "por los siglos de los siglos", que están al final, no dicen el amén. Luego, nuevamente, consolándolo con esto, para que no pareciera que consideraba el don demasiado barato; el mismo tipo de observación que hizo arriba, que habla misterios, y habla a Dios, y se edifica a sí mismo, y ora con el espíritu, intentando no poco consuelo de estas cosas, esto también lo expresa aquí, diciendo, porque en verdad das gracias bien, ya que hablas siendo movido por el Espíritu: pero el otro, sin oír nada ni saber lo que se dice, se queda allí, sin recibir gran beneficio por ello. Además, porque había menospreciado a los poseedores de este don, como si no tuvieran tal cosa, para que no pareciera que los menospreciaba, como si él mismo estuviera desprovisto de él, véase lo que dice lo siguiente.
VII
Yo doy gracias a Dios hablando en lenguas, más que todos vosotros
En esta frase, Pablo insinúa la intención que ya mostró en otro momento, a saber: quitar las ventajas del judaísmo, y mostrar que de ahí en adelante las lenguas no son nada. De hecho, comienza declarando que él mismo había sido dotado con dichas lenguas (en gran exceso), hasta que las llamó pérdida y declaró, en relación a los judíos: "Si alguno piensa tener confianza en la carne, yo más: circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia que es la ley, hallado irreprensible" (Flp 3,4-7). Y luego, habiéndose mostrado a sí mismo como teniendo la ventaja de todos, dice: "Cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo", y: "Hablo en lenguas más que todos vosotros", a forma de decir: No os jactéis, pues, como si sólo vosotros tuvieseis el don, porque yo también lo poseo, sí, más que vosotros.
En la Iglesia prefiero emplear cinco palabras, con mi entendimiento, para poder instruir a otros
¿Qué significa eso de "hablar con mi entendimiento para poder instruir a otros"? Significa esto: entender lo que digo, y palabras que puedo interpretar para otros, hablar inteligentemente y enseñar a los oyentes. Más que diez mil palabras en una lengua. ¿Por qué? Para poder instruir a otros, dice él. Porque uno solo tiene fines ostentosos; el otro, gran utilidad: siendo esto lo que busca en todas partes, me refiero al beneficio común. Y sin embargo, el don de lenguas era extraño, pero el de profecía familiar y antiguo, y hasta entonces dado a muchos; éste, por el contrario, se dio por primera vez; sin embargo, no le prestó mucha atención. Por lo tanto, tampoco lo empleó; no porque no lo tuviera, sino porque siempre buscaba lo más provechoso: estando como estaba libre de toda vanagloria, y considerando solo una cosa, cómo podría mejorar a los oyentes.
VIII
Aquí aporta Pablo la herramienta capaz de buscar lo conveniente tanto para sí mismo como para los demás: el estar libres de vanagloria. En efecto, quien está esclavizado por ella, lejos de discernir el bien ajeno, ni siquiera conoce el suyo propio. Así era Simón el Mago, que por buscar la vanagloria ni siquiera atendió a su propia salvación. Así también eran los judíos, quienes por esto sacrificaron su salvación al diablo. De ahí surgieron los ídolos, y por esta locura se excitaron los filósofos paganos y naufragaron en sus falsas doctrinas. Y observen la perversidad de esta pasión: cómo a causa de ella algunos se empobrecieron, otros ansiaban riquezas. Tan potente es su tiranía que prevalece incluso en los contrarios directos. Así, uno se envanece de castidad, y por el contrario, otro de adulterio; y este de justicia, y otro de injusticia; así, de lujo y ayuno, modestia y temeridad, riqueza y pobreza. Digo pobreza, ya que algunos de los que estaban desposeídos, cuando podían recibir, por amor a la admiración se abstuvieron de recibir. Pero no así los apóstoles: que estaban limpios de vanagloria, lo demostraron con sus acciones: en que, cuando algunos los llamaban dioses y estaban listos para sacrificarles bueyes con guirnaldas, no solo prohibieron lo que estaban haciendo, sino que incluso "rasgaron sus vestiduras" (Hch 14,13-14). Y después de haber enderezado al hombre cojo, cuando todos los miraban con la boca abierta, dijeron: ¿Por qué nos miran con tanta intensidad, como si por nuestro propio poder hubiéramos hecho a este hombre caminar? Aquellos, entre los hombres que admiraban la pobreza, eligieron para sí mismos un estado de pobreza, mientras que éstos despreciaban la pobreza y alababan la riqueza, y si recibían algo no lo administraban a los necesitados. Así, no la vanagloria sino la benevolencia, fue el motivo de todo lo que hicieron. Pero aquellos todo lo contrario; como enemigos y plagas de nuestra naturaleza común, y no de otra manera, hicieron tales cosas. Así, uno arrojó todos sus bienes al mar sin ningún propósito, imitando a necios y locos; y otro entregó todas sus tierras al ejido. Así, todo lo hacían por vanagloria. Pero no así los apóstoles; más bien, ambos recibían lo que se les daba y lo distribuían a los necesitados con tanta liberalidad que incluso vivían en constante hambre. Pero si hubieran estado enamorados de la gloria, no habrían practicado esto, el recibir y distribuir, por temor a que surgiera alguna sospecha contra ellos. Porque quien desperdicia lo suyo por la gloria, se negará mucho más a recibir lo ajeno, para no ser considerado necesitado ni incurrir en sospechas. Pero a estos los ves atendiendo a los pobres y mendigando por ellos. Tan ciertamente eran más amorosos que cualquier padre.
IX
Observen ahora las leyes de Pablo, y cuán moderadas y libres estaban de toda vanagloria. En efecto, habiendo dicho él "contentémonos con alimento y abrigo" (1Tm 6,8), y no como el de Sinope (el filósofo Diógenes, que vestía harapos y vivía en un barril sin ningún buen fin, asombrando a muchos pero no aprovechando a nadie). Por supuesto, Pablo no hizo ninguna de estas locuras, y tampoco tenía el ojo para la ostentación, sino que vestía ropa ordinaria con toda decencia, y vivía en una casa continuamente, y mostraba toda exactitud en la práctica de toda otra virtud (lo cual el cínico Diógenes despreciaba, viviendo impuramente y deshonrándose públicamente, arrastrado por su loca pasión por la gloria, la única razón de su vida en un barril). Es más, Pablo también pagaba alquiler por la casa donde vivía en Roma. Aunque él, que era capaz de hacer cosas mucho más severas, podría haber tenido mucha más fuerza para esto. Pero no miraba a la gloria, ese monstruo salvaje, ese demonio temible, esa plaga del mundo, esa víbora venenosa. Pues, así como ese animal desgarra el vientre de su progenitor con sus dientes, así también esta pasión desgarra a quien la engendra.
X
¿Cómo, entonces, se puede encontrar remedio para esta múltiple enfermedad? Así mismo: presentando a quienes la han pisoteado y, con la mirada puesta en su imagen, ordenando así la propia vida, como hizo el patriarca Abraham. En este caso, hago un inciso: que nadie me acuse de tautología si lo menciono a menudo y en todas las ocasiones. Es más, si lo menciono haciendo bien en esto y a otro en aquello, no es para mostrar que la virtud es difícil de alcanzar, y casi imposible tener éxito en todas esas cosas juntas o sólo posible realizar alguna en parte. No hermano, no menciono tanto a Abraham por eso, sino porque cuando se descubre que una misma persona lo posee todo, ¿qué excusa tendrán quienes, después de la ley y la gracia, no son capaces de alcanzar la misma medida que quienes estaban antes de la ley y la gracia? ¿Cómo, entonces, este patriarca venció y sometió a este monstruo, cuando tuvo una disputa con su sobrino? (Gn 13). Pues así fue, al salir perdiendo y perder la primera parte, no se molestó. Pero sabéis que en tales asuntos la vergüenza es peor que la pérdida para la gente común, y particularmente cuando una persona que tenía todo en su poder, como él entonces, y habiendo sido el primero en honrar, no fue honrada a cambio. Sin embargo, nada de esto lo molestó, sino que se conformó con recibir el segundo lugar, y cuando el joven, él mismo anciano, tío por sobrino, lo agravió, no se indignó ni lo tomó a mal, sino que lo amó por igual y lo atendió. Además, habiendo salido victorioso en esa gran y terrible batalla, y habiendo derrotado con fuerza a los bárbaros (Gn 14), no añade ostentación a la victoria ni erige un trofeo, pues sólo deseaba salvar, no exhibirse. De nuevo, hospedó a desconocidos, pero no actuó con vanidad, sino que corrió hacia ellos y se inclinó ante ellos, no como si estuviera dando, sino recibiendo un beneficio, y los llamó señores, sin saber quiénes eran los que acudían a él, y presentó a su esposa en lugar de una sierva (Gn 18). Y también en Egipto antes de esto, cuando se había mostrado como una persona tan extraordinaria, y había recibido de vuelta a esta misma mujer, su esposa, y había disfrutado de tan gran honor (Gn 12). No se lo muestra a nadie. Y aunque los habitantes del lugar lo llamaban príncipe, él mismo incluso pagó el precio del sepulcro (Gn 23). Y cuando mandó desposar a su hijo con mujer, no mandó hablar de él en términos elevados y dignos (Gn 24), sino solamente traer a la novia.
XI
¿Examinarás hora, hermano, la conducta de quienes estaban bajo la gracia, y cuánto de grande era por doquier la gloria de la enseñanza que los rodeaba? ¿Captas también la expulsión de las malas pasiones? Considera, te ruego, al apóstol que habla de estas cosas, y cómo siempre atribuye todo a Dios, cómo menciona continuamente sus pecados, pero nunca sus buenas obras, a menos que fuera necesario corregir a los discípulos; e incluso si se viera obligado a hacerlo, lo considera una locura y cede el primer lugar a Pedro, y no se avergüenza de trabajar con Priscila y Aquila, y en todas partes se esfuerza por mostrarse humilde, sin pavonearse en el mercado ni arrastrar multitudes, sino relegándose a la oscuridad. Por eso también dijo: "Mi presencia física es débil" (2Cor 10,10), fácil de despreciar, y para nada acompañado de ostentación. Y de nuevo, ruego que no hagan mal, no para que parezcamos aprobados. ¿Y qué hay de extraño en que desprecie esta gloria? Puesto que desprecia la gloria del cielo, del reino y del infierno por aquello que agradó a Cristo, pues desea ser anatema, separado de Cristo, por la gloria de Cristo. Pues si dice que está dispuesto a sufrir esto por los judíos, lo dice para que ninguno de los insensatos piense en apropiarse de las promesas que se les hicieron. Si, por lo tanto, estaba dispuesto a pasar por alto esas cosas, ¿qué hay de extraño en que desprecie las cosas humanas?
XII
Los hombres de nuestro tiempo están abrumados por todo, y no sólo por el deseo de gloria sino también por el miedo al insulto o deshonor. Así, si alguien los alaba, ellos se envanecen, y si alguien los critica ellos se derrumban. Así como los cuerpos débiles son dañados por accidentes comunes, así lo son también las almas que se arrastran por la tierra. Para ellos, no solo la pobreza, sino incluso la riqueza, destruye; no solo el dolor, sino también la alegría, y la prosperidad más que la adversidad. Pues la pobreza obliga a ser sabio, pero la riqueza a menudo conduce a un gran mal. Y así como a los hombres con fiebre les cuesta complacerse en algo, también quienes tienen una mente depravada reciben daño por todos lados. Sabiendo, pues, estas cosas, no rehuyamos la pobreza ni admiremos las riquezas, sino preparemos nuestra alma para ser suficientes para todos los bienes. Pues quien construye una casa no piensa en cómo no caerá la lluvia ni la luz del sol sobre ella (pues esto sería imposible), sino en cómo puede ser capaz de soportarlo todo. Y quien construye un barco no diseña nada para evitar que las olas rompan contra él ni que se levante ninguna tempestad en el mar (pues esto también sería imposible), sino para que los costados del barco estén preparados para recibirlo todo. Y además, quien cuida del cuerpo no busca que no haya desigualdad de temperatura, sino que el cuerpo pueda soportar fácilmente todas estas cosas. Así pues, actuemos con respeto al alma, y no nos afanemos por huir de la pobreza ni por enriquecernos, sino por regular cada una de ellas para nuestra propia seguridad. Por lo tanto, dejando de lado estas cosas, preparemos nuestra alma tanto para la riqueza como para la pobreza. Pues aunque no le sobrevenga ninguna calamidad, como la que sufre el hombre, lo cual es en su mayoría imposible, aun así, mejor es quien no busca la riqueza, sino que sabe sobrellevarlo todo con facilidad, que quien siempre es rico. ¿Y por qué? Primero, porque éste tiene su seguridad interior, y el otro exterior. Y así como es mejor soldado quien confía en sus fuerzas físicas y su habilidad en la lucha que quien sólo tiene su fuerza en su armadura, así también quien confía en su riqueza, comparado con quien se protege con su virtud, es inferior. Segundo, porque incluso si no cae en la pobreza, es imposible que esté exento de problemas. En efecto, la riqueza trae consigo muchas tormentas y problemas; pero no así la virtud, sino solo placer y seguridad. Sí, y pone al hombre fuera del alcance de quienes le tienden trampas, pero la riqueza, todo lo contrario, lo hace fácil de atacar y atrapar. Y así como entre los animales, los ciervos y las liebres son los más fáciles de atrapar debido a su timidez natural, pero el jabalí, el toro y el león no caerían fácilmente en el camino de los acechadores; lo mismo puede verse en el caso de los ricos y de quienes viven voluntariamente en la pobreza. Unos son como el león y el toro, otros como el ciervo y la liebre. ¿A quién no teme el rico? ¿No hay ladrones, potentados, envidiosos, delatores? ¿Y por qué hablo de ladrones y delatores cuando un hombre sospecha de sus propios criados?
XIII
¿Y por qué digo "cuando está vivo"? Por esto mismo: porque ni siquiera muerto se libra de la maldad de los ladrones, ni la muerte puede ponerlo a salvo, sino que los malhechores lo despojan incluso muerto, pues tan peligrosa es la riqueza. En efecto, los avaros no sólo excavan en las casas, sino que incluso profanan tumbas y ataúdes. ¿Qué puede ser más miserable, por tanto, que un hombre avaro, que si ni siquiera la muerte puede brindarle seguridad? Ese miserable cuerpo, incluso privado de la vida, no se libra de los males de la vida. Quienes cometen tales maldades se apresuran a la guerra incluso con polvo y ceniza, y mucho más gravemente que cuando estaba vivo. Porque entonces, al entrar en su almacén, podrían haberle quitado los cofres, pero abstenerse de su persona, y ni siquiera habrían tomado el cuerpo para despojarlo; pero ahora las malditas manos de los ladrones de tumbas ni siquiera se abstienen de esto, sino que lo revuelven y lo insultan con gran crueldad. Porque después de haber sido entregado a la tierra, habiéndolo despojado tanto de su cubierta de tierra como de lo que constituyen sus vestiduras, lo dejan así para que sea arrojado fuera. ¿Qué enemigo, entonces, tan mortal como la riqueza, que destruye el alma de los vivos e insulta el cuerpo de los muertos, impidiéndoles siquiera ser enterrados, algo común incluso a los condenados y a quienes han sido sorprendidos en los crímenes más viles? Pues, habiendo impuesto los legisladores la pena de muerte, no preguntan más; pero a estos, la riqueza, incluso después de la muerte, les impone un castigo durísimo, exponiéndolos desnudos e insepultos, un espectáculo terrible y lastimoso. Pues incluso quienes sufren esto tras la sentencia y por la ira de sus jueces, no sufren tan gravemente como estos. Pues ellos, en efecto, permanecen insepultos el primer y el segundo día, y por lo tanto son enterrados; pero éstos, una vez enterrados, son desnudados e insultados. Y si los ladrones se van sin llevarse el ataúd, no se debe a su riqueza, sino también a su pobreza. Pues es ella quien lo custodia. Por lo cual, con toda seguridad, si hubiéramos invertido en la riqueza algo así, y en lugar de fabricarla con piedra, la hubiéramos forjado con oro, también la habríamos perdido. Tan infiel es la riqueza, que no pertenece tanto a quienes la poseen como a quienes intentan apoderarse de ella. De modo que es solo un argumento superfluo el que pretende demostrar que la riqueza es irresistible, ya que ni siquiera el día de la muerte sus poseedores obtienen seguridad. Y sin embargo, ¿quién no se reconcilia con el difunto, ya sea una bestia salvaje, un demonio o cualquier otra cosa? La sola visión basta para doblegar incluso a quien es completamente de hierro y está completamente insensible. Por lo tanto, ya saben, cuando uno ve un cadáver, ya sea un enemigo público o privado, llora por él junto con sus amigos más queridos; su ira se extingue con la vida, y surge la compasión. Y sería imposible, en tiempos de duelo y de entierro, distinguir a un enemigo de quien no lo es. Así reverencian todos los hombres su naturaleza común y las costumbres que se han introducido al respecto. Pero la riqueza, ni siquiera al obtener esto, aplaca su ira contra sus poseedores; más aún, convierte en enemigos del difunto a quienes no han sido agraviados; si al menos despojar al cadáver es un acto de personas muy amargadas y hostiles. Y la naturaleza, por su parte, reconcilia incluso a sus enemigos con ella; pero la riqueza convierte en enemigos a quienes no tienen nada de qué acusarla, y con crueldad invoca el cuerpo en su absoluta desolación. Y sin embargo, en ese caso hay muchas cosas que podrían inducir a la compasión: el hecho de ser un cadáver, su inmovilidad, su tendencia a la tierra y la corrupción, la ausencia de quien los ayude; pero nada de esto ablanda a esos malditos desdichados, debido a la tiranía que sufren debido a su vil codicia. Pues la pasión de la codicia, como un tirano despiadado, acecha, ordenando esas órdenes inhumanas y, habiéndolos convertido en bestias salvajes, los lleva a las tumbas. Sí, como fieras que atacan a los muertos, ni siquiera se abstendrían de su carne si sus miembros les fueran útiles. Así es nuestro disfrute de la riqueza: ser insultados incluso después de la muerte y privados de la sepultura que incluso los criminales más desesperados obtienen.
XIV
Según lo dicho del avaro, ¿seguimos nosotros, queridos hermanos, encariñados con un enemigo tan atroz? ¡No, os lo suplico, no, hermanos míos! Huyamos de él sin volvernos a mirarlo, y si cae en nuestras manos, no lo retengamos, sino atémoslo firmemente con las manos de los pobres. Éstas son las ataduras que más poder tienen para retenerlo, y de esos tesoros nunca más escapará; y así, este infiel permanece fiel, dócil, manso, mientras la diestra de la misericordia produce este efecto en él. Como dije entonces, si alguna vez nos llega, entreguémoselo; pero si no llega, no lo busquemos, ni nos inquietemos, ni consideremos felices a sus poseedores; pues ¿qué clase de felicidad es esta? A menos que también digas que quienes luchan con bestias son envidiables, porque esos animales de alto valor son encerrados y reservados por quienes proponen tales contiendas para sí mismos; quienes, sin atreverse a acercarse ni tocarlos, sino temerosos y temblorosos por ellos, les entregan otros. Algo así, digo, es el caso de los ricos, cuando han encerrado su riqueza en sus tesoros como si fuera una bestia salvaje, y día a día reciben de ella innumerables heridas; en esto último a diferencia de las bestias, ya que, cuando las sacas, entonces, y sólo entonces, hieren a quienes las encuentran; pero esto, cuando está encerrado y preservado, destruye a sus poseedores y acaparadores. Pero domestiquemos a esta bestia. Y será domada si no la encerramos, sino que la entregamos a todos los necesitados. Así cosecharemos de esta parte las mayores bendiciones, tanto viviendo en la vida presente con seguridad y una buena esperanza, como en el día venidero con valentía, al cual todos podemos llegar por la gracia y la misericordia de Jesucristo.
HOMILÍA 36
I
No seáis niños en el modo de pensar. Sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar
Pablo adopta aquí un estilo más vehemente, pero la reprimenda hacia los corintios sigue siendo profusa, asimilándolos en este caso a los niños sin un maduro uso de razón. En efecto, así como los niños suelen mirar con asombro las nimiedades y dejarse llevar, sin ser capaces de admirar las cosas más importantes, así también achaca Pablo a los poseedores del don de lenguas creer tenerlo todo, cuando en realidad se trata del más bajo de todos los dones de Dios. De ahí que Pablo les diga "no seáis niños", a forma de decir: No seáis insensibles donde debéis ser considerados, sino sed como niños y sencillos donde hay injusticia, vanagloria y orgullo. En efecto, quien es un niño en la maldad también debe ser sabio. Pues así como la sabiduría con la maldad no sería sabiduría, así también la simplicidad con la necedad no sería simplicidad, siendo necesario tanto en la simplicidad evitar la necedad, como en la sabiduría la maldad. Porque así como ni las medicinas amargas ni las dulces en exceso son buenas, tampoco la simplicidad por sí sola, ni la sabiduría; y por eso Cristo, al exhortarnos a mezclar ambas, dijo: "Sed prudentes como serpientes y sencillos como palomas" (Mt 10,16). Pero ¿qué es ser un niño en la maldad? Esto mismo: ni siquiera saber qué es la maldad. Sí, y esto fue lo que quiso que fueran los corintios, sobre todo cuando les dijo: "Se oye que hay fornicación entre ustedes" (1Cor 5,1), no diciendo "ya está hecho" sino "se oye, " como si dijera: No ignoren el asunto, pues ya se ha oído. Yo digo que él quería que ambos fueran hombres y niños; uno en la maldad, pero el otro en la sabiduría. Porque así también el hombre puede llegar a ser hombre, siendo también niño; pero mientras no sea niño en la maldad, tampoco será hombre. Porque el malvado, en lugar de ser maduro, será un necio.
En la ley está escrito: "En lenguas extrañas y por labios extraños hablaré a este pueblo, y por ello no me escucharán"
En concreto, tal frase no está escrita en la Torah (la ley judía), mas como dije antes, Pablo siempre llama ley a todo el Antiguo Testamento, tanto a los profetas como a los libros históricos. En este caso, presenta el testimonio del profeta Isaías, que ya en su época subestimaba el don de lenguas por su extrañeza. La expresión señala que ni siquiera el milagro resulta suficiente para asombrar a los hombres, y que si éstos no creen no lo hacen por culpa de la señal en sí, sino por la forma de presentarla e interpretarla (en el primer caso, responsabilidad de Isaías, y en el segundo de los hombres incrédulos). ¿Y por qué otorgó Dios tal don, si no iban a creer? Por esto mismo: para dejar claro que Dios lo ponía todo de su parte. Habiendo demostrado, pues, que el don de lenguas no resulta de gran utilidad, añade lo siguiente.
II
Las lenguas son una señal para los incrédulos, no para los creyentes. La profecía es la señal para los creyentes, no para los incrédulos. Si toda la Iglesia se reúne, y todos hablan en lenguas, y entran hombres incrédulos, ¿no dirán que estáis locos? Si todos profetizan, y entra un incrédulo, por todos es reprendido y por todos es juzgado. Así se manifestarán los secretos de su corazón, y caerá sobre su rostro y adorará a Dios, declarando que verdaderamente Dios está entre vosotros
Grande es la dificultad que parece surgir en este pasaje, a partir de lo que se dice. En efecto, si las lenguas "son una señal para los incrédulos", ¿cómo puede ser que "si los incrédulos te ven hablando en lenguas, dirán que estás loco"? Y si la profecía no es para los incrédulos, sino para los creyentes, ¿cómo se beneficiarán también los incrédulos? La segunda cuestión está clara: porque el profeta reprende al incrédulo, y hace que sea juzgado por todos. Respecto a la primera cuestión, podría decir esto: que la lengua parece mucho antes que la profecía, y no tiene sostén por sí misma, y por eso el incrédulo acaba ridiculizándola. Si las lenguas son una señal para los incrédulos, pero la profecía para los creyentes, lo que atrae a los forasteros y hace de la familia, es mayor que lo que regula a los de la familia. ¿Cuál es entonces el significado de esa expresión? Nada difícil ni oscuro, ni contrario a lo dicho anteriormente, sino más bien muy agradable a ella, si prestamos atención, a saber: que la profecía es adecuada para ambos, pero la lengua no. Por lo tanto, habiendo dicho de la lengua, es para una señal, añade "no para los creyentes, sino para los incrédulos", y para ellos para una señal (es decir, para asombro, no tanto para instrucción). Pero en el caso de la profecía también, dice alguien, hizo exactamente lo mismo, diciendo "profetizar no sirve para los incrédulos, sino para los creyentes". Porque el creyente no tiene necesidad de ver una señal, sino que solo requiere enseñanza y catequización. ¿Cómo dices entonces, dice él, que la profecía es útil para ambos, cuando Pablo dice 'no para los incrédulos, sino para los creyentes'? Si examinas con atención, entenderás lo que se dice. Porque él no dijo que la profecía "no es útil" para los incrédulos, sino "no es una señal". Así pues, igual que la lengua no es de ninguna manera útil para los creyentes (porque su único trabajo es asombrar y confundir), la palabra señal sí es una de aquellas que pueden ser útil, sobre todo de dos maneras: o bien "para bien" (Sal 86,17), o bien "para muchos" (Sal 71,7). Para mostrarles que introdujo el término señal aquí, no como algo que, por supuesto, hiciera algún bien, añadió lo que resultó de ello. ¿Y qué era esto? Dirán, dice él, que "estás loco". Esto, sin embargo, no se debe a la naturaleza de la señal, sino a su necedad. Pero cuando oigan hablar de incrédulos, no supongan que se refiere a las mismas personas en todos los casos, sino a veces a los que padecen enfermedades incurables y permanecen sin corrección, y a veces a los que pueden cambiar; como quienes en los tiempos de los apóstoles admiraban las maravillas de Dios que oían; como en el caso de Cornelio. Su significado, en consecuencia, es éste: que la profecía es útil tanto para los incrédulos como para los creyentes; en cuanto a la lengua, cuando la oyen los incrédulos e inconsiderados, en lugar de aprovecharse de ella, más bien se burlan de quienes la pronuncian como locos. Porque, de hecho, para ellos es sólo una señal (es decir, para asombrarlos meramente), mientras que quienes tenían entendimiento también solían aprovecharse de ello, con miras a lo cual se dio la señal. Así como entonces no solo hubo quienes los acusaron de embriaguez, sino que muchos también los admiraron por relatar las maravillosas obras de Dios. Parece entonces que los burladores eran aquellos sin entendimiento. Por lo tanto, Pablo no dijo simplemente "dirán que están locos", sino "sin letras e incrédulos". Pero la profecía no es sólo una señal, sino también apropiada y útil para la fe y para el provecho de ambas clases. Y esto, si bien no directamente, sí lo explicó con mayor claridad en la continuación, diciendo que "es reprendido por todos", y: "Si todos profetizan, y entra un incrédulo o un ignorante, es reprendido por todos, y así se manifiestan los secretos de su corazón; y entonces se postrará y adorará a Dios, declarando que Dios está verdaderamente entre ustedes". De modo que no sólo en esto es mayor la profecía, en su utilidad para cada clase, sino también en su atracción hacia los incrédulos más desvergonzados. Pues no fue la misma maravilla cuando Pedro convenció a Safira, lo cual fue una obra profética, y cuando habló en lenguas; pero en el primer caso todos se encogieron en sí mismos; mientras que, cuando habló en lenguas, se le atribuyó el mérito de estar incluso fuera de sí.
III
Habiendo dicho Pablo que el don de lenguas no aprovechaba, y matizando de nuevo esta afirmación al dirigir la acusación contra los judíos, procede a indicar que incluso causa daño. Alguno podría preguntar: ¿Y para qué concedió Dios este don, entonces? Y yo les respondo: Para que pudiera ser interpretado, ya que sin dicha lengua no podría llegarse a personas carentes de entendimiento. No obstante, eso no es motivo per se para la conversión de dichas personas. De hecho, los apóstoles fueron tachados de estar borrachos cuando empezaron a hablar en lenguas en Pentecostés, y los incrédulos dijeron: "Estos hombres están llenos de vino" (Hch 2,13). Como se ve, la culpa no es de la señal, sino de la torpeza para ser interpretado dicho don. Por eso añadió Pablo los apelativos de ignorantes e incrédulos, para mostrar que la culpa se debe a la ignorancia y a la falta de fe, esto último imputable a los incrédulos. Como ya dije antes, el objetivo de Pablo no es clasificar este don entre las cosas menospreciadas, pero sí entre las que no son de gran beneficio, y por ello buscar una solución a través de un solo intérprete. Como la mayoría no se fijaba en esto, sino que lo usaba para ostentación y rivalidad, esto es de lo que los aparta especialmente, insinuando que su crédito se ve perjudicado, atrayendo sobre sí la sospecha de locura. Esto es lo que Pablo intenta establecer continuamente, cuando quiere apartar a los hombres de algo: muestra que la persona sufre pérdidas respecto a las mismas cosas que desea. Y haz tú lo mismo: si quieres alejar a los hombres del placer, muestra que la cosa es amarga; si quieres retirarlos de la vanagloria, muestra que la cosa está llena de deshonra: así también solía hacerlo Pablo. Cuando quería apartar a los ricos de su amor al dinero, no sólo decía que la riqueza es algo dañino, sino también que arroja en tentaciones, porque "los que desean ser ricos caen en tentación" (1Tm 6,9). Así, puesto que parece librar de las tentaciones, le atribuye lo contrario de lo que los ricos suponían. Otros, de nuevo, se aferraban a la sabiduría que está fuera, como si con ella estableciera la doctrina de Cristo; él significa que no solo no da ninguna ayuda a la cruz, sino que incluso la anula. Se aferraban a ir a juicio ante extraños, pensando que era inapropiado ser juzgados por los suyos, como si los de fuera fueran más sabios: señala que ir a juicio ante los de fuera es vergonzoso. Se aferraban a lo ofrecido en sacrificio a los ídolos, como muestra de un conocimiento perfecto : insinúa que esto es señal de conocimiento imperfecto, no saber cómo actuar en lo que concierne al prójimo. Así también aquí, dado que estaban obsesionados con este don de lenguas, por su amor a la gloria, señala que esto, por otro lado, más que nada, les acarrea vergüenza, no solo privándolos de gloria, sino también involucrándolos en la sospecha de locura. Pero no lo dijo de inmediato, sino que, habiendo hablado muchas cosas antes, cuando había hecho aceptable su discurso, introduce ese tema tan contrario a su opinión. Esto, de hecho, no es más que la regla común: quien pretende sacudir a fondo una opinión arraigada y convencer a los demás de que la contradiga, no debe afirmar de inmediato lo contrario; de lo contrario, resultará ridículo a los ojos de quienes están preocupados por la convicción contraria. Porque aquello que está muy fuera de lo esperado no puede ser fácilmente aceptado desde el principio, sino que primero hay que socavarlo bien con otros argumentos y luego darle el giro contrario. Así, por ejemplo, lo hizo al hablar del matrimonio, dado que muchos lo consideraban algo que brindaba tranquilidad, y él quería insinuar que abstenerse del matrimonio también lo era; si lo hubiera dicho de inmediato, no lo habría aceptado tan fácilmente. En cambio, ahora, tras haberlo mencionado después de muchos otros temas y haberlo introducido con precisión, conmovió profundamente a los oyentes. Esto también hizo con respecto a la virginidad. Pues, tras haber hablado mucho antes, y después de esto de nuevo, finalmente dice: "Os evito y quiero que estéis libres de preocupaciones" (1Cor 7,28-32). Esto, entonces, lo hace con respecto a las lenguas, mostrando que no solo privan de gloria, sino que también avergüenzan a quienes las poseen ante los ojos de los incrédulos. Pero la profecía, por el contrario, está libre de reproche entre los incrédulos y tiene gran credibilidad y utilidad. Porque nadie dirá, respecto a la profecía, que están locos; ni nadie se burlará de quienes profetizan; al contrario, se asombrarán y los admirarán. Porque es reprendido por todos, es decir, lo que tiene en su corazón se presenta y se muestra a todos: ahora bien, no es lo mismo que alguien entre y vea a uno hablando en persa y a otro en siríaco, y entre y escuche los secretos de su propia mente; que entre como tentador y con mala intención, o con sinceridad; o que haya hecho tal o cual cosa, y que otro haya planeado tal o cual cosa. Esto es mucho más terrible y más beneficioso que lo otro. Por esta razón, mientras que de las lenguas dice "están locos", no afirmando esto de sí mismo, sino del juicio de ellos, aquí se vale tanto del veredicto de los hechos como del de quienes son objeto del beneficio, pues "es reprendido por todos", y así "se manifiestan los secretos de su corazón", y así "se postrará y adorará a Dios", declarando que "Dios está verdaderamente en ustedes". ¿Ven que esto no admite dos interpretaciones? ¿Cómo en el primer caso se puede dudar de lo que se hace, y en ocasiones un incrédulo podría atribuirlo a la locura? Mientras que aquí no habrá tal cosa, sino que se maravillará y adorará, primero haciendo una confesión con sus obras, y luego también con sus palabras. Así también Nabucodonosor adoró a Dios, diciendo: "En verdad, tu Dios es el Dios que revela secretos, ya que pudiste revelar este secreto" (Dn 2,47). ¿Ves el poder de la profecía, cómo transformó a aquel salvaje, lo instruyó y lo introdujo a la fe?
