JUAN CRISÓSTOMO
Mateo

Prólogo

1. Bastaba que un solo evangelista lo hubiera dicho todo. Sin embargo, hablando cada evangelista por su misma boca, y no en los mismos tiempos ni en los mismos lugares, y sin haberse antes puesto de acuerdo con el resto, su testimonio adquiere la fuerza máxima de la verdad. Es más, que haya cosas en las que parecen discrepar, sobre puntos insustanciales, es la mejor prueba de su veracidad. En efecto, si en todo estuviesen acordes, cualquiera podría pensar que los cuatro evangelistas se habían entendido previamente para escribir lo que escribieron, como obedeciendo a una consigna.

2. En todo lo principal, y en todo lo concerniente a la moral o a la fe, ni en lo más leve discrepan los evangelistas. Si sobre los milagros uno ha mencionado éstos, y otro aquéllos, no hay razón para desconcertarse. Es más, si uno solo lo hubiera dicho todo, ¿cuál sería el objeto de la narración de los demás? Y si todos hubieran narrado hechos diversos, mal podría manifestarse su conformidad. En cuanto a las variantes del tiempo, y al modo de realizarse los sucesos, no destruye esto la verdad de los mismos, como se demostrará más adelante.

I
Comentario de Mateo 1

Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham

1. Mateo llama a este libro el "libro de la generación", porque toda la economía de la gracia, y la raíz de todos los bienes, está en que Dios se ha hecho hombre. Una vez verificado esto, lo demás se sigue como consecuencia racional. No pienses que oyes cosa de poca importancia al oír hablar de esta generación, porque es en gran manera inefable que Dios se haya dignado nacer de una mujer y tener por progenitores a David y a Abraham.

Abraham engendró a Isaac. Isaac engendró a Jacob. Jacob engendró a Judas y a sus hermanos

2. Menciona Mateo los 12 patriarcas para desvanecer el orgullo por la nobleza de los progenitores, pues muchos de éstos nacieron de esclavas, aunque todos eran igualmente patriarcas y jefes de tribu.

Judas engendró de Tamar a Fares y a Zara. Fares engendró a Esrom. Esrom engendró a Aram. Aram engendró a Aminadab. Aminadab engendró a Naassón. Naassón engendró a Salmón. Salmón engendró de Rahab a Booz. Booz engendró de Rut a Obed. Obed engendró a Jesé. Jesé engendró a David, el rey

3. Aquí se ve que todos los mencionados fueron reos de pecado, pues tenemos a Tamar acusando a Judá de fornicario y David engendró a Salomón de una mujer adúltera. Mas si la ley no fue cumplida por los principales, menos lo hubiera sido por los menores. Así, la presencia de Jesucristo se hizo necesaria.

David, el rey, engendró a Salomón, de la que fue de Urías. Salomón engendró a Roboam. Roboam engendró a Abiá. Abiá engendró a Asá. Asá engendró a Josafat. Josafat engendró a Joram. Joram engendró a Ozías. Ozías engendró a Joatam. Joatam engendró a Acaz. Acaz engendró a Ezequías. Ezequías engendró a Manasés. Manasés engendró a Amón. Amón engendró a Josías. Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos en la transmigración de Babilonia. Después de la transmigración de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel. Salatiel engendró a Zorobabel. Zorobabel engendró a Abiud. Abiud engendró a Eliakim. Eliakim engendró a Azor. Azor engendró a Sadoc. Sadoc engendró a Aquim. Aquim engendró a Eliud. Eliud engendró a Eleazar. Eleazar engendró a Matán. Matán engendró a Jacob. Jacob engendró a José, esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado el Cristo

4. Después de consignar todos los antepasados de Cristo, terminando por José, dice el evangelista "esposo de María", indicando que por María ha puesto en la genealogía también a José.

Todas las generaciones, desde Abraham hasta David, son catorce generaciones; y desde David hasta la deportación a Babilonia son catorce generaciones; y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo son catorce generaciones

5. Tal vez dividió Mateo en 3 partes las generaciones, para demostrar que no por cambiar de régimen político se enmendaron los judíos. Antes bien, tanto bajo los jueces, como bajo los reyes, los pontífices y los sacerdotes, persistieron en los mismos pecados. Por eso menciona la cautividad de Babilonia, indicando que ni aun después de ésta se corrigieron. Y no menciona el destierro a Egipto, porque no temían a los egipcios como a los asirios y partos, porque el destierro a Egipto era de fecha más antigua y el de Babilonia era reciente, y porque a Egipto no fueron llevados en castigo por sus pecados como a Babilonia.

La generación de Jesucristo fue de esta manera. Estando María desposada con José, y antes de que viviesen juntos, se halló haber concebido por obra del Espíritu Santo

6. Mateo se presta a decir que va a narrar una cosa nueva, y promete narrar la manera de realizarse esta generación. Lo hace para que no fuera a suceder que, al oír las palabras "esposo de María" cualquiera pensase que Cristo había nacido según la ley general de la naturaleza. Sigue luego: "Antes que viviesen juntos". No dice "antes de que fuese llevada a casa del esposo", pues ya estaba en ella por ser costumbre frecuente entre los antiguos tener en su casa a las desposadas, como vemos que sucede también ahora, y los yernos de Lot habitaban con él en vida común. Con propiedad dice se halló, expresión que solemos emplear hablando de cosas en que no habíamos pensado. Y para que no importunara al evangelista preguntándole cómo se verificó el nacer de una Virgen, en pocas palabras él mismo da la salida, "de Espíritu Santo", como si dijera: "El Espíritu Santo es el que ha obrado este milagro", pues que ni Gabriel ni Mateo pudieron decir más.

José, su esposo, como era justo y no quería infamarla, decidió dejarla secretamente

7. Habiendo dicho el evangelista que María halló que había concebido en el vientre, del Espíritu Santo, sin obra de varón, para que nadie sospechase que un discípulo de Cristo haya inventado estas maravillas en honor de su Maestro, aduce Mateo el testimonio de José, confirmando la historia por su propia participación en ella: "Y José, su esposo, como era justo". Es de notar que llama aquí justo al que en todo es virtuoso. Porque justicia no es sólo no querer más de lo debido, sino también la virtud en general y es en este sentido que principalmente emplea la Escritura la palabra justicia. Siendo, pues, justo, es decir, benigno y moderado, quiso dejar en secreto a la que veía expuesta a la infamia y a la máxima pena de la ley. Como quien se coloca por encima de la ley, José la salvó de ambos peligros. Pues a la manera que el sol antes de ostentar sus rayos ya alumbra la tierra, así Cristo, antes de nacer, hizo que apareciesen en el mundo muchas señales de perfecta virtud.

Estando José pensando esto, el ángel del Señor le apareció en sueños, diciendo: "José, hijo de David, no temas recibir a María, tu mujer. Lo que en ella ha nacido, del Espíritu Santo es"

8. Al decirle "no temas", indica Mateo que José ya entonces temía ofender a Dios, como quien tiene en su compañía una adúltera, pues de otra manera no hubiera pensado dejarla. Pero dice "no temas recibir" (esto es, mantenerla en tu casa), porque en su mente ya la había dejado. O también en medio de su turbación se apareció el ángel a José, para que se manifestase la sabiduría de este justo, y que en esto mismo encontrase una demostración de lo que se le anunciaba, pues al oír de boca del ángel lo mismo que él pensaba en su interior, era señal indudable de que era enviado de Dios el que le hablaba, pues sólo Dios sabe los secretos del corazón. La narración del evangelista no admite sospecha al decirnos que José sufrió lo que es natural que sufra un esposo. Tampoco pudo ser sospechosa la Virgen, dado que su esposo, a pesar de sus celos, la tomó bajo su custodia y continuó en su compañía después de haber concebido. Y si la Virgen no reveló a José lo que el ángel le había anunciado, fue porque no pensaba que su esposo le creyese, principalmente después de haber entrado en sospecha. Y el ángel anunció el misterio a la Virgen antes de concebir, para que no estuviese en continua ansiedad, diciéndoselo después, pues era muy conveniente que se hallase libre de toda turbación aquella madre que iba a recibir en su seno al Creador de todas las cosas. El ángel no sólo defiende a la Virgen de toda cohabitación carnal, sino que le hace ver a José que su Esposa ha concebido por obra sobrenatural. Con lo cual, además de hacerle deponer todo temor, le infunde alegría diciéndole: "Lo que en ella ha nacido es del Espíritu Santo".

"Parirás un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, ye él salvará a su pueblo de sus pecados"

9. Como lo que el ángel había dicho a José era algo maravilloso, que sobrepasaba todo pensamiento humano y estaba por encima de las leyes físicas, ¿cómo lo creerá un hombre que nada haya oído de estas cosas? Demuestra entonces Mateo la verdad de sus palabras por la revelación de lo que a él le había pasado, pues para ello le reveló el ángel cuanto había experimentado en sí: lo que había sufrido, lo que había temido y lo que se inclinó a hacer. Y no sólo lo pasado, sino también lo futuro, pues "parirá un hijo y llamará su nombre Jesús". O tal vez lo dijo indeterminadamente para manifestar que lo dio a luz para todo el orbe. Le explica luego lo admirable de este nacimiento, porque Dios es quien envía desde el cielo, por ministerio de un ángel, el nombre que había de ponerse al niño. Y éste no es un nombre cualquiera, sino un nombre tesoro de bienes infinitos. Y así lo interpreta el ángel y funda en él las mejores esperanzas, induciéndole con esto a la fe de lo que le decía, pues para creer otras cosas solemos ser más dóciles.

Todo esto fue hecho para que se cumpliese lo que habló el Señor por el profeta, que dice: "La virgen concebirá, y parirá un hijo, y lo llamarán Enmanuel, que quiere decir Dios con nosotros"

10. El ángel contempló la profundidad de la misericordia divina, traspasadas las leyes de la naturaleza, y contempló a Aquel que era superior a todos, haber descendido hasta el hombre, que era inferior a todos. Y muestra este prodigio en una sola expresión: "Mas todo esto fue hecho", como si dijera: No creas que todo esto es del agrado de Dios ahora solamente, pues hace tiempo que está de antemano ordenado. Con mucha razón, pues, el ángel aduce la profecía no a la Virgen y sí a José, como a hombre que meditaba en los profetas, y versado en su lectura. Porque es de notar que primero había llamado cónyuge a la Virgen, mientras que ahora la llama Virgen con el profeta, para que oyesen esto mismo del profeta, porque hacía mucho tiempo que estaba pensado. Por eso, en prueba de lo que estaba diciendo, aduce las palabras de Isaías o más bien de Dios, porque no dice "para que se cumpliese lo que habló Isaías", sino "lo que habló el Señor por Isaías". En realidad, aquí se pone nombre a un hecho. Acostumbra la Escritura poner por nombre los hechos mismos que se verifican. Así, al decir "llamarán su nombre Enmanuel", es como si dijera: Verán a Dios entre los hombres. Por eso no dice "lo llamarás", sino "lo llamarán", a forma de decir: Así lo llamarán las gentes y así lo confirmarán los hechos.

II
Comentario de Mateo 2

Cuando hubo nacido Jesús en Belén de Judá, en tiempo del rey Herodes, unos magos vinieron del Oriente a Jerusalén diciendo: "¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente, y venimos a adorarle"

1. Dijo Mateo "del rey Herodes", remarcando así su dignidad, porque hubo otro Herodes, el que mandó dar muerte a Juan. Es preciso saber que los herejes priscilianistas que creen que las diferentes constelaciones presiden los destinos de los hombres, se han servido de este pasaje para apoyar su error, y han hablado de esta estrella que aparece al nacer el Salvador, como si fuera la estrella de su destino. No es propio de la astrología averiguar mediante los astros quienes son los que nacen, sino conjeturar el destino del hombre por la hora de su nacimiento. Ahora bien, los magos no conocieron el tiempo del nacimiento para adivinar por la posición de las estrellas el porvenir del recién nacido, sino al contrario, puesto que dijeron: "Hemos visto su estrella". Es evidente que aquélla no debió ser una estrella ordinaria, dado el camino que recorría, que nunca fue el de una estrella ordinaria, del norte al sur, que tal es la posición de Palestina con respecto a Persia. En segundo lugar, esto se puede deducir también del tiempo en que apareció, porque no era visible solamente de noche, sino en la mitad del día, lo cual no acontece con ninguna estrella, ni aun con la misma luna. En tercer lugar, porque unas veces aparecía y otras desaparecía, ocultándose cuando los magos entraron en Jerusalén y apareciendo de nuevo cuando dejaron a Herodes, no teniendo tampoco un andar fijo ni marcha determinada, sino que cuando a los magos convenía caminar, ella caminaba, y cuando les convenía detenerse, ella se detenía, de la misma manera que acontecía con la columna de nube en el desierto. Y no anunciaba el parto de la Virgen permaneciendo en las alturas, sino descendiendo de ellas, lo cual no es propio de una estrella ordinaria, sino de una voluntad inteligente, de donde podemos deducir que no era simplemente una estrella, sino más bien una virtud invisible que había tomado esta forma.

El rey Herodes, cuando oyó a los magos, se turbó, y toda Jerusalén con él. Convocando a todos los príncipes de los sacerdotes y los escribas del pueblo, les preguntaba dónde había de nacer Cristo. Ellos le dijeron: "En Belén de Judá, porque así está escrito por el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre las principales de Judá, porque de ti saldrá el caudillo que gobernará a mi pueblo Israel"

2. Notad aquí la exactitud de la profecía, que no dice "en Belén estará" sino "de Belén saldrá", manifestando así que allí solamente nacería. ¿Cómo han de referirse estas palabras a Zorobabel, según algunos creen? Su nacimiento no fue desde el principio de los siglos: no nació en Belén, sino en Babilonia, y no en la Judea. Otro nuevo testimonio nos lo dan las palabras "no eres la menor, porque de ti saldrá", porque entre los judíos ninguno ha dado tanta celebridad a la aldea en que naciera, como Cristo, cuyo pesebre y cuya choza son continuamente visitados por peregrinos de todas partes del mundo después de su nacimiento. Y si el profeta no dijo "de ti saldrá el hijo de Dios", sino "de ti saldrá un soberano que regirá mi pueblo de Israel", fue porque convenía condescender al principio con los judíos a fin de que no se escandalizasen y predicar lo que era concerniente a la salvación del linaje humano para conducirlos mejor a este fin. Las palabras "Que rija mi pueblo de Israel" tienen aquí un sentido figurado, porque Israel quiere decir todos aquellos judíos que creyeron. Si a todos no rigió Cristo, fue culpa de ellos. Si no dijo nada de los gentiles, fue para no escandalizar a los judíos. ¡Ved cuán admirable providencia! Los judíos y los magos se instruyen los unos a los otros. Los judíos oyen decir a los magos que una estrella ha anunciado a Cristo en oriente, y los magos oyen decir a los judíos que las antiguas profecías lo habían anunciado para que, apoyados en este doble testimonio, buscasen con fe más ardiente a aquél que habían anunciado la aparición de una nueva estrella y la autoridad de los profetas.

Herodes, llamando en secreto a los magos, se informó cuidadosamente del tiempo en que les apareció la estrella. Encaminándolos a Belén, les dijo: "Id, e informaos bien del niño, y cuando le hubiereis hallado, hacédmelo saber, para que yo también vaya a adorarle". Ellos, tras oír esto del rey, se fueron

3. Tal vez, esta estrella se les había aparecido a los magos mucho tiempo antes, a fin de que, a pesar del tiempo que habían de emplear en el camino, pudieran llegar inmediatamente después del nacimiento y adorasen al niño envuelto en pañales, para que apareciese más admirable. No les dice Herodes "informaos bien de ese rey", sino "del niño", porque ni siquiera podía soportar Herodes que se le diese el nombre de príncipe.

La estrella que los magos habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que se paró donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se regocijaron en gran manera. Entrando en la casa hallaron al niño con María su madre, y postrándose, le adoraron. Abriendo sus tesoros, le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra

4. Avergüéncense aquí Marción y Pablo de Samosata, que no quieren ver lo que vieron los magos progenitores de la Iglesia, que adoraron a Dios hecho hombre. Que era hombre lo dicen aquellos pañales y aquel pesebre. Sobre que lo adoraron no como a un simple mortal, sino como a Dios, lo testifican esas ofrendas que no convienen más que a Dios. Llénense también de confusión los judíos, que fueron prevenidos por los magos y rehusaron ir en pos de ellos.

Habiendo recibido en sueños la propuesta de que no volviesen a Herodes, los magos se volvieron a su tierra por otro camino

5. Mirad aquí la fe de los magos, que no se escandalizan diciendo "si este niño es un gran rey, ¿por qué huir y ocultarse?". La fe, en efecto, no consiste en averiguar las causas de las cosas que se nos manda que hagamos, sino en obedecerlas por ellas mismas.

Cuando los magos se fueron, un ángel del Señor apareció en sueños a José y le dijo: "Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto, y estáte allí hasta que yo te lo diga, porque Herodes busca al niño para matarle". Levantándose José, tomó al niño y a su madre, y de noche se retiró a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes: para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta, que dice: "De Egipto llamé a mi hijo"

6. Ved aquí al tirano Herodes llenarse de furor apenas nace este niño, y ved también a la madre huir con el hijo a tierra extranjera. Sirva esto de ejemplo para que, cuando comencéis alguna obra espiritual, y os sintáis afligidos por la tribulación, no os turbéis ni dejéis llevar del abatimiento, sino que soportéis con valor y heroísmo todas las contradicciones. Es una ley de la profecía, que lo que ella repite muchas veces de unos, se vea cumplido en otros. Esto se ve cumplido en las siguientes palabras dichas de Leví y de Simeón (Gn 49,7): "Los dividiré en Jacob y los esparciré en Israel". Esto no se cumplió en ellos, sino en sus descendientes. Todo esto es evidente en este pasaje, porque siendo Cristo por naturaleza el Hijo de Dios, en él es en quien se ha cumplido esta profecía.

Herodes, cuando vio que había sido burlado por los magos, se irritó mucho, e hizo matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en toda su comarca, conforme al tiempo que había averiguado de los magos. Entonces fue cumplido lo que había dicho el profeta Jeremías: "Una voz fue oída en Ramá, lloro y mucho lamento. Era Raquel llorando sus hijos, y no quiso ser consolada porque ya no existen"

7. Después de habernos llenado de horror Mateo, con la narración de tan sangriento martirio, para calmar ahora un tanto esta desagradable impresión, nos manifiesta que todas estas cosas no sucedieron porque Dios no pudiera impedirlo o porque las ignorase, sino según lo había anunciado por boca de su profeta. Por ello dice "entonces fue cumplido".

Habiendo muerto Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto, diciendo: "Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel, porque ya han muerto los que querían matar al niño". Levantándose José, tomó al niño y a su madre, y se vino para la tierra de Israel. Oyendo que Arquelao reinaba en Judea, en lugar de su padre Herodes, temió de ir allá: y avisado en sueños se retiró a las tierras de Galilea. Vino a morar en una ciudad que se llama Nazaret, para que se cumpliese lo que habían dicho los profetas: que sería llamado nazareno

8. Cambiando de morada, y abandonando el lugar del nacimiento, era fácil ocultarse. Todo el peligro estaba en Belén y en sus alrededores. Viniendo José a Nazaret, volvía a su patria y escapaba del peligro. Eso es lo que significan las palabras "vino a morar en una ciudad que se llama Nazaret".

III
Comentario de Mateo 3

En aquellos días apareció Juan predicando en el desierto de Judea, y diciendo: "Haced penitencia, porque está cerca el reino de los cielos". Éste es de quien habló el profeta Isaías diciendo: "Una voz clama en el desierto: Aparejad el camino del Señor, haced derechas sus veredas"

1. ¿Por qué fue necesario que Juan predicase a Jesucristo, y apoyase con sus propias obras la misión del Redentor? En primer lugar, para enseñarnos la dignidad de Cristo, que como su Padre eterno, también él tiene sus profetas, según aquellas palabras dichas a Juan por Zacarías: "Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo" (Lc 1). En segundo lugar, para que no quede a los judíos ninguna causa de falsa vergüenza, lo cual el mismo evangelista da a entender cuando dice: "Vino Juan sin comer y sin beber y dijeron: Tiene el demonio. Vino el hijo del hombre, come y bebe, y dijeron: He ahí un hombre glotón" (Mt 11). Por otra parte, era también necesario que fuese anunciado por otro, y no por el mismo Jesucristo, lo que de él había de decirse, para que los judíos no pudiesen alegar lo que en cierta ocasión expresaban: "Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es verdadero" (Jn 8). De este modo anuncia a los judíos lo que ellos no habían escuchado ni siquiera de boca de los mismos profetas, y sin hablarles de la tierra hace que sus miradas se levanten a las alturas del cielo, alentándolos por la novedad de la predicación, a buscar a Aquél a quien predican. El mismo Juan tenía vestido de pelos de camello, y un ceñidor de piel rodeaba su cintura. Su alimento era las langostas y la miel silvestre.

Acudía a Juan toda Jerusalén, toda la Judea y toda la región cercana a las márgenes del Jordán, y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados

2. Era admirable ver tanta paciencia en un ser humano como Juan, y por eso atraía a los judíos, porque veían en él al gran Elías. Hubo también de contribuir a su admiración el que apareciera un profeta después de tanto tiempo. El modo singular de predicar contribuía a ello. No oían de Juan nada de lo que acostumbraban oír a otros profetas, como eran las batallas y las victorias de acá abajo, sobre Babilonia y Persia, sino que hablaba de los cielos, de cuanto conduce a ellos y de los castigos del infierno. Dice, pues, Mateo que "iba a él toda Jerusalén, y eran bautizados por él en el Jordán".

Viendo a muchos fariseos y saduceos que venían a bautizarse, Juan les dijo: "Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la justicia que sobre vosotros caerá? Haced frutos dignos de penitencia, y no digáis más: Tenemos por padre a Abraham, porque en verdad os digo que Dios puede suscitar hijos de Abraham de estas piedras. Ya está puesta la segur a la raíz del árbol. Todo árbol que no dé frutos buenos, será cortado y arrojado al fuego"

3. Dijo esto Juan, mas no prohibiéndoles que dijesen que descendían de él, sino que se confiasen de esto, no aplicándose a la virtud de su espíritu. "Sacar hombres de las piedras" es lo mismo que hacer que naciera Isaac de Sara. De aquí que el profeta dijese, más o menos: Mirad a la piedra, de la que habéis salido. Recordándoles esta profecía, les demuestra que ahora es posible que pueda hacer una cosa semejante. Cuando dice todo, excluye al primero, como por excepción y como si dijese: Aunque fueses descendiente de Abraham, sufrirás la pena si permaneces sin fruto.

"Yo os bautizo en agua para que hagáis penitencia, pero el que ha de venir después de mí es más fuerte que yo, y su calzado yo no soy digno de desatar. Él os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Ya tiene el bieldo aventador en su mano, y con él limpiará su era, reunirá el trigo en su granero y quemará las pajas en el fuego inextinguible"

4. Como no había sido ofrecida aún la hostia sagrada, ni se había perdonado el pecado, ni el Espíritu Santo había bajado sobre el agua, ¿cuál debería ser el perdón de los pecados? Pero como los judíos no conocían sus propios pecados y esto era para ellos la causa de todos sus males, vino San Juan invitándolos al conocimiento de sus propios pecados, y recordándoles la necesidad de hacer penitencia. Cuando oigas que es más fuerte que yo, no juzgues que digo esto por comparación, porque no soy digno ni siquiera de contarme entre sus servidores para tomar la menor parte, aunque fuese la más vil de su ministerio. Por ello añade "cuyo calzado yo no soy digno de llevar". No dice, pues, "os dará el Espíritu Santo", sino "os bautizará en el Espíritu Santo". La misma argumentación metafórica de que se vale hace resaltar la abundancia de la efusión de la gracia. En el fuego demuestra la vehemencia de la gracia, que no puede contrariarse, y para que se conozca que, a semejanza de los antiguos y grandes profetas, puede transformar a los suyos. Por ello, pues, hace mención Juan del fuego, porque muchas de las visiones de los profetas se verificaron por medio del fuego.

Entonces vino Jesús de Galilea al Jordán, a donde estaba Juan, para ser bautizado por él. Juan lo disuadía, diciendo: "Yo debo ser bautizado por ti, y ¿tú vienes a mí?". Respondiendo Jesús, le dijo: "Déjame ahora. Así conviene que cumplamos la justicia", y Juan se lo consintió

5. Puesto que después de este bautismo quería Jesús derogar la ley, espera hasta esta edad, en que caben todos los pecados, y la cumple íntegramente, no fuera que dijera alguno que la derogaba por no ser capaz de cumplirla. En efecto, el bautismo de Juan era de arrepentimiento, y llevaba consigo la confesión de las culpas. Para que no hubiese alguien que creyese que Cristo había venido a bautizarse por esta causa, el Bautista dijo al Jesús que venía: "Yo debo ser bautizado por ti, y ¿tú vienes a mí?".

Habiendo sido bautizado Jesús, en seguida salió del agua. Los cielos se le abrieron, y se vio cómo el Espíritu Santo descendía en forma de paloma y se posaba sobre él

6. Si alguno no ve esto, que no sea incrédulo, porque en los principios de los ejercicios del espíritu aparecen visiones sensibles, en favor de aquellos que no pueden tener inteligencia de la naturaleza incorpórea. De este modo, si más adelante dichas visiones desaparecen, reciban la fe de aquellas que una vez acontecieron. Se hace mención de cierta historia antigua, cuando nuestro linaje en el diluvio, apareció también la paloma para señalar el final de la tormenta y, llevando un ramo de olivo, anunció la buena nueva de paz sobre la tierra. Todo lo cual era figura de lo que después había de suceder. Pues ahora aparece la paloma para señalarnos al que venía a librarnos de todos nuestros males y trae, en vez del ramo de olivo, la filiación divina para todo el género humano.

IV
Comentario de Mateo 4

Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu, para ser tentado por el diablo. Habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, al fin tuvo hambre

1. Cualquiera que seas, por grandes que sean las tentaciones que sufras después del bautismo, no te turbes por ello, sino más bien permanece firme, pues has recibido las armas para combatir, no para estar ocioso. Esa es la razón por la que Dios no te exceptúa de las tentaciones. Primero, para que te des cuenta que ahora eres mucho más fuerte. Segundo, para que te mantengas en moderación y humildad y no te engrías por la grandeza de los dones recibidos. Tercero, para que el demonio, que acaso duda si realmente lo has abandonado, por la prueba de las tentaciones, pueda tener seguridad de que te has apartado de él. Cuarto, la resistencia te hace más fuerte que el hierro mejor templado. Quinto, las tentaciones te dan la mejor prueba de los preciosos tesoros que se te han confiado. De hecho, si no hubiera visto el diablo que estás ahora constituido en más alto honor y altura, no te tentaría. Cuanto mayor es la soledad más tienta el diablo. Por ello tentó a la primera mujer cuando estuvo sola, sin su marido. De donde se le dio ocasión al demonio para que tentase. Por ello fue conducido al desierto. Para que conozcas cuán útil y bueno es el ayuno y qué clase de escudo es contra el diablo y por qué después del bautismo conviene ayunar y no vivir sujetos a apetitos inmoderados, quiso ayunar Jesús, no porque él lo necesitase, sino para enseñarnos. No ayunó más de lo que habían ayunado Moisés y Elías, para que no se creyese imposible que había tomado carne.

Acercándose el tentador, dijo a Jesús: "Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan". Jesús respondió: "Está escrito que no de sólo pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios". Entonces el diablo lo llevó a la santa ciudad, y lo colocó en lo más alto del templo, diciéndole: "Si eres Hijo de Dios, arrójate desde lo alto, porque está escrito que mandará los ángeles en tu defensa, y te llevarán en sus manos para que la piedra no ofenda tu pie". Jesús le contesta: "También está escrito que no tentarás al Señor tu Dios"

2. Observad que los testimonios son citados por el Señor de una manera conveniente, pero el diablo cita de una manera inconveniente. No porque está escrito "enviará sus ángeles", persuade a Jesús a arrojarse.

El demonio llevó a Jesús a la cumbre de un monte elevado, y le manifestó todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: "Todas estas cosas te daré, si postrándote me adoras". Jesús le dijo: "Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor tu Dios, y sólo a él servirás". Entonces lo dejó el diablo, y los ángeles se aproximaron prestándole auxilios

3. texto perdido.

Habiendo sabido Jesús que Juan había sido apresado, se retiró a Galilea. Habiendo dejado la ciudad de Nazaret, vino a habitar en Cafarnaum, ciudad marítima colocada en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliese lo que se había dicho el profeta Isaías: "Tierra Zabulón y tierra Neftalí, camino del mar a la espalda del Jordán, Galilea de los gentiles. Un pueblo que andaba en tinieblas vio una luz grande, y una luz apareció a aquellos que estaban en tinieblas y sombras de la muerte"

4. No es deshonroso el no arrojarse al peligro, pero sí lo es no mantenerse firme cuando se es asolado por él. Por otra parte, Jesús se separó de Judea para calmar la envidia de los judíos, para cumplir la profecía y para convencer a los maestros de todo el mundo que habitaban en Galilea. También es ésta la causa que lo indujo a separarse de los judíos e ir a los gentiles, porque habiendo sido preso el Bautista por los judíos, obligaron al Salvador a marcharse a la Galilea de los gentiles. Para que sepas que ni la luz ni las tinieblas son sensibles, llamó "luz grande" a la que, en otro lugar, se llama "Luz verdadera" y hablando de las tinieblas, las llama "sombra de muerte". Después, mostrando que no la encontraron porque la buscaban, sino que Dios se les apareció, dijo: "Que la luz les había nacido y brillaba". No acudieron antes ellos a ver la luz, porque los hombres habían llegado a los últimos extremos de la maldad antes de presentarse Cristo. Y no andaban en las tinieblas, sino que estaban sentados, lo cual indicaba que no esperaban ser librados. En efecto, los que no saben hacia dónde conviene marchar, una vez cogidos por las tinieblas, se sientan sin poder estar en pie. En definitiva, llama aquí el profeta tinieblas al error y a la impiedad.

Desde entonces, empezó Jesús a predicar y decir: "Haced penitencia, porque se acerca el reino de los cielos"

5. Jesús no predicó hasta que Juan fue hecho prisionero, para no dividir el auditorio y porque, no habiendo hecho ningún milagro el Bautista, toda la gente se hubiese marchado con el Salvador. Véase que en esta predicación nada dice de sí mismo. Esto, en verdad, era muy conveniente, porque aún no se habían podido formar una opinión de él. Empezando, pues, no dijo nada grave como lo había hecho el Bautista, ni que "el hacha estaba preparada para cortar el árbol" y otras cosas por el estilo, sino que en el principio habló de cosas agradables evangelizando el reino de los cielos.

Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio dos hermanos, a Simón (que después se llamó Pedro) y a Andrés, que arrojaban las redes al mar, pues eran pescadores: Jesús les dijo: "Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres". Ellos inmediatamente dejaron las redes y le siguieron. Marchando de allí, vio otros dos hermanos, a Jacob el del Zebedeo y a su hermano Juan, que estaban con su padre en el barco remendando sus redes. Jesús los llamó y ellos, abandonando en seguida a su padre y las redes, le siguieron

6. Jesucristo llama a los apóstoles antes de decir ni hacer nada, para que nada se les oculte (ni de las palabras, ni de las obras de Jesucristo) y para que después puedan decir con toda seguridad: Decimos lo que hemos visto y oído. De aquí que Mateo diga "andando Jesús junto al mar de Galilea", para que se sepa que los llamó cuando estaban en sus ocupaciones, manifestando que conviene anteponer la obligación de seguir a Jesucristo a todas las ocupaciones. La expresión "arrojando las redes al mar" incumbía al oficio de aquéllos, por lo que sigue que "eran pescadores". Creyeron en una promesa tan grande y comprendieron por los sermones que oyeron, que ellos podrían convocar a otros hombres. No es pequeña esta demostración de piedad, soportar con gusto la pobreza, alimentarse con su justo trabajo, vivir juntos por la virtud del amor, tener consigo y cuidar a su padre. Llamándolos, nada les ofreció, como a los primeros. La obediencia de aquellos que inmediatamente le siguieron, les preparaba el camino; pero habían oído muchas cosas del Salvador, como unidos familiarmente y por medio de consanguinidad. Por eso, prosigue Mateo diciendo que "ellos, habiendo dejado a su padre y sus redes, lo siguieron".

Andaba Jesús rodeando toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, predicando el evangelio del reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia del pueblo. Corrió su fama por toda la tierra, y le trajeron todos los poseídos de achaques y dolores, los endemoniados, los lunáticos y los paralíticos, y Jesús los sanó. Le fueron siguiendo muchas gentes de la Galilea, de la decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la otra ribera del Jordán

7. Entra aquí Jesús en la sinagoga de los judíos, para hacerles ver que no era enemigo de Dios, ni predicador de errores, sino que había venido en todo conforme al Padre celestial. Debe considerarse que Dios acostumbra a hacer milagros en aquellos pueblos en donde predica su ley, dando pruebas de su virtud a los que han de recibir su ley. Antes de hacer al hombre creó el mundo; y entonces impuso al hombre su ley en el Paraíso. Y cuando había de dar su ley a Noé, hizo cosas admirables. Y del mismo modo hizo grandes milagros cuando había de dar a los judíos su ley y no se la dio hasta que no se habían verificado estos milagros. Así sucede aquí. Cuando había de introducir esta ley sublime, fortifica lo que dice por medio de milagros. Como no podía verse el reino que predicaba, lo manifestaba por medio de señales exteriores. Observa la moderación del evangelista, porque no nombra a ninguno de los curados, sino que en pocas palabras manifiesta la abundancia de los milagros, cuando "le presentaron a todos los que lo pasaban mal". No exigió la fe de alguno de los que había curado puesto que todavía no había hecho demostración alguna de su poder. Además, no habían mostrado poca fe viniendo o siendo traídos desde lejos. En consecuencia, como veremos a continuación, "muchas turbas le siguieron".

V
Comentario de Mateo 5

Viendo Jesús a las turbas subió a un monte, y después de haberse sentado, esperó a sus discípulos. Abriendo su boca, los enseñaba diciendo: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos"

1. En esto de predicar sobre un monte y en la soledad, y no en la ciudad ni en el foro, nos enseñó Jesús a no hacer nada por ostentación y a separarnos del tumulto, principalmente cuando conviene dialogar sobre cosas importantes. Dice esto el evangelista para que sepas que enseñaba su verdad, unas veces abriendo su boca, y otras con la voz de sus obras. Aquí llama espíritu a la altivez y el orgullo. Cuando uno se humilla obligado por la necesidad no tiene mérito, por lo cual llama bienaventurados a aquellos que se humillan voluntariamente. Empieza cortando Jesús de raíz la soberbia, y empieza así porque la soberbia fue la raíz y la fuente del mal en el mundo. Contra ella pone la humildad como un firme cimiento, porque una vez colocada ésta debajo, todas las demás virtudes se edificarán con solidez; pero si ésta no sirve de base, se destruye cuanto se levante por bueno que sea. O pobres de espíritu se pueden llamar también a los temerosos, a quienes tiemblan ante los juicios de Dios, como el mismo Dios lo dice por boca de Isaías. ¿Qué más hay que simplemente humildes? Pues humilde, aquí es ciertamente el sencillo, pero también el muy rico.

"Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra"

2. Jesucristo mezcló aquí las cosas sensibles con las promesas espirituales. Puesto que se considera que quien es manso pierde todas sus cosas, le promete lo contrario diciendo más o menos: Poseerá sus cosas, con perseverancia, todo aquel que no sea soberbio, y: El que es de otro modo, pierde muchas veces su alma y la herencia paternal. Es más, ya David había dicho que "los mansos heredarán la tierra" (Sal 36), y por eso formó Jesús su sermón con las palabras acostumbradas.

"Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados"

3. Aun cuando sea suficiente disfrutar del perdón de Dios, no termina la retribución de Jesús en el perdón de los pecados, sino que hace partícipes a los bienaventurados de muchos consuelos, tanto para la vida presente como para la futura. El Señor da siempre retribuciones mayores que los trabajos. Obsérvese que propuso esta bienaventuranza con cierta intención, pues no dijo "los que se entristecen" sino "los que lloran". Nos enseñó así la sabiduría más perfecta, pues si los que lloran a los hijos u otros individuos que han perdido, por todo el tiempo de su dolor no desean la riqueza ni la gloria, ni se consumen por la envidia, ni se conmueven por las ofensas, ni son presas de alguna otra pasión, mucho más deben observar estas cosas los que lloran sus pecados, pues llorarlos es cosa digna.

"Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos"

4. Llama Jesús aquí a la justicia, ya universal o ya particular, contraria a la avaricia. Como más adelante hablará de la misericordia, nos dice antes cómo debemos compadecernos, no del robo ni de la avaricia. En esto, atribuye también a la justicia lo que es propio de la avaricia, a saber, el tener hambre y el tener sed. Nuevamente instituyó un premio sensible: mientras que conseguir muchas riquezas es considerado avaricia, dice en este caso lo contrario, y más bien se vale de ello para la justicia: pues quien ama la justicia, posee todo con la mayor seguridad.

"Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia"

5. Parece que la recompensa es igual que la anterior bienaventuranza, pero en realidad es mucho mayor. Eso sí, la misericordia humana no puede compararse con la misericordia divina.

"Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios"

6. Aquí llama Jesús limpios a aquellos que poseen una virtud universal y desconocen la malicia alguna, o bien a aquellos que viven en la templanza o moderación, tan necesaria para poder ver a Dios, según aquella sentencia del apóstol que dice: "Estad en paz con todos, y tened santidad, sin la cual ninguno verá a Dios" (Hb 12,14). Dado que muchos se compadecen en verdad, pero haciendo cosas impropias, mostrando que no es suficiente lo primero (a saber, compadecerse), añadió Jesús esto de la limpieza.

"Bienaventurados los pacíficos, porque se llamarán hijos de Dios"

7. Se llama pacíficos a los que no pelean ni se aborrecen mutuamente, sino que reúnen a los litigantes. Pues bien, a éstos llama Jesús con propiedad "hijos de Dios". Esta es, en efecto, la misión del Unigénito, la de reunir las cosas separadas y establecer la paz entre los que pelean contra sí mismos.

"Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos"

8. Una vez explicada la bienaventuranza de los pacíficos, y para que alguno no crea que es bueno buscar siempre la paz para sí, añade Jesús: "Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia". Esto es, por los valores, por la defensa de otro o por la religiosidad. Acostumbra poner Mateo la palabra justicia cuando se trata de cualquier virtud del alma. No te admires, pues, si en cada una de estas bienaventuranzas no oyes la palabra reino, porque cuando dice "serán consolados", "alcanzarán misericordia" y otras cosas por el estilo, está insinuando, de una manera oculta, el Reino de los Cielos. Esto es para que ya no esperes cosa alguna sensible, ni tampoco se considere como bienaventurado aquel que es coronado con las cosas que proceden de esta vida.

"Bienaventurados seréis cuando os maldijeren y os persiguieren y dijeren todo mal contra vosotros, mintiendo por mi causa. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón será muy grande en los cielos, pues así también persiguieron a los profetas anteriores a vosotros"

9. De este modo manifiesta Jesús la igualdad de su dignidad con la del Padre, como si dijese: Así como persiguieron a aquéllos por mi Padre, así también os perseguirán a vosotros por mí. Cuando dice "los profetas que fueron antes que vosotros", en esto indica que los apóstoles han sido hechos ya profetas.

"Vosotros sois la sal de la tierra, mas si la sal se desvaneciere, ¿con qué se salará? No vale ya para nada, sino para ser echada fuera y pisada por los hombres"

10. Cuando Jesús había dado a sus discípulos preceptos sublimes, y para que no dijesen ¿cómo podremos cumplirlos?, ahora los calma con alabanzas, diciéndoles: "Vosotros sois la sal de la tierra". Demuestra así que les añade esto por necesidad, como si les dijese: No os envío por vuestra vida, ni por una nación, sino por todo el mundo. Y si al herir el corazón humano, éste os injuria, alegraos. Ese es el efecto de la sal, el de morder lo que es de naturaleza laxo y lo reduce. Por ello, la maldición de otros no os dañará, sino que será testigo de vuestra virtud.

"Vosotros sois la luz del mundo. No obstante, una ciudad que está puesta sobre un monte no se puede esconder, ni se enciende una antorcha y se ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. De este modo ha de brillar vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre celestial"

11. Comprended cuán grandes son las cosas que promete aquí Jesús, cuando aquellos apóstoles, que eran desconocidos en su propio país, adquirieron tanta fama, y llegaron en poco tiempo hasta los confines de la tierra. Ni las persecuciones que les había predicho pudieron ocultarlos, sino que más bien los hizo mucho más famosos. Por estas palabras enseña también Jesús a sus discípulos a cuidar con solicitud de su propia vida, como que ésta había de estar mirada constantemente por todos, así como la ciudad que está "colocada sobre un monte", o como la luz que está "luciendo sobre un candelero". Cuando dijo, "no puede esconderse una ciudad", aludió a la virtud. En esto que añade: "No encienden la luz", nos induce a la libre predicación, como si dijese: Yo, en verdad, he encendido la luz, y a vosotros corresponde tenerla encendida, no sólo por vosotros y por otros que serán iluminados, sino también por la gloria de Dios.

"No penséis que he venido a destruir la ley o los profetas. No he venido a destruirlos, sino a darles cumplimiento. En verdad os digo que no pasarán el cielo y la tierra sin que se cumpla todo el contenido de la ley, hasta el último ápice. Por lo cual, quien quebrantare uno de estos mandamientos pequeños, y enseñare así a los hombres, más pequeño será él en el reino de los cielos. En cambio, quien lo hiciere y enseñare, éste será grande en el reino de los cielos"

12. Jesucristo llevó a su plenitud a los profetas, cumpliendo todas las cosas que éstos habían dicho de él. Primero, la ley, no quebrantando ninguna prescripción legal. Segundo, justificando por la fe lo que la ley no podía hacer por medio de la letra. No dijo, pues, esto refiriéndose a las leyes antiguas, sino a las que él había de dar, a las cuales llama pequeñas, aun cuando sean grandes. Así como muchas veces había hablado de sí con humildad, también ahora habla humildemente de sus preceptos. Dicho de otro modo, cuando oigas que el Reino de los Cielos es pequeño, debes creer que en ello no se significa otra cosa que el suplicio y el infierno. Reino suele llamarse no sólo la utilidad del reino, sino al tiempo de la venida de Jesucristo.

"Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás, y: El que matare reo será en el juicio. Mas yo os digo: Todo aquél que se enoja con su hermano será reo en el juicio, y quien dijere a su hermano raca será reo en el concilio, y quien le dijere insensato será reo en el infierno"

13. Llama aquí Jesús justicia a la virtud universal. Entiéndase en esto el aumento de la gracia. A sus discípulos los consideraba todavía como ignorantes, pero quiere que sean mejores que los maestros en el Antiguo Testamento. No llamó inicuos a los escribas y a los fariseos porque no negó que tenían justicia. Considera también que con estas cosas confirma el Antiguo Testamento delante de sus apóstoles, comparándolo con el Nuevo Testamento, resultando el más y el menos dentro del mismo género. La justicia de los escribas y los fariseos son los mandamientos de Moisés. Los cumplimientos de aquellos mandatos son los preceptos de Jesucristo. Esto es, pues, lo que dice, más o menos: Si alguno, además de los preceptos de la ley, no cumple estos preceptos míos, que ellos consideraban como pequeños, no entrará en el Reino de los Cielos; puesto que aquellos preceptos libran de la pena (debida a los transgresores de la ley), mas no llevan al Reino de los Cielos, pero éstos libran de la pena y llevan al cielo. Siendo una misma cosa quebrantar los preceptos pequeños y no cumplirlos, ¿por qué dice arriba, del que los quebranta, que se llamará pequeño en el reino de Dios, y ahora dice del que no los cumple, que no entrará en el Reino de los Cielos? Pero entiende que ser pequeño en el Reino, es lo mismo que no entrar en él y que estar en el Reino no es reinar con Cristo, sino vivir en el pueblo de Cristo. Como si dijese del que no cumple que estará entre los cristianos, pero que será un cristiano pequeño, y que el que entra en el Reino, participa del reino con Jesucristo. Por lo tanto, éste que no entra en el Reino de los Cielos, no tendrá gloria con Jesucristo. Sin embargo, estará en el Reino de los Cielos, en el número de aquellos sobre quienes reina Jesucristo, que es el rey de los cielos. Por esto que dice: "Se ha dicho a los antiguos", manifiesta que hacía ya mucho tiempo que conocían este precepto. Dice esto, pues, para mover a los oyentes tardos a preceptos más altos. Esto es como si un maestro dice a su alumno perezoso, animándolo al estudio: Has pasado mucho tiempo en deletrear. Por eso añade Jesús: "Todo aquel que se enoje con su hermano, obligado será a juicio", aludiendo a lo que debemos comprender sobre la potestad del legislador. Ninguno de los antiguos había hablado así, sino de esta manera: "Esto dice el Señor". Aquéllos, como siervos, anunciaban las cosas que eran del Señor, pero éste, como Hijo, anuncia las cosas que son de su Padre y suyas a la vez; aquéllos predicaban a sus compañeros de servidumbre, y éste dictaba leyes a sus subordinados. También la palabra raca puede ser una palabra de desprecio o de ultraje, como cuando nosotros decimos, o a los criados, o a los que son más jóvenes que nosotros: Marcha tú, dile tú. Es más, los que conocen la lengua siríaca ponen la palabra raca en lugar de tú. El Señor, pues, quiso arrancar hasta los defectos más pequeños, y por ello nos manda que nos respetemos mutuamente. Es la primera vez que pronuncia el nombre de infierno después que antes había hablado del Reino de los Cielos, manifestando que él nos da éste por su amor, el otro por nuestra desidia. A muchos les parece demasiado fuerte eso de padecer por una sola palabra una pena tan grande, y otros dicen que esto se expresa de una manera hiperbólica. Con esto, me temo que, interpretando mal estas palabras, suframos allí el último suplicio. No creas que esto es duro, porque la mayor parte de las penas y de los pecados proceden de las palabras. Las palabras insignificantes inducen muchas veces al homicidio y han destruido ciudades enteras. No consideres como cosa pequeña el llamar a tu hermano necio, puesto que le quitas la prudencia y el entendimiento, por los cuales somos hombres y nos diferenciamos de los animales. El juicio y el Sanedrín son penas que se padecen en esta vida, y el fuego del infierno es la pena que se padece en la otra. Por ello, alude al juicio de la ira, para manifestar que no es posible que el hombre viva absolutamente sin pasiones, y que sí le es posible enfrentarlas. Por lo tanto, no la fijó una pena determinada, para que no apareciese que la prohibía totalmente. El Sanedrín lo cita ahora como juicio de los judíos, para que no se crea que innova en todo.

"Si fueses a ofrecer tu ofrenda al altar, y allí te acordares que tu hermano tiene alguna cosa contra ti, deja tu ofrenda delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano. Cuando lo hayas hecho, entonces ve a ofrecer tu ofrenda"

14. Por si alguno no procura reconciliarse con otro por amor al prójimo, lo induce Jesús a que sus buenos oficios no queden incompletos, especialmente si se verifican en un lugar sagrado. Por esto añade: "Deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve primeramente a reconciliarte con tu hermano".

"Acomódate con tu contrario mientras estás con él en el camino, no sea que te entregue al juez y el juez te entregue al ministro, y seas echado en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que pagues el último cuadrante"

15. Alude aquí Jesús los jueces de este mundo, y al camino que conduce al juicio humano y a la cárcel. Alude a esto Jesús para que nos fijemos en las cosas eternas y no tanto en las temporales, y para que no evadamos la vista de lo que sigue siendo ordinario para nosotros y nuestros movimientos. En este sentido, también dirá San Pablo: "Si obrares mal, teme la potestad; pues no sin causa lleva ceñida la espada" (Rm 13,4).

"Oísteis que se dijo a los antiguos: No adulterarás. Y yo os digo: Todo aquel que pusiese los ojos en una mujer, para codiciarla, ya cometió adulterio con ella en su corazón"

16. Cuando el Señor terminó el mandamiento sobre el "no matarás", procede con orden a hablar de otro mandamiento, el "no adulterarás". A grandes rasgos, lo que vino a decir Jesús es: Si quieres con frecuencia fijar los ojos en las caras hermosas, serás atrapado por completo, aunque acaso puedas contenerte por dos o tres veces, porque esto no está fuera de la humana naturaleza. Pero el que una vez enciende la llama en su corazón (después de vista una mujer), aun cuando no vea sus formas, retiene en sí el recuerdo de las acciones torpes, de cuya representación muchas veces pasa a la obra. Pero si alguna, adornándose demasiado, atrae los ojos de los hombres hacia sí, aun cuando no haga pecar a ninguno, ella padecerá el fuego eterno, porque forma el veneno, aun cuando no encuentre ninguno que lo beba. Lo que dice a los hombres, esto mismo dice a las mujeres, lo que se dice a la cabeza, también se dice al cuerpo.

"También fue dicho: Cualquiera que repudiare su mujer, déle carta de repudio. Mas yo os digo: El que repudiare a su mujer, a no ser por causa de fornicación, la hace ser adúltera. Y el que tomare la repudiada, adultera"

17. De esto no puede decirse que su propio marido la ha repudiado, y sí que ésta, aun después de repudiada, continúa siendo mujer del que la repudió.

"Oísteis que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, y: Cumplirás al Señor tus juramentos. Pero yo os digo: De ningún modo juréis, ni por el cielo (porque es el trono de Dios), ni por la tierra (porque es la peana de sus pies), ni por Jerusalén (porque es la ciudad del gran rey), ni por tu cabeza (porque no puedes hacer un cabello blanco o negro). Al contrario, que vuestro hablar sea, sí, sí, no, no, porque lo que excede de esto procede del mal"

18. Observad como ensalza aquí Cristo los elementos de este mundo, y no por su propia naturaleza sino por la relación que tienen con Dios, para quitar toda ocasión de idolatría. Proviene también de lo malo, y de la debilidad de aquellos a quienes la ley permite jurar. Así, Jesucristo no dice que la antigua ley es del demonio, sino que de la imperfección antigua conduce a la nueva, y la hace más abundante.

"Habéis oído que fue dicho: Ojo por ojo y diente por diente. Mas yo os digo: No resistáis al mal, sino que, si alguno te hiriere en la mejilla derecha, preséntale también la otra; y a aquel que quiera ponerte pleito y tomarte la túnica, déjale también la capa; y al que te precisare a ir cargado mil pasos, ve con él dos mil más. Da al que te pidiere, y al que quiera pedirte prestado no le vuelvas la espalda"

19. Trata de decir este pasaje que la injusticia atrae más injusticia hacia sí, y a maltratar sin razón.

"Habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Mas yo os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, rogad por los que os persiguen y os calumnian, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos. Él hace nacer su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos y pecadores. Si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludarais solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen esto mismo los gentiles? Sed, pues, perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto"

20. Considerad cuántos grados sube aquí Jesús, y en qué estado de virtud nos coloca. El primer grado consiste en no empezar injuriando; el segundo, no vengarse en una cosa igual; el tercero, no hacer al que ultraja daño alguno; el cuarto, exponerse asimismo a tolerar las malas acciones; el quinto, conceder más (o al menos prestarse a cosas peores) lo que apetece a aquel que hizo el mal; el sexto, no tener odio a aquel que no obra bien; el séptimo, amarlo; el octavo, hacerle bien; y el noveno, orar por él. Como este precepto es grande, añade Jesús un gran premio, a saber: ser semejantes al mismo Dios, para que "seáis hijos de vuestro Padre celestial".

VI
Comentario de Mateo 6

"Guardaos de practicar la justicia delante de los hombres, o para ser vistos de ellos. De hacerlo, no tendréis galardón de vuestro Padre celestial"

1. Debe tenerse en cuenta aquí que el deseo de la gloria está cerca de los virtuosos. Es necesario fijarse mucho en su entrada, como si hubiéramos de tenernos en guardia contra una fiera, presta a arrebatar a aquel que no la vigila. Es necesario también entrar con silencio y destruir por medio de los sentidos todas las cosas que se encuentran en el exterior.

"Cuando hagas limosna, no hagas tocar la trompeta delante de ti, como los hipócritas hacen en la sinagoga y en las calles para ser honrados por los hombres. En verdad os digo que ya recibieron su galardón. Cuando tú hagas limosna, que no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que tu limosna quede oculta. Tu Padre, que ve lo oculto, te premiará"

2. Esto lo dice Jesús por sobreabundancia, como si dijese: Si es posible, que tú mismo lo ignores y que tus mismas manos desconozcan lo que haces, así debes practicarlo cuidadosamente. Si quieres tener espectadores de las cosas que haces, helos aquí: no sólo los ángeles y arcángeles, sino también el mismo Dios del universo.

"Cuando ayunéis, no os pongáis tristes como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya recibieron su galardón. Cuando tú ayunes, unge tu cabeza y lava tu cara, para que no parezca que ayunas. Tu Padre, que ve en lo escondido, te galardonará"

3. Hablando de la limosna, no dijo Jesús tan sólo que esto sea algo que hay que hacer, sino que no se haga en presencia de los hombres ni por esta motivación: "para ser vistos por ellos". En el ayuno y en la oración no añadió Jesús esto, y aquí sí, porque la limosna es imposible que esté oculta en absoluto, pero la oración y el ayuno sí. No es pequeño fruto el menosprecio de la gloria humana. Es entonces cuando uno está libre del yugo de los hombres. Y obrando no por ellos sino por la virtud, se ama realmente esta última y se obra por ella misma. Así como nosotros estimamos la afrenta cuando la sufrimos, no por nosotros sino por otros a quienes amamos, así no conviene practicar la virtud para que otros lo vean, ni obedecer a Dios por los hombres, sino por el mismo Dios. Y por ello sigue: "Sino solamente a tu Padre que está en lo escondido".

"Cuando oréis, no seáis como los hipócritas que aman orar en pie en la sinagoga y en los cantones de las plazas, para ser vistos de los hombres. En verdad os digo que ya recibieron su galardón. Cuando tú ores, entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora a tu Padre en lo secreto. Tu Padre ve lo secreto, y te lo recompensará"

4. Llama aquí Jesús hipócritas a todos aquellos que, fingiendo orar delante de Dios, atienden sólo a los hombres y "aman orar en las sinagogas". Siempre es bueno separarse de la vanagloria, especialmente cuando se está en oración. Si aparte de este defecto tenemos el de dejarnos llevar de pensamientos y entramos a orar en la iglesia con tal enfermedad, ¿cómo entenderemos lo que se nos dice? Dice, pues, el Señor: "Recibieron su galardón", aun cuando Dios quisiera darles la recompensa que parte de él, pero ellos han preferido usurpar la que procede de los hombres. Añade la manera con que debemos orar, diciendo: "Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y, cerrada la puerta, ora a tu Padre en secreto". Podemos también entender por puerta de la casa la boca del cuerpo, para que no oremos al Señor con una voz clamorosa sino en el secreto de nuestro corazón, por tres causas. Primero, porque Dios, oyente del corazón, no debe llamarse a gritos sino aplacarse por medio de una conciencia recta. Segundo, porque no conviene que otro conozca tus oraciones secretas, sino sólo tú y Dios. Tercero, porque cuando rezas fuerte, no permites que ore al que está junto a ti. Aquí no dijo Jesús "dará gratis", sino "te recompensará", porque él se constituye a sí mismo tu deudor.

"Cuando oréis, no habléis mucho como los gentiles, que piensan que por mucho hablar serán oídos. No queráis asemejaros a ellos, porque vuestro Padre sabe lo que habéis menester antes que lo pidáis"

5. El Señor nos disuade con esto sobre la mucha conversación cuando oramos, como sucede cuando le pedimos cosas inconvenientes, como son la adquisición del poder, la gloria, vencer a los enemigos y la abundancia de dinero. Aquí nos manda también no hacer oraciones largas. Digo largas no por el tiempo, sino por la multitud de aquellas cosas que se piden. Sin embargo, conviene que perseveren en la oración, según estas palabras del apóstol: "Insistentes en la oración" (Col 4,2). No porque el apóstol haya querido que compusiésemos las oraciones de diez mil versos, sino que las anunciásemos con el corazón. Así como Jesús dijo que oremos "en secreto", ahora no dice "no habléis mucho". ¿Por qué? Porque no oramos para enseñar, sino que nos arrodillamos para hacernos amigos de Dios por la continuación de la súplica, y nos humillamos en su presencia para reconocer nuestro pecado.