IV
Cuando os reunís, que cada uno lleve un salmo, una enseñanza, una lengua, una revelación y una interpretación. Que todo se haga para edificación
Aporta aquí Pablo el fundamento y la regla del cristianismo. ¿Cuál? Ésta misma: la ayuda al prójimo. En efecto, así como es obra del artífice construir, así es obra del cristiano ayudar a su prójimo en todo. Pero como había menospreciado vehementemente el don, y para que éste no pareciera superfluo, tuvo el único fin de derribar su orgullo a través de esto: compararlo con los demás dones, diciendo: tiene un salmo, tiene una enseñanza, tiene una lengua. Pues antiguamente también solían componer salmos mediante un don y enseñar mediante un don. Sin embargo, que todos estos se enfoquen en una sola cosa (en la corrección del prójimo) no es algo que se haga a la ligera. De ahí que, si no vienes a edificar a tu hermano, ¿para qué vienes aquí? De hecho, no doy mucha importancia a la diferencia de los dones. Una cosa me preocupa, una cosa es mi deseo: hacer todo para edificación. Así también, quien tenga el don menor superará al que tenga el mayor, si este no falta. Sí, por lo tanto, los dones se otorgan para que cada uno sea edificado; pues a menos que esto ocurra, el don se convertirá más bien en la condenación del receptor. Pues, dime, ¿de qué sirve profetizar? ¿De qué sirve resucitar a los muertos si no hay nadie que se beneficie de ello? Pero si este es el fin de los dones, y si es posible lograrlo de otra manera sin dones, no te jactes de las señales, ni te lamentes a quien se le niegan los dones.
V
Si queréis hablar en lenguas extrañas, que lo hagan dos o tres a lo más, por turno y con un intérprete. Si no hay intérprete, callaos y hablad para vosotros mismos y para Dios
¿Qué dices ahora, oh Pablo? Tras haber hablado tanto de lenguas, y de lo inútil y superfluo que es este don, ¿ordenas de nuevo hablar en lenguas? No mando ni prohíbo, me diría él, como cuando dice: "Si alguno de los incrédulos os invita a una fiesta y estáis dispuestos a ir". Esto no lo dice imponiéndoles una ley, sino impidiéndoles ir. Lo mismo aquí, cuando dice: "Que hable consigo mismo y con Dios". Si no se resiste a callar, dice él, pero es tan ambicioso y vanidoso, que hable por sí mismo. Y así, al permitirlo, los reprimió y los avergonzó enormemente. Lo mismo hace en otro lugar, hablando de conversar con una esposa y diciendo: "Esto lo digo por vuestra incontinencia". Pero no habló así cuando hablaba de profecía. ¿Cómo, entonces? Así mismo: con un tono de mandato y legislación, aseverando: "Que hablen los profetas, dos o tres". En ningún momento busca intérprete, ni cierra la boca al que profetiza como en el punto anterior, diciendo: "Si no hay intérprete, que calle", porque "quien habla en lenguas no se basta a sí mismo". Por lo tanto, si alguno tiene ambos dones, que hable. Pero si no los tiene, pero desea hablar, que lo haga con la ayuda del intérprete. Pues el profeta es intérprete, pero de Dios; mientras que tú eres de los hombres. Pero si no hay intérprete, que calle; pues nada debe hacerse superfluo, nada por ambición. Sólo que hable para sí mismo y para Dios (es decir, mentalmente), o en voz baja y sin ruido (si quiere hablar). Porque este no es ciertamente el tono de quien promulga una ley, sino el de quien los avergüenza aún más con su permiso (como cuando dice "si alguno tiene hambre, que coma en casa") y, aparentando dar permiso, los afecta con esto aún más duramente. Porque no os reunís para esto, ni para demostrar que tenéis un don, sino para "edificar a los oyentes", sobre lo cual también dijo antes: "Hágase todo para edificación".
VI
Si quieren hablar los profetas, que hablen dos o tres, y que los demás disciernan
Alguno dirá: ¿Y cómo es esto?, pues también afirma Pablo que la profecía es suficiente en sí misma, al permitir juzgar al incrédulo. Y yo le digo: Sí, ciertamente es suficiente, y por eso no tapó Pablo la boca del profeta (como sí lo hizo al hablador de lenguas). No obstante, también es necesario el discernimiento de este don, para que ningún adivino se interpusiera entre ellos. Porque también de esto al principio les advirtió que tuvieran cuidado, cuando introdujo una distinción entre adivinación y profecía, y ahora les ordena que discriminen y espíen el asunto, para que ningún maestro satánico pueda entrar en secreto.
Si a alguno se le ocurre una revelación, que los demás guarden silencio. Todos podéis profetizar uno por uno, para que todos aprendan y todos sean consolados
¿Qué puede significar esto? Esto mismo: que si cuando profetizas, y estás hablando, el espíritu de otro lo incita, guardes silencio de ahí en adelante. Pues lo que dijo en el caso de las lenguas, también aquí exige que se hagan por turnos, sólo que de una manera más divina. De hecho, Pablo no usó la expresión "por turnos", sino "si se hace una revelación a otro". Pues ¿qué necesidad había de que, cuando el segundo fuera impulsado a profetizar, el primero hablara? ¿Debían entonces ambos? No, esto sería profano y crearía confusión. ¿Debía el primero? Esto también estaría fuera de lugar. Pues con este fin, cuando uno hablaba, el Espíritu movía al otro, para que también dijera algo. Así pues, consolando al que había sido silenciado, dice: "Todos pueden profetizar, uno por uno, para que todos aprendan y todos sean consolados". ¿Ven cómo nuevamente explica la razón por la que hace todo? Porque si al que habla en lenguas le prohíbe hablar cuando no tiene intérprete, por su ineficacia; razonablemente también ordena restringir la profecía, si no tiene esta cualidad, sino que crea confusión, perturbación y un tumulto inoportuno.
VII
Los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas, porque Dios no es Dios de confusión sino de paz, como enseño en todas las iglesias de los santos
¿Ven cómo avergonzó Pablo a los corintios, con seriedad y temor? Sobre todo para que no contendieran por los dones de Dios. De ahí que el apóstol dijese que el don estaba sujeto, y que por espíritu se refiriera a su funcionamiento, y que si el espíritu "está sujeto", mucho más lo ha de estar su poseedor, y no utilizarlo con injusticia o contenciosamente. ¿Ven con cuántas razones induce al silencio y apacigua Pablo a los corintios, en el acto de ceder ante el otro? Por una, y la principal, que no se quedó callado ante tal procedimiento; porque "todos pueden profetizar, uno por uno". Por otra, que esto le parece bien al Espíritu mismo; porque los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas. Además, que esto es conforme a la mente de Dios; porque "Dios no es un Dios de confusión, sino de paz"; y por una cuarta, que en todas partes del mundo esta costumbre prevalece, y no se les impone nada extraño. Porque así, dice él, enseño en todas las Iglesias de los santos. ¿Qué puede ser ahora más terrible que estas cosas? Pues en verdad la Iglesia era un cielo entonces, el Espíritu gobernando todas las cosas, moviendo a cada uno de los gobernantes e inspirándolo. Pero ahora sólo conservamos los símbolos de esos dones. Porque ahora también hablamos dos o tres, y a su vez, y cuando uno calla, otro empieza. Pero estos son solo signos y recordatorios de aquellas cosas. Por lo tanto, cuando comenzamos a hablar, el pueblo responde, con tu Espíritu, indicando que antaño solían hablar así, no por su propia sabiduría, sino movidos por el Espíritu. Pero no es así ahora, pues la Iglesia actual es como una mujer que ha caído de sus antiguos días de prosperidad, y en muchos aspectos sólo conserva los símbolos de esa antigua prosperidad; exhibiendo, en efecto, los depósitos y cofres de sus ornamentos de oro, pero desprovista de su riqueza: a tal se asemeja la Iglesia actual. No digo esto con respecto a los dones, pues no sería nada maravilloso si fuera sólo esto, sino también con respecto a la vida y la virtud. Así, la lista de sus viudas y el coro de sus vírgenes adornaban entonces las iglesias; pero ahora está desolada y vacía, y solo quedan las señales. Es cierto que ahora hay viudas, y también vírgenes; pero no conservan el adorno que deberían tener las mujeres que se preparan para tales luchas. Pues la distinción especial de la virgen es preocuparse únicamente por las cosas de Dios y esperar en él sin distracciones; y la característica de la viuda también debería ser no tanto el no contraer un segundo matrimonio, sino otras cosas: la caridad hacia los pobres, la hospitalidad, la perseverancia en la oración, todas esas otras cosas que Pablo, escribiendo a Timoteo, exige con gran exactitud. También podemos ver a las mujeres casadas exhibiendo entre nosotros gran decoro. Pero esto no es lo único que se requiere, sino más bien esa atención diligente a los necesitados, por la que brillaron con más fuerza aquellas mujeres de antaño. No como la generalidad actual. Porque entonces, en lugar de oro, estaban vestidos con el hermoso atuendo de las limosnas, pero ahora, habiendo dejado esto, están adornados por todos lados con cordones de oro tejidos con la cadena de sus pecados. ¿Hablaré de otro depósito también desprovisto de su esplendor hereditario? Todos se reunían en la antigüedad y cantaban salmos en común. Esto también hacemos ahora: pero entonces entre todos había una sola alma y un solo corazón; pero ahora no se ve esa unanimidad en una sola alma, pues la guerra es grande por doquier. Por eso ruega Pablo por la paz, para todos y para el que preside la Iglesia, y en él el tema de la paz es frecuente, aunque hoy no se encuentre en ninguna parte.
VIII
En aquel tiempo, las casas eran iglesias, mientras que ahora las iglesias tienen su propio edificio, y están peor cuidadas. En efecto, en una casa particular se puede ver mucho orden, ya que la dueña de la casa está sentada en su silla con toda decoro, y las doncellas tejen en silencio, y cada una de las criadas tiene su tarea asignada. En cambio, en nuestras iglesias abiertas al público se tiene que sufrir el tumulto, la confusión, y nuestras reuniones no difieren en nada de una vinatería, llena de carcajadas y alboroto. En este sentido, nuestras iglesias actuales se parecen más a los baños y los mercados (donde el clamor y el tumulto son universales) que a un edificio privado y cuidado. Con todo, espero que estas cosas sólo existan aquí, y que en otros lugares no se permita ni siquiera dirigirse al vecino en la iglesia, ni siquiera si se ha recibido a un amigo ausente durante mucho tiempo, pero estas cosas se hacen sin ellas, y con mucha propiedad. Porque la Iglesia no es una barbería ni una perfumería, ni ningún otro almacén en el mercado, sino un lugar de ángeles, un lugar de arcángeles, un palacio de Dios, el cielo mismo. Así como si alguien hubiera abierto el cielo y te hubiera traído allí, aunque vieras a tu padre o a tu hermano, no te atreverías a hablar; así tampoco aquí se debe emitir ningún otro sonido que no sean estos espirituales. Porque, en verdad, las cosas de este lugar también son un cielo. Y si no lo crees, contempla esta mesa, recuerda para quién está preparada y por qué: considera quién es el que viene aquí; tiembla de asombro incluso antes de tiempo. Porque así, cuando uno ve solo el trono de un rey, en su corazón se eleva, esperando la llegada del rey. Y en consecuencia, estremece de asombro incluso antes de ese momento emocionante: levántate, y antes de ver los velos descorrerse y el coro de ángeles marchando, asciende al mismísimo cielo. Pero el profano desconoce estas cosas. Pues bien, es necesario, con vistas a él, introducir también otros temas. Pues no le faltarán razones capaces de despertarlo y elevarlo. Tú, pues, que no sabes estas cosas, cuando oigas al profeta que dice: Así dice el Señor: Deja la tierra, sube tú también al cielo, considera quién es el que habla contigo por medio de él. Pero como están las cosas, por un bufón que mueve risas o por una mujer ramera y abandonada, se forma una tan vasta asamblea de espectadores, que escuchan en completo silencio lo que se dice. Si nadie guarda silencio, y tú estás presente, joven o viejo, repréndelo, y si no lo toma bien llama al diácono, hasta que no haya tumulto, ni gritos, ni el más mínimo ruido. ¿Por qué? Porque cuando Dios habla desde el cielo, sobre temas tan terribles, nos comportamos más descaradamente que los perros, e incluso a las mujeres rameras les rendimos mayor respeto que a Dios. ¿Te pone los pelos de punta que te digan estas cosas? Pues mejor, que se te pongan los pelos de punta cuando las hagas.
IX
Sobre lo que dijo Pablo a quienes despreciaban a los pobres y festejaban solos ("¿acaso no tienen casas donde comer y beber? ¿O desprecian la Iglesia de Dios y avergüenzan a los que no tienen?"; 1Cor 11,22), permítanme decir lo mismo de quienes causan disturbios y mantienen conversaciones en este lugar. ¿Qué? ¿Acaso no tienen casas donde entretenerse? ¿O desprecian la Iglesia de Dios y corrompen incluso a quienes desean ser modestos y tranquilos? Pero es dulce y placentero para ustedes conversar con sus amigos. No lo prohíbo, pero que se haga en casa, en el mercado, en los baños. Porque la iglesia no es un lugar de conversación, sino de enseñanza. Pero ahora no difiere del mercado; es más, si no es una palabra demasiado atrevida, tal vez, ni siquiera del escenario; de esta manera, las mujeres que se reúnen aquí se adornan con mayor desenvoltura que las impúdicas que se encuentran allí. En consecuencia, vemos que incluso aquí muchos libertinos se dejan seducir por ellas; y si alguien intenta o pretende corromper a una mujer, supongo que no hay lugar más adecuado que la iglesia. Y si hay que vender o comprar algo, la iglesia parece más conveniente que el mercado. Porque sobre estos temas también se habla más aquí que en las propias tiendas. O si alguien desea decir o escuchar algún escándalo, encontrará que también se escucha aquí más que en el foro exterior. Y si desea oír algo sobre asuntos políticos, o sobre los asuntos de las familias, o del campamento, no vaya al tribunal ni se siente en la botica; porque aquí, digo, están quienes informan de todas estas cosas con mayor precisión; y nuestras asambleas son cualquier cosa menos Iglesia. ¿Será que te he tocado en lo más profundo? Por mi parte, creo que no. Pues mientras sigas con las mismas prácticas, ¿cómo puedo saber que te ha conmovido lo que se ha dicho? Por lo tanto, me veo obligado a tratar los mismos temas de nuevo. ¿Deben entonces soportarse estas cosas? ¿Deben soportarse estas cosas? Nos fatigamos y nos distraemos cada día para que no se vayan sin haber aprendido algo útil; y ninguno de ustedes sale beneficiado, sino más bien perjudicado. Sí, y se reúnen para juicio, sin excusa para su pecado, y expulsan a los más modestos, perturbándolos con sus necedades por doquier. Pero ¿qué dice la multitud? Alguno dice: No oigo lo que se lee, ni sé qué son las palabras que se dicen. Y yo le digo: Porque causas tumulto y confusión, y no vienes con un alma reverente, y por esta misma razón debes prestar atención. Pero si ni siquiera la oscuridad te conmueve, mucho más si las cosas estuvieran claras las apresurarías. Sí, esta es la razón por la que ni todo es claro, para que no caigas en la indolencia; ni oscuro, para que no caigas en la desesperación. Y mientras que aquel eunuco y bárbaro (Hch 8,20) no dijo nada de esto, sino que, rodeado como estaba de una multitud de asuntos tan importantes y en su viaje, tenía un libro en sus manos y leía: ¿ustedes, abundando en maestros y teniendo otros que les lean en privado, me alegan sus excusas y pretextos? ¿No saben lo que se dice? ¿Por qué, entonces, oran para poder aprender? Pero ciertamente es imposible ser ignorante de todas las cosas. Porque muchas cosas son por sí mismas evidentes y claras. Y además, incluso si lo ignoran todo , aun así deben estar tranquilos, no para molestar a los que están atentos; para que Dios, aceptando su tranquilidad y su reverencia, aclare también las cosas oscuras. Pero ¿no pueden ustedes estar en silencio? Pues bien, salgan, para no convertirse también en una molestia para los demás. Porque en verdad debería haber siempre una sola voz en la iglesia, así como hay un solo cuerpo. Por lo tanto, tanto el que lee pronuncia su voz sola, como el obispo mismo se contenta con permanecer en silencio; y el que canta, que cante solo; y aunque todos respondan, la voz emana como de una sola boca. Y el que pronuncia una homilía la pronuncia solo. Pero cuando hay muchos conversando sobre temas tan diversos, ¿por qué los molestamos sin provecho? Si no pensaran que solo los molestamos sin provecho, no hablarían de cosas sin importancia en medio de nuestra charla sobre asuntos tan importantes.
X
Por lo tanto, hermanos, no sólo en vuestra conducta, sino también en vuestra propia valoración de las cosas, hay gran perversión. Buscáis con ansias lo superfluo y, abandonando la verdad, perseguís toda clase de sombras y sueños. ¿No son todas las cosas presentes sombras y sueños, y peores que una sombra? Pues ambos, antes de aparecer, se desvanecen; y antes de desaparecer, causan muchos problemas, incluso más que placeres. Que alguien adquiera en este mundo y entierre bajo tierra tanta riqueza, pero al anochecer, desnudo, partirá de aquí, y no es de extrañar. Pues quienes son ricos solo en sueños, al levantarse de su lecho, no tienen nada de lo que parecían tener mientras dormían. Así también son los ávidos de ganancias. O mejor dicho, no lo son, sino que se encuentran en una condición mucho peor. Pues quien sueña con ser rico, ni tiene el dinero que creía tener, ni se descubre que esta fantasía le haya causado ningún otro daño al despertar, sino que se ve privado de sus riquezas y tiene que partir, cargado con los pecados que de ellas surgen; y, al haber disfrutado su riqueza sólo de una fantasía, los males resultantes ya no los ve en la imaginación, sino en la realidad misma de las cosas; y su placer estaba en sueños, pero el castigo que le sobreviene ya no es un sueño, sino una experiencia real. Más aún, incluso antes de ese castigo, incluso aquí paga la pena más severa, pues al acumular su riqueza, le acarrean innumerables tristezas, ansiedades, acusaciones, calumnias, tumultos y perturbaciones. Para que seamos liberados tanto de los sueños como de los males que no existen en ellos, en lugar de la codicia, elijamos la limosna; en lugar de la rapiña, la misericordia con la humanidad. Así alcanzaremos los bienes presentes y futuros, por la gracia y la misericordia de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 37
I
Que las mujeres callen en las congregaciones, pues no les está permitido hablar. Que estén sujetas, como dice la ley
Habiendo apaciguado Pablo la perturbación tanto de las lenguas como de las profecías, y habiendo promulgado una ley para prevenir la confusión (que establecía que quienes hablaban en lenguas debían hacerlo por turnos, y que quienes profetizaban debían callar cuando otro comenzara), a continuación procedió al desorden surgido de las mujeres, cortando su inoportuna audacia al hablar, y esto muy oportunamente. Porque si a quienes tienen los dones no se les permite hablar sin consideración, ni cuando quieran, y esto, aunque sean movidos por el Espíritu; mucho menos a aquellas mujeres que parlotean ociosamente y sin propósito. Por lo tanto, reprimió su parloteo con mucha autoridad, y tomando la ley consigo, así les suturaba la boca; no simplemente exhortándolas o aconsejándolas, sino incluso imponiéndoles sus mandatos con vehemencia, mediante la recitación de una antigua ley sobre el tema. Porque habiendo dicho "que vuestras mujeres guarden silencio en las iglesias", y "no se les permite hablar", y "que esté en sujeción", añadió: "Como también dice la ley". ¿Y dónde dice la ley esto? Aquí mismo: en el Génesis, cuando dice "tu deseo será para tu marido, y él te dominará" (Gn 3,16). ¿Ves la sabiduría de Pablo, qué clase de testimonio adujo, uno que no solo les ordena silencio, sino también silencio con temor ; y con un temor tan grande como el que una sirvienta debe guardar silencio? Por lo tanto, habiendo dicho él mismo que no les está permitido hablar, añadió no, sino callar, sino que en lugar de callar, estableció lo que es más, a saber: estar en sujeción. Y si esto es así con respecto a los esposos, mucho más con respecto a los maestros, los padres y la asamblea general de la Iglesia. Pero si ni siquiera deben hablar, dice alguien, ni hacer una pregunta, ¿con qué fin deben estar presentes? Para que puedan escuchar lo que deben; pero los puntos que se les pregunten, que los aprendan en casa de sus esposos.
Si las mujeres quieren aprender algo, que lo pregunten en casa a sus maridos
Aquí no sólo no prohíbe Pablo a las mujeres hablar al azar en las asambleas, sino siquiera hacer preguntas. Ahora bien, si no deben hacer preguntas, mucho más es contrario a la ley que hablen a su antojo. ¿Y cuál puede ser la causa de que las someta a tanta sujeción? Porque la mujer es, en cierto modo, un ser más débil, fácilmente arrebatable y de mente frívola. Aquí se ve por qué puso a sus maridos como maestros, para beneficio de ambos. Así, mantuvo Pablo a las mujeres ordenadas y a los maridos ansiosos, por tener que comunicar a sus esposas con exactitud lo que oían. Además, como consideraban que esto era un adorno para ellas, me refiero a su hablar en público, de nuevo revierte el discurso al punto opuesto, diciendo: "Es vergonzoso que una mujer hable en la Iglesia". Es decir, primero lo dedujo de la ley de Dios, luego de la razón común y de nuestra costumbre recibida; incluso cuando conversaba con las mujeres sobre el cabello largo, dijo: "¿Acaso la naturaleza misma no les enseña esto? " (1Cor 11,14). Y en todas partes pueden encontrar que esta es su manera, no solo de las divinas Escrituras, sino también de la costumbre común, de avergonzarlas.
II
¿Qué? ¿Salió la palabra de Dios? ¿O te llegó sólo a ti?
Además de lo anterior, también avergüenza Pablo a los corintios al considerar lo que todos acordaron y lo que en todas partes se prescribió, tanto disminuyendo la perturbación por la consideración de la novedad de la cosa, como por la voz general haciendo aceptable su dicho. Sobre esto, ya en parte dijo: "¿Quién os recordará que mis caminos que son en Cristo, así como enseño en todas partes en todas las iglesias?" (1Cor 4,17), y: "Dios no es un Dios de confusión, sino de paz, como en todas las iglesias de los santos" (1Cor 14,33). Y aquí, ¿qué? ¿Fue de vosotros que salió la palabra de Dios? ¿O llegó a vosotros solos? es decir, ni primeros ni solos sois creyentes, sino todo el mundo. Lo cual también, escribiendo a los colosenses, dijo: "Así como está dando fruto y creciendo en todo el mundo" (Col 1,6), refiriéndose al evangelio. Pero también lo usa en otra ocasión para animar a sus oyentes, como cuando dice que sus primicias fueron manifiestas a todos. Así, escribiendo a los tesalonicenses, dijo: "De vosotros ha circulado la palabra de Dios, y en todas partes vuestra fe en Dios se ha extendido" (1Ts 1,8). Igualmente, escribiendo a los romanos dijo: "Vuestra fe se proclama por todo el mundo". En el caso de los corintios, éstos tienden a avergonzar y provocar, tanto el ser elogiados por otros como el tener a otros participantes en su juicio, y de ahí que les diga Pablo: "¿Qué? ¿Fue de vosotros que salió la palabra de Dios? ¿O llegó sólo a vosotros? Porque tampoco podéis decir esto", a forma de decir: Fuimos hechos maestros para los demás, y no puede ser correcto que aprendamos de otros, así como tampoco la fe permaneció sólo en este lugar, y no deben aceptarse precedente de otros. ¿Veis con cuántos argumentos los avergonzó? Introdujo la ley, significó la vergüenza del asunto, hizo avanzar a las demás iglesias.
III
Dios ordena estas cosas, en este momento y por medio de mí. Así que, si alguno se cree profeta o espiritual, que conozca las cosas que os escribo, que son mandamientos del Señor. Si alguno es ignorante, que sea ignorante
Como se ve, lo más fuerte de todo lo pone Pablo al final. ¿Y por qué añadió esto? Por esto mismo: para insinuar que no está usando violencia ni contienda, ni desea establecer sus propios asuntos, sino apuntar a lo que es provechoso para los demás. Por lo cual también en otro lugar dice: "Si alguno parece ser contencioso, no tenemos tal costumbre" (1Cor 11,16). Pero no hace esto en todas partes, sino sólo donde las ofensas no son muy grandes, y más bien como para avergonzarlos. Por ejemplo, cuando habla de otros pecados, no habla así, sino que dice: "Ni los fornicarios, ni los afeminados, heredarán el reino de Dios" (1Cor 6,9-10), y: "Yo, Pablo, os digo que si recibís la circuncisión, Cristo no os aprovechará de nada" (Gál 5,2). Aquí, dado que su discurso fue de silencio, no los arremete con mucha vehemencia, atrayéndolos aún más por esto mismo. Luego, como suele hacer siempre, vuelve al tema anterior del cual se desvió para decir estas cosas, y retoma su discurso de la siguiente manera.
Procurad profetizar, y no impidáis el hablar lenguas
Pablo había implantado en Corinto la costumbre de resolver no sólo los problemas que tenían ante sí, sino también, a partir de ahí, corregir lo que pudiera ser afín, para no parecer desviarse del tema. Así, cuando hablaba de su concordia en los banquetes, se desvió hacia su comunión en los misterios, y habiéndolos avergonzado desde allí, vuelve de nuevo a lo anterior, diciendo: "Cuando se reúnan a comer, espérense unos a otros" (1Cor 11,33). Aquí, en consecuencia, tras haber hablado del buen orden en sus dones y de la obligación de no desfallecer en lo menor ni envanecerse por lo mayor, tras haber hecho una incursión en la sobriedad propia de las mujeres y haberla establecido, vuelve a su tema, diciendo: "Anhelen profetizar, y no prohíban hablar en lenguas". ¿Ven cómo conservó hasta el final la diferencia entre ambos, y cómo indica que uno es muy necesario, y el otro no tanto? En efecto, del uno dice "anhelen profetizar", y del otro "no prohíban".
IV
Que todo se haga decentemente y con orden
A forma de resumen, da Pablo aquí un golpe a quienes optan por comportarse indecorosamente sin causa (incurriendo en la imputación de locura) y a quienes no mantienen su propio orden. En efecto, nada edifica tanto como el buen orden, la paz o el amor; incluso cuando sus contrarios tienden a derribarlo. Y no solo en lo espiritual, sino también en todo lo demás, se puede observar esto. Así, ya sea en una danza, en un barco, en un carro o en un campamento, si se confunde el orden y se expulsa a los mayores de su lugar, se coloca a los menores en su lugar, se destruye todo, y así las cosas se trastocan. No destruyamos, pues, nuestro orden, ni pongamos la cabeza abajo y los pies arriba: esto se logra cuando derribamos la recta razón y colocamos nuestros deseos, pasiones y placeres sobre la parte racional: de donde surgen violentas olas, grande la confusión e intolerable la tempestad, envolviéndolo todo en la oscuridad. Y si quieren, examinemos primero la indecorosidad que surge de esto, y luego la pérdida. ¿Cómo podemos entonces comprender esto con claridad y profundidad? Imaginemos a un hombre en esa situación, enamorado de una ramera y dominado por una pasión deshonrosa; y entonces veremos la burla a la que se convierte. En efecto, ¿qué puede ser más vil que un hombre vigilando las puertas de las habitaciones de las rameras, golpeado por una prostituta, llorando, lamentándose y convirtiendo su gloria en vergüenza? Y si quieren ver también la pérdida, recuerden, les ruego, el gasto de dinero, los riesgos extremos, las contiendas con amantes rivales, las heridas, los azotes recibidos en tales riñas. Así son también quienes se dejan llevar por la codicia de la riqueza. O mejor dicho, se comportan de forma más indecorosa. Pues mientras estos se preocupan por una sola persona, los codiciosos se afanan por igual en la fortuna de todos, pobres y ricos, y anhelan cosas que no lo son; algo que, sobre todo, denota el desenfreno de su pasión. Pues no dicen "quisiera la fortuna de tal o cual persona", sino que desean que las montañas, las casas y todo lo que ven sean de oro; y se van a otro mundo, y sienten esta pasión desbordante, sin cesar en ningún momento su codicia. ¿Qué discurso puede presentarnos la tempestad de esos pensamientos, las olas, la oscuridad? Y donde las olas y la tempestad son tan grandes, ¿qué placer puede haber? No hay ninguno, sino sólo tumulto, angustia y nubes negras que, en lugar de lluvia, traen gran tristeza al corazón: lo que suele ocurrir en el caso de quienes se enamoran de una belleza que no es la suya. Por lo cual aquellos que no tienen ningún amor apasionado disfrutan más que cualquier amante.
V
A mí me parece que, quien ama, pero reprime su pasión, vive más placenteramente que quien disfruta continuamente de su amante. Aunque probar esto sea bastante difícil, aun con todo me aventuro a desgranar el argumento. Para mí, la causa de la mayor dificultad no es la naturaleza del asunto, sino la falta de oyentes idóneos para esta alta moralidad. Así pues, ¿es más placentero, dime, para el amante ser despreciado por su amada, o ser honrado y menospreciarla? Evidentemente, esto último. ¿A quién, entonces, dime, valorará más la ramera? ¿A quien es esclavo suyo, y ya está cautivo a su voluntad, o a quien está por encima de sus redes y vuela más alto que sus flechas? Todo el mundo debe ver esto último. ¿Y en quién pensará más, en el caído, o en quien aún no lo está? En quien aún no lo está, por supuesto. ¿Y cuál será más objeto de deseo, el que está sometido o el que aún no ha sido conquistado? El que aún no lo ha sido. Y si no lo creen, les mostraré mi prueba con lo que ocurre en ustedes mismos. Así, ¿de qué mujer se enamoraría más un hombre: de una que se somete y se entrega fácilmente, o de una que se niega y le causa problemas? Evidentemente, de esta última, ya que así el anhelo se enciende con mayor vehemencia. Por supuesto, en el caso de la mujer también ocurrirá exactamente lo mismo. Y honrarán y admirarán más a quien los menosprecie. Pero si esto es cierto, también lo es lo otro: disfruta más quien es más honrado y amado. Porque también el general no toma la ciudad una vez tomada, sino que acosa con toda diligencia a la que se mantiene firme y resiste; y el cazador, cuando captura al animal, lo mantiene encerrado en la oscuridad, como la ramera a su amante, pero persigue al que huye de él. Pero me dirán que uno disfruta de su deseo, el otro no. Pero liberarse de la desgracia y de ser esclavo bajo sus tiránicas órdenes, no ser guiado y arrastrado por ella como un esclavo, golpeado, escupido, lanzado de cabeza; ¿consideras esto un placer pequeño, dime? No, si uno examinara con atención estas cosas y fuera capaz de reunir en una sola sus insultos, quejas, disputas eternas, algunas surgidas de su temperamento, otras de su libertinaje, sus enemistades y todo lo demás, tal como solo quienes las experimentan conocen, descubriría que no hay guerra que no tenga más treguas que esta miserable vida suya. ¿A qué placer te refieres entonces, dime? ¿Al disfrute temporal y breve de la relación? Pero esto rápidamente se apodera de la discordia, y de las tormentas, y de la furia, y de nuevo de la misma locura.
VI
Estas cosas han sido dichas por nosotros, hermanos, como si fuésemos esos jóvenes licenciosos que no se someten pacientemente a escuchar los discursos acerca del reino y del infierno. No obstante, vuelvo a plantear el tema: que no es siquiera posible describir cuán grande es el placer y la gloria del continente, y sus coronas, recompensas, conversación con los ángeles, proclamación ante el mundo, audacia y el resto de sus benditas e inmortales esperanzas. Pero el intercambio sexual tiene cierto placer: por ello lo repiten continuamente, mientras que el continente sufre constantemente el dolor de luchar contra la tiranía de la naturaleza. No, sino que se encontrará justo el resultado contrario. Pues esta violencia y tumulto se dan más bien en el impuro: hay en su cuerpo una violenta tempestad, y ningún mar en una tormenta es tan gravemente afligido como él; nunca resiste su pasión, pero siempre recibe golpes de ella; como los poseídos y los que son continuamente desgarrados por espíritus malignos . Mientras que el moderado, como un noble campeón que continuamente le da golpes, cosecha los mejores placeres, y más dulces que diez mil de esa clase; y esta victoria, su buena conciencia y esos ilustres trofeos, son adornos con los que continuamente se adorna. En cuanto al otro, si después de su encuentro tiene un pequeño respiro, no debe contarse como nada. Pues de nuevo llega la tormenta, y de nuevo hay olas. Pero quien se controla no permite que este tumulto lo domine en absoluto, ni que el mar se levante, ni que la fiera ruja. E incluso si soporta cierta violencia para contener tal impulso, también lo hace el otro, recibiendo continuamente golpes y puñaladas, incapaz de soportar el aguijón: y es como si hubiera un caballo salvaje furioso y forcejeando, y uno debiera frenarlo con las riendas y sujetarlo con toda habilidad; mientras que otro, cediéndole las riendas para escapar del problema, fue arrastrado por él y llevado de un lado a otro. Si he dicho estas cosas con más claridad de la que corresponde, que nadie me culpe. Pues no pretendo aparentar solemnidad con palabras serias, sino hacer que mis oyentes sean serios. Por eso, los profetas no escatiman palabras, queriendo extirpar el libertinaje de los judíos, sino que los arremeten con mayor crudeza que nosotros en lo que hemos dicho. Así, un médico que desea extirpar una úlcera no piensa en cómo mantener sus manos limpias, sino en cómo librar al paciente de ella; y quien exalta al humilde, primero se humilla a sí mismo; y quien busca matar al conspirador se mancha de sangre, lo mismo que al otro, y esto lo hace más brillante. Si uno ve a un soldado regresar de la guerra cubierto de sangre, sangre y sesos, no lo aborrecerá ni se alejará de él por ello, sino que lo admirará aún más. Así pues, cuando veamos a alguien regresar cubierto de sangre tras la muerte de su mal deseo, admirémoslo aún más y participemos de su batalla y victoria, y digamos a quienes se entregan a este amor desenfrenado: Muéstrennos el placer que les proporciona la lujuria. En efecto, el continente tiene lo que proviene de su victoria, pero tú no de ninguna parte. Pero si mencionas lo relacionado con el acto criminal, lo otro es más evidente y satisfactorio. Pues tú obtienes del goce algo breve y apenas aparente; pero él, de su conciencia, tiene un gozo mayor, duradero y más dulce. La compañía de una mujer ciertamente no tiene el poder del autocontrol para preservar el alma serena y darle alas. Pues bien, el hombre continente, como dije, nos muestra así su placer; pero en tu caso veo el abatimiento que surge de la derrota, pero no el placer, deseando ver. ¿Qué consideras tú el momento de placer? ¿El anterior a la acción criminal? No, no lo es, pues es un momento de locura, delirio y frenesí: rechinar los dientes y estar fuera de sí no es placer; y si lo fuera, no te produciría los mismos efectos que sufren quienes sufren. Pues quienes golpean con los puños y son azotados rechinan los dientes, y las mujeres en labor de parto, atormentadas por los dolores, hacen lo mismo. Así que esto no es placer, sino frenesí, confusión y tumulto. ¿Diremos entonces, el momento posterior a la acción? No, tampoco lo es. Porque tampoco podríamos decir que una mujer recién parida está en placer, sino liberada de ciertos dolores. Pero esto no es placer, sino debilidad y decadencia: y hay una gran diferencia entre ambos. ¿Cuál es entonces el tiempo del placer, dime? No lo hay. Pero si lo hay, es tan breve que ni siquiera es evidente. Al menos, tras haber buscado con celo de muchas maneras para detectarlo y comprenderlo, no hemos podido. Pero el tiempo del placer del hombre casto no es así, sino más amplio y evidente para todos. O mejor dicho, toda su vida transcurre en el placer, su conciencia coronada, las olas calmadas, sin perturbación alguna que surja en su interior. Así pues, puesto que la vida de éste es más en el placer, mientras que la vida gastada en el amor al placer es en el abatimiento y las inquietudes, huyamos del libertinaje, mantengamos la continencia, para que también obtengamos los bienes venideros, por la gracia y la misericordia de Jesucristo.
HOMILÍA 38
I
Os recuerdo, hermanos, el evangelio que os prediqué, el cual recibisteis y en el cual perseveráis, por el cual sois salvos
Habiendo terminado Pablo el discurso sobre los dones espirituales, pasa a lo más necesario de todo: el tema de la resurrección. Por lo que se ve, en esto también estaban muy enfermos los corintios. En los cuerpos humanos, cuando la fiebre se apodera de sus partes sólidas (es decir, los nervios, las venas y los elementos primarios), el mal se vuelve incurable, a menos que reciba mucha atención. De igual manera, el mal puede afectar a los elementos de la piedad. Por eso el discurso de Pablo se vuelve aquí grave, y no dejará su gravedad hasta el final. En efecto, en adelante su discurso no versará sobre moral, ni sobre fornicarios, avaros u otros con la cabeza cubierta, sino sobre el tema más capital de todos: la resurrección. Siendo ésta toda nuestra esperanza, el diablo se opuso vehementemente a este punto desde los inicios, y no cesó en tratar de subvertirla por completo o mostrarla como algo que en realidad no había pasado (2Tm 2,17-18). En cierta medida, los corintios también estaban tocados por este veneno diabólico, y en ocasiones decían que el cuerpo no resucita y que la purificación del alma es la resurrección. En definitiva, el demonio los persuadió a decir estas cosas, y no sólo para invalidar la resurrección sino también para demostrar que todo lo que se hizo por nosotros Jesucristo era una fábula. Si estuvieran convencidos de que no hay resurrección de cuerpos, gradualmente los habría persuadido de que Cristo tampoco resucitó. Y a su debido tiempo, también les añadiría que no había venido ni había hecho lo que hizo. Pues tal es la astucia del diablo. Por eso Pablo también la llama astucia, porque no indica inmediatamente lo que pretende hacer, por temor a ser detectado, sino que, disfrazándose con una máscara, fabrica otras; y como un enemigo astuto que ataca una ciudad amurallada, la socava secretamente desde abajo, para así ser difícilmente defendido y tener éxito en sus esfuerzos. Por lo tanto, al ser continuamente detectadas tales trampas por su parte, y al ser descubiertas estas astutas emboscadas por este admirable y poderoso hombre, dijo: "No ignoramos sus maquinaciones" (2Cor 2,11). Así también aquí despliega toda su astucia y señala todas sus estratagemas, y todo lo que desea lograr, Pablo nos lo presenta, repasándolo todo con gran exactitud. Sí, y por eso colocó este capítulo después del resto, tanto por ser extremadamente necesario como porque abarca toda nuestra condición. Y observen su reflexión: cómo, tras asegurar primero lo suyo, va más allá en su discurso, y silencia con creces a los de afuera. Ahora asegura lo suyo, no con razonamientos, sino con hechos que ya habían sucedido y que ellos mismos habían recibido y creído (algo que, sobre todo, los avergonzaría y los cautivaría). Si después de esto no estuvieran dispuestos a creer, ya no sería a Pablo, sino a ellos mismos a quienes descreerían; lo cual era una censura para quienes lo habían recibido de una vez por todas y habían cambiado de opinión. Por esta razón, comienza también desde aquí, dando a entender que no necesita otros testigos para probar su verdad, salvo a las mismas personas engañadas.
II
Para que lo que digo quede más claro, es necesario que, en lo que sigue, prestemos atención a las palabras de Pablo: "Les doy a conocer el evangelio que les prediqué". ¿Ven con qué modestia comienza? ¿Ven cómo desde el principio señala que no introduce nada nuevo ni extraño? Pues quien da a conocer lo que ya se sabía, pero que luego cayó en el olvido, lo da a conocer trayéndolo a la memoria. Y cuando los llamó hermanos, incluso desde ahí sentó las bases de una parte considerable de la prueba de sus afirmaciones. Pues por ninguna otra causa nos convertimos en hermanos, sino por la dispensación de Cristo según la carne. Y esta es precisamente la razón por la que los llamó así, a la vez que los consolaba y los cortejaba, y les recordaba sus innumerables bendiciones. Y lo que sigue a continuación demuestra lo mismo. ¿El qué? Esto mismo: el evangelio. Pues la suma de los evangelios tiene su origen, de ahí que Dios se haya hecho hombre, haya sido crucificado y haya resucitado. Este evangelio también lo predicó Gabriel a la Virgen, este también lo predicaron los profetas al mundo, este también lo predicaron todos los apóstoles. ¿Ven cómo se auto-proclama testigo de lo que se dijo? Y no dice "lo que oísteis", sino "lo que recibisteis", exigiéndoselo como una especie de depósito, y mostrando que no solo con palabras, sino también con hechos, señales y prodigios, lo recibieron y que debían conservarlo. A continuación, como hablaba de cosas del pasado, se refirió también al presente, diciendo: "En el cual también os encontráis, tomando ventaja de ellos para que la negación quedara fuera de su alcance, aunque nunca lo desearon tanto". Por eso al principio no dijo "os digo" sino "os hago saber" lo que ya se ha manifestado. ¿Y cómo dice que aquellos que fueron sacudidos por las olas se mantienen en pie? Finge ignorancia para beneficiarlos; lo cual también hace en el caso de los gálatas, pero no de la misma manera. Porque como en ese caso no podía simular ignorancia, formula su discurso de otra manera, diciendo: "Tengo confianza en el Señor respecto a ustedes, que no pensarán de otra manera" (Gál 5,10). No dijo que no pensaran de otra manera, porque su falta era reconocida y evidente, sino que responde por el futuro. Y sin embargo, esto también era incierto; pero era para atraerlos hacia él con mayor eficacia. Aquí, sin embargo, finge ignorancia, diciendo: «En lo cual también están de pie». Entonces viene la ventaja; por la cual también sois salvos, según las palabras que os prediqué. Así pues, esta exposición tiene como objetivo aclarar e interpretar la doctrina. Pues no necesitáis aprender la doctrina en sí, dice él, sino que "se os recuerde y se os corrija". Dice esto sin dejarles lugar a la imprudencia de una vez por todas. ¿Y con qué palabras? Con éstas mismas, más o menos: No digo que dudéis de que haya resurrección, sino que buscáis comprenderla mejor. Esto, pues, os lo daré, y estoy seguro de que mantenéis la doctrina. A continuación, como afirmaba directamente en qué os mantenéis firmes, para no hacerlos más negligentes, los alarma de nuevo, diciendo "si la mantenéis firme, a menos que hayáis creído en vano" e insinuando que el golpe está en la cabeza principal, y que la contienda no se centra en cosas comunes, sino en el bien de toda la fe. Por el momento lo dice con reserva, pero a medida que continúa y se calienta, quita el velo y procede a gritar y decir: "Si Cristo no ha resucitado, ¡vana es nuestra predicación, y vana también es vuestra fe!", a forma de decir: Aún estáis en vuestros pecados, y eso que al principio no fue así, y yo procedí suave y gradualmente.
III
Antes que nada, lo primero que os he enseñado es lo que yo también recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras
Aquí no dice Pablo "yo os dije" ni "yo os enseñé", que sino que usa otra vez la misma expresión: "yo os entregué lo que también recibí". Tampoco dice "yo fui enseñado", sino "yo recibí", estableciendo estas dos cosas; primero, que uno no debe introducir nada de sí mismo; segundo, que por demostración de sus hechos fueron completamente persuadidos, no por meras palabras. Gradualmente, y mientras hace creíble su argumento, Pablo refiere todo a Cristo, y significa que nada era del hombre en estas doctrinas. Pero ¿qué significa "os entregué antes que nada"? Esto mismo: "en el principio, no ahora". Al decir esto, anuncia el momento de dar testimonio, y que sería la mayor desgracia para quienes habían sido persuadidos durante tanto tiempo a cambiar de opinión; y no solo esto, sino también que la doctrina es necesaria. Por lo tanto, también fue entregada entre los primeros, y desde el principio inmediatamente. ¿Y qué entregaste así? Dime. Pero esto no dice inmediatamente, sino recibí. ¿Y qué recibiste? Esto mismo: que "Cristo murió por nuestros pecados". No dijo inmediatamente que hay una resurrección de nuestros cuerpos (aunque esto mismo sí lo establece), sino que, a distancia y mediante otros argumentos, afirma que Cristo murió, y establece una especie de base sólida e irrefutable para la doctrina de la resurrección. En efecto, no dijo simplemente que Cristo murió (aunque incluso esto fuera suficiente para declarar la resurrección), sino que añadió que "murió por nuestros pecados". Pero primero vale la pena escuchar lo que dicen aquí aquellos que están infectados con las doctrinas maniqueas, quienes son enemigos de la verdad y luchan contra su propia salvación. ¿Qué alegan entonces? Con muerte, dicen, Pablo no se refiere a otra cosa que a nuestro estado de pecado; y con resurrección, a nuestra liberación de nuestros pecados. ¿Ves cómo nada es más débil que el error? ¿Y cómo es tomado por sus propias alas, y no necesita la guerra externa, sino que por sí mismo es traspasado? Considera, por ejemplo, a estos hombres, cómo ellos también se han traspasado con sus propias declaraciones. Pues si esto es muerte, y Cristo no tomó un cuerpo, como supones, y aun así murió, estaba en pecado según tú. Porque yo digo que tomó un cuerpo, y su muerte, digo, fue de la carne; pero tú, al negar esto, te verás obligado a afirmar lo otro. Pero si estaba en pecado, ¿cómo dice él "viene el príncipe de este mundo, y nada tiene en mí" (Jn 8,46; 14,30), y "nos conviene cumplir toda justicia" (Mt 3,15)? ¿Cómo murió por los pecadores, si él mismo estaba en pecado? Porque el que muere por los pecadores debe estar sin pecado. Porque si él también peca, ¿cómo morirá por otros pecadores? Pero si murió por los pecados de otros, murió estando sin pecado: y si murió estando sin pecado, murió (no la muerte del pecado, pues ¿cómo podría estar sin pecado?, sino la muerte del cuerpo). Por lo cual también Pablo no dijo simplemente, murió, sino que añadió, por nuestros pecados: ambos forzando a estos herejes contra su voluntad a la confesión de su muerte corporal, y significando también con esto que antes de la muerte él estaba sin pecado: porque el que muere por los pecados de otros, se sigue que él mismo debe estar sin pecado. Tampoco se contentó con esto, sino que añadió, según las Escrituras: con esto, nuevamente haciendo creíble su argumento e insinuando de qué clase de muerte estaba hablando: ya que es la muerte del cuerpo la que las Escrituras en todas partes proclaman, como: "Traspasaron mis manos y mis pies" (Sal 21,18), y: "Mirarán a aquel a quien traspasaron" (Zac 12,10). En estos y muchos otros ejemplos, para no nombrarlos todos uno por uno (en parte en palabras y en parte en tipos), uno puede ver en ellos almacenados, que exponen su matanza en la carne y que él fue inmolado por nuestros pecados. Porque, por los pecados de mi pueblo, dice que Cristo vino "para la muerte", y entregarse "por nuestros pecados", y para "ser herido por nuestras trasgresiones" (Is 53) Si no soportas el Antiguo Testamento, escucha a Juan clamando y declarando ambos, así como su matanza en el cuerpo como la causa de ello: "He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29), o a Pablo diciendo: "Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en él" (2Cor 5,21), y: "Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros" (Gál 3,13), y: "Habiéndose despojado de sí mismo de los principados y potestades, los exhibió abiertamente, triunfando sobre ellos" (Col 2,15), y diez mil otros dichos para mostrar lo que sucedió en su muerte en el cuerpo, y a causa de nuestros pecados. Sí, y Cristo mismo dice: "Por amor a vosotros me santifico yo a mí mismo", y: "Ahora el príncipe de este mundo ha sido condenado", demostrando que no teniendo pecado fue asesinado.
IV
Cristo fue sepultado
Esto confirma los temas anteriores, pues lo enterrado es, sin duda, un cuerpo. Aquí no añade ya Pablo "según las Escrituras", o bien porque todo entierro es evidente para todos, tanto entonces como ahora, o bien porque la expresión "según las Escrituras" se establece en común para ambos. ¿Por qué, entonces, no añade aquí "según las Escrituras", y sí dice que resucitó "según las Escrituras", no contentándose con la cláusula común anterior? Por esto mismo: porque esto último (la resurrección) sí era algo oscuro para la mayoría de los hombres, y por eso introduce las Escrituras inspiradas, dando paso al pensamiento divino. ¿Y por qué hace lo mismo con respecto a su muerte, diciendo "según las Escrituras"? Por esto mismo: porque también la muerte, aunque la cruz era evidente para todos y a la vista de todos, y Cristo yacía tendido en ella, la causa de su muerte ya no estaba tan clara. Si bien todos conocían el hecho de su muerte, ya no era igualmente conocido por la multitud que la padeció por los pecados del mundo. Por lo tanto, introduce el testimonio de las Escrituras. Esto, sin embargo, ha sido suficientemente probado por lo que hemos dicho. Pero ¿dónde han dicho las Escrituras que él fue sepultado y que al tercer día resucitará? Por el tipo de Jonás que también él mismo alega, diciendo: "Como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre de la ballena, así también el Hijo del hombre estará tres días y tres noches en el corazón de la tierra" (Mt 12,40). Está también la zarza en el desierto, porque así como aquella "ardía, pero no se consumía" (Ex 3,2), así también ese cuerpo murió ciertamente, pero no fue retenido por la muerte continuamente. También el dragón de Daniel prefigura esto, porque así como el dragón habiendo tomado el alimento que el profeta dio, "se rompió por la mitad", así también el hades habiendo tragado ese cuerpo, se rasgó, el cuerpo mismo cortando su matriz y resurgiendo. Ahora bien, si desean escuchar también en palabras lo que han visto en símbolos, escuchen a Isaías, quien dice: "Su vida es quitada de la tierra" (Is 53,8-11), y: "Se complace en el Señor limpiarlo de su herida, para mostrarle luz". David, antes de él, dijo: "No abandonarás mi alma en el hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción" (Sal 16,10). Por lo tanto, Pablo también los remite a las Escrituras para que aprendan que estas cosas no sucedieron sin causa ni al azar. ¿Cómo podrían, cuando tantos profetas las describen y proclaman de antemano? Y en ningún lugar de la Escritura se refiere a la muerte del pecado, cuando menciona la muerte de nuestro Señor, sino a la del cuerpo, y a una sepultura y resurrección de la misma clase.
V
Cristo se apareció a Cefas, y luego a los doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún y otros ya duermen. Después se apareció a Santiago, y por último, como a un aborto, se me apareció también a mí
En estos casos, aparte de mencionar la prueba de las Escrituras, añade también Pablo a los testigos de los acontecimientos, presentando como testigos de la resurrección a cientos de personas de todo tipo y género. Además, también introduce Pablo esta gran cantidad de testigos para distinguir la resurrección de Cristo de la resurrección de cualquier otra persona, de la cual inútil que dijera: Se apareció a tal o cual persona, pues éste es el argumento de quien establece la resurrección del cuerpo, y no de quien enseña oscuramente la liberación de los pecados. Por lo tanto, ni dijo "una vez para siempre" ni "se apareció", aunque le bastara con hacerlo, estableciendo la expresión en común; sino que ahora la emplea dos y tres veces, y casi en cada caso de los que lo habían visto. En efecto, lo que dice es: "Se apareció a Cefas", y: "Se apareció a más de quinientos hermanos", y: "Se me apareció también a mí". Sin embargo, el evangelio dice lo contrario: que María lo vio primero (Mc 16,9). Pero entre los hombres, fue visto primero por aquel que más anhelaba verlo. Con todo, ¿de qué 12 apóstoles habla aquí? Sobre todo, porque Matías fue incluido en el grupo, pero no inmediatamente después de la resurrección. Pero es probable que apareciera incluso después de ser recibido. En cualquier caso, este mismo apóstol, después de su ascensión, fue llamado y lo vio. Por lo tanto, no especifica el momento, sino que simplemente, y sin definir, relata la aparición. Pues, de hecho, es probable que ocurrieran muchas; por eso también Juan dijo: "Esta tercera vez se manifestó" (Jn 21,14). Entonces se apareció "a más de quinientos hermanos". Algunos dicen que arriba significa "arriba del cielo". Es decir, no caminando sobre la tierra, sino por encima de ellos, añadiendo que el propósito de Pablo era confirmar no solo la resurrección, sino también la ascensión. Otros dicen que la expresión "arriba de quinientos" significa "más de quinientos", de los cuales "la mayor parte permanece hasta ahora". Así, aunque relato acontecimientos antiguos, dice él, tengo testigos vivos. Pero algunos duermen. No dijo que están muertos, sino que duermen, confirmando con esta expresión la resurrección. Después, Santiago, supongo su hermano, lo vio. Pues se dice que el Señor mismo lo ordenó y lo nombró obispo en Jerusalén primero. Luego, a todos los apóstoles. Porque también había otros apóstoles, como los setenta discípulos. Sobre la frase "y por último se me apareció también a mí, como a un abortivo", se trata de una expresión de modestia, más que cualquier otra cosa. Pues no por ser el más pequeño se le apareció después de los demás. Pues aunque lo llamara el último, se le apareció más ilustre que muchos que le precedieron, sí, incluso más que todos. Y los quinientos hermanos tampoco eran ciertamente mejores que Santiago, porque se les apareció antes que él. ¿Por qué no se apareció a todos al mismo tiempo? Para sembrar primero la fe. Pues quien lo vio primero y estaba completamente seguro, se lo contó a los demás; entonces, al recibir primero su anuncio, aguardó al oyente esta gran maravilla y abrió el camino para la fe que se percibe al verlo. Por lo tanto, ni se apareció a todos juntos, ni al principio a muchos, sino primero a uno solo, siendo este el líder de toda la compañía y el más fiel; pues, en efecto, era muy necesario que un alma sumamente fiel fuera la primera en recibir esta visión. Pues quienes lo vieron después de que otros lo hubieran visto, y lo oyeron de ellos, tenían en su testimonio lo que contribuyó en gran medida a su propia fe y tendió a preparar su mente de antemano; pero quien primero fue considerado digno de verlo, necesitaba, como he dicho, una gran fe para no ser confundido por una visión tan contraria a lo esperado. Por lo tanto, se le aparece primero a Pedro. Porque quien primero confesó que era Cristo fue también considerado digno de contemplar primero su resurrección. Y no sólo por esto se le aparece primero, sino también porque lo había negado, para consolarlo aún más y demostrarle que no se desesperaba de él, antes que a los demás le concedió incluso esta visión y le confió primero sus ovejas. Por eso también se apareció primero a las mujeres. Dado que este sexo fue hecho inferior, tanto en su nacimiento como en su resurrección, este primer sabor de su gracia. Pero después de Pedro, se aparece también a cada uno de ellos a intervalos, y en ocasiones a menos, en otras a más, haciéndolos así testigos y maestros unos de otros, y haciendo a sus apóstoles confiables en todo lo que decían.
VI
Sobre la expresión "por último, como a un abortivo, se me apareció también a mí", ¿qué significan aquí estas expresiones? ¿Humildad, oportunismo? Si Pablo desea mostrarse digno de crédito, y contarse entre los testigos de la resurrección, está haciendo lo contrario de lo que desea (pues sería justo que se exaltara y demostrara su grandeza, pero en otro lugar y cuando la ocasión lo requiera).¿Por qué razón añade esto Pablo, aquí? Por ésta misma, creo yo: porque al haber pronunciado repetidas veces "me esforcé más que todos", lo que falta ahora es mostrar el motivo que llevó a Pablo a todo eso, y el acicate de toda su vida: su visión de Cristo resucitado. Es decir, para magnificar la resurrección de Cristo, que ha sido y ha de ser el acicate de todo cristiano. En segundo lugar, al introducir Pablo la expresión "como un abortivo", relativiza y echa por tierra cualquier trabajo o mérito adquirido, en comparación a la obra de Cristo. En tercer lugar, al introducir la expresión "por último", se humilla Pablo y se pone al nivel del último seguidor de Cristo resucitado. Por ejemplo, al escribir a Timoteo, con la intención de decir grandes cosas sobre sí mismo, primero se acusa a sí mismo. Pues así, todos, al hablar con elogios de otros, lo hacen con libertad y valentía; pero quien se ve obligado a alabarse a sí mismo, y especialmente cuando se invoca como testigo, se desconcierta y se sonroja. Por lo tanto, este bendito hombre primero declara su propia miseria y luego expresa esa altiva expresión. Esto lo hace, en parte, para atenuar la ofensa de hablar de sí mismo y en parte para así convencer a la gente de lo que dijo después. Pues quien declara con veracidad lo que le desacredita y no oculta nada, como que persiguió a la Iglesia o que destruyó la fe, con ello hace que lo que le es honorable también esté fuera de toda sospecha. Y consideren la inmensa grandeza de su humildad. Pues habiendo dicho "y al final de todos, se me apareció también", añadió: "Como a un nacido fuera de tiempo". Y no se detuvo aquí, sino que añadió su propio juicio y con razón, diciendo lo siguiente.
VII
Yo soy el más pequeño de los apóstoles, y no soy digno de ser llamado apóstol porque perseguí a la Iglesia de Dios
En esto, no sólo habló Pablo de los 12 apóstoles, sino también de todos los demás apóstoles. Habló de todo, tanto con modestia como previendo de antemano lo que se iba a decir y haciéndolo más aceptable. Podía haber dicho: Debéis creerme que Cristo resucitó de entre los muertos, porque lo vi y de todos soy el más digno de crédito, puesto que he trabajado más. No obstante, de haberlo hecho su expresión podría haber ofendido a los oyentes, al detenerse en los temas humillantes y los que implican acusación. Por eso eliminó lo que pudiera resultar irritante de tal narración, y preparó el camino para que creyeran en su testimonio. Por esta razón, no se limita, como dije, a declararse el último e indigno del título de apóstol, sino que también explica la razón, diciendo: "Yo perseguí a la Iglesia", a forma de decir: Aunque todo le fue perdonado, él mismo nunca lo olvidó. Deseando significar la grandeza del favor de Dios; por lo que también continúa diciendo lo siguiente.
Por la gracia de Dios soy lo que soy, y trabajé más que todos ellos, mas no yo sino la gracia de Dios en mí
¿Ven de nuevo otro exceso de humildad de Pablo? Sobre todo al atribuirse a sí mismo los defectos, y las buenas obras a Dios. A continuación, para no volver sumiso a su oyente, dice: "Su gracia que me fue otorgada no fue en vano". Y esto con reservas, pues no dijo "he mostrado una diligencia digna de su gracia", sino "no fue en vano". Pero "trabajé más que todos ellos". Tampoco dijo "me sentí honrado", sino trabajé. Y cuando tenía que hablar de peligros y muertes, al hablar de trabajo, volvía a suavizar su expresión. Luego, ejerciendo de nuevo su acostumbrada humildad, también pasa rápidamente de largo y atribuye todo a Dios, diciendo: "Pero no yo, sino la gracia de Dios que estuvo conmigo". ¿Qué puede ser más admirable que un alma así? Quien, habiéndose deprimido de tantas maneras y pronunciado sólo una palabra elevada, ni siquiera ésta la considera suya; por todas partes encuentra maneras, tanto de las cosas anteriores como de las posteriores, de contraer esta elevada expresión, y eso porque fue necesario que la hubiera adoptado. Consideren cómo abunda en expresiones de humildad. Pues así, "a mí se me apareció el último". Por lo tanto, no menciona a nadie más, y dice, como de alguien nacido fuera de tiempo, y que él mismo es el menor de los apóstoles, y ni siquiera digno de este apelativo. Y no se contentó ni siquiera con esto, sino que, para no parecer humilde en palabras, expone razones y pruebas: ser un nacido fuera de tiempo, haber visto a Jesús el último, ser indigno incluso del nombre de apóstol y haber perseguido a la Iglesia. En efecto, quien es simplemente humilde no hace esto; pero quien también expone las razones, lo expresa todo con una mente contrita. Por lo tanto, también en otro lugar menciona estas mismas cosas, diciendo: "Doy gracias a quien me capacitó, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, designándolo para su servicio, aunque antes era blasfemo, perseguidor e injuriador" (1Tm 1,12-13). Pero ¿por qué pronunció esa misma altiva expresión, "trabajé más que ellos"? Vio que la ocasión lo obligaba. Pues si no lo hubiera dicho, si solo se hubiera menospreciado, ¿cómo podría con valentía presentarse como testigo, y contarse entre los demás? Así mismo, según lo siguiente.
Sea yo o sean ellos, así predicamos
El apóstol debe ser fiable y un gran ejemplo de comportamiento. Por ello, y porque dicho apóstol trabaja más que nadie, según lo que indicó antes, ahora dice: "¿No tenemos derecho a comer y beber, como los demás apóstoles? ". Así, donde debía mostrarse exactitud, se excedió; y donde era necesario condescender, volvió a mostrar la misma gran superioridad. Algunos citan su envío a los gentiles y su conquista de la mayor parte del mundo. De ahí que sea evidente que gozaba de mayor gracia. Pues si trabajaba más, la gracia también era mayor; pero gozaba de mayor gracia porque también mostraba mayor diligencia. ¿Ven cómo, por esos detalles con los que contiende y se esfuerza por eclipsar lo que le concierne, se le muestra primero?
VIII
Cuando oigamos estas cosas, hermanos, mostremos abiertamente nuestros defectos y no digamos nada de nuestras excelencias. O si la oportunidad nos lo impone, hablemos de ellas con reserva y atribuyámoslo todo a la gracia de Dios. Como también hace el apóstol, quien de vez en cuando deja mal parado su vida anterior, pero atribuye a la gracia su estado posterior, para poder significar la misericordia de Dios en toda circunstancia: por haberlo salvado tal como era y, una vez salvado, por haberlo restaurado a su estado actual. Que ninguno de los que están en pecado desespere, ni ninguno de los que están en la virtud tenga confianza; antes bien, que unos sean sumamente temerosos y otros valientes. Porque ni el perezoso podrá permanecer en la virtud, ni el diligente será débil para escapar del mal. Y de ambos es un ejemplo el bienaventurado David, quien, tras un breve letargo, sufrió una gran caída; y, compungido de corazón, se apresuró a recuperar su antigua altura. Puesto que, de hecho, ambos son males similares, tanto la desesperación como la pereza; uno precipita al hombre desde el mismo arco de los cielos; el otro no permite que el caído se levante. Por lo tanto, respecto a uno, Pablo dijo: "El que cree estar firme, mire que no caiga" (1Cor 10,12), y: "Si hoy oís su voz, no endurezcáis vuestros corazones" (Hb 4,7), y: "Levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas" (Hb 12,12). Es más, al que había cometido fornicación, pero se arrepintió, lo refresca con prontitud, para que no sea absorbido por su excesiva tristeza (2Cor 2,7). ¿Por qué, pues, te abates, oh hombre, por otras penas? Si por los pecados, donde sólo la pena es beneficiosa, el exceso causa mucho daño, mucho más por todas las demás cosas. ¿Por qué te afliges? ¿Por haber perdido dinero? No, piensa en los que ni siquiera están saciados de pan, y pronto encontrarás consuelo. Y por cada una de las cosas que te son dolorosas, no lamentes lo sucedido, sino por los desastres que no sucedieron, da gracias. ¿Tenías dinero y lo perdiste? No llores por la pérdida, sino da gracias por el tiempo en que lo disfrutaste y di como Job: "Hemos recibido el bien de la mano del Señor, y ¿no recibiremos el mal?" (Job 2,10). Junto con eso, usa también este argumento: que incluso si perdiste tu dinero, tu cuerpo aún está sano y no tienes que lamentar con tu pobreza que también esté mutilado. Pero ¿también tu cuerpo ha sufrido algún ultraje? Sin embargo, ¿no es este el fondo de las calamidades humanas? Pero en medio del tonel, aún te arrastran. Muchos, junto con la pobreza y la mutilación, luchan con un demonio y vagan por desiertos. Otros, en cambio, sufren cosas aún más dolorosas. Que nunca nos toque sufrir todo lo que uno puede soportar. Considerando siempre estas cosas, recuerda a quienes sufren más y no te aflijas por nada. Pero cuando peques, suspira y llora. No te lo prohíbo, mejor te lo ordeno; aunque incluso entonces, con moderación, recuerda que hay retorno, hay reconciliación. Pero ¿ves a otros en el lujo y a ti mismo en la pobreza, y a otro con ropas elegantes y en preeminencia? No te fijes solo en estas cosas, sino también en las miserias que de ellas surgen. Y en tu pobreza, no consideres solo la mendicidad, sino también el placer que de ella surge. Porque la riqueza tiene, sin duda, una apariencia alegre, pero su interior está lleno de tristeza; y la pobreza, lo contrario. Y si desenmascaras la conciencia de cada hombre, en el alma del pobre verás gran seguridad y libertad; pero en la del rico, confusiones, desórdenes, tempestades. Y si te afliges al verlo rico, él también se aflige mucho más que tú al ver a alguien más rico que él. Y así como tú le temes, él también le teme a otro, y en esto no te supera. Pero te molesta verlo en el cargo, porque ocupas un puesto privado y eres uno de los gobernados. Recuerda, sin embargo, el día en que cesó en el cargo. E incluso antes de ese día, los tumultos, los peligros, las fatigas, los halagos, las noches de insomnio y todas las miserias.