"Vosotros, pues, así habéis de orar: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre"

6. Por el solo nombre de Padre confesamos el perdón de los pecados, y la adopción, y la herencia, y la fraternidad respecto de su Unigénito, y el don del Espíritu Santo, porque ninguno puede dirigir ese nombre a Dios sino el que ha gozado a la vez de todos esos bienes. Dos cosas suscita en nosotros el sentido de la oración: el pensamiento de la dignidad de Aquel a quien invocamos, y la grandeza de los dones que en nosotros supone esta oración. Cuando Jesús dice "en los cielos", no limita la presencia de Dios a este lugar, sino que eleva de la tierra al que ora, fijando su imaginación en las cosas del cielo. Manda rogar al que ora, para que Dios sea glorificado durante nuestra vida, como si dijese: Haz que vivamos de tal modo, que todas las cosas te glorifiquen por medio de nosotros. "Sea santificado" es lo mismo que decir "sea glorificado", pues la oración del que se dirige a Dios debe ser tal que nada anteponga a la gloria divina, sino que lo posponga todo a su alabanza.

"Venga tu reino. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo"

7. He aquí una consecuencia muy buena de lo anterior. Después de habernos enseñado Jesús a desear las cosas del cielo, por estas palabras ("venga a nosotros tu reino") nos enseña, antes de llegar al cielo, a hacer de la tierra un cielo, con estas palabras: "Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo". La virtud no es solamente propia de nuestro deseo, sino también de una gracia superior. Por esto se nos manda aquí, a cada uno de nosotros, que oremos por todo el orbe, y no dijo "hágase tu voluntad en mí o en nosotros", sino "en toda la tierra", para que desaparezca el error y se siembre la verdad, y se destierre la malicia, y vuelva la virtud, y para que ya no se diferencie el cielo de la tierra.

"El pan que excede toda sustancia, dánoslo hoy"

8. Debe considerarse aquí, que, después de decir "hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo" (como hablaba a hombres que vivían en la tierra, vestidos de carne, y alejados de la impasibilidad de los ángeles), condesciende aquí Jesús con nuestra debilidad, que indispensablemente necesita de alimento. Por eso, nos mandó hacer oración para obtener el pan. No nos mandó pedir dinero ni las cosas propias de la malicia, sino solamente el pan cotidiano, añadiendo "dánosle hoy" con el objeto de que no nos mortifiquemos a nosotros mismos con la solicitud del día que ha de venir.

"Perdona nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores"

9. Conviene a los fieles esta oración, y mas no porque así nos lo enseñan las leyes de la Iglesia y el principio de la oración, sino porque llamamos Padre a nuestro Dios. Así pues, el que manda a los fieles pedir el perdón de los pecados (que es Jesús) demuestra (contra los novacianos) que, después del bautismo, se puede seguir perdonando los pecados.

"No nos dejes caer en la tentación. Mas líbranos de mal"

10. Aquí se llama mal al demonio. Se le llama así por su excesiva malicia, que no proviene de su naturaleza sino de su elección y por la guerra implacable que nos tiene declarada. Por esto se dice "líbranos de mal". Como nos había hecho solícitos el recuerdo de nuestro enemigo el demonio, cuando el Señor nos enseñó a decir "líbranos de mal", otra vez nos da a conocer su atrevimiento en estas palabras que se encuentran en algunos libros griegos: "Puesto que suyo es el reino, y la virtud, y la gloria". Si el reino es suyo, nada tenemos que temer, porque quien pelea contra nosotros también le está subordinado. Siendo, pues, suya la virtud y la gloria infinita, no solamente puede librarnos de todo mal, sino también concedernos su gloria.

"Si perdonáis a los hombres sus pecados, vuestro Padre os perdonará también los vuestros. Mas si no perdonareis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados"

11. Vuelve a hacer mención aquí Jesús de los cielos y del Padre, para llamar la atención del que oye. Ninguna cosa se asemeja tanto a Dios como perdonar a los que hacen alguna injuria. No es oportuno, por tanto, que sea feroz un hijo que procede de tal Padre. Es más, como está llamado a poseer el cielo, debe tener cierta propiedad en sus acciones, y conformarse con esta clase de vida.

"No queráis atesorar tesoros en la tierra, donde el orín y la polilla los consumen y donde los ladrones los desentierran y roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde ni los consume el orín o polilla, y donde los ladrones no desentierran ni roban. Allí donde está tu tesoro, allí también está tu corazón"

12. Una vez que el Salvador manifestó la malicia de la vanagloria, creyó muy oportuno hablar del menosprecio de las riquezas. Ninguna otra cosa hace desear tanto las riquezas como el deseo de la gloria. Por esto los hombres presentan gran número de criados, caballos cubiertos de oro y mesas adornadas con plata. No para reportar de ello alguna utilidad sino para hacer ostentación delante de muchos. Y esto es lo que dice el Señor cuando continúa: "No queráis atesorar para vosotros tesoros en la tierra". Habiendo dicho "no queráis atesorar para vosotros tesoros en la tierra", añade: "En donde los consume orín y polilla". Lo hace para demostrar que los tesoros de la tierra, tanto por el lugar como por las personas los dañan, perjudican, mientras que los del cielo producen gran utilidad. Por esto, lo que Jesús vino a decir es, más o menos: ¿Por qué temes que se te acabe el dinero, si das limosna? Da, pues, limosna, y ella te traerá el aumento de las riquezas, porque se añadirán las que están en el cielo, las cuales perderás si no das limosna. Es más, Jesús no dijo "las dejarás a otro", porque esto es agradable a los hombres. Como no todo tesoro de la tierra se destruye por el orín y la polilla ni se roba por los ladrones, añade aquello diciendo: "Donde está tu tesoro, allí está tu corazón", como si dijese: Aun cuando no suceda lo primero, no sufrirás pequeña pérdida, apegado a las cosas inferiores, hecho su esclavo, caído del cielo e incapaz de pensar en las cosas sublimes.

"La antorcha de tu cuerpo es tu ojo. Si tu ojo fuere simple, todo tu cuerpo será luminoso. Mas si tu ojo fuere malo, todo tu cuerpo será tenebroso. Además, si la lumbre que hay en ti son tenebrosas, ¿cuán grandes serán las mismas tinieblas?"

13. Una vez que hizo mención Jesús del entendimiento reducido a esclavitud y cautivado, y como esto no podía conocerse fácilmente por muchos, pasa a enseñar sobre cosas exteriores, diciendo: "La antorcha de tu cuerpo", como diciendo: Si no has conocido aún qué se entiende por detrimento del entendimiento, conócelo ahora en las cosas temporales. Lo que es el ojo para tu cuerpo, eso es el entendimiento para tu alma. Así como una vez perdidos los ojos se pierde el poder para obrar en los demás miembros, porque se les apaga la luz, así, una vez oscurecida la inteligencia, la vida es abrumada por muchos males.

"Ninguno puede servir a dos señores, porque aborrecerá al uno y amará al otro, o sufrirá por uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas"

14. Ya había el Señor refrenado la tiranía de la avaricia con muchas y grandes razones, pero ahora añade otras más amplias. Las riquezas no nos dañan precisamente porque arman a los ladrones contra nosotros y porque oscurecen nuestra inteligencia, sino porque también nos separan de Dios. Y esto lo prueba con una razón muy fácil de comprender: "Ninguno puede servir a dos señores". Dice dos, porque ambos mandan cosas contrarias. Es más, si se entendiesen, ya no serían dos sino uno. Esto es lo que manifiesta cuando dice: "Porque aborrecerá al uno y amará al otro, o al uno sufrirá y al otro despreciará". Dice dos, por tanto, para demostrar que es fácil el tránsito a otra cosa mejor, (a forma de decir: Me he hecho esclavo del dinero, amando las riquezas) y que es posible llegar a otro estado (a saber, no sufriendo la esclavitud, sino despreciándola).

"No andéis afanados sobre qué comeréis o qué vestiréis. ¿No es más el alma que la comida, y el cuerpo más que el vestido?"

15. No dijo esto Jesús porque el alma necesite de la comida (pues es incorpórea), sino que habló según era común costumbre. Por lo demás, el alma no puede permanecer en el cuerpo si éste no se alimenta. Habiendo dicho el Señor que debe despreciarse el dinero, y para que algunos no dijesen ¿cómo podremos vivir si abandonamos todo?, añade ahora: "No andéis solícitos".

"Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni amontonan en hórreos, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois vosotros más que ellas? ¿Quién de vosotros, discurriendo, puede añadir un codo a su estatura? ¿Por qué andáis acongojados por el vestido? Considerad los lirios del campo, y cómo crecen. No trabajan ni hilan, pero ni Salomón con toda su gloria fue cubierto como uno de éstos. Pues bien, si al heno del campo, que hoy es, y mañana es echado en el horno, Dios viste así, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe?"

16. Una vez que demostró Jesús a sus discípulos que no era conveniente andar solícitos con el alimento, pasó a otra cosa más sencilla. No es tan necesario el vestido como el alimento, y por ello dice: "¿Por qué andáis acongojados por los vestidos?". No usa aquí Jesús el ejemplo de las aves para poner como ejemplo el pavo real o el cisne (de quienes se podrían tomar ejemplos parecidos), y sí que usa del ejemplo de los lirios, diciendo: "Considerad cómo crecen los lirios del campo". Con esto, quiere demostrar Jesús dos cosas: la sobreabundancia de sus dones (a saber, el derroche de hermosura) y la vileza de los que participan de tanto decoro. Diciendo esto no prohibió el trabajo, sino la preocupación, como antes lo había hecho al hablar de la siembra. Tanta diferencia hay entre la verdad y el error, cuanta entre el vestido y las flores. Si Salomón fue superado por las flores, siendo así que fue el más rico de los reyes, ¿cuánto más tú puedes ser superado por las flores? Salomón fue superado por las flores en hermosura, no una sola vez, ni dos, sino tanto tiempo cuanto duró su reinado. Esto es lo que significan las palabras "en toda su gloria", porque ni un solo día pudo aparecer tan hermoso como las flores. No los llama ya "lirios del campo", sin heno, manifestando así su vileza. Y opone otra vileza, diciendo "que son hoy" y no que "mañana no serán", y algo mucho más lamentable: "Que serán arrojados al horno". Cuando dice "cuánto mejor vosotros", se da a entender, aunque de una manera indirecta, la alta honra del género humano, como si dijese: Vosotros, a quienes mi Padre dio un alma, formó un cuerpo, envió profetas y entregó su Hijo unigénito.

"No os acongojéis diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos, con qué nos cubriremos? Los gentiles se afanan por estas cosas. Vuestro Padre celestial sabe que necesitáis de todas ellas. Buscad, pues, el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura"

17. No dijo aquí Jesús "sabe Dios", sino "sabe vuestro Padre", para inspirar más confianza a los discípulos. ¿Por qué? Porque si es padre, no podrá despreciar a sus hijos. Esto ni aun los hombres que son padres podrían soportarlo. Cuando dice " necesitáis de todo esto", Jesús nos insinúa que esforcemos nuestra solicitud, porque todas esas cosas nos son necesarias. ¿Qué padre sostiene que no deben darse a sus hijos aun las cosas necesarias? Si fuesen superfluas, no convendría confiar así. De hecho, no dijo "se os concederán" sino "se os darán por añadidura", para que comprendamos que las cosas presentes nada valen en comparación con las futuras.

"No andéis cuidadosos por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su cuidado. Le basta al día su propia malicia"

18. Ninguna cosa hace tanto daño al alma como la preocupación y los cuidados. Por eso, cuando dice Jesús que "el día de mañana tendrá bastante con su propia preocupación", lo que quiere decir con más claridad es que nos acostumbremos al pueblo sencillo. Para animar a este estilo de vida, cita Jesús los días en vez de los cuidados superfluos, a forma de decir: ¿Acaso el día no tiene su propia carga y su propio cuidado? ¿Por qué, entonces, lo agravas más, imponiéndole también el cuidado de otro día?

VII
Comentario de Mateo 7

"No queráis juzgar, para que no seáis juzgados, pues con el juicio con que juzgareis seréis juzgados, y con la medida con que midiereis se os medirá"

1. Aquí no dijo Jesús "no dejes descansar el pecado", sino más bien "no juzgues" ni seas amargo juez. Corrige, sí, pero no como enemigo que busca la venganza, sino como médico que brinda la medicina. O de otro modo, no manda simplemente que no se juzguen todos los pecados, sino que hizo esta prohibición a aquellos que han cometido muchas culpas, y juzgan a los demás por defectos ligeros. De hecho, San Pablo no prohíbe juzgar sencillamente a los que pecan, sino que reprende a los discípulos que se permiten juzgar a sus maestros, enseñándoles que no debemos juzgar a los que sean más que nosotros.

"¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano, y no ves la viga en tu ojo? ¿Cómo dices a tu hermano: Hermano, déjame sacarte la paja de tu ojo, si estás viendo una viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás cómo sacar la paja del ojo de tu hermano"

2. Hay muchos que, si viesen a un monje con un vestido de lujo, o comiendo con abundancia, lo acusarían amargamente, siendo así que ellos roban todos los días y viven en continua crápula. Es más, debe advertirse que, cuando el Señor quiere mostrar algún gran pecado, empieza por la injuria, como cuando dice: "Siervo malo, te he perdonado toda tu deuda". Por lo mismo, aquí dice "hipócrita, saca primero". Lo dice porque las cosas que son propias de uno, se conocen mejor que las que son propias de los demás, y se ven mejor las que son mayores que las que son menores, y uno se ama a sí mismo más que a su prójimo. Por eso manda el Señor que aquel que sea capaz de cometer muchos pecados, no sea juez severo de los pecados de otro (y especialmente si son pequeños). Lo que el Señor nos prohíbe no es la reprensión y corrección de las faltas de nuestros enemigos, sino el menosprecio u olvido de los propios pecados, cuando se reprenden los ajenos. Primero conviene que con sumo cuidado inspeccionemos nuestros defectos, y entonces pasemos a reprender los de los demás. Por ello sigue: "Entonces verás cómo sacar la mota del ojo de tu hermano".

"No deis lo santo a los perros, ni arrojéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las huellen con sus pies y, volviéndose contra vosotros, os despedacen"

3. Para aquellos que son de buena intención y tienen entendimiento, las verdades reveladas aparecen con su propia dignidad, mientras que a aquellos que son incapaces les parecen más respetables cuando las ignoran. Por eso dijo Jesús con toda propiedad volviéndose, porque fingen mansedumbre para aprender y, cuando han aprendido, se apartan.

"Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Todo el que pide, recibe; el que busca, halla; al que llama, se le abrirá"

4. En esto que añade, "buscad y llamad", dio a entender Jesús que debe pedirse con mucha insistencia y con fuerza. El que busca separa de su imaginación todo lo demás y se fija sólo en aquello que busca. El que llama viene con ánimo vehemente y fervoroso.

"¿Quién de vosotros es el hombre a quien, si su hijo le pidiere pan, le dará una piedra, o si le pidiere un pez le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas cosas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará bienes a los que se los pidan?"

5. Dos cosas son necesarias al que ora: pedir con fervor y pedir lo que conviene. Por eso Salomón obtuvo bien pronto lo que pedía, porque pidió lo que era conveniente. Dijo esto Jesús, mas no humillando la naturaleza humana ni declarando malo a todo el género humano, sino llamando malicia al amor de los padres de la tierra, a diferencia de su bondad. Tal es la sobreabundancia de su amor hacia los hombres.

"Todo lo que queráis que los hombres hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos. Ésta es la ley y los profetas"

6. Quiere demostrar con esto Jesús que conviene a los hombres impetrar de lo alto el divino auxilio, y que el que de ellos depende se lo concedan mutuamente. Por eso, después de haber dicho "pedid, buscad, llamad", enseña claramente que los hombres deben ser solícitos para el bien de sus hermanos, y por lo mismo añade: "Todo lo que queráis". No dijo simplemente "todas las cosas", sino que añadió "todo lo que queráis", como si dijese: Si queréis ser oídos haced con aquellos, de quienes os he hablado, esto mismo. No dijo, pues, "haz con tu prójimo todo lo que quieras que Dios haga contigo", para que no digas ¿cómo es posible esto?", sino que viene a decir: Todo lo que quieras que haga contigo tu compañero de esclavitud, eso mismo debes hacer con tu prójimo. En esto se demuestra que conocemos perfectamente lo que es digno de todos los hombres, y que no es posible excusarnos con la ignorancia.

"Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta, y espacioso el camino, que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. ¡Qué angosta es la puerta, y qué estrecho es el camino que lleva a la vida! ¡Qué pocos son los que atinan con ella!"

7. Como poco después dirá Jesús "mi yugo es suave y mi carga ligera", ya indica aquí cómo debe entenderse que el camino es estrecho y difícil, pero aquí se demuestra que ese camino es fácil y suave, puesto que es camino y puerta. Así como el otro, que es ancho y espacioso, también es camino y puerta, lo cual significa que no son lugares de mansión definitiva, sino de tránsito. El pensamiento de que han de pasar los trabajos y los sudores y que han de conducir a buen fin, esto es, a la vida eterna, es suficiente para consolar a aquellos que combaten. Si las tempestades son llevaderas para los navegantes y las heridas son dulces para los militares, por la esperanza de premios transitorios, con mucha más razón, cuando se sufre por el premio celestial y por la eterna recompensa, no habrá quien sienta la inminencia de los peligros. Llamar estrecho el camino contribuye mucho a hacerlo suave, porque así nos prepara a la vigilancia y dirige nuestro deseo. Por otra parte, el que pelea en la brecha, al ver que el príncipe admira los trabajos de sus combates, se hace más intrépido. Para que no estemos tristes cuando nos acometen grandes aflicciones, se nos dice que, si bien el camino es estrecho, la ciudad es muy grande. No es aquí donde debemos esperar el reposo ni allí temer la tristeza. Al decir "son pocos los que la encuentran", manifiesta Jesús la desidia de muchos, y por eso advirtió a los que lo escuchaban que no atendiesen a las prosperidades de muchos, sino a los trabajos de los pocos.

"Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Por ventura se cogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno lleva buenos frutos, y el mal árbol lleva malos frutos. No puede el árbol bueno llevar malos frutos, ni el árbol malo llevar buenos frutos. Todo árbol que no lleva buen fruto, será cortado y metido en el fuego. Así pues, por los frutos los conoceréis"

8. Como se había dicho que la puerta es estrecha, y que son muchos los que pervierten la vía que a ella conduce, por eso inculcó Jesús lo de "guardaos de los falsos profetas". Para despertar más su atención, les recordó con ese nombre a los que introdujeron el error entre sus padres, lo cual había sucedido también en medio de ellos. Por lo que parece, muchas veces no sólo son llamados falsos profetas los herejes, sino también aquellos cuya vida es corrupta, pero que la ocultan con el antifaz de la virtud, por lo cual dijo: "Los conoceréis por sus frutos". Entre los herejes puede muchas veces hallarse la vida, pero de ningún modo entre los que he dicho. Fácilmente se descubre a los hipócritas. El camino por el que quieren andar es difícil. El hipócrita no es amigo del trabajo. Además, para que no se diga que es imposible conocer a estos tales, pone otro ejemplo el Salvador, tomado de las mismas cosas humanas, diciendo: "¿Por ventura cogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?". Para que alguno no diga que el árbol malo produce malos frutos, pero que también los produce buenos, y que por ello será difícil conocerlo a no ser gustando los dos frutos, añade: "No puede el árbol bueno llevar malos frutos, ni el árbol malo llevar buenos frutos". Como no había mandado castigar a los malos profetas, los amenaza con las penas que Dios suele aplicar, diciendo: "Todo árbol que no lleve buen fruto, será cortado y metido en el fuego". En estas palabras parece que designa a los judíos y por ello recuerda las palabras del Bautista, manifestándoles por medio de ellas la pena que les está preparada. Pues aquél había dicho esto mismo a los judíos cuando les hablaba del árbol cortado, recordándoles que sería arrojado al fuego eterno. Si alguno considera esto con atención, encontrará dos penas: una en el ser cortado y otra en el ser quemado. El que es quemado es también separado del reino, y por ello su pena es doble. Algunos sólo temen el infierno, pero yo digo que la pérdida de aquella gloria es mucho más dolorosa que la pena del infierno. ¿Qué mal (grande o pequeño) no experimentaría un padre por ver y tener consigo a su hijo amado? Consideremos esto respecto de aquella gloria. No hay hijo alguno tan grato para su padre como la adquisición de aquellos bienes, y el renunciarse para poder estar con Cristo. La pena del infierno es insufrible, es verdad, pero aun considerando diez mil infiernos, nada se podrá decir respecto a la pena que produce la pérdida del cielo y el ser aborrecido por Cristo.

"No todo el que me dice Señor, Señor entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Ése entrará en el reino de los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre lanzamos los demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Entonces yo les diré: Nunca os conocí. Apartaos de mí, los que obráis la iniquidad"

9. En estas palabras parece que se dirige especialmente Jesús a los judíos, que ponen toda su atención en los dogmas. Por ello San Pablo los denuncia, diciéndoles: "Si te llamas judío, descansa en la ley" (Rm 2,17). Respecto a Jesús, no dice "el que hace mi voluntad", sino "la del Padre", porque era conveniente decir esto para acomodarse a la ignorancia de aquéllos. No obstante, ya por esto les insinuó ocultamente aquello: "No es otra la voluntad del Hijo que la del Padre". Ves cómo se introduce de una manera discreta; cuando ya hubo terminado su sermón, se presenta a sí mismo como juez. Que la pena afecta a los que pecan ya lo demostró antes, quién es el que castiga ya lo revela, diciendo: "Muchos me dirán en aquel día". Pero hay algunos que dicen que éstos lo dijeron mintiendo y que por eso no se han salvado, pero que no se atreverían a decir lo mismo en presencia del juez. Mas la misma pregunta y su misma respuesta manifiestan que ellos hicieron estas cosas. Como aquí eran admirables haciendo milagros en presencia de todos y allí se ven castigados, admirados dicen: "Señor, ¿pues no practicamos muchas virtudes en tu nombre?". Algunos dicen que cuando hacían milagros no obraban mal, sino después. Pero no consta que esto sea lo que el Señor quería demostrar, a saber, que ni los milagros ni la fe valen algo cuando la vida no es buena, como dice San Pablo: "Si tuviese una fe tan firme que traspasase los montes de un lado a otro, pero no tuviese caridad, nada soy" (1Cor 13,2). Como no todos eran aptos para todo, y mientras unos tenían una vida pura y no tan grande fe, en otros sucedía lo contrario, el Señor convertía a los primeros por los últimos para que mostrasen mucho la fe. Evocaba a éstos por el inefable don de los milagros, para hacerlos mejores, y como les concedía esta gracia con gran abundancia, dicen, pues: "Hemos hecho muchos milagros". Mas como fueron ingratos con Aquel que así los honró, con razón siguen las siguientes palabras: "Y entonces yo les diré claramente nunca os conocí". Dice, pues, el Señor a éstos: "¿Acaso os conocí?", como si no sólo no los conozca en el día del juicio, sino que tampoco los conocía cuando hacían milagros. A muchos, por tanto, repudia ya Jesús aquí, y los separa antes de castigarlos.

"Todo aquél que oye mis palabras y las cumple, será como ese varón sabio que edificó su casa sobre la peña. Descendió la lluvia, vinieron los ríos, soplaron los vientos, dieron impetuosamente en aquella casa, y no cayó porque estaba cimentada sobre piedra. Todo el que oye mis palabras, y no las cumple, será como ese hombre loco que edificó su casa sobre arena. Descendió lluvia, vinieron los ríos, soplaron los vientos, dieron impetuosamente sobre aquella casa, y cayó y fue su ruina grande"

10. Como había de haber algunos que admirarían lo que había dicho Jesús, y no harían ostensible con obras esa admiración, Jesús los previene diciendo: "Todo aquel que oye estas mis palabras y las cumple, comparado será a un varón sabio".

Cuando Jesús hubo terminado estos discursos, las gentes se maravillaban de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas y los fariseos

11. Indica aquí Mateo la causa de esta admiración hacia Jesús, diciendo: "Estaba, pues, enseñando". Si los escribas, viendo este poder por medio de los milagros, lo separaban de sí, ¿cuánto más se hubiesen escandalizado oyendo esas palabras, que por sí solas manifestaban ese poder? Pero la muchedumbre no sintió esta impresión. Cuando el alma es benévola fácilmente la persuaden los discursos de la verdad. Era tal el poder del que enseñaba, que convencía a muchos y llenaba de admiración a los demás. El placer que experimentaban oyéndole hacía que no lo dejasen, aun cuando callaba, y por eso lo siguieron bajando del monte. Lo que más los admiraba, era que en lo que decía no se apoyase en la autoridad de otro (como habían hecho Moisés y los profetas), sino que se mostraba siempre como quien tiene poder, apoyando en su palabra las leyes que daba: "Yo, pues, os digo" (Mt 5,25).

VIII
Comentario de Mateo 8

Habiendo bajado Jesús del monte, le siguieron muchas turbas. Y he aquí que, viniendo a él un leproso, le adoraba y decía: "Señor, si quieres, puedes limpiarme". Extendiendo la mano, Jesús le tocó y dijo: "Quiero, queda limpio". Al punto, su lepra fue limpiada. Jesús le dijo: "Mira, no se lo digas a nadie, sino muéstrate al sacerdote y ofrece la ofrenda que mandó Moisés, en testimonio a ellos"

1. No dijo aquí Jesús "si lo pides a Dios", ni "si oras", sino: "Si quieres, puedes limpiarme". Tampoco dijo "Señor, límpiame", sino que todo lo deja a su arbitrio, y le reconoce como Dios, y le atribuye la potestad de hacerlo todo. Aunque podía limpiarlo con la palabra y con la voluntad, le aplicó la mano y el tacto, como sigue: "Y extendiendo Jesús la mano, lo tocó", para manifestar que no estaba sujeto a ley alguna y que, estando limpio, nada había inmundo para él. Eliseo, observando lo que dice la ley, no salió y tocó a Naamán, sino que lo envió al Jordán para que allí se lavase. El Señor demuestra aquí que no obra como siervo, sino que, como Dios, cura y toca. La mano no se vuelve inmunda por haber tocado la lepra, sino que, por el contrario, el cuerpo leproso se vuelve limpio al simple contacto de la mano santa. El Señor no había venido sólo a curar los cuerpos, sino también a guiar las almas por el camino de la verdadera sabiduría. Así como ya no prohibía comer antes de lavarse las manos, así enseña aquí que conviene temer sólo la lepra del alma (que es el pecado), porque la lepra del cuerpo no sirve de impedimento a la práctica de la virtud. Cuando toca al leproso ninguno le acusa todavía, porque los que lo escuchaban aún no se habían contaminado con la envidia. Nunca antes de ahora había dicho esta palabra, aunque había hecho cosas admirables. Pero aquí dijo "Quiero", para confirmar la opinión de la muchedumbre y del leproso acerca de su poder. La naturaleza obedeció con prontitud al poder de quien mandaba y por ello sigue: "Su lepra fue limpiada". Pero en cuanto a la palabra luego no expresa bien la prontitud con que el leproso quedó limpiado. Cuando Jesús hubo curado el cuerpo del leproso, le ordena que no lo diga a nadie, y le dijo: "No lo digas a nadie". Algunos dicen que le mandó esto para que no hablasen en mal sentido de su curación, lo cual se dice sin fundamento. No lo curó de tal manera que quedase duda acerca de su curación. Pero lo manda que no lo diga a nadie, enseñando a no amar la ostentación ni el honor (Mc 5,20). A otro que curó lo mandó que lo dijese, enseñándonos también a interpretar en buen sentido sus palabras, que no era que se divulgase el milagro sino que se diese gloria a Dios. Por medio de este leproso nos enseñó a no ser vanagloriosos, y por medio del otro a no ser desagradecidos, sino referirlo todo a la alabanza de Dios. Y en verdad que ni la violaba en todo ni en todo la guardaba, sino unas veces hacía esto, otras aquello. En lo uno, preparando el camino a la futura sabiduría, en lo otro, cohibiendo la lengua desvergonzada de los judíos y condescendiendo con la imbecilidad de ellos. De ahí el que los apóstoles aparezcan algunas veces observando la ley, y otras prescindiendo de ella. Previendo Jesucristo que nada adelantarían con esto, no dijo "para enmienda de ellos", sino "para testimonio". Esto es, para acusación y atestación, puesto que todo cuanto yo debía hacer ya lo he hecho. Y aun cuando previó que no habían de enmendarse, no dejó de hacer lo que convenía. No obstante, ellos permanecieron en su propia malicia. Aquí no dijo Jesús "la ofrenda que yo mando", sino "la que mandó Moisés", para relacionarlos con la ley, cerrar la boca a los malvados, y para que no dijesen que había usurpado la gloria de los sacerdotes, puesto que él hizo su obra, concediéndoles la prueba de ello al mismo tiempo.

Habiendo entrado Jesús en Cafarnaum, llegó a él un centurión rogándole: "Señor, mi siervo está postrado en casa paralítico y es reciamente atormentado". Jesús le dijo: "Yo iré y lo sanaré". El centurión respondió: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa, sino tan solamente dilo con la palabra, y será sano mi siervo. Pues también yo soy hombre sujeto a otro, que tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace"

2. Dicen algunos que se expresó así Jesús para excusarse de no haberlo llevado consigo. No era posible traer al que sufría, porque se encontraba con las últimas angustias para expirar y yo digo que ésta es señal de una gran fe, porque, como sabía que una sola orden bastaba para curar al enfermo, estimaba superfluo conducirle hasta allí. Lo que nunca había hecho Jesús lo hizo ahora. En todas partes sigue la voluntad de los que suplican, aquí la excede. No sólo ofreció curarlo, sino también ir a su casa. Hizo esto para que conozcamos la virtud del centurión. Algunos dicen que este caso y aquél no son uno mismo, lo cual no carece de probabilidad, porque del uno se ha dicho que "construyó nuestra sinagoga y ama a la gente" (Lc 7,5), y de éste dice el mismo Jesús: "En Israel no hallé tanta fe". En lo que parece que aquél era judío. A mí me parece que aquél y éste son uno mismo, y que cuando San Lucas dice que envió para que viniera, insinuó el espíritu de adulación de los judíos. Es conveniente, pues, creer que el centurión, queriendo ir, fue retraído por las instancias oficiosas de los judíos, diciéndole que irían y le traerían con ellos. Mas cuando se vio libre de la importunidad de aquéllos, entonces envió a decirle, más o menos: No creas que no he venido a buscarte por pereza, sino porque me he creído indigno de recibirte en mi casa. En cuanto a lo que dice Mateo de que no le mandó a decir esto por medio de sus amigos, sino que se lo dijo por sí mismo, ninguna contradicción hay. En uno y otro caso se expresa el deseo de aquel hombre, y se manifiesta que tenía concebida una buena opinión respecto del Salvador. Es muy conveniente creer aquí que el centurión, después que mandó a sus amigos, se lo dijo por sí mismo cuando venía. Ni Lucas dijo esto ni Mateo dijo aquello, ni se contradicen, sino que completan lo que habían dejado por decir uno y otro. Tampoco hay contradicción entre lo que dice Lucas de que fabricó una sinagoga, y que no era israelita, porque es posible que, sin ser judío, hubiese fabricado una sinagoga y que amase la gente.

Cuando oyó esto Jesús, se maravilló y dijo a los que le seguían: "En verdad os digo que no he hallado una fe tan grande en Israel. Os digo, pues, que vendrán muchos de Oriente y de Occidente, y se recostarán con Abraham, e Isaac y Jacob en el reino de los cielos, mientras los hijos del reino serán echados a las tinieblas exteriores. Allí será el llanto y el crujir de dientes". Y a continuación, dijo al centurión: "Ve y, como creíste, que así te sea hecho". En aquel momento quedo sano su siervo

3. Así como lo que había dicho el leproso ("si quieres, puedes curarme") aludía a la potestad de Jesucristo, y se confirma con la palabra del Salvador ("quiero, sé limpio"), así también aquí no sólo no inculpó Jesús al centurión por lo que dijo de su potestad, sino que le elogió. Hizo más todavía, y el evangelista, significando la intensidad de la alabanza, dice: "Oyéndolo Jesús". Es más, dice que se admiró en presencia de todo el pueblo, para dar ejemplo a los demás, a fin de que admirasen también. A los que le seguían, Jesús les dijo: "En verdad os digo", porque no era igual que creyese un judío o que creyese un gentil. Llama aquí "hijos del reino" a aquellos para quienes estaba el reino preparado, lo cual los estimulaba más. A fin de que nadie pensase que lo que el Salvador había dicho al centurión, no era sino una vana adulación, hace milagros como sigue: "Ve y, como creíste, así se haga". Debe admirarse la prontitud. No solamente el curar, sino también el modo impensado y el momento de tiempo en que Jesucristo hace esto, manifiesta su gran poder.

Habiendo llegado Jesús a la casa de Pedro, vio a su suegra que yacía en cama y estaba con fiebre. Jesús le tocó la mano y la fiebre la dejó, y ella se levantó y se puso a servirles

4. ¿Por qué entró Jesús en la casa de Pedro? A mí me parece que para comer, porque se añade que la suegra de Pedro "se levantó y los servía". Es decir, Jesús se detenía en casa de sus discípulos, y con ello los honraba y hacía más ansiosos. Considerad aquí el respeto de Pedro para con Jesucristo, pues teniendo a su suegra en casa, con calentura, no le hizo venir a ella, sino que esperó que terminase la predicación de la doctrina y que se curasen otros. Había aprendido desde el principio a dar la preferencia sobre sí a todos los demás. Así es que ni siquiera le hace una indicación, sino que el Señor fue espontáneamente, como cuando dijo el centurión: "No soy digno de que entres en mi casa", manifestando cuánto distinguía a su discípulo. Jesús no se creyó rebajado al entrar bajo el techo de un pobre pescador, para enseñarnos a conculcar en todo el orgullo humano. Unas veces cura con su sola palabra, y otras extiende la mano, como en esta ocasión ("y la tocó su mano"). Tocando el cuerpo, Jesús no sólo curó la fiebre, sino que también le concedió una salud completa. Cuando la enfermedad era curable, en el modo de curar manifestaba su poder, haciendo lo que no puede hacer la medicina, esto es, restituyendo al mismo tiempo la salud completa, por lo que el evangelista, entendiendo esto así, dice: "Se levantó, y los servía". En esto que se dice, de que se levantó y los servía, se manifiesta el poder de Dios, y la disposición que aquella mujer mostraba hacia Jesucristo.

Siendo ya tarde, le presentaron a Jesús muchos endemoniados. Con la palabra, él expulsaba a los demonios, y sanaba a todos los enfermos, para que se cumpliera lo que fue dicho por el profeta Isaías: "Él mismo tomó nuestras enfermedades, y cargó con nuestras dolencias"

5. Como el número de creyentes ya había aumentado, y no querían separarse de Jesucristo en ningún tiempo, a éste le llevan por la tarde los enfermos. Por eso dice Mateo "siendo ya tarde ". Fijémonos en las muchas curaciones que omiten los evangelistas, no refiriendo a cada uno de los curados, sino manifestando con una sola palabra una inmensidad inefable de milagros. Mas para que por la grandeza del prodigio no se ponga en tela de juicio, si curó tanta gente y varias enfermedades en un solo momento, trae Mateo en su apoyo al profeta, que da testimonio de todas estas cosas, diciendo: "Para que se cumpliese lo que se ha dicho por el profeta Isaías". Parece ser que el profeta más bien dijo esto ("él mismo tomó nuestras enfermedades") refiriéndose a los pecados, luego ¿cómo el evangelista lo ha entendido respecto a las enfermedades? Por esto mismo: o bien porque quiso adaptar ese testimonio a la historia, o bien hacer ver que muchas enfermedades reconocen como causa los pecados de las almas, y que la misma muerte reconoce como principio el pecado.

Como viese Jesús a muchas gentes alrededor de sí, mandó a sus discípulos pasar a la otra parte del lago. Llegando a él un escriba, le dijo: "Maestro, te seguiré a donde quiera que fueres". Jesús le dijo: "Las raposas tienen cuevas, y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde recostar la cabeza". Otro de sus discípulos le dijo: "Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre". Jesús le dijo: "Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos"

6. Como Jesús no solamente curaba los cuerpos, sino que también enmendaba el alma y enseñaba la verdadera sabiduría, quiso mostrarse a sí mismo no sólo curando las enfermedades, y tampoco haciendo nada por ostentación. Por eso dice Mateo que " mandó pasar a la otra parte del lago". Hacía esto Jesús para educarnos en la moderación, calmando la envidia de los judíos y enseñándonos a no hacer nada por ostentación. Observemos que, para no ofender a la muchedumbre, no las despide directamente, no le dice: Retiraos, sino que mandó a sus discípulos ir al otro lado, dando esperanza a la muchedumbre de ir también allá. Veamos también cuánto es su orgullo. Vino y habló de tal modo, que parecía desdeñarse de ser contado con la muchedumbre, manifestando que era superior a muchos. Jesucristo le responde, no a la pregunta, que hace por medio de palabras, sino al fin que se propone, como sigue: "Las raposas tienen cuevas y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza" Esta respuesta no era para rechazarle, sino para reprenderle. Hubiérale aceptado, a haber querido seguirle en la pobreza. Es más, para que se comprenda su malicia, oyendo esto, no dijo "estoy preparado a seguirte". La respuesta de Jesús no iba tanto para despreciar el honor que se debe a los padres, sino para demostrar que ninguna cosa es tan necesaria para nosotros como el ocuparnos en los negocios del cielo. A ese fin debemos unirnos a ellos con todo nuestro ardor, y no tardar un momento por inevitables e incitantes que sean las cosas que nos atraen. ¿Qué cosa era más necesaria que enterrar a su padre? ¿Y qué otra cosa más fácil? El tiempo que se podía tardar no era mucho. Por ese medio el Señor le libró de muchos males, como son los llantos y las tristezas, y las demás cosas que de aquí se desprenden. Después de la sepultura era necesario examinar el testamento, hacer las particiones y otras cosas por el estilo. Y así, sucediéndose en él las fluctuaciones unas a otras, pudieron alejarle mucho de la verdad. Mas si aún se subleva tu corazón, piensa que muchos no permiten que los enfermos sepan la muerte de su padre, de su madre o de su hijo, ni les permiten acompañar su cadáver al sepulcro, y lejos de ser esto una crueldad, lo sería lo contrario. Y mucho más malo es separar a un hombre de los tratos espirituales, sobre todo cuando hay otros para cumplir esos tristes deberes de sepultura, como acontecía en esta ocasión. Por eso contesta el Señor: "Deja a los muertos que entierren a sus muertos". En lo que manifiesta que este muerto no le pertenecía, porque el difunto, según yo creo, era del número de los infieles. Si admiras a este joven porque preguntó al Salvador acerca de un asunto tan necesario y no se marchó espontáneamente, admira mucho más que, habiéndose prohibido marchar, se quedó, sin que esto pueda llamarse ingratitud, puesto que no lo hizo por desidia, sino por dar la preferencia a un asunto de más interés.

Entrando Jesús en una barca, le siguieron sus discípulos. Más tarde sobrevino un grande alboroto en el mar, de modo que las olas cubrían la barca. Jesús dormía, y sus discípulos le despertaron y dijeron: "Señor, sálvanos, que perecemos". Jesús les dijo: "¿Qué teméis, hombres de poca fe?". Y levantándose al punto, mandó a los vientos y a la mar, y se siguió un grande calma. Los hombres se maravillaron, y decían: "¿Quién es éste, a quien los vientos y el mar obedecen?"

7. Tomó Jesús a sus discípulos consigo y, en la barca, les enseñó estas dos cosas: no asustarse ante los peligros, ni envanecerse con los honores. Permite que las olas los atormenten, a fin de que no formen de sí mismos un juicio muy ventajoso, a causa de la elección que había hecho de ellos, dejando a los demás. Cuando se trata de manifestación de milagros, permite que asista el pueblo, mas cuando es cuestión de tentaciones y temores, toma solamente a los atletas que se proponía formar para la conquista del mundo. Habían visto a otros recibir beneficios de manos de Jesús, pero como no juzgamos igualmente lo que se hace en los otros cuerpos con lo que se hace en el nuestro, fue conveniente que, por el sentido familiar, disfrutasen de los beneficios de Jesucristo. Y por eso quiso que se verificase esta tempestad, para que, por su liberación, les hiciese más claro el sentido del beneficio. Esta turbación era la figura de las tentaciones que habían de venir, de las cuales dice San Pablo: "No quiero que ignoréis, hermanos, que estamos gravados sobre nuestras fuerzas" (2Cor 1,8). Para dar tiempo al miedo, se dice que "él dormía". Si se hubiese verificado la tempestad estando Jesús despierto, o no hubiesen temido, o no le hubiesen rogado, y acaso no hubiesen creído que él podía hacer tal cosa. Mas si alguno dijese que no fue señal de poca fe el aproximarse a despertar a Jesús, habrá de admitir que esto fue señal de que todavía no tenían formada de él una opinión decorosa, porque habían conocido que podía increpar a la mar estando despierto, y aún no habían conocido que podía hacer lo mismo estando dormido. No hace este milagro en presencia de la muchedumbre, para que no sean acusados de poca fe. Pero, hallándose solo con ellos, los reprende ante todo, y calma la turbación de las aguas, como sigue: "Entonces, levantándose, mandó a los vientos y a la mar, y se siguió una grande calma". Vemos aquí también que toda la tempestad se disipó en el acto sin quedar huella de la turbación, lo cual era ciertamente extraño, pues cuando la fluctuación se termina naturalmente, las aguas se agitan después por mucho tiempo, mientras que aquí todo se volvió a la vez. Así realiza aquí Jesucristo lo que había dicho del Padre: "Dijo esto, y se detuvo el espíritu de la tempestad" (Sal 106). Con su sola palabra y mandato apacigua y refrena el mar. Por el aspecto, el sueño y el uso de la barca, los allí presentes le consideraban como hombre. De ahí la admiración en que cayeron las gentes, y que "los hombres se maravillaron".

Cuando Jesús hubo pasado a la otra parte del lago, a la tierra de los gerasenos, le vinieron al encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros. Eran tan fieros que ninguno podía pasar por el camino. Al verle, empezaron a decir a gritos: "¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?". No lejos de ellos andaba una piara de muchos puercos, paciendo, y los demonios le rogaban: "Si nos echas de aquí, envíanos a la piara de los puercos". Jesús les dijo: "Id". Ellos, saliendo, se fueron a los puercos, y he aquí que con gran ímpetu se fue todo el rebaño por un precipicio al mar, y murieron en las aguas. Los pastores huyeron y, viniendo a la ciudad, contaron todo esto y el suceso de los endemoniados. Toda la ciudad salió al encuentro a Jesús, y cuando le vieron le rogaron que saliese de sus términos

8. Los hombres decían que Cristo era hombre, pero vinieron los demonios publicando su divinidad. Esto es algo que recalcan todos los evangelistas para que, los que no habían oído hablar del mar alborotado y encalmado después, oyesen a los demonios clamando. Sigamos leyendo el pasaje de Mateo, que dice: "Cuando hubo venido Jesús de la otra parte del lago a la región". Lucas y Marcos eligieron uno de ellos, el que estaba más malo, y por ello expusieron su desgracia. Lucas dice que, rotas las ligaduras con que se le sujetaba, se había ido al desierto. Marcos, que se daba golpes contra las piedras, pero no dicen si fue uno solo. "Que salían de los sepulcros" quería insinuar un error pernicioso, a saber: que las almas de los que mueren se convierten en demonios. Por eso muchos desgraciados matan a los niños, para tener como cooperadora el alma de ellos. No es el alma de un difunto quien clama, sino que el demonio finge esto, para engañar a los que le oyen. Pues si fuese dado al alma de un difunto entrar en el cuerpo de otro, mucho más preferiría entrar en el suyo. Pero no tiene razón de ser que el alma que padece cosas inicuas coopere con el que la hace inicuamente sufrir; ni que el hombre pueda cambiar una sustancia incorporal en otra (esto es, el alma en sustancia de demonio); ni aun en los cuerpos puede ninguno hacer esto, o sea que el cuerpo de un hombre se convierta en cuerpo de un asno. Por otra parte, tampoco es racional que el alma, separada del cuerpo, ande ya errante por la tierra. Las almas de los justos están en manos de Dios (Sab 3,1), luego queda manifiesto que las almas de los pecadores son sacadas inmediatamente de este mundo, como queda claro en el pasaje de Lázaro y del rico Epulón. Como ninguno se atrevía a traer a Jesucristo los endemoniados, por temor de ser maltratados, va Jesucristo hacia ellos. Cuál sería la furia de éstos, nos lo dicen las palabras siguientes: "Fieros en demasía, de tal suerte que ninguno se atrevía a pasar". Los que prohibían pasar a otros hallaron quien les obstruyese el camino, pues eran invisiblemente flagelados, padeciendo intolerables tormentos con la presencia de Jesucristo, y por eso se añade: "Y he aquí que clamaron, diciendo". Para que no apareciese que decían esto por adulación, basados en la experiencia, exclamaban: "¿Has venido antes de tiempo a atormentarnos?". No podían decir que no habían pecado, porque Jesucristo los había encontrado obrando mal y mortificando la obra de Dios. Por esto creían que, por la abundancia de males que habían hecho, no se les esperaría al día del juicio para aplicarles el castigo merecido. No hizo esto Jesús como persuadido por los demonios, sino para dispensar de aquí tres cosas. Primero, para demostrar la magnitud del daño que causaban los demonios a aquellos hombres que asediaban. Segundo, para que sepan todos que, sin su permiso, ni aun contra los puercos se atreven. Tercero, para hacer ver que hubieran operado cosas más graves en aquellos hombres que en los puercos, si aquellos hombres, en medio de las calamidades, no fuesen ayudados de la divina providencia, porque más odio tienen a los hombres que a los seres irracionales. En esto se manifiesta que ninguno hay que no reciba socorro de la divina providencia, y si no todos de la misma manera, ni aun según el mismo modo, la bondad de la Providencia no brilla menos, porque se manifiesta para cada uno de nosotros según conviene. Infiérese también de lo que precede que la Providencia, no sólo provee a todo en general, sino también a cada uno en particular, lo cual manifiestamente podrá ver cualquiera en este acontecimiento de los endemoniados, que sin duda hubiesen sido ahogados en otro tiempo a no mediar la protección de la divina providencia. También por esta razón permitió a los demonios invadir el rebaño de puercos, a fin de que los que habitaban en aquellas comarcas conociesen su gran poder. Y allí donde no había quien lo conociese, hacía brillar sus milagros, para traerlos al conocimiento de su divinidad. Los demonios mataron a los puercos, porque por todos los medios y en todas partes procuran entristecer a los hombres, alegrándose de su perdición. La magnitud del daño aumenta la fama del que lo había causado. Por muchos se divulgaba el hecho: por aquellos que habían sido curados, por los dueños de los puercos y por los pastores. Así, continúa el evangelista que "los pastores huyeron y, entrando a la ciudad, lo contaron todo, y lo que había pasado con los endemoniados". Y he aquí que "toda la ciudad salió al encuentro de Jesús". Una vez llegados a Jesús, posiblemente se quedaron pasmados al admirar su poder, mas lo que se sigue diciendo es esto: "Cuando le hubieron visto, le rogaban que saliese de sus términos". Admiremos, pues, la mansedumbre de Jesucristo, después de la obra de su poder. Contemplamos cómo no resiste a aquellos que, después de haber recibido el beneficio, lo despiden de sí, y decidió retroceder y abandonar a los que se declararon indignos de recibir su doctrina, tanto a los que había librado de la posesión de los demonios como a los pastores de los puercos.

IX
Comentario de Mateo 9

Subió Jesús en una barca, atravesó el lago y llegó a la ciudad. Presentáronle aquí a un hombre paralítico postrado en cama. Al verle, Jesús le dijo: "Confía, hijo, tus pecados te son perdonados". Algunos de los fariseos allí presentes dijeron en su interior: "Este hombre blasfema". Adivinando Jesús sus pensamientos, les dijo: "¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir, te son perdonados tus pecados, o levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados, dijo entonces al paralítico: Levántate, toma tu lecho y vete a tu casa". El paralítico se levantó y se fue a su casa. Las turbas, al ver este prodigio, se llenaron de temor y dieron gracias a Dios, que dio tal poder a los hombres

1. Cristo manifestó su poder a través de la enseñanza, y dejó consignado que tenía poder de muchas maneras. Lo manifestó cuando le dijo al leproso "quiero, sé sano". El centurión lo manifestó cuando le dijo a Jesús "di una sola palabra y mi siervo quedará sano". Por medio del mar, Jesús con una sola palabra lo calmó. Los demonios también lo confesaron. Finalmente, y de un modo más grande, Jesús obligó a sus enemigos a confesar que Jesús era igual al Padre en dignidad. Ahora, para demostrar más aún su poder, continúa diciendo Mateo que "subiendo Jesús en la navecilla, atravesó el lago y llegó a la ciudad". Podía Jesús atravesar el mar a pie y sin embargo lo atraviesa en una navecilla, a fin de que sus milagros continuos no pusieran en duda la verdad de su encarnación. Llama aquí el evangelista a Cafarnaum "su ciudad", y eso Belén fue la ciudad de su nacimiento, y Nazaret aquella donde se crió. ¿Por qué? Porque Cafarnaum era su residencia habitual. El paralítico de que se trata aquí, no es el paralítico de que habla Juan (Jn 5), pues éste estaba en la piscina y el primero en Cafarnaum. Además, el paralítico del que habla Juan no tenía criados, y el paralítico del que habla Mateo tenía personas que le cuidaban y fueron a buscar a Jesús. En todo caso, la fe de este enfermo era grande, porque si él no hubiera creído no se hubiera dejado bajar por el boquete del techo, según expresión de los otros evangelistas (Mc 2,1-11; Lc 5,17-18). Jesús hizo brillar su gran poder, perdonando los pecados ante una gran fe. Por eso dijo al paralítico: "Confía, hijo, tus pecados están perdonados". Los escribas, al tratar de difamar a Jesús, contribuyeron, a pesar suyo, a hacer brillar con su envidia el prodigio de Jesús, que se valió de la misma hipocresía de los escribas para hacer resaltar más el milagro del paralítico. Propio es de la infinita sabiduría de Cristo valerse de sus mismos enemigos para hacer patente su poder. Por eso dice que "algunos de los escribas dijeron en su interior: Este blasfema". Jesús no destruyó las sospechas de los fariseos que pensaban que sus palabras las había dicho realmente como Dios. Si él no fuera igual al Padre hubiera dicho "estoy muy lejos de tener poder para perdonar los pecados". Pero no es así, sino que afirma todo lo contrario con sus palabras y sus milagros. Por eso añade: "¿Qué es más fácil decir, te son perdonados tus pecados, o levántate y anda?". Así como el espíritu es más importante que el cuerpo, así también es más importante perdonar los pecados que sanar el cuerpo. Y arguye más poder a la salud del espíritu que a la del cuerpo puesto que este último es más visible y más reducido el círculo de sus operaciones y el espíritu es menos visible y sus operaciones más elevadas. Jesús no dijo al paralítico "te perdono los pecados", sino "tus pecados te son perdonados". Al resistirse los fariseos a creer en él, Jesús les presentó su gran poder, diciéndoles que "el Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados" y, por consiguiente, que era igual al Padre. Puesto que el Hijo del hombre no necesitaba del poder de otro para perdonar los pecados, los perdonaba con el suyo propio. Le da este mandato para que no se tenga por una simple ilusión lo que con él acababa de acontecer. Por eso añade Mateo que "se levantó y se marchó a su casa", con unas palabras demuestran la verdad del milagro. Sin embargo, los hombres que presenciaron este hecho no le daban la verdadera interpretación. Por eso dice Mateo "al ver esto las turbas". Si la idea que tenían de Jesús hubiera sido la verdadera, hubieran comprendido que era Hijo de Dios. No obstante, ellos no quisieron creer que Jesús era superior a todos los hombres, ni que era Hijo de Dios.

Estando sentado Jesús a la mesa en la casa de Mateo, vinieron a ella muchos publicanos y gentes de mal vivir, y se sentaron a comer con él y con sus discípulos. Viendo esto los fariseos, dijeron a sus discípulos: "¿Cómo es que vuestro maestro come con los publicanos y pecadores?" Jesús, al oír esto, les dijo: "No necesitan médico los que están sanos, sino los que padecen alguna enfermedad. Aprended, pues, lo que significan aquellas palabras: Yo amo más la misericordia que el sacrificio. En efecto, yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores"

2. Después de haber hecho el milagro del paralítico, Jesús partió de aquel lugar a fin de no encender más la envidia de los judíos, enseñándonos que ésta es la conducta que nosotros debemos observar. Jamás debemos tener empeño en continuar al lado de aquellos que nos tienden lazos y ponen trampas. Por eso se dice Mateo "saliendo Jesús de aquel lugar (es decir, de donde había hecho el milagro). Al salir de aquel lugar, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, que "estaba sentado en la recaudación de alcabalas". Brilla aquí el poder del que llama, porque no lo hace cuando el llamado trata de abandonar un oficio peligroso, sino que lo arrancó de esos mismos medios malos, como a Pablo de en medio de su locura. Por eso, lo que le dice Jesús es así de sencillo: "Sígueme". Así como admiráis la virtud del que llama, admirad también la obediencia del que es llamado. Mateo no opone resistencia, no suplica volver a su casa ni manifestar su resolución a su familia. Aquí quiero preguntar yo: ¿Por qué no llamó a Mateo al mismo tiempo que a Pedro y a Juan? Yo creo que por esto: porque Mateo no estaba aún bien dispuesto, y porque Jesús conoce el fondo de los corazones y sólo llama a quien comprende que está en aptitud de obedecer. ¿Por qué no se nos dice el modo y el tiempo en que fueron llamados los otros apóstoles, y sí solamente de Pedro, Andrés, Santiago, Juan y Mateo? Según creo yo, porque todos éstos procedían de oficios bajos y de condiciones humildes. Nada hay, en efecto, más bajo que el oficio de recaudador, ni más humilde que la condición de pescador. Mateo, al verse tan honrado con la venida de Jesús a su casa, convida a todos los publicanos de su misma profesión. En concreto, a "muchos publicanos". Los publicanos se aproximaron a nuestro Redentor, y no sólo para hablarle sino para comer con él. En efecto, no solamente corregía muchas veces Jesús a los que estaban mal dispuestos, con sus argumentos, con sus obras o con sus reprensiones a sus enemigos, sino también asistiendo a las comidas; enseñándonos con este proceder que en cualquier tiempo y de cualquier obra podemos sacar utilidad. Los fariseos, al ver esto, se indignaron, y por eso se dice que dijeron a los discípulos de Jesús: "¿Por qué come con los publicanos?". Debe notarse aquí que los fariseos, cuando se figuraban haber sorprendido a los discípulos de Cristo en algún pecado, se dirigían a Cristo, como se ve por aquellas palabras de "tus discípulos ejecutan obras prohibidas en el día del sábado" (Mt 12,2). De esta manera, los fariseos trataban de deshonrar a Cristo delante de sus discípulos. Todo esto lo hacían con malicia, y con el deseo de separar del Maestro los corazones de sus discípulos. Después de haberles hablado en el lenguaje sencillo del sentido común, Jesús les cita aquel pasaje de la Escritura: "Id y aprended lo que significa quiero la misericordia y no el sacrificio", que es como si dijera: ¿Por qué me acusáis de que llamo a los pecadores a la penitencia? Por la misma razón debéis acusar a Dios Padre, porque él desea, como yo, la enmienda de los pecadores y de esta manera les demostraba que, no sólo no era prohibido lo que ellos reprendían, sino que, según la ley, era una cosa superior al sacrificio, porque no dice la ley "quiero la misericordia y el sacrificio", sino que mando aquella y excluye éste. Parece que Jesús habla aquí a los fariseos con la misma ironía que cuando se dice que "el hombre ha sido hecho como uno de nosotros" (Gn 3,22), porque en la tierra no había justo alguno. Esto es lo que da a entender San Pablo en las palabras "todos pecaron y necesitan de la gloria de Dios" (Rm 3,23), palabras que moderaron la pretensión de aquellos que habían sido llamados, porque vienen a decir: Estoy tan lejos de aborrecer a los pecadores, que sólo por ellos he venido.