IX
A quienes no tienen interés en la alta moralidad, yo les digo desde aquí: Si creéis que hay otros temas más apropiados para hablar, y no éstos, yo creo que es mejor tratar los temas más groseros. Así pues, cuando vean a alguien rico, piensen en quien es más rico que él, y lo verán en la misma condición que ustedes. Y después de él, miren también al que es más pobre que ustedes; consideren cuántos se han acostado con hambre, han perdido su patrimonio, viven en un calabozo y rezan por la muerte a diario. Porque ni la pobreza engendra tristeza, ni la riqueza placer, sino que tanto una como la otra suelen producirnos nuestros propios pensamientos. Considera, empezando desde abajo: el carroñero se lamenta y se enoja por no poder librarse de este negocio tan miserable y considerado tan vergonzoso: pero si lo liberas de esto, y le proporcionas, con seguridad, suficiente para lo necesario, se lamentará de nuevo por no tener más de lo que necesita: y si le concedes más, querrá duplicarlo de nuevo, y por lo tanto se enojará no menos que antes: y si le concedes el doble o el triple, se desanimará de nuevo porque no tiene parte en el estado: y si le proporcionas esto también, se considerará miserable por no ser uno de los más altos funcionarios del estado. Y cuando haya obtenido este honor, lamentará no ser gobernante; y cuando lo sea, que no sea de toda una nación; y cuando lo sea de toda una nación, que no sea de muchas naciones; y cuando lo sea de muchas naciones, que no sea de todas. Cuando se convierta en diputado, se lamentará de nuevo de no ser rey; y si lo es, de no estar solo; y si lo está, de no pertenecer a naciones bárbaras; y si pertenece a naciones bárbaras, de no pertenecer ni siquiera a todo el mundo; y si pertenece a todo el mundo, ¿por qué no también a otro mundo? Y así, su interminable pensamiento no le permite jamás estar contento. ¿Ves cómo, incluso si de ser miserable y pobre se hace rey a un hombre, no se le quita el abatimiento sin antes corregir su mentalidad, enamorada como está de tener más? Ven, déjame mostrarte también lo contrario: que incluso si desde una posición superior rebajaras a alguien considerado, no lo hundirías en el abatimiento y la tristeza. Y si quieres, descendamos por la misma escalera, y derriba al sátrapa de su trono, suponiendo que lo prives de esa dignidad. Digo que no se afligirá por esto si decide recordar lo que he mencionado. Pues no valorará las cosas de las que ha sido privado, sino lo que aún conserva: la gloria que emana de su cargo. Pero si también le quitas esto, valorará a quienes ocupan puestos privados y nunca han ascendido a tal poder, y sus riquezas le bastarán para consolarse. Y si también lo vuelves a expulsar de esto, se fijará en quienes tienen una posición moderada. Y si le quitas incluso una riqueza moderada, y le permites disfrutar solo de los alimentos necesarios, puede pensar en quienes ni siquiera tienen esto, sino que luchan con un hambre incesante y viven en prisión. E incluso si lo llevas a esa prisión, cuando reflexiona sobre quienes yacen bajo enfermedades incurables y dolores irremediables, se verá en circunstancias mucho mejores. Y como el carroñero antes mencionado ni siquiera al ser nombrado rey cosechará alegría alguna, tampoco este hombre se molestará si se convierte en prisionero. Entonces, no es la riqueza la base del placer, ni la pobreza de la tristeza, sino nuestro propio juicio, y el hecho de que los ojos de nuestra mente no son puros, ni están fijos en ningún lugar y permanecen, sino que revolotean sin límite. Y así como los cuerpos sanos, si se nutren solo de pan, están en buena y vigorosa condición: pero los que están enfermos, incluso si disfrutan de una dieta abundante y variada, se vuelven mucho más débiles; Así también suele ocurrir con el alma. Los mezquinos, ni siquiera con una diadema y honores indecibles pueden ser felices; pero los que niegan, incluso con cadenas, grilletes y pobreza, disfrutarán de un puro placer.
X
Teniendo presentes estas cosas, hermanos, miremos siempre a quienes están por debajo de nosotros. Hay, ciertamente, otro consuelo, pero de alta exigencia moral, y que supera la vulgaridad de la multitud. ¿Cuál es? Éste mismo: que la riqueza no es nada, la pobreza no es nada, la desgracia no es nada, el honor no es nada, pero por un breve tiempo y sólo en palabras difieren entre sí. Y junto con esto hay otro tema consolador, aún mayor: la consideración de las cosas venideras, tanto malas como buenas, las cosas realmente malas y realmente buenas, y el ser consolados por ellas. Pero como muchos, como dije, se mantienen alejados de estas doctrinas, nos vimos obligados a detenernos en otros temas, para que, de paso, pudiéramos guiar hacia ellos a quienes recibieron lo dicho anteriormente. Teniendo en cuenta todo esto, actuemos con rectitud, y jamás nos lamentaremos por estas sorpresas. Porque ni si viéramos hombres ricos en un cuadro, diríamos que son envidiables, ni si viéramos allí a hombres pobres, los llamaríamos miserables y dignos de lástima; aunque estos son sin duda más duraderos que quienes consideramos ricos. Pues uno permanece rico en el cuadro más tiempo que en la naturaleza misma de las cosas. Pues uno a menudo dura, pareciendo así, hasta cien años, pero el otro a veces, sin haber tenido ni un año para vivir cómodamente con sus posesiones, se ve repentinamente despojado de todo. Meditando en todas estas cosas, pues, cultivemos desde todos los ángulos la alegría como una obra contra nuestra tristeza irracional, para que podamos vivir esta vida con placer y alcanzar los bienes venideros, por la gracia y la misericordia de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 39
I
Sea yo o sean ellos, así predicamos, y así habéis creído
Habiendo exaltado Pablo a los apóstoles, y rebajarse a sí mismo, y haber establecido la igualdad apostólica (al demostrar que él tenía ventajas sobre ellos, así como ellos sobre él), y habiéndolos mostrado dignos de crédito, señala ahora la concordia de todos ellos en Cristo, y que todos están en el mismo rango, y que eso es provechoso para el evangelio. Por un lado, Pablo fue diligente con el resto de apóstoles, para que no pareciera que los ignoraba. Por otro lado, mostró el honor que los subordinados debían rendir a sus apóstoles. Por eso dijo "sea yo o ellos, así predicamos", a forma de decir: Si eligen aprender, aprendan, pues no hay diferencia entre nosotros. Tampoco dijo "si no me creen, créanles", sino que, mientras se hace merecedor de crédito y afirma ser suficiente por sí mismo, afirma lo mismo también de ellos por sí mismos, pues la diferencia de personas no surtió efecto, siendo su autoridad igual. En la Carta a los Gálatas hace esto, llevándolos consigo, no como si también los necesitaran, sino diciendo que incluso él mismo era suficiente, porque "los que eran de reputación no me enseñaron nada" (Gál 2,6). Sin embargo, aun así siguió Pablo estando de acuerdo con ellos, porque "me dieron su mano derecha" (Gál 2,9). Si el crédito de Pablo dependiera siempre de otros y se confirmara con el testimonio de otros, los discípulos habrían recibido un daño infinito. Por lo tanto, no es para exaltarse a sí mismo que hace esto, sino por temor al evangelio. Por lo cual también aquí dice, haciéndose igual: Sea yo o sean ellos, así predicamos. Bien dijo, por tanto, predicamos, indicando su gran audacia. Porque no hablamos a escondidas ni en un rincón, sino que emitimos una voz más clara que una trompeta. Y no dijo predicamos, sino "así predicamos", incluso ahora. Y así creísteis. Aquí no dijo crees, sino creísteis. Debido a que fueron sacudidos mentalmente, retrocedió a los tiempos pasados y procedió a añadir el testimonio de ellos mismos.
II
Si se predica que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos?
¿Ven con qué excelencia razona y prueba Pablo la resurrección universal, a partir de la resurrección de Cristo? En efecto, tanto los profetas hablaron de ella (dice él) como el Señor mismo la mostró con su aparición. Sobre "predicamos, y creísteis", entrelaza Pablo un cuádruple testimonio: el testimonio de los profetas, el testimonio del resultado de los acontecimientos, el testimonio de los apóstoles, el testimonio de los discípulos. O mejor dicho, un testimonio quíntuple, porque también implica la resurrección (es decir, su muerte por los pecados de otros). Si esto se ha probado, es evidente que lo otro también se sigue, es decir, que los demás muertos también resucitan. Y es por esto que, como si se tratara de un hecho admitido, los desafía y cuestiona, diciendo: "Si Cristo resucitó, ¿cómo dicen algunos entre ustedes que no hay resurrección de muertos? ". Con esto, también apacigua la audacia de los contradictores: no dice "¿cómo dicen ustedes?", sino "¿cómo dicen algunos de ustedes?". Y no acusa a todos ni declara abiertamente a las personas a quienes acusa, para no hacerlos más imprudentes; ni lo oculta por completo para corregirlos. Para ello, separándolos de la multitud, se prepara para la contienda con ellos, debilitándolos y confundiéndolos, y manteniendo a los demás firmes en la verdad en sus conflictos con estos, sin permitirles que se unieran a quienes se dedicaban a destruirlos; estando dispuesto a adoptar un discurso vehemente. Lo que está claro y es evidente para todos es que Cristo resucitó, y nadie lo duda. No obstante, esto no implica automáticamente la resurrección de la humanidad, pues lo uno ya había sido proclamado y se cumplió, y su aparición lo testificó (es decir, la resurrección de Cristo), mas lo otro aún está en esperanza. A este respecto, lo que hace Pablo es esto: exponerlo desde el otro lado, afirmando: "¿Por qué dicen algunos que no hay resurrección de los muertos?". De ser así, lo primero también queda subvertido por esto: el hecho de que Cristo resucitó.
III
Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó
¿Ven la energía de Pablo, y su invencible espíritu de combate, y cómo no sólo a partir de lo evidente demuestra lo que se duda, sino también, a partir de lo que se duda, se esfuerza por demostrar a quienes contradicen cualquier proposición? Respecto a la resurrección, lo hace no porque lo ya ocurrido requiriera demostración, sino para que esto significara que era igualmente digno de fe. ¿Y qué consecuencia trae esto? Ésta misma: que si Cristo no resucitó, entonces tampoco otros deberían resucitar, y que si otros no resucitan, tampoco Cristo debió resucitar. ¿Qué razón puede haber en esto? Puesto que esto no parece muy razonable, vean cómo resuelve sabiamente el asunto Pablo, esparciendo su semilla de antemano desde el principio, incluso desde la base misma del evangelio: como que habiendo muerto por nuestros pecados, resucitó; y que él es la primicia de los que durmieron. Respecto a las primicias, ¿de qué puede ser Cristo la primicia, sino de los que resucitan? ¿Y cómo puede Cristo ser primicia, si no resucitan aquellos de quienes él es primicia? ¿Cómo entonces no resucitan? Además, si no resucitan, ¿por qué resucitó Cristo? ¿Para qué vino? ¿Por qué se hizo carne, si no iba a resucitar de nuevo? Porque no la necesitaba él mismo, sino por nosotros. Pero estas cosas las expuso después a medida que prosigue; pues ahora dice: "Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó", como si eso estuviera relacionado con esto. Si no hubiera tenido la intención de resucitarse a sí mismo, no habría realizado esa otra obra. ¿Ves cómo poco a poco toda la economía se derrumba por esas palabras suyas y por su incredulidad en la resurrección? Pero aún no dice nada de la encarnación, sino de la resurrección. Porque no fue su encarnación, sino su muerte, lo que eliminó la muerte; ya que mientras tuvo carne, la tiranía de la muerte aún tenía dominio.
Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación y vuestra fe
Quienes niegan que Cristo resucitó, viene a decir aquí Pablo, luchan contra las cosas evidentes, contra los profetas y contra la verdad de los hechos. Sin embargo, Pablo afirma algo mucho más temible para los corintios: que la predicación hubiera sido vana, y su fe también. Porque quiere sacudir completamente su mente: lo hemos perdido todo, dice él, todo se acabó si Cristo no resucitó. ¿Ven cuán grande es el misterio de la economía? Así, si después de la muerte no pudo resucitar, ni el pecado es liberado, ni la muerte quitada, ni la maldición removida. Sí, y no sólo hemos predicado en vano, sino que también ustedes han creído en vano. Y no sólo con esto muestra la impiedad de estas malas doctrinas, sino que además contiende fervientemente contra ellas, diciendo lo siguiente.
IV
Si Cristo no resucitó, seríamos falsos testigos de Dios, porque hemos dado testimonio de que él resucitó y de que los muertos resucitan. Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó. Si Cristo no hubiera tenido esta intención, no habría venido al mundo. Si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe
A través de lo claro y confeso, sigue rodeando Pablo la resurrección de Cristo, haciendo por medio del punto más fuerte y claro lo que parece débil y dudoso: que de no haber resurrección, todavía se mantendría el pecado del mundo. ¿Por qué? Porque si Cristo no resucitó, tampoco murió; y si no murió, tampoco quitó el pecado; su muerte fue la quitación del pecado, como recuerda el Bautista: "He aquí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29). Pero ¿cómo lo quita? Por su muerte. Por eso también lo llamó Cordero, como a uno inmolado. Pero si no resucitó, tampoco fue inmolado; y si no fue inmolado, tampoco fue quitado el pecado; y si no fue quitado, están en él; y si están en él, hemos predicado en vano; y si hemos predicado en vano, han creído en vano que fueron reconciliados. Además, la muerte permanece inmortal, si él no resucitó. Porque si él también fue retenido por la muerte y no desató sus dolores, ¿cómo liberó a todos los demás, estando él mismo todavía retenido por ella? Así mismo: por lo que dice a continuación.
Si Cristo no resucitó, los que durmieron en Cristo perecieron
Con la expresión "en Cristo" se refiere Pablo o bien a la fe, o bien a quienes murieron por Cristo. Es decir, a quienes soportaron muchos peligros y miserias, andando por el camino angosto. ¿Dónde están esos maniqueos malhablados que dicen que por resurrección se entiende la liberación del pecado? Pues estos silogismos compactos y continuos, al sostenerse también a la inversa, no indican nada de lo que dicen, sino lo que nosotros afirmamos. Es cierto que resucitar se refiere a alguien que ha caído; y por eso sigue explicando, y no sólo dice que resucitó, sino que añade "de entre los muertos". Y los corintios tampoco dudaban del perdón de los pecados, sino de la resurrección de los cuerpos. Pero ¿qué necesidad hay de que, si la humanidad no estuviera libre de pecado, tampoco Cristo mismo lo estuviera? Mientras que, si Cristo no resucitara a los hombres, sería natural preguntarse: ¿Por qué vino, tomó nuestra carne y resucitó? Pero, según nuestra suposición, no es así. Sí, y ya sea que los hombres pequen o no, para Dios siempre existe la imposibilidad de pecar, y lo que nos sucede no le afecta, ni un caso corresponde al otro en cuanto a conversión, como en el caso de la resurrección del cuerpo.
V
Si en esta vida solamente hemos esperado en Cristo, y Cristo no resucitó, somos los más miserables de todos los hombres
¿Qué dices aquí, oh Pablo? ¿Y cómo puede ser el alma inmortal, si los cuerpos no resucitan? En efecto, si el alma permanece tras la muerte, ¿no va a recibir la carne ese mismo bien? ¿O es que va a ser el alma premiada, y el cuerpo castigado? Además, ¿qué es lo que se presentará ante el tribunal de Cristo? ¿El alma sola? ¿No lo hará el hombre entero, con su cuerpo y alma? En efecto, todo se manifestará ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba lo que haya hecho al completo, sea bueno o malo (2Cor 5,10). Por tanto, es por eso por lo que dice Pablo: "Si sólo en esta vida tenemos esperanza en Cristo, somos los más dignos de compasión", porque si el cuerpo no resucita, el alma permanece sin corona, sin la bienaventuranza celestial. Y si esto es así, no disfrutaremos de nada; y si no, nuestra recompensa será en la vida presente. ¿Qué puede ser más miserable que nosotros en este aspecto? Esto es lo que vino a decir Pablo a los corintios, tanto para confirmarlos en la doctrina de la resurrección de la carne como para persuadirlos acerca de la vida inmortal, a fin de que no supusieran que todos nuestros asuntos terminan en este mundo. Habiendo establecido suficientemente lo que se proponía con los argumentos anteriores, y habiendo dicho que si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó, y que si Cristo no resucitó, perecemos y aún estamos en nuestros pecados, de nuevo añade Pablo esto, demoliendo por completo su arrogancia. Así, cuando pretende introducir alguna de las doctrinas necesarias, primero sacude por completo su dureza de corazón mediante el temor. Como lo hizo aquí, habiendo esparcido esas semillas y causándoles ansiedad, como quienes habían caído de todo; y ahora, de otra manera, y para que lo sintieran con mayor severidad, repitiendo lo mismo y viniendo a decir: Somos los más dignos de compasión de todos los hombres si, después de tan grandes conflictos, muertes y esos innumerables males, vamos a caer de tan grandes bendiciones, y nuestra felicidad está limitada por la vida presente. En definitiva, todo depende de la resurrección, y no de una resurrección de los pecados sino de la resurrección de los cuerpos, en la vida presente y futura.
VI
Cristo resucitó de entre los muertos, como primicia de los que durmieron
Habiendo señalado los grandes males que se generan al no creer en la resurrección, retoma Pablo el discurso y dice: "Cristo ha resucitado de entre los muertos", añadiendo "de entre los muertos" para tapar la boca de los herejes. Sobre la expresión "las primicias de los que durmieron", alude Pablo a los que ya habían resucitado, y a que si esto es así, también ellos deberían necesariamente resucitar. Mientras que si estuviera hablando de la resurrección de los pecados, y nadie está sin pecado (pues incluso Pablo dice "no tengo nada contra mí mismo, pero no por eso soy justificado"), ¿cómo habrá alguien que resucite, según ustedes? ¿Ven que su discurso era sobre cuerpos? Y para hacerlo digno de crédito, continuamente menciona a Cristo, quien resucitó en la carne. A continuación, también da una razón. Pues, como dije, cuando uno afirma pero no expone la razón, su discurso no es fácilmente aceptado por la multitud. ¿Cuál es entonces la razón? Oigámoslo.
Por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre entró la resurrección de los muertos. Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados, cada uno en su orden y hasta que llegue el final
La expresión "si por un hombre" alude, sin duda, a "uno con cuerpo", aludiendo a lo siguiente: que quien es derrotado debe en su propia persona también renovar el conflicto, y la naturaleza que fue derrotada debe también obtener la victoria. Porque así el reproche fue borrado. ¿Qué entonces? Dime, pues: ¿Murieron todos en Adán , la muerte del pecado? ¿Cómo fue entonces Noé justo en su generación? ¿Y cómo Abraham? ¿Y cómo Job? ¿Y cómo todos los demás? ¿Y qué, pregunto? ¿Serán todos vivificados en Cristo? ¿Dónde están entonces los que son llevados al fuego del infierno? Así pues, si esto se dice del cuerpo, la doctrina se sostiene, mas si se dice de la justicia y el pecado, ya no. Además, para que al oír que la vivificación es común a todos, no penséis también que los pecadores se salvan, añade: "No pensemos que, por oír hablar de una resurrección, todos disfrutarán de los mismos beneficios". En efecto, si en el castigo no todos sufrirán por igual, sino que la diferencia es grande, mucho más donde hay pecadores y justos la separación será aún mayor. Entre los que se salvan, el orden será: "Cristo, y luego los que son de Cristo" (es decir, los fieles y aprobados). Cuando éstos hayan resucitado, "todo llegará a su fin", y no como ahora, cuando después de la resurrección de Cristo todo permanece en suspenso. Por eso añadió "en su venida", para que sepáis que habla de aquel tiempo, cuando él habrá entregado el reino a Dios Padre, cuando habrá abolido todo gobierno, autoridad y poder.
VII
Escúchenme atentamente, hermanos, y asegúrense de que nada se les escape de lo que digo. Lo que digo es esto: que nuestra contienda es con los enemigos, y no con los amigos. Y si no, practiquemos la técnica del reductio ad absurdum, que también Pablo utilizó. De esta manera, descubriremos con mayor facilidad lo que dicen los herejes y lo que decimos nosotros. Para ello, preguntémonos primero qué significa la frase "cuando haya entregado el reino al Padre". Si la tomamos tal como está, sin considerarla como una deidad, no la retendrá después. Pues quien la entrega a otro, deja de retenerla. Y no sólo se dará este absurdo, sino que también se descubrirá que quien la recibe no la posee antes de haberla recibido. Por lo tanto, según ellos, ni el Padre era rey antes, gobernando nuestros asuntos, ni parecerá que el Hijo será rey después de esto. ¿Cómo, entonces, acerca del Padre dice el propio Hijo "mi Padre trabaja hasta ahora, y yo trabajo" (Jn 5,17), y dice Daniel que "su reino es eterno, que no pasará" (Dn 7,14)? ¿Ves cuántas absurdidades se producen, y cuántas contradicciones con las Escrituras, cuando se interpreta lo que se dice a la usanza humana? Pero, ¿qué regla, entonces, dice aquí que Cristo establece? ¿La de los ángeles? Ni mucho menos. ¿La de los fieles? Tampoco es ésta. ¿Qué regla, entonces? La de los demonios, respecto a la cual dice: "Nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de estas tinieblas" (Ef 6,12). Porque aún no está completamente establecida; están obrando en muchos lugares, pero entonces cesarán.
Es necesario que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo abolido será la muerte. Cuando todas las cosas le hayan sido sujetas, también el Hijo se sujetará al Padre que sujetó a él todas las cosas
El término hasta implica fin y limitación, pero esto no existe en referencia a Dios. Por otra parte, ¿qué significa "el último"? Significa después de todo, después del diablo, después de todo lo demás. Porque así, en el principio, también la muerte llegó al final; primero el consejo del diablo, y luego nuestra desobediencia, y luego la muerte. Virtualmente, de hecho, ahora está abolida; pero en realidad, en ese momento. Cristo ha sometido todas las cosas bajo sus pies. Pero cuando dice "todas las cosas están sujetas", es evidente que se exceptúa a aquel que le sujetó todas las cosas. Y sin embargo, antes no dijo que era el Padre quien le sometía, sino él mismo quien las abolía. Porque cuando haya abolido, dice, todo dominio y autoridad; y de nuevo, porque "es necesario que reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos bajo sus pies". ¿Cómo, entonces, dice aquí "el Padre"? Y no sólo existe esta aparente perplejidad, sino también que teme con un temor inexplicable, y usa una corrección diciendo: "Se exceptúa a quien le sujetó todas las cosas", como si algunos sospecharan que el Padre mismo no podría someterse al Hijo. ¿Qué puede ser más irracional que esto?¿Cómo es entonces? Para responder a esto, es necesario que primero hablemos del alcance de Pablo y su mente, que se puede encontrar por doquier, y luego añadir nuestra solución, siendo esto en sí mismo un ingrediente de nuestra solución.
VIII
¿Cuál es, entonces, la mente de Pablo, y cuál es su costumbre? En general, Pablo habla de una manera cuando habla sólo de Dios, y de otra cuando entra en el argumento de la economía divina. Así, una vez que se apoderó de la carne de nuestro Señor, usa libremente todos los dichos que lo humillan. Lo hace sin temor, como si esta pudiera soportar todas esas expresiones. Veamos, pues, también aquí si su discurso se centra en la simple deidad, o si, en vista de la encarnación, afirma de Cristo lo que dice. O mejor, señalemos primero dónde hizo esto de lo que he hablado. ¿Dónde, entonces, hizo esto? Escribiendo a los filipenses, dice Pablo: "El cual, siendo en forma de Dios, no estimó como un premio ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo de toda reputación, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, sí, muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exaltó hasta lo sumo" (Flp 2,6-9). ¿Ves cómo, cuando hablaba sólo de la deidad, pronunció esas grandes cosas: que Cristo era en forma de Dios, igual a Aquel que lo engendró y a quien todo se refiere? Pero cuando te lo mostró encarnado, volvió a rebajar el discurso. Pues, a menos que distingas estas cosas, hay una gran discrepancia entre lo que se dice. Pues, si Cristo era igual a Dios, ¿cómo exaltó a alguien igual a él? Si Cristo era en forma de Dios, ¿cómo le dio un nombre? Pues quien da, da a quien no tiene, y quien exalta, exalta a quien antes estaba humillado. Entonces se descubrirá que es imperfecto y necesitado, antes de haber recibido la exaltación y el nombre; y de ahí se desprenderán muchos otros corolarios absurdos. Pero si añades la encarnación, no te equivocarás al decir estas cosas. Considera también esto aquí, y con esta mentalidad recibe las expresiones.
IX
Expongo ahora las razones por las que esta perícopa de la Escritura fue compuesta con el sentido que he dicho. No obstante, ahora es necesario mencionar lo siguiente. En primer lugar, que el discurso de Pablo trataba sobre la resurrección, algo considerado imposible y muy descreído. En segundo lugar, que Pablo escribía a los corintios, entre quienes había muchos filósofos que siempre se burlaban de tales cosas. Aunque en otras cosas discutían entre sí, en esto todos, como a una, conspiraban, declarando dogmáticamente que no hay resurrección. Defendiendo, pues, un tema tan descreído y ridiculizado, tanto por el prejuicio formado como por la dificultad del asunto; y deseando demostrar su posibilidad, primero lo hace a partir de la resurrección de Cristo. Y habiéndolo probado tanto por los profetas como por los que habían visto y por los creyentes, tras obtener una reductio ad absurdum admitido, prueba también en lo que sigue la resurrección de la humanidad, pues "si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó". Además, tras haber insistido con firmeza en estos argumentos contrapuestos en los versículos anteriores, lo vuelve a intentar de otra manera, llamándolo las primicias y señalando su abolición de todo gobierno, autoridad y poder, y la muerte al final. ¿Cómo, entonces, se podría acabar con la muerte, dice, a menos que primero se deshaga de los cuerpos que poseía? Desde entonces, había hablado con gran entusiasmo del Unigénito, diciendo que renuncia al reino, que él mismo realiza estas cosas, que él mismo es victorioso en la guerra, y que él mismo somete todas las cosas bajo sus pies. Ahora, en cambio, añade, para corregir la incredulidad de la multitud, que "debe reinar hasta que haya sometido a todos sus enemigos". No usó la expresión hasta como si pusiera fin al reino, sino para dar crédito a lo que decía e inducirlos a tener confianza. Pues no lo hagas (dice él), porque has oído que Cristo abolirá todo gobierno, autoridad y poder, a saber: el diablo, las bandas demoníacas (cuantos hay), las multitudes de incrédulos, la tiranía de la muerte y todos los males; no temas como si su fuerza se hubiera agotado. Porque hasta que haya hecho todas estas cosas, debe reinar; no diciendo esto: que después de que lo haya hecho, no reinará; sino estableciendo esto otro: que aunque no sea ahora, sin duda lo será. Porque su reino no ha sido destruido, y Cristo gobierna, y prevalece y permanece hasta que haya arreglado todo. Y esta forma de hablar también se puede encontrar en el Antiguo Testamento, como cuando se dice: "La palabra del Señor permanece para siempre" (Sal 119,89), y: "Tú eres el mismo, y tus años no acabarán" (Sal 102,27) Ahora bien, estas y otras cosas similares dice David al hablar de cosas que deben suceder en un largo período de tiempo y que sin duda deben suceder, disipando el temor de los oyentes más insensibles. Pero que la expresión, hasta, dicho de Dios, y hasta, no signifique un fin, oigan lo que dice: "Desde la eternidad, y hasta la eternidad, tú eres Dios" (Sal 90,2), y: "Hasta tu vejez yo soy" (Is 46,4). Por esta razón, en efecto, coloca la muerte en último lugar, para que, a partir de la victoria sobre los demás, esta también pueda ser fácilmente admitida por el incrédulo. Porque cuando destruya al diablo que trajo la muerte, con mucha más razón pondrá fin a su obra.
X
Desde entonces, Pablo lo refirió todo a Cristo: la abolición del gobierno y la autoridad, el perfeccionamiento de su reino (me refiero a la salvación de los fieles, la paz del mundo, la eliminación de los males, pues esto es perfeccionar su reino), el fin de la muerte; y no dijo "el Padre por él", sino "él mismo" se humillará y se pondrá bajo sus pies. Y en ningún lugar mencionó a Aquel que lo engendró. Después, temió que, por esta razón, entre algunas de las personas más irracionales, el Hijo pareciera ser mayor que el Padre, o un principio distinto, no engendrado. Y por lo tanto, con suave reserva, matiza la magnitud de sus expresiones, diciendo: "Sometió todas las cosas bajo sus pies", refiriendo de nuevo al Padre estos elevados logros, mas no como si el Hijo careciera de poder. En efecto, ¿cómo podría serlo él, de quien había testificado antes tan grandes cosas y le había referido todo lo que se dijo? Pero fue por la razón que mencioné, y para mostrar que todas las cosas que se hicieron por nosotros son comunes al Padre y al Hijo. Porque él solo fue suficiente para someterlo todo a él, escuchen de nuevo a Pablo diciendo: "El cual transformará el cuerpo de nuestra humillación, para que sea semejante al cuerpo de su gloria, según el poder con el cual puede también sujetar todas las cosas a sí mismo" (Flp 3,21). Cuando dice Pablo que "todas las cosas le están sujetas", es evidente que se exceptúa a aquel que sujetó todas las cosas a Cristo, dando así testimonio de una gloria no pequeña al Unigénito. Porque si él fuera menor y muy inferior, nunca habría albergado este temor. Y no se contenta con esto, sino que añade algo más, como sigue: Digo, para que nadie pregunte con duda: ¿Y si el Padre no ha sido sujeto a él? Esto no impide en absoluto que el Hijo sea más poderoso. Temiendo esta suposición impía, porque esa expresión no era suficiente para señalar esto también, añadió, yendo mucho más allá: Pero cuando todas las cosas hayan sido sujetadas a él, entonces el Hijo también lo será; mostrando su gran concordia con el Padre, y que él es el principio de todos los demás bienes y la causa primera, que ha engendrado a Uno tan grande en poder y en logros.
XI
Si aquí Pablo dijo más de lo que el tema exigía, no os maravilléis, pues imitando a su Maestro, hace esto: mostrar su concordia con quien lo engendró, y que no ha venido sin su voluntad. Lo hizo como prueba de su concordia con su Maestro, y por la debilidad de las personas a las que se dirigía. Cristo oró a su Padre por esta sola causa, "para que crean que tú me enviaste" (Jn 11,42), y aquí Pablo, en su forma de hablar, y emulando a su Maestro, va más allá de lo requerido, para expulsar por completo las doctrinas impías. De hecho,, cuando quiere arrancar algo de raíz, Pablo suele hacer esto y mucho más. Por ejemplo, cuando habló de una esposa creyente y un esposo incrédulo, unidos por la ley del matrimonio, para que la esposa no se considerara contaminada por esa relación y los abrazos del incrédulo, no dijo Pablo que la esposa no es impura ni que el incrédulo la perjudica, sino, lo que es mucho más, que el incrédulo es incluso santificado por ella. Esto no significaba que el pagano fuera santificado por ella, sino por la gran fuerza de la expresión, ansiosa por disipar su temor. Así también aquí, su celo por refutar esa doctrina impía con una declaración muy contundente fue la causa de su expresión. Así como sospechar de debilidad en el Hijo es extrema impiedad (cosa que Pablo corrige, diciendo "pondrá a todos los enemigos bajo sus pies"), así también es más impío considerar al Padre inferior al Hijo. Por tanto, Pablo tuvo que refutar estas cosas con extrema fuerza. Observen cómo lo expresó. Porque no dijo simplemente "se exceptúa Aquel que le sujetó todas las cosas", sino "esto es manifiesto". Es decir, no sólo como posibilidad de admisión, sino con total seguridad. Y para que sepáis que esta es la razón de lo dicho, os hago esta pregunta: ¿Acaso le sobreviene al Hijo una sujeción adicional en ese momento? ¿Y cómo puede ser esto sino impío e indigno de Dios? Pues la mayor sujeción y obediencia es esta: que aquel que es Dios tomó forma de siervo. ¿Cómo, entonces, se sujetará? ¿Veis que, para quitar la noción de impiedad, usó esta expresión? Y esto también en un sentido adecuado, aunque reservado. Pues se convierte en Hijo y persona divina, así que obedece; no humanamente, sino como alguien que actúa libremente y tiene toda la autoridad. De lo contrario, ¿cómo es co-entronizado? En efecto, "como el Padre levanta, así también Aquel a quien él quiere?" (Jn 5,21), y "son suyas todas las cosas que el Padre tiene, y todo lo que él tiene, lo tiene del Padre" (Jn 16,15). Estas frases nos indican una autoridad exactamente medida por la de Aquel que engendró el Padre.
XII
Sobre la frase "cuándo Dios le entregue el reino", la Escritura reconoce dos reinos de Dios: uno por apropiación, y el otro por creación. Así, Cristo es rey sobre todos (tanto griegos como judíos, demonios y sus adversarios, con respecto a su creación) y rey de los fieles (voluntarios y sujetos, con respecto a hacerlos suyos). Éste es el reino que también se dice que tiene un principio. Con respecto a esto, dice Dios por medio del salmista: "Pídeme, y te daré a los paganos por herencia" (Sal 2,8). Tocando esto también, el mismo Cristo dijo a sus discípulos, "Toda autoridad me ha sido dada por mi padre" (Mt 28,18), refiriéndose todo a Aquel que lo engendró, no como si de sí mismo él no fuera suficiente, sino para significar que él es un Hijo, y no ingénito. Este reino entonces él entrega (es decir, trae a un final correcto). ¿Cuál, entonces, dice alguien, puede ser la razón por la que no habló del Espíritu? Por él no estaba hablando ahora, ni confunde todas las cosas. Puesto que también cuando dice: "Hay un solo Dios Padre y un solo Señor Jesús", sin duda no por considerar al Espíritu inferior, guarda silencio, sino porque, por el momento, no era urgente, así se expresó. Pues suele mencionar sólo al Padre, pero no por ello debemos rechazar al Hijo, de igual manera que aplicar algo al Espíritu Santo no supone negárselo al Padre. Con todo, ¿qué significa que Dios sea "todo en todo"? Esto mismo: que todas las cosas dependan de él, y que nadie suponga dos autoridades sin principio, ni otro reino separado; que nada exista independiente de él. En efecto, cuando los enemigos yazcan bajo los pies del Hijo, y él, al tenerlos bajo los suyos, no discrepara con su Padre, sino que esté en completa armonía con él, entonces él mismo será todo en todo. Pero algunos dicen que dijo esto para declarar la eliminación de la maldad, como si todos se sometieran a partir de entonces y nadie se resistiera ni cometiera iniquidad. Porque cuando no hay pecado, es evidente que Dios será todo en todos.
XIII
Si los cuerpos no resucitan, ¿cómo van a ser ciertas todas estas cosas? Sobre todo porque quien consigue la victoria es el peor enemigo de todos: la muerte, que habría estado obrando todo lo que quiso desde el principio. Además, sabemos que las almas no mueren, y que ya aquí la muerte no tuvo dominio desde el principio, ni hizo lo que quiso. Por tanto, ¿no podrá la carne también derrotar a la muerte? Además, la victoria es ésta: la recuperación de lo que ha sido arrebatado y retenido. Si los cuerpos de los hombres han de ser retenidos en la tierra, se sigue que la tiranía de la muerte permanece, pues estos cuerpos, por su parte, están retenidos, y no hay otro cuerpo en el que pueda ser vencido. Pero si esto de lo que habló Pablo sucede, como sin duda sucederá, la victoria de Dios se manifestará, y será gloriosa, al ser capaz de resucitar los cuerpos que estaban retenidos por ella. Dado que un enemigo también es vencido cuando alguien toma el botín, no cuando lo deja en posesión del otro; pero a menos que uno se atreva a tomar lo que es suyo, ¿cómo podemos decir que está vencido? Después de esta clase de victoria, Cristo mismo afirma en los evangelios que ha sido victorioso, diciendo: "Cuando ate al hombre fuerte, también saqueará sus bienes" (Mt 12,29). De no ser así, no sería en absoluto una victoria manifiesta. Pues así como en la muerte del alma, el que muere es justificado del pecado (Rm 6,7), y sin embargo no podemos decir que esto sea una victoria (pues no es vencedor quien no añade más maldad, sino quien ha eliminado la cautividad anterior de sus pasiones), así también, en este caso, no llamaría una victoria espléndida al hecho de que la muerte se haya visto privada de los cuerpos de los hombres, sino más bien al hecho de que los cuerpos que hasta entonces había retenido le fueran arrebatados. Pero si aún discutieran y dijeran que estas cosas se refirieron a la muerte del alma, ¿cómo es que esta es la última en ser destruida? Ya que en el caso de cada uno en su bautismo ha sido destruida por completo. Sin embargo, si se habla del cuerpo, la expresión es admisible; me refiero a decir que será la última en ser destruida. Pero si alguien dudara de por qué, al hablar de la resurrección, no mencionó los cuerpos que resucitaron en tiempos de nuestro Señor, nuestra respuesta podría ser la siguiente: que esto no podría alegarse en favor de la resurrección. Pues señalar a quienes, tras resucitar, murieron de nuevo no era adecuado para quien se dedica a demostrar que la muerte es completamente destruida. Sí, esta es la razón por la que dijo que es destruido al final, para que nunca más se sospeche de su resurrección. Porque cuando el pecado sea quitado, con mucha más razón cesará la muerte; es inconcebible que, cuando la fuente se seque, el arroyo que fluye de ella siga existiendo; y cuando la raíz sea aniquilada, que el fruto permanezca.
XIV
Hermanos, puesto que en el último día los enemigos de Dios serán destruidos, junto con la muerte, el diablo y los espíritus malignos, que no nos desanime la prosperidad de los enemigos de Dios, porque "los enemigos del Señor, en el momento de su gloria, desfallecerán y se desvanecerán como el humo" (Sal 37,20). Hermano, cuando veas a algún enemigo de Dios rico, con sirvientes armados y muchos aduladores, no te desanimes, sino lamenta, llora, invoca a Dios para que lo incluya entre sus amigos: y cuanto más prospere siendo enemigo de Dios, tanto más te lamentarás por él. Siempre debemos lamentar por los pecadores, pero especialmente cuando disfrutan de riqueza y abundancia de días buenos; así como se debe lamentarse por los enfermos, cuando comen y beben en exceso. Hay quienes, al oír estas palabras, se muestran tan desdichados que suspiran amargamente y dicen: Me debo llorar por quien no tiene nada. Bien has dicho, quien no tiene nada, no porque no tenga lo que otro tiene, sino porque lo considera como algo digno de ser llamado felicidad; sí, por esta razón eres digno de infinitas lamentaciones: así como si una persona sana considerara feliz a quien está enfermo y yace en un lecho blando, este último no es ni de lejos tan desdichado y miserable como él, porque no tiene conciencia de sus propias ventajas. Un resultado similar se puede observar también en el caso de estos hombres; es más, y con esto toda nuestra vida se confunde y desordena. Porque estas palabras han arruinado a muchos, los han entregado al diablo y los han hecho más dignos de lástima que quienes están consumidos por el hambre. Sí, que aquellos que anhelan más son más miserables que los mendigos, pues están poseídos por un dolor mayor y más amargo que ellos, es evidente por lo que sigue. Una sequía azotó nuestra ciudad, y todos temblaban ante el último de los males, y suplicaban a Dios que los librara de este temor. Y se podía ver entonces lo que Moisés dijo: "Los cielos se volvieron de bronce, y la muerte, la más horrible de todas las muertes, aguardaba cada día" (Dt 28,23). Después, cuando le pareció bien al Dios misericordioso, más allá de toda expectativa, descendió del cielo una lluvia abundante y abundante, y desde entonces todos estaban de fiesta y festejos, como si hubieran salido de las mismas puertas de la muerte. Pero en medio de tan grandes bendiciones y la alegría común de todos, una de esas personas extremadamente ricas andaba con el rostro sombrío y abatido, completamente muerta de tristeza; y cuando muchos preguntaron la razón, por la cual en la alegría común de todos los hombres solo él está triste, ni siquiera pudo contener su pasión salvaje, sino que aguijoneado por la tiranía de la enfermedad, declaró ante todos la razón. ¿Por qué, dice él, teniendo en mi poder diez mil medidas de trigo, no tengo forma de disponer de ellas? ¿Lo consideraremos feliz entonces, dime, por estas palabras, por las cuales merecía ser apedreado? ¿A él que fue más cruel que cualquier bestia salvaje, el enemigo común? ¿Qué dices, oh hombre? ¿Estás triste porque no todos perecieron, para que pudieras reunir oro? ¿No has oído lo que dice Salomón, que "al que retiene el grano, el pueblo lo maldecirá" (Prov 11,26)? ¿Vas por ahí como un enemigo común de las bendiciones del mundo, y un enemigo de la liberalidad del Señor del mundo, y un amigo de Mamón? ¿No merece, pues, ser cortada la lengua y apagarse el corazón que pronunció estas palabras?
XV
¿Ven cómo el oro no permite que los hombres sean hombres, sino bestias salvajes y demonios? Es más, ¿qué puede ser más lastimoso que este hombre rico, cuya oración diaria es que haya hambre para tener un poco de oro? Sí, y para entonces su pasión se ha vuelto contraria a sí misma: ni siquiera se regocija por su abundante provisión de frutos de la tierra, sino que precisamente por eso se lamenta más (a tal punto ha llegado) de que sus posesiones sean infinitas. Aunque quien tiene mucho debería estar alegre, este hombre, por eso mismo, está abatido. ¿Ves que, como dije, los ricos no cosechan tanto placer de lo presente como soportan la tristeza por lo que aún no se les ha añadido? Pues quien poseía innumerables cantidades de trigo se lamentaba y lamentaba más que quien padecía hambre. Uno, con sólo tener su alimento necesario, se coronaba, saltaba de alegría y daba gracias a Dios. El otro, que tenía tanto, se inquietaba y creía estar perdido. No es la superfluidad, pues, lo que nos causa placer, sino una mente que se controla a sí misma: pues sin ella, aunque uno lo obtenga y lo tenga todo, se sentirá privado de todo y lamentará en consecuencia. Así como este hombre, del que hablamos ahora, incluso si hubiera vendido todo lo que tenía por la suma que deseaba, se habría lamentado de no haber obtenido más; y si hubiera podido tener más, habría pedido otro anticipo; y si hubiera vendido el celemín por una libra, incluso entonces se habría sentido desconsolado por no poder vender el medio celemín por la misma cantidad. Y si el precio no fue tan alto al principio, no se sorprendan. Como los borrachos tampoco se inflaman al principio, sino que cuando se han cargado de mucho vino, entonces encienden la llama con mayor furia, así estos hombres, cuanto más han agarrado, en mayor pobreza se encuentran, y los que ganan más que otros, son precisamente las personas que están más necesitadas.
XVI
Digo esto no sólo a este avaro concreto, sino también a cada uno de los que están tan enfermos como él. Aquel aumenta el precio de sus mercancías, y éstos se aprovechan de la pobreza de sus vecinos. Nadie en ningún lugar da cuentas de la humanidad, y en todas partes el deseo codicioso atrae a muchos a la hora de la venta. Unos venden el aceite y el vino más rápido, otros más despacio, y ninguno por consideración a los demás. Más bien, uno busca la ganancia, y el otro evitar pérdidas por el deterioro de su producto. Así, como la mayoría de los hombres no prestan mucha atención a las leyes de Dios, se encierran y mantienen todo en sus casas, Dios, al guiarlos por otros medios a la humanidad (para que, si no fuera por necesidad, hicieran algo bueno), les ha infundido el temor a una pérdida mayor, impidiendo que los frutos de la tierra se conserven por mucho tiempo, para que, por el simple temor al daño causado por su deterioro, expongan a la venta a los necesitados, incluso contra su voluntad, las cosas que, malvadamente, entierran en casa y guardan. Sin embargo, después de todo esto, algunos son tan insaciables que ni siquiera por eso se les puede corregir. Muchos, por ejemplo, han llegado al extremo de vaciar barriles enteros, sin dar ni una copa al pobre ni una moneda al necesitado, sino que, una vez convertido en vinagre, lo arrojan todo al suelo y destruyen sus barriles junto con la fruta. Otros, que no querían dar ni un pedazo de un pastel al hambriento, han arrojado graneros enteros a algún río; y como no escucharon a Dios, que les ordenó dar a los necesitados, por orden de la polilla, incluso de mala gana, vaciaron todo lo que tenían en sus casas, en total destrucción y desolación, atrayendo sobre sí, junto con esta pérdida, mucho desprecio y muchas maldiciones. Y así es el curso de sus asuntos aquí; pero en el más allá, ¿qué palabras nos presentarán? Porque así como estos hombres en este mundo arrojan su grano carcomido por la polilla, que se vuelve inútil, a los ríos, así también a quienes hacen tales cosas, por esta misma razón se vuelven inútiles, Dios los arroja al río de fuego. Porque como el grano por la polilla y el gusano, así sus almas son devoradas por la crueldad y la inhumanidad. Y la razón de esto es que están clavados a lo presente, y anhelan solo esta vida. Por lo tanto, estos hombres también están llenos de infinita tristeza; pues, no importa el placer que se les ocurra, el temor a su fin es suficiente para aniquilarlo todo, y tal persona "está muerta, aunque aún viva" (1Tm 5,6). Ahora bien, no es de extrañar que los incrédulos tengan estos sentimientos; pero cuando aquellos que han participado de tan grandes misterios y han aprendido tan altas reglas de abnegación con respecto a las cosas venideras, se deleitan en morar en las cosas presentes, ¿qué indulgencia merecen?
XVII
¿De dónde surge, entonces, la afición del rico por las cosas presentes? De esto mismo: de entregar su mente al lujo, de engordar su carne, de hacer su alma frágil, de hacer su carga pesada, de hacer su oscuridad grande, de hacer su velo espeso. Porque en el lujo, la mejor parte está esclavizada, pero la peor prevalece. La primera está cegada por todos lados y arrastrada en su condición mutilada; mientras que la otra arrastra y conduce a la gente por todas partes, aunque debería estar en el rango de las cosas que son guiadas. Dado que es grande el vínculo entre el alma y el cuerpo, el Creador lo ideó para que nadie nos indujera a aborrecerlo como algo ajeno. Pues Dios nos ordenó amar a nuestros enemigos, pero el diablo ha prevalecido hasta el punto de inducir a algunos incluso a odiar su propio cuerpo. Cuando alguien dice que es del diablo, no prueba nada más que esto, que es el extremo de la senilidad. Pues si es del diablo, ¿qué es esta armonía tan perfecta que la hace idónea en todos los sentidos para las energías del alma que se controla a sí misma? Alguno dirá: Y si es idónea, ¿cómo la ciega el cuerpo? Y yo le digo: No es el cuerpo lo que ciega al alma, sino el lujo. Pero ¿de dónde deseamos el lujo? No de nuestro cuerpo, en absoluto; sino de una mala elección. Pues el cuerpo requiere alimento, no una alimentación excesiva; el cuerpo necesita nutrición, no desintegrarse ni desmoronarse. Ya ves que el lujo es hostil no solo para el alma , sino también para el cuerpo que recibe el alimento. Porque se vuelve más débil en lugar de fuerte, más blando en lugar de firme, enfermizo en lugar de saludable, más pesado en lugar de ligero, más ligero en lugar de compacto, feo en lugar de hermoso, desagradable en lugar de fragante, impuro en lugar de limpio, lleno de dolor en lugar de estar a gusto, inútil en lugar de útil, viejo en lugar de joven, decadente en lugar de fuerte, lento y torpe en lugar de ágil, y mutilado en lugar de completo. Mientras que si fuera del diablo, no debería recibir daño de las cosas del diablo ni del pecado.
XVIII
Hermanos, ni el cuerpo ni la comida son del diablo, sino el lujo, que es el medio por el que este Maligno lleva a cabo sus innumerables males (como hacer víctimas a todo un pueblo). En efecto, "el amado engordó y se hizo grueso, y fue agrandado y pateó" (Dt 32,15), y esta gordura fue también el comienzo de esos rayos sobre Sodoma, como recuerda el profeta que dijo: "Ésta fue la iniquidad de Sodoma: que en saciedad de pan, y orgullo de refinamientos, se volvieron desenfrenados" (Ez 16,4). Es más, también Pablo dijo: "La que se entrega al placer, está muerta mientras vive" (1Tm 5,6). ¿Cómo podría ser esto último? Por esto mismo: por "un sepulcro que cubre su cuerpo, atándola a innumerables males y haciendo que lleve la muerte sobre sí", como decía San Cipriano (Sobre los Lapsos, XXX). A este respecto, si el cuerpo perece, ¿cómo se verá afectada el alma? ¿Qué desorden, qué olas, qué tempestad la llenará? Con esto, como ven, se vuelve inepta para todo deber y no podrá hablar, oír, tomar consejo ni hacer nada necesario con facilidad. Pero como un piloto, cuando la tormenta le quita la destreza, se hunde en las profundidades, con sus barcos, marineros y todo, así también el alma, junto con el cuerpo, se hunde en el doloroso abismo de la insensibilidad. De hecho, Dios ha puesto el estómago en nuestros cuerpos como una especie de molino, dándole una potencia proporcionada y señalándole una medida fija que debe moler cada día. Por lo tanto, si uno echa de más, quedando sin digerir, perjudica a todo el cuerpo. De ahí las enfermedades, las debilidades y las deformidades: ya que, en verdad, el lujo hace a la mujer hermosa no solo enfermiza, sino también desagradable a la vista. Pues cuando emite continuamente exhalaciones desagradables, y respira vapores de vino rancio, y está más ruborizada de lo que debería estar, y estropea la simetría que conviene a una mujer, y pierde toda su belleza, y su cuerpo se vuelve flácido, sus párpados inyectados en sangre y distendidos, y su volumen excesivamente grande, y su carne una carga inútil; considere el disgusto que todo esto produce. Además, he oído a un médico decir que a muchas les ha impedido alcanzar su plenitud nada menos que una vida lujosa. Pues, al estar obstruida la respiración por la multitud de cosas que se introducen y al estar ocupadas en la digestión de dichas cosas, lo que debería servir para el crecimiento se gasta en esta digestión de superfluidades. ¿Por qué hablar de gota, de reumatismo disperso, de las demás enfermedades que surgen de ahí, de toda esa abominación? Pues nada es tan repugnante como una mujer que se mima con mucha comida. Por lo tanto, entre las mujeres más pobres se puede ver más belleza: las superfluidades se consumen y no se adhieren a ellas, como arcilla superflua, inútil y beneficiosa. Pues su ejercicio diario, sus labores, sus penurias, su mesa frugal y su dieta escasa, les proporcionan mucha salud física, y por consiguiente, también mucha belleza.
XIX
El lujo, hermano, no pasa de la garganta, pues en cuanto pasa por la lengua se desvanece, y deja en el cuerpo mucha repugnancia. Por eso te ruego que no observes sólo a los voluptuosos en la mesa, sino que los sigas y los veas levantarse, y vestirse de bestias salvajes, y volverse criaturas irracionales a lo largo del día. Los verás con dolor de cabeza, distendidos, agarrotados, necesitando cama, sofá y mucho descanso, como hombres sacudidos por una gran tempestad que necesitan que otros los salven, y anhelan el estado en que se encontraban antes de estar hinchados hasta reventar: llevan sus vientres con una carga como la de mujeres embarazadas, y apenas pueden avanzar, apenas ven, apenas hablan, y apenas hacen nada. Si por casualidad duermen un poco, vuelven a tener sueños extraños y llenos de todo tipo de fantasías. ¿Qué decir de esa otra locura suya? Me refiero a la locura de la lujuria, pues esta también tiene sus fuentes de aquí. Sí, como caballos salvajes tras la hembra, así ellos, aguijoneados por el aguijón de su embriaguez, se lanzan sobre todo, más irracionales que ellos, y más frenéticos en sus saltos; y cometen muchas más indecencias que tan solo nombrar es ilegal. Porque, de hecho, ya no saben lo que sufren ni lo que hacen. Pero no así quien se abstiene del lujo; más bien, se sienta en el puerto, contemplando los naufragios ajenos, y disfruta de un placer puro y duradero, siguiendo la vida que le corresponde al libre. Sabiendo, pues, estas cosas, huyamos de los banquetes perversos del lujo y aferrémonos a una mesa de sobra, para que, con buenos hábitos de alma y cuerpo, podamos practicar toda virtud y alcanzar los bienes venideros, por la gracia y la misericordia de nuestro Señor Jesucristo.
HOMILÍA 40
I
Si los muertos no resucitan, ¿por qué, entonces, hay quienes se bautizan por los muertos?
Retoma aquí Pablo otro tema, estableciendo en este punto que Dios dice una cosa y la gente practica otra (por supuesto, contradictoriamente). ¿Qué quiere decir, en concreto, Pablo? Lo diré, pero mencionando antes que nada a esos infectados con la herejía marcionita, que pervierten esta expresión. Sé que provocaré muchas risas, pero lo mencionaré para que no se dejen infectar con esta enfermedad herética. En concreto, cuando algún catecúmeno se va de entre los marcionitas, tras ocultar al hombre vivo bajo el lecho del difunto, se acercan al cadáver, hablan con él y le preguntan si desea recibir el bautismo. A continuación, al no responder, el que está oculto debajo dice en su lugar que, por supuesto, desea ser bautizado. Y así lo bautizan a él en lugar del difunto, como hombres que bromean en un escenario. Tan grande es el poder del diablo sobre las almas de los pecadores descuidados. Luego, al ser llamados a rendir cuentas, alegan esta expresión, diciendo que incluso el apóstol dijo "los que se bautizan por los muertos". ¿Ves su extrema ridiculez? ¿Es apropiado entonces responder a estas cosas? Yo no lo creo, a menos que fuera necesario hablar con locos sobre lo que dicen en su frenesí. Pero para que ninguno de los más ingenuos sea llevado cautivo, uno debe someterse a responder incluso a estos hombres. Así pues, si esto era lo que Pablo quería decir, ¿por qué amenazó Dios al que no se bautiza? Porque es imposible que alguien no se bautice de ahora en adelante, habiendo sido esto una vez ideado. Además, la culpa ya no es de los muertos, sino de los vivos. Y si no, ¿a quién dijo Cristo "si no comen mi carne y beben mi sangre, no tienen vida en ustedes mismos"; Jn 6,53) ¿A los vivos o a los muertos, díganme? Y además, "a menos que el hombre nazca de nuevo del agua y del Espíritu, no puede ver el reino de Dios" (Jn 3,5). En efecto, si esto es permitido, y no se necesita la mente del receptor ni su asentimiento mientras viva, ¿qué impide que tanto griegos como judíos se conviertan en creyentes, y que otros hombres, después de su muerte, hagan estas cosas en su lugar? Pero para no prolongar el trabajo infructuoso de cortar sus insignificantes telarañas, vamos a revelarles la fuerza de esta expresión. ¿De qué habla entonces Pablo?
II
Antes de explicar la enseñanza de Pablo, permítanme dirigirme a los iniciados, que esta noche serán introducidos en los misterios. A continuación, por supuesto, explicaré las palabras de Pablo. Los iniciados me obligan a hablar claro, para dejarles claros los misterios inefables. No obstante, en la medida de lo posible, hablaré como a través de un velo. Así, tras la enunciación de esas palabras místicas y temibles, y las imponentes reglas de las doctrinas que descendieron del cielo, esto también añadimos al final, cuando estamos a punto de bautizar, invitándolos a decir: Creo en la resurrección de los muertos, y con esta fe somos bautizados. Tras haber confesado esto junto con lo demás, finalmente descendemos a la fuente de esos arroyos sagrados. Por lo tanto, Pablo, recordándoles esto, dijo: "Si no hay resurrección, ¿por qué se bautizan por los muertos?", a forma de decir: Con miras a esto se bautizan, por la resurrección de su cuerpo muerto, creyendo que ya no permanece muerto. Y tú, en efecto, con tus palabras mencionas la resurrección de los muertos; pero el sacerdote, como una especie de imagen, te indica con hechos lo que has creído y confesado con palabras. Cuando crees sin una señal, él también te da la señal. Cuando hayas hecho tu parte, Dios también te dará plena seguridad. ¿Cómo y de qué manera? Por esto mismo: por el agua, pues ser bautizado, sumergido y luego emerger simboliza el descenso al hades y el regreso. Por eso Pablo también llama al bautismo "una sepultura", diciendo: "Somos sepultados con él por el bautismo para muerte" (Rm 6,4). Con esto hace creíble también lo que está por venir: la resurrección de nuestros cuerpos, porque borrar los pecados es mucho mayor que resucitar un cuerpo. Jesucristo, al declarar esto, dijo: "¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Toma tu lecho y anda? " (Mt 9,5). Lo primero es más difícil, dice Cristo, pero como no lo crees como algo oculto, y facilitas en lugar de dificultar la demostración de mi poder, tampoco me negaré a darte esta prueba. Entonces le dice al paralítico: "Levántate, toma tu lecho y vete a tu casa". Alguno dirá: ¿Y cómo va a ser tan difícil esto, cuando también es posible para reyes y gobernantes, pues ellos también perdonan a los adúlteros y homicidas? Y yo le digo: Bromeas, oh hombre, porque sólo Dios puede perdonar pecados. Además, los gobernantes y reyes, ya sean adúlteros o homicidas, pueden liberar su castigo presente; pero no expían su pecado. Aunque ascendieran a cargos a quienes han sido perdonados, aunque los invistieran con la púrpura misma, aunque les pusieran la diadema sobre la cabeza, solo los harían reyes, pero no podrían liberarlos de su pecado. Es sólo Dios quien hace esto; lo cual, en consecuencia, en el lavacro de la regeneración, él realizará. Porque su gracia toca el alma misma y de allí arranca el pecado de raíz. He aquí la razón por la que quien ha sido perdonado por el rey puede ser visto con el alma aún impura, pero el alma del bautizado ya no lo es, sino más pura que los rayos del sol, tal como fue formada originalmente, incluso mucho mejor. Pues está bendecida con un Espíritu que la inflamará por todos lados e intensificará su santidad. Y así como al fundir hierro u oro se lo vuelve puro y nuevo, así también el Espíritu Santo, fundiendo el alma en el bautismo como en un horno y consumiendo sus pecados, la hace brillar con más pureza que el oro puro. Además, la credibilidad de la resurrección de nuestros cuerpos les indica de nuevo por lo que sigue: que dado que el pecado trajo la muerte, ahora que la raíz se ha secado, no se debe dudar de la destrucción del fruto. Por lo tanto, habiendo mencionado primero el perdón de los pecados, a continuación confiesan también la resurrección de los muertos; una los guía como de la mano hacia la otra. Una vez más, porque el término resurrección no es suficiente para indicar el todo, pues muchos después de resucitar han partido nuevamente, como aquellos en el Antiguo Testamento, como Lázaro, como ellos en el tiempo de la crucifixión. A todos se nos ordena decir "vida eterna", para que nadie pueda tener ya noción de la muerte después de esa resurrección. Estas palabras, por tanto, Pablo, recordándoles, dice: "¿Qué harán los que se bautizan por los muertos?". Sobre todo porque, si no hay resurrección, estas palabras son sólo un escenario. Además, si no hay resurrección, ¿cómo los persuadimos a creer cosas que no otorgamos? Esto es como si una persona pide a otra que le entregue un documento en el sentido de que ha recibido tanto, y nunca diera la suma mencionada en el mismo, y después de la suscripción le exige el dinero especificado. ¿Qué le queda entonces al suscriptor por hacer, ahora que se ha hecho responsable, sin haber recibido lo que admitió haber recibido? Esto, entonces, dice aquí también de los que se bautizan. ¿Qué harán los que se bautizan, dice Pablo, habiendo suscrito la resurrección de los muertos, y no recibiéndola, sino sufriendo fraude? ¿Y qué necesidad había en absoluto de esta confesión, si el hecho no se seguía?
III
¿Por qué estamos en peligro a cada hora? Yo protesto por la gloria que tengo en Cristo Jesús, por el que cada día muero
Vean de nuevo cómo Pablo se esfuerza por establecer la doctrina, desde el sufragio de los apóstoles. Esto no es poca cosa, pues presenta a maestros llenos de vehemente convicción, que demostraban lo que decían con hechos. Por lo tanto, como ven, no dice simplemente "estamos persuadidos" (que por sí solo no fue suficiente para persuadirlos), sino que también proporciona la prueba con hechos, como si dijera: Confesar estas cosas con palabras quizás no les parezca sorprendente; pero si también les presentamos la voz que los hechos envían, ¿qué pueden decir en contra? Escuchen, entonces, cómo a pesar de nuestros peligros también confesamos estas cosas día tras día. Y dijo no yo sino nosotros, tomando consigo a todos los apóstoles juntos, y así hablando a la vez con modestia y añadiendo credibilidad a su discurso. ¿Qué pueden decir? ¿Que los engañamos al predicar estas cosas y que nuestras doctrinas son producto de la vanagloria? No, pues nuestros peligros les impiden dictar semejante sentencia, y ¿quién elegiría estar en constante peligro sin propósito ni efecto? Por eso también dijo: "¿Por qué estamos en peligro a cada hora?". Si alguien lo eligiera por vanagloria, su elección sería solo una vez, no toda su vida, como la nuestra. Porque hemos dedicado toda nuestra vida a este propósito. Así, dado que había insinuado que sus peligros eran muchos, para que no pareciera que lo decía a modo de lamentación, lejos de afligirse, dice: "Me glorío en sufrir esto por vosotros". Y doblemente, dice, se deleita en ello, tanto por estar en peligro por ellos como por contemplar su capacidad. A continuación, haciendo lo que es habitual en él, por haber expresado grandes cosas, se refiere a Cristo. Con todo, ¿cómo "muere a diario"? Por esto mismo: por su disposición y preparación para ese acontecimiento. ¿Y por qué dice estas palabras? Porque con ellas también establece la doctrina de la resurrección, a forma de decir: ¿Quién elegiría sufrir tantas muertes si no hay resurrección ni vida después de esto? Sí, si quienes creen en la resurrección apenas se arriesgarían por ella si no fueran muy nobles de corazón, mucho menos el incrédulo elegiría sufrir tantas y tan terribles muertes. Así, vean gradualmente cuán alto asciende. Había dicho que estamos en peligro "cada hora" y diariamente, y que no sólo "estoy en peligro" sino que "incluso muero". Aquí señala también qué tipo de muertes eran éstas, diciendo lo siguiente.
Como hombre, yo peleé contra fieras en Efeso, mas ¿de qué me sirve?
Alguno preguntará: ¿Por qué no libró Dios a Pablo de esos peligros?, sobre todo para que no se preocupara más por estas cosas, y se dedicara mejor a la predicación. Y yo le contesto: Porque hubiera recibido la recompensa antes de tiempo, y la conversión del tiempo presente no está para recompensas en este mundo. En concreto, lo que Pablo vino a decir a los corintios, fue, más o menos: Vosotros habéis creído sin peligro, pero nosotros hemos sido masacrados por ello. Por supuesto, no dijo esto por mostrar su ventaja en el sufrimiento, sino por la debilidad de muchos y para afirmarlos en la doctrina de la resurrección. Así que, cuando añade "si sólo en esta vida hemos esperado en Cristo, somos de todos los hombres los más dignos de lástima", es por ellos por lo que lo añade, para que, mediante el temor a esta miseria, pudieran vencer su incredulidad en la resurrección. En condescendencia con su debilidad, pues, habla Pablo así, pues la gran recompensa es agradar a Cristo en todo momento, y aparte de la recompensa, es una gran recompensa estar en peligro por su causa.
IV
Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, porque mañana moriremos
Estas palabras de Pablo, sin duda, son una burla, y por ello no las dijo el apóstol por propia iniciativa, sino provocado por los corintios y recurriendo a un profeta de gran autoridad: Isaías, que al hablar de ciertas personas insensibles y reprobadas, usó estas palabras: "Matan bueyes y ovejas para comer carne y beber vino, y dicen: Comamos y bebamos, que mañana moriremos". Estas cosas son reveladas a los oídos del Señor de los Ejércitos, y esta iniquidad no les será perdonada hasta que mueran (Is 22,13-14). Si entonces se les privó del perdón a quienes hablaron así, mucho más en el tiempo de la gracia. A continuación, para no hacer demasiado áspero su discurso, no se detiene mucho en su reducción al absurdo, sino que vuelve a convertir su discurso en exhortación, diciendo lo siguiente.
Las malas compañías corrompen las buenas costumbres
Dijo esto Pablo tanto para reprender a los corintios por su falta de entendimiento (pues aquí, con una expresión caritativa, llama bueno a lo que se engaña fácilmente), como también, en la medida de lo posible, para hacerles una concesión por el pasado con miras a su regreso, y para quitarles y transferir a otros la mayor parte de sus acusaciones, y así también para inducirlos al arrepentimiento. Lo mismo hace en la Carta a los Gálatas, diciendo: "El que os perturba llevará su juicio, quien quiera que sea" (Gál 5,10).
Despertad con rectitud y no pecad
En concreto, lo que añadió Pablo a esto fue "como si hablara con borrachos y locos". Lo dijo porque, de repente, echarlo todo de sus manos era propio de borrachos y locos, al no ver ya lo que veían ni creer lo que antes habían confesado. Pero ¿qué significa justamente? Esto mismo: con vistas a lo que es provechoso y útil, porque es posible despertar injustamente cuando uno se exalta profundamente para perjudicar su propia alma. Por eso añadió "no peques", dando a entender que de ahí provenían los pecados de su incredulidad. En muchos pasajes, encubiertamente, significa que una vida corrupta es la raíz de las malas doctrinas; como cuando dice: "El amor al dinero es raíz de toda clase de males, que algunos, al perseguir, se han extraviado de la fe" (1Tm 6,10). Sí, y muchos de los que son conscientes de la maldad y no quisieran pagar su castigo, son dañados también por este temor en su fe concerniente a la resurrección, así como aquellos que muy virtuosamente desean contemplarla diariamente.
Algunos no conocen a Dios, y para vergüenza suya lo digo
Vean cómo de nuevo transfiere Pablo sus acusaciones a otros, pues no dijo "no tenéis conocimiento", sino "algunos no tienen conocimiento", porque la incredulidad en la resurrección es propia de quien no es plenamente consciente de que el poder de Dios es irresistible y suficiente para todo. En efecto, si de lo inexistente creó lo existente, mucho más podrá resucitar lo disuelto. Y como los había tocado en lo más profundo y se había burlado excesivamente de ellos, acusándolos de glotonería, de locura, de locura; mitigando esas expresiones, dice: "Hablo para avergonzarles", a forma de decir: Para enderezarles, para restituirles, para hacerles mejores, mediante esta vergüenza suya. No obstante, también temía que, si los hería demasiado, los sobresaltaría.