Se acercaron los discípulos de Juan a Jesús, y le dijeron: "¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia, y tus discípulos no ayunan?". Jesús les respondió: "¿Por ventura pueden llorar los amigos de un esposo mientras el esposo está con ellos? Mas vendrán días en que será quitado el esposo, y entonces ayunarán. Nadie cose en un vestido viejo una pieza de paño recio, porque se rompe el vestido y aparece una abertura peor. Nadie echa vino nuevo en vasijas viejas, porque se rompen las vasijas, se derrama el vino y se quedan sin vasijas. El vino nuevo se echa en vasijas nuevas, y de este modo se conserva lo uno y lo otro"

3. Lo que dicen los discípulos de Juan a Jesús, en este pasaje, es de esta manera: Tú, como médico, lo haces así, pero ¿por qué tus discípulos reprueban el ayuno y buscan las mesas?" Es más, para distanciarse de los fariseos, los discípulos de Juan se les adelantan y dejan en segundo término a los fariseos, siendo así que estos últimos ayunaban por obedecer a la ley, como lo dijo el fariseo en el templo: "Ayuno dos veces el sábado" (Lc 18,12) y por obedecer a Juan. Lucas dijo que fueron los fariseos quienes dijeron esas palabras y aquí se dice que fueron los discípulos de Juan, porque los fariseos llevaron a éstos, a fin de que promovieran la cuestión, como hicieron después con los herodianos. Debe tenerse presente que cuando hablaba de los extraños y de los publicanos, a fin de moderar sus ánimos exaltados, contesta con más fuerza a las acusaciones a las que ellos mismo dan lugar y les responde con suavidad cuando ultrajaban a sus discípulos, como se ve por las palabras: "¿Por ventura pueden llorar los hijos del esposo, mientras el esposo está con ellos?". Primero se llama médico y aquí esposo; de esta manera nos recuerda las palabras de Juan: el que tiene esposa es esposo (Jn 3,29). Y lo que él dice es así: el tiempo presente es el tiempo del gozo y de la alegría; no debe mezclarse con él la tristeza. En efecto, el ayuno es triste, no en sí, sino para aquellos que aun son endebles y no han llegado a la fuerza de la perfección espiritual. En cambio, el ayuno es suave para los que desean entregarse a la contemplación de la sabiduría o al trabajo de la perfección. De los primeros es de quienes habla aquí. En lo que dice, como se ve claramente, no hace concesión alguna a la gula. De nuevo apoya Jesús su palabra en comparaciones sencillas, cuando dice: "Nadie cose una pieza de paño burdo en un vestido viejo", que es como si dijera: Aun mis discípulos no son bastante fuertes, y por eso necesitan aún de condescendencia; aun no están renovados por el Espíritu, y no conviene imponer todo el peso de los preceptos a espíritus así dispuestos. De esta manera, Jesús enseña a los apóstoles a recibir con cariño a sus discípulos, sea cualquiera la región a la que pertenezcan. De esta manera se explica la causa de hablarles Jesús muchas veces en términos familiares, para acomodarse a su flaqueza.

Diciendo Jesús estas cosas, se le aproximó un príncipe de la sinagoga, y le adoró diciendo: "Señor, mi hija está ya cadáver, mas ven, pon tu mano sobre ella y vivirá". Jesús le hizo levantar, y lo siguió en compañía de sus discípulos. Una mujer, que padecía flujos de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y tocó la orla de su vestido, diciendo en su interior: "Si llegare a tocar tan sólo su vestido, quedaré sana". Volviéndose Jesús, y viéndola, le dijo: "Confía, hija, tu fe te ha sanado". Desde aquella hora, la mujer quedó completamente sana

4. A las palabras siguió la acción de Jesús, que debía cerrar por completo la boca a los fariseos. En este caso, se trata de un jefe de los fariseos, que se acerca a Jesús para pedirle un milagro. Lo hace porque la difunta no era una extraña, sino su propia hija de 12 años, en los primeros albores de la vida. En concreto, dice Mateo que, "mientras Jesús les hablaba estas cosas" (es decir, a los fariseos que le recriminaban no ayunar), he aquí que "se le aproximó uno de los principales". Lo que el jefe fariseo dijo de la muerte de su hija no es más que una exageración propia del que anuncia una desgracia, porque es natural que todos los que piden algo a Jesús presentan sus males como mayores y dicen más de lo que realmente es, con el objeto de interesar a Jesús en su súplica. De aquí sus palabras "ven, impón tu mano sobre ella y vivirá". Ved aquí la confianza de este dirigente fariseo en Jesús, y cómo exige dos cosas de Cristo: el que vaya a su casa y el que ponga su mano, precisamente lo que el sirio Naaman exigió del profeta (2Re 5), porque necesitan ver y apreciar las cosas de una manera sensible los que sólo tienen disposiciones vulgares. Marcos y Lucas dicen que Jesús llevó consigo a tres de sus discípulos (esto es, a Pedro, Santiago y Juan). A Mateo no lo llevó para estimular más su deseo, y a causa de la imperfección de sus disposiciones. Honra así Jesús con esta distinción a aquellos, a fin de que los otros se hagan iguales a ellos. En cuanto a Mateo, le era suficiente el haber visto la curación de la mujer que padecía el flujo de sangre, de la cual dice él mismo que "una mujer, que padecía un flujo de sangre, se acercó por detrás y tocó la orla del vestido del Señor". Por eso no se acerca dicha mujer en público al Señor, porque tenía vergüenza a causa de la enfermedad que padecía, y porque ella, apoyada en la ley, se tenía por impura. Por eso se esconde y se oculta esa mujer, y porque aun no tenía ella un conocimiento exacto acerca de Cristo (pues creía que podía permanecer oculta a sus miradas). No obstante, no le permitió Cristo que se escondiese, no porque él ambicionase gloria alguna, sino por varios motivos: Primeramente, para calmar su temor y que no le remordiera la conciencia de haber arrebatado un don. En segundo lugar, para reprenderle haber querido permanecer oculta. En tercer lugar, para poner su fe a la vista de todos, y a todos sirviera de estímulo. Mostrando, en fin, que sabe todas las cosas, nos da una señal de su divinidad, no menor que la que nos dio con el derramamiento de su sangre. En efecto, "esta mujer se fue curada en aquel instante".

Cuando llegó Jesús a la casa del príncipe de la sinagoga, y vio a los flautistas y a las turbas que se agolpaban, les dijo: "Retiraos, porque la niña no está muerta sino dormida". Ellos se burlaban de él. Después que hubo sido echada fuera la muchedumbre, Jesús entró y cogió la mano de la niña, y dijo:"Niña, levántate". La niña resucitó, y el rumor de este prodigio se extendió por toda aquella comarca

5. Debemos considerar en este pasaje lo mucho que se detiene Jesús hablando con la mujer curada, con el objeto de dar tiempo a que muriera la niña y resaltara más la señal de su resurrección. Lo mismo hizo con Lázaro, que permaneció muerto hasta el tercer día. De hecho, cuando Jesús llega a la casa del dirigente fariseo, se nos dice que "los flautistas y la muchedumbre se agolpaba", prueba evidente de la muerte. En este momento, Cristo arrojó a todos los flautistas, e hizo entrar a los parientes de la niña, a fin de que no pudieran atribuir a causas diferentes la resurrección de la niña. Antes de la resurrección, los anima a que tengan esperanza con estas palabras: "Retiraos, porque no está muerta la niña, sino dormida". Estas palabras, que levantaron una gran agitación en los que se hallaban presentes, demuestran lo fácil que es para Cristo el resucitar a los muertos. Es lo que sucedió con Lázaro, cuando Jesús dijo "nuestro amigo Lázaro duerme" (Jn 11,11). Nos enseñan estas palabras, además, que no debemos tener miedo a la muerte, pues el mismo Jesús había de morir también y valiéndose de la muerte de otros hombres inspira confianza a sus discípulos y les enseña a sufrir con valor la muerte. Es más, desde su venida, la muerte no es ya más que un sueño. Al oír los que se hallaban presentes este lenguaje del Señor, "se burlaban de él". Jesús despreció esta burla, a fin de que la misma burla de los flautistas, y los demás circunstantes, fuera una prueba evidente de la realidad de la muerte. Muchas veces no creen los hombres en los milagros y se les convence con sus mismas contestaciones, como aconteció con Lázaro cuando dijo Jesús: "¿Dónde le pusisteis?" (Jn 11,34), y ellos le contestaron: "Ven y ve cómo ya huele, porque ya han pasado cuatro días" (Jn 11,39). Ante esta confesión, no podían menos de creer que efectivamente estaba muerto y que resucitó a un muerto. Jesús no le da una nueva vida, sino que le devuelve la misma que había perdido y la saca como de un sueño, para de este modo prepararla a que creyera (como si lo viera) en su resurrección. Y no sólo resucita a la niña, sino que, como dicen otros evangelistas, mandó que le dieran de comer, con el objeto de que vieran no era una ilusión lo que acababa de hacer. Como conclusión, "se extendió su fama por todo el país".

Al salir Jesús de aquel lugar, le siguieron dos ciegos que clamaban por el camino: "Compadécete de nosotros, hijo de David". Cuando hubo llegado a casa, se le acercaron de nuevo los ciegos, y Jesús les dijo: "¿Creéis que yo pueda haceros esto?". Ellos contestaron: "¡Sí, Señor!". Entonces tocó Jesús los ojos de los ciegos, diciendo: "Según vuestra fe, eso os sea hecho". Sus ojos quedaron abiertos al instante, y Jesús les intimó a que nadie lo supiera. No obstante, apenas estos salieron de allí, comenzaron a extender su reputación por todo aquel país

6. No es pequeña la acusación que aquí hace Jesús a los judíos. Mientras los que carecen de vista reciben la fe por el oído, ellos que tenían vista y presenciaban los milagros se declaraban contra la fe. Ved aquí el deseo de los ciegos, porque no se acercan simplemente a Jesús, sino que le suplican y le piden una sola cosa: que tenga misericordia de ellos. Y le llaman "hijo de David", porque les parecía que con este nombre le honraban. Es necesario advertir que Jesús hizo muchas veces milagros después de habérselo suplicado, a fin de que nadie creyera que se valía de los milagros como de un medio para adquirir una fama brillante. De nuevo nos enseña Jesús en este lugar a despreciar la gloria que dan los hombres y estando próxima la casa, conduce a ella a los ciegos, para darles la salud en particular. Y no solamente por esto, sino para hacerles ver que eran dignos de ser curados y para reprender a aquellos que pretendían que puesto que sólo la misericordia salva, todos debíamos salvarnos. Y por eso les exige la fe, para elevarlos a cosas más sublimes y puesto que le llamaron hijo de David, debían pensar de él otras cosas más elevadas, de ahí es que no dijo "¿creéis que yo puedo suplicar al Padre?", sino "¿creéis que yo puedo hacer esto?". La respuesta de los ciegos fue: "Ciertamente, Señor". Es decir, no le llaman otra vez "hijo de David", sino que se elevan a mayor altura y confiesan su dominio de Señor. Entonces, Jesús "les impone sus manos" y "les toca los ojos" diciéndoles: "Hágase en vosotros según vuestra fe". Les dijo esto para confirmarlos más en su fe, y para contestar a aquellos que decían que no eran más que una adulación las palabras que dijeron al Señor. Después de esto sigue la curación, y "fueron abiertos sus ojos". Después que fueron curados, Jesús les manda un silencio absoluto sobre este acto. No lo manda sencillamente, sino con gran energía, dirigiéndoles estas palabras: "Cuidad que nadie lo sepa". No obstante, ellos "salieron de allí y lo publicaron por todo el país". No está en oposición con esto lo que se dice en otro lugar: "Ve y anuncia la gloria de Dios" (Lc 8,39). ¿Por qué? Porque Jesús nos enseña en cada momento lo que debemos impedir (que nos alaben a nosotros, a causa de nosotros mismos) y lo que no debemos impedir (que todas las obras tengan por objeto la gloria de Dios y se hagan por él).

Después que los ciegos salieron, presentaron a Jesús un hombre mudo, poseído por el demonio. Arrojado éste por Jesús, el mudo se puso a hablar. Admiráronse las turbas, y decían: "Jamás ha acontecido en Israel una cosa parecida". Los fariseos, por el contrario, decían: "Arroja al demonio en nombre del príncipe de los demonios"

7. El mudo de este pasaje no lo era por naturaleza, sino por obra del demonio. De ahí la necesidad que tuvo de que lo llevaran a Jesús, y la imposibilidad en que se encontraba de pedir por sí mismo o de suplicar a otros que lo hicieran. No tenía voz por habérsela paralizado el demonio, y por esta razón no le exige Jesús la fe, y le cura en seguida, y "arrojado el demonio, habló el mudo". El pueblo estimaba a Jesús más que a todos los demás, y no sólo porque curaba sino porque curaba con facilidad y prontitud todas las enfermedades, aunque fueran incurables. Esto era lo que más irritaba a los fariseos, que no sólo era preferido antes que todos los que vivían en Israel, sino incluso a todos los nacidos antes que él en Israel. Por eso los fariseos, movidos por malos sentimientos, procuraran difamarle, según aquellas palabras: "Mas los fariseos decían, arroja a los demonios en virtud del príncipe de los demonios". ¿Se puede decir locura mayor que la que ellos dijeron? Porque nadie puede formarse la idea de que un demonio arroje a otro demonio, pues un demonio aplaude siempre y no destruye nunca lo que otro hace. Cristo no sólo arrojaba a los demonios, sino que también limpiaba a los leprosos, resucitaba a los muertos, perdonaba los pecados, predicaba el reino de Dios y conducía a los hombres al Padre; cosas todas que ni podía ni quería hacer el demonio.

Jesús recorría todas las ciudades y aldeas enseñando a las muchedumbres, compadecido de ellas por lo maltratadas y agobiadas que estaban, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: "Ciertamente, la mies es mucha, y los operarios son pocos. Rogad al Señor de la mies, para que envíe operarios a su mies"

8. El Señor quiso refutar con sus acciones la acusación de los fariseos, sobre todo la que decía que "en nombre del príncipe de los demonios, arroja a los demonios". En efecto, el demonio no se venga haciendo bien, sino haciendo daño. En cambio, el Señor hace lo contrario, y no castiga, y no increpa a los que le afrentan y ultrajan, y colma a los demás de beneficios. Por eso se dice que "recorría Jesús todas las ciudades y castillos", porque éste era su proceder, el de enseñar y no devolver a una acusación otra acusación, sino a responder con beneficios. Aquel que después de ser acusado, deja de hacer el bien, da a entender que hace el bien por el aplauso de los hombres, pero si hiciéremos constantemente el bien a nuestros semejantes, sean quienes quieran, tendremos una grandísima recompensa. No consiste en esto solamente la bondad de Cristo, sino que abriendo las entrañas de su misericordia para con aquel pueblo, les manifiesta la solicitud que tiene para con ellos, según aquellas palabras: "Al ver las turbas, se compadeció de ellas". Ésta es la condenación de los príncipes de los judíos, pues siendo ellos pastores se portaban como lobos, no sólo no corregían al pueblo, sino que además le perjudicaban cuanto podían para utilidad propia. Por eso el pueblo decía con admiración sobre Jesús: "Jamás ha sucedido en Israel una cosa parecida", mientras que los fariseos decían: "Arroja al demonio en nombre del príncipe de los demonios". Jesús se declara abiertamente Señor de la mies. Si bien es cierto que manda a los apóstoles a segar la mies que ellos no sembraron, no los manda, sin embargo, a segar mieses ajenas, sino a aquellas cuyas semillas sembró él mismo por medio de los profetas. Pero no siendo más que 12 los apóstoles, exclamó: "Rogad al Señor de la mies, que mande operarios a su mies". Jesús no aumentó el personal en cuanto al número, pero sí lo multiplicó en cuanto al poder que les dio. Él nos manifiesta cuán grande es la gracia de ser llamado a predicar convenientemente la palabra de Dios, diciéndonos que a este fin debemos dirigir nuestras súplicas. Nos hace mención en este pasaje de las palabras de Juan sobre el arca, el bieldo, la paja y el grano.

X
Comentario de Mateo 10

Llamando a sus doce discípulos, Jesús les dio poder sobre los espíritus inmundos, para que los arrojasen y curasen todo decaimiento y toda enfermedad. Estos son los nombres de los doce apóstoles. El primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el Publicano, Santiago de Alfeo y Tadeo, Simón el Cananeo y Judas Iscariote, que fue el que entregó a Jesús

1. No es pequeña la alabanza de que Pedro haya sido designado por su virtud, y Andrés por su nobleza o parentesco que tenía con su hermano. Marcos pone a Andrés en tercer lugar, después de Pedro y de Juan, mientras que Mateo lo coloca el segundo. Esto se entiende porque Marcos los puso en el orden que cada uno tiene según su dignidad. Ved aquí la razón de por qué no los coloca en orden según su dignidad. En mi concepto, no es más que porque Juan no es de más edad que los otros.

Envió Jesús a estos doce, dándoles las instrucciones siguientes: "No vayáis a donde están los gentiles, ni entréis en las casas de los samaritanos. Id principalmente a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id y predicadles que el reino de Dios está próximo. Curad los enfermos, resucitad los muertos, limpiad los leprosos, arrojad los demonios y dad gratuitamente lo que gratuitamente recibisteis"

2. Muestra aquí Mateo la oportunidad de la misión, cuando Jesús los envía precisamente después que vieron resucitar a un muerto, increpar al mar y otras obras parecidas, y después que recibieron de palabra y de obra una demostración suficiente de la divinidad de Jesús. Los envía el Señor primeramente a Judea, como a una escuela, para que, ejercitados en ella, aprendieran a luchar contra todas las naciones y por eso los trata como a débiles pajarillos a quienes excita la madre al vuelo. Para que no creyeran los judíos que Jesús les tenía odio por haberle ellos ultrajado y haberle llamado poseído del demonio, tuvo El particular empeño en corregirles, prohibiendo a sus discípulos cualquier otro ministerio y enviándoles médicos y doctores. No sólo prohibió a sus discípulos el que anunciaran el evangelio a otros, antes que a los judíos, sino que ni les permitió el que viajaran por los caminos que van a donde estaban los gentiles, por las palabras: "No vayáis por los caminos de los gentiles". Los samaritanos eran más fáciles de convertir al evangelio. Sin embargo, Jesús no quiso que se predicase el evangelio a los samaritanos antes que a los judíos, y por eso les dijo: "No entréis en las ciudades de los samaritanos". ¿Por qué? Yo creo que por esto mismo: porque los judíos eran enemigos, y los samaritanos no, y por eso había que empezar estratégicamente por los judíos. Separando él a sus discípulos de los samaritanos, y mandándoles a los hijos de Israel, a quienes llama "ovejas que perecen" y no "ovejas que se separan", nos significa el Señor cómo él puso en juego todos los medios para perdonarles y atraerlos. Ved aquí la grandeza del ministerio, y la dignidad de los apóstoles, y cómo Jesús no les manda, como a Moisés y a los profetas, que anuncien cosas sensibles, sino cosas nuevas y fuera de la opinión de los hombres. En efecto, aquellos anunciaron los bienes de la tierra, y éstos el reino del cielo y cuantos bienes se encierran en él, para que el respeto a la fe se extendiera por todas partes. Dios suele hacer esos prodigios cuando los males han adquirido toda su manifestación, porque entonces es cuando hace ver su poder. Ved aquí cómo el Señor atiende a las costumbres no menos que a los milagros, para darnos a entender que, sin las costumbres, de nada valen los milagros. Ved cómo abate el orgullo de sus discípulos con estas palabras: "Recibisteis gratuitamente", a forma de decirles: Os mando que estéis limpios de toda afición al dinero. Ved cómo, para demostrarles que ellos nada dan de sí mismos, les dice "recibisteis gratuitamente", que es como si dijera: Nada dais vosotros de lo vuestro en aquello que distribuís, porque no lo habéis recibido ni por vuestro trabajo, ni como por salario vuestro y puesto que es una gracia mía, dadla como tal a los otros, porque no es justo recibáis por ella precio alguno.

"No queráis poseer en vuestros cintos oro, ni plata, ni dinero. No llevéis en vuestros viajes alforja, ni dos túnicas, ni calzado, ni báculo, porque el operario merece que se le alimente"

3. El Señor, después de prohibir comerciar con las cosas divinas, arranca la raíz de todos los males con estas palabras: "No queráis poseer oro, ni plata". Este precepto tiene por objeto tres cosas. Primero, elevar a sus discípulos sobre toda sospecha. Segundo, dejarles libres de todo cuidado, a fin de que puedan emplear todo el tiempo en la predicación. Tercero, manifestarles su poder, por lo que después les dijo: "¿Por ventura cuando os mandé sin saco y sin bolsillo os faltó cosa alguna?" (Lc 22,35). ¡Dichoso cambio, que en lugar del oro, de la plata y de otras cosas parecidas, recibieron el poder de dar la salud a los enfermos, de resucitar a los muertos y de otras cosas semejantes! Por eso les dijo "no poseáis oro ni plata", y "limpiad leprosos, arrojad demonios". Por esto se ve que Jesús, de hombres, por decirlo así, hizo ángeles, dejándoles libres de toda solicitud por las cosas de esta vida, a fin de que no tuvieran más cuidado que el de la predicación y aun quitándoles este cuidado con aquellas palabras: "No estéis inquietos por lo que habéis de hablar", porque lo que os parece pesado y difícil, os será muy ligero y fácil. Nada hay más dulce, que el no tener cuidado de ningún género y sobre todo si se puede tener la confianza de que lo podemos poseer todo sin desear nada, con la presencia de Dios que siempre está atento a todas nuestras necesidades. Era conveniente que los discípulos alimentasen a los apóstoles, de quienes recibían la enseñanza, para que no despreciasen a estos últimos, con el pretexto de que ellos nada recibían y lo daban todo y para que no los abandonasen como cosa despreciable. Para que los apóstoles no dijeran que se les manda a vivir mendigando, y de esta manera no se avergüencen, los llama operarios, y les dice que "el operario es digno de un salario". Para que no se formasen ellos la idea de que, porque su ministerio era verbal, carecía de importancia, les dice: "El operario es digno de su alimento". No determinan estas palabras la clase de recompensa de que es digno el trabajo apostólico, sino que dan una regla de conducta a los apóstoles, a fin de que puedan convencer a los que atienden a sus necesidades, que todo lo que dan lo dan por un derecho de justicia.

"En cualquier ciudad o villa en que entrareis, preguntad qué persona digna se encuentra en ella, y permaneced en ella hasta vuestra marcha. Saludad, al entrar en la casa, con las palabras: La paz sea en esta casa. Si esa casa fuere efectivamente digna, vuestra paz vendrá sobre ella. Si no lo fuere, vuestra paz volverá a vosotros. Si alguno no os recibiere, ni oye vuestras palabras, sacudid el polvo de vuestros pies, y marchaos de la casa o de la ciudad. Os digo que Sodoma y Gomorra serán mejor tratadas en el día del juicio que esa ciudad"

4. No debe creerse que, por las anteriores palabras del Señor ("digno es el operario de su sustento"), ya todas las puertas quedaban abiertas a los discípulos. Les manda, por el contrario, que tengan mucha prudencia en la elección de la hospitalidad, por las palabras: "En cualquier ciudad o aldea en que entrareis, informaos primero de quién habita en ella". ¿Por qué razón, pues, permaneció el Señor en casa de un publicano? Sin duda, porque lo merecía el publicano por su conversión. Y no sólo cedió en utilidad de los apóstoles esta determinación del Señor, sino que contribuyó hasta en el modo de ser tratados. Porque si es digno del evangelio el dueño de la casa, indudablemente dará a los apóstoles cuanto necesiten, especialmente si éstos no exigen más que lo puramente necesario. Observemos, pues, cómo al mismo tiempo que Jesús despoja a sus discípulos de todas las cosas se las da todas, permitiéndoles la estancia en la casa de aquellos a quienes enseñaban. De esta manera quedaban los apóstoles libres de todo cuidado y persuadían a los demás de que el objeto de su venida a sus casas era su salvación, puesto que, si ellos nada llevaban consigo, tampoco exigían más que lo necesario, ni entraban indistintamente en todas las casas: quería el Señor que se distinguiesen sus discípulos más bien por la virtud, que por el poder de hacer milagros y no hay cosa en que más brille la virtud, que en no usar de lo superfluo. Es digno de observación el no haber dado Jesús todas las cosas a sus discípulos, puesto que no les dio el conocimiento de las personas dignas, sino que les manda las examinen. Y no sólo les manda que las examinen, sino que, una vez hecha la elección, les prohíbe el cambiar de casa, por aquellas palabras: "Permaneced allí hasta vuestra marcha", a fin de no entristecer al que os recibe y de que no os tengan por ligeros y aficionados a la gula. Les enseña el Señor que no esperen, fundados en que son los predicadores, que se adelanten otros a saludarlos, sino que ellos para honrarlos deben adelantarse. Les hace ver en seguida que su saludo es una verdadera bendición, según aquellas palabras: "Y si no fuere digna".

"Mirad, os envío como ovejas en medio de los lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas. Guardaos de los hombres, porque os harán comparecer en sus asambleas, os azotarán en sus sinagogas y os conducirán a los gobernadores por causa mía. Así serviréis de testimonio, ante ellos y ante las naciones"

5. Cristo, después de haber alejado de los apóstoles todo género de preocupaciones, y de haberlos armado con el brillo de sus milagros, les anunció con anticipación los males que les amenazaban. Lo hace así por 4 motivos. Primero, para que aprendieran la virtud de su presciencia. Segundo, para que no sospecharan que los males que experimentaban eran resultado de la incapacidad del maestro. Tercero, para que no quedasen ellos al sufrir esos males, admirados, como si dichos tormentos les acontecieran inopinadamente y fuera de lo que esperaban. Cuarto, para que oyéndolo ahora no tuvieran miedo en los días de los tormentos. Les da en seguida las reglas para este combate, enviándolos desprovistos de todo y mandándoles exijan su alimento de aquellos a quienes evangelizan y no se para en esto, sino que pasa más adelante y les hace ver su poder con las palabras: "Os mando como a ovejas en medio de los lobos". En estas palabras debemos considerar, que no los manda simplemente "a donde están" los lobos, sino "en medio de" los lobos. De esta manera, venciendo las ovejas a los lobos y existiendo en medio de ellos y no pereciendo a pesar de sus mordeduras, sino atrayéndolos a sí mismos, hace ver de un modo más claro su poder. Ciertamente, causa más admiración la transformación de sus mentes, que el hacerlas perecer. La dulzura, les dice, es lo que debéis desplegar en medio de los lobos. El consuelo de todos los males lo tenían ellos en el poder de aquel que los enviaba, por eso les dijo lo primero de todo: "Yo os envío" que equivale a si dijera: No os asustéis porque os envíe en medio de los lobos, porque puedo yo hacer que no sufráis daño alguno, y no sólo el que vosotros os mostréis superiores a los lobos, sino el que seáis más terribles que los leones. Conviene que así suceda, porque de esta manera os haréis más ilustres y se extenderá más mi poder. En seguida, a fin de que ellos pusieran algo de su parte y no creyesen que serían coronados sin mérito alguno, añade: "Sed prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas". Así como para no ser heridos en cosas de importancia, conviene tener la astucia de la serpiente, así también cuando nos vemos precisados a sufrir cosas injustas, no debemos abrigar el deseo de la venganza, sino desplegar la sencillez de la paloma. ¿Qué puede haber más duro que estos mandatos? Porque no basta sufrir los males, sino que es preciso no alterarse por ellos como hace la paloma. No se quita la ira con la ira sino con la dulzura. Causa admiración el que unos hombres, que jamás se habían separado del lago donde se ocupaban en pescar, no se marcharan inmediatamente que oyeron semejantes cosas. Pero esto no era efecto sólo de su valor, sino resultado de la sabiduría del Doctor, que puso el remedio a cada uno de los males. Por eso dice "a causa mía", porque no es pequeño el consuelo de sufrir por Cristo y el de no ser perseguidos como hombres malvados y perjudiciales. También les dice el motivo de sus persecuciones: "para que les sirva de testimonio". Esto les servía de consuelo, no porque desearan ellos el castigo de otros, sino porque tenían la convicción de que Cristo estaba con ellos y lo presenciaba todo.

"Cuando os entregaren, no penséis en el modo y en lo que habéis de hablar, porque os será dado en aquella hora lo que habéis de hablar. No seréis vosotros los que habláis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará en vosotros"

6. A los consuelos anteriores añade el Señor otro nuevo y no pequeño. Posiblemente, los apóstoles se dirían: ¿Cómo es posible que nosotros podamos persuadir, en medio de tales persecuciones? Por eso, Jesús les manda que no se preocupen con las respuestas, y les dice: "Cuando os entregaren, no os preocupéis en el modo de hablar o en lo que habéis de decir". Cuando el Señor dice aquí "no os preocupéis con lo que habéis de hablar", estas palabras no están en oposición con las que se dice en otro lugar: "Estad siempre preparados a satisfacer a los que os pregunten y a exponerles los motivos de vuestra esperanza" (1Pe 3,15). ¿Por qué? Porque cuando la lucha es entre amigos, debemos preocuparnos de lo que debemos decir, mas delante de un tribunal terrible, y de una turba exaltada, o cuando nos vemos rodeados de peligros por todas partes, Cristo mismo será quien nos dé el auxilio, para que hablemos con confianza y para que no cedamos al miedo.

"El hermano entregará a su hermano, y el padre a su hijo, y los hijos se insurreccionarán contra sus padres y los harán morir. Os tendrán odio todos los hombres, a causa de mi nombre. En todo caso, el que perseverare hasta el fin, ése será salvo"

7. Añade en seguida Jesús lo más horrible de todo, diciendo: "Os tendrán odio todos los hombres", y se empeñarán en arrojaros de todas partes, como si fuerais enemigos del género humano. Tras decir esto, Jesús los consuela en seguida, con las palabras "a causa de mi nombre" y con aquellas otras: "El que perseverare hasta el fin, será salvo". Dice "hasta el fin", porque acostumbran muchos a tener mucho fervor al principio y luego decaen completamente, y ¿qué utilidad se saca de las semillas que dan flores al principio y después se secan? Por esta razón les exige Jesús una perseverancia suficiente, a fin de que nadie pueda decir que todo lo hizo Cristo en los apóstoles, y que nada tiene de particular que ellos hicieran tales cosas, puesto que ninguna incomodidad sufrieron (salvo la de perseverar). Si bien es cierto que habían salido bien de los primeros peligros, aun tenían reservados otros mayores y después vendrían otros nuevos y no tendrían durante su vida momento alguno sin estar rodeados de emboscadas: y esto es lo que les da a entender, aunque de una manera oculta, por las palabras "el que perseverare hasta el fin, será salvo".

"Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra. En verdad, que no habréis acabado de instruir todas las ciudades, antes de que llegue el Hijo del hombre"

8. Después de haberles hecho las terribles profecías de lo que había de acontecer después de su crucifixión, de su resurrección y de su ascensión, Jesús conduce a sus apóstoles a otros pensamientos más dulces. En concreto, no les mandó que fueran con arrogancia a la persecución, sino que huyeran de ella. Estas son sus palabras: "Cuando os persiguieren, huid". Jesús usa este lenguaje condescendiente porque estaban ellos aún al principio de su conversión. Con todo, es posible que los apóstoles se preguntaran: ¿Y si vamos a otro país cuando nos persiguen, y de éste también nos arrojan? Ante este dilema, el Señor desvanece sus dudas diciendo: "En verdad, os digo que no habréis recorrido todas las ciudades de Israel, hasta que llegue el Hijo del hombre". Es decir, no llegaréis antes que yo cuando venga por vosotros, aun cuando recorráis todo Israel.

"No está el discípulo sobre el maestro, ni el siervo sobre su señor. Le basta al discípulo el ser como su maestro, y al siervo como su Señor. Si al Padre de familia lo llamaron Beelzebú, ¿con cuánta más razón darán ese nombre a sus domésticos?"

9. Como era natural que por las persecuciones ya anunciadas quedaran los discípulos en mal concepto (cosa sumamente bochornosa para muchos), Jesús los consuela con su propio ejemplo y con lo mucho que de él dijeron, que es el mayor consuelo que podían tener. Deben entenderse estas palabras ("el discípulo no está sobre el maestro, ni el siervo sobre el amo"), pues, en cuanto a la posición. Además, aquí no sirve oponer a esto ningún tipo de excepciones raras, sino que estas palabras deben aplicarse a lo que generalmente sucede. Literalmente, Jesús no dijo siervos sino domésticos, a fin de manifestar la familiaridad que tenía con ellos y según se lee en otro lugar: "No os llamaré siervos, sino amigos" (Jn 15,15). Sobre la última frase, no sólo dice Jesús que muchos han ultrajado al Maestro, sino que le han llamado Beelzebú, marcado así hasta la última clase de ultraje.

"No les temáis, porque nada hay oculto que no sea revelado, ni secreto que no sea sabido. Decid a la luz lo que yo os he dicho en la oscuridad, y predicad sobre las azoteas lo que vuestros oídos han oído. No temáis a los que matan al cuerpo mas no pueden matar al alma. Antes bien, temed a aquél que puede arrojar al infierno al cuerpo y al alma"

10. A primera vista, parece que tiene un sentido general lo que dice aquí Jesús. Sin embargo, no lo dijo de todos, sino solamente de aquellos de que habló antes, a forma de decir: Si vosotros sufrís oyendo los ultrajes, tened presente que bien pronto quedaréis libres de toda sospecha, y: Os llamarán adivinos y magos y seductores, pero esperad un poco y veréis como, cuando la misma realidad de las cosas os declare bienhechores y atiendan ellos a la verdad de las cosas y no a las habladurías de los hombres, os proclaman ellos mismos salvadores de todo el género humano. Después que les quitó el miedo, y les hizo superiores a los oprobios, Jesús habla del tiempo oportuno de la libertad de la predicación, diciéndoles: "Lo que os digo en las tinieblas". En otra ocasión, ya Jesús les había dicho que "el que cree en mí hará las obras que yo hago, y aún mayores" (Jn 14,12). En el caso presente, aquí muestra de qué manera todo es obrado a través de ellos, más que por sí mismos, a forma de decir: Yo di el principio, pero quiero culminarlo a través de vosotros. En efecto, esto no sólo concierne al que manda, sino también a los que enseñen y prediquen, porque triunfarán sobre todo. Mirad el modo de que se valió para hacerlos superiores a todos. Sobre todo, cómo les aconsejó a despreciar, por temor a Dios, no sólo las preocupaciones y las calumnias y los peligros, sino lo que es aun más terrible que todo esto: la misma muerte. De hecho, es por eso que añade: "Temed más bien a aquel que puede arrojar al infierno". Observad que no les promete Jesús librarlos de la muerte, sino que les aconseja despreciarla, que es mucho más que librarlos de la muerte, insinuando con ello el dogma de la inmortalidad.

"¿Por ventura no se venden dos pájaros por un cuarto, y no cae ninguno de ellos sobre la tierra sin el consentimiento de vuestro Padre? De igual modo, todos los cabellos de vuestra cabeza están contados. No temáis, porque vosotros sois mejores que muchos pájaros"

11. Después de haberles quitado Jesús el miedo a la muerte, a fin de que no creyeran los apóstoles, si morían, que Dios les había abandonado, insiste de nuevo en su sermón sobre la providencia de Dios, diciendo: "¿Por ventura no son vendidos dos pájaros en un cuarto y ninguno de ellos cae sin el consentimiento de vuestro Padre?". Esto fue lo que dijo Jesús, mas no porque él hubiese contado los cabellos, sino para expresar su exquisito conocimiento y su mucha providencia sobre todas las cosas.

"A todo el que me confesare delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre celestial. Al que me negare delante de los hombres, también le negaré yo delante de mi Padre celestial"

12. Después de disipar el Señor el temor que tanto angustiaba el alma de sus discípulos, vuelve de nuevo a darles fuerzas con las cosas que han de conseguir. No solamente les desvanece todo temor, sino que los eleva, con la seguridad de mayores recompensas, en la libertad de predicar la verdad, diciendo: "A todo el que me confesare delante de los hombres, yo confesaré delante de mi Padre celestial". Debe considerarse aquí que la pena sobreabunda en el castigo y el bien en la recompensa, que es como si dijera: ¿Sobreabundasteis primero confesándome o negándome aquí?, y: También yo sobreabundo infaliblemente, dándoos mayores bienes y confesándoos o negándoos allí, y: Por esta razón no os debéis preocupar si hiciéreis algún bien y no recibiéreis la recompensa, porque esta recompensa os espera con creces en el tiempo venidero, y: No despreciéis el castigo si hiciéreis alguna cosa mala y no fuéreis castigados aquí, porque os espera allí el castigo, a no ser que mudéis de conducta y os hagáis mejores. En definitiva, no sólo exige Jesús la confesión mental, sino también la oral, a fin de que nos anime a una intrépida predicación y a un amor más grande, haciéndonos superiores a nosotros mismos. Y no sólo dirigen estas palabras a los apóstoles, sino a todos los hombres en general, porque no sólo a los apóstoles, sino también a sus discípulos, les da la fortaleza. El que observa esto ahora, no sólo tendrá la gracia de hablar en público, sino que tendrá también la de convencer con facilidad a un gran número, porque por la obediencia a su palabra ha hecho de muchos hombres apóstoles.

"No creáis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer la paz, sino la espada, porque yo he venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra. Los enemigos del hombre serán sus propios domésticos"

13. ¿Cómo mandó Jesús a los discípulos que diesen la paz a las casas donde entrasen (Mt 10,12; Lc 10,5)? ¿De igual manera que los ángeles dijeron "paz a los hombres en la tierra" (Lc 2,14)? Yo creo que no, porque aquí se manda la paz como el supremo remedio para evitar todo lo malo y alejarse de todo lo que produce la división, y no sólo porque con la paz se une la tierra con el cielo. El médico, a fin de conservar el cuerpo, corta lo que tiene por incurable. Es más, una horrorosa división fue la que tumbó la Torre de Babel y la paz infernal que allí había (Gn 11). Por su parte, San Pablo dividió a todos los que se habían unido contra él (Hch 23), porque no siempre la concordia es buena y los ladrones también se unen. No es del propósito de Cristo, por supuesto, este combate, sino de sus enemigos. Por eso dijo esto Jesús, como forma de consolar a los discípulos y como si les hubiera dicho: No os turbéis si estas cosas sucedieran fuera de lo que esperabais, porque yo he venido a dar principio al combate. En concreto, Jesús no dijo "el combate", sino lo que es más difícil: "la espada". Porque quiso Jesús, por la aspereza de las palabras, excitar más su atención, a fin de que no desmayasen después en las dificultades que se les presentarían y para que nadie pudiera decir que había ocultado con expresiones suaves las cosas difíciles. Porque vale más la dulzura en las cosas que en las palabras. No se detuvo él en estas amenazas, sino que les expuso desde luego la clase de combate que habían de sostener y les manifestó que el combate era más terrible que toda una guerra civil, diciendo: "He venido a separar al hombre de su padre y a la hija de su madre"; en cuyas palabras hace ver que, no solamente será el combate en el hogar de la familia, sino hasta entre aquellos que estén más estrechamente unidos por los lazos del corazón o la naturaleza de las cosas: la prueba más evidente del poder de Cristo consiste en que los Apóstoles que escuchaban estas palabras las tomaran para sí y las inculcaran a otros. Aunque no hizo Cristo esta separación, sino la malicia de los hombres, se la atribuye sin embargo a él, siguiendo la manera ordinaria de expresarse la Escritura. Así, por ejemplo, cuando dice "Dios les dio ojos para que no vieran" (Rm 11; Is 6,10), da a entender el parentesco que el Antiguo Testamento tiene con el Nuevo Testamento, porque cualquiera de los judíos, igual que hicieron con el becerro de oro (Ex 32), y después cuando ofrecieron sacrificios a Beelphegor (Nm 25), podría asesinar a su prójimo. De ahí que, para demostrar que le parecían iguales los del Antiguo Testamento y los del Nuevo Testamento, hace Jesús mención de la profecía de Miqueas (Miq 7), diciendo: "Serán enemigos del hombre sus mismos domésticos". En efecto, así sucedió entre los judíos, cuando hicieron bandos en el pueblo y las casas estuvieron divididas, pululando los profetas falsos junto con los verdaderos y creyendo unos a unos y otros a otros.

"El que ama al padre o a la madre más que a mí, no es digno de mí. El que ama al hijo o a la hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que busque salvar por sí mismo su alma, la perderá, y el que perdiere su alma por mí, la hallará"

14. No nos debe admirar que mande San Pablo obedecer a los padres sobre todas las cosas (Col 3), porque este mandato no se extiende a las cosas contrarias a la piedad. Es algo santo, en efecto, que a los padres les honremos sobremanera, pero no debemos seguir su consejo cuando exigen de nosotros más de lo debido. Esta doctrina es conforme con el Antiguo Testamento, porque no solamente manda Dios abandonar, sino también apedrear a los que adoraban a los ídolos (Lv 20), y en el Deuteronomio se lee: "El que dijere a su padre y a su madre: No os conozco y a sus hermanos: os ignoro, todos éstos guardarán tu palabra" (Dt 33,9). En seguida, con el objeto de que no tuvieran pena alguna aquellos a quienes debe ser preferido el amor de Dios, Jesús los eleva él a pensamientos más sublimes, a forma de decirles: Nada hay más querido en el hombre que su vida, mas si no renunciáis a ella tendréis adversidades. Y no sólo mandó simplemente abandonarla, sino hasta entregarla a la muerte y a los tormentos sangrientos, enseñándonos que no sólo debemos estar preparados a morir, esto es, a sufrir cualquier clase de muerte, sino hasta la muerte más violenta y deshonrosa (es decir, hasta la muerte de cruz, pues por eso dice "el que no toma su cruz"). Aun no les había hablado todavía Jesús de su pasión, los va preparando ya aquí, a fin de que acepten mejor sus palabras cuando trate de ella. Y puesto que a algunos podrían parecer demasiado duros estos preceptos, él expone su enorme utilidad mediante las siguientes palabras: "El que quiera salvar su vida la perderá, y el que la haya perdido por mí la hallará", que equivale a decir: No sólo no es perjudicial lo que os he mandado, sino sumamente útil, pues lo contrario es perjudicial. Como se ve, siempre el Señor toma sus argumentos de aquellas cosas que más desean los hombres, como si dijera: ¿Por qué no quieres postergar tu alma? ¿Porque la amas? Pues por lo mismo deberías humillarla, y entonces te sería más útil.

"El que os recibe a vosotros, a mí me recibe; y el que me recibe a mí recibe a aquél que me envió. El que recibe a un profeta recibirá la recompensa de profeta. El que recibe a un justo recibirá la recompensa de justo. Cualquiera que diere a beber un vaso de agua fresca, a uno de mis discípulos, os digo en verdad que no perderá su recompensa"

15. Verdaderamente, son suficientes estas promesas de Jesús para persuadir a todos los que recibieran a los apóstoles, pues ¿quién no recibiría con el mejor deseo a unos hombres que de esta manera estaban fortalecidos, que despreciaban todas las cosas y no tenían más objeto que la salvación de otros? Ya más arriba amenazó Jesús con castigar a todos los que no los quisieran recibir, y ahora promete recompensar a los que los reciben. Primero les promete tener la gran honra de recibir a Cristo y al Padre, cuando dijo "el que me recibe, recibe a Aquel que me envió", y ahora ¿qué cosa puede igualarse a este grande honor de recibir al Padre y al Hijo? Después de esta promesa, Jesús les promete otra en los siguientes términos: "El que recibe al profeta en nombre del profeta, recibirá la recompensa del profeta y el que recibe al justo". No dijo simplemente el que recibe "al profeta" o el que recibe "al justo", sino que añadió "en nombre del profeta" y "en nombre del justo". Es decir, no por su dignidad o por otro motivo temporal, sino porque es profeta o porque es justo. Recibirá recompensa de profeta y recompensa de justo, esto es, la que corresponde a aquel que acoge al profeta o al justo, o la que ha de recibir el profeta o el justo.

XI
Comentario de Mateo 11

Después de haber dado estas instrucciones a sus doce discípulos, Jesús comenzó a enseñar y predicar en las ciudades de ellos

1. La frase "pasó de allí a" indica que Jesús se apartó cuando envió a sus discípulos, a fin de que tuvieran ocasión y tiempo de poner en práctica cuanto les había ordenado. Es más, si él estuviera presente, o interviniera, nadie hubiera querido aproximarse a los apóstoles sino a Jesús.

Habiendo oído Juan en la cárcel las obras de Cristo, envió a dos de sus discípulos a decirle: "¿Eres tú el que has de venir, o esperamos a otro?". Jesús les dijo: "Id y anunciad a Juan lo que habéis oído y visto. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. Bienaventurado el que no fuere escandalizado en mí"

2. Todo lo que dice Jesús no era ignorado por Juan, pues esto es algo que el propio Juan había profetizado cuando dijo: "He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". Llamándole Cordero publica su muerte, y que él hará desaparecer el pecado mediante su cruz. Además, ¿cómo iba a ser Juan el gran profeta, si ignoraba las cosas propias de los profetas? De hecho, ya Isaías sabía que "fue llevado a la pasión como una oveja" (Is 53,7). Entonces, ¿por qué preguntó Juan "¿eres tú, por ventura, el que ha de venir?". En primer lugar, Juan no preguntó esto porque lo ignorara, pues ya Juan lo había anunciado, y mientras Juan estuvo con los suyos les hablaba continuamente de todo lo relativo a Cristo, y les recomendaba la fe en Cristo. En segundo lugar, Juan dijo esto porque se acercaba su muerte y no quería dejar a sus discípulos separados de Cristo, y vio el momento de aumentar su celo. En tercer lugar, preguntó esto para provocar que Jesús no quisiese despachar a sus discípulos, y los convenciera y se los ganara por sí mismo, y no ya por lo que decía Juan. ¿Qué hizo, pues, Juan, al preguntar esto? Esperaba que sus discípulos oyeran por sí mismos, y vieran por sí mismos, los milagros que hizo Jesús. No manda Juan a todos sus discípulos, sino solamente a los dos, los más a propósito para convencer a los demás y disipar toda sospecha, y que los datos positivos marcasen la diferencia inmensa entre él y Jesús. Esto hizo Juan, mas ¿qué hizo Jesús? Jesucristo, conociendo las intenciones de Juan, no dijo "yo soy", porque esto hubiera sido oponer una nueva dificultad a los que le oían, y éstos hubieran pensado para su interior: "Tú das testimonio de ti mismo y por ti mismo" (Jn 8,13). Por esa razón, Jesús los instruye con los milagros, y con una doctrina incontestable y muy clara: el testimonio de las realidades, que tiene más fuerza que el de las palabras. Por eso aludió a los ciegos, a los cojos y a otros muchos, no para ilustrar a Juan (que ya lo sabía) sino a aquellos que le ponían en duda. Respondiendo a la pregunta, pues, esto fue lo que les dijo Jesús: "Id y decir a Juan lo que habéis oído y lo que habéis visto. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son curados, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados". Sobre lo que añade ("bienaventurado el que no se escandalizare en mí"), hiere a los enviados de Juan, posiblemente porque en su interior ocultaban sus dudas. Por eso Jesús los hiere, para dejarlos al tribunal de su conciencia.

Cuando se marcharon los discípulos de Juan, Jesús comenzó a hablar a las turbas acerca de Juan, diciendo: "¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿A una caña agitada por el viento? ¿A un hombre vestido de ropas delicadas? Mirad, los que visten ropas delicadas están en las casas de los reyes. ¿Qué fuisteis a ver? ¿A un profeta? Así es, y más que a un profeta, porque éste es de quien está escrito: Mira, yo envío a un ángel mío ante tu rostro, y éste preparará el camino delante de ti"

3. Jesús había hecho lo suficiente con respecto a los discípulos de Juan, y éstos se marcharon completamente convencidos acerca de Cristo por los milagros que habían visto. Cuando se marcharon, Jesús convino en reanudar su enseñanza a las turbas que, desconociendo las intenciones de Juan, podrían tener algunas dificultades sobre las preguntas de los discípulos de Juan. Podían efectivamente decir: Quien tanto ha testimoniado sobre Cristo, ¿piensa de otra manera y duda que el mismo sea otro? ¿A qué vienen tantos testimonios en favor de Cristo? ¿Ahora piensa de una manera diferente y duda si realmente es el mismo? ¿Es por espíritu de oposición por lo que él hace estas preguntas a Jesús mediante sus discípulos? ¿Es que la prisión había causado tanta debilidad en su alma? ¿Es que lo que dijo antes no tenía solidez ni razón de ser? En seguida que se marcharon los discípulos de Juan, y para que no se creyera que adulaba al hombre, corrige Jesús al pueblo, pero no de manera que pudiera abrirle el camino de la sospecha, sino conduciéndolo por el de la solución de todas sus dudas. Al manifestar Jesús que conocía hasta los secretos, ellos comenzaron a dudar, mas por eso no les dijo Jesús lo que había dicho a los judíos ("¿por qué pensáis mal?"; Mt 9,4). Si pensaban alguna cosa mala, era esto resultado de su ignorancia y no de su malicia, por eso no les habla con dureza, sino que les responde en favor de Juan, haciéndoles ver que éste no se separó de su primera opinión. Y les enseña esto, no sólo con su palabra, sino con el testimonio de ellos mismos y no sólo por lo que ellos dijeron, sino por lo que practicaron y. Por eso dice: "¿Qué fuisteis a ver en el desierto?", como si dijera: ¿Por qué os reunisteis en el desierto abandonando las ciudades? Porque no se hubiera reunido con tan gran deseo en el desierto una multitud tan numerosa si no hubiera juzgado que iba a ver a un hombre grande, maravilloso y más fuerte que una roca. Ved aquí cómo, pasando en silencio toda otra mala intención, quita de Juan la nota de ligereza, de que empezaban a dudar las turbas, diciendo: "¿Una caña agitada al viento?", a forma de decir: Vosotros mismos, con ir al desierto, dais a entender que no era Juan semejante a una caña movible. No puede ninguno decir que Juan era constante, pero que después, bajo el influjo de las pasiones, se hizo inconstante. En efecto, así como algunos son iracundos por naturaleza y otros por una enfermedad larga, así también unos son inconstantes por naturaleza y otros por la esclavitud a las pasiones. Pero Juan no era inconstante por naturaleza y por eso dice el Señor: "¿Por ventura fuisteis a ver una caña agitada por el viento?". Es decir, tampoco perdió Juan su dignidad entregándose a las pasiones. Que no fue esclavo de las pasiones lo demuestra su soledad y su prisión, porque si él hubiera querido vestir con comodidad, no hubiera habitado un desierto, sino los palacios de los reyes. Por eso sigue: "Ved aquí cómo están en los palacios de los reyes los que visten con molicie". Por el lugar donde vivía, y sus vestidos, y sus marcadas costumbres, y la confluencia de las gentes, concluye Jesús que Juan fue un profeta, y por eso dice: "¿Qué fuisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, y más que a un profeta". En seguida, demuestra Jesús en qué es mayor Juan a los otros profetas, diciendo: "Este es de quien está escrito: Yo os envío a un ángel mío delante de tu rostro". Demuestra así Jesús en qué es Juan mayor que los otros profetas, a saber: en que está junto a Cristo. De hecho, por eso dice "lo envío delante de tu rostro" y cerca de ti. Así como los que marchan junto a la carroza del rey son los más distinguidos, de esta manera Juan estaba cerca de Cristo.

"No nació entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan. No obstante, el menor en el reino de los cielos es mayor que él"

4. No se contentó Jesús con la recomendación que anteriormente había hecho de Juan, sino que expone la propia opinión que de él tiene en las palabras: "No nació uno mayor que él". A fin de que el exceso de las alabanzas no dé lugar a que los judíos prefieran más a Juan más que a Cristo, rechaza él esta preferencia, diciendo: "No obstante, el que es menor en el reino de los cielos es mayor que él". Dice "en el reino de los cielos", aludiendo a las cosas espirituales y a todo lo que está conforme a las cosas del cielo. Con todo, algunos herejes opinan que ¡no dijo esto Cristo por Juan, sino por los apóstoles!

"Desde el tiempo de Juan hasta el presente se consigue el reino de los cielos por la violencia, y aquellos que se violentan lo arrebatan. Así lo profetizaron todos los profetas y la ley, hasta Juan. Si lo queréis comprender, él es aquel Elías que ha de venir. El que tenga oídos para entender, que entienda"

5. Dicho esto de otro modo, la frase vendría a decir: Todos aquellos que se apresuran a ir a Cristo, arrebatan el reino de Dios por la fe de Cristo. De hecho, por eso dice Jesús "desde el tiempo de Juan hasta ahora". De esta manera, empuja Jesús hacia la fe en él, y confirma todo lo que había dicho antes Juan. En efecto, si se han cumplido todas las cosas hasta Juan, él es el que debe venir. Por eso añade "todos los profetas hasta Juan". A continuación, pone Jesús otra conjetura sobre su venida, diciendo: "Él es el Elías que tenía que venir", recordando la profecía de Malaquías que dice: "Os enviaré a Elías el Tesbita" (Mal 4,5), y: "Envío mi ángel delante de tu rostro". Esto lo dijo Jesús para quien quisiera comprender, dejando libertad y exigiendo una inteligencia voluntaria, dado que aquel es éste y éste es aquel, y los dos (Elías y Juan) han sido precursores.

"¿A quién diré que se parece esta generación? Es parecida a los niños que, sentados en la plaza, y gritando, dicen a sus compañeros: Hemos cantado por vosotros, y no bailáis, nos hemos lamentado y no lloráis. Cuando vino Juan, que no comía ni bebía, dijeron: Tiene el demonio. Ahora viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: Ved aquí al hombre voraz y bebedor, al amigo de los publicanos y pecadores. No obstante, la sabiduría ha sido justificada por sus hijos"

6. Con estas palabras, Jesús demuestra la vida licenciosa de esta generación, y que no se quieren convencer de lo contrario. Cuando dice "nos hemos lamentado y no llorasteis", Jesús alude a Juan, que llevó una vida dura de lamentos, y a que los judíos no le hicieron caso. No obstante, no dice Jesús "aquel ha hecho aquellas cosas y éste ha hecho éstas", aludiendo a Juan y a él mismo, sino que habla de los dos igualmente, porque los dos tenían la misma intención. En este sentido, añade que "vino Juan, que no come ni bebe, y decís que tiene un demonio", y que "ahora viene el Hijo del hombre, que come y bebe". Esto equivale a decir, más o menos: Juan y yo hemos venido por caminos diferentes, y hemos hecho lo mismo, del mismo modo que unos cazadores que para caer sobre un solo animal lo persiguieran por caminos diferentes. Todo el mundo se admira del ayuno y de la vida penitente de Juan, y porque quiso desde sus primeros años alimentarse de esta manera. No fue otro su objeto, que el que todos dispensaran confianza a sus palabras. También marchó el Señor por este camino cuando ayunó cuarenta días. Sin embargo, se valió de otro medio para atraer al pueblo a su fe. Porque era más digno que Juan, que había andado por este camino, diese testimonio de él, y no el que el mismo Señor lo hiciese. Juan no hace más que manifestar dos cosas: la vida y la justicia. Cristo tiene el testimonio de sus milagros. Dejando, pues, que brillase Juan en el ayuno, Jesús siguió otro camino, asistiendo a la mesa de los publicanos, comiendo y bebiendo con ellos. ¿Qué excusa tendrán, pues? Por eso añade que "la sabiduría está justificada por sus hijos". Esto es, si no os habéis convencido, no me culpéis a mí, que es lo que dice David, acerca del Padre: "A fin de que seas justificado en tus palabras" (Sal 50,6). Aunque para vosotros no satisfaga la providencia de Dios, que vela por nosotros y colma en nosotros cuanto está de su parte, a fin de que no quede a los impíos ni la más pequeña sombra de duda. No nos debe admirar la vulgaridad de la comparación de los pequeños, porque Jesús hablaba a un pueblo necio. También Ezequiel (Ez 4,5) se sirvió de muchas comparaciones dignas de los judíos, pero indignas de la grandeza de Dios (esto es, de comparaciones adaptadas a la condición de los judíos, pero no convenientes a la grandeza divina), a no ser que se diga que, lo que responde a la utilidad del ser humano, es en gran manera digno de Dios.

Jesús empezó a echar en cara, a las ciudades en las que había hecho tantos milagros, que no habían hecho penitencia. Esto decía: "Ay de ti, Corazaín, ay de ti, Betsaida, porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se hicieron en vosotras, ya hubieran hecho penitencia con el cilicio y la ceniza! Poe ello, habrá más indulgencia en el día del juicio para Tiro y Sidón que para vosotras. Y tú, Cafarnaum, ¿serás exaltada por ventura hasta el cielo? Bajarás hasta el infierno, porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, quizás hubiera existido hasta este día. En el día del juicio, habrá más indulgencia para Sodoma que para ti"

7. Cita Jesús a Betsaida, patria de muchos apóstoles, a fin de que no se creyera que en esa ciudad eran todos malos por naturaleza. De Betsaida, en efecto, eran Felipe, Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Aumenta aquí Jesús su acusación al presentar a los betsaidenses como peores, y no sólo que los actuales sino de aquellos que jamás habían sido malos, como prueba muy grave de su malicia.