V
Hermanos, no consideremos estas cosas como dirigidas sólo a los corintios, sino también a todos los que sufren la misma enfermedad y viven una vida corrupta. Pues, en verdad, no sólo quienes sostienen doctrinas corruptas, sino también quienes están atrapados en pecados graves, están ebrios y frenéticos. Por lo tanto, con justicia se les puede decir: ¡Despierten!, y especialmente a quienes están agobiados por el letargo de la avaricia, quienes roban con maldad. Porque hay un robo que es bueno, el robo del cielo, que no daña. Y aunque en cuanto al dinero es imposible que alguien se enriquezca a menos que otro primero se empobrezca, sin embargo, en lo espiritual no es así, sino todo lo contrario: es imposible que alguien se enriquezca sin enriquecer a otro. Porque si no ayudas a nadie, no podrás enriquecerte. Así, mientras que en las cosas temporales la impartición causa disminución, en las espirituales, por el contrario, la impartición aumenta, y la no impartición produce gran pobreza y acarrea un castigo extremo. Y esto lo representa quien enterró el talento. Sí, y también quien posee una palabra de sabiduría, al impartirla a otro aumenta su propia abundancia, haciendo sabios a muchos; pero quien la entierra en casa, se priva de su abundancia al descuidar el beneficio de muchos. Así mismo, quien poseía otros dones, al sanar a muchos, aumentó su propio don; y no se vació al impartir, sino que llenó a muchos otros con su propio don espiritual. Y en todas las cosas espirituales esta regla permanece inquebrantable. Así también en el Reino, quien hace que muchos participen consigo mismo del Reino recibirá con ello los frutos más completos a cambio; pero quien se esfuerza por no tener a nadie participante, será excluido de esas muchas bendiciones. Porque si la sabiduría de este mundo de los sentidos no se agota, aunque diez mil la aprovechen por la fuerza; ni el artífice, al hacer muchos artífices, pierde su propia habilidad; mucho menos el que se apodera del Reino lo disminuye; pero entonces nuestras riquezas aumentarán cuando llamemos a muchos para ese propósito. Apoderémonos, pues, de las cosas que no se pueden gastar, sino que aumentan a medida que las aprovechamos: apoderémonos de las cosas que no admiten que nadie nos defraude con falsas acusaciones, que nadie nos envidie por ellas. Pues así, si hubiera un lugar que tuviera una fuente de oro que brotara con una inundación continua, y fluyera más a medida que más se extrajera de ella; y hubiera otro lugar que tuviera un tesoro enterrado en la tierra; ¿de cuál desearías enriquecerte? ¿No sería desde el principio? Claramente. Pero para que esto no sea una mera concepción en palabras, considera lo que se dice en referencia al aire y al sol. Pues estos son aprovechados por todos y satisfacen a todos. Éstos, sin embargo, ya sea que los hombres los disfruten o no, permanecen iguales sin disminuir; pero lo que mencioné es algo mucho mayor; porque la sabiduría espiritual no permanece igual, distribuida o no, sino que aumenta en la distribución. Pero si alguno no soporta lo que he dicho, sino que se aferra a la pobreza de las cosas mundanas, aferrándose a las cosas que sufren disminución: incluso con respecto a esas otra vez, que recuerde el alimento del maná (Ex 16,20) y tiemble ante el ejemplo de ese castigo. Porque lo que sucedió en esa instancia, este mismo resultado puede verse ahora también en el caso de los hombres codiciosos. Pero lo que entonces sucedió con los gusanos fue engendrado por su codicia . Esto también sucede ahora en su caso. Porque la medida de la comida es la misma para todos; nosotros teniendo solo un estómago para llenar; sólo ustedes que comen lujosamente tienen más de qué deshacerse. Y como en ese caso los que en sus casas recogieron más de la cantidad legal, no recogieron maná, sino más gusanos y podredumbre; así tanto en el lujo como en la codicia, los glotones y los borrachos no recogen más exquisiteces sino más corrupción.
VI
Sin embargo, mucho peores que los corintios son los hombres de nuestro tiempo, pues aquéllos experimentaron esto de una vez por todas y recibieron corrección, mas éstos, trayendo a diario a sus casas este gusano mucho más doloroso, no lo perciben ni se sacian. Porque estas cosas se asemejan a las de nuestro inútil trabajo en ellos (pues en cuanto al castigo son mucho peores), aquí está la prueba para que la consideren. ¿En qué, pregunto, se diferencia el rico del pobre? ¿No tiene un solo cuerpo que vestir? ¿Un solo vientre que alimentar? ¿En qué, entonces, tiene ventaja? En las preocupaciones, en gastarse, en desobedecer a Dios, en corromper la carne, en desperdiciar el alma. Sí, en estas cosas tiene ventaja sobre el pobre, pues si tuviera muchos estómagos que llenar, tal vez podría decir algo, como que su necesidad era mayor y la necesidad de gastar mayor. Pero incluso ahora, dice alguien, podrían replicar que llenan muchos vientres, los de sus sirvientes, los de sus criadas. Pero esto no lo hacen por necesidad ni por humanidad, sino por mero orgullo, por lo que no se puede aceptar su excusa. ¿Por qué tienen tantos sirvientes? Ya que, así como en nuestra vestimenta debemos atender solo a nuestras necesidades, y en nuestra mesa, también en nuestros sirvientes. ¿Qué necesidad hay entonces? Ninguna en absoluto. Porque, de hecho, un amo solo necesita emplear a un sirviente; o mejor aún, dos o tres amos a un sirviente. Pero si esto es penoso, consideren a los que no tienen nada y disfrutan de una atención más pronta. Porque Dios ha hecho a los hombres suficientes para ministrarse a sí mismos, o mejor aún, también a su prójimo. Y si no lo creen, escuchen a Pablo decir: "Estas manos me sirvieron a mí y a los que estaban conmigo" (Hch 20,34). Después de eso, él, el maestro del mundo y digno del cielo, no desdeñó servir a innumerables otros. ¿Consideran ustedes que es una desgracia, a menos que carguen con manadas enteras de esclavos, sin saber que esto, en verdad, es lo que más los avergüenza? Porque para ese fin Dios nos concedió manos y pies, para que no tuviéramos necesidad de sirvientes. Ya que la clase de esclavos no se introdujo por necesidad, pues de lo contrario, junto con Adán, se habría formado un esclavo; pero es la pena del pecado y el castigo de la desobediencia. Pero cuando Cristo vino, también puso fin a esto, porque "en Cristo Jesús no hay esclavo ni libre" (Gál 3,28). Así que no es necesario tener un esclavo; o si es necesario, que sea solo uno, o a lo sumo dos. ¿Qué significan las "multitudes de sirvientes"? Pues, como los vendedores de ovejas y los traficantes de esclavos, así hacen sus rondas nuestros ricos, en los baños y en el foro. Sin embargo, no seré demasiado preciso. Te permitiremos tener un segundo sirviente. Pero si reúnes muchos, no lo haces por humanidad, sino por autocomplacencia. Ya que si es para cuidarlos, te pido que no los ocupes de tu propio sustento, sino que, cuando los hayas comprado y les hayas enseñado oficios para que se mantengan, los dejes en libertad. Pero cuando los azotas, cuando los encadenas, ya no es una obra de humanidad. Y sé que estoy disgustando a mis oyentes. Pero ¿qué debo hacer? Para esto estoy establecido, y no cesaré de decir estas cosas, salga algo de ellas o no. Con todo, ¿qué significa que "despejen el camino delante de ustedes en el mercado"? ¿Están caminando entre bestias salvajes que ahuyentan a las que se encuentran con ustedes? Significa esto: que no tengan miedo, pues aquellos que se acercan a ustedes, y caminan cerca de ustedes, no muerden. Pero ¿consideran un insulto caminar al lado de otros hombres? Qué locura es esta, qué prodigiosa necedad, cuando un caballo los sigue de cerca, no pensar que les trae ningún insulto; pero si es un hombre, a menos que sea conducido a cien millas de distancia, considerar que los deshonra. ¿Y por qué tienen también sirvientes para llevar faces, empleando a hombres libres como esclavos, o mejor dicho, viviendo ustedes mismos más deshonrosamente que cualquier esclavo? Porque, en verdad, más vil que cualquier sirviente es quien lleva consigo tanto orgullo. Por lo tanto, quienes se han esclavizado a esta dolorosa pasión ni siquiera podrán vislumbrar la verdadera libertad. Si tienes que ahuyentar y desalojar, que no sean los que se acercan a ti, sino tu propio orgullo lo que ahuyentes; no por tu siervo, sino por ti mismo; no con este azote, sino con lo espiritual. Ya que ahora tu siervo ahuyenta a quienes caminan a tu lado, tú mismo eres expulsado de tu alto puesto con mayor vergüenza por tu propia voluntad que cualquier siervo puede expulsar a tu vecino. Pero si, descendiendo de tu caballo, ahuyentas el orgullo con humildad, te sentarás más alto y te colocarás en mayor honor, sin necesidad de ningún siervo para ello. Quiero decir que cuando te hayas vuelto modesto y camines por la tierra, te sentarás en el carro de la humildad que te lleva hasta los cielos, ese carro con corceles alados. Pero si al caer de él, pasas al de la arrogancia, no estarás en mejor estado que los mendigos que son arrastrados por el suelo, incluso mucho más miserables y dignos de lástima que ellos: ya que a ellos la imperfección de sus cuerpos los obliga a ser arrastrados así, pero a ti la enfermedad de tu propia arrogancia. Porque "todo aquel que se exalta a sí mismo será maltratado" (Mt 23,12). Para que no seamos maltratados, sino exaltados, acerquémonos a esa exaltación. Porque así también hallaremos descanso para nuestras almas según el oráculo divino, y alcanzaremos el verdadero y más exaltado honor; el cual todos podemos obtener, por la gracia y la misericordia de Jesucristo.
HOMILÍA 41
I
Alguno dirá: "¿Cómo que resucitan los muertos? ¿Y con qué cuerpo vienen?". ¡Necio! Lo que tú mismo siembras, no se vivifica si no muere
Aunque Pablo es manso y humilde en gran medida y en todas partes, aquí adopta un estilo más bien mordaz debido a la impiedad de los corintios que le contradecían. Sin embargo, no se contenta con esto, sino que también emplea razones y ejemplos, sometiendo así incluso a los más contenciosos. Anteriormente, ya había dicho Pablo que, "si por un hombre vino la muerte, por un hombre también vino la resurrección de los muertos". En el caso presente, aquí resuelve una objeción presentada por los gentiles. Vean cómo de nuevo suaviza la vehemencia de su censura; al decir no (aunque tal vez ustedes digan), sino que detuvo al objetor indefinidamente, para que, aunque empleara su estilo impetuoso con total libertad, no herirá demasiado severamente a sus oyentes. Y plantea dos dificultades: una sobre la forma de la resurrección, la otra, sobre la clase de cuerpos. De ambas parte, por su parte, se preguntaron: ¿Cómo resucita lo que ha sido disuelto? ¿Y con qué clase de cuerpo vienen? ¿Y qué significa "con qué clase de cuerpo"?¿Con esto que se ha desperdiciado, que ha perecido, o con algún otro? A continuación, para señalar Pablo que los objetos de su investigación no son cuestionables, sino puntos admitidos, los confronta de inmediato con mayor dureza, diciendo: "¡Necio!, lo que tú mismo siembras no se vivifica, a menos que muera". Lo mismo solemos hacer nosotros, con quienes contradicen lo reconocido.
II
¿Por qué no apeló de inmediato Pablo al poder de Dios? Porque está hablando con incrédulos. De hecho, cuando su discurso se dirige a los creyentes, no necesita muchas razones. Por lo tanto, habiendo dicho en otro lugar que "Cristo transformará el cuerpo de vuestra humillación, para que sea semejante al cuerpo de su gloria" (Flp 3,2), y habiendo indicado algo más que la resurrección, no menciona ahora analogías, sino que, en lugar de cualquier demostración, presenta el poder de Dios, y continúa diciendo: "Según la obra por la cual él es capaz de sujetar todas las cosas a sí mismo". Es decir, habiéndolo establecido a partir de las Escrituras, añade también en lo que viene después, estas cosas además, teniendo en cuenta a quienes no obedecen las Escrituras; y dice: "Oh, necio, lo que siembras", a forma de decir: De ti mismo tienes la prueba de estas cosas, por lo que haces cada día, y ¿aún dudas? Por eso te llamo necio, porque ignoras las cosas que haces a diario, y siendo tú mismo artífice de una resurrección, dudas de Dios. Por eso dijo con gran énfasis: "Lo que tú siembras, tú que eres mortal y perecedero, eso cosechas". El énfasis puede resumirse así: Si Dios da cuerpo a la semilla que siembras para tu propio uso y beneficio, mucho más dará el mismo Dios cuerpo a la semilla que él mismo siembra, ya que el fin por el que la siembra no es tu beneficio temporal ni tu comodidad, sino su propia gloria inmortal. Observen aquí cómo usa Pablo expresiones apropiadas para su propósito: así, dice que no se vivifica a menos que muera. Dejando, como ven, los términos propios de la semilla, como que brota, crece y se disuelve, adopta los que corresponden a nuestra carne, a saber, se vivifica y, a menos que muera; que no pertenecen propiamente a las semillas, sino a los cuerpos. Y él no dijo que después de muerto vive, sino, lo que es mayor, que por lo tanto vive, porque muere. ¿Ven lo que siempre observo, que continuamente le da a su argumento el giro contrario? Así, lo que ellos hicieron una señal segura de que no resucitamos, él lo convierte en una demostración de nuestra resurrección. Porque dijeron que el cuerpo no resucita porque está muerto. ¿Qué dice entonces él, replicándolos? No, sino que a menos que muera, no podría resucitar; y por lo tanto resucita, porque murió. Esto es algo que Cristo indica más claramente, cuando dice: "Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, permanece solo; pero si muere, da mucho fruto" (Jn 12,24). Pablo, tomando este ejemplo, no dijo "no vive", sino "no es vivificado", asumiendo de nuevo el poder de Dios y mostrando que no es la naturaleza de la tierra, sino Dios mismo, quien lo hace todo. ¿Y cuál puede ser la razón por la que no mencionó aquello que era más afín al tema, la semilla de la humanidad (pues nuestra generación también comienza con una especie de descomposición, como la del grano)? Por esto mismo: porque no tenía la misma fuerza, pero esta última era un ejemplo más completo: pues busca un caso de algo que pereció por completo, mientras que esto era sólo una parte; por lo que más bien alega lo otro. Además, aquello procede de un cuerpo vivo y cae en un vientre vivo; pero aquí no es carne, sino la tierra donde se vierte la semilla, y en ella se disuelve, como el cuerpo muerto. Por lo tanto, también por esta razón, el ejemplo era más apropiado.
III
El que siembra, no siembra el cuerpo que ha de salir
Lo antes mencionado respondía a la pregunta de cómo resucitan los cuerpos, pero quedaba la duda de con qué tipo de cuerpo resucitan. Al hacerlo, declara que "no siembras el cuerpo que surgirá". ¿Qué significa esto? En primer lugar, no significa ni espiga entera ni grano nuevo, pues aquí su discurso ya no se refiere a la resurrección, sino a la manera de la resurrección y a qué tipo de cuerpo resucitará (si será del mismo tipo, o mejor y más glorioso). Por tanto, si toma ambas cosas de la misma analogía, lo único que insinúa es que dicho cuerpo será mucho mejor que el anterior, pero no distinto. Los herejes, sin considerar nada de esto, se lanzan contra nosotros y dicen: Un cuerpo cae y otro se levanta, luego ¿cómo hay resurrección? A estos herejes, yo les digo: La resurrección consiste en levantar lo caído. Además, ¿dónde está ese maravilloso y sorprendente trofeo sobre la muerte, si un cuerpo cae y otro se levanta? Pues ya no parecerá que ha devuelto lo que capturó. ¿Y cómo puede la supuesta analogía encajar con lo antes mencionado? Pues no es una sustancia la que se siembra y otra la que resucita, sino la misma sustancia mejorada. De lo contrario, Cristo tampoco habría recuperado el mismo cuerpo cuando se convirtió en la primicia de los que resucitan; pero, según ustedes, desechó el cuerpo anterior, aunque no había pecado, y tomó otro. ¿De dónde proviene entonces ese otro cuerpo? Y si este cuerpo era de la Virgen, aquel ¿de dónde era? ¿Ven hasta qué absurdo ha llegado el argumento? Pues ¿para qué muestra las mismas marcas de los clavos? ¿No fue para demostrar que es ese mismo cuerpo el que fue crucificado y el mismo el que resucitó de entre los muertos? ¿Y qué significa también su tipo de Jonás? Porque ciertamente no fue un Jonás el que fue tragado y otro el que fue arrojado a tierra firme. ¿Y por qué dijo también: "Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré"? Porque lo que fue destruido, claramente lo resucitó. Por eso el evangelista añadió que "hablaba del templo de su cuerpo" (Jn 2,19-21). ¿Qué significa, entonces, "no siembras el cuerpo que ha de ser"? Por supuesto, no significa la espiga (que es la misma y no la misma, cuando ésta crece y va mejorando) sino el cuerpo resucitado (es decir, el mismo pero resucitado). De hecho, el propio Pablo matiza el dicho oscuro e interpreta él mismo lo que había dicho, impidiendo que el oyente desvíe sus pensamientos hacia otra dirección. ¿Qué necesidad hay entonces de nuestros razonamientos? Escúchenlo hablar y explicar la frase: "No siembras el cuerpo que ha de salir", a forma de decir: Un grano desnudo puede ser de trigo o de alguna otra especie, pero éste no es el cuerpo que ha de salir, ni está vestido así. Por ejemplo, no tiene tallo ni barba.
Dios dio el cuerpo como a él le agradó
Alguno dice que este cuerpo resucitado sería obra de la naturaleza. Y yo le respondo: ¿Y de qué naturaleza? Porque en ese caso, Dios también lo haría, pues él es quien lo hace todo, y no la naturaleza, ni la tierra, ni la lluvia, sino de la nada. De hecho, al manifestar Pablo estas cosas, omite la tierra, la lluvia, la atmósfera, el sol y las manos de los agricultores, y añade: "Dios le da un cuerpo como le plació". No preguntes, pues, con curiosidad, ni te preocupes por el cómo y de qué manera, cuando oigas del poder y la voluntad de Dios. Y a cada semilla un cuerpo propio. ¿Dónde está entonces la materia extraña de la que hablan? Pues Dios "da a cada uno lo suyo". Así que, cuando dice "no sembréis lo que será", no dice que una sustancia surja en lugar de otra, sino que se mejore y sea más gloriosa. Pues a cada semilla, dice, un cuerpo propio. De ahí que, en lo que sigue, introduzca también la diferencia de la resurrección que entonces ocurrirá. Pues no supongamos que, porque se siembra grano y todas brotan espigas, también en la resurrección hay igualdad de honor. Pues, en primer lugar, ni en las semillas hay un solo rango, sino que algunas son más valiosas y otras inferiores. Por lo tanto, añadió que "a cada semilla le corresponde su propio cuerpo". Sin embargo, no se contenta con esto, sino que busca otra diferencia mayor y más manifiesta. Para que, al oír, como dije, que todos resucitan, no supongan que todos disfrutan de la misma recompensa. Pablo ya planteó las semillas de este pensamiento, diciendo: "Cada uno en su propio orden". Pero aquí también lo expone con mayor claridad, diciendo lo siguiente.
IV
No toda carne es la misma. Una carne es la de los hombres, otra la de las bestias, otra la de las aves, y otra la de los peces. Hay también cuerpos celestes y cuerpos terrestres; pero una es la gloria de los celestes y otra la de los terrestres. Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas, pues una estrella es diferente de otra en gloria
¿Qué quiere decir Pablo con estas expresiones? ¿Por qué, tras hablar de la resurrección del cuerpo, se dedica a hablar de las estrellas y el sol? En primer lugar, el apóstol no se desvió ni apartó de su propósito, ni mucho menos, sino que se aferró a él. Si bien había establecido la doctrina de la resurrección, insinúa a continuación que grande será entonces la diferencia de gloria, aunque solo haya una resurrección. Y por el momento divide el todo en dos: en cuerpos celestiales y cuerpos terrestres. Que los cuerpos resucitan, lo indicó con el grano; pero que no todos están en la misma gloria, lo indica con esto. Pues así como la incredulidad en la resurrección hace que los hombres se sientan sumisos, también los hace indolentes pensar que a todos se les concede la misma recompensa. Por lo tanto, corrige ambos, y habiendo completado los versículos anteriores, ahora comienza uno nuevo. Habiendo hecho dos rangos, el de los justos y el de los pecadores, estos mismos dos los subdivide nuevamente en muchas partes, significando que ni los justos ni los pecadores obtendrán lo mismo; ni los justos, todos ellos, iguales con otros justos, ni los pecadores con otros pecadores. Ahora bien, como ven, primero establece una distinción entre justos y pecadores, al decir cuerpos celestiales y terrestres: con los terrestres se refiere a estos últimos, y con los celestiales a los primeros. Luego, introduce una diferencia entre pecadores y pecadores, diciendo: "No toda carne es la misma carne, sino que hay una carne de peces, otra de aves y otra de bestias. Sin embargo, todos son cuerpos; pero algunos son más viles y otros menos. Y esto también en su forma de vida y en su propia constitución". Dicho esto, asciende de nuevo al cielo, diciendo: "Una es la gloria del sol y otra la de la luna. Porque así como en los cuerpos terrenales hay una diferencia, también en los celestiales; y esa diferencia no es común, sino que llega hasta lo más profundo: no sólo hay diferencia entre el sol y la luna, y las estrellas, sino también entre estrellas y estrellas". Pues ¿qué importa si todos están en el cielo? Sin embargo, algunos tienen mayor gloria, otros menor. ¿Qué aprendemos de esto? Que aunque todos estén en el reino de Dios, no todos disfrutarán de la misma recompensa; y aunque todos los pecadores estén en el infierno, no todos sufrirán el mismo castigo.
V
Se siembra en corrupción, se resucita en incorrupción
¿Cómo es esto posible? Por esto mismo: por una diferencia considerable, que el apóstol muestra a través de una comparación. Así como en el caso de las semillas, Pablo usó el término propio de los cuerpos, diciendo que no se vivifica a menos que muera, así en el caso de los cuerpos, la expresión que pertenece a las semillas, diciendo que "se siembra en corrupción, resucita en incorrupción". No dijo que "se produce", para que no lo consideren obra de la tierra, sino que resucita. Aquí, sembrar no se refiere a nuestra generación en el vientre materno, sino al entierro en la tierra de nuestros cuerpos muertos, a su disolución y cenizas. Por lo tanto, habiendo dicho que "se siembra en corrupción, resucita en incorrupción", lo que viene a decir es: Se siembra en deshonra y se resurge en gloria. Se siembra "en debilidad", porque antes de 30 días todo desaparece, y la carne no puede mantenerse unida ni resistir un solo día. Resurge "en poder", porque nada prevalecerá contra ella en el futuro. He aquí por qué necesitaba esas analogías anteriores, para que muchos, al oír que resucitan en incorrupción, gloria y poder, no supusieran que no hay diferencia entre quienes resucitan. Pues todos, en efecto, resucitan, tanto en poder como en incorrupción; y en esta gloria de su incorrupción, sin embargo, no todos gozan del mismo honor y seguridad.
Se siembra un cuerpo natural, se obtiene un cuerpo espiritual. Hay un cuerpo natural y hay un cuerpo espiritual
¿Qué dices aquí, oh Pablo? ¿No este cuerpo resucitado será espiritual? Sí, contestaría el apóstol, y mucho más. Porque ahora, a menudo, la abundante gracia del Espíritu Santo se desvanece al cometer grandes pecados. Además, al permanecer el Espíritu presente, la vida de la carne depende del alma, y el resultado en tal caso es un vacío, sin el Espíritu. No obstante, en el día final no será así, sino que morará continuamente en la carne de los justos, y la victoria será suya, estando también presente el alma natural. Esto es similar a lo que en otro lugar decía, insinuando "un cuerpo espiritual", o que sería más ligero y sutil, capaz incluso de ser transportado por el aire. O mejor dicho, que se refería a ambas cosas. Si no crees esta doctrina, contempla los cuerpos celestes, que son tan gloriosos y (por ahora) tan duraderos, y que habitan en una tranquilidad imperecedera. Si no creer esta doctrina, por lo menos cree que Dios tiene poder para hacer que estos cuerpos corruptibles sean incorruptibles, y mucho más excelentes que los visibles.
VI
Adán fue hecho el primer hombre, como alma viviente. Cuando llegó el postrero Adán, fue hecho el Espíritu vivificante
¿Por qué dijo Pablo aquí que "está escrito"? Por esto mismo: porque modificó la expresión según el desarrollo de los acontecimientos, como suele hacerlo todo profeta (de hecho, Isaías dijo que Jerusalén sería llamada "ciudad de justicia" (Is 1,26), y eso fue algo que nunca sucedió). ¿Qué, entonces? ¿Sintió Pablo al profeta? De ninguna manera, porque está hablando del desarrollo de los acontecimientos. Así, Pablo dijo que "el postrer Adán se convirtió en Espíritu vivificante" para que aprendáis que las señales y promesas, tanto de la vida presente como de la venidera, ya nos han llegado, a saber: el Adán de la vida presente, y el Cristo de la vida venidera. Puesto que establece las cosas mejores como esperanza, significa esto que su comienzo ya se ha cumplido, y que su raíz y fuente han salido a la luz. Pero si la raíz y la fuente son evidentes para todos, no hay necesidad de dudar de los frutos. Por eso dice que "el postrer Adán se convirtió en Espíritu vivificante", y que "él vivificará vuestros cuerpos mortales, por medio de su Espíritu que mora en vosotros" (Rm 7,11). La obra del Espíritu, entonces, es vivificar. Además, para que nadie diga ¿por qué las cosas peores son las mayores?, o ¿por qué sólo en una clase se ha cumplido las totalidad, y en la otra las primicias?, Pablo significa que los principios de una (la condición de Cristo) también estaban ordenados en la otra (la condición humana).
No es primero lo espiritual, sino lo natural, y luego lo espiritual
La pena aquí es que no diga el apóstol por qué es esto así, sino que se conforme con la ordenanza de Dios, teniendo la evidencia de los hechos que testifican esa excelsa economía de Dios, e insinuando que nuestro estado siempre avanza hacia lo mejor. Con esto, al mismo tiempo, añade credibilidad a su argumento, pues si lo menos ha sucedido, con mucha mayor razón debemos esperar lo mejor.
VII
Ya que gozaremos de tan grandes bendiciones, hermanos, ocupemos nuestro lugar en esta formación y lamentemos no a los difuntos, sino a aquellos que han terminado mal su vida. Así, el labrador, al ver el grano disolverse, no se lamenta; más bien, mientras lo contempla sólido en la tierra, teme y tiembla, pero al verlo disuelto, se regocija. Pues el comienzo de la futura cosecha es su disolución. Así también, alegrémonos cuando la casa corruptible caiga, cuando el hombre sea sembrado. Y no nos extrañemos si llamó al entierro una siembra; pues, en verdad, esta es la mejor siembra: pues a esa siembra le siguen muertes, trabajos, peligros y preocupaciones; pero esta, si vivimos bien, coronas y recompensas; y aquella, corrupción y muerte, pero esta, incorrupción e inmortalidad, y esas infinitas bendiciones. A esa clase de siembra le siguieron abrazos, placeres y sueño; pero a ésta, sólo una voz que desciende del cielo, y todo se perfecciona de repente. Y quien resucita ya no es conducido a una vida llena de trabajo, sino a un lugar donde la angustia, la tristeza y los suspiros se desvanecen. Si necesitas protección y por eso lloras la pérdida de tu marido, acude a Dios, el común Protector, salvador y benefactor de todos. Acude a esa alianza irresistible, a esa ayuda pronta, a ese refugio perdurable que está presente en todas partes y es como un muro para nosotros por todos lados. Si confías en la razón con este dolor, y consideras quién se lo ha llevado, y si al soportarlo noblemente ofreces tu mente como sacrificio a nuestro Dios, ni siquiera esta ola será demasiado fuerte para que puedas contenerla. Y lo que el tiempo traiga, hazlo tú con tu propio dominio. Pero si cedes a la debilidad, tu emoción cederá con el tiempo, pero no te traerá recompensa. Y junto con estas razones, recoge también ejemplos, algunos en la vida presente, otros en las Sagradas Escrituras. Considera que Abraham mató a su propio hijo, y no derramó una lágrima ni pronunció una palabra amarga a pesar de amar a su hijo. Job se afligió, sí, pero tanto como era propio de un padre que amaba a sus hijos y se preocupaba mucho por los difuntos. Pues bien, esto no es lo que hacen los enemigos y odiadores. Cuando un hombre es llevado a la corte y coronado, su enemigo se golpeaba y lamenta, y no se diría que eres amigo del coronado, sino un gran enemigo y adversario. Por eso no llora por él, sino por sí mismo. Esto no es propio de una persona cariñosa, sino desear su propio bien y que pueda ser coronado y llevar bien el ancla del reino, y no ser arrojado en medio del océano, cuando podría haber estado en el puerto.
VIII
Alguno dirá que no se sabe adónde iremos, y yo le respondo: ¿Y por qué no lo sabes? Dímelo, pues según hayas vivido bien o mal, es evidente adónde irás. No, precisamente por eso me lamento, me dices, porque partió siendo pecador. Bien, pero esto es sólo un pretexto y una excusa. Si este fuera el motivo de tu duelo por el difunto, debiste haberlo formado y corregido en vida. Lo cierto es que siempre te preocupas por ti, no por él. Pero concedamos que partió con el pecado sobre él, incluso por esta razón uno debe regocijarse, de que fue detenido en sus pecados y no aumentó su iniquidad; y ayúdelo en la medida de lo posible, no con lágrimas, sino "con oraciones, súplicas, limosnas y ofrendas". De hecho, no sin sentido se han ideado estas cosas, ni en vano hacemos mención de los difuntos en el curso de los misterios divinos, ni nos acercamos a Dios por ellos, suplicando al Cordero que está delante de nosotros, que quita el pecado del mundo; no en vano, sino para que así les sobrevenga algún consuelo. No en vano clama el que está junto al altar cuando se celebran los tremendos misterios, por todos los que han dormido en Cristo, y por quienes realizan conmemoraciones en su nombre. Si no hubiera conmemoraciones por ellos, estas cosas no se habrían dicho, ya que nuestro servicio no es un mero espectáculo, ¡Dios no lo quiera! Sí, es por ordenanza del Espíritu que estas cosas se hacen. Brindémosles entonces ayuda y hagamos conmemoración por ellos. Porque si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su padre, ¿por qué dudas que cuando nosotros también ofrecemos por los difuntos, les surja algún consuelo? Ya que Dios suele conceder las peticiones de quienes piden por otros. Y esto Pablo significó al decir que, en una persona multiforme (como es Dios), su don hacia nosotros otorgado por muchos puede ser reconocido con acción de gracias en su nombre (2Cor 1,11). No nos cansemos entonces de dar ayuda a los difuntos, tanto ofreciendo por ellos como obteniendo oraciones por ellos: porque la expiación común del mundo está incluso ante nosotros. Por lo tanto, con valentía suplicamos por todo el mundo, y nombramos sus nombres con los de los mártires, de los confesores, de los sacerdotes. En verdad, un solo cuerpo somos todos, aunque algunos miembros son más gloriosos que otros. Además, también es posible obtener perdón para ellos de cualquier fuente: de nuestras oraciones, de nuestras ofrendas en su favor, de aquellos cuyos nombres se mencionan con los suyos. ¿Por qué, pues, se afligen? ¿Por qué lamentarse, cuando está en su poder obtener tanto perdón para los difuntos?
IX
¿Acaso te has quedado desolado y has perdido a tu protector, oh hombre? Pues no lo menciones, pues no has perdido a tu Dios y, mientras lo tengas, él será mejor para ti que tu esposa, tu padre, tu hijo y tu pariente. Por tanto, reflexiona sobre estas cosas, y di con David: "El Señor es mi luz y mi Salvador, ¿a quién temeré?" (Sal 27,1), y: "Eres padre de los huérfanos y defensor de las viudas" (Sal 68,5). Dilo, y pide su ayuda, y tendrás su cuidado ahora más que antes, por mucho que te encuentres en una situación de mayor dificultad. ¿O has perdido un hijo? No lo has perdido, así que no lo digas. Esto es sueño, no muerte; mudanza, no destrucción; un paso de lo peor a lo mejor. No provoques entonces la ira de Dios; más bien, aplícalo. Porque si lo soportas con nobleza, habrá algún alivio tanto para el difunto como para ti; pero si es lo contrario, avivas aún más la ira de Dios. Porque si cuando un siervo era castigado por su amo, te quedabas de brazos cruzados y te quejabas, exasperarías aún más al amo contra ti. No lo hagas, sino da gracias, para que así también esta nube de tristeza se disperse de ti. Di con ese bendito: "El Señor dio, y el Señor quitó" (Job 1,21). Considera cuántos más agradables a sus ojos nunca han tenido hijos, ni han sido llamados padres. Ni desearía haber sido así, dices, porque seguramente sería mejor no haber tenido la experiencia que, después de haberla probado, caer de ella. No, te ruego, no digas eso, no provoques así también al Señor a ira : sino por lo que has recibido, dale gracias; y por lo que no tienes hasta el final, dale gloria. Job no dijo lo que dices con ingratitud (que sería mejor no haber recibido), sino que por ambos dio gracias, diciendo por un lado "el Señor dio" y por el otro "el Señor ha quitado" y "bendito sea el nombre del Señor por siempre". A su esposa la silenció así Job, justificándose contra ella y pronunciando esas admirables palabras: "Hemos recibido el bien de la mano del Señor, y ¿no recibiremos el mal?". Sin embargo, después de esto, una tentación más feroz le sobrevino a Job. Sin embargo, ni siquiera se sintió tan nervioso, sino que de igual manera la soportó noblemente y glorificó a Dios. Haz esto también, y considera que no fue el hombre quien lo tomó, sino Dios, quien lo creó, quien más que tú lo cuida y sabe lo que le conviene: quien no es enemigo ni acechador. Observa cuántos, viviendo, han hecho la vida intolerable a sus padres. ¿Pero no ves a los de corazón recto?, me dices. Y yo también los veo, pero ni siquiera ellos están tan seguros como tu hijo. Porque aunque ahora están aprobados, es incierto cuál será su fin; pero por él ya no tienes miedo, ni temes que le suceda algo o que experimente algún cambio. Considera también estas cosas respecto a una buena esposa y guardiana de tu casa, y por todo da gracias a Dios. E incluso si pierdes a tu esposa, da gracias. Quizás la voluntad de Dios sea guiarte a la continencia; te llama a un campo de conflicto más noble; se complació en liberarte de esta atadura. Si así nos ordenamos, alcanzaremos la alegría de esta vida y las coronas venideras, por la gracia de Jesucristo.