"Te doy gracias, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes, y las revelaste a los pequeñuelos. Así es, oh Padre, lo que a ti te ha parecido mejor"

8. Al decir "a los sabios", no se refiere Jesús a la verdadera sabiduría, sino a aquella que pretendían tener los escribas y los fariseos. Por eso no dijo "revelaste estas cosas a los necios", sino "a los pequeñuelos", sencillos o rústicos. En esto nos enseña el cuidado que debemos tener de huir del orgullo y de amar la humildad. Debemos alegrarnos de que se haya hecho la revelación a éstos y debemos lamentar el que se haya debido ocultar a aquellos. Todo lo que el Señor dijo a los apóstoles en este pasaje, tiene por objeto el hacerlos más precavidos, porque era natural que tuviesen un concepto elevado de sí mismos, aquellos que lanzaban los demonios. De aquí el reprimir este concepto, porque cuanto se había hecho en su favor no era resultado de su celo, sino de la revelación divina. Por eso los escribas y los fariseos, teniéndose por sabios y prudentes, cayeron por efecto de su orgullo. De esto resulta que, si por su orgullo no les fue revelado nada, también nosotros debemos tener miedo y ser siempre pequeños, pues esto hizo que vosotros gozaseis de la revelación. Como dice San Pablo, a los soberbios "los entregó Dios a su réprobo sentido" (Rm 1,26). No dice esto para afirmar que Dios es el que produce ese efecto, pues Dios no hace mal, sino que aquellos fueron causa inmediata de ello. Por esta razón dice: "Ocultaste estas cosas a los sabios y a los prudentes". ¿Y por qué razón se las ocultó? San Pablo expone la razón en estos términos: "Porque queriendo establecer su propia justicia, no estuvieron sometidos a la justicia de Dios" (Rm 10,3).

"Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y a quien el Hijo lo quisiere revelar"

9. Después de haber dicho el Señor "te alabo, Padre, porque ocultaste estas cosas a los sabios", y a fin de que nadie creyera que da las gracias al Padre porque él está privado de ese poder, añade: "Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre". Cuando escuchéis que "todo me ha sido entregado por mi Padre", no entendáis nada humano, pues este modo de expresarse lo tiene el Señor para darnos a entender que no son dos los dioses engendrados, sino que desde el momento en que él fue engendrado, fue hecho Señor de todas las cosas. En el mismo hecho de no conocer nadie al Padre, sino el Hijo, nos prueba de una manera bien clara que es de la misma naturaleza, como si dijera: ¿Por qué ha de admirarse nadie de que yo sea Señor de todas las cosas, teniendo yo una cosa superior a todas ellas, a saber: el conocer al Padre y ser de su misma naturaleza? Cuando dice que "nadie conoce al Padre, sino el Hijo", no quiere decir que todos le desconozcan completamente, sino que nadie tiene el conocimiento que el Hijo tiene del Padre. Lo mismo debe entenderse con respecto al Hijo, porque no habla aquí de un Dios desconocido (como decía Marción). Luego si revela al Padre, se revela a sí mismo. Jesús dejó de poner esto último por ser evidente, y puso lo primero por si alguno lo ponía en duda. Nos demuestra también que está Jesús tan identificado con el Padre, que es imposible llegar al Padre, sino mediante el Hijo y esto era lo que principalmente escandalizaba a los judíos, porque lo creían contrario a la idea de Dios y esta creencia es la que trató de destruir por todos los medios.

"Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os aligeraré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis el descanso para vuestros corazones. Mi yugo es suave y mi carga es ligera"

10. Jesús había encendido el deseo de sus discípulos por todo lo que precede (que no es más que la expresión de su inefable virtud), y ahora los llama a sí por las palabras: "Venid a mí todos los que trabajáis y estáis cargados". Como veis, no dice "venid éste y aquel", sino "todos los que estáis" en las preocupaciones, en las tristezas y en los pecados. Venid, mas no para castigaros sino para perdonaros los pecados. Venid, mas no porque necesite de vuestra gloria, sino porque quiero vuestra salvación. Por eso dice "y yo os aligeraré". No dice "yo os salvaré" (en general), sino "os aliviaré", a forma de decir: Os colocaré en una completa paz. Como se ve, ya desde el principio comienza Jesús por exponer las leyes divinas por la humildad, y propone la recompensa en las palabras: "Y encontraréis la tranquilidad en vuestras almas". Esta es la mayor recompensa, porque con ello no sólo se hace uno útil para los demás, sino que encuentra en sí mismo la tranquilidad, y se concede esta recompensa antes de la que ha de dar en el tiempo venidero (donde se gozará una tranquilidad eterna). Finalmente, para que no se llenaran de temor al oír las palabras carga y yugo, Jesús añade: "Porque mi yugo es llevadero".

XII
Comentario de Mateo 12

Andaba Jesús un día de sábado por unos sembrados. Sus discípulos, como tuviesen hambre, comenzaron a cortar espigas y a comer. Los fariseos, cuando los vieron, dijeron a Jesús: "Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado". Jesús les dijo: "¿No habéis leído lo que hizo David cuando él tuvo hambre, y los que con él estaban? ¿Y cómo entró en la casa de Dios y comió los panes de la proposición, que no le era lícito comer, ni a aquellos que con él estaban, sino a los sacerdotes? ¿No habéis leído en la ley que los sacerdotes quebrantan los sábados en el templo, y están sin pecado? Pues bien, yo os digo que aquí está el que es mayor que el templo. Si supiéseis qué es misericordia, y no sacrificio, jamás condenaríais a los inocentes. El Hijo del hombre es Señor del sábado"

11. ¿Por qué aquel que preveía todas las cosas (Jesús) llevaba en día sábado a sus discípulos por los sembrados? ¿Es que quería violar el sábado? Lo quería, en efecto, pero no simplemente por violarlo, sino con causa. De tal manera nos daba una ocasión racional para superar la ley, pero sin infringirla. Por esta razón, a fin de calmar a los judíos, les presenta de antemano la necesidad natural, que es lo que quiere decir Mateo con las palabras "teniendo hambre sus discípulos". Por supuesto, nunca hay pretexto para cosas que manifiestamente son pecado, porque el arrebato no sirve de exculpación en el matar, ni en el adulterio la concupiscencia, ni cualquier otro motivo. Sin embargo, aquí exime Mateo de toda responsabilidad sus discípulos, mencionando que "estaban hambrientos". Debéis vosotros admirar a los discípulos que, a pesar de la necesidad en que se encontraban, no tenían interés por las cosas corporales, desestimaban la comida de carnes, resistían el hambre, no se separaban de Cristo, y ni siquiera hubieran tocado las espigas si no hubieran sido obligados por el hambre intenso. Vienen enseguida las palabras de los fariseos que, nada más verlo, le dijeron: "Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en el sábado". Pone aquí Jesús el ejemplo de David, a fin de excusar a sus discípulos, porque gozaba David de gran popularidad entre los judíos y nadie podía oponerse a David, ni aunque le fuera ilícito comer del pan consagrado, destinado exclusivamente para los sacerdotes. Tanta mayor importancia tiene la excusa de los discípulos cuanta mayor es la que tiene el que hizo esto. Además, aún en el caso de que David fuese profeta, los que le acompañaban no lo eran. Alguno dirá: ¿Qué relación tiene este ejemplo con la cuestión de que se trata? Y yo le respondo: ésta misma: que David no infringió el día del sábado. Aquí está la sabiduría de Cristo, que apoya su doctrina en un ejemplo que tiene más fuerza que la violación del sábado. Es más, no es lo mismo infringir el día sábado (cosa que acontecía muchas veces), que comer los panes consagrados (lo cual nunca estaba permitido). Resuelve además de otra manera Jesús esta dificultad, y da su principal solución con las palabras: "¿No habéis leído en la ley que los sacerdotes, en el templo, violan el día del sábado y no están en pecado?". No me digáis que no libra de la acusación el alegar como ejemplo a otro que ha caído en la misma culpa, porque cuando el que ha caído en la culpa no es acusado, su acción en sí misma está excusada. Aunque lo dicho aquí es suficiente, Jesús añadió lo que tiene más importancia: "que ¡están sin pecado!". Ved aquí la multitud de pruebas. El lugar es el templo, el tiempo es el sábado, el hecho es una profanación, la consecuencia es el quedar libre de toda culpa. Por eso dice Jesús "están sin pecado". Este segundo ejemplo no es semejante al primero, acerca de David, porque este último no había tenido lugar más que una sola vez, y tenía su excusa en la necesidad y en que David no era sacerdote. En cambio, el otro se verificaba cada sábado por los sacerdotes y según la ley. Por consiguiente, en el primer ejemplo los discípulos no son excusados por indulgencia, sino según la disciplina de la ley. Alguno dirá: Y los discípulos, ¿es que eran sacerdotes? Y yo le respondo: Son más que sacerdotes, porque asistían al Señor del templo, el auténtico y no una figura. De hecho, por eso dice Jesús "aquí está el que es mayor que el templo". En seguida, como podría parecer duro a sus oyentes lo que acababa de decir, se refiere de nuevo a la misericordia y recalca con cierto ímpetu su discurso con las palabras: "Si supieseis qué significa misericordia quiero, y no sacrificio, jamás condenaríais a los inocentes". Observad cómo, al inculcar en su discurso el perdón, Jesús demuestra que sus discípulos no requieren el perdón. ¿Por qué? Porque son inocentes, cosa que antes había dicho también respecto de los sacerdotes.

Jesús entró en la sinagoga, y había en ella un hombre que tenía la mano seca. Los fariseos, para acusar a Jesús, le preguntaron: "¿Es lícito curar en sábado?". Él les dijo: "¿Qué hombre habrá de vosotros que, si tiene una oveja, y si ésta cayere el sábado en un hoyo, por ventura no echará mano y la sacará? Pues bien, ¡cuánto más vale un hombre que una oveja! Así que sí, es lícito hacer el bien en sábado". Entonces dijo al hombre: "Extiende tu mano". Él la extendió, y la mano le quedó restituida

12. Los fariseos no preguntan para informarse, sino con la intención de acusar a Jesús en su respuesta. Por eso dice Mateo "para acusarle", aunque para esta acusación les bastaba el mismo hecho. Los fariseos trataban de sorprenderlo en las palabras, preparándole más sutilezas. Observad las varias excusas que da Jesús para la infracción del sábado. Como aquel hombre estaba incurablemente enfermo, Jesús pasa a su curación y le dice: Extiende la mano". Los fariseos, saliendo de allí, consultaban entre ellos cómo hacer morir a Jesús. Y Jesús, sabiéndolo, "se retiró" de aquel lugar. Muchos en pos de él, y él los sanó a todos, pero también les mandó que no le descubriesen, para que se cumpliese lo que fue dicho de él por el profeta Isaías, que dice: "He aquí mi siervo, que escogí, mi amado, en quien se agradó mi alma. Pondré mi espíritu sobre él, y anunciará justicia a las gentes. No contenderá, ni voceará, ni oirá ninguno su voz en las plazas. No quebrará la caña que está cascada, ni apagará la torcida que humea hasta que saque a victoria el juicio, y las gentes esperarán en su nombre" (Is 42). A fin de que no nos asustemos de la increíble insania de los fariseos, nos trae a la memoria Mateo la profecía que ya lo tenía predicho. Como se ve, era tan grande la solicitud de los profetas, en relación al mesías, que no omitieron nada de su vida, profetizando sus viajes, sus pasos y hasta la intención que tenía en todo, a fin de que estuviéramos convencidos de que el Espíritu Santo era el que hablaba todas estas cosas mediante los profetas. En efecto, si es imposible penetrar en el pensamiento del hombre, mucho más lo es en las intenciones del Señor, a no ser que las revele el Espíritu Santo. Por eso sigue diciendo Mateo "para que se cumpliese lo que fue dicho por Isaías. El profeta pone esto al principio para enseñarnos que todo lo que aquí se dice está conforme con el designio del Padre, que ama a su elegido según su voluntad. La palabra elegido nos da a entender que no es contrario a la ley ni enemigo de Moisés, sino conforme con él. Cuando se dice que "porque es amado por mí, pondré mi espíritu sobre él", en seguida dice el profeta, para manifestar su humildad, "no contenderá". En efecto, Jesús se ofreció como le pareció, y se presentó de buena voluntad a sus perseguidores. "No voceará" alude a que enmudecerá como el cordero delante del que lo trasquila: "No oirá nadie su voz en las plazas" alude a que quería el Señor curar a los judíos mediante su mansedumbre. Por ello dio ejemplo, y a pesar de que ellos se le resistían no los escarmentó destruyéndolos. Por eso dice el profeta, para evidenciar su tara y manifestar la virtud del Salvador, que "no romperá la caña cascada, y no apagará la mecha que humea" (Is 42,3). Aquí, la frase "no romperá la caña cascada" significa que le era a él tan fácil romperlos a todos como a una caña, y no como a una caña simplemente, sino como a una caña cascada. Respecto a las palabras "no apagará la mecha que humea", nos demuestra el profeta el encendido furor de los judíos, y la poderosa virtud de Cristo para extinguir con toda facilidad semejante furor, a través de la mansedumbre. Alguno dirá: ¿Y soportará hasta el fin, a quienes de esa manera le arman emboscadas? Y yo le digo: Lejos de nosotros tal modo de pensar, pues cuando haya cumplido con todo lo que tenía que hacer él se ocupará de todas esas otras cosas. Por eso declaró el profeta "hasta que saque a victoria el juicio". Cuando haya cumplido con su misión, entonces llevará a cabo Jesús la satisfacción perfecta. Cuando él haya levantado un brillante trofeo victorioso, y cuando su causa venza absolutamente, y no haya lugar a pretenciosas contradicciones, entonces resplandecerá su victoria, y sus enemigos recibirán su merecido. Con todo, la misión de Jesús no se limita sólo a castigar a los que no creyeron, sino a atraer hacia sí a todo el universo, pues "las naciones esperarán en él".

Le trajeron a Jesús un endemoniado ciego y mudo, y Jesús lo sanó, de modo que el endemoniado habló y vio. Todas las gentes se quedaron pasmadas, y decían: "¿Por ventura es éste el hijo de David?". Mas los fariseos, oyéndolo, decían: "Éste no expulsa los demonios, sino en virtud de Beelzebú, príncipe de los demonios"

13. Admirable es la maldad del demonio, que le cerró a este hombre las dos entradas por donde podía pasar la fe: la vista y el oído. Por eso, el Señor le abrió los dos y "lo sanó". Jesús, sabiendo los pensamientos de los fariseos, les dijo: "Todo reino dividido contra sí mismo será desolado, y toda casa dividida contra sí misma no subsistirá. Por ello, si Satanás expulsa a Satanás, y en sí mismo está dividido, ¿cómo mantendrá su reino?". Esos fariseos son los que poco antes habían levantado la calumnia de que Jesús arrojaba los demonios en nombre de Beelzebú. En aquel caso, Jesús no les reprendió, dejando que los milagros diesen a conocer su poder, y la doctrina misma su grandeza. En este caso, ahora los reprende porque perseveraban en su calumnia, aunque su acusación fuese sin motivo. La envidia no examina lo que dice, sino sólo para qué lo dice. Cristo, sin embargo, no los despreció, sino que les contesta con una mansedumbre llena de decencia, enseñándonos de esta manera a ser amables con los enemigos, y a no asustarnos aunque nos digan cosas que no reconocemos en nosotros, ni tengan motivo alguno para imputárnoslas. En lo cual prueba que era un embuste cuanto ellos dijeron de él, puesto que es imposible que el que tiene demonio aparezca con tanta mansedumbre, y que conozca los pensamientos. Y porque su sospecha no tenía fundamento alguno, y porque temían a la multitud, por eso no se atrevieron a publicar la acusación de Cristo, y sólo la revolvían en el fondo de sus pensamientos. Por esta razón dice "sabiendo sus pensamientos". No hizo el Salvador mención alguna en sus respuestas de lo que lo acusaban, ni publicó su malicia, se contentó con decirles que no era su voluntad el denunciar a los pecadores, sino el serles útil. Y no les contestó valiéndose de la Escritura, porque sabía que dando ellos a ésta una interpretación torcida, se burlarían de la Escritura. Por esta razón les responde Jesús con razones fundadas en el sentido común, según el ejemplo de que "todo reino dividido contra sí mismo se disolverá". En efecto, nada hay en la tierra más poderoso que un reino. Sin embargo, habiendo luchas intestinas en él, su final está próximo. Y si esto pasa en un reino, ¿qué sucederá en una ciudad, o en una casa? Esto mismo: que ya sea grande o pequeña, su úlcera interna la está devorando.

"Si yo expulso los demonios en virtud de Beelzebú, ¿en virtud de quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, serán ellos vuestros jueces. Si yo expulso los demonios, y lo hago por el espíritu de Dios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios"

14. Después de la primera solución, a la calumnia de que él era partidario de Beelzebú, pasa Jesús a otra más evidente, diciendo: "Si yo expulso los demonios en virtud de Beelzebú, ¿en virtud de quién los lanzan vuestros hijos?". Fijaos bien, porque no dijo el Señor "mis discípulos" ni "mis apóstoles" sino "vuestros hijos", a fin de ofrecerles una ocasión favorable a que volvieran a su dignidad, si así lo querían, y no tuviesen la más pequeña excusa para obstinarse en su ingratitud. En el caso de los apóstoles, éstos sí habían recibido de Cristo la facultad de expulsar demonios, y los expulsaban. Sin embargo, los fariseos no acusaban a los apóstoles, porque no era a las obras a quienes se presentaban ellos hostiles, sino a la persona. Por eso no pone Jesús el ejemplo de los apóstoles, para hacerles ver que todo cuanto decían de él era pura envidia. A continuación vuelve Jesús en seguida a inducir a los fariseos a que se reconozcan, haciéndoles ver que obran contra sus propios intereses, y son enemigos de su salvación, debiendo más bien alegrarse por haber encontrado a un mesías que derramaba sobre ellos grandísimos bienes. Por eso, sigue diciendo: "Si yo expulso los demonios en el Espíritu de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el reino de Dios". Estas palabras demuestran que es preciso tener, para expulsar demonios, no una gracia cualquiera, sino una gran virtud. Por eso forma Jesús el silogismo "luego ha llegado a vosotros el reino de Dios", que equivale a decir: Si esto es verdad, indudablemente ha llegado el Hijo de Dios. Esto último lo dice con cierta oscuridad, a fin de que no se asustasen. Y en seguida, para atraerlos, no les dice simplemente "ha llegado el reino de Dios", sino "ha llegado a vosotros", como si dijera: Os han venido todos los bienes, así que ¿por qué impugnáis vuestra salud? En definitiva, todos los profetas anunciaron, como señal de la llegada del Hijo de Dios, sus obras maravillosas.

"¿Cómo puede alguno entrar en la casa del fuerte y saquear sus alhajas, si primero no ata al fuerte? En ese caso, es cuando entonces podrá saquear su casa"

15. Tras la segunda respuesta de Jesús a los fariseos, respecto a que era partidario de Beelzebú, da ahora la tercera, diciendo: "¿Cómo puede entrar alguno en la casa del fuerte? ", como si dejara: Satanás no puede expulsar a Satanás, y tampoco un cualquiera puede expulsar a otro más fuere que él. Esto que dice ahora el Salvador es una continuación de lo que ha dicho antes, pero añadiéndole más fuerza, porque viene a decir: Estoy tan distante de servirme del diablo que, por el contrario, lo combato, lo tengo atado y le quito sus armas. De esta manera viene a demostrar Jesús lo contrario de lo que los fariseos decían, puesto que el objeto de éstos era demostrar que expulsaba los demonios por el poder de los demonios. Es más, Jesús les demuestra que no sólo ató a los demonios, sino al príncipe de los demonios. A mí me parece ser una profecía todo esto, porque no sólo expulsará Jesús a los demonios, sino que disipará el error de toda la faz de la tierra, y hará inútiles todos los esfuerzos del diablo en el futuro. Por eso no dice quitará, sino arrebatará, indicando que lo hará con fuerza. Es más, Jesús llama fuerte al diablo, para manifestar su tiranía frente a nuestra desidia.

"El que no está conmigo, está contra mí. El que no viene conmigo, desparrama"

16. Después de haber dado Jesús la tercera respuesta a los fariseos, respecto a que era partidario de Beelzebú, da aquí la cuarta, diciendo: "El que no está conmigo está contra mí", a forma de decir: El que no allega conmigo, ni está conmigo, ni es visto como que obra conmigo, ni expulsa los demonios conmigo, lo que desea, y más bien está haciendo, es esparcir todo lo que es mío. Respondedme aquí a esto: Si tuviera que pelear contra un agresor, y mi amigo se niega a ayudarme, ¿no será más bien un mal amigo, o ni siquiera es amigo? Pues bien, esto mismo es lo dijo ya el Señor en otro lugar, cuando dijo: "El que no está contra vosotros, está por vosotros" (Lc 9,50). Este pasaje no está en oposición con lo que se acaba de decir aquí, porque aquí habla del diablo (su enemigo), y allí de un hombre que estaba en parte con sus discípulos, y de quien ellos dijeron: "Hemos visto a un hombre que lanza en tu nombre los demonios" (Mc 9,37). Por lo visto, aquí Jesús quiso hablar de una manera oculta de los judíos, haciéndolos semejantes al diablo por estar en contra de él, y dispersar a sus discípulos.

"Todo pecado y blasfemia serán perdonados a los hombres, mas la blasfemia del Espíritu no será perdonada. Todo el que dijere una palabra contra el Hijo del hombre, le podrá ser perdonada, mas el que la dijere contra el Espíritu Santo no tendrá perdón ni en este siglo ni en el otro"

17. Después de haber respondido el Señor a los fariseos, ahora los atemoriza. En efecto, es parte importante en la corrección tanto excusarse como conminar. Según la primera interpretación, los judíos ignoraban quién era Cristo, pero sabían por experiencia quién era el Espíritu Santo, puesto que los profetas habían hablado de él. Por consiguiente, esto es lo que vino a decir aquí Jesús: Admito que pequéis contra mí, a causa de esta carne que me rodea, mas ¿cómo podréis decir del Espíritu Santo que no lo conocéis? Por esta razón, no se os perdonará vuestra blasfemia, y recibiréis aquí y allí el castigo, porque expulsar demonios y dar la salud son obras del Espíritu Santo. No me afrentáis, pues, a mí solo, sino al Espíritu Santo, y por lo mismo vuestra condenación aquí y allí será inevitable. En efecto, hay quienes pagan sus pecados en esta vida, como aquellos de quienes habla San Pablo (1Cor 11) y profanan los misterios cristianos. También hay quienes son castigados en el otro mundo, como el rico condenado del que habla Lucas (Lc 16). Y también hay quienes, como los judíos, que llevan una vida tan intolerable en este mundo, desde la Caída de Jerusalén, para quienes están reservados los castigos más severos.

"El árbol bueno da fruto bueno, y el árbol malo da fruto malo, porque el árbol es conocido por su fruto. Raza de víboras, ¿cómo podéis hablar de cosas buenas si sois malos? De la abundancia del corazón habla la boca, y por eso el hombre bueno saca buenas cosas de un buen tesoro, y el hombre malo saca malas cosas de sus malos tesoros"

18. Vuelve el Señor a repetir aquí sus ataques contra los judíos, con nuevos argumentos. No lo hace para librarse de su acusación (porque para esto ya bastaba lo dicho anteriormente), sino por el deseo que tenía de corregirlos. De aquí las palabras "haced un árbol bueno" y otras parecidas, equivalentes a decir: Ninguno de vosotros ha dicho que es cosa mala librar a algunos hombres de los demonios. Con todo, como los judíos no atacaban la obra en sí, sino que miraban al origen de ella (en el caso anterior, atribuyéndolo al diablo), Jesús les demuestra la inconsecuencia de esta acusación, concebida fuera de las reglas ordinarias y de forma simplista. En efecto, se juzga el árbol por su fruto, y no el fruto por el árbol, y por eso añade Jesús que "el árbol es conocido por su fruto". Aunque el árbol da el fruto, el fruto, sin embargo, especifica al árbol. Pero vosotros hacéis lo contrario, porque no tenéis que decir nada contra las obras, y formáis un juicio falso del árbol llamándome endemoniado. Y como el Salvador hablaba no por él, sino por el Espíritu Santo, por eso riñe a los judíos con las siguientes palabras: "Raza de víboras, ¿cómo podéis hablar cosas buenas, cuando sois tan malos?". Estas palabras son una acusación contra los judíos, y una demostración de lo que se acaba de hablar, como si dijera: Mirad, vosotros que sois árboles malos, no podéis llevar frutos buenos. No me admiro de que os expreséis de esa manera, porque habéis sido mal educados por padres malos y tenéis un alma mala. Y tened presente que no dijo "¿cómo podéis vosotros hablar cosas buenas, siendo raza de víboras?" (porque este modo de expresarse no está en relación con lo anterior), sino que dijo: "¿Cómo podéis hablar cosas buenas, cuando sois tan malos?". Los llama "raza de víboras" porque se vanagloriaban en sus antepasados. Para no dejarles motivo alguno de orgullo los separó de la raza de Abraham y les atribuyó otros progenitores de costumbres semejantes a las suyas. De esta manera, penetrando lo íntimo del corazón, nos da una prueba de su divinidad; porque él nos dice que no solamente serán castigadas las malas palabras, sino también los malos pensamientos. Y es natural que así sea, porque la superabundancia de la malicia interior, se derrama exteriormente mediante las palabras. De ahí es que, cuando se ve que un hombre habla mal, podemos juzgar que es mayor su malicia interior que la que manifiestan sus palabras. Porque lo que sale al exterior no es más que la superabundancia de lo que existe en el interior. De esta manera tocó vivamente a la culpabilidad de los judíos, porque si lo que ellos dijeron era tan malo, ¿qué malicia no encerrará la raíz de sus palabras? Y es apropiado que así sea. No siempre la lengua del hombre manifiesta la malicia que hay en su interior; pero el corazón, como no tiene por testigo a ningún hombre, engendra sin miedo los males que quiere. Como le importa poco el que Dios lo sepa, sólo cuando la malicia interior es grande es cuando sale al exterior mediante la palabra, y por eso dijo: "De la abundancia del corazón habla la boca".

"Por toda palabra ociosa que hablaren los hombres, darán cuenta en el día del juicio. Por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado"

19. Una vez puestas las premisas, pasa el Señor a las pruebas, inspirando a los judíos un gran terror, manifestándoles que serán castigados con la última pena los que hubieren delinquido en los pecados anteriores. En concreto, lo que dice Jesús es: "Toda palabra ociosa que hablaren los hombres darán cuenta de ella". No dijo "que vosotros habéis hablado", sino "que hablaren los hombres", aplicando sus palabras a todo el género humano para hacer más llevadero su pensamiento. Palabra ociosa es la que contiene una mentira o una calumnia. Algunos extienden su significado a toda palabra inútil (por ejemplo, la que promueve una risa inmoderada, o indecente o deshonesta). Por otra parte, el juez dará la sentencia, mas no sobre las cosas malas que dijeron de vosotros, sino sobre lo que vosotros dijisteis. De ahí es que no son los acusados los que deben tener miedo, sino los que acusan, porque a nadie se le obligará el que se acuse a sí mismo de las cosas malas que oyó, sino de las malas que habló.

Los escribas y fariseos dijeron a Jesús: "Maestro, queremos ver una señal de ti". Jesús les respondió: "Esta generación mala y adultera pide una señal, mas no le será dada señal sino la señal de Jonás. Así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre de la ballena, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra"

20. Como el Señor había hecho ya muchas veces enmudecer la lengua impertinente de los fariseos, con las respuestas que les había dado, acuden ahora éstos a sus obras, que es lo que el evangelista Mateo dice admirado: "Entonces le respondieron ciertos escribas". Entonces quiere decir cuando les convenía, más bien, doblegarse, admirarse y quedarse estupefactos. Por lo que se ve, ni aún así desisten los fariseos de su malicia, sino que siguen diciendo a Jesús: "Queremos ver una señal tuya", por supuesto, para prenderle. Sus palabras respiran adulación e ironía. Antes injuriaban al Señor, llamándolo endemoniado, y ahora lo adulan denominándolo maestro. Por eso les arguye el Señor con energía, y al contestarles les llama "generación perversa". Cuando ellos ultrajaban al Señor, éste les contestaba con dulzura, y cuando lo adulan les responde con energía, manifestándonos con esto que él es superior a la adulación, y que el ultraje no enciende en él la cólera. Todo lo que dice el Señor se reduce a lo siguiente: ¿Qué extraño es que vosotros, que no me conocéis, hagáis todas estas cosas contra mí, cuando lo hacéis también contra el Padre, y a pesar de que tenéis de él una grande experiencia, lo abandonáis y corréis tras del demonio? Por eso los llama "generación perversa", porque han sido ingratos con sus bienhechores, y se han vuelto peores con los beneficios, que es el último grado de la malicia. De esta manera se manifiesta él igual al Padre, porque el no creerlo así los hace generación adúltera. No hacía Jesús los milagros para atraerlos (porque conocía que eran de piedra) sino para convertir a los demás. O también, no les dio la señal que ellos pedían porque no la recibirían; pero se la dio después haciéndoles conocer su poder por aquello que ocurrió posteriormente. Esto es lo que quiso decir, aunque de una manera algo encubierta, con las palabras "no les será dada ninguna señal", que equivale a decir: Os he manifestado muchos beneficios, y ninguno de ellos ha sido suficiente para inclinaros a que respetéis mi virtud, que conoceréis cuando veáis destruida vuestra ciudad. En seguida intercala Mateo algunas palabras del Señor sobre su resurrección, de que ellos tendrían conocimiento por los castigos que tenían que sufrir; y así dice "sino la señal del profeta Jonás". Nadie, en realidad, hubiera tenido fe en la cruz, si no hubiera estado apoyada en los milagros, y si no hubiera sido creída la cruz, tampoco lo hubiera sido la resurrección. Por eso la llama señal, para que se tenga como una verdad aunque se presente como una figura profética ("como estuvo Jonás en el vientre de la ballena"). No dijo de una manera clara que resucitaría, porque serviría esto de burla a los fariseos, sino que lo hizo con palabras encubiertas, para que aceptaran ellos por la fe lo que él preveía. Y no dijo "en la tierra", sino "en el corazón de la tierra", a fin de anunciarles su sepulcro, y de que nadie creyera que había sido aparente su muerte. Puso "tres días" para no dar lugar a la menor duda de que realmente había muerto. Hasta la misma figura demuestra la verdad, porque Jonás no estuvo de una manera aparente en el vientre de la ballena, sino de una manera real. De aquí resulta bien claro que son hijos del diablo los que siguen la doctrina de Marción, quien sostuvo que fue una quimera la pasión de Cristo. Al decir que la señal del profeta Jonás se daría a "aquella generación", el Señor indica que había de padecer por ellos, aunque no les aprovecharía su pasión.

"Los ninivitas se levantarán en juicio con esta generación y la condenarán, porque ellos hicieron penitencia por la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás. La reina del sur se levantará en juicio con esta generación y la condenará, porque ella vino desde los fines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón"

21. El Señor, a fin de que nadie creyera que los judíos habían de tener el mismo fin que los ninivitas (pues éstos se convirtieron, y salvaron su ciudad del peligro que los amenazaba), nos hace ver todo lo contrario, y nos dice que ningún fruto sacarán los judíos de la pasión, y que por lo mismo sufrirán más severamente por su pecado, como dice más abajo valiéndose del ejemplo del demonio. Entre tanto, nos manifiesta la justicia de su condenación con las palabras "los ninivitas se levantarán en juicio con esta generación". No se contenta el Señor con lo dicho, sino que añade la cita de la reina de Saba. Esta cita da aún más fuerza que la anterior, pues Jonás marchó a los ninivitas y la reina de Saba no esperó que Salomón fuese a donde estaba ella, sino que ella misma marchó a donde estaba Salomón, a pesar de ser mujer y extranjera de países lejanos, y temer una emboscada, y dejándose llevar no por el miedo sino por el atractivo de las palabras llenas de sabiduría. Con ello, lo que vino a decir Jesús a los judíos es: Llegó aquí, pues, aquella mujer, y yo también he llegado. Ella lo hizo desde los confines de la tierra, y yo tras recorrer las ciudades y las aldeas. Ella disputó sobre los árboles y las maderas, y yo sobre los inefables misterios.

"Cuando el espíritu inmundo ha salido de un hombre, anda por los lugares secos buscando reposo, y no lo halla. Entonces dice: Me volveré a mi casa, de donde salí. Cuando vuelve, la encuentra desocupada, barrida y alhajada. Entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entran dentro, y moran allí. Lo postrero de aquel hombre es peor que lo primero. Así también acontecerá a esta generación perversa"

22. Después de haber dicho el Señor a los judíos que "los ninivitas se levantarán en juicio y condenarán a esta generación", y a fin de que no despreciaran sus amenazas por la tardanza de su realización, y no se hicieran más perezosos para convertirse, les manifiesta que no sólo en el otro mundo, sino también en éste, sufrirán grandísimas desgracias, y les presenta la pena que les está reservada bajo cierto velo. Por eso dice "cuando el espíritu inmundo", como expresión del castigo que los judíos atraerán sobre sí, por los gravísimos males de haber estado poseídos del demonio, haber sido librados de él, y volver a caer en la desidia. En efecto, esto vino a decirles Jesús, más o menos: Así os sucederá a vosotros mismos, porque cuando adorabais a los ídolos y sacrificabais vuestros hijos a los demonios estabais antes apresados por el demonio, y sin embargo no os abandoné, sino que lancé de vosotros al demonio por mis profetas, y yo después he venido para libraros mucho mejor. Pero no queréis hacerme caso, caísteis en un crimen mayor (porque es más grave quitar la vida a Cristo que a su profeta). Por esta razón experimentaréis castigos más afrentosos. En efecto, los castigos que experimentaron los judíos en tiempos de Vespasiano y Tito, como pueblo miserable, fueron mucho más terribles que los que sufrieron en Egipto y en Babilonia, o en tiempo de Antíoco. Jesús les hace ver esto, y la desolación de sus almas, destituidas de toda clase de virtud, y más accesibles ahora que antes al demonio. Esta doctrina tiene aplicación no solamente a los judíos, sino también a nosotros, si después de haber sido iluminados y arrancados de nuestros primeros pecados nos entregamos a la corrupción, y el castigo de estos últimos pecados será más terrible que el de los primeros. Por eso dijo Cristo al paralítico "ya estás curado, pero no vuelvas a pecar, no te acontezca otra cosa peor" (Jn 5).

Mientras estaba Jesús hablando a las gentes, su madre y sus hermanos estaban fuera, y le querían hablar. Uno le dijo: "Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan". Jesús respondió: "¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?". Y extendiendo la mano hacia sus discípulos, dijo: "Ved aquí a mi madre y mis hermanos, porque todo aquél que hace la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana, y mi madre"

23. Ved ahí el orgullo de los parientes de Jesús, a la hora de entrar y mezclarse con las turbas judías, y no esperar a que Jesús acabara su discurso, y entrevistarse con él en privado. En efecto, ellos lo llaman fuera, y lo hacen en presencia de todos para manifestar su vanidad y hacer ver a todos que mandan con autoridad a Cristo, cosa que Mateo insinúa bajo cierto velo, cuando dice: "Cuando estaba todavía hablando", que es como si dijera: ¿No lo podían haber hecho en otra ocasión? Con todo, ¿de qué querrían hablar ellos con Jesús? Si era en favor de los dogmas de la verdad, debían de haberse contentado con hacerlo de una manera ordinaria, a fin de ganar de este modo las almas de sus oyentes. Si era de cosas pertenecientes a ellos, no era oportuno llamarle con tanta prontitud. En definitiva, resulta que lo hacían llevados de la vanagloria. Cuando contesta al que le avisaba, Jesús no le dijo "diles que no son mis familiares", sino: "¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?". Si hubiera él querido negar a su madre, lo hubiera hecho cuando los judíos se mofaban de él con ocasión de su madre (Mc 6). Por tanto, lo que quiere decir Jesús es otra cosa, a saber: que no se debe despreciar la virtud, dejándose llevar de la confianza que puede inspirar el parentesco. En efecto, si nada aprovecha a la madre el ser madre, si no tiene virtud, ¿quién podrá gloriarse de encontrar su salvación en el parentesco? No hay más que una sola nobleza, que es ésta: hacer la voluntad de Dios, y por eso sigue diciendo Jesús: "Cualquiera que haga la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre". Después de haber respondido a aquel que le había anunciado la presencia de su madre y de sus parientes, hizo Jesús lo que necesitaban ellos. En primer lugar, sanó a sus parientes de la enfermedad de la vanagloria, y en segundo lugar recobró el honor debido a una madre.

XIII
Comentario de Mateo 13

Saliendo Jesús de casa, se sentó a la orilla del mar. Llegaron a él muchas gentes, de manera que, entrando en un barco, se sentó. Toda la gente estaba en pie a la ribera, y Jesús les habló muchas cosas por parábolas. Les dijo: "Un sembrador salió a sembrar. Cuando sembraba, algunas semillas cayeron junto al camino, y vinieron las aves del cielo y se las comieron. Otras cayeron en lugares pedregosos, sin mucha tierra. Cuando nacieron, como no tenían tierra profunda, saliendo el sol se quemaron y se secaron, por falta de raíz. Otras cayeron entre espinas, y crecieron las espinas y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena, y dieron fruto, una a ciento, otra a sesenta y otra a treinta. El que tenga oídos para oír, que oiga"

1. Cuando Mateo dice "en aquel día, saliendo Jesús de casa", no expresa algo sin intención, sino que quiso hacernos ver que el plan del Señor era no dejar a nadie detrás de sí (incluidos sus parientes, los que había atendido con anterioridad), sino el tenerlos a todos delante de sus ojos. En este caso, su salida no fue a la montaña (donde había dirigido su gran discurso programático) sino al mar (donde tejerá un discurso tejido de parábolas). Sin en la montaña no había más que un pueblo bajo e ignorante, aquí en el mar estaban los escribas y los fariseos. Mas no habló Jesús sólo en parábolas por esta razón, sino para dar más claridad a sus palabras, para que las grabasen más profundamente en su memoria y las tuviesen siempre delante de su vista. Por primera parábola pone Mateo aquella en que el auditorio había de prestar más atención. Y puesto que él había de hablar por figuras, de ahí el excitar la atención de los que lo escuchaban con la primera parábola en estos términos: "Salió un sembrador a sembrar su semilla". ¿De dónde salió este sembrador? ¿Y cómo pudo estar presente en todas partes? En primer lugar, no salió de ningún lugar, pero por la encarnación se aproxima a nosotros revistiéndose de carne. En segundo lugar, ha venido a nosotros porque no podíamos nosotros ir a él, por impedírnoslo nuestros pecados. Cuando oigáis las palabras "el sembrador salió a sembrar", por tanto, no creáis que hay identidad entre las palabras de esa frase con el sembrador real, que sale muchas veces a otras cosas diferentes (como son para arar la tierra, arrancar las malas hierbas, quitar las espinas, o para cualquier otra operación que exige mucho conocimiento), sino en un sembrador figurado que salió con el objeto único de sembrar. ¿Y qué resultó de la siembra? Esto mismo: que se perdieron tres partes, y una sola se salvó, y esto no con igualdad sino con cierta diferencia. Por eso sigue diciendo Jesús que, "cuando sembraba, algunas semillas cayeron cerca del camino". Pero ¿qué razón habrá para sembrar entre espinas, sobre piedras y en los caminos? No tendría esto razón de ser si atendemos a las semillas y a la tierra, que son cosas materiales; porque no tiene la piedra poder para volverse tierra, ni el camino de no ser camino, ni la espina de no ser espina; pero sí tiene una laudable aplicación en las almas y en las doctrinas. Es posible que la piedra sea hecha una tierra pingüe, que el camino no vuelva a ser pisado, y que queden destruidas las espinas. No es culpable el sembrador de que se pierda la mayor parte de la siembra, sino la tierra que la recibe, es decir, el alma, porque el sembrador, al cumplir su misión, no distingue al rico ni al pobre, ni al sabio ni al ignorante, sino que habla indistintamente a todos, en previsión, sin embargo, de lo que había de resultar. De esta manera, se podría decir: "¿Qué pude yo hacer, y no hice?" (Is 5,4). Por esta razón no dice que los perezosos recibieron tal parte de la semilla y la dejaron perecer, o que los ricos recibieron otra parte y la ahogaron, o los voluptuosos recibieron esta otra parte y la perdieron. No, no quiso tocar Jesús a nadie en particular, para no engendrar la desconfianza. Enseña también el Señor por esta parábola a sus discípulos que no abandonen su misión porque haya entre sus oyentes algunos que perezcan, puesto que el Señor, que todo lo prevé, no ha dejado por ese motivo de sembrar.

Llegando a Jesús los discípulos, le dijeron: "¿Por qué les hablas por parábolas?". Él les respondió: "Porque a vosotros os he dado saber los misterios del reino de los cielos, mas a ellos no les es dado. Al que tiene se le dará, y tendrá más, mas al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo por parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple la profecía de Isaías que dice: De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no veréis: porque el corazón de este pueblo está embotado. Tienen oídos, pero oyen pesadamente, y cierran sus ojos para no ver, y su corazón no entiende, no sea que se conviertan y se salven. Bienaventurados vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos codiciaron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron"

2. Son dignos de admiración aquí los discípulos, deseosos de saber pero sabiendo cuándo conviene preguntar al Señor. Por eso, no le preguntan delante de todo el mundo, para no interrumpir su enseñanza. Esto es lo que nos manifiesta Mateo, cuando dice "yendo los discípulos a Jesús". Marcos expresa más claramente esta reserva, diciendo que "los discípulos se aproximaron en particular" (Mc 4). Es preciso considerar aquí la rectitud de sus corazones, y lo preocupados que estaban por el bien de los que les rodeaban, y cómo su primer cuidado era el prójimo. Sobre todo, porque no dijeron al Señor "¿por qué no nos hablas en parábolas a nosotros?", sino "¿por qué les hablas a ellos en parábolas?". Por eso, el Señor les contesta: "A vosotros os es dado a conocer los misterios del reino de los cielos". Dijo esto no para expresar una fatalidad ni una necesidad, sino para demostrar que los que no han recibido ese don son la causa de todos sus males, y para hacernos ver que es un don de Dios y una gracia que viene del cielo el conocer los misterios divinos. No se destruye por esto el libre albedrío, como se ve por lo que se ha dicho y se dirá más adelante. Porque el Señor, a fin de no desesperar a los unos ni dejar en la pereza a los que han recibido este don, nos hace ver que el principio de estos dones viene de nosotros. Por eso añade que "al que tiene se le dará", como si dijera: A aquel que tiene deseo y celo se le dará todo lo que viene de Dios, y aquel que está privado de este deseo, y no pusiere de su parte cuanto puede para conseguirlo, no recibirá los dones de Dios y lo que tiene se le quitará (no siendo Dios el que se lo quita, sino el hombre que se hace indigno de poseerlo). De aquí es que, si viéremos nosotros que oía alguno con pereza la palabra de Dios, y que a pesar de nuestros esfuerzos no podíamos persuadirlo a que atendiera, no tenemos más remedio que callar, porque si insistimos, aumentaremos la pereza. Más al que desea aprender lo atraemos con facilidad y lo hacemos capaz de recibir muchas cosas. Bien expresó esto otro evangelista, cuando dijo "al que parece tener" (Mc 4,25), porque él mismo no posee lo que tiene. Para expresar con más claridad lo que había dicho, añade Jesús: "Por eso hablo en parábolas a aquellos que viendo no ven". Si ellos no pudieran abrir los ojos, esta ceguedad sería natural, pero como es voluntaria, por eso no dijo "no ven", sino "viendo, no ven". Ellos, efectivamente, vieron expulsiones de demonios, y ¿qué dijeron? Esto mismo: que "lanza los demonios en nombre de Beelzebú" (Mt 12,24). Ellos veían que Jesús atraía a todos a Dios, y ¿qué dijeron? Esto mismo: que "no viene de Dios" (Jn 9,16). Así pues, puesto que publicaban lo contrario a lo que veían y oían, por eso les quitó Dios la facultad de ver y de oír, porque de esto no sacaban utilidad alguna, sino que se precipitaban a una condenación mayor. Por esta razón no les habló el Señor al principio en parábolas, sino con toda claridad. Si ahora les habla en parábolas, es porque pervierten lo que han visto y lo que han oído. En seguida, a fin de que no pudieran decir esos tales que Jesús les calumniaba, cita Jesús un pasaje del profeta Isaías que dice lo mismo de ellos. Por eso prosigue Mateo diciendo "a fin de que tenga cumplimiento la profecía de Isaías". ¿Qué decía esta profecía? Esto mismo: "Oiréis con el oído y no entenderéis, y viendo veréis" (Is 6). Todo esto lo dijo el Señor porque se les quitó a los judíos, que tenían cerrados los oídos y los ojos y engrosado el corazón, la facultad de oír y de ver. Y no sólo porque no oían, sino porque oían mal. Por eso sigue diciendo que "se ha engrosado el corazón de este pueblo". En todo este pasaje demuestra el Señor la profunda malicia y la aversión estudiada que le tenían los judíos, mas con el fin de atraerlos añade: "Para que se conviertan, y los sane". Estas palabras demuestran que, si se convirtiesen, serían sanados, que es como cuando dice uno: Si me lo suplicaren, en seguida los perdonaré. Además, dichas palabras dan a entender también la voluntad de reconciliarse con ellos, basadas en las siguientes palabras: "Cuando se conviertan, los sanaré". Estas palabras demuestran la posibilidad de que se convirtiesen, hiciesen penitencia y se salvasen. Lo que vieron y oyeron los apóstoles fueron su presencia, sus milagros, su voz y su doctrina. Y en esto los prefiere Jesús a los demás, tanto malos como buenos, y los llama "más dichosos que los justos de la antigüedad", puesto que ven lo que no quisieron ver el resto de judíos, ni vieron los profetas, ni pudieron ver para pena suya los justos. Aquellos solamente contemplaron a Cristo con la fe, y éstos lo ven con sus ojos y con más claridad. Ved aquí, pues, cómo se enlaza el Antiguo Testamento con el Nuevo Testamento, y cómo si los profetas hubieran sido servidores de un Dios extraño, o contrario a Cristo, jamás hubieran deseado verlo.

Jesús les propuso otra parábola, diciendo: "El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena simiente en un campo. Mientras dormían sus hombres, vino su enemigo y sembró cizaña en medio del trigo, y se fue. Cuando creció la hierba, apareció también la cizaña, y los siervos fueron a decir al almo: Señor, ¿por ventura no sembraste buena simiente en tu campo? ¿De dónde sale, pues, cizaña? Él les dijo: Un enemigo ha hecho eso. Los siervos le preguntaron: ¿Quieres que vayamos y la arranquemos? El amo les contestó: No lo hagáis, no sea que, cogiendo la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer lo uno y lo otro hasta la siega, y en el tiempo de la siega diré a los segadores: Coged la cizaña y atadla en manojos para quemarla, mas el trigo recogedlo en mi granero"

3. El Señor habló en la parábola anterior de aquellos que no reciben la palabra de Dios, y ahora habla de aquellos que la reciben alterada, porque es propio del demonio mezclar el error con la verdad. Por eso sigue diciendo Mateo que "les propuso otra parábola", y Jesús nos presenta en seguida los lazos del demonio diciendo: "Mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña en medio del trigo y se fue". Con estas palabras nos hace ver Jesús que el error viene después de la verdad, cosa demostrada por la experiencia. Así, después de los profetas vinieron los falsos profetas; después de los apóstoles los falsos apóstoles; y después de Cristo el Anticristo. Porque no se esfuerza el diablo en tentar a quien no lo ha de imitar ni a quien no puede tender sus lazos, porque ha visto que la simiente fructifica, a veces como ciento, otras como sesenta, y otras como treinta, y que no puede él arrebatar ni sofocar la que tiene buenas raíces, y por eso se vale de otro engaño, confundiendo su propia simiente y revistiendo sus obras con colores y semejanzas que sorprenden al que se deja engañar con facilidad. Por eso no dice el Señor que siembra una simiente cualquiera, sino "la cizaña", que es muy parecida, a la vista, a la simiente del sembrador. Tal es la malicia del diablo, que siembra cuando han nacido las simientes, para de esta manera causar más daños a los intereses del agricultor. Las siguientes líneas describen perfectamente la marcha de los herejes, pues "cuando creció la hierba, y dio fruto, apareció entonces la cizaña". Al principio los herejes no dan la cara, pero cuando tienen más libertad y algunos otros participan de su error, entonces vierten su veneno. Y se llama enemigo a causa de los perjuicios que causa al hombre, porque siempre nos está maltratando, aunque no sea el origen de su tratamiento la enemistad que nos tiene, sino la que profesa a Dios. Debemos admirar en este pasaje la solicitud y el amor de los siervos, que se apresuran a arrancar la cizaña (lo que prueba la solicitud por su simiente) y no tratan de que se castigue a nadie, sino de que no muera la buena simiente. La respuesta del Señor, ante su sugerencia de arrancar la cizaña, es tajante: "No". ¿Por qué? Posiblemente, porque declarar la guerra a los herejes equivaldría a trabar una lucha sin piedad en todo el mundo. Por eso dice Jesús "no la arranquéis al mismo tiempo que el trigo", a forma de decir: Si empuñáis las armas, y declaráis la guerra a los herejes, vuestros golpes alcanzarán necesariamente a multitud de santos. Con todo, no prohíbe el Señor contener a los herejes, o atajar la libre propaganda de sus errores, sínodos y reuniones, sino el quitarles la vida. ¿Y por qué dice "coged primero la cizaña"? Por eso mismo: para que no crean los buenos que, junto con la cizaña, se pueda arrancar también, después, el trigo.

Otra parábola les propuso Jesús, diciendo: "El reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y sembró en su campo. Realmente, ésta es la menor de todas las simientes, mas cuando crece se hace mayor que todas las legumbres, y se hace árbol, de modo que las aves del cielo vienen a anidar en sus ramas"

4. Había dicho el Señor en su Parábola del Sembrador que se pierden tres partes de la simiente, y que sólo una se conserva. En esta última parábola hay también mucha pérdida, a causa de la cizaña que sobre ella se siembra. Aquí, alguno podría preguntar: ¿Quiénes y cuántos serán, pues, los fieles? Y yo le respondo: Escucha esta Parábola del Grano de Mostaza. Es más, por esto mismo dice Mateo que "les propuso otra parábola", diciendo lo siguiente: "El reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza". Esta parábola nos dice que la simiente del evangelio es la simiente más pequeña del mundo, y que los apóstoles eran los menos poderosos de entre los hombres. Sin embargo, como ambos tenían una gran virtud, por eso se extendió la predicación por todas las partes del mundo, y dicha simiente "creció y se hizo mayor que todas las legumbres". Esto es, que todos los demás dogmas de la Iglesia y del mundo.

Les dijo Jesús otra parábola: "El reino de los cielos es semejante a la levadura que toma una mujer, y la esconde en tres medidas de harina hasta que todo ha fermentado"

5. Para demostrar esta última verdad, Jesús les pone la siguiente parábola: "El reino de los cielos es semejante a la levadura", que es como si dijera: A la manera que la levadura cambia toda la harina en su sustancia, así también vosotros cambiaréis todo el mundo. Reparad aquí la prudencia de Cristo, que alega como ejemplo una cosa natural, a fin de hacernos ver que, así como es imposible el que no se verifique ese cambio, así también es imposible el que no suceda lo otro. De hecho, no dijo el Señor "que puso", sino "que esconde"; que es como si hubiera dicho: De la misma manera vosotros, después que hubiéseis estado sometidos a vuestros enemigos, triunfaréis sobre ellos, y: Así como el fermento se va corrompiendo pero no se destruye, sino que poco a poco cambia toda la masa en su propia naturaleza, así sucederá en vuestra predicación, y: No temáis las muchas persecuciones que os he anunciado que vendrán sobre vosotros, pues ellas os servirán para que brilléis más y triunfaréis de todas. El Señor habla aquí de tres medidas, pero este número debe tomarse en sentido indeterminado.

Todas estas cosas habló Jesús al pueblo, por medio de parábolas. Nunca les habló sin parábolas, para que se cumpliese lo que había dicho el profeta: Abriré en parábolas mi boca, y rebosaré cosas escondidas desde el establecimiento del mundo

6. Tras las anteriores parábolas, y para que nadie creyese que Cristo introducía novedades, Mateo alega al profeta que había profetizado hasta esta misma manera de predicación, y por eso dice "todas estas cosas habló". Marcos, por su parte, dice que, "por lo mismo que podían comprender, les hablaba por parábolas" (Mc 4,33). No es de admirar, por consiguiente, si al tratar de su reino hace mención Jesús del grano de mostaza y de la levadura, porque se dirigía a hombres ignorantes y a quienes era preciso persuadir de esta manera. En muchas ocasiones habló Jesús a las turbas sin parábolas, pero no en esta circunstancia, por los motivos ya explicados al principio de este capítulo XIII.

Despedidas las gentes, Jesús volvió a casa. Entonces vinieron a él sus discípulos, y le dijeron: "Explícanos la parábola de la cizaña del campo". Él les respondió: "El que siembra la buena simiente es el Hijo del hombre. El campo es el mundo. La buena simiente son los hijos del reino. La cizaña son los hijos de la iniquidad. El enemigo que la sembró es el diablo. La siega es la consumación del siglo. Los segadores son los ángeles. Así como es cogida la cizaña, y quemada al fuego, así será  la consumación del siglo. Entonces enviará el Hijo del hombre sus ángeles, y cogerán de su reino todos los escándalos, y a los que obran iniquidad, y los echarán al horno del fuego. Allí será el llanto, y el crujir de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol, en el reino de su Padre. El que tiene oídos para oír, que oiga"

7. El Señor habla a las gentes en parábolas con el objeto de excitarlas a que le preguntaran. Sin embargo, ninguno le preguntó, y por eso los despidió. Entonces, "despedidas las gentes, se vino a su casa". No lo siguió ninguno de los escribas, de donde resulta claramente que, al seguir al Señor, no tenían más objeto que sorprenderlo en sus discursos. Otras veces deseaban saber los discípulos, y temían preguntar, mas ahora le preguntan con toda libertad, y tienen confianza a causa de aquellas palabras: "A vosotros os ha sido dado el conocer el misterio del reino de Dios" (Mc 4,10). Por eso cada uno en particular o separadamente le preguntan, a fin de no parecerse a la muchedumbre, a quienes no fue concedido este don. Dejan la Parábola de la Levadura y la Parábola de la Mostaza como más claras, y le preguntan sobre la Parábola de la Cizaña, porque tiene más relación con la parábola de la simiente y dice alguna cosa más. El mismo Señor les dice el sentido de esta parábola diciéndoles: "El que siembra la buena simiente es el Hijo del hombre". Es obra del diablo, en efecto, mezclar el error con la verdad. Sigue diciendo Jesús que "la mies es la consumación del siglo". En otro lugar, hablando de los samaritanos, ya Jesús había dicho: "Levantad vuestros ojos, y considerad las regiones que ya están blancas para la siega" (Jn 4,35), y: "La mies es mucha, y sus operarios pocos" (Mt 9,37; Lc 10), en cuyas palabras expresa que la siega ha llegado ya. ¿Cómo, pues, dice aquí que llegará? Por esto mismo: porque la palabra siega está tomada en un sentido diferente. Allí dice: "Uno es el que siembra, y otro es el que siega" (Jn 4), y aquí se dice que es "uno mismo es el que siembra y el que siega". Cuando establece la distinción entre el que siembra y el que siega, diferencia a los apóstoles de los profetas, y que el mismo Cristo es el que sembró por medio de los profetas entre los judíos y los samaritanos. Toma Jesús, pues, bajo dos aspectos en este pasaje, las palabras simiente y siega. Así, cuando habla de la obediencia y de la persuasión a la fe, usa la palabra siega (porque es la perfección de las cosas), mas cuando trata del fruto que se saca de oír la palabra de Dios, llama siega a la consumación, como sucede en este lugar. También puede entenderse del reino de la Iglesia celestial, y entonces el castigo es doble, a saber: la pérdida de la gloria (pues "cogerán todos los escándalos de su reino" (es decir, para que los escándalos no entren en su reino) y el suplicio del fuego (pues "los echarán en el horno del fuego"). Mirad el amor inefable de Dios para con los hombres. Él está pronto para conceder gracias y es tardo para castigar. Cuando siembra lo hace por sí mismo y cuando castiga lo hace por otros, por los ángeles que manda al efecto. Sigue diciendo Jesús que "los justos brillarán como el sol". Lo harán, mas no porque brillen físicamente como el sol, sino porque el Señor se vale de estos ejemplos conocidos, y el sol es el astro que brilla más que todos los demás.

"El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo que, cuando lo halla un hombre, lo esconde, y por el gozo de ello va y vende cuanto tiene, y compra aquel campo"

8. Las parábolas de la levadura y de la mostaza tenían relación con el poder de la predicación del evangelio, que debía someter a todo el mundo. Ahora, para manifestar la hermosura y brillo de esa predicación, se vale de la Parábola del Tesoro, diciendo: "Semejante es el reino de los cielos a un tesoro escondido en el campo". En efecto, la predicación del evangelio está oculta en el mundo, y si no vendiereis todo no lo compraréis. Esto es algo que debemos hacer con alegría, pues "cuando lo halla el hombre, lo esconde."

"El reino de los cielos es semejante a un negociante que busca buenas perlas, y que habiendo hallado una de gran precio, va y vende cuanto tiene, y la compra"

9. La palabra de Dios no solamente reporta una gran ganancia como tesoro, sino que también es preciosa como una perla. Por esta razón pone el Señor a continuación de la Parábola del Tesoro la Parábola de la Perla, diciendo: "Es semejante el reino de los cielos a un hombre que busca buenas perlas". Dos cosas, que están contenidas en la comparación del negociante, deben tenerse presentes en la predicación, a saber: el estar separado de los negocios de la tierra, y el de estar siempre vigilante. La verdad es una y no está dividida, y por eso habla de una sola perla encontrada. Y así como el que posee la perla comprende que es rico y sólo él conoce su valor, (y muchas veces, si la perla es pequeña, la aprieta con su mano), así sucede en la predicación del evangelio. Los que la poseen saben que son ricos, mas los infieles, que no poseen este tesoro, ignoran nuestras riquezas.

"El reino de los cielos es semejante a una red que, echada en la mar, recoge todo género de peces. Cuando está llena, la red es llevada a la orilla por los pescadores, que se sientan allí y van metiendo los buenos en vasijas y echando a los malos fuera. Así será en la consumación del siglo. Saldrán los ángeles, y apartarán a los malos de entre los justos, y los meterán en el horno del fuego. Allí será el llanto y el crujir de dientes"

10. Después de haber recomendado el Señor, por las anteriores parábolas, la predicación del evangelio, y a fin de que no nos fiemos solamente de la predicación, y pensemos que para salvarnos basta la fe, añade otra parábola, diciendo: "También el reino de los cielos es semejante a una red". ¿En qué se diferencia esta parábola a la Parábola de la Cizaña? En esto mismo: no en que unos se salvan y otros perecen (pues eso sucede en ambas), sino en que en esta última los que perecen lo hacen por la herejía de sus perversas doctrinas. En la Parábola de la Simiente, se condenaron porque no hacían caso de las verdades que se les proponían, y en esta Parábola de la Red por su mala doctrina. Aunque éstos han sido cogidos en la red, y gozan del conocimiento de Dios, por sus iniquidades doctrinales no pueden salvarse. Con el objeto de que nadie juzgue que "los malos sean arrojados fuera" significa un castigo suave, el Señor demuestra la gravedad de este castigo añadiendo que "los ángeles separarán los malos de entre los justos". Aunque en otro lugar se diga que el mismo Cristo los separará, como separa el pastor las ovejas de los cabritos (Mt 25), aquí dice que también lo harán los ángeles, sin que una cosa quite la otra.

Jesús les dijo: "¿Habéis entendido todas estas cosas?". Ellos dijeron: "Sí". Y les dijo: "Por eso todo escriba instruido en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas"

11. Después de haberse retirado las gentes, habla Jesús a sus discípulos sobre las parábolas, para comprobar si habían adquirido conocimientos suficientes para comprender lo que él les decía. Por eso les pregunta: "¿Habéis entendido todas estas cosas?". Ellos dijeron: "Sí". En seguida los alaba el Señor, por esa repuesta y porque lo han comprendido todo, y por eso dice: "Todo escriba saca de un tesoro cosas nuevas y viejas".

Cuando Jesús hubo acabado estas parábolas, se fue de allí y vino a su patria. Allí instruía Jesús a sus paisanos, en la sinagoga, de modo todos que se maravillaban y decían: "¿De dónde este saber y maravillas? ¿Por ventura no es éste el Hijo del artesano? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago y José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? ¿De dónde saca éste todas estas cosas?". Y se escandalizaban a causa suya. Jesús les dijo: "No hay profeta sin honra sino en su patria y en su casa". Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su incredulidad

12. Nazaret es la población a la que Mateo llama patria de Jesús. No lo hace porque hiciera en ella muchos milagros (puesto que en Cafarnaum es donde los hizo), sino porque en ella es donde expuso su doctrina (que causó no menos admiración que los milagros). Por lo visto, en todo parecen ser los nazarenos un poco insensatos, al rebajar a Jesús por el oficio que tenía su padre y no fijarse en su faceta de taumaturgo famoso. Es más, también debían saber que muchos hombres nobles provenían de padres de baja esfera. Por ejemplo, David fue hijo de un labrador, Amós lo era de un pastor, y así sucesivamente. Precisamente por esto tenía más mérito Jesús, porque a pesar de la humildad de su padre hablaba cosas tan sublimes, dando a entender claramente que lo que él era no era resultado de la educación humana, sino de la gracia de Dios. Considerad, pues, la mansedumbre de Cristo, que no los ultraja por ello, sino que les responde con mucha dulzura, según lo que sigue: "No hay profeta sin honra, sino en su patria y en su casa". Si le convenía que lo admiraran por sus milagros, ¿por qué no los hizo? Por esto mismo: porque él no hacía milagros por ostentación, sino para utilidad de otros. Por eso despreció Jesús lo que le era suyo y personal, y lo asumió a fin de no aumentar la culpabilidad de los nazarenos. ¿Y por qué no hizo allí algunos milagros? Por esto mismo: para que no creyeran por los milagros, sino por sus palabras.

XIV
Comentario de Mateo 14

Herodes oyó la fama de Jesús, y dijo a sus criados: "Éste es Juan el Bautista, que resucitó de entre los muertos, y por eso las virtudes obran en él". En efecto, Herodes había hecho prender a Juan, y atado, lo había puesto en la cárcel por causa de Herodías, mujer de su hermano (porque Juan le decía que no le era lícito tenerla). Herodes había querido matar a Juan, pero temió al pueblo porque le miraban como a un profeta

1. Mateo remarca en este pasaje la época en que sucede, para darnos a conocer el orgullo y la indiferencia de este tirano llamado Herodes, que no trató de informarse sobre Cristo sino después de pasado muchísimo tiempo. Esto es lo que acontece a aquellos que están en el poder, que al estar rodeados de aduladores, y ellos entregados al orgullo, miran su salvación como un negocio de escaso interés. Considerad también aquí cuán grande asunto es la virtud, que hasta Herodes tuvo miedo de Juan a pesar de estar muerto, y por eso habla de su resurrección, cuando dijo a sus criados: "Este es Juan". No nos refiere Mateo esta historia como algo principal (puesto que su objeto es hablarnos solamente de Cristo), pero sí porque este hecho está relacionado con la historia del Salvador. Cuando Mateo dice que "Herodes mandó prender a Juan", rechaza que fuese Herodías la culpable de su encarcelamiento, y recalca que la culpabilidad de todo estaba en el propio Herodes En efecto, en el día del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó delante de todos, y agradó a Herodes. Éste le prometió, con juramento, que le daría todo lo que le pidiese. Y ella, prevenida por su madre, dijo: "Dame aquí, en un plato, la cabeza de Juan el Bautista". El rey se entristeció, mas por el juramento, y por los que estaban con él a la mesa, se la mandó dar, y ordenó degollar a Juan en la cárcel. Fue traída su cabeza en un plato, y dada a la muchacha, y ella la llevó a su madre. Vinieron sus discípulos y tomaron su cuerpo y lo enterraron, y fueron a dar la nueva a Jesús. Dos son los crímenes de esta joven: danzar, y haber danzado para seducir al rey, y poder así pedir una recompensa. Ved aquí la crueldad de la obscena bailarina y la molicie de Herodes, porque se hace a sí mismo responsable de un juramento y la hace a ella dueña de la demanda, y si se entristeció, fue porque sabía que en esa demanda iba envuelto un crimen. Por eso sigue diciendo Mateo que "el rey se entristeció", porque aun entre los malos es digna de admiración la virtud. Si él temía tener testigos de su perjurio, ¡cuánto más debió temer tener tantos testigos de una muerte impía! Observad también la familiaridad con Jesús que ya tienen los discípulos de Juan, pues ellos son los que le anunciaron lo acontecido a Juan. En efecto, "vinieron sus discípulos a dar la noticia a Jesús", renunciando así a acudir a otros y acogiéndose sólo a él.

Cuando oyó todo esto Jesús, se retiró de allí en un barco a un lugar desierto apartado. Enterándose las gentes dónde estaba Jesús, le siguieron a pie desde todas las ciudades. Cuando salió Jesús, vio una grande multitud de gente, y tuvo de ellos compasión, y sanó a los enfermos

2. Jesús hizo esto porque quiso hacer muchas cosas de una manera humana, al no haber llegado aún el tiempo de descorrer el velo y descubrir su divinidad. Por esta razón, aunque él sabía el acontecimiento antes de que se lo dijeran (Mt 16), no se retiró, hasta que se lo anunciaron, para de esta manera demostrar la verdad de su encarnación, y hacerla creer no sólo con palabras sino con obras. Al retirarse, no se fue a una ciudad, sino a un desierto, y en un barco para que nadie le siguiese. Aun así, las gentes no le abandonan, sino que le siguen, sin que les aterrase lo que había sucedido con Juan ("habiéndolo oído"). Por esta razón, por irse los discípulos de Juan con Jesús, éste los recibió en seguida con compasión, como relata Mateo al decir: "Cuando salió, vio una grande multitud de gente, y tuvo de ellos compasión, y sanó los enfermos de ellos". El cariño de estos discípulos era grande hacia Jesús, pues abandonaban sus ciudades y le buscaron con ansiedad. Sin embargo, lo que el Señor hizo en favor de ellos fue todavía mayor, y excede cuanto ellos, pues se compadeció de ellos y los curó sin exigirles la fe.

Llegada la tarde, llegaron a Jesús sus discípulos y le dijeron: "Desierto es este lugar, y la hora ya está pasada. Despacha a las gentes, para que se vayan a las aldeas y se compren de comer". Jesús les dijo: "No tienen necesidad de irse. Dadles vosotros de comer". Le respondieron: "No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces". Jesús les dijo: "Traédmelos aquí". Habiendo mandado a la gente que se recostase sobre la hierba, Jesús tomó los cinco panes y los dos peces y, alzando los ojos al cielo, bendijo y partió los panes, y los dio a los discípulos, y los discípulos a las gentes. Comieron todos y se saciaron, y recogieron las sobras: doce cestos llenos de pedazos. El número de los que comieron fue cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños

3. Todo lo anterior no otorgó más acierto a los discípulos, que aún hablan al Señor, y piensan, de forma humana. De ahí que en esta ocasión le digan: "No tenemos aquí sino cinco panes". Por estas palabras vemos también la cordura de los discípulos (que siendo 12 personas, tenían sólo 5 panes y 2 peces), y cómo Jesús les hace despreciar todavía más la comida. Ellos miraban ya con desprecio, efectivamente, las cosas materiales, pero todavía no estaban poseídos de las espirituales. Por eso, como sus pensamientos aún eran terrenales, el Señor se pone a enseñarles lo que era propio del poder espiritual. Por eso, les dice: "Traédmelos aquí". ¿Por qué, para alimentar a la multitud, no saca Jesús los panes de la nada? Sin duda, para cerrar la boca a Marción y a los maniqueos, que miran a las criaturas como cosas extrañas a Dios, y para manifestar por sus obras que todo lo visible es obra y creación suya, y él es el que da los frutos y el que dijo al principio del mundo: "Que la tierra germine hierba verde" (Gn 1,11). En efecto, no es menor obra que ésta la que ahora va a hacer el Señor, porque no es operación menor tener que alimentar con 5 panes y 2 peces a tan numerosa multitud, que hacer que la tierra produzca frutos, y las aguas reptiles y otros seres animados. Todo esto prueba que él es Señor de la tierra y del mar. El ejemplo de los discípulos debe enseñarnos que aunque sea poco lo que poseamos, conviene que lo distribuyamos entre los necesitados; porque al mandar el Señor a sus discípulos que trajeran los cinco panes, no dicen éstos: Y nosotros, ¿con qué apagaremos nuestra hambre? Sigue diciendo Mateo que, "habiendo mandado a la gente que se recostase sobre la hierba, tomó los 5 panes y los 2 peces y, alzando los ojos al cielo, los bendijo". ¿Por qué alzó los ojos al cielo y los bendijo? Porque quiso hacernos ver que él venía del Padre y era igual a él, demostraba que era igual al Padre por el poder, y que venía del Padre refiriéndolo todo a él, e invocándolo en todas sus obras. También los alzó para demostrar dos cosas: que unas veces obra los milagros con poder, y otras con súplicas. Es de advertir que, para las cosas pequeñas, Jesús alza los ojos al cielo, y en las cosas mayores obra con su poder. Así, cuando perdonó pecados, resucitó muertos, dio vista a ciegos de nacimiento (obras todas propias de Dios), no lo hizo con súplicas, mas en la multiplicación de los panes (obra menor que todas las anteriores) "alzó los ojos al cielo", a fin de enseñarnos que su poder, aun en las cosas pequeñas, le viene únicamente del Padre. También nos enseña que antes de ponernos a comer debemos dar gracias a Dios que nos da la comida, y por esta razón levantó los ojos al cielo. Los discípulos tenían ejemplos de otra multitud de milagros, pero de éste no tenían ninguno. En esto no sólo honró el Señor a sus discípulos, sino que quiso que no fueran incrédulos a la vista de este milagro, que no debían olvidar aun después de verificado, puesto que tenían por testigos de él a sus mismas manos. Y por tanto deja que las gentes sientan, primeramente, la necesidad del hambre, se le acerquen sus discípulos y le pregunten. Cristo recibió los panes de sus mismas manos, para que fuesen muchas las pruebas del milagro que hacía y tuviesen muchos motivos para recordarlo. No les dio más que los panes y los peces, y de todo esto hizo participar a todos igualmente, para enseñarnos la humildad, la economía y la caridad, que mira todas las cosas como comunes a todos. Los panes y los peces aumentaban en las manos de los discípulos. Sigue diciendo Mateo que "comieron todos". No obstante, no consistió sólo en esto el milagro, sino que hizo que sobrara lo siguiente: no panes, sino "pedazos de pan", a fin de hacer ver que estos restos eran de los panes, que debían anunciar a los ausentes la realidad del milagro y convencer a todos de que no era una quimera este prodigio. Por eso sigue diciendo Mateo que "alzaron las sobras", que en este caso eran "doce cestos llenos de pedazos". Jesús hizo que sobraran 12 cestos, para que Judas se llevase también el suyo. En efecto, Jesús entregó los fragmentos sobrantes a los discípulos y no a las gentes, porque las disposiciones de éstas eran aun más imperfectas que las de los discípulos. La mayor gloria del pueblo fue el que estuvieran presentes, cuando quedaron estas sobras, las mujeres y los niños.

Jesús hizo subir a sus discípulos en el barco, y les dijo que pasasen antes que él a la otra ribera del lago, mientras él despedía la gente. Cuando la despidió, subió a un monte él solo, a orar. Cuando vino la noche, estaba él allí solo. Mientras tanto,  el barco, en medio de la mar, era combatido de las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vigilia de la noche, vino Jesús hacia ellos, andando sobre el mar. Cuando le vieron andar sobre la mar, los discípulos se turbaron y dijeron: "¡Es un fantasma!". Llenos de miedo, comenzaron a dar voces, mas Jesús les dijo: "Ánimo, soy yo, no temáis". Pedro respondió: "Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas". Jesús le dijo: "Ven". Bajando Pedro del barco, anduvo sobre el agua para llegar a Jesús, mas viendo el viento recio tuvo miedo y empezó a hundirse, gritando: "Sálvame, Señor". Extendiendo la mano, Jesús lo cogió y le dijo: "Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?". Cuando entraron en el barco, cesó el viento. Los que estaban en el barco, se acercaron a Jesús y le adoraron diciendo: "Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios"

4. Queriendo dar una prueba contundente de la veracidad de lo que había acontecido, Jesús ordenó a los que habían presenciado el milagro de la multiplicación de los panes que se apartaran de él. Él por su parte se retiró al monte a orar, porque estando presente se podía pensar que el milagro había sido una fantasía y no había acontecido realmente, pero esto no sucedería si se ausentaba. Es necesario tener presente que cuando el Señor obra cosas grandes despacha a las multitudes, dándonos a entender con este proceder, que jamás debemos buscar el aplauso popular ni hacer que nos siga la multitud. También nos enseña que no debemos confundirnos continuamente con ella, ni alejarnos siempre de ella, sino que debemos practicar sucesivamente las dos cosas. Por eso dice Mateo que "cuando despidió la gente, subió a un monte solo", hecho que nos dice cuán buena es la soledad para la oración. Por esto se marchó Jesús al desierto, y permaneció allí en oración toda la noche, para darnos a entender que debemos buscar para dirigir nuestras súplicas las ocasiones y los sitios tranquilos. Ved aquí otra vez, por segunda vez, a los discípulos expuestos a la tempestad. En la primera tempestad tenían al Salvador a su lado en el barco, mas ahora están solos. De esta manera van poco a poco aprendiendo a sufrir, con valor, todos los contratiempos. Jesús permite que estuvieran toda la noche en peligro, para de esta manera levantar más el corazón de los discípulos con el temor, y suscitar en ellos un deseo grandísimo de tener siempre presente al Señor y de que los socorriese continuamente. Por eso no los ayudó Jesús en el acto, sino "a la cuarta vigilia". De esta manera les enseña el Señor a no buscar una rápida solución a los males que nos sobrevengan, y a sufrirlos con valor cuando vinieren. Cuando los discípulos creían que se habían salvado del naufragio, aumentó su temor. Sigue diciendo Mateo que, "cuando le vieron, se turbaron". Tal es la conducta del Señor, que con las cosas más difíciles siempre va a poner fin y a obtener algún bien. No queriendo probar por más tiempo al justo, y tocando al fin sus combates, aumenta el Señor las dificultades para que sus méritos sean mayores. Así ocurrió con Abraham, a quien mandó como última prueba la inmolación de su hijo. Cristo no se dio a conocer a sus discípulos hasta que gritaron. ¿Por qué? Porque cuanto mayor fuese su temor, mayor sería su alegría al verle presente. Sigue diciendo Mateo que Jesús les dijo: "Tened ánimo, yo soy, no temáis". Estas palabras que calmaron el temor de los discípulos, y les infundió confianza. Mirad cuán grande es aquí la fe de Pedro, que no le dice a Jesús ruega o suplica, sino manda. Es decir, no solamente creyó que Cristo podía andar sobre las aguas, sino también hacer que otros anduviesen. Pedro deseó vivamente ir a él, mas no para que hiciera ostentación de este prodigio, sino por el grande amor que tenía a Jesús. De hecho, no dijo Pedro "mándame andar sobre las aguas", sino "mándame ir a ti". Es evidente que, en el milagro de andar sobre las aguas, se ve el dominio del Señor sobre el mar. No obstante, aun es superior a ese el milagro siguiente: que "bajando Pedro del barco, andaba sobre el agua". Pedro, después de haber vencido la mayor dificultad (andar sobre las aguas), se asusta en lo que era menos difícil (el embate del viento), pues "viendo el viento recio, tuvo miedo". Así es la naturaleza humana, que frecuentemente obra bien en las cosas grandes y es digna de reprensión en las insignificantes. El temor de Pedro marca una diferencia grande entre el Maestro y el discípulo, pero al mismo tiempo calmaba a sus compañeros. Ya no habían visto con buenos ojos que los dos hermanos se sentasen a la derecha del Señor (Mt 20). Aun más se hubieran disgustado en este caso. Esto se debía a que aún no estaban llenos del Espíritu Santo, pues cuando tuvieron ese Espíritu reconocieron el primado de Pedro y le dieron la presidencia en todas sus reuniones. No mandó el Señor a los vientos que se calmasen, sino que "extendió su mano y asió a Pedro", porque era necesario que tuviese fe. Cuando nos falta a nosotros lo que es propiamente nuestro, lo que es de Dios jamás falta. Para manifestar a Pedro que no era el furor del viento, sino su poca fe, lo que le hacía temer por su vida, Jesús le dice: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?". Se trata de palabras que dan a entender que, si hubiera tenido mucha fe, no hubiera temido que el viento lo dañase. Así como una madre recoge con sus alas, y mete de nuevo en el nido, al pollo que se sale del nido antes de tiempo y está a punto de caer, así también hizo Cristo. Sigue diciendo Mateo que, "cuando estuvieron ambos en el barco, los demás le adoraron diciendo: Verdaderamente, eres Hijo de Dios". Ved cómo el Señor va enseñando poco a poco a todos hasta en las cosas más elevadas. Antes reprende al mar, y ahora anda sobre el mar, mandando a otro andar también y salvándolo cuando peligraba. Por eso decían de él que "verdaderamente es Hijo de Dios", cosa que hasta entonces no habían dicho de forma tan explícita.

Habiendo pasado a la otra parte del lago, fueron a la tierra del Genesaret. Cuando les reconocieron los hombres de aquel lugar, lo anunciaron por toda aquella tierra, y le presentaron a Jesús todos cuantos padecían algún mal. Le rogaban que les permitiese tocar siquiera la orla de su vestido, y cuantos la tocaron quedaron sanos

5. Nos manifiesta aquí Mateo que, después de una larga ausencia, llegó el Señor a aquel país, y que también allí por eso sigue: "lo reconocieron". Aquí no van a poner a prueba a Jesús, ni le arrastrarán a las casas, ni le exigirán la imposición de las manos, sino que lo seguirán por su gran fe. Sigue diciendo Mateo que "le presentaron cuantos padecían algún mal, rogándole que les permitiese tocar siquiera la orla de su vestido". La mujer, que padecía el flujo de sangre, fue la que enseñó a todos que, tocando la orla del vestido de Cristo, se alcanzaba la salud. Por lo dicho anteriormente, y por esto, se ve cómo no había desaparecido, durante la ausencia del Señor, la fe de esos hombres, sino que aumentó, y por esa fe tan grande fueron todos sanados, pues "cuantos la tocaron quedar sanos". Nosotros no sólo tenemos la orla o vestido de Cristo par tocarlo, sino también su cuerpo para comerlo. Consiguientemente, si aquellos recibieron tan gran virtud por tocar la orla del vestido de Cristo, ¡qué no bien mucho mayor será el que tengamos los que recibimos al mismo Cristo todo entero!

XV
Comentario de Mateo 15

Llegaron a Jesús unos escribas y fariseos de Jerusalén, diciendo: "¿Por qué tus discípulos traspasan la tradición de los ancianos? Pues no se lavan las manos cuando comen pan". Jesús les respondió: "Y vosotros, ¿por qué traspasáis el mandamiento de Dios, por vuestra tradición? En efecto, Dios dijo: Honra al padre y a la madre, y: Quien maldijere al padre o a la madre, muera de muerte. Mas vosotros decís: Cualquiera que dijere al padre o a la madre: Todo don que yo ofrezco a ti aprovechará, y no honra a su padre o a su madre. Con eso habéis hecho vano el mandamiento de Dios, por vuestra tradición"

1. Designa Mateo aquí la época para manifestar la inefable perversidad de los fariseos, superior a la de todo hombre. Sobre todo porque acuden al Señor cuando ven los muchos milagros que obra y los muchos enfermos que se cura. Cuando se dice que los escribas y fariseos "vinieron de Jerusalén", no debemos olvidar que éstos estaban diseminados por todas las tribus, y que los peores de todos eran los que habitaban en la metrópoli, en atención a que gozaban de mayores honores y eran por lo mismo más soberbios. Mirad cómo son cogidos en su misma pregunta, porque no preguntan a Jesús por qué traspasaba la ley de Moisés; sino "la tradición de los ancianos". De aquí se ve bien claro que los sacerdotes introducían muchas novedades, y eso que ya Moisés había dicho: "No añadiréis nada a la palabra que os propongo hoy, ni quitaréis nada de ella" (Dt 4,2). Así, cuando a los fariseos les convenía dejaban exentas ciertas observancias, y comprometían a otras nuevas. Lo hacían por temor a que alguno les usurpara el poder supremo, y para quedar ellos como los legisladores (y no Moisés). En el caso presente, los discípulos "comían sin lavarse las manos" porque despreciaban todo lo superfluo, y sólo atendían a lo necesario, y no tenían por precepto de ley el lavarse o no lavarse. Practicaban lo uno y lo otro, según se presentaban las ocasiones. Además, ¿cómo se habían de ocupar de estas superficialidades, si despreciaban hasta el alimento indispensable? En este caso, Cristo no se excusó, sino que replicó inmediatamente a los fariseos, haciéndoles ver que ellos cometían las faltas más grandes, y que hacían preocuparse a los demás por faltas totalmente insignificantes. En la respuesta que Jesús les da ("y vosotros, ¿por qué traspasáis?"), no les dice que los discípulos obren bien (a fin de no dar a los judíos motivo para calumniar), ni tampoco que obren mal (por evitar el que creyeran que aprobaba semejantes tradiciones), ni acusa a los ancianos porque hubieran rechazado esa acusación como injuriosa, sino que hace recaer su reprensión sobre los que habían venido a verlo. En concreto, con respecto a los ancianos que habían establecido esa tradición, dice: "Y vosotros, ¿por qué traspasáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición?", como si dijera que quiso el Señor manifestar la necesidad de honrar a los padres y por esta razón manda premiar al que observe este precepto mientras que el que lo quebrante padecerá. El premio que promete a los que honran a sus padres consiste en una larga vida sobre la tierra y la pena que sufrirán los que los abandonan, será tan terrible que los llenará de asombro a ellos mismos, y convertirá a otros. Por eso añade la Escritura que, "quien maldijere al padre o a la madre, muera de muerte". De aquí se sigue que Cristo les vino a decir: Si el que deshonra a sus padres de palabra es digno de muerte, mucho más dignos de muerte sois vosotros, porque los deshonráis con vuestras obras. Y no sólo deshonráis a los padres, sino que enseñáis a otros a hacer lo mismo. ¿Cómo, pues, vosotros, que debéis morir, acusáis a mis discípulos?

"Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, diciendo: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí, y: En vano me honran, porque enseñan doctrinas y mandamientos de hombres". Habiendo convocado a sí Jesús a las gentes, les dijo: "Oíd y entended. No ensucia al hombre lo que entra en la boca, sino lo que sale de la boca. Eso ensucia al hombre"

2. Había demostrado el Señor que no eran dignos los fariseos de acusar a los que infringían las costumbres de los ancianos puesto que ellos mismos violaban la ley de Dios. Ahora insiste de nuevo en esta misma demostración valiéndose del profeta. Por eso dice: "Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías". Después de haber recargado el Señor la acusación de los fariseos con el testimonio del profeta y viendo que no se corregían, no les habla más y se dirige al pueblo. En concreto, "habiendo convocado a sí a las gentes, les dijo: Oíd y entended". Como les va a exponer un dogma elevado y lleno de profunda filosofía, no se contenta con anunciarlo simplemente, sino que los prepara para que reciban su discurso, ya manifestando el honor y la solicitud que tiene para con el pueblo (cosa que expresa Mateo por las palabras "habiendo convocado a sí a las gentes"), ya también por las circunstancias en que se encuentra (puesto que propone su ley después de haber triunfado sobre los fariseos). Y no se contenta con llamar al pueblo, sino que gana su atención con las palabras: "Oíd y entended", a forma de decir: Atended y prestad vuestros corazones, para oír esto. En este caso, no les dijo Jesús a las gentes que no había necesidad de distinguir entre los manjares, ni les añadió que no eran acertadas las prescripciones de Moisés, sino que, valiéndose del testimonio de la naturaleza de las mismas cosas, les habló del interior humano, como sigue: "No ensucia al hombre lo que entra en la boca, sino lo que sale de ella".

Llegando a Jesús sus discípulos, le dijeron: "¿Sabes que los fariseos se han escandalizado cuando han oído tus palabras?" Jesús dijo: "Toda planta que no plantó mi Padre celestial, será arrancada de raíz. Dejadlos, porque son ciegos y guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, ambos caen en el hoyo"

3. Los fariseos, tras haber comprendido lo que el Señor les acababa de decir, no lo volvieron a contradecir, porque quedaron abochornados tanto por los argumentos que les puso como por sacar a la luz sus engaños y malicia. Cuando se fueron abochornados, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: "¿Sabes que los fariseos se han escandalizado cuando han oído estas palabras?". Cristo no destruyó el escándalo de los fariseos, sino que más bien los acusó de escandalizar ellos a los demás. En concreto, éstas fueron sus palabras: " Toda planta que no plantó mi Padre celestial será arrancada de raíz". Los maniqueos sostienen que estas palabras recaen sobre la ley, pero semejante modo de pensar está en oposición con lo que se ha dicho antes. Efectivamente, si hablara aquí el Señor de la ley, ¿cómo antes hubiera podido defender la ley, diciendo: "¿Por qué traspasáis el mandamiento de Dios, a causa de vuestra tradición?" (Mt 15,3). ¿Con qué objeto hubiera alegado las palabras "honra a tu padre y a tu madre" (Ex 20,12)? ¿Diremos que esta ley de Dios no es planta de Dios?

Pedro le dijo: "Explícanos eso". Jesús le dijo: "¿También vosotros carecéis de entendimiento? ¿No comprendéis que toda cosa que entra en la boca va al vientre, y es echado en la letrina? En cambio, lo que sale de la boca, del corazón sale, y esto ensucia al hombre. Del corazón salen los malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias. Estas cosas son las que ensucian al hombre. En cambio, comer con las manos sucias no ensucia al hombre"

4. Jesús no reprende aquí a Pedro porque su pregunta se apoyase en una duda, sino por haberse ruborizado por el escándalo de los fariseos. Las gentes no comprendían nada de esto, y es normal, mas ¿también los discípulos se escandalizaron? Es más, el explícanos de los discípulos viene a ponerse casi de parte de los fariseos, y eso que habían oído la frase tan tajante de Jesús ("toda planta que no plantare mi Padre celestial, será arrancada de raíz"; Mt 15,13). De ahí que, tanto Pedro como el resto de apóstoles, fueran reprendidos por Jesús. Pedro, más fogoso que los demás, no se calla tan fácilmente, y por eso el Señor lo reprende y le dice el motivo de su reprensión en estos términos: "¿No comprendéis que todo lo que entra en la boca va al vientre y es echado en un lugar secreto?". Al decir el Señor estas cosas a sus discípulos, les responde aún según la enfermedad de los judíos. Porque les dice que el alimento sale y no queda. Y aunque permaneciera, no ensuciaría el cuerpo. Pero ellos no podían comprender esto. Por eso Moisés les había dicho que se considerase como impuro todo el tiempo en que permanecían dentro los alimentos y les manda lavarse por la tarde, por ser éste el tiempo que media entre la digestión y la expulsión de los alimentos. Lo que está "dentro del corazón" permanece en el hombre y no sólo lo que queda, sino lo que sale del hombre puede ensuciarlo, y mucho más de lo que sale. Por eso añade Jesús que "del corazón salen los pensamientos malos", poniendo en primer lugar los "malos pensamientos" por el vicio que tenían los judíos de tender lazos al Señor. Con todo, el Señor no dijo que no ensucia al hombre también el comer manjares prohibidos por la ley, a fin de que no pudieran contradecirlo, sino que concluye con aquello mismo sobre que versaba la cuestión.

Saliendo Jesús de allí, fue a las regiones de Tiro y de Sidón. Al llegar allí, una mujer cananea, que había salido de aquellos términos, clamaba detrás suyo diciendo: "Señor, hijo de David, ten piedad de mí. Mi hija es malamente atormentada por el demonio". Jesús no respondió palabra. Llegándose a él sus discípulos, le rogaban: "Despáchala, Señor, porque viene gritando en pos de nosotros". Jesús respondió: "No he sido yo enviado sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel". La cananea llegó donde Jesús y le adoró diciendo: "Señor, sálvame". Jesús le dijo: "No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros". Ella le dijo: "Así es, Señor, mas los perros también comen. Comen las migajas que caen de la mesa de su señor". Entonces respondió Jesús: "Oh mujer, ¡grande es tu fe! Hágase contigo como quieres. Desde aquella hora, fue sanada su hija"

5. Es digna de atención aquí la conducta del Señor, que en el momento en que separó a los judíos de la observancia sobre los alimentos, abrió la puerta a los gentiles. Por ejemplo, en el futuro Pedro dará orden de abolir esta ley, e inmediatamente fue a visitar a Cornelio (Hch 10,5). Alguno preguntará: Si Jesús evitó a sus discípulos predicar por los caminos de los gentiles, ¿por qué Pedro fue por ese camino? Y yo le contesto: Pedro no fue a Cornelio a predicar. Es más, según dice Marcos (Mc 7,24), cuando Jesús fue a Tiro y Sidón se ocultó a sí mismo. Según Mateo, cuando Jesús fue a Tiro y Sidón no quiso hacer caso de una cananea, que lo descubrió y se puso a gritar. Es más, los cananeos que habían sido expulsados, para que no pervirtieran a los judíos, se mostraron en esta ocasión más sabios que los judíos, saliendo fuera de sus fronteras y acercándose a Cristo. En el caso de esta mujer, cuando descubrió a Cristo no le pidió una predicación, sino tan sólo misericordia, pues "clamaba diciéndole: Señor, hijo de David, ten piedad de mí". Yo presumo que se entristecieron los discípulos ante la desgracia de la mujer, pero no se atrevieron a decir: Dale esa gracia, cosa que nos sucede a nosotros con frecuencia. Nosotros queremos persuadir a los demás, y por eso decimos muchas veces lo contrario de lo que queremos decir. Jesús, respondiendo a la cananea, le vuelve a repetir lo mismo que vengo diciendo, a saber: "No soy enviado sino a las ovejas de Israel". Al ver la mujer que nada podían los apóstoles, perdió la vergüenza (¡dichosa vergüenza!) y, si antes no se atrevía a presentarse delante del Señor, ahora "viene gritando en pos de nosotros". Cuando parecía que se retiraría llena de angustia, entonces se acerca más al Señor, pues "vino y le adoró". Es más, ella no dijo ruega o "suplica a Dios", sino "oh Señor, ayudadme". Cuanto más aumentaba la mujer sus súplicas, tanto menos atendía él a sus súplicas (diciéndole "no está bien"), y ya no llama ovejas a los judíos, sino hijos (mientras ella se llama a sí misma perro). ¡Mirad la sabiduría de esta mujer! Sobre todo, porque ella no se atrevió a contradecir nada, ni se entristeció por las alabanzas de los otros, ni se abatió por las cosas sensibles que le echaron en cara. Nada de eso, sino que tan sólo dijo: "Es verdad", añadiendo a continuación: "Pero también los perros comen de las migajas que caen de las mesas de sus señores". Jesús había dicho "no está bien", y ésta dijo "así es, Señor". Es decir, que mientras Jesús llama hijos a los judíos, ella los llama señores. Jesús llamó perro a esta mujer, y ella añadió la cualidad de los perros, como si dijera: Sí, soy perro, pero no soy extraña. Y si soy perro, aliméntame tú como a un perro, porque yo no puedo abandonar la mesa de mi Señor. ¡Qué sabiduría! Por esta razón, por tanto, es por lo que se retardaba el Señor, porque él sabía que ella le hablaría con tanta sabiduría, y no quería que quedara oculta tan gran virtud. En concreto, Jesús respondió: ¡Oh mujer, qué grande es tu fe. Hágase contigo como quieres!", como si dijera: Tu fe puede comprender cosas mayores que éstas, pero entretanto hágase contigo como tú quieres. Observad que esta mujer influyó no poco en la curación de su hija y por eso no dijo Cristo "sea curada tu hija", sino "hágase contigo como quieres". De esta manera nos da a entender Jesús la sencillez de corazón con que hablaba esa mujer, y no por haber adulado al Señor, sino por albergar una gran fe. Esta palabra de Cristo es parecida a aquella otra: "Hágase el firmamento y fue hecho" (Gn 1,6). Sigue diciendo Mateo que, "desde aquella hora, fue sanada su hija". ¡Mirad cómo alcanza la mujer lo que no obtuvieron los apóstoles! Sí, tan gran poder tiene la insistencia en la oración, y el dirigir nuestras súplicas a Dios por los demás y no por nosotros.

Habiendo salido Jesús de allí, vino junto al mar de Galilea, y subiendo a un monte se sentó. Llegaron a él muchas gentes, que traían consigo mudos, ciegos, cojos, mancos y otros muchos. Los echaron a sus pies, y Jesús los sanó. Las gentes  se maravillaban, viendo hablar los mudos, andar los cojos y ver los ciegos, y loaban en gran manera al Dios de Israel

6. Son de considerar las idas y venidas del Señor de un punto a otro, en el asunto de curar a los enfermos. En este caso, Jesús se sienta y los está esperando, y por esta razón añade Mateo que "se dirigieron a él". En dos cosas demostraban éstos su fe: en subir al monte, y en la persuasión que no necesitaban más que arrojarse a los pies del Señor. En este caso, no se contentan con tocar la orla de su vestido, sino que dan pruebas de una fe más elevada. Por eso "se echaron a los pies del Señor". Si Jesús tardó algún tiempo en curar a la hija de la cananea, para hacer patente la virtud de su madre, a éstos los curó en seguida porque entre ellos había judíos infieles. De hecho, Jesús "los sanó a todos", y no sólo a algunos. La multitud de curaciones, y la facilidad con que las hacía Jesús, llenó de estupor a todos, de suerte que toda la gente se admiraba al ver que hablaban los mudos.

Jesús, llamando a sus discípulos, les dijo: "Tengo compasión de estas gentes, porque hace ya tres días que perseveran conmigo, y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, para que no desfallezcan en el campo". Le dijeron los discípulos: "¿Cómo podremos hallar, en este desierto, tantos panes para hartar a tan grande multitud de gente?". Jesús les dijo: "¿Cuántos panes tenéis?". Ellos dijeron: "Siete, y unos pocos pececillos". Jesús mandó a la gente recostarse sobre la tierra. Tomando los siete panes y los peces, y dando gracias, los partió, y los dio a sus discípulos, y los discípulos los dieron al pueblo. Comieron todos, y se hartaron, y sobraron siete cestos llenos. Los que comieron fueron cuatro mil hombres, sin contar los niños y mujeres

7. La gente siempre pidió curaciones a Jesús, pero nunca se atrevió a pedirle pan. Por ello, en esta ocasión también se juntó una multitud por lo mismo: para obtener curaciones. En este caso, el Señor, que ama a los hombres y cuida de todos, da pan aun a aquellos que no se lo piden. Por esta razón dice "tengo compasión de estas gentes". Es más, para indicar que esa gente no traía alimento alguno para el camino, añade: "Hace tres días que perseveran conmigo, y no tienen qué comer" Y aun cuando lo hubieran traído, lo natural es que se les hubiese terminado. Por eso el Señor no hizo el milagro en el primero o segundo día, sino en el tercero, cuando la comida ya se había terminado, a fin de que, viéndose ellos en tal apuro, apreciasen más el beneficio que recibían. Las palabras "no quiero despedirlos en ayunas" evidencian aún más la gran distancia de donde venían y la falta de alimentos. El Señor no hizo el milagro nada más decir "no quiero despacharlas en ayunas", con el objeto de que los discípulos prestaran más atención, mediante la pregunta que ellos hacían y la respuesta que les dio el Señor, para que brillara más su fe y para que le dijeran: Haz los panes. Aunque Cristo hizo muchas cosas que recordaban a los discípulos el primer milagro, como el servir ellos en las mesas y distribuir los cestos, sin embargo, aún estaban muy imperfectamente dispuestos, como se ve claramente por estas palabras. Los discípulos dijeron: "¿Cómo podremos hallar pan?". No dijeron esto porque dudasen del milagro que podía hacer Jesús, sino porque no querían que este milagro se produjese en un sitio solitario y distante de todo caserío, y con el objeto de que nadie pudiera sospechar que había recibido la comida de alguna casa o aldea vecina. Jesús pregunta a sus discípulos a fin de elevar sus almas, y de recordarles la multiplicación anterior, de la que ellos habían sido testigos. Jesús les dijo: "¿Cuántos panes tenéis?". Ellos dijeron: "Siete", sin añadir lo que habían añadido en la primera multiplicación ("¿y qué son estos panes entre tanta gente?"; Jn 6,9), porque iban adelantando poco a poco. Sin embargo, aún no lo comprenden todo. Es digno de admiración el amor que tenían los apóstoles a la verdad, puesto que aun en sus mismos escritos no ocultan sus grandes defectos y no hay acusación tan grave o falta tan notable como la suya por haber olvidado tan pronto el prodigio tan grande que obró el Señor. También es de admirar en ellos otra prueba de su sabiduría: que vencían el hambre, sin tener apenas en cuenta la necesidad de comer. De hecho, es de admirar que, en este desierto, donde vivían ya 3 días, no contaban con más alimentos que 7 panes. Otras muchas cosas hizo el Señor parecidas a las del primer milagro, pues hizo que se sentaran en tierra y que los panes se aumentaran en las manos de sus discípulos. En concreto, Jesús "mandó a la gente recostarse sobre la tierra", y no ya sobre la hierba (porque no la había). En cuanto al final de ambas multiplicaciones, éste es distinto en cada caso. En este segundo caso, "de los pedazos que sobraron, alzaron 7 espuertas llenas", y los que comieron fueron "cuatro mil". ¿Por qué fueron menos las sobras en este milagro que en el primero, aunque fueron en menor número los que comieron? Por estas 3 razones. O bien porque las espuertas eran mayores que los canastos, o bien para que esta diferencia les sirviese para recordar los dos milagros, o bien por la diferente significación que tenían las sobras en ambos milagros. En el primero sobraron tantos canastos cuantos eran los apóstoles, y en el segundo sobró un número de espuertas igual al de los panes.

XVI
Comentario de Mateo 16

Despedida la gente, Jesús entró en un barco, y pasó a los términos de Magedán. Llegaron a él los fariseos y los saduceos para tentarle, y le rogaron que les mostrase alguna señal del cielo. Jesús les dijo: "Cuando va llegando la noche decís: Sereno hará, porque rojo está el cielo. Y por la mañana: Tempestad habrá hoy, porque el cielo triste tiene arreboles. Pues bien, si sabéis distinguir la faz del cielo, ¿no distinguís las señales de los tiempos? Esta generación perversa y adúltera pide una señal, pero no le será dada ninguna señal, sino la señal del profeta Jonás". A continuación, Jesús los dejó y se marchó de allí

1. Jesús había despachado a la gente después de la primera multiplicación (de los 5 panes y 2 peces), y lo mismo hace en esta segunda multiplicación (de los 7 panes). No obstante, no se marchó a pie sino en un barco, a fin de que no lo siguiese la gente. Según Mateo, "pasó a los términos de Magedán", como si el Señor dijese: Así como las señales del buen tiempo son distintas de las del tiempo lluvioso, así sucede en mí. Porque ahora en mi primera venida tengo necesidad de esas señales que brillan sobre la tierra, pero las que brillarán en el cielo están reservadas para mi segunda venida. Ahora he venido como médico, entonces me presentaré como juez. Por esta razón he venido ahora como cubierto por un velo, mas luego, cuando se conmovieren todas las potestades del cielo, me presentaré con gran claridad. No es éste el tiempo de las señales, porque he venido a morir y a sufrir todo género de afrentas. La respuesta de Jesús a los fariseos ("esta generación perversa y adúltera pide una señal") tiene que ver con algo que debieron decirle y obvió Mateo, a forma de: ¿Qué es lo que tú dices? En efecto, ellos no hacían este tipo de preguntas llevados del deseo de instruirse, y por eso el Señor los llamó adúlteros y perversos y "los dejó y se fue".

Pasando sus discípulos a la otra ribera, se habían olvidado de tomar panes. Jesús les dijo: "Guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos". Ellos pensaban dentro de sí: "¿Porque no hemos tomado panes?". Jesús, conociéndolo, les dijo: "Hombres de poca fe, ¿por qué estáis pensando dentro de vosotros que no tenéis panes? ¿No comprendéis aun, ni os acordáis de los cinco panes para cinco mil hombres, y cuántos cestos alzasteis? ¿Ni de los siete panes para cuatro mil hombres, y cuántas espuertas recogisteis? ¿Cómo no comprendéis qué significa que os guardéis de la levadura de los fariseos y de los saduceos?". Entonces entendieron que no había dicho que se guardasen de la levadura de los panes, sino de la doctrina de los fariseos y de los saduceos

2. ¿Por qué no dice aquí Jesús guardaos de la doctrina de los fariseos, y sí de su levadura? Porque quería recordarles lo que había pasado en la multiplicación de los panes, cosa que ellos habían olvidado. Como no había motivos directos para hacerlo y aprovechando la ocasión que ellos mismos le presentaban, les dio una reprensión que les fue más sensible. Mateo nos pone delante los pensamientos de los discípulos, cuando dice que "ellos pensaban y decían entre sí: No hemos tomado panes". El Señor reprende con energía para provecho de todos a los apóstoles, por el apego que aún tenían a las observancias judaicas. Sigue diciendo Mateo que Jesús, conociéndolo, les dijo: "Hombres de poca fe, ¿por qué estáis pensando dentro de vosotros que no tenéis panes?". El Señor hace esto con los discípulos con el objeto de que no se preocupen de lo que han de comer. Con todo, ¿por qué no los reprendió cuando dijeron "¿de dónde vamos a tomar en este desierto tantos panes? " (Mt 15,33). Por 3 motivos: porque le pareció más oportuno, para que no creyesen que lo hacía con el objeto de entrometerse para hacer milagros, y porque no quería reprenderlos delante de la gente. Así, esta acusación fue tanto más razonable, cuanto que, a pesar del doble milagro de los panes, aún dudaban los apóstoles sobre su alimento. Mirad cómo el Señor acompaña a la reprensión, la mansedumbre. Responde él mismo por los que reprende y lo hace como excusándolos con estas palabras: "¿No comprendéis aún, ni os acordáis, de los cinco panes para los cinco mil hombres, y cuántos cestos alzasteis? ¿Ni los siete panes, y cuatro mil hombres?". De esta manera, Jesús les recuerda lo pasado, y les avisa para el porvenir. Si queréis saber cuánto pudo en el corazón de los discípulos la reprensión de Cristo, y cómo levantó sus adormecidas almas, escuchad las palabras del evangelista: "Entonces entendieron que no había dicho que se guardasen de la levadura de los panes, sino de la doctrina de los fariseos y de los saduceos". Sí, lo entendieron sin necesidad de interpretación. La reprensión del Señor, pues, los retrajo de las observancias judaicas, hizo más diligentes a los perezosos, aumentó su poca fe, les dio valor para que no se apurasen cuando les faltara pan, para que no se preocuparan del alimento y para que consideraran todas esas cosas como dignas de desprecio.

Yendo Jesús a las partes de Cesárea de Filipo, preguntó a sus discípulos: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?". Ellos respondieron: "Unos, que Juan el Bautista. Otros, que Elías. Otros dicen que Jeremías, o uno de los profetas". Jesús les dice: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?". Respondió Simón Pedro: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Jesús, le dijo: "Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre celestial. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré la llave del reino de los cielos, y todo lo que tú ligares sobre la tierra, ligado será en los cielos; y todo lo que desatares sobre la tierra, será también desatado en los cielos"

3. Mateo dice expresamente Cesarea de Filipo, y no simplemente Cesarea, porque hay otra Cesarea, que es la de Straton. No es en esta última, sino en la primera, donde el Señor, alejándolos de los judíos, preguntó a sus discípulos que dijeran sin temor, y con toda libertad, lo que pensaban. En concreto, no dice Jesús "¿qué dicen los escribas y los fariseos de mí?", sino "¿qué dicen los hombres de mí?". Investiga la opinión del pueblo, porque no estaba inclinada hacia el mal y porque, aunque su opinión sobre Cristo era inferior a la realidad, por lo menos estaba libre de toda malicia. No así ocurría con la opinión de los fariseos, que era sumamente maliciosa. Después de haber referido los discípulos las opiniones del pueblo, el Señor vuelve a preguntarles por segunda vez, a fin de que formen una opinión más elevada sobre él. A continuación, Jesús les pregunta: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?", a forma de decir: Vosotros, que estáis siempre conmigo, y habéis presenciado milagros más grandes que los que ha visto el pueblo, ¿tenéis sobre mí la misma opinión que el pueblo? En estas palabras vemos la razón que tuvo el Señor para no haberles hecho esa pregunta al principio de su predicación sí después de haber hecho tantos milagros y de haberles hablado de su divinidad. Cuando pregunta el Señor sobre la opinión del pueblo, contestan todos los apóstoles, y cuando pregunta a los apóstoles sólo contesta Pedro, boca y cabeza de todos ellos. En concreto, Pedro respondió: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Sería aquí cosa inútil decir "tú eres hijo de Juan", si no fuese para manifestar que Cristo es tan naturalmente Hijo de Dios, como lo es Pedro de Juan (es decir, que Cristo era de la misma sustancia de Aquel que le engendró, que en este caso era Dios). Ciertamente, si Pedro no hubiese confesado que Cristo fue engendrado realmente por el Padre, esta revelación no hubiese sido necesaria ni hubiese sido llamado bienaventurado por haber juzgado que Cristo era un hijo predilecto de tantos hijos adoptivos de Dios. Ya antes que Pedro, de hecho, los que iban en el barco habían dicho a Cristo: "Verdaderamente, tú eres Hijo de Dios" (Mt 14,33), y también Natanael había dicho: "Maestro, tú eres Hijo de Dios" (Jn 1,43). Sin embargo, todos ellos no fueron llamados bienaventurados por Jesús, porque no confesaron la misma filiación que Pedro. Los demás lo juzgaban como uno de tantos hijos de Dios, pero no verdaderamente como Hijo único de Dios (o "el Hijo de Dios"). Es más, aunque el resto lo tenían como el principal de todos, no lo miraban como de la misma sustancia que el Padre, como sí hizo aquí Pedro. Ved, pues, cómo el Padre revela al Hijo, y el Hijo al Padre, y cómo no podemos conocer al Hijo sino por el Padre, ni al Padre más que por el Hijo, de donde resulta que el Hijo es consustancial al Padre y debe ser adorado con el Padre. Partiendo de esta confesión, el Señor demuestra que muchos creerán lo mismo que ha confesado Pedro. Siguiendo el relato, Jesús dice a Pedro: "A ti te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia", a forma de decir: Sobre esta fe, y sobre esta confesión, edificaré mi Iglesia. Estas palabras dan a entender que muchos creerán en lo mismo que ha confesado Pedro. Por lo demás, el Señor bendice las palabras de Pedro, y le hace pastor de su Iglesia, y le da otro nuevo honor cuando le añade: "A ti te daré las llaves del reino de los cielos", que vale tanto como decir: Así como el Padre te concedió el que tú me conocieras, así también te doy yo otra cosa: las llaves del reino de los cielos. Ved también cómo Cristo conduce a Pedro hasta las ideas más elevadas sobre su persona, y cómo le promete dar lo que a sólo Dios compete (es decir, perdonar los pecados y hacer inmutable a la Iglesia en medio de tantas tempestades, persecuciones y tentaciones).

Jesús mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo. Desde entonces, comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que convenía ir a Jerusalén, y padecer muchas cosas de los ancianos y de los escribas, y de los príncipes de los sacerdotes, y que moriría y resucitaría al tercer día

4. Difícilmente permanecerá en el corazón de muchos lo que una vez ha echado raíces y se arranca después, ya que llega a su crecimiento lo que una vez se ha plantado y después permanece inmóvil. Por esto el Señor se detiene en estas tristes predicciones y, a propósito, multiplica sus palabras para abrir la inteligencia de sus discípulos.

Cuando tomó a Pedro aparte, éste comenzó a increparle diciendo: "Lejos esto de ti, Señor. Eso no sucederá contigo". Vuelto hacia Pedro, Jesús le dijo: "Quítateme de delante, Satanás, que eres un estorbo y no entiendes las cosas que son de Dios, sino las de los hombres"

5. ¿Qué hay de admirable en que esto le haya ocurrido a Pedro, quien no había recibido revelación acerca de estas cosas? Esto mismo: que sepamos cómo las cosas que confesó de Cristo no fueron de Pedro. Y si no, mirad la turbación que experimenta en las cosas que no le fueron reveladas. En efecto, midiendo Pedro lo que concierne a Cristo con su pensamiento humano y terrenal, cree infame e indigno del Hijo de Dios todo sufrimiento, y de ahí que le diga el Señor: "No entiendes las cosas que son de Dios". A continuación, tras haber dicho Pedro a Jesús "de ninguna manera te sucederá a ti eso", el Señor le contesta: "Ve en pos de mí, Satanás", reprendiéndole severamente, haciéndole ver de una manera sobreabundante la inconveniencia de sus palabras y manifestándole el fruto de su pasión.

"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. El que quiera salvar su alma, la perderá, mas el que perdiere por mí, la hallará"

6. Con esto, Jesús quiere decir: Tú me dices que tenga compasión de ti, y lo que yo te digo es que no sólo te será perjudicial el que yo evite mi pasión, sino que tú no te podrás salvar si no padeces, si no mueres y si no renuncias para siempre a tu vida. Comprobad aquí cómo sus palabras no imponen violencia alguna, porque no dijo "aunque no queráis debéis sufrir", sino "el que quiera". Es decir, de una manera que atrae más. En efecto, el que deja en libertad para elegir, a quienes le escuchan, los atrae mejor, mientras que la violencia sirve más bien de obstáculo. Mas no propone esta verdad Jesús sólo a los apóstoles, sino a todo el universo, cuando dice: "Si alguno quiere", esto es, ya sea varón, mujer, rey, libre o esclavo. Tres son las cosas que dice el Señor que debe hacer: el negarse a sí mismo, el tomar su cruz y el seguirlo. De otro modo, viene a decir Jesús que no le sirve el que niega a un hermano, o cualquiera que no le asiste cuando le viere azotado o sufriendo cualquier otro tormento. De tal manera quiere Jesús que despreciemos nosotros nuestro cuerpo que, aun cuando fuere azotado, o sufriere cualquier otro tormento, es su voluntad el que no lo perdonemos, como cuando un padre entrega a sus hijos al maestro y le manda que no los perdone. A fin de que nadie pueda pensar que es necesario negarse a sí mismo, tan solamente en cuanto a las palabras injuriosas, o en cuanto a las afrentas, el Señor manifiesta hasta dónde debe uno negarse a sí mismo: hasta la muerte, incluso hasta la muerte más afrentosa (esto es, de cruz). Esto es lo que significa "que tome su cruz y me siga". Como los ladrones también sufren también, y a fin de que nadie tenga por suficiente esa clase de sufrimientos de los malos, Jesús expone el motivo del verdadero sufrimiento, cuando dice: "que me siga". Todo lo debemos sufrir por él, y de él debemos aprender sus virtudes. Seguir a Cristo consiste en ser celoso por la virtud y sufrirlo todo por él. En segundo lugar, el Señor suaviza cuanto acaba de decir, a fin de que no pareciera duro, prometiendo grandísimas recompensas a los trabajos y aflicciones, diciendo lo siguiente: "El que pierda su vida por mí, la recobrará".

"¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, y perder su alma? ¿O qué podrá dar a cambio el hombre, por su alma? El Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles; y entonces dará a cada uno según sus obras. En verdad, yo os digo que algunos de los presentes no gustarán la muerte, hasta que vean al Hijo del hombre venir en su reino"

7. En la frase "el que quiere salvar, perderá, y el que pierda salvará" (poniendo en una y otra parte la salvación y la perdición), añade Jesús el término gloria, a fin de que nadie crea que da igual salvarse que perderse. Cuando pregunta "¿qué aprovecha al hombre ganar el mundo, si pierde su alma?", el Señor viene a decir: A fin de que no digáis que el que evitare todos los peligros que le amenazan, por causa mía, salva su alma, compara tu propia alma con todo el universo. En efecto, ¿qué hay para el hombre más terrible que el perder su alma para siempre? En efecto, si veis a vuestros criados alegres y vosotros sufrís la última enfermedad ¿de qué os sirve el mandar sobre ellos? Aplicad a vuestra alma esta consideración, teniendo presente que a los placeres lascivos debe seguir su perdición futura. Aun cuando reinares sobre todo el mundo, no podrás comprar tu alma. Respecto a la frase "¿qué podrá dar el hombre por su alma?", esto vale tanto como decir: Si perdieres las riquezas, podrás dar otras riquezas para comprarlas, mas si perdieres tu alma, no podrás dar otra alma, ni ninguna otra cosa para recuperarla. ¿Por qué maravillarse de que acontezca esto al alma, cuando parece que también sucede al cuerpo? En efecto, aun cuando a un cuerpo enfermo de una manera incurable pusierais diez mil diademas, no por eso se pone bueno. Siguiendo más adelante, no dijo Jesús "en tal o cual gloria del Padre" (a fin de evitar el que se sospechara que había dos glorias), sino "en la gloria del Padre" (para manifestar que hablaba de una misma gloria). Si la gloria es una sola, claro está que también la sustancia es una sola. ¿Por qué tienes, oh Pedro o cualquier otro, miedo a la palabra muerte? Sobre todo porque verás al Señor, y porque si él está en la gloria también lo estarás tú y todos los que siguieren su camino. Al hablar de la gloria, Jesús insinúa cosas terribles, poniéndonos delante el juicio por las palabras: "Dios dará a cada uno según sus obras". Aquí, Jesús no dijo esto para recordar a los pecadores sus males, consecuencia de sus pecados, sino también las recompensas y las coronas a los justos. El Señor, queriendo manifestar lo que es la gloria en la que vendrá, la reveló por adelantado a los apóstoles, ya en esta vida presente (en cuanto les era posible comprenderla), a fin de que no se abatieran con el pensamiento de la muerte. Eso sí, no les mostró la gloria para que le siguieran por esta gloria, sino para que desearan llevar esa gloria a los demás hombres.