HOMILÍA 42
I
El primer hombre es de la tierra y terrenal; el segundo hombre es del cielo y celestial
Habiendo dicho Pablo que lo natural fue primero, y lo espiritual después, establece otra serie de diferencias entre el cuerpo resucitado (o celestial) y el cuerpo mortal (o terrenal). La primera diferencia surge entre la vida presente y la venidera, y ésta entre la anterior a la gracia y la posterior a la gracia. Pablo lo expresó con vistas al camino de vida más excelente (pues para impedir que los hombres, como dije, tengan tal confianza en la resurrección que los haría descuidar su práctica y la perfección, a partir de este tema también los inquieta y los exhorta a la virtud), diciendo: "El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre es el Señor del cielo", llamando a todo por el nombre de hombre, y nombrando a uno de la parte mejor, y al otro de la peor. Como es el terrenal, así son también los terrenales: así perecerán y tendrán un fin. Como es el celestial, así son también los celestiales: así permanecerán inmortales y gloriosos. ¿Qué, entonces? ¿No murió también este hombre? Murió, sí, y con esto puso fin a la muerte. ¿Ven cómo, también en esta parte de su tema, se vale de la muerte para establecer la doctrina de la resurrección? Como dije antes, teniendo el principio y la cabeza, así habla Pablo, no lo duden, de todo el cuerpo. Además, también formula aquí su consejo sobre la mejor manera de vivir, proponiendo normas para una vida elevada y severa, y para la que no lo es, y presentando los principios de ambos, de Cristo y de Adán. Por lo tanto, no dijo simplemente "de la tierra", sino terrenal, denso, ligado a lo presente y, con respecto a Cristo, lo contrario (el Señor del cielo). Si alguien dijera, por tanto, que el Señor no tiene cuerpo porque se dice que "es del cielo", aunque lo dicho anteriormente basta para callarlos, nada impide que también lo silenciemos con esta consideración: ¿De qué es el Señor del cielo? ¿De su vida perfectísima, y no tanto de su naturaleza? Supongo que es evidente, para todos, que habla de su vida al completo, la celestial y la terrenal.
II
Así como hemos arrastrado la imagen del hombre terrenal, y hemos hecho el mal, así también llevemos la imagen del celestial, y practiquemos toda la bondad
Aquí, hermanos, quisiera preguntarles: ¿Es Cristo de la naturaleza que se dice: la terrenal y la celestial? Entonces, ¿era Adán sólo terrenal, o tenía también otro tipo de sustancia afín a los seres celestiales e incorpóreos, que la Escritura llama alma y espíritu? Todos ven que él también tenía esto. Por lo tanto, ni el Señor era sólo de arriba, aunque se dice que es del cielo, sino que también asumió nuestra carne. Con todo, el significado de Pablo es éste: que así como hemos llevado la imagen de lo terrenal (es decir, las malas acciones), llevemos también la imagen de lo celestial (es decir, la forma de vida que está en los cielos). Mientras que si estuviera hablando de la naturaleza, no necesitaba exhortación ni consejo. Así que, de ahí también es evidente que la expresión se relaciona con nuestra forma de vida. Por lo cual también introduce el dicho a modo de consejo y lo llama imagen, mostrando aquí también que habla de conducta, no de naturaleza. Porque por lo tanto nos volvemos terrenales, porque hemos hecho el mal: no porque originalmente fuéramos terrenales, sino porque pecamos. Porque el pecado vino primero, y luego la muerte y luego la sentencia: "Polvo eres, y al polvo volverás" (Gn 3,19). Entonces también entró en el enjambre de las pasiones. Porque no es simplemente el nacer de la tierra lo que hace al hombre terrenal (ya que el Señor también era de esta masa y masa), sino el hacer cosas terrenales, así como también se hace celestial al realizar cosas dignas del cielo. Pero basta, pues ¿por qué necesito esforzarme demasiado en la prueba de esto, cuando el mismo apóstol continúa explicándonos el pensamiento, diciendo lo siguiente?
Esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios
¿Ven cómo se explica Pablo de nuevo, liberándonos del problema? Lo cual hace a menudo, pues con carne se refiere aquí a las malas acciones de los hombres, algo que también ha hecho en otros lugares; como cuando dice: "Ustedes no están en la carne", y: "Los que están en la carne no pueden agradar a Dios" (Rm 8,8-9). De modo que cuando dice: "Esto digo", no quiere decir otra cosa: "Por eso dije esto para que aprendieran que las malas acciones no conducen al reino". Así, desde la resurrección, introdujo inmediatamente la doctrina del reino; por lo que añade: "Ni la corrupción hereda la incorrupción", a forma de decir que la maldad no heredará la gloria y el goce de lo incorruptible. En muchos otros lugares llama a la maldad con este nombre, diciendo: "El que siembra para la carne, de la carne segará corrupción" (Gál 6,8). Aquí, si se refiriera al cuerpo y no a las malas acciones, no habría dicho corrupción, porque en ninguna parte llama al cuerpo corrupción sino algo corruptible, como cuando dice: "Es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción". A continuación, habiendo completado su consejo sobre nuestra manera de vivir, según su constante costumbre de mezclar estrechamente tema con tema, pasa de nuevo a la doctrina de la resurrección del cuerpo, como sigue.
III
Os revelo un misterio: que no todos dormiremos, aunque todos seamos transformados
Es algo terrible e inefable, desconocido para todos, lo que está a punto de hablar Pablo, pero también indica la grandeza del honor que les confiere a los corintios. De ahí que hable de misterios. ¿De qué misterio? De éste mismo: que "no todos moriremos, aunque todos seamos transformados" (incluso los que no mueran), a forma de decir: No temas, pues, porque mueras, como si no fueras a resucitar, y: Hay algunos que incluso escaparán de esto, y aún esto no les bastará para esa resurrección, sino que sus cuerpos habrán de ser transformados en incorrupción.
En un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final
Después de haber disertado mucho Pablo sobre la resurrección, oportunamente señala ahora su carácter maravilloso. Así, no sólo dice que es maravilloso que nuestros cuerpos se vuelvan a la corrupción y luego resuciten, ni que los cuerpos que resucitan después de su corrupción sean mejores que estos actuales, ni que pasen a un estado mucho mejor, ni que cada uno reciba de vuelta lo suyo y ninguno lo de otro... sino que cosas tan numerosas y tan grandes, y que superan toda razón y concepción del hombre, se hacen en un momento. Es decir, en un instante de tiempo. Para mostrar esto más claramente, en un abrir y cerrar de ojos, dice él, mientras uno puede parpadear. Además, porque había dicho algo grande y lleno de asombro (que tantos y tan grandes resultados ocurrieran tan rápidamente), alega, para probarlo, la credibilidad de Aquel que lo realiza. Lo hace como sigue: "Porque sonará la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados". La expresión nosotros no se refiere a sí mismo, sino a los que entonces se encuentren vivos.
Es necesario que lo corruptible se vista de incorrupción
Para que nadie, al oír que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, suponga que nuestros cuerpos no resucitan, añade Pablo que "esto corruptible debe revestirse de incorrupción, y esto mortal debe revestirse de inmortalidad". Ahora bien, el cuerpo es corruptible, el cuerpo es mortal; de modo que el cuerpo permanece, pues es el cuerpo del que se reviste; pero su mortalidad y corrupción desaparecen cuando la inmortalidad y la incorrupción lo alcanzan. No te preguntes, pues, de ahora en adelante cómo vivirá una vida eterna, ahora que has oído hablar de su incorruptibilidad.
IV
Cuando lo corruptible se haya vestido de incorrupción, y lo moral de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: "Sorbida es la muerte en victoria"
Puesto que Pablo hablaba de cosas grandes y secretas, vuelve a tomar la profecía de Oseas (Os 13,14) para confirmar su palabra. La muerte es absorbida por la victoria (es decir, completamente), y no queda ni un fragmento de ella ni esperanza de retorno, pues la incorrupción ha consumido a la corrupción.
¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?
¿Ven aquí el noble alma de Pablo? Sobre todo, vean cómo, como quien ofrece sacrificios por la victoria, inspirado y viendo ya el futuro como pasado, salta y pisotea a la muerte caída a sus pies, y lanza un grito de triunfo sobre su cabeza, exclamando con fuerza: "Oh muerte, ¿dónde está tu aguijón? Oh tumba, ¿dónde está tu victoria? Se ha ido por completo, ha perecido, se ha desvanecido por completo, y en vano has hecho todo lo anterior". Sí, porque Dios no sólo desarmó a la muerte y la venció, sino que incluso la destruyó y la hizo desaparecer por completo.
El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley
¿Ven cómo se habla de la muerte del cuerpo, y de la resurrección del cuerpo? Con todo, si estos cuerpos no resucitan, ¿cómo es absorbida la muerte? Y no sólo esto, sino ¿cómo es la ley el poder del pecado? Pues es evidente que el pecado es el aguijón de la muerte, más amargo que ella, y por ella obtiene su poder. Con todo, ¿cómo es también la ley el poder de la misma? Porque sin la ley, el pecado era débil, practicándose, pero incapaz de condenar tan plenamente; pues aunque el mal ocurrió, no fue señalado con tanta claridad. De modo que no fue un cambio pequeño el que introdujo la ley, primero haciéndonos conocer mejor el pecado y luego intensificando el castigo. Y si con la intención de frenar el pecado, lo desarrolló de forma más temible, esto no es una acusación contra el médico, sino contra el abuso del remedio. Si incluso la presencia de Cristo hizo más pesada la carga de los judíos, ¿no debemos por ello culparlo, sino que, aunque lo admiramos más, debemos odiarlos más por haber sido perjudicados por cosas que deberían haberles beneficiado? Sí, para mostrar que no era la ley en sí misma la que da fuerza al pecado, Cristo mismo lo cumplió todo y estuvo sin pecado. Pero quisiera que consideraran cómo, a partir de este tema, también confirma la resurrección. Porque si ésta fuera la causa de la muerte (a saber, el pecado cometido), y si Cristo vino y quitó el pecado (librándonos de él mediante el bautismo), y junto con el pecado puso fin también a la ley (en cuya trasgresión consiste el pecado), ¿por qué dudan ya de la resurrección? Y después de todo esto, ¿de dónde ha de prevalecer la muerte? ¿Por la ley? No, pues ha sido abolida. ¿Por el pecado? No, pues ha sido completamente destruida.
Dios nos da la victoria por medio de Jesucristo. Por tanto, estad firmes e inamovibles, abundando en lo bueno
Es decir, Dios mismo erigió el trofeo, y también nos ha hecho participar de las coronas. Y esto no por deuda, sino por mera misericordia. Esta exhortación es justa y oportuna después de todo lo anterior. Pues nada inquieta tanto como la idea de que nos azoten sin causa ni provecho. Siempre abundando en la obra del Señor (es decir, en la vida pura). Y no dijo "haciendo lo bueno", sino abundando, para que lo hiciéramos con abundancia y sobrepasáramos las listas. Sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.
V
¿Qué dices, hermano? ¿Trabajar otra vez? Sí, hermano, pero seguido de coronas, y de las que están por encima de los cielos. Pues ese trabajo anterior, tras la expulsión del hombre del paraíso, fue el castigo por sus transgresiones; pero este es el fundamento de las recompensas venideras. Así que, de hecho, no puede ser trabajo, ni por esto ni por la gran ayuda que recibe de lo alto, lo cual es la causa de su adición también, en el Señor. Pues el propósito del primero era que sufriéramos castigo; pero el del segundo, para que obtuviéramos los bienes venideros. No durmamos, pues, amados míos. Porque no puede, no puede ser que nadie por pereza alcance el reino de los cielos, ni siquiera quienes viven en la opulencia y la opulencia. Sí, sería grandioso si, esforzándonos, sometiéndonos al cuerpo y soportando innumerables trabajos, pudiéramos alcanzar esas bendiciones. ¿No ven cuán grande es la distancia entre el cielo y la tierra? ¿Y cuán grande es el conflicto inminente? ¿Y cuán propenso es el hombre al mal? ¿Y con qué facilidad nos asedia el pecado? ¿Y cuántas trampas nos acechan en el camino? ¿Por qué, entonces, nos atribuimos tantas preocupaciones que superan las de la naturaleza, nos causamos más problemas y aumentamos nuestra carga? ¿No nos basta con tener que ocuparnos de nuestra comida, ropa y casa? ¿No nos basta con preocuparnos por las cosas necesarias? Aunque incluso de estas cosas Cristo nos aparta, diciendo: "No os afanéis por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, qué vestiréis" (Mt 6,25). Pero si uno no debe afanarse por la comida y la ropa necesarias, ni por el día de mañana; quienes traen tanta basura y se entierran bajo ella, ¿cuándo tendrán poder para salir? ¿No han oído a Pablo decir: "Ningún soldado de servicio se enreda en los asuntos de esta vida" (2Tm 2,4)? Pero incluso vivimos lujosamente, comemos y bebemos en exceso y soportamos bofetadas por las cosas externas, pero en las cosas del cielo nos comportamos de forma poco viril. ¿No saben que la promesa es demasiado alta para el hombre? No es posible que alguien que camina sobre la tierra ascienda a los arcos del cielo. Pero ni siquiera estudiamos para vivir como hombres, sino que nos hemos vuelto peores que las bestias. ¿No sabéis ante qué tribunal debemos comparecer? ¿No consideráis que se nos pide cuenta tanto de nuestras palabras como de nuestros pensamientos, y no prestamos atención ni siquiera a nuestras acciones? Está dicho que "cualquiera que mire a una mujer para codiciarla ya ha cometido adulterio con ella" (Mt 5,28), mas los que deben rendir cuentas, por una mera mirada ociosa, no se niegan a pudrirse en el pecado mismo. También está dicho que "cualquiera que diga a su hermano necio será arrojado al infierno de fuego" (Mt 5,22), mas nosotros incluso los deshonramos con diez mil reproches, y tramamos astutamente contra ellos. También está dicho que "el que ama a quien lo ama no es mejor que los paganos" (Mt 5,46-47), pero nosotros incluso los envidiamos. ¿Qué indulgencia entonces tendremos, cuando se nos ordena que pasemos por alto las viejas líneas, nos tejemos un hilo de vida con una medida aún más escasa que la de ellos? ¿Qué súplica nos librará? ¿Quién se levantará y nos ayudará cuando seamos castigados? No hay nadie; pero es necesario que, entre lamentos, llantos y rechinar los dientes, seamos conducidos torturados a esa oscuridad sin rayos, con dolores que ninguna oración puede evitar, castigos que no se pueden aliviar. Por tanto, les ruego, les suplico y les abrazo las rodillas para que, mientras tengamos este escaso viático de vida, se sientan conmovidos por lo dicho, se conviertan, se conviertan, se conviertan en mejores personas; para que, como aquel hombre rico, no nos lamentemos en vano en ese mundo después de nuestra partida, y sigamos desde entonces con lamentaciones incurables. Porque aunque tengan padre, hijo, amigo o quienquiera que tenga confianza en Dios, nada de esto los librará jamás, pues sus propias obras los han destruido. Así es ese tribunal: que juzga sólo por nuestras acciones, y de ninguna otra manera es posible salvarnos allí. Y digo esto no para afligirles ni desesperarlos, sino para que, alimentados por vanas y frías esperanzas, y poniendo la confianza en esta o aquella persona, no descuidemos nuestra propia bondad. Porque si somos perezosos, no habrá ningún hombre justo, ni profeta, ni apóstol, ni nadie que nos apoye; pero si hemos sido sinceros, teniendo en abundancia la justificación que proviene de las propias obras de cada uno, partiremos con confianza y alcanzaremos los bienes reservados para quienes aman a Dios, a los cuales todos podemos llegar por la gracia de Jesucristo.
HOMILÍA 43
I
En cuanto a la ofrenda para los santos, haced lo que ordené a las iglesias de Galacia
Habiendo completado Pablo su discurso concerniente a las doctrinas, y estando a punto de entrar en lo que pertenece más bien a la moral, despide todo lo demás y procede al principal de los buenos asuntos, disertando a los corintios sobre las limosnas. Tampoco discute la moral en general, sino que cuando ha tratado este asunto solo, lo deja. Algo, sin embargo, obviamente diferente a lo que hizo en todos los demás; porque de las limosnas y de la templanza y de la mansedumbre y de la longanimidad y de todo lo demás, trata en las otras epístolas en la conclusión. ¿Por qué razón entonces trata aquí esta parte solo de la moralidad práctica? Porque la mayor parte también de lo que se había dicho antes era de naturaleza ética. Es decir, donde castigó al fornicador, donde estaba corrigiendo a los que van a la ley de los gentiles, donde aterrorizó a los borrachos y a los glotones, donde condenó a los sediciosos, contenciosos y amantes de preeminencia, donde quienes se acercaban indignamente a los misterios eran entregados por él a esa sentencia intolerable, donde disertó sobre el amor. Por esta razón, digo, el tema que más le apremiaba aquí era éste: la ayuda requerida para los santos, que es lo único que menciona. Observen aquí su consideración, pues cuando los persuadió acerca de la resurrección y los hizo más fervientes, entonces, y sólo entonces, discutió este punto también. Es cierto que ya les había hablado sobre estos asuntos, cuando dijo: "Si sembramos entre ustedes lo espiritual, ¿es gran cosa si cosechamos lo material?", y: "¿Quién planta una viña y no come de su fruto?". Pero, consciente de la grandeza de este logro moral, se niega a añadir una nueva mención al final de su carta. Y llama a la colecta λογίαν (lit. contribución), inmediatamente desde el primer momento, haciendo que las cosas sean fáciles. Porque cuando todos contribuyen juntos, se convierte en luz lo que se carga a cada uno. Pero habiendo hablado de la colecta, no dijo inmediatamente: «Que cada uno de vosotros guarde para sí»; aunque esto, por supuesto, era la consecuencia natural; sino que, habiendo dicho primero "como ordené a las iglesias de Galacia", añadió ahora esto, avivando su emulación con el relato de las buenas obras de otros, y poniéndolo en forma de narración. Esto también lo hizo al escribir a los romanos; pues, mientras parecía narrarles el motivo de su viaje a Jerusalén, introduce su discurso sobre las limosnas diciendo: "Ahora voy a Jerusalén a administrar a los santos, pues Macedonia y Acaya han tenido a bien hacer una contribución para los pobres entre los santos" (Rm 15,25). Sólo a aquellos los estimula mencionando a los macedonios y corintios; a estos, a los gálatas. Así pues, dice "como ordené a las iglesias de Galacia, así también hacedlo vosotros", pues seguramente se sentirían avergonzados después de ser considerados inferiores a los gálatas. En esto no dijo Pablo "yo aconsejé", sino "yo di órdenes", lo cual tiene mayor autoridad. Y no menciona una sola ciudad, ni dos, ni tres, sino una nación entera; lo cual también hace en sus instrucciones doctrinales, diciendo: "Así como en todas las iglesias de los santos". Porque si esto es eficaz para la convicción de doctrinas, mucho más para la imitación de acciones.
II
En el día santo, que cada uno de vosotros guarde para sí algo que le pueda ir bien
Observen cómo exhorta Pablo a los corintios desde el principio, y los va llevando a la limosna. De hecho, les dice Pablo "recuerden lo que alcanzaron en este día", y cómo todas las bendiciones inefables, y aquello que es la raíz y el comienzo de nuestra vida, tuvieron lugar en ese día. Pero no sólo por esto es el momento propicio para una benevolencia celosa, sino también porque ofrece descanso e inmunidad ante las fatigas: las almas, al liberarse de las labores, se vuelven más prontas y aptas para mostrar compasión. Además, la comunión en ese día en misterios tan tremendos e inmortales infunde gran celo. En consecuencia, que cada uno de ustedes, no sólo este o aquel individuo, sino cada uno, sea pobre o rico, mujer u hombre, esclavo o libre, guarde para sí algo. No dijo "que lo traiga a la Iglesia" (para que no se avergüencen por la pequeñez de la suma), sino que, tras aumentar gradualmente su contribución, "que la presente cuando yo llegue", a forma de decir: Por ahora, que la guarde en su casa, haciendo de su casa una iglesia, y en ella una pequeña caja o tesoro, y él mismo un guardián de la riqueza sagrada o administrador auto-ordenado de los pobres. Sí, hermanos, esta mente benévola nos asigna este sacerdocio, y de esto, nuestro tesoro es una señal permanente (pues la cosa misma no está en ninguna parte concreta).
III
Soy consciente de que muchos de esta congregación volverán a criticarme cuando trate estos temas, y dirán: No sea tan duro ni desagradable con su audiencia. Vale, pero tengan en cuenta su disposición, y den paso a la mente de los oyentes. ¿Por qué? Porque en este caso, realmente nos avergüenza Pablo, y nos hacen sonrojar. Es más, Pablo no se avergonzaba de ser continuamente problemático en puntos como estos, ni de pronunciar palabras como las que usan los mendigos. Concedo que si dijera "dámelo y guárdalo en mi casa", tal vez hubiera algo de qué avergonzarse en lo que dijo, salvo en el caso ya conocido (el de "quienes sirven en el altar, que tienen su parte con el altar"; 1Cor 9,13). Sin embargo, alguien podría criticarme como si estuviera argumentando a favor de sus propios intereses. Pero ahora es por los pobres por quienes hago mi súplica; No tanto por los pobres, sino por vosotros que dais el don. Por eso también me atrevo a hablar. ¿Qué vergüenza hay en decir: Dad a vuestro Señor en su hambre; vestidlo mientras anda desnudo; recibidlo siendo un extraño? Vuestro Señor no se avergüenza ante el mundo entero de decir así, más o menos: Tuve hambre, y no me disteis de comer, a Cristo, que está libre de toda necesidad y no necesita nada. ¿Y he de avergonzarme y dudar? ¡Fuera con esto! Esta vergüenza es una trampa del diablo. No me avergonzaré, sino que diré, y con valentía: Dad a los necesitados. Lo diré con más voz que los mismos necesitados. Es cierto que si alguien puede demostrar que al decir esto os estamos atrayendo hacia nosotros, y bajo el pretexto de los pobres nos estamos lucrando, tal proceder sería digno, no digo de vergüenza, sino incluso de diez mil rayos. Y la vida misma sería más de lo que merecerían las personas que se comportan así. Si, por el contrario, por la gracia de Dios, no nos preocupamos por nosotros mismos, sino que hemos traído el evangelio gratis para ustedes; sin trabajar como Pablo, sino contentos con lo nuestro, con toda valentía diré: Dad a los necesitados. Sí, y no dejaré de decirlo, y de quienes no dan seré un severo acusador. Así, si yo fuera general y tuviera soldados, no me avergonzaría de exigir comida para mis hombres, pues anhelo con vehemencia vuestra salvación. Pero para que mi argumento sea más contundente y efectivo, tomaré a Pablo como compañero y, como él, disertaré diciendo: "Que cada uno guarde lo que pueda". Observen también cómo evita ser una carga. No dijo tanto, sino "según pueda prosperar, ya sea mucho o poco". Tampoco dijo «lo que cada uno pueda haber ganado», sino «según pueda prosperar», lo que significa que la provisión es de Dios. Y no sólo eso, sino que, al no ordenarles que depositen todo de una vez, facilita su consejo, ya que la recolección gradual impide percibir la carga y el costo. Aquí también ven la razón por la que no les ordena que lo hagan de inmediato, sino que les da un largo día; a lo que añade la causa: "Para que no haya recolección cuando yo llegue", lo que significa que, cuando llegue la época de pagar las contribuciones, no se vean obligados a recogerlas. Esto también animó en un grado extraordinario a los corintios. ¿El qué? No la colecta, sino que Pablo fuera a visitarlos.
IV
A quienes vosotros aprobéis, los enviaré con cartas para que lleven vuestra generosidad a Jerusalén
Pablo no señaló con esto a esta persona o a aquella, sino a quien quiera que apruebes y a quien quiera que elijas, liberando así su ministerio de sospecha. Por lo tanto, a ellos les deja el derecho de votar en la elección de quienes han de transmitirlo. Está muy lejos de decir, pues, que el pago es suyo, pero el privilegio de seleccionar a quienes han de llevarlo no es suyo. A continuación, para que no pensaran que estaba completamente ausente, agrega sus cartas, diciendo: "A quien quiera que apruebes, lo enviaré con cartas", como si hubiera dicho: Yo también estaré con ellos, y compartiré el ministerio por mis cartas. Aquí no dijo "a estos enviaré para llevar sus limosnas", sino "su generosidad", para significar que estaban haciendo grandes obras ; para marcar que ellos mismos eran ganadores. Y en otra parte lo llama tanto una bendición como una distribución (2Cor 9,5-13), lo uno para no hacerlos menos activos, y lo otro para no exaltarlos. No obstante, en ningún caso lo ha llamado limosna.
Si me conviene ir también, yo mismo iré con ellos
Aquí nuevamente exhorta Pablo a los corintios a la liberalidad, a forma de decir; Si es tan grande el asunto, que requiere mi presencia, no la rechazaré. No obstante, no había prometido esto al principio, ni había dicho hasta el momento "cuando llegue" o "lo llevaré", pues no le habría dado tanta importancia si así lo hubiera establecido desde el principio. Sin embargo, ahora añade esto oportunamente. He aquí la razón por la que no prometió de inmediato, ni se calló del todo al respecto, sino que, tras decir enviaré, se añade él mismo. Y aquí también lo deja a su propia decisión, al decir: "Si conviene que yo también vaya". En principio, pues, el asunto dependía de ellos (es decir, el aumentar la colecta), mas si esto fuese tan grande, o fuese que afectara sus planes, Pablo no dudaría en emprender el viaje en persona.
V
Iré a vosotros, cuando haya pasado por Macedonia
Esto también lo había dicho antes Pablo ("iré a vosotros"), pero lo había dicho con enojo y añadiendo: "Así conoceré en persona las palabras de los envanecidos" (1Cor 4,19). Lo había anunciado para que anhelaran su venida y los corintios no le dijeran: ¿Por qué honras a los macedonios más que a nosotros? Con todo, no dijo Pablo "cuando vaya", sino "cuando haya pasado por Macedonia", porque su prioridad era Macedonia.
Puede ser que me quede con vosotros, e incluso pase el invierno y no sólo vaya de paso. Espero quedarme un tiempo con vosotros, si el Señor me lo permite. No obstante, estaré en Efeso hasta Pentecostés
Cuando escribió Pablo esta carta, estaba en Efeso y era invierno, pues dijo "hasta Pentecostés me quedaré en Efeso". No obstante, también dice que "después de esto iré a Macedonia", y ahora viene a decir que, después de haberla recorrido, y haber pasado allí el verano, tal vez pase el invierno en Corinto. ¿Y por qué dijo "tal vez", y no lo afirmó positivamente? Porque Pablo no podía prever todas las cosas, ni eran realizables todos sus buenos propósitos. Por ello, no lo afirma absolutamente, por si no sucediera y los corintios pudiera tener algo a lo que recurrir. Aquí, su mención previa de ello había sido indefinida, mostrando que el poder del Espíritu era el que le guiaba a donde él quería, y no a donde tenía Pablo pensado. Esto será algo que también expresará en su 2ª carta, al excusarse por su demora y decir: "Lo que me propongo, ¿lo propongo según la carne, para que en mí haya un sí, un sí y un no, o un no?" (2Cor 1,17). Esto también es una muestra de amor y una gran fuerza de afecto. Dijo estas cosas tanto para significar su amor como para aterrorizar a los pecadores, no abiertamente sino con una demostración exterior de amistad. Como era de esperar, les dice todo con exactitud, informándoles como amigos. Porque esto también es una señal de amistad: decir la razón por la que no estaba con ellos, por qué se demoraba y dónde se alojaba.
Se me ha abierto una puerta grande y eficaz, y hay muchos adversarios
Si la puerta era grande, ¿por qué hay adversarios? Por esto mismo: porque la fe de los hombres era grande, y hay muchos hombres, y la entrada era grande y amplia. ¿Qué significa "una gran puerta"? Esto mismo: que hay muchos preparados para recibir la fe, muchos listos para acercarse y convertirse. Hay una entrada espaciosa para mí, pues las cosas han llegado a tal punto que la mente de quienes se acercan está en su mejor momento para la obediencia a la fe. Por esta razón, el aliento del diablo fue vehemente, pues vio que muchos se alejaban de él. Vean, pues, que por ambas razones era necesario que se quedara, tanto porque la ganancia era abundante como porque la lucha era grande. Y con esto también los animó, diciéndoles que, de ahora en adelante, la palabra obra por doquier y brota con facilidad. Y si hay muchos que conspiran contra ella, esto también es señal del avance del evangelio, porque ese Maligno nunca se enfurece, excepto al ver sus bienes saqueados abundantemente (Mt 12).
VI
Cuando deseemos lograr algo grande y noble, hermanos, no nos fijemos en la magnitud del trabajo que conlleva, sino en la ganancia. Fíjense, por ejemplo, en Pablo, que no se demoró ni retrocedió por tener muchos adversarios, sino porque había una gran puerta, que presionaba y perseveraba. Sí, y como decía, esto era señal de que el diablo estaba siendo despojado, pues no es, créanlo, con logros insignificantes que los hombres provocan la ira de ese Maligno. Así que, cuando vean a un hombre justo realizando grandes y excelentes obras, pero sufriendo innumerables males, no se maravillen; al contrario, uno podría maravillarse si el diablo, recibiendo tantos golpes, se mantuviera callado y soportara las heridas con docilidad. Así como no deberían sorprenderse si una serpiente, continuamente aguijoneada, se enfureciera y se abalanzara sobre quien la aguijoneaba. Ahora bien, ninguna serpiente los acecha con tanta fiereza como el diablo, que salta contra todos y, como un escorpión con el aguijón levantado, se endereza. No te preocupes, pues, pues quien regresa de la guerra, la victoria y la matanza debe estar ensangrentado, y a menudo también herido. Tú, pues, por tu parte, cuando veas a alguien haciendo limosna y realizando innumerables buenas obras, reduciendo así el poder del diablo, y luego cayendo en tentaciones y peligros, no te preocupes. Esta es la razón por la que cayó en tentaciones, porque hirió poderosamente al diablo. Alguno dirá: ¿Y cómo lo permitió Dios? Y yo le respondo: Para que él fuera coronado con mayor distinción, y el otro recibiera una herida más severa. Porque cuando, tras recibir beneficios, un hombre sufre, y lo hace con tristeza, y aun así da gracias continuamente, es un golpe para el diablo. Porque es una gran cosa, incluso cuando nuestros asuntos prosperan, mostrar misericordia y aferrarse a la virtud; pero es mucho mayor en una grave calamidad no desistir de esta noble ocupación; este es quien puede decirse con mayor verdad que lo hace por amor a Dios. Así pues, aunque estemos en peligro, amados, aunque suframos mucho, dediquémonos con mayor celo a nuestras labores por amor a la virtud. Porque este no es en absoluto el momento de la retribución. Así pues, no pidamos nuestras coronas, no sea que, cuando llegue su momento, disminuyamos nuestra recompensa. Es como el caso de los artesanos, que se mantienen y trabajan reciben un salario mayor, mientras que quienes reciben su sustento de sus empleadores ven recortado en gran medida su salario. Así también, con respecto a los santos, quien hace un bien inmenso y sufre un mal extremo recibe su recompensa intacta y una recompensa mucho más abundante, no sólo por las cosas buenas que ha hecho, sino también por el mal que ha sufrido. Pero quien disfruta del descanso y el lujo aquí, no tiene coronas tan brillantes allí. No busquemos, pues, nuestra recompensa aquí. Más bien, regocijémonos, sobre todo, cuando haciendo el bien sufrimos el mal. Porque Dios nos tiene reservada en ese mundo no sólo la recompensa por nuestras buenas obras, sino también por nuestras tentaciones. Pero para explicarme más claramente: supongamos a dos hombres ricos y misericordiosos, y dejemos que den a los pobres: entonces dejemos que uno continúe en sus riquezas y disfrute de toda prosperidad: el otro caiga en la pobreza, las enfermedades y las calamidades, y dé gracias a Dios. Ahora bien, cuando éstos se hayan ido al otro mundo, ¿quién recibirá la mayor recompensa? ¿No es bastante claro que será el que está enfermo y en la adversidad, ya que aunque hizo el bien y sufrió mal, no se sintió de acuerdo con la debilidad humana? Supongo que esto es claro para todos. Y en verdad, ésta es la estatua adamantina, éste es el siervo considerado (Mt 25,21). Pero si no debemos hacer nada bueno por la esperanza del reino, sino porque así agrada a Dios, que es más que cualquier reino; ¿qué merece quien, por no recibir su recompensa aquí, se ha vuelto más negligente con respecto a la virtud? No nos preocupemos, pues, al ver que alguien que invitaba a viudas y ofrecía banquetes continuos perdió su casa por un incendio o sufrió algún otro desastre similar. Sí, precisamente por esto recibirá su recompensa. Porque ni siquiera Job fue tan admirado por sus limosnas como por sus sufrimientos posteriores. Por esta razón, sus amigos también son poco estimados y considerados insignificantes; pues buscaron las recompensas del mundo presente, y con miras a esto dictaron sentencia contra el justo. No busquemos, pues, nuestro regreso a este mundo; no nos hagamos pobres ni necesitados; pues sin duda es de extrema mezquindad, cuando se nos presenta el cielo y las cosas que están por encima del cielo, mirar a nuestro alrededor, a las cosas de aquí. No lo hagamos de ninguna manera; antes bien, ante cualquier imprevisto que nos sobrevenga, aferrémonos firmemente a los mandamientos de Dios continuamente y obedezcamos al bendito Pablo.