XVII
Comentario de Mateo 17

Después de seis días, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó a un monte alto. Allí se transfiguró, delante de ellos. Su rostro resplandeció como el sol, y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. Se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: "Señor, bueno es que nos quedemos aquí. Si quieres, hagamos aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías"

1. El Señor espera que pasen 6 días, y no lleva inmediatamente a sus discípulos a la montaña, por 2 posibles motivos: o bien con el objeto de que los demás discípulos no abriguen sentimiento alguno de envidia, o bien para que adquieran vehementes deseos y suban con más ardor de su alma. Tomó Jesús a esos 3 discípulos porque eran los que ocupaban los 3 puestos más elevados. Ved como Mateo no oculta esa preferencia de los 3 discípulos, ni tampoco Juan, que hace mención de las principales alabanzas de Pedro. En definitiva, a estas alturas habían expulsado ya los apóstoles la emulación y la vanagloria. Hubo varios motivos para que Jesús fuese rodeado por Moisés y Elías. Primero, porque el pueblo decía que Jesús era uno de los profetas, y era necesario que vieran la diferencia entre Jesús y sus siervos, y por eso se manifiesta rodeado de los principales profetas. Segundo, porque continuamente acusaban los judíos a Jesús de trasgresor de la ley, blasfemo y usurpador de la gloria del Padre, y era necesario que vieran la inocencia de todas estas acusaciones, y por eso se presenta con aquellos, cuyo testimonio era irrecusable (pues Moisés promulgó la ley, y Elías no tuvo rival en celo por la gloria de Dios). Tercero, porque dentro de poco iba a tener lugar la pasión y muerte de Jesús, y era necesario que supiesen que él tenía poder sobre la muerte y sobre la vida, y por eso presenta al Moisés que había muerto y al Elías que aun vivía. Mateo podría aludir, quizás, a la gloria de Cristo resucitado, y Lucas insiste más bien en el tema de Jerusalén, como lugar más apropiado para la muerte (Lc 9). En ambos caso, tanto Moisés y Elías fueron profetas que se enfrentaron a los tiranos, Moisés al faraón (Ex 5) y Elías a Acab (1Re 10). También es posible que se quiera resaltar la mansedumbre de Moisés en la mansedumbre y el celo de Elías. Sobre las palabras que dijo el ardoroso Pedro ("Señor, bueno es que nos estemos aquí"), hay 3 posibles causas. En primer lugar, lo pudo decir porque comprendió que Jesús quería ir a morir a Jerusalén, y temiendo por él le pidió quedarse allí mismo, y no se moviese y desistiese de ir a Jerusalén. En segundo lugar, lo pudo decir tras ver la gran tranquilidad y soledad que había allí, y pensó que eso era conveniente como estilo de vida bueno ("es bueno estar así") y para siempre ("hagamos tres tiendas"). En tercer lugar, pudo pensar que, ante los enemigos, allí podrían tener la presencia de Elías (que hizo bajar fuego sobre la montaña; 2Re 1) y la de Moisés (que entró en una montaña y habló a Dios; Ex 24; 33).

Estaba aún Pedro hablando cuando vino una nube luminosa que los cubrió. Una voz, desde de la nube, decía: "Éste es mi Hijo, el amado, en quien yo me he complacido. Escuchadle". Cuando lo oyeron los discípulos, cayeron sobre sus rostros y tuvieron gran miedo, mas Jesús se acercó, los tocó y les dijo: "Levantaos, y no temáis". Alzando ellos los ojos, a nadie vieron, sino sólo a Jesús. Al bajar del monte, les mandó Jesús: "No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos"

2. El Señor no presenta aquí una "nube tenebrosa", como aconteció en Sinaí (Ex 19) para aterrar, sino una "nube luminosa" para enseñar. En este caso, no hablan Moisés ni Elías, sino el Padre celestial, que está sobre ellos, haciendo salir su voz de entre la nube, a fin de que crean los discípulos que esa voz viene de Dios. Siempre suele Dios aparecer en una nube, según aquello del salmo que dice: "La nube y la oscuridad están a su alrededor" (Sal 96,2). Sigue diciendo el relato que "una voz de la nube, decía". ¡No temas, Pedro! Sobre todo, porque Dios sí es poderoso, claro está, pero también es amoroso, y él te ama. No temas, oh hombre, porque él no pierde al que ama, ni tú lo puedes amar tanto como Jesús ama a su Padre (puesto que lo ama porque lo ha engendrado y entre los dos no tienen más que una sola voluntad). En concreto, el Padre dice del Hijo "en quien yo me he complacido", que vale tanto como decir "en quien descanso", "a quien acepto" y muchas cosas más, porque cumple con celo cuanto viene del Padre y no hay más que una sola voluntad entre él y el Padre, y si éste quiere que sea crucificado, él no se opone. Alguno preguntará: ¿Y cómo es que "cayeron sobre sus rostros" los discípulos en el monte, cuando en el bautismo de Cristo se oyó la misma voz, y ninguno de los asistentes experimentó semejante cosa? Y yo le respondo: Porque aquí era más grande la soledad, la altura y el silencio, y porque la transfiguración era imponente, así como la luz brillante y la nube extendida. Todo esto no podía menos de causar espanto en el corazón de los discípulos. Los discípulos preguntaron a Jesús: "¿Por qué dicen los escribas que Elías debe venir primero?". Y él les respondió: "Elías, en verdad, ha de venir, y restablecerá todas las cosas. Mas os digo que ya vino Elías, y no le conocieron e hicieron con él cuanto quisieron. De igual manera, también harán ellos padecer al Hijo del hombre". Entonces entendieron los discípulos que les había hablado de Juan el Bautista. No sabían los discípulos por las Escrituras la tal venida de Elías, sino porque lo habían oído de los escribas, y este dicho corría entre el pueblo ignorante, como otras cosas que se relacionaban con la venida de Cristo. Mas los escribas no interpretaban como convenía todo lo relativo a la venida de Cristo y de Elías. Las Escrituras hablan de dos venidas de Cristo: de la que ya ha tenido lugar y de la que se realizará después. Pero los escribas, para engañar al pueblo, no hablaban más que de una sola venida y sostenían que, si Jesús era el Cristo, debía ser precedido por Elías. No creáis que se equivocó el Señor diciendo que "vendrá Elías" (unas veces) y que "ya vino" (otras veces), porque cuando dice que "vendrá Elías", y restablecerá todas las cosas, habla del mismo Elías en persona. En efecto, Elías restablecerá todas las cosas, corrigiendo la infidelidad de los judíos cuando llegue el momento. Esto es precisamente "convertir el corazón de los padres hacia los hijos" y el de los judíos hacia los apóstoles. Si tan grandes bienes producirá la presencia de Elías, ¿por qué no fue enviado ya? Por esto mismo: porque entonces tomarían a Cristo por Elías, y no creerían en él, y porque anunciando Elías a Jesús, por tanto tiempo esperado, estarán todos más dispuestos a recibir sus palabras. Cuando el Señor dice que "ya vino" Elías, este Elías de quien habla el Señor es Juan de forma figurada, a quien se le llamaba Elías por su especial ministerio. En efecto, así como Elías será el precursor de su segunda venida de Cristo, también lo fue Juan en su primera venida, y por eso llama Jesús a Juan Elías, manifestando la conformidad de su venida con el Antiguo Testamento y las profecías. Refiere también Jesús a Juan, en otro momento, aludiendo a su pasión, haciendo mención a la pasión de Juan como precursora de la pasión de Jesús.

Cuando llegaron a donde estaba la gente, vino a Jesús un hombre que, hincando las rodillas delante de él, le dijo: "Señor, apiádate de mi hijo, que es lunático y padece mucho. Muchas veces cae en el fuego, y muchas en el agua. Lo he presentado a tus discípulos, pero no lo han podido sanar". Jesús dijo: "Oh generación incrédula y depravada, ¿hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os sufriré? Traédmelo acá". Jesús increpó al demonio, y éste salió del muchacho. Desde aquella hora fue sanado el mozo

3. Si no fuera por la providencia, este lunático ya hubiera perecido. ¿Por qué? Porque el demonio lo precipitaba al agua y al fuego, y le hubiera quitado completamente la vida si Dios no lo hubiera detenido. Observad, por otra parte, la imprudencia del padre del lunático, a la hora de interpelar a Jesús, y recriminar a sus discípulos, en presencia del pueblo. Ante esto, Jesús desvanece tal acusación, vuelve a llamar a los judíos incrédulos y depravados, y hace recaer sobre el mismo lunático la causa de no haber sido curado. Además, alega muchas otras razones que demuestran la poca fe de tal hijo. Sin embargo, el Salvador, para no asustar al padre, no lo ataca personalmente, sino que se dirige a todos los judíos. Es probable que muchos de los que se hallaban presentes no pensaran bien de sus discípulos, y por eso sigue diciendo Jesús: "¿Hasta cuándo os tendré que sufrir?". Por esos judíos dijo Jesús estas palabras, y no por sus discípulos. Jesús dijo sufrir para aludir a sus planes de pasión, y dijo "¿hasta cuándo estaré con vosotros?" para mostrar su deseo de alejarse ya del mundo. Después de haber excusado el Señor a sus discípulos, infunde en el padre del hijo la dulce esperanza de curar al hijo, y le persuade a que tenga fe en el milagro. Viendo que el demonio se agitaba mucho, con solo llamarlo, Jesús "le increpó". ¿A quién? No al paciente, sino al demonio.

Los discípulos preguntaron a Jesús: "¿Por qué nosotros no lo pudimos expulsar?". Jesús les respondió: "Por vuestra poca fe. Si tuviereis fe como un grano de mostaza, diríais a este monte ¡pásate de aquí a allá!, y se pasaría, y nada os sería imposible. En cuanto a esta casta de demonios, sólo se expulsa con oración y ayuno"

4. Los discípulos habían recibido poder sobre los espíritus inmundos, pero como no pudieron curar al último endemoniado, aparecen ciertas dudas que corrían el peligro de tirar por tierra la gracia que se les había concedido. Por eso, los discípulos "preguntaron a Jesús". Le preguntan aparte, y no por vergüenza sino porque era grande e inefable el objeto de su pregunta. Jesús les respondió: "Por vuestra poca fe", por donde se ve que algunos apóstoles decayeron algo en la fe (aunque no todos, porque las columnas de la fe, que eran Pedro, Santiago y Juan, no estaban con ellos). Es necesario saber aquí esto: que así como basta (casi siempre) la fe del que se acerca para recibir el efecto del milagro, así también es suficiente (a veces) la virtud del que hace el milagro, aun cuando no crean aquellos que pidieron el milagro. Tal sucedió en el hecho de Cornelio, con aquellos que atrajeron por su propia fe la gracia del Espíritu Santo, mientras que aquel muerto que fue arrojado al sepulcro de Elíseo resucitó por virtud del cuerpo santo (2Re 13). En el caso presente, aconteció que los discípulos que antes de la cruz tenían disposiciones imperfectas, decayeron algún tanto en la fe y por esta razón se dice que la fe es la causa de los milagros, según las palabras del Señor ("si tuvierais fe"). Por esta razón hace mención de la traslación de las montañas y Jesús dice que "nada os será imposible". Alguno preguntará: ¿Y cuándo trasladaron los apóstoles montañas? Y yo le respondo: No eso, sino cosas mucho más difíciles, como resucitar muertos en muchas ocasiones. Además, no dice el Señor que harían este portento concreto, sino que podrían hacerlo y otros mucho mayores. Además, no están escritos todos los milagros que los apóstoles hicieron cuando se dispersaron, y por eso no podemos saber todos los que hicieron. Respecto a "esta casta de demonios", Jesús no sólo se refiere a los demonios lunáticos, sino a toda clase de demonios. El ayuno al que alude Jesús, efectivamente, da mucha sabiduría, y hace al hombre semejante a un ángel del cielo, y es una herramienta muy eficaz para vencer los poderes incorpóreos. Con todo, le es necesaria la oración como elemento principal, y así el que ora como conviene, y ayuna con conciencia, no necesita más. Además, de esta manera tal discípulo no se hace avaro, y está pronto a dar limosna, y va ligero por la vida, y ora con vigilancia, y apaga las malas concupiscencias, y hace a Dios propicio, y humilla el orgullo del alma. En definitiva, el que une la oración y el ayuno, tiene dobles alas y más rapidez que los mismos vientos. Ese tal no bostezará, ni se dormirá durante la oración (como acontece a muchos), y estará más enardecido que el fuego, y será superior a la naturaleza terrestre. Este tal, por tanto, será el enemigo más terrible para el demonio, porque nada hay más poderoso que el hombre que ora como debe. Si tenéis el cuerpo enfermo para ayunar, no lo tenéis para orar, y si no puedes ayunar sí que puedes abstenerte de los placeres ilícitos, y esto no es cosa de escasa importancia, ni muy distante del ayuno.

Cuando llegaron a Cafarnaum, vinieron a Pedro los que cobraban los didracmas y le dijeron: "Vuestro maestro, ¿no paga las didracmas?". Pedro contestó: "Sí las paga". Entrando en casa, Jesús preguntó a Pedro: "¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra, ¿a quién cobran el tributo y el censo? ¿A sus hijos, o a los extraños?". Pedro respondió: "A los extraños". Jesús le dijo: "Luego los hijos son francos. Mas, para no escandalizarlos, ve a la mar, echa el anzuelo y toma el primer pez que pique. Abriéndole la boca, hallarás un estáter. Tómalo y págalo, por mí y por ti"

5. Cuando ordenó Dios dar muerte a todos los primogénitos de los egipcios, recibió el Señor el tributo de la tribu de Leví, en conmemoración de este hecho. Después, como en Judea era inferior el número de los de la tribu que el número de los primogénitos, se mandó completar los que faltaban para llenar ese número con un siclo, y de aquí surgió la costumbre de pagar un impuesto por los primogénitos (como Cristo, que era primogénito). Éste es el origen del tributo que exigían aquí los judíos, que se acercan a Pedro porque les parecía que era el principal. Yo soy de la opinión de que estos judíos no exigían este tributo en todas las ciudades, y que si lo exigieron en Cafarnaum por enterarse que allí es donde vivía Jesús. Por supuesto, no lo exigieron con mucha vehemencia, sino con gran dulzura, y no en forma de acusación sino preguntando: "Vuestro maestro ¿no paga los didracmas?". ¿Qué contesta Pedro? Dice que sí, y se lo dice a aquellos a quienes paga y no a Cristo, sin duda porque le causaba vergüenza el hablar de esas cosas a Cristo. Con todo, si él no era hijo, en vano nos propuso este ejemplo. Alguno dirá: Sí es hijo, pero no propiamente sino extraño. Y yo le digo: De ese modo, el ejemplo no tiene valor. Yo diría que Cristo no habla aquí de "los hijos" en general, sino de los hijos naturales y propios. De ahí la contraposición que estableció con los extraños, nombre con que designa a los no nacidos de los reyes. Ved también cómo certifica aquí Cristo lo que el Padre reveló a Pedro, y que fue la causa de que exclamara: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16,16). Mirad cómo Jesús, ni rechaza el tributo, ni manda darlo sin más. Ante todo, hace constar que él está exento, y a continuación lo paga. Lo uno, para que no se escandalicen los discípulos, y lo otro para que no se escandalicen los cobradores. O también, porque no quiere que se dé de la plata que llevaban, para hacer ver que él era el Señor del mar y de los peces. Así como nos causa asombro la virtud de Cristo, así también debe llenarnos de admiración la fe de Pedro, que obedeció a una cosa tan difícil. Por eso el Señor lo recompensó por su fe, y lo incorporó consigo en la paga del impuesto, cosa que le fue sumamente honrosa, sobre todo cuando le dijo: "Ábrele la boca al pez, y hallarás un estáter", y: "Dalo por mí y por ti".

XVIII
Comentario de Mateo 18

Los discípulos le preguntaron a Jesús: "¿Quién piensas que es el mayor en el reino de los cielos?". Llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: "En verdad os digo que, si no os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Cualquiera, pues, que se humillare como este niño, éste es el mayor en el reino de los cielos. El que recibiere a un niño tal en mi nombre, a mí recibe. El que escandalizare a uno de esto pequeñitos, que en mí creen, mejor le fuera que colgasen a su cuello una piedra de molino de asno, y le anegasen en lo profundo del mar"

1. Por cualquier motivo (posiblemente, por la predilección de Jesús hacia Pedro) surgió entre cierto sector de los discípulos (no necesariamente entre los apóstoles) una especie de resentimiento, que da a entender Mateo cuando dice que "llegaron los discípulos a Jesús diciendo: ¿Quién piensas que es mayor en el reino de los cielos". Se avergonzaban de confesar la pasión que sufrían, y por eso no dicen abiertamente ¿por qué honraste más a Pedro que a nosotros?, sino "¿quién es el mayor?". Cuando distinguió el Señor a sus 3 discípulos (a Pedro, a Santiago y a Juan) en la transfiguración, no experimentaron lo demás resentimiento alguno, mas cuando ven que uno solo es el honrado, se quejan los otros. Debemos considerar, primeramente, que no exigen los discípulos la mayordomía sobre las cosas de la tierra, y que al instante depusieron su movimiento apasionado. En segundo lugar, consideremos cómo nosotros no podemos llegar ni siquiera hasta sus defectos, porque no preguntamos quién es el mayor en el Reino de los Cielos, sino quién es el mayor en el Reino de la Tierra. Me parece una cosa muy bien hecha la presentación que hace Jesús, en medio de ellos, de un niño inocente, que equivale a decir: No solamente recibiréis una recompensa si os hiciereis como este niño, sino que, si honrareis por mí a todos los que se hacen semejantes a un niño, yo determino para vosotros, como recompensa del honor que les habéis dado, el Reino de los Cielos. Es más, también les propone otra cosa mayor, con estas palabras: "A mí recibe". A continuación, añade Jesús enseguida: "Al que escandalizare, más le valdría que lo colgasen", lo que equivale a decir: Así como tienen una recompensa los que por mí honran a éstos, así también los que los deshonran deben sufrir los más terribles males. Y no os admiréis de que se llame escándalo al desprecio, porque muchos pusilánimes se escandalizan por los desprecios que se les hacen. Hubiera sido una consecuencia de lo anterior decir a los escandalizadores "a mí no recibe", que era el más amargo de todos los males, mas como ellos eran groseros, y no se movían por esto, el Señor, para manifestarles la pena que les está reservada, usa un ejemplo conocido para mostrarles el más terrible castigo que les está reservado.

"¡Ay del mundo por los escándalos! Necesario es que vengan escándalos, mas ¡ay de aquel por quien viene el escándalo! Por tanto, si tu mano o tu pie te escandaliza, córtalo y échalo de ti, porque más te vale entrar en la vida manco o cojo, que guardar las dos manos y los dos pies y ser echado en el fuego eterno. Si tu ojo te escandaliza, sácalo y échalo de ti, porque mejor te es entrar en la vida con un solo ojo, que tener dos ojos y ser echado en la gehena del fuego"

2. En las palabras "necesario es" no quita Jesús el libre albedrío, ni nos somete a la fatalidad, sino que predice lo que irremisiblemente ha de suceder. Indudablemente, los escándalos nos alejan del camino recto, y la predicación de Cristo no abre la puerta a los escándalos. Por eso, la predicción no es causa del escándalo, y cuando se predice no se hace más que decir con anticipación lo que realmente ha de suceder. Alguno preguntará: Si todos se corrigen, y no hay persona alguna que escandalice, ¿no se podrán acusar de falsedad las palabras de Cristo? Y yo le respondo: De ninguna manera, pues el Señor habló así porque previó que los hombres no se habrían de corregir. De hecho, él mismo dijo "es necesario que hayan escándalos", y no hubiera dicho esto si los hombres se hubieran de corregir. Los escándalos, en efecto, levantan y estimulan a los hombres, los hacen más avisados, levantan con prontitud al que cae y a éste le inspiran más solicitud. Para que podáis estar seguros de que no hay necesidad absoluta de que existan los escándalos, escuchad lo que sigue: "Si tu mano o tu pie te escandaliza". Es más, no habla aquí Jesús de los miembros del cuerpo, sino de los amigos, a quienes nosotros tenemos como miembros necesarios. En definitiva, nada hay tan nocivo como una conversación mala.

"No tengáis en poco a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles siempre ven la cara de mi Padre celestial. El Hijo del hombre vino a salvar lo que había perecido. ¿Qué os parece? Si alguno tuviere cien ovejas, y se descarriare una de ellas, ¿por ventura no deja las noventa y nueve en los montes, y va a buscar aquella que se extravió? Y si aconteciere hallarla, os digo que se goza más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron. Así, no es la voluntad de vuestro Padre celestial que perezca uno de estos pequeñitos"

3. Se gana mucho con huir de los malos y con honrar a los buenos. Esto es algo que ya nos había enseñado el Señor anteriormente, cuando nos había invitado a cortar con las amistades que escandalizan. En el caso presente, aquí nos enseña a rendir culto y a tener celo por los santos. O por los que son perfectos, que para muchos son mirados como pobres y despreciables. No habla aquí el Señor de los ángeles indistintamente, sino de los "ángeles más elevados". ¿Y eso? Por esto mismo: porque dice que "ven siempre la cara de mi Padre", y eso significa que su presencia es muy libre, y que el honor que gozan delante de Dios es muy grande. Otra nueva razón nos da el Señor para que no despreciemos a los pequeñitos, cuando dice: "Porque el Hijo del hombre vino". Añade el Señor, a lo que acaba de decir, una parábola, para demostrar que la voluntad que tiene el Padre es salvar a todos los hombres, cuando dice: "¿Qué os parece? Si tuviere alguno cien ovejas".

"Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo, entre tú y él solo. Si te oye, has ganado a tu hermano. Si no te oye, toma contigo a uno o dos más, para que por boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oye, dilo a la Iglesia, y si no oye a la Iglesia, tenlo como un gentil y un publicano"

4. Después de hablar el Señor con tanta vehemencia contra los que escandalizan, advirtiéndoles por todas partes, a fin de que no se hagan tan perezosos aquellos que son el objeto del escándalo, y que por evitar un pecado no caigan en el de la negligencia, y tratando ellos de que se les perdone en todo, y no se llenen de orgullo, el Señor los contiene sobre este punto y manda que se les reprenda, diciendo: "Si tu hermano pecare contra ti, repréndelo". Debemos considerar aquí que el Señor lleva con frecuencia, a aquel que ha causado tristeza, hasta aquel que ha sido entristecido. Así lo dijo cuando recalcó: "Si te acordares de que tu hermano tiene alguna cosa contra ti, ve y reconcíliate con tu hermano" (Mt 5,23-24). En otra ocasión, mandó el Señor que, aquel que sufre injustamente, debe perdonar a su prójimo, al decir: "Nosotros perdonamos a nuestros deudores" (Mt 6,12). Aquí, Jesús haya otro modo de proceder. ¿Por qué? Porque no es el ofensor, sino el ofendido, quien ha de buscar la reconciliación. Como el ofensor no sería fácil que fuera a pedir perdón, de pura vergüenza y sonrojo, de ahí que manda al ofendido a que dé este paso, con el fin de corregir lo sucedido. Por eso dice "ve y corrígele". No dice acusad, reñid, pedid venganza, sino corregid. Es decir, recordadle sus pecados; decidle lo que vosotros sufrís por causa de él, porque él está ebrio por la ira y la vergüenza y sumergido en un sueño profundo, y vosotros que estáis sanos y debéis ir a aquel que está enfermo. Por esta razón hace esta recomendación, con relación a aquel que ha sufrido la injuria y no con respecto a otro. El que ultraja a otro sufre más fácilmente la corrección del ultrajado, sobre todo si se la hace a solas. Es más, no hay cosa que más aplaque al que ultraja, como el ver que aquel que puede pedirle una reparación, se toma tanto cuidado por su salud. Manifiesta el Señor en esas palabras que la enemistad es un perjuicio para los dos que se enemistan, y por eso no dijo "que él se ganó a sí mismo", sino "que tú le has ganado a él". Por esto se ve que, tanto tú como él, habíais sufrido un perjuicio a causa de vuestra discordia. Lo que debemos hacer, si no hemos persuadido a nuestro hermano, lo dice el Señor con estas palabras: "Si no te oyere, toma aun contigo uno o dos". Cuanto más desvergonzado y terco fuere, tanto más conviene aplicarle la medicina, pero sin moverle a la cólera o al odio. En efecto, no desiste el médico cuando ve que no cede la enfermedad, sino que entonces es cuando más se prepara para vencerla. Ved, pues, cómo no debemos proponernos la venganza, sino la enmienda en la corrección; atendido esto, no manda que en seguida se tomen dos, sino cuando no quisiere corregirse y ni aun en este caso quiere que se le mande al pueblo, sino que se le corrija delante de uno o de dos, según previene la ley que dice: "Que toda palabra salida de la boca de dos o tres testigos sea tenida por estable", que es como si dijera: Tenéis un testimonio, habéis hecho lo que está de vuestra parte, os habéis puesto al servicio de los que están al frente de la Iglesia. El Señor, no obstante, no nos ha mandado jamás, con respecto a los que están fuera de la Iglesia, una cosa parecida a la que nos manda aquí, sobre la corrección de los hermanos. En cuanto a los extraños, dice él, "si alguno te hiriere en la mejilla, preséntale también la otra" (Mt 5,39), y San Pablo dirá: "¿Cómo he de juzgar a los que están fuera?" (1Cor 5,12). A los propios hermanos se nos manda, por tanto, que los reprendamos y separemos.

"Todo aquello que vosotros atéis sobre la tierra, atado será también en el cielo, y todo lo que desatéis sobre la tierra, desatado será también en el cielo. Si dos de vosotros convienen algo sobre la tierra, toda cosa que pidieren les será hecho por mi Padre, que está en los cielos. Donde estén dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos"

5. Es de observar que no encomendó Jesús este atar y desatar al primado de la Iglesia (es decir, a Pedro), sino al vosotros, y que todo fue dicho en plural. ¿Qué significa el término atéis? Esto mismo: las ligaduras indisolubles, como dejando esto a su juicio. Ved cómo ata el Señor con dobles ligaduras al incorregible: con la pena actual (es decir, con la separación de la Iglesia, de la que ya ha hablado cuando dijo "tenedle como un publicano"; Mt 18,17), y con el suplicio futuro (de quedar atado en el cielo, a fin de que con la multitud de juicios se desvanezca la cólera del hermano). Cuando Jesús dice "será hecho por mi Padre", lo que trata de mostrar es que él concede lo mismo que el Padre, pues dice "allí estoy yo, en medio". No dijo simplemente "porque están congregados", sino "en mi nombre", que es como si dijera: Si yo soy el motivo principal de la amistad que uno tiene con su prójimo, estaré con él, si es virtuoso en lo demás. ¿En qué consiste que los que se convienen entre sí no consiguen lo que piden? Primero, que no piden lo que les conviene. Segundo, que no son dignos los que piden. Tercero, que no llevan las disposiciones convenientes (pues Jesús dice "si dos de vosotros", a forma de decir: Los que hacéis una vida evangélica. Cuarto, que suplican exigiendo venganza contra aquellos que los han entristecido. Quinto, que piden por los pecadores impenitentes.

Pedro, llegando a Jesús, le preguntó: "Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí, y yo le he de perdonar? ¿Hasta siete veces?". Jesús le contestó: "No siete veces, sino setenta veces siete"

6. Creyó Pedro haber dicho "muchas veces" al decir siete, pero ved la contestación de Cristo, el gran amigo del hombre: "Setenta veces siete", lo cual no significa un número determinado porque el perdón no es una cuestión de números, sino algo que debe ser expresado siempre y sin interrupción.

El reino de los cielos es comparado a un hombre rey que quiso entrar en cuentas con sus siervos. Habiendo comenzado a tomar las cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Como éste no tuviese con qué pagarlos, el señor mandó que fuese vendido él, junto a su mujer e hijos, y cuanto tenía, para que de esa forma pagase. Entonces el siervo, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: "Señor, espérame, que todo te lo pagaré". Compadecido el señor de aquel siervo, le dejó libre, y le perdonó la deuda. Cuando salió aquel siervo, halló a un consiervo que le debía cien denarios, y agarrándolo comenzó a ahogarlo, al tiempo que decía: "Págame lo que me debes". Arrojándose a sus pies, el compañero le rogaba diciendo: "Ten un poco de paciencia, y todo te lo pagaré". Mas él no quiso, y fue y lo hizo poner en la cárcel hasta que pagase lo que le debía. Viendo los otros compañeros lo que pasaba, se entristecieron mucho y fueron a contar a su señor todo lo que había pasado. Entonces le llamó su señor y le dijo: "Siervo malo, toda la deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, así como yo la tuve de ti?". Y enojado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que debía. Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón a vuestro hermano

7. El Señor añade esta parábola para que a nadie le resulte excesivo el número "setenta veces siete", a la hora de perdonar. No manda esto llevado de un sentimiento cruel, sino de un afecto inefable, y lo que quiere es llenar de santo temor, y hacer que supliquemos y no nos vendamos. En cuanto a la expresión "arrojándose a sus pies, el siervo le rogaba", ved la sobreabundancia del amor divino. El siervo pide al almo que se le prolongue el tiempo, y él le concede más de lo que le pide, perdonándole y concediéndole todas las deudas. Incluso hizo más. Él quería darle desde el principio, pero no quería que su donativo viniese solo, sino acompañado de las súplicas del siervo, a fin de que no se retirase éste sin mérito personal. Mas no le perdonó las deudas antes de pedirle cuentas, para enseñarle cuántas eran las deudas que le perdonaba y hacerle de este modo más benigno para su consiervo. Todas las cosas hechas hasta ahora, fueron efectivamente oportunas. Confesó él sus deudas y el Señor prometió perdonárselas; suplicó arrojándose a sus pies y comprendió la grandeza de sus deudas; pero lo que después hizo fue indigno de lo primero. Sigue diciendo Jesús que, "habiendo salido de allí aquel siervo, encontró a uno de sus consiervos que le debía cien denarios, y forcejeando con él lo quería ahogar". La diferencia que existe entre los pecados que se cometen contra el hombre, y los que se cometen contra Dios, es tan grande como la que hay entre 10.000 talentos y 100 denarios. Esto se hace aun más claro por la diferencia de pecados, y el corto número de los que pecan. Nosotros nos abstenemos y evitamos pecar delante del hombre que nos ve, y delante de Dios, que nos está viendo, no cesamos de pecar, obrando y hablando todo lo que nos parece sin el menor miedo. De aquí es, que la gravedad de estos pecados proviene no solamente porque los cometemos contra Dios, sino también porque los cometemos abusando de los beneficios con que él nos ha llenado. En efecto, Dios nos ha dado la existencia, y todo lo ha creado por nosotros. Él inspiró en nosotros un alma racional, nos mandó a su Hijo, nos abrió el cielo y nos hizo hijos suyos. ¿Le recompensaríamos nosotros dignamente, aunque muriéramos todos los días por él? De ninguna manera, pues esto redundaría sólo en utilidad nuestra, que no cesamos de infringir sus leyes. Cuando dice Jesús que el siervo salió, no se entiende que fue después de pasado mucho tiempo, sino inmediatamente, resonando aun en sus oídos las palabras del beneficio, abusó maliciosamente del perdón que le dio su Señor. Lo que después hizo, se ve por lo que sigue: "Arrojándose su compañero a sus pies, le rogaba diciendo: Ten un poco de paciencia". El ingrato siervo no respetó las palabras que lo salvaron a él, y "no quiso" perdonar a su compañero. Ved aquí la caridad del Señor y la crueldad del siervo. El primero perdona 10.000 talentos y el segundo no quiso perdonar 100 denarios. El siervo pide a su Señor, y obtiene el perdón completo de toda la deuda. Al siervo, su compañero le suplica que le deje tiempo para poder ganarlo, y ni aun esto le concede. Se movieron a compasión los que no debían, y "se entristecieron mucho". A decir verdad, el amo no llamó "siervo malo" a su siervo cuando debía 10.000 talentos, ni tampoco le injurió, sino que se compadeció de él. Por el contrario, cuando correspondió con ingratitud, entonces es cuando le dice "siervo malo". Esto es lo que significan las palabras "¿no debías tú también tener compasión?". Puesto que el siervo no se hizo mejor por el beneficio, el amo lo puso bajo arresto para que se corrigiera. En concreto, "enojado su Señor, lo entregó a los verdugos". No simplemente "lo entregó", sino que lo entregó enojado, palabra que no empleó cuando mandó que fuese vendido, y que es más bien propia de un amor que quiere corregir, no de un desahogo de la cólera. En definitiva, la sentencia es de suplicio y de castigo, y manifiesta que el siervo será continuamente (esto es, eternamente) castigado, y que jamás habrá pagado. Aunque son irrevocables los dones y las vocaciones de Dios son irrevocables, y por lo visto también cierta malicia humana. ¿Cuál? Esta misma: la que destruye el sentido de la ley de Dios, que es el perdón.

XIX
Comentario de Mateo 19

Cuando Jesús hubo acabado de decir estas palabras, marchó de Galilea a los confines de Judea, a la otra parte del Jordán. Le siguieron muchas gentes, y él los sanó. Llegaron a él los fariseos, tentándole y preguntándole: "¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier causa?". Él respondió: "¿No habéis leído que, el que hizo al hombre desde el principio, macho y hembra los hizo, y dijo: Por eso dejará el hombre padre y madre, y se unirá a su mujer, y serán dos en una carne? Así, que ya no son dos, sino una carne. Por lo tanto, lo que Dios unió, que el hombre no lo separe". Dícenle: "¿Y por qué mandó Moisés dar carta de divorcio y repudiarla?". Jesús les dijo: "Porque Moisés, por la dureza de vuestros corazones, os permitió repudiar a vuestras mujeres, mas al principio no fue así"

1. El Señor había abandonado Judea en el pasado a causa de la envidia de los judíos, y ahora va a ella de nuevo para verificar el tiempo de su pasión. E incluso va más allá, hasta sus confines. Esto sucedió cuando Jesús hubo "acabado de decir estas palabras". Debemos considerar con esto que el Señor no insiste de un modo continuo en la predicación ni en los milagros, sino que practica lo uno y lo otro alternativamente, a fin de hacer creíble por los milagros lo que dice, y manifestar por sus discursos la utilidad de sus milagros. En definitiva, la curación de unos le servía de motivo para derramar sobre otros la luz divina (excepto sobre los fariseos, a quienes los milagros endurecían más). Sigue diciendo Mateo que "llegaron a él los fariseos, tentándole y diciéndole: ¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer?". Observad cómo, hasta en el modo de preguntar, aparece siempre la malicia de los fariseos. Ya el Señor les había hablado sobre esta ley, pero ellos, como si nada les hubiera dicho, le vuelven a preguntar, creyendo que no recordaría lo que les había dicho en el pasado. No sólo por el modo con que Dios creó al hombre, sino también por la ley, el Señor manifiesta que el hombre y la mujer debían estar unidos, y que jamás debían separarse. Es más, "por esto dejará el hombre padre y madre, y se unirá a su mujer". Ved aquí la sabiduría del Maestro, que cuando fue preguntado si era lícito, no contestó en seguida "no es lícito" (a fin de que no se asustaran), sino que empezó por las pruebas y motivos de su ilicitud. En concreto, porque "Dios, al principio, hizo al hombre y a la mujer", y no los unió simplemente, sino que mandó que "dejaran al padre y a la madre". No dijo sencillamente que "se fuese" el hombre con su esposa, sino que "se uniese" a ella, manifestando con ello la indivisibilidad. Además, añadió que se trata de una unión muy estrecha, diciendo: "Serán dos en una carne". Después que el Señor hubo citado las palabras, y los hechos de la ley antigua, él mismo da la interpretación de esas palabras y hechos, y afirma su ley diciendo: "Así que ya no son dos, sino una carne". Así también, de los que se aman espiritualmente se dice que tienen una sola alma, según aquel pasaje que dice: "Eran todos los creyentes de un solo corazón y de una sola alma" (Hch 4,32). En este caso, del esposo y de la esposa se dice que se aman carnalmente, y que son una sola carne, y que así como es cosa sucia cortar la carne, así también es una iniquidad dividir la mujer. Antiguamente, ya Dios había mandado esta unión, cuando dijo: "Lo que Dios une, que el hombre no lo separe". Está bien claro, por tanto, que repudiar a la mujer es un acto contrario a la naturaleza y a la ley. Contra la naturaleza, porque queda dividida una sola carne, y contra la ley porque se repudia a la mujer a pesar de la unión hecha por Dios y de su mandato de que no sea dividida. Si el Señor fuese contrario al Antiguo Testamento, no hubiese combatido en favor de Moisés ni hubiera demostrado la concordancia del Antiguo Testamento con lo que él dice. La inefable sabiduría de Cristo no excusa a los fariseos por su pregunta, y les dice: "Moisés, por la dureza de vuestros corazones, os permitió". De esta manera, salva a Moisés de toda especie de acusación, y la hace recaer toda sobre ellos. Finalmente, como era algo importante lo que el Señor acababa de decir, vuelve en seguida su discurso a la ley, diciendo: "Al principio no fue así", y: "Todo aquél que repudiare a su mujer, sino por la fornicación, y tomare otra, comete adulterio", y: "El que se casare con la que otro repudió, comete adulterio".

Los discípulos dijeron a Jesús: "Si esa es la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse". Él les dijo: "No todos son capaces de eso, sino aquellos a quienes les es dado. Hay castrados que así nacieron del vientre de su madre, y hay castrados por los hombres; y hay castrados que a sí mismos se castran por amor del reino de los cielos. El que pueda ser capaz, séalo"

2. Ofrece menos dificultades combatir la propia concupiscencia que combatir una mujer mala. Por eso el Señor, a fin de manifestar la posibilidad en este asunto, dice que "hay castrados", como si dijera: Pensad en lo que deberíais hacer, si hubieseis sido amputados por manos extrañas, porque no tendríais placeres ni recompensas. En las palabras "se castraron a sí mismos" no expresa el Señor la amputación de los miembros, sino la amputación de los pensamientos, que es digno de maldición, favorece a los maniqueos (detractores de las criaturas) y obra inicuamente contra lo creado por Dios (el pensamiento, aparte del cuerpo humano). Es una tentación del demonio, por tanto, amputarse algún miembro creado. Además, los que hacen tal cosa no por eso acallan los estímulos de la concupiscencia, sino que se irritan más en los deseos incontinentes y en un alma negligente. Si el alma fuere sobria, ninguna influencia ejercerá en nosotros el movimiento de la sangre o del esperma. La amputación de un miembro, por tanto, ni aleja las pasiones, ni nos deja tranquilos, ni frena el pensamiento.

Vino uno a Jesús y le preguntó: "Maestro bueno, ¿qué bien he de hacer para conseguir la vida eterna?". Jesús le dijo: "¿Por qué me preguntas sobre el bien? Sólo uno es bueno, que es Dios. Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos". Él le dijo: "¿Cuáles?". Jesús le dijo: "No matarás, no cometerás adulterio, no hurtarás, no dirás falso testimonio, honrarás a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo". El mancebo le dice: "Yo he guardado todo eso desde mi juventud. ¿Qué me falta aún?". Jesús le dijo: "Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, y dalo a los pobres. Así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven conmigo y sígueme". Cuando oyó el mancebo estas palabras, se fue triste, porque tenía muchas posesiones

3. No dudo yo en llamar a este joven avaro y amante de las riquezas, puesto que así lo llamó el Señor. Eso sí, dudo en llamarlo hipócrita, porque no estoy seguro de ello y no se debe juzgar sobre cosas inciertas, especialmente si se dirigen a formular una acusación. Marcos desvanece esta sospecha cuando dice que "fue corriendo y se echó a los pies del Señor para suplicarle" (Mc 10), y añade que Jesús "le miró y le amó", como si se hubiera acercado a Jesús con el objeto de tentarle, y Jesús le estuviera reprendiendo con una insinuación secreta. De hecho, Jesús le pregunta: "¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno?, a forma de decirle ¿Qué utilidad hay en contestarte a esta pregunta? Yo pienso más bien que aquel joven no era hipócrita, y por eso Jesús, al tiempo que le reprende, también trata de ganarlo poco a poco, enseñándole a despreciar la adulación y a retirarse de las cosas terrenales. También le convence Jesús a que se una a Dios, a que busque las cosas de la otra vida y a que conozca al que es el verdadero bien, la raíz y la fuente de todo lo bueno. No preguntó todo eso el joven, por tanto, para tentar al Salvador, sino porque creía que, fuera de los preceptos de la ley, debía haber otros que le abrirían la puerta de la vida. Después de mencionar el Señor los preceptos de la ley, el joven le dice: "Yo he guardado todo eso desde mi juventud", y no se detiene aquí sino que pregunta de nuevo: "¿Qué me falta aún?", indicando, según creo yo, un deseo vehemente. El Señor le responde con el tema de la fortuna, aconsejando que debemos despojarnos de ella, y manifiesta que la recompensa que él dará será tanto mayor que la fortuna, y que grande es la distancia que hay entre el cielo y la tierra. Por eso dice "tendrá un tesoro en el cielo". La palabra tesoro expresa la abundancia y la estabilidad de lo que él nos dará. Por eso, no son igualmente esclavos de las riquezas los que tienen muchas y los que tienen pocas, porque las bajas riquezas levantan una llama siempre creciente y avivan el deseo con una violencia cada vez mayor.

Jesús dijo a sus discípulos: "Con dificultad entrará un rico en el reino de los cielos. Sí, más fácil es que pase un camello por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos". Los discípulos, cuando oyeron estas palabras, se maravillaron mucho, y dijeron: "¿Y quién podrá salvarse?". Mirándolos Jesús, les dijo: "Esto es imposible para los hombres, mas para Dios todo es posible"

4. El Señor no dijo estas palabras para condenar las riquezas en sí, sino a aquellos que son esclavos de ellas y para que sus discípulos, al verse pobres, no se avergonzaran de la pobreza. Después de haber dicho el Señor lo difícil que es a un rico entrar en el Reino de los Cielos, pasa a manifestar la magnitud de dicha imposibilidad, a través del siguiente ejemplo: "Más fácil es que pase un camello por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos". Los discípulos, que vivían en la pobreza, y que ya tenían entrañas de predicadores, se conturban y se afligen por la salud de los hombres, y por eso hacen la siguiente pregunta: "¿Quién podrá salvarse?". El evangelista demuestra, como consecuencia de lo dicho, la necesidad que tenemos del auxilio de Dios y de su gracia abundante, para que podamos dirigirnos bien en el uso de las riquezas. Por eso dice que, mirándolos Jesús, les dijo: "Esto es imposible para los hombres, mas para Dios todo es posible". Con las palabras "mirándolos Jesús", Mateo subraya que Jesús mitiga con su dulzura el temor de los discípulos. Por supuesto, no dice el Señor todo esto con el objeto de que permanezcamos en la inacción y nos abstengamos de obrar porque se nos figuren las cosas como imposibles, sino para que levantemos los ojos hacia la grandeza de la justicia de Dios, y saltemos por encima de todo después de haber invocado a Dios.

Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: "Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué es, pues, lo que tendremos?". Jesús les dijo: "En verdad os digo que vosotros, los que me habéis seguido, cuando en la regeneración se siente el Hijo del hombre en el trono de su majestad, os sentaréis también vosotros sobre doce sillas, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y cualquiera que dejare casa, o hermanos, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras por mi nombre, recibirá el ciento por uno, y poseerá la vida eterna. Con todo, muchos primeros serán postreros, y muchos postreros serán primeros"

5. Buen Pedro, ¿cuáles son tus bienes? ¿Una caña, una red y una barca? Por lo visto, a esto llama Pedro todo lo nuestro. ¿Es esto vanidad, o qué es? Yo creo que no era vanidad, sino el deseo de que Jesús siguiera explicándose, para saber mover a otros a hacer lo mismo que habían hecho los apóstoles. De hecho, el Señor había dicho hace poco "si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes", y ¿cómo iba a ser capaz él de proponer lo mismo? Pedro hace la pregunta, por tanto, a fin de que sepáis que, aunque no seáis perfectos, no por eso desesperéis. Así, el que recibió las llaves del Reino de los Cielos pregunta aquí por todo el género humano, y toma la palabra por todos aquellos que ya le habían sido confiados y por todas las gentes de la tierra. Mirad, pues, con qué cuidado y cómo hace su pregunta Pedro, en armonía con las palabras de Cristo. Mandó Cristo dos cosas al rico: que diera a los pobres lo que tenía, y que le siguiera. Pues bien, esto mismo es lo que dice Pedro ("nosotros te hemos seguido"). No dijo el Señor "a las naciones de todo el mundo", sino "a las tribus de Israel"; porque tanto los apóstoles como los judíos habían sido educados bajo las mismas leyes y costumbres. Por consiguiente, cuando digan los judíos que no pudieron creer en Cristo porque se los prohibía la ley, se presentarán los discípulos que recibieron la misma ley. Pero dirá alguno: ¿qué cosa considerable les ha prometido el Señor si tendrán ellos lo mismo que tienen los ninivitas y la reina del sur? El Señor les promete otras recompensas superiores a las que deben recibir los primeros, pero aquí insinúa veladamente algo más para ellos. Acerca de los judíos, había dicho Jesús que los ninivitas "se levantarán y los condenarán", mientras que a sus discípulos les dice: "Cuando se siente el Hijo del hombre, os sentaréis también vosotros". Queda claro, pues, que los discípulos participarán de la gloria y del reino del Señor, y que esta gloria y este Reino es lo que el Señor significó con la palabra tronos. Alguno preguntará: ¿Y cómo se cumple esta promesa? ¿Y también se sentará también Judas? Y yo le respondo: De ninguna manera, porque dice Dios por medio del profeta: "Yo hablaré sobre una nación y sobre un reino, para edificar y plantarlo, mas si hiciere el mal en mi presencia, yo me arrepentiré de los bienes de que he hablado para hacérselos" (Jer 18,9-10), que equivale a decir: Si se hacen indignos de mi promesa, no haré lo que he prometido, y Judas se hizo indigno del apostolado. Es más, al dirigirse el Señor a sus discípulos, no dijo simplemente "vosotros os sentaréis", sino que añadió "los que me habéis seguido", para de este modo excluir a Judas y atraer a todos los que después debían seguir al Señor. De manera que las palabras del Señor fueron dirigidas no sólo a los apóstoles, y de paso excluyen a Judas por haber perdido la dignidad. Esta promesa se hacía, por tanto, no sólo a los discípulos que estaban allí presentes, cuyos apóstoles ya eran ya superiores al resto de personas, sino a todo aquel que no buscara nada terrenal y sí lo celestial. Por poner un ejemplo, cuando dice el Señor "el que dejare a su mujer", no quiere decir que se rompa el lazo del matrimonio, sino que debemos preferir el sentimiento de la fe a todo lo que existe, y aun me parece que va envuelto en esas palabras de una manera insinuante el tiempo de la persecución, en el que habrá muchos padres que arrastrarán a sus hijos a los templos de la idolatría. Quien hiciere tal cosa, no debe reputarse ni como hombre.

XX
Comentario de Mateo 20

El reino de los cielos es semejante a un padre de familia, que salió muy de mañana a ajustar trabajadores para su viña. Habiendo concertado con los trabajadores darles un denario por día, los envió a su viña. Saliendo cerca de la hora tercia, vio otros en la plaza que estaban ociosos, y les dijo: "Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que fuere justo". Ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona, e hizo lo mismo. Salió cerca de la hora de vísperas, y halló otros que se estaban allí, y les dijo: "¿Qué hacéis aquí ociosos, todo el día?". Ellos le respondieron: "Ninguno nos ha llamado a jornal". Díceles: "Id también vosotros a mi viña". Al venir la noche, dijo el dueño de la viña a su mayordomo: "Llama a los trabajadores y págales su jornal, desde los postreros hasta los primeros". Cuando vinieron los que habían ido cerca de la hora de vísperas, recibió cada uno su denario. Cuando llegaron los primeros, creyeron que recibirían más, pero no recibieron sino un denario cada uno. Entonces empezaron a murmurar, y dijeron al padre de familia: "Estos postreros sólo han trabajado una hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos llevado el peso del día y del calor". Él respondió a uno de ellos: "Amigo, no te hago ningún agravio. ¿No te concertaste conmigo por un denario? Toma lo que es tuyo, y vete. Yo quiero dar a este postrero tanto como a ti, ¿o es que no me es lícito hacer lo que quiero? ¿Acaso tu ojo es malo, porque yo soy bueno?". Así, los postreros serán los primeros, y los primeros postreros. Muchos son los llamados, y pocos los escogidos

1. Para empezar a examinar las parábolas, no es necesario detenerse en los pequeños detalles, sino penetrarse de la intención del que la ha dicho y no pasar más adelante (cosa que se hará en un segundo paso). Por consiguiente, en la parábola presente no se propuso el Señor manifestar que había algunos envidiosos, sino hacer ver que todos gozaban de tantos honores, y que sus mismos honores podían engendrar en otros el vicio de la envidia. La diferencia de las almas de los trabajadores está bien marcada en el hecho de ser llamados unos por la mañana, otros a la hora de tercia y así sucesivamente. El Señor los llamó a todos cuando estaban en disposición de obedecer, cosa que hizo con el buen ladrón, a quien llamó el Señor cuando vio que obedecería. Alguno dirá: ¿Y por qué a mí no me ha llamado a jornal. Y yo le respondo: Esto no lo dice el Salvador, y los únicos que podrían decirlo son los trabajadores. Además, es un hecho que el Salvador, en cuanto está de su parte, llama a todos a la primera hora, significando que no excluye a nadie del trabajo y del jornal, como indican las palabras iniciales: "Salió muy de mañana a ajustar trabajadores" (Mt 20,1). En las palabras "los primeros serán los postreros, y los postreros serán los primeros", indica el Señor de una manera encubierta que se refería a los que resplandecieron primero en la virtud y después la despreciaron, y se separaron del mal y lograron finalmente sobreponerse. Esta parábola fue compuesta, pues, con el objeto de avivar más los deseos de aquellos que se convertían al Señor en sus últimos años.

Subiendo Jesús a Jerusalén, tomó aparte a los doce discípulos y les dijo: "Ved que subimos a Jerusalén. El Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte. Lo entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, y azoten y crucifiquen, mas al tercero día resucitará"

2. El Señor no subió inmediatamente a Jerusalén después de su vuelta de Galilea, sino que antes hizo milagros, refutó a los fariseos e instruyó a sus discípulos en la perfección de la vida. Ahora, "subiendo a Jerusalén", Jesús vuelve a hablar sobre su pasión, y por eso se dice que "tomó aparte a los doce". Ya el Señor había hablado de este misterio en presencia de muchos, pero lo había hecho de una manera encubierta, como cuando dijo: "Destruiré este templo" (Jn 2,19) y: "No será dada sino la señal de Jonás" (Mt 12,39). A sus discípulos sí se lo había dicho bien claro, en las palabras: "El Hijo del hombre será entregado a muerte". En esta ocasión, el Señor les anuncia su pasión para que estén persuadidos de que él ya la sabía de antemano, y la aceptaba voluntariamente. Al principio sólo les predice su muerte, y ahora que los ve preparados les manifiesta todos los detalles. ¿Dijo el Señor estas palabras para suavizar la tristeza de la pasión ya asumida, con la esperanza de la resurrección? Posiblemente, pues añade: "El tercero día resucitará".

Entonces se acercó a Jesús la madre de los hijos del Zebedeo con sus hijos, adorándole y haciéndole una petición. Él le dijo: "¿Qué quieres?". Ella le dijo: "Di que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda". Jesús les dijo: "No sabéis lo que pedís. ¿Podréis beber el cáliz que yo he de beber?". Dícenle: "Podremos". Díjoles Jesús: "En verdad, beberéis mi cáliz, mas el estar sentados a mi derecha o a mi izquierda no me pertenece a mí concederlo, sino a mi Padre"

3. Los apóstoles se veían más honrados que otros por Jesús, y habían oído las palabras "os sentaréis sobre doce tronos". Por lo visto, eso llegó a oídos de Salomé (esposa de Zebedeo), y la mujer creyó llegado el momento de mostrar la superioridad de sus dos hijos (Santiago y Juan) respecto a los otros. Como la mujer temía la preferencia de Pedro, y temiendo que al llegar a Jerusalén se abriesen las puertas del reino de Dios (como si fuese una cosa sensible), la mujer no alude a coronar a sus hijos "en el reino celestial", sino simplemente "en tu reino". De esto debemos concluir que no pedía ninguna cosa espiritual, ni que se elevaba hasta la contemplación de un reino superior. El Señor le responde, por supuesto, aludiendo al reino celestial, y recuerda tanto a ella como al resto que no comprende todavía lo que es el mundo espiritual, pues de saberlo jamás se hubieran atrevido a hacer una petición cuya realización excede a las más elevadas virtudes. Cuando Jesús pregunta "¿podréis beber?", lo que viene a decir es: Vosotros me habláis de honor y de coronas, y yo os hablo de combates y esfuerzos, porque éste no es aún el tiempo de las recompensas. La pregunta del Señor atrae a sus discípulos, porque no les preguntó "¿podréis derramar vuestra sangre?" sino "¿podréis beber el cáliz que yo he de beber?", aludiendo a su buen deseo (de Jesús) y no a sus malas inclinaciones (de ellos). De no ser así, jamás se hubieran comprometido ellos a hacer lo mismo, si no fuera porque su Maestro lo había hecho ya antes. El Señor les profetiza el mayor de los bienes, a saber: hacerlos dignos del martirio (de hecho, San Pablo dirá que tal es el principal puesto del Hijo único de Dios; Hb 1,13). Como este gran bien parece imposible a todos, y no sólo a los hombres sino también a los ángeles (pues "¿cuál de los ángeles dijo alguna vez: Siéntate a mi derecha?"), condesciende el Señor con los discípulos, mas no con el fin de designar quiénes de los presentes debían sentarse a su lado. El único objeto que se proponía la madre era sentar a sus dos hijos inmediatamente después de Jesús y delante de los demás, y por eso el Señor le vino a decir, a ella y a todos: Efectivamente, moriréis por causa mía, pero esto no es suficiente para que obtengáis el primer puesto, ni yo lo puedo conceder a quien quiera. ¡Fijaos!, porque no dijo aquí Jesús "no es cosa mía el dar", ni "el darlo a vosotros", sino "aquellos para quienes ha sido reservado", que sólo el Padre ha decidido de antemano.

Cuando los diez discípulos oyeron esto, se indignaron contra los dos hermanos, mas Jesús los llamó a sí y les dijo: "Sabéis que los príncipes de las gentes avasallan a sus pueblos, y que los que son mayores ejercen potestad sobre ellos. No será así entre vosotros. Entre vosotros, todo el que quiera ser mayor, que sea vuestro criado. El que entre vosotros quiera ser primero, que sea vuestro siervo. El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y para dar su vida en redención por muchos"

4. Mientras Cristo formulaba su sentencia sobre el martirio, no se entristecieron los otros discípulos, mas cuando los reprendió, entonces sí se llenaron de dolor. En concreto, "cuando los diez oyeron", y comprendieron el alcance de la petición hecha por los dos hermanos, y captaron que eso les había supuesto una reprensión del Señor. En la transfiguración, por ejemplo, no se habían atrevido a manifestar su resentimiento por haber dado un trato especial Jesús a Santiago y Juan (posiblemente porque estaba también Pedro, y porque ésa había sido la decisión de Jesús), mas aquí no estaba allí Pedro, y no partía el asunto de Jesús, sino que Jesús lo reprendía. Por eso sí que muestran aquí su resentimiento, y no contra el Maestro sino contra Santiago y Juan. Como el Señor los vio tristes, los llama y les habla sobre las cosas que se habían de realizar pronto. Sin embargo, no los consuela como antes, poniéndoles a su vista el ejemplo de los niños, sino poniéndoles a la vista a los gobernantes del mundo. Esto fue lo que les dijo: "¿Sabéis que los príncipes de las gentes avasallan a sus pueblos?". Manifiesta el Señor en este pasaje que es propio de los gentiles el ambicionar los primeros puestos, y con esta comparación convierte las encendidas almas de sus discípulos, a forma de decirles: Por más que os humillen, jamás llegaréis a descender al punto a que descendió vuestro Señor.

Recorriendo Jesús Jericó, le siguió mucha gente. Dos ciegos sentados junto al camino oyeron que Jesús pasaba, y comenzaron a gritar: "¡Señor, hijo de David, ten misericordia de nosotros!". La gente los reñía para que callasen, pero ellos alzaban más el grito, diciendo: "¡Señor, hijo de David, ten misericordia de nosotros!". Jesús se paró, los llamó y les dijo: "¿Qué queréis que os haga?". Ellos le respondieron: "Señor, que sean abiertos nuestros ojos". Jesús, compadecido de ellos, les tocó los ojos, y en ese mismo instante vieron y lo siguieron

5. Cristo permitió aquí que se riñera a los ciegos, para que apareciese más vivo el deseo de los ciegos. De esto podemos concluir que cualquiera que sea la clase de desprecio que pese sobre nosotros, podemos conseguir lo que pedimos, con sólo acercarnos con verdadero deseo a Cristo. Jesús "se paró y los llamó", pues así como ellos perseveraron (antes de recibir el don), así también fueron agradecidos (después de recibirlo).

XXI
Comentario de Mateo 21

Cuando se acercaron a Jerusalén, y llegaron a Betfagé, al Monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos con este encargo: "Id a esa aldea que está enfrente de vosotros. Hallaréis una asna atada y un pollino con ella. Desatadla y traédmelos. Si alguno os dijere algo, respondedle que el Señor los necesita, y más adelante los devolverá". Todo fue hecho para que se cumpliese lo que había dicho el profeta, que dice: "Hija de Sión, he aquí tu rey, que viene manso para ti, sentado sobre una asna, y un pollino, hijo de la que está debajo del yugo". Fueron los discípulos, e hicieron lo que les había mandado Jesús. Trajeron la asna y el pollino, y pusieron sobre ellos sus vestidos, y le hicieron sentar encima. Una grande multitud del pueblo tendió también sus ropas por el camino, y otros cortaban ramos de los árboles y los tendían por el camino. Las gentes que iban delante, y las que iban detrás, gritaban: "¡Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en el nombre del Señor. Hosanna en las alturas!"

1. No creáis que esto carece de importancia, porque ¿quién obligó a los dueños de los jumentos a no querer contradecir, queriendo callar y conceder lo que pedían? En esto evidenció Jesús a sus discípulos que, pudiendo él ocultarse a los judíos, no quiso hacerlo. También dio a entender que todo lo que pidieren les sería concedido, y que si los que desconocían a Jesucristo fueron tan generosos, con más razón sus discípulos debían ser los que dispensaran sus gracias a los demás. En cuanto a la frase "luego los dejará", aludiendo a la asna y al pollino, a mí me parece que no fue montado Jesús sobre la asna únicamente por el misterio que representaba, sino por darnos a entender la grandeza de su sabiduría, en la que nos demuestra que no hay necesidad de ir montado en caballos, sino que es suficiente un asno y que debemos contentarnos con satisfacer lo que sea necesario. Pregúntese a los judíos qué rey ha entrado en Jerusalén montado en una pollina, y no sabrán citar a otro más que sólo a éste.

Cuando Jesús entró en Jerusalén, se conmovió toda la ciudad, y todos decían: "¿Quién es éste?". Los pueblos decían: "Este es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea". Jesús entró en el templo de Dios, y echó fuera de él a todos los que vendían y compraban en el templo, Volcó las mesas de los banqueros, y las sillas de los que vendían palomas. Y les dijo: "Mi casa es casa de oración, pero vosotros la habéis hecho una cueva de ladrones". Vinieron a él ciegos y cojos, y Jesús los sanó en el templo. Cuando los príncipes de los sacerdotes y los escribas vieron las maravillas que había hecho, y oyeron a los muchachos gritando en el templo ¡hosanna al Hijo de David!, se indignaron y le preguntaron: "¿Oyes lo que dicen éstos?". Jesús les dijo: "Sí, mas ¿nunca leísteis que de la boca de los niños, y de los que maman, sacaste una perfecta alabanza?"

2. En esto se agrava la acusación de Jesús contra los judíos, porque habiendo hecho esto por dos veces, permanecían firmes en su demencia. Como los príncipes de los sacerdotes no lo comprendían así, sino que se indignaban ante los milagros de Jesús, y las aclamaciones de los niños que gritaban, "los príncipes de los sacerdotes vieron". ¿Qué vieron? Esto mismo: lo que Jesús representaba para los gentiles (asombro), y lo que significaba para sus discípulos (consuelo), y que lo hacía sin predicar y con el pueblo precediéndole sin temor, confiando tanto en su predicación que hasta hicieron cantar a los niños. Respecto a los milagros de Jesús que el pueblo proclama, esto evidencia que Jesucristo es el autor de la naturaleza, y este dato curioso: que los niños decían cosas significativas (conformes con los profetas), mientras que los dirigentes judíos decían necedades (llenas de furor).

Dejando a los escribas, Jesús salió de la ciudad y se retiró a Betania, y allí se alojó. Por la mañana, cuando volvía a Jerusalén, tuvo hambre. Viendo una higuera junto al camino, se acercó a ella y, al no hallar en ella sino hojas, le dijo: "Nunca jamás nazca fruto de ti". La higuera se secó al punto. Viendo esto los discípulos, se maravillaron y decían: "¿Cómo se secó al instante?". Jesús les dijo: "En verdad os digo que, si tuviereis fe y no dudareis, no tan sólo haréis esto de la higuera, sino que si diríais a este monte ¡quítate y échate en la mar! y os obedecería. Todas las cosas que pidiereis en la oración, creyendo, las tendréis"

3. No fue Jesús a la higuera porque tuviera hambre, sino por sus discípulos, pues por todas partes hacía siempre el bien y en ningún momento dañó nada. Por eso dañó aquí a la higuera, para dar a conocer su poder de castigar. No dañó a ninguna persona, pero sí a una higuera. Sospecharon sus discípulos que aquella higuera había sido maldecida, porque no tenía frutos, mas ¿por qué iba a ser maldecida? Lo que más bien sirvió la higuera es de beneficio, para los discípulos y para que todos aprendan que el Salvador podía matar a todos los que le crucificaron, y tiene poder para condenar de ipso facto. De hecho, "la higuera se secó inmediatamente". Jesús no hizo este milagro en otra planta, sino en ésta, que es la más húmeda, para que fuera más patente el milagro. Si acontecen cosas semejantes, en las plantas o en los animales, no preguntes la razón por la que se ha sucedido en la higuera, porque en tales casos no se encuentra culpa ni pena. Observa más bien el milagro, y admira a su autor. Por eso, "viéndolo los discípulos, se maravillaron". Para que comprendáis que el milagro se hizo por ellos (esto es, para robustecer su confianza), oíd lo que dice Jesús a continuación: "En verdad os digo", refiriéndose a la oración ("todas las cosas que pidiereis") y a la fe ("si tuvieres fe").

Habiendo ido al templo los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo, llegaron a Jesús mientras éste enseñaba, y le dijeron: "¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te ha concedido esta potestad?". Jesús les dijo: "Quiero yo también preguntaros una cosa. Si me la respondéis, yo también os diré con qué potestad enseño aquí. El bautismo de Juan ¿de dónde era? ¿Del cielo o de los hombres?". Ellos pensaban entre sí: "Si dijéremos del cielo, nos dirá: ¿Por qué no le creísteis? Y si dijéremos de los hombres, las gentes se revolverán, porque todos miran a Juan como un profeta". Finalmente, respondieron a Jesús: "No lo sabemos". Jesús les dijo: "Pues tampoco yo os digo con qué potestad hago estas cosas"

4. Como no podían difamar los fariseos a Jesús por sus milagros, se deciden a reprenderle porque había expulsado del templo a los que vendían, como si dijesen: ¿Acaso te has apoderado del trono de la sabiduría? ¿Eres sacerdote consagrado, puesto que has demostrado tanto poder?

Había un padre de familia que plantó una viña y la cercó de vallado, y cavando hizo en ella un lagar, y edificó una torre, y la dio a renta a unos labradores, y se partió lejos. Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores, para que percibiesen los frutos de ella. Mas los labradores, echando mano de los siervos, hirieron a uno, mataron a otro y a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos, en mayor número que los primeros, y los trataron del mismo modo. Por último, les envió a su hijo, diciendo: "Tendrán respeto a mi hijo". Mas los labradores, cuando vieron al hijo, dijeron entre sí: "Éste es el heredero. Venid, matémosle, y tendremos su herencia". Y agarrándolo, lo echaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando viniere el señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores?". Ellos dijeron: "A los malos los destruirá malamente, y arrendará su viña a otros labradores que le paguen el fruto a sus tiempos". Jesús les dice: "¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los que edificaban, ésta fue puesta por cabeza de esquina? Por el Señor fue esto hecho, y es cosa maravillosa en nuestros ojos. Por tanto, os digo que os quitado el reino de Dios, y será dado a un pueblo que produzca frutos. El que cayere sobre esta piedra, será quebrantado, y sobre quien ella cayere, lo desmenuzará"

5. Propone Jesús esta parábola para dar a conocer que la acusación de los fariseos es muy grave, y no merece perdón. El ejemplo propuesto es el de "un padre de familia". Dicho hombre se marchó lejos porque tuvo longanimidad, y no quiso estar siempre castigando los pecados de los malos, sino darles tiempo al arrepentimiento. Llama aquí Jesús siervos a los profetas que ofrecen los frutos del pueblo, y a los sacerdotes que obedecen por medio de las obras, dando a entender una trasgresión de las funciones. Los siervos, por otra parte, no sólo fueron malos por no dar fruto, sino por indignarse contra los enviados por el amo, manchándose sus manos con la sangre de éstos (pues "los labradores echaron mano de los siervos"). Alguno preguntará: ¿Y por qué no envió directamente a su Hijo, y lo hizo al final? Y yo le respondo: Para poderlos acusar, porque ya estaban trasgrediendo antes de enviar a nadie, y por esto otro: Por si se convertían, y abandonaban su rabia, y anhelaban también ellos la venida del Hijo (es decir, pensando "respetarán a mi hijo"). Además, convenía que los siervos se avergonzasen, y no sólo se convirtieran. Por esto da a entender Jesús que es grande el pecado de aquéllos, y que carece de toda excusa. En esto no hay contradicción alguna, porque sucedió lo uno y lo otro, esto es, primero respondieron ellos y el Señor reiteró la contestación. El Señor propuso esta parábola a los fariseos, para que ellos, sin saberlo, se sentenciaran a sí mismos (como sucedió a David, cuando vino a ser visitado por Natán). Los fariseos comprendieron que lo que se había dicho se decía contra ellos, y por esto contestaron: "De ninguna manera". Jesús se llama así mismo piedra, a los doctores judíos los llama edificadores, y a quienes le reprobaron les dice: "Este no procede de Dios" (Jn 9,16). A continuación, Jesús añadió, para que sepan que nada de lo que hacían los judíos podía contrariar a Dios, lo siguiente: "Por el Señor fue esto hecho". Aquí da a conocer las dos clases de perdición: una que procede de ofender a Dios y otra que procede de escandalizar a los demás, a la cual se refiere cuando dice: "El que cayere sobre esta piedra será quebrantado". La primera perdición se refiere a la cautividad que habrá de sobrevenir al pecador, al indicar "sobre quien ella cayere". Cuando los príncipes de los sacerdotes y los fariseos oyeron sus parábolas, entendieron que hablaba de ellos, y quisieron echarle mano.

XXII
Comentario de Mateo 22

El reino de los cielos es semejante a cierto rey que preparó las bodas a su hijo. Envió sus siervos a llamar a los convidados a las bodas, pero éstos no quisieron ir. Envió de nuevo otros siervos, diciendo: "Decid a los convidados: He preparado mi banquete, mis toros y los animales cebados están ya muertos, todo está pronto. Venid a las bodas". Ellos lo despreciaron y se fueron, uno a su granja y otro a sus negocios. Los otros echaron mano de los siervos, y después de haberlos ultrajado, los mataron. El rey, cuando oyó lo sucedido, se irritó, y enviando sus ejércitos acabó con aquellos homicidas, y puso fuego a la ciudad. Entonces dijo a sus siervos: "Las bodas ciertamente están aparejadas, mas los que habían sido convidados no fueron dignos. Id a las salidas de los caminos, y a cuantos hallareis llamadlos a las bodas". Habiendo salido sus siervos a los caminos, congregaron cuantos hallaron, malos y buenos; y se llenaron las bodas de convidados. Entró el rey para ver a los que estaban a la mesa, y vio allí un hombre que no estaba vestido con vestidura de boda. Le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí no teniendo vestido de boda?". Él convidado enmudeció. Entonces el rey dijo a sus ministros: "Atado de pies y de manos, y arrojadle en las tinieblas exteriores. Allí será el llorar y crujir de dientes, porque muchos son los llamados y pocos los escogidos"

1. Aun cuando parece que los motivos de la condenación final son razonables, es bueno captar de aquí que, incluso cuando sean necesarias las cosas que nos detienen (para ir a Dios), conviene siempre dar la preferencia a las espirituales, pues de lo contrario se nos podría acusar de negligencia.

Los fariseos se confabularon entre sí, y consultaron cómo sorprender a Jesús en todo lo que enseñaba. Tras eso, le enviaron a sus discípulos, junto con los herodianos, y le preguntaron: "Maestro, sabemos que eres veraz, y que enseñas correctamente el camino de Dios, y que no haces acepciones de personas. Dinos, pues: ¿Es lícito dar tributo al césar, o no?". Jesús, conociendo su malicia, les dijo: "¿Por qué me tentáis, hipócritas? Mostradme la moneda del tributo". Ellos le presentaron un denario, y Jesús les dijo: "¿De quién es esta figura y esta inscripción?". Dícenle: "Del césar". Entonces, Jesús les dijo: "Pues pagad al césar lo que es del césar, y a Dios lo que es de Dios". Cuando esto oyeron, se maravillaron, y dejándole, se retiraron

2. Los fariseos envían a sus discípulos, junto con los soldados de Herodes, para que pudiesen vituperar cualquier cosa que dijere Jesús en público, sobre todo en el templo de Jerusalén. Deseaban, pues, que el Señor dijera algo en contra de los herodianos, y con los soldados detenerlo (pues no se atrevían a detenerlo con el pueblo, ya que ellos temían al pueblo y el pueblo estaba con Jesús). En concreto, la emboscada consistía en tratar el tema de los tributos públicos, y referirlos a Herodes y al césar. Este asunto había provocado hacía poco numerosas ejecuciones en Jerusalén, y por eso aquí los fariseos quieren volver a sacarlo, para que sucediera lo mismo. Mateo nos dice que Jesús, "conociendo la malicia de ellos", contestó: "Da al césar lo que es del césar", porque eso para nada se opone a la piedad. No obstante, también dice a continuación: "Y a Dios lo que es de Dios", porque de no hacerse, eso sí se opone a la piedad.

Aquel mismo día llegaron a Jesús los saduceos, que dicen no haber resurrección, y le preguntaron: "Maestro, Moisés dijo que si muriere alguno que no tenga hijo, su hermano se case con su mujer y levante linaje a su hermano. Pues bien, había entre nosotros siete hermanos. Habiéndose casado el primero, murió y, por no haber tenido sucesión, dejó su mujer a su hermano. Lo mismo pasó con el segundo, y el tercero, hasta el séptimo. Después de todos, murió también la mujer. En la resurrección, ¿de cuál de los siete será mujer? Porque todos la tuvieron por mujer". Jesús les respondió: "Erráis en el conocimiento de las Escrituras, y desconocéis el poder de Dios. En la resurrección, nadie se casará ni será dado en casamiento; sino que todos serán como los ángeles de Dios. Y de la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído las palabras que Dios os dice: Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob? No es Dios de muertos, sino de vivos". Oyendo esto las gentes, se maravillaban de su doctrina

3. Una vez refutados por Jesús los fariseos y los herodianos, se presentan a Jesús los saduceos, justo en el momento que les convenía (es decir, tras confusión de los primeros). La presunción proyecta muchas veces cosas descabelladas, y es pertinaz en intentar cosas imposibles. Por eso Mateo, asombrado de la audacia de los saduceos, significa esto en primer lugar, diciendo: "Aquel mismo día llegaron a Jesús los saduceos". Como la muerte era un mal insoportable entre los judíos, los saduceos lo reducían todo a la vida presente. Había ordenado Moisés en la ley que la mujer viuda, sin hijos, debía casarse con el hermano del difunto, para que naciese a éste un hijo de su hermano y así no se extinguiese su nombre. Esto representaba cierto consuelo respecto de la muerte, pues ningún otro mejor que el hermano, o el pariente más cercano, podía tomar la mujer del difunto. De otra manera, no podría suponerse que el hijo que había nacido de tal unión fuese hijo del que había muerto. Por lo tanto, no se le consideraba como un extraño que no tenía obligación de sostener la casa del difunto, sino como su hermano a quien tocaba hacerlo así por el parentesco. Jesús contesta muy oportunamente a lo que se le pregunta, refiriéndolo a si era posible o no creer en la resurrección. Los saduceos suponían que los que resucitasen resucitarían del mismo modo que aquí, y por ahí fue por donde entró el Salvador, demostrando que resucitarían en diferente estado. Como aquéllos habían argüido a Jesús refiriéndolo a Moisés, por medio de Moisés los confunde Jesús, y no sólo de Moisés sino del resto de profetas, diciendo: "¿No habéis leído: Yo soy el Dios de Abraham?". Alguno preguntará: ¿Y cómo se dice en otro lugar que "ha de ser Señor de vivos y muertos" (Rm 14,9)? Y yo le respondo: Porque el Dios de los muertos es el Dios de aquellos que habrán de morir, y no de aquellos que ya han muerto y no resucitan a la vida.

Estando juntos los fariseos, les preguntó Jesús: "¿Qué os parece del Cristo? ¿De quién es hijo?". Dícenle: "De David". Y Jesús les dijo: "¿Y cómo David lo llama Señor, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga tus enemigos por peana de tus pies. Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su hijo?". Nadie le podía responder palabra, y ya no había ningún osado que se atreviera a preguntarle

4. Jesús ya había interrogado a sus discípulos sobre el Cristo en Galilea, y ahora hace una pregunta muy parecida en Jerusalén, con los fariseos presentes. No obstante, la pregunta no se dirige a los fariseos, sino a toda la gente allí presente. Si la hubiera lanzado a los fariseos, éstos le hubieran respondido que era un seductor maligno (que es como ellos consideraban a Jesús). La gente, en cambio, responde según lo aprendido en la Escritura. En concreto, dícenle: "Hijo de David". El Salvador, reprendiendo esto, cita al propio David, manifestando su dominio sobre él, la propiedad de la filiación y el testimonio de una autoridad procedente del Padre, y añade: "Y si no, ¿cómo David lo llama Señor?". No contento con esto, sino que para que le teman, Jesús añade: "Hasta que ponga sus enemigos por peana de tus pies" (sin duda, para que los guíe). Esto dio por terminadas aquellas cuestiones, cerrando así Jesús sus bocas. En concreto, "nadie le podía responder palabra, y no había ya ningún osado que se atreviera a preguntarle". Callaron por entonces los fariseos allí presente, aunque contra su voluntad, porque no tenían ya qué decir.

XXIII
Comentario de Mateo 23

Jesús habló a la multitud y a sus discípulos, diciendo: "Sobre la cátedra de Moisés se sentaron los escribas y los fariseos. Guardad y haced todo lo que os dijeren, mas no hagáis sus obras, porque ellos dicen y no hacen. Ellos atan cargas pesadas e insoportables, y las ponen sobre los hombros de los hombres, mas ni aun con su dedo las quieren mover"

1. Para que algunos no digan "soy malo porque quien me ha enseñado es malo", Jesús dijo aquí: "Haced todo lo que os dijeren". Por supuesto, lo que os dijeren acerca de las cosas de Dios, las que publicó Moisés por medio de su ley. Observad con cuánto honor habla aquí Jesús de Moisés, manifestando la unidad que hay entre lo que dice él y el Antiguo Testamento. Considerad también cómo empieza a vituperar a los fariseos, al decir que "dicen y no hacen". Especialmente, es digno de censura aquel que, teniendo la obligación de enseñar, quebranta la ley. En primer lugar, porque falta cuando debe corregir a otro. En segundo lugar, porque el que peca es digno de mayor castigo, cuanto mayor es su dignidad. En tercer lugar, porque hace más daño, en atención a que peca siendo doctor. Además, reprende también Jesús a aquellos que son duros con sus subordinados, al "atar cargas pesadas e insoportables". En esto da a conocer la malicia doble de los fariseos. En primer lugar, porque exigen una vida perfecta (a los subordinados) y no les dispensan lo más mínimo. En segundo lugar, porque son altamente condescendientes (consigo mismos) y se dispensan todo lo que pueden. En esto, conviene que el jefe proceda como juez inexorable en las cosas que a él afectan, y que sea bueno y pacífico en las que afectan a sus subordinados. Obsérvese, pues, cómo agrava Jesús su reprensión, porque no dijo que "no pueden" sino que "no quieren", ni dijo llevar sino mover, ni aun acercarse ni tocar.

"Hacen todas sus obras por ser vistos de los hombres, y así ensanchan sus filacterias, y extienden sus franjas. Aman los primeros lugares en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas. Buscan ser saludados en la plaza, y que los hombres los llamen rabbí. Vosotros, en cambio, no queráis ser llamados rabbí, porque uno sólo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. A nadie llaméis padre vuestro sobre la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el que está en los cielos. No os llaméis maestros, porque uno es vuestro maestro, el Cristo. El que es mayor entre vosotros, que sea vuestro siervo. El que se ensalzare será humillado, y el que se humillare será ensalzado"

2. Había reprendido el Señor a los fariseos por crueles y perezosos, y ahora les reprende su vanagloria, que los separa de Dios. En concreto, esto es lo que les dice: "Todo lo hacéis por ser vistos de los hombres". Véase aquí dónde se encuentra la vanagloria que los dominaba: en las sinagogas, donde entraban a dirigir a otros. Que se condujesen de este modo en las cenas podría ser todavía tolerable (aun cuando conviene que el doctor no llamase la atención en ninguna parte), pero ¿qué lo hagan en la sinagoga? Si el desear ocupar estos sitios merece reprensión, ¿cuánto peor será que otro los ocupe sin deber? Dicho de otra manera, Jesús vituperaba a los fariseos especialmente por esto, pues pasaba en silencio otras muchas cosas que también perturbaban, y que aquí no era el caso de tratar (por no necesitar los discípulos ser instruidos acerca de ellas). En definitiva, la causa de todos los males de los fariseos era apetecer la cátedra de Moisés. De ahí que Jesús diga a sus discípulos: "Mas vosotros, no queráis ser llamados rabbí". Cuando se dice que Jesucristo es maestro, no se prescinde del Padre, como tampoco se prescinde de Jesucristo, cuando se dice que Dios Padre es el Padre de todos los hombres. En resumen, no sólo prohíbe el Señor ocupar los primeros puestos, sino que excita a que se deseen los últimos, y por eso añade: "El que sea mayor entre vosotros, que sea vuestro siervo".

"¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis el reino de los cielos a los hombres! Ni vosotros entráis, ni a los que entrarían dejáis entrar. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que devoráis las casas de las viudas, haciendo largas oraciones! Por esto llevaréis un juicio más riguroso"

3. El Señor no reprende aquí a los fariseos tanto por su gula (en sus banquetes con los ricos) cuanto por esto: que llenaban su vientre a costa de las viudas, y de este modo agravaban más su pobreza cuando lo que debían hacer era aliviarla. Por esto dice Jesucristo: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que devoráis las casas de las viudas". Además, esta gravísima estafa se ve agravada todavía más por esto, que apunta Jesucristo: "Haciendo largas oraciones". Todo el que obra mal es digno de castigo, pero el que toma de la religión motivo para obrar mal, ése es digno de una pena mayor. Como dice aquí el Señor, "por eso sufriréis un juicio más riguroso".

"¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que rodeáis el mar y la tierra por hacer un prosélito! Es más, después de haberle hecho, lo hacéis dos veces más digno del infierno que vosotros"

4. Después de lo que lleva ya dicho, de nuevo el Señor vuelve a vituperar a los fariseos, por ineficaces (para salvar a muchos), negligentes (por necesitar tanto trabajo para convertir a uno a la fe) y destructores (respecto a los muchos y a los pocos). El por qué de todo ello estaría, según Jesús, en que corrompen todo lo que tocan, con el ejemplo de su mala vida. Cuando les dice "rodeáis el mar y la tierra", Jesús les está diciendo que el maestro no es bueno, y el discípulo le aventaja.

"¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que diezmáis la hierba buena, y el eneldo, y el comino! En cambio, habéis abandonado las cosas que son más importantes de la ley, como son la justicia y la misericordia y la fe. Esto era menester hacer, y no dejar lo otro. Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello"

5. Había dicho ya el Señor a los fariseos que ataban las cargas más pesadas, y las imponían sobre otros, rehuyendo ellos aun el tocarlas. Ahora les manifiesta que andan diligentes en las cosas pequeñas y menosprecian las grandes, cuando les dice: "Vosotros, que diezmáis".

"¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, y por dentro estáis llenos de rapiña y de inmundicia! Fariseo ciego, limpia primero lo interior del vaso y del plato, para que sea limpio lo que está fuera"

6. Observad que, cuando hablaba Jesús de los diezmos, dijo muy oportunamente "convino hacer esto, y no omitir lo otro", pues el diezmo es una especie de limosna. ¿Cómo podrá decirse ahora, por tanto, que la limosna dañe? Por supuesto, no dijo esto induciendo a la observancia legal. Aquí, cuando trata de las limpiezas o de las inmundicias, no añade esto, sino que manifiesta la necesidad que hay de que la limpieza exterior acompañe a la interior, lo cual equivale a tener el cuerpo limpio (como se demuestra por medio del vaso y del plato), y éste ir unido a lo interior, que es el alma.

"¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos! Es más, vosotros mismos decís: Si hubiéramos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus compañeros en la sangre de los profetas. ¡Hipócritas, así dais testimonio contra vosotros mismos, de que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas! Llenad, pues, la medida de vuestros padres"

7. No reprende aquí Jesús a los fariseos porque edificaran sepulcros, sino por la intención con que los edificaban, porque no los levantaban para honrar la memoria (de aquellos que fueron muertos) sino para arrogarse la vanagloria (de las muertes de aquéllos), temiendo que, andando el tiempo, y una vez destruidos aquellos sepulcros, desapareciera la memoria y con ella su atrevimiento. Alguno dirá: ¿Cómo puede llamarse "hijo de homicida" a aquél que no participa del modo de pensar de su padre? Y yo le digo: Por su malicia, o heredero de aquella mentalidad homicida.

"Serpientes, raza de víboras, ¿cómo huiréis del juicio de la gehenna? Por eso estoy yo aquí, porque yo envío a vosotros profetas, sabios, y doctores, y vosotros los matáis y crucificáis. Es más, los seguiréis azotando en vuestras sinagogas, y los perseguiréis de ciudad en ciudad, para que venga sobre vosotros toda la sangre inocente que se ha vertido sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, al cual matasteis entre el templo y el altar. En verdad os digo que, todas estas cosas, vendrán sobre esta generación"

8. Como había dicho el Salvador a los fariseos que eran hijos de aquellos que mataron a los profetas, ahora manifiesta que les imitan en la malicia. Es más, como todo lo que éstos decían era repetir lo que aquéllos decían, no podía admitirse que hubiesen dejado de tomar parte en los pecados de aquéllos, en caso de haber vivido en aquel tiempo y sin que hubiese de llegar ese caso. Por esto dice Jesús "llenad vosotros la medida de vuestros padres". No les dice esto por mandato, sino prediciéndoles lo que pudiera suceder, en caso de repetirse las circunstancias. Después, para manifestar que no hacen esto impunemente, les hace temer de una manera indudable cuando añade: "Para que venga sobre vosotros toda sangre inocente". Hizo mención de Abel para manifestar que, así como aquél fue muerto por envidia, Jesucristo y sus discípulos también serían muertos por la misma causa. Hizo mención de Zacarías, porque en su muerte se cometieron 2 crímenes: matar a un hombre justo y matarlo en un lugar santo. Para que no tuviesen ninguna clase de excusa, y con el fin de que no pudieran decir "has enviado tus discípulos a los gentiles, y por esto nos hemos escandalizado", Jesús predijo a los fariseos que sus discípulos sí habrían de ser enviados a ellos, pero encadenados (como sucedió en la Caída de Jerusalén). Por eso es por lo que Jesús añade que "todas estas cosas vendrán sobre esta generación", para que no escaparan tan sólo del castigo futuro (del infierno) sino también del presente. En definitiva, Jesús les recriminó que muchos pecaban por ellos, y que no se corregían, y que obraban del mismo modo o peor que los homicidas, y que su castigo sería de mayor rango.

"Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a aquellos que a ti son enviados, ¡cuántas veces quise allegar tus hijos, como la gallina allega sus pollos debajo de las alas, y no quisiste! Por eso quedará desierta tu casa, y ya no me veréis hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor"

9. Después de lo ya dicho, el Señor dirigió sus palabras a la ciudad santa, diciendo: "Jerusalén, Jerusalén". Esta doble exclamación es propia del que se compadece y del que ama mucho. Es decir, una por amor y otra por advertencia. Tras haberla llamado por su nombre, y expuesto sus matanzas abominables, y no pudiendo excusarla ya más, le dice: "¿Cuántas veces quise allegar tus hijos?", como diciendo: No he separado mi benevolencia hacia ti, ni siquiera por tus anteriores matanzas, sino que te he querido unir a mí, y no una o dos veces sino muchas. Da a conocer así Jesús la magnitud de su amor hacia Jerusalén, con la semejanza de la gallina. Además, amenaza con la pena que siempre habían temido Jerusalén, a saber: su destrucción total, de ciudad y de templo, cuando dice: "Quedará desierta tu casa". Da a conocer aquí Jesús su venida al mundo (o encarnación), y que todos los países le adorarán. Cuando dice "desde ahora", Jesús se refiere al tiempo de su pasión.

XXIV
Comentario de Mateo 24

Estando Jesús en el templo, preguntó a sus discípulos: "¿Veis todo esto? En verdad os digo que no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derribada"

1. ¿Fue verdad que no quedó piedra sobre piedra, del templo de Jerusalén? ¿Dijo esto Jesús refiriéndose a su destrucción absoluta, o sólo refiriéndose a aquel lugar concreto donde se encontraba? Con la Caída de Jerusalén, hubo partes que fueron destruidas hasta los cimientos, mas sea esto o aquello, lo acontecido hace creer que Jesús se refería a que quedaría destruido completamente, como así fue.

Estando sentado Jesús en el Monte de los Olivos, sus discípulos le preguntaron: "¿Cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida y de la consumación del siglo?". Jesús les dijo: "Que no os engañe nadie, porque vendrán muchos en mi nombre, y dirán: yo soy el Cristo, y a muchos engañarán"

2. Se aproximaron aquí los discípulos a Jesús en privado, porque habían de preguntarle acerca de grandes cosas. Deseaban saber el día de su venida, y deseaban con vehemencia ver su gloria. Lucas dice que sólo preguntaron acerca de Jerusalén, creyendo que cuando Jerusalén fuese destruida habría de suceder la venida de Jesucristo y el fin del mundo. Marcos dice que no preguntaron todos acerca de la destrucción de Jerusalén, sino únicamente Pedro, Juan, Santiago y Andrés, porque eran los que hablaban con el Salvador con más libertad y confianza. El Señor no respondió inmediatamente ni acerca de la destrucción de Jerusalén, ni de su segunda venida, sino que habló de los males que, en seguida, debían ser evitados.

"Oiréis guerras, y rumores de guerras, mas no os turbéis. Conviene que esto suceda, mas eso no significa que esté cerca el fin. Se levantará gente contra gente y reino contra reino, y habrá pestilencias, hambres y terremotos por diversos lugares. Todas estas cosas son tan sólo el principio de los dolores"

3. Aquí profetiza Jesús las guerras que vendrían sobre Jerusalén, cuando les dice: "Oiréis rumores". Como los discípulos podían asustarse por esto, el Salvador añadió: "No os turbéis". Además, como creían que Jerusalén sería destruida, tras estas guerras, y que el fin del mundo vendría a continuación, les dice la verdad acerca de esto, añadiendo: "Conviene que esto suceda, mas aun no será el fin". Después, para manifestar que él sería quien pelearía contra los judíos, no sólo anuncia las guerras sino también las desgracias que con ellas sobrevendrían, éstas últimas de parte de Dios. Por esto añade: "Habrá epidemias, hambres y terremotos por los lugares". No sucederán estas cosas sencillamente según suelen ver los hombres, sino por medio de la ira que vendría de lo alto. Por eso no dijo sencillamente que habrían de venir, ni de repente, sino que lo dijo con cierto énfasis, añadiendo: "Todas estas cosas serán el principio de dolores", de los males que sufrirían los judíos.

"Os entregarán a la tribulación, y os matarán y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre. Muchos serán escandalizados, y se entregarán unos a otros, y se aborrecerán entre sí. Se levantarán muchos falsos profetas, que engañarán a muchos. Se multiplicará la iniquidad, y se enfriará la caridad de muchos, mas el que perseverare hasta el fin, éste será salvo. Será predicado el evangelio del reino por todo el mundo, en testimonio a todas las gentes; y entonces vendrá el fin"

4. Al escuchar todas estas predicciones sobre Jerusalén, los discípulos estaban en tal disposición de espíritu que no sentían turbación alguna, como si oyeran males que les fueran extraños. Esperaban que, en tales males, a ellos les vendrían días de prosperidad, y por eso deseaban que tales días llegasen ya. Por eso les anuncia el Salvador que, ante tales acontecimientos, se pongan en cuidado. Así como antes les había advertido que evitasen los engaños de los seductores, ahora les predice la violencia de los tiranos, por medio de estas palabras: "Os entregarán a la tribulación, y os matarán". Con toda oportunidad les hizo conocer estos males, que también ellos sufrirían por su nombre. Sigue diciendo Jesús a sus discípulos que "seréis aborrecidos por todas las gentes", pero se lo dice tras haberles hablado ya de las dos clases de guerras (esto es, las de los seductores y las de los enemigos). Es decir, con ello les habla de una tercera guerra: la de los falsos hermanos, pues "muchos serán escandalizados". También San Pablo deplora esto diciendo: "En el exterior batallas, en el interior temores" (2Cor 7,5), y: "Peligros en los falsos hermanos" (2Cor 11,26), y: "Tales falsos apóstoles son operarios engañadores". En concreto, aquí el Salvador habla de "muchos falsos profetas", y señala lo más penoso de éstos: que "enfriarán la caridad de muchos". Después, para que los discípulos no dijeren ¿cómo podremos vivir entre tantos malos?, Jesús les consuela diciéndoles que no sólo vivirían, sino que también enseñarían en todas partes, pues "será predicado el evangelio por todo el mundo". En cuanto a que se había predicado el evangelio por todas partes, antes de la destrucción de Jerusalén, oigamos lo que dice San Pablo: "En toda la tierra resonó su voz" (Rm 10,18). Y si no, véase cómo llegó el evangelio desde Jerusalén hasta España, por parte de los mismos apóstoles. Por lo tanto, si uno solo (es decir, Santiago) recorrió tanto espacio (desde Jerusalén a España), júzguese cuanto recorrerían todos los demás juntos. Como dirá San Pablo, "el evangelio fructifica y crece en toda criatura que habita debajo del cielo" (Col 1,6). Esta señal del poder de Jesucristo es más grande que todo lo que había hecho en el espacio de 30 años. ¿Por qué? Porque apenas empezaba la predicación de los apóstoles, el evangelio ya se había extendido por todos los confines de la tierra. Eso sí, que el evangelio fuese predicado por todas partes no quiere decir que todos hubiesen creído, y por eso añade aquí Jesús: "En testimonio a todas las gentes". Esto es, para acusar a aquellos que no crean; porque los que creyeren testificarían contra los que no creyeron y los condenarían. En definitiva, lo que dijo Jesús es esto, más o menos: Cuando el evangelio haya sido predicado por todo el mundo, entonces Jerusalén será destruida. Sobre que "entonces vendrá el fin" (esto es, el fin de Jerusalén), los que vieron brillar el poder de Jesucristo, y en poco tiempo invadieron toda la tierra, ¿qué perdón podían esperar, si todavía eran ingratos?

"Cuando viereis que la abominación de la desolación, que fue predicha por el profeta Daniel, está en el lugar santo, los que estén en la Judea que huyan a los montes. El que esté en el tejado, que no descienda a tomar alguna cosa de su casa, y el que en el campo que no vuelva a tomar su túnica. ¡Ay de las preñadas y de las que crían en aquellos días! Rogad que vuestra huida no suceda en invierno o en sábado. Habrá una gran tribulación, cual no fue desde el principio del mundo hasta ahora ni volverá a suceder. Si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva. Por los escogidos, aquellos días serán abreviados"

5. Como el Señor había insinuado ya, aunque de una manera oculta, la destrucción de Jerusalén, les da a conocer ahora esto mismo de una manera evidente, aduciendo la profecía que prueba la destrucción de los judíos. Eso es lo que significa "cuando viereis la abominación de la desolación". También puede aludir dicha frase a que fue el mismo personaje, que desoló la ciudad y el templo, el que colocó la estatua en el interior. Para que supieran los discípulos que estas cosas sucederían viviendo aun algunos de ellos, dijo Jesús: "Cuando viereis". Los apóstoles, procedentes de los judíos, introdujeron leyes nuevas contra los romanos, que eran los que mandaban entonces. Pues bien, los romanos vencieron a muchos miles y miles de judíos, pero no pudieron vencer a 12 hombres desnudos y desarmados. Es más, así como los judíos habían sido rehabilitados en su territorio, después de grandes guerras (como sucedió en los tiempos de Senaquerib y Antíoco), con los romanos no sucedió lo mismo. Por eso ordena aquí el Salvador a sus discípulos que huyan, añadiendo: "Los que están en Judea, que huyan". Después, manifestando los inevitables males y la calamidad sin límites que habían de venir sobre los judíos, en el propio cerco romano a Jerusalén, añade: "El que esté en el tejado, que no descienda", porque era preferible salvarse con el cuerpo desnudo que entrar a tomar vestido y ser muerto por ello. Respecto a los que están en los campos de Israel, dice Jesús: "El que está en el campo, que no vuelva" a la ciudad. En efecto, si los que están en la ciudad han de huir, con mucha más razón no deben volver a la ciudad los que están fuera. Alguno preguntará: ¿Y cómo podrá estar la embarazada presta y ligera para huir? ¿Y cómo la que está criando abandonará al que parió? Y yo le respondo: Por esto añade Jesús "¡ay de las preñadas y de las que crían!", porque éstas están más pesadas y no podrán huir con facilidad, cargadas con el peso de su concepción o por estar dando la lactancia a sus hijos. Véase cómo Jesús ridiculiza las falsas costumbres de los judíos, respecto a la observancia del sábado, pues ¿acaso no huyeron todos aunque fuese sábado, cuando entró Vespasiano en Jerusalén y la arrasó? Y no sólo olvidaron los judíos el precepto sabático en la capital, sino en todo su reino, cuando entró Tito avasallando. Alguno preguntará: ¿Por qué dijo Jesús que debía orarse? Y yo le respondo: Porque "habrá entonces gran tribulación". Así mismo, yo pregunto a los judíos: ¿De dónde ha venido sobre vosotros un castigo divino tan intolerable, el peor de la historia y mucho peor que cuantos anteriormente habíais recibido? Desde luego, este castigo de Dios sólo se comprende por el crimen cometido sobre la cruz. De hecho, fue tan grande aquella devastación que, por eso, añade Jesús: "Si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva", como diciendo: Si hubiese durado más aquella batalla de los romanos contra la ciudad, no hubiese quedado ni un solo judío (pues es verdad que alguno se salvó, aunque pereciera más de un millón de ellos). Dice aquí Jesús "toda carne judía", aludiendo también a todos los que están fuera, y no sólo a los que están dentro, porque los romanos no sólo mataron a casi todos los judíos de Judea, sino a cuantos se rebelaron en otras partes del Imperio (haciendo casi desaparecer la raza, salvo un resto que logró escapar). Para que los judíos no dijesen que les sucedían estas cosas por la muerte de Jesucristo, manifiesta éste que, si sus discípulos no hubieran estado allí, hubieran perecido en absoluto. Por eso dice que "por los elegidos, aquellos días serán abreviados". Obsérvese aquí la ordenación del Espíritu Santo, porque el apóstol Juan no escribió nada de esta profecía de Jesús, y eso que él escribió después de la Caída de Jerusalén. ¿Por qué? Por esto mismo: porque no quería que se refiriese el evangelio a aquellas cosas que ya refería la historia. En cambio, Mateo, Marcos y Lucas escribieron mucho antes que la Caída de Jerusalén, y no pudieron leer ninguno de estos sucesos en ningún libro de historia. Ellos vivieron y murieron antes de todo esto, y nada vieron de esto, y por eso brilla por todas partes la verdad de esta profecía.

"Si alguno os dijere que el Cristo está aquí o allí, no lo creáis. En efecto, se levantarán falsos cristos y falsos profetas, haciendo grandes señales y prodigios para que caigan en error los escogidos. Ved que os lo he dicho de antemano. Si os dijeren que el Cristo está en el desierto, no salgáis, y si os dijeren que está en lo más retirado de la casa, no lo creáis. Como el relámpago sale del Oriente, y se deja ver hasta el Occidente, así será también la venida del Hijo del hombre. Donde quiera que estuviese el cuerpo, allí se juntarán también las águilas"

6. Habiendo concluido Jesús su profecía sobre lo que había de suceder a Jerusalén, se ocupa ahora de lo que había de preceder a su venida, e indica las señales para utilidad de sus discípulos, utilidad nuestra y utilidad de los que habrán de venir después. En concreto, la señal es: "Entonces, si alguno os dijere". Así como al decir Mateo "en aquellos días vino Juan Bautista" (Mt 3,1), no había designado el tiempo en que vino (porque todo el mundo sabía que había 30 años de por medio, desde el nacimiento de Juan), ahora sí incluye el entonces dicho por Jesús, para dar a conocer a todo el tiempo que había de mediar. ¿Cuánto tiempo? Éste mismo: el que abarcaría desde la destrucción de Jerusalén hasta los principios de la destrucción del mundo. Dándoles las señales de su segunda venida, Jesús advierte cuál será el lugar, y quiénes los seductores, y que no sucederá como en su primera venida (que apareció en Belén, y en un pequeño ángulo de la tierra). Lo hizo para que no ignorara nadie el principio de todo eso, y que vendría de una manera visible, sin necesidad de que nadie anuncie su venida. Por eso, por tanto, es por lo que Jesús dice "si alguno dijere que está aquí o allí, no lo creáis". Aquí se habla del Anticristo y de algunos de sus ministros, a quienes llama "falsos cristos" y "falsos profetas". Sobre éstos, sabemos que había muchos en tiempo de los apóstoles, y que justo antes de la segunda venida de Jesucristo serán mucho más, y más funestos que los primeros. Por esto añade Jesús que "harán grandes señales y prodigios". Una vez predicho de qué manera habrá de venir el Anticristo, Jesús manifiesta cómo habrá de venir él mismo, viniendo a decir más o menos: Así como el relámpago no necesita anunciador ni pregonero, sino que se manifiesta en cualquier instante a todo el orbe (aun a aquellos que están descansando en sus lechos), así también mi venida se manifestará a un mismo tiempo en todas partes, por el brillo de mi gloria. A continuación, indica Jesús otra señal de su venida, cuando añade: "Donde esté el cuerpo, se congregarán las águilas" designando por águilas a la multitud de ángeles, mártires y todos los santos.

"Tras la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, la luna perderá su brillo, las estrellas caerán del cielo y las virtudes del cielo serán conmovidas. Entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre en el cielo, y plañirán todas las tribus de la tierra"

7. Jesús dice "tribulación de aquellos días" con motivo del Anticristo y de los falsos profetas, porque la tribulación será grande a causa de tantos engañadores. Mas no se alargará por mucho tiempo dicha tribulación, pues si la guerra judía fue acortada por causa de los escogidos, mucho más se abreviará esta tribulación por causa de aquéllos. Por esto no dijo Jesús "después de la tribulación" y se acabó, sino que añadió inmediatamente que él "se presentará sin dilación". Los falsos profetas, entonces, y con mucha razón, se conmoverán y se turbarán, al ver que se obra tan gran trastorno y que sus consiervos son castigados, y que todo el orbe de la tierra asiste al terrible juicio. Si el sol se oscureciese realmente, la cruz no se dejaría ver, a no ser que fuera mucho más clara que los rayos solares. Por otra parte, para que los discípulos no se avergüencen ni se duelan de la cruz, la llama "señal rodeada de cierta claridad". Aparecerá, pues, la señal de la cruz, para que confunda la falta de pudor de los judíos. Vendrá el propio Jesucristo al juicio, mostrando no solamente sus llagas, sino todos los signos de su muerte. Alguno preguntará: ¿Y por qué "plañirán todas las tribus de la tierra"? Y yo le contesto: Porque verán la cruz, y considerarán que nada ganaron con matarle, y que crucificaron a Aquél a quien se debía adorar.

"El Hijo del hombre enviará a sus ángeles con trompetas y con gran voz, y ellos recogerán a sus escogidos de los cuatro vientos, desde lo sumo de los cielos hasta los términos de ellos"

8. El sonido de la trompeta hace referencia a la resurrección, para dar una idea del gozo de unos, del estupor de otros y del dolor de aquellos que serán separados y no serán llevados en las nubes. A esto se refiere el Señor cuando dice que "recogerá a los escogidos" por medio de los ángeles, por el honor de los escogidos. Esto mismo es lo que recuerda San Pablo, cuando dice que "serán arrebatados en las nubes" (1Ts 4,16) y que los ángeles congregarán a aquellos que en verdad hayan resucitado, y que las nubes recibirán a los congregados.

"Aprended de la higuera una comparación. Cuando sus ramas están ya tiernas, y las hojas han brotado, sabéis que está cerca el estío. Del mismo modo, cuando vosotros viereis todo esto, sabed que está cerca, a las puertas, todo lo que ha de suceder. En verdad os digo que no pasará esta generación sin que sucedan todas estas cosas. El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán"

9. Había dicho Jesús que, inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, acontecerá todo lo que estaba predicho. Los discípulos, posiblemente, estaban deseosos de averiguar el tiempo que había de transcurrir. Por ello, Jesús les declara algo sobre ese tiempo, cuando dice: "Aprended de la higuera una comparación". Con este ejemplo Jesús demuestra que no mediará mucho tiempo, sino que inmediatamente acontecerá la venida de Jesucristo. Otra cosa predice también con esto, a saber: el estío espiritual, y la posterior tranquilidad de los justos, tras el invierno (lo contrario que en el caso de los pecadores, a los cuales, tras el invierno, vendrá el estío). Por eso puso Jesús el referido ejemplo de la higuera, para predecir lo que ha de suceder tomando como ejemplo las necesidades de la naturaleza. Resumiendo, todas estas cosas fueron dichas por Jesús acerca de la destrucción de Jerusalén, de los anticristos y de todo lo demás que ha de acontecer hasta la venida de Cristo. En cambio, cuando dijo "esta generación" no lo dijo por aquella generación que entonces existía, sino por la que constituye la generación de los fieles. En efecto, la Escritura acostumbra a designar una generación no tanto por el tiempo sino por su territorio, culto e idioma, como cuando se dice: "Esta es la generación de los que buscan al Señor" (Sal 23,6). Con esto indica Jesús que perecerá Jerusalén, y que será destruida la mayor parte de los judíos, mas ninguna prueba vencerá a la generación de los fieles. A continuación, saca Jesús a la vista a todos los elementos del mundo, para demostrar que él es el Creador de todo lo que existe y que la Iglesia es más apreciable que el cielo y la tierra.

"De aquel día y de aquella hora nadie sabe nada, ni siquiera los ángeles del cielo, sino tan sólo el Padre. Así como sucedió en los días de Noé, así será también la venida del Hijo del hombre. Antes del diluvio, todos estaban comiendo y bebiendo, casándose y dándose en casamiento, mientras Noé entraba en el arca y ellos no entendían lo que sucedía, hasta que vino el diluvio y los llevó a todos. Pues bien, así será también la venida del Hijo del hombre. Entonces estarán dos en el campo, y uno será tomado y otro será dejado. Dos mujeres molerán en un molino, y una será tomada y otra será dejada. Dormirán dos en un lecho, y uno será tomado y otro será dejado"

10. Habiendo indicado el Señor todas las cosas que precederán a la venida del Cristo, y habiendo llevado la narración hasta las mismas puertas, quiso guardar silencio acerca del día, y por esto dice: "Aquel día y aquella hora nadie los sabe". Para que comprendáis que no es efecto de su ignorancia lo que calla, acerca del día y de la hora del juicio, aduce otro pronóstico cuando añade: "Así como sucedió en los días de Noé, así será también la venida del Hijo del hombre". Esto lo dijo dando a entender que vendrá repentina e inopinadamente, y cuando muchos estarán entregados al pecado. Dice San Pablo que, "cuando digan paz y seguridad, entonces les sobrecogerá una muerte repentina" (1Ts 5,3), y el mismo Jesús cuando añade que "en los días antes del diluvio todos comían y bebían" (es decir, vivían en paz y disipación, dispuestos al placer). Por este motivo no dijo el apóstol "cuando haya paz", sino "cuando digan paz y seguridad" (1Ts 5,3), indicando que la insensibilidad de éstos será semejante a la de los que vivieron en los días de Noé, cuando los malos se entregaban a la vida disoluta (no así los justos, que vivían constantemente en la tribulación y en la tristeza). Con esto da a entender que, cuando venga el Anticristo, los apetitos más indecentes tendrán aceptación en los hombres inicuos y en aquellos que desesperan de su propia salvación. Por lo mismo, la Escritura pone un ejemplo que viene muy a propósito a este caso: la construcción del arca, a la vista de todos, prediciendo los males futuros. Los hombres malos no creían estos presagios, y se entregaban a la disipación (como si ningún mal hubiese de venir). Dado que muchos no dan crédito a las cosas futuras, el ejemplo de las pasadas cosas hace creíble lo que se predice. Fija después Jesús otra señal, por la que da a conocer que aquel día vendrá de una manera impensada (y que él no ignora aquel día), cuando dice: "Entonces estarán dos en el campo: el uno será tomado, y el otro será dejado". Con estas palabras, el Salvador da a entender que serán tomados y dejados tanto siervos como señores, tanto ociosos como afanados.

"¿Quién creéis que es el siervo fiel y prudente, a quien su señor puso al frente de su familia? Éste mismo: el que da de comer a tiempo a su familia. Bienaventurado aquel siervo a quien hallare su señor haciendo esto, cuando él viniere. En verdad os digo que le pondrá sobre todos sus bienes. Mas si dijera el siervo en su corazón: Tarda mi señor en venir, y comenzaré a maltratar a sus compañeros, y a comer y beber con los que se embriagan, entonces vendrá el señor de aquel siervo, el día que no espera, y a la hora que no sabe, y lo castigará, poniéndolo en el coro de los hipócritas. Allí será el llorar, y el crujir de dientes"

11. Cuando Jesús dice "¿quién creéis?" muestra que él no ignora nada, así como cuando el Padre preguntó a Adán: "¿Dónde estás?" (Gn 3,9). Dos cosas exige Jesús de semejante siervo, a saber: prudencia y fidelidad. Llama fiel a aquél que no se apropia nada de lo que pertenece a su Señor, ni gasta inútilmente sus cosas. Y llama prudente a aquél que conoce el modo con que conviene administrar lo que se le ha confiado. Esta parábola se adapta también a los príncipes del siglo, pues cada uno debe usar de lo que tiene para el bien común, y no redunde en daño de los ciudadanos, y aun de sí mismos, bien sea sabio, magnate o de cualquier otra clase. A continuación, Jesús instruye al oyente no sólo sobre el premio prometido a los buenos, sino también sobre la pena que amenaza a los malos, cuando añade: "Si el malo dijere".

XXV
Comentario de Mateo 25

El reino de los cielos es semejante a diez vírgenes que, tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran fatuas, y cinco prudentes. Las cinco fatuas, habiendo tomado sus lámparas, no llevaron consigo aceite. En cambio, las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, junto con las lámparas. Tardando el esposo, todas ellas comenzaron a cabecear, y todas se durmieron. A media noche se oyó gritar: "¡Mirad que viene el esposo, salid a recibirlo!". Entonces se levantaron todas aquellas vírgenes, y aderezaron sus lámparas. Las fatuas dijeron a las prudentes: "Dadnos de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se apagan". Respondieron las prudentes: "Tal vez no alcance para nosotras y para vosotras, así que id a la tiendo y compradlo para vosotras". Mientras a comprarlo llegó el esposo, y las que estaban apercibidas entraron con él a las bodas, y fue cerrada la puerta. Al fin vinieron también las otras vírgenes, diciendo: "Señor, Señor, ábrenos". Mas él respondió: "En verdad, os digo que no os conozco". Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora

1. En la anterior parábola había manifestado el Señor la pena que sufriría el soberbio y el lujurioso que disipaban los bienes del Señor, y en ésta conmina con el castigo aun a aquél que no saca utilidad y no se provee abundantemente de lo que le hace falta. En concreto, nos dice Jesús que "será el reino de los cielos semejante a diez vírgenes". Expone Jesús esta parábola en la persona de las vírgenes para demostrar que, aunque la virginidad sea una gran virtud, también será arrojada fuera, con los adúlteros, si no practica las obras de misericordia. Todas las vírgenes, ciertamente, tienen aceite, pero no abundante. Llama aquí aceite a la caridad, a la limosna y a cualquier socorro prestado a los indigentes. Las lámparas son los carismas de la virginidad, y se llama necias a las que vencieron la dificultad mayor y por la menor lo perdieron todo. Ciertamente, cuesta más vencer los deseos de la carne que los de las riquezas. Estas vírgenes no sólo eran necias porque descuidaron las obras de misericordia, sino también porque creyeron que encontrarían aceite donde inútilmente buscaban. Nada hay más misericordioso que aquellas vírgenes prudentes, que por su caridad fueron aprobadas. Sin embargo, también fueron prudentes porque no accedieron a la súplica de los necios. Respondieron, pues, diciendo: "No sea que falte para nosotras y para vosotras". De aquí aprendemos, pues, que a nadie de nosotros podrán servirles otras obras sino las suyas propias. Ya ves qué buena es nuestra negociación con los pobres. Estos no se encuentran allá, sino aquí, y por tanto es aquí donde conviene acopiar el aceite para que nos sirva allá, cuando Jesucristo nos llame. La expresión "mientras fueron a comprarlo" manifiesta que, aunque queramos ser misericordiosos en la última hora, de nada servirá para evitar la pena, como tampoco le aprovechó a aquel rico que fue misericordioso y solícito para con sus allegados.

Un hombre, al marchar lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes. Dio a uno cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada uno según su capacidad, y después partió. El que había recibido cinco talentos fue a negociar con ellos, y ganó otros cinco. Así mismo, el que había recibido dos ganó otros dos. El que había recibido uno, fue y cavó en la tierra, y escondió allí el dinero de su señor. Después de largo tiempo vino el señor de aquellos siervos, y los llamó a cuentas. Llegó el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco y dijo: "Señor, cinco talentos me entregaste, he aquí otros cinco he ganado de más". Su señor le dijo: "Muy bien, siervo bueno y fiel. Como fuiste fiel en lo poco, te pondré sobre lo mucho. Entra en el gozo de tu señor". Llegó el que había recibido los dos talentos, y dijo: "Señor, dos talentos me entregaste, aquí tienes otros dos que he ganado". Su señor le dijo: "Bien está, siervo bueno y fiel. Como fuiste fiel sobre lo poco, te pondré sobre lo mucho. Entra en el gozo de tu señor". Llegó el que había recibido un talento, y dijo: "Señor, sé que eres un hombre de recia condición, que siegas en donde no sembraste y allegas donde no esparciste. Temiendo esto, escondí tu talento en tierra. He aquí tienes lo que es tuyo". Su señor le dijo: "Siervo malo y perezoso, ¿sabías que siego donde no siembro, y que allego donde no he esparcido? ¿Y por qué no diste mi dinero a los banqueros, y viniendo yo hubiera recibido lo que era mío? Quitadle, pues, el talento, y dádselo al que tiene diez, porque todo el que tuviere tendrá más, y al que no tuviere le será quitado aun lo que parece que tiene. Y a ese siervo inútil echadle a las tinieblas exteriores, donde será el llorar y el crujir de dientes"

2. Esta parábola se aduce, de forma general, contra aquellos que ni con dinero, ni de palabra, ni de ningún otro modo, quieren ser útiles a sus prójimos, sino que todo lo ocultan para sí mismos. Cuando se dice que "un hombre de marchó muy lejos", se nos dice que el Señor no exige inmediatamente la cuenta (para que admiremos su longanimidad), y encubriendo simuladamente el tiempo de su resurrección. La expresión "siervo bueno" se refiere al que ha sido caritativo con el prójimo, y la expresión "siervo fiel" al que no se apropió de nada de lo que era de su Señor, ante su ausencia. Esta es la expresión de toda bienaventuranza. El que tiene el don de la predicación y de la doctrina, pierde estos dones si no usa de ellos, mas el que los cultiva atrae otros mayores. El "siervo malo" es castigado con la denuncia acusadora y una pena dañina, cuando se dice: "Arrojad al siervo inútil a las tinieblas exteriores". Advierte que no sólo es castigado el que roba lo ajeno y obra mal, sino también el que no practicó el bien.