VII
Hermanos, hagamos un pequeño cofre para los pobres en casa, y coloquémoslo cerca del lugar donde oramos. Siempre que entren a orar, depositen primero sus limosnas y luego eleven su oración. Y así como no querrían orar con las manos sucias, tampoco lo hagan sin limosna, pues ni siquiera el evangelio colgado junto a nuestra cama es más importante que esa limosna que se les debe guardar; porque si cuelgan el evangelio y no hacen nada, no les hará tanto bien. Pero si tienen este pequeño cofre, tienen una defensa contra el diablo, dan alas a su oración, santifican su casa, teniendo allí alimento para el Rey (Mt 25,34). Y por esta razón, coloquen el pequeño cofre también cerca de la cama, y la noche no se verá perturbada por fantasías. Sólo que no se eche en él nada, que es fruto de la injusticia. Porque esto es caridad; y no puede ser que la caridad brote jamás de la dureza de corazón. ¿Podrías mencionar también los recursos con los que debes hacer tus depósitos, para que este tipo de contribución sea fácil? El artesano, por ejemplo, el zapatero, el curtidor, el fundidor de latón o cualquier otro artesano, cuando venda cualquier artículo de su oficio, que dé las primicias de su precio a Dios: que deposite una pequeña porción aquí, y asigne algo a Dios de su parte, aunque sea escasa. Porque no pido nada grande; sino que, como los niños entre los judíos, llenos de innumerables males, depositemos lo mismo, nosotros que anhelamos el cielo. Esto no lo digo como una ley, ni como una prohibición de más, sino como una recomendación de un depósito no menor de una décima parte. Esto también debes practicar no sólo al vender, sino también al comprar y recibir una recompensa. Que quienes posean tierras observen esta ley respecto a sus rentas: sí, que sea una ley para todos los que recaudan sus ingresos honestamente. Porque no me importan los que exigen usura, ni los soldados que violentan a otros y aprovechan las calamidades de sus vecinos (pues de ese lado, Dios no aceptará nada). Esto les digo a quienes recaudan sus bienes con un trabajo justo. Sí, y si nos establecemos en esta clase de hábito, nuestra conciencia siempre nos reprenderá si alguna vez omitimos esta regla; y después de un tiempo ni siquiera lo consideraremos algo difícil; y poco a poco llegaremos a las cosas más importantes, y practicando cómo despreciar la riqueza y arrancando la raíz de los males, pasaremos la vida presente en paz y obtendremos la vida venidera, por la gracia y benignidad de Jesucristo.
HOMILÍA 44
I
Si Timoteo va a vosotros, aseguraos de que esté con vosotros sin temor, y que nadie lo desprecie. Él es mi hijo amado y fiel en el Señor; trabaja en la obra del Señor y os recordará mis caminos en Cristo
Quizás alguien piense que este consejo es indigno del valor de Timoteo. No obstante, todo esto no se dice sólo por Timoteo, sino por el bien de los oyentes (para que no se perjudicaran a sí mismos por sus maquinaciones contra él) y por él (por su parte, siempre en una posición peligrosa). En efecto, como un hijo sirve a su padre, dice Pablo, así sirvió Timoteo al apóstol en la promoción del evangelio (Flp 2,22) Con todo, para que la osadía de los corintios hacia el discípulo no empeorara, Pablo los detiene desde lejos, diciendo que puede estar con ustedes sin temor (es decir, que ninguna de esas personas desesperadas se levante contra él). Porque quizás tenía la intención de reprenderlos por las cosas sobre las que Pablo también había escrito: y de hecho Pablo profesó enviarlo por esta misma razón. Porque les he enviado a Timoteo, quien "les recordará mis caminos en Cristo, así como enseñó en otras partes de la Iglesia" (1Cor 4,17). Para que, entonces, no pudieran por la confianza en su alto nacimiento y riqueza, y el apoyo del pueblo, y la sabiduría externa, atacarlo, escupirlo y conspirar contra él, afligidos por las reprensiones que venían de él; o para que, en venganza por la reprimenda del maestro, no le exigieran satisfacción, castigando así al otro; por eso dice: "Que no tema con vosotros", que es como si dijera: No lo tratéis como a los de fuera (gentiles e incrédulos), pues es parte vuestra y yo mismo lo requiero sano y no aterrorizado. Por eso dice "con vosotros". A continuación, en virtud de su ministerio, presenta a Timoteo como una persona de plena confianza, diciendo: "Trabaja para la obra del Señor", a forma de decir: No se fijen en que no sea rico, ni muy culto, ni anciano, sino en los mandatos que se le imponen y en la obra que realiza, lo cual le sirve en lugar de toda nobleza, riqueza, edad y sabiduría. Y no se contenta con esto, sino que añade: "Es mi hijo amado, fiel en el Señor, y él os recordará mis caminos en Cristo". Dado que Timoteo era joven y se le había confiado la tarea de mejorar un pueblo tan numeroso, ambas cosas lo hicieron objeto de desprecio, añade, como era de esperar. Y no sólo les exige que nadie lo desprecie, sino también que "lo guíen en paz". Es decir, sin temor; sin causar peleas ni contiendas, sin enemistades ni odios, sino sometiéndolo por completo como a un maestro. Para que venga a mí, pues lo espero con los hermanos. Estas también eran las palabras de alguien que los alarmaba. Es decir, para que fueran más considerados, pues sabían que todo le sería revelado, cualquiera que fuera el trato que Timoteo recibiera, añade: "Por tanto, lo espero". Con esto demuestra que Timoteo es digno de su confianza, pues estando a punto de partir lo espera, y también demuestra el amor que les tiene, al parecer por ellos envió a alguien tan útil.
En cuanto al hermano Apolo, le rogué mucho que fuese a vosotros con los hermanos
Este hombre (Apolo) parece haber sido instruido mejor que Timoteo, y por eso lo menciona Pablo, para que los corintios no dijeran: ¿Por qué no envió al hombre adulto, sino al joven en su lugar?". Observen cómo suaviza este punto, llamándolo hermano y diciendo que le había rogado mucho. Para que no pareciera que tenía a Timoteo en mayor honor que él y lo había exaltado más, y por eso no lo envió, y provocar que su envidia se intensificara, añade: "Le rogué mucho que fuera". ¿Qué, entonces? ¿No cedió ni consintió el otro? ¿Se resistió y se mostró contencioso? No dice esto, sino que para no despertar prejuicios contra él y también para justificarse, dice, y que no era en absoluto su voluntad venir ahora. Luego, para evitar que dijeran que todo esto era una excusa y un pretexto, añadió: "Él irá a vosotros cuando tenga oportunidad". Esto fue a la vez una excusa para él y un refrigerio para los que deseaban verlo, por la esperanza que daba de su venida.
II
Velad, estad firmes en la fe, portaos varonilmente, haced todas las cosas en el amor
No es en la sabiduría externa, por tanto, donde los corintios podrán mantenerse firmes (pues por ella se dejarían llevar), sino en la fe. Por eso les dice Pablo que sean hombres fuertes y que todo lo que hagan sea hecho con amor. Al decir estas cosas, a primera vista el apóstol parece estar aconsejando, aunque en realidad los está reprendiendo por indolentes. De hecho, lo que les dice es: "Velad" (como si durmieran), y: "Estad de pie" (como si se balancearan de un lado a otro), y: "Sean hombres" (como si se hicieran los cobardes), y: "Que todo lo que hagan sea hecho con amor" (como si estuvieran en disensión). La primera advertencia se refiere a los engañadores, ante lo que dice: "Velad, estad firmes". La siguiente advertencia se refiere a los que conspiran contra nosotros, y les dice: "Sean hombres". La tercera advertencia se refiere a los que forman partidos y se esfuerzan por distraer, y ante ellos les dice: "Que todo lo que hagan sea hecho con amor", porque ése es el vínculo de la perfección, y la raíz y fuente de todas las bendiciones. Pero ¿qué significa "todo en amor"? Esto mismo: que ya sea que alguien reprenda, dice él, o gobierne o sea gobernado, o aprenda o enseñe, que todos sean en amor, ya que todo lo mencionado surgió por descuido de este amor. Porque si esto no se hubiera descuidado, no se habrían envanecido, no habrían dicho: "Yo soy de Pablo y yo de Apolo". Si esto hubiera existido, no habrían litigado ante los paganos ni habrían litigado en absoluto. Si esto hubiera existido, esa persona notoria no habría tomado a la esposa de su padre; no habrían despreciado a los hermanos débiles; no habría habido facciones entre ellos; no se habrían envanecido con sus dones. Por eso dice "que todo se haga en amor".
III
Os ruego, hermanos, que conozcáis la casa de Estéfanas, que es la primicia de Acaya y se ha puesto a administrar a los santos
Al principio de la carta ya mencionaba Pablo a este hombre, cuando dijo: "Yo bauticé la casa de Estéfanas". En el caso presente, ahora habla de él como la primicia no sólo de Corinto, sino también de toda Grecia. Esto no es un pequeño elogio, y viene a decir que fue el primero en venir a Cristo en Corinto. En la Carta a los Romanos, al elogiar a ciertas personas por este motivo, también dirá Pablo: "Ellos también estuvieron en Cristo antes que yo" (Rm 16,7). No dijo que fueran los primeros en creer, sino "las primicias", dando a entender que, junto con su fe, también mostraron una vida excelente, demostrando ser dignos en todo sentido, como en el caso de los frutos. Porque así las primicias deben ser mejores que el resto de aquellas cosas de las cuales son primicias. Se trata de una especie de alabanza que Pablo ha atribuido a éstos también con esta expresión, a saber: que no sólo tenían una fe genuina, como estaba diciendo, sino que también exhibieron gran piedad, y el clímax de la virtud, y el liberalidad en la limosna. Y no sólo por esto, sino también por otro motivo indica su piedad: por haber llenado también toda su casa de piedad. También prosperaron en buenas obras, como declara a continuación al decir: "Se han dedicado a servir a los santos". ¡Escuchen cuán inmensas son las alabanzas de su hospitalidad! Pues no dijo que administran, sino que "se han dedicado a ello", como estilo de vida que han elegido por completo y trabajo en el que siempre están ocupados. Por eso dijo Pablo "someteos a ellos", a forma de decir: Participad con ellos tanto en el gasto económico como en el servicio personal, y sed partícipes con ellos. Así, para ambos el trabajo será más ligero, cuando tengan camaradas, y los frutos de su activa benevolencia se extenderán a más. Y no sólo dijo "sed colaboradores", sino que añadió: "Obedeced todas las instrucciones que os den", lo que implica la más estricta obediencia. Para no parecer que los favorecía, añadió: "Y a todo aquel que colabora en la obra y los trabajos", a forma de regla general y a forma de decir: No hablo de ellos individualmente, sino que si hay alguien como ellos, que también tenga las mismas ventajas. Por eso, cuando empieza a elogiarlos, los cita como testigos, diciendo: "Os ruego que conozcáis la casa de Estéfanas", a forma de decir: Vosotros también sabéis cómo trabajan, y no tenéis necesidad de aprender de nosotros.
Me alegré de la llegada de Fortunato y Arcaico, porque ellos suplieron lo que faltaba de vuestra parte, y refrescaron mi espíritu y el vuestro
Como era natural que los corintios se sintieran muy irritados con estas personas, las que fueron a explicar a Pablo todos los desmanes y divisiones acaecidos en Corinto, por eso ahora los protege el apóstol ex professo, para que no tomen represalias contra ellos. Parece ser que también estas personas habían escrito las preguntas sobre las vírgenes y sobre los casados, y por ello vuelve a alabarlos Pablo, al decir: "Me ha sido revelado por los de la casa de Cloe", ocultando así a estos y presentando a los demás (pues parecería que estos últimos habían dado su información por medio de los primeros), como en este pasaje, de nuevo: "Han suplido vuestra falta y han reconfortado mi espíritu y el vuestro", lo que significa que habían venido en lugar de todos y habían decidido emprender un viaje tan grande en su nombre. ¿Cómo, entonces, puede esta peculiar alabanza volverse común? Si me consuelas por lo que me faltaba de tu parte con tu bondad hacia ellos; si los honras, si los recibes, si te comunicas con ellos haciendo el bien. Por eso dice: "Reconozcan a quienes son así". Con ello, mientras elogia a los que vinieron, incluye también a los demás en su alabanza, tanto a los que enviaron como a los enviados. Otra alabanza más resalta Pablo sobre ellos: que "confortaron mi espíritu y el vuestro", y concluye: "Por tanto, reconozcan a quienes son como ellos", porque por ustedes dejaron su país y su hogar. ¿Perciben su consideración? Sí, porque implica que habían obligado no sólo a Pablo, sino también a los corintios, al llevar consigo a toda la ciudad. Esto les reforzó el honor y no permitió que los demás se separaran de ellos, ya que en sus personas se habían presentado ante Pablo.
IV
Todas las iglesias de Asia os saludan. Saludaos unos a otros con el beso santo
Pablo continuamente hace que todos sus colaboradores se combinen, y se unan en uno por medio del saludo. Áquila y Priscila también saludan a los corintios, pues vivían en Corinto mientras el apóstol se alojaba con ellos, y hacía tiendas en su casa. No es poca cosa que hicieran hecho de su propia casa una iglesia. Esta adición del beso santo la hace solo aquí Pablo. ¿Cuál podría ser la razón? Ésta misma: que habían estado en desacuerdo entre sí por decir "yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo", y porque uno tenía hambre y otro estaba borracho, así como por sus contiendas, celos y pleitos. Y por las ofrendas había mucha envidia y gran orgullo. Habiéndolos unido entonces con su exhortación, naturalmente les pide que usen también el beso santo como medio de unión, pues este une y produce un solo cuerpo. Esto es santo cuando está libre de engaño e hipocresía.
El saludo de Pablo va de mi propia mano. Si alguno no ama a Jesucristo, sea anatema. Matan atha
Con el saludo final, Pablo da a entender que la epístola fue compuesta con gran seriedad. Con la sola palabra final, Pablo infunde temor en todos: en quienes hicieron de sus miembros de una ramera; en quienes ponen tropiezo en el camino de sus hermanos con lo ofrecido en sacrificio a los ídolos ; en quienes se bautizan con nombres de hombres; en quienes se niegan a creer en la resurrección. Y no sólo infunde temor, sino que también señala el camino de la virtud y la fuente del vicio: que, así como cuando nuestro amor hacia Él se intensifica, no hay pecado que no se extinga y expulse; así también, cuando es demasiado débil, lo hace brotar. ¿Por qué se usa la palabra maran atha? ¿Y por qué en hebreo? Por esto mismo: porque la arrogancia era la causa de todos los males en Corinto, y esta arrogancia la producía la sabiduría externa, y ésta era la esencia de todos los males, y eso perturbaba especialmente a Corinto. Así, para reprimir su arrogancia, ni siquiera usó el griego, sino el hebreo, lo que significaba que, lejos de avergonzarse Pablo de su simpleza, la abrazaba con gran entusiasmo. Pero ¿qué significa maran atha? Significa "nuestro Señor ha venido". ¿Y por qué usa esta frase en particular? Para confirmar la doctrina de la economía divina que ha ido desgranando, y recordarles que también los corintios son de la resurrección. Y no sólo esto, sino también para reprenderlos, como si dijera: El Señor común de todos ha condescendido a descender hasta aquí, y ¿vosotros estáis en el mismo estado y permanecéis en vuestros pecados, y no os conmueve el exceso de su amor, la corona de sus bendiciones? Sí, considerad sólo esto y os bastará para progresar en toda virtud, y podréis extinguir todo pecado.
La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vosotros. Mi amor esté con todos vosotros, en Cristo Jesús. Amén
Pablo es como un maestro, que ayuda no sólo con consejos, sino también con oraciones. Así, para evitar que pensaran que terminó así por adulación, dice: "En Cristo Jesús". No tiene nada de humano ni carnal, sino de naturaleza espiritual. Por lo tanto, es completamente genuino. Pues, de hecho, la expresión era la de alguien que ama profundamente. Así; porque estaba separado de ellos en cuanto a lugar, como si extendiera su mano derecha, los envolvió con los brazos de su amor, diciendo: "Mi amor esté con todos ustedes", como si dijera: Con todos ustedes estoy. Con esto insinúa que lo escrito no surgió de la ira ni del enojo, sino de un cuidado providente, y que ante una acusación tan grave no se apartó, sino que los amó y los abrazó cuando estaban lejos, arrojándose en sus brazos mediante estas epístolas y escritos.
V
Así debe actuar quien corrige, pues quien actúa meramente por enojo no hace más que satisfacer su propio sentimiento, mas quien corrige al pecador, y le muestra su amor, demuestra que sus palabras de reproche fueron palabras de tierno afecto. De la misma manera, hermanos, castiguémonos unos a otros; y que ni el que corrige se enoje (pues esto no pertenece a la corrección, sino a la pasión), ni quien es corregido se sienta mal. Pues lo que se hace es curación, no desprecio. Ahora bien, si los médicos usan la cauterización y no son criticados, y esto con frecuencia, aunque yerren completamente su objetivo; pero incluso en su dolor, quienes son objeto de la cauterización y la amputación consideran benefactores a quienes provocan este dolor; con mucha más razón quien recibe la reprensión debe estar dispuesto a ello, y, como médico, prestar atención al corrector, y no como a un enemigo. También nosotros, quienes reprendemos, acerquémonos con gran gentileza y gran prudencia. Si ves a un hermano cometer un pecado, como Cristo ordenó, "no lo reprendas públicamente, sino a solas con él" (Mt 18,15), no reprochándole ni insultándolo cuando está abatido, sino con dolor y con el corazón abatido. Y prepárate también para recibir la reprensión si cometes algún error. Para que lo que digo quede más claro, pongamos un caso imaginario y pongamos a prueba nuestra regla. Dios no permita que se nos presente tal ejemplo. Supongamos que un hermano vive en la misma casa con una virgen, en honor y castidad, y sin embargo no escapa del todo a las malas noticias. Si oyes hablar de su convivencia, no lo desprecies ni digas: ¿Cómo? ¿Es que no entiende? ¿Acaso no sabe lo que le conviene? No busques amor a cambio de nada, pero no odio a cambio de nada. ¿Qué tengo yo que ver con entablar una enemistad gratuita? Estas palabras son propias de fieras y de demonios, y no de quien ha de corregir a su hermano para que no sea odiado por nada, sino tenga grandes bendiciones y coronas indecibles. ¿Qué? ¿No tiene entendimiento? No, no lo tiene, pues está ebrio con toda su pasión. Y ahora digo yo: Si en los tribunales paganos de justicia, aquellos que son perjudicados no deben hablar por sí mismos mientras arden de ira (aunque no hay falta en ese tipo de simpatía), ¡cuánto más aquellos a quienes el mal hábito mantiene en sujeción! Por ello, lo que yo digo es que, por muy múltiple que sea su sabiduría, ese hermano no tiene su mente despierta. En efecto, ¿quién puede ser más sabio que David, el hombre que dijo: "Las cosas oscuras y ocultas de tu sabiduría me has hecho saber"? No obstante, cuando David miró a la esposa del soldado con ojos injustos, y según lo dicho ("los que navegan en el mar embravecido, absorben toda su sabiduría"; Sal 107,27), David se quedó necesitado de que otros lo corrigieran, y él mismo ni siquiera percibió en medio de qué males estaba. Gracias a esa corrección, y lamentando sus ofensas, dijo David: "Como una carga pesada me pesaron gravemente, mis heridas hedían y estaban corruptas a causa de mi necedad" (Sal 38:5). Por lo tanto, el que comete pecado no tiene entendimiento. Porque está ebrio y está en tinieblas. No digas entonces estas cosas, ni añadas esa otra observación, no me importa en absoluto, porque "cada uno llevará su propia carga" (Gál 6,5). No, contra ti también se convierte en una grave acusación, que al ver a alguien en error no lo restauras. Porque si no era correcto según la ley de los judíos menospreciar a la bestia del enemigo (Ex 23,4-5). Así, el que no desprecia a la bestia de carga, ni al alma de un enemigo que perece, sino la de un amigo, ¿qué perdón obtendrá? Sí, tampoco nos basta como excusa que tenga entendimiento, pues nosotros, tras nuestras múltiples exhortaciones, tampoco nos hemos bastado ni nos hemos mostrado útiles. Ten presente esto también, respecto al que yerra: que es natural que reciba el mejor consejo de ti antes que de sí mismo. Y no digas ¿qué me importan estas cosas?, sino teme al que primero habló esta palabra; pues decir "¿soy yo guarda de mi hermano?" (Gn 4,9) apunta a lo mismo. Ésta es la madre de todos nuestros males: que consideramos las preocupaciones de nuestro propio cuerpo como ajenas. ¿Qué dices? ¿No te importa tu hermano? ¿Quién, entonces, se preocupará por él? ¿El incrédulo que se regocija por él, lo reprocha e insulta? ¿O el diablo que lo incita y lo suplanta? ¿Y de dónde viene esto? ¿Cómo sé que lograré algo, dice él, aunque hable y aconseje lo correcto? Pero ¿cómo es evidente que no harás ningún bien? Pues bien, esto es, de nuevo, una locura extrema, mientras que el fin permanece en la oscuridad para incurrir en la múltiple culpa de la indiferencia confesada. Sin embargo, Dios, que prevé el futuro, a menudo habla y no obtiene ningún bien, mas no por ello se da por vencido, y sigue persuadiendo a los hombres. Ahora bien, si Aquel que sabe de antemano que no obtendrá ninguna ventaja, no cesa en la obra de corrección, ¿qué excusa tendrás tú, que ignoras por completo el futuro y, sin embargo, estás desmayado y entumecido? Sí, y muchos lo han logrado con frecuentes intentos; y cuando más desesperaban, entonces es cuando más lograban su objetivo. Y aunque tú no obtuvieras ninguna ventaja, ya has hecho tu parte. No seas, pues, inhumano, ni despiadado, ni descuidado, pues que estas palabras provienen de crueldad e indiferencia. Y si no, respóndeme a esto: ¿Cuál es la razón por la que, cuando uno de tus miembros te duele, no dices qué me importa? ¿De dónde es evidente que, si se cuida debidamente, no se restaura? Hermano, no dejes aquí nada sin hacer, para que, aunque no te beneficies, no tengas que culparte por la omisión de algo que debiera haberse hecho. Ante esto, te pregunto: ¿Debemos cuidar tanto de los miembros de nuestro cuerpo y descuidar los de Cristo? ¿Cómo pueden tales cosas merecer perdón? Si no te impresiona el escuchar "cuida de tu propio miembro", te recuerdo el cuerpo de Cristo. Además, ¿cómo puede ser otra cosa que horror ver su carne pudriéndose y descuidarla? Si tuvieras un esclavo o un asno afligido por una llaga mortificante, no tendrías el valor de descuidarlo, y ¿ves el cuerpo de Cristo lleno de escorbuto y con prisas, y no crees que tales cosas merecen innumerables rayos? Por esta razón, todo está patas arriba, por nuestra inhumanidad e indiferencia. Por tanto, te suplico que expulsemos esta crueldad de entre nosotros.
VI
Hermano, acércate a aquel de quien hablo, como si morara con una virgen, y haz un pequeño elogio de tu hermano, compensándolo con las otras excelencias que posee. Y aliméntalo con tus elogios como si fuera agua tibia, y así mitigarás el tumor de su herida. Habla de ti mismo como un miserable, acusa a la raza humana común, señala que todos estamos en pecado, pide perdón, di que estás emprendiendo cosas demasiado grandes para ti, y que el amor te persuade a atreverte a todo. Luego, al dar tu consejo, no lo hagas con imperio sino fraternalmente. Cuando con todos estos medios hayas reducido la hinchazón y calmado el dolor que surge de la punzante reprimenda que le espera, y cuando una y otra vez le hayas desaprobado y suplicado que no se enoje. Cuando lo hayas atado con estas cosas, entonces usa el cuchillo; sin presionar demasiado el asunto, ni deshaciéndolo; para que no huya ni lo menosprecie. Porque si no golpeas en lo vivo, no habrás hecho ningún bien, y si tu golpe es violento, lo asustarás. Por tanto, incluso después de todo esto, estando a punto de la reprimenda, mezcla de nuevo elogios con censuras. Y dado que este proceder, considerado en sí mismo, no puede ser motivo de alabanza (pues no es recomendable estar en casa con una doncella virgen), que el propósito de quien lo hace sea tu motivo para llevarlo a cabo; y di: Sé que lo haces por Dios, y que la desolación y la desamparada condición de esa pobre mujer te hicieron tenderle la mano. Aunque no lo haga con esa intención, dilo tú; y añade lo siguiente: disculpándote de nuevo y diciendo: Esto no lo digo para dirigirte, sino para recordarte. Lo haces por Dios; yo también lo sé. Pero veamos si esto no produce otro mal . Y si no lo hay, mantenla en casa y aférrate a este excelente propósito. No hay nadie que te lo impida. Pero si surge algún daño por exceder la ventaja, te suplico que tengamos cuidado, no sea que mientras nos esforzamos por consolar a una sola alma, pongamos tropiezo en el camino de diez mil. Y no añadas de inmediato los castigos debidos a quienes ofenden, sino toma también su propio testimonio, diciendo: No tienes necesidad de aprender estas cosas de mí. Tú mismo sabes que, "si alguien ofende a uno de estos pequeños", grande será el castigo que se amenaza. Y así, habiendo endulzado tu discurso y apaciguado su ira, aplica la medicina de tu corrección. Y si él vuelve a insistir en su condición de desamparo, no expongas su pretensión, sino dile: Que nada de esto te atemorice: tendrás un amplio argumento, la ofensa dada a otros: ya que no por indiferencia, sino por cuidado hacia ellos, abandonaste este tu propósito. Que tu consejo sea breve, pues no hay necesidad de mucha enseñanza; pero que las expresiones de paciencia, por otro lado, sean numerosas y concisas. Y recurre continuamente al tema del amor; ocultando la gravedad de lo que dices y dándole todo su poder, diciendo: Esto es lo que yo, por mi parte, aconsejo y recomiendo; pero en cuanto a seguir el consejo, tú eres el único juez; pues no te obligo ni te fuerzo, sino que someto todo el asunto a tu propia discreción. Si manejamos así nuestra reprimenda, podremos corregir fácilmente a quienes yerran , pues lo que hacemos ahora se asemeja más a la conducta de bestias salvajes o criaturas irracionales que a la de los hombres. Pues si alguien percibe ahora a alguien cometiendo errores de este tipo, no se comunica con él, sino que, como viejas tontas que han bebido demasiado, susurra con otra persona, y el dicho "no se ame por nada, para que no se odie por nada" no tiene cabida en su opinión. Pero, cuando les apetece hablar mal, no les importa ser odiados por nada, o mejor dicho, ser castigados; ya que no sólo se produce odio, sino también castigo. Pero cuando hay necesidad de corrección, alegan tanto esto como innumerables otros pretextos. Mientras que entonces sería el momento de pensar en estas cosas, cuando se habla mal, cuando se calumnia. Me refiero al dicho "no se odia por nada", y yo no puedo hacer nada, y no me importa. Tal como están las cosas, en el primer caso, eres vehemente y ociosamente curioso, y no te preocupas por el odio ni por innumerables males; pero cuando deberías preocuparte por la salvación de tu hermano, te complace ser una persona discreta e inofensiva. Y sin embargo, de la maledicencia surge el odio tanto de parte de Dios como de los hombres; y esto no te preocupa mucho; pero al dar consejos en privado y reproches de ese tipo, tanto él como Dios se convertirán en tus amigos. E incluso si te odia, Dios sigue amándote aún más por eso. De hecho, ni siquiera te odiará tanto como cuando su odio provenía de tu maledicencia; sino que en ese caso te evitará como a un enemigo, mientras que ahora te considerará más venerable que a cualquier padre. Y si aparentemente lo toma mal, en su interior y en privado se sentirá muy agradecido contigo.
VII
Teniendo presentes estas cosas, hermanos, cuidemos de nuestros miembros, y no afilemos la lengua unos contra otros, ni pronunciemos palabras que puedan herir, socavando la fama del prójimo, como en la guerra y la batalla, dando y recibiendo golpes. Porque, después de todo, ¿de qué sirve ayunar o velar, cuando la lengua está ebria y se da un festín en una mesa más impura que la de carne de perro; cuando se ha vuelto voraz tras la sangre, derramando inmundicia y convirtiendo la boca en una cloaca más abominable que eso? Porque lo que sale de ella contamina el cuerpo; pero lo que sale de la lengua a menudo sofoca el alma. Digo esto no con ansiedad por quienes tienen un mal informe falso, pues son dignos incluso de coronas cuando llevan lo que se dice con nobleza; sino con ansiedad por ustedes que así hablan. Porque al que es mal informado falsamente, las Escrituras lo declaran bienaventurado; pero al que habla mal lo expulsan de los santos misterios, incluso de los mismos recintos, como recuerda el salmo: "Al que habla en secreto contra su prójimo, a ese hombre lo eché" (Sal 101,5). Tal persona es indigna de leer los libros sagrados, como recuerda Dios a través del salmista: "¿Por qué declaras mis justas leyes, y tomas mi pacto en tu boca?" (Sal 50,16). Luego, añadiendo Dios la causa, dice: "Te sentaste y hablaste contra tu hermano" (Sal 49,20). Aquí, de hecho, no añade Dios claramente si son cosas verdaderas o falsas las que dice, mas en otro lugar da a entender que, aunque digas verdades, no debes decir tales cosas, cuando Cristo recuerda: "No juzguéis, y no seréis juzgados" (Mt 7,1). También fue condenado quien habló mal del publicano, aunque era cierto lo que atribuyó a su prójimo. Alguno dirá: Si alguien se ha corrompido, ¿tampoco debemos exponerlo, ni corregirlo? Y yo le contesto: En primer lugar, debemos exponerlo y corregirlo, pero de la manera que mencioné antes. En segundo lugar, si tienen que reprenderlo, tengan cuidado de no imitar a ese fariseo, no sea que caigan en su misma situación. De esto no se deriva ninguna ventaja, ni para ustedes que hablan, ni para quien les escucha, ni para el acusado. Éste último, por su parte, se vuelve más imprudente, pues ahora siente vergüenza, mas tan pronto como deje de ser notorio se liberará del freno que ese sentimiento le imponía. Y el oyente, a su vez, resultará aún más herido, pues, ya sea consciente de sus buenas obras, se envanece y se inflama con la acusación contra otro, o de sus propias faltas, y se vuelve más ávido de iniquidad. En tercer lugar, el orador también incurrirá en la mala opinión del oyente y provocará a Dios a mayor ira contra él. Por tanto, os ruego que descartemos toda palabra desagradable. Si hay algo bueno para edificación, digámoslo. ¿Acaso te apetece vengarte de la otra persona? ¿Por qué entonces castigarte a ti mismo en lugar de a él? No, tú, que con tanto ahínco buscas resarcirte de quienes te han molestado, véngate como Pablo recomendó al decir: "Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber" (Rm 12,20). Si no lo haces, sino que sólo conspiras contra él, apuntas la espada contra ti mismo. Por tanto, si ese otro habla mal, respóndele con elogios y elogios. Así podrás vengarte de él y librarte de malas sospechas. Quien se duele al oír hablar mal de sí mismo se cree afectado por alguna conciencia de maldad. Quien se ríe para burlarse de lo que se dice, muestra una señal incuestionable de no ser consciente de ningún mal. Ese tal ya no aprovecha a su oyente, ni a sí mismo, ni al acusado, y sólo se apunta con la espada a sí mismo. Uno debería, sin duda, conmoverse pensando en el reino de los cielos y en lo que agrada a Dios, mas si es de carácter grosero, y muerde como una fiera, debería instruirse con estos argumentos. Considerando con sencillez lo que agrada a Dios, ese tal llegará a estar por encima de toda pasión, y podrá obtener las bendiciones celestiales que Dios nos concede a todos, por la gracia de nuestro Señor Jesucristo.
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