Cuando venga el Hijo del hombre en su majestad, junto a todos sus ángeles, se sentará sobre el trono de su majestad y reunirá ante sí todas las gentes. Él apartará a unos de otros, como el pastor aparta las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a la izquierda. Entonces dirá a los que están a su derecha: "Venid, benditos de mi Padre, y poseed el reino que os está preparado desde el establecimiento del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era huésped, y me hospedasteis; estaba desnudo, y me cubristeis; era enfermo, y me visitasteis; estaba en la cárcel, y me vinisteis a ver". Los justos le responderán: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos huésped y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿O cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te fuimos a ver? El Hijo del hombre les dirá: "En verdad os digo que, cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos pequeñitos, a mí lo hicisteis". Entonces dirá a los que están a la izquierda: "Apartaos de mí, malditos, e id al fuego eterno que está aparejado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, era huésped y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me cubristeis, estuve enfermo y en la cárcel y no me visitasteis". Entonces ellos le responderán: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o huésped, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel y no te servimos?". El Hijo del hombre les responderá: "En verdad os digo que, cuanto no hicisteis a uno de estos pequeñitos, a mí no me lo hicisteis"

3. Escuchemos esta parte sublime del discurso de Jesús con la mayor compunción, grabándola profundamente en nuestra alma, pues es el mismo Jesucristo quien lo profiere del modo más terrible y claro. Aquí, no dice Jesús "el reino de los cielos es semejante" (como en las parábolas anteriores), sino que manifiesta y revela su propia persona cuando dice: "Cuando venga el Hijo del hombre". Cuando eso ocurra, concurrirán todos los ángeles, para dar testimonio ellos mismos. A unas personas se las llamará cabritos y a otras ovejas, para demostrar la inutilidad de aquéllos (pues de nada aprovechan) y la utilidad de éstas (porque es mucho el fruto que de ellas se saca, como la lana, la leche y los corderillos que nacen). La Sagrada Escritura suele designar la sencillez y la inocencia con el término oveja. Bellamente, pues, se designan aquí los elegidos con este nombre. Cuando todos los hombres concurran, tendrá lugar hasta una separación de lugar, pues Jesucristo "colocará a las ovejas a la derecha, y los cabritos a la izquierda". Observad que a los elegidos no dijo Jesús recibid, sino heredad, a forma de bienes familiares, o más bien paternos, como bienes que se os deben desde hace mucho tiempo. De hecho, por eso se dice: "El reino que os está preparado desde el establecimiento del mundo". Sobre los méritos los escogidos, éstos reciben los bienes del reino celestial porque "tuve hambre, y me disteis de comer". ¿A quién? A éstos mismos: "a los pequeñitos". ¿Y por qué se les llama pequeñitos? Porque son humildes, pobres y abyectos, como los monjes que se retiraron a los montes o cada fiel secular que pase necesidad de cualquier índole. ¿Y por qué los llama hermanos? Porque el bautismo y la comunicación de los misterios les hacen hermanos. Entonces dirá también Jesucristo a los de su izquierda: "Apartaos". Observad cómo estos malditos abandonaron la misericordia no sólo en un concepto, sino en todos. Es decir, que no sólo no dieron de comer al hambriento, sino que tampoco visitaron al enfermo ni hicieron las cosas más soportables. Además, tampoco se les pidió dar al pobre una mesa espléndida, sino la comida necesaria. Todas estas cosas, por tanto, bastan para sufrir la pena, por 7 causas diferentes. Primero, por la facilidad en dar lo que se pide (pues era pan). Segundo, por la miseria del que pedía (pues era pobre). Tercero, por la compasión de la naturaleza (pues era hombre). Cuarto, por el deseo de alcanzar lo que se prometía (pues prometía el reino). Quinto, por la dignidad del que recibía (pues era Dios el que recibía por medio de los pobres). Sexto, por la superabundancia del honor (porque se dignó recibir de mano de los hombres). Séptimo, por lo justo que era dar (pues recibía de nosotros lo que es suyo). ¿Y por qué no hicieron nada de esto, ni la más difícil, ni lo más fácil, ni nada? Por esto mismo: por la ceguera de su avaricia.

XXVI
Comentario de Mateo 26

Cuando hubo Jesús acabado todos estos razonamientos, dijo a sus discípulos: "De aquí a dos días será la Pascua, y el Hijo del hombre será entregado para ser crucificado". Entonces se juntaron los príncipes de los sacerdotes y los magistrados del pueblo. Se juntaron en el atrio del príncipe de los sacerdotes, que se llamaba Caifás; y tuvieron consejo para prender a Jesús con engaño y hacerle morir. También dijeron: "No lo hagamos en el día de la fiesta, por si acaso sucediese un alboroto entre el pueblo"

1. Meditando inicuos proyectos, los fariseos se dirigieron al príncipe de los sacerdotes, para que les diese un poder que él no debía dar. Muchos eran los príncipes de los sacerdotes, siendo así que la ley no permitía más que uno (en lo que se manifestaba como el principio de disolución de la nación judía, pues Moisés había mandado que no hubiera más que un príncipe de los sacerdotes, y que muerto éste se eligiera otro, y con el tiempo los principados se convirtieron en anuales, para ser todos príncipes). A éstos, pues, llama aquí Mateo "príncipes de los sacerdotes", porque lo parecían. Tuvieron consejo, pues, para prender ocultamente y matar a Jesús. Con todo, temían al pueblo, y por eso esperaron a que pasara la Pascua, diciendo: "No en el día de la fiesta". En efecto, el diablo no quería que Cristo padeciera en la Pascua, para que no se hiciera pública su pasión y resurrección. Los príncipes de los sacerdotes no lo decían por temor de Dios, ni por no agravar su pecado al matar en este día, sino porque en todo pensaban mundanamente. De hecho, el motivo de no querer hacerlo en Pascua es que "no ocurriese un tumulto en el pueblo". Con todo, su furor interior fue superior a su mundanidad exterior, y sus ardores les hicieron cambiar de decisión, y matar a Jesús cuanto antes, aunque fuese durante la festividad.

Estando Jesús en Betania, en casa de Simón el Leproso, llegó a él una mujer que traía un vaso de alabastro, de ungüento precioso, y lo derramó sobre su cabeza, cuando él estaba recostado en la mesa. Cuando lo vieron sus discípulos, se indignaron diciendo: "¿A qué fin este desperdicio? Podía haberse vendido por mucho precio, y dar el dinero a los pobres". Escuchándolo Jesús, les dijo: "¿Por qué sois molestos con esa mujer? Ella ha hecho conmigo una buena obra. A los pobres siempre los tendréis con vosotros, mas a mí no siempre me tendréis. Ella ha derramando este ungüento sobre mi cuerpo, para mi sepultura. En verdad os digo que, en todo lugar donde fuere predicado este evangelio, se contará también lo que ha hecho ella para memoria mía"

2. Los tres evangelistas, Mateo, Marcos y Lucas, se refieren a una misma Betania. No obstante, Mateo es el único que dice que Jesús se hospedó en casa de Simón el Leproso, aquel hombre de lepra que en su día había sido curado por Jesús. La mujer que irrumpe en la casa es una persona que quiere acercarse a Cristo. Esta mujer, viendo que Jesús había curado a aquel hombre de su lepra, tomó confianza para creer que fácilmente limpiaría la inmundicia de su alma. Otras mujeres se habían acercado a Jesús para la curación del cuerpo, mas ella sólo se acerca a Cristo para honrarle, y para curar su alma, no teniendo en su cuerpo enfermedad alguna. Esta es la razón por la qué es digna de admiración. Según Juan, esta mujer era la hermana de Lázaro. Los discípulos habían oído decir a su maestro "misericordia quiero y no sacrificio" (Mt 9,13), y por eso pensaban entre sí que no aceptaría este sacrificio del bálsamo. Viendo que sí lo aceptó, los discípulos se indignaron, diciendo: "¿Por qué este desperdicio? Este bálsamo pudo haberse vendido". Los discípulos pensaban eso, pero el Señor conocía la intención de la mujer, y no quiso romper las buenas intenciones, sobre todo las hechas con piedad y amor. Por eso condescendió al dejar derramar el ungüento sobre su cabeza. Así como el Padre aceptó con gusto el olor de la víctima, del mismo modo Cristo condescendió con esta mujer devota, cuya intención no conocían los discípulos que se quejaban. Es más, Jesús no se contentó con decir "ha hecho conmigo una buena obra", sin que alienta toda obra buena sin exigir que sea hecha desde el principio con toda su perfección. Por eso no defraudó el deseo de esta mujer, y la consoló con sus palabras: "En verdad os digo que, en cualquier parte donde fuere predicado, será recordado lo que ha hecho esta mujer". Esto mismo es lo que ha sucedido, y por cualquier parte de la tierra que fueres oirás la celebridad de esta mujer, debido al evangelio del Señor. Las victorias de muchos reyes y de grandes capitanes han sido olvidadas en la memoria de los hombres, así como la mayor parte de los que fundaron ciudades y redujeron a esclavitud muchas naciones. La mayoría, ni de palabra ni de nombre han sido conocidos. En cambio, esta mujer que derramó un bálsamo en la casa de cierto leproso, en presencia de 12 hombres, y es celebrada por todo el orbe de la tierra, y la memoria de su hecho no se ha borrado a pesar de tanto tiempo como ha transcurrido. Alguno preguntará: ¿Por qué, por nada especial, prometió Jesús una memoria eterna? Y yo le contesto: Porque toda obra buena debía recibir una buena recompensa. Finalmente, el Señor contestó a los discípulos: "¿Por qué molestáis a esta mujer?". Si alguno hubiera preguntado a esta mujer qué es lo que iba a hacer, no se lo hubiera permitido, pero después de derramado ya el ungüento, era inoportuna la reprensión de los discípulos.

Uno de los doce, llamado Judas Iscariote, fue a los príncipes de los sacerdotes y les dijo: "¿Qué me queréis dar, si yo os entrego a Jesús?". Ellos le señalaron treinta monedas de plata, y desde entonces buscaba oportunidad para entregarlo

3. Tan pronto como Judas oyó que el evangelio se había de predicar en todas partes, temió, pues esto demostraba un poder admirable. Por eso Mateo añade "uno de los doce", como si dijera: Uno de los que sublimemente fueron elegidos. Es más, para designarle Mateo agrega "el Iscariote" (de Isch Queriot, que quiere decir ciudadano de Keriot o vulgarmente Cariot, pueblo donde nació Judas): porque había otro Judas.

En el primer día de los ázimos llegaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: "¿Dónde quieres que dispongamos la cena de Pascua?". Jesús les dijo: "Id a la ciudad, a casa de cierta persona, y decidle: El Maestro dice: Mi tiempo se acerca, y en tu casa he de tener la Pascua con mis discípulos". Los discípulos hicieron lo que Jesús les había mandado, y dispusieron la Pascua

4. Llama Mateo a este día el "primero de los ázimos", de los 7 días que duraba en total la Pascua (pues acostumbraron siempre los judíos a contar desde la víspera). Por esto hace mención de este día, en la víspera del cual había de ser inmolada la Pascua, y lo fue en la feria quinta. De aquí se deduce claramente que no tenía Jesús casa ni lugar de alojamiento en Jerusalén. Yo opino que tampoco los discípulos la tenían, pues de haberla tenido le hubiesen rogado que fuese allí. Dijo Jesús: "Id a la ciudad, a casa de cierta persona". Esto da a entender que los envía a casa de un hombre desconocido, manifestando sus incertidumbres sobre la pasión. En efecto, el que persuadió la mente de esta persona, para que los recibiese en su casa, ¿no hubiera podido hacer lo mismo contra los que le crucificaban, si hubiese querido no padecer? Yo no admiro tan sólo que un viviente desconocido recibiera a Jesús y sus apóstoles, sino que despreció el odio de muchos recibiendo a Jesucristo. Continúa diciendo Jesús que "en tu casa he de celebrar la Pascua", dando a entender que hasta el último día no se oponía a la ley. Y añadió: "Con mis discípulos", para que se preparase lo bastante y para que aquél a cuya casa los enviaba, no creyese que él quería ocultarse.

Cuando cayó la tarde, Jesús se sentó a la mesa con sus doce discípulos. Cuando ellos estaban comiendo, les dijo: "En verdad os digo que uno de vosotros me ha de entregar". Ellos se entristecieron, y cada uno comenzó a decir: "¿Por ventura soy yo, Señor?". Él respondió: "El que mete conmigo la mano en el plato, ése es el que me entregará. El Hijo del hombre se va ciertamente, como está escrito de él, mas ¡ay de aquel por quien será entregado! Más le valiera a aquel hombre no haber nacido". Judas también fue de los que le preguntó: "¿Soy yo por ventura, maestro?". Y a él, Jesús le dijo: "Tú lo has dicho"

5. Dice Mateo que, cuando los discípulos estaban comiendo, Jesús empezó a hablar de la traición de Judas, dando así a conocer con tiempo, y desde la mesa, la malicia del traidor. En concreto, dice Mateo que, "cuando estaban comiendo dijo: En verdad os digo que uno de vosotros me ha de entregar". A mí me parece que también Jesucristo metía la mano en el plato al mismo tiempo que Judas, comprometiéndole más y atrayéndolo a su amor. Dijo esto para consolar a sus discípulos, y para que no creyesen que sufría aquello por debilidad, y para advertir a la vez al traidor. Aun cuando estaba escrito que Jesucristo habría de padecer, Mateo (y el resto de evangelistas) culpa de su muerte a Judas. La traición de Judas no evitó con eso nuestra salvación, sino que la sabiduría de Jesucristo se valió de la necedad de otros para nuestro bien. Siguiendo el relato, dice Jesús: "¡Ay de aquel hombre por quien será entregado!". Muy bien, el Señor podía haber dicho a Judas: Has convenido tomar dinero, y aun te atreves a preguntar. Pero nada de esto dijo el mansísimo Jesús, para designarnos la línea de conducta que debemos observar. Lo único que le dijo fue: "Tú lo has dicho". Cenando ellos, Jesús tomó el pan, y lo bendijo, y lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: "Tomad y comed; éste es mi cuerpo". Dice Juan que, "después de esto, Satanás entró en Judas". Es decir, Juan agrava su pecado, porque se había acercado al sacramento con conciencia manchada, y al acercarse no mejoró en su conciencia, ni por el temor, ni por el beneficio, ni por el honor. Jesucristo no privó a Judas del sacramento, para que aprendamos que no omite nada de aquello que nos conviene para nuestra enmienda.

Tomando el cáliz, Jesús dio gracias y se lo dio a los discípulos, diciendo: "Bebed de éste cáliz todos, porque ésta es mi sangre, que será derramada por muchos para remisión de pecados. Desde hoy ya no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que lo beba, de nuevo con vosotros, en el reino de mi Padre"

6. Jesús dio gracias para enseñarnos el modo de recibir el sacramento de la eucaristía, y para demostrarnos a la vez que no iba a sufrir su pasión contra su voluntad. Nos enseñó, pues, que todo lo que sufrimos debemos llevarlo con gusto. Nos dio también motivo de buena esperanza. Si la figura de este sacrificio (a saber, la inmolación del cordero pascual) dio la libertad al pueblo de la esclavitud de Egipto, con mucha más razón la realidad librará al mundo entero. Cuando Jesús dijo "bebed todos de él", y para que no se asustasen oyendo esto, él mismo bebió primero su propia sangre, invitándoles sin turbación alguna a que participasen de aquellos misterios. Esto es lo que sirve de anuncio de la nueva ley, esto es lo que prometía el Antiguo Testamento, esto es lo que se ve realizado en el Nuevo Testamento. Así como el Antiguo Testamento contenía la sangre de los becerros y de las ovejas, así el Nuevo Testamento contiene la sangre del Señor. Cuando dice la palabra sangre, Jesús anuncia su pasión y añade: "Que será derramada por muchos". Además, expresa la causa de su muerte, cuando añade: "Para el perdón de los pecados", como diciendo: La sangre del cordero fue derramada en Egipto por la salvación de los primogénitos del pueblo de Israel, pero ésta se derrama para remisión de los pecados de todo el mundo. Diciendo esto, Jesús manifiesta que su pasión es un misterio para la salvación de los hombres, y por medio de él consuela a sus discípulos. Así como Moisés dijo "esto os servirá de recuerdo sempiterno" (Ex 12,14), así Jesús dice "haced esto en memoria mía" (Lc 22,19). Como hablaba de su pasión y de su cruz, era muy natural que también hablase Jesús de su resurrección, y por eso dice: "Desde hoy más no beberé de este fruto de vid, hasta que llegue a mi reino". Llama reino a su resurrección, y lo dijo cuando iba a beber con sus apóstoles el cáliz, para que no creyesen que su resurrección era una fantasía. Años después, y para convencer a los hombres acerca de la resurrección de Jesucristo, los apóstoles decían: "Hemos comido y bebido juntamente con él, después que resucitó de entre los muertos" (Hch 10,41), dando a entender que lo vieron resucitado, y que él volverá a estar con los hombres. Cuando Jesús dice nuevo, no debe entenderse nuevamente sino "de un modo nuevo", no como teniendo cuerpo pasible y necesitando de comida. De hecho, después de la resurrección no comió ni bebió Jesús porque necesitase alimento, sino para confirmar la verdad de su resurrección. Hay algunos herejes que usan agua y no vino en la administración de los sacramentos, pero no saben leer que Jesús, cuando instituyó los sacramentos, dio el vino resucitado. En concreto, les dio "el fruto de la vid", y la vid produce vino y no agua.

Dicho el himno, salieron al Monte del Olivos. Por el camino, Jesús les dijo: "Todos vosotros padeceréis escándalo de mí, esta misma noche y como está escrito: Heriré al pastor, y se descarriarán las ovejas del rebaño. Cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea". Pedro y le dijo: "Aunque todos se escandalizaren de ti, yo nunca me escandalizaré". Jesús le dijo: "En verdad te digo que esta noche, antes que cante el gallo, me negarás tres veces". Pedro le dijo: "Aunque sea menester morir contigo, yo no te negaré". Todos los demás discípulos dijeron lo mismo

7. Oigan esto todos los que, semejantes a los puercos, sólo se preocupan en solazarse en la comida y terminar con la embriaguez, en lugar de levantarse de la mesa con la acción de gracias. Oigan esto los que no escuchan la última oración en los sagrados misterios, pues la última oración de la misa es figura de aquel himno de acción de gracias de la cena. Jesús dio gracias, pues, antes y después de administrar los sagrados misterios. Por eso dijo el himno después que comió, para que nosotros hagamos lo mismo. Esto nos da a conocer lo que fueron sus discípulos antes de la pasión y después de ella, porque los que no podían estar con Cristo (cuando era crucificado), después de su muerte eran más fuertes que el diamante. La huida de sus discípulos, por tanto, fue una demostración de la muerte de Cristo, para confusión y vergüenza de los marcionistas. Si Cristo no fue apresado ni crucificado, ¿cómo y por qué se apoderó tan gran temor en Pedro y en los demás apóstoles? A este respecto es por lo que cita Jesús esta profecía, aconsejando a creer siempre lo que está escrito. La crucifixión estaba determinada por Dios, y reveló en todos conceptos al Antiguo Testamento, y a aquel Dios que en él se anunciaba. Sin embargo, no quiso Jesús que los discípulos continuasen apesadumbrados, y les vaticina cosas alegres, como cuando dice: "Cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea". Después de su resurrección no se apareció a ellos inmediatamente en el cielo, ni eligió un lugar lejano para aparecérseles, sino los mismos lugares y hasta las personas mismas, para que comprendiesen que Aquél que había expirado en el patíbulo de la cruz era el mismo que resucitó. Por esto les asegura que él irá también a Galilea, para que, libres del temor de los judíos, creyesen lo que les decía. ¿Qué dices a esto, oh Pedro? El profeta vaticinó la dispersión de las ovejas (Zac 13,7), Jesucristo confirmó la profecía, y tú ¿replicas "de ningún modo"? Cuando dijo "uno de vosotros me entregará" (Mt 26,21), tú mismo temías ser el traidor, aunque de nada te acusaba la conciencia. Y ahora, que Jesús anuncia terminantemente que "todos os escandalizaréis", tú ¿le contradices? ¿Y te atreves a decir "yo nunca me escandalizaré"? Yo opino que Pedro dijo estas palabras por ambición y jactancia, y que por eso cayó. En efecto, ya en la cena disputaban cuál de ellos sería el mayor. Por lo visto, tal alucinación les producía ya el vano deseo de gloria. Jesucristo, deseando librar a Pedro de estas pasiones, le retiró su auxilio. Véase cómo, aleccionado por esto, habla a Cristo con mayor humildad después de la resurrección, y no vuelve a replicarle. Todo esto lo perfeccionó aquella caída. Antes, Pedro todo se lo atribuía a sí mismo, habiendo debido decir más bien "yo no te negaré si tú me ayudas". Después, Pedro lo atribuye todo a Dios, como cuando dice: "¿Por qué os fijáis en nosotros, como si hubiésemos hecho andar a éste en virtud de nuestro propio mérito?" (Hch 3). He aquí, por tanto, la gran lección que se nos da Jesús, a saber: la insuficiencia del humano deseo, destituido o privado del auxilio divino.

Entonces fue Jesús con ellos a una granja llamada Getsemaní, y dijo a sus discípulos: "Sentaos aquí mientras yo voy allí y hago oración". Tomando consigo a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y angustiarse. Entonces les dijo: "Triste está mi alma hasta la muerte, así que esperad aquí y velad conmigo". Habiendo dado algunos pasos, se postró sobre su rostro, e hizo oración diciendo: "Padre mío, si es posible, haz que pase de mí este cáliz. Mas no sea como yo quiero, sino como quieras tú". A continuación, volvió a sus discípulos y los halló dormidos, y dijo a Pedro: "¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para que no entréis en tentación. El espíritu, en verdad, está pronto, pero la carne está enferma". Se fue de nuevo a orar, por segunda vez, y dijo: "Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, hágase tu voluntad". Volviendo otra vez a los discípulos, los halló dormidos y con los ojos cargados. Jesús los dejó, y de nuevo fue a orar, por tercera vez, diciendo las mismas palabras. Cuando volvió a sus discípulos, les dijo: "Dormid ya, y reposad, mas ved que ha llegado ya la hora, y el Hijo del hombre será entregado en manos de los pecadores. Levantaos, vamos, y ved que ha llegado el que me entrega".

8. Dice esto Mateo porque Jesucristo iba siempre rodeado por todos sus discípulos, mientras que para orar se separaba de sus discípulos. Esto lo hacía para instruirlos, y saber que en la oración hemos de buscar el reposo y la soledad. Además del silencio propio de la noche, los ojos de unos estaban abrumados por la tristeza, y los de otros por la debilidad. Por eso Jesús reprende a todos, en general. Los que se habían ofrecido a morir con Cristo, ni aun pudieron velar una hora con él. Cuando Jesús ora por segunda y por tercera vez (en virtud de la debilidad humana, con la que temía a la muerte), justifica que verdaderamente se ha hecho hombre, porque el hacerse una cosa por segunda y por tercera vez es una demostración especialísima del lenguaje de las Escrituras. En efecto, José dijo al faraón: "Lo que has visto por segunda vez, sobre la misma cosa, es señal de la realidad de tu sueño" (Gn 41,32). Por tanto, Jesús insiste en que convenía vigilar. Por supuesto, él podía soportar los males que estaban por venir, y el ser entregado, pero sus discípulos no, y por eso necesitaban su ayuda. Cuando Jesús dice "ved aquí llegada la hora", manifiesta que todo lo que sucedía era por disposición divina, y cuando dice que "el Hijo del hombre será entregado en mano de los pecadores" da a conocer que era necesaria la maldad de estos, y no que él fuese criminal.

Estando aún Jesús hablando, llegó Judas, uno de los doce, y con él una gran tropa de gente armada de espadas y palos, que habían enviado los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo. El que lo entregó les dio la siguiente orden: "El que yo besare, ése es. Prendedlo". Llegando a Jesús, Judas le dijo: "Dios te guarde, maestro". Y lo besó. Jesús le dijo: "¿Amigo, a qué has venido?". Al instante, la tropa echó mano de Jesús, y lo prendieron

9. Judas tuvo que dar a sus secuaces una señal, y eso que Jesús había sido detenido muchas veces por los mismos. ¿Por qué? Por esto mismo: porque Jesús pasaba sin que le conociesen. Uno de los que estaban con Jesús, alargando la mano, sacó su espada e, hiriendo a un siervo del pontífice, le cortó la oreja. Entonces le dijo Jesús: "Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que tomaren espada, a espada morirán. ¿Por ventura piensas que no puedo rogar a mi Padre, y me dará ahora mismo más de doce legiones de ángeles? ¿Pues cómo se cumplirán las Escrituras de que así conviene que se haga?". Según refiere Lucas, el Señor había dicho a sus discípulos en la cena: "El que tiene saco, tome también la alforja; y el que no, venda su túnica y compre espada" (Lc 22,36), y los discípulos respondieron: "He aquí dos espadas" (Lc 22,38). Alguno preguntará: ¿Y qué hacían los apóstoles con espadas, en la cena? Y yo le respondo: Para poder comer el cordero pascual. Es más, es posible que, tras oír de Jesús "ya está aquí el que se acerca", y en previsión de que vinieran los perseguidores para prender a Cristo, al salir de la cena se armaran con las espadas de la cena, por si con ellas hubieran de pelear en su defensa contra sus enemigos. He aquí, por tanto, por lo que uno de los que estaban con Jesús, extendiendo la mano, esgrimió su espada. Para persuadir más fácilmente a su discípulo, Jesús añade lo siguiente: "Todos los que tomaren la espada, a espada perecerán". Así, no sólo contuvo Jesús a los discípulos, amenazándolos con la pena, sino también manifestando que se entregaba voluntariamente. Por eso añadió: "¿Crees, por ventura, que no puedo yo acudir a mi Padre, y que él me enviará más de doce legiones de ángeles?". Es más, como había dejado ver Jesús las muchas flaquezas de su humanidad, por eso añadió: "¿Por ventura no crees que yo puedo pedir auxilio?". No sólo calma Jesús con esto el temor de los discípulos, sino que también hace patente la Escritura, diciendo: "¿Cómo, pues, se cumplirán las Escrituras, de que así conviene que se haga?".

Jesús dijo a aquel tropel de gente: "¿Como a un ladrón habéis salido a prenderme, con espadas y con palos? Cada día estaba sentado en el templo. Estaba con vosotros, enseñando, y no me prendisteis. Con todo, esto ha sido así para que se cumplieran las Escrituras de los profetas". En ese momento, los discípulos dejaron solo a Jesús, y salieron huyendo. Los que tenían preso a Jesús, lo llevaron a casa de Caifás, el príncipe de los sacerdotes, donde se habían juntado los escribas y los ancianos. Pedro le seguía de lejos, hasta el palacio del príncipe de los sacerdotes, donde entró y se sentó con los sirvientes

10. Los príncipes de los sacerdotes no prendieron a Jesús en el templo, porque no se atrevieron por temor a las turbas. Por esta razón el Señor salió fuera, a fin de darles lugar y tiempo más oportuno para prenderle. Esto prueba que no hubieran podido prenderle en manera alguna, si espontáneamente él no lo hubiera permitido. Mateo da la razón del por qué el Señor quiso dejarse prender, cuando añade: "Todo esto se hizo para que se cumplieran los escritos de los profetas". Los discípulos que allí estaban, mientras Jesús fue detenido, y decía esto a las turbas, huyeron. En concreto, Mateo dice que, "abandonándole, huyeron", pues conocían que, entregándose voluntariamente a los enemigos no era posible escapar. Mucho era el fervor del apóstol Pedro, que no huyó como los demás, sino que permaneció y entró hasta en el mismo palacio del sumo sacerdote. Si Juan entró también, era porque conocía al príncipe de los sacerdotes. Pedro seguía de lejos, porque había de negar al Señor.

Los príncipes de los sacerdotes, y todo el concilio, buscaban algún falso testimonio contra Jesús, para entregarlo a la muerte. No conseguían hallarlo, aunque se habían presentado muchos falsos testigos. Por último, llegaron dos testigos falsos que dijeron: "Éste dijo: Puedo destruir el templo de Dios, y reedificarlo en tres días". Levantándose al punto el príncipe de los sacerdotes, preguntó a Jesús: "¿No respondes nada, a lo que éstos deponen contra ti?". Jesús callaba, y el príncipe de los sacerdotes insistió: "Te conjuro por el Dios vivo a que nos respondas a esto: ¿Eres tú el Cristo, el Hijo de Dios". Jesús le dice: "Tú lo has dicho. Y yo os digo que, de aquí a poco, veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha de la virtud de Dios, y más tarde venir en las nubes del cielo". Al punto, el príncipe de los sacerdotes rasgó sus vestiduras y exclamó: "¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? He aquí lo que acabáis de oír, y su blasfemia. ¿Qué os parece?". Todos respondieron: "¡Es reo de muerte!". Entonces le escupieron en la cara, y le maltrataron a puñetazos, y otros le dieron bofetadas en el rostro, diciendo: "Adivínanos, Cristo, ¿quién es el que te ha herido?"

11. Quería todo aquel asqueroso conciliábulo de los sacerdotes dar forma de juicio a sus asechanzas contra el Salvador. En concreto, "los príncipes de los sacerdotes, y todo el concilio, buscaban falso testimonio contra Jesús". Por supuesto, aquel tribunal era incompetente, y de ahí todo el todo tumulto y la confusión. Es más, "no hallaron prueba alguna, a pesar de haberse acercado muchos testigos falsos". Aquí me pregunto yo: ¿Por qué no adujeron la acusación sobre la violación del sábado? Y me respondo: Porque posiblemente ellos tampoco lo cumplían. Sigue diciendo Mateo que "Jesús callaba", pues aquello era tan sólo una farsa de juicio. En verdad, aquello no era sino una invasión de ladrones como en una caverna, y por esto callaba Jesús. Calló, mas no para agravar más la acusación, y expresar con hechos lo que decía de palabra. Habiendo rasgado sus vestiduras el sumo sacerdote, no pronuncia por sí mismo la sentencia, y busca hacer recaer la responsabilidad en los demás, preguntando: "¿Qué os parece?", como diciendo que se veía obligado a ejercer la violencia. De hecho, lo siguiente que dice el sumo sacerdote es, tal cual: "¿Qué necesidad tenemos de testigos?". La reacción del manipulado populacho no se hizo esperar, y sentenció: "Reo es de muerte". Como el que se lanza sobre la presa, así demostraban los judíos su ciego furor hacia Cristo. Observa cómo Mateo expone con suma exactitud todo lo que considera digno de reprobación, no ocultando nada ni avergonzándose, sino estimando como la mayor gloria que el Señor del universo padeciese por nosotros tales afrentas. Leamos esto continuamente, grabemos esto en nuestra mente, y gloriémonos de ello.

Pedro, entre tanto, estaba sentado fuera, en el atrio, hasta que llegó una criada y le dijo: "Tú también estabas con Jesús el Galileo". Pedro lo negó delante de todos, y dijo: "No sé lo que dices". Saliendo Pedro a la puerta, le vio otra criada, y dijo a los que estaban allí: "Éste estaba también con Jesús el Nazareno". Pedro lo negó otra vez, con juramento y diciendo: "No conozco tal hombre". De allí a un poco se acercaron los que estaban allí, y dijeron a Pedro: "Seguramente, tú también eres de ellos, porque tu acento galileo te da a conocer". Entonces comenzó Pedro a lanzar imprecaciones, y a jurar que no conocía a Jesús. En ese momento, cantó luego el gallo, y Pedro se acordó de las palabras que le había dicho Jesús, que "antes que cante el gallo, me negarás tres veces". Saliendo fuera del palacio, Pedro lloró amargamente

12. El apóstol que vio prender a su maestro, y de tal modo se enardeció, y desenvainó la espada, y cortó una oreja al oír los ultrajes contra Cristo, se convierte ahora en negador, y no resiste los comentarios de una vil criada. En efecto, "se acercó a él una criada, diciendo: Tú ¿no estabas con Jesús el Galileo?". No sólo una vez, sino por segunda y tercera negó Pedro en breve rato, "saliendo de allí". Ni la voz del gallo le contuvo de la negación, ni le recordó su promesa.

XXVII
Comentario de Mateo 27

Venida la mañana, todos los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo entraron en consejo contra Jesús, para entregarle a muerte. Lo llevaron atado y lo entregaron al procurador Poncio Pilato. Entonces Judas, que lo había entregado, cuando vio que había sido condenado, movido de arrepentimiento, volvió las treinta monedas de plata a los príncipes de los sacerdotes y a los ancianos, diciendo: "He pecado entregando sangre inocente". Ellos le dijeron: "¿Y qué nos importa a nosotros? Tú verás lo que haces". Arrojando las monedas de plata en el templo, Judas se retiró, y fue y se ahorcó con un lazo

1. Los sacerdotes judíos no mataron ocultamente a Jesús por este único motivo: porque querían destruir su gloria, y en razón a que muchos le admiraban. Por eso se empeñaron en matarle públicamente, y delante de todos, y a este fin le llevaron ante el prefecto romano. Observad cómo se arrepintió éste cuando había consumado su pecado. Y observad cómo el diablo no permite, a aquellos que no velan, que vean el mal hasta que lo han consumado.

Los príncipes de los sacerdotes, tomando las monedas de plata, dijeron: "No es lícito meterlas en el tesoro, porque es precio de sangre". Deliberando sobre ello, compraron con ellas el campo de un alfarero, para sepultura de extranjeros, por lo cual fue llamado aquel campo Haceldama, o campo de sangre, hasta el día de hoy. Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, que dijo: "Tomaron las treinta monedas de plata, precio del apreciado de los hijos de Israel, y las dieron al campo del alfarero"

2. Como los príncipes de los sacerdotes sabían que habían comprado la muerte, se veían condenados por su propia conciencia. Para demostrar esto, Mateo añade que "los príncipes de los sacerdotes, tomando las monedas de plata, dijeron No es lícito meterlas en el tesoro, porque es precio de sangre".

Jesús fue presentado ante Poncio Pilato, y éste le preguntó: "¿Eres tú el rey de los judíos?". Jesús le dijo: "Tú lo dices". En cambio, a cuanto le acusaron los príncipes de los sacerdotes y los ancianos, Jesús nada respondió. Entonces le dice Pilato: "¿No oyes cuántos testimonios dicen contra ti?". Jesús no respondió ya palabra alguna, de modo que el procurador se maravilló en gran manera

3. Pilato pregunta esto porque los enemigos de Jesús todo lo interpretaban mal y en contra de él. Por su parte, los príncipes de los sacerdotes sabían que Pilato no entendía de asuntos judíos, y por eso levantan contra Jesús públicas acusaciones. Jesús confesó que era rey, sí, pero del cielo, como se lee terminantemente en otro evangelio, en que dijo Jesús: "Mi reino no es de este mundo" (Jn 18,36). De este modo, ni los judíos, ni Pilato, podían alegar excusa alguna, ni insistir en la acusación de que quería ser rey de los judíos. Decía también esto Jesús porque quería librar de culpa a aquellos que se arrepintieran. Sigue diciendo Mateo que Jesús "no le respondió a palabra alguna, de modo que Pilato se maravilló en gran manera". Aun cuando los judíos tenían muchas pruebas de virtud, y de mansedumbre, y de humildad, por parte de Jesús, sin embargo le calumnian y activan contra él un juicio perverso. Por esta razón no responde Jesús, y si alguna vez lo hace, habla con brevedad, no fuera que, por su prolongado silencio, se formase de él la idea de pertinacia.

Por ese día solemne acostumbraba el procurador romano entregar libre al pueblo un preso, el que ellos quisieran. A la sazón, había un preso muy famoso, que se llamaba Barrabás. Pilato les preguntó: "¿A quién queréis que os entregue libre? ¿A Barrabás o a Jesús, que es llamado el Cristo?". Preguntó esto porque sabía que a Jesús lo habían entregado por envidia. Estando Pilato sentado en el tribunal, le envió a decir su mujer: "Nada tengas tú con ese justo, porque muchas cosas he padecido hoy en visión por causa de él". Los príncipes de los sacerdotes y los ancianos persuadieron al pueblo que pidiese liberar a Barrabás, y que hiciese morir a Jesús. Pilato les volvió a preguntar: "¿A cuál de los dos queréis que os entregue libre?". Ellos dijeron: "A Barrabás". Pilato les dijo: "¿Y qué haré de Jesús, que es llamado el Cristo?". Todos le dijeron: "Sea crucificado". Pilato les volvió a decir: "¿Y qué mal ha hecho?". Ellos levantaban más el grito, diciendo: "¡Sea crucificado!". Viendo Pilato que nada adelantaba, sino que crecía más el alboroto, tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: "Inocente soy yo de la sangre de este justo. Allá os lo veáis vosotros". Todo el pueblo dijo: "Sobre nosotros y sobre nuestros hijos caiga su sangre". Entonces Pilato soltó a Barrabás, y después de haber hecho azotar a Jesús, lo entregó para que lo crucificasen

4. Como Jesucristo no respondía a las acusaciones de los judíos, Pilato inventa otro medio para salvarle. Por eso dice Mateo que, "por el día solemne de Pascua, acostumbraba el procurador entregar libre al pueblo un preso, el que quisieran". Pilato quiso salvar a Jesús, apoyado en esta costumbre. Es más, para que los judíos no tuvieran ninguna sombra de excusa, pone en parangón con Jesucristo a un homicida "muy famoso, que se llamaba Barrabás". No solamente era ladrón del pueblo judío, sino también un ladrón célebre por su maldad. Con ello, Pilato les vino a decir: Si no queréis dejar a Jesús en libertad, como inocente, dejadlo al menos libre por la festividad. Véase cómo se invirtió aquí el orden, porque la petición en favor de los condenados se hacía por medio del pueblo judío, y la concesión era propia del procurador romano. No obstante, ahora sucede lo contrario, y el procurador es el que pide al pueblo, y el pueblo se vuelve más cruel que el gobernador. A continuación, añade Pilato otra razón para que los judíos desistiesen de condenar a Jesús. En efecto, "estando él sentado en el tribunal, su mujer le envió a decir: Nada tengas tú con este justo". Por lo visto, además de las pruebas falsas, esta mujer había visto en sueños algo de mucho peso. Aquí pregunto yo: ¿Y por qué Pilato no vio ese sueño, y sí su mujer? Por esto mismo, creo yo: porque ella era más digna, y si Pilato lo hubiese visto tampoco lo hubiese creído, y por eso no le fue revelado. El sueño provino de Dios, para que el remordimiento fuese público y manifiesto a todos. La mujer no vio más, sino que "sufrió mucho", como ella misma dice: "Muchas cosas he padecido hoy en visión, por causa de él". Con esto se proponía mover a su marido a compasión, para que sintiese como ella y desistiera de la condenación a muerte. Con todo, el tiempo apremiaba, y había sido aquella misma noche cuando había tenido el sueño. Por eso, nada de lo dicho movió a los enemigos del Salvador, cegados enteramente por la envidia y dedicados ya a contaminar a la plebe, con su misma malicia. Siguiendo el relato, Mateo nos dice que "los príncipes de los sacerdotes, y los ancianos, persuadieron al pueblo a que pidiese la libertad a Barrabás, y que hiciese morir a Jesús". ¡He aquí la gran perfidia de los judíos, su impiedad y su funesto apasionamiento! Sobre todo, porque no les permite ver lo que les conviene. Así, son capaces de maldecirse a sí mismos, como cuando dijeron: "Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos". Así, son capaces de atraer la maldición divina sobre sus hijos. Nuestro Dios misericordioso, en cambio, no aceptó esta imprecación, y se dignó recibir a muchos de sus hijos, que hicieron penitencia. San Pablo era uno de ellos, y muchos miles de judíos también creyeron, cuando se predicó en Jerusalén.

Los soldados romanos, tomando a Jesús para llevarle al pretorio, hicieron formar alrededor de él toda la cohorte. Desnudándole, le vistieron un manto de color grana. Tejiendo una corona de espinas, se la pusieron sobre la cabeza, y una caña en su mano derecha. Doblando ante él la rodilla, le escarnecían y decían: "Dios te salve, rey de los judíos". Y escupiéndole, tomaron una caña y le hirieron en la cabeza

5. ¿Qué cuidado deben darnos las cosas, o sufrir afrentas de otro, después que Jesús las haya sufrido todas? Lo que en Jesucristo sucedía era el extremo de la afrenta. Él no padecía las injurias en una sola parte de su cuerpo, sino todo él. En la cabeza sufría la corona, los cañazos y los golpes, en la cara sufría los escupitajos, en las mejillas sufría las bofetadas, en su espalda sufría los azotes, en sus partes sensibles sufría la desnudez. Él sufrió la envoltura de la clámide, y la burlesca adoración que le prestaban. Sus manos eran ofendidas por la caña que le dieron en vez de cetro, como si temiesen dejar de hacer algo de lo que pudiera ofenderle.

Después que lo escarnecieron, le quitaron a Jesús el manto y le vistieron sus ropas, y lo llevaron a crucificar. Al salir fuera, hallaron un hombre de Cirene, por nombre Simón, y le obligaron a cargar con la cruz de Jesús. Llegaron a un lugar llamado Gólgota, o lugar de la calavera. Allí le dieron a beber vino mezclado con hiel. Jesús, habiéndolo probado, no lo quiso beber. Cuando lo hubieron crucificado, los soldados se repartieron sus vestiduras, echándolas a suertes, para que se cumpliese lo que fue dicho por el profeta que dijo: "Se repartieron mis vestiduras, y sobre mi túnica echaron suerte". Una vez iniciada la guardia, los soldados pusieron sobre la cabeza de Jesús este letrero: "Este es Jesús, el rey de los judíos". Habían crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y otro a su izquierda

6. En una cruz elevada fue donde padeció el Señor, y no debajo de techo alguno, a fin de que hasta la misma atmósfera se purificase. También la tierra sentía sobre sí tan gran beneficio, purificándose por la corriente de sangre que manaba del costado divino. Debe observarse que no era pequeña esta humillación que sufría Jesucristo, pues fue tenido por el más deshonrado y vil de los hombres. Sobre lo de "dividirse las ropas", únicamente se hacía con los reos más viles y despreciables, y con los que nada tenían.

Los que pasaban por allí blasfemaban, moviendo sus cabezas y diciendo a Jesús: "Tú que destruyes el templo de Dios y lo reedificas en tres días, sálvate a ti mismo. Si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz". Así mismo, los príncipes de los sacerdotes, con los escribas y ancianos, también lo insultaban, diciendo: "A otros salvó, y a sí mismo no puede salvarse. Si es el rey de Israel, que descienda ahora de la cruz y le creeremos: Si es el hijo de Dios, que él lo libere ahora, si tanto le ama". Por su parte, los ladrones que estaban crucificados con él también lo improperaban

7. Habiendo desnudado y crucificado a Jesucristo, los judíos van todavía más lejos, y le insultan viéndole clavado en la cruz. En efecto, dice Mateo que "los que pasaban le blasfemaban, moviendo sus cabezas". Queriendo continuar los vituperios, los judíos añaden: "Sálvate a ti mismo, y si eres el Hijo de Dios, desciende de la cruz". Muy al contrario; como Jesús es Hijo de Dios, por eso no baja de la cruz, porque había venido a ser crucificado por nosotros. Insultándole los príncipes de los sacerdotes, y burlándose de él, decían: "A otros salvó". Considerad aquí que esto no es sino la voz propia de los hijos del diablo, que repiten el eco de su padre Satanás. En efecto, ya el diablo le había dicho a Jesús, en el desierto: "Si eres el Hijo de Dios, arrójate abajo" (Mt 4,6). Por su parte, aquí los judíos dicen: "Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz". ¡Oh malvados judíos, en extremo! ¿Acaso no eran profetas y justos aquellos a quienes Dios no sacó de los peligros? Y si no pereció la gloria de aquellos a quienes vosotros llevasteis a los peligros, ¿no debíais escandalizaros, con muchas más razón, de lo que ahora padece el Salvador? Él siempre salió al paso de toda duda en vosotros, y vosotros mismos habías dicho que él era el hijo de Dios, y ahora lo culpáis de seductor y de falsario. Siguiendo el relato, no sólo se burlaban de Jesús los judíos y los soldados que estaban debajo, sino también los ladrones que estaban en lo alto, y crucificados a la vez con el Señor. En concreto, dice Mateo que "los ladrones que estaban crucificados con él le improperaban". Para que no se crea que en esto medió alguna connivencia entre los ladrones, o que no fuese ladrón el que lo parecía, la misma afrenta nos da prueba de ello, pues uno de ellos, también enemigo, de repente se convirtió.

Desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora nona. Cerca de la hora nona, Jesús clamó con gran voz, diciendo: "¡Elí, Elí, lamma sabactani!", esto es: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" Algunos de los que allí estaban, cuando esto oyeron, decían: "¿A Elías llama éste?". Corriendo uno de ellos, tomó una esponja y la empapó en vinagre, y la puso sobre una caña, y le dio a beber, mientras los otros decían: "Veamos ahora si viene Elías a librarlo". Jesús, clamando por segunda vez con gran voz, entregó el espíritu

8. No podía sufrir la criatura la ofensa hecha a su Creador, así que el sol recogió sus rayos para no ver las acciones de los impíos, y "desde la hora sexta hubo tinieblas por toda la tierra, hasta la hora nona". Duraron 3 horas duraron las tinieblas, y eso que un eclipse de sol pasa en breve tiempo y no se detiene, como saben los que lo han observado. Admirad, pues, cómo las tinieblas se extienden por toda la tierra, como nunca había sucedido. Únicamente en Egipto hubo tinieblas cuando se celebró la Pascua, mas éstas no fueron sino figuras de las que ahora sucedieron. Véase cómo las tinieblas se verifican en la mitad del día, y la plena luz lo llenaba todo, de tal modo que todos los habitantes de la tierra pudieron admirar este milagro. Esta es la señal que había ofrecido Jesucristo que daría, a aquellos que se la pidieron, cuando dijo: "Esta generación mala y adúltera pide una señal, y no le será concedida sino la del profeta Jonás" (Mt 12,39). Esta señal daba a conocer la muerte y la resurrección. Además, mucho más admirable es que sucediese cuando el Señor había sido crucificado, y no pisaba ya la tierra. Esto era muy suficiente para que se convirtieran los judíos, y no sólo por la magnificencia del milagro, sino porque esto sucedió después que hubieron hablado todo lo que quisieron, y se saciaron de injuriarle. Alguno preguntará: ¿Por qué no se admiraron todos, y creyeron que Jesús era Dios? Y yo le respondo: Porque aquella clase de hombres tenía mucha malicia y gran abandono, y por eso vieron el prodigio y no quisieron averiguar la causa que lo producía. Nos sigue diciendo Mateo que, "cerca de la hora nona, clamó Jesús con gran voz, diciendo: Elí, Elí, lamma sabactani, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?". Es decir, Jesús habló con las palabras del profeta, dando así testimonio del Antiguo Testamento hasta la última hora, y para que los judíos vieran cómo honraba a su Padre y no le contrariaba. Por eso habló en hebreo, para que todos entendiesen lo que decía. Por esto clamó con voz fuerte, para dar a conocer que todo aquello sucedía en virtud de su gran poderío. Al dar un fuerte grito, al tiempo de morir, Jesús manifiesta claramente que es verdadero Dios, porque los hombres cuando mueren en agonía, apenas tienen fuerzas para expresarse con un susurro.

En aquel mismo momento, el velo del templo se rasgó en dos partes, de lo alto a lo bajo. La tierra tembló, y se hendieron las piedras. Muchos sepulcros se abrieron, y muchos cuerpos de santos, que habían muerto, resucitaron. Saliendo de los sepulcros, entraron a la santa ciudad, y se aparecieron a muchos. El centurión y los que con él estaban, guardando a Jesús, viendo el terremoto y las cosas que pasaban, tuvieron gran miedo y decían: "Verdaderamente, éste era Hijo de Dios". Estaban allí muchas mujeres, a lo lejos, que habían seguido a Jesús desde Galilea. Entre ellas estaba María Magdalena, María madre de Santiago, y la madre de los hijos de Zebedeo

9. Cuando el Salvador estaba en la cruz, los que se burlaban de él decían: "Salvó a otros, y a sí mismo no puede salvarse". No obstante, lo que deberían haber dicho es: No quiere hacer consigo mismo lo hizo con los cuerpos de sus siervos. Si bien es verdad que hizo un gran milagro resucitando a Lázaro, después de 4 días muerto, también es verdad que mucho más grande fue el milagro que ahora estaba haciendo Jesús. ¿Cuál? Éste me mismo: resucitar de repente a los que habían muerto mucho tiempo antes, y haciéndolos aparecer vivos en la ciudad, como anticipo de la futura resurrección. En efecto, para que no se creyese que era pura fantasía lo que sucedió allí, Mateo añade que, "saliendo de los sepulcros, muchos muertos resucitaron y entraron a la ciudad santa, y se aparecieron a muchos". Sobre las mujeres que contemplaban lo que entonces sucedía, lo que demuestra es que eran sumamente compasivas, y con constancia continuaron asistiendo a Jesús hasta en los últimos peligros, manifestando así su gran fortaleza. Mientras los discípulos habían huido, ellas no se separaron de su lado.

Cuando anocheció vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era discípulo de Jesús. Éste llegó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato mandó que se le diese el cuerpo. Tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en un sepulcro suyo nuevo, que había hecho abrir en una peña. Tapó con una gran losa la entrada del sepulcro, y se fue. María Magdalena y la otra María permanecieron desde entonces allí, sentadas enfrente del sepulcro

10. Véase aquí el valor de este hombre, que se pone en peligro de muerte atrayendo hacia sí las enemistades de todos por su afecto hacia Jesucristo. Además, no sólo se atreve a pedir su cuerpo, sino también a sepultarlo.

Al día siguiente, que es el que se sigue al de la Parasceve, los príncipes de los sacerdotes y los fariseos acudieron juntos a Pilato, diciendo: "Señor, aquel impostor dijo, cuando todavía estaba en vida, que después de tres días resucitaría. Ordena que se guarde el sepulcro, por tanto, hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos y lo hurten, y digan a la plebe que resucitó de entre los muertos, y sea este error peor que el primero". Pilato les dijo: "Tomad vosotros una guardia, y guardadlo como sabéis". Ellos, pues, fueron a asegurar el sepulcro, sellando la piedra y poniendo guardas de vigilancia

11. Véase cómo, sin querer, los fariseos y los príncipes de los sacerdotes se conciertan para probar la verdad. En efecto, se demostró la verdad de la resurrección precisamente por las disposiciones que adoptaron éstos. ¿Por qué? Porque habiendo sido custodiado el sepulcro, no pudo haber engaño alguno, y si no pudo haber engaño es evidente e irreprochable que el Señor resucitó. Veamos lo que Pilato contestó: "Ahí tenéis los guardas, así que id y guardadlo como sabéis". Pilato no quiso que fuesen sólo los soldados los que sellaran el sepulcro (porque si lo hubiesen sellado los soldados únicamente, se habría podido decir que habían permitido a los discípulos que robasen el cuerpo del Señor), sino que dejó también a los fariseos que lo custodiasen. En este caso, ya no podían decir que lo habían robado, porque ellos mismos sellaron y custodiaron el sepulcro.

XXVIII
Comentario de Mateo 28

Al amanecer el primer día de la semana, vino María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Había habido un gran terremoto, y por eso vieron la losa de la entrada movida. Un ángel del Señor descendió del cielo y, llegando, se sentó sobre ella. Su aspecto era como un relámpago, y su vestidura como la nieve. En cuanto lo vieron, los guardias se asombraron y salieron a contarlo a la ciudad. El ángel, tomando la palabra, dijo a las mujeres: "No tengáis miedo. Sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como dijo. Venid y ved el lugar donde había sido puesto el Señor. Id también a decir a sus discípulos que ha resucitado, y que él va delante de vosotros a Galilea. Allí le veréis. Os lo he avisado de antemano"

1. Sucedió el terremoto para que se levantasen y espabilasen las mujeres, pues posiblemente se había quedado dormidas junto al sepulcro. En efecto, las mujeres se habían pasado toda la noche preparando los aromas, y probablemente estaban llenas de sueño. En cuanto a lo que les dijo el ángel, éste vino a decir a las mujeres: Si no me creéis, acordaos de sus palabras. Y todavía añade una nueva razón, cuando dice: "Venid y ved el lugar donde había sido puesto el Señor". Les dice esto para asegurarles que no corren peligro alguno, para que así el temor no enfríe su fe.

Las mujeres salieron al punto del sepulcro, con miedo y gran gozo, y fueron corriendo a dar la noticia a los discípulos. Jesús les salió al encuentro diciendo: "Dios os guarde". Ellas le abrazaron sus pies y le adoraron. Entonces les dijo Jesús: "No temáis. Id a dar la noticia a mis hermanos, para que vayan a la Galilea. Allí me verán". Algunos de los guardas fueron a la ciudad, y dieron aviso a los príncipes de los sacerdotes de todo lo que había pasado. Los ancianos, tras tomar consejo, dieron una gran suma de dinero a los soldados, diciendo: "Decid que vinieron de noche sus discípulos y que lo hurtaron, mientras vosotros dormíais. Si llegase esto a oídos del procurador, nosotros así se lo haremos creer, y velaremos por vuestra seguridad". Ellos, tomando el dinero, hicieron lo convenido, y este relato se divulgó entre los judíos hasta hoy día

2. De las señales que aparecieron acerca de Jesucristo, unas fueron conocidas en todo el mundo (como las tinieblas) y otras sólo por los soldados que guardaron el sepulcro (como la admirable aparición del ángel y el terremoto). Las que se verificaron para los soldados sucedieron para que se asustasen y diesen ellos mismos testimonio de la verdad. La verdad, cuando es publicada por los que la contradicen, brilla más, y eso fue lo que sucedió en este caso. Entonces, " algunos de los guardias fueron a la ciudad, y dieron aviso a los príncipes de los sacerdotes". ¿Cómo podían robarlo los discípulos, si eran pobres, ignorantes, y no se atrevían a presentarse en público, e incluso viéndole vivo huyeron? ¿Cómo no hubiesen temido a tantos soldados después de muerto? ¿Acaso hubieran podido haber destruido la puerta del sepulcro? Esta era una piedra grande, que necesitaba de muchas manos para poder moverse. ¿Y acaso no tenía también puesto un sello? ¿Y por qué no lo robaron en la primera noche, cuando nadie guardaba el sepulcro? El sábado, y no el viernes, fue cuando pidieron a Pilato la guardia. ¿Y por qué seguían allí los sudarios de Cristo? ¿Acaso no se lo hubieran llevado también, de haber robado el cuerpo? Además, la mirra estaba adherida al cuerpo y a los vestidos, y siendo tan pegajosa, no podrían fácilmente separarse los vestidos del cuerpo. Por lo tanto, no puede admitirse lo que dicen los sacerdotes judíos, respecto al robo. Los que se empeñan en decir esto, para oscurecer la resurrección, colaboran haciéndola brillar más. En efecto, cuando dicen que los discípulos "lo han robado", confiesan que no está el cuerpo en el sepulcro, y contradicen tanto a la guardia de los soldados como el temor de los discípulos. Véase aquí cómo todos fueron corrompidos, y cómo Pilato fue engañado, el pueblo fue excitado, y los soldados fueron sobornados. Entonces los soldados, "tomando el dinero, hicieron conforme habían sido instruidos". Si el dinero tuvo tanto poder respecto a Judas, al punto que le hizo entregar a su Maestro, no os admiréis que los soldados también fuesen vencidos por el dinero.

Los once discípulos fueron a Galilea, y subieron al monte que Jesús les había indicado. Cuando lo vieron, le adoraron, aunque algunos dudaron. Jesús les dijo: "Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Enseñadles a observar todas las cosas que os he mandado, y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación de los siglos"

3. Como Jesús había hecho encargos de mucha importancia a sus discípulos, para el futuro, ahora les anima y les dice: "Yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación de los siglos", como diciendo: No digáis que es difícil cumplir lo que se os manda, porque yo estoy con vosotros y todo os lo iré facilitando. No dijo que estaría sólo con ellos, sino con "todos los que creyesen" después de ellos. Por lo tanto, aquí dice Jesús que los apóstoles morirían y no habría llegado todavía la consumación de los siglos, sino después que estuviese consumado todo el cuerpo de fieles. Les recuerda la "consumación de los siglos" para atraerlos mejor y para que no sólo vean lo presente, sino que conozcan también aquellos beneficios que habrán de permanecer siempre, como diciendo: La aflicción que sufriréis concluirá con esta vida, pero después vendrá otra que no tendrá fin, y los beneficios que disfrutaréis durarán para siempre.

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Traducido por
Manuel Arnaldos, ed. EJC, Molina de Segura 2026

